viernes, 16 de noviembre de 2018

Jorge Cuesta: dos poemas




 Réplica a Ifigenia cruel

 Creció mi vida y se hizo
el espacio que invade su presencia,
donde su voz no muere y se termina
y el ademán que olvida a su cuerpo se une.

Nada pierdes de ti
en el tiempo que soy donde te mueves,
nada desaparece o se diluye
sino que fijamente se presenta.

Pero llora su vana vigilancia
la ruina del contorno que medía,
mirando que desborda su apariencia
en la extensa avidez que la vacía.

Desordénate, enloquece, entrégate
al ademán violento con que aspiras
a escapar de la ley que te contiene
o salir del azar donde te viertes:
nada podrás abandonar, y nada
se retira del cuerpo adonde vuelves.


 Delgada

 Delgada, diluida, tenue,
para mis manos ávidas de palparte
gruesa y dura.

Incolora, diáfana,
para mis ojos fatigados sin fruto,
sedientos de tu color espeso y opaco.

Sin olor, sin aliento
en la sombra fría que respiras y abres
y que vuelve a cerrarse expulsando de su aire
la huella móvil que tu vida abandona.

Sin voz, sin palabras
en el murmullo deshilado y deshecho
que pierde la forma que le dan tus labios.

Sin ruido, sin eco
en el largo corredor de mis oídos,
donde te borras antes de que pases.

Y sin peso y sin realidad
sobre mi cuerpo inútil que exagera
el esfuerzo que sueña apoyarte y sentirte.


 Revista de Avance, Año II, Tomo III, La Habana, 15 de noviembre de 1928, núm. 28, p. 316.

martes, 13 de noviembre de 2018

Literatura y nacionalismo

 


