lunes, 11 de diciembre de 2017

La explosión del polvorin en 1883


 Juan Santos Fernández
        
 Tenía mi residencia en la Quinta de Toca, Carlos III, en la que se inauguró el Laboratorio Histo-Bacteriológico de la Crónica Médico Quirúrgica de la Habana, en mayo de 1887. Mi hija, que nació en marzo de 1882, tenía apenas un año y estaba con su madre en los altos de la casa, en los momentos del suceso. El primer estampido lo atribuí a alguna caldera de vapor cercana, y como me encontraba despachando los enfermos, después de las doce del día, continué haciéndolo sin conceder más importancia a la detonación; pero a poco sonó una segunda, mayor y que atribuí a una explosión intencional que obedecía, tal vez, a la política, pues los autonomistas defendían sus doctrinas combatidas por los elementos contrarios y estaban los ánimos exaltados, con la vehemencia que nos es característica. Con tal motivo, esperaba otra explosión. También sospechaba que se tratase de un temblor de tierra, pues de cierto nada sabía; pero, fuese una cosa u otra, subí al segundo piso, temeroso de que se encontrase sola mi esposa en tales circunstancias. Al llegar al último escalón, estalló la tercera detonación, tan formidable, que bailó la casa de cantería, como si fuese de cartón, y se rompieron los cristales. Me dirigí desde luego a la habitación en que estaba mi familia y ordené que tomasen en brazos a mi hija, que estaba en su cama, para salir de la casa. Una nueva trepidación o la misma que acababa de pasar, hace que se desprendan las puertas del balcón delante de mi esposa, que amedrentada, cae de espaldas, sin sentido. Convencido de que se trataba de un terremoto, ordené que bajasen a mi hija al jardín, lejos de los edificios, y me dispuse a bajar al mismo lugar a mi esposa desmayada en un sillón, lo que no se hizo sin gran dificultad por la escalera, sin temer un nuevo movimiento, tal vez más fuerte que el anterior, pues éste último fue mayor que los dos primeros.
 Ya a salvo mi señora, tuve que prestar atención a la llamada que me hacían por teléfono, que no sé cómo no se interrumpió: una anciana operada de ambos ojos de cataratas, que vivía en el callejón del Chorro, en la plaza de la catedral, que se alarmó, porque se habían caído las puertas de la casa y estaba aterrada a su vez por el exceso de luz, que como consecuencia advertía. Cuando llegué, ya le habían tapado la cabeza y procedí a vendarla hasta que arreglasen las puertas de la habitación. Recuerdo que cuando salí para ver la enferma hallé que las calles estaban ocupadas por un gentío inmenso. Como no había motivo para esperar nuevas explosiones, porque todo el polvorín había estallado, volvió a todos la tranquilidad, sin más consecuencias que los sustos y el desperfecto de las casas en sus accesorios tan solo, pues no recordamos que se hubiese derribado o caído ninguna.
 No andaba yo todavía a la escuela, por el año de 1854, próximamente, cuando ocurrió la explosión de otro polvorín, sin que la trepidación alcanzase las proporciones de éste, que pudo tener ya dinamita, pues Nobel, el que la inventó, murió en 1896, y ya esta sustancia era conocida en 1883, pero no en 1854.
 Posteriormente, que las necesidades de la industria y el progreso industrial exigen el manejo de grandes cantidades de explosivos, en los que la pólvora figura en grado ínfimo, se exige que aquéllos, de los particulares y del Estado, no estén en un solo lugar, porque las explosiones parciales en cualquier descuido, siempre serían menos funestas.
 La explosión del Maine la oí desde el final de la calle de San Miguel, y la detonación que produjo fue relativamente poca y no me pareció que tenía la importancia física y social que determinó.
 Por no existir la vigilancia que se tiene en la actualidad, a fin ele que no se guarden explosivos en las ferreterías u otros establecimientos de la ciudad ocurrió lo de la casa de Isasi, en la calle de Mercaderes, que tantas víctimas causó en la plana mayor del cuerpo de bomberos y en la que estuve a punto de perecer con mi única hija. Vivía entonces en Reina 92, y recibía en mayo de 1890, a los que venían de noche a darme el pésame por la muerte de mi madre. Como a las 9 se oyó la llamada a los bomberos, y mi hija, de pocos años, tomó miedo y de no haber sido el duelo de mi madre, hago poner el carruaje y la llevo al fuego para no criarla medrosa. Si esto hubiera hecho, el jefe de los bomberos, que era mi cliente, y los otros oficiales, me hubieran llamado junto a ellos, y como la pared de la ferretería que se desplomó fue la que los sepultó, igual suerte me hubiera cabido en unión de mi hija.
 De sentir sería que se descuidase la vigilancia de los explosivos, pues aun teniéndola, ocurren desgracias como la más reciente en los muelles de New York, en que miles de casas de la imperial ciudad, quedaron sin cristales en sus ventanas.


 Recuerdos de mi vida, T-I, La Habana, Imprenta Lloredo y Ca, 1918, pp. 296-98. 

