jueves, 26 de noviembre de 2020

Pequeña China. Una serie de chinos antes que ningún chino

 


 

   Pedro Marqués de Armas


 Mucho más que los esclavos africanos, y a menudo en oposición a ellos, los colonos asiáticos conducidos a Cuba durante el siglo XIX representaron un valor moderno, propio del incipiente capitalismo industrial. A diferencia de los esclavos, y aun cuando su condición legal no difería demasiado, los coolies encarnan una idea de orden donde, por encima de estereotipos y observaciones empíricas, sobresale el carácter serial de su representación.

 A los chinos se les conecta al ritmo eficaz de las fábricas. Sus cuadrillas devienen pieza de un engranaje más vasto en el que destacan atributos de cantidad, precisión y regularidad. Lo mismo si hacen cigarrillos que ataúdes, si cargan piedras o recogen hortalizas, la imagen dominante es la del manómetro o la correa de transmisión. Se les observa, por otra parte, según normas carcelarias. Enfundado en traje de franela azul, el trabajador asiático encarna tanto al operario de la fábrica-correccional, con nombres irónicos como “La Honradez” o “El Porvenir”, como al recluso del presidio con departamento fabril.

 Se trata en todo momento de contener el azar, lo proliferativo; es decir, aquello que escapa a los principios de orden y regulación. “Raza sutil”, se le equipara incluso con el “veneno” que emplea y que tan a menudo frustra los controles.

 Hacia mediados del siglo XIX, la cuestión no es ya oponer a una reproducción incontrolable que se cree inherente a los pueblos asiáticos, la manida (y compensatoria) idea de su “natural laboriosidad”, sino enclaustrar tales imágenes en la Gran Fábrica del capitalismo. Al margen de las figuras propuestas por la antropología ilustrada, se ha de promover el modelo serial: la cadena producción/disciplina, higiene/control. 

 Veamos, a propósito, algunas espléndidas descripciones.  

  La primera, del viajero Walter Goodman cuando visita “La Honradez”, donde un individuo resalta, curiosamente, del resto en tanto que máquina más efectiva, sin que ello lo particularice en ningún otro sentido: 

Un piso más arriba y nos introducen en un salón alargado con mesas dispuestas en hileras en las cuales alrededor de cien trabajadores chinos cuentan los cigarrillos ya torcidos y los envuelven en las etiquetas ornamentadas en grupos de veintiséis. Se necesita mucha práctica y mucha destreza en la maniobra para desempeñar esta operación con la velocidad requerida. Los chinos –en este establecimiento trabajan mil– son sin embargo expertos en este arte, y pacientes y laboriosos como bestias de carga. Pero entre los hijos del Celeste Imperio, hay uno que se destaca de los demás por su habilidad. Introduce sus diestros dedos sobre los primeros y solo por el tacto conoce cuando tiene en su mano los veintiséis necesarios. Luego, con un movimiento peculiar le da al puñado de cigarrillos la forma tubular y con otro movimiento los envuelve delicadamente en una cubierta de papel que deja abierta en un extremo y dobla correctamente en el otro. Es tan rápido en su trabajo que casi no podemos seguirlo con los ojos y toda la operación desde el principio hasta el fin nos parece hecha como por arte de magia.

 No sólo no puede el cronista seguirlo con los ojos; tampoco logra establecer una diferencia, una singularidad. El movimiento de los dedos es aquí parte de un mecanismo del que resulta a la vez epítome y metáfora: el del trabajo en cadena, pero no como fuerza viva, sino en cualquier caso como pieza de cálculo: contar, torcer, envolver, etiquetar.


 No muy distinto es el relato de Samuel Hazard en Cuba a pluma y lápiz, quien de paso por la misma tabaquería, afirmaba:

Todo el establecimiento está sujeto a cierto grado de precisión y de sistema militar verdaderamente inimitable”. Describe lo curioso que resulta ver a los chinos metidos “en sus trajes azules, parecidos a los de los presidiarios”, algunos rapados y otros con las trenzas recogidas, y todos con una “gorra especial con el nombre de la fábrica sobre una cinta.

