sábado, 11 de julio de 2020

Suicidas cubanos: Enrique Lluria Despau



  
 Médico, sociólogo y político. Nació en Matanzas el 23 de febrero de 1863. Graduado en Barcelona en 1888, fue luego interno en el Hospital Necker de París, donde se convierte, junto a Joaquín Albarrán, en uno de los nefrólogos más importantes de la época, al descubrir el cateterismo de los uréteres y aplicar el azul de metileno como colorante de los tejidos vesicales.
 Con Albarrán asiste al Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, presentando la ponencia “Antisepsia de las vías urinarias”.
 Instalado en Madrid desde 1893, LLuria realiza estudios de histología al lado de Ramón y Cajal, pero se destaca, sobre todo, en el terreno de la sociología médica, profesando ideas socialistas que tuvieron notable acogida.
 Higienista, urbanista, y, más que nada, utopista, soñó con un “hombre nuevo” que alcanzaría casi una salud perfecta mediante el ejercicio y las buenas prácticas de vida, sobre todo rurales, en lo que las ciudades eran transformadas en organismos ecológicos, con sectores de clase media y obreros.
 Entre sus obras más conocidas: El medio social y la perfectibilidad de la salud (1898), Evolución superorgánica (1905), con prólogo de Cajal, y La Humanidad del porvenir (1906).
 Casado en 1896 con Clara Iruretagoyena, de la que tuvo tres hijos, tras enviudar contrajo matrimonio con la heredera de una de las familias más ricas de la nobleza española: María Vynals (marquesa de Ayerbe), devenida militante feminista. Con ella se instaló en 1908 en el castillo de Sotomayor, cerca de Vigo, donde levantó el conocido Sanatorio Lluria para enfermedades urológicas, que fue centro de reunión de líderes socialistas como Pablo Iglesias y Giner de los Ríos. 
 Pasado un tiempo, la empresa quebró, al no poder amortizar los enormes gastos que supuso su construcción y puesta en obra. A pesar de venta de las valiosas reliquias atesoradas por siglos en el castillo, la ruina se consumó totalmente. 
 El matrimonio se instala entonces en La Habana en 1919, y, a comienzos de 1925, Enrique LLuria marcha solo a Cienfuegos, donde abre un consultorio en la calle San Carlos 161. 
 Allí, el 10 de octubre de ese año, fallece trágicamente. 
 Existen varias versiones sobre su muerte, que quizás se crucen. Una apunta a suicidio por ingestión de arsénico. Otra, a sobredosis de morfina. Otra, a torturante enfermedad. A unas fiebres malignas. 
 Era público y notorio su dependencia de la droga, y su retirada a Cienfuegos ya en un precario estado mental.
 La marquesa de Ayerbe murió en París durante la ocupación alemana, en absoluta pobreza.


martes, 7 de julio de 2020

Perfectibilidad de la salud


  

