sábado, 4 de abril de 2026

José Carlos Mariátegui: Anatole France

 


   ANATOLE FRANCE

   José Carlos Mariátegui

   El crepúsculo de Anatole France ha sido el de una vida clásica. Anatole France ha muerto lenta y compuestamente, sin prisa y sin tormento, como él, acaso, se propuso morir. El itinerario de su carrera fue siempre el de una carrera ilustre. France llegó puntualmente a todas las estaciones de la inmortalidad. No conoció nunca el retardo ni la anticipación. Su apoteosis ha sido perfecta, cabal, exacta, como los períodos de su prosa. Ningún rito, ninguna ceremonia ha dejado de cumplirse. A su gloria no le ha faltado nada: ni el sillón de la Academia de Francia ni el Premio Nóbel.

 Anatole France no era un agnóstico en la guerra de clases. No era un escritor sin opiniones políticas, religiosas y sociales. En el conflicto que desgarra la sociedad y la civilización contemporáneas no se había inhibido de tornar parte. Anatole France estaba por la revolución y con la revolución. "Desde el fondo de su biblioteca -como decía una vez un periódico francés- bendecía las empresas de la gran Virgen". Los jóvenes lo amábamos por eso.

  Pero la adhesión a France, en estos tiempos de acérrima beligerancia, va de la extrema derecha a la extrema izquierda. Coinciden en el acatamiento al maestro reaccionario y revolucionario.

 No han existido, sin embargo, dos Anatole France, uno parte uso externo deja burguesía y del orden, otro para regalo de la revolución y sus fautores: Acontece, más bien, que la personalidad de Anatole France tiene diversos lados, diversas facetas, diversos matices y que cada sector del público se consagra a la admiración de su escorzo predilecta. La gente vieja, la gente moderada ha frecuentado, por ejemplo La Rotisserie de la Reine Pedauque y ha paladeado luego, como un licor aristocrático, Les opinions de Jerome Coignard. La gente nueva, en tanto, ha gustado de encontrar a France en compañía de Jaurés o entre los admiradores de Lenin.

  Anatole France nos aparece un poco más complejo, un poco menos simple del France que nos ofrecen generalmente la crítica y sus lugares comunes. France ha vivido siempre en un mismo clima, aunque han pasado por su obra diversas influencias. Ha escrito durante más de cincuenta años, en tiempos muy versátiles, veloces y tornadizos. Su producción, por ende, corresponde a las distintas estaciones de su época heteróclita y cosmopolita. Primero acusa un gusto parnasiano, ático, preciosista; en seguida obedece una intención disolvente, nihilista, negativa; luego adquiere la afición de la utopía y de la crítica social. Pero bajo la superficie ondulante de estas manifestaciones, se advierte una línea persistente y duradera.

 Pertenece Anatole France a la época indecisa, fatigada, en que madura la decadencia burguesa. Sus libros denuncian un temperamento educado clásicamente, nutrido de antigüedad; curado de romanticismo, amanerado, elegante y burlón. No llega France al escepticismo y al relativismo actual. Sus negaciones y sus dudas tienen matices benignos. Están muy lejos de la desesperanza incurable y honda de Andreiev, del pesimismo trágico de El Infierno de Barbusse y de la burla acre y dolorosa de Vestir al desnudo y otras obras de Pirandello. Anatole France huía del dolor. Era la suya un alma griega, enamorada de la serenidad y de la gracia. Su carne era una carne sensual como la de aquellos pretéritos abates liberales, un poco volterianos, que conocían a los griegos y los latinos más que el evangelio cristiano y que amaban, sobre todas las cosas, la buena mesa. Anatole France era sensible al dolor y a la injusticia. Pero le disgustaba que existieran y trataba de ignorarlos. Ponía sobra la tragedia humana la frágil espuma de su ironía. Su literatura es delicada, transparente y ática como el champagne. Es el champagne melancólico, el vino capitoso y perfumado de la decadencia burguesa; no es el amargo y áspero mosto de la revolución proletaria. Tiene contornos exquisitos y aromas aristocráticos. Los títulos de sus libros son de un gusto quintaesenciado y hasta decadente: El Estuche de Nácar, El Jardín de Epicuro, El Anilla de Amatista, etc. ¿Qué importa que bajo la carátula de El Anillo de Amatista se oculte una procaz intención anticlerical? El fino título, el atildado estilo, bastan para ganar la simpatía y el consenso de la opinión burguesa. La emoción social, el latido trágico de la vida contemporánea quedan fuera de esta literatura. La pluma de France no sabe aprehenderlos. No lo intenta siquiera. El ánima y las pasiones de la muchedumbre se le escapan. "Sus finos ojos de elefante" no saben penetrar en la entraña oscura del pueblo; sus manos pulidas juegan felinamente con las cosas y los hombres de la superficie. France satiriza a la burguesía, la roe, la muerde con sus agudos, blancos y maliciosos dientes; pero la anestesia con el opio sutil de su estilo erudito y musical, para que no sienta demasiado el tormento.

