sábado, 30 de noviembre de 2019

Paz en Oriente



 Severo Sarduy

Saint-Léonard, 1990

I

 La presencia del poeta, del creador occidental en Oriente, no puede evaluarse, como se ha hecho con excesiva frecuencia, por su adhesión a una religión —casi siempre brahamanismo edulcorado, presentado en su «traducción» occidental o en su versión más neurótica y cristianizada—, por su reverencia a una moral —casi siempre budismo, pero asimilado a lo que es precisamente su negación o su paradoja más flagrante: a una religión—, o por la persistencia oriental de sus evocaciones, vecinas, al menos en el siglo xix, de lo más ornamental, de la pura voluta o la puerta de arco peraltado.
 No: esa presencia no tiene otra mesura que el resurgimiento y la continuidad, en su obra, de lo que yo llamaría, a falta de otros términos, el pensamiento asiático, un pensamiento que no es sólo el desfile de conceptos, una teoría de silogismos nítidos como paisajes clásicos, sino también, y sobre todo: un estilo.
 Todo, en ese estilo, es decir, en esa escritura eminentemente asiática de Octavio Paz —que data de antes de su presencia en Oriente— es atenuado, sensual, presentado no como una realidad sino como un reflejo, sugerido, descubierto por sorpresa o por antinomia, pulido, horizontal, aclarado por la luz del crepúsculo, curvo. Un cuerpo des-nudo, femenino, invitando al tacto, a veces nacarado. Un cuerpo.
 Ni afirmaciones lapidarias, ni categorías establecidas en el discurso del terror —Paz mantuvo siempre una distancia crítica con respecto a las ideologías intimidantes de la última década—, ni amenaza, a quien disienta, de expulsiones, de castigos. Todo el pensamiento de Paz va desfilando en calma, con un encadenamiento invisible, sin contradicciones, sin ortogonales hirientes, sin aristas afiladas, sin rupturas. A veces las afirmaciones, como si practicara una cortesía dinástica con el interlocutor, van seguidas de su propio cuestionamiento, de la elegancia de una vacilación, de una duda.
 Se trata, en los libros críticos de Paz, en su teoría sobre una precisa obra de arte, pero sobre todo en su pertinente reflexión política, de no crear una maquinaria estratégica, que a fuerza de aseveraciones y de citas —como ocurrió con los epígonos franceses del marxismo— ahogue al lector; se trata también de no utilizar la argucia o el ingenio gracianesco con el simple propósito de convencer, de interpelar, de servir a una función de proselitismo. No: se trata, siempre siguiendo la sugestión —y no las leyes— del pensamiento asiático, de mostrar al lector una ilusión; la ilusión en que se encontraba al creer que la obra de Duchamp era una pura emanación de la tradición occidental; que lo inacabado, lo incompleto era fruto de la imperfección; o que el castrismo —para apelar a un ejemplo más inmediato y urgente— era un nuevo humanismo, una invención americana, una libertad o una democracia.
 Así, el pensamiento asiático de Paz se articula del modo más íntimo, con el verdadero budismo: no predicar, no enseñar, no argumentar; mostrar —con la ayuda, si es preciso, del silencio— el rostro de maya, señalar el poder, hasta entonces solapado o invisible, de una ilusión.
Más: para que el develamiento de la ilusión alcance su máximo de intensidad, para que resplandezca la aleteia, es necesario que lo ilusorio sea descubierto precisamente en ese lugar conceptual en que las certezas parecían más firmes, en que la simulación parecía lo más natural y las demostraciones parecían provistas de una lógica imperturbable, allant de soi. Paz trae, por ejemplo, al sitio mismo de la deducción occidental, es decir a la exégesis sobre la Novia desnudada por sus Solteros, de Marcel Duchamp, el núcleo mismo, la sílaba-germen del Oriente, desmontando así la mecánica —el Gran Vidrio la contiene y proyecta— misma de lo evidente, desnudando la apariencia.

