HOTEL TELÉGRAFO
Historia, sociedad, poesía. Notas y documentos.
jueves, 12 de febrero de 2026
martes, 10 de febrero de 2026
Cursillo de orientación ideológica para García Márquez
Fernando Vallejo
Hombre Gabo: te voy a contar
historias de Cuba porque aunque no me creas yo también he estado ahí: dos
veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el
derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque
por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es
lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si
bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela
alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.
–No –les contestaste–. Pero voy a
ser. Tenemos muchas afinidades los dos.
–¿Como cuáles?
–Como el gusto por las rancheras.
Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.
Gabo: estuviste genial. Me sentí
en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...
¿Pero por qué te estoy contando a
vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre
autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su
propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy
biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista
de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de
todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo,
pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona
y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja
desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.
Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de
que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en
México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te
preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés
más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con
Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en
mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona
“inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos
lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos
tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en
palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los
Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos
más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre
de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy
oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas
a romper.
Bueno, te decía que he estado dos veces en
Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso,
y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo
lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le
quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de
dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no
le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes
se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome
incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el
incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque
si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.
–¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.
–Jesús –me contestó.
Se llamaba como el Redentor.
–¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi
vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.
–Hacemos lo que tú quieras –me contestó.
–Entonces vamos a mi hotel.
–Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna
playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen
ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel
Comité de Defensa de la Revolución.
–¿Y de quién la están defendiendo?
–No sé.
La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros.
Vos me entendés porque vos sos un águila.
Los dos pájaros o maricas seguimos caminando,
y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único
sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton
(que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible
entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El
estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si
al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la
revolución.
Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal,
alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como
debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía
Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en
Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito,
como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí
que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido
el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos
portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante
exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un
niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces
fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra
el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y
lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y
sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar
el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un
soldadito apuntándonos con un fusil.
–¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le
increpé–. Apunté para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabas de un
solo tiro con la literatura colombiana.
Fíjate, Gabo, que no le dije: “Qué haces,
niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento
agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no
miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito
oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en
pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.
–No te preocupes, que anotó mal mi apellido
–me dijo Jesús.
Y en
efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo
escribió equivocado.
¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo,
eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba
desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito
ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.
Anotado que hubo el nombre de Jesús en la
libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia
de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos
estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los
tres? Un ménage à trois, une messe à trois pour la plus
grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.
Se fue pues el soldadito, se nos bajó la
erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.
–Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto
contigo esta noche me puedo morir.
–Yo también me puedo morir –me contestó.
Estando pues como estábamos en grave riesgo de
muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué
pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé
de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las
intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía
nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo
más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el
hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del
tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi
camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba
sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba.
¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para
despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en
Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de
dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la
erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones,
recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos.
Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al
viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan
quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas,
Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un
vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés,
vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.
Con la erección formidable y al borde de la
eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto
también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una
libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al
cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar
donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre
o la KGB. Pasá, pasá.
Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a
la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy,
Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no
hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio
de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido
contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo
otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos
de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta
voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como
vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego
a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos
años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como
los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.
Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La
Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de
soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la
revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no
tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo
lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per
angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el
techo por un huequito.
Tomado de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.
sábado, 7 de febrero de 2026
Mis encuentros con Vargas Llosa
Guillermo Cabrera Infante
El apartamento de Monique Lange y Juan
Goytisolo en la Rue Poissonnière era centro de reunión de los escritores de
España y de las Américas que visitaban París. Fue allí donde conocí a Mario
Vargas Llosa, entonces ganador del prestigioso premio catalán Joan
Petit-Biblioteca Breve. Mario (desde entonces lo llamé así) vino acompañado por
su mujer Julia -más tarde, mucho más tarde, la protagonista de la novela de
Mario La tía Julia y el escribidor, que vino a culminar su
separación-. Pero entonces Julia y Mario no estaban separados. Al contrario:
Mario mostraba una deferente ternura hacia ella y ella parecía muy enamorada de
Mario. Pero esa noche ocurrió un incidente extraño. Al irme Mario se ofreció a
llevarme hasta mi hotel, que no estaba lejos, y Julia comenzó a sentirse mal.
