Pedro Marqués de Armas
1.
Tras largos años fuera de la isla –parte de su infancia, toda la
adolescencia y un tramo de juventud, y ya con una equilibrada formación tanto
hispánica como anglosajona, Jorge Mañach regresó a Cuba en el verano de 1921,
como quien regresa a una madre a la que en cierto modo se ha desatendido y ante
la que se experimenta –además de culpa– la necesidad de recuperar su amor y de
reconocerse a sí mismo. En un inspirado artículo que tituló “Salutación” –el
primero tras su regreso– daba cuenta de esos sentimientos presentándose como
hijo pródigo, –uno “entre tantos especuladores en ilusiones” que partiera en
busca de otros horizontes–, a la vez que exonerando sus faltas con el fantasma
de la lejanía, pero también, con el uso –siempre propicio- de la segunda
persona, es decir de un diálogo con mucho de monólogo: “Yo te pido
perdón –le dice a la Patria– por haber dudado de ti. Entre tú, Madre, y el
exilio de los pródigos, estaba la bruma de la Nueva Inglaterra, donde se
fabrican las imposturas y las exigencias que mueven los gonfalones
imperializantes. Si dudé, fue porque lejos te vi endeble y marchita entre tus
opulencias advenedizas, y confundí con tus carnes la purpurina barata de tus
millones, y con tu acento, el bocinazo afónico de tus Packards, y con tu
paisaje, la gama bárbara de tus vallas anunciadoras... (Bohemia,
septiembre, 1921).
El artículo contiene todo
para entender no solo las tensiones intelectuales y afectivas del joven Mañach,
sino su afán de asimilación inmediata al entorno cubano, y la génesis de uno de
sus libros más apremiantes: Estampas de San Cristóbal, que madura
precisamente a lo largo de esos años. Está aquí su visión de un país tomado por
la modernización a la norteamericana, que define como “excrecencias superfluas”
que han invadido la sociedad –turismo, garitos, New York style, etc.–
hipotecando las libertades y las tradiciones. Culpa al esplendor económico de
los años previos, que habría acabado con todo vestigio de belleza “inculcando
gustos de rastacueros”. Pero está, asimismo, una experiencia que lo marcaría
apenas regresa e incluso antes: la lectura de San Cristóbal de la Habana,
novela del escritor norteamericano Joseph Hergesheimer que no llevaba un año de
publicada. Mañach encuentra en sus páginas –y así lo reconocerá en varias
crónicas– no solo inspiración, sino un modelo que por lo pronto califica como
“espíritu del territorio”: “¿No lo han visto también ojos extraños enamorados
de lo esencial y de lo intrínseco? Ayer vino a la Habana un yanqui raro con un
nombre bárbaro, ¿recuerdas? Aquí te consultó, y sin ser tu hijo, por
inspiración tuya escribió, Patria, un libro bello y luminoso, bello y laminoso
como un astro sólo en la oscuridad. En la oscuridad de nuestra inconsciencia
americanizante nosotros mismos rara vez tuvimos tanta luz de comprensión
propia”.
Se trata evidentemente de
desbridar esa “inconsciencia”, para lo que se impone tomar distancia de la
ciudad turística –esta ruidosa, indiscreta, plebeya y pagana– como modo de
acceder a aquella otra tradicional y criolla cuyo espíritu habría que aventar
desde el pasado: “Ese escritor yanqui, madre (…) supo hacerte un himno al
pintar tu Habana Vieja, con sus balcones y sus patios, y sus mujeres, y su
soleada vocería de zoco hispano, y su tabaco todo fragancia. Él comprendió
nuestro espíritu por mediación de esas cosas pequeñas. Lo trascendental, ¿no es
acaso la lección de lo trivial y lo somero?” En la mirada del Otro, Mañach da
con un modelo que le viene como anillo en su añoranza de reconciliación, es
decir, en el imperativo de fraguar su obra en aquel particular momento cubano:
“Que nosotros mismos comprendamos así nuestra índole característica, que
respetemos nuestra natural identidad”. Lanzada la salutación y entonado el mea
culpa, tiene a mano los instrumentos, los resortes de su escritura.