   Y más claro resulta este apunte de Ramón de la Sagra en su visita al ingenio Ponina:

…una cuadrilla de chinos dividida en dos filas en incesante movimiento, vaciando un tanque de meladura y llenando las hormas, con la misma velocidad y regularidad que una correa de transmisión o la igualdad precisa de un péndulo... e identificándose con las indicaciones del manómetro y los golpes regulares del pistón.

 Semejante destreza acompaña al colono asiático, incluso, en los trabajos de carga. El culí es capaz de llevar sobre sus hombros, por medio de una larga y flexible pértiga de bambú, dos cargamentos, uno a cada extremo; mientras que el esclavo africano apenas puede sostener un saco de azúcar y a ritmo más lento. Como apuntó Pérez de la Riva, su andar liviano y grácil ajusta de modo inmejorable con el “vaivén de la carga” y crea un “sincronismo tan perfecto” que hombre y aparato parecen formar “un solo cuerpo vivo”.

 Las descripciones anteriores son conocidas. Agrego otras dos apenas citadas:

Como fabricantes de tabacos y cigarrillos, los chinos son insuperables y contribuyen en gran medida al éxito de esa rama de la industria en La Habana. La célebre fábrica de cigarrillos La Honradez emplea a un gran número de chinos para la preparación de sus delicadas mercancías. Los trabajadores, en su mayor parte, se alimentan en el edificio. Su apartamento para dormir es como el camarote de un barco grande de inmigrantes, lleno de literas de varios niveles. En muchas de las literas cuelgan emblemas curiosos y tarjetas impresas con amuletos chinos, probablemente para asegurar el descanso sin molestias para el ocupante. Al entrar en las largas salas de trabajo en este establecimiento, uno está singularmente impresionado por el curioso aspecto de los trabajadores que a primera vista (e incluso en una segunda ojeada) parecen ser todo mujeres. Vestidos con batas largas, de color azul o amarillo claro, con el pelo trenzado y enrollado alrededor de sus cabezas, sus ojos almendrados sujetos firmemente en el trabajo manual, aparecen como largas filas de autómatas manipulados por un solo cable, en lugar de vivir, y pensar como los hombres. ¿Hasta qué punto están pensando estos hombres es todavía una cuestión abierta? (“Life in Cuba”, Harper´s New Monthly Magazine, vol. 43, pp. 350-65).

También visitamos otra gran fábrica de Tabaco, La Honradez, en la que se elaboran tres millones de cigarros diariamente. En todos los departamentos se utilizan máquinas exclusivamente, por ejemplo, para cortar y comprimir “la picadura” o tabaco utilizado en los cigarros; para marcar, hacer las cajas, imprimir y hasta llenar y enrollar el papel de los cigarros, siento esta última máquina un invento francés muy complicado. Hay alrededor de un centenar de chinos e igual número de jornaleros en el edificio, y mil personas de afuera –estos últimos presos- dispuestos a enrollar cigarros por una pequeña suma. Era maravilloso observar la velocidad con que los chinos contaban y empacaban los estuches de papel que envuelven cada paquete de cigarros, pareciendo determinar al tacto, sin contarlos, su número exacto, siendo tan rápido el movimiento de las manos que apenas es posible seguirles con la vista. Para tales trabajos, sin embargo, los chinos parecen estar particularmente adaptados, su débil constitución los hace incapaces para trabajar en el campo o desempeñar otros trabajos rudos. (F. Trench Townsed, Wild life in Florida with a visit to Cuba, p 175; citado en La Fidelísima Habana, p 366).

 Acoplado a la Gran Máquina y sin perder su condición exótica, el trabajador asiático deviene una suerte de autómata que anticipa al hombre masa, al tiempo que se le condena, de modo perenne, a una virtualidad de esclavo. Sea a expensas del ritmo de la cadena productiva, o por la velocidad de las manos, opera a la vez como correa de transmisión y máquina contadora.