  Enrique LLuria y Despau


 De nada se han escrito y dicho más frases bonitas y anodinas que de la salud. Si quisiéramos citarlas, llenaríamos un volumen. Ni la Medicina ni la Higiene tienen solución para el problema de la salud: consejos y preceptos, muchos; soluciones de verdad, ninguna.  El problema de la salud está íntimamente ligado al problema social; mientras la humanidad no tenga otro estado mejor, poco adelantará en su salud. De poco le servirá al que no tenga recursos, que la Higiene le dé consejos. Y al decir esto no sólo nos referimos al menesteroso y a la clase proletaria, sino que también a toda clase de empleados, que viven sin poder llenar todas sus necesidades; nos referimos, además, a todos aquellos a quienes las exigencias sociales les piden más de lo que pueden dar, y les dan menos de lo que merecen; a toda esa gran masa víctima de la ley de la lucha por la vida, de esa ley que, por lo mismo que es propia de animales, es indigna del hombre. Todos los señalados son individuos que, si no están enfermos, enfermarán, y no sólo ellos, sino que también su descendencia nace ya enferma, como todo lo que germina y se desarrolla en un medio deficiente. -Maudsley ha observado con frecuencia que los descendientes de hombres que han adquirido grandes fortunas después de muchas penas y privaciones, presentan signos de degeneración física y moral. Y no es esto sólo; sino que siendo el organismo social una unidad como el Organismo humano, tanto aquél como éste, enferma cuando tiene elementos alterados. El organismo social no será un organismo sano mientras no ponga remedio a sus males. De todo esto trataremos extensamente en la cuarta parte de esta obra.
 Vamos ahora a lo que importa, pero antes queremos aconsejar al lector que lea, si le pueden interesar, las dos obras, muy semejantes por cierto, de Lubbock, que representan un trabajo de erudición grande: L'emploi de la vie y Le bonheur de vivre, que en las muchas citas que contienen y en las ideas que expresan enseñan que el hombre debe gozar de una salud perfecta, y que s i no la tiene lo debe a errores y a ignorancia. Nosotros, además de reconocer estas causas, invocamos el testimonio de la Naturaleza para tratar de demostrar que la salud del hombre debe ser perfecta. ¿Podrá el hombre algún día nacer y morir sin que le atormenten la serie ele dolo res que le causan las enfermedades ¿Se evitarán las madres el dolor de ver morir a sus hijos ¿Se evitarán el dolor, aún mayor si cabe, de verlos desgraciados para toda su vida, víctimas de tal o cual monstruosidad? Tenemos la plena convicción de que sí, de que así ha de suceder. ¿Cuándo? La respuesta depende más del hombre que del mismo problema; la ciencia tiene ya en sus manos los elementos que han de realizar tan hermoso sueño. ¿Cómo? Es de lo que vamos a tratar.
 Para nosotros es de toda evidencia que el hombre ha nacido para ser completamente feliz; que si no lo es, debe culparse a los tiempos y a nuestra ignorancia, pero no a la Naturaleza. Verdad es que vamos mejorando; que nuestra evolución se cumple, pero se cumple muy lentamente, de lo cual los egoísmos, las preocupaciones y la ignorancia son los responsables. El problema de la salud -repetimos- no sólo es interesante desde el punto de vista individual, si no que entraña al mismo tiempo la cuestión social, que es de la mayor importancia. Si la humanidad hubiera gozado de perfecta salud, ¡qué distinto sería nuestro estado actual! ¿Quién sería capaz de apreciar las alteraciones tan grandes que las enfermedades o la muerte con su mano invisible, imprimen en nuestra historia? ¡Cuántas veces el destino de los hombres ha estado en manos enfermizas o en cerebros mal equilibrados! Y ¡cuántas veces un acceso de fiebre o un ataque de gota habrán influido para desviar a la humanidad de su rumbo! Si Marx, ha demostrado que la cuestión moral depende de la situación económica, nada más fácil de probar también que nuestro estado de salud va ligado a la misma causa.