   Jorge Cuesta 

 ¿Existe una crisis en la literatura mexicana de vanguardia? Esta pregunta necia ha provocado, aparte de los más o menos irreflexivos síes o noes que sorprendió al periodista, autor de la pregunta, en los escritores que le respondieron de prisa, observaciones más meditadas o menos circunstanciales que merecen que se las considere con detenimiento. Unas se refieren a la literatura de vanguardia y al vanguardismo; otras, a la literatura mexicana y al nacionalismo. De estas últimas me ocupo.
 Samuel Ramos y José Gorostiza, dos escritores jóvenes, han propuesto “una vuelta a lo mexicano”, en cuyos riesgos ya no ha reparado el señor Ermilo Abreu Gómez, en el momento en que Ramos y Gorostiza comienzan a desconfiar de ella quizá. El hecho de que su idea se convierta, casi sin alteración, en idea de Abreu Gómez, ya debe de merecer la desconfianza de ellos. Pues en eso consiste su riesgo; en que en esto viene a parar. El señor Ermilo Abreu Gómez ya la hace servir de escudo a la mediocridad y a la incultura. ¿Qué será en manos de quien la tome después? ¿Pero qué ha sido en manos de quienes ya la tomaron antes? Esa idea no es nueva ciertamente, ni mexicana tampoco; ya demasiada estupidez se ha amparado con ella. Su antigüedad nacional remonta al descubrimiento de América; fueron los primeros emigrantes quienes la trajeron consigo, en busca de un mundo menos exigente para ellos. “La vuelta a lo mexicano” no ha dejado de ser un viaje de ida, una protesta contra la tradición; no ha dejado de ser una idea de Europa contra Europa, un sentimiento antipatriótico. Sin embargo, se ofrece como nacionalismo, aunque sólo entiende como tal el empequeñecimiento de la nacionalidad. Su sentir íntimo puede expresarse así: lo poseído vale porque se posee, no porque vale fuera de su posesión; de tal modo que una miseria mexicana no es menos estimable que cualquier riqueza extranjera; su valor consiste en que es nuestra. Es la oportunidad para valer, de lo que tiene cada quien, de lo que no vale nada. Es la oportunidad de la literatura mexicana.
 Que valga lo suyo, que valga lo que todos tienen, que valga lo que no vale, es lo que exigen quienes se encuentran desposeídos por la tradición. Gracias a la inversión de conceptos propia de todas las formas del resentimiento, es a la tradición a la que señalan como desamparada y desposeída, como inválida. Claman porque haya vestales que vigilen la ininterrupción de su fuego, como si todavía pudiera ser tradición la llama estéril que entrega su vigilancia a los veladores de después. Es la tradición quien vela, y quien prescinde de los que usurpan su conciencia. Para durar, para ser, se vale de quienes menos la previenen, de quien menos la falsifica. ¿Cuándo se oyó a un Shakespeare, a un Stendhal, a un Baudelaire a un Dostoievski, a un Conrad, pedir que la tradición le fuera cuidada y lamentarse por la despreocupación de los hombres que no acuden angustiosamente a preservarla? La tradición no se preserva, sino vive. Ellos fueron los más despreocupados, los más herejes, los más ajenos a esa servidumbre de fanáticos. Quien está más ignorado por la tradición, más abandonado por ella, luego supone que la tradición depende de algo como la concurrencia de fieles a su templo; luego predica a los hombres que cumplan con el penoso deber de auxiliarla, de retenerla; luego dice, como el señor Abreu Gómez: “los discípulos no se seducen; se merecen”. La tradición es una seducción, no un mérito; un fervor, no una esclavitud. Por eso no necesita, para durar, para ser tradición, de las amargas tareas que se imponen los insensibles a su seducción, a su valor.
 Hay dos clases de románticos, dos clases de inconformes; unos, que declaran muerta a la tradición y que encuentran su libertad con ello; otros, que la declaran también muerta o en peligro de muerte y que pretenden resucitarla, conservarla. La tradición es tradición porque no muere, porque vive sin que la conserve nadie. Pero no es así para estos inconformes, entre los cuales no existe real diferencia: es el mismo filisteísmo el que ambos alimentan, así se dividan en protestantes y ortodoxos. En América encontraron el objeto más adecuado para vaciar su prisión en él. Léanse las relaciones de los primeros colonizadores americanos, protestantes o jesuitas. Para librarse de la tradición o para salvarla, América les parece el lugar ideal, mundo plástico y virgen. En americanismo se convierte su resentimiento contra los valores europeos tradicionales. Actualmente, la escuela propiamente protestante de estos rebeldes es la que merece el nombre estricto de americanismo, y la representa un