domingo, 30 de junio de 2013

El clan de los Mestre I y II





  Pedro Marqués de Armas


 Esteban Mestre, catalán, fue fabricante de papel en Cuba. En 1847 inauguró en Puentes Grandes, en asociación con su compatriota Ares Petit, una moderna fábrica que el Conde Alcoy calificaría de “verdadera conquista industrial para el país”. A lo largo de diez años y hasta que un incendio la arrasa por completo, la primera papelera cubana abasteció a diversos sectores; pero, principalmente, a las tabaquerías, a las que ofertaba el material para los llamados “papeles de tabaco”.
 Estos cigarrillos serían expuestos y premiados en la Exposición de Productos de la Industria Cubana celebrada el propio 1847, año de particular auge en la producción tabaquera de la isla (buena parte en manos de catalanes) y en que arribara el primer cargamento de colonos asiáticos, muchos de los cuales serían empleados (más tarde) en la confección de cigarrillos, compitiendo en destreza con las máquinas de la época, según testimonio de numerosos viajeros.
 Entre las novedades de la Exposición había una “máquina para picar tabaco con su explicación”, “una casa hecha con tabaco y contenida en una urna de vidrio” y “una colección de ruedas de cigarro de papel”. La Junta de la Sociedad Económica, institución que organizó el evento, adjudicó “mención honorífica” a Esteban Brígido Mauri por sus muestras de “cigarros de papel” presentadas a título de Inocencia, una fábrica ubicada en la calle Lealtad.
 A la Exposición asistió toda la alta sociedad habanera que, por curiosear, se lanzaba hasta los barracones del Cerro, donde fueran expuestos meses antes los colonos asiáticos. Chinos, tabacomanía y daguerrotipia estaban a la orden del día. No faltaron en aquel cónclave retratos al daguerrotipo, uno de ellos con relicario de oro y otros de miniatura. Por este producto merecerían medalla de plata Rudolf Jordan y George Mollenhauer, socios alemanes asentados entonces en La Habana bajo la firma Jordan-Mollenhauer (Obispo 79), después de pasar por Trinidad y otros pueblos del interior. Expresaba la Junta lo admirable de "copiar la naturaleza en reducidas proporciones, soprendiéndola, por decirlo así, en todas sus bellezas igualmente que en todos sus defectos". 
 Defectos había, y muchos. La técnica misma del daguerrotipo se encontraba estancada, como también, pese a los aires de triunfo, la industria del tabaco, anhelante de mejores maquinarias. En cuanto a los chinos, no desde luego en 1847, sino años más tarde, sostenían aún la tarea del conteo y empaquetamiento de las "pequeñas piezas de papel". Ahora, repito, se encontraban expuestos, en espera de contratas, y mientras esto ocurría circulaban textos como El intérprete chino, de José de Ayala, El médico chino, comedia de Juan Manuel Losada, un manual de medicina del Celeste Imperio y numerosos versos bromistas de Creto Gangá.  
 Verdad que nadie se acercó a los barracones a retratarlos, si bien las descripciones de época reproducen de algún modo esa imagen imposible:    
 “Sus facciones no son desagradables, y aun algunas delicadas, su color es oscuro, como el cobre, y su carácter pacífico y complaciente; están raramente vestidos, tocan varios instrumentos, su pelo es tan largo como el de una mujer teniéndole tejido en una gruesa trenza y rodeado a la cabeza. Los que concurren a verlos les preguntan por señas, y ellos contestan del mismo modo sonriéndose y así se pasa el rato agradablemente”. 
 Pero volvamos a Mestre, quien no fuera invitado a la feria en cuestión, al parecer por lo reciente de su fábrica. Hasta entonces había sido conocido como importador de todo tipo de papel y utensilios de oficina, contando para ello con tres almacenes en La Habana, pero no como productor. No obstante, la Junta se lamentaba por la premura organizativa, disculpándose por el hecho de que un exponente de la industria química, como era el caso, no hubiera podido presentar sus artefactos.
 Esteban Mestre se especializó en producir “papel de tabaco y plátano”, comprando al efecto máquinas destinadas a la compresión de las hojas. En 1849 obtuvo del Conde de Villanueva, en gestión aprobada con inaudita rapidez, una licencia para fabricar por diez años “un papel de tabaco especial” ideado por él mismo. En estos años, la producción de cigarrillos comenzó a verse incrementada, encontrando mercado entre los sectores menos adinerados, con lo que se establece en adelante la moda de fumar cigarros, nombre con el que se conoce en Cuba a la picadura enfundada en rollitos de papel. Pero los mejores tiempos estaban por llegar...
 La alianza entre la papelera de Puentes Grandes y tabaquerías con nombres irónicos como La Honradez, o El Porvenir -además de Inocencia, Romeo y Julieta, etc-, funcionó a todo tren, incluso más allá de 1857, cuando el citado incendio devasta el negocio de Mestre, quien fallece en 1860 sin agotar su licencia...
 Mestre y Petit no solo fueron socios comerciales sino que establecieron vínculos de familia. De esta empresa descienden los fotógrafos Esteban Mestre Petit, Esteban Mestre Aulet y Narciso Mestre, todos cubanos –y no catalanes, como a veces se sugiere- y establecidos en diversas galerías de la calle O’ Reilly. 