 Al hombre le cuesta mucho trabajo prescindir de sus ideas y preocupaciones, y esto, además de la fuerza que le da la tradición y la herencia, tiene su origen en una cuestión de mecánica cerebral. La dificultad de las ideas para evolucionar, su inmovilidad, nacen de la escasa percepción, que motiva el que la ideación sea limitada; no ven los que se hallan en este caso las relaciones que unen a unas ideas con otras, y de ahí que no comprendan más que aquello que directamente perciben por los sentidos; no tienen más que la percepción exterior; fuera de ese mundo que les revela los sentidos, no comprenden nada, no ven nada, les falta la percepción interior, que es la evolución de las ideas. Un cerebro tendrá una percepción tanto más extensa cuanto más exquisita sea la sensibilidad o impresionabilidad de sus células; esa impresionabilidad hace de la ideación una verdadera escala armónica; toda idea que surge en el cerebro despierta inmediatamente una serie de analogías. Los cerebros elementales son como cerebros fósiles; los hay elementales por constitución, y otros que lo son por falta de cultura; estos últimos los convierte en armónicos el trabajo intelectual. El misoneísmo o el horror a las ideas nuevas en la humanidad, no reconoce otra causa, que esa dificultad que tienen las ideas para evolucionar en un cerebro que sólo tiene la percepción externa. Esto constituye la inercia intelectual, que es la mayor dificultad que encuentra el hombre para su progreso. Todas las ideas o conceptos nuevos que la humanidad rechaza acaba luego por admitirlos, siempre que sean verdaderos. Decidle a los hombres que ha de llegar un día en que puedan vivir sin dolores; que vendrá una época en que morirán únicamente de vejez, y que el tiempo será el solo el responsable de su muerte; que su tránsito de esta a la otra vida se hará de una manera insensible, y se comprende que les sea esto cosa difícil de creer, por la gran fuerza que adquieren las ideas por tradición, tanto más esta idea de la enfermedad que es tan antigua como el hombre.  
 Nuestra tarea va a consistir en demostrar que ese porvenir es posible y en señalar los medios que consideramos necesarios para conseguirlo. Si queremos convencernos de que el porvenir de la Humanidad es muy distinto del que tenemos hoy, basta fijarnos en lo que nos rodea. El reino mineral, ese mundo que parece el más apartado de nosotros, esa materia bruta, cuyas formas cristalinas son de una precisión admirable, esos cristales tienen su lenguaje y tienen su significado. ¿Qué quiere decirnos la Naturaleza cuando de esas masas informes saca formas cristalinas tan puras? Esas formas rigurosamente exactas parecen denunciar una ley incontrastable, una voluntad firmísima de perfeccionamiento. Para el mineral la forma cristalina es cosa tan sorprendente y perfecta, como lo es la flor para la planta, o la inteligencia para el hombre.
 El mundo inorgánico, que no siente ni sufre: esas moles de granito, testigos impasibles de nuestras desdichas, se han adelantado a nosotros y nos enseñan que saben sacar de sus entrañas formas cristalinas tan puras, porque tienen un estado perfecto, y en su lenguaje nos dicen que nosotros también alcanzaremos esa perfección. Las plantas, esos seres admirables que elaboran en la tierra flores y frutos, también nos hablan de que tenemos un más allá, de que nuestro porvenir no es tan triste como cree nuestra ignorancia.
 El hombre tiene la inteligencia, precioso don que la Naturaleza le ha dado, para que al interpretarla, nos perfeccionemos imitándola. Fuera de nuestro planeta hay la inmensidad de los cielos con sus millones de astros y la ley universal que los mantiene en sus relaciones de sorprendente equilibrio. La fe en nuestro destino debe ser tan to mayor cuanto que la fuerza molecular, cuyo equilibrio perfecto cristaliza a los minerales, es la misma que a las plantas da sus flores, sus perfumes y sus frutos; la misma que da al hombre: su inteligencia y lo impulsa en su Progreso, y es la misma, en fin, que guía por los espacios infinitos esos millones de astros. Esta solidaridad con el universo entero nos arrastra hacia nuestra evolución y nuestra perfectibilidad.
 Esa fuerza universal que crea tantas maravillas es la que ha de guiar al hombre a la tierra de Promisión, a la Verdadera felicidad. En medio de tantas armonías no creemos que el hombre pueda tener la pretensión de ser el único error en que haya podido incurrir la Naturaleza. El hombre, cuando llegue a conocer todos los secretos que encierran las leyes naturales, tendrá un grado de perfección imposible de prever hoy. No se puede negar, ni cabe pensar otra cosa en buena filosofía. Negarlo sería no comprender la obra sublime de la creación.


