viernes, 21 de septiembre de 2018

De Unamuno




 "Amigos de "1928" en adelante y hasta que Dios sabe y quiera-. En mi bien poblada soledad del destierro fronterizo me entretengo y solazo con su, "1928", lo que me desquita de otras lecturas que tengo —¡terrible tener que!— obligación moral de seguir. Hoy, leyendo el último número, me ha salido lo que sobre el vanguardismo les doy a la vuelta y que entrará en mi próximo libro, un cancionero de la doble frontera."

            VANGUARDISMO
             
            Y bien, esas aguas rotas,
            cahorzos* en medio del desierto,
            buscan... ¿qué buscan?
            No buscan, esperan
            la gran avenida que las unza
            y nazca del poniente el río;
            río que arrastre en légamo los árboles
            con su hojarasca seca,
            ruinas de chozas y hasta de palacios,
            cunas y tumbas,
            tronos y tajos,
            estrados, escaños y ruedos
            cetros, báculos, metros y cayadas,
            ruecas y espadas y bastos
            y oros y copas,
            pitos y flautas,
            camas y mesas,
            tinas y artesas,
            hasta que al fin se encauce en las riberas
            por donde ayer no más se iba a la     
            mar el río eterno.

 A

 Mejor excéntrico que concéntrico.
Centro es punto,** esto es: picada, 
suele herir en plenilunio,
y de él se debe salir;
puro punto es pura nada
y concentrarse es morir.


 B

 A lunáticos la Luna
suele herir en plenilunio,
un soldado de fortuna,
un soldado de infortunio!

 Con un cordial saludo de
  MIGUEL DE UNAMUNO


 Hendaya
 18 — IX — 28

* Cahorzos se llama en Castilla a los charquitos en que se deshace un riachuelo en el estiaje y son como cuentas sueltas de un rosario roto.

 * * Kentron equivale, en efecto, a punctum de pumgere


 Revista de Avance, 15 OCTUBRE 1928. Núm. 27, p. 269.  

jueves, 20 de septiembre de 2018

Poesía nueva en Cuba



 Bernardo Ortiz de Montellano

 El grupo minorista de la Habana, selecto, orientado, alza la voz para, iniciar la revancha contra el tiempo, desnudando sus propios horizontes. Pintura, Teatro, Poesía, Crítica —este nuevo género creador— al amparo del año, hoy 1927, se renuevan en Cuba al empuje de su juventud enrolada a la falange que intelige, la nueva orografía del pensamiento, en América.
 Por fortuna todavía el público les ignora, minoristas de todas partes que son a un mismo tiempo predicadores y oyentes, libertándoles, porque el hablar consigo mismo es, desde Gracián, el camino maduro del espíritu, creándoles además el santo y seña tipográfico de las Revistas nuevas, hechas para cruzar el mar, con que estos grupos se entienden, con entendimiento masónico. (C'est bien, Paul Morand: "Una generación es, en el fondo, siempre, una masonería).
 Pero ¿y la Poesía? La poesía, seamos justos, está sufriendo ¿gozando? la invasión de la novela. El cinematógrafo, con múltiples cazadores, dioses a deshumanizarla robándole todos los argumentos, todas las descripciones y, además, la psicología externa y el realismo de que abusó a fines del Siglo XIX a tal punto que, cuando llega Proust con la investigadora conciencia de su sillón de ruedas y el microscopio de la memoria, tiene que volver del revés el género hasta iluminarnos lo oscuro de la vida y del pensamiento. (¿No es este un terreno de la poesía?).
 Para la poesía de América pasó el romanticismo de Martí y de Gutiérrez Nájera; el modernismo de Darío y Nervo. Los más destacados poetas cubanos de hoy, Marinello, Tallet, Loynaz, han doblado esa sirte y la otra infusa —¡bella!—de Juan Ramón Jiménez va también quedando atrás. Con qué diferente ponderación —ese equilibrio del gusto de linaje Goethiano— y valedora cultura emprenden, estos poetas, la ruta alejados del grito romántico, simplemente patriótico o sensual, tanto como del vanguardismo exagerado que es extravío de la incultura.
 Marinello finamente unido a la buena poesía tradicional, pura como el lenguaje mismo, prefiere seguir la curva —vuelo indeciso— que forja la canción aun sin la música y casi también sin las palabras. Tallet, nuevo en sí mismo, rico de ese nuevo grado y agrado de la emoción que es la tierna ironía gozadora del dolor por la inteligencia y Loynaz, el más joven, buceadores inquietos, alzan, de un golpe, la lírica cubana hasta los hombros del arte actual.