escritor como Waldo Frank. La escuela propiamente ortodoxa, tradicionalista, es la que ha sido capaz de dividirse en tantas ramas como naciones se crearon en el continente; aquí mexicanista, allá guatemaltequista, paraguayista, argentinista. Lo que las dos tendencias persiguen es romper sus amarras con Europa, con la tradición, a la que dan por muerta o por sólo viviente en la memoria que la conserva; a veces, la dan también por encadenada a ella misma, gracias a supuestas razones biológicas que les permiten proponer: Europa, para Europa. Quieren sólo librar la medida que los empequeñece, dar valor a la miseria que poseen, no verse desposeídos de lo que vale. Digo Europa, porque Europa llaman a esta tradición que rehúyen con el fin de imaginar la que pueden llamar también México o América. Europeo debían llamar, sí, y europeísta, a su mexicanismo, a su americanismo, para expresarse sin falsedad. Pero de allí es donde parte su nacionalidad, su originalidad: de su estrechez de miras. No les interesa el hombre, sino el mexicano; ni la naturaleza, sino México; ni la historia, sino su anécdota local. Imaginad a La Bruyère, a Pascal, dedicados a interpretar al francés; al hombre veían en el francés y no a la excepción del hombre. Pero mexicanos como el señor Ermilo Abreu Gómez sólo se confundirán al descubrir que, en cuanto al conocimiento del mexicano, es más rico un texto de Dostoievski o de Conrad que el de cualquier novelista nacional característico; sólo se confundirán de encontrar un hombre en el mexicano, y no una lamentable excepción del hombre. Pues esto les entorpece su tradición nacional, su medida doméstica; les prohíbe hacer reproches como éste: “La vanguardia mexicana no ha surgido para mejorar ni para empeorar ningún camino trazado o esbozado por nuestra sensibilidad, por nuestra mentalidad, por nuestro dolor, por nuestra angustia”; les prohíbe sustituir los mandatos de la especie con los dictados de la angustia y el dolor del señor Abreu Gómez. (Por otra parte, también les prohíbe ignorar las materias en las que se pronuncian con la autoridad que desean; pero no con la que consiguen, diciendo, por ejemplo de un árbol: “como trasplante, sólo produce frutos entecos, picados, sin semilla”, cuando deberían saber que es principio elemental de arboricultura el transplante, para obtener más frutos y más vigorosos).
 La tradición no es otra cosa que el eterno mandato de la especie. No en lo que perece y la limita, sino en lo que perdura y la dilata, se entrega. Así, pues, es inútil buscarla en los individuos, en las escuelas, en las naciones. Lo particular es su contrario; lo característico la niega. Aparte de que sólo la afirma su libertad, cualquier protección, ¿cómo podría protegerla el nacionalismo que no es sino la exaltación de lo particular, de lo característico? El nacionalismo equivale a la actitud de quien no se interesa, sino con lo que tiene que ver inmediatamente con su persona; es el colmo de la fatuidad. Su principio es: no vale lo que tiene un valor objetivo, sino lo que tiene un valor para mí. De acuerdo con él, es legítimo preferir las novelas de don Federico Gamboa a las novelas de Stendhal y decir: don Federico, para los mexicanos, y Stendhal, para los franceses. Pero hágase una tiranía de este principio: sólo se naturalizarán franceses los mexicanos más dignos, esos que quieren para México, no lo mexicano, sino lo mejor. Por lo que a mí toca, ningún Abreu Gómez logrará que cumpla el deber patriótico de embrutecerme con las obras representativas de la literatura mexicana. Que duerman a quien no pierde nada con ella; yo pierdo La cartuja de Parma y mucho más. Me atrevo a advertirlo porque, por fortuna, son muchos más los mexicanos que, no sintiendo como el señor Abreu Gómez, son incapaces de decir: “no son grandes (nuestros artistas)... porque son diestros en el manejo de sus artes, sino porque han sabido rebasar sobre las formas, sobre los aspectos, el espíritu nuevo de México, el ansia de nuestra sensibilidad”. He ahí expresado (lastimosamente, como se lo merece) el derecho que se conceden los mediocres a someter al artista a que satisfaga el ansia de su pequeñez, la cual, con el fin de dignificarse y justificarse, se ofrece como una ansia colectiva, como “el ansia de nuestra...” Pero muchos hombres pequeños nunca sumarán un gran hombre. Vale el artista, precisamente, por su destreza y no por el servicio que podría prestar a quienes son menos diestros que él. Vale más mientras le sirve a quien es todavía más diestro. Cuanto vale para los más incapaces es sin duda lo que tiene menos valor, lo que no dura, lo que no será tradición.

