martes, 23 de febrero de 2021

En memoria de Sigmund Freud

 

 

W. H. Auden

 

Cuando son tantos a quienes tenemos que llorar,

Cuando el dolor se ha hecho público, y está expuesto

       A la crítica de toda una época

       A la flaqueza de nuestra conciencia y nuestra angustia

 

¿De quiénes hablaremos? Pues cada día mueren

Entre nosotros los que nos hacían un bien,

         Y sabían que no era eso suficiente

         Mas confiaban en superarse en la vida.

 

Así era este doctor: todavía a los ochenta quería

Preocuparse de nuestras vidas, a cuyo desenfreno

          Tantos posibles futuros jóvenes

          Con amenazas y zalamería pedían obediencia.

 

Mas su deseo no se cumplió; sus ojos se cerraron

A ese último espectáculo de todos conocido,

          De problemas que como parientes perplejos

          Y celosos rodean la hora de nuestra muerte.

 

Porque hasta el fin estaban a su alrededor

Aquellos que había estudiado, los nerviosos y las noches,

        Y otras sombras que esperaban entrar

         En el círculo luminoso de su reconocimiento.

 

Fuéronse a otra parte con sus desengaños

Cuando lo arrancaron de su vieja preocupación

          Para devolverlo a la tierra en Londres

          Un judío distinguido que murió en el exilio.

 

Sólo el odio era dichoso, confiado en multiplicar

Ahora su práctica y su clientela desgarbada

           Que cree se puede curar matando

           Y cubriendo con cenizas los jardines.

 

Viven todavía pero en un mundo que él transformó

Con mirar el pasado simplemente, sin un falso pesar;

          Todo lo que hizo fue recordar

          Como los viejos y ser sincero como los niños.

 

No era ingenioso: simplemente relató

El Presente desdichado para recitar el Pasado

           Como una lección poética

           Que al fin vacila en la línea

 

Donde hace mucho tiempo las acusaciones comenzaron,

Y de pronto supo quién lo había juzgado,

           Cuán rica había sido la vida y qué tonta

           Y la perdonaba y era más humilde.

 

Podía acercarse al Porvenir como a un amigo

Sin un ropero de disculpas,

           Sin una máscara de rectitud

           O un gesto familiar, de vergüenza.

 

No es extraño que las antiguas culturas orgullosas

En su técnica de inestabilidad previeran

           La caída de príncipes, el derrumbe

           De sus esquemas lucrativos de frustración.

 

De haber tenido el éxito, la Vida Generalizada

Hubiera sido imposible, el monolito

          Del Estado se quebraría imposibilitando

          La cooperación de los vengadores.

 

Apelaron a Dios pero él siguió su ruta,

Entre la Gente Perdida como Dante,

         Entre los fosos hediondos donde los injuriados

         Llevan la vida oprobiosa de los rechazados.

 

Y nos enseñó lo que es el mal: no como creíamos

Actos que deben ser castigados, sino nuestra falta de fe.

         Nuestro deshonroso espíritu de negación

         La concupiscencia del opresor.

 

Y si algo del gesto autocrático,

De la severidad paternal de que desconfiaba,

         Todavía quedaba en su expresión y facciones,

         Era una imitación protectora

 

Para aquel que vivió tanto tiempo entre enemigos;

Si a veces se equivocaba y parecía absurdo,

         Para nosotros ya no es una persona

         Sino todo un estado de opinión.

 

A cuyo resguardo llevamos vidas diferentes:

Como el clima sólo puede estorbar o ayudar,

          El orgulloso puede seguir orgulloso

          Pero le es más difícil y el tirano intenta

 

Obligarlo pero no le es simpático.

Silenciosamente abarca todas nuestras costumbres;

         Nos ampara, hasta que los cansados

         En el más remoto y miserable ducado

 

Sienten el cambio en sus huesos y se consuelan,

Y el niño desgraciado en su pequeño Estado,

       En algún hogar de donde está excluida la libertad,

       Colmena cuya miel es el miedo y la preocupación,

 

Se siente más tranquilo y seguro de escapar;

Mientras que descansan en la hierba de nuestra negligencia,

          Muchos objetos hace tiempo olvidados

          Son revelados por su brillantez incansable

 

Nos son devueltos y recobran su valor;

Juegos que creíamos olvidados al crecer,

       Ruidos insignificantes que vedaban nuestra risa,

       Guiños que hacíamos cuando nadie nos miraba.

