Lino Novás Calvo
Mañach fue el primero que saludé mano a mano. Él había sido quien diera la batalla en favor de mi poema. No me explicó cómo aquel desahogo plebeyo pudo llamarle la atención, pues Mañach era entonces un escritor verdaderamente difícil. Había que coger el diccionario. En la Prensa diaria, donde comenzó a batallar —Mañach es un batallador—, fue la suya una nota única. Fue el primero que introdujo en Cuba el sentido de la responsabilidad crítica. Se situó en un plano independiente y comenzó a juzgar las cosas —las cosas y las letras y la pintura, sobre todo— con un rigor que a muchos infundió temor y a muchos desaliento y a muchos dio valor: según. Fue el ácido que puso a prueba los valores. Y había muchos valores falsos que se revolvieron contra él, y le cogieron ojeriza. Una ojeriza compensada con la estimación de los fuertes.
Nunca le he preguntado a
Mañach por sus andanzas por Europa; algunas —pocas— me las ha contado por
accidente. Hablábamos de arte y de cultura; sin embargo yo he llegado a pensar
con mi imaginación que si yo moría primero él escribiría mi biografía, y que si
moría primero él yo la escribiría. Este era un pensar nada más; cuando llegaba
junto a él era para pedirle su opinión acerca de un cuento o de un poema. A
veces me regañaba, pero siempre terminaba por alentarme. Un día me hizo una
caricatura y me quitó varios años de vida.
Porque Mañach es también
pintor. Estudió este arte de joven en España, antes de pasar a Francia a beber
el sprit, de donde salió, después de haberse bañado en el lago de
Lamartine, con unos deseos enormes de hacerse boxeador. Una noche tuvo un
encuentro con un apache en el Barrio Latino, y advirtió que tenía condiciones.
En seguida, saltó a los Estados Unidos, donde lo cazaron para meterle en la
superburguesa universidad de Harvard. ¡Doctor en Filosofía y Letras! Tradujo a
Shakespeare, a Calderón y viceversa. Escribió un drama en inglés y varios
cuentos y ensayos. En sus ejercicios entraba también el francés, sin olvidar a
los clásicos castellanos. Todos sus estudios los hizo allí con becas, y
conserva muchos diplomas. Sin embargo, al arribar de nuevo a Cuba se encontró
con la realidad de que, para vivir, tenía que doctorarse en Leyes, y se hizo
abogado. La carrera le sirvió para hacerse fiscal de Audiencia. De la Fiscalía
pasó a jefe de Publicidad de una casa comercial. Allí puede serlo el que guste,
trabajando de siete a seis, y, a pesar de todo, con bastante espacio en sí para
su ardua labor de periodista y ensayista. Por el momento parece haber
abandonado la novela y el drama; prepara una biografía de Martí.
La pintura, la novela, el cuento,
el drama: esas son las cuatro etapas que ha dejado atrás, Últimamente se
dedicaba a la Filosofía; estudiaba alemán. Su drama "Tiempo muerto"
le valió un gran premio establecido por una compañía teatral argentina. Sus
cuentos han vencido en los concursos. Pero su trabajo más serio es un opúsculo
sobre el "Choteo". Tiene un libro, "Estampas de San
Cristóbal", que no se parece a los demás. Es una finísima interpretación
de la vida habanera. Otro, "Glosario", ya es más orsiano, aunque sin
dejar de ser completamente suyo. "Goya" da su medida máxima como
crítico de arte. "La crisis de la alta cultura en Cuba" le valió su
primer gran salto. "La pintura en Cuba" es la depuración de los
valores pictóricos de la isla. Tiene una novelita, "Belén el
Aschanti", de ambiente colonial y fervor primerizo. Todo esto parece
haberlo olvidado él mismo, ahora que se prepara para sus mejores tareas.
La biblioteca de Mañach,
varia, cuatrilingüe, es a la vez un museo. Allí, en aquel ambiente cordial y
sano, nos reuníamos últimamente, cuando la vigilancia oficial se extremaba,
además de los exeditores de la suspensa Revista de Avance, Mariano
Brull, Luis Baralt, Eugenio Florit, Emilio Ballagas y, accidentalmente, algún
otro. Allí se hablaba de arte y de política. A veces se abría la puerta y
asomaba allí un pequeño Jorge Mañach, de melena rubia, que interrumpía la
discusión. Mañach entonces lo sentaba en su rodilla y decía:
—Esta es mi mejor
obra.
Fragmento de “Cuba literaria (mi
fichero) I”, La Gaceta Literaria, no 116, 15 de enero de 1931.