 Capítulo de El medio social y la perfectibilidad de la salud, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Fortanet, 1898, pp. 24-31.



sábado, 4 de julio de 2020

Super-evolución: rumbos del enjambre humano


   

  Santiago Ramón y Cajal 

 Haciéndome el Dr. Lluria la merced de graduarme de competente en materias sociológicas, me invita amablemente a consignar mi opinión sobre el presente libro, consagrado al estudio de las causas antropológicas de la llamada cuestión social.  
 Semejante requerimiento me pone en grave aprieto, pues sobre ser yo lego en la ciencia creada por A. Compte y desarrollada por H. Spencer, me lie preocupado muy poco, o mejor dicho, no he tenido tiempo de preocuparme, de la evolución moral e intelectual del hombre considerado en sus relaciones con la Sociedad y el Estado. Abeja obrera de la gran colmena humana, me he limitado buenamente a libar en el jardín de la Naturaleza, para fabricar mi pequeña e individual celdilla, dejando que otro, con visión aquilina y genio sintético, tracen la perspectiva y hagan la filosofía de la obra común, marcando los futuros rumbos del enjambre humano.
 Pero como en este caso mi silencio constituiría inmerecido desaire, voy a corresponder a la honrosa invitación, exponiendo, sin aires dogmáticos ni miras sugestivas, mis impresiones íntimas sobre la doctrina desarrollada por el Dr. Lluria, y la solución todavía harto remota, de] pavoroso problema social. 
 Estoy enteramente de acuerdo con la parte crítica del presente libro. Tiene su autor razón que le sobra al declarar que la Humanidad actual, el organismo superhumano, como el Dr. Lluria la llama, se ha apartado desdeñosamente de la Naturaleza, habiendo ocasionado esta sistemática y perpetua violación de las leyes evolutivas, irritantes desigualdades y torturantes dolores y miserias.
 El hombre social de hoy, adulterado por la morbosa adaptación al capital, viene a ser una mezcla extraña de civilización y barbarismo. Piensa y siente, al parecer, como un cristiano, pero obra a la manera de un ciudadano de las aristocráticas e inhumanas Repúblicas antiguas. La esfera de la inteligencia ha crecido tanto como menguado la de la voluntad. 
 Cada día más refractaria al sentimiento de la justicia, la sociedad actual nos da el triste y paradójico espectáculo de un mundo revés; arriba entronizados y venerados el vicio y la holganza; abajo, luchando con el hambre y el dolor, los laboriosos y los útiles, es decir, las cabezas que, según diría Spencer, han adaptado mejor, aguijados por la dura necesidad, soberano escultor de la arcilla nerviosa, las relaciones dinámicas internas a las externas. De donde la inevitable decadencia y estancamiento de le raza humana; puesto que las organizaciones superiormente adaptadas, consumidas por el sobretrabajo y la miseria, caen en la esterilidad o dejan ruin descendencia diezmada, por las infecciones; en tanto que, por lo contrario, los zánganos, los inadaptables, los indigentes del espíritu, ahítos de placeres, incuban prole robusta, perpetuando de esta suerte el peso muerto de la máquina social.
 No rigen, pues, para el hombre civilizado los principios de la selección del más apto ni prevalece en la lucha por la vida la casta de los mejores; antes bien, según dice atinadamente el Dr. Lluria, la adaptación se ajusta a una condición artificial extra-orgánica, por cierto desconocida del resto de la animalidad y semillero inagotable de estancamiento, retrocesos y organizaciones aberrantes, a saber: la adquisición y goce del capital con el fin exclusivo de garantizar la perennidad de la holganza de unos pocos y el aumento incesante de los parásitos del trabajo. Con que el tipo humano, oscilando perpetuamente de la miseria a la abundancia y desde la anemia a la plétora, viene a ser algo extraño e incomprensible; una especie de vesánico aquejado de la rara manía de imponer el hambre a los demás para procurarse la soberana voluptuosidad de suicidarse de hartura.
 De acuerdo con el autor, estimo que los únicos capitales antropológicamente legítimos son la organización humana y las fuerzas de la Naturaleza, factores de producción que no podrán marchar en consonancia con la justicia y la ley evolutiva, sino a condición de ser colectivamente fomentados y administrados. La tierra para todos, las energías naturales para todos, el talento para todos: he aquí la hermosa divisa de la sociedad del porvenir. Urge, pues, según el Dr. Lluria declara, reintegrar el hombre en las leyes de la evolución, devolver el capital, secuestrado en provecho de unos pocos, al acervo común de la colectividad, continuar, en fin, como diría Cánovas, la historia biológica de la raza humana, estancada por el egoísmo y la injusticia de tres mil años de civilización. 
 Pero, ¿es esto posible? Caso de que no represente un bello y halagador ensueño ¿cómo se realizará? El poderoso, expropiado piadosamente en provecho común, ¿se resignará a la mediocridad? ¿No tirarán acaso de su corazón, armando sus manos iracundas, atavismos de autócrata destronado y el instinto secular de la hormiga esclavista? Y si hay que reprimir por la fuerza estas peligrosas nostalgias del ocio mal domado ¿no se verá la futura sociedad obligada a nuevas guerras de clase, con el consiguiente gasto abrumador de soldados y cañones y el irremediable sobretrabajo de los mejores? Y aun en  la hipótesis seductora de que se restablezca la calma y el mundo se transforme en vasto taller, presidido por la moderación y el amor, ¿cómo se evitará que el instinto sexual, laborando sin freno ni previsión, arroje a la vida millones de bocas famélicas, carga abrumadora de la sociedad y peligro constante de la paz colectiva? ¡Y si a la postre resulta verdadera la tesis de Malthus! ¿Qué harán nuestros futuros estadistas con el sobrante de población, cuando, atiborradas América y África de emigrantes europeos, falten tierras vírgenes que roturar y minas que explotar? 
 Y convirtiendo la atención a la marcha de la civilización misma, el aurea mediocritas a que el socialismo aspira ¿no enervará las facultades del espíritu, restando energías para la indagación de la ciencia?. El capital colectivo ¿no será medroso y carecerá de los arranques, en ocasiones románticos y salvadores, del capital individual? La gloria, pasión del genio filosófico y científico, ¿prosperará en el ambiente gris y suave del bienestar colectivo? Desterrada la injusticia ¿no habrá cesado de funcionar acaso el mejor resorte de la evolución mental de la Humanidad? ¡Gran modelador de voluntades y promotor de heroísmos es el dolor! Reducidos a un mínimo tolerable la miseria y la desgracia? no descenderían en igual proporción la abnegación sublime de los héroes y el genio portentoso de los redentores científicos? 