 Revista de Avance, La Habana, Agosto 30 de 1927, núm. 10, p. 249.


martes, 18 de septiembre de 2018

¿Artistas y hombres o titiriteros y malabaristas?




  Emilio Roig de Leuchsenring 

 ¿Cuál debe ser la actitud de los intelectuales nuevos ante los problemas político-sociales de la patria respectiva y de la humanidad, en los días que corren?
 Es ésta una pregunta que es necesario se hagan y se contesten, después de hondamente meditada y estudiada, aquellas juventudes que en el mundo y principalmente en  América —ya que a América queremos y debemos referirnos principalmente— han levantado y mantienen bandera de  revolución en las letras y las artes.
 Renovadores y revolucionarios se consideran a sí mismos esos escritores y artistas, y al servicio de sus ideales, y por el triunfo de ellos, ponen las armas formidables de inteligencia y cultura, y libran batallas no por incruentas, menos arduas, recias y despiadadas, en una perenne guerra sin cuartel a cuanto pugne con su manera peculiar de ver, sentir y expresar el arte en sus diversas manifestaciones.
 Pero, contrastando con este convulsionismo artístico, suelen tener los intelectuales nuevos, una absoluta indiferencia, o repulsivo desdén, cuando no hostilidad más o menos manifiesta, para todos los problemas o cuestiones de carácter  político-social, tanto nacionales como continentales o mundiales. Y si por circunstancias, casi siempre ajenas a una consciente decisión, se enrolan en alguna campaña o algún movimiento de esta índole, resultan en ellos simples autómatas o aprovechados comparsas, que como dice Araquistain, aludiendo al caso mexicano, "van en la cabalgata; pero el corazón y la cabeza están lejos”. Y no faltan, en cambio, intelectuales nuevos, cuyo radicalismo de un vanguardismo  avancista, artístico, no les impide, sino que parece les facilita, militar en los campos más retrógrados y conservadores político-sociales y hasta vivir en complicidad con los regímenes más inaceptables, no ya para radicales revolucionarios como ellos pregonan ser, sino hasta para los más tímidos y pacíficos liberales, incorporándose —vendidos o sometidos— al servicio del capitalismo o el despotismo.
 No es, por último, difícil encontrar a estos intelectuales nuevos — iconoclastas irreductibles en lo que a las bellas artes se refiere — enyugados al carro de todos los prejuicios y convencionalismos religiosos, civiles y hasta sociales, de la mal llamada clase alta o aristocrática.
 ¿A qué se debe este contrasentido o inconsecuencia entre la actitud de artistas y la actitud de ciudadanos y hombres, que ofrecen muchos de los intelectuales nuevos de la hora de  ahora?
 En unos, a pobreza de espíritu, a desarraigables influencias atávicas de familia o de clase, a falta de honradez intelectual.
 En otros, a que su radicalismo es simple pose, para epatar al público burgués, a las niñas del smart set, a los niño bien y a sus papás acomodados, o poder alardear de superioridad, entre los de la clase, siendo en el fondo de un petulante aristocratismo, de un atraso mental más allá de la extrema derecha conservadora y un mal contenido desprecio para cuanto se relacione con las masas populares.
 En muchos, a un mal entendido concepto de lo que es la lucha político-social, pensando erróneamente que participar en ella es convertirse necesariamente, en político de barrio o en agitador de bombas y barricadas.
 En algunos, a incomprensión del verdadero sentido y finalidad de la obra artística, incompatible pitra ellos, so pena de rebajarla o prostituirla, con todo propósito político social.
 Equivocaciones todas lamentables, las de estos intelectuales nuevos que así piensen y así actúen, por ellos mismos, por el valor y trascendencia de su obra artística, y por el servicio inapreciable que le restan a la patria respectiva y a la humanidad en esas otras revoluciones —político-sociales— que en unos países se están realizando y en otros imprescindiblemente han de ocurrir, y que estos intelectuales jóvenes podían y debían ayudar y encauzar de manera eficacísima con las certeras armas que poseen. Nos referimos, desde luego, a los probados valores y a ios sinceros y honestos, no a los Pachecos ni mercachifles y saltimbanquis de las artes.
 No es posible que los intelectuales nuevos, honestos, sinceros y honrados, se sustraigan al conocimiento y participación de los grandes y vitales problemas políticos y sociales de su patria respectiva y de la humanidad.
 ¿Si comprenden y sienten la renovación y revolución artísticas, cómo no han de sentir la más amplia, trascendente y necesaria renovación y revolución política y social? ¿Si son artistas nuevos, no han de ser hombres nuevos también?
 Así lo han comprendido y así lo son algunos de los más brillantes paladines del arte nuevo y de la revolución artística en la América nuestra. Dos casos ejemplares tan solo citaremos. Un escritor: José Carlos Mariátegui, en el Perú. Un pintor: Diego Rivera, en México.