II

 Me explico: todo nos condena, en este fin de milenio cristiano, a ver en esa novia a una virgen. Una virgen que, obedeciendo a un ciclo animal, más que humano, recibe, filtrados por una máquina imaginaria, invertidos, los efluvios que ella misma proyecta. Poco importa la realidad de los machos deseantes: ella engendra el deseo que la desea.
 Hay quien va más lejos, o al menos por otro camino: se trata de una simple alegoría de la castración —es muy fácil repertoriar los índices iconográficos de ello en el Gran Vidrio—, o del onanismo —los machos, recluidos en su mundo de charros, o en su «infierno monótono y chabacano según lo declaran las letanías del Carrito», nunca tienen una verdadera relación con la novia y sólo acceden a su proyección deseante—, o de la imposibilidad de toda relación humana, sexual o no, real. O de toda comunicación con el Otro. No hay más que masturbación porque no hay posible diálogo que restablezca la Alteridad.
 Octavio Paz, al subvertir esta exégesis, al introducir en esta obra, cenit de la tradición perspectiva occidental, desde Giotto hasta Picasso, el centro mismo del Oriente, realiza un gesto que no vacilo en calificar de propiamente revolucionario. Y ello sin acudir a la violencia crítica. El pensamiento asiático devela: todo es la traducción de otro mito.
 Recuerdo, fue cerca de Benarés, venían por el camino dos adolescentes desnudos, el cuerpo enteramente cubierto de ceniza. Vivían de limosnas, en ese país en que nadie puede dar. Los llamaban saddhus, que podía asimilarse a monjes peregrinos. Estos son los cuerpos sobre los que danza la diosa doble, Kali, esgrimiendo atributos que giran, casi independientes de sus múltiples brazos, frenéticos y crueles —como también giran y con la misma crueldad, los instrumentos de la pasión, en el fresco de Fra Angélico—: espada, tijera, flor, pozuelo. Pero el suelo humano sobre el que danza la diosa feroz no es sólo una pareja de monjes peregrinos. Son también —vuelve Paz a Duchamp— el esposo de Kali, Shiva, en una de sus versiones.
 Estamos, pues, si así puede decirse, en pleno espesor del Vidrio. Y sabemos, por el propio Duchamp, que este espesor puede contener más de lo que parece: por ejemplo, una proyección secreta de la cuarta dimensión. La novia, como demuestra Paz, es una representación o una metáfora de Kali, la cual es, a su vez, una manifestación de Shiva. Ahora todo puede ser leído sin residuos, interpretado en su literalidad: apariencia desnuda. La novia-Kali es el mundo tal y como aparece: una representación o una proliferación de fenómenos desprovistos de toda realidad. Pero también una fuerza con frecuencia, casi siempre, ciega, destructiva, de inmolación. Y cuando no: una paciencia materna. Una alabanza del cosmos que puede llegar al éxtasis.
 También puede suceder —aunque aún no ha sucedido en el Gran Vidrio que, como es conocido, ya ha cambiado debido a las rupturas y que, lo afirmo, cambiará de nuevo en el próximo milenio— que la Diosa, en su furia sangrienta, se autoinmole, se decapite a sí misma, mítico escorpión.
 Kali y la novia, muestra Paz, son una emanación, una representación. Pero el mundo real es una representación al cuadrado, algo simulado, una apariencia o una escena en la que, de más está decirlo, ha llegado a su grado cero el índice de la realidad. Comprenderlo, como lo ha hecho Paz a través de este análisis, significa salir de esa ilusión, despertar. Queda una pregunta: ¿a qué vigilia?
 Queda otra más, y quizás más radical: si Kali y la novia son una proyección en el mundo de los fenómenos, pueden ser asimiladas —lo son, por cierto, en la tradición hindú— al origen del universo. Pero ¿quién proyecta estas sombras, quién genera las imágenes, quién estructura la ilusión? ¿Otros dioses mayores? ¿La nada? ¿Un silencio insoportable: lo no manifiesto que cesa su retracción del ser?