 A todas estas torturantes dudas e interrogaciones contesta el Dr. Lluria con una doctrina altamente simpática y alentadora.
 Hela aquí tal como nosotros la interpretamos: 
 La producción actual, obra de una minoría hambrienta e inadecuada, es deficiente con relación a las necesidades de la raza. Divorciado de las leyes naturales, nuestro cerebro no rinde sino frutos desmedrados y escasos. Y como indeclinable consecuencia de la penuria alimenticia y de los rigores del sobretrabajo de los más, prodúcese el dolor moral y físico, la miseria fisiológica, la degeneración de la especie, y, en la esfera moral, el odio de clases y el despego a la vida. 
 Pero tan deplorable estado de cosas no puede ser eterno. Tiempos vendrán en que la ciencia ilumine las conciencias, y eleve los corazones. Y entonces, cuando, desterrado el culto fetichista del capital, el hombre haya sido incorporado a las leyes de la evolución; cuando, escudriñadas y explotadas las fuerzas naturales, el Cosmos trabaje por nosotros, poniendo en acción infinitas máquinas y fabricando mercancías a precios irrisorios; cuando, descubierto el secreto de las síntesis químicas, el ingeniero del porvenir elabore, sin el concurso de la tierra, la fécula, el gluten, la albúmina, e] azúcar y la grasa, utilizando al efecto la fuerza viva de los rayos solares o cualquiera forma de energía natural; cuando el ocio bien ganado permita la universalización de la ciencia y del arte, y todos puedan saborear las inefables armonías y bellezas que palpitan en el fondo de la Naturaleza; cuando, en fin, redimidos por la solidaridad y el amor, todos nos sintamos ondas de una misma corriente vital, células hermanas de un mismo cuerpo... ¿qué significado tendrán las palabras rico y pobre, señor y esclavo, feliz y desdichado? ¿qué importará entonces que el amor multiplique sobremanera la especie ni que cielo adusto y tierra ingrata nos regateen sus dones? Ahí estará, enérgico y avizor, para reaccionar contra toda suerte de accidentes cósmicos, el cerebro humano, sublimado por la fiel acomodación al mecanismo del mundo, ofreciéndonos generoso nuevas y salvadoras invenciones. Nuestro será también el Tesoro de la inextinguible hoguera solar, que la ciencia, emancipada quizás de nuestra antigua y fatigada nutriz, la tierra, sabrá modelar y cuajar en rutilantes frutos y doradas espigas. ¿Quién teme el agotamiento de la fuerza solar, del movimiento del viento y de los mares, de las cataratas de las cordilleras, de la soberana potencia del pensamiento? 
 ¡Soberbio y alentador ideal, que acaso un día, se convierta en viva y palpitante realidad!
 Creamos en él para que tenga lugar su advenimiento; porque en este bajo mundo sólo es realizable lo enérgicamente creído y esperado. 
 Prescindiendo de la doctrina y de los luminosos horizontes que su autor nos descorre al evocar, con visión profética, la sociedad futura menospreciadora del capital individual y atenida al culto de la Naturaleza, hay en este libro muchas ideas y conceptos sugestivos que, aun separados de la tesis fundamental, tienen valor y brillo propios cual joyas engarzadas en artística corona.
 Una de ellas es la asimilación de la vida a un ritmo, a un sistema de ondas, comparable en principio al de las palpitaciones del éter o al orden mas completo de relaciones marcando por las tablas de Mendeleef y W. Crookes. 
 A primera vista la idea parece obscura y hasta difícil de concebir; pero meditando en ella se descubren facetas luminosas y puntos de vista interesantísimos. 
 Porque, en suma, la vida, representa un sistema complejo de fuerzas, de vibraciones en progresión ascendente. Semejante a una orquesta sucesivamente reforzada, la organización se inicia con la nota monorítmica del infusorio, y acaba con la grandiosa sinfonía del mamífero, en donde colaboran millones de voces celulares. Y cuando el estruendo de la orquesta orgánica llega al sumo, surge otra vez el encantador ritornello del germen, es decir, las sencillas cadencias del óvulo, a partir de las cuales la melodía se desarrolla en crescendo complicándose hasta llegar nuevamente a la plenitud  de las modulaciones y motivos musicales de la organización del adulto. 
 En ningún aparato orgánico hallamos más de relieve este carácter rítmico que en el instrumento cerebral. Nútrese nuestro espíritu de ondas llegadas de todas las partes del Cosmos, y su misión principal consiste en clasificarlas, combinarlas y reflejarlas, refiriéndolas a sus orígenes. La percepción, la idea, la palabra hablada, hasta la contracción muscular, ¿qué son, en último análisis, sino palpitaciones del calor, de la luz, de la energía química, de la electricidad, etc. transformadas, refinadas y devueltas en otras palpitaciones más sutiles y espirituales? A la manera de una lente de singular virtualidad y potencia, nuestro sistema nervioso recoge todos los rumores y estremecimientos del mundo, a fin de concentrarlos, ora en el espléndido foco de la idea, ora en la llama de la voluntad y de la pasión. 
 Si el considerar la serie animal como una gama cromática, como una sinfonía ejecutada por las fuerzas naturales que, después de formar el cerebro, tañen en sus fibras nerviosas a semejanza del viento en el arpa, es concepción interesante, no lo es menos la tentativa de explicar la herencia de las cualidades adquiridas por la influencia trófica del sistema nervioso. 
 Ciertamente, la tentativa es un tanto prematura. Faltan datos anatomo-fisiológicos para averiguar como un órgano perfeccionado por adaptación a las condiciones del medio, puede influir sobre el cerebro, para que éste, a su vez, modifique las células germinales. Ni faltan sabios como Weissman que niegan en redondo la transmisibilidad de los caracteres adquiridos, fiándolo todo a los azares de la variación y selección natural. Pero, en fin, si el arduo problema no tiene a la hora actual completa solución, algo es saber que nuestras ideas y sentimientos influyen, por el intermedio del gran simpático sobre la nutrición de las glándulas y la arquitectura molecular de las células germinales. De todas maneras, tentador es el propósito, y si la ciencia llega a confirmar su principio (acción del sistema nervioso sobre los arreglos moleculares del núcleo y protoplasmas) la teoría nerviosa de la herencia de las cualidades adquiridas reemplazará a las arbitrarias hipótesis de Darwin, Haeckel, De Wries y otros acerca de tan interesantísimo problema.
 Entusiasta es también el himno que Lluria canta a la perfectibilidad indefinida del cerebro, de esta víscera eternamente joven que todos llevamos dentro. Esclava primero de las fuerzas cósmicas que esculpieron, con dolorosas mordeduras, el dédalo de sus vías asociativas, el cerebro humano está destinado a convertirse un día en tirano de esa misma energía natural a que debe su aparición. Cierto que los sentidos, ventajas demasiado angostas del alma, han roto la continuidad de la gama de las vibraciones etéreas, obligándonos a escoger tan sólo las más útiles al aumento y prosperidad de la especie; pero también lo es que, por sabia compensación nuestra corteza cerebral, exquisitamente plástica y creadora, ha sabido colmar con ideas e invenciones los vacíos del menguado registro sensorial. ¿Qué son los instrumentos de la ciencia, el microscopio y el telescopio, el galvanómetro y el aparato fotográfico, la pantalla del radioscopo y los recursos de la química analítica, sino retinas y aparatos de Corti complementarios, sentidos a distancia, en cuya virtud el ingenio humano, corrigiendo a la Naturaleza, entra en posesión de todas las palpitaciones de la energía cósmica?
 Y concluyo; pues no es cosa de desflorar con inoportunos comentarios los diversos y atractivos temas que, con gran acopio de erudición y sana crítica, desarrolla el Dr. Lluria en su hermoso trabajo. El cual, ocioso es advertirlo, está escrito clara, amena, sugestivamente, y con una valentía de pensamiento y serenidad de juicio que ya quisieran para sí muchos flamantes tratadistas filosóficos y sociológicos.