2.
Una de las lecturas que más me retuvo este verano fue Estampas
de San Cristóbal, ahora en la edición de Casa Vacía (2026), con un
excelente y extenso “Estudio introductorio” de Duanel Díaz Infante. Edición
necesaria, toda vez que esta joya de la prosa cubana era de difícil acceso,
agotadas por largos años las reediciones anteriores; la de Mario Parajón para
la Editorial Trópico (Madrid, 1995), y la habanera de Ateneo (2000), con su
cubierta mostrando dos monumentos sobre los que Mañach volvería una y otra vez:
el Morro y, más acá, la glorieta del Malecón. Ambas contienen, con mayor o
menor lustre, las ilustraciones originales de Rafael Blanco, lo que siempre se
echa en falta. Pero la edición de Casa Vacía viene a coronar con su amplitud el
libro de Mañach, celebrando su centenario, lo que nos lleva de regreso, como
apunta Diaz Infante, a la Cuba de hace un siglo, así como a preguntarnos por el
lugar de las Estampas… en la literatura cubana y en la obra del autor.
Quien haya hojeado la
edición original sabe que fue uno de los libros mejor acabados de la época.
Desde mediados de 1926 se venía hablando de la edición, con la que la Editorial
Minerva se proponía apuntarse un nuevo éxito, tras el que estaba teniendo La
Zafra de Agustín Acosta –en circulación ese verano y del que Carpentier
llegaría a decir: “un caso excepcional en los anales de la edición que nadie,
entre los hombres mi generación, se atrevió a soñar que volviera a producirse”.
Sin embargo, Estampas de San Cristóbal no le iría muy detrás. La
edición, que comenzó a circular a comienzos de 1927, encontró el terreno
abonado: se vendió y leyó. Casi todas las librerías y vidrieras la anunciaron
como una “guía sentimental de La Habana”, o bien como un “retrato del alma” de
la ciudad, al tiempo que se sucedían las reproducciones y presentaciones, y que
marcas de chocolate y sorbetes le hacían publicidad.
En una de las primeras
reseñas, Martí Casanovas apuntó sobre el diseño de cubierta realizado –lo que a
menudo se olvida– por el pintor y dibujante venezolano Luis López Méndez: “una
de las mejores portadas que hemos visto en ediciones vernáculas”, a lo que
sumaba la “nítida belleza tipográfica del volumen” que hacía lucir ociosas las
viñetas de sabor local de Rafael Blanco, parangonando la calidad de la edición
con su contenido: “obra delicada y precisa de orfebre, con un culto apasionado
por el detalle sutil y la pequeña minucia, encierra algo mucho más profundo y
esencial”.
Aunque los textos habían
sido publicados en El País entre julio y agosto de 1925, es ahora, en
forma de libro, que se le destina de manera especial, viniendo a coincidir su
circulación con el inicio de las publicaciones de vanguardia que mayor alcance
tendrían en la isla: revista de avance y el Suplemento Literario del Diario
de la Marina. Solo a lo largo de 1927 –año que marca el comienzo del
vanguardismo en Cuba– recibió más de una docena de reseñas, que concordaban en
reconocerlo por la novedad de su estilo, pero, sobre todo, por su amor a la
ciudad al revelar como ninguna otra obra tanto su espíritu como sus encantos.
Salvo reparos menores, ningún reseñista se lanzó contra el libro, si bien desde
el Suplemento se anunció una diatriba que al parecer nunca se concretó.
3.
Ciertamente una lectura que se deja acompañar por ensayo tan exhaustivo como el Duanel Díaz Infante, donde uno y otro hallazgo se suceden, ya no acontece al margen. Leí por primera vez Estampas de San Cristóbal antes de salir de Cuba y recuerdo la mezcla de admiración por la buena prosa y de desdén por la excesiva nostalgia y las deudas con el costumbrismo decimonónico. Sin dudas perdí de vista numerosas cuestiones, en tanto sacaba, paradójicamente, copia de los lugares y personajes más anclados en “lo social”: la Alameda de Paula, el tren de lavado, María la O, Cucaracha, Bartolo y Papaíto –estos como diría un personaje de Cecilia Valdés, con “semejas de locura”. (Con todo eso y mucho más, abandoné la isla.)