 

Pero él quería algo más para nosotros: que fuéramos libres

Aunque a menudo solitarios: uniría

          Las partículas desiguales rotas

          Por nuestro propio sentido de justicia,

 

Restauraría a los mayores el ingenio y la voluntad

Que los pequeños poseen pero que sólo usan

         En áridas disputas, devolvería

         Al hijo el cariño profundo de la madre,

 

Pero nos recordaría sobre todas las cosas

Que fuéramos entusiastas de la noche

         No sólo por el sentido de deslumbramiento

         Que ella puede ofrecernos, sino también

 

Porque solicita nuestro amor: pues con ojos tristes

Sus deleitables criaturas nos miran y nos imploran

        Humildemente a que las invitemos;

        Son exiladas que ansían el futuro

 

Que descansa en nuestra fuerza. También ellas se alegrarían

Si las dejaran servir a la ilustración como él;

        Hasta compartir el grito de "Judas"

        Como él lo hizo y todos haremos.

 

Nuestra voz racional está muda: sobre una tumba

La Casa de los impulsos llora un ser querido.

         Triste está Eros, constructor de ciudades

         Y llora la anárquica Afrodita.

 

 

 Traducción de José Rodríguez Feo, Ciclón, núm. 6, noviembre de 1956. 

sábado, 13 de febrero de 2021

Por propia mano

 


   Guillermo Cabrera Infante

 

 Las tres grandes religiones nacidas en el Mediano Oriente, que no rechazan la muerte sino más bien la acogen, condenan todas el suicidio sin ambages. De las tres, la más antigua, la originaria, la que parece haber inventado esta proscripción, el judaísmo, declara en el Talmud que dado que la vida es sagrada el suicidio es por tanto un acto pecaminoso. El cristianismo se opone al suicidio con extremo énfasis, razonando con más teología que lógica. (Aristóteles, por ejemplo, no entendería esta proposición.) Si toda vida humana es obra de Dios, que la da y la quita, el suicida atenta siempre contra la voluntad divina y el hombre intenta erigirse en Dios al matarse. San Agustín no excusa el suicidio ni como fuga del dolor ni de la enfermedad. Ni siquiera para escapar a la violación inminente: mejor la fornicación más incómoda. Todos los padres de la Iglesia no vacilan en condenar el suicidio. En la Edad Media algunas legislaciones cristianas prescribían la mutilación del cuerpo del suicida y ordenaban la confiscación inmediata de todos sus bienes. Por supuesto ambos castigos eran onerosos sólo a la familia del felo de se. (Éste era el nombre técnico del suicida en la inglaterra medieval.) Hasta hace poco (1961) el suicidio era un delito penado severamente por los tribunales de la Corona. De esta manera sólo era castigado el suicida fallido, con lo que se alentaba la eficacia del suicida más que lograr disminuir las muertes por suicidio. El único sobreviviente de un pacto suicida, por ejemplo, era automáticamente considerado presunto culpable de un asesinato alevoso según una ley inglesa abolida en 1957. Ahora, más modernos, sólo le juzga de homicidio culposo. Hasta el siglo pasado los ingleses trataban al cadáver de un suicida como los húngaros solían exorcizar a un posible vampiro: enterraban el cuerpo en un cruce de caminos con una afilada estaca clavada en el pecho. Parecería que el Islam debía ser más condescendiente con el suicida árabe que el orbe judeocristiano. Todo lo contrario. Mahoma mismo consideraba el suicidio un crimen peor que el homicidio y castigaba al suicida saudita al infierno más temido: el desierto eterno sin el agua de Alá, el alma del suicida condenada a vagar siempre entre arenas al sol.