 Se exagera mucho el nihilismo y el escepticismo de France que, en verdad, son asaz leves y dulces. France no era tan incrédulo como parecía. Impregnado de evolucionismo, creía en el progreso casi ortodoxamente. El socialismo era para France una etapa, una estación del Progreso. El valor científico del socialismo lo conmovía más que su prestigio revolucionario: Pensaba France que la Revolución vendría. Pero que vendría casi a plazo fijo. No sentía ningún deseo de acelerarla ni de precipitarla. La revolución le inspiraba un respeto místico, una adhesión un poco religiosa. Esta adhesión no fue, ciertamente, un episodio de su vejez. France dudó durante mucho tiempo; pero en el fondo de su duda y de su negación latía una ansia imprecisa de fe. Ningún espíritu, que se siente vacío, desierto, deja de tender, finalmente, hacia un mito, hacia una creencia. La duda es estéril y ningún hombre se conforma estoicamente con la esterilidad. Anatole France nació demasiado tarde para creer en los mitos burgueses; demasiado tempranos para renegarlos plenamente. Lo sujetaban a una época que no amaba, el pesada lastre del pasado, los sedimentos de su educación y su, cultura, cargados de nostalgias estéticas. Su adhesión a la Revolución fue un acto intelectual más bien que un acto espiritual.

 Las izquierdas se han complacido siempre de reconocer a Anatole France como una de sus figuras. Sólo con motivo de su jubileo, festejado por toda Francia, casi unánimemente, los intelectuales de la extrema izquierda sintieron la necesidad de diferenciarse netamente de él. Clarté, negó "al nihilista sonriente, al escéptico florido", el derecho al homenaje de la revolución. "Nacido bajo el signo de la democracia -decía Clarté- Anatole France queda inseparablemente unido a la Tercera República". Agregaba que "las pequeñas tempestades y las mediocres convulsiones de ésta" componían uno de los principales materiales de su literatura y que su escepticismo "pequeño truco al alcance de todas las bolsas y de todas las almas, era en suma el efecto de la mediocridad circundante".

 Pero, malgrado estas discrepancias y oposiciones, nada más falso que la imagen de un Anatole France muy burgués, muy patriota, muy académico, que nos aderezan y sirven las cocinas de la crítica conservadora. No, Anatole France no era tan poca cosa. Nada le habría humillado y afligido más en su vida que la previsión de merecer de la posteridad ese juicio. La justicia de pobres, la utopía y la herejía de los rebeldes, tuvieron siempre en France un defensor. Dreyfusista con Zolá hace muchos años, clartista con Barbusse hace muy pocos años, el viejo y maravilloso escritor insurgió siempre contra el viejo orden social. En todas las cruzadas del bien ocupó su puesto de combate. Cuando el pueblo francés pidió la amnistía de Andrés Marty, el marino del Mar Negro que no quiso atacar Odesa comunista, Anatole France proclamó el heroísmo y el deber de la indisciplina y la desobediencia ante una orden criminal. Varios de sus libros, Opiniones Sociales, Hacia los Nuevos Tiempos, etc., señalan a la humanidad las vías del socialismo.

