Carlos Drummond de Andrade
Por eso, y porque no adelantaría nada, no le doy consejos. Le doy anticonsejos, hijo mío. Y si lo llamo hijo perdone: es costumbre de la gente madura. Podría llamarle hermano, tan semejante somos, a pesar del tiempo y de los pormenores físicos: ambos cultivamos lo real ilusorio, que es un bien y un mal para el alma. Poco queda por hacer cuando no nacemos para los negocios ni para la política ni para el oficio de las armas. Nuestro negocio es la contemplación de la nube. Que por lo menos ello no nos torne demasiado antipáticos a los ojos de los coetáneos absorbidos por preocupaciones más seculares. Recoja pues estos apuntes. Alipio, y sepa que lo estimo:
I. Sólo escriba cuando del todo no pueda dejar de hacerlo. Y siempre se puede dejar.
II. Al escribir, no piense que
va a derribar las puertas del misterio. No derribará nada. Los mejores
escritores consiguen apenas reforzarlo, y no exija de sí tamaña proeza.
III. Si permanece indeciso
entre dos adjetivos, deje fuera ambos, y use el sustantivo.
IV. No crea en la
originalidad, está claro. Pero no vaya a creer tampoco en la banalidad, que es
la originalidad de todo el mundo.
V. Lea mucho y olvide lo más
que pueda.
VI. Anote las ideas que tenga
en la calle, para evitar desarrollarlas. La casualidad es mal consejero.
VII. No se sienta orgulloso si
le dicen que su nuevo libro es mejor que el anterior. Quiere decir que el
anterior no era bueno.
VIII. Pero si le dicen que su
nuevo libro es peor que el anterior, puede ser que le digan la verdad.
IX. No responda a los ataques
de quien no tiene categoría literaria: sería perder el tiempo. Y si el atacante
tuviera categoría, no ataque, pues tiene otras cosas que hacer.
X. ¿Cree que su infancia fue
maravillosa y merece ser recordada en todo momento en sus escritos? Sus
compañeros de infancia ahí están, y tienen opinión diferente.
XI. No salude con humildad al
escritor famoso, ni al escritor oscuro con soberbia. A veces ninguno de ellos
vale nada, y en la duda lo mejor es ser atento para con el prójimo, incluso si
se trata de un escritor.
XII. El portero de su edificio
probablemente ignora la existencia, en el inmueble, de un escritor excepcional.
No juzgue por eso que todos los asalariados modestos sean insensibles a la
literatura, ni que haya obligatoriamente escritores excepcionales en todos los
edificios.
XIII. No saque copias de sus
cartas, pensando en el futuro. El fuego, la humedad y las polillas pueden
inutilizar su cautela. Es más simple confiar en la falta de método de esos tres
críticos literarios.
II
Aquí le mando, joven Alipio, otras grageas de supuesta sabiduría, para completar así la instrucción que le suministré.
XIV. Procure hacer que su
talento no ofenda el de sus compañeros. Todos tienen derecho a presumir
genialidad exclusiva.
XV. Haga fichas de lectura.
Las papelerías aprecian ese hábito. Las fichas absorberán su exceso de
vitalidad y, no usadas, son inofensivas.
XVI. Si siente propensión
hacia el gang literario, instálese en el seno de su generación y ataque. No hay
policía para ese género de actividad. El castigo son sus compañeros y luego el
tedio.
XVII. No se juzgue más honesto
que su amigo porque sabe identificar un elogio falso, y él no. Tal vez usted
sea apenas más duro de corazón.
XVIII. Evite disputar premios
literarios. Lo peor que puede suceder es que los gane, otorgado por jueces a
los que usted y su sentido crítico jamás premiarían.
XIX. Su vanidad asume formas
tan sutiles que llega a confundirse con la modestia. Haga una prueba: proceda
conscientemente como vanidoso, y verá cómo se siente.
XX. Sea más tolerante con el
fanfarronismo de su amigo; casi siempre esconde una deficiencia, y sólo
impresiona a otros fanfarrones.
XXI. En cuanto a su propio
fanfarronismo, éste se enfriará si usted observa que, en la hipótesis más
cristalina, es objeto de tolerancia ajena.
XXII. Antes de reproducir en
la solapa de su libro la opinión del cofrade, piense, primero, que él no
autorizó su divulgación; segundo, que la opinión puede ser mera cortesía;
tercero, que usted no admira tanto a su cofrade.
XXIII. Procure ser justo con
los otros; si fuera muy difícil, bondadoso; en el peor de los casos, elusivo.
XXIV. Opinión duradera es la
que se mantiene válida por tres meses. No exija mayor coherencia de los otros
ni se sienta obligado intelectualmente a tanto. Y proceda a la revisión
periódica de sus admiradores.
XXV. Procure no mentir, a no
ser en los casos indicados por la cortesía o por la misericordia. Es arte que
exige gran refinamiento, y usted será recibido allí dentro de diez años, si
llega a ser famoso; y si no llega, no habrá valido la pena.
XXVI. Déjese fotografiar con
placer, sin llamar a los fotógrafos; no rechace dar autógrafos i se mortifique
si no se los piden. Homero no dejó cartas ni retratos, Baudelaire dejó unos y
otros. Lo esencial sucede con otros papeles.
XXVII. Usted tiene un diario
para explicarse: ¿se encuentra tan confundido? Para justificarse: ¿su
conciencia anda medio turbia? Para proyectarse en el futuro: ¿se juzga tan
extraordinario?
XXVIII. Trate a las
corporaciones con cortesía, pues algún día puede ingresar en una; con
indiferencia, pues lo más probable es no ingresar nunca.
XIX. Aplíquese a no sufrir con
el éxito de su compañero, incluso admitiendo que él sufra por el suyo. Por
egoísmo, ahórrese cualquier especie de sufrimiento.
XXX. Una buena combinación
moral es la del orgullo y la humildad; ésta nos absuelve de nuestras flaquezas,
aquél nos impide caer en otras. En cuanto a los santos escritores, es de
suponer que fueran canonizados a pesar de su condición literaria.
XXXI. Sea discreto. Es lo más
cómodo.
Traducción: Inti García
Santamaría
El poeta y su trabajo / 17 –otoño 2004.