domingo, 21 de junio de 2026

El regreso

       
 

 Calvert Casey                                                                                                         

                                                                           Mais essayez, essayez toujours...

                          J. P. Sartre.

                    Les jeux sont faits

                        (Última escena)


  ¿Cómo se llamaban esas cosas? ¿Actos fallidos? ¿Alienación del yo? Traducía mal los conceptos psicológicos a la moda, mal entendidos y peor digeridos, que había leído en inglés sin entenderlos mucho, más bien para impresionar a los demás. Pero ¿cuál, cuál, de los muchos actos que realizaba y que había realizado eran realmente actos naturales de su voluntad, actos auténticos que no respondían a la última lectura apresurada de libros de los que sólo había llegado a cortar las primeras páginas con el rico cortapapel de empuñadura inverosímil, a la conversación oída a medias, a la influencia del último conocimiento que trabara, a la última película vista? 

  De la gama total de actos posibles había recorrido una enorme variedad en sus cuarenta años de vida, pero ninguno tenía el menor viso de realidad. Todos se habían inscrito como sobre el lecho arenoso de un río de aguas vagas y tenían el mismo sabor desolado de la arena. 

  Era como si entre él y cada uno de sus actos, de los episodios de su vida, entre él y las gentes que conocía y que parecían tenerle cierto apego, se interpusiera un vacío del que hubieran extraído el aire, y él contemplara del lado de allá, enormemente lejanos, como objetos tumefactos a los pocos segundos de nacer, incapaz de cruzar la terrible barrera y tocarlos. 

  Y después de cada episodio -no admitían otro nombre- viajar, amar, odiar, trabajar, hablar, se quedaba inerte, un poco indestructible, como inviolado y entero, no consumado, no usado, dispuesto de nuevo a henchirse de posibilidades, como una virgen terca cuya virginidad se restaurara milagrosamente al final de cada noche de amor, el cráneo brilloso bajo los cabellos ya muy escasos, las sienes un poco grises, pero el rostro joven, extrañamente adolescente bajo el ralo mechón sin vida. 

   Las manos delataban su verdadera edad. Eran las manos de un hombre viejo, un poco nudosas, como ajadas por los mil actos sin vida y sin sangre, las mil caricias hechas al azar, por falta de otra cosa mejor. 

   «¡Pero hasta cuándo tendrás tú cara de adolescente!», le decían sus amigas, mujeres muy interesantes casi todas, de elegancia cansada y de amantes más cansados aún, que le envidiaban la eterna frescura de las mejillas. Con una había tenido amores, si bien muy precarios, con todas amores imaginarios.

   Su imaginación alcanzaba proporciones no vistas. Y era, se decía a sí mismo con dolorosa lucidez, su única, su auténtica, su verdadera vida. 

  Caminando por las calles, en la mesa, en la bañadera, después de dormir, leyendo durante horas con la mirada fija en una misma letra, hablando con las gentes sin hablarles, mirándolas sin mirarlas, en el teatro, donde las piezas se le quedaban a medio oír, oyendo música sin entenderla, trabajando sin trabajar: imaginaba. 

  Imaginaba que podía hablar con todos los seres humanos, de los que se sentía separado por aquel extraño vacío infranqueable. Compensaba el vacío imaginando que hablaba y era escuchado con viva atención y luego citado por todos e invitado a todas partes. Imaginaba que todos le miraban, que los adolescentes se le rendían. Era admirado y deseado por todos. Imaginaba una interminable conversación, brillante, cáustica y profunda, en la que sólo él participaba, y hablaba, hablaba a toda velocidad, con frases al mismo tiempo sosegadas e inteli gentes, plenas de ideas brillantes sobre la filosofía, el poeta o la novela de moda. 

  Sus episodios amorosos eran casi todos, si no imaginarios, sí altamente imaginativos. Hablaba apasionadamente a sus ídolos -casi siempre muy ocupados para verlo- les escribía cartas interminables, que nunca enviaba, imaginaba grandes escenas de transporte amoroso, de placer físico, de comunión anímica, que nunca pasaban a la realidad. Al irrumpir en imaginarios lugares sorprendía a sus amores de turno, castigándolos con una frase feliz y perdonándolos con una sonrisa cargada de comprensión. 

  Además, tenía la manía de creerse el hombre providencial que salvaba las situaciones más espinosas, conciliando pareceres, dirimiendo posibles guerras, rescatando países enteros del desastre. Su vida terminaba en un nimbo de ancianidad gloriosa y dorada, consultado por generaciones de prohombres en algún retiro apacible y oculto.

  Temía sobre todo a los sábados lívidos de aquella inmensa Nueva York donde vivía y adonde habían acudido otros millones como él; a los domingos vacíos con su terrible sabor a ceniza. 

  Esta sensación se agudizaba en los períodos de arrobo profundo con cada nuevo ídolo. Entonces sólo ellos y sus palabras tenían realidad. 

  Todo lo demás se teñía de un color impreciso, perdía contornos y lo rodeaba en un mundo doloroso en el que se arrastraba penosamente, acertando apenas a realizar los actos más necesarios para la vida, y a pronunciar las palabras más imprescindibles, apretándose el estómago con las manos en un gesto nervioso que le era habitual, hasta que el ídolo reaparecía y hablaba, y por unas horas su mundo tornaba a sosegarse, a reasumir su realidad. Cada nuevo huésped tenía el poder de derribar todo un universo de ideas, reales o prestadas, y actitudes. Al llegar Alejandro, tan deliciosamente ignorante de todo, tan maravillosamente contento y apacible en su ignorancia -y luego, tan centrado, tan seguro, tan inconmovible y sin problemas- todo un pasado de lecturas le avergonzó profundamente. ¡Ah, poder ser como Alejandro, poder ser Alejandro! 

  Desde el fondo tranquilo de sus ojos, Alejandro lo miraba a veces con curiosidad, preguntándose quién sería este extraño ser que le colmaba de regalos y le rehuía, que le escribía cartas muy raras y no exentas de cierta melancólica elegancia literaria, y le hablaba de la premonición y la intuición, asegurándole que lo sentía a través de la distancia. 

  Lo de la premonición le había quedado de otro ídolo, un argentino irascible y áspero, miembro exilado de algún grupo esotérico de Buenos Aires, que junto con un falso acento porteño le dejara un gran amor por autores espiritualistas que nunca tuvo tiempo de leer. La renunciación hinduista que tomara prestada del porteño se avenía muy bien con un tono elegante de cinismo que él creía de moda en Santiago y que adoptara entusiasmado de una amante chilena, y con un cierto regusto por las actitudes estoicas que previamente absorbiera de un griego. 

  A todos los imitaba fiel e irresistiblemente, copiaba sus gestos, sus palabras, sus malas o buenas costumbres, y no descansaba hasta haberse convertido en facsímil exacto de ellos, tratando al mismo tiempo de conservar la primera impresión de conquistador, de amante difícil y deseado que creía haberles causado. Por una palabra bondadosa los colmaba de regalos absurdos, les prometía la holganza a sus expensas para toda la eternidad, y más de uno, de aficiones parasitarias, le tomó la palabra. 

  Tenía unos pocos amigos, matrimonios jóvenes casi todos, en los que presentía la ternura, cuya vida envidiaba suponiéndole una proporción de felicidad que estaba muy lejos de ser la real, de los que recibía atenciones y a los que prestaba servicios cuyo valor exacto desconocía y que él realizaba en la misma actitud sonámbula con que se dirigía al trabajo todas las mañanas. Eran amigos que le estimaban, sin duda, un poco intrigados por la vida evasiva y fantasmal de aquel hombre que se aparecía cuando menos se le esperaba, después de largas ausencias, en que cada crisis, cada nueva pasión se delataba solamente por el recrudecimiento de una violenta tartamudez. 