 El primero, el espíritu y el carácter más representativos de la actual generación peruana nueva, renovador del arte, ha sabido acompasar su vida a sus tendencias y orientaciones artísticas, poniendo su pluma, con el mismo entusiasmo, al servicio de la renovación político social de su país, haciendo buenas con hechos sus prédicas y sus campañas y hasta sufriendo por ellas persecuciones, destierros y prisiones. Ahí están, para atestiguarlo, su ejemplar revista Amauta y sus libros, y entre éstos el reciente "7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, del que en estas mismas páginas ofrecimos ha poco el extracto de uno de sus capítulos.
 El segundo, ha podido ser portaestandarte de la revolución artística de su país y capitán decidido de la revolución social y política, no tan sólo con su pincel y sus colores,  sino con su palabra y su pluma, como hombre, lo mismo que como artista.
 Admirable labor revolucionaria de depuración y renovación, tanto literaria y artística como político-social, fue la  que realizó en Cuba —y usamos en su justo sentido estos tiempos de verbos— el Grupo Minorista, labor que alcanzó justamente repercusiones continentales y hasta dejó sentir su influencia y su acción en España, labor no superada ni igualada antes ni después en nuestra patria por grupo literario o artístico alguno, labor que durante varios años fue ejemplo y lección para el futuro, no imitados ni seguidos hasta hoy, de la acritud y la misión que a los intelectuales nuevos corresponde adoptar y desempeñar en lo que se refiere a los problemas político-sociales de su patria y de la humanidad.
 Esta doble y consecuente labor es la que aisladamente realizan hoy algunos intelectuales nuevos en varios de nuestros países hermanos del Continente. Es, también, la labor, ejemplarmente digna y cívica, que en España están llevando a cabo sus intelectuales —periodistas, literatos, artistas, profesores, estudiantes— con excepciones tan contadas como poco valiosas, irreductibles, jóvenes y viejos, ante cuanto indique la menor claudicación en el orden político-social, con su radicalismo artístico o científico, labor en la que prestan, sin importarles sacrificios, molestias ni persecuciones, su apoyo de intelectuales y su cooperación de ciudadanos conscientes, a los problemas de su patria.
 Y no vemos que puedan sustraerse los intelectuales nuevos a desempeñar en su patria respectiva esa doble misión, si su radicalismo artístico es sincero y honrado y no pose aristocrática de falsas minorías selectas o simple camouflage de incapacidad e incompetencia; misión que no consiste en realizar trabajos de muñidores políticos o anarquistas de barricada, sino en ser consecuentes con sus ideas y sentimientos, poniendo su talento y su arte al servicio de la cuestión político social, misión que consiste en que estos intelectuales nuevos no dejen de ser hombres por querer ser más artistas.
 Y ni el artista ni su obra han de sufrir menoscabo por ello. Todo lo contrario. Como justamente afirma, sosteniendo la misma tesis que nosotros mantenemos, en artículo reciente, publicado en la nueva y muy valiosa revista Crisol, el escritor mexicano C. Gutiérrez Cruz, "la importancia de la obra está en razón directa de la importancia del sentimiento que trasmite. Cuando ese sentimiento es común a toda la humanidad y esa obra cuenta con los elementos necesarios para propagarse, llegará a ser calificada de obra maestra porque unificará concretamente el sentir de todos y merecerá la aprobación unánime del mundo. Ninguna obra ha perdurado por la perfección de su forma; todas las obras inmortalizadas, lo están por la trascendencia social que tuvieron en su momento de vida. Recuérdese la Divina Comedia, el Quijote de la Mancha, las epopeyas de Homero y hágase una consideración del papel social y político que desempeñaron”. Y agrega: "Cuando el arte no está al servicio de un sentimiento general, de una aspiración o de una justicia de las multitudes, es arte limitado, es arte sin importancia, es arte perecedero. En cambio, cuando se pone al servicio de una ideología, de un sentimiento popular, es arte trascendente y durable, penetra en la conciencia de las multitudes y éstas lo consagran y lo inmortalizan. Y cuando no está al servicio de ningún sentimiento general o personal, sencillamente no es arte; podrá ser ejercicio lingüístico, ensayo literario, hasta filigrana admirable por la maestría con que fue ejecutada, pero si una obra carece de sentimiento, no puede ser obra de arte”.  
 Titiriteros y malabaristas o artistas y hombres, ese es el dilema que a cada uno de los intelectuales nuevos —sinceros y honrados- se les presenta en la hora de ahora.
 Y cada uno de los intelectuales nuevos debe recordar, —como al poeta nuestro, Agustín Acosta, autor de La Zafra, recordó Julio Antonio Mella en artículo que no ha podido ver aún la luz y fue escrito pocos meses antes de su trágica  desaparición, "que existe algo más que el fosilizado y reaccionario "arte por el arte”. Y debe meditar, también, cada intelectual nuevo, como Mella pedía a Acosta que meditara, el camino a seguir y la actitud a adoptar; "¿Con la muchedumbre? No irá "hacia la gloria” —no se trata aquí de esta vaciedad, sino que habrá vivido. —Eso es todo. ¿Sin la muchedumbre? El será un guarismo sin valor y la sociedad continuará avanzando, y luchando, y triunfando, por el derrotero que se ha expuesto. No importa. Algún día sentirá el dolor de haber sido inconsciente desertor cuando pudo ser un gran  capitán”.