 Otro de sus libros Sobre la Piedra Blanca, que tiende el vuelo hacia el porvenir y la utopía, es uno de los mejores documentos de su personalidad. Todos los, elementos de su arte se conciertan y combinan en esas páginas admirables. Su pensamiento, alimentado de recuerdos de la antigüedad clásica, explora el porvenir distante desde un anciano proscenio. Las dratriatis personae de la novela, gente selecta, exquisita e intelectual, de alma al mismo tiempo antigua y moderna, se mueven en un ambiente grato a la literatura del maestro. Uno es un personaje autén­ticamente real y contemporáneo, Giacomo Boni, el arqueólogo del Foro Romano, a quien más de una vez he encontrado en alguna aula o en algún claustro de Roma. El argumento de la novela es una plática erudita entre Giacomo Boni y sus contertulios. El coloquio evoca a Galión, gobernador de Grecia, filósofo y literato romano, que habiéndose encontrado con San Pablo, no supo entender su extraño lenguaje ni presentir la revolución cristiana. Toda su sabiduría, todo su ta­lento fracasaban ante el intento, superior a sus fuerzas, de ver en San Pablo algo más que un judío fanático, absurdo y sucio. Dos mundos es­tuvieron en ese encuentro frente a frente sin conocerse y sin comprenderse. Galión, desdeñó a San Pablo Como protagonista de la Historia; pero la Historia dio la razón al mundo de San Pablo y condenó el mundo de Galión. ¡No hay en este cuadro una anticipación de la nueva filosofía de la Historia? Luego, los personajes de Anatole France se entretienen en una previsión de la futura sociedad .proletaria. Calculan que la revolución llegará hacia el fin de nuestro siglo.

 La previsión ha resultado modesta y tímida. A Giacomo Boni y a Anatole France les ha tocado asistir, en el tramonto dorado de su vida, al orto sangriento de la revolución.


 Variedades (Lima), Año XX, núm. 868, 18 de octubre, 1924, pp. 2589-92; La escena contemporánea, Minerva, 1925; Bohemia (La Habana), 27 de septiembre, 1963, pp. 12-13. 


viernes, 3 de abril de 2026

César Vallejo: El verano en Deauville



César Vallejo: Artículos olvidados, Asociación Peruana por la Libertad de la Cultura, Lima, 1960. 

jueves, 2 de abril de 2026

La criada de Anatole France

 

  Julio Camba 


 Un día, hará cosa de dos años, yo tenía un asiento de imperial en un ómnibus Odeón Clichy para trasladarme desde Montmartre al Barrio Latino. Al llegar a los grandes bulevares, el ómnibus se detuvo y subieron varias personas. Los pocos sitios que había vacantes se ocuparon enseguida, y quedaron en pie una muchacha muy bonita, un señor con aspecto de teniente de la Guardia Civil y un joven de largos cabellos, sombrero flexible y corbata lavalière.

 Yo me apresuré a levantarme y le ofrecí mi asiento a la muchacha.

 -¿Es usted artista? -me preguntó entonces el joven de la lavalière.

-Tal vez. ¿Por qué?

 -Porque si usted supiera quién es este señor, en vez de ofrecerle el asiento a esa señorita se lo hubiera ofrecido usted a él.

 -¿Este señor? -exclamé yo señalando al presunto teniente de la Guardia Civil-. ¿Y quién es este señor?

-Es monsieur Anatole France -me contestó el joven con mucho orgullo-. ¿Verdad que si lo hubiera conocido le habría usted dejado su asiento?

 -No, señor -le contesté. Yo admiro mucho a monsieur Anatole France, pero también soy un gran admirador de esta señorita.

-Pues entonces usted no es un artista -me dijo el joven.

-¡Oh, sí! -interrumpió Anatole France-. El señor «se conoce» en obras de arte. Esa señorita es un chef-d'oeuvre.