 Literatura y nacionalismo, tomado de La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, octubre de 2003, pp. 4-6.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Antología de la poesía mexicana moderna

   

  Felix Lizaso 

  Una verdadera antología rara vez obedece a un movimiento personal y espontáneo. Generalmente es la resultante de un criterio colectivo, sosténgalo toda una generación o un grupo muy significado de ella. Sólo un propósito de revisión, que aspira a organizar en el libro el contenido de una etapa determinada de la historia literaria, depurado, cernido —lo que queda en el odre de las esencias tras el lento proceso de alquitaramiento de las generaciones— justifica incidir en ese drama que es la antología: cita violenta en el espacio de unas páginas a un puñado de espíritus que no coexistieron en el tiempo y muchos de los cuales duermen ya el sueño tranquilo de la consagración.
 Esta Antología de Poesía Mexicana Moderna, organizada por Jorge Cuesta, acusa desde el prólogo la seriedad y rigor de las intenciones estéticas y el afán de pureza artística que informan el criterio del antólogo y de uno de los sectores más estimados de la joven literatura mexicana. Este sector aporta a la tercera parte de la antología —aquella que registra los pronunciamientos líricos más avanzados— poetas del calibre de Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Gilberto Owen. Como aislado representante de otra tendencia, no compartida en los criterios de esta antología, queda Maples Arce, procedente del grupo estridentista y, sin duda alguna, uno de los poetas más interesantes de la actual hora mexicana.
 Del imperativo de pureza que ha regido la selección y que da un carácter muy orgánico a la obra, salen naturalmente despersonalizados algunos poetas que no resisten un riguroso examen al microscopio estético. Entre éstos se hallan, en un primer término, Nervo; en un segundo término Urbina. El poeta de "La Amada inmóvil" y el de "Ingenuas " no se reconocerían en esta obra. Ya la nota crítica sobre Nervo advierte que, "contra la opinión corriente admirativa del misticismo del poeta", se ha preferido la obra de su juventud, " realizada en los límites de una inquietud artística, dicha en voz baja, íntima, musicalmente grata"; no la obra de " su madurez religiosa y moralista, ajena, las más veces, a la pureza del arte". En estas palabras que he subrayado se compendia la intención estética predominante en la antología. De ella nacen sus virtudes y sus defectos. En la atmósfera de pureza artística que envuelve la obra, los poemas impecables de Othon hallan su clima natural, los "candelabros de oro" que prende Rebolledo en el ardor de su vehemencia erótica resplandecen con brillos estelares, Enrique González Martínez acendra su fervor panteísta; Ricardo Arenales descubre su intimidad lírica castigada en el verso y López Velarde yergue su tono épico en el conjunto de las voces. Las selecciones de estos poetas han sido hechas con certero tino. Cada una de ellas responde a una ecuación lírica distinta. En otras, como en las de los citados Nervo y Urbina (pudiera añadirse Alfonso Beyes y algún otro), traicionan más bien que sirven al poeta o por lo menos no muestran el aspecto más interesante y característico de su obra.
 Se nota la ausencia de algunos nombres. El editor justifica en el prólogo posibles omisiones: “Muchos nombres dejamos fuera de esta antología. Incluirlos en ella habría sólo aumentado pródigamente el número de sus páginas y el orgullo de su índice.” Quiere decirse que no hubieran añadido ningún otro acento peculiar al libro. Una antología es un "armonium" al cual no deben faltar ni sobrar tubos. Yo creo, sin embargo, que un Gutiérrez Cruz y un Genaro Estrada reclaman lugar en esta antología. La omisión del primero nos la explicamos por el criterio de pureza estética que preside las selecciones. Ya se sabe que G. C. es el cantor exaltado, crudo, un poco truculento, de la revolución mexicana y las derivaciones políticas de su obra pugnan con el estricto desinterés del arte. No obstante, parece demasiado duro prescindir por abstractas razones estéticas de una voz lírica bien entonada. En cuanto a G. E. ¿a qué atribuir su ausencia?
 Las notas críticas que proceden a cada selección están hechas con una vigilancia y un rigor crítico admirables. Sobre ellas se sostiene sólidamente la obra. Algunas de carácter polémico, como la de López Velarde, denuncian con toda honradez los criterios estéticos que han servido de norma al compilador. Se destacan por certeras, ceñidas y justas las de Othon, Díaz Mirón, González Martínez y "los nuevos" en general. Resumiendo: una obra notable, de cuyo criterio estético central podrá disentirse, pero cuyo alto valor hay que consignar sin reserva. –F.L.

 Apareció esta reseña bajo el título “Letras Mexicanas. ANTOLOGÍA DE LA POESÍA MEXICANA MODERNA, editada por Jorge Cuesta.—Editorial Contemporáneos". 1928, en Revista de Avance, Núm. 28, 15 de noviembre de 1928, p. 329.  