Una de esas cuestiones –y
desde la que parte en buena medida el “Estudio introductorio”– es la de la
modernización acelerada de la ciudad y el influjo norteamericano con sus
múltiples efectos sobre la vida cubana. No se trata sino de un crecimiento
robusto, que justo entre 1922 y 1926, es decir mientras Mañach se asienta
finalmente en su país, experimentaría un salto exponencial. Díaz Infante elige
a propósito uno de los artículos más significativos, titulado por demás “San Cristóbal
de La Habana” y quizá el primero que Mañach publicara en Diario de la Marina.
Se lamentaba allí –haciendo alarde de esos diálogos que consolidan su
periodismo literario, tornándolo más reflexivo y que le servirían de matriz
para las Estampas– de los efectos a la larga lamentables de la Danza de
los Millones, la americanización de las costumbres, la expansión sin armonía
del Vedado, etc., para concluir con el inmejorable símil que Díaz Infante
rotula especialmente: “La Habana es como un muchacho que ha crecido demasiado
aprisa”.
Curiosamente, como en
“Salutación”, regresa aquí a la novela de Hergesheimer; y es que a un año de
distancia entre ambos artículos estamos todavía en el umbral de una
transformación. Mañach no enaltece de entrada a La Habana antigua, a la que
califica incluso de prostibularia y arquitectónicamente chata –“nuestro Morro
es una ingenuidad en cartón-piedra, un soldadito de plomo con ínfulas de
guardián”– haciéndose eco de los clásicos estereotipos coloniales. Sin embargo,
terminará encontrado en sus rincones y en esos mismos monumentos –en la ciudad
ahora invadida de automóviles que no paran de dar vueltas Prado arriba / Prado
abajo en torno a la glorieta de la Punta como un “juguete mecánico”–, acaso con
la medicación del escritor norteamericano y, en definitiva, desde una
perspectiva más impresionista que histórica y más anímica que moral, el recurso
que oponer al vértigo modernizador.
Y era de vértigo, sin dudas.
En 1925 mientras Mañach se apresta a escribir y escribe sus “estampas”, se
suceden eventos extraordinarios: Gerardo Machado acaba de ganar las elecciones,
se inaugura el monumento al Maine, visita la ciudad el General Pershing –lo que
motiva un apoteósico trasiego que congrega a lo largo del Malecón y hasta la
mencionada glorieta a la mayor flota de Ford que se reuniera allí jamás–; y, no
menos importante, se inaugura la tienda por departamentos El Encanto, llamada a
dinamizar la cultura y la publicidad como ninguna empresa hasta la fecha. Se
suma, con el turismo –con la propia modernización–, una mayor visibilidad de la
cultura afrocubana, y, por último, la llegada masiva de inmigrantes judíos –es
decir, los “polacos”.
Como señala Díaz Infante,
tales acontecimientos quedan fuera del “horizonte literario” de Estampas de
San Cristóbal, o solo entran de modo tangencial. Se trata, a fin de
cuentas, de “impresiones de la ciudad” y no de una inmersión a fondo en lo
cotidiano. Distanciamiento al que corresponde, según el ensayista, la marcada
estilización del libro, desde crónicas representativas como el “El momento
insuperable” en la que Luján arrastra al cronista al Parque Central para
presenciar ese instante fugacísimo en que, con la puesta del sol, la luz lo
transfigura (por cierto, espectáculo narrado en el siglo XIX incluso en guías
turísticas de La Habana); hasta la única próxima a un canon propiamente
vanguardista: “Muralla”. Sobre esta última, Díaz Infante anota: “Esta estampa
se compone casi íntegramente de oraciones nominales, en una sucesión que
registra el trascurso de un día cualquiera –de la mañana a la noche– en un
comercio español”; y añade: “no hay comentario ni subjetividad, es justo ahí,
en la falta de persona gramatical, el predominio de la yuxtaposición y la
materialidad de los objetos, donde la escritura adquiere cierto aire
vanguardista”.
