viernes, 21 de julio de 2017

Qué captas, nocturnal, en tus canciones




  Francisco de Quevedo


 ¿Qué captas, nocturnal, en tus canciones,
Góngora socio, con crepusculallas,
si cuanto anhelas más garcivolallas
las reptilizas más y subterpones?

 Microcosmote Dios de enquiridiones 
y quieres te investiguen por medallas
con priscos stigmas o con antiguallas,
por desitinerar vates tirones.

 Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia; 
pues ructas viscerable cacoquimia

 farmacopolorando como mumia,
si estomacabundancia das tan nimia
metamorfoseando el Arcadumia.


miércoles, 19 de julio de 2017

Vesania zahorí. Un apunte




  Pedro Marqués de Armas 

 La génesis de “Vesania zahorí”, los doce extravagantes sonetos con que José Zacarías Tallet anunciaba en 1921, a modo de parodia, el agotamiento del modernismo, la ha explicado el propio Tallet en dos escritos suyos que solo se conocerían ampliamente en 1979. 

 He dejado en entradas anteriores fragmentos de ambos textos, “Yo poeta” y “Autobiografía”, así como el soneto que da comienzo al cuaderno en cuestión, el titulado “Confiteor feérico”.

 Tal como el autor de La semilla estéril expresa, “Vesania zahorí” fue un juego, un ejercicio de exhibicionismo fonético con el que solo pretendía divertirse, tomándole el pelo al columnista de El Mundo, Billiken, quien por entonces arremetía patético contra algunos posmodernistas.

 Tallet lleva al límite el estilo ya de por sí liminal de la “Tertulia lunática” del uruguayo Herrera y Reissig. A un registro enigmático y exaltado, pero conseguido, responde con una sarta de jerigonzas burlescas, de matices lúbricos, firmadas por un tal Dante Chateaubriand Fernández. 

 Quiso, en correspondencia con recuerdos de su adolescencia, y acaso para asegurarse de que aquella broma fuera tomada como tal, apelar a un “precursor inconsciente”. Fue así que dedicó los alejandrinos al célebre poeta matancero Seboruco, al que conociera en la década de 1910, si bien se limitó a citar las iniciales de su nombre: A. H. A.  Como el libro en su conjunto, tal clave solo podía estar destinada a un grupo de poetas y pintores amigos.

 “Vesania zahorí” pudo perderse para siempre, por lo que integraría hoy ese catálogo siempre extensible de “pérdidas cubanas”. El manuscrito mecanografiado se extravió en manos del periodista español Manuel Aznar, y Tallet tuvo que reconstruir de memoria los sonetos, salvando algunos íntegramente y otros en parte, respecto al original.

 No se publicaron hasta 2007, a ocho décadas de creados, cuando Fernando Carr Parúas los incluye en el capítulo “De una broma a la fama”, de su enjundioso Cosas jocosas en poesía y prosa de José Zacarías Tallet; más tarde, en 2014, Alfredo Zaldívar los incorpora a su recopilación de poemas de Seboruco, Con mucha melancolía

 No existe aún, sin embargo, edición propia del cuaderno, a pesar de tratarse de una de las piezas más significativas de la poesía cubana, sobre todo, por su contraste con una tradición predominantemente seria y, a menudo, abismada en la falsa excelencia.  

 Tallet siempre supo, y así lo confesó, que aquellos estrafalarios sonetos abrieron el camino hacia su obra poética, la que se fragua a partir de 1923. 

 Tal vez la poesía “narrativa” más eficaz del tránsito hacia las vanguardias, toda ella inversión jocosa, aunque a ratos enfática, de los valores modernistas, en pos de un “principio de realidad” por el que más de una vez fue calificada de anti-poesía. 

 Leyendo desde la perspectiva actual estos sonetos, no puede uno sino inscribirlos en cierta tradición hispánica del disparate, pero también, y esto es clave, dentro de una retórica de la locura que destaca, paradójicamente, por su consciencia, esto es, por el intento de expresar, mediante un juego, algo que se sabe “inconfesable”. 

