viernes, 27 de marzo de 2026

Carlos Drummond de Andrade: Cinco poemas

 

 

Poema de siete caras

  

Carlos Drummond de Andrade

 

Cuando nací, un ángel tuerto

de esos que viven en la sombra dijo:

¡Arriba, Carlos! Sé un inútil de la vida.

 

Las casas espían a los hombres

que corren detrás de las mujeres.

Si no hubiera tantos deseos,

la tarde tal vez fuera azul.

 

El tranvía pasa lleno de piernas:

piernas blancas negras amarillas.

Para qué tanta pierna, Dios mío,

pregunta mi corazón.

Sin embargo mis ojos

no preguntan nada.

 

El hombre tras el bigote es serio,

simple y fuerte.

Casi no habla.

Tiene pocos, raros amigos

el hombre tras los espejuelos y el bigote.

 

Dios mío, por qué me abandonaste

si sabías que yo no era Dios

si sabías que yo era un flojo.

 

Mundo mundo vasto mundo,

si me llamara Raimundo

sería una rima, no sería una solución.

Mundo mundo vasto mundo,

más vasto es mi corazón.

 

No debería decírtelo

pero esa luna

esa copita de cognac

lo ponen a uno como un diablo.

 

Poema das sete caras

 

Quando nasci, um anjo torto

desses que vivem na sombra

disse: Vai, Carlos! ser gauche na vida.

 

As casas espiam os homens

que correm atrás de mulheres.

A tarde talvez fosse azul,

não houvesse tantos desejos.

 

O bonde passa cheio de pernas:

pernas brancas pretas amarelas.

Para que tanta perna, meu Deus,

pergunta meu coração.

Porém meus olhos

não perguntam nada.

 

O homem atrás do bigode

é sério, simples e forte.

Quase não conversa.

Tem poucos, raros amigos

o homem atrás dos óculos e do bigode.

 

Meu Deus, por que me abandonaste

se sabias que eu não era Deus

se sabias que eu era fraco.

 

Mundo mundo vasto mundo,

se eu me chamasse Raimundo

seria uma rima, não seria uma solução.

Mundo mundo vasto mundo,

mais vasto é meu coração.

 

Eu não devia te dizer

mas essa lua

mas esse conhaque

botam a gente comovido como o diabo.

 

Iniciación amorosa

 

La hamaca entre dos matas de mangos

se balanceaba en el mundo profundo.

El día era ardiente, sin viento.

El sol allá arriba,

las hojas en medio,

el día era ardiente.

 

Y como no tenía nada que hacer,

me la pasaba mirando las piernas morenas de la lavandera.

 

Un día se acercó a la hamaca,

se enroscó en mis brazos,

me dio un abrazo,

apretándome con sus tetas

ahora solo mías.


La hamaca se volcó,

el mundo se hundió.

 

Me fui directo a la cama,

40 grados de fiebre.

Una lavandera inmensa, con dos tetas inmensas, 

                giraba en el espacio verde.

 

Iniciação Amorosa

 

A rede entre duas mangueiras

balançava no mundo profundo.

O dia era quente, sem vento.

O sol lá em cima,

as folhas no meio,

o dia era quente.

 

E como eu não tinha nada que fazer vivia namorando

as pernas morenas da lavadeira.

 

Um dia ela veio para a rede,

se enroscou nos meus braços,

me deu um abraço,

me deu as maminhas

que eram só minhas.

 

A rede virou,

o mundo afundou.

 

Depois fui para a cama

febre 40 graus febre.

Uma lavadeira imensa, com duas tetas imensas, 

                              girava no espaço verde.

 

 

Registro civil

 

Ella recogía margaritas

cuando yo pasé. Las margaritas eran

los corazones de sus enamorados,

que después se transformaban en ostras

que engullía en grupos de diez.

Los teléfonos gritaban Dulce,

Rosa, Leonora, Carmen, Beatriz.

Pero Dulce había muerto

y las demás se bañaban en Ostende

bajo un sol neutro.

Las ciudades perdían los nombres

que un funcionario con un pájaro en el hombro

iba archivando en un libro de versos.

En la última de ellas, Sodoma,

quedaba una luz encendida

que un ángel sopló.

Y en la tierra

solo yo oía el rumor,

blando, de las ostras que se deslizaban,

por la implacable garganta.

 

Registro civil

 

Ela colhia margaridas

quando eu passei. As margaridas eram

os corações de seus namorados,

que depois se transformaram em ostras

e ela engolia em grupos de dez.