  Porque para colmo era tartamudo. Este era su humilladero sumo, rastro doloroso de alguna tragedia oscura e ignorada de los primeros años. Esperaba angustiado el momento inevitable en que las gentes volverían el rostro para mirar obstinadamente a un punto aparentemente fascinante del suelo a fin de no ver el rostro convulso, contorsionado por la palabra que se empeñaba en no dejarse pronunciar. Pasado el mal momento, enrojecía y palidecía simultáneamente y para probar que el defecto era imaginario, que jamás, jamás, jamás existió, se lanzaba a una perorata rápida e intempestiva que sazonaba con frases brillantes, chistes y carcajadas inoportunas, hasta volver a tropezar con otra palabra desdichada que le producía nuevas convulsiones. Rojo de confusión y vergüenza, buscaba el refugio donde vivía, cerraba a cal y canto las ventanas, y aplicaba un fósforo al mechero de gas con que se calentaba, preguntándose melancólicamente si no era preferible dejar fluir el gas sin encender la llama. 

   Luego volvía a decirse que el mundo de su imaginación era el único digno de vivirse, reunía a su público de las grandes ocasiones, imaginaba las invariables situaciones tremendas, y hechizando a uno y conjurando otras, su vida adquiría nuevo sentido, su corazón se sosegaba y al escuchar los aplausos y recibir los emocionados apretones de mano, sentía las lágrimas rodarle por las mejillas y abrazaba a la humanidad entera en un inmenso abrazo, ferviente y compasivo. ¡Ah, la pobre, la triste, la desdichada humanidad! 

   Vivía, como tantos otros millones de seres en la enorme ciudad, completamente solo en un viejo apartamento desprovisto de calefacción, que era preciso calentar con gas o con carbón, y que cada mañana amanecía helado. El edificio era uno de muchos miles construidos el siglo anterior para familias obreras. Abandonados por generaciones más prósperas en busca de albergues más modernos, los edificios venidos a menos y semidestruidos estaban ocupados por señoras inmensamente ancianas, viudas que esperaban un cheque providencial de la beneficencia pública para sobrevivir, viejos que desempeñaban funciones de sereno en alguna fábrica en espera de la muerte, pianistas sin piano, violinistas sin violín, cantantes sin voz, en cuyas paredes alguna foto amarillenta recordaba un recital olvidado, actores sin trabajo, actrices sin papel, y por la enorme masa de gentes que arribaba a la ciudad desde las ciudades del interior del país, dotadas de algún pequeño talento que les había hecho abandonar la vida rutinaria y cómoda del pueblo natal y las condenaba a morir de soledad en los pequeños tabucos, saltando todas las mañanas de los lechos vacíos (o transitoriamente ocupados por algún transeúnte compasivo) para encender de prisa los quemadores de gas y desalojar el frío. 

  Ante la crisis universal de la vivienda, se había puesto de moda entre artistas, pseudoartistas y gente de mucha originalidad y pocos recursos, alquilar las pequeñas estancias y decorarlas caprichosamente hasta convertirlas en una curiosa mezcla de pobreza extrema y extravagancia inútil. La decoración seguía los gustos o aspiraciones, manifiestas u ocultas, de los moradores. De un corredor mugriento se pasaba a una salita adornada con primorosos espejos de marcos dorados. Un ojo surrealista contemplaba desde algún techo que filtraba la lluvia la vida tormentosa de los inquilinos de turno. Brillantes litografías de castillos franceses anunciaban que sus propietarios habían estado en Europa, y se encontraban muchas veces de vuelta. El olor a incienso que inundaba algunas noches los sucios corredores delataba las inclinaciones de los que meditaban en cuclillas, junto a las viejas cocinas siempre apagadas.

   Un mundo de gentes cuya aspiración suprema era estar de vuelta de todo, vivía, pared por medio, con un mundo de rezagados del siglo anterior, que no habían estado en ninguna parte. El tiempo transcurría sosegadamente con la soledad como único elemento común, y las viejas señoras, al subir entre ahogos y disneas los pedazos de leña con que encender sus viejas estufas, notaban poca diferencia entre los pálidos rostros de una generación de inquilinos originales y los pálidos rostros de la generación siguiente. 

  Su vecina inmediata había llegado soltera del centro de Europa en los remotos tiempos de Francisco José. Sus hijos habían nacido allí y allí la habían abandonado. La mujer le acogió con cálida simpatía cuando el matrimonio joven que le había cedido las reducidas estancias que llamaban apartamento decidió que sus filosofías eran incompatibles, y él se instaló, en pleno período japonés, con finísimos kimonos de seda amarilla y perfumada que deslumbraron a la buena señora, y frágiles paneles de papel de arroz y bambú con los que era posible armar y desarmar rápidamente cubículos más pequeños aún. La vecina, descalza como trabajaba en los veranos de la aldea remota, con un pañuelo eternamente atado a la cabeza, lo ayudó a limpiar los restos que tras sí dejara el joven matrimonio, no muy pulcro; deshizo las cajas, se asustó ante las máscaras horribles del teatro japonés, desplegó maravillada los abanicos que pasaron a adornar los muros, desenrolló sin que él pudiera evitarlo la olorosa estera acabada de importar, colgó bajo la experta dirección del pálido inquilino el gran farol plegable que debía adornar la cocina, adosó a una ventana interior los fragmentos de cristal que agitados por el viento llenarían la estancia con una música frágil, le ayudó a guardar los ricos sarapes de purísima lana de una etapa anterior, y aceptó casi con lágrimas el oloroso té verde que sólo vendían en refinados y remotísimos almacenes de la ciudad. 

   La amable vecina se retiró discreta al llegar los primeros extasiados. Ella y una centenaria irlandesa, cubierta por muchas capas de tiempo y mugre, siempre a la espera del cartero providencial, a quien compraba el diario algunas mañanas, habrían de ser el único elemento de continuidad en las sucesivas mutaciones que él y los escasos metros cuadrados de la vivienda habrían de sufrir. 

II

   Un día, la terrible conciencia que tenía de cada uno de sus actos alumbró la suma total de los actos de su vida y se quedó absorto. Desechó la idea, pero esta volvió a asaltarlo, cada vez con más frecuencia. Pasaba y repasaba constantemente y sin tregua, los años de su vida, los días de los años, las horas de los días, sin que la idea le abandonara por un solo instante, atenaceándole y llegando a provocarle náuseas. Pasó mucho tiempo en una especie de estupor en el que marchaba por las calles en un estado de semiconciencia automática, inmovilizadas las ideas en una imagen fija, de la que no podía escapar. Se le vio más pálido, más tartamudo, evitaba a sus viejas amigas, hundía las manos en el estómago con más frecuencia, en el gesto nervioso que le era habitual, y en las contadas reuniones a que asistía se quedaba ausente, mudo, sin nada que decir, muy lejos de aquel ser ocurrente que a todos encantaba. 

   Una desgracia ocurrida en su lejana y un poco olvidada familia le hizo recordarla y lo sacó de su mutismo. Tuvo que ir a Cuba, su país, donde no había puesto los pies en largos años, descartándolo con un gesto impreciso como incorregible y sin esperanzas. Había nacido allí, de padres extranjeros, pero ni en sus ademanes ni en su manera de hablar ni de ser recordaba en lo más mínimo a sus compatriotas. Cuando los encontraba le acometía una inmensa desazón, se le acentuaba el nerviosismo y se perdía en esfuerzos fútiles y desesperados para demostrarles que era uno de ellos. Pero no se atrevía a dar el viaje. Temía vagamente llegar a sentirse extraño en su propio país y aplazaba indefinidamente el viaje con un gesto displicente: «Lo amo desde lejos.» 

   Al ocurrir el hecho luctuoso en la familia, se sintió súbitamente en el deber de hacer acto de presencia ante los parientes lejanos, sin que se pudiera explicar a sí mismo las razones de la súbita lealtad, y haciendo gran acopio de pociones calmantes, barbitúricos, raíces de la India propiciatorias de la indiferencia y un vestuario extravagante que siempre le ayudaría a diferenciarse de los naturales en caso de apuro, emprendió el viaje. 

   La sorpresa fue agradable. Aquellas gentes, a las que temía por razones tan desconocidas como las que provocaban su violento tartajeo, lo acogieron con naturalidad y hasta con cariño, sonrieron ante sus crisis nerviosas, le permitieron las vestimentas más extremas con una tolerancia candorosa ante todo lo que viniera del extranjero que le desarmaba, justificándole con un «ha vivido tantos años fuera...» 