 “Prólogo” a Enrique LLuria: Evolución Super Orgánica. La naturaleza y el problema social, Madrid, 1905.

viernes, 3 de julio de 2020

jueves, 2 de julio de 2020

Manuel S. Castellanos o la importación del degeneracionismo




  Pedro Marqués de Armas 

 Entre los médicos cubanos graduados en París en la segunda mitad del siglo XIX destaca Manuel Sabas Castellanos y Arango. Como otros muchos estudiantes se formó en neuropsiquiatría, ocupando la medicina mental una parte importante de su carrera. 
 Su tesis de graduación no fue sobre psiquiatría, sino sobre la enfermedad de Bright; pero tras cursar tres años como interno de la Salpêtriére, elabora la que sería su obra más interesante: Estudio sobre algunas cuestiones referentes a la locura, publicado en Madrid en 1868. 
 Con este trabajo, que le sirvió para validar el título en España, realiza un “aporte” a la psiquiatría hispanoamericana hasta ahora ignorado o desconocido.
 Del mismo modo, su tesis de doctorado en La Habana fue sobre enfermedades mentales.
 Nacido en Güines el 5 de diciembre de 1844 en una familia de medianos propietarios, y padre del escritor Jesús Castellanos, Manuel Sabas fue también un reconocido salubrista, con numerosas incursiones en la topografía médica, la balneoterapia y las enfermedades contagiosas.