Parecía una especie de alergia: algo le había caído mal, su cara se hinchaba
cada vez más, hinchazón que aumentó en el elevador, y al entrar al pequeño auto
se veía abofada. Mario me pidió que los acompañara hasta el primer hospital
abierto a esa hora y luego me llevaría a mi hotel.
Ya en el hospital, me quedé en el salón de
espera, impaciente y preocupado: hay alergias que matan. De pronto, la puerta
abierta, vi pasar a Julia corriendo sobre sus altos tacones seguida (o
perseguida) por dos hombres de blanco. Me levanté y fui a la puerta y pude ver
cómo los hombres de blanco alcanzaban a Julia y la aferraban por los brazos y
luego casi la arrastraban hacia un punto no visible. A la zaga del grupo venía
Mario. Tuve que ir hasta un teléfono cercano para llamar a Juan Goytisolo y
pedirle que me asegurara que todo no era una pesadilla. Juan me aseguró de la
realidad de lo que estaba ocurriendo ante mis ojos. Al cabo regresó Mario y me
dijo que Julia no tenía nada con una tranquilidad de la que había sido ya
testigo en el viaje al hospital. Durante el trayecto, Julia se quejaba y se
revolvía en los asientos traseros, ya que Mario me había pedido que me sentara
a su lado, mientras Mario le repetía a ella bajito que se calmara y con una
mano libre le impedía que rodara de su asiento. La voz de Mario era sosegada
para Julia -pero no para mí-. Todo parecía familiar a Mario mientras Julia se
retorcía detrás de mí.
En el hospital consiguieron calmarla sin
ingresarla y regresó a la sala de espera bastante compuesta, pero sin sus
seguidores, perseguidores. Solamente la acompañaba Mario. Juntos volvimos al
pequeño automóvil. Julia iba calmada, también Mario pero nadie habló nada,
nadie explicó nada. Me hubiera gustado volver a hablar con Juan Goytisolo para
que me explicara por qué él también lo había acogido todo con tanta parsimonia.
Fue entonces que comprendí que todo había pasado y todos estaban en paz con
Julia porque su estado anterior tenía que ser tan habitual como su silencio
ahora. Julia, era evidente, había sufrido un ataque de histeria. Luego supe que
el matrimonio de Julia y Mario se acababa. Pronto se divorciarían. Esos ataques
de histeria debían ser cosa habitual en Julia y resultado de la petición de
divorcio. Julia era una mujer rubia, alta y atractiva y estaba muy enamorada de
Mario, que llevaba un bigotico a lo Don Ameche y era tan bien parecido como un
galán de cine. Fue en Bruselas que supe que finalmente se habían divorciado. En
algún momento entre esta visión de pesadilla y nuestro próximo encuentro Mario
se había afeitado el bigote y ya no se parecía a Don Ameche.
La próxima vez que vi a Mario fue
en la entrega del Premio Biblioteca Breve que me dieron en 1964 en Barcelona.
Ya Mario era una leyenda de trabajo duro y aplicación mayor, con que asombró a
todos los jurados del premio. Mientras sus amigos y su anfitrión Carlos Barral
bebían en el bar, se soleaban en la playa y se reunían temprano para una cena
tardía, Mario estaba encerrado en su cuarto: "Escribiendo,
escribiendo" decía Carlos, mientras apuraba otro cóctel tal vez con
ginebra.
Después de la ceremonia volví
inmediatamente a Bruselas para el fin de año con Míriam Gómez, y Mario y yo
viajamos juntos rumbo a París, donde yo cambiaría de avión y Mario se bajaría.
Hablamos poco: él con su problema y yo con los míos. El avión que me llevó a
Bruselas no salió sino tres horas más tarde por culpa de la acumulación de
hielo en las alas y nevaba en todo Orly. No lo volví a ver hasta dos años más
tarde.