  Sus parientes le concedían discretamente las libertades que él había temido perder en los límites estrechos del pequeño país, y las viejas amistades de la familia le daban cierta importancia, agasajándole con almuerzos suculentos y de difícil digestión, en los que le contemplaban disimuladamente con una admiración ingenua. Cuán diferente de aquella inmensa Nueva York, donde nadie ni nada tenía la menor importancia. 

  Contemplaba a esta gente vivir, deformándolas con generalidades risueñas. Parecían felices, infinitamente más felices que las de la hosca ciudad donde él vivía. Tenían el rostro plácido, el aire tranquilo, las carnes abundantes y serenas. Lo banal, lo diario, no avergonzaba aquí, como en aquel otro mundo donde vivía. Esta gente sabía estar. Se repitió la frase varias veces: sabían estar, saber estar, regocijado del descubrimiento feliz. En aquel frío norte, él había perdido el viejo arte de saber estar (la frase allí era incluso intraducible) y tendría que aprenderlo de nuevo, pacientemente, amorosamente. 

   Conmovido de su hallazgo, se secó la mejilla húmeda, sonriendo vagamente, sabiéndose observado por el chofer del vehículo que le llevaba de la casa de los parientes al centro de La Habana. 

  Y luego aquel sol, aquel sol maravilloso y omnipresente de enero, que le reconfortaba y le quemaba suavemente los omóplatos, brillando desde un cielo transparente, que le hacía olvidar los dolorosos inviernos del Norte y el tiritar violento que destrozaba sus nervios enfermos, y le despertaba viejas memorias de infancia; las meriendas amables en los colgadizos imaginados, las temporadas en las fincas nunca vistas.

  Adivinaba y envidiaba en las relaciones humanas una intimidad inconscientemente sensual que propiciaban el clima espléndido, la brisa de los mediodías, la claridad. 

  ¡Ah, lo que había perdido, lo que había olvidado en sus largos viajes por otras tierras! Si pudiera recapturarlo todo, repetía, consciente del justo anglicismo. 

  Al llegar, más por asombrar a los tranquilos parientes (que por otra parte no se asombraron) que por un verdadero deseo de hacerlo buscó a un artista joven que había causado un pequeño escándalo de crítica y cuyo nombre le mencionara una de las parejas jóvenes que frecuentaba. Fue difícil dar con él, y más difícil aún que le prestara atención. A pesar de la llaneza de todos, los extraños en Cuba entraban con mucha lentitud en la vida de las gentes, trabada en cosas pequeñas pero al parecer satisfactorias. Por fin vio al pintor, quien lo presentó a sus amigos. Lo demás fue fácil. Aunque causaba extrañeza y su tartajeo turbaba un poco a todos, no tardaron en aceptarlo a pesar de resultarles tan extraño. 

  Su vago acento extranjero atraía, como también el contraste entre las maneras desacostumbradas, el nombre impronunciable y los patéticos esfuerzos para sonar criollo. Gran lector de contraportadas, sabía cómo y cuándo citar y lo hacía con suma habilidad, dejando las frases incompletas, sugiriendo ideas que los demás completaban, cubriendo su ignorancia de los temas con el aluvión taquicárdico de su charla. Rápidamente pasaba de Kirilov y los actos absurdos a la gratuidad para saltar a la nueva crítica y al ser para la muerte, y si pronto se descubrió su incompetencia y sus nuevos amigos le remedaron divertidos, jamás lo supo. 

  Al regresar a Nueva York, cargado de volúmenes representativos de todos los movimientos artísticos y literarios de la patria recuperada, que consideraba su deber leer y jamás leyó, le horrorizó lo que veía alrededor de sí. Volvió a caer en un profundo estupor del que sólo salía para hablar sin detenerse de su viaje, de la patria encontrada, de los campos esmeralda, del sol, del sol, del sol. 

  Rápidamente, la decoración del pequeño apartamento cambió. Los biombos orientales fueron eliminados para que el escaso aire corriera sin trabas, como en los balcones y galerías de su país lejano e improbable. Las abstracciones cedieron el lugar a sencillos palmares representados casi fotográficamente, cuando no a crudas litografías sin retoque de los paisajes patrios. El apartamento de la vecina se enriqueció súbitamente con una rica otomana, cuyo vacío ocuparon dos grandes mecedoras, desenterradas de un rastro y reparadas apresuradamente. Dejaron de sonar los discos de jazz y las quejumbrosas danzas de los israelitas del Yemen, y los grises aposentos se inundaron de criollas y boleros, que cantaban un amor dudoso y de mal gusto, siempre con las mismas palabras, y de las notas sincopadas de alguna vieja danza criolla, repetí da una y otra vez, en éxtasis. 

  Una tarde de domingo, más lívida que todas las demás, se hizo la pregunta. ¿Y si regresara? ¡Dios, Dios!, ¿y si regresara a los suyos, a amarlos a todos, a ser uno de ellos, a vivir aunque fuera entre los más pobres, entre aquellos que a pesar de su pobreza parecían tan tranquilos y contentos, tan sosegados? ¡Cómo le gustaba la palabra! Tan sosegados. ¿No le harían un lugar? ¿No se dejarían conmover por su sinceridad? 

   La idea no hizo más que insinuarse y su imaginación se encargó del resto. Las pensadas horas de ternura, las imaginarias tardes de amor, las grandes noches fueron rápidamente trasladadas o reemplazadas por escenas de la patria recobrada. ¿Y si él fuera el iniciador de un movimiento de vuelta a la patria? Los pródigos... Los Pródigos. ¡Qué bien sonaba! Pronto sería amado de todos. ¡Si era amor, sólo amor lo que él pedía, el mismo amor que en el fondo toda la pobre humanidad deseaba! 

  Se sintió más vivo, más vital, como decía él, que nunca; le negó el saludo a los antiguos ídolos, rechazó todas las invitaciones, se rodeó de libros, de ropas, todos procedentes del lejano país y echó a un lado o arrojó, un poco avergonzado, los de todas las patrias previas de adopción. 

  La decisión estaba hecha. No había más que liquidar las posesiones precarias del apartamento, avisar en el tedioso empleo, y partir. ¡Partir! 

 Las noticias que traían los periódicos sobre movimientos revolucionarios en Cuba, con su secuela de represalias, no le inquietaban, y hasta sonreía misteriosamente para sí al leerlas. Quien sabe. Con su conocimiento de idiomas, sus nuevos libros, su prudencia, su personalidad inesperada ¿no podría servir de mensajero de la concordia y la tolerancia entre sus compatriotas? Al fin, todos eran hermanos, se entendían en el gran lenguaje atávico y no hablado con que se entienden los hombres de una misma tierra... 

III 

  Y partió. Más dadivoso que nunca, repartió lo que poseía entre sus pocos amigos, regaló las ropas de abrigo que ya no necesitaría jamás en aquel clima maravilloso que le aguardaba y del cual no regresaría nunca, nunca. Distribuyó los libros, los de naturalismo, los de hinduismo, los de yoga, los de espiritismo, las colecciones obscenas, las de socialismo, las colecciones primitivas. Hizo tomar por fuerza a sus viejas vecinas el heterogéneo mobiliario, que ellas aceptaban entre gritos de terror, gozo y asombro. 

  La renovación sería completa, pronto iba a ser él, él, a entrar en su cultura, en su ambiente, donde no tenía que explicarse nada, donde todo «era» desde siempre. Y además entraría por la puerta grande de la intelligentzia, en cuyos umbrales dorados le esperaban sus jóvenes amigos, de humor delicioso y mordaz, de charla viva e imaginativa, tan nerviosos, y tan felices. 

  Cuando llegó, un día por la mañana, encontró la ciudad un poco cambiada. Era difícil precisar en qué consistía el cambio. Como siempre, la gente parecía alegre y despreocupada, pero había cierta inquietud en el ambiente que en un primer momento no supo precisar. 

