martes, 6 de diciembre de 2016

Bienvenida la carroza



  Dolores Labarcena


 “La primera vez que filmé con Anwar, me llevó al tejado de la oficina, me mostró cómo los mataba con un alambre, y con la misma se puso a bailar cha cha chá”, dijo Joshua Oppenheimer, en una entrevista sobre su excelente documental The Act of Killing.  Anwar fue uno de los jefes de escuadrones de la muerte cuando el gobierno de Indonesia resultó derrocado por el ejército en 1965. Él, y otros tantos verdugos accedieron a contar sus relatos sobre las matanzas como si fuesen estrellas del cine gansteril o del western. 
 Oppenheimer definió su trabajo, que no por gusto cautivó a Werner Herzog, como “un documental de la imaginación que no pretende ser una crónica histórica, sino la exploración del sórdido inconsciente de un país que justifica el ejercicio de lo atroz”, un viaje al corazón de las tinieblas que adopta la estrategia de la “dramatización terapéutica” para hacer emerger una culpa. 
 Y en efecto, si fue impactante para Oppenheimer, un tejano asentado en Copenhagen,  ver a Anwar escenificar con la cuerda un ahorcamiento y luego bailar, no menos lo sería para el espectador, pues se puede imaginar a un indonesio asesinando pero no bailando cha cha chá. 
 Situación que me condujo a una extraña, tal vez inesperada analogía entre The Act of Killing y PM, esa joya del cine cubano filmada por Orlando Jiménez Leal y el hermano menor de Guillermo Cabrera Infante, Sabá, película que los llevó sin querer, a ellos que formaban parte de la vanguardia, al calvario.  
 El propósito de PM era recoger la atmósfera de la vida nocturna habanera. En los primeros segundos se observa a un grupo de personas que desembarca de la lanchita de Regla en plena oscuridad pero alumbrados por los fanales del muelle: hombres con sombreros y corbatas, mujeres con vestidos ajustados, el mismo atracador en boina. Y antes del minuto dos, las luces de un bar: justo ahí la cámara hace su entrada en el recinto e irrumpen unos músicos, ya que "el son es lo más sublime para el alma divertir", tocando una pieza. La cámara panea entonces sobre la barra y la pista, donde una pareja baila entre tragos y gente variopinta, soberana: el pueblo. Todo fluye. 
 Para la censura, y sobre todo para Fidel Castro, PM resultó irreverente por el hecho de no glorificar al hombre nuevo, al hombre de moral socialista, todavía incipiente. Un corto, apenas 14 minutos, los justos para que lo prohibieran. 
 Como consecuencia, los realizadores y por extensión, una pléyade de artistas, escritores, etc.,  tuvieron a la larga, muy a su pesar, que salir echando un pie. “Dentro la Revolución, todo; contra la revolución, nada”, les dijo el Líder a los intelectuales. 
 "¡Muy estimado Iósif Visarionovich!", con esta frase encabezaba Mijaíl Bulgákov, autor de la obra más significativa de la época del Gran Terror, El maestro y Margarita, las cartas que dirigía a Stalin. No fue el único. Muchas misivas comenzaban con tal encabezado, lo mismo en Moscú que en La Habana. No es novedad. 
 Los que hemos tenido la experiencia de vivir bajo un régimen totalitario, sabemos bien que el dictador produce en sus detractores y víctimas, odio y fascinación, recelo y golpes de pecho, todo a la vez, lo que se resume, como diría Kundera, en un “helado cubo de miedo”. Porque quien usurpa el poder de modo absoluto y educa en el terror, impregna una aprensión paralizante. Su figura es, y siempre será, idealizada. Algo que impide, por lo general, analizar a fondo su cinismo, su ofuscación, su demencia. 
  "Si algún escritor intentara demostrar que la libertad no le es necesaria, se asemejaría a un pez que asegurara públicamente que el agua no le es imprescindible", le escribió Bulgakov a Stalin. ¿Indulgencia? No lo fusilaron, pero jamás salió de la URSS. 
 “¿Cómo serían capaces de mirarse al espejo? ¿Cómo se levantarían día a día, harían sus quehaceres, vivirían sus vidas?”, se pregunta Oppenheimer, intentando arrancar un ápice de humanidad a sus personajes-verdugos. Ellos, tan pueriles, decrépitos, pintorescos, y aun así sintiéndose triunfadores. Ellos, que no niegan los hechos. Que no se retractan. Como Fidel Castro, espada de Damocles del pueblo cubano, comediante y actor trágico si lo ha habido, que nunca se retractó de nada. Él que arrastró al país a la miseria, que desbrozó el camino de supuesto infieles, que secuestró a todos en sus delirios. 
 Viendo sus exequias, 9 días de duelo y a 57 años de desembarcar en La Habana, ahora hace el viaje a la inversa, en una Cuba bien distante de aquella sobre la que impuso su mito. Silenciosa, sin clamor, de un luto a la carta. Con sus huérfanos, con sus ancianos repletos de medallas, sus artistas e intelectuales, y el espectro de un pueblo que hace décadas perdió toda esperanza pero sigue la farsa. ¡Qué circo! Zombis delante de un retrato y una urna con las cenizas de un nonagenario que les prometió el Edén.
 "A llorar a Papá Montero, ¡zumba!, canalla rumbero”. 
 Si Reinaldo Arenas hubiese visto el espectáculo, pensé, y recordé al indonesio de Oppenheimer bailando cha cha chá con un alambre en la mano. Porque, ¿quién sabe cómo se ven los criminales a sí mismos? ¿Cómo quieren que se les recuerde? Para ciertas culpas no hay terapia. El verdadero horror es inimaginable. 