 -¡Le vieux polisson! -dijo la muchacha.

 Anatole France no tuvo un gran éxito aquel día en el ómnibus y, sin embargo, ha continuado siendo un gran partidario de los ómnibus. A pesar de su aristocratismo, al maestro le gusta confundirse con el pueblo. Su aristocratismo le impide asistir a las reuniones de la Academia o hacerse diputado, pero no ir en los ómnibus ni meterse en los tranvías. Anatole France adora estas dos cosas tan democráticas que son el periódico y el ómnibus. Ahora ya casi no hay ómnibus en París. Se han suprimido las imperiales en la mayoría de las líneas, y esto es una pena.

 -¿Por qué no hace usted alguna interviú con literatos franceses? -me preguntaba el otro día mi director.

 -¡Hombre, sí! -me dije yo-. Iré a ver a Anatole France y le pediré su opinión sobre la supresión de imperial en los ómnibus de París.

 Busqué en el Botin las señas del ilustre escritor -5, Villa Saïd-, y aunque iba a interrogarle sobre los ómnibus, tomé un coche para dirigirme a su casa. Anatole France vive pasada la Etoile, en las cercanías el Bosque de Bolonia. Tiré de la campanilla y salió a criada.

 -¿Monsieur Anatole France? 

-¿Monsieur Anatole France? -repitió la criada-.¡Pero si está en Argelia! ?No lee usted los periódicos?

 -Muy poco, señora. ¿Y usted?

 -Yo sí. Desde que estoy al servicio del señor me he aficionado a la literatura. Yo comencé leyendo los periódicos para ver qué decían del señor, y ahora los leo para ver lo que dicen de mí.

 -¿De usted?

 -Sí, señor. ¡Qué quiere usted! Cuando se está al servicio de un hombre como monsieur France...

 Y la buena mujer hizo un gesto como diciendo: «¡Inconvenientes de la popularidad!».

-Pero ¿qué pueden decir de usted los periódicos, señora?

 -Calumnias. Injusticias...

 -Envidias tal vez.

 -Sí, señor. Envidias.

 -No me extraña. Esas malas pasiones son muy fuertes en los medios literarios.

 -Mire usted el Gil Blas. Parece que el señor había dicho que se iba a Argelia para sustraerse a los ennuis domestiques. Pues el Gil Blas pone: /«Nous croyons qu'il s'en va pour se soustraire aux domestiques, tout simplement». Yo quiero mucho al señor, pero cuando vuelva le voy a exigir una aclaración.

 La pobre mujer estaba muy sofocada.

 -Es muy enojoso esto de servir a la gente de letras -decía.

 -Sí. Yo he conocido en España a la criada de un novelista que no había cobrado un céntimo en tres años.

 -¡Oh! El señor me paga muy bien. Yo no quiero que los periódicos españoles digan que no me paga.

 Me paga puntualmente, y a mí me gusta servirle porque siempre es mejor servir a un académico que no a un épicier. Ya ve usted, con el nombre que yo me he hecho aquí, no me faltará nunca una buena colocación. Pero, en cambio, ¡cuántos disgustos me proporciona la popularidad! No. No se puede servir a la gente de letras. ¿Conoce usted al criado de monsieur Tristán Bernard?

-No, señora.

-Pues el otro día, el criado de monsieur Tristán Bernard dejó la casa y le pidió un certificado a su amo. ¿Y sabe usted lo que le puso en el certificado monsieur Tristán Bernard? Pues puso: «Yo certifico que el llamado Juan, mientras ha estado en mi casa, me ha hecho menos servicios de los que me ha roto». Todo porque un día Juan le rompió un servicio de té. Bien es verdad que monsieur Tristán Bernard no es un hombre serio.

 -¿Y monsieur France?