 Grabado coloreado a mano, La Ilustración Española y Americana, Madrid, 1883.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Salvador Massip. Una temprana recepción del psicoanálisis en Cuba




 Pedro Marqués de Armas

 Al regresar a La Habana en 1924 después de un periplo de tres años por Francia, Suiza y Alemania, Juan Portell Vilá traía entre sus múltiples credenciales la de haberse formado en los nuevos métodos terapéuticos aplicados a la educación de menores, entre ellos, el psicoanálisis. 
 Uno de sus primeros trabajos en Cuba consistió en una exhaustiva revisión de la psiquiatría insular que no excluía lo publicado hasta ese momento sobre las doctrinas de Freud, Jung, y Adler.
 De este modo, reparó en un artículo del entonces estudiante de pedagogía Salvador Massip que, con el título “El Psicoanálisis”, había aparecido en diciembre de 1911 en la emergente Revista de Educación.
 Aseguraba el psiquiatra que salvo esa excepción y la traducción en 1923 para la Crónica Médica Quirúrgica de “Las incertidumbres del psicoanálisis”, de Jean Laumonier, nadie se había ocupado en Cuba de esta materia.
 Portell no entraría a describir el texto del Massip, ni otros muchos curiosos folletos de psiquiatría que señala en su artículo; pero sí aprovechó para presentarse como el único seguidor del psicoanálisis en la isla.
 En efecto, a él se debe, en este ámbito, una producción textual sin precedentes que vino aparejada a su labor para diversas asociaciones psiquiátricas, su promoción de una Liga de Higiene Mental y, en especial, su interés en la educación sexual de la infancia, que impulsaría bajo el auspicio del Ministerio de Instrucción.
 Aunque pudieran existir referencias previas en la prensa, el artículo de Salvador Massip marca sin dudas el comienzo de la literatura psicoanalítica en Cuba. 
 Lo sorprendente es que no se trata de una reseña al uso, breve o de contenido superficial, sino de una detallada recepción, sumamente actualizada para la época, que ocupa nada menos que quince páginas.
 Su firma a apenas un año del siempre citado “Sobre psicología y psicoterapia de ciertos estados angustiosos”, del médico chileno Germán Greve Schlegel, reconocido -desde muy temprano e incluso por el propio Freud- como el primero en transmitir los conceptos psicoanalíticos en Latinoamérica, le confiere un valor particular.  
 Desde luego el texto de Massip terminó olvidado, tal vez por lo temprano del mismo, aunque, más que nada por la falta de una tradición más interesada que lo hubiera repescado.
 El psicoanálisis solo asiste en Cuba a una recepción continua a partir de 1926, pero sin que fuera entonces secundado por las vanguardias artísticas, para asomar con algún ímpetu en la década de 1950.  
  Reseñemos, pues, así sea a más de un siglo de distancia, y a partir de notas tomadas hace más de tres lustros, el artículo en cuestión. 

 "El Psicoanálisis", Salvador Massip. Revista de Educación, La Habana, 1911, vol. 1. Núm. 12, pp. 33-48.


 El futuro geógrafo cubano revisa primero los conceptos de conciencia e inconsciente, siguiendo para ello una larga línea que incluye a Hartmann, Herbart, Lipps, Wundt, Ribot, Jastrow, Janet y Myers, entre otros, para concluir en Freud. Dedica a sus diferencias y límites algunos párrafos, incluyendo una acerba crítica a los postulados de Hartmann.
 Expresa Massip que con Freud se accede al “conocimiento más original y completo sobre los fenómenos del inconsciente…”. No falta el relato sobre la relación con Breuer y los eventos que conducen a la teoría del trauma infantil, el fracaso de la hipnosis para revertir síntomas y el descubrimiento del método de la asociación de palabras.
 De acuerdo con Oskar Pfister, Massip señala el valor del psicoanálisis para la pedagogía y lo importante que resultara, en este sentido, la relación epistolar entre Pfister y Freud.
 Recorre luego en detalle las principales nociones elaboradas por el profesor de Viena: la tópica, la económica, las psiconeurosis, los sueños y su interpretación, delimitando cada uno de estos aspectos. Destaca así los conceptos de pre-consiente y represión, impulso sexual y regresión, y, apelando a abundantes citas del propio Freud, se interna en los síntomas y su relación con la angustia y la inhibición.
 A propósito, no faltan alusiones a los casos de Ana O. y Dora.
 Particularmente prolijo es el fragmento dedicado al sueño como expresión desplazada de deseos reprimidos y al resto de mecanismos que intervienen en la elaboración onírica.
 Apunta que la “psicología moderna debe a Freud una nueva e ingeniosa teoría sobre el inconsciente” y asimismo “la técnica con que explica sus manifestaciones, el Psicoanálisis, un método de interpretación tan profundo como sencillo”.
 El joven Massip, que entonces tenía veinte años, concluye sobre el nuevo paradigma que el psicoanálisis estaba introduciendo: “Pero la gloria legítima de Freud es haber combatido la hipótesis de Wundt de que las regiones activas situadas más allá de la conciencia no podrían ser estudiadas nunca por la psicología”.
 El texto alude además a Gustav Jung y Ernest Jones, señalando del primeo algunas deferencias que ya asomaban respecto a Freud, y del segundo, su lugar en el aún incipiente movimiento psicoanalítico. 

