domingo, 27 de junio de 2021

Disimulados cuchicheos

 

 José Lezama Lima 

 —Tú sabes —siguió hablando Foción, con malicia pues Cemí entendió de inmediato que se refería a Fronesis que frente a una cosa aconsejada por mis sentidos, en cuanto se me hace imposible, me establezco a su lado como un dolmen. Al día siguiente me paseaba por el corredor de mi piso de hotel, dejando pasar mi turno. Cuando entré estábamos solos el mozo y yo. Esta vez no se limitó a sonreírme, me dijo: «Señor, usted pierde el tiempo con Daisy, vaya por otro camino que es el único para acercársele. Vaya a buscar a su hermano al colegio y usted verá cómo lo que hasta ahora ha sido un imposible, se le entrega». Nunca he podido saber si el mozo me habló por su cuenta, o si estaba de acuerdo con los dos hermanos para propiciarles sus aventuras.

  —En disimulados cuchicheos por el recibidor pude precisar el colegio en que estudiaba, la hora de salida y que era el mejor alumno del último año de High School. Así como la hermana rehusaba siquiera mirarme, el hermano en cuanto lo abordé me dijo:

  —¿El cubano que vive en el mismo piso del hotel de nosotros? Me gustaría algún día ir a La Habana, para recorrer los sitios donde estuvo Hart Crane. ¿Ha oído usted hablar de él? Me gustaría hacer mi tesis, cuando me gradúe de bachelor, sobre las simpatías de Crane por las frutas tropicales, cómo buscó en la Isla del Tesoro un soporte a su inocencia.

 —Me sorprendió —volvió a decir Foción—, ese delicioso inicio de conversación, en extremo afectuosa, con la imperceptible pedantería de un adolescente de dieciocho años, que vuelca de inmediato los temas que lo golpean. Crane era una fascinante invitación para iniciar esa amistad bajo el signo de los Dióscuros, invocados tantas veces por Orfeo mientras remaba y cantaba con los argonautas.

  —En otro de mis viajes a Nueva York, yo había conocido a un librero que había mantenido una relación muy peculiar con Crane y por esa fuente de información sabía cosas de su mayor intimidad. Pero preferí no llevar esa primera conversación por el camino de las obsesiones que habían rondado a Crane, así que decidí circunscribirme a lo literario. Le dije que me parecía muy bien que Crane situara en el exilio el nuevo purgatorio, que el exilio era una forma de inocencia, una ausencia de lucidez para la bondad o la maldad, una suspensión en el tiempo, como al soñar con «la demasiada picante sidra», y con «la demasiada suave nieve», buscaba en donde están «las bayonetas para que el escorpión no crezca», como esa inmensa inocencia avivaba su sexualidad hasta la desintegración y la locura, hasta tener que buscar la muerte en la gran madre marina.

  —Hablando del visitador de nuestra isla, llegamos al hotel. El mozo del elevador fingió la seriedad del canciller de las moradas subterráneas en los cultos egipcios de la muerte. Lo invité a pasar a mi cuarto, no me contestó con palabras, se contentó con sonreírse y asentir con la cabeza. Cerré la puerta con un gozoso estremecimiento de alegría, pues puse mi mano sobre la cabellera del hermano de Daisy, pero no como lo he hecho tantas veces, como una operación de tanteo, sino con el convencimiento de que después caería rendido el cuello. Pero antes, la descripción brevísima de Narciso en el centro de mi cámara. Los muslos de las piernas deslizantes, con los reflejos azules de la madera muy pulimentada, abrían las piernas como tijeras de algodón, la columna vertebral que se abullonaba como para encubrir las vértebras que mantenían el cuadrado de toda la espalda, con un espacio calmoso como para jugar un ajedrez lento y de imprevistas tácticas perversas.

             

  Paradiso, Capítulo XI (fragmento).


viernes, 25 de junio de 2021

Rosa de la Habana

 


Traducción: Roberto Tejada y Osvaldo Sánchez 



  "Hart Crane. Dos poemas", Tierra Adentro, Núm. 72, julio-agosto 1994, p. 13-14. 

jueves, 24 de junio de 2021

Eternidad



Hart Crane


Después que acabó, aunque aún funestamente soplando,

la vieja y yo nos proveímos de una ropa más seca

y dejamos la casa, o lo que de ella quedaba;

partes del techo llegaron hasta Yucatán, me figuro.

Ella casi —aun entonces— fue aventada

       sobre lotes de terreno al pie de la montaña.

¡Pero el pueblo, el pueblo!

 

Alambres en las calles y chinos de arriba a abajo

con brazos entablillados, mezcla revuelta con tejas,

y doctores cubanos, soldados, camiones,

       gallinas sueltas...

El único edificio no hincado de rodillas,

el Hotel Fernández, convertido en pocilga

de negros en camillas, vendados para llevarlos

en el primer barco a La Habana. Pujaban.

 

Pero ¿había un barco? Donde había estado el muelle

       se veían

dos cubiertas desguapadas, a sesenta pies

       una de otra

y una chimenea en seco, allá arriba junto al parque

donde un despavorido pavorreal rascaba

       entre un cerro de latas.

Nadie parecía poder obtener ninguna noticia

del exterior, pero corría el rumor de que La Habana,

        ya no digamos la pobre Batabanó,

se estaba hundiendo en llamas en el agua

desde hacía unas horas —el inalámbrico destruido

por supuesto, allá también.

 

De vuelta a la vieja casa

trabajamos con palas y sudamos; mirábamos

        al ogro sol ampollar la montaña,

        ahora arrasada, pelada de palmeras,

todo, y lamer la hierba, negra como el charol,

que el escarchado viento blanco abrillantaba.

