sábado, 3 de diciembre de 2022

Capablanca y el significado del ajedrez

 


  Rogelio Saunders 


 [2. El anch’io]

 

 El cubano José Raúl Capablanca era único. A diferencia de todos los otros (incluido, por supuesto, Aliojin, [1], pero también los más recientes, de Kaspárov a Magnus Carlsen), Capablanca llegó al ajedrez a través de una revelación extraordinaria e instantánea. Todos los otros son una combinación de mayor o menor talento y mucho, muchísimo trabajo. Por eso decía Lasker que había conocido a muchos ajedrecistas, pero sólo a un verdadero genio: Capablanca. Y es que lo era: era el único.[2] Esta revelación (ocurrida cuando Capablanca tenía 4 años y medio) determinó para siempre su actitud ante el juego.

 El problema es que el ajedrez (devenido una disciplina estrictamente competitiva, es decir: un deporte) es un mal lugar para la revelación y para el portador vivo de la revelación. Ésta es, probablemente, la verdadera causa de la derrota de Capablanca en el match con Aliojin en 1927. Es decir: las causas superficiales fueron la falta de preparación, la presión arterial alta (ella resultó decisiva, porque comprometía seriamente su capacidad mental), la laxitud de bon vivant de Capablanca y —last but not least— el haber subestimado a Aliojin (a quien había derrotado con relativa facilidad unos meses antes) y haber evaluado mal la actitud de éste ante el ajedrez y ante él mismo. Pero la causa profunda fue el sentido que tenía Capablanca del juego, y que estaba inscrito en él desde el lejano día en que se encontró con el juego del ajedrez y se dio cuenta de que sabía jugarlo sin haber tenido que aprenderlo. (Por eso su relación con el ajedrez fue siempre una relación extraña: Capablanca se sentía como preso, como flechado en aquel reconocimiento instantáneo, en aquella anagnóris o anch’io.) Ese sentido se confirmaba (sin necesidad de recordatorio o prueba) cada vez que el jugador cubano se sentaba frente a un tablero de ajedrez. Debido precisamente al carácter único de su relación con el juego, Capablanca no se sentía inclinado a trabajar. Entendámonos bien: hubiera podido, pero sin duda prefería no hacerlo. Le hubiera parecido una traición doble: traición a la fuerza y la pureza de la revelación (ya que, en el extremo, don y trabajo no se reúnen sino que se separan) y traición también a la nobleza de algo que debía ser visto y practicado ante todo como un arte y, quizá (y no se sabe si esto hubiera sido equivalente de lo primero), como una ciencia. Por último, su extraña relación con el juego lo llevaba a una actitud límite entre el entusiasmo creativo y algo muy semejante a la desidia. En cuanto a su actitud hacia el juego mismo y hacia sus rivales, ¿era quizá demasiado ingenua? Sin duda para Aliojin, cuya visión del juego era cualquier cosa menos ingenua, lo era. Pero la fuerza de Capablanca era tal, que si hubiera superado esos escrúpulos y se hubiera puesto a “trabajar en serio” sólo una fracción mínima de lo que lo hacían los otros, hubiera dejado a éstos y a Aliojin sin la más mínima posibilidad. (Más que ingenua, pues, habría que llamar a su actitud inocente. Esa inocencia era lo que brillaba en la sonrisa infantil de Capablanca.)

 Por eso también el momento vivo del juego era lo decisivo en el caso de Capablanca. Ya no podemos ver ese momento (el momento en que esa mente sobredimensionada, fuera de toda medida, se inclinaba sobre el juego del que tenía un conocimiento maravilloso, imposible de definir ni de explicar), y lo que perdura son los esqueletos, lógicos y hermosos quizá, pero esqueletos al fin, desprovistos ya de esa energía psíquica excepcional que sólo pudieron experimentar (y aun así de un modo incompleto) quienes se enfrentaron a él.

 No se podría comprender lo que fue José Raúl Capablanca si no se comprende eso que ya no puede verse en ningún tablero ni en ningún diagrama, y que era Capablanca entero, tanto en su imagen del ajedrez (pues Capablanca veía el ajedrez en imagen) como en su actitud ante la vida y aquella mente suya extraordinaria que ya no podemos ver actuar y que, como él mismo dijo alguna vez, “no compartía con nadie”.



[1] El nombre tiene dos variantes: Aliejin y Aliojin. El ajedrecista ruso sin duda prefería la primera, e incluso su forma francesa e inglesa: Alekhine (que es como se le conoce mayormente hoy día).

[2] El otro único era un créole de New Orleans llamado Paul Morphy.