 El contexto cubano

 En 1909 Massip matriculó Derecho Público y Pedagogía en la Universidad de La Habana. Abandonó la primera para inscribirse en Filosofía y Letras. En 1912, al año de publicado su inaugural artículo sobre el psicoanálisis, se graduó de Doctor en Pedagogía, y en 1915, en Filosofía y Letras.
 La Revista de Educación califica, sin dudas, de avant garde en su época, al distanciarse en buena medida del rancio positivismo dominante. Divulgó trabajos de y sobre William James, John Dewey y Frederick Nietzsche, acogiendo los cambios que estaban operando sobre la educación y la psicología en Francia y Suiza.
 Sirvió de plataforma a una nueva generación de pedagogos que pretendía ir más allá del modelo experimental, como anuncia uno de los editoriales. En cierto modo, las propuestas de una nueva Higiene Escolar calzaban con corrientes educativas en principio más abiertas. De ahí las críticas a Wundt y la apuesta por Karl Marbe y Alfred Binet, entre otros.
 Massip publicó en sus páginas, además, los artículos “Educación en niños anormales, "Los niños supernormales" y "Las clínicas psicológicas".
 Pero quizás el más notable sea el que dedicó a William James, conciso recorrido por su existencia y su doctrina pragmática, a apenas un año de su fallecimiento, inadvertido por la opinión pública cubana.
 A propósito de lo cual expone:
 “El positivismo, introducido en Cuba en días en que en todas partes se atacaba, arraigó sin embargo y sigue siendo la doctrina imperante. Hoy mismo, cuando sus últimos restos evolucionan en el neopositivismo de Mach, lo consideramos como la última palabra, como el producto más acabado… Por eso había de ser para nosotros un hecho indiferente la muerte de William James… ¿Será tarde para rendir homenaje a su memoria ante los ojos indiferentes de estos dos millones de isleños?...”
 Un poco que estas palabras explican mejor la pertinencia, en aquel contexto, de su artículo sobre Freud.
 Rara avis en un país que no se abrió nunca con debida fuerza a la cultura y pasión del psicoanálisis. 


domingo, 3 de diciembre de 2017

El caso de la señorita M.L.




 Rodolfo Julio Guiral

 La señorita M. L., de 31 años, soltera, fue a mi consulta quejándose de trastornos por parte de su vista que consistían en oscurecimientos de ésta, momentáneos, transitorios, y que cada vez se hacían más frecuentes e intensos. Reconocida, no encontré causa para aquellos síntomas, y ordené el examen de sangre para investigar urea y glucosa. Al volver a verme a los cuatros días, con los exámenes, estaba ciega. Nuevamente reconocida, orienté mi investigación hacia la histeria, y pude comprobar que la enferma lo era. Emprendí entonces la tarea de practicar un psicoanálisis, dado que las condiciones especiales del caso se prestaba para este método, y son los resultados de él los que voy a exponer.
 Cuando la enferma tenía unos ochos años, acostumbra a tener juegos con sus hermanos, mayores que ella en uno y dos años respectivamente, y hoy reconoce que aquellos juegos tenían un carácter francamente sexual, pues en ellos acostumbraban a tocarse los genitales, y recuerda que sus hermanos tenían erecciones. Algo posteriormente, sin que pueda precisar la fecha, sabe que ejercía la masturbación, ya suprimidos los juegos de carácter sexual, sin que pueda precisar cómo aprendió a masturbarse, pero sí recuerda que lo hacía con exceso. Por esa época era una niña retraída y tímida, de carácter corto y apocado, sin numerosas amistades. Entre estas escasas amistades había una niña de poco más edad que ella, que le dijo que la masturbación era algo muy perjudicial y que no debería hacerlo, que sólo debía ejecutarse el acto sexual con los hombres. Así fue como se enteró de la verdad de las materias sexuales, según cree, cuando tenía unos doce años, y antes de su pubertad, que en esa edad aún no había aparecido. Como consecuencia de los consejos de su amiga logró reprimir la masturbación, pero sin poder suprimirla por completo. Un año más tarde, a los trece, llegó la pubertad, y en esa época sus padres le dieron a leer un libro que trataba de materias sexuales, y en el cual se hacía referencia a la masturbación, explicándose prolijamente sus supuestos perjuicios, entre los cuales se hacía resaltar el de la ceguera como uno de los más frecuentes y peligrosos. En vista de lo leído en este libro, logró reprimir por completo la masturbación, y desde los catorce ya no volvió a masturbarse más, a pesar de que en un principio los deseos la torturaban. Pero éstos eran sólo deseos de masturbación, deseos de conseguir el placer, sin que en ellos interviniese el deseo del hombre, que en ella no existía. Cuando logró reprimir la masturbación por completo, quedó aparentemente frígida, sin deseos sexuales de ninguna especie, pero sin que esto la hiciese sufrir, pues se sentía feliz por completo. A los 25 años conoció a un hombre del cual se hizo novia, y con el cual sostuvo relaciones sexuales, que al principio no le producían sensación alguna, pero que después la excitaban violentamente, haciéndola experimentar gran placer, y haciendo que siempre ansiara la repetición del acto. A los cuatro años se rompieron las relaciones, por abandono del novio. Esto le causó gran efecto moral, pero tuvo otra consecuencia física, su frigidez anterior había desaparecido y recurrió otra vez a la masturbación, pero ahora con imágenes y sensaciones francamente sexuales; era una masturbación a la compena (sic) su sexualidad exaltada y la falta de otra satisfacción. Desde que recurrió de nuevo al onanismo, tuvo la creencia de que se estaba perjudicando, pero sin que nunca pudiese precisar de qué manera determinada, y cada acto iba seguido de sensación desagradable, pues, por una parte le recordaba su novio perdido, y por otra la hacía pensar que realizaba algo perjudicial para su salud. Al fin, empezó a sentirse débil, apática, desanimada, y atribuyó esto a la masturbación, así como una falta de memoria que sentía. A pesar de sus esfuerzos y de su creencia en que estaba perjudicándose, no pudo impedir el seguir masturbándose, y poco después aparecieron los síntomas oculares con el desenlace que he referido, es decir, la ceguera.
 Este caso presenta de curioso desde el punto de vista de la investigación, el que la enferma atribuía a la masturbación sus síntomas, pero no recordaba absolutamente la lectura del libro a que me he referido, y sólo por medio de la asociación de palabras pude hacer aparecer este recuerdo, lo mismo que el detalle de los juegos sexuales de su infancia.
 Aparecidos estos recuerdos, haciéndole ver a la enferma la relación de sus síntomas con sus conceptos anteriores, y la falsedad de estos conceptos, así como lo que de refugio en la enfermedad pudiese haber en sus síntomas, la curación fue rápida y la recuperación completa en cuanto a la visión. En cuanto a la masturbación y demás síntomas, no sé qué evolución hayan seguido, pues después de recuperar la vista no he vuelto a asistir a la enferma, aun cuando ésta dijo que pensaba masturbarse sólo cuando no pudiese resistir sus deseos, ya que sabía que pequeñas dosis no la dañaban.
 Esta es la exposición del caso, que presento por lo raro que es en nuestro medio y ambiente, dadas nuestras costumbres y educación, tener oportunidad de ver casos que hagan la confesión de estos temas sexuales, cuando de mujeres se trata. No intento asimilar este caso a la teoría de Freud ni a ninguna otra; sólo expongo a la Sociedad de Estudios Clínicos para que ésta dé su parecer.