Todo desaparecido —o revuelto con enigmática gracia—

Largas raíces tropicales en el aire, como encajes.

Y una mula de un vecino humeaba tambaleándose

         junto a la bomba,

¡Dios mío! ¡Como si su hundida carroña fuera

la predestinación de la muerte! Os tapabais ya la nariz

en los caminos, implorando buitres, zopilotes...

La mula tropezaba, se bamboleaba. Yo en cierto

         modo fu incapaz de alzar un palo por lástima

         a su estupor.

 

                               Porque yo recuerdo

todavía aquella extraña exageración de caballos

—Uno nuestro, y otro, un extraño, saliendo

        de arrastrada con el alba

del jaral de bambú entre aullidos, luz amortajada

cuando la tormenta moría. Y Sara los vio, también—

sollozando. Si, ahora —casi ha pasado. Ellos lo sienten;

el tiempo está en sus narices. Ahí está Don

        —pero de aquel otro, blanco

—no puedo dar cuenta de él! Y en verdad, ahí estaba

como un vasto fantasma con la crin de esa noche

memorable de lluvia dando alaridos

         — ¡Eternidad!

                        ¡Pero agua, agua!

 

Fustigué la mula atontada hacia el camino.

          Hasta allí llegó y cayó muerta o muriendo,

          pero poco importaba.

El alba siguiente estaba densa de bruma de carroñas

colándose dondequiera. Los cadáveres eran enterrados

          aprisa

sin ceremonia, mientras martillos golpeaban en el pueblo.

Los caminos eran limpiados, traídos los heridos

y curados, parecía. A su debido tiempo

el presidente envió un acorazado que hornó

algo así como dos mil bollos de pan en el trayecto.

Doctores lanzados desde cubierta en aeroplanos.

La fiebre fue detenida. Yo me quedé largo tiempo

          Donde Mack hablando 

New York con los marinos, Guantánamo, Norfolk,—

bebiendo Bacardí y hablando U.S.A.



Traducción: José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal 



miércoles, 23 de junio de 2021

Retrato del artista con Hart Crane

 

 Charles Wright

 

 Finales de agosto en Venecia, afuera, después 

                 de almorzar, Hart

Apaga la colilla de su cigarro en un vaso de vino,

El semblante humedecido y aséptico,

Encierra la palidez de la muerte o la suavidad 

                 de una nube.

El brillo líquido de su porvenir se adhiere 

                 aún a la pérgola.

 

El tema de la poesía es siempre el tiempo.

Pienso, las pequeñas manecillas, cada noche 

                 en nuestro pecho

Se desdoblan por la mañana, un dedo a la vez

Bajo el renovado peso del sol.

Un día más es un día menos.

 

Llevo varias semanas escribiendo este poema

Con un lápiz hecho de lluvia, que corre por mi cara

Y la de mi amigo, creando un lenguaje donde 

                 nada permanece.

La luz del sol no tiene tal deseo.

En los pequeños estanques de nuestras palabras, 

                 el fondo es el brillo.

 

 

 Portrait of the Artist with Hart Crane

 

 It's Venice, late August, outside after lunch, 

                 and Hart

Is stubbing his cigarette butt in a wineglass,

The look on his face pre-moistened and antiseptic,

A little like death or a smooth cloud.

The watery light of his future still clings 

                 in the pergola.

 

The subject of all poems is the clock.

I think, those tiny, untouchable hands that fold 

                 across our chests

Each night and unfold each morning, finger by ringer

Under the new weight of the sun.

One day more is one day less.

 

I've been writing this poem for weeks now

With a pencil made of rain, smudging my face

And my friend's face, making a language where 

                 nothing stays.

The sunlight has no such desire.

In the small pools of our words, its business 

                 is radiance.

 

 Traducción: Jeannette L.Clariond

 

 Tomado de Antología de poetas laureados estadounidenses (1937-2018), Ed. Luis Alberto Ambroggio, Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2019, pp. 508-09.


domingo, 20 de junio de 2021

Oh, isla del Caribe

 

La ruidosa tarántula al pie de la azucena.

Al otro lado de los pies de los muertos, enterrados 

                            en la inocente arena

Junto a la playa coralina –ni siquiera zigzaguean 

                            cangrejos violinistas-

En zancos tambaleantes saliendo del camino 

                            (que desvían, trastornan

Y forman anagramas con tu nombre)   No, nada aquí

Bajo el temblor que un eucalipto eleva

En estrujadas sombras –gime.

                                  

                            Sin embargo imagina

Que yo cuento esqueletos nacarados de la muerte 

                            en el trópico,

Collares de conchas rodean cada tumba

Encuadrados tan cuidadosamente. Luego

A la inocente arena tal vez le diga un nombre, fértil

Si bien en lengua extraña. Tal vez podría considerar

Nombres de flores, nombres de árboles, negar

    podría la cripta frágil de la muerte. En tanto

El viento que se anuda en una muerte espléndida–

Se enreda y sale. Así las sílabas ansían respirar.

 

¿Pero dónde está el Capitán pata de palo 

                           de la isla del doblón

Sin torniquete? ¿Quiénes si no cangrejos de señuelo

Rondan las ingles áridas del matorral?

¿Qué hombre, O qué

Es el Comisario del modo que cubre todos 

                           los sentidos emboscados?

Sus Cálculos Caribes tejen telarañas en las 

                           retinas calcinadas!

Y el flamboyán de un mediodía o una tarde, a su sombra 

                           tendido

Que la encendida floración torne la luz, rojiza, 

                           y entregue mi ánima,

Tamizada, a descender, clara y oscura en lo alto 

                           por los aires

Hasta encontrar el bufonesco posadero del azur.