 Otro profeta, Marx, no es menos implacable con el suicida que sus antepasados judíos o la Iglesia luterana en cuya civilización se crió o la Iglesia victoriana en que vivió y escribió y concibió el marxismo como ciencia exacta, aunque es en realidad otra herejía hebraica. Sus seguidores decretaron que el suicidio era contrario al comunismo, antimarxista y por tanto contrarrevolucionario. Pero no acaban de formular esta ley contra la fuga cuando se encontraron con herejes no ya entre los discípulos del Maestro sino aun en la misma Sagrada Familia. Las herejías todas siempre producen actos heréticos. La primera y mayor consternación ocurrió cuando el pacto suicida de Paul Lafargue y su mujer Laura. Al grabar las rojas tablas de la ley materialista, el propio dios barbudo de Karl Marx había prohibido el suicidio con la amenaza de expulsión eterna del partido y por lo tanto de la historia. Sólo se admitía, renuente, como un último recurso no individual sino revolucionario. La pistola en la sien debía servir para disparar por última vez contra el bastión burgués desde las barricadas revolucionarias. Pero, ironías de la historia (y aun de la pequeña historia marxista) Laura Lafargue se llamó de soltera Laura Marx y era la hija preferida del viejo Karl, a quien ella llamaba el Moro por su piel cetrina. Aún más interesante es que detrás de la máscara de ese Paul Lafargue afrancesado se escondía un pobre Pablo. Lafargue era un mulato santiaguero que por esos azares -o mejor andares- del cubano rebelde vino a integrarse a la numerosa prole prúsica de Marx, ahora lar londinense. Los Marx llamaban a Lafargue el Negrito, aunque siempre a espaldas de Laura. En el proceso ideológico póstumo que siguió al doble suicidio de los Lafargue, el acusador after the fact de los suicidas fue un apóstol alemán del marxismo, August Bebel, viejo comunista, amigo de Marx y autor de un libro de éxito victoriano que las mujeres de entonces leyeron ávidas. No era una novela romántica sino todo un tratado alemán con el título de La mujer y el socialismo. Sería estropear mi tesis de una ideología cubana del suicidio si tuviera que decir que Herr Augustus terminó sus días lanzándose de su torre de Bebel. Nunca lo hizo: murió de viejo.

 Sin embargo, a pesar del juicio marxista hubo otro herético entre los Marx. La tercera hija de Karl que llegó a ser adulta, la más desgraciada de todas, casada con otro marxista (los jóvenes comunistas de la época se comportaban ante la familia Marx como pretendientes a una casa real europea -¿pero es que no lo era?), el abusado irlandés Edward Eveling, ella también cometió el pecado nefando al acabar con sus días de Marx y de mal vivir.

 Estos viejos trapos sucios de la familia Marx se lavaron a la luz de las noches blancas rusas en ocasión del patético suicidio de Adolf Yoffe, quien se dio un tiro en la sien en un pasillo del Kremlin. Yoffe, enfermo y arruinado políticamente por Stalin, no vio más salida del Kremlin que el suicidio. Stalin le había prohibido la fuga de Rusia a pesar de que de este viaje dependía su vida física. Debía ir al extranjero a curarse de una enfermedad incurable para la ciencia soviética. (Pero no, al parecer, para la medicina burguesa.) La muerte que escogió hizo olvidar la vida que tuvo que vivir: en la enfermedad, en la iniquidad de servir bajo Stalin, zar incipiente, y el peor tirano, el dolor. Sólo se vio el dilema de un revolucionario que se suicida: un utópico que rechaza la vida futura para escoger la muerte y un materialista que es un felo de se. Stalin resolvió el problema con una solución dicha con esa sorna que ya comenzaba a ser su mejor arma política. La sorna es el único sentido del humor permitido al tirano: Stalin tenía sorna a torrentes. «Los marxistas no se suicidan», sentenció el camarada Stalin al que cantó general Neruda. «No se ha suicidado un marxista, se ha suicidado un trotskysta», que es lo que fue el pobre Yoffe: judío, intelectual y la primera víctima de Stalin como verdugo político. Pero el de Yoffe no fue el único suicidio que resonó en el Kremlin: allí se suicidó también Nadia Alliluyeva, no una trostskysta sino la segunda mujer de Stalin. Treinta años después, este suicidio tan privado que se convirtió en oculto se haría escándalo internacional en las memorias de su hija, Svetlana Stalin.