 A comienzos de la década de 1850, cuando los Mestre aparecen en escena, la litografía, que había alcanzado su apogeo pocos años antes, entraba en crisis. A estas alturas, varias de las mejores revistas ilustradas desaparecen, lo que coincide con el encarecimiento de las imágenes y la llamada "crisis del papel". Si bien se facturan "álbumes pintorescos" de gran calidad, como los de Mialhe, se asiste también a un progresivo declive de los "paisajes" y, en general, de las reproducciones en los medios de prensa. De modo que los litógrafos tienen que orientarse entretanto hacia el pujante sector tabaquero, al que aportarán ese idílico, exótico y seductor universo visual de las "marquillas de tabaco", destinadas a envolver y etiquetar, pero también a crear un estilo, una identidad.      
 Las tabaquerías devienen así imprentas perfectamente equipadas... Son a la vez fábrica, tienda, oficina y complejo turístico donde no faltan esos "chinos de coleta" vestidos de "azul franela" cuyo trabajo tan ágil no puede seguirse con los ojos, ni departamentos anexos -como el presidio- con grupos más variopintos "condenados a un eterno enrollar de cigarrillos". 
 Semejante industria, qué duda cabe, parece agotar todo el papel existente: papel de arroz, papel perfumado, papel pectoral para enfermos del pecho, de folio, etc. Tonos que van del carmelita al amarillo, "algunos ligeramente oscuros como la piel de un mestizo claro; otros, color de cuarterones, o de un pardo amarillento como los mulatos". En fin, una mezcolanza que no accede por ahora a su visualización, salvo metafóricamente, o bajo las formas tenues de escenas locales, charadas y trajes típicos.   
 Algunos fotógrafos sacan entonces partido del negocio paisajístico, con imágenes hoy difíciles de encontrar. Pero la contribución de la fotografía a la industria del tabaco, con sus cromos de "personas eminentes", no se hace esperar; en breve, cualquiera puede hacerse de una cajetilla con su retrato, o de series de ellas, a precios no elevados. Así lo anunciaba La Honradez, el mayor de estos emporios, el cual se congratulaba por contar con los servicios del Sr. Mestre como fotógrafo oficial. Se creaban, sin duda, las condiciones para un nuevo mercado: el de la auto-representación.


   II
  
 Esteban Mestre Aulet asoma hacia 1851, cuando se radica (“con Real Privilegio”) en su estudio de O’Reilly n. 19, y luego de 1860 en el número 63 de la misma calle. Su carácter emprendedor se refleja tanto a nivel comercial como técnico. Muy pronto introduce el colodión húmedo de Scott Archer, realizando hacia 1855, al mismo tiempo que Francisco Serrano, los primeros ambrotipos, una modificación del cual patenta con sus famosos mestreotipos, cuyo formato era la “carte de visite”, introducida entretanto en la isla por Samuel Conher. Obtiene además patente para realizar “fotografías coloreadas” cuyas muestras más antiguas (en su caso) son de 1856.