 

Que no vuelva otra vez a verse el peregrino

Destinado a la lenta evisceración como enormes tortugas

Al muelle cada amanecer, la costra de salmuera 

                           de sus ojos;

-Clavados, boca arriba; tal estruendo en su esfuerzo!

Escondiendo en el huracán –Yo, lanzado a su corriente

Congelado por las tardes, aquí, de raso y vacío.

Satanás, me entregaste la concha, -carbónico amuleto

Agostado de sol fulminado en el mar.



Lunes de Revolución, 10 de octubre 1960, p. 8.



sábado, 19 de junio de 2021

Ante la tumba de Melville

 

Hart Crane

 

Lejos de este arrecife, a veces, bajo la ola

Los dados de los huesos de los muertos

Vio llegar un mensaje, al contemplarlos

batir la orilla, en polvo oscurecidos.

 

Sin campanas cruzaban barcos náufragos,

El cáliz de la muerte generosa

Devolvía un disperso, lívido jeroglífico,

Envuelto en espiral de caracolas.

 

Luego en la calma de una vasta espira,

Amarras hechizadas, y en paz ya la malicia,

Había escarchados ojos que elevaron altares;

Por los astros reptaban las calladas respuestas.

 

Ni cuadrante ni brújula imaginan

Más distantes mareas… Y por la azul altura

El canto no despierta al marinero,

Que su mítica sombra sólo el mar la conserva.

 

 

At Melville’s Tomb

 

Often beneath the wave, wide from this ledge

The dice of drowned men’s bones he saw bequeath

An embassy. Their numbers as he watched,

Beat on the dusty shore and were obscured.

 

And wrecks passed without sound of bells,

The calyx of death’s bounty giving back

A scattered chapter, livid hieroglyph,

The portent wound in corridors of shells.

 

Then in the circuit calm of one vast coil,

Its lashings charmed and malice reconciled,

Frosted eyes there were that lifted altars;

And silent answers crept across the stars.

 

Compass, quadrant and sextant contrive

No farther tides … High in the azure steeps

Monody shall not wake the mariner.

This fabulous shadow only the sea keeps.


Traducción: Eugenio Florit



miércoles, 16 de junio de 2021

Edgard Lee Masters


Silencio 


He conocido el silencio de las estrellas y del mar

y el silencio de la ciudad cuando pausa

y el silencio de un hombre y una mujer

y el silencio del enfermo

cuando sus ojos vagan por el cuarto.

Y pregunto: ¿para qué profundos usos sirve el lenguaje?

Una bestia del campo se queja un poco

cuando la muerte se lleva a su cachorrillo.

Y nosotros quedamos sin voz en presencia 

        de las realidades.

Nosotros no podemos hablar.


Un muchacho curioso pregunta a un veterano

sentado frente al almacén:

“¿Cómo perdió usted su pierna?”

Y el silencio aturde al viejo soldado

y su mente vuela

porque no puede concentrarla en Gettysburg.

Vuelve jocosamente

y dice: “Un oso me la arrancó”

y el muchacho duda mientras el viejo soldado

mudo, vuelve a vivir débilmente

los fogonazos, y el estruendo del cañón,

los gritos de la matanza

y él tirado en el pasto

y los cirujanos del hospital, los cuchillos

y los largos días en cama.

Pero si él pudiera describir todo esto

sería un artista.

Mas si fuera un artista habría heridas más hondas

que no podría describir.

Hay el silencio de un gran odio,

el silencio de un gran amor

y el silencio de una gran amistad amargada.

Hay el silencio de un cristal espiritual

en que el alma, exquisitamente torturada,

entra, con visiones inexpresables,

en un reino de vida más alta.


Hay el silencio de la derrota.

Hay el silencio de los castigados injustamente;

y el silencio de los moribundos cuya mano

ase repentinamente la vuestra.

Hay el silencio entre padre e hijo

cuando el padre no puede explicar su vida

aunque por ello se le mal comprenda.

Hay el silencio que surge entre esposo y esposa.

Hay el silencio de los que han fracasado;

y el vasto silencio que cubre

a las naciones rotas y a los apóstoles vencidos.

Hay el silencio de Lincoln

al meditar la pobreza de su juventud

y el silencio de Napoleón

después de Waterloo

y el silencio de Jeanne d’Arc

que entre las llamas dice: “Jesús bendito”,

y en dos palabras revela Dolor y Esperanza.

Y hay el silencio de la edad

demasiado sabia para que la lengua lo exprese

en palabras inteligibles a los que no han vivido

el gran dolor de la vida.


Y hay el silencio de los muertos.

Si los que estamos en la vida no podemos hablar

de experiencias profundas

¿por qué maravillarse de que los muertos

no hablen de la muerte?

Interpretaremos su silencio

cuando nos acerquemos a ellos.


Silence


I HAVE known the silence of the stars and of the sea,

And the silence of the city when it pauses,

And the silence of a man and a maid,

And the silence for which music alone finds the word,

And the silence of the woods before the winds 

               of spring begin,

And the silence of the sick

When their eyes roam about the room.

And I ask: For the depths

Of what use is language?

A beast of the field moans a few times

When death takes its young.

And we are voiceless in the presence of realities—

We cannot speak.


A curious boy asks an old soldier

Sitting in front of the grocery store,

«How did you lose your leg?»

And the old soldier is struck with silence,

Or his mind flies away

Because he cannot concentrate it on Gettysburg.

It comes back jocosely

And he says, «A bear bit it off.»

And the boy wonders, while the old soldier

Dumbly, feebly lives over

The flashes of guns, the thunder of cannon,

The shrieks of the slain,

And himself lying on the ground,

And the hospital surgeons, the knives,

And the long days in bed.