 Fragmento de “Histeria ocular”, Revista de Psiquiatría y Neurología, T-II, octubre-diciembre, 1930, núms. 4-5-6, pp. 50-52. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Rodolfo Julio Guiral, por una psiquiatría nacional



 Pedro Marqués de Armas


 
Fue uno de los neuropsiquiatras más notables de la República; y sin duda, el clínico mejor formado de la generación que emerge a finales de los años veinte. Estuvo al frente de aquel grupo llamado a introducir el psicoanálisis, el órgano-dinamismo y la psicología experimental, dotando de amplitud a la disciplina.
 En buena medida concilia las teorías de Freud y Pavlov, si bien se decanta finalmente por la reflexología.
 Se suma su influencia sobre la sólida promoción de 1940 que lo erige en el maestro por excelencia de la psiquiatría cubana.
 Rodolfo Julio Guiral González nació en La Habana el 14 de marzo de 1900. Comenzó la carrera de medicina en 1918, recibiendo el influjo de Enrique Saladrigas y Pedro Castillo. Graduado en 1922, ya había decidido dedicarse a la neuropsiquiatría estimulado por las enseñanzas de José A. Valdés Anciano y de Armando de Córdova y Quesada.
 El 17 marzo de 1924 fue nombrado ayudante de la Cátedra de Patología y Clínica de las Enfermedades Nerviosas y Mentales. Y dos años más tarde, en el verano de 1926, completa su formación en el Instituto Neurológico de New York bajo el magisterio del neurólogo irlandés Foster Kennedy:
"Una circunstancia fortuita me acercó al maestro. Dio la casualidad que en el primer pase de visita de Kennedy, a que yo acudiera, él me seleccionó entre otros muchos médicos alumnos suyos, norteamericanos y extranjeros allí presentes, para que hiciera el examen de fondo de ojo del paciente. Para mí, hijo de oftalmólogo, que había hecho oftalmología durante largos años, la circunstancia no podía ser más afortunada; hice el examen y advertí el edema de la papila del enfermo, lo que era un elemento importante de diagnóstico... Al terminar el pase de visita, Kennedy me llamó y me invitó a trabajar en íntimo contacto con él".
 Pocos años antes Kennedy había descrito los efectos motores y visuales de algunos tumores frontales, mientras el joven cubano, hijo del oftalmólogo Rodolfo Guiral Viondi, era ya un avezado oculista resuelto a adentrarse en el terreno de las encefalitis y sus consecuencias neurológicas y psiquiátricas, aunque también en las psiconeurosis.

