domingo, 22 de febrero de 2026

Prólogo a Cosecha roja

 

   Luis Cernuda

  El novelista Dashieli Hammett acaba de morir en Nueva York. Después de haber gustado a tantos lectores, me parece, aunque carezco de noticia bastante como para permitirme afirmarlo, ha debido morir en medio de ese olvido que, tras unos años de éxito ruidoso, desciende de pronto y sin razón visible sobre tantas figuras aparentemente queridas y admiradas por el público norteamericano. Porque, admitámoslo prontamente, se trata de un escritor de gran público, no uno de aquellos que entre nosotros acostumbraba a llamárseles, con expresión bien cursi, y precisamente por los mismos años cuando Hammett gozaba de más éxito, un escritor para «minorías selectas». El propio Dashiell Hammett no dejaría de reírse si pudiera oír eso de ser o de no ser un escritor para «minorías selectas», porque en él se reconoció, al mismo tiempo que a un best-seller, a un escritor para escritores, a un técnico agudo en el arte de la novela y a un estilista.

  Nacido en St. Mary's County, Maryland, en 1894, tuvo adolescencia y juventud bien agitadas y variadas, lo mismo que no pocos otros escritores compatriotas suyos, comenzando a trabajar a los catorce años como recadista de una compañía ferroviaria, para pasar luego por diversos oficios hasta emplearse como detective privado, tarea que interrumpe la primera guerra mundial. Dañada su salud en ésta, recluido en hospitales varios, vuelve después al menester detectivesco, en medio del cual comienza a escribir. El éxito llega para él tras un período largo de trabajo duro y de incertidumbre.

  Entonces, ¿es Dashiell Hammett un escritor de valor pasajero o un escritor de los que sobreviven a su tiempo? Lo de sobrevivir a su tiempo es cuestión espinosa y no corresponde a nosotros decidirla. En sus momentos mejores nos parece superior a otros escritores que pasan por estar destinados a sobrevivir a su tiempo, como por ejemplo Hemingway y hasta Faulkner, tan aburridos ambos en mi experiencia de lector, aun admitiendo la diferencia de valor que, a favor del segundo, hay entre él y Hemingway. Es interesante la indicación de que el parecer de André Gide, nada fácil en sus preferencias, era favorable a Dashiell Hammett, y en su Journal de 1942­1949 hace varias referencias al mismo, que vamos a citar.

  El 12 de junio de 1942, dice: «He podido leer..., con asombro considerable bien cercano a la admiración, Cosecha Roja, de Dashiell Hammett (a falta de la Llave de Cristal, libro tan recomendado por Malraux, pero que no puedo encontrar por ningún lado).» El 16 de marzo del año siguiente, insiste: «Leído con vivísimo interés (y ¿por qué no atreverme a decir que con admiración?) The Maltese Falcon, de Dashiell Hammett, del cual hasta el verano pasado no había leído, y en traducción francesa, sino la asombrosa Cosecha Roja, muy superior al Falcon, al Thin Man y a una cuarta novela, evidentemente escrita por encargo, de cuyo título no me acuerdo. En lengua inglesa o, por lo menos, norteamericana, mucha de la sutileza en los diálogos me pasa desapercibida; pero en Cosecha Roja esos diálogos, conducidos con mano maestra, son cosa para enfrentarla con Hemingway y hasta con Faulkner; todo el relato mismo de una habilidad y cinismo implacables... En ese género particular es lo más notable que he leído, según creo. Curioso por leer la inencontrable Llave de Cristal, que tanto me recomendaba Malraux.»

  El 22 de marzo del mismo año indicado, alude otra vez a Hammett: «Avanzo con dificultad en Chance; el libro menos bueno de Conrad que yo conozca (y conozco gran número de ellos). Esa lentitud minuciosa parece aún más cansada tras el paso vivo de Dashiell Hammett.»

  Gide casi admira, sin atreverse a reconocerlo, la novela Red Harvest, bien que admita que, entre una novela como ésa y otra de un novelista «artista», como la indicada de Conrad, ésta semeja lenta, pesada diríamos, para hablar francamente. En efecto, una novela como Red Harvest deja atrás, caduca a una cantidad de novelas que parecen o, mejor, parecían tener valor superior, pero que encontramos aburridas, y una cualidad esencial en el novelista es la de entretener al lector.