lunes, 5 de noviembre de 2018

Jorge Cuesta entre cubanos



  Pedro Marqués de Armas

 José A. Fernández de Castro, que además de comunista era un nacionalista que tenía al México revolucionario por ideal, entrevistó en La Habana, en septiembre de 1928, al poeta mexicano Jorge Cuesta, ya entonces resuelto crítico del nacionalismo imperante en su país y del marxismo, comenzando por Marx, como recuerda uno de sus mejores estudiosos, Christopher Domínguez Michael.
 De regreso a su país, Cuesta hacía escala en La Habana luego de una temporada de tres meses en París, en una suerte de exilio forzado por su familia tras el escándalo del acercamiento a Lupe Marín, la mujer de Diego Rivera.
 Ambos personajes se habían conocido exactamente un año antes, en México, cuando Fernández de Castro realiza su primer viaje a aquel país, donde obrará como secretario consular de Cuba, por varios periodos, en las siguientes décadas.
 Carpentier, que había hecho su ruta mexicana pocos meses antes, también conocería a Cuesta, a quien volverá a encontrar en París donde comparten con Antonin Artaud, avivando, desde aquellos días, su futura expedición solitaria. 
 Ambos visitantes quedaron deslumbrados con los muralistas, en quienes vieron una manera genuina de hacer arte, si bien se sintieron cercanos, también, a los poetas que luego integrarían el grupo Contemporáneos, algunos de los cuales –Torres Bodet, Salvador Novo, Ortiz de Montellano y Villaurrutia– venían publicando en Cuba, en las páginas de Social.
 Carpentier escribió sobre Diego Rivera y José Clemente Orozco tan pronto como regresó a La Habana, y presentó más tarde la Exposición Flouquet-Rivera; mientras Fernández de Castro dedicó al pintor y a los poetas mexicanos sendos dossiers en el Suplemento Literario del Diario de la Marina que, por cierto, comenzara a dirigir tras su regreso de aquel viaje.
 El homenaje al pintor (“Silueta pintoresca de Diego Rivera”, en la sección Color y Línea) incluía una minuciosa cronología de su obra, entregada por el propio Rivera; un artículo elogioso firmado por L. Larín Loya; y una breve y amistosa semblanza de Lupe Marín a cargo de Pedro Toledo, que no era otro que Fernández de Castro.
 “Si Diego Rivera es el Popocatépetl entre los mexicanos de todos los tiempos –dice cursi el periodista cubano-, hay razón para creer que Lupe Marín sea… algo así como Iztaxihualt, entre las “tapatias”. Ya el refrán dice, “Dios los cría y ellos se juntan”.
 Y más arriba: “Más de un poetastro “gime” por ella, –que solo lee versos de Shakespeare –o en los “corridos sin nombre de autor”.
  También presentó a los poetas en el texto titulado “Breve noticia acerca de los poetas mexicanos de hoy” (sección Poesía de la Hora). Apoyándose en un artículo de Luis Araquistain, y sin dejar de citar el notorio ensayo de Xavier Villaurrutia "La poesía de los jóvenes de México", señala la existencia ya desde 1920 de una nueva generación donde sobresalen tres grupos definidos: los puros, los nacionalistas, y los estridentistas o sociales.
 De cada poeta aparece un dibujo y un pequeño comentario acompañando los poemas. Estos eran Salvador Novo, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Manuel Maples Arce, Enrique González Rojo, List Arzubide, Martínez Valadez, María del Mar y la indomable Nahui Olin.
 Falta Cuesta. Su nombre resonará, sin embargo, poco más tarde a propósito de Antología de la poesía mexicana moderna que, como se sabe, causó escándalo en su momento, colocándolo –cabeza visible– en la picota tanto de la crítica oficial, como nacionalista, cuando ya venía señalado por su affaire con Lupe.
 Cuesta prologó, sutil y terminante, la selección y, si bien la mayoría de las notas no eran suyas, no hay dudas de que traduce las opiniones y el gusto de todo un grupo que lo tenía como su crítico más preparado.
 La entrevista en cuestión, probablemente desconocida, es decir olvidada hasta hoy, tiene como trasfondo ambos escándalos.
 El de la antología no era sino continuación de un posicionamiento cada vez más claro, en contra del nacionalismo estrecho y del arte para las masas, ostensible ya en las páginas de la revista Ulises, abierta a la modernidad europea y norteamericana, a la traducción, al rigor formal, etc., y donde Cuesta jugó un papel fundamental.
 Del otro bullicio, estaba muy enterado el entrevistador. En su viaje a México se había hecho amigo de Lupe Marín, y mantendrían durante algún tiempo correspondencia. Como recuerda Ana Cairo, ella “lo asumió como un confidente discreto de sus crisis con el pintor, hasta que sobrevino la ruptura definitiva, y de sus amores con el poeta Jorge Cuesta”.
 Interroga, pues, subrepticio, a alguien de quien conoce más de una cosa; a quien regresa decidido a casarse (“En llegando, como se dice, me caso con Lupe”, escribió apenas arriba a Francia) y, no sólo eso, a salvar a aquella mujer de las garras de su oponente.
 Así que la pregunta por la obra del pintor no podía faltar. Como todas las que da, la respuesta es parca, incluso distante. Luego de criticar la “revalorización” de Diego Rivera desde ciertos sectores, concluye: “Usted sabe también que Tamayo, Pacheco, Covarrubias y Lazo, trabajan con más provecho cada día”. Igual desgano cortante, al preguntársele por su antología, remitiendo a una carta que enviaría a Social.