 Vientos de cambio

 En realidad desde 1924 soplaban vientos de cambio en un momento caracterizado por la confluencia, alrededor de la sección de Neuropsiquiatría de la Revista Cubana de Medicina Legal, de una plataforma que reúne a psiquiatras, médicos forenses y juristas desde la cual se realizan los primeros intentos para establecer una liga de higiene mental y otras dirigidas a la profilaxis de las enfermedades venéreas y las toxicomanías.
 Guiral tiene el mérito de refundar, en este contexto, la Sociedad Cubana de Neurología y Psiquiatría después de más de una década de disolución. A él se debe la convocatoria en este sentido. En marzo de 1926 logró poner en marcha dicha asociación, aunando a jóvenes como Juan Portell Vilá, René de la Vallete, Agustín Abril y Valdés Anciano Mc Donald, junto a otros de mediana o larga trayectoria.
 La directiva de la Sociedad quedó integrada por Armando de Córdova, como presidente; José Ramón Valdés Anciano Mc Donald, como vicepresidente; Rodolfo Julio Guiral, como secretario; Perfecto Suarez, como vicesecretario; Francisco Arango y Julio V. Collazo en calidad de tesoreros; mientras los veteranos Arístides Mestre, José A. Malbery y Lucas Álvarez Cerice figuran en tanto miembros honorarios.
 Pero Guiral es sin duda la cabeza visible de este impulso renovador al que corresponde, además de la consolidación de la Sociedad, la “reforma científica” del Hospital de Dementes (notable entre 1926 y 1930) y el establecimiento en 1929 de la Liga de Higiene Mental.
 En estos años se muestra más activo desde la Cátedra de Enfermedades Nerviosas y Mentales, como promotor de las juntas psiquiátricas y en tanto asiduo colaborador de la Revista Cubana de Neurología y Psiquiatría.
 Por su carácter pionero, pero también integrador, habría que destacar su ponencia “Un caso de psiconeurosis en relación con las teorías de Janet, Freud y Wunt”, que presentó el 10 marzo de 1926 en la sesión extraordinaria en que queda constituida la Sociedad de Neurología y Psiquiatría. Meses más tarde presenta otras dos ponencias que expresan su acercamiento a la neurología y el psicoanálisis desde la clínica: “Charcot y su obra científica” y “Observaciones sobre casos de psiconeurosis”.



 A estos trabajos sigue su exposición “Histeria Ocular”, leída ante la Sociedad de Estudios de Clínicos, en la que aborda cuatro casos de ceguera histérica, uno de los cuales, el de la “señorita M.L.”, desarrolla en extensión, expresando haberle curado por medio de “un psicoanálisis”.
 Según Guiral, se trataba de una paciente que hacía un “uso de la enfermedad como refugio ante el fracaso sexual y otros traumas de la infancia”. Sin embargo, concluía su exposición afirmando que no intentaba asimilar sus observaciones a la teoría de Freud, ni a ninguna otra, sino solamente recabar el criterio de la Sociedad.
 Esta exposición sería considerada años más tarde como la primera experiencia de terapia psicoanalítica en Cuba. (Mariano Sánchez Roig, Historia de la Nación Cubana, T-X, p. 162.)

  Inicios del psicoanális

 Aunque los comienzos de la práctica del psicoanálisis en la isla resultan bastante inciertos, todo indica que ya desde 1927 el método era empleado en el ámbito privado por René de la Valette y Juan Marín, y en el público, por Gaspar LLovet, sin que pueda precisarse, en relación a la norma freudiana, el rigor con que se desempeñaban.
 Guiral asegura haber apelado a la “asociación de palabras” y Jovet habla de un “psicoanálisis sintético”. Existen referencias sobre el “análisis didáctico” recibido por de la Valette en Estados Unidos, pero todo indica que ello ocurre entrada la década de 1930. Marín, por su parte, fue un incansable propagandista. El más temprano y tenaz promotor de la teoría freudiana en Cuba, con una extensa producción al respecto, ya desde 1925, fue sin dudas Juan Portell Vilá, quien, además de llevar el psicoanálisis al ámbito de la educación infantil, aseguraba aplicarlo como método terapéutico.
 En realidad, Guiral intenta en estos trabajos iniciales complementar las dos escuelas psiquiátricas más importantes de su época, a propósito de lo cual escribiría:
 "La Escuela de Pavlov le da fundamento psicológico a la Escuela de Freud. Freud se orientó hacía el aspecto psicológico, Pavlov vio el fundamento anatomopatológico".
 Pero ya desde mediados de la década del treinta se declara pavloviano, distanciándose progresivamente de las teorías freudianas. En general, integra en el marco clínico y desde la docencia diversas escuelas y experiencias, anticipando en este sentido a la generación de 1940.