 -¡Oh! ¡Monsieur France! Si se guiara por mí, no haría muchas cosas de las que hace. Los días que hay reunión en la Academia yo le cepillo la levita y la chistera, y se lo llevo todo a su cuarto. «¡Que hoy es día de sesión -le digo-; a ver si se anima a ir!» Y no va nunca. Yo pienso que el señor debería asistir a las reuniones de la Academia, y monsieur Jules Lemaitre piensa como yo. En cambio, se va a los mítines con todos esos anarquistas de la Guerre Sociale. ¡Un hombre que tiene una posición como la suya!... ¿Y hace dos años? ¿Quiere usted creer que monsieur France, todo un señor académico como monsieur France, se subió a un aeroplano? ¿Le parece a usted serio?

 ¡A su edad!... Lo mismo que eso de los banquetes rabelesianos. Ya sabe usted que el señor va a todos los banquetes de los amigos de Rabelais. Yo no conozco a monsieur Rabelais; pero he oído decir que en esos banquetes se come con exceso, y el señor está muy delicado del estómago.

 -Pues yo había venido -le digo a la buena mujer- para hablar con monsieur France acerca de los ómnibus. Yo he conocido a monsieur France en el ómnibus Odeón Clichy.

 -También eso de los ómnibus es una manía. Un señor que dispone de un automóvil magnífico. Monsieur Lemaitre, que es realista, está muy contento cada vez que el señor le saca a pasear en automóvil. A mí me parece muy bien que hayan suprimido las imperiales de los ómnibus. Con eso, el señor no volverá a subirse a ellas. Ya no es un chico, y algún día se podría caer.

 He aquí la opinión que me han dado en casa de Anatole France acerca de los ómnibus. Yo he ido allí a buscar una opinión sobre los ómnibus, y como Anatole France no estaba, me la dio su criada. La criada de Anatole France, por otro lado, es perfectamente conocida en los medios literarios de París, y en el mundo tiene mucha más importancia ser criada de Anatole France que pertenecer a la Academia Española de la Lengua. Es decir, que a un lector de Berlín, de Londres o de Nueva York no le extrañaría ver en su periódico este título: «Lo que dice la criada de Anatole France», mientras que le extrañaría mucho ver este otro: «Lo que piensa Octavio Picón».

 

  Publicada como «Anatole France» en el periódico La Tribuna, 16-IV-1912. Julio Camba la recoge, siempre con ese título, en Playas, ciudades y montañas, Renacimiento, Madrid, 1916,  pp. 178-84; reed., 1927, pp. 168-70; en Alemania, Londres. Playas, ciudades y montañas…, 1948. También recogida en Caricaturas y retratos, Fórcola, 2013, y Julio Camba; Obras 1916-1923, 2020.


martes, 31 de marzo de 2026

Broadway

 

Ronald de Carvalho

 

                                                             A Mario de Andrade

 

Chato, pardo-ceniciento, el suelo

fluctúa lento y muelle,

el suelo escurre vagaroso,

se contrae en bloques súbitos,

estírase en flechas largas, trepidantes,

dispara de repente, en surcos elásticos,

gira,

rueda,

turbillona y hierve en un vapor sutil

de líneas y movimientos.

 

¡Aquel suelo acarrea todas

las imaginaciones del mundo!

 

Aquel suelo carga

isbas de Ucrania,

viñedos de Burdeos,

parques del Támesis,

bateles del Volga,

ámbar, corales, madreperlas de las Antillas,

guano de Mollendo,

cañaverales de Cuba,

juncos de Shangai,

cafetales de Riberón Prieto,

cuernos de la Pampa,

hornos de Essen, hornos de Newcastle,

óleos de Tampico,

salitres de Iquique,

barbatanas de Tierra-Nueva,

mares cuajados de hierros y maderas,

tierras gordas,

islas con batuques, tan-tanes

y hamacas perezosas,

de óxidos y cristales,

ríos donde bogan plantas, troncos,

serpientes y tortugas;

florestas de plumas, ramos y follajes,

playas, canales, manglares,

luces del trópico, luces del polo,

desiertos,

civilizaciones...

 

Aquel suelo es un paisaje en marcha.

Suelo que mezcla las polvaredas del Universo

y donde se confunden

todos los ritmos del paso humano.