  The Glass Key y Red Harvest sí nos entretienen y reconocemos que lo consiguen pulcra y seriamente, sin concesiones mercenarias al gusto vulgar: a la facilidad, a la superficialidad, al efectismo. Mas una vez leídas, y admitida la honestidad y el talento de su autor, acaso aún nos parezca que su lectura no ha alcanzado a despertar nuestra simpatía honda ni nuestra admiración indudable. Leemos para divertirnos o para aprender, quiero decir para nuestro aprendizaje intelectual, y poco podríamos aprender de una lectura cuando ésta, además de entretenernos, no consiga asociarnos íntimamente con ella, no despierte en nosotros la emoción de compartir una experiencia excepcional, tanto intelectual como humanamente.

  Para conseguir eso, la visión de la realidad debe ir entreverada de afecto y de ironía, lo cual, desde Cervantes acá, ha sido meta del arte novelesco. Un novelista actual como Lawrence Durrell, por ejemplo, la alcanza en ocasiones; para comprobarlo léase ese episodio, en Bitter Lemons, sobre la compra de una casa en Chipre. Mas no basta, sin embargo, para proporcionarnos la entera emoción de hallarnos ante una honda verdad artística. En la vida ordinaria no vemos sino lo visible de ella y de los seres humanos; para verlos enteramente, para calar hasta esa zona invisible que ni ellos alcanzan a penetrar en sí mismos, donde la trivialidad e insignificancia aparentes pueden realzarse con un viso mágico, alternativamente poético, dramático o trágico, es necesario que el novelista, aliado con el poeta, nos dé vislumbre de esa otra dimensión humana que, desde Shakespeare acá, nos fuera revelada para siempre. (Y perdóneseme que saque a colación tan grandes nombres como los de Cervantes y Shakespeare.) No es necesario, ni fácilmente posible, que el novelista alcance adonde Cervantes y Shakespeare alcan­zaron (aunque Dostoiewsky y Galdós sí alcanzaran), ya basta con un acercamiento mayor o menor a esta meta ideal.

  Nuestro escrúpulo excesivo nos está llevando a esperar de Dashiell Hammett cosas que él, probablemente, no pretendía ni buscaba; ya es bastante lo que nos da: realidad, consistencia, interés. Además, el ambiente intelectual de su país cuando él escribe sus libros no había llegado aún a la «sofisticación» literaria alcanzada en años posteriores, si no en general, al menos por un sector lo bastante fuerte como para imponer al resto sus opiniones como las adecuadas. Recuérdese que Joyce ha conseguido en Estados Unidos un reconocimiento y respeto más extensos que en otro país cualquiera; recuérdese el éxito reciente de un escritor tan exquisitamente real y poético como Truman Capote.

  Dashiell Hammett escribe en la época cuando la Ley Seca y las bandas de gansters daban a la vida norteamericana un carácter especial, y las obras de aquél, realistas como son, adquieren ese tono hard-boiled que sirvió luego para denominar genéricamente a tal clase de novelas. No sería justo exigirle, pues, que supo ver y expresar aquel ambiente con acuidad singular, dotándolo, por la reticencia y la aguda notación psicológica con que lo expone, de un valor novelesco indudable, que buscara también algo acaso extraño al mismo: la dimensión poética. Esta, de haber intentado darla, acaso le resultara falsa, tanto en lo puramente delicado como en lo dramático.

  Queda otra cuestión por aludir, concerniente al género novelesco que cultiva Dashiell Hammett: que ese género puede parecer a muchos secundario, por no decir mercenario. Gide tal vez lo insinúe, al hablar de «ese género tan particular», refiriéndose a la novela de detection. Dicho género novelesco, que Poe inaugura brillantemente con sus dos historias The Murders in the Rue Morgue y The Mystery of Maríe Roget, con su juego ingenioso de observación y deducción, tiene luego un largo y vario proceso en manos de unos y otros. Pues bien, a Hammett, aunque en no pocos de sus relatos y novelas el protagonista o agente es un detective (él crearía, con Samuel Spade, su personaje detectivesco), no me parece que se le pueda considerar estrictamente, al menos en sus libros mejores, como conforme al patrón del género. No hacemos la salvedad para excusarle de haber cultivado un género secundario o mercenario, sino porque, en efecto, no nos parece que The Glass Key y Red Harvest contengan propiamente misterio a descubrir ni trama siniestra a revelar.