 Un repaso a su bibliografía

 Alrededor de 1926 y tras su regreso de Estados Unidos, Guiral comienza a publicar con frecuencia en diversas revistas nacionales y extranjeras. Su experiencia en intoxicaciones con alcohol metílico y, especialmente, en cuantiosos casos de encefalitis letárgica durante su estancia en Norteamérica, tienen en la ponencia "Psicoencefalitis", presentada al Congreso Médico Latinoamericano de 1928, una de sus expresiones más acabadas.  
 Si bien consolida sus investigaciones en enfermedades neurológicas y oftalmológicas, y a finales de los años veinte escribe, como hemos visto, sobre casos de psiconeurosis, sus intereses se expanden luego a terrenos tan variados como la higiene mental, las psicosis funcionales, las enfermedades psicosomáticas, los trastornos de la personalidad, el análisis del “carácter nacional” y la psicofarmacología.  
 Su labor asistencial había comenzado en la sala Muñoz del Hospital Calixto García, donde radicaba el Servicio de Observación de Presuntos Enajenados, alcanzado notoriedad a propósito del caso Daniel Mc Sweeney, ciudadano inglés que daría muerte en La Habana a su compatriota A. Morris. Declarado enajenado, y por tanto, irresponsable de sus actos, Guiral asistió a Mc Sweeney junto al profesor Arístides Mestre, diagnosticando un delirio de persecución que influyó en el dictaminen de “ingreso a perpetuidad en un manicomio” para el autor de aquel homicidio. 
 En un número que la revista Vida Nueva dedicó en 1936 al estudio de las razas, publicó “Comunicación previa sobre la constitución del cubano”, donde analiza los “componentes” de la nación a partir de criterios biomédicos. En la misma revista, aparece al año siguiente su artículo “Una forma de psiconeurosis”, en el que prosigue sus búsquedas pero ahora desde el punto de vista de la problemática sexual.
 Consideró el “relajo criollo” como una forma de defensa maniaca del pueblo frente a las frustraciones, variante de existencia social exaltada que, según afirmaba, ocultaba el lado trágico, melancólico, de un pueblo al que finalmente califica de “maniacodepresivo”.
 Siguiendo la tradición de los estudios de “psicología nacional” ahonda en la superficialidad, la inconstancia, y la imprevisión, como rasgos de la personalidad básica del cubano.
 Uno de los artículos más celebrados de Guiral, y reproducido en la prensa extranjera en varias ocasiones, fue "Los instintos y la actitud en el tiempo de los enfermos mentales", publicado en 1943 también Vida Nueva.
 Ya en el ámbito docente, reclama desde temprano la necesidad de que la enseñanza de la psiquiatría fuese precedida por el aprendizaje de la psicología médica, logrando que su propuesta fuera aprobada por la Facultad de Medicina, si bien en la práctica se desestimó.
 Desde 1938 circula, mimeografiado, un libro de neuropsiquiatría de la cátedra que contiene sus conferencias, junto a las dictadas por Valdés Anciano y Armando de Córdova; en el mismo, Guiral se ocupa de la anatomía, la histología y la fisiología del sistema nervioso central.
 En 1940 publicó su monografía Higiene Mental, punto de partida de cierta política psiquiátrica nacional de carácter promocional, preventivo y asistencial, cuyos principios influirían de modo notable en la nueva generación, en especial en educadores como Aurora García, y psiquiatras como José Galigarcía, José Ángel Bustamante y Julio Reymondez.
 Muy probablemente sus propuestas contribuyeron a la refundación, en 1948, de la Liga de Higiene Mental, establecida ahora al calor de un nuevo dispositivo de orientación comunitaria: el Dispensario de Higiene Mental del Hospital Municipal de La Habana.  
 En 1942, cuando por iniciativa de Julio Reymondez, Rafael Larragioti, Oscar Sagredo Acebal y José A. Bustamante, se reinician las actividades de la Sociedad Cubana de Neurología y Psiquiatría, Guiral es designado como presidente.
 En 1944 entregó a la imprenta su libro Psiquiatría, del que solo apareció un primer tomo con parte de sus conferencias y clases, el cual constituiría durante algunos años el texto básico de la Cátedra, combinado luego con Enfermedades Nerviosas y Mentales (Imprenta Isidro Fernández, 2 V., mimeografiado), compendio que Guiral actualiza parcialmente en 1957 en sus Lecciones en la Cátedra de Neurología y Psiquiatría (Curso 1955-56, mimeografiado). 
 Un año antes había prologado el Manual de psicología médica y psiquiatría de José A. Bustamante (Cultural S. A, 1943), libro de texto que venía a superar todo lo producido hasta la fecha. Guiral lo calificó de “ejemplo de los nuevos tiempos entre nosotros”, al introducir por primera vez la psicología normal como aspecto básico de la docencia, incluir un amplio espectro de escuelas desde el psicoanálisis clásico y cultural hasta la reflexología, y por el lugar decisivo atribuido a la higiene mental como razón de ser de una política psiquiátrica nacional.
 En este prólogo (publicado como “Psicología médica y psiquiatría” en la revista Medicina Latina) vuelve a demandar la incorporación de la psicología al programa docente de la especialidad, propuesta realizada también, a lo largo el tiempo, por los psiquiatras Rogelio Sopo, Miguel Ángel Nin y Frisso Potts, y concretada por fin gracias a la gestiones de Bustamante. 
 En junio de 1946, Guiral escribió el editorial Archivos de Neuropsiquiatría, órgano de la influyente Clínica Galigarcía, que sin embargo se extingue en poco tiempo; y ese mismo año aparece su folleto La personalidad humana, sus componentes somáticos y psíquicos en relación con las enfermedades mentales (Tiempo de Cuba, 1946), con el que comienza sus acercamientos a los trastornos de la personalidad.
 También de 1946 es su notable “Estudios sobre reflejos condicionados”, presentado al Primer Congreso Médico Social Panamericano, celebrado en La Habana, y donde se muestra claramente partidario de la concepción pavloviana de los reflejos condicionados, contexto en el que algunos psiquiatras comienzan a acercarse a la “psiquiatría soviética” desde posiciones marxistas que, sin embargo, Guiral nunca compartió.
 En 1956 publicó en la prestigiosa revista Encephale: "États de dystonie végétative en médecine psychosomatique", ámbito que venía explorando desde la década anterior.
 De notable valor en el marco somaticista habría que mencionar otros dos artículos: “El lóbulo frontal”, publicado en 1957 en Archivos de Neurología y Psiquiatría, y sobre todo, el muy citado “La pupiloscopía en esquizofrenia” (Cuba Profesional, 1953).
 Este último, inicialmente expuesto en la Sociedad de Psiquiatría, seguía la teoría de Bunke sobre los trastornos miopupilares de los esquizofrénicos, aplicada a una muestra de 512 pacientes.
 En diciembre de 1961, Guiral prologó el folleto Personalidades Psicopáticas (1962) de su alumno, el también reflexólogo Gutiérrez Agramonte. Reconocía que el autor siguiera la clasificación de Kurt Schneider pero enfatizaba, sobre todo, la atención que debía prestarse a la escuela reflexológica o pavloviana, de la cual se declara su introductor en Cuba.
 Sin dudas, Gutiérrez Agramonte recepciona su mensaje, pues promoverá en breve y en un marco que pronto se torna sectario, la psiquiatría soviética y el tratamiento conductual de homosexualidad. Guiral había escrito:
 “Al tener una base reflexológica es muy probable que al inhibirse una tendencia, por inducción, surja un tipo de conducta contraria a la anterior, o sea, la curación de la homosexualidad”.      
 No deben olvidarse artículos de carácter histórico y de glorificación de la especialidad: “Foster Kennedy; una capacidad creadora”, y “Rafael Pérez Vento; pionero de la psiquiatría en Cuba”.
 El primero es un homenaje a su influyente profesor, cuyo nombre acababa de conferírsele a una sala de neurología recién inaugurada en el Hospital Calixto García, y para quien se desvela además un busto. Los trabajos del neurólogo irlandés radicado en Estados Unidos marcaron a algunos psiquiatras cubanos, sobre todo tras su visita la isla invitado por la Clínica Galigarcía. El segundo, es un buen recorrido por la obra de su antiguo profesor de fisiología, y, sin dudas, primer psiquiatra cubano en el sentido moderno del término.