  Lo que sí chocó a su vista de inmediato fue la superabundancia de uniformes. En las esquinas de la ciudad se veían a todas horas grupos de soldados y policías con armas automáticas modernas, de grueso calibre. Le llamó la atención que en sus horas de asueto los jóvenes soldados se pasearan fuertemente armados, llevando de una mano a sus amigas y de la otra el arma formidable de repetición.

   Por las calles de la ciudad vieja desfilaban cada varios minutos con monótona regularidad pequeños vehículos militares en servicio de patrulla, invariablemente tripulados por dos soldados y dos marinos que viajaban de espaldas, para cubrir la retirada en caso de ataque. 

  Para estar más en ambiente se alojó en un hotel del viejo barrio que antaño alojara los huéspedes ilustres de la Colonia, y sonrió, tratando de no verlas, a las jóvenes pálidas que regresaban a sus habitaciones con la mañana, el aire extenuado y el maquillaje corrido. Desde allí trató de localizar a sus amigos, a los que, sin duda por estar ocupados a esas horas, no pudo hallar. 

  Miró con disgusto sus ropas elegantes, de sello demasiado extranjero, de las que no había podido deshacerse, y se lanzó a la calle en busca de prendas más sencillas, de más sabor local. Volvió agotado, como si el nuevo ambiente le exigiera un gran esfuerzo para cada pequeño acto, y contento, con una finísima camisa de lino de Irlanda adornada de innúmeras alforzas hechas para consumir la vista de varias generaciones de costureras: la guayabera, la prenda campesina pulcra y fresca que en pocos años había invadido a toda Cuba desplazando a la indumentaria europea. Se contempló largo rato al espejo, complacido de su aspecto. Aún era joven, no mal parecido del todo a pesar de la calvicie ya avanzada y de los anteojos que le corregían la fuerte miopía. Podría recomenzar su vida aquí, darle un sentido, ¿por qué no? ¿No había adoptado y abandonado con increíble facilidad y rapidez patrias, religiones, cultura, actitudes, ideas? Ahora iba a adoptar su cultura, su patria, la suya, que quizás, quizás le necesitara... 

  Se tendió en el lecho fresco de la habitación muy abierta al puerto, y entregándose a detalladas y minuciosas visiones de su futura existencia en el recobrado solar de los mayores, pasó de la vigilia risueña al sueño feliz, sin sentirlo, como lo hacen los niños.

   El segundo día de su nueva vida decidió pasarlo junto al mar para fortalecerse con este aire ardiente que iba a cicatrizar los males de su cuerpo y de su espíritu. 

  Atravesando rápidamente las viejas y amplias galerías y saludando a las ancianas figuras desvaídas que leían sus periódicos junto a las ventanas, bajó a la calle, saltó a un auto de alquiler y le pidió al chofer que lo llevara a la playa, a cualquier playa. Este le sorprendió hablándole en inglés, y como él insistiera en hablar en español, el otro le ofendió diciéndole que parecía americano. 

  En la playa se sintió molesto al verse rodeado de turistas y más molesto aún al comprobar que, como ellos, también se ponía aceite sobre la piel para protegerla del sol. Se rio un poco de sí mismo, pidió de beber y se tendió al sol. 

 Las horas pasaron agradablemente, empujadas por el licor del país que penetraba dulcemente los sentidos hasta destruir el sentido del tiempo. (El sentido del tiempo, eso era lo que aquí era tan diferente, ahí radicaba la gran ciencia de este país, de estas gentes.) 

  Cuando abandonó el balneario ya era casi de noche. Salió al suburbio y aunque las calles estaban mal alumbradas y casi desiertas, decidió andar en dirección de la ciudad, para gozar la brisa suave que soplaba del mar refrescando los ardores del día. Dejaría vagar sus pensamientos, sin rumbo, donde el aire los quisiera llevar. Se sentía feliz, un poco solo, pero ahora no importaba. Mañana empezaría su nueva vida. 

  Había andado una corta distancia por la avenida bordeada de pinos cuando una luz brutal le dio en el rostro, cegándolo y haciendo resaltar en la oscuridad la nitidez de la camisa campesina de lino de Irlanda. Le enfocaban de un auto cuyas puertas se abrieron rápidamente dando paso a varios hombres de uniforme que esgrimían armas en dirección suya. 

  «Sube», dijo uno y antes de que él pudiera resistir o preguntar le arrastraron hacia el automóvil que partió enseguida. 

  Dentro del auto, que marchaba a toda velocidad mientras la sirena chillaba perforante, creyó sufrir una pesadilla. Sintió que le agarraban los puños e inmediatamente comenzó a recibir golpes brutales en el rostro y en las costillas. Los golpes le ahogaban, no podía gritar, y sus aprehensores mantenían un silencio obstinado, como si le conocieran, realizando su tarea metódicamente. Perdió la noción del tiempo, reducida su actividad pensante a esperar cada nuevo golpe. 

  El auto corrió largo tiempo por el arrabal, ignorando las luces de tránsito y haciendo huir a los peatones. Atravesó parte de la ciudad y luego se detuvo frente a un edificio moderno. Esposándole las dos muñecas, le arrastraron violentamente por una escalera de mármol, amplia y casi lujosa, al final de la cual le hicieron entrar en un recinto iluminado con luces fluorescentes y herméticamente cerrado. 

   Apoyándose contra un muro, sintió la frescura del granito sobre la mejilla dolorida, y el aire cortante que enviaba desde el muro opuesto un ventilador eléctrico y que le secaba el sudor. Había cerrado los ojos para ver mejor, para pensar, o para no pensar, y al abrirlos vio que estaba rodeado de los hombres que le habían traído y de otros más, todos de aspecto muy similar, con bigotes, y que fumaban enormes puros. Pensó que la similaridad quizás obedecía a que todos vestían de azul. 

  El interrogatorio duró exactamente 24 horas. 

  Al principio trató de preguntar lo que sucedía, pero apenas acertó a pronunciar palabra. Tartamudeaba grotescamente con violentas reacciones de la cabeza y el cuello. Los ojos le lloraban con el esfuerzo. A un chiste de uno: «Quítese el caramelito ‘e la boca, compadre...», todos rieron estruendosamente.

   Aunque optó por no hablar, le preguntaron el nombre y tuvo que esforzarse en articularlo. Un violento mazazo le derribó por el suelo. Cuando le levantaron, medio aturdido, oyó que el que parecía el jefe le advertía que no inventara nombres extranjeros, porque le conocían bien. Comenzó a llorar contra su voluntad y con el puño de la camisa nueva se limpió la sangre de los labios y las lágrimas que le corrían por los pómulos ya negros. 

  Un hombre hercúleo lo tomo sin violencia, casi delicadamente, de un brazo y le pidió que le mirara a los ojos. Cuando lo tuvo frente a sí y tan cerca que podía sentirle el aliento, se le quedó mirando por un momento. Luego, alzando con un movimiento rapidísimo la rodilla formidable, se la hundió en las ingles. Cayó al suelo gimiendo y retorciéndose de dolor. «Es un “tiro”, Fillo. Eso nunca falla», oyó decir a uno de los hombres. 

  Para corroborar la afirmación de que aquello era un «tiro», Fillo lo levantó del suelo, con la misma delicadeza, y la rodilla formidable se alzó de nuevo. Esta vez cayó exánime.

  Cuando recobró el sentido, se encontró acostado en un diván muy blando. Trató de mover las piernas y un dolor brutal en las ingles le nubló la vista. Estaba empapado en sudor. Abrió los ojos y vio a los hombres sentados a los pies del diván. Hablaban y fumaban despreocupadamente. Recordó que no le habían preguntado nada más, procediendo a su tarea como quien realiza un trabajo natural, metódico e ininterrumpido, desde que lo hicieron subir al auto, y como si esperaran que el mero hecho de ejecutarlo rindiera resultados infalibles. 