 Desde luego, estas representaciones sirvieron para establecer una oposición entre colonos asiáticos y esclavos africanos, un contrapunteo negativo, cuyo trasfondo era el drama mismo de la esclavitud, y la no resuelta modernización de la industria azucarera. Tal como observó otro viajero, Duvergier de Hauranne, el lugar que cada uno tiene en el espacio plantacional suponía “una jerarquía, una separación de castas”, en la que el asiático ocupaba el puesto más elevado, aquel que correspondía a la esfera industrial.

 Ello fue cierto en buena medida; y existen imágenes que así lo reflejan. En las fotografías que George Barnard realiza hacia 1861 en varias plantaciones de Matanzas, se aprecian cuadrillas de asiáticos enfrascados en las labores fabriles, en ocasiones planos de enormes maquinarias, que luego serían reproducidos -en forma de grabados- en publicaciones norteamericanas interesadas en la modernización de la industria azucarera cubana. (“Sugar making in Cuba”, Haper’s Monthly Magazine, 1864-65, vol. 30, pp. 440-53.)  


  El contrapunteo a que es sometido por casi todos los observadores, en relación al trabajador africano, no responde solo a una estrategia económica, ni la reflejaba únicamente en sus aspiraciones y realidades, sino que expresa, además, la necesidad de fomentar estereotipos encaminados a reforzar un control de orden físico y moral. 

 José A. Saco, cuyo mayor temor era ver a Cuba convertida en una “pequeña China” –aun cuando fuera del panorama insular y supuestamente desfasado-, no se proponía sino una economía de los cuerpos. Acaso no se ha observado con suficiente perspicacia que las propuestas bio-políticas de Saco eran excelentemente modernas y propias de esos años en que, junto a los nacionalismos, emerge también el racismo científico con su voluntad de biométrica –en su caso mediante el análisis estadístico de los comportamientos sociales.

 Como señalaron alguna vez Moreno Fraginals y Juan Pérez de la Riva, el carácter típicamente capitalista de la empresa de inmigración asiática impulsó los sistemas de registros (1). A zaga de los balances de producción y de los movimientos aduanales, y con aceptable nivel de calidad para el momento, se desarrollan la estadística sanitaria y la criminal (léase, ésta última, “estadística moral”). Larvarios en la década de 1840, estos registros se extienden a todo el país a partir 1858, justo cuando la “trata amarilla” despega, constituyendo un dispositivo que, en arreglo con indicadores como la reproducción del capital laboral, implicarará articulaciones más extensas.

 Un debate como el que, según cálculo nacionalista, se produjo tras la publicación de la Estadística Judicial de 1862 (2) da cuenta de ello. Se expresaron una serie interpretaciones que, a modo de polémica virtual y tras el calificativo de marras (“la elocuencia de las cifras”), sirvió para promover las estrategias sobre cómo debía procederse con los diversos grupos. Más que el crimen como recurso para refutar la trata, lo que Saco propone en su análisis, es la criminalización del otro, pero ya no apelando a una moral ilustrada, sino positiva, es decir, según criterios biopolíticos y disciplinarios propios del “racismo de Estado”; y ya sabemos que no hay que ser hombre de estado para contribuir a su emergencia.

 Si bien había empleado números a propósito de la epidemia de cólera, a fin de mostrar a los negros como fuente del contagio, ahora puede hacerlo a sus anchas, con total garantía técnica y sin tener que invocar factores climáticos. Saco critica a las instituciones judiciales por su precario funcionamiento, pero le importa señalar, sobre todo, a chinos y africanos como agentes criminales, en tanto comienza a preocuparse por el aumento de ciertos delitos en la población blanca. No por gusto su plan de blanqueamiento de la isla es esbozado en este estudio sobre estadística criminal.(3) 

 EComunidades imaginadasBenedict Anderson mostró como el censo, el mapa y el museo –y cabe también la estadística moral– se entrelazaron para formar el estilo de pensamiento del Estado colonial tardío, operación que daría sustento, bajo iguales claves, a aquellos nacionalismos que aún no habían facturado o consolidado sus instituciones. Se trata de establecer una red clasificatoria –aquí en función de las tendencias criminales, pero lo mismo en cuanto al rendimiento productivo, la mortalidad, etc.– que permita deslindar entre unos y otros. En otras palabras: facilitar el conteo de los individuos en tanto colectivos y desde compartimientos estancos. “Por eso el Estado colonial –expresó Anderson– imaginó una serie de chinos antes que a ningún chino”.