Cierto, se trata del texto
más lúdico y atrevido a nivel estilístico: el que mejor aquilata el tráfago
habanero de esa parte de la ciudad elegida por Mañach; recordando incluso, por
su aspecto circadiano y sus flujos comerciales, una crónica fundacional como
“El reloj de la Havana” de Zequeira. En su reseña “Baedeker ilusionado”, Regino
Boti –atento al pulso vanguardista con que él mismo pugnaba– la concebía en
estos términos: “Y de entre todos, emitiendo las vibraciones más altas y
limpias, los episodios titulados: “Muralla”, fresco a grandes síntesis, fondo
para la explanación de toda una novela cubana…”. Con todo, la estampa en
cuestión resulta la más española, tal como la calle, y Mañach no hace más que
registrar, junto a los cambiantes rumores, su condición –al decir de Luján– de
“poderosa costilla, apretada de nerviosos y músculos, en el corpachón de San
Cristóbal”. Si ya entonces tal arteria formaba parte de la versión cubana del
juego del Monopolio, sin dudas Mañach procura sustraerla a la modernización a
la americana.
4.
Otro asunto que plantea Díaz Infante sería el del género y los modelos que lo preceden. Si la crítica por lo general lo ubicó en el modernismo, o sin más, en el costumbrismo, es decir, o bien en el espacio “estético” de los modernistas, o en bien en el propiamente “letrado” de los costumbristas, se trata ahora de un desplazamiento de ambos modelos que no apunta ni a la civilización ni al arte, por separados, sino a la “cultura”. Y aquí viene el aporte más interesante, en buena medida apoyado en la tesis desarrollada por Julio Ramos en Desencuentros de la modernidad en América Latina, según la cual las crónicas de José Martí celebran, tanto como resisten, las exigencias de la modernidad. En este sentido, más que adscribirse a la Ley y al “buen decir” de los letrados de la Ilustración, las crónicas martianas supondrían una crítica al proyecto modernizador, en la que domina una voluntad de autonomía estetizante, bien definida –aunque con notables diferencias– entre los primeros modernistas.
Así, si Martí y Casal
escribían como artistas, no será ese el rango de Mañach: “La reflexión sobre el
lugar del escritor en la modernidad, el conflicto entre el arte y el mercado”,
todo eso, la retórica antiburguesa, etc., falta en su caso, sin que se le pueda
colocar en la tradición de los letrados. Contra la creciente fragmentación de
la vida moderna, la respuesta –como se ha dicho– la da la “cultura” y
específicamente en Mañach “un nacionalismo más bien arielista”. Díaz Infante
acierta al señalar lo que Rodó llama “patriotismo de ciudad”, basado más en las
fuentes espirituales de la identidad urbana que en la educación patriótica. No
estética, tampoco Ley, sino “un principio de civilización”. Allí se insertaría
plenamente el proyecto de Mañach, en aprehender y exaltar el alma de la ciudad.
En otros términos: un saber amoroso. Un amor, palabra esta clave, que se repite
a lo largo de las Estampas como en la mayor parte de las reseñas que el
libro suscitó.
No podría, pues,
contrarrestarse las secuelas de la modernización, el mal gusto, el
rastacuerismo, etc., si no se siente amor por las cosas antiguas y menudas, por
los lugares en que se expresó esa condición amorosa. Y aquí el ejemplo que trae
Díaz Infante a colación no puede ser más oportuno: la glorieta de la Punta,
recordada en la crónica “El Morro”. Mañach no la olvidará a lo largo de su
carrera literaria; pero entonces lo que estaba en juego era su desaparición,
tras haber rendido por décadas espacio a la banda municipal, a las fiestas y
paseos nocturnos y a no pocos relatos literarios. Entre el momento que Mañach
la publica en El País y la edición a finales del 1926, se decreta y
ejecuta su derribo, y el cronista alcanza a añadir una nota al pie: “Varios
detalles más aludidos en este itinerario sentimental han desaparecido o están
desapareciendo... Gajes del oficio, que no respeta ni los intereses creados de
los autores”.