 "¿Artistas y hombres o titiriteros y malabaristas?”, Social, Vol. XIV, núm.6, La Habana, junio 1929, pp. 38 y 53.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Los minoristas cubanos



  Adolphe de Falgairolle 

 Salí de Saint Nazaire, en calidad de periodista, un día de precoz primavera francesa “cap a La Habana”, como dicen los marinos del país (o los catalanes). Y no lo lamento, puesto que entre los votos aceptados por unanimidad en el VII Congreso de la Prensa Latina (en donde yo tenía también el honor de representar a Su Alteza Serenísima el Príncipe de Mónaco) se presentó el de componer una lista de periódicos latinos susceptibles de publicar artículos sobre libros publicados por autores y editores latinos. Naturalmente, yo hice inscribir a la cabeza de la lista LA GACETA LITERARIA. Dicho esto, como periodista, lo que me interesaba más era la visita a los intelectuales cubanos. Quizá el deber de los periodistas, sobre todo en un Congreso de Prensa, consiste en no asistir a todas las sesiones, y más cuando el dicho periodista ha delegado a su otro yo, a su colaboradora, a fin de traducir al francés las deliberaciones expuestas por los cubanos y que los congresistas franceses no entienden en español. Así, pues, yo dediqué todos mis instantes a ponerme en contacto con nuestros colegas cubanos.
 Debo transmitir el reflejo de las curiosidades francesas, italianas, belgas y rumanas en este Congreso; todos los enviados por dichos países se preguntaban ansiosamente lo que pasaba en Cuba. ¿Cómo sería esta República, nacida, sacada a luz con los forces del vientre maternal de la inmensa y generosa España, madre de la civilización americana? Cuba, más que cualquier otra nación de América-Hispana, representaba para ellos, a priori, lo que los Estados Unidos debían haber hecho con un antiguo territorio español. Y si temían las trazas de los yanquis en los cubanos, deseaban vivamente encontrar en Cuba las señales de la gigantesca grandeza del primer país europeo que llevó hasta los límites extremos la civilización mediterránea. Los periodistas del viejo mundo sintieron algo de curiosidad por la parte moderna, por la rápida extensión de La Habana, pero lodos preguntaban insistentemente por la vieja cátedra española. A su vez, los europeos que he nombrado han descubierto el problema del trazado del meridiano hispanoamericano. Lo aprendieron de una manera bastante enérgica: durante el curso de las sesiones del Congreso, los periodistas hispanoamericanos quisieron controlar el poder de estos enviados europeos de la Prensa latina y hubo algo de tumulto. Los europeos han descubierto la América... periodística que no quiere recibir ninguna orden de Europa.
 La parte opuesta, es decir, el acuerdo, a causa de la lengua común, entre la mentalidad cubana y la mentalidad española me ha parecido bien aparente. No sé si mis colegas la habrán apercibido, y ni siquiera sé si es, exacta. El ritmo de la vida en Cuba me recordaba el de España. La misma acogedora franqueza, el mismo deseo de conocer las cosas nuevas de todas partes, la misma intensidad de acción, el desdén por la duda, el gusto y el valor de la aventura intelectual con escasos medios materiales muchas veces, un orgullo muy simpático —lo que explica que los yanquis no han colonizado todavía Cuba, como decían ciertos cronistas mal informados— y también el apasionamiento personal en la discusión, el deseo de exponer sus convicciones en literatura y en arte; en fin, una España elevada a la décima potencia a causa de la latitud y del calor. Un madrileño sentirá quizá otra clase de impresiones, pero éstas son las que yo he visto y sentido.