  El detective que actúa en Red Harvest (1929), para romper el círculo de la sórdida y terrible historia que allí se desarrolla, es, por lo pronto, polo opuesto de aquellas figuras románticas de tantas historias detectivescas, y carece del halo con que ya Poe provee a su Auguste Dupin y Conan Doyle subraya y teatraliza aún más en su Sherlock Holmes. El detective que Hammett pone ahí en escena es de edad mediana, bajo y gordo, pero es igualmente eficaz que Dupin o Holmes en la tarea y, aunque su técnica sea bien distinta, realiza la hazaña de romper primero y exterminar después, gracias al procedimiento de enfrentar a unos gangsters con otros, la red con que aquéllos estrangulaban a Personville, donde fue llamado para asunto de su profesión y donde su olfato natural e incentivo profesional le obstinan en la tarea. Un juego de palabras al comienzo del libro, entre el nombre de ciudad, Personville, y como lo pronuncian algunos, Poisonville, nos encamina hacia la sátira y crítica del estado social del país en el momento que escribe, implícitas en la obra de Hammett.

  A este tipo de novela, donde apenas parecen concurrir las circunstancias del género detectivesco, algunos lo han llamado thriller, aunque tampoco en este caso la denominación nos parezca adecuada. Lo característico es la astucia extraordinaria con que la acción y el relato de la misma están conducidos. Ya dijimos que Hammett no hacía concesiones ningunas a la facilidad, superficialidad ni efectismo. En cuanto a crear personajes, muchos de los suyos son inolvidables, como esta Dinah Brand de Red Harvest. La perfección del diálogo y el paso ágil y alerta de la acción, son absorbentes, como siempre en los libros mejores del autor.

  En The Glass Key (1931), que Malraux con tanta razón recomendaba a Gide, el protagonista, Ned Beaumont, no es un detective, sino guardaespaldas y factótum del gangster Paul Madwig. La acción, tan viva como en Red Harvest, gira sobre el tema reticente de la lealtad en Ned para con Madwig, enamorados ambos (digamos enamorados, aunque sentimientos y pasiones sean aquí demasiado complejos como para designarlos con una sola palabra), de Janet Henry, hija de un personaje político corrupto. Ned Beaumont guarda el secreto de esa atracción, acaso hasta para consigo mismo, hasta bien avanzado el relato. Su amistad y lealtad para Madwig le lleva a emprender (acaso como compensación, ya que sabe cómo Janet está enamorada de él y no de Madwig) en el underworld de gangsters que regenta la ciudad, y para deshacer la amenaza contra el imperio de Madwig, una tarea equivalente a la del detective en Red Harvest.

  Ese sentimiento inconfesado de lealtad y de nobleza da al libro delicadeza recóndita, sin aludirse a él, dejando que el lector lo presienta si quiere y si puede. La acción es violenta en extremo: movida por la crueldad, la fuerza bruta y el instinto criminal, que se exhiben sin recato al sin recato alguno, contrasta en ella el pudor de los sentimientos nobles, de los actos desinteresados que, en cambio, quedan presentidos. Diálogo y relato se expresan con crudeza y sangre fría, con aparente insensibilidad que es en extremo curiosa: es una acción entre hombres, hombres fuertes y duros para quienes sería humillante y nada viril cualquier gesto de delicadeza. Por eso mismo resalta más la actitud noble de Ned Beaumont para con Paul Madvig. El amor apenas se exterioriza: lo presentimos latente en la acción. Ése es uno de los rasgos singulares en la novela de Dashiell Hammett: que los motivos de la acción quedan ocultos y el lector avanza por ella en una especie de niebla; hay que leer el libro con atención bien despierta para calar en la intriga y en los personajes. Lo cual es prueba de arte novelesco sutil y, ¿por qué no?, refinado bajo la crudeza y sarcasmo exteriores, los cuales no dejan de apuntar más o menos directamente, como ya dijimos, a la sociedad y al tiempo en que los personajes viven.