En efecto, en el mes de junio un informe técnico de la Secretaría de Obras Públicas confirmó la necesidad de demolerla. Para el desguace de la glorieta, a fines de aquel año y por tanto poco antes de la salida de Estampas… , se usó un potente tractor Fordson de los muchos recién importados y que tan valiosos serían durante el ciclón de octubre, como en la construcción de la carretera nacional.
En cuanto al lugar que ocupan
en el costumbrismo, el análisis es claro. Cierto que, al igual que no se
reducen, con relación a la crónica modernista, “a la pura captación sensorial
de la ciudad”, tampoco se ajustan a la crítica moralizadora ni se demoran en la
elaboración de “tipos” sociales. Ni la hiel de la sátira en su afán normativo;
ni la ingenuidad de los encuadres históricos. Lo que las distingue sería
“cierta voluntad interpretativa” que las orienta en un “horizonte intelectual
más amplio”, aproximándolas al ensayo. Un género que, como recuerda Díaz
Infante, adquiere en esos años “carta de ciudanía” en la literatura
latinoamericana a partir del magisterio de Rodó y de Ortega y Gasset.
De modo que coexistirían
varios elementos: el ensayo breve, más bien visual y meditativo al estilo de
Azorín, que tiende a privilegiar la percepción y los detalles sobre el
intelecto, y el de Ortega, que privilegia el análisis y los conceptos, aunque
parta a menudo de escenas o imágenes. Las “estampas” de Mañach se moverían
entre ambos polos, un tanto a la medida que precisa para expresar su ideario
generacional. No menciona Díaz Infante, sin embargo, el influjo también
meridiano de Eugenio d’Ors, que nos parece esencial. No solo le inspira el
título de su temprana columna periodística, sino diversos recursos de estilo;
además de que resulta, muy probablemente, el autor que más cita en su primera
época. No solo lee el Glosario de Xenius en su recopilación castellana
de 1920; sino incluso que sigue sus artículos en la prensa española y catalana.
El propio Mañach lo señala
en "Lo que a D’ Ors le debemos" (Diario de la Marina, 20 de
septiembre, 1954) relacionándolo con el espíritu de su generación: "Sobre
aquella curiosidad cayeron los primeros libros de D' Ors, como los de Ortega y
Gasset y algunos otros escritores españoles y no españoles, de la generación
que el mismo Xenius insistiría en llamar "novecentista". Porque, en
rigor, eso le llegó a Cuba antes que lo del 98. A Unamuno, a Azorín, a Baroja,
a Valle Inclán no los descubrimos –hablo, desde luego, en tesis general–, sino
un poco después, cuando ya sus epígonos en la península nos habían conquistado,
barriéndonos ciertos dejos de resentimiento y prevención contra lo de "la
Madre Patria". Desde Pérez de Ayala apreciamos mejor el patetismo estético
de Valle-Inclán o la acidez sardónica de Baroja; desde el europeísmo de Ortega
y D' Ors (...) le tomamos el gusto al agonismo intelectual de Unamuno. Y a
Antonio Machado, vesperal y terroso, desde la matinal transparencia de Juan
Ramón Jiménez".
A propósito, resulta
significativa la observación que en su momento hiciera Martí Casanovas sobre la
marca de D’Ors en Estampas, atisbando cierto vínculo con La Bien
Plantada del glosador catalán, “con la cual, por su sentido íntimo y
profundo, por la tensión y la pasión vehementísima que se traduce en cada una
de sus imágenes, por la pulquérrima nitidez de su prosa, tantos puntos de
contacto y tan íntimo parentesco guarda la obra de nuestro Jorge Mañach”. Según
el también catalán Casanovas, Mañach habría “reducido la trama y la
escenificación a su mínimo” para mantener el interés y el tono polémico de su
obra “dentro de un constante e ininterrumpido diálogo”. Sea o no así, lo cierto
es que las estampas tienen algo de escenas y que, en cualquier caso, la figura
de Eugenio d’ Ors, “la gracia errabunda de sus ensayos”, es visible en el
cubano.
