lunes, 18 de mayo de 2026

Psicoanálisis del azúcar



João Cabral de Melo Neto


El azúcar cristal, o azúcar de fábrica,    
muestra la más inestable de las blancuras:
quien es de Recife sabe de cierto cuánto,
y lo poco de ese cuánto que ella dura.
Sabe lo mínimo de lo poco que el cristal
se estabiliza cristal sobre el azúcar,
por encima del fondo antiguo, de mascabado,
del mascabado fangoso que se incuba;
y sabe que todo puede romper el mínimo
en que el cristal es capaz de censura:
pues tal fondo mascabado aflora luego
sea que invierno o verano miele el azúcar.

Si los colonos que todavía quedan purgan
el azúcar bruto con barro, de mixtura;
la fábrica ya no lo purga: desde la infancia,
no sólo después de adulto, lo educa:
en enfermerías, con vacíos y turbinas,
en manos de metal de gente industria,
la fábrica lo lleva a sublimar en cristal  
lo pardo de la meladura: no lo purga, cura.
Pero como la caña se cría todavía hoy
en manos de barro de gente agricultura,
lo fangoso de la pre-infancia aflora luego
sea que invierno o verano miele el azúcar.



Psicanálise do açúcar


O açúcar cristal, ou açúcar de usina,
mostra a mais instável das brancuras:
quem do Recife sabe direito o quanto,
e o pouco desse quanto, que ela dura.
Sabe o mínimo do pouco que o cristal
se estabiliza cristal sobre o açúcar,
por cima do fundo antigo, de mascavo,
do mascavo barrento que se incuba;
e sabe que tudo pode romper o mínimo
em que o cristal é capaz de censura:
pois o tal fundo mascavo logo aflora
quer inverno ou verão mele o açúcar.


Se os banguês que-ainda purgam ainda
o açúcar bruto com barro, de mistura;
a usina já não o purga: da infância,
não só depois de adulto, ela o educa;
em enfermarias, com vácuos e turbinas,
em mãos de metal de gente indústria,
a usina o leva a sublimar em cristal
o pardo do xarope: não o purga, cura.
Mas como a cana se cria ainda hoje,
em mãos de barro de gente agricultura,
o barrento da pré-infância logo aflora
quer inverno ou verão mele o açúcar.



Versión: Pedro Marqués de Armas




sábado, 16 de mayo de 2026

ANTIODA (contra la poesía que pretende ser profunda)

 

João Cabral de Melo Neto

 

                     A

 

Poesía, te escribía:

¡flor! conociendo

que eres heces. Heces

como cualquier cosa  

 

engendrando hongos

(raros, frágiles hon-

gos) en el húmedo

calor de nuestra boca.

 

Delicado escribía

¡flor! (¿Hongos

serán flor? Especie

extraña especie

 

extinta de flor, flor

no del todo flor

sino flor: burbuja

abierta en lo maduro)

 

Delicado, evitaba

el estiércol del poema,

su tallo, su ovario,

sus intestinos.

 

Esperaba las puras,

transparentes floraciones,

nacidas del aire, en el aire,

como las brisas.

 

                    B

 

Después descubriría

que era lícito

llamarte: ¡flor!

(¿por vuestras iguales

 

circunstancias? ¿Vuestras

gentiles sustancias? ¿Vuestras

dulces carnaciones? ¿Por los

virtuosos vergeles

 

de vuestras evocaciones?

¿Por el pudor del verso

—pudor de flor—

por su tan delicado

 

pudor de flor,

que solo se abre

cuando la olvida

el sueño del jardinero?)

 

Después descubriría

que era lícito

llamarte: ¡flor!

(flor, imagen de

 

dos puntas como

una cuerda). Después

descubriría

las dos puntas

 

de la flor; las dos

bocas de la imagen

de la flor: la boca

que como el difunto

 

y la boca que orna

el difunto, con o tro

difunto con flores,

— cristales de vómito.