  Hablaban de un asalto ocurrido al parecer el día anterior. Adivinaba el inmenso edificio en conmoción. Oía puertas que se abrían y cerraban violentamente, entre pasos y voces incesantes. Varias veces irrumpieron abruptamente en la habitación y al percatarse de que estaba ocupada cerraron la puerta con violencia. Había habido muertos, entre ellos dos altos funcionarios del Gobierno. Pero aún no lograba comprender la acusación que le hacían, porque en realidad no le hacían ninguna. Si le dejaran hablar, llamar a sus jóvenes amigos, les explicaría, se aclararía el monstruoso error. Una frase escalofriante le dio en parte la clave de lo que sucedía: «Si no es este, es lo mismo...» 

  Miró en torno. Al otro extremo de la habitación, sentados en el suelo y contra el muro había dos jóvenes que le miraban fijamente. Se dio cuenta de que tenían las muñecas atadas porque uno de ellos se rascó la barbilla contra un hombro. Sus miradas, incapaces de separarse de él, no registraban pensamiento alguno, como si estuvieran desprovistas de vida. El más joven pestañeaba lentamente, a ratos.

  Se dio cuenta de que estaba atado al diván. Volvió la vista a un lado y observó que de su brazo derecho salía un alambre conectado a un interruptor en la pared. De algún lugar que no podía ver salía otro cordón que terminaba en su brazo izquierdo. Cerró los ojos.

  La primera descarga tuvo la inmensa virtud de hacerle perder nuevamente el sentido. Al despertar de la segunda, gritaba de dolor. El brazo izquierdo, fracturado, se le había hinchado enormemente. Experimentó una sed terrible. Notó que tenía la boca llena de coágulos de sangre que le ahogaban. Cuando quiso hablar para pedir agua, se dio cuenta de que se había cercenado la lengua con los dientes. Pensó que ya nunca volvería a tartamudear. Sintió que sonreía. 

  Recuperó de nuevo el conocimiento cuando lo sacaron del auto y la brisa le azotó el rostro. Oyó las olas golpeando la costa con golpes secos y duros y supo que estaba muy cerca del mar. Lo dejaron solo, de pie, sobre las rocas, muy cerca de la carretera. Oyó una voz: «Déjalo ya, Fillo, está acabando.»

  Las puertas del auto volvieron a cerrarse. Vio la masa negra alejarse detrás del haz de los reflectores. Pudo dar varios pasos, con las piernas muy abiertas para no rozarse los testículos. Abrió la boca para que la brisa de la noche se la refrescara. 

  Pocos minutos antes de morir perdió la lucidez terrible que le había alumbrado los últimos meses de su vida con una luz intolerable. Antes de perder la razón, recordó detalles aislados e insignificantes de su existencia: el monograma con orla de un pañuelo, la forma de sus uñas, los exabruptos del porteño que más le habían vejado, las palmas finas y húmedas de las manos de Alejandro. 

  Luego echó a andar, dando gritos agudos con la boca muy abierta, cantando, tratando de hablar, aullando, meciendo el cuerpo sobre las piernas separadas, logrando un equilibrio prodigioso sobre el afilado arrecife. Donde primero hundió las tenazas el cangrejerío fue en los ojos miopes. Luego entre los labios delicados.

 

  El regreso. Ediciones R: La Habana, 1962, pp. 107-124.

domingo, 14 de junio de 2026

Las ratas

 

  Surama Ferrer


 Sentado en un rincón de la habitación contempló ávidamente la entrada de una rata de oscura pelambre y nervioso andar a saltos cortos. La siguió con los ojos, por el piso de ladrillos desajustados; olisqueando hacia el otro rincón, donde la cuna permanecía inmóvil. La rata dio vueltas en torno a los balancines del pequeño mueble y emitió chillidos penetrantes, como para darse valor y escalarlos... A sus chillidos contestaron, de la habitación contigua, otros... El corazón le latió apresurado.

  -Van a venir más -se dijo-. Y esperó anhelante.

 Dos animales grisáceos, enflaquecidos, asomaron sus ojillos relucientes, interrogantes, temerosos de imprevistos peligros. El permaneció inmóvil, diciéndose:

  -Si me muevo, huirán... Me estaré quieto, para darles confianza y que entren... ¡que entren!

 Contuvo la respiración sin quitar la vista de los ojillos inquisitivos. Entró una rata y se detuvo, Chilló y echó a andar... Él contó:

  -Una.

  -Dos, tres, cuatro... Se animan, vienen más...

  -Cinco, seis, siete, ocho. ¡Ocho! Qué flacas están...

  -Nueve... ¿Nueve fieras hambrientas!

 La plaga de roedores atravesó desordenadamente la habitación distrayendo a cada paso el olfato, la vista y el apetito con alguna migaja o alguna pieza de ropa tirada bajo los muebles.

  Él pensó:

  -Qué despacio van, para estar tan hambrientas... Se distraen con cualquier cosa. Es que tienen miedo, ¡cobardes! ¡asquerosas! Lo huelen todo... Y mira aquella, todavía rondando la cuna, sin atreverse a subir... ¡cochinos ratones!

  En un montón de ropas se detuvo una de ellas... Chilló fuerte. Acudieron las otras y se metieron por los repliegues de las telas. Revisaban meticulosamente cada oquedad, asegurándose la salida. Desenvolvían las telas, se enredaban, tiraban de sus extremos. Una roía una tira y se alejaba de las otras...

 ¡Animales! Entretenerse con los trapos de ella, llenos de sangre. Reflexionó: -Le metieron muchos y todos se empaparon de sangre. Cuanto más crecía la tonga de trapos ensangrentados, más se me moría ella...

  Olvidó las ratas adueñándose de la habitación en penumbras y revivió a su mujer, desfigurada por el dolor, desfalleciendo encima de la mesa, y él con las manos inútiles, sin poder hacer nada. ¿Qué sabía un hombre de partos y de dolores de las mujeres? Sólo veía que ella estaba mal. Se lo veía en los ojos, cuando sus dos pupilas negras, tan redondas y luminosas, se opacaban y daban vueltas y más vueltas por el globo del ojo, hasta que se quedaron fijas definitivamente. Fijas y cristalinas, perdiendo la luz y el color.

   -Yo quisiera hacer algo. Yo le dije a la Comadre:

  -Comadre, ella está muy extraña ¿qué le pasa? ¿no le puede hacer algo? -Y ella me dijo, haciendo que se encolerizaba:

  -Los hombres no saben de ésto... Yo sí. Aquí en la Ciénaga todos los que han nacido en los últimos diez años, los he sacado yo...

  -Pero se demora mucho, y ella es débil y está sufriendo... ¡Óigala como grita! ¡No puedo soportar sus gritos! ¡Déjeme acercarme a la mesa!... Me horroriza esa sangre, pero déjeme acercarme a ella.

  -No. ¡Salga, salga! La va a poner nerviosa... Yo sé lo que hago...

  -Pero ella no puede más, lo sé...

  -De todos modos yo le saco el muchacho... Es cuestión de tiempo. ¿Si habré sacado yo muchachos en esta Ciénaga! ¡Si sabré yo como se ponen los hombres furiosos cuando pierden el hijo, y les queda la mujer!... Primero el chiquito, el chiquito, me gritaban. ¡Puah!

  Él se calló y estuvo muy quieto mirándola, desde allí, desde la misma puerta por donde entraron las ratas... ¡Las ratas!... Miró alrededor y las vio en círculo, rodeando la cuna, chillando y chocando unas con otras, sin decidirse a subir. Retornó a sus recuerdos... Ella seguía gritando y su voz era un sonido horripilante en la quietud de la madrugada... Los gritos salían por todas las puertas de la casucha miserable y volvían a entrar y se llenaba la casa de gritos que le helaban el sudor en los poros... La voz se debilitaba. Sonó uno de hembra herida, desgarrada. Fue el último... Entró en el cuarto y vio a la Comadre afanosa, con algo rojizo entre las manos.

  -¡Un macho! -le dijo por encima del hombro-... Toma, cógelo, y ponlo en la cuna... Después échame acá todos los trapos del armario... Le sale mucha sangre...

  -Sí... Sí, los trapos...

  Eran aquellos mismos trapos que las ratas revolvieron como si fueran golosinas. Los trapos con la sangre de ella. ¡Con toda la sangre de ella! Él quiso gemir, y los recuerdos se interpusieron a su necesidad de desahogarse...