Notas

(1) Pérez de la Riva, Juan: Los culíes chinos en Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2000, p. 177.; y Moreno Fraginals, Manuel: “La brecha informativa. Información y desinformación como herramientas de dominio neocolonial en el siglo XIX”, Santiago, no 29, marzo de 1978, p. 18.

(2) La Estadística Criminal de 1862 (publicada dos años más tarde) no fue la primera en incluir datos sobre la criminalidad asiática pero es la más conocida en este sentido. Además de Saco, la comentan Jacobo de la Pezuela, Henri Dumont, Francisco J. Bona y Rafael María de Labra. (Ver Saco, José Antonio: “La estadística criminal en Cuba en 1862”, Colección póstuma de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos sobre la Isla de Cuba, ya publicados, ya inéditos, La Habana, 1881, pp. 141 y 150, y La América, Madrid, 12 de febrero de 1864).

(3) Con la frase “Cuba se convertiría en una pequeña China”, Saco alude al temor de que fuesen importadas mujeres chinas y constituyeran familias en suelo cubano (“Los chinos en Cuba”, Colección póstuma de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos sobre la Isla de Cuba, ya publicados, ya inéditos, La Habana, 1881, pp. 181 y 187; y La América, Madrid, 12 de marzo de 1864).


martes, 24 de noviembre de 2020

Un cuento chino


  En la amplia habitación que ocupa todo el centro de la vieja casa, sentado sobre las plegadas piernas, Chun, sorbe lentamente el té que dora la transparencia de una diminuta taza de porcelana, mientras la larga pipa de bambú reposa apagada junto a él sobre la alta y esbelta mesa de madera negra, y pulida tan finamente, que parece haberlo sido por el suave roce de las flotantes túnicas de seda, a través de las generaciones. 

 Es cerca de medianoche; por el ventanal abierto entra la luna y sale la mirada de Chun a vagar sobre el paisaje.

 En derredor de la casa, los jardines, con sus caminos tortuosos y sus plantas cultivadas en macetas; detrás, como una felpa de verde y plata, los plantíos de arroz; luego, sobre una eminencia, el pequeño templo del cementerio, donde reposan los huesos de sus mayores; más lejos, un gran edificio recorta la silueta de los techos curvos sobre el azul pulido y luminoso del cielo y, en último término, allá en la lejanía del horizonte, más se adivina que se ve, una cinta oscura que se aleja serpeando hacia el sur. El río, donde los “juncos” parecen grandes aves dormidas en el silencio de la noche…

 Chun está triste. Todo anda mal, desde que un forastero, alto y rubio, de ojos claros y mirada dura, apareció en aquellos lugares. Él, con autorización del Taotai había levantado la casa grande, mitad templo y mitad fortaleza, donde se decían rezos en lengua extraña y se guardaban fusiles y balas, que sus ojos veían alzarse junto al cementerio.

 Primero Chun había tenido que ceder parte de su heredad al intruso de ojos claros. Chun había protestado. Aquella tierra estaba saturada del sudor de diez generaciones de su familia, que habían labrado sus entrañas y sobre ella habían vivido. Todo había sido inútil. El Magistrado de la próxima aldea, hombre rollizo y apacible, le había hablado de cosas raras que no entendió y de barcos llenos de cañones que estaban allá abajo, al Sur, donde el río se vaciaba en el mar, y como corolario, le había ordenado ceder lo suyo y callar.

 Después, el santo sacerdote que velaba en el cementerio el reposo de los muertos y cumplía las prescripciones de los ritos, fue expulsado de su vivienda. Obra del forastero.

 Por fin, lo peor había llegado. Aquella mañana, una cuadrilla de trabajadores, guiados por el forastero, habían pretendido abrir un camino cruzando el cementerio, donde, en ataúdes de maderas cuidadosamente escogidas, reposaban sus familiares difuntos.