 Mestre registró excelentes paisajes, que fueran comparados en su época con los cuadros del pintor romántico Chartrand. Ya en la década de 1860 tomó espléndidas vistas exteriores de La Habana, sobre todo del puerto y sus fortificaciones, empeño del que desistiría, como afirmara años después, por razones técnicas y por lo engorroso de trabajar en la calle. En una de ellas vemos la ciudad desde un ángulo de La Cabaña, con una figura que se antepone en cuclillas al borde del muro, sobre un mar cuya distancia delata el carácter de composición de la fotografía. En otra se aprecia a lo lejos el Morro y en diagonal, más cerca, el viejo malecón y la angosta calle paralela que llevan a donde estaría La Punta. 



 Cuando comienzan a arribar a Cuba, al principio por temporadas invernales y luego abriendo diversas galerías, los fotógrafos norteamericanos de la década de 1850 (Penabert, Fredricks, Daries, etc.), el carácter de Mestre se expresa en una competencia sin cuartel que le lleva varias veces a Estados Unidos a fin de incorporar nuevos recursos y experiencias, así como a ampliar su oferta y divulgar sus innovaciones en la prensa norteamericana. Por ejemplo, en 1858 envía al director del Journal of Photography sus mestreotipos, insistiendo en la originalidad y primacía del método y acompañándolos de una explicación precisa; a otra publicación, The Photographic News, remite un camafeo oval con retrato incorporado. 
  La competencia era igualmente feroz entre los ya radicados. Hay continuas trifulcas para conseguir permisos, reconocimientos, y el llamado “Real Privilegio” en todo lo relacionado con el comercio fotográfico. Desde cuasi innovaciones hasta procedimientos realmente muy parecidos, fuesen en vidrio o papel, involucren o no el color y la transparencia, los formatos, cámaras, etc., todo se reclama al Gobierno Civil. José López Molina, por ejemplo, exige privilegio por su invento denominado molinatipo, para obtener retratos de relieve transparentes sobre cristal, y lo mismo Osbert Burr Loomis por su loomitipo, con particular iluminación. A su vez un grupo de fotógrafos encabezados por Mestre, José María Cotera y Lorenzo Cabrera –este último autorizado a ocuparse de la incipiente fotografía de identificación policial–, protesta contra el privilegio concedido a Molina para hacer retratos de tamaño natural. 
 Del año 1859 es el interesante anuncio que aparece publicado en Directorio de artes, comercio e industrias de La Habana, y por el cual nos enteramos de lo variado de una oferta, la de Mestre, que va desde minirretratos insertables en sortijas y estereoscopios de bolsillos, hasta retratos de tamaño natural, o bien pintados a la aguada o al óleo (especialidades de la que fuera desbancado por la galería de Charles D. Fredricks y colaboradores, a partir de 1860, quienes se llevarían también las palmas por los retratos de tamaño natural y desde luego por las vistas exteriores). Mestre hizo valer, no obstante, su estilo dentro del retrato artístico, perfeccionando el uso de las placas de vidrio y destacándose igualmente con el soporte de papel, al que apeló desde 1857.
 Ejemplo de la profesionalización, pero también comercialización del oficio, resulta la oferta de enseñar a retratar al que así lo desee “por cualquier de los sistemas conocidos”, como la extensa gama de artilugios en venta. Por ofrecer, la afamada galería del clan Mestre propone retratar cadáveres siempre que avisen con una hora de antelación; y para aquellos que no tienen carruaje ofrece el suyo, tanto de ida como de vuelta, no cobrando por ello más precio por el retrato.
 Esteban Mestre retrató a lo más granado de la sociedad cubana de su época, así como a numerosos caballeros, oficiales y soldados españoles, rostros y figuras la mayoría de ellos hoy anónimos. Entre los más conocidos, destacan en la actualidad un retrato de Luz y Caballero, el de un Martí niño peinado con la raya al lado y la frente un tanto iluminada, que exhibe una medalla escolar; y el de Mariano, su padre, con espesos bigotes en forma de brocha.

 Ver foto de Mariano Martí aquí 


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