Os telefones gritavam Dulce,

Rosa, Leonora, Carmen, Beatriz.

Porém Dulce havia morrido

e as demais banhavam-se em Ostende

sob um sol neutro.

As cidades perdiam os nomes

que o funcionário com um pássaro no ombro

ia guardando no livro de versos.

Na última delas, Sodoma,

restava uma luz acesa

que o anjo soprou.

E na terra

eu só ouvia o rumor

brando, de ostras que deslizavam,

pela garganta implacável.

 

Congreso Internacional del miedo

 

Provisoriamente no cantaremos el amor,

que se refugió más abajo de los subterráneos.

Cantaremos el miedo, que esteriliza los abrazos,

no cantaremos el odio porque no existe,

existe apenas el miedo, nuestro padre y nuestro compañero,

el miedo grande de los sertones, el miedo de los mares, 

          el miedo de los desiertos,

el miedo de los soldados, el miedo de las madres, 

                          el miedo de las iglesias,

cantaremos el miedo de los dictadores, 

          el miedo de los demócratas,

cantaremos el miedo de la muerte 

             y el miedo de después de la muerte,

después nos moriremos de miedo

y sobre nuestras tumbas nacerán flores amarillas 

                                  y temerosas.

 

Congreso internacional del miedo

 

Provisoriamente não cantaremos o amor,

que se refugiou mais abaixo dos subterrâneos.

Cantaremos o medo, que esteriliza os abraços,

não cantaremos o ódio porque esse não existe,

existe apenas o medo, nosso pai e nosso companheiro,

o medo grande dos sertões, dos mares, dos desertos,

o medo dos soldados, o medo das mães, o medo das igrejas,

cantaremos o medo dos ditadores, o medo dos democratas,

cantaremos o medo da morte e o medo de depois da morte,

depois morreremos de medo

e sobre nossos túmulos nascerão flores amarelas 

                                                                   e medrosas.

  

Los muertos

 

En la intimidad ambigua

que nos conceden

podemos andar desnudos

delante de sus retratos.

No reprueban ni sonríen

como si en ellos la desnudez fuese mayor.

 

Os mortos

 

Na ambígua intimidade

que nos concedem

podemos andar nus

diante de seus retratos.

Não reprovam nem sorriem

como se neles a nudez fosse maior.

 


Versiones: Pedro Marqués de Armas


jueves, 26 de marzo de 2026

A un joven



  Carlos Drummond de Andrade


  Estimado Alipio:

  Ayer por la noche, al salir usted de mi departamento, adonde vino en busca de sabiduría griega y sólo encontró un coñac y un gato llamado Crispín, decidí pasar por escrito lo que le dijera. ¿Lección de escepticismo? No. Eso uno lo aprende solo. La única cosa que se puede remotamente concluir de lo que conversamos es: no vale la pena practicar la literatura, si ella contribuye a agravar la falta de caridad que traemos desde la cuna.

 Por eso, y porque no adelantaría nada, no le doy consejos. Le doy anticonsejos, hijo mío. Y si lo llamo hijo perdone: es costumbre de la gente madura. Podría llamarle hermano, tan semejante somos, a pesar del tiempo y de los pormenores físicos: ambos cultivamos lo real ilusorio, que es un bien y un mal para el alma. Poco queda por hacer cuando no nacemos para los negocios ni para la política ni para el oficio de las armas. Nuestro negocio es la contemplación de la nube. Que por lo menos ello no nos torne demasiado antipáticos a los ojos de los coetáneos absorbidos por preocupaciones más seculares. Recoja pues estos apuntes. Alipio, y sepa que lo estimo:

I. Sólo escriba cuando del todo no pueda dejar de hacerlo. Y siempre se puede dejar.

II. Al escribir, no piense que va a derribar las puertas del misterio. No derribará nada. Los mejores escritores consiguen apenas reforzarlo, y no exija de sí tamaña proeza.

III. Si permanece indeciso entre dos adjetivos, deje fuera ambos, y use el sustantivo.

IV. No crea en la originalidad, está claro. Pero no vaya a creer tampoco en la banalidad, que es la originalidad de todo el mundo.

V. Lea mucho y olvide lo más que pueda.

VI. Anote las ideas que tenga en la calle, para evitar desarrollarlas. La casualidad es mal consejero.

VII. No se sienta orgulloso si le dicen que su nuevo libro es mejor que el anterior. Quiere decir que el anterior no era bueno.