 En esa dirección apunta el título: demencia, frenesí, pero también perspicacia, clarividencia. 

 “Vesania” no solo parodia el estilo y el ritmo modernistas, sino que extrema esa parodia al tomar la “Tertulia Lunática” como referente, y al colocar a Seboruco en el pórtico. Si Lezama señala un parecido entre la “Tertulia” y “La Ronda” de Zequeira, por lo que tienen ambas de alucinadas, cabe también indicar lo que estos sonetos subvierten y, secretamente, controlan.

 La lista es larga y bastaría mencionar algunos lugares: el ingenuo orientalismo de “En la Hamaca” de Tejera, el satanismo desbordado de las “Excéntricas” de Byrne, buena parte del culto pictórico y formal –en última instancia, culto al sentido- propugnado por los posmodernistas, y tentativas como La Ruta de Bagdad, de Regino Pedroso, y esa inmersión en un rococó nacional que es el cansino La Zafra, de Agustín Acosta.

 Verdad que se trata, en el caso de los últimos, de libros posteriores, pero son justamente ellos los que indican el agotamiento del modernismo en Cuba. 

 El mismo año de “Vesania”, por fin Boti daba un giro a su escritura con El mar y la montaña, claro primer indicio de vanguardia. 

 Súmense las efusiones del “perdulario” Barba Jacob, y la falta, en ese justo momento, de un horizonte profano que asomaría solo con el segundo Martínez Villena, el malogrado autor de “Canción del sainete póstumo” (1923).

 No fue la última vez que Tallet parodió a Herrera y Reissig, a quien debe, claro está, la “revelación” del límite al que había llegado la producción de sentido, límite que era necesario “delatar” apelando al juego con los significantes y sometiendo todo exceso, toda locura metafórica (incluso una locura genial como la de "Tertulia"), a la prueba de la parodia. 

 Veamos, por ejemplo, su décima “Palabra vesánica”, donde la referencia al “precursor” Seboruco se instala en el último verso.

 Noche de ronda fañuca
 y de heterodoxos bretes
 noche de los peperetes,
 lóbrega noche fañuca.
 Escolopendra cayuca
 repleta gozosa y senil
 y la viuda de un mandril
 patidifuso y sarniento
 delira con triste acento:
 “sale el toro del toril”.

 Tallet siempre se proclamó “el más loco de los locos”, a la vez que padeció el conflicto de postergar la publicación de su obra y el todavía más acentuado de sentirse un “poeta vergonzante”. 

 El humor de buena parte de su poesía, y el de “Vesania zahorí” en particular, tiene en el soneto de Quevedo, “Al estilo de Góngora”, su antecedente más resuelto. Desde luego, caben en esta genealogía pedazos de Zequeira, la “Camelania espelucífica” de Pérez Zúñiga, y las holgadas cuartetas del vate matancero. 


lunes, 17 de julio de 2017

Confiteor feérico



 José Zacarías Tallet


 Crematuros y sádicos tus labios geniofobos,
Exorna de tu semiperfil crisoberilo,
Cual folias fardedeantes de rútilo mitilo,
Violaron mi mentario con cítricos eufobos.

 Un agrupelamiento de zigzagueantes lobos,
Se inipició impoluto como lilial batilo,
Y demascial mandoble de truculento filo
Ultratumbó mi psiquis en fétidos arrobos.

 Tremé pleto de podre miliunanochescante,
La interna de mi lumen flameó beleorillante,
Se espertriscopió Marte, etéreo y lotófago.

 Mientras tus perloturgos dedos perfirogénitos
Ecumenaron jámblicos ritos urinogénicos
Al violonceleante compás de un ritmo vago.