 Siguiendo a Freud, que explica tan dogmáticamente cómo Marx condena, el suicidio está siempre ligado a la depresión, clínica o «normal». Son los deprimidos los que más a menudo se matan y algunos freudianos diagnostican que sólo se suicida el deprimido. Así un suicidio por exaltación, a lo Dostoievsky, es virtualmente imposible. Aunque como dijo Borges, Dostoievsky sigue siempre su teoría de que nadie es imposible. Pero los freudianos no se detienen aquí: Freud rushed in where Engels feared to tread. Para perturbación de aquellos marxistas que contemplen la idea del suicidio en el trópico hay un sequitur que parece un non sequitur. La depresión y el suicida sólo se entienden en términos de impulsos contra el otro (el infierno son los otros, según Sartre: el otro multiplicado), impulsos que se vuelven siempre contra el ser. O contra el hombre. (O mejor aún, contra el héroe proletario hecho mártir por propia mano.) Se libra entonces una lucha entre el ego y el superego, con el triunfo final -o la derrota- del ego superior. El suicidio es un continuum de fuerzas de agresión y autoagresión. (Pavese, escritor y suicida, que debía saber lo que decía, dijo que el suicida era un asesino tímido.) Según un freudiano apocalíptico, el suicidio tiene tres elementos (una suerte de trinidad infernal), que son: 1) el deseo de matar, 2) el deseo de ser matado, y 3) el deseo de morir. Es evidente que la realización del segundo deseo conlleva a su vez el cumplimiento cabal del tercero, pero a los freudianos les gusta explicar lo obvio, complejo típico.

 Pero mis digresiones no ocultan que esta teoría del suicidio ha tomado prestado sin declararlo a la fábula india de la pata del mono dramático, siempre letal. Otro vienés, Louis Dublin, propuso que las causas del suicidio son los sentimientos de miedo, de inferioridad y el deseo de muerte contra ese otro con el que el individuo se identificará. Siguió, desde Dublín, con una sarta en jerga psicoanalítica que es innecesario copiar o repetir, me parece. Curioso que todos esos freudianos y Freud mismo nunca hayan explicado por qué se suicidan tantos analistas, entre ellos teóricos eminentes como Wilheim Stekel y Anna Freud, su hija. Aun el gran viejo, Freud no Marx, cometió un suicidio lento al saber que tenía un cáncer incipiente en la boca y no haber dejado nunca, hasta el final, el hábito de fumar puro tras puro, habanos capaces de dar cáncer en boca cerrada, como la de Freud ante el sofá. Lástima que no se fabriquen puros freudianos en La Habana capaces de dar cáncer al cáncer de tanta boca abierta en la tribuna. (4) Una revelación reciente del médico de Freud convierte a Freud en suicida. Freud, con un cáncer terminal, rogó a su médico una dosis letal de morfina. El médico cumplió su último deseo.       

  «A mi ver, sólo las religiones monoteístas, es decir judías, ven la autodestrucción como un crimen. Es todavía más notable que ni el Viejo ni en el Nuevo Testamento se pueda encontrar  prohibición o desaprobación definida alguna. Así, los maestros de la fe basan su prohibición del suicidio sobre terreno filosófico de su invención. Resultan a su vez tan pobres que sus argumentos carecen de fuerza, tanto que tratan de insuflar vigor a los términos con que expresan su aborrecimiento. Es decir, recurren al insulto.»

 Las palabras anteriores pertenecen a Schopenhauer y su diana son el judaísmo y el cristianismo, pero bien podrían aplicarse al marxismo de ayer y de hoy. Marx ha devenido un profeta y, a veces, un dios. Su cisma judío se ha convertido en herejía.

 Schopenhauer termina su disquisición filosófica con una nota física y espiritual a la vez: «Lo que hace el suicidio más fácil es que el dolor físico asociado con el mismo, pierde todo sentido a los ojos de alguien afectado por un excesivo sufrimiento espiritual.» Ese sufrimiento aplicado a la política y combinado con la idea de nación es, por supuesto, el patriotismo. El último refugio del pícaro se convierte así en la primera salida de la vida histórica. Dice Schopenhauer un poco antes: «Generalmente se encuentra que cuando los terrores de la vida sobrepasan el terror a la muerte el hombre pone fin a sus días.» Estos terrores de la vida política son, simplemente, en nuestros días, el terror político.

               


 Emile Durkheim, contemporáneo de Freud, en su opus magnum sobre el suicidio, llamado, naturalmente, El suicidio (1897), clasifica a los suicidas en dos grupos: egoístas y anómicos, los primeros característicos de nuestra sociedad, mientras que el suicida altruista (para sorpresa de los marxistas) es propio de las sociedades primitivas: casi como decir que el egoísmo es la última etapa del socialismo. Como se sabe, Marx castigó el egoísmo con una frase digna de Dante el teólogo y llamó a su elemento natural, contrario al fuego militante, «las aguas heladas del cálculo egoísta». El suicida sin duda se zambulle en esas aguas al hacer su último cálculo. ¿Por qué se suicida entonces el comunista, animal que después de leer a Marx no sólo ataca al hombre sino que se hiere mortalmente a sí mismo? Debe de haber una explicación marxista, es decir filosófica. No hay una.