But if he could describe it all

He would be an artist.

But if he were an artist there would he deeper wounds

Which he could not describe.

There is the silence of a great hatred,

And the silence of a great love,

And the silence of a deep peace of mind,

And the silence of an embittered friendship,

There is the silence of a spiritual crisis,

Through which your soul, exquisitely tortured,

Comes with visions not to be uttered

Into a realm of higher life.


And the silence of the gods who understand each 

       other without speech,

There is the silence of defeat.

There is the silence of those unjustly punished;

And the silence of the dying whose hand

Suddenly grips yours.

There is the silence between father and son,

When the father cannot explain his life,

Even though he be misunderstood for it.

There is the silence that comes between husband and wife.

There is the silence of those who have failed;

And the vast silence that covers

Broken nations and vanquished leaders.

There is the silence of Lincoln,

Thinking of the poverty of his youth.

And the silence of Napoleon

After Waterloo.

And the silence of Jeanne d’Arc

Saying amid the flames, «Blesséd Jesus»—

Revealing in two words all sorrow, all hope.

And there is the silence of age,

Too full of wisdom for the tongue to utter it

In words intelligible to those who have not lived

The great range of life.


And there is the silence of the dead.

If we who are in life cannot speak

Of profound experiences,

Why do you marvel that the dead

Do not tell you of death?

Their silence shall be interpreted

As we approach them.


 Traducción: Salvador Novo


martes, 15 de junio de 2021

Alfred Joyce Kilmer

 

Árboles

 

Nunca veré un poema

tan bello como un árbol.

 

Al seno de la tierra

hambrienta boca opresa;

 

elevados sus brazos

en oración a Dios;

 

en verano, las aves

anidan en su pelo;

 

reposa en él la nieve;

convive con la lluvia.

 

Locos, hacemos versos:

sólo Dios hace un árbol.

 

Traducción: Salvador Novo

 


Árboles

 

Cuando contemplo un árbol pienso:

nunca veré un poema tan bello y tan intenso.

 

Un árbol silencioso que con ansia se aferra

a la dulce y jugosa entraña de la tierra…

 

Un árbol que mirando los cielos se extasía

y en oración levanta los brazos noche y día.

 

Y luce como gala gentil de primavera

nidos de pechirrojos sobre su cabellera.

 

En sus ramas la nieve forma cristal luciente;

y sabe con la lluvia vivir íntimamente.

 

Crearon los poemas, ilusos como yo:

los árboles, en cambio, sólo los crea Dios.

 

Traducción: Mariano Brull

 


Trees

 

I think I shall never see

a poem lovely as a tree.

 

A tree whose hungry mouth is pressed

against the earth’s sweet flowing breast;

 

A tree that looks at God all day,

and lifts her leafy arms to pray.

 

A tree that may in Summer wear

a nest of robins in her hair;

 

upon whose bosom snow has lain;

who intimately lives with rain.

 

Poems are made by people like me.

But only God can make a tree.



sábado, 12 de junio de 2021

Sobre la poesía de los negros en Estados Unidos


 Salvador Novo


 Un país tan cosmopolita como los Estados Unidos ofrece, como ningún otro, campo propicio al regionalismo. El organillo italiano, el pequeño usurero judío y Carmen coupletista, constituyen otros tantos pequeños mundos cuya supervivencia ha dependido mucho de su personal acomodación a la imagen que de ellos se ha querido formar el norteamericano. El caso de los poetas negros, como el de los negros en general, en los Estados Unidos, se agrava por el hecho de que existe, como es visible, una especie de represión en los norteamericanos, en cuyo teatral siglo XIX juegan los negros un papel de troyanos que proporcionan, entre los campos de algodón, el necesario contraste en que se mueve la prosaica epopeya de la novela de Herriet Beecher Stowe. Con su lectura, los negros adquirieron un sentido de lastimera importancia al que iba unido el secreto de una actitud de víctimas que habría de garantizar su éxito. Y es curioso observar la transferencia de una actitud que es un mea culpa en el caso de los compasivos escritores norteamericanos, a los negros mismos, cuya lira monocorde hará vibrar su acento de un siglo al otro.

 Pocas antologías poéticas se atreverían a incluir en sus páginas producciones de poetas negros. Y cuando lo hagan, como lo hace Louis Untermeyer, escogerán poesías en el dialecto de Paul Laurence Dunbar (1872-1906) patriarca de los poetas negros de América, cuya mayor preocupación era precisamente la de no concentrarse en el dialecto.

 Asunto frecuente de dramas modernos desde “All God´s Chillun got Wings” de O’Neill, hasta “Green Pastures”, el negro intelectual norteamericano ha vivido en el dilema de olvidar su color y de superarlo haciéndolo olvidar, para sumarse al general parnaso —y en este caso se aplica a las más puras normas de versificación inglesa y habla en difícil— o de aceptar su sitio social, con todas las implicaciones de humillación injusta y de insinuación de valores profundos , de aptitudes estéticas que con su fuerza equilibrarían, en su mundo menos imperfecto, una simple “anomalía pigmentaria”.

 En tanto, su música muscular, sensual, útil como un aullido, se apoderó de los Estados Unidos. Los “blues”, que atacan por igual al portero del pullman que al millonario que viaja en él, y el “tap”, llegaron a unir, por diferentes rutas, al blanco y al negro cuando ambos expresan, bailándolo, la alegría de reproducir los impulsos ancestrales que todos llevamos en el subconsciente colectivo de Jung. Los “blues” abren a los poetas negros de los Estados Unidos una puerta más hacia el éxito. Los cultiva con preferente delectación, y luego existe un Sherwood Anderson que les da ejemplo de refinado primitivismo, y un Vachel Lindsay que ha cantado con sus ritmos genuinos, y hay para las mujeres una Sara Teasdale que imitar. Poco a poco, los poetas negros, —como los judíos, como los italianos— irán abandonando el dialecto. El reconocimiento universal de su calidad de poetas (los versos suyos empiezan a aparecer en revistas y en antologías europeas) los animará a continuar una obra que ofrece ya características de singular valor, pero cuya aspiración parece todavía la de incorporarse a la poesía norteamericana cuyos colores borra su generalidad.