 ¡Con cuánto interés encontré a un ministro de cierta edad: Martínez Ortiz, desposeído de esta vieja mentalidad de funcionario de tantos señores ministros de Francia! ¡Qué inteligencia y qué sencillez en su acogida! Su cultura es vasta, pero muy cubana también, y gusta del folklore negro, pues si la Revolución Francesa lanzó el principio de igualdad entre hombres de diferente color, yo he visto su aplicación en Cuba en el dominio literario y, sobre todo, en el dominio musical. Alexis (sic) Carpentier, con quien tuvimos el gusto de regresar a París (donde daremos a conocer su hermosa novela sobre la vida de los negros de los ingenios), nos reveló la música y los cantos negros, y sin creer que La Habana esté poblada de negros, sabiendo que existen muchos más blancos, he sentido por mi parte, escuchando a los negros, la impresión de descubrir una especie de reino local, algo así como una Provenza en Francia centralista. Luego tuve el placer de almorzar con los minoristas, en compañía de Gonzalo Zaldumbide, el ministro del Ecuador en París y, sobre todo, talentoso escritor, que hace gustar en Francia la América hispana. Estas reuniones de minoristas son un baño refrescante, en el que las discusiones de los verdaderos valores literarios ocupan constantemente. ¿Algo así como el espíritu del Ateneo? Quizá; pero esta necesidad de examen tan hispánica llega hasta el heroísmo en este país, en el que el lujo, el confort, el clima tienden a una pasividad criolla y a una aceptación fácil de obras literarias mediocres. Nunca ponderaremos bastante el beneficio de la obra emprendida (con diversas modalidades) por los José Mañac (sic), Fernando de Castro (sic) (que dirige de una manera muy altruista la página literaria del muy burgués "Diario de la Marina"); Ichazo (sic), autor del espléndido "Góngora"; Massaguer y Roig, que hacen de su "Social" un órgano de primer orden; José Talent (sic) y Manuel Aznar, tan conocido en Madrid. ¡De qué vida próspera gozan órganos como "Bohemia" y "Carteles", que tienden la mano al gran público con evidentes intenciones literarias. Estos jóvenes (olvido muchos nombres) son antiimperialistas, lo que no tiene nada de sorprendente entre coloniales libertados. Mañana, si la frontera de la lengua no existiese, las colonias inglesas u otras podrían reclamar su independencia intelectual. La actitud anti-imperialista de los minoristas cubanos es la salvaguardia de la integridad de las Repúblicas hispanoamericanas. Cuando estos jóvenes suban al Poder, no permitirán que los yanquis amenacen Nicaragua. Hoy día, nosotros, europeos, hemos aprendido mucho con su contacto. Ellos enseñaron a los franceses y a los belgas, sorprendidos, sus magníficos periódicos y su vida profesional, mil veces mejor organizada y próspera que la suya. Si la libertad de pensamiento cuesta a veces cara en América; si tal o cual periodista debe ir a la cárcel por un exceso de libertad de pensamiento, encuentro al lado de esto una situación de hecho infinitamente mejor en cuanto a consideración, influencia y retribución. Por lo que toca a la censura gubernamental, ¡quién sabe si es más o menos estrecha que la que ocultamente, y ejercida por administradores de periódicos franceses, imponen a veces a sus colaboradores directivas más estrechas que la estancia de quince días en una prisión! Y nada entre nosotros puede compararse con esta maravillosa epopeya intelectual, de la que nos hablaban nuestros amigos cubanos; este espléndido resorte de Méjico, en el que un Charlot, un Diego Ribera encuentran voluntarios para guardar, fusil en mano, los nuevos frescos que acaban de terminar y que tanto chocan a los burgueses. Hablando de Maroto, que en su arte tiene algo de la síntesis y de la violencia directa de las obras maestras del nuevo Méjico; hablando de Maroto con los minoristas que comparten nuestra admiración, hemos entrevisto el desarrollo inopinado de las Artes y de las Letras bajo el principio de esta libertad de los autóctonos realizada en Méjico. Y Cuba entonces, Cuba, ya tan rica en sentimiento moderno, Cuba nos ha aparecido como la primera etapa, la más resplandeciente puerta abierta al nuevo mundo de civilización americanizada y de lengua española.