 Soneto inicial de “Vesania zahorí” (1921).

jueves, 13 de julio de 2017

Nota al pie para Piñera y Seboruco

  


  Cintio Vitier


 Flora, te voy a acompañar hasta tu última morada.
 Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado. *

 Esta aguda captación de un aspecto amargo y mágico de lo cubano, se me asocia de modo involuntario, y sin el menor propósito de establecer “fuentes”, con la “Ballade des damas du temps jadis” de François Villon:

  Dictes moy où, n `en quel pays,
  est Flora la belle Rommaine…
 
  La royne Blanche comme lis
  qui chantoit à voix de seraine,
  Berte au gran pié…,

  y con unos versos del extraño poeta desequilibrado Antonio Alemán, Seboruco, que fue personaje popular en Matanzas a principios del siglo. Recuerdo haber oído a Piñera decir estos versos de Seboruco, como descubriendo en ellos una secreta, oscura intuición:

  El sol alumbra de día,
  la luna alumbra de noche.
  Cuatro ruedas tiene un coche
  con mucha melancolía.


 Lo cubano en la poesía [ed. 1970], p. 483. 


lunes, 10 de julio de 2017

Seboruco precursor




 José Zacarías Tallet 

 Habiendo devorado a Herrera Reissig, se me ocurrió darle una broma al purista –luego compañero y amigo mío cuando, en 1926, ingresó en la redacción de El Mundo, Félix Callejas (Billiken), parodiando cierta manera del mencionado poeta uruguayo, doce sonetos en versos alejandrino, disparatados, pero bien medido y rimados, y con el consiguiente y musical ritmo poético. 

 Los mecanografié esmeradamente y José Manuel Acosta, mi fraterno amigo y más íntimo camarada, aficionado al dibujo y la pintura como yo a la poesía, los ilustró con admirables bocetos ad hoc e hizo al cuaderno una magnífica portada en colores a la aguada. Lo aderezamos con elegante cordón de seda roja como Dios nos dio a entender, y me dispuse a enviarlo a Billiken, pidiéndose su opinión sobre aquellos versos a los que di por título “Vesania zahorí” y por subtítulo Versificaciones mixtificantes. Aparecía como su autor Dante Chateaubriand Fernández y estaban dedicados a: “A A.H.A., precursor inconsciente. A. H. A. era Antonio Hernández Alemán, el popular rapsoda matancero del disparate, más conocido por Seboruco a quien, entre otros del mismo jaez, se le atribuían estos versos: “Calamar, calamar / sal del mar / ¿Ya saliste? / Vuelve a entrar / que el toro embiste.” 

 La carta rimbombante con que pensaba enviar los versos a Félix Callejas, que en esto no me ha flaqueado la memoria –porque la tal carta se perdió-, comenzaba diciendo: “Maestro: Tal vez tocado de semilunático temerarismo, heme atrevido a coleguizar con usted, dando a luz mis más cara lucubraciones estéticas que debí haber forzado con adamantina volición a un quietismo incógnito en las más sinuosas reconditeces de mis órganos cogitatorios.” ¿Qué les parece? 

 Para muestra de lo que eran aquellos versos, he aquí un soneto de los que integraban la “Vesania zahorí”.

 Biobalzaciceme en hospedomos clásicos
 esplinizado en fútil lasitud anodina;
 letalicé mi espíritu en abyecta sentina,
 escorial nauseabundo de residuos diastásicos.

 Un anonadamiento de mis principios básicos,
 tarambaneando en rancia batahola supina,
 entre cirrucidades de niebla ultraopalina
 anacronismisome a los milenios triásicos.

 Evidencié asquizado fangosos bovarismos,
 nepentearon en torno de mí, perogrulladas,
 actoré en niquelarios sórdidos cataclismos,

 hasta que mis madrinas protejodientes hadas,
 latinizaron férvida música de Dinorah,
 sopraneando en mi tímpano: “Periculum in mora.” 