VIII. Pero si le dicen que su nuevo libro es peor que el anterior, puede ser que le digan la verdad.

IX. No responda a los ataques de quien no tiene categoría literaria: sería perder el tiempo. Y si el atacante tuviera categoría, no ataque, pues tiene otras cosas que hacer.

X. ¿Cree que su infancia fue maravillosa y merece ser recordada en todo momento en sus escritos? Sus compañeros de infancia ahí están, y tienen opinión diferente.

XI. No salude con humildad al escritor famoso, ni al escritor oscuro con soberbia. A veces ninguno de ellos vale nada, y en la duda lo mejor es ser atento para con el prójimo, incluso si se trata de un escritor.

XII. El portero de su edificio probablemente ignora la existencia, en el inmueble, de un escritor excepcional. No juzgue por eso que todos los asalariados modestos sean insensibles a la literatura, ni que haya obligatoriamente escritores excepcionales en todos los edificios.

XIII. No saque copias de sus cartas, pensando en el futuro. El fuego, la humedad y las polillas pueden inutilizar su cautela. Es más simple confiar en la falta de método de esos tres críticos literarios.

  

                                                         II

 

Aquí le mando, joven Alipio, otras grageas de supuesta sabiduría, para completar así la instrucción que le suministré.

XIV. Procure hacer que su talento no ofenda el de sus compañeros. Todos tienen derecho a presumir genialidad exclusiva.

XV. Haga fichas de lectura. Las papelerías aprecian ese hábito. Las fichas absorberán su exceso de vitalidad y, no usadas, son inofensivas.

XVI. Si siente propensión hacia el gang literario, instálese en el seno de su generación y ataque. No hay policía para ese género de actividad. El castigo son sus compañeros y luego el tedio.

XVII. No se juzgue más honesto que su amigo porque sabe identificar un elogio falso, y él no. Tal vez usted sea apenas más duro de corazón.

XVIII. Evite disputar premios literarios. Lo peor que puede suceder es que los gane, otorgado por jueces a los que usted y su sentido crítico jamás premiarían.

XIX. Su vanidad asume formas tan sutiles que llega a confundirse con la modestia. Haga una prueba: proceda conscientemente como vanidoso, y verá cómo se siente.

XX. Sea más tolerante con el fanfarronismo de su amigo; casi siempre esconde una deficiencia, y sólo impresiona a otros fanfarrones.

XXI. En cuanto a su propio fanfarronismo, éste se enfriará si usted observa que, en la hipótesis más cristalina, es objeto de tolerancia ajena.

XXII. Antes de reproducir en la solapa de su libro la opinión del cofrade, piense, primero, que él no autorizó su divulgación; segundo, que la opinión puede ser mera cortesía; tercero, que usted no admira tanto a su cofrade.

XXIII. Procure ser justo con los otros; si fuera muy difícil, bondadoso; en el peor de los casos, elusivo.

XXIV. Opinión duradera es la que se mantiene válida por tres meses. No exija mayor coherencia de los otros ni se sienta obligado intelectualmente a tanto. Y proceda a la revisión periódica de sus admiradores.

XXV. Procure no mentir, a no ser en los casos indicados por la cortesía o por la misericordia. Es arte que exige gran refinamiento, y usted será recibido allí dentro de diez años, si llega a ser famoso; y si no llega, no habrá valido la pena.

XXVI. Déjese fotografiar con placer, sin llamar a los fotógrafos; no rechace dar autógrafos i se mortifique si no se los piden. Homero no dejó cartas ni retratos, Baudelaire dejó unos y otros. Lo esencial sucede con otros papeles.

XXVII. Usted tiene un diario para explicarse: ¿se encuentra tan confundido? Para justificarse: ¿su conciencia anda medio turbia? Para proyectarse en el futuro: ¿se juzga tan extraordinario?

XXVIII. Trate a las corporaciones con cortesía, pues algún día puede ingresar en una; con indiferencia, pues lo más probable es no ingresar nunca.

XIX. Aplíquese a no sufrir con el éxito de su compañero, incluso admitiendo que él sufra por el suyo. Por egoísmo, ahórrese cualquier especie de sufrimiento.

XXX. Una buena combinación moral es la del orgullo y la humildad; ésta nos absuelve de nuestras flaquezas, aquél nos impide caer en otras. En cuanto a los santos escritores, es de suponer que fueran canonizados a pesar de su condición literaria.