III

 Debo a Octavio Paz el regalo más extraordinario que alguien puede hacer: la India. Sin sus palabras y sin sus textos quizás nunca hubiera ido. O hubiera ido como va todo el mundo: atento a lo más exterior. Ya que la India no es sólo un continente, es también un enigma, a veces un acertijo, un constante desafío a la percepción —y a la vida— cuya solución se presenta al «bárbaro en el Asia», como una urgencia.
 En París, creo que trabajaba por entonces sobre Duchamp, Paz me habló de la Diosa, incluso de una de sus metáforas vivas, que por entonces recorría la India distribuyendo naranjas y adjetivos.
 Recordé sus palabras en Calcuta. El calor era inhumano, algo viscoso y somnoliento que se pegaba a la ropa, a la piel, que lo inundaba todo con un vaho mórbido, letal como el aliento de un perro enfermo. Era tarde en la noche. No: temprano en la mañana. Deambulábamos por las calles atestadas que no van a ningún lugar, entre la muchedumbre, en ese letargo ensordecedor que no tiene comienzo ni fin.
 Escuchamos los rezos, las plegarias gritadas, el alboroto. Unos pasos más, detrás de un baniano de raíces colosales, cuya sombra protegía a varias casas y a varios eremitas en sus ramas, y nos encontramos atrapados en la multitud compacta de los orantes, en un patio encharcado donde se agitaban como en trance, ofreciendo cinabrio y monedas mohosas, degollando corderos cuyos coágulos ya habían manchado las piedras del suelo y cuya sangre fresca salpicaba, como una lluvia sagrada, el rostro sediento de los fieles.
 Era Kali, la protectora de la ciudad, que sólo apacigua la sangre.
 Roland Barthes se preguntaba: «¿Dónde está el Oriente?». Es decir, cuál es ese sitio simbólico que suscita un pensamiento oriental, un estilo. Me preguntaría, a mi vez, cuál es el «Asia» del pensamiento asiático de Paz, ya que esta Diosa sangrienta de Calcuta me hizo pensar irresistiblemente en la Otra: la que en la cúspide de la pirámide sagrada auspiciaba los sacrificios para que el tiempo no se detuviera, en el antiguo México.
 Como la imagen de los saddhus, o la de Shiva, de pronto el Asia de Paz se desdobló, proyectó su reflejo. Las dos escenas comunican. Octavio Paz conoce el pasadizo secreto.
 Su palabra elucida y une las dos laderas.


 «Paz en Oriente», Obra completa, Archivos Unesco, Conaculta, 1999, pp. 1440-43; y, Severo Sarduy, Antología, pról. Gustavo Guerrero, F. C. E., México, 2000, p. 27.  

Apoteosis de Dupleix




 Octavio Paz


                                                                            A Severo Sarduy

                 (50 yd. of the pier of Pondiechery is the statue of the unhappy rival of Clive, on a pedestal formed of old fragments of temples.
                            Murray’s Handbook of India)


 Cara al mar se despliega,
abanico de piedra, el semicírculo.
Desgajadas de un templo, las columnas
son nueve: los nueve planetas.
En el centro, de pie sobre la basa,
proa el mentón, la testa pararrayos,
ungido de alquitrán y mantequilla,
no Ganesh ni Hanumán: entre la cáfila
de dioses todavía dios anónimo,
horas también anónimas gobierna,
diestra en alto, calzón corto, peluca,
el general Dupleix, fijo en su zócalo,
entre el Hotel d’Europe y el mar sin barcos.


 Ladera este, México, DF.: Joaquín Mortiz, 1969. 


viernes, 29 de noviembre de 2019

Cuerpo a la vista




Octavio Paz


Al alba las sombras se abrieron otra vez 
          y mostraron un cuerpo:
tu pelo, silencioso río amarillo, otoño espeso, 
          cascada de hojas doradas,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta 
          entre las dos pequeñas olas de tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
playa sin fin de tu costado.

Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.

Aguas dormidas o despiertas golpean día y noche 
             tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla a veces por mi boca
y su largo quejido cubre con sus dos alas grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.

Las uñas de los dedos de tus pies están hechas 
            del cristal del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, como un caballo negro que echa espuma por los belfos,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, 
de lo visible y lo invisible:
allí espera la carne su resurrección 
           y el día de la vida perdurable.

Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.