 Pero ni el soneto ni la carta llegaron al columnista de El Mundo. Empezaron a correr aquellos de mano en mano entre íntimos amigos, y en tanto ocurrió un acontecimiento que iba a ser, aunque yo no podía ni remotamente sospecharlo, el turning point, el punto decisivo en mi –llamémosla así- “carrera literaria”. Un amigo mío, Hermenegildo Hernández, ya difunto, diletante de las letras, amigo también de José Antonio Fernández de Castro, y conocedor de “Vesania zahorí” y acaso de algún que otro esbozo de ulteriores poemas serios que garrapateé por entonces, nos presentó. José Antonio, tan generoso de su amistad, me la brindó plenamente. Se entusiasmó con la “Vesania” y con aquellos bocetos serios que, ante su acogida cordial y sincera me atreví tímidamente a mostrarle; y me proclamó poeta de tomo y lomo. Me llevó a las tertulias de la revista El Fígaro y conmigo a mi inseparable José Manuel Acosta –se me olvidaba decir que era hermano menor de Agustín, a quien, mediante él conocí- y nos presentó a Rubén Martínez Villena, a Enrique Serpa y a otros jóvenes intelectuales de la antigua tertulia del Teatro Martí a las que yo nunca concurrí. La “vesania” siguió corriendo de mano en mano, ahora de “intelectuales”, hasta que fue a parar a las del periodista español Manuel Aznar que vivía en esa época en La Habana, donde era director de El País. Aznar se quedó con el cuaderno y al marcharse para España más adelante se lo llevó como una curiosidad. A pura memoria hube de reconstruir posteriormente, a petición de mi hijo, los ya “famosos” sonetos, pues no dejé ni copia, aunque sí debe de haber por ahí alguien que guarde una de illo tempore. Me introduje, pues, en los círculos literarios por la puerta excusada de unas imitaciones extravagantes de un gran poeta. 

 Fragmento de “Yo poeta…”, en José Zacarías Tallet. Poesía y Prosa, Editorial Letras Cubanas, 1979, 402-03. 

 Trabajando con Portuondo, en mis ratos de ocio, compuse en la propia oficina unos sonetos disparatados, parodiando a cierto lenguaje de Herrera Reissig. (El primero que hice lo leyó Agustín Acosta al educador don Eduardo Meireles, diciéndole que era de Herrera y Reissig. Don Eduardo se escandalizó y acabó por rechazar aquella paternidad al ver que en el soneto se empleaba la palabra “agrupelamiento”, el conocido barbarismo cubano.) Era una colección de doce sonetos, titulada “Vesania zahorí”, por Dante Chateaubriand Fernández. Bien mecanografiados fueron todos ilustrados por José Manuel Costa, y llevaba una portada en colores. El cuaderno estaba dedicado a “A.H.A, precursor inconsciente”, es decir, a Antonio Hernández Alemán, el disparatado bardo que Matanzas conocía por Seboruco. El propósito de aquellos versos era tomarle el pelo al periodista y poeta Billiken (Félix Callejas) que en su sección “Arreglando el Mundo” arremetiera contra modernas formas poéticas. Acompañaba a los versos una carta cuyo primer párrafo recuerdo. Decía así: “Maestro: Tal vez tocado de semilunático temerarismo, heme atrevido a coleguizar con usted, dando a luz mis más cara lucubraciones estéticas que debí haber forzado con adamantina volición a un quietismo incógnito en las más sinuosas reconditeces de mis órganos cogitatorios.” Pero ni versos ni carta fueron enviado a Billiken. Algo más adelante el cuaderno hizo furor entre los que iban pronto a ser mis amigos literarios y perdí el original que se llevaría para España, como una curiosidad, el periodista que vivió y trabajó en Cuba, don Manuel Aznar. Yo no tenía copia, aunque por ahí alguien hizo alguna. Después he reconstruido los que no recordaba íntegros. Algunos de los que hoy conservo son iguales a los primitivos. Otros parcialmente, no más…”. 

 Fragmento de "Autobiografía”, en José Zacarías Tallet. Poesía y Prosa, Editorial Letras Cubanas, 1979.