 Fotografía: Alinka Echeverría


¿Y mi cuerpo?





José Lezama Lima


Me acerco
y no veo ninguna ventana.
ni aproximación ni cerrazón,
ni el ojo que se extiende,
ni la pared que lo detiene.
Me alejo
y no siento lo que me persigue.
Mi sombra
es la sombra de un saco de harina.
No viene a abrazarse con mi cuerpo
ni logro quitármela como una capota.
La noche está partida por una lanza,
que no viene a buscar mi costado.
Ningún perro esmalta
el farol sudoroso.
La lanza sólo me indica
las órdenes de la luna
haciendo detener la marea.
Es la triada del colchón,
la marea y la noche.
Siento que nado dormido
dentro de un tonel de vino.
Nado con las dos manos amarradas.

        

domingo, 4 de diciembre de 2016

Ferreira Gullar





Playa del Caju


Escucha:
lo que pasó pasó
y no hay fuerza capaz
de cambiar eso.

En esta tarde de asueto, puedes,
si quisieras, recordar.
Pero nada encenderá de nuevo
la luz
que en la carne de las horas se perdió.

¡Ah, se perdió!
En las aguas de la piscina se perdió
bajo las hojas de la tarde
en las voces conversando en la baranda
en la sonrisa de Marilia en el rojo
para-sol olvidado en la calzada.

Lo que pasó pasó, y muy a pesar,
vuelves a las viejas calles en su búsqueda.
Aquí están las casas, la amarilla,
la blanca, la de azulejo, y el sol
que en ellas quema es el mismo
sol
que no cambió el Universo en estos veinte años.

Caminas en el pasado y en el presente.
Aquella puerta, el batiente de piedra,
el cemento de la calzada, hasta la falla del cemento.
No sabes ya si recuerdas, si descubres.
Y con sorpresa ves el poste, el muro,
la esquina, el gato en la ventana,
en sollozos casi te preguntas
dónde está el niño
igual a aquel que cruza la calle ahora,
menudo sí, moreno.
      Si todo continúa, la puerta
la calzada la platabanda,
¿dónde está el niño que también
estuvo aquí? ¿aquí en esta calzada
se sentó? 

Y llegas al lindero. El sol es caliente
como era, a esta hora. Allá abajo
el lodo apesta igual, la poza de agua negra
la misma agua el mismo
buitre posado al lado la misma
lata vieja que se oxida.
Entre dos brazos de agua
esplende la corona de Añil. Y en la intensa
claridad, como sombra,
surge el niño corriendo
sobre la arena. Es él, sí,
gritas tu nombre: “¡Zeca,
Zeca!”
    Pero la distancia es vasta
tan vasta que ninguna voz alcanza.

Lo que pasó pasó.
Jamás encenderás de nuevo
la luz
del tiempo que se apagó. 


Trad. Pedro Marqués de Armas