 El primer negro de quien se sabe que haya escrito poesía en los Estados Unidos es Phyllis Wheatley. El primero que logró la incorporación a la poesía norteamericana fue Paul Laurence Dunbar. De este alto poeta en adelante, hay no menos de veinte poetas negros, de buena calidad algunos, como Richard Bruce, Waring Cunney, y Edwards Silvera, nacidos en 1906. Countee Cullen, autor de tres libros de versos y de una Antología de la Poesía Negra, y Langston Hughes, de quien han aparecido traducciones en “Sur” recientemente, nacieron, respectivamente, en 1903 y 1902. Langston Hughes es seguramente uno de los más interesantes poetas negros del momento.

 Vagamundo, estuvo en México durante quince meses, aprendió español, enseñó inglés, fue a las corridas de toros y escribió su primer poema publicado en revistas: El Negro habla de los Ríos”. 

 De aquí fue a Nueva York y viajó luego a África y a Europa como marino en barcos de carga. Ha sido portero en un Cabaret de Montmartre y cocinero en un Cabaret Negro. Vachel Lindsay lo descubrió.


  OrtoAño XXIV, no. 2, febrero de 1935. Originalmente: “Notas sobre la poesía de los negros en los Estados Unidos,” Contemporáneos, núm. 10, septiembre-octubre 1931, pp. 197-200.


miércoles, 9 de junio de 2021

Mil cosas triviales. Salvador Novo en páginas cubanas

 

  Pedro Marqués de Armas 

 En la copiosa recepción de la literatura mexicana en Cuba durante los años veinte y principios de los treinta, destaca, de modo singular, la obra de Salvador Novo. Si bien no llega a la presencia, en periódicos y revistas, de un colaborador habitual como José Juan Tablada, ni alcanza a los asiduos Alfonso Reyes y Jaime Torres Bodet, probablemente su puesto venga a continuación. A diferencia de los anteriores, que acompañaron sus envíos con repetidas estancias en la isla, en su caso los textos viajan por su cuenta mientras él, que sepamos, no pisa suelo cubano. Chacón y Calvo, Carpentier y Fernández de Castro, lo conocen en México, y será con el primero con quien establezca un vínculo más estrecho. Pero su amplia acogida insular vendrá sobre todo de la mano de Jorge Mañach, quien, en virtud de una serie de afinidades literarias –no vitales– se convierte en su más sólido seguidor.

 En un artículo de 1926 muy poco conocido y titulado "Un ensayista mexicano", el ensayista cubano por excelencia lo recibía con estas palabras: “Nadie en nuestra América les enseñará, como él, la importancia de todas las cosas, hasta de las más cotidianas, hasta de las más humildes. Está afiliado a la secta internacional de curiosos a la que ha dado deliciosas normas, desde Inglaterra, el eupéptico, Mrs. Chesterton. Al modo como este derrocha ingenio, filosofía, cultura, y buen humor para explicarnos el misterio de un tirador de puerta o la trascendencia de yacer en cama con la mirada en las vigas.” Precisemos que Novo ya era bastante conocido por el gremio minorista, y que lo era por rasgos que lo distinguieron desde que comenzó a escribir: su precocidad, su versatilidad que lo hace aparecer unas veces como poeta y otras como cronista, dramaturgo, crítico, etc., y su desafiante cosmopolitismo. Pero a Mañach, que lo ha seguido de cerca y tiene delante Ensayos (1925) –ese cuaderno múltiple en el que Novo incluye, además, poemas y traducciones, escritos ajenos, todo una matriz de trabajo–, no se le escapa el gesto y la condición de ensayista por sobre todo, es decir, de escritor anclado lo mismo en el género que Montaigne inventa y los ingleses perfeccionan, que en esa suerte de ejercicio no sacro que hará de toda su literatura una recreación, un ensayo.

 Así se explica el que Novo sea para Mañach el prosista más inteligente de su generación, y que cada vez que se refiera al tándem que conforma con Villaurrutia, aluda a éste como al poeta y reserve para Novo el calificativo de ensayista.

 Situémonos ahora en la que quizás sea la primera colaboración de Novo, y en la importancia de la misma. En fecha tan temprana como enero de 1924, la revista Social publica tres poemas suyos que anuncian, sin dudas, la emergencia de un tipo de poesía en español marcada ya por la experiencia de la New Poetry. Salvo algún que otro poema de El soldado desconocido de Salomón de la Selva, quien influyera tanto en el mexicano, hasta ese momento no había aparecido en Cuba ninguna otra muestra donde se aprecie de modo tan claro la asimilación de la poesía norteamericana, a la par que esa búsqueda cosmopolita que toma a Nueva York como el lugar por excelencia de la modernidad. Ya entonces familiarizado con los ritmos de Sandburg, Lindsay y E. L. Master –a los que, entre otros muchos, traduce–, los poemas en cuestión pertenecen a lo que podríamos llamar su “serie neoyorkina”, aun cuando todavía no había visitado esa ciudad.