  The Thin Man (1934) responde mejor al patrón de la novela de detection. Tenemos ahí a un ex detective profesional que se ve casi obligado a investigar un misterio: dónde está el invisible Clyde Wynant. The Maltese Falcon (1930), que sigue a la anterior en mérito decreciente, tiene también como héroe a un detective, Samuel Spade, que aparece en otras novelas largas y cortas de Hammett, dedicado aquí a la doble tarea de hallar el halcón de oro y de esquivar los engaños e intrigas de Brigid O'Shaughnessy que, sin decírselo, lo quiere para ella. Esta es, en su egoísmo y codicia, personaje curioso: terrible y en apariencia de una dulzura inerme ante el hombre. Mas la búsqueda del halcón, siempre dilatada por medio de nuevas intrigas, resulta a la larga monótona. Blood Money (1927) recuerda algo a Red Harvest en la astucia para deshacer el grupo de gangsters (aquí asociados en un robo considerable) y el engaño y doblez enconados que éstos practican para deshacerse unos de otros. Entre ellos son memorables la atlética Big Flora y el aparentemente inocuo Papadopoulos, cobarde y traidor, mastermind en la maquinación del robo, y hacia el cual Big Flora parece experimentar una curiosa atracción medio maternal medio sexual. The Dain Curse (1929) acaso sea, entre las de su autor, la novela de menos valor.

  Quedan sus novelas cortas y cuentos, los que al comenzar estas líneas no era nuestro propósito comentar suficientemente. De interés unos y otros, algunos de valor, por ejemplo, The Green Elephant, tienen un interés adicional: marcar más claramente que las novelas la frontera, en la obra de Hammett, entre lo novelesco literario y lo sensacional del thriller. Mas ya de un lado, ya de otro en esa frontera, la obra de Dashiell Hammett posee siempre la facultad de entretener poderosamente al lector. ¿Cuánto tiempo durará en ella dicha facultad? Nadie puede responder a eso. Los tiempos cambian y las diversiones humanas también; lo único que no cambia es la sempiterna necesidad humana de entretenimiento. Cervantes lo sabía, como indica el prólogo a sus Novelas Ejemplares: «Que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean: horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse».

  Y aunque la ocupación religiosa haya cedido algo en nuestro tiempo, según creo, y dejado por tanto horas desocupadas de un lado, que de otro ocupe la tan incrementada asistencia a los negocios, aún le quedan al hombre, aparte del tiempo que dedica a los entretenimientos del día, horas libres durante las que requiere materia para divertirse. Y ¿dónde mejor que en la lectura? Como no me figuro que le basten siempre a tal propósito libros como esos que se incluyen en tantas inefables listas de «diez mejores libros» (donde suelen incluirse no los libros que se han leído, sino los que se cree conveniente pretender como leídos), agradezcamos a Dashiell Hammett, que con tanta destreza y talento proporcionara a muchos, con sus obras, nueva y adecuada materia para satisfacer una necesidad humana vieja como el hombre.  

                                                           1961                                                                                                       

  Prólogo a Cosecha roja, Alianza Editorial, 1967.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Una hora con Freud

 

   Michael Ignatieff

 

  Aquel otoño Berlin hizo una visita al más famoso refugiado de la Europa nazi, Sigmund Freud. La mujer de Freud estaba emparentada con un amigo de la familia, Oscar Phillip. A través de este intermediario, Isaiah quedó en ir a la casa de Mansfield Gardens un viernes por la tarde en octubre de 1938. Le abrió la puerta el propio Freud, que le invitó a pasar a su célebre despacho con las estatuillas y figuritas egipcias y griegas dispuestas ya sobre cualquier espacio libre de su escritorio y en las vitrinas y estanterías. Cuando Freud le preguntó a Berlin a qué se dedicaba, e Isaiah le respondió en alemán que intentaba enseñar filosofía, Freud le respondió con sarcasmo: “Entonces pensará que soy un charlatán”. No estaba nada lejos de la verdad, pero Berlin protestó: “Doctor Freud, ¿cómo puede pensar una cosa así?” Freud entonces señaló hacia una figurilla que había sobre la chimenea. “¿Adivina de dónde es?” Cuando Berlin le dijo que no tenía ni idea, Freud contestó: “Es de Megara. Veo que no es usted pretencioso”. A continuación le explicó que había llegado hasta Londres gracias a la intercesión de la princesa Marie Bonaparte e inquirió si Isaiah tenía algún conocimiento sobre los miembros de la familia real griega. Cuando éste dijo que no, Freud respondió: “Veo que no es usted un esnob”.