 La conocida opinión de Albert Camus cuando filosofa existencial, en que declara que hay un sólo problema filosófico, el del suicidio, no es más que una frase que se le ha hecho frase hecha -es decir tomada siempre fuera de contexto. Pero aun en su contexto no es más que una frase francesa, que suelen ser a menudo como bolas de Navidad: brillantes y vacías. Camus era un ensayista que quería ser tomado por filósofo, un novelista que pasaba por pensador grave (Dostoievsky que se hunde en su Sena) y un dramaturgo a quien todos los diálogos se le convertían en un intercambio de frases dichas, una liga de nociones que no son más que bons mots, tan felices o fáciles como los epigramas de Oscar Wilde, teatrista a quien se le reprochó siempre sus golpes de teatro ligero. Camus ofrece en cambio golpes de filosofía fatalista que no abolirán a Wilde. Según Camus, juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida, es responder a la cuestión fundamental de la filosofía. Hay tantas cuestiones fundamentales en la filosofía que encontrar una sola es excluir impertinente las más impertinentes. Para Platón, por ejemplo, el suicidio de Sócrates no responde a una pregunta filosófica sino que las origina todas. Hay más cosas en la filosofía que entre el cielo y la tierra, como bien sabía Horacio, buen estudiante que no quiso ser grosero con el vago Hamlet, entre otras cosas, porque éste era principe heredero: amenazaba con ser rey un día. Sin embargo, el recurso del suicidio sí es el problema fundamental de la política, aun en tiempos no de hambruna sino de huelgas de hambre a morir como arma política. ¿Vale la pena la lucha continua o es mejor salir a tiempo por la puerta estrecha del suicidio hacia las inmensas praderas de la historia que cada ideología promete a sus fieles como el paraíso del creyente? Aun para los fanáticos de la revolución permanente, los hijos de Trotsky, hay una única pregunta, la que tiene una sola respuesta decisiva: esa de escoger entre la historia eterna o la nada. Una respuesta colectiva reciente es la banda Baader-Meinhof, que a todos asombró porque los asombrados no tenían noción de la historia cubana. En Cuba hace rato que muchos revolucionarios viven al borde de esa clandestinidad permanente. Hamlet sería mal filósofo y peor político pero su To be or not tu be es todavía el problema cubano (5)

 Si la teoría del suicidio es de estudio fácil para Camus, como lo es de dura práctica para Hamlet, la etiología del suicidio es de difícil definición a psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas -pragmáticos como teóricos, empiricistas como médicos. Inadmisible para religiosos y materialistas por igual, el suicidio deja de ser un indefinible problema cuando se le observa como ideología absoluta y pasa a ser del dominio histórico. En Cuba, al principio de la toma del poder por Fidel Castro, se quiso sustituir la ideología por la práctica. Era, simplemente, la ignorancia que no se atreve a decir su nombre, porque, entre otras cosas, no lo sabe pronunciar. De esta ignorancia primitiva (elogiada por ese vidente ciego evidente que era Sartre) se pasó a inciertos balbuceos ideológicos (dichos y hechos del Che), a aprenderse la cartilla marxista y a silabear algunos apotegmas de Marx como consignas. (De paso hay que decir que nadie sabía qué era un apotegma y muy pocos lograron pronunciar esta palabra extranjera sin caer en ridículas caricaturas verbales: apatema, arpotema, esta última versión sin duda contaminada de otro Marx, Harpo. Se decidió entonces que apotegma era un instrumento de uso burgués, como el cuchillo de pescado.) Luego vinieron los tiempos serviles de ubicarse dentro del estrecho corsé ieológico ruso, aparato concebido, diseñado y fabricado por un tal Zozo Yugazvili, alias Stalin, modisto marxista. Por supuesto Fidel Castro nunca tuvo que acomodarse siquiera a un miriñaque moscovita porque el Máximo Líder está más allá de la teoría: él es práctica pura, ese lugar de la geometría del espíritu hegeliano en que toda práctica, aun la impráctica, se hace teoría y es fons et origo de todo pensamiento correcto, que por supuesto va corrigiendo su corrección, como una brújula política, según las circunstancias. Este manantial de toda sabiduría va cambiando de fuente pero no es más que el viejo baño en el Jordán histórico, inmersión purificadora capaz de bautizos o de zambullidas. Con Fidel Castro, además de la pura práctica, bastó una declaración como tesis de grado para culminar su graduación summa cum laude: «¡Yo soy y siempre he sido marxista leninista!» Este exabrupto es como anunciar desde la tribuna al ágora: «Siempre he sido neoplatónico», sin siquiera haber oído hablar nunca de Plotino ni leído un solo diálogo de Platón o aun un título. Por supuesto sin hablar griego tampoco: para Fidel Castro toda filosofía es griego. ¿Subdesarrollo o ignorancia? Simplemente teoría y práctica del oportunismo político. En 1939 Castro habría hablado de Goebbels y de Rosenberg como ideólogos de la teoría nueva.