 Moderno ávido, geófago insaciable, Novo no solo hizo del viaje un pretexto literario, sino que se anticipó a algunos, como puede apreciarse en XX Poemas, donde la añoranza de alguien que aún no conoce otro medio de transporte a distancia que el tren, y que ni siquiera ha visto el mar de su país, se enseñorea soberanamente sobre mares, ciudades y puertos diversos. Como otras tantas inscripciones precoces de la experiencia de vanguardia en revistas cubanas, también esta pasaría inadvertida, no solo por no haberla destacado ningún contemporáneo, lo cual resulta comprensible, sino por no señalada por la crítica o los estudios académicos. Si bien Social, como revista de modernización (no propiamente vanguardista), construyó desde sus páginas, ya desde mediados de la década de 1910, la imagen de Nueva York como núcleo de la modernidad apoyándose en la fotografía, el cine y la moda, la poesía publicada en dicha revista no siguió sino, salvo escasas excepciones, el recortado sendero hispanoamericano. Con los poemas de Novo –“El pueblo”, “Cementerio” y “Ciudad”– principia la circulación de una poesía que ha incorporado no pocos atributos de la megalópolis: arquitectura, publicidad, personificación de la ciudad y la muchedumbre, anonimato, etc. En estos tres poemas como tal, a diferencia de otros de XX Poemas, Novo no se lanza a plenitud sobre las utilerías de la cultura de masas, pero exhibe, en cambio, en grado sumo, esa tensión metafísica propia del drama del individuo en la gran urbe y de su absorción por un espacio vertiginoso:

  (…)

  Un disco negro

  rubrica la ciudad

  en nuestro cerebro

 

  Y la estatua de la Libertad

  abre la carta de mi cama 

                      (“El pueblo”)

  (…)

   El hombre que inventó los ángulos

   en su propio laberinto

   fatiga sus pasos

                     (“Cementerio”)

   (…)

   Huecos en la carne

   de los edificios…

                       (“Ciudad”)

 Las imágenes alusivas a la jaula de hierro tienen en común su carácter de trasposición espacial, y descansan en otras donde es más claro el influjo ultraísta, en Novo siempre compensado por su sentido del humor:

   (…)

   Aunque el tren cirujano

   hace a diario

   transfusión de glóbulos blancos

   no es más que un cigarrillo

   en un prado…

                  (“El pueblo”)

 Hay en estos poemas, particularmente en “Ciudad”, un eco de lecturas de Pound y, en específico, de la traducción que Novo realiza de “N. Y.”, conocido poema donde el imaginista declaraba su conflictivo amor por dicha urbe, proponiendo aquello de “infundirle un alma”: 

          (…)

          My City, my beloved,

          Thou art a maid with no breasts,

          Thou art slender as a silver reed.

          Listen to me, attend me!

          And I will breathe into thee a soul,

          And thou shalt live for ever.

                                (Ripostes, 1912)

 Novo lo había traducido en 1923, es decir apenas un año antes. Se advierte en ambos poemas una percepción ambivalente (amor/desamor, ingravidez/caída) a la vez que de reclamo de una escucha que se resiste o no acude a tiempo para amparar al sujeto en su soledad, en su vértigo. Uno en la multitud, queda a solas entre rascacielos y tendidos eléctricos que incitan a elevar la mirada, o bien a planear desde lo alto, como en una ejecutoria área que tiene por objetivo cartografiar el paisaje urbano.

  “Ahora sé que estoy loco/ porque aquí hay un millón de gente aturdida de tráfico”, traduce Novo, quien añade en su poema “Ciudad”:

   Carretes de hilo

   para enhebrar la sed infinita

   sobre los techos (…)

   

   El suelo se pega a nuestros pies

   aunque ascendemos

   como se aspira

   para expirar.


 Habrá que esperar hasta 1927 para que la imagen vanguardista de la ciudad moderna, casi siempre condensada en N. Y., circule de modo habitual en la poesía publicada en Cuba. En este sentido, los poemas de Novo se anticipan a los de Genaro Estrada, Serafín Delmar, Alfredo Mario Ferreiro, Cardoza y Aragón o Maples Arce, entre otros latinoamericanos que, siguiendo la senda de Cendrars o Morand, o bien la de futuristas y ultraístas, facturaron una visión por lo general más exaltada o exterior, y también, a menudo, más ideológica. Novo, el más moderno entre los modernos, se alimentó de unos y otros sin caer en la mímesis o el fetichismo tecnológico, ni menos, en un voluntarismo social. Cuando en XX Poemas trae a colación al Ogro y al Proletario, declarando su simpatía socialista, lo hace denotando cierto cómplice convencionalismo, a tono con los tiempos y el lugar que ocupa en el entramado institucional.

 En realidad, serán las crónicas norteamericanas de Tablada, publicadas regularmente en La Habana, el producto que mejor escolte esa mirada que infiltra ya, como puede apreciarse en la poesía y la prosa de ambos, la percepción de las ciudades latinoamericanas que, sin duda, transformaron definitivamente. Los mitos del consumo y los artilugios técnicos no anulan en Tablada y Novo, sino todo lo contrario, una experiencia de lo cotidiano dominada por la ironía, el gusto por lo frívolo o el sentimiento de desolación del sujeto. En una dirección que puede ser pictórica pero también prosódica, producen, como diría López Velarde en algún momento, “unos versos con asuntos de Nueva York”. En Tablada asoman ya en 1918 en poemas como “Quinta Avenida”, “Lawn–Tennis” y “Flirt”, preludios de su elástico salto hacia la vanguardia. Ninguno de los dos encumbró la máquina, sino que, como buenos freudianos, indagaron en sus efectos represivos a la vez que en los dividendos liberadores de una nueva subjetividad.