 -¡Más trapos... más trapos! -jadeaba la Comadre-. ¡Pronto, que se desangra, la muy boba!... ¡Más!...

   El corrió de la mesa al armario. Lo vació; abrió después el baúl y sacó su ropa, sus vestidos ingenuos, con cintas descoloridas y un olor suave a sudor de mujercita desflorada...

  Así transcurrió mucho tiempo. El hurgando por todas partes y la Comadre pidiendo más y tirando al suelo los trapos rojos, pegajosos...

  -No más... ya no más, -oyó que le dijo a sus espaldas, y puesto en pie miró a la Comadre...

  -¿Qué?...

  -Que no mis trapos, ya no hacen falta...- ¿Por qué?...

  -Porque está muerta... Se desangró como un pollo... Sin remedio, sin remedio!

  Entonces, no supo lo que le sucedió. Se fue acercando a la mesa y le miró la carita blanca, afilándose por momentos... Blanca y larga como la hoja de una daga mora. Y los ojillos negros haciendo una cruz con la línea de la nariz... Estaba desnuda, con las manos crispadas en sus senos chiquitos, de mujercita recién desflorada... Y entre las piernas abiertas, aquel infierno rojo angular, hirviente... Tenía que taparla, y se le echó encima a llorar, cubriéndola toda...

  La Comadre le decía desde lejos:

 -No debes llorar. Los hombres de aquí de la Ciénaga no lloran... Ahora tienes que atender al crío. Yo le voy a dar leche, pero cuando me vaya, si grita, se la das en esta botella... ¡pobrecito! ¡mira como se le llena la boca con la chupeta! ¡y cómo se embarra! La mujer se reía, ¡se reía!, ¡con ella muerta encima de la mesa!

 ¡Ah! ¡Qué bestia era aquella Comadre! ¡Ocuparse del macho que la mató a ella! Y la mujer seguía hablando:

 -Este machito, necesita de una mujer que lo cuide... ¡si señor! Cuando se la lleven a ella al amanecer, cuando yo vaya y dé el aviso, te debes buscar otra enseguida... - pensó un momento: - ¡Ajá! ¡Ya sé: la hembrita del botero, la más chiquita, tiene catorce años, pero puede servir... ¡puede servir para los dos!

  Él se dijo: todavía se ríe, se ríe, la muy cínica, con ella muerta aquí arriba de la mesa...

  -Ya está. Se embuchó la leche... ¡Bueno! ¡Me voy! Te acompaño en el sentimiento... Cuando venga por la mañana las envuelves con algo y ellos se la llevan para la Ciénaga... Allí están enterrados todos los de aquí, en la tembladera del centro... Una piedra en los pies, y ya está...

  Él seguía llorando.

 -¡Ah! Antes que se me olvide... No te estés ahí tirado encima de ella, la pobre, déjala descansar... Júntale las piernas... Cuida al crío, que las ratas del cayo son unas fieras y se meten en las casas y le comen pedazos a la gente... Ten cuidado con el machito y esas ratas de manigua...

 Todo pasó tan rápido... Se la llevaron. Se quedó solo con el machito que dormía en la cuna... Dio unas vueltas por la casa y no quería acercarse a la cuna... Pasó el día y no hizo nada, sólo podía pensar en aquello mismo, oyendo sus gritos... El último, sobre todo, el último que fue la despedida. Se cansó de dar vueltas y se tiró en el rincón del cuarto, vigilando la cuna... Se dijo que no valía la pena estar toda la vida vigilando aquello, que le mató a la mujer... El machito era culpable, no debía cuidarlo. ¿Para qué?... De pronto se acordó de las ratas... Sí... allí estaban, revolviéndolo todo. Entraba poca luz, casi no las veía, pero escuchaba el ruidillo de sus uñas en los ladrillos... No se decidían a la faena... Porque, ¿qué se haría él con un crío? El hijo la mató a ella y debía morir también... Pero él no sabía matar. No podía matarlo... Las ratas sí sabían: roe que roe la carne blanda, las venitas débiles, los pulmones chiquitos, el corazón vivo. Ellas sabían. Y él tenía que esperar a que acabaran, para estar libre de aquello... Tenía que esperar. Se balanceó la cuna. Los chillidos de los roedores lo paralizaron. Oía atentamente.

  -Están subiendo por los balancines de la cuna... Se empujan... Se demoran... ¡animales!... No... ¡Llegan!

  La cuna se movió con rapidez. Ellas chillaban fuerte... Un grito inarticulado comenzó a invadir la cuna. Se fue dilatando, haciéndose continuo y desesperado... El respiró hondo desde el rincón:

  -Lo están mordiendo... ¡Cómo grita!

 El grito del recién nacido se ahogaba, para resonar con más intensidad... Las ratas se disputaban las porciones mis suculentas... La cuna saltaba sobre los balancines al empuje de las bestezuelas, rata devorando al infeliz ser humano indefenso. A medida que aumentaba la furia del ataque y arreciaba el grito animal del hijo, él comenzó a sentirse mejor:

   Qué alegría... Cómo trabajan estas ratas cochinas... Están locas con el olor a leche del crío y con las masitas blandas... Me están librando... En cuanto acaben me largo a la Ciénaga, a tocarle a ella los senos, debajo del fango... ¡Pobrecita! Me estará esperando... ¡Qué se lo coman de una vez! ¡asesino! Mató a su madre...

  El balanceo de la cuna disminuía. El grito enronquecido se ahogó definitivamente... Una rata saltó al suelo y huyó a la manigua... Le siguieron las otras... El cuarto se adormiló en un silencio roto a intervalos por una risa reposada... Se alzó y rio con más frecuencia... Alargando sus carcajadas en una a abierta, gutural... Se agarró los cabellos... Después abrió los brazos y riendo echó a correr por la manigua. Entró en el caserío sorteando las casas y las gentes que se quedaban mirándole boquiabiertas... Enfiló hacia el puente de tierra, que moría en la tembladera del centro... Un carbonero acertó a gritarle:

  -¡Por ahí no, animal, que te entierras en la tembladera...!

   Rio más y contestó:

  -¡Las ratas! Las ratas... ¡Ya voy...!

  Faltó la tierra apisonada del puente bajo sus pies... Saltó, y cayó rígido, como una saeta hendiendo la tersura de la Ciénaga... El regazo oscuro y corrompido del fangal acogió la risa loca del hombre suicida, y la devolvió lentamente a la superficie, en burbujas semiesféricas, de un gris opaco...



sábado, 6 de junio de 2026

La isla de los muertos

 

 Federico de Ibarzábal 

 

 No. Este es, seguramente, el Puerto de la Buena Arribada.

 El piloto decía:

 -¿Para qué ir más adelante?

 Y como todos tienen deseos de desembarcar...

 Echan el ancla.

 Si, es bello. Pues como florecen las rosas del otoño y hay sol dorado y azules transparencias en la atmósfera que ondula de brisas y esto es grato...

 Se viene de lejos.

 Llegar. A alguna parte, pero llegar. ¿No se ha perdido el camino.  

 Así es posible echar el ancla.

 Las islas maravillosas están ahí, en las páginas infantiles de los libros daneses. Aquí no. Estamos en rada, ahora que es tiempo de mediodía y va a zarpar una goleta con buen viento del este.

 -¡Eh, del barco!

 -¡Salud, marineros!

 Deja atrás la Isla de los Muertos. Deja atrás el dolor y la desesperanza. He ahí su proa hendiendo azules de crestas blancas en el golfo rizado y pequeño, y su casco frágil de quilla verde. Se va. Cuando alcance el mar libre...

 Ya está. El bauprés apunta directamente al norte.

 -¡Salud, marineros!

 Vosotros pasaréis sobre nuestras huellas. Es lo mismo. No se sabrá nunca. Nosotros ocupamos vuestro lugar en la rada.

 -Poco a poco, camaradas. Esto es muy pequeño.

 Junto a la baliza de fondeo borneamos suavemente y caemos proa a levante, acoderados y expectativos.

  No se sabe nada. Nadie sabe nade.

 -¡Tú, piloto!