 Concluida esta parte del interrogatorio, Freud empezó a reflexionar en voz alta sobre la posibilidad de establecerse profesionalmente en Oxford. Berlin dijo que con seguridad los servicios del doctor Freud estarían muy solicitados en un lugar como Oxford, y mentalmente imaginó una placa de latón discreta y bruñida en alguna puerta de Oxford que rezara “Dr. Freud, consulta de 2 a 4 de la tarde” y una fila de neuróticos de dos kilómetros de longitud.

 En ese momento la esposa de Freud, una mujer dulce de setenta y tantos años, entró con un gesto divertido e irónico en la cara y preguntó: “Usted conoce a mi primo Oscar. ¿Es un judío practicante?” Berlín dijo que lo era. Ella continuó: “Toda mujer judía desea encender las velas del Sabat los viernes por la noche, pero este monstruo”, y señaló a su marido, “lo prohíbe. Dice que es superstición”. Freud asistió gravedad burlona y dijo: “La religión es superstición”. Claramente, aquello era una broma entrelazada en el tejido mismo de su matrimonio.

 Después de esto, los Freud, su nieto Lucian y Berlin tomaron el té en el jardín, en una atmósfera que, según recordaba Berlin, era pura Viena circa 1912. El anciano Freud estaba en la etapa penúltima de su cáncer de mandíbula, pero no dio una sola muestra de dolor, malestar o lamentación. Cuando hubieron tomado el té, Berlin se marchó, con el sentimiento de haber pasado una hora en compañía no de un genio, pero sí de un viejo doctor judío, inteligente, malicioso y sabio.

 

 Traducción: Eva Rodríguez Halffter


 Isaiah Berlin. Su vida, Taurus, 1999, pp. 129-30.


martes, 17 de febrero de 2026

Balada del psicoanálisis

  

Lawrence Durrell

  

(Lunes)

Sueña que la persigue un negro presumido

Pero una caída de agua en el rostro de carbón 

                                      obstruye el sueño.

Algo largo y enjuto como un cable,

Lento como un glaciar, frío como cosmético,

Algo en su interior susurra: "¡Grita!"

 

(Martes)

Sueña que la persigue un hombre en camisón,

Lawrence de Arabia vestido con una sábana,

Luego la encierran los tripulantes de un barco Liberty con

Pilas y pilas y pilas de carne enfriada

Mientras las voces repiten: "Come".

 

(Miércoles)

Sueña que está esposada a un empresario de bailes,

Que la persiguen alrededor de una pista de patinaje:

Engulle el anillo de compromiso de su dedo,

Cae en un charco pero no puede hundirse

Aunque sus prendas íntimas comienzan a encoger.

 

(Jueves)

Sueña que es reina de una montaña de corcho,

Demasiado caliente para caminar sobre ella, 

                       demasiado fría para usarla.

Desnuda, pincha con un tenedor de tostadas

Una estatua de Venus recostada:

No se cobran extras por el deterioro natural.

 

(Viernes)

Sueña que es un equipo de perros que arrastra 

                                           al pobre Scott

De un tirón hasta los confines del polo,

Pero de súbito la nieve se vuelve ardiente,

y cuando llegan el polo es apenas un agujero vacío,

Un geyser que silba en una montaña de carbón.

 

(Sábado)

Sueña que es la reina de una civilización urbana,

Encantadora como Elena pero condenada a ajarse.

Bajo sus muslos fluyen los ríos capitales,

El Rin y el Valga mansos como aceite,

Hamlet le ofrece un florete embotado.

 

(Domingo)

¿Qué tiene ella, que nosotras no tenemos?

¿No es acaso feliz y además encantadora?

Sueña que su marido es un director de Banco

Encerrado en la jaula de los monos del Zoológico.