 Cátedra y otras gestiones

 Rodolfo Julio Guiral fue ratificado como ayudante graduado de la Cátedra de Patología y Clínica de las Enfermedades Nerviosas y Mentales en varias ocasiones. Se desempeñaba como tal en diciembre de 1930, cuando el gobierno de Gerardo Machado clausuró la Universidad, y se mantuvo en ese cargo hasta enero de 1937. Es nombrado entonces profesor agregado interino, y más tarde, en noviembre de 1946, profesor auxiliar en propiedad. Cuatro años después, en febrero de 1950, se convierte en el último profesor titular de la cátedra con el nombre de Patología y Clínica de las Enfermedades Nerviosas y Mentales y el primero con el de Psiquiatría.
 Fue secretario de la Sociedad Cubana de Psiquiatría y Neurología entre 1926 y 1929, y sería su presidente en 1946, estando al frente además de la Comisión de Cursos Postgrados (1955) para ingresar en la misma.


 En 1935, al inaugurarse el Hospital Municipal de la Infancia y establecerse allí un departamento y una consulta externa de psiquiatría infantil, fue nombrado consultante honorario. En 1940, al instituirse el Departamento de Neuropsiquiatría de la Cátedra de Patología y Clínica Infantiles, organizado y dirigido por Víctor Santamaría, es designado consultante.
 En septiembre de 1949 presidió la delegación cubana al Congreso Internacional de Psiquiatría de París. El 21 de abril de ese año fue electo miembro de número de la Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de La Habana; y al año siguiente presentó ante la misma su  ponencia “Medicina psicosomática”, que lo eleva a miembro de mérito. En 1958 fue elegido vicedecano de la Facultad de Medicina.
 Se suma a ello su promoción de técnicas diagnósticas y terapéuticas, desde tests psicológicos diversos hasta la electroencefalografía, el electroshock y la psicocirugía.
 Desde 1933 y por largos años figuró como miembro del comité de redacción de Vida Nueva; y en 1937 era director de la recién fundada Revista de Sanidad Militar. Fue además miembro titular de la Sociedad de Estudios Clínicos e integrante del Biltmore Yacht and Country Club de La Habana. 