  La Isla de los Muertos está ahí, toda blanca, y azul, y dorada, y no da miedo verla. ¿Y este no es el Puerto de la Buena Arribada?

  No lo parece. 

 -Entra, marinero. ¡Avante! Penetra bien toda esta isla y no mires atrás. Ahí queda tu mundo pequeñito, bien guardado, custodiado, vigilado. Sigue adelante y no te preocupes, hijo, que la salvación está en ti mismo. Todo, también, lo llevas en ti. Y ya te llamarán cuando hagas falta. Todo está en ti mismo.

 -¿Hasta la esperanza?

  El contramaestre sonríe.

  Sabe que no hay lugar a la esperanza. Todo lo ocupa el olvido en la Isla de los Muertos. ¿Cargada de qué, pues, salió esta goleta?

 La calle es ancha y clara. Huye del muelle recta como un buen propósito, hacia el corazón de la ciudad. ¡Cuidado, marinero! El contramaestre va derecho, por el medio de la calle, Si no oyes el canto de las sirenas, ¡oh, marinero!... De todos modos te agarrarán por un brazo...

 Todos aquí están muertos, sin embargo. No saben que marchan por la calle de la Buenaventura. No saben que la calle no conduce a ninguna parte, sino al corazón de la ciudad. Que es como decir...

 Y las sirenas, en sus grutas de papel pintado, duermen la siesta.

 -¿Es verdad que están muertos? -dice el marinero.

 Los ve pasar. Cruzan por su lado y junto al contramaestre, sin verlos, sin cuidarse de ellos, ingrávidos y tristes como si los acabaran de desenterrar tras largos años de experiencia subterránea. No lo cree el marinero y va a tocar a uno de ellos. El ciudadano le oculta a aquel extraño su condición de muerto. Muerto, muerto, esquiva rápido y huye lejos, evasivo y ligero como si se quisiera muerto hace muchos años. ¿Y este no será a lo mejor, y tal vez y probablemente, un enterrador? El marinero ve otra vez la sonrisa del contramaestre. Una sonrisa ciertamente estúpida y que no tiene razón de ser. Porque no debe el marinero reírse de los muertos -y menos cuando se está en la Isla de los Muertos- él, que viaja en un féretro flotante, por encima de montañas de muertos. A veces, junto a barcos que llevan una tripulación de cadáveres. Y con pasajeros que han muerto hace muchísimo tiempo.

 El marinero es rubio y noruego, de Oslo. El contramaestre, danés y supersticioso.

 -Entonces, ¿de qué te ríes? -le dice el marinero.

 -Es que esto no nos importa a nosotros, camarada marinero. Y es verdad que ven cosas extrañas, que sólo hacen reír a los que llegan de fuera, del mar lejano y turbio, o gris o verdoso o de azul absoluto. La risa no es más que una presunción del contramaestre, porque cree saberlo todo. Así lo interpreta el marinero: -¿Y esos, también están muertos?

 Cruza un pelotón de soldados.

 El contramaestre calla. Ve la punta de los rifles y él no sabe lo que puede pasar. Luego dice:

 -Debe ser una patrulla de relevo.

 Piensa si serán los soldados que cuidan de los cementerios de la isla para que no se les vaya ningún muerto.

 -Todos, todos, están muertos, dice pensativo el marinero.

 -¿Tú no recuerdas, Olsen? En la rada no hay ningún barco.

 -Es que aquí no entran barcos. Es la Isla de los Muertos, Bergen.

 Hace rato que ven cruzar junto a ellos innumerables siluetas. Algunas se detienen, vacilan un momento -¿se irán a caer?-, reinician su camino. No se quieren mover de la esquina por temor a tropezar con algunas de estas siluetas pálidas y graves, y derribarlas. El contramaestre no hará nunca eso, ni por descuido. Quiere volver a Rotterdam... Dos sombras cruzan por su lado. Una dice:

 -¿Ves? Todo está muerto...

 Bergen mira a todas partes. Toca a Olsen con el codo:

 -“Todo está muerto.” ¿Oíste, Olsen?

 -Es terrible -dice la otra sombra, alejándose de su compañero.

 Por el cielo, de un azul pastel, cruza muy alto, un avión amarillo. Una esquina más adelante, encuentran una fila de automóviles, junto a la acera. Todos sus choferes, muertos seguramente, se han quedado como dormidos.

 -Mira -dice Olsen-. Parece que estuvieran durmiendo.

 Uno tiene un periódico entre las manos igual que si leyera.

 -A lo mejor es un diario de hace ocho años, Olsen.

 Se detiene para ver mejor.

 -¡Un diario de ocho años! Estábamos... -pensó un momento. Estábamos en Malasia.

 Acercándose, Bergen observa la fecha del día, estampada como una cifra de misterio en la primera página del diario.

 -No me explico, Olsen...

 Echan a andar.

 Frente al edificio de la Cámara de Comercio, ven que la casa está sombría, abandonada, como si desde hace mucho tiempo antes no se hablara allí de transacciones, ni de intercambios, ni de mercaderías de ninguna clase, ni de nada absolutamente.

 -Esto también está muerto, Bergen.

 -¿Y esto? -dice Olsen más adelante.

 -¡Oh! La Bolsa. También muerto. Aquí no se cotizan valores lo menos desde que nosotros andábamos capeando aquel tifón del mar de la China.

 Olsen está más rojo ahora y más rubio bajo el sol del mediodía, que enciende la calle con chorros de oro vivo.

 Unos álamos perecen bajo el polvo, a lo largo de la avenida. Las casas, despintadas y sucias, parecen próximas a derrumbarse bajo el peso de su abandono. Casi todas están desocupadas. En sus puertas hay clavados letreros iguales, como lápidas.

 -Nichos vacíos, Bergen.

 Son casas desalquiladas. Sus moradores, probablemente, ya están en el otro mundo. Los carteles tienen polvo de muchos años. Algunos están rotos por la lluvia y el viento. De su interior llega olor a humedad, a moho.

 -Deben de ser interiores desolados y oscuros, Olsen.

 Trata de mirar por una ventana que tiene las persianas rotas. Se echa otra vez al centro de la calle, tapándose la nariz. Por poco lo atropella un automóvil. No se indigna.

 -Los pobres, como no ven.

 Se refiere al chofer.

 El driver, efectivamente, aunque quisiera disimularlo hábilmente, no puede negar que es un cadáver. Hasta huele mal. Además, no hay sino que ver su cara amarilla, sus pómulos casi descubiertos bajo la piel arrugada y muerta.

 -Debe ser un muerto de hace poco tiempo, Olsen.

 -Te lo conocemos, amiguito -dice Bergen al chofer.

 Mira el reloj.

 -Las doce y treinta, Olsen.

 No hay un solo almacén abierto. Desde luego, ¿para qué? En una tienda de extranjeros encuentran unos cuantos hombres vivos.

 -Survivors, Olsen. *

 Entran. No huele a cadáver. Ni a tumba recién abierta. Sino a vino, a aceites y a arenque ahumado. Sentados a la mesa, con la cara hacia el norte, y en un pedazo del edificio del Congreso. Un largo merengue con una cúpula de natilla que se tuesta al sol. Enfrente, otra fila de automóviles con sus cadáveres al timón, inmóviles como sus vehículos. La fonda está llena de moscas y de silencio. En una vitrina que llega hasta el techo, un techo bajo, abovedado, detrás del mostrador carcomido, se ahílan botellas con marbetes inscriptos en todos los idiomas del mundo. Olsen y Bergen piden vino, señalando una botella con un letrero que dice: “Rioja”, y que ellos conocen perfectamente desde su reciente recalada en Veracruz. Se les da hielo, que rechazan prontamente. No se explican que no se tome el vino caliente. Salen luego, después de dejar sobre la mesa de tabla un dólar, la moneda internacional en América. Es la una de la tarde.

 Por la calle abajo, observan que los escaparates de todos los comercios están agujereados de proyectiles. Algunos cristales han desaparecido y se les ha sustituido con tablas. Muchas calles están así. Algunas parecen una valla interminable, donde no se anuncia nadie. Ni la virtud de ningún específico ni los milagros de las panaceas locales. No es extraño. ¿Qué aplicación han de tener estas cosas en la Isla de los Muertos?