5.
Sería demasiado extenso seguir cada apreciación de este “Estudio
introductorio” a las Estampas, por sus muchas ramificaciones; pero no
podría saltarme lo que apunta sobre el esfuerzo de conciliación y la incesante
búsqueda en Mañach del “justo medio”, equilibro que intenta a varios niveles:
entre modernización y tradicionalismo, entre cultura y utilitarismo, entre lo
democrático y lo aristocratizante, apelando a dos de las crónicas más agudas:
“El muro del Malecón” y “La “guagua” y el carácter”. Pero si penetrante es
Mañach, no lo es menos aquí el ensayista cuando expresa, después de desmenuzar sus
ideas y también él a la procura de equilibrio: “Las estampas son un espacio de
mediación simbólica, suerte de dispositivo integrador, capaz de poner en
relación extremos que en la experiencia social aparecen escindidos”. Y añade:
“No se trata solo de conciliar tradición y modernidad, sino también de hacer
coexistir, en el plano de la mirada, clases y razas distintas, sin borrar sus
diferencias, pero tampoco radicalizadas en forma de conflictos”.
Desde luego, más que la
clase obrera es la “cuestión étnica” la que suscita las mayores ansiedades por la
forma en que “toma” la ciudad; en un caso, la inmigración judía por su carácter
ambulante, asediando las plazas y contraviniendo el mercado establecido; y en otro,
los negros al salirse de sus barrios marginales hasta alcanzar el centro –el
escenario mismo que la modernización les brinda. El modo en que Mañach conjura
estilísticamente tales ansiedades, y la manera en que Díaz Infante lo
interpreta, invitan sin dudas a una y otra lectura. Pero la tesis es
convincente. En este sentido, la crónica opera como una mediación, traduce y
hace visible “la contigüidad de mundos” que comparten el espacio urbano, aunque
no se comuniquen entre ellos. De ahí que en Mañach el género resulte –lo que
sería válido para toda su escritura– una forma de “integración cultural antes
que de crítica social”. En fin, no una política, sino más bien una ética
urbana.
Claro que esos mundos
contiguos tuvieron versiones menos equilibradoras, como en el poema de Alfonso
Reyes “Golfo de México”, escrito tras su paso por La Habana en 1924, y en el
que el contraste entre unos y otros, lujo y pobreza, negros y empresarios, se
representa de modo amenazador. O en los cuentos de Novás Calvo, donde tales
contigüidades, lejos de resolverse, colisionan. Pero aquí estamos a la procura
de un estilo que debe mucho a una voluntad clásica, nada sospechosa, por otra
parte, de falsos sincretismos. Y es lo que diferencia a Mañach de la mayoría de
sus contemporáneos, teniendo que pagar el peaje de ser “el menos cubano de los
literatos cubanos" –como señalaba una de las reseñas del libro y se dijo
de otras maneras, no siempre a su favor.
Si bien Duanel Diaz Infante
no entra en el “sajonismo intelectual” de Mañach –sin duda su otra gran mitad,
en pleno ejercicio y efervescencia en los años veinte–, su estudio tiene la
virtud de elucidarlo desde la perspectiva de los procesos modernizadores en
Hispanoamérica y el lugar de un género como la crónica en su variante no menos
novedosa que híbrida de la “estampa”. En ese lugar de lo Otro que es la literatura,
como sobre esa peana elástica –nunca radical– que fue el vanguardismo cubano, Estampas
de San Cristóbal se erige como uno de los fundamentos de aquella
generación.
Inicialmente publicado en Incubadora. Archivo & Ideas para generar Futuro, septiembre 24, 2026.











