jueves, 29 de septiembre de 2022

Ernst Haas

 



 Para mí, Ernst era la sensibilidad personificada, tenía un encanto y una agudeza irresistibles; un conocimiento del mundo, su color, sus estratificaciones desde sus orígenes, varias culturas que expresaba tan vívidamente en sus fotografías...

 Desapareció rápidamente como un cometa dejando tras de sí una larga estela de comprensión humana y llena de sutileza.

 Me parece oírle soltando una carcajada y riéndose de mí si pudiera leer esto.

 

                                                                                           Henri Cartier-Bresson

                                                                                                     15 sept. 86



jueves, 22 de septiembre de 2022

Anders Petersen

 

 

 La gente en el Café Lehmitz tenía una presencia y una sinceridad que a mí me faltaba. Estaba bien estar desesperado, ser tierno, sentarte solo o compartir la compañía de los demás. Había una gran calidez y tolerancia.

 No puedo describir la realidad, a lo más, puedo tratar de captar las cosas que parecen ser válidas, de la manera como yo las veo. 

 Escojo un lugar, a alguien, me presento, establezco una conversación, hablo de ellos y hablo de mí, les pido permiso para fotografiarlos, pero luego no lo hago.

 Sólo seguimos hablando y hablando, y después de unas horas quizás les haga fotos.



domingo, 18 de septiembre de 2022

Martin Parr

 


  Martin Parr


 Más que en busca de acontecimientos, Martín Parr es un fotógrafo a la caza de estereotipos globales. Sus andanzas por medio mundo provisto, no de una Leica para retratar el hambre (“con una Leica siempre se puede”, decía el poeta Martínez Rivas), sino de una mirada burlona y casi tan intrascendente como lo que retrata, confirman su sensibilidad inglesa.

 Satírico, en ocasiones cínico, capaz siempre de confundir o de desagradar, se trata de un humorista que juguetea con los clichés del turismo y el consumo, en un escenario en pleno escape ontológico, aunque recubierto, eso sí, de colorete, es decir, amparado en lo vano y lo banal y hasta en tierna idiotez.

 Si se mira bien, un fotógrafo fatídico, haciendo lo suyo en el Reino de Nadie, el de las grandes superficies, los salones de belleza y las playas de mar vigoroso.

 Aun así, Parr no busca lo kitsch deliberadamente. “Las playas me gustan –ha dicho– porque están llenas de energía y son brillantes y coloridas”. ¿Mordaz, no? Capacitado, en cualquier caso, para extraer sangre de la gente o, al menos, zumo de tomate.


 Potemkin ediciones, Núm. 6 marzo-abril de 2014.


sábado, 10 de septiembre de 2022

Vladimír Boudník

 


  Andrea Fajkusová


 A finales de los años cuarenta, en uno de los barrios obreros de Praga un hombre despertó la atención de los transeúntes, causando cierto alboroto entre las fuerzas policiales. En una pared desconchada pegó una hoja de papel blanco pintando en ella las estructuras gráficas que veía en la pared.

 Luego empezó a explicar a la gente reunida las estructuras de la pared desde distintos puntos de vista estéticos, obligándola a "mirar a su alrededor, utilizar sus ojos, ver el arte y entenderlo". En ello consistía el secreto de su estilo -el explosionalismo-, en la fuerza explosiva de la fantasía.

  El hombre era un tornero de la fábrica de acero de Kladno, Vladimír Boudník. Durante los años cincuenta organizó unas 150 actividades callejeras similares. Al mismo tiempo describía su teoría del arte en manifiestos y cartas que enviaba en centenares de copias a redacciones, escuelas y oficinas públicas. Escribía también poemas que publicaba en samizdat.

 En la fábrica de Kladno conoció a su amigo de toda la vida, al escritor Bohumil Hrabal. Durante dos años compartieron un hogar y Hrabal inmortalizó a Boudník, a quien llamaba con el diminutivo "Vladimírek", en los libros "El tierno bárbaro" y "Perlas en el fondo". Posteriormente se unió a los dos el poeta y filósofo, Egon Bondy. Surgió así un trío inseparable al que hoy en día nos referimos como a "los tres grandes de Libeñ", barrio praguense donde residían.

 En el año 1952, Vladimír Boudník empezó a trabajar en la empresa de maquinaria CKD en Praga-Vysocany. Permaneció allí trece años. Se enamoró de la fábrica encontrando en ella la mejor inspiración.