Orígenes, Primavera, 1947, pp. 25-26.


martes, 26 de noviembre de 2019

Poema monólogo. Martí por Paz


  

  Si el principio contiene el fin, un poema de uno de los iniciadores del modernismo, José Martí, condensa a todo ese movimiento y anuncia también a la poesía contemporánea. El poema fue escrito un poco antes de su muerte (1895) y alude a ella como un necesario y, en cierto modo, deseado sacrificio:

 Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
 ¿O son una las dos? No bien retira
 su majestad el sol, con largos velos
 y un clavel en la mano, silenciosa
 Cuba cual viuda triste me aparece.
 ¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento
 que en la mano le tiembla! Está vacío
 mi pecho, destrozado está y vacío
 en donde estaba el corazón. Ya es hora
 de empezar a morir. La noche es buena
 para decir adiós. La luz estorba
 y la palabra humana. El universo
 habla mejor que el hombre.
                                                                             Cual bandera
 que invita a batallar, la llama roja
 de la vela flamea. Las ventanas
 abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo
 las hojas del clavel, como una nube
 que enturbia el cielo, Cuba, viuda, pasa…

 Poema sin rimas y en endecasílabos quebrados por las pausas de la reflexión, los silencios, la respiración humana y la respiración de la noche. Poema—monólogo que elude la canción, fluir entrecortado, continua interpenetración de verso y prosa. Todos los grandes temas románticos aparecen en estos cuantos versos; las dos patrias y las dos mujeres, la noche como una sola mujer y un solo abismo. La muerte, el erotismo, la pasión revolucionaria, la poesía: todo está en la noche, la gran madre. Madre de tierra, pero también sexo y palabra común. El poeta no alza la voz: habla consigo mismo al hablar con la noche y la revolución. Ni selfpity ni elocuencia: «ya es hora / de empezar a morir. La noche es buena / para decir adiós». La ironía se transfigura en aceptación de la muerte. Y en el centro del poema, como un corazón que fuese el corazón de toda la poesía de esa época, una frase a caballo entre dos versos, suspendida en una pausa para acentuar mejor su gravedad —una frase que ningún otro poeta de nuestra lengua podía haber escrito antes (ni Garcilaso ni San Juan de la Cruz ni Góngora ni Quevedo ni Lope de Vega) porque todos ellos estaban poseídos por el fantasma del Dios cristiano y porque tenían enfrente a una naturaleza caída— una frase en la que está condensado todo lo que yo he querido decir de la analogía: el universo / habla mejor que el hombre.


 Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia, 1987, Barcelona, Biblioteca de Bolsillo, pp. 141-42.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Sabor eterno. Ballagas por Paz


 Octavio Paz

 Hemos leído el último libro de Emilio Ballagas, el poeta cubano. El título del libro, Sabor eterno, es una clave para descender a su intimidad y para situar a la poesía de Ballagas en el cuadro de la poesía cubana contemporánea. Sabor eterno: las dos palabras se oponen y verlas juntas, una frente a otra, parece uno de esos juegos barrocos de los que se ha abusado tanto en los últimos tiempos. Pues, en efecto, el sabor, espuma de los sentidos, es lo más fugitivo, lo menos eterno del mundo sensual. El gusto es uno de los sentidos desdeñados por el arte; nuestra cultura es, ante todo, la cultura de la vista, del tacto y del oído (¿no es así, Jorge Cuesta?); mediante estos tres sentidos el hombre penetra el mundo exterior o se deja penetrar por éste; los ciegos y los amantes -esos lúdicos ciegos- ven con el tacto; y los videntes, con los ojos, tocan y oyen a la música invisible que danza en los colores del paisaje o en las proporciones de las formas. ¿Y no hay colores ásperos, blandos o hirientes?  El olfato y el gusto han sido los sentidos ofendidos y empobrecidos por la técnica. Emilio Ballagas pretende rescatar de la pobreza y de la ceguera al gusto, al sabor, mediante la poesía. Y lo inusitado de esta empresa deja de serlo si se piensa que Ballagas es cubano y que alguna vez ha cultivado la poesía negra. El trópico, más que la luz y el color, es el vaho, el sudor, el sabor, en suma, de la naturaleza. La poesía cubana de los últimos tiempos, más que una poesía de color, ha sido una poesía de sudor; de allí el halago con que nos toca, y también, su fragilidad y, muchas veces, su banalidad. Guillén y todo el movimiento que engendró representa este polo sensual y sabroso de la geografía poética cubana. En el otro extremo se encuentra Florit, autor de unas décimas al trópico en la que intentaba someterlo a una geometría, así fuese la laberíntica de Góngora. Más tarde Florit se ha ido desnudando, por el camino de Juan Ramón. Si Guillén es el vaho del trópico, Florit es su cielo. Y, entre ellos, la poesía de Ballagas, que quiere ser sabor pero que no se resigna a lo efímero y quiere eternizarlo. Y en este intento encontramos el mejor momento de la poesía de Ballagas y, quizá, el más equilibrado y humano de la poesía cubana. Este momento es el momento de la tierra, que humaniza a los sentidos y a la razón. La poesía de Ballagas se mueve, precisamente, entre estos dos límites, el de los sentidos y el de la razón: el mundo de los sentimientos. Las “Elegías”, seguramente lo más hermoso del libro, son el mejor ejemplo de lo que decimos.