Mientras tanto habían ocurrido demasiadas
cosas en mi vida. Yo había dejado de ser agregado cultural de Cuba en Bélgica,
había viajado a La Habana a los funerales de mi madre, había decidido
exiliarme, había vivido en Madrid y ahora vivía en Londres, prestado en casa de
amigos, enfrentando otra ciudad, otro país, otro invierno cuando supe que Mario
y Patricia vivían en Londres. Lo llamé y nos invitaron a cenar en su casa. Era
tan lejos de donde yo vivía que el viaje fue una travesía de trenes, taxis y búsqueda
de la dirección. Al irnos yo tuve que pedir otro taxi que nos llevara a la
estación del underground más próxima. Recuerdo que al colgar
el teléfono Mario me felicitó por mi inglés: ellos no hablaban una palabra.
Mi vida se organizó de una manera incierta.
Vine a vivir en Trebovir Road detrás de la estación de Earls Court no en un
apartamento lujoso como se me calumniaba en Cuba sino en un sótano no infecto
sino infestado de cucarachas. Mario, que todavía apoyaba a Castro y su supuesto
socialismo siguió su relación conmigo, lo que no hicieron mis supuestos amigos
afectos. Un día supe que Mario, cosas de la casualidad, esa diosa caprichosa,
se había mudado con su familia a la misma calle, sólo tres cuadras más arriba
de la estación del subterráneo. Vivía en un apartamento modesto de los bajos
pero no tan pobre como el nuestro. De las incontables anécdotas que tuvieron
lugar por esos pagos sudamericanos estaba la vez que Míriam Gómez tuvo que ir a
casa de los Vargas a matar a una rata que aterrorizaba a la muy joven y bella
Patricia Llosa, recién casada con Mario. Ella, niña mimada, estaba muy poco
preparada para vivir en lo que era casi un sótano. Allí Mario se encerraba a
escribir desde temprano hasta terminada la tarde y había que dejarle el
almuerzo (un sándwich o un plato ligero) en una bandeja a la puerta. Mario la
abriría, almorzaba solo y seguía escribiendo, escribiendo.
Fue en ese apartamento que Mario decidió
reunir a García Márquez y a mí. Ya nosotros nos habíamos mudado de Earls Court
para esta dirección y ahora íbamos a celebrar el año nuevo en casa de nuevos
amigos del todavía pendular Swinging London. Íbamos vestidos para una fiesta:
Miriam Gómez con su traje neo art decó de nuestro retrato que
está en esta sala y yo con mi smoking recién comprado para la
fiesta final del fin de la filmación de Wonder Wall, la
película que se había filmado con un guion mío: una comedia nada cómica cuya
única gracia estaba en la música incidental de George Harrison. No recuerdo
cómo estaba vestida la mujer de García Márquez, pero sí recuerdo que el
colombiano llevaba una camisa de leñador a cuadros negros y rojos.
A pesar de que Mario era un anfitrión animoso,
no teníamos absolutamente nada de qué hablar García Márquez y yo. De pronto él
parecía encontrar su tema, que era el código de supersticiones de la pava, que
era venezolano pero el colombiano se lo cogió como propio. Yo no tenía idea de
lo que era lo pavoso, pero recuerdo que se trataba de no
llevar calcetines con sandalias y cosas así. Miriam Gómez contribuyó con su
arte de las flores, hablando de la buena suerte que daban las flores amarillas,
puestas, dispuestas en tres en mi escritorio.