XXXI. Sea discreto. Es lo más cómodo.

 

 

Traducción: Inti García Santamaría

 

El poeta y su trabajo / 17 –otoño 2004.


martes, 24 de marzo de 2026

Ferreira Gullar: cinco poemas

 


Fotografía de Mallarmé

 

es una foto

premeditada

como un crimen

 

basta

reparar en el arreglo

de las ropas los cabellos

la barba todo

adrede preparado

-un gesto y la manta

acomodada sobre

los hombros

caerá-

especialmente la mano

con la pluma

detenida encima de la hoja

en blanco: todo

a la espera

de la eternidad

 

se sabe

tras el clic

la escena se deshace en la

calle Roma la vida volvió

a fluir imperfecta

pero

eso no lo captó la foto

que la foto

es la pose la suspensión

del tiempo

ahora

meras manchas

en el papel raso

 

si bien

tu mirada

encuentra la de él

(Mallarmé) que

allí

desde el fondo

de la muerte

mira

 

Gallo gallo

 

El gallo

quieto en el zaguán.

 

Gallo gallo

de cresta alarmante, guerrero,

medieval.

 

De córneo pico y

espolones, armado

contra la muerte,

pasea.

 

Mide los pasos. Se detiene.

Inclina la cabeza coronada

dentro del silencio.

¿Qué hago entre cosas?

¿de qué me defiendo?

 

Anda

en el zaguán.

El cemento olvida

su último paso.

 

Gallo: las plumas

que florecen de la carne silenciosa

y el duro pico y las uñas y el ojo

sin amor. Grave

solidez.

¿En qué se apoya

tal arquitectura?

 

¿Sabrá que, en el centro

de su cuerpo, un grito

se elabora?

 

¿Cómo contener, sin embargo,

una vez concluido,

el canto obligatorio?

 

He ahí que bate las alas, va

a morir, tuerce el pescuezo vertiginoso

donde el canto escarlata fluye.

 

Pero la piedra, la tarde,

el propio gallo feroz

subsisten al grito.

 

Se ve: el canto es inútil.

 

El gallo permanece -pese

a todo y su porte marcial-

solo, desamparado,

en un zaguán del mundo.

¡Pobre ave guerrera!

 

Otro grito crece

ahora en el sigilo

de su cuerpo; grito

que, sin esas plumas

y espolones y cresta

y sobre todo sin esa mirada

de odio,

no sería tan ronco

y sangriento.

 

Grito: fruto oscuro

y extremo de ese árbol: gallo.

Pero que, fuera de él,

es mero complemento de auroras.

 

 

Playa del Caju

 

Escucha:

lo que pasó pasó

y no hay fuerza capaz

de cambiar eso.

 

En esta tarde de asueto, puedes,

si quisieras, recordar.

Pero nada encenderá de nuevo

el fuego

que en la carne de las horas se perdió.

 

¡Ah, se perdió!

En las aguas de la piscina se perdió

bajo las hojas de la tarde

en las voces conversando en la baranda

en la sonrisa de Marilia en el rojo

para-sol olvidado en la acera.

 

Lo que pasó pasó, y muy a pesar,

vuelves a las viejas calles en su búsqueda.

Aquí están las casas, la amarilla,

la blanca, la de azulejo, y el sol

que en ellas quema es el mismo

sol

que no cambió el Universo en estos veinte años.

 

Caminas en el pasado y en el presente.

Aquella puerta, el batiente de piedra,

el cemento de la acera, hasta la grieta del cemento. 

                          No sabes ya

si recuerdas, si descubres.

Y con sorpresa ves el poste, el muro,

la esquina, el gato en la ventana,

en sollozos casi te preguntas

dónde está el niño

igual a aquel que cruza la calle ahora,

menudo sí, moreno.

      Si todo continúa, la puerta

la acera la terraza,

¿dónde está el niño que también

estuvo aquí? ¿aquí en esta acera

se sentó?

 

Y llegas al malecón. El sol es caliente

como era, a esta hora. Allá abajo

el lodo apesta igual, la poza de agua negra

la misma agua el mismo

buitre posado al lado la misma

lata vieja que se oxida.

Entre dos brazos de agua

esplende la corona del Añil. Y en la intensa

claridad, como sombra,

surge el niño corriendo

sobre la arena. Es él, sí,

gritas tu nombre: “¡Zeca,

Zeca!”