 Este magnífico libro de Ballagas es su mejor libro; en él ha encontrado una forma y un camino seguros hacia la poesía, esa poesía suya que le late en el pecho, no ya como simple sabor, ni como contemplación, sino como diálogo: el diálogo entre su sensibilidad y su sensualidad, entre el sabor y lo eterno, entre lo fugitivo y lo que permanece. Mantener vivo este diálogo será, en Ballagas, mantener viva la fuente de su poesía.


  Taller, núm. 10, marzo-abril 1940, pp. 52-53. Recogido en Octavio Paz. Primeras letras (1931-1943), Selección, introducción y notas Enrico Mario Santí, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1988, pp. 179-80. 

viernes, 22 de noviembre de 2019

El testimonio de los sentidos. Rilke por Paz



 “El testimonio de los sentidos”, Diario de la Marina, 28 de abril 1940, p. 15. Publicado originalmente en Romance, año I, núm. 3, 1ro de marzo, 1940, p. 9. Recogido en Octavio Paz. Primeras letras (1931-1943), Selección, introducción y notas Enrico Mario Santí, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1988, pp. 253-55.  

jueves, 21 de noviembre de 2019

Comunistas y tiburones. Elena Garro recuerda La Habana




  Elena Garro 

 Un mediodía brillante divisamos tierra. Era Cuba, muy chiquita, como un lagarto verde echado sobre el mar. Los mexicanos, de mal humor me dijeron: “Batista echa los comunistas a los tiburones…” Me sobresalté: “¿Cómo lo saben?” Con voz amarga contestaron: “Somos diputados”…, pero nos gastamos el dinero en París…” Me pareció muy bien lo del dinero y muy mal lo de los tiburones. “Yo no soy comunista”, les dije. No me creyeron, sonrieron con malicia. Sus palabras me hicieron efecto y miré con miedo a la isla que se acercaba hasta que estuvo ¡ahí mismo!
 -¡Octavio, los muelles son giratorios! –les dije asombrada.
 -¡Idiota!, es el barco el que maniobra…
 Habíamos llegado. Una multitud esperaba el "Orinoco". ¡Qué barahúnda! Se gritaban nombres y algunos niños contestaban: “¡Soy yo!”. Otros levantaban el puño y unos policías vestidos con uniformes de verano daban de palos. Poco a poco los pasajeros bajaron y nosotros nos colocamos en la fila:
 -¡Atrás¡, ustedes no desembarcan –nos dijeron a Revueltas, a Paz y a mí.
 ¡Era una catástrofe! Bajaron los Gamboa y Pellicer…. Samaniego tenía razón y nos quedamos en el barco vacío. Cuando anocheció solo pensaba en Jonás, aunque no era lo mismo una ballena que un tiburón. Paz y Revueltas estaban resignados, el muelle vigilado por policías, ¡nada que hacer! Ya de noche vi detrás de la empalizada del muelle a Marinello y a Pepilla, su mujer, y bajé corriendo la escalerilla del barco, pero en el último escalón me detuvieron.
 -No, Chica, tú no bajas.
 Discutí y un niño pobre se acercó corriendo y me entregó un papel en las mismas narices de los policías: “Mañana pasaremos”, había escrito Pepilla. Su promesa no nos consoló, teníamos hambre. ¡Caramba, qué mala suerte…! Ya no vería La Habana, tan querida por mi familia. Desde niña oí hablar de esta ciudad como de un pequeño paraíso… Subió un grupo de cubanos y unos me llevaron a la popa y otros se llevaron a Paz y a Revueltas. No podía imaginar lo que deseaban.
 -Oye, chica, tú eres rusa.
 -¡Vaya con la manía de que soy rusa! ¡Soy mexicana!
 -¿Mexicana, chica? ¿Qué cosa es el mole de guajalote? –me preguntaron.
-¿Están de broma? ¡Ni siquiera saben que se dice guajolote…!
 Se miraron inquietos. “¿En dónde están Paz y Revueltas?”, me preguntaba preocupada.
-¿Qué es el Zócalo? –preguntaron los cubanos.
 Una voz potentísima atravesó la noche: “¡Esbirros!” Era Carlos Pellicer y los “esbirros” huyeron y buscamos a Paz y a Revueltas y se repitió la misma escena. No me consolaron las cocadas y los bocadillos que nos llevó Pellicer.