  La protesta había sido tan enérgica por parte de Chun y sus vecinos, todos de la misma tribu, que la sacrílega faena había sido suspendida; pero Chun recordaba, inquieto, el gesto amenazador del forastero, al retirarse… y los buques que estaba allá al Sur, cargados de cañones.

 La idea de ser lanzado de la casa solariega le asaltaba y una congoja extraña le atenazaba el corazón.

 ¡Emigrar!

 Recordaba las historias de su primo Chun Muy, que el año anterior, había aparecido a la puerta de la casa, cuando todos le creían muerto hacía ya tiempo y en las ceremonias de difuntos se habían quemado por él papeles de papeles de plata y oro.

 Chun Muy había contado sus aventuras a toda la familia reunida en las frescas veladas del invierno.

 Cuando, hacía más de treinta años, muchos más, antes que Kuang-Su fuese Emperador, un día, lleno de curiosidad, por conocer el puerto y ver los “barcos de flores” y todas las maravillas de que hablaban los barqueros que en los grandes “juncos” acarreaban la sal, se embarcó en uno de aquellos que bajaban el río, emprendía sin saberlo un viaje larguísimo y doloroso.

 En el puerto lo habían llevado con engaño a un gran buque de altísima arboladura y que en nada se parecía a los juncos que navegaban por el río. Allí, a bordo, había sido violentamente encerrado en la bodega y… ¡a navegar y sufrir!

 Había sido llevado a un país hermoso, donde fue esclavo y donde había esclavos negros y hombres blancos que morían en los patíbulos, por no pensar como pensaban los que gobernaban.

  Y había conocido el látigo que corta la carne en las espaldas, las cadenas que destrozan los tobillos, los cepos, de gruesos leños, como los que había visto usar en su país para los ladrones, y todas las amarguras y todas las vejaciones.

 Había visto a sus compañeros ahorcarse para escapar a tanta miseria, y feroces perros destrozar los cráneos de infelices fugitivos. Y un día, en aquel país lejano y hermoso, había resonado un gran grito, y todos los que sufrían se habían alzado en tremendo gesto de protesta. El incendio lo había arrasado todo, los campos inmensos de cañas de azúcar, que, al arder, estallaban como racimos de cohetes en día de fiesta, y las fábricas… y los látigos y los cepos. Había sido, como si los esclavos todos, formando un solo cuerpo y agitando un solo brazo, hubiesen azotado las espaldas del amo con un tremendo látigo de fuego. Y, después, habían sido libre todos, los que cargaban cadenas y los condenados a morir en los patíbulos…

 De pronto, un clamoreo inmenso rasgó el silencio de la noche y Chun, sobresaltado, vio entrar en su casa un grupo de sus vecinos y parientes, gritando y gesticulando.

 ¡Se realizaba el sacrilegio! El forastero, al abrigo de la noche, con su cuadrilla de trabajadores, removía la tierra del cementerio y los huesos de sus mayores.

 De un salto, Chun estaba en el portal y, destacándose sobre la clara luminosidad del cielo, vio el grupo de los trabajadores, dominado por la figura alta y recia del forastero, y, allá adentro, en el espejo de su cerebro, la fantástica imagen de un inmenso látigo de fuego…

 Al aclarar, cuando ya la luna blanqueaba, un resplandor rojizo se alzaba de las ruinas de la casa grande donde se decían rezos y donde se guardaban fusiles y balas y, sobre los restos carbonizados de un “junco” que las aguas amarillentas llevaban río abajo, hacia el Sur, donde estaban los barcos cargados de cañones, iba el cadáver del hombre alto y rubio, que conservaba abiertos los ojos claros donde parecía haber quedado fija la última impresión de espanto y de sorpresa.

                               Por la adaptación,

                                      Mayo, 1909,

                                    Raoul J. Cay.


 El Fígaro, 16 de mayo 1909. 


viernes, 20 de noviembre de 2020

La fiesta de Consulado chino y la Zanja de entonces


 Federico Villoch: "Viejas postales andantes" (fragmento), sección Viejas postales descoloridas, Diario de la Marina, 3 de marzo 1940, pp. 18-20.