          Pero la distancia es vasta

tan vasta que ninguna voz alcanza.

 

Lo que pasó pasó.

Jamás encenderás de nuevo

el fuego

del tiempo que se apagó.

 

Muerte de Clarice Lispector

  

Mientras te enterraban en el cementerio judío

de Caju

(el soterrado resplandor de tu mirada

resistiendo aún)

el taxi recorría conmigo la orilla de la Lagoa

en dirección a Botafogo

Y las piedras y las nubes y los árboles

en el viento

mostraban alegremente

que no dependen de nosotros

 

Mi padre

 

mi padre fue

a Río a tratarse

de un cáncer (que

lo mataría) pero

perdió los espejuelos

en el viaje

 

cuando le llevé

los espejuelos nuevos

comprados en la Óptica

Fluminense él

examinó el estuche con

el nombre de la tienda dobló

la factura la guardó

en el bolsillo y habló:

quiero ver

ahora quién es el

el cabrón que va a decir

que yo nunca estuve

en Río de Janeiro



Versiones: Pedro  Marqués de Armas



sábado, 21 de marzo de 2026

Mario Quintana: cinco poemas

 

Mario Quintana 


El extraño caso de Mister Wong


Además del controlado Dr. Jekyll

y del irrefrenable Mister Hyde,

hay también un chino dentro de nosotros:

Mister Wong.

Ni bueno, ni malo:

simplemente gratuito.

 

Entremos, por ejemplo, a este teatro.

Tomemos este palco.

Pues bien, mientras el Dr. Jekyll,

muy convencido, es todo oídos,

y Mister Hyde arriesga un ojo y el alma

en el escote de la señora de al lado,

nuestro Mister Wong, descansadamente,

se pone a contar las calvas de la platea...

 

¿Otros ejemplos?

Procúrelos en sí mismo, ahora mismo.

No pierda tiempo.

¡Cultive su Mister Wong!

  

O estranho caso de Mister Wong

 

Além do controlado Dr. Jekyll

e do desrecalcado Mister Hyde,

há também um chinês dentro de nós:

Mister Wong.

Nem bom, nem mau: gratuito.

 

Entremos, por exemplo, neste teatro.

Tomemos este camarote.

Pois bem, enquanto o Dr. Jekyll,

muito compenetrado, é todo ouvidos,

e Mister Hyde arrisca um olho e a alma no

decote da senhora vizinha,

o nosso Mister Wong, descansadamente,

põe-se a contar carecas na platéia…

 

Outros exemplos?

Procure-os o senhor em si mesmo, agora mesmo.

Não perca tempo.

Cultive o seu Mister Wong!

  

Objetos perdidos


Los paraguas perdidos… ¿A dónde van a parar los paraguas perdidos? ¿Y los botones que se descosieron? ¿Y los portafolios, los estuches de gafas, las maletas olvidadas en las estaciones, las dentaduras postizas, las bolsas de compras, los pañuelos desechables, a dónde van a parar todos esos objetos heteróclitos y tristes? ¿No lo sabes? Van a parar a los anillos de Saturno, son ellos los que forman, girando eternamente, los extraños anillos de ese planeta misterioso y amigo.

 

Objetos perdidos 


Os guarda-chuvas perdidos... aonde vão parar os guarda-chuvas perdidos? E os botões que se desprenderam? E as pastas de papéis, os estojos de pince-nez, as maletas esquecidas nas gares, as dentaduras postiças, os pacotes de compras, os lenços com pequenas economias, aonde vão parar todos esses objetos heteróclitos e tristes? Não sabes? Vão parar nos anéis de Saturno, são eles que formam, eternamente girando, os estranhos anéis desse planeta misterioso e amigo.

  

Alegría

 

No esa alegría fácil de los cabritos monteses

ni la de los trompos bailoteando

sino

una alegría sin sonajeros ni panderetas…

Esa es la que quería:

la inmortal, la serena alegría que fulge 

                        en la mirada de los santos

ante la luminosa presencia de la muerte.

 

Alegria

 

Não essa alegria fácil dos cabritos monteses

Nem a dos piões regirando

Mas

Uma alegria sem guizos e sem panderetas…

Essa a que eu queria:

A imortal, a serena alegria que fulge 

                              no olhar dos santos

Ante a presença luminosa da morte!

 

¿Vendrá a tocar nuestra puerta?