En esa salita que de día era el estudio de
Mario y de noche la sala de estar de Patricia, hubo otros encuentros con las
supersticiones sudamericanas. Fue cuando Julio Cortázar vino a Londres con su
mujer de entonces, Ugné Karvelis, de cara tan rara como su nombre. Patricia
sirvió café y Ugné se encargó del azúcar, que repartió. Cuando llegó a mí la
azucarera voló de su bandeja a mi regazo, bañándome, literalmente, en azúcar:
blanca que hacía contrastar con mi traje oscuro. Ugné se volvió toda disculpas,
con genuflexiones que detuvo Miriam Gómez diciendo: "No importa. Eso es
considerado una señal de buena suerte en Cuba". Yo no sabía de semejante
superstición ni siquiera si Miriam Gómez la había inventado ad hoc para
la ocasión. Lo que sí supe luego es que éste era un numerito que había montado
la Karvelis para destacarse y al mismo tiempo colocar a su blanco de azúcar
blanca en una situación embarazosa. Me lo contó Mario que había sido testigo o
blanco en situación similar. ¿Era ésta una versión de la Maga?
Luego Mario y su aumentada familia dejaron el
barrio, a Londres y a Inglaterra. Mario
viajaba y daba clases en universidades diversas. Hasta hubo un tiempo que dio
clases en Cambridge y lo vi poco. Estaba contento con sus extrañas clases en
Cambridge, donde tenía tan pocos alumnos que la clase podía trasladarse de la
universidad a un pub cercano. Más tarde reapareció en Londres:
Mario siempre vuelve a Londres.
Después vino su incursión en la política
activa. Una noche cenamos en su casa y pude augurarle el desastre que
significaría su vida política. Pero sus constantes viajes a Lima (no era un
regreso a Perú todavía) terminaron por atraparlo en una red de la que sólo se
extricaría con su desastrosa aventura política -a la que siempre Patricia se
opuso-. Patricia había devenido de una bella muchacha encantadora una mujer
juiciosa y leal a Mario hasta que ella misma se vio envuelta en la fiebre
política. Como antes, le había aconsejado yo que sus viajes a Lima terminarían
por resultarle onerosos políticamente. En corto tiempo fue nominado candidato a
la presidencia del Perú.
Ahora estaba toda la familia instalada en su
flamante apartamento de Knightsbridge, uno de los barrios ricos de Londres.
Recuerdo que cenando una vez allí, rodeado por la decoración high-tech de
su apartamento que incluía una creciente pinacoteca con cuadros modernos
(había, central, un botero con su excesiva gordura que parecía
un Oliver Hardy en busca de Stan Laurel, el Gordo detrás del Flaco en cualquier
comedia del dúo), con portero y elevador. Vivían bastante cerca de nosotros,
pero bien lejos de la modestia de los tiempos de Earls Court: Mario se había
convertido en un escritor de éxito mundial. Pero ahora, de regreso al Perú, lo
esperaba la derrota política.
Fue una campaña electoral pero peligrosa
físicamente -y aún más riesgosa políticamente-. Mario, como se sabe, fue
derrotado por Alberto Fujimori, un desconocido total entonces. La derrota
electoral fue tan estruendosa que muchos dudaban de que Mario se recobrara como
figura pública. Pero Mario regresó a su escritorio y a sus novelas, y al poco
tiempo estaba recobrado como escritor de éxito, de crítica y de ventas.
Viviendo en su apartamento de Knightsbridge, pero escribiendo. Según una
costumbre recientemente adoptada escribía por el día en un salón de lectura del
British Museum, y por las noches los Vargas cenaban con amigos o solían salir a
cenar con nuevos amigos. Mario y Patricia volvieron a ser una pareja perfecta.
Los visitábamos a menudo invitados a comer comida peruana que cocinaba Patricia
y vimos el apartamento lujoso crecer en otras cámaras y recámaras al expandirlo
con otras propiedades vecinas. Pero seguían viajando mucho, a pesar de que la
familia había crecido con dos hijos grandes, Álvaro y Gonzalo, y una niña que
pronto se hizo mujer, la bella Morgana. Viajaron a todas partes. Mario más
exitoso que nunca dando charlas dondequiera y visitando lugares remotos como
los arrecifes de Australia, que le habían fascinado desde niño.