 -Mañana vendrá el embajador Reyes Spíndola y bajarán a tierra –nos dijo Carlos. Reyes Spíndola había sido muy amigo del padre de Paz. Era muy noble de su parte molestarse por el hijo de un viejo amigo y su promesa nos consoló. Muy tarde, bajamos a nuestra cabina pegada a las máquinas del barco y el terror me paralizó: las maletas estaban abierta y la propaganda que llevaba Paz, esparcida por el suelo: Pepe Díaz, el secretario del Partido Comunista español, “El Campesino”, Líster, nos miraban desde sus tarjetas postales color sepia. “¿Por qué me habré casado con este tipo?”, y me respondí alejarme para siempre de tanto peligro si salía con vida de Cuba y de sus tiburones. Lo peor era que no podía decir que tenía miedo, pues Paz, muy tranquilo, recogía las tarjetas y los volantes para colocarlos otra vez en las maletas.    
-¿No puedes ayudarme? –dijo enfadado.
 No le ayudé. El calor y el miedo me tenían inmóvil.
 -Oye, ¿sabes una cosa?, los comunistas están locos –le dije mirándolo tan ocupado.
 ¡Y era verdad! ¡Vaya secta de insensatos…! No dormimos.
 Por la mañana se presentó el embajador, alto, elegante, cordial.
 -Octavio, prométeme que estarán de vuelta a las siete de la noche –dijo muy serio.
-Lo prometo…
 -El barco zarpa a las seis de la mañana y si los detienen no podré enterarme –nos explicó con gravedad. Íbamos en su automóvil, enorme, con un chofer muy serio, y la ciudad era esplendorosa. Un coche viejo nos seguía.  
 -¡Embajador!, déjenos en esta esquina –dijo Paz y saltó del auto casi en marcha. Yo lo seguí.
 -¡Gracias! ¡Gracias, señor embajador! –le dijimos.
 -¡A las siete! –nos gritó el embajador.
    

 En el coche viejo que nos seguía venían Marinello, Pepilla, Carlos Rafael Rodríguez y su mujer.
 -¡Camaradas…! ¡Camaradas…! –y nos abrieron la portezuela muy contentos para darnos palmadas y besitos adentro del coche viejo. Luego nos echamos a reír, a reír y reír. ¡Habíamos bajado del barco y estábamos en La Habana! Nada menos que en el Paseo del Prado, pulido como un salón de baile. En una esquina, una nevería preciosa nos recibió con sus mesitas de cubiertas de mármol y probamos los helados de guanábana, ¡tan famosos! El aire era tibio y perfumado… Cuba era distinta de todas las ciudades que habíamos visitado, los camaradas eran muy alegres, todos hablaban al mismo tiempo, sólo Marinello era pausado.
 -¡Vamos a pasear por La Habana!
 Y nos llevaron por la ciudad llena de flores, de enredaderas, de buganvillas, de casas magníficas, de acantilados y de mar. ¡Qué lástima que a mi familia no se le hubiera ocurrido quedarse en Cuba! La Habana era la ciudad más bonita que había conocido y su gente la más fácil y la más guapa… ¡Mala suerte! Juan Marinello quiso llevarnos a ver desde afuera la Ciudad Militar que estaba terminando de construir Fulgencio Batista: campos amarillos y edificios modernos también amarillos. A mí me gustó, aunque a Marinello le disgustara. Pepilla tenía dientes muy bonitos y le gustaba reír.  Carlos Rafael Rodríguez, al que habíamos conocido ese día, era un chico vivaracho y alegre, al que también le gustaba la risa. Se diría que le conocíamos de siempre. Noté que Marinello le daba trato de hijo predilecto. Fue Carlos Rafael el que propuso que cenáramos en el barrio antiguo, después de visitar a Juan Ramón Jiménez, que nos recibió en su casa, fresca, abierta al viento del mar, en su saloncito de piso de mármol. Juan Ramón estaba sentado en una mecedora de madera oscura, vestido de negro, con barba recortada muy negra. Tuve la impresión de que estaba desplazado, era como ver un Greco en una playa llena de sol. El poeta me dejó muy sorprendida. ¡Era tan pálido y gozaba de tan buenas maneras! Nunca olvidé su imagen, ni su voz tranquila, lejana.