 La empresa CKD se convirtió en un taller de alquimia para Boudník. Reunía desperdicios y con un autógeno, un martillo y otros instrumentos lo transformaba en arte. Hacía de todo, pero especialmente gráficos estructurales y magnéticos.

 Los primeros los creaba usando arena, materiales textiles, cuerdas o trozos de papel que fijaba con lacas. Los gráficos magnéticos nacían con la impresión de superficies formadas por limaduras, ordenadas con ayuda del flujo de líneas de fuerza. Soñaba con construir una prensa gigantesca con la que pudiera crear una hoja gráfica que tapara el cielo.

 Vladimír Boudník estaba obsesionado por los experimentos. No experimentaba sólo con técnicas figurativas, sino también con su propio cuerpo en detrimento de su salud. Dormía poco para ganar más tiempo, trataba de vivir únicamente de cerveza y pan, pidió a su médico que le recetara LSD, y en ocasiones experimentaba con la muerte, "jugando" con la horca en su casa. No se conformaba con experiencias transmitidas.

  Boudník exponía sus obras en el patio de la fábrica, en sus naves de producción o en el comedor. En el extranjero se presentó en la Exposición Mundial Expo 58 en Bruselas, cosechando un enorme éxito. Se le abrieron las puertas a Varsovia o Nueva York, pero cerraron las de su patria. Su única gran exposición en Checoslovaquia se realizó en el año 1963 en la sala de exposiciones Mánes, de Praga.

 A mediados de los años sesenta Vladimír Boudník cayó en una crisis artística y personal. Dudaba de su arte, se divorció, después llegó agosto de 1968 y un amigo suyo murió en un accidente de tráfico.

 A principios de diciembre de 1968 Boudník preparó después de varios años su propia exposición en la bodega Viola, en Praga, lugar que frecuentaba a menudo. El mismo colgó los cuadros y después de la inauguración se quedó conversando con sus amigos hasta altas horas de la noche. En la mañana del 5 de diciembre lo encontraron en su cuarto ahorcado.

 

  “El tierno bárbaro Vladimír Boudník”, tomado de Radio Praga Internacional, 2004.

 

jueves, 8 de septiembre de 2022

Sarah Moon

 

 Siempre he sentido la fotografía como una posibilidad de hacer una puesta en escena, de contar una historia en imágenes. Busco una imagen con un mínimo de información y referencia, una imagen no situada y que pese a todo me hable, que evoque lo que pasó y lo que va a pasar después. Se perfectamente que se puede denunciar esta forma de fotografía pero porque tiene que haber tan solo una forma de fotografiar? Quiero crear imágenes con los elementos que elijo, narrativas o evocativas, más allá del documento sobre la mujer que lleva un traje. Me doy un marco literario, me cuento una historia. Es el único trampolín que he encontrado para saltar. Por otro lado, la fotografía aplicada me interesa porque me permite el evitar la gratuidad. El contrato entre cliente y fotógrafo me parece totalmente honesto, se me da la oportunidad de hacer imágenes, a condición de que presente el producto desde un punto de vista favorable, se me paga para hacerlo y se me facilitan los medios para hacerlo bien. Esto me obliga a seguir una disciplina que necesito. Pues realizo más fácilmente las cosas cuando estoy obligada. Hacerlas solamente por placer me parece de locos.

 No depende de nosotros. Tan solo podemos esforzarnos para estar listos. Es lo más duro. El trabajo invertido, la intensidad, la espera, la esperanza no bastan. Nos podemos esforzar inútilmente durante horas y de golpe en tres minutos, en el buen lugar, en el buen momento, el azar muestra lo que quería expresar…

 A menudo me digo. Me gustaría hacer una foto en la que no pase nada. Mi sueño sería alcanzar esta depuración. Pero para quitar primero tiene que haber algo. Cuando trabajo con decorados, a veces se me ocurre borrarlos de mi foto, o mezclarlos o usar espejos para que no se sepa ya cual fue el decorado. Me gustaría que quitasen el maquillaje para que nadie se fije en el maquillaje, que quiten las ropas, paso mi tiempo quitando, para que algo me sorprenda, para  que no se sepa que estoy en un estudio, con un modelo que he elegido, un decorado sobre el que he discutido durante horas, una luz que hemos preparado durante todo el día. Al final lo que me hace decidirme es la impresión de reconocer algo -sí, es eso- que escapa a todas mis construcciones. Como esa foto del vestido de lunares, con la espalda de Susane. Me gusta su pesadez, de golpe me di la vuelta y allí estaba. Eso son los regalos.