Ahora vivían medio año en Londres y dos
cuartos crecientes en París y Madrid, ciudad que encantaba a Patricia tanto
como a Mario Barcelona. Dejamos de vernos bastante aunque siempre en uno de
nuestros viajes a Madrid cenábamos y yo bromeaba con Patricia acerca de su
fascinación que no cesa. Una de las últimas cenas la dio el editor Juan Cruz en
uno de los restaurantes más de moda en Londres y allí Mario y Patricia se reían
como una pareja feliz. Podían estarlo. Sus hijos habían crecido y cada uno
tenía su parcela de acción. Gonzalo se dedicaba a una labor de caridad
patrocinada por las Naciones Unidas. El otro hijo, Álvaro, era un periodista
independiente y reconocido, y aunque muchos creían que se apoyaba en su doble
apellido, en realidad se llamaba Vargas por su padre y Llosa por su madre, que
de soltera se llamaba Patricia Llosa: ella y Mario eran primos.
Luego ocurrieron dos ocasiones memorables que
a mí me parecieron oficiales. Viajó a Londres el presidente Felipe González en
su primer viaje a Inglaterra y nos invitó a Mario y a mí a almorzar en la
Embajada de España. Yo no conocía personalmente a González, pero Mario lo
trataba con la familiaridad de viejos amigos. Tal vez lo fueran. En todo caso
González había venido con varios de sus ministros y Mario brillaba en su
conversación con políticos profesionales. El almuerzo terminó con mi tête-à-tête con
Felipe González, pero ésa es otra historia.
Años más tarde se repitió una ocasión similar
cuando el presidente José María Aznar nos invitó a Mario y a mí a visitarlo en
La Moncloa. ¿Nos habíamos convertido en el dúo demócrata? No lo sé. Sólo sé que
Mario se portó con más soltura que yo: ya conocía a Aznar. Yo había venido como
fui al almuerzo con Felipe González: más por curiosidad de escritor que otra
cosa. Hicimos el trayecto a La Moncloa en un auto fuertemente blindado.
Regresamos Mario y yo al hotel en el mismo automóvil. Durante el viaje de regreso
tuve una suerte de convencimiento iluminador. Los políticos no tienen
convicciones, tienen conveniencias.
En una de nuestras últimas cenas en Londres
Mario acababa de publicar su última novela y parecía feliz con su destino
recobrado. Recuerdo que lo felicité por el logro que significaba su nuevo libro
y aceptó mi felicitación de buen grado. A Mario y a mí nos ocurría algo que no
se puede llamar modestia -ni siquiera falsa modestia-. De la que, por ejemplo,
Borges era un maestro consumado, con sus frases de rigor: "Usted ha
enriquecido mi libro con su lectura", que sonaban casi tan formales como "Favor
que usted me hace" o "Gracias por sus elogios, que no merezco".
Esta vez tuve que atrapar a Mario en su esquina frente a Harrods para decirle
cuánto me había gustado su última novela, que era una vuelta al libro bien
contado de sus inicios, y le auguré una carrera feliz -que lo ha sido en
extremo al recibir críticas excelentes de toda la crítica inglesa, siempre
renuente a celebrar a escritores españoles, pero peor a autores
hispanoamericanos. Fue escogido, por muchos críticos, como uno de los mejores
libros del año.
Tuvimos una última cena en Madrid. Mario ya no
estaba preocupado por su hipertensión, sino por la tensión que se había creado
con Álvaro con su campana solitaria en contra del presidente Toledo, que Mario
había apoyado electoralmente, y aunque Patricia era el calmado centro materno
de siempre, Mario parecía furioso, no con Álvaro, sino con las inesperadas
vueltas que daba y da toda la política. Me alegré de estar presente porque supe
lo profundos que eran sus sentimientos de ser un demócrata convencido -aun en
lo que parecía una crisis familiar-.
Como escritor, la crítica inglesa lo ha comparado con Conrad y ha dicho que desde Nostromo no había una novela sudamericana que planteara tan bien la dicotomía entre la novela y la política como tema central. Es que Mario se parece a Conrad hasta en sus dilemas. Pero su verdadera carrera, donde era un triunfador, era la literatura. A la que no ha tardado en volver con esta La fiesta del Chivo, que había tratado de escribir durante años, mientras en la vida es un verdadero, como Conrad, pater familias. Mario Vargas Llosa es un gran escritor. Pero, estoy seguro, prefiere ser un buen padre. Es posible que me equivoque, pero creo haber demostrado que lo conozco bastante. Nuestros encuentros nunca han producido un encontronazo.