Éste es el cuadro clínico, pero ¿qué podemos hacer?

 

  Traducción: Celia García Terrés


 Versión de la Revista REUNIÓN, Buenos Aires, Verano/1949. Se reprodujo en Revista de la Universidad de México, Enero-Febrero, 1963. p. 48.


domingo, 15 de febrero de 2026

Sitiocampo

 

   Pedro Marqués de Armas 

 

  Aunque te empujara con mano maestra (aunque te empujara por los derriscaderos), esos huequitos no te los abrió la historia. Se dice fácil, pero a veces es necesario abrir la calota y, a ras de la duramadre, tirar hasta el fondo. Como si se tratara de sostenerse al filo de lo que no es lenguaje: el velo del amnios, el muladar con las momias, y lo que llaman “parte trasera” en una escuela rural. Solo allí comienza lo narrado: nacimiento y muerte en setos de Campeche, no en camas de hospitales suizos.

  Oh tú ajeno hasta el extrañamiento.

  Como Woyzeck, antes de salir a escena.



  De Óbitos (2015). 


sábado, 14 de febrero de 2026

El exilio invisible

 


  Guillermo Cabrera Infante

 

       "¡Es horrible! Pero ¿a qué arte diabólica debe someterse a un hombre para que lo vuelvan invisible!". "No es un arte diabólica. Es un proceso..." 

                 H. G. Wells, en El hombre invisible

 A veces, me creo invisible. Sucede cuando me quito mi americana detweed, mi pull-over de lana, mis pantalones de pana y mis zapatos de vaqueta virada; luego, toda la ropa interior, y me miro al espejo ¡y no veo nada! ¿Seré como el extraño que llegó a una inn, lejana posada inglesa, un día de invierno, invisible de veras? Al menos, mucha gente me lo hace creer, como si yo fuera una versión del rey que iba en cueros y nadie se atrevía a confesar lo que veía. Soy el revés del rey, por supuesto. Voy vestido, pero el efecto es como si fuera disfrazado, aunque me quede desnudo: si me quito toda mi ropa inglesa, nadie ve nada. Soy (lo sabe hasta el proverbial niño de cinco años) un exiliado cubano. Existo, pero no en exilio. Mi hábito me hace inglés, pero mi desnudez me aniquila. Sólo soy yo gracias a mi vestimenta.

 Hasta la palabra que podría designar mi status es diferente para mí ahora. En Cuba, antes, por ejemplo, los republicanos refugiados de la guerra civil, llámense Casona o El Campesino, era exilados. Ahora todos los desterrados que hablan español por el mundo en diáspora son exiliados (menos los cubanos). Debemos recordar a esos judíos que venían huyendo de Hitler que tampoco eran exiliados: eran judíos, casi intocables. Lo mismo pasa con los exiliados cubanos, judíos de Castro. No somos marranos, pero somos gusanos (apelativo castrista). Goebbels inventó un mote parecido para los judíos: ungeziefer (alimañas). Es fácil eliminar a un hombre cuando no es ya un hombre, sino una alimaña o un gusano; pero siempre hay sangre, cadáveres: un embarro. Es más limpio hacerlo invisible. Mi invisibilidad recuerda, a ese escamoteo verbal que practicaba la Real Academia de la Lengua para eliminar lo indeseable. Así, el Diccionario manual (ilustrado) olvida la palabra exilio, y en la página 711, columna A, salta de exiguo a eximio, con arte de birlibirloque, pero en medio (¿para pedir perdón o cubrir la vacante?) pone eximente. ¡Presto! El exilio desapareció y los exiliados o exilados se esfumaron hacia el limbo lingüístico o legal. ¿Busionismo o mera ilusión? Para Franco (mi edición es la de Espasa Calpe de 1950) no había exilio: había sólo una roja desbandada. Los exiliados no existían, españoles o no. Como decía ese otro tirano grotesco, el rey Ubú: "Si no hay Polonia, entonces no habrá polacos" (como para que medite Jaruzelski sobre su problema polaco y una posible solución rusa). Si no hay exiliados, no hay exilio: es una simple proposición lógica. En Cuba, donde todos los emigrantes españoles eran gallegos (como si los cubanos no sólo presintieran a Franco, gallego epónimo, sino que Fidel Castro, gallego anónimo entonces, también sería posible: cosa curiosa, la taxonomía tiene más de magia que la astrología), los judíos eran para nosotros polacos todos, Así, el cubano de la calle fue más efectivo que Hitler y pudo encontrar la solución final desde el principio (desde antes, es más). Para los que creen que todo mañana será siempre mejor (como si acortaran la palabra futuro a mero fruto), el gran Diccionario de la Real, edición de Espasa-Calpe de 1956, admite el exilio, pero no los exiliados.