 

¡Suelo épico, suelo lírico, planta idealista,

suelo indiferente de Broadway

largo, chato, práctico y simple

como este roof liso, suspenso en el aire,

este roof donde un saxofón

derrama un torpor tibio

de senzala debajo del Sol.

 

                       New York, 1923

 

 

 

BROADWAY

 

                                A Mario de Andrade

 

Chato, pardo-cinzento, o chão  lento, mole,

o chao escorre vagaroso,

contrae-se em blocos súbitos,

estírase em flechas longas, trepidantes,

dispara, de repente, em riscos elásticos,

gira,

rodopia,

turbilhona e ferve num vapor sutil de linhas e movimentos.

 

Aquele chão  todas as imaginaçoes do mundo!

 

Aquele chão carrega

isbas da Ucrania,

vinhas de Bordeus,

parques do Tamisa,

saveiros do Volga,

ámbar, corais, madreporas das Antilhas,

guano de Mollendo,

canaviais de Cuba,

juncos de Xangai,

cafèzais de Ribeirio Preto,

chifres do Pampa,

fornos de Essen, fornos de Newcastle,

óleos de Tampico,

salitres de Iquique,

barbatanas de Terra-Nova,

mares coalhados de ferros e madeiras,

terras gordas,

ilhas com batuques, tan-tans e redes molinhosas,

montanhas verdes, montanhas de óxidos e cristais,

rios onde boiam troncos, plantas, cobras e tartarugas,

florestas de plumas, penas e folhagens,

praias, canais, mangues,

luzes do tópico, luzes do polo,

desertos,

civilizaçoes...

 

Aquele chão  e uma paisagem em marcha.

Chao que mistura as poeiras do Universo

e onde se confundem todos os ritmos do passo humano!

 

Chao épico, chão  lirico, chao idealista,

chão indiferente de Broadway,

largo, chato, prático e simples como este roof liso, suspenso no ar,

este roof, onde um saxofone derrama um morno torpor

de senzala debaixo do sol.

 

  

Traducción de Francisco Villaespesa

 

 

Ronald de Carvalho: Toda a América, Biblioteca brasileña. Los poetas, Editora hispano-brasileña, S. Pablo-Río, 1935, pp. 24-26.


domingo, 29 de marzo de 2026

Paulo Leminski: cinco poemas


 

Aviso a los náufragos

 

    Esta página, por ejemplo,

no nació para ser leída.

    Nació para ser pálida,

mero plagio de la Ilíada,

    alguna cosa que calla,

hoja que vuelve al gajo,

    mucho después de caída.

 

    Nació para ser playa,

quién sabe Andrómeda, Antártida

    Himalaya, sílaba sentida,

nació para ser última

    la que no nació todavía.

 

    Palabras traídas de lejos

por las aguas del Nilo,

    un día, esta página, papiro,

habrá de ser traducida,

    al símbolo, al sánscrito,

a todos los dialectos de la India,

   habrá de decir buenos días

a lo que se dice solo al oído,

   habrá de ser la aguda piedra

donde alguien dejó caer el vidrio.

   ¿No es así como es la vida?

  

Aviso aos náufragos

 

    Esta página, por exemplo,

não nasceu para ser lida.

    Nasceu para ser pálida,

um mero plágio da Ilíada,

    alguma coisa que cala,

folha que volta pro galho,

    muito depois de caída.

 

    Nasceu para ser praia,

quem sabe Andrômeda, Antártida

  Himalaia, sílaba sentida,

nasceu para ser última

    a que não nasceu ainda.

 

    Palavras trazidas de longe

pelas águas do Nilo,

    um dia, esta pagina, papiro,

vai ter que ser traduzida,

    para o símbolo, para o sânscrito,

para todos os dialetos da Índia,

    vai ter que dizer bom-dia

ao que só se diz ao pé do ouvido,

    vai ter que ser a brusca pedra

onde alguém deixou cair o vidro.

    Não é assim que é a vida?

