sábado, 18 de agosto de 2018

Poemas en prosa




Enrique José Varona

I
 Me paseaba cabizbajo, sin pensamiento casi, y de súbito una bandada de gorriones llenó de alas y piadas el jardincillo. Parecían desprenderse de las copas de los árboles, como hojas caedizas. La vida, la vida llenaba a borbotones mi soledad.

II
 Cuántos recuerdos han venido a mí, al volver las hojas de este álbum; cuántos nombres queridos o admirados. Y pienso con melancolía cómo la corriente de la vida nos arrastra, dejando desprenderse jirones de nuestro corazón, que flota en círculos cada vez mayores, hasta irse muy lejos…

III
 Persistente ilusión aquella por la cual relegamos por regiones distantes y casi inaccesibles, a los pueblos felices, como los griegos a los hiperbóreos y los europeos de Occidente a la gente regalona de Jauja. La gran desventura de la realidad, ésa está aquí pegada a los ojos.

IV
 Esa mañana las ramas de los álamos parecían esponjarse suavemente. Un céfiro muy manso las animaba. Todo parecía desperezarse. Truenos sordos y prolongados nos decían que la tormenta de la noche se engolfaba en el mar todavía inquieto.

V
 Abro mi ventana, y una sierpe verde, que cabecea ligeramente, avanza hacia mí. Parece mirarme, y preguntarme: ¿Te asustas? Es una guía de enredadera que viene de abajo, del jardín, e irrumpe en mi cuarto con el desenfado del mundo vegetal, que nada sabe de nuestros remilgos sociales.

VI
 Resuena el tic tac del caballo sobre el duro asfalto; se dispara como un volador el silbido del auto; pasa relampagueando la motocicleta; en lo alto vibra el aire al sereno aleteo del avión; y todo lo envuelve y ensordece la pesadez de la mañana plomiza y soñolienta. Pugna la vida cada vez más intensa por gritar: aquí voy. Y la naturaleza pone, sobre lo que bulle y lo que duerme, su indiferencia glacial.

VII
 El sol naciente acaricia las cimas de los álamos y las polvorea de oro. Las ramas lo saludan con tenue cabeceo. Detrás el cielo gris pone un fondo plomizo a la escena. Contraste rembranesco con que la mañana adormece mi melancolía.

VII
 A las ramas que se mecen ante mi balcón se le han secado las hojas. La savia de que nutre siente pereza de subir tan alto. ¡Ay! así el pensamiento tanto más frágil cuanto más remontado. Necesita del humus de lo vulgar, y le huye.

 1928

martes, 14 de agosto de 2018

Escritor ciclópeo: el Vizconde de Lascano Tegui entre los cubanos


  