El País, diciembre 2002.
Homofobia y lacras sociales
Juan Goytisolo
Decir que he leído de un tirón,
con apasionamiento, Mapa dibujado por un espía, de Guillermo
Cabrera Infante, publicado por Galaxia Gutenberg en una cuidada edición a cargo
de Antoni Munné, es quedarme corto. La inmersión en sus páginas ha sido para mí
retroceder en el tiempo, un salto vertiginoso de medio siglo para vivir entre
personajes que fueron mis amigos y otros muchos que frecuenté u oí hablar de
ellos durante mis dos viajes de “turista revolucionario” a una Cuba que parecía
encarnar la utopía de una sociedad libre, justa e igualitaria. Mi librito Pueblo
en marcha, publicado en París en 1962, da buena cuenta de ello.
Durante mi segunda estancia en La
Habana, en plena crisis de los cohetes, con miras a un guion de cine para Tomás
Gutiérrez Alea que nunca se llevó a cabo, Cabrera Infante no estaba en Cuba.
Había sido nombrado agregado cultural de la embajada de su país en Bruselas y
allí residía cuando en junio de 1965 recibió la noticia de la grave enfermedad
de su madre y llegó a La Habana justo para asistir a su entierro. Tras unos
días de duelo, cuando se disponía a coger el avión de regreso, una llamada
telefónica del ministro de Asuntos Exteriores se lo impidió. Raúl Roa quería
hablar con él y no pudo embarcarse con los demás pasajeros.
Mapa dibujado por un espía abarca
el periodo de cuatro meses entre esta salida frustrada y su costosa
autorización para dejar la isla con destino a España en donde su novela Tres
tristes tigres había sido galardonada con el premio Biblioteca Breve
de la editorial Seix Barral: un periodo lleno de tensiones e incidentes que
desembocaron en su decisión de expatriarse con la amarga verificación de que
Cuba ya no era Cuba y de que aquel país no era su país.
Ante el rumbo inquietante de la
revolución hacia un sistema totalitario que alarmaba incluso a viejos
militantes comunistas como el poeta Nicolás Guillén a quien Fidel Castro había
tildado de “haragán” en una charla con los estudiantes (“¡Este tipo es peor que
Stalin! Por lo menos Stalin está muerto pero este va a vivir 50 años más y nos
va a enterrar a todos”, dijo Guillén a Cabrera Infante), los escritores cubanos
llamados al orden desde el famoso encuentro con Fidel en 1961 y el cierre
posterior del magacín Lunes de Revolución dirigido por
Guillermo, se habían dividido entre quienes se atrevían a criticar abiertamente
la deriva autoritaria del régimen como Walterio Carbonell y Martha Frayde, los
críticos cautos como Carlos Franqui y Gutiérrez Alea (cuyo filme Fresa
y chocolate fue un prudente ejercicio de disidencia) y los que se
doblegaron a los imperativos doctrinales del “socialismo real” en el que, como
dijo un libertario de Mayo del 68, todo era real excepto el socialismo.
Dada la imposibilidad de resumir
aquí la pleamar represiva que afectaba a intelectuales, escritores y artistas
reflejada en el libro, me detendré en uno de los elementos más significativos
de lo que se conoce hoy como la Década Ominosa: la obsesión enfermiza del
régimen contra los culpables o sospechosos de homosexualismo, calificados de
“delincuentes sexuales”, obsesión que desembocó en el envío de decenas de
millares de ellos a los campos de trabajo de las UMAP (Unidades Militares de
Ayuda a la Producción) poco después de la salida de Cabrera Infante de la isla.