 

Adminimisterio

 

  Cuando el misterio llegue,

me encontrará durmiendo,

  mitad dando al sábado,

otra mitad, domingo.

  No haya sonido ni silencio,

cuando el misterio aumente.

  Silencio es cosa sin sentido,

nunca ceso de observar.

  Misterio, algo que pienso,

más tiempo, menos lugar.

  Cuando el misterio vuelva,

mi sueño esté tan suelto,

  ni haya susto en el mundo

que me pueda sustentar.

 

  Media noche, libro abierto.

Mariposas y mosquitos

  se posan en el texto incierto.

¿Sería el blanco de la hoja

  luz que parece objeto?

¿Quién sabe el olor del negro,

  que cae allí como un resto?

¿O será que los insectos

  descubrieron parentesco

con las letras del alfabeto?

 

Adminimistério

 

   Quando o mistério chegar,

já vai me encontrar dormindo,

   metade dando pro sábado,

outra metade, domingo.

   Não haja som nem silêncio,

quando o mistério aumentar.

   Silêncio é coisa sem senso,

não cesso de observar.

   Mistério, algo que, penso,

mais tempo, menos lugar.

   Quando o mistério voltar,

meu sono esteja tão solto,

   nem haja susto no mundo

que possa me sustentar.

 

   Meia-noite, livro aberto.

Mariposas e mosquitos

   pousam no texto incerto.

Seria o branco da folha,

   luz que parece objeto?

Quem sabe o cheiro do preto,

   que cai ali como um resto?

Ou seria que os insetos

   descobriram parentesco

com as letras do alfabeto?

 

Invernáculo

 

     Esta lengua no es mía,

cualquiera se da cuenta.

   Quien cree que mal digo mentiras,

verá que sólo miento verdades.

    Así me hablo, yo, mínima,

quien sabe, yo siento, mal sabe.

    Esta no es mi lengua.

La lengua que yo hablo traba

     una canción lejana,

la voz, más allá, sin palabra.

    El dialecto que se usa,

en el margen izquierdo de la frase,

    esa es el habla que me luxa

yo, medio, yo dentro, yo, casi.

 

Invernáculo

 

   Esta língua não é minha,

qualquer um percebe.

   Quem sabe maldigo mentiras,

vai ver que só minto verdades.

   Assim me falo, eu, mínima,

quem sabe, eu sinto, mal sabe.

   Esta não é minha língua.

A língua que eu falo trava

   uma canção longínqua,

a voz, além, nem palavra.

   O dialeto que se usa

à margem esquerda da frase,

    eis a fala que me lusa,

eu, meio, eu dentro, eu, quase.

 

El viejo león y natalia en coyoacán

 

esta vez no va a haber nieve como en petrogrado aquel día

el cielo va a estar limpio y el sol brillando

tú durmiendo y yo soñando

 

ni casacas ni cosacos como en petrogrado aquel día

solo tú desnuda y yo como nací

yo durmiendo y tú soñando

 

no va a haber más multitudes gritando como en petrogrado

                                                aquel día

silencio nuestros dos murmullos azules

yo y tú durmiendo y soñando

 

nunca más va a haber un día como en petogrado aquel día

nada como un día yéndose tras otro viniendo

tú y yo soñando y durmiendo

 

O velho Leon e Natália em Coyoacán

 

desta vez não vai ter neve como em petrogrado aquele dia

o céu vai estar limpo e o sol brilhando

você dormindo e eu sonhando

 

nem casacos nem cossacos como em petrogrado aquele dia

apenas você nua e eu como nasci

eu dormindo e você sonhando

 

não vai mais ter multidões gritando como em petrogrado

                                             aquele dia

silêncio nós dois murmúrios azuis

eu e você dormindo e sonhando

nunca mais vai ter um dia como em petrogrado aquele dia

nada como um dia indo atrás de outro vindo

você e eu sonhando e dormindo

 

 Lo que pasó, ¿pasó?

 

   Antiguamente, se moría.

1907, digamos, aquello sí

  que era morir.