 

                      C

 

¿Cómo no invocar el

vicio de la poesía: el

cuerpo que entorpece

al aire de versos?

 

(Al aire de aguas

muertas, inyectando

en la carne del día

una infección de la noche).

 

¿Hambre de vida? Hambre

de muerte, frecuentación

de la muerte, como de

algún cinema.

 

¿El día? Árido.

Venga pues la noche,

el sueño. Venga,

por eso, la flor.

 

Venga, más fácil y

portátil en la memoria,

el poema, su práctica,

su lánguida horti-

 

cultura? Pues estaciones

hay, del poema, como

de la flor, o como

en el amor de los canes:

 

y mil monótonos

injertos, mil maneras

de excitar negros

éxtasis: y la monótona

 

espera de que se

pudra en poema,

previa exhalación

del alma difunta.

 

                    D

 

Poesía, no será ese

el sentido en que

aún te escribo:

¡flor! (Te escribo:

 

¡flor! No una

flor, ni aquella

flor — virtud — en

disfrazados orinales).

 

Flor es palabra

flor, verso inscrito

en el verso, como las

mañanas en el tiempo.

 

Flor es el salto

del ave para el vuelo:

el salto fuera del sueño

cuando su tejido

 

se rompe; es una explosión

puesta a funcionar,

como una máquina,

un jarrón de flores.

 

                    E

 

Poesía, te escribo

ahora: heces, las

heces vivas que eres.

Sé que otras

 

palabras eres, palabras

imposibles de poema.

Te escribo, por eso,

heces, palabra leve,

 

contando con su

brevedad.  Te escribo

saliva, saliva, no

más; tanta saliva

 

como la tercera

(¿cómo usarla en un

poema?) la tercera

de las virtudes teologales.

 


Traducción: Carlos Germán Belli

  

Poemas / Joao Cabral de Melo Neto; traducción de Carlos Germán Belli; presentación de Manuel Pantigoso, Lima, Centro de Estudios Brasileños, 1977.


martes, 12 de mayo de 2026

Juguetes

  

 Coventry Patmore

  

 Mi hijo pequeño, el de ojos pensativos

y andadura y lenguaje de persona mayor,

habiendo transgredido siete veces mi ley,

le pegué, y despedí

con ásperas palabras, sin besarlo

–su madre, tan paciente, muerta ya.

Y luego, temeroso de haberlo desvelado,

hasta su cama fui,

mas lo encontré dormido en un sueño profundo,

los párpados sombríos, y las pestañas húmedas

del sollozo final.

Y yo, con un gemido,

sus lágrimas besé, dejando en vez las mías,

pues vi que en una mesa, muy cerca de su almohada,

había puesto a su alcance

unas fichas, su piedrita veteada de rojo,

un pedazo de vidrio pulido por la playa,

cinco o seis caracoles,

un frasco con caléndulas azules,

dos o tres centavitos franceses, todo en orden

para aliviar su triste corazón.

De modo que al rezar aquella noche

a Dios, llorando dije:

“Ah, cuando al fin, frenado ya el aliento

para no molestarte con mi muerte,

y tú recuerdes los juguetes.

 

    El aroma del original

                                                                                             A Diego García Elío


  En Conversación con los difuntos, una selección de las traducciones que he podido, no querido, hacer a través de los años, y que fue publicada en México por Ediciones del Equilibrista en 1992, argumentaba yo que uno escribe los poemas que se le imponen, no los que quisiera escribir. Como prueba aducía precisamente “Los juguetes”, de Coventry Patmore, pues jamás he distinguido entre los procesos de escribir y traducir poesía. De pronto, como para contradecirme, aparecieron “Los juguetes” en la página.

 Cierto es que la dificultad mayor se ocultaba en un solo verso del original inglés. En el poema, Patmore se refiere a un incidente con su pequeño hijo, huérfano de madre. El verso en cuestión dice, con desgarradora e intraducible sencillez “His mother, who was patient, being dead”.