 La gaceta literaria, Madrid, 15 de mayo de 1928, núm. 34, p. 4. 


domingo, 16 de septiembre de 2018

Una carta de Agustín Acosta

   

 Jagüey Grande, 11 de dic. de 1927.
 Sr. Jorge Mañach. Habana.
 Mi querido Mañach:
 Bien se ve que estoy necesitado de defensa. Mi alusión a "1927" puede parecer de equívoca simpatía a la admirable obra de ustedes, y puede traerme la creencia de una imposible dualidad en mí. Voy a desvanecer todo ello con mi lealtad de siempre.
 “Heraldo de Cuba”, a propósito de mi carta, dijo: “Tacha de ridícula y exorbitante su colaboración en la revista "1927". Esto, dicho así, impresiona, aunque se compruebe más tarde que yo no he dicho eso. Voy a explicar lo que quise decir: "Si te refieres a algo que viste en "1927", tan ridículo como exorbitante, puede que tengas razón: pero aquello me libra del sambenito, precisamente por la forma en que está hecho".
 Eso es exactamente lo que yo dije. Voy ahora a exponerte qué quise decir: En los momentos en que estaba escribiendo la carta, recordé que algunos me habían afiliado al vanguardismo por mis versos "Limonada Celeste" publicados en la revista "1927":

 "Los cráneos estaban vacíos...
  —Mozo: un vaso de eternidades:
  Quiero beberme el tiempo
  en esta mesa donde tienes funciones
  divinas... "