 El libro olvidado 

 Estudio sobre algunas cuestiones referentes a la locura (Madrid, Imprenta Económica Universal, 1868) sorprende, no solo, por tratarse de una de las primeras obras de psiquiatría publicadas en España, sino por su nivel de actualización, reflejo de una provechosa estancia en la Salpêtriére y de su capacidad para sintetizar tanto el estado de la clínica como los principales debates del momento.
 En este sentido, toca decirlo, supera –para el nivel de los conocimientos de la época– al Tratado teórico-práctico de frenopatología de Joan Giné i Partagás, publicado en Madrid ocho años más tarde, y que califica como la primera obra “especializada” de la psiquiatría española y catalana. 
 Al nivel de no pocos manuales franceses de la época, si bien no tan riguroso como el Tratado de alienación mental de Baillarger aparecido en La Habana en 1863 gracias a José Joaquín Muñoz, sobresale en cualquier caso como un personalísimo compendio de las tesis centrales de la psiquiatría francesa.
 En la introducción, Castellanos se declara seguidor del positivismo de Auguste Comte, pronunciándose –como era habitual en textos contemporáneos– en contra de cualquier creencia religiosa o metafísica (p.15). En no pocas páginas, explica los principales resortes de la doctrina positivista.
 Sigue una extensa revisión del concepto de locura según diferentes “autoridades”, en lo que constituye un documentado recorrido por libros y artículos de Pinel, Cox, Fodéré, Esquirol, Gall, Broussais, Delaye, Lauret, Heimroth, Boismont, Baillarger, Rostan, Gatriolet, Morel, Marcé, Griesinger, Voisin, Broca, y otros muchos.
 Es tan exhaustiva su relación, que rinde un excelente panorama de la construcción del discurso clínico-psiquiátrico desde su emergencia a finales del XVIII y comienzos del siglo XIX hasta los comienzos del degeneracionismo. Síntesis y a la vez seguimiento –más cinemático que fotográfico- de las transformaciones que llevan del alienismo al evolucionismo en psiquiatría. 
 Castellanos hace gala de precisión en las citas, en tanto recorre la semiología y la nosografía de la época; pero su mayor mérito es centrarse en el debate sostenido entre la escuela francesa (Trélat, etc.) y la inglesa (Turck, etc.) acerca de la función terapéutica –o contraterapéutica- del asilo; y, por tanto, en las controversias entre quienes estaban a favor del encierro (o secuestro médico) del loco, y quienes defendían modelos de asistencia no manicomiales (Cap. IV: “Secuestración”, p.51)
 En esta encrucijada, toma partido por la posición de los clínicos galos que ya habían descalificado a la Comuna Belga de Gheel. Al efecto, cita a la conocida “Comisión” integrada por Trélat, Baillarger y Falret (p. 69) que negó la necesidad de modificar el todavía asentado modelo esquiroliano, es decir, el manicomio como “institución terapéutica”.   
 En esta dirección, se opone al tratamiento del enfermo en el seno de la familia, pues, a su juicio, semejante acercamiento favorecía el contagio de la “locura” a la población sana, en contra de la opinión de los ingleses. Así, critica el criterio contagionista de Turck, que sostenía que dicha propagación en todo caso sería más efectiva en el propio asilo. A ello opone el papel protectivo de la institución como “órgano” que encauza por sí mismo la curación. El único contagio posible de la locura, asegura, es el del “loco suelto” sobre el hombre sano de la calle: 
 “Si se pone en cuarentena un buque cuando existe a bordo la fiebre amarilla, ¿por qué no se pondría también en cuarentena a un loco que puede comunicar su delirio?”
 De permitirse el tratamiento en el hogar del paciente –expone- se fomentarían asesinatos, el enfermo no acabaría de entender su mal, el médico perdería autoridad, no se restablecería el orden doméstico, la familia se abrumaría (y comportaría intempestivamente) y los recursos se agotarían.
 Considera, al contrario, que el rol de la familia sería el de cooperar con el ingreso y de ese modo con la seguridad y el orden público.
 No deja de insistir en el "orden riguroso" que debe prevalecer en el asilo, y de señalar, en función del mismo, el efecto terapéutico que de ello deriva: “La disciplina tiene tanto poder, que incluso en el loco incurable, que no tiene sino instintos y vegeta como planta o animal inferior, hace sentir su influencia. Este ser la siente sin comprenderla y obedece al reglamento como el caballo al freno” (p. 69)
 Las opiniones de Manuel Sabás Castellanos reflejan una marcada influencia del radicalismo nosocomial en la etapa Esquirol-Baillarger, durante la cual, y en contra del pretendido deslinde, el control y la vigilancia igualan de facto al manicomio con la cárcel, mientras afuera se tienden (y extienden) vínculos cada vez más estrechos entre las instituciones psiquiátricas y penales, como parte del desarrollo de la sociedad burguesa en tanto “sociedad a defender”.
 El libro está ilustrado con numerosos casos clínicos que merecerían lectura más paciente.
 Desde luego, elogia el mito pineliano de la liberación de las cadenas (p. 21), la introducción por Ferrus del trabajo corporal y agrícola (p. 22), y la Ley del 30 de junio de 1838, que celebra como el mayor progreso en materia de legislación (p. 23). Destaca, ya se ha dicho, la noción esquiroliana del manicomio /clasificador /curativo (p. 26), citando la clásica frase del alienista francés: “Una casa de locos es un instrumento de cura, y en manos de un médico hábil es el agente terapéutico más poderoso contra las enfermedades mentales”.
 Sobre las reglas que deben regir en la construcción de manicomios, como en su puesta en práctica, destaca haber leído las obras al respecto de Fauve y Berthelot, así como de su compatriota José Joaquín Muñoz (p. 28).
 Dedica todo un capítulo al estudio de las alucinaciones (p. 30) desde Esquirol hasta Baillarger y Vulpian.
 En cuanto a tratamientos, se muestra todavía a favor de “dejar obrar a la naturaleza” en algunos casos, los más, así como del empleo de purgativos, baños y sangrías.  Curiosamente, no hay expresa insistencia en el “tratamiento moral”, salvo como cuestión histórica.
 Uno de los capítulos más “avanzados” es sin dudas el que dedica a la afasia motora descrita por Broca (1861), y por tanto, al surgimiento de la tesis localizacionista cerebral, cuya absoluta veracidad defiende con entusiasmo.
 Cita también a Morel, cuya teoría degeneracionista ya había sido abordada en Cuba por Muñoz, pero sin abundar al respecto, lo que sí haría en breve, una vez en La Habana.
 Su frase sobre los apacibles idiotas con que trabajó en la Salpêtriére es válida para la concepción que tiene del conjunto de los enfermos: “¿Dónde encontrarán una vida más tranquila y asegurada?”