  Estas palabras tienen una fuerza escueta, inapelable. La clave está en el gerundio: being. “Being dead” supone una duración, una continuidad de la estancia en la muerte. La solución más fácil, “estando muerta”, no me parece buen español.

 El incidente familiar de que hablé me presionaba desde adentro a buscar una solución rápida y satisfactoria. Sucede que mi hijo mayor había regañado con inusitada violencia a mi nieto, y yo deseaba llamarle discretamente la atención.

 La fórmula apareció como un relámpago. No podía ser más breve. El adverbio ya sugiere algo que ha sucedido antes del momento en que se habla:

  su madre, tan paciente, muerta ya.

 A mi parecer, el adverbio sugería una continuidad, una duración en la muerte. Además, tiene toda la fuerza de un monosílabo.

 Lo que se aviene con mi modestísima tesis –tomada, como se advierte en el prólogo de aquella selección, del poeta inglés Walter de la Mare– de que a lo más que puede aspirar un traductor es al eco, o mejor, “el aroma”, del original.

 Roto así el hechizo que me paralizaba, fueron apareciendo los otros versos que sin duda esperaban pacientes su turno, y ahí están.


 Nota y versión de Eliseo Diego.


 Letras Libres, 31 de marzo de 2007.


sábado, 9 de mayo de 2026

Objetor de conciencia



Edna St. Vincent Millay 

 

Moriré,

pero eso es todo lo que haré por la Muerte.

La oigo sacar su caballo del establo,

oigo el ruido en el piso del granero.

Tiene prisa; tiene negocios en Cuba,

negocios en los Balcanes, muchas visitas que hacer 

                                          esta mañana.

Pero no sujetaré las riendas

mientras ajusta la cincha.

Y ya puede montar sola,

que no la ayudaré a subir.

 

Aunque azote mis hombros con su látigo,

no le diré por dónde corre el zorro.

Con su casco sobre mi pecho, no le diré dónde

se esconde el niño negro en el pantano.

Moriré, pero eso es todo lo que haré por la Muerte;

no estoy en su nómina.

 

No le diré dónde están mis amigos

ni tampoco mis enemigos.

Por mucho que prometa,

no le señalaré el camino a la puerta de nadie.

¿Acaso soy un espía en el mundo de los vivos

para entregar a los hombres a la Muerte?

Hermano, la contraseña y los planes de nuestra ciudad

están a salvo conmigo; a través de mí no serás vencido.  

 

 

Conscientious Objector

 

I shall die, but

that is all that I shall do for Death.

I hear him leading his horse out of the stall;

I hear the clatter on the barn-floor.

He is in haste; he has business in Cuba,

business in the Balkans, many calls to make this morning.

But I will not hold the bridle

while he clinches the girth.

And he may mount by himself:

I will not give him a leg up.

 

Though he flick my shoulders with his whip,

I will not tell him which way the fox ran.

With his hoof on my breast, I will not tell him where

the black boy hides in the swamp.

I shall die, but that is all that I shall do for Death;

I am not on his pay-roll.

 

I will not tell him the whereabout of my friends

nor of my enemies either.

Though he promise me much,

I will not map him the route to any man's door.

Am I a spy in the land of the living,

that I should deliver men to Death?

Brother, the password and the plans of our city

are safe with me; never through me Shall you be overcome.


Versión: Lucilo de la Peña



viernes, 8 de mayo de 2026

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio


Eliseo Diego 


No creo imposible que uno llegue a enamorarse de una muchacha a quien jamás podrá encontrar en las playas de este mundo. La historia de las relaciones humanas está llena de trágicos desencuentros. Ella es quizás una joven en un ahora de hace doscientos años, y él se pasará la vida buscándola afanosamente y acabará como ella, sintiendo una falta tan terrible como el hambre. ¡Cuántos hombres y mujeres insatisfechos, solitarios, no hemos conocido, y el secreto no es otro que éste! ¡Piensa tú en el “seguro azar” que la trajo corriendo a tropezar contigo justo cuando arrancaba el tren, o remontaba el avión, o como fuere en tu caso! Sólo un momento más tarde y ya no se habrían encontrado en toda la eternidad del tiempo. Minutos o siglos, todo es uno y lo mismo para el destino que anda a ciegas.