 Más tarde hubo un regreso -corso ricorso en un baile de San Vito, mal histórico- ideológico o un intento de una ideología a partir del estatismo soviético, en que todo movimiento práctico se ve como revisión del marxismo. Este revisionismo se cometía frente a alguien como Fidel Castro, cuya única contribución a la teoría de Marx, según Stalin, no es una interpretación novedosa sino una nueva pronunciación de esta filosofía como marsimo-leninimo. Las eses salían sobrando pero la crítica y aun el comentario ocasional se oían de veras como una amenaza al líder total en Cuba totalitaria. Insistir en la crítica, cualquier crítica, es siempre un acto suicida, como se ha visto en casos tan diversos como el de Che Guevara, Alberto Mora y Javier de Varona, todos diferentes suicidas pero un mismo suicidio. O esa suicida magna que es Haydée Santamaría, cuyo suicidio conmovió al régimen durante diez días, no por sentimiento ante el camarada caído sino por su significación política, su significado de ídolo que se quiebra. Hay además los muchos muertos menores, fantasmas del comunismo que recorren la isla de Cuba con un lema: «Comunistas de Cuba, suicidaos. No tenéis nada que perder más que la tapa de los sesos.»

 La práctica del suicidio es la única y, por supuesto, definitiva ideología cubana. Una ideología rebelde, la rebeldía permanente por el perenne suicidio. Martí sería así nuestro Trotsky temprano: ideólogo, político, guerrillero fallido pero suicida certero, el felo de se con fe en la tumba abierta. ¡A la victoria por el sepulcro! ¡Muerte o muerte! ¡Pereceremos! (Se oyen, se oirán siempre, las notas del Himno Nacional, cantado por un coro lejano de voces del ultratumba: «Cubano, a morir por propia mano/ Que morir por la patria es morir.»)


 Fragmento de "Entre la historia y la nada. (Notas sobre una ideología del suicidio)", Escandalar, enero-junio, 1982.  

 

martes, 9 de febrero de 2021

Erotismo

     

   Severo Sarduy 

  El espacio barroco es el de la superabundancia y el desperdicio. Contrariamente al lenguaje comunicativo, económico, austero, reducido a su funcionalidad -servir de vehículo a una información-, el lenguaje barroco se complace en el suplemento, en la demasía y la pérdida parcial de su objeto. O mejor: en la búsqueda, por definición frustrada, del objeto parcial. El "objeto" del barroco puede precisarse: es ese que Freud, pero sobre todo Abraham, llaman objeto parcial: seno materno, excremento -y su equivalencia metafórica: oro, materia constituyente y soporte simbólico de todo barroco-, mirada, voz, cosa para siempre extranjera a todo lo que el hombre puede comprender, asimilar(se) del otro y de sí mismo, residuo que podríamos describir como la (a)lteridad, para marcar en el concepto el aporte de Lacan, que llama a ese objeto precisamente (a).

  El objeto (a) en tanto que cantidad residual, pero también en tanto que caída, pérdida o desajuste entre la realidad y la imagen fantasmática que la sostiene, entre la obra barroca visible y la saturación sin límites, la proliferación ahogante, el horror vacui, preside el espacio barroco. El suplemento -otra voluta, ese "otro ángel más" de que habla Lezama- interviene como constatación de un fracaso: el que significa la presencia de un objeto no representable, que resiste a franquear la línea de la Alteridad: (a)licia que irrita a Alicia porque esta última no logra hacerla pasar del otro lado del espejo.