 Tras la Revolución

 Al inicio de la Revolución la Cátedra de Patología y Clínica de las Enfermedades Mentales y Nerviosas estaba integrada por Guiral en calidad de profesor titular, Luis Viamonte como auxiliar y José Galigarcía en tanto agregado. En calidad de vicedecano de la Facultad de Medicina, tiene entonces que enfrentar las tensiones generadas a consecuencia de la suspensión, por orden del gobierno, de la autonomía universitaria.
 En enero de 1959 el Directorio Revolucionario ocupó la Universidad, comenzado, como señala el historiador Gregorio Delgado, “una lucha entre éstos y la fracción más radical del movimiento 26 de Julio (Ernesto Che Guevara y Raúl Castro), la que, con los aliados del PSP, pugna por llevar a cabo la reforma universitaria al tiempo que se procede a la depuración del profesorado que había colaborado con la dictadura de Batista”. (Delgado: "Desarrollo histórico de la Cátedra de Patología y Clínica de las Enfermedades Nerviosas y Mentales de la Universidad de La Habana (1906-1961)", Cuadernos de Historia de la Salud Pública, núm. 84, La Habana, 1998). 
 A finales de mes comienzan los expedientes universitarios, y ya el 2 de febrero, la FEU ocupa los edificios y solicita la depuración del Consejo Universitario “por considerar que actuaba con lentitud”; Guiral queda así suspendido temporalmente de su cargo y de sus funciones docentes.
 En julio de 1960 el gobierno genera nuevas tensiones, al querer sustituir al Consejo Universitario. Como expresa Delgado, 37 profesores votan en contra de aquella decisión, por lo que son declarados contrarrevolucionarios. Guiral no asiste a la votación pero se solidariza por escrito con la moción presentada por el bando opositor. Como consecuencia, se le suspende de empleo y sueldo el 5 de agosto. En otras palabras resulta definitivamente expulsado, lo que se le comunica en enero del año siguiente.
 En 1952, su alumno Diego González Martín, continuador en Cuba de la reflexología pavloviana y pieza clave de la política psiquiátrica del nuevo estado revolucionario, había publicado en Bohemia el artículo “Profesor Rodolfo J. Guiral, destacado neuropsiquiatra", donde recorre sus contribuciones y señala su temprana adscripción a la escuela corticovisceral. En otro artículo de 1967 lo recordará nuevamente, pero sin entrar a considerar el final de su carrera. 
 Falleció en La Habana 1976, a la edad de 75 años.

martes, 28 de noviembre de 2017

Condesa de Fernandina



 Una noche inolvidable, mientras Sarah Bernhardt, la idolatrada trágica, prendido el manto imperial, recamado de gruesos zafiros, caracterizaba magistralmente, en nuestro gran teatro, a la emperatriz Teodora; vimos entrar, en palco inmediato a nuestra butaca, una dama de noble presencia, acompañada de dos señoritas. Aquella señora de rostro blanco, ligeramente sonrosado, semejante a nieve ensolecida; de ojos azules, de un azul desvanecido, velados por leves sombras de tristeza; y de cabellos blondos, artísticamente rizados, como el de las antiguas damas venecianas; llevaba un rico traje de seda negro, con lujosos adornos, que hacía resaltar sus naturales encantos. Algunas joyas centelleaban en su cuello torneado y en sus mórbidos brazos. Benévola sonrisa vagaba por sus labios encarnados. Al verla por primera vez, nos hizo recordar la augusta matrona en quien Coppée, el aplaudido poeta parisiense, personificó la imagen de la Francia, para descubrirnos “Un idilio durante el sitio”.
 —¿Quién es la dama que acaba de entrar? –preguntamos al amigo inmediato.
 —Es la condesa de Fernandina. Ha pasado la mayor parte de su vida en París, donde adquirió rápida celebridad. Se cuentan varias anécdotas de su estancia en las grandes capitales. Un día, en Londres, gastó veinticinco mil pesos, en una pareja de caballos, para rivalizar con el príncipe de Gales. Otra vez, en memorable concierto, obsequió a la estudiantina húngara con mayor suma que el barón de Rotschild. La condesa se ha distinguido también por su hermosura. Una noche, al verla entrar en las Tullerías, el emperador Napoleón III se arrojó a sus pies y le dijo:
 —Saludo a la mujer más hermosa de las Américas.
 La condesa, no sólo arroja fortunas, sino prodiga su bondad a manos llenas. Es la reina de la benevolencia. Siempre tiene frases halagadoras, hasta para los que nada merecen. Sus hijas, que son las dos señoritas que la acompañan, le preguntaron, en cierta ocasión, al oír los elogios que hacía de ridículo personaje:
 —¿También le encuentras algo bueno a Fulano?
 —¡Es tan raro! –respondió la condesa.
 Durante la representación, aquella dama distinguida no apartó sus ojos de la escena. ¡Tal vez se imaginaba que oía a Sarah, la gran fascinadora, en el teatro de la Porte de Saint Martin! Al caer el telón, nos pareció que la condesa sentía la nostalgia de París.
 —¿Y el conde de Fernandina? –preguntamos a nuestro amigo.
 —Es un buen señor. Habrá ido a saludar a Sarah, su amiga predilecta de otros días, según afirma Marie Colombier…

 El Conde de Camors


 La Habana Elegante, 1ro de abril de 1888. 

 Fragmento de Capítulo III de la Antigua Nobleza.