 A los poemas “neoyorkinos” siguió la aparición en 1926, también en Social, de uno de los mejores poemas de Novo tanto por el despliegue de imágenes como por su burlesco cosmopolitismo, esta vez a la francesa y enfrentado a una visión de la gran ciudad que asimila al “lamentable progreso”: “El mar”. Poema viajero, que recuerda de algún de modo a “Trópico” (1924) de Alfonso Reyes, sobre todo en esas últimas estrofas por las que discurren, como en giróvago mapamundi, todos los mares del planeta, lo atraviesa sin embargo una veta menos antropológica y resueltamente inventiva, tanto, que seguía aún su autor sin conocer el mar. Este acontecimiento –al que siempre se anticipó– no se concreta hasta su viaje a Hawaii a inicios de 1927. Si el humor en Reyes caza con el “estudio de un hábitat” y se echa la historia a la espalda, acá se trata de una sucesión de viajes imaginarios –aventureros, comerciales– que confluyen en una desparpajante mirada turística que confabula, al mismo tiempo, una especie de caída de la nueva Roma:

  Nao de China

  cofre de sándalo

  hoy los perfumes

  son de Guerlain o de Coty

   y el té es Lipton’s. 

 

   (….)

 

   ¡Oh mar, ya que no puedes

hacer un sindicato de océanos

ni usar la huelga general,

arma los batallones de tus peces espadas,

vierte veneno en el salmón

y que tus peces sierras

incomuniquen los cables

y regálale a Nueva York

un tiburón de Troya

lleno de tus incógnitas venganzas!

 Más bien, la historia deviene un desfile de rótulos y postales que el poeta baraja con cierta pericia funambulesca. Se ha señalado lo mucho que “El mar” debe a “El cabo de Buena Esperanza”, notable poema de Coctaeu que Novo tradujo y publicó un año antes, lo cual es cierto, pero siempre que se indique el pulso más arriesgado –por lo ocurrente de las imágenes en una estructura menos abierta– de los versos del mexicano. Como también, siempre que se reconozca esa facilidad con que absorbe a la vez las enseñanzas de otros franceses: entre ellos Apollinaire y Max Jacob.

 En Revista de Avance y en el Suplemento Literario del Diario de la Marina, donde ya es notoria la filiación de vanguardia y un posicionamiento a favor de otras literaturas, Novo vuelve a ser convocado como poeta pero también como traductor. En 1927, año inaugural de ambas publicaciones, aparecen, en un caso, los poemas "Libro de lectura" y "El primer odio" –par de autorretratos que incluye en Espejo (1933)– y, en el otro, “Noche”, uno de los mejores entre los XX Poemas. Como traductor, se conocieron sus versiones Vachel Lindsay y Christopher Morley, en una muestra de poesía norteamericana organizada por Fernández de Castro, quien ensalza de paso las traducciones de Rafael Lozano, así como “La pequeña antología de poetas norteamericanos” –se refiere a Antología de la poesía norteamericana moderna– que, al “atento cuidado del fino espíritu de Salvador Novo”, había aparecido en México pero que apenas circuló y era imposible de encontrar. Se reprodujo, además, en la revista Orto, su ensayo sobre los poetas negros en Estados Unidos.

 Si Mañach le abre las puertas de Avance, Fernández de Castro hace otro tanto en el Diario, al incluirlo además en el dossier “Poesía de la Hora en México”, donde lo exorna con el sempiterno retrato de Montenegro, pero también con una presentación que se excedía, al mofarse de su sexualidad: “Salvador Novo representa en el escenario ideológico mexicano, la personificación de la más elegante “nonchalance”. Se piensa, al encontrarlo en un Florian redivivo, mezclado con Rivarol, en partes proporcionales y aleatorias. Quizás más culto. Y también, sin quizás. No hay, para su intelecto inteligente, terra incognita alguna en el panorama universal. Sus oyentes, en la cátedra que explica, siempre mayores de edad, se pasman al oír sus disertaciones sobre “La celestina”, o sobre cualquier poeta de cualquier escuela y país. Y por encima de todo, la sonrisa. Una sonrisa de niña buena, que justifica todas las impertinencias. Y sus impertinencias amables están en sus gestos, en su ropa, en las acrobacias de su espíritu. Tiene publicado no más que sus “Ensayos”, exquisitos en el contenido y la presentación. Trabaja, en serio, 8 horas, entre su clase y el puesto técnico que desempeña en el Departamento de Educación. Estas 8 horas, como las otras 16, las pasa sonriendo y esto, pocas veces, no lo perdonan los amigos”.

 Semblanza que reconoce su talento, deja entrever sin embargo, en un tono que pretende ser humorístico, su condición homosexual, revelando más que nada los prejuicios del reseñista. No solo eso, en la nota sobre Gorostiza del mismo dossier vuelve a señalarse su homosexualidad cuando, ahora por medio de una falsa errata a propósito del poema que Gorostiza dedica a la artista sueca Jenny Lind, se habla del “perfume de los años amables, cuando vivía la cantante Salvador Novo”. Si bien el humor funcionaba en ocasiones, entre los vanguardistas de la región, como recurso y seña de identidad, tiene aquí todo el viso de pedantería al que propendieron algunos escritores cubanos que, como Fernández de Castro y Raúl Roa, se sumaron a las descalificaciones de orden estético y sexual. Tan solo un año más tarde, prestaría su página del Diario de la Marina para un ataque abiertamente homofóbico contra los miembros de Contemporáneos y, en particular, contra Salvador Novo, urdido desde México por Diego Rivera y Tristán Marot.