 Etcétera. En realidad esos versos fueron escritos fuera de la órbita de mi modo actual. Su idea es ridícula, porque empequeñece la divinidad. Y, temeroso de que Núñez Olano me dijera: ¿y tales versos? —le anticipé el escopetazo, con el ánimo de echar sobre mí el ridículo, nunca sobre una revista que me ha sido hospitalaria y plena de gentilezas.
 Imagina tú, querido Mañach, que por cualquier cansa tuvieras tú que referirte de un modo despectivo a una glosa tuya publicada en tu libro, y le aplicaras el adjetivo que bien te viniera: ese adjetivo concordaría en todo caso con lo particular de tu glosa, nunca con lo general de la obra. Yo no dije: mi colaboración en "1927" es ridícula. Ya dije: "si te refieres a algo que viste"... Y ese algo, tan indeterminado, ¿no excluye el resto, el total a que "Heraldo" se refiere?
  Si yo hubiera dicho lo que me atribuyen, y mis propias palabras desmienten, acaso tuvieran ustedes motivo para estar enojados conmigo, si bien habría a mi favor la atenuante de que esas palabras fueron escritas en una carta privada, que es lo mismo que pronunciarlas al oído de un amigo.
 Esa carta se publicó, naturalmente, sin mi autorización. De haberme pronunciado públicamente contra una tendencia tan en boga, lo hubiera hecho previo un estudio más o menos filosófico o estético de esa tendencia; mediante un juicio sereno, en una verdadera revisión de valores, nunca en una carta donde el asunto está tratado con singular ligereza y desde un punto de vista meramente personal y superficial.
 Tú mismo, ¿no me diste una mañana en "Cervantes" el consejo de que siguiera mi vieja tendencia, de que me apartara de aquello hacia lo que al parecer me veías inclinado? Yo estimo mucho tus consejos, no obstante ser tú más joven que yo. Veo en ti buena fe y acertadísimo ojo en toda cuestión artística. Quiero, sin embargo, decirte que yo no estuve nunca dentro del vanguardismo, si bien "comprendía", como una necesidad juvenil, esa revolución, Pero ha ocurrido lo que en todas las revoluciones: sugerida o iniciada por mentalidades superiores, se mezcla a toda revolución el gregarismo que va en busca de lo que no puede lograr en épocas normales. Y de ahí viene que la obra de la revolución se desnaturalice y todos reneguemos hasta de los que estuvieron más inspirados.
 Eso ha ocurrido con las diversas tendencias literarias en la post-guerra: cuando los mejores las iniciaron, es que presentían su rumbo; es que adivinaban algo más allá; es que tenían el temblor de Las anunciaciones. Pero vino la horda, tomó las riendas de los corceles, y éstos, naturalmente, se desbocaron en manos inexpertas. ¿Seguir a los que marchaban al precipicio, con una bandera en la mano? Era una locura.; era consentir que se estrellara con ellos la bandera.
 El vanguardismo fue un movimiento de artistas, no una revolución para aprovechamiento de los innominados. Bien estaba el movimiento en mano de los poetas; pero cuando la grey quiso hacer sin talento y sin responsabilidad lo que de modo seguro y tendencioso hacían las poetas, éstos no tuvieron más remedio que dejar el campo a fin de evitar lamentables confusiones.    
 A alguien ha chocado que yo dijera que, a mi juicio se trataba de una estética de obreros para obreros, y parece que tuercen de mala fe el sentido de mis palabras. Contigo me explicaré: Mi juicio es el siguiente, que podrá ser equivocado: A raíz del triunfo de la revolución rusa de 1917, por causas que no son del caso, los escritores rusos emigraron, o murieron, o callaron. Las ideas rojas, sostenidas por obreros de una relativa cultura, invadieron y triunfaron, ocupando no sólo los lugares del gobierno, sino también aquellos en los que nunca habían tenido entrada: academias, liceos, prensa. Un obrero, con el natural instinto poético moscovita, se creyó autorizado a pontificar en verso desde cualquiera de los periódicos que los rojos dominaban, Y como lo único que le era conocido a perfección era su oficio y la técnica del mismo, el mecánico habló de locomotoras y de calderas; el electricista dijo de electroimanes y de voltios; el chauffeur aplicó su tecnología de artesano —diferencial, timón, carburador — a sus vagos instintos artísticos. Ya tenemos al obrero creando una estética, ¿para quién? Para los propios obreros, sus lectores únicos en aquellos días encarnados; lectores ebrios de sangre, de destrucción, ebrios también de su propio sueño, casi artistas por ser esclavos, pero incapaces de determinar en lo artístico una revolución semejante a la que en lo político habían determinado. El resto lo hizo el snobismo. Los poetas rusos, acumuladores de divinidad, vieron el triunfo de las ideas, copiaron, con talento, esa tendencia mecánica, retorcieron entonces la metáfora que de antiguo dominaban maravillosamente; y los pueblos occidentales, plagiarios eternos de lo que por Oriente se hace —al extremo de que ni siquiera hemos podido crear o inventar una religión— copiaron aquello que en modo alguno tenía razón de ser entre nosotros, ya que nos desenvolvemos entre circunstancias enteramente opuestas.


 Eso fue lo que quise decir cuando dije que se trataba a mi juicio de una estética de “obreros para obreros". Piensa que es muy sencillo, querido Jorge, el procedimiento estético de esa gente; toma cualquier catálogo perteneciente a una de las actividades humanas. Húrtale su nomenclatura. Veamos. Hoy quiero escribir vanguardismo en albañil:

  La cuchara de mis instintos
  raspó la mezcla de la tarde.
  Caí del andamio, y la escuadra
  se clavaba en el cemento de tu miedo.
  ¡¡COPENHAGUE!!