 La Limpia y Fija puede ser, sin embargo, en su progreso retrógrado (sí que existe este movimiento: no en física, pero en política), más resueltamente avanzada que muchos escritores llamados progresistas simplemente porque no quieren confesarse comunistas. Un conocido crítico literario uruguayo escribe un largo y sesudo ensayo sobre el exilio en América, y no encuentra más que un cubano exiliado o exiliable: José Martí. ¿Habrá que recordar al lector español que Martí murió, no de naturaleza, en 1895? Un escritor suramericano, laureado, hace un discurso ante una academia, pero no sobre literatura, sino sobre exilios, y escoge a Chile -¿arbitrario?- como el país más dado al exilio. Un millón de chilenos ha abandonado a Pinochet a su soledad de los Andes, asegura auténtico. ¡Es un diezmo!", terminó el informe para académicos, sin una sola mención a Cuba, país modelo en cuanto a la forma de tratar a sus disidentes y descontentos, como se sabe. La exquisitez de Fidel Castro en estas cosas es ejemplar.

 Pero la verdad desnuda es boyante y siempre sube a flote en todo medio espeso. Hay cerca de un millón y medio de cubanos viviendo en el exilio desde 1959 (algunos miles eran batistianos, cierto; pero entre ellos estaba también -¿casualmente?- el primer presidente castrista), y es sólo ahora que la población de la isla rebasa los 10 millones de habitantes. Se trata, como es obvio, de algo más que un diezmo. Es, de hecho, diezmo y medio, pero inmencionable, tabú. Como al olmo, al futuro se le piden peras, no peros.

 Un escritor porteño pasea melancólico por las bibliotecas de Europa su largo exilio apolítico y, tras haber asumido la frase francesa "nada mata tanto a un hombre como verse obligado a representar su país", se permite los riesgos del inmortal y no sólo representa a otro país, y a otro, y a otro, sino hasta un continente y una causa. Su exilio se había hecho apocalíptico. Este escritor, que había abandonado Argentina en 1952, odiando a Perón hasta la náusea física, pero aún más a Evita, aparentemente sufrió el síndrome que su maestro argentino diagnostica como hecho de "sucesivas y encontradas lealtades". Así, fue exiliado antiperonista; luego, peronista; después, antimilitares antiperonistas, y ahora, generalizante militante d'apres des iles Malvinas. Pero, preguntado por un periodista mexicano por los escritores cubanos exiliados, declaró, con énfasis en sus erres todavía francesas: "No hay escritores exiliados de la Revolución. No hay más que gusanos". Lo que, por supuesto, niega la posibilidad de alfabetizarse a toda larva analfabeta y, de paso, el acceso a la escritura a cada gusano que quiera brillar ilustrado como mariposa literaria. Este escritor será materialista, pero naturalista no es. Estará cerca de Marx, pero lejos de Linneo.

 Un grupo de refugiados políticos antiguos y actuales se reúne en Madrid para intercambiar memorias del exilio. Los hay de todas partes de España y de América (menos de Cuba). Nadie -está de más decirlo- echó de menos a los cubanos, los exiliados americanos que llevan más tiempo en España. ¡Curioso y curioso!, diría Alicia, furiosa. Había en este simposio neoplatónico hasta un inusitado diplomático mexicano en funciones, que debía ser un exiliado oficial o un observador de la ONU. Pero los cubanos, visibles en todas partes, ya innombrables, eran allí invisibles. Es cierto que la reunión era más frívola que seria, a pesar de la edad respetable de los reunidos. Era como una cana al aire político. Se llegó incluso a hacer el elogio del exilio como si fuera un gusto adquirido. Pruebe, por favor, un poco más de ostracismo. ¡Ummm! ¡Qué delicia! Parecía, de veras, cierta nostalgia de Franco invertida (como Vizcaíno Casas, pero con comicidad más espontánea). Este elixir de exilio era español en la memoria colectiva y -¿por qué no decirlo?- festiva. Pero recuerdo hasta exiliados andaluces que, como no eran gitanos, eran infelices. Conocí, por ejemplo, al más triste de todos los poetas españoles exiliados, Luis Cernuda, y me pareció un hombre calmo, pero desesperado: una especie de suicida tan correcto que no se pegaba un tiro por temor de herir a sus amigos. Cernuda, ciertamente, no habría estado en este convivió.