 Hay cosas curiosas. Por ejemplo: aquel tendero inclinado sobre una carpeta, con una pluma en la mano y los ojos a medio cerrar... Cualquiera diría que está escribiendo, y fatigado de sueño... ¡Un muerto! Y cosas espantosas: junto al quicio de una puerta, una mujer sentada en el suelo, con la espalda pegada a la pared, como si acabaran de fusilarla. Todavía tiene los ojos abiertos. Pero ya no miran a ninguna parte. A su lado, cuatro chiquillos envueltos en andrajos, sin carne alrededor de los huesos. El pellejo -se advierte por los claros del churre- es amarillo como el de los niños en Amoy o en Nangking. Por sus cráneos rapados pululan caravanas de insectos internacionales. Uno de esos chiquillos, que no está bien muerto todavía, al ver pasar a Bergen y Olsen, se alza de su pudridero. Con enorme sorpresa de Bergen, el pequeño se mueve, tiende las manos y dice en un slang desmañado:

 -Mister, one cent!

 Le dan algunos centavos.

 La mujer fusilada se mueve un poco, y Bergen cree que una ráfaga de aire la va a derribar al suelo. No lo quiere ver y se marcha.

 Unos camiones enormes, de altas paredes metálicas, cruzan con terrible estrépito. A Olsen le parecen carros para la basura, pero Bergen insiste en que son grandes depósitos de cadáveres que van a ser precipitados al mar. No está muy seguro. Pero debe de ser así, dado que despiden tan mal olor. El estruendo se apaga en una calle lejana. El hedor se confunde en la atmósfera con los otros hedores de la ciudad muerta. La putrefacción es general, y Bergen -tan amigo de hacer observaciones- apunta que en el ambiente enrarecido deben flotar cómodamente y sin miedo a descender a ras de tierra, las almas de aquellos que habitaron un día las casas lapidadas.

 La ciudad es hostil y punteada de fealdades por todas partes. Un rincón de ella, no muy lejos del centro, por cierto, huele a estiércol. Es el barrio asiático. El sol es su único desinfectante. Todo aparece ahí lamentable, corrupto y purulento. Gacho, inconcluso y nonato. Un asco. Bergen y Olsen pasan rápidamente.

 -Eh, boys! Coming!

 Está semidesnuda, a la puerta de un prostíbulo. Pintarrajada por todas partes, parece una máscara. ¡Una sirena!

 -No, chica -dijo Bergen-. Que no tenemos inyecciones a bordo.

 Las residencias vacías, las siluetas enclenques de las sombras que cruzan dando la impresión de que van a deshacerse, y comercios abandonados, se suceden hasta el extremo de la ciudad muerta, triste en su silencio inmutable.

 Pasan aun frente a dos clubes, que tienen las puertas cerradas. No se atreven a hablar a nadie, pues temen oír respuestas de ultratumba, o sonidos inarticulados que no expresan nada.

 Continúan su marcha.

 Por todas partes no se ven sino edificios incendiados, casas abandonadas por sus moradores - muertos ya seguramente-, edificios saqueados. Apenas hay transeúntes. Ni vendedores. No se pregonan periódicos. No hay el menor síntoma de vida en ese sector de la ciudad.

 Atraviesan la ciudad.

 Sobre el bastión de una vieja fortaleza, un grupo de marineros mira al horizonte con vago gesto de cansancio. Otros reposan a la sombra de una casamata. La bayoneta de un centinela refleja el sol siniestramente.

 Por una calle, que no es ciertamente la de Buenaventura, ven los últimos estertores de la ciudad y las postreras miserias de la Isla de los Muertos. Hay, en las esquinas, hombres con las manos extendidas y rígidas, como queriendo comprobar si llueve. Hay muchos así por las calles. Bergen se imagina que son limosneros. Por la calle vuelan papeles sucios, amarillos de tiempo. Seguramente han muerto todos los basureros y las calles no han sido barridas desde ese tiempo. Lo único que parece conservar aún un poco de vida, son algunos álamos del parque. Pues hasta las banderas cuelgan fláccidas en sus mástiles endomingados.

 En una pequeña plaza, llena toda de siluetas amarillas, de escombros y de silencio, han visto humear un edificio de dos plantas, con su exterior cerrado. Las ventanas altas, de cristales, están perforadas por las balas. Mirando hacia el interior, Bergen ve los restos de una imprenta deshecha, con las maquinarias rotas, llenas de cenizas. Olsen comprueba que se trata de las oficinas de un periódico que el gobierno ha hecho quemar para hacerlo callar por la fuerza.

 Bergen sabe que, una tarde, la plebe que moría le dio fuego. Y como los soldados ya no tenían a quien fusilar, porque la ciudad no contenía sino una población de cadáveres, fusilaron el edificio del periódico. Cuatro horas después, los enterradores vigilaban, descaradamente, con el fusil al brazo, el enorme cadáver del periódico que había perecido entre las llamas. La pequeña plaza está salpicada de manchas de sangre y de comentarios vergonzantes.

 A uno de esos soldados, que ha evolucionado lo suficiente para emplear el acento humano al expresarse, se acerca Bergen:

 -¿Muchos muertos?

 -Hoy, siete -dice el mílite mirándolo fríamente.

 -¡Bah! -exclama.

 El soldado comprende:

 -Esto no duró más que diez minutos -dice-. Otros días hemos trabajado más...

 ¿Cuántos? -dice Olsen impaciente.

 -¡Oh!, otros días... Hasta cuatrocientos.

  Se ríe y vuelve la espalda.

 Los dos quedan clavados en el suelo. Cuando el soldado pasa otra vez junto a ellos, Bergen está recordando una vieja historia de sangre:

 -Hace un año, un marinero de Oslo, Nilsen, dio una puñalada, en esta misma ciudad muerta de ahora, a un fogonero italiano, durante una riña de taberna. Había sido condenado. ¿Qué será de él? ¿Cómo estarán los presos de la cárcel?

 Y dice al soldado:

 -¿Y en la cárcel?

 -¡Psh! Esos son muertos.

 El soldado lo dice despreciativamente. Piensa Bergen: “Pobre Nilsen! Se imagina que los han fusilado a todos.”

 Siguen. Ven los colegios cerrados, las escuelas abandonadas, los comercios abandonados. Muchos, tras inútiles barricadas. Cafés vacíos. Bares en silencio. Hasta las iglesias sufren de soledad y sus campanas están mudas. La policía ha muerto también, seguramente, porque no ven agentes por la calle. Casi junto a Bergen cruza rápido un camión militar erizado de fusiles. Piensa que, desalojada de cadáveres la ciudad -¿los habrán tirado al mar?-, las tropas han ocupado este último reducto de la vida en la Isla de los Muertos.

 Ahora van en silencio hacia los malecones desiertos.

 -¡Al puerto! -dice Bergen.

 El contramaestre se orienta. Siempre por el medio de la calle, llegan a la rada. El “Norgens”, en bahía, luce, desde el muelle, más pequeño y más insignificante en las aguas sin barcos. Humea como el Fusi Yama. Los fogoneros -se advierte enseguida- levantan presión, allá abajo, en el vientre oscuro de la embarcación, inmóvil como si estuviera dormida en las aguas sucias del puerto.

 No. Este no es el Puerto de la Buena Arribada.

 El piloto:

 -¡Eh, Olsen! ¡Bergen! ¿Qué hacéis ahí, como muertos, que no os movéis desde hace una hora?

 Los dos están amarillos, tirados a popa, bajo un sol que les derrite los sesos.

 El barco gana el mar libre. A popa queda la isla, en la desolación de su destino, como un enorme catafalco que se va agrisando en la distancia...

 

                                        1934

 

 *Supervivientes no traduce bien la palabra (survivors). Podría decirse mejor supervivess, es decir, hombres que han sobrevivido a sí mismos. (N.del autor.)

 


 La isla de los muertos y otros relatos, Selección y prólogo de Enrique Saínz, Letras Cubanas, 1983. Fotografía: Carteles, 1923.