 Antes de ir a cenar, recogimos a Carlos Pellicer en la heladería del paseo del Prado. A Carlos le fascinaban las guanábanas: “Fruto que encierra toda la magnificencia del trópico”, dijo con voz tonante. Después buscamos a los Gamboa y nos fuimos al restaurante propuesto por Carlos Rafael, ya que los cubanos querían festejar a los mexicanos…
 En la mesa, los Gamboa hablaron del inevitable Prestes, de Getúlio Vargas, y de Machado, no de Antonio, sino del otro, del expresidente de Cuba. Yo observaba a la gente de las otras mesas y a las que pasaban por las arcadas.
 -¡Qué gente tan guapa…! –dije admirada y todos estuvieron de acuerdo conmigo. La mujer de Carlos Rafael se dio cuenta de mi ignorancia política, pero no le importó, dije que los comunistas cubanos eran más fáciles de llevar …y me gustaron.
 -Hay que volver al barco a las siete –dije, cuando vi que eran las dos de la mañana y que hacía ya mucho que los Gamboa y Pellicer se habían retirado, mientras nosotros seguíamos charlando con los cubanos.
 -¿Y el embajador? –pregunté una hora después y todos nos echamos a reír.
 Después vinieron las despedidas.
 -¡Chicos, vuelvan a Cuba! –nos repetían mientras nos llevaban al muelle. Triste despedida. Ellos se quedaron fuera y nosotros lo cruzamos de una carrera, asustadísimos por la desobediencia, la oscuridad y los tiburones. Subimos al “Orinoco” ya apagado.

 Memorias de España 1937, 1992, siglo XXI editores, pp. 155-58. 
    

lunes, 18 de noviembre de 2019

La mirada de Paz en La Habana


 
   
 Pedro Marqués de Armas

 “Antes de ir a cenar, recogimos a Carlos Pellicer en la heladería del paseo del Prado. A Carlos le fascinaban las guanábanas: “Fruto que encierra toda la magnificencia del trópico”, dijo con voz tonante. Después buscamos a los Gamboa y nos fuimos al restaurante propuesto por Carlos Rafael, ya que los cubanos querían festejar a los mexicanos…”

 La descripción es de Elena Garro (Memorias de España 1937) y se corresponde con la fotografía que encabeza esta entrada, una de las pocas imágenes sobrevivientes de aquel pasaje fugaz, por La Habana, de la exhausta delegación mexicana que participó en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. 

 Al cuidado de Pellicer, la foto en cuestión se conocerá casi medio siglo más tarde, cuando el poeta tabasqueño la incluya en su Álbum Familiar con unos versos de Hora de junio al pie y algunas acotaciones al dorso:

 Juan Marinello, Octavio Paz, persona no identificada,
 Elena Garro, Carlos Pellicer, persona no identificada,
 Susana Gamboa, persona no identificada y Fernando Gamboa
 Foto: Cooperativa Fotográfica.
 La Habana, 20 de diciembre de 1937.