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio –perdóneme mi esposa– no más con sólo mirar su foto de muchacha. Está sola en un jardín, quién sabe dónde. Viste sencillamente de blusa y saya. Inclina leve la cabeza sobre un hombro y extiende los brazos delicados para acariciar las ramas de un arbusto de flores blancas. ¿A quién o qué mira? Alguien alguna vez lo supo y se ha callado.

Comenzó a escribir cuando pasaba apenas de una niña, ya entonces ganó un importante premio literario. No enturbiaré con otros detalles, salvo para decir que tuvo amores con el nicaragüense Salomón de la Selva, inmenso como su nombre. Es él quien vive aún en el poema sobre el ferry que ella tituló, en español, “Recuerdo”. José Coronel Urtecho tuvo la suerte de ser su amigo.  

Salomón de la Selva, Coronel Urtecho y Agustí Bartra tradujeron varios poemas suyos en un cuaderno titulado Renacencia, tan difícil de obtenerlo hoy como de conocerla a ella. Se publicó en Managua, en 1978, en las Ediciones Americanas. ¡Ojalá algún editor tuviese el buen gusto de reeditarlo!

Escojo dejarla así, muchacha desolada en el jardín vacío, con todo el futuro por delante, y en él sus poemas como una sorpresa.

 

Vasija India

 

Allí, mientras me inclinaba sobre la rota vasija 

                                del pueblo de la meseta,

desconsoladamente juntando el dibujo de los fragmentos 

    y apartándolos luego,

aparecieron sobre el borde de la casa dos 

                                embrujados Navajos,

el picamaderos de roja flecha y su novia,

y se acercaron con adorable agilidad

a la pérgola, relumbrando la maravilla de sus alas;

allí se estuvieron, misteriosos y duros y bruñidos,

arrancando las bayas añiles de la esparcida madreselva 

    con el fuerte pico de ébano.

 

Su cabeza sin cresta 

llevaba la roja luna llena por corona;

el negro de la luna nueva era un creciente en cada pecho;

de los cuerpos de ambos un visible calor golpeaba 

                                            descendiendo,

y del movimiento de sus cuellos una sombra volaba y caía

rasando el patio y en la amarilla pared de adobe

abriendo una brecha azul.

 

Poderosa era la belleza de los pájaros.

Resonaba como una campana golpeada 

                     en el silencio profundo y cálido.

Me incliné sobre el raído barro; apasionadamente

clamé a la belleza de los pájaros:

“¡Consolad a la vasija rota!”

 

La belleza de los pájaros abrió sus labios para hablar:

sus palabras eran colores,

el dardo escarlata en la mejilla gris,

la baya de púrpura en el pico de ébano.

Dijo: “No puedo consolar

la cosa rota: sólo puedo rehacerla”.

 

Sabiduría, flor herética, tuve miedo de tus grandes,

¡fríos pétalos sin aroma!

Conmovida, traicionada,

me volví al alivio de la pena, me incliné

sobre los encantadores fragmentos.

Pero su color se había desvanecido en la fiera 

                                   luz de los pájaros.

Y en cuanto a los pájaros, se habían ido.

Tan rápidos como vinieron,

se habían ido.    

 

Conversación con los difuntos, Turner, Ediciones del Equilibrista, Madrid, 1991, pp. 96-97 y 101-03. Uno de los tres poemas de Edna St. Vincent Millay (1892-1952) que Eliseo Diego incluyó en su tesauro de traducciones de poetas muertos.