 Si desde Revista de Avance se dio amplia cobertura tanto a los muralistas como a los poetas mexicanos, lo mismo de una que de otra tendencia, igual puede decirse en relación al Suplemento Literario. Ambas publicaciones dedicaron monográficos a México. (En el de Avance, aparecerían dos poemas de Cuesta, uno de ellos excelente, su “Réplica a Ifigenia cruel”.)
 Habría, por tanto, que estudiar las posiciones en cada caso. Mañach e Ichaso, por ejemplo, fueron buenos abogados de los Contemporáneos, y defendieron “el rigor” de aquella antología. Carpentier y Fernández de Castro, al contrario, para no hablar de los redactores de Atuei, eran fervientes seguidores de los muralistas y del papel social, o bien político, del arte y la literatura. 
 Sólo dos meses después de la entrevista a Jorge Cuesta -cuando éste, finalmente, obtiene la promesa de casamiento-, Fernández de Castro prestará su página para la publicación de un virulento artículo del pintor, el titulado “La realidad intelectual mexicana”.
 Se trata, en este caso, de un dossier enviado por el intelectual comunista Tristán Marof, que contenía, además, fragmentos del mural "Al que quiera comer que trabaje" fotografiados por Tina Modotti, así como dibujos y una reseña laudatoria del pintor cubano, entonces por México, Hernández Cárdenas.
 En esta pintura, Rivera la emprende contra los escritores-zánganos, representando a Antonieta Rivas Mercado, mecenas de los Contemporáneos, viéndose obligada por una mujer del pueblo a tomar una escoba para ponerse a barrer, en tanto Salvador Novo ("La caída del arte puro") aparece arrodillado, orejas de burro y cabellera femenil, mientras un miliciano lo patea con su enorme bota.  
 Todo señal, no sólo de un exacerbado marxismo que, según Maroff, desmoronaba a la “pequeña burguesía literaturizante”, sino del nivel de grosería y rencor doctrinario al que se había llegado. 
 En su artículo, después de salvar únicamente a Maples Arce y a List Arzubide (“de una modernidad entendida como el concreto y el hierro en la construcción”), Rivera se lanza contra los poetas burgueses, calificándolos de “retardados”,  “nuevo-ricos”, plagiarios de Joyce –en referencia a la revista Ulises y su vocación por otras literaturas-, “poetas salubres” –en alusión a la financiación de Contemporáneos-, imitadores, entreguistas, etc.
 El calificativo más presente resulta, sin embargo, el de “posteriores”, es decir, el de homosexuales. (1)
 No menciona a Cuesta, pero lo incluye, como mismo hace un “retrato” de Novo y señala por sus nombres a Torres Bodet y a Villaurrutia y, de paso, al pintor español –quien lo había criticado y seguiría haciéndolo desde diferentes tribunas- Gabriel García Maroto.
 Amigo de Julio Antonio Mella, Fernández de Castro tuvo ocasión de encontrarse en México, en aquella estancia de septiembre a diciembre de 1926, con el líder comunista cubano. Fue él quien le regaló el sombrero tejano que se haría famoso en las fotografías de Tina Modotti.
 Tina y Diego Rivera ya eran amantes; después lo sería de Mella. Fue la irrupción de esta extraña e indescifrable mujer, los celos que despertó “la cubana” –como la llamaría, despectiva–, lo que llevó a Lupe Marín a romper con su marido e inclinarse, ya entonces, por el poeta. Un ser realmente en las antípodas, que no soportaría la presión, abocándose luego a la locura.
 Valdría la pena recordar, para concluir, una deliciosa anécdota de Lorenzo García Vega recogida en Los Años de Orígenes. Eco de antiguas fobias de la época comunista -que sin cesar, recomienzan-, se trata de un encuentro entre Lezama y Cuesta. Un encuentro en diferido... Debió ocurrir a comienzos de los cuarenta y alrededor de aquella sospechosa antología:
 “Un día, cuando era joven, Lezama llegó a la Biblioteca Nacional. Quería, Lezama, leer a Jorge Cuesta, pero nadie, en la biblioteca, sabía quién era Jorge Cuesta, ni nadie, en la biblioteca, sabía por dónde andaba Jorge Cuesta. Así que llamaron al director, al director que era un escritor llamado José Antonio Ramos. El director, escritor, Ramos, no quería usar un bombín de mármol, ni quería derretirse Ramos. Pero el director había heredado las confusiones de los cejijuntos bombines positivistas. Era, y no era, el Ramos. Era el que no quería derretirse, pero no era el que se había salvado del engarrotamiento. Por lo que Ramos, como todo el mundo en Cuba, estaba resentido. Por lo que Ramos no podía ser la tradición. Así que Ramos, que conocía a Cuesta, encontró lo que Lezama pedía. “¿Quién quiere leer a este maricón?”, dijo el director de la Biblioteca Cubana. “Yo”, contestó Lezama. Y entonces Ramos, el director, entregó el Jorge Cuesta que había pedido un joven cubano.”