 ¿Ves el procedimiento? Está hecho, claro está, al volar de la máquina. Y ha salido tan raquítico porque no sé los nombres de los útiles de albañilería. Con un libro de radiografía a mano —que es lo que más se estila— dime tú si son o no son infinitas las metáforas. De manera que todo eso es mera retórica —mera y mala— y la retórica, como regla, no han sido nunca el Arte; al contrario: lo niega.
 Ahora bien: hay un arte nuevo que no puede tener nombre, como no sea: sinceridad. Es dejar correr, sencillamente. Cada sentimiento trae a la vida su ritmo, su tendencia, su ignorado propósito. Cada pensamiento lo trae también. Dilo como venga, sin aliño, sin retórica. El ritmo lo trae, le es propio. No rimes. Déjalo así. No ripies. ¿No son versos? No importa. Tienen su ritmo. La poesía, a la postre, no es sino eso: ritmo. No otra cosa es la vida.
 Ese arte sí que yo lo he seguido, porque es sincero y humano. Puede que sea obscuro. Marinello lo sabe bien. Pero trae un mensaje, ignora el poeta a quién viene dirigido: de ningún modo a él mismo.
  Este arte nuevo puede ser confundido con una de esas nuevas tendencias, pero el ojo escrutador, el ojo marino, verá si son gaviotas los puntos blancos del horizonte, si son cirros, o si son velas que pasan por los mismos mares.
 Este arte a que vengo refiriéndome no puede ser posible en un artista que no tenga las ideas de la divinidad del arte que tengo yo. Sin ser más o menos teósofo, es imposible que este arte pueda tener realización. Es necesario un conocimiento previo, o una afinadísima intuición, para que el artista se decida a "dejar correr". Y es necesario también un olvido total de la vanidad del mundo y de la propia ansiada gloria para firmar, casi orgullosamente, lo que a veces ni uno mismo entiende.
 Alguien habrá que entenderá lo que dijo el poeta. Algún día los versos que fueron niebla a los ojos de todos, serán aurora para unos ojos que no se conocen. Ese día, el alma que realice el hallazgo, y por virtud de él, será conducida por rumbos bien distintos al que lleve. Despertará, tal vez sin saberlo, del sueño en que estuvo dormida. Esa es la divinidad que atribuyo al Arte, y más a la Poesía, porque concreta y expone la fuerza del mundo: el pensamiento.
 Esto, desde luego, no cabía en una carta escrita rápidamente y en un sentido casi humorístico, como tú sabes que son las mías. De ahí la confusión que tú mismo has tenido: que no sabes, a la postre, si yo soy vanguardista o si no lo soy; si digo a unos unas cosas y a otros les digo otras.
 Si yo fuera periodista en activo, podría decir muchas cosas, sin temor a contradicciones. Es natural que en cartas privadas las tenga. Me escribe, por ejemplo, un entusiasta de las nuevas orientaciones; rae hace el honor de someter a mi juicio cualquiera de sus concepciones. Yo no desencanto a nadie. No me gusta cortar alas. No quiero parecer celoso de glorias que se esbozan o de notoriedades que se desean. De ahí mis palabras que casi acatan, que casi aplauden; porque me falta, quisiera confesarlo, esa integridad tuya, que dice las cosas con entera claridad, y que te suma desafectos entre los que no agradecen una lección, nunca en mí, que las pido a gritos... y que apenas encuentro quien quiera dármelas.
 Yo no puedo estar al tanto, querido Mañach, de los rumbos nuevos del arte. Vivo aislado, lejos del centro de cultura del país. Y no es ironía que te diga que el otro País —el de Hornedo— me es a menudo muy necesario, porque siempre hay en él algo que sugiere o enseña.
 Haces bien en no tomar a ironía mis palabras en ese sentido. Yo no soy ironista, y si deviene ella de determinada circunstancia, no es contra quienes quiero contra quienes precisamente la esgrimo. Ni es tampoco contra quienes no quiero, porque a éstos ni siquiera les pongo una letra que no sea necesaria.
 Muéstrales esta carta, en lo que les atañe, a Marinello, Ichaso y Lizaso. No ellos, —que no hay que decirlo— "1927" tiene todísima mi estimación literaria y personal; me son queridos sus directores; y juzgo que su avance otea primero y no se arriesga a los abismos del ridículo y de la fealdad.
 Gracias por el recorte que me envías. A eso me refería. Son ustedes los que me han hecho nacer alas, y los que me tienen tan infatuado y tan sobre mí.
  Abrazos de tu
  Agustín Acosta

 Revista de avance, 15 de diciembre de 1927, pp. 122-24.