 La constatación del fracaso no implica la modificación del proyecto, sino al contrario, la repetición del suplemento; esta repetición obstinada de una cosa inútil -puesto que no tiene acceso a la entidad simbólica de la obra-, es lo que determina al barroco en tanto que juego en oposición a la determinación de la obra clásica en tanto que trabajo. La exclamación infalible que suscita toda capilla de Churriguera o del Aleijadinho, toda estrofa de Góngora o de Lezama, todo acto barroco, ya pertenezca a la pintura o a la repostería -"¡Cuánto trabajo!"-, implica un apenas disimulado adjetivo: ¡Cuánto trabajo perdido, cuánto juego y desperdicio, cuánto esfuerzo sin funcionalidad! Es el superyó del homo faber, el ser para-el-trabajo el que aquí se enuncia impugnando el regodeo, la voluptuosidad del oro, el fasto, la desmesura, el placer.

 Juego, pérdida, desperdicio y placer: es decir, erotismo en tanto que actividad puramente lúdica, que parodia de la función de reproducción, transgresión de lo útil, del diálogo "natural" de los cuerpos. En el erotismo la artificialidad, lo cultural, se manifiestan en el juego con el objeto perdido, juego cuya finalidad está en sí mismo y cuyo propósito no es la conducción de un mensaje -el de los elementos reproductores en este caso-, sino su desperdicio en función del placer.

 Como la retórica barroca el erotismo se presenta en tanto que ruptura total del nivel denotativo, directo y "natural" del lenguaje -somático-, como la perversión que implica toda metáfora, toda figura. No es un azar histórico si en nombre de la moral se ha abogado por la exclusión de las figuras en el discurso literario.


  Ensayos generales sobre el barroco, 1987, México, FCE, pp. 209-11. 

martes, 26 de enero de 2021

Abuelo Rubén



Mario Benedetti 


Seguramente nunca habrías escrito:
«Un siglo es un instante».
Menos aún: «Cien años, qué locura».

Eso sí, habrías aporreado el clavecín rimero
hasta arrancarle la nota que buscabas,
o lustrado los débiles barrotes de la frase
como quien apronta una imposible jaula
para el decididamente posible ruiseñor,
o talvez recurrido a Atlántidas, a faunos,
a pajes, a Mesías, hasta a reinas de Angola,
para decir algo tan sencillo como tu repentina edad
el quemante bochorno de tus viejas auroras.

Trato de imaginarme cómo habrías conseguido
en este grave amenazado enero
de tus cien años y nuestros tres minutos
pasar tu contrabando de pedagógicas ambrosias,
y entonces creo advertir otros salubres responsos,
algo así como tímidos ajustes de cuentas.

Después de todo, ya sabemos
por qué las princesas están tristes.
Y no sólo las princesas. Los sabuesos, los gerentes,
los fabricantes de burbujas y los secretarios de estado,
están a cuál más pálido en sus sillas de oro.

Después de todo, ya sabemos
por qué bufa el eunuco.
Y no sólo el eunuco. Los herrumbrados puritanos,
los ortopédicos censores, los minuciosos
restauradores de la miseria, los chacales en fin,
luchan por el legado de tu pobre bufón escarlata.

Díríase que el tiempo es otro, que en este mundo en llaga
no caben tus marquesas ni tus cisnes unánimes,
que al cándido hombre de hambre no le importa
la dieta frutal de miel y rosas
que aconsejaste para los dromedarios.

Mas son pobres decires.
Lo cierto, lo vital, lo milagroso,
es que echaste a volar un decisivo
cuento de hadas verbales y no obstante tangibles.

Seamos por una vez modestamente sabios
y sobre todo ecuánimes.

Junto con la justicia y el pan nuestro
defendamos tu derecho a soñar la palabra,
a expropiar diccionarios y mitos,
a invadir toda la belleza disponible
como quien toma por asalto el polvorín del enemigo
para volcarlo en la victoria propia.

Tú no lo habrías escrito.
Pero nosotros, gracias a ti,
no tenemos vergüenza de decir en tu nombre:
«Un siglo es un instante»,
y menos aún de pensar, en el nuestro: «Cien años, qué locura».


Varadero, enero 1967.


Imagen tomada de cdf.montevideo.gub.uy