 Importación del degeneracionismo
  
 Manuel Sabas Castellanos regresó a Cuba a finales de 1869. Entonces era Miembro Titular de la Sociedad Médico Práctica de Naturistas de París, e integrante de la Sociedad de Terapéutica Experimental.
 Una vez en la isla presentó en la Universidad de La Habana, el 28 de junio de 1870, su tesis de doctorado ¿Existen además de la locura, otras enfermedades que debieran ser consideradas como impedimentos, por lo menos impedientes del matrimonio? (La Habana, 1970, Imprenta de Villa, 48 p), con la que valida su diploma y comienza a ejercer.
 Al margen de algún que otro texto jurídico, tan curioso título constituye la primera propuesta médica de control eugenésico de que tenemos noticias. Con él comienza la introducción en Cuba, por autor cubano, de las tesis degeneracionistas de Morel y Lasègue, si bien ese mismo año González Echeverría publicaba en Nueva York On epilepsy (1870), igualmente permeado de degeneracionismo, pero cuya circulación en la isla dista –a juzgar por las citas– de haber sido profusa.  
 Dedicada a su amigo el doctor Juan Bruno Zayas, así como a su maestro francés el célebre neurólogo Alfred Vulpian, y a los prestigiosos galenos cubanos Nicolás Gutiérrez, Juan Bautista Hernández, Antonio Mestre, Luis y Rafael Cowley, el jurado que evaluó la tesina lo integraban Cristóbal Durán, Rafael A. Cowley, Pablo Valencia, Felipe Rodríguez y Juan Barbé.
 Dando por hecho la herencia de múltiples enfermedades mentales y neurológicas, y el carácter cada vez más grave de su trasmisión de una a otra generación, Castellanos se plantea la necesidad de impedir ciertos matrimonios que podían comprometer “la felicidad de uno o de ambos miembros, el cuidado de los hijos, la administración de los bienes y la patria potestad”. Ajustándose al Código Penal vigente y a las leyes religiosas, afirmaba que, si bien al “demente” y “al imbécil no profundo en período lúcido" no debería por ley prohibírseles el matrimonio, en la práctica el párroco debía ser más negativo que permisivo, pues “siempre es menos mal la infelicidad aislada del que ha de permanecer soltero que la mancomunada de los cónyuges, sus hijos y acaso sus descendientes si la demencia es hereditaria como más de una vez hemos visto” (p. 14)Recomienda que al loco, en general, no se le permita “contraer matrimonio cualquiera que sea su forma de locura”, salvo si un facultativo determina favorablemente, “sobre todo en débiles de espíritu, e imbéciles no muy profundos”.
  Sobre el alcohólico, esa figura clave del discurso hereditarista, apunta que “el porvenir de estos infelices es lo más comprometido posible tanto bajo el punto de vista del desarrollo como del progreso de sus facultades intelectuales y afectivas”, y siguiendo a Morel: “que en los casos de este género la degenerescencia es un estado de constitución enfermiza” que conduce a una “degradación progresiva” y les “hace no solamente incapaz de formar en la humanidad la cadena de transmisibilidad del progreso sino que es el mayor obstáculo por su contacto con la parte sana de la población”.
 Castellanos reproduce en su tesis de grado, por primera vez en Cuba, la clásica definición de la degeneración como “desvío malsano de un tipo primitivo normal de la humanidad”, y cita a propósito varios pasajes de Morel tomados del Traité des maladies mentales (1860). Uno de ellos: “He encontrado la herencia en el crimen, en los jóvenes detenidos, en los cuales el desarrollo físico, la viciosa conformación de la cabeza nos revelan muy a las claras el origen." (p. 25)
 En cuanto a ese otro referente que es la epilepsia, exponía que “a menudo se exaspera por el uso de los placeres del amor, terminando por degenerar en manía, en demencia o en apoplejía.” (p. 18) Otras enfermedades y estados “impedientes” del matrimonio eran para Castellanos los siguientes: lepra, estrechez de la pelvis, matrimonios consanguíneos, sordomudos, impúberes, impotentes, tísicos y sifilíticos.

 Academia y otros trabajos

 En enero de 1871 ingresó en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, como miembro de número, con una ponencia sobre tuberculosis. Integró durante años la comisión de Higiene Pública, Medicina Legal y Policía Sanitaria. Y en 1894 fue nombrado miembro horario de aquella corporación.
 Deberían señalarse sus múltiples informes en calidad de perito, demandados por las autoridades civiles a la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales. Uno de los más interesantes es el titulado “Informe relativo a la locura intermitente. Causa contra D.M.D.D”, donde afirmaba que toda enfermedad mental tenía carácter intermitente, con períodos de aparente sanidad, lo que suponía realizar una observación prolongada del “presunto enajenado” antes de emitir un juicio.
 En 1875 el Gobierno Superior lo nombra Director Médico de los Baños de San Diego. Desde entonces se inclina cada vez por los estudios sanitarios, y en particular, por el de las aguas medicinales y sus resultados terapéuticos, disciplina que lo lleva a obtener en 1888 el doctorado en Ciencias Físicas, y al año siguiente, en Farmacia. Cabe mencionar, en esta línea, su trabajo Memoria y observaciones clínicas acerca de las aguas mineromedicinales de San Diego de los Baños (La Habana, Establecimiento Tipográfica del Ejército, 1883, 108 p.). 
 Otra investigación de valor es la que realiza sobre la fiebre amarilla entre los cubanos, en la que impugna la tesis de la inmunidad de éstos. 
 Falleció en 1916 tras padecer una larga enfermedad degenerativa que le llevó a perder la visión, ya anciano. La misma enfermedad que socavó la salud de su hijo el escritor Jesús Castellanos, uno de los más talentosos de la primera generación republicana y que falleciera, a consecuencia de difteria, cuatro años antes que el padre.