  Nota: 

 (1) El artículo fue escrito, probablemente, por Marof, como el propio Marof confesaría años después de su ruptura, por motivos ideológicos, con el pintor. Arribista Marof, debe aceptarse, en principio, que glosaba ideas de Diego Rivera. Enterado estaría cuando escribió México de frente y perfil (1934), donde arremete contra los Contemporáneos en un capítulo que tituló “Escritores afeminados”
 “El viajero o el observador, desde el primer momento se sorprende en México del abuso literario de la palabra “joto”. Cualquiera se imagina que se trata de un nombre consagrado. El encanto se desvanece rápidamente, pues los señores literatos “jotos” son tristes y desvaídos burócratas, que desempeñan oficios inferiores en la administración mexicana (…) No tienen ni imaginación. Salvador Novo es autor de un libro sedante, jactancioso y para ciertas mujeres lesbias” (…) “Que nunca se han movido de México pero adoran un París corrompido y sádico” (…) “Su prosa es acrobática, movible e insignificante. Cada frase suya busca “rectamente un objeto determinado. No usan vaselina. Se creen discípulos de Freud, de Costeau (sic), de Gide”.
 “Luego de esto –dice Monsiváis, por quien cito: Salvador Novo: lo marginal en el centro, 2000, pp. 81-82- la respuesta del aludido podrá ser excrementicia, pero se atiene a la consigna del no dejarse:  

  A un Marof

 ¿Qué puta entre sus podres chorrearía
 por entre incordios, chancros y bubones
 a este hijo de múltiples cabrones
 que no supo que nombre se pondría?

 Se llamaba, en realidad, Gustavo Adolfo Navarro Ameller. A México llegó llegó desde Cuba, “invitado” a salir por el Gobierno de Machado en abril de 1927. Se hizo enseguida amigo de Mella. En sus memorias, dejó interesantes confesiones sobre Fernández de Castro y otros muchos intelectuales cubanos.