La creación de un departamento
del Ministerio del Interior, el de Lacras Sociales, era el vértice de una vasta
pirámide de espionaje y control que a partir de los Comités de Defensa de cada
barrio elaboraba casa por casa un censo de los sospechosos de desviación.
Obviamente, los medios literarios y artísticos se convirtieron en el punto de
mira de los celadores del orden y las buenas costumbres impuestos por la
Revolución. El Teatro Estudio, el grupo cultural El Puente, los círculos
intelectuales marginados por la línea oficial comenzaron a sufrir las
consecuencias de esa manía persecutoria. El director de la revista Casa
de las Américas, Antón Arrufat, había sido destituido de su cargo por
haber publicado un poema de José Triana con alusiones homoeróticas e invitado a
Cuba al icono de la Beat Generation Allen Ginsberg. En cuanto
a Virgilio Piñera, detenido ya en 1961 en la primera redada organizada por los
guardianes de la ortodoxia a ultranza y liberado gracias a la intervención de
Carlos Franqui, vivía aterrorizado y con esa valentía suya que brotaba del
miedo había discutido con sus amigos la idea de una manifestación ante el
palacio presidencial para denunciar el acoso que sufrían por parte de Lacras
Sociales y su jauría de malsines. Dicha manifestación que anticipaba la de los
actuales activista gais en regímenes autoritarios y que en el contexto cubano
de 1965 era inútilmente suicida no se realizó y el ministro del Interior, el
comandante Ramiro Valdés y su adjunto Manuel Piñeiro siguieron con las suyas
contra las “desviaciones y extravagancias” tanto de la santería africana de los
lucumíes y abakuás como de los estigmatizados sodomitas.
El episodio más revelador de esa
atmósfera paranoica que refleja el libro es tal vez el referido al autor por
Tomás Gutiérrez Alea, mi amigo Titón: el del “juicio” al que asistió
casualmente con dos colegas en la Federación de Estudiantes Universitarios contra
dos alumnos acusados de contrarrevolucionarios, sentados en un estrado con el
juez y sus acusadores ante una asamblea vociferante que no les concedía la
palabra y exigía su expulsión. Las víctimas de aquella siniestra farsa eran un
muchacho motejado de “raro” y una chica, de “egoísta y exquisita”. Los dos
jóvenes y un asistente al acto que no alzó el brazo como los demás (“¡ojo, aquí
hay uno que no votó!”) fueron excluidos de la universidad y después de aquel
linchamiento purificador el raro, un alumno eminente de la escuela de
Arquitectura, se arrojó del último piso del edificio en el que vivía. La
epidemia de suicidios que diezmó las filas de la intelectualidad y la clase
política cubanas durante aquellos años, epidemia analizada por Cabrera Infante
en su obra Mea Cuba, se cobró una víctima más.
No quiero concluir estas líneas
sin mencionar la digna y eficaz intervención de Lezama Lima para quitar hierro
a las palabras del Walterio Carbonell ante un grupo de empresarios franceses
salvándole así momentáneamente de la máquina represiva que se abatiría sobre él
dos años más tarde acusado de fomentar un Poder Negro en la isla y el
ostracismo y castigo de algunos fieles de Che Guevara como el embajador de Cuba
en Bruselas Alberto Mora a quien su excompañero de lucha antibatistiana Ramiro
Valdés visitaría más tarde en su celda de La Cabaña exhortándole a que
confesara sus imaginarios crímenes contrarrevolucionarios, y Enrique Oltuski,
enviado cuatro meses al penal de Isla de Pinos por haber pronosticado con
acierto el fracaso de uno de los grandiosos planes agrícolas de Fidel.
La transformación del
“desviacionismo” sexual en político y de ambos en una forma inicua de
delincuencia constituye una de las páginas más sombrías de una Revolución que
Cabrera Infante, como la inmensa mayoría de intelectuales cubanos, acogió con
entusiasmo hasta que las sucesivas experiencias recogidas en el libro sobre su
última estancia en la isla le convirtieron en este gran escritor de dentro
desde fuera de Cuba que todos sus lectores admiramos.
El País, 14 de diciembre 2013.