 El trato de Mañach será, en cambio, centradamente literario y, por descontado, cuidadoso, como lo había sido el de la revista Social. En esta publicación se darían a conocer, además de los poemas referidos, otros textos suyos que incurrían en la transgresión de géneros: el relato teatral “Fechas. Diálogo moderno de ideas antiguas sobre los jóvenes”, el drama ibseniano en cinco actos precedido de un breve ensayo, “Divorcio”, y un capítulo de “Return ticket” –acaso su libro más fascinante– que, para más juego, apareció junto a un texto de Rafael Heliodoro Valle que dialogaba, en paralelo, con el de Novo. Por su parte, en Avance publica el relato humorístico “Nocturno de la carne”, un ensayo sobre el novelista norteamericano John Erskine, y la crónica “Guadalajara” que, junto a una reseña de Mañach sobre Return Ticket, apareció en el número homenaje a las letras mexicanas de noviembre de 1928.

 Conviene detenernos en la reseña por dos motivos. Primero, por la sagacidad con que Mañach capta la seductora oferta de Novo, desmenuzando en pocas frases la coexistencia de géneros diversos –cartas, biografía, relatos, cuaderno de viaje, etc.– en una estructura “cuasi novelesca” que califica como una pieza única en la “enfática” literatura latinoamericana; y, segundo, por descubrirnos, a la par, su opinión sobre los Contemporáneos, es decir, la idea que tenía sobre la estética del grupo. En este sentido, topamos con ese desnivel, frecuente en Mañach, entre su comprensión a fondo de determinado autor o tipo de literatura, y el no poder separarla de cierto valor general, sea por hábito filosófico o por exigencia moral. Así, observaciones atinadas como que en Novo lo importante es el pretexto y no el asunto, el trazo y la audacia de las invenciones, o el elegante desenfado con que construye su obra, cohabitan con explicaciones en extremo causalistas, como cuando, tras contraponer su sensibilidad a la violencia y el machismo revolucionarios, califica de enfermiza su alegría y afirma: “Tal vez esta tónica decadente va ya siendo característica –alarmantemente característica– de un brillante sector de la nueva literatura mexicana. Lo que no se alcanza bien, a esta distancia, es si se debe a una real fatiga y desgaste producidos por la larga tragedia social de México (hay quienes le achacan a la Guerra el gidismo francés) o a una actitud de exquisitez asumida ante lo grueso y lo arisco, que esa misma historia reciente de México ha entronizado hasta en el arte.”

 No será su opinión última sobre el grupo, al que en otras ocasiones –y mientras escribe con acierto sobre la poesía o las novelas Villaurrutia y Torres Bodet– valora ya no por su presunta decadencia, sino por su hipotético vigor: “Una voz más, entonada y valiente, no al unísono con las de las otras juventudes de América; pero sí en consonancia con ellas. Una voz que se eleva sin esfuerzo hasta la tónica continental del momento”. No obstante, en general, su visión se alimentó de la amistad, el intercambio de colaboraciones y de correspondencias estéticas –incluyendo una lectura en positivo del influjo de Gide, al que Villaurrutia traduce para Avance– más que de diferencias de cualquier otro orden.

 Comoquiera, las simpatías y coincidencias entre Mañach y Novo eran muchas. Por aquellos años, además de practicar diversos géneros, comparten de modo cabal la afición por la ensayística inglesa, en la que se forman desde Lamb hasta Chesterton, en el gusto por los “menudos momentos” y el apego al humor, la ironía y las paradojas. Los emparenta desde luego el aprendizaje de una lengua de la que traducen, lo mismo, a filósofos graves como Santayana que a poetas lúdicos como Christopher Morley. Aunque grandes lectores y divulgadores de la nueva poesía norteamericana, Novo lo aventaja en la tarea por el mayor alcance de su labor como traductor, desde Sandburg y Lindsay hasta Edgar Lee Master, y desde e.e. cummings a H. D. Novo traduce además, profusamente, a los poetas franceses.

 Ambos precoces, en el mexicano –como dijera Monsiváis– la precocidad será señal de arraigo, mientras en Mañach el ensayista desarraigará al narrador y al dramaturgo. Como cronistas de ciudades avanzan juntos un trecho, seducidos por lo moderno pero sin renunciar al pasado (Novo con mayor reserva de fuentes poéticas y populares, no solo mexicanas, también españolas), o bien como observadores –a menudo viajeros– de circunstancias que reclaman una mirada microscópica, dirigida al detalle, al desmenuzamiento de las maneras de ser. Les seduce el psicoanálisis, asumiéndolo Novo como heterodoxo autoanálisis con el que impulsa sus aventuras eróticas, además de como forma de leer, y Mañach como ocasional utensilio crítico. Y hasta ahí. Mientras Mañach, el atildado, lleva por molde un espíritu clásico, Novo es de entrada un provocador, y pone como Wilde su genio al servicio de su vida y su talento al de una obra que supo no encumbrar y que voló siempre rasante –no rastrera– como ese ejercicio declaradamente intrascendente que fue.

 El ensayista que lo deslumbra en fecha tan temprana como 1926 era un tanto su reflejo especular: “Novo descubre con erudición y agudeza la razón de ser de mil cosas que solo estimamos triviales porque están tan metidas en nuestro vivir. Pone entonces su rica cultura al servicio, no de las grandes tesis aburridas, sino de las pequeñas averiguaciones gratas a la sensibilidad. Y encuentra que desde la miga de pan hasta el modo de hacerse la barba son fenómenos dignos de estudio y capaces de alterar la mecánica celeste.” Un año más tarde se suceden los comentarios admirativos sobre Villaurrutia y Novo, “el poeta y el ensayista”. Entretanto, en la “flamante, sensitiva revista hermana” Ulises, gusta hasta el vértigo de Return Ticket, cuyos capítulos se desgranan de un número al otro al tiempo que hace suyos –los eran también- esos postulados comunes: crítica y curiosidad.