 Ahora, el ministro de Cultura de Castro (que existe, porque lo he visto en fotos, bien visible en su traje oscuro a rayas blancas verticales: todo, hasta el chaleco, lo hacía indiscernible de un capo secundario en El padrino) declara a EL PAÍS, con su gerundio atropellado, que no hay escritores de alta "escala intelectual" que hayan abandonado el país (queriendo decir Cuba), y nombra a Juan Marinello (a quien llama Marinero, ¿en tierra?), a Fernando Ortiz, a Carpentier y a Lezama Lima con el mismo ceceo ansioso. Pero olvidó decir que todos los mencionados están en Cuba ¡porque están muertos! Hace tiempo que todos ellos (y ahora incluyo yo a Virgilio Piñera, el mejor teatrista cubano de todos los tiempos, que también se quedó en Cuba para vivir de miedo y morir de un susto sostenido) están bajo tierra, y si no los secuestran los gusanos de Hamlet, polític worms, no veo cómo podrán dejar la isla, cruzar los mares o los aires, emigrar (para devenir ellos también cadáveres invisibles). Pero sucede que, siempre desafortunado, el primer ministro de Cultura y Luces de Cuba castrista hace hincapié en Lezama, sobre cuya eminencia nos ilumina con el esplendor de una noticia: antes que perseguir a Lezama, ahora en Cuba se le ezalta. Esta exaltación, naturalmente, tuvo que esperar a la infausta muerte del poeta. Todos los que saben leer (quiero incluir aquí a Armando Hart, sin desarmarlo) saben que de Paradiso, la obra maestra de Lezama, no se hizo más que una sola edición de cinco mil (5.000) ejemplares en 1966, que se agotó en seguida (para no reeditarse jamás). Aparentemente, por su exaltación del homo-zezual, la bestia negra con dos penes para Castro: obscena, contra natura, contrarrevolucionaria. A partir de 1971, cuando Lezama fue involucrado por la seguridad del Estado (que tiene los mejores lectores de Cuba: leen desde cartas hasta palmas de la mano) en el caso Padilla, no se volvió a publicar siquiera un ensayo suyo, como lo revela Lezama en sus cartas a su hermana. Es desde este más allá epistolar que el poeta proclama ahora su desmentida y su exilio, interiores ambos: "No es lo mismo estar fuera de Cuba que la conducta que uno se ve obligado a seguir cuando estamos aquí, metidos en el horno. Existen los cubanos que sufren fuera y los que sufren igualmente, quizá más, estando dentro de la quemazón y la pavorosa inquietud de un destino incierto...".

 Aparte de mis subrayados, ¿las repetidas menciones a horno y quemazón no declaran que el escritor oscuro habla claro, no del paraíso, sino del infierno, del poeta y de sí mismo como un Fausto condenado? Fue Lezama quien inventó la metáfora del creador como un poseso penetrado por un hacha suave. Pero ¿qué del poseso al que se le niega toda posesión: la esencia y la existencia y el mismo cuerpo sólido que contiene su conciencia? Me siento entonces como el extraño que llegó a la posada Coach and Horses, en un lugar remoto de Inglaterra, hace casi un siglo.

 Así describe su revelación un hombre que sabe de estas cosas: "Se puso una mano sobre la boca y, al retirarla, el centro de su cara se convirtió en un hueco vacío... Cuando, finalmente, se quitó las gafas, todos los presentes se quedaron atónitos: el forastero era invisible". Esa aparición era una desaparición.


  El País, mayo de 1983.