 Por una nota aparecida en la revista Mediodía titulada “Carlos Pellicer de paso por La Habana”, sabemos que fueron atendidos por Marinello –que regresara de Europa poco antes– y por Carlos Rafael Rodríguez, a quien puede identificársele sonriente y con anteojos, al lado de Paz.

 En ese mismo número, fruto de aquella cena, Mediodía publicó “Elegía a un joven muerto en el frente”, poema que, como su autor, hiciera fortuna durante la tournée republicana: leído por la radio, publicado en Hora de España, y celebrado por no pocos de los mejores poetas españoles.

 El poema propiciaría además su encuentro con Cernuda, de quien Paz acababa de leer La realidad y el deseo, comenzando así una de las amistades literarias más fértiles del siglo XX.

 Pero dejemos a Paz en su evocación:

 “Conocí a Luis Cernuda en el verano de 1937, en Valencia. Una mañana acompañé a Juan Gil-Albert, que era el secretario de Hora de España, a la imprenta en donde se imprimía la revista. Ahí encontramos a Cernuda, que corregía algunas de sus colaboraciones. Gil-Albert me presentó y él, al escuchar mi nombre, me dijo: Acabo de leer su poema y me ha encantado”. Se refería a Elegía a un joven muerto en el frente de Aragón (…) Que debía aparecer en el próximo número de Hora de España y que uno de mis amigos le había mostrado en pruebas de imprenta. Le respondí con algunas frases entrecortadas y confusas. Admiraba al poeta pero ignoraba que la cortesía del hombre era igualmente admirable.
                      
 (...En un cuarto perdido
inmaculada la camisa única
correcto y desesperado
escribe el poeta las palabras prohibidas...)

 Sus maneras eran simples y reservadas, una indefinible mezcla de anglicismos y andalucismos. Conversamos un rato, probablemente acerca de la vida en Valencia durante aquellos días y de la creciente fiscalización que los sacripantes del Partido, como los llama en un poema, ejercían sobre los escritores. En esta rápida conversación se mostró cáustico, inteligente y rebelde”.

 La trayectoria de regreso a México ha sido lujosamente reconstruida por Sheridan. Los pasaportes de Paz y de Elena Garro, sellados en la frontera española, les hacían sospechosos para las autoridades del vapor Orinoco. El barco, cargado de retratos de Hitler, tardó tres días en llegar a Lisboa y no pudieron descender a causa del sello republicano.

 Pasan hambre durante la travesía, que hacen en tercera y dura otros diez días hasta La Habana. Un joven aristócrata cubano, que viaja con su nodriza africana, les ayuda a sobrevivir, además de las buenas artes de Elena Garro.

 Para culminar, también afrontan dificultades al llegar a Cuba:

 “Luego de una tarde en cubierta, al regresar a su camarote (una litera junto al cuarto de máquina), los Paz encuentran su equipaje intervenido: no se ha perdido nada de valor (que no había mucho) pero la colección de propaganda republicana, revistas, libros y papeles, ha desaparecido”.

 Se les permite desembarcar, pero deben permanecer bajo custodia del embajador y regresar al barco antes de las siete de la noche.

 El encuentro con los comunistas cubanos se extendió hasta altas horas de la noche, según cuenta Garro: 

 “En la mesa, los Gamboa hablaron del inevitable Prestes, de Getúlio Vargas, y de Machado, no de Antonio, sino del otro, del expresidente de Cuba. Yo observaba a la gente de las otras mesas y a las que pasaban por las arcadas.

 -¡Qué gente tan guapa…! –dije admirada y todos estuvieron de acuerdo conmigo (…)”

 Cuando miran al reloj, son las dos de la madrugada.

 En ese largo día, Paz y Elena, junto a Pellicer, visitan a Juan Ramón Jiménez en su casa, quien los recibe en una mecedora tropical. Mientras Paz lo evoca impaciente, preguntando por la suerte de sus amigos, tocado por la tragedia; Garro lo recuerda fuera-de-lugar, “como un Greco en una playa llena de sol”.

 En la fotografía, sus miradas ciertamente divergen. La de Garro ausente, ajena a todo aquello, catando acaso la belleza, mientras la de Paz es todo radar. Un rostro alerta, que ya no dejará de interrogarse.