Moría gente todo el día,

  y moría con mucho placer,

ya que todo el mundo sabía

  que el Juicio, al final, vendría,

y todo el mundo iba a renacer.

  Se moría prácticamente de todo.

De enfermedad, de parto, de tos.

  Y aun se moría de amor,

como si amar fuese mortal.

  Para morir, bastaba un susto,

un paño al viento, un suspiro y ya,

  se iba nuestro difunto allá

a la tierra de los pies juntos.

  Cumpleaños, boda, bautismo,

 Morir era un tipo de fiesta,

  una cosa de la vida,

como ser o no ser convidado.

  Los lamentos eran costumbre,

pero los daños pequeños.

  Descansó. Se fue. Dios lo tenga.

Siempre alguien tenía una frase

  que rebajaba aquello más o menos.

Tenía cosas que mataban, seguro.

  Pepino con leche, un aire clavado,

maldición de vieja o amor mal curado.

  Tenía cosas que tienen que morir,

cosas que tienen que matar.

  La honra, la tierra y la sangre

mandó mucha gente para aquel lugar.

  ¿Qué más podía un viejo hacer,

en los idos de 1916,

  salvo coger neumonía,

dejar todo a los hijos

y volverse fotografía?

Nadie vive para siempre.

  Al final, la vida es un upa.

No da para mucho más.

 ¿Quién lo mandó a no ser devoto

  de San Ignacio de Acapulco,

el Niño Jesús de Praga?

  El diablo anda suelto.

Aquí se hace, aquí se paga.

  Almorzó y se afeitó la barba,

tomó un baño y salió al viento.

  No tiene nada que reclamar.

Y ahora, vamos al testamento.

  Hoy, la muerte es bien difícil.

Tiene recursos, tiene asilos, tiene remedios.

  Ahora, la muerte tiene límites.

Y, en caso de necesidad,

  la ciencia de la eternidad

inventó la criónica.

  Hoy, sí, personal, la vida es crónica.

  

O que passou, passou?

 

   Antigamente, se morria.

1907, digamos, aquilo sim

   é que era morrer.

Morria gente todo dia,

   e morria com muito prazer,

já que todo mundo sabia

   que o Juízo, afinal, viria,

e todo mundo ia renascer.

   Morria-se praticamente de tudo.

De doença, de parto, de tosse.

   E ainda se morria de amor,

como se amar morte fosse.

   Pra morrer, bastava um susto,

um lenço no vento, um suspiro e pronto,

   lá se ia nosso defunto

para a terra dos pés juntos.

   Dia de anos, casamento, batizado,

morrer era um tipo de festa,

   uma das coisas da vida,

como ser ou não ser convidado.

   O escândalo era de praxe.

Mas os danos eram pequenos.

   Descansou. Partiu. Deus o tenha.

Sempre alguém tinha uma frase

   que deixava aquilo mais ou menos.

Tinha coisas que matavam na certa.

   Pepino com leite, vento encanado,

praga de velha e amor mal curado.

   Tinha coisas que tem que morrer,

tinha coisas que tem que matar.

   A honra, a terra e o sangue

mandou muita gente praquele lugar.

   Que mais podia um velho fazer,

nos idos de 1916,

   a não ser pegar pneumonia,

deixar tudo para os filhos

    e virar fotografia?

Ninguém vivia pra sempre.

   Afinal, a vida é um upa.

Não deu pra ir mais além.

   Mas ninguém tem culpa.

Quem mandou não ser devoto

   de Santo Inácio de Acapulco,

Menino Jesus de Praga?

    O diabo anda solto.

Aqui se faz, aqui se paga.

   Almoçou e fez a barba,

tomou banho e foi no vento.

   Não tem o que reclamar.

Agora, vamos ao testamento.

   Hoje, a morte está difícil.

Tem recursos, tem asilos, tem remédios.

   Agora, a morte tem limites.

E, em caso de necessidade,

   a ciência da eternidade

inventou a criônica.

   Hoje, sim, pessoal, a vida é crônica.



 Versiones M. Varón de Mena