 

Este tropel de cascos en la noche profunda

me llena de asombro, amigo...

pues ya no existen carros de tracción animal.

Seguro es la muerte en su carro fantasma

que está visitando a los enfermos por la ciudad...

¿Será ella? ¿Vendrá a tocar nuestra puerta?

Pero los fantasmas no tocan; 

                    lo atraviesan todo silenciosamente,

como atraviesan nuestras vidas...

La muerte es la cosa más antigua del mundo

y siempre llega puntualmente en la hora incierta…

¿Al final, qué más da?

¡Es ahora la única sorpresa que nos queda!

 

Virá bater à nossa porta?

 

Esse tropel de cascos na noite profunda

Me enche de espanto, amigo…

Pois agora não existem mais carros de tração animal.

É com certeza a morte no seu carro fantasma

Que anda a visitar seus doentes pela cidade…

Será ela? Virá acaso bater à nossa porta?

Mas os fantasmas não batem; 

                eles atravessam tudo silenciosamente,

Como atravessam nossas vidas…

A morte é a coisa mais antiga do mundo

E sempre chega pontualmente na hora incerta…

Que importa, afinal?

É agora a única surpresa que nos resta!

  

Éste y el otro lado

 

Tengo una gran curiosidad por el Otro Lado.

(¿qué habrá del Otro Lado, Dios mío?),

No es que tenga mucha prisa, no…

pues en este mundo hay hermosas panteras, 

                           nubes, mujeres bellas,

árboles de un verde espantosamente ecológico,

y allá —donde todo recomienza—

tal vez no llueva nunca

para poder quedarse uno en casa

con nostalgia de aquí.


Este y el otro lado

 

Tenho uma grande curiosidade do Outro Lado.

(Que haverá do Outro Lado, meu Deus?)

Mas também não tenho muita pressa…

Porque neste nosso mundo há belas panteras, 

                           nuvens, mulheres belas,

Árvores de um verde assustadoramente ecológico!

E lá - onde tudo recomeça -

Talvez não chova nunca,

Para a gente poder ficar em casa

Com saudades daqui…

 

Versiones: Pedro Marqués de Armas 


jueves, 19 de marzo de 2026

Poema de la estación de Astapovo

 

 

Mario Quintana


El viejo Lev Tolstoi huyó de casa a los ochenta años

y fue a morir a la estación de Astapovo.

Seguramente se sentó en un viejo banco

uno de esos viejos bancos abrillantados por el uso

que existen en las pequeñas estaciones del mundo

contra una pared desnuda.

Se sentó y sonrió amargamente

pensando que

de toda su vida

apenas quedaba la Gloria

esa ridícula matraca llena de cascabeles 

                            y cintas de colores

en las manos esclerosadas de un anciano decrépito.

Y entonces la Muerte 

al verlo tan solo a aquella hora en la estación desierta

consideró que él estaba allí a su espera

cuando solo se había sentado a descansar un poco.

La Muerte llegó en su antigua locomotora

(siempre llega puntualmente en la hora incierta…)

Aunque tal vez no pensó en nada de eso, el gran Viejo

y quién sabe si hasta murió feliz: él huyó…

él huyó de casa…

él huyó de casa a los ochenta años de edad…

¡No todos realizan los viejos sueños de la infancia!

 

Poema da Gare do Astapovo

 

O velho Leon Tolstoi fugiu de casa aos oitenta anos

E foi morrer na gare de Astapovo!

Com certeza sentou-se a um velho banco,

Um desses velhos bancos lustrosos pelo uso

Que existem em todas as estaçõezinhas pobres do mundo,

Contra uma parede nua...

Sentou-se... e sorriu amargamente

Pensando que

Em toda a sua vida

Apenas restava de seu a Glória,

Esse irrisório chocalho cheio de guizos e fitinhas

Coloridas

Nas mãos esclerosadas de um caduco!

E então a Morte,

Ao vê-lo sozinho àquela hora

Na estação deserta,

Julgou que ele estivesse ali à sua espera,

Quando apenas sentara para descansar um pouco!

A Morte chegou na sua antiga locomotiva

(Ela sempre chega pontualmente na hora incerta...)

Mas talvez não pensou em nada disso, o grande Velho,

E quem sabe se até não morreu feliz: ele fugiu...

Ele fugiu de casa...

Ele fugiu de casa aos oitenta anos de idade...

Não são todos os que realizam os velhos sonhos 

                                        da infância!


Versión: Pedro Marqués de Armas