  Pedro Marqués de Armas

 A comienzos de los años noventa, mientras preparaba su tesis sobre la vanguardia cubana, Celina Manzoni topó en las páginas de revista de avance con una curiosa nota sobre un escritor argentino a esas alturas olvidado, a pesar de que había sido todo un mito en su época. Inclasificable tanto por la rareza de sus libros, como por su índole entre delirante y descreída, con un concepto más bien bajo de la literatura, ese escritor era Emilio Lascanotegui, al que no bastándole con partir su apellido vasco en dos, Lascano/Tegui, antepuso al mismo el título apócrifo de Vizconde.
 De paso por La Habana en 1928 en una gira de “excelsas personalidades argentinas”, tendrían que pasar tres de décadas de muerto y siete de su apogeo como escritor avant garde, y darse, además, la circunstancia de aquel estudio, para que saltara, excéntrico, el “retrato” que de él hicieran los escritores cubanos. Pero dejemos que sea la propia Manzoni quien relate su hallazgo:
 “Mi interés por Lascano Tegui se alimenta del remoto cruce de menciones de simpatía (más sociales que literarias), espigadas en publicaciones y revistas del momento vanguardista en el espacio que llamamos latinoamericano. Rescato, entre otras, la imagen de los editores de la revista de avance porque se constituye casi en un modelo del personaje:
 Pasó por La Habana el Vizconde de Lascano Tegui, con su corpachón pampero, con su sonrisa de boulevardier y sus ojos escépticos de globe-trotter. Devoró los inevitables cangrejos rellenos en el almuerzo minorista. Paseó un kodak ciclópeo por San Rafael y Galiano. Y nos dio suntuosa hospitalidad luego, por dos horas cargadas de fino humor y elegante opinar, a bordo del "Cap Polonio" (….) De la visita de Lascano Tegui, uno de los primeros que dio en la Argentina el grito de la nueva sensibilidad, nos queda un perseverante recuerdo y un atesorado ejemplar de "De la elegancia mientras se duerme". Buen viaje al amigo.”
 Fue esta fotografía que lo sorprende mientras pasea, también él kodak en mano, por esa ciudad flaneable que era La Habana, la que despertó –como parece- el deseo de Manzoni por la figura y la obra del escritor viajero, quien pronto resucitó en “Ocio y escritura en la poética del Vizconde de Lascano Tegui". Este ensayo, recogido en Atípicos en la literatura latinoamericana, lo recolocó de algún modo donde siempre estuvo por idiosincrasia: en los márgenes del canon literario argentino, uno de los menos centrados de América Latina. Y fue precisamente por el libro que el Vizconde regaló a sus cofrades habaneros, De la elegancia mientras se duerme, publicado en 1925, traducido al francés por Francis de Miomandre, y reeditado por la Editorial Simurg en 1997 con prólogo de Manzoni, por donde comenzó el rescate de su obra.
 En la actualidad, reeditados casi todos sus libros, menos algunos que parecen haber desaparecido, Lascano Tegui es un escritor de culto, aunque igualmente incómodo y difícil de clasificar.
 Comoquiera que existe abundante información sobre su polifacética carrera y exaltada personalidad, remito a una de las mejores páginas sobre el Vizconde (Autores de concordia / Antología), limitándome a transcribir algunos pasajes de su autobiografía (1941):

 “Fue viajando a pie por África, Italia y Francia, entre 1908 y 1910, que encontré la razón, el ritmo y la música de la poesía. Hice versos para caminar acompañado de mi mejor amigo: yo mismo”.
 “Mi libro apareció con los cierzos de mayo, con pie de imprenta de París. Se llama «La sombra de la Empusa». Quince años después se le ha llamado el creador de la nueva sensibilidad. Lugones lo trató despectivamente de libro abracadabrante y se le tildó de obra de un loco y de un extraviado, colocándolo en ese segundo estante de las bibliotecas prohibidas donde uno que otro curioso lo espulga de vez en cuando y se lleva algo. No es un libro para todo el mundo. Es joven aún. Podría ser publicado mañana, como un libro excesivamente moderno y original con todas sus faltas y todas sus erratas a cuestas. Es un libro pretencioso. Como su autor”.
 “Lo que se llama crítica quería nivelarme, vulgarizarme hasta hacer de mí un adocenado más. Para darle satisfacción escribí dentro del silencio del Jardín Botánico un libro que llamé «El árbol que canta», pero que publiqué con el nombre de «Blanco...» y firmé Rubén Darío, hijo. El hijo de Darío tenía por cierto más talento, hacía mejores versos y no ignoraba lo que era poesía como ese excéntrico Vizconde de Lascano Tegui. Desde entonces, no he publicado más libros de poesía. He cometido versos en cantidad. Ahí están”.
 “En 1923, pude tener un poco de dinero para publicar un libro que tenía escrito en 1914 y que comencé en 1910. Debió llamarse «Oraciones a Nuestra Señora la Sífilis», pero terminó por llamarse «De la elegancia mientras se duerme». En 1927, fue traducido al francés por Francis de Miomandre. Se lo encuentra en todos los cambalaches y libreros de lance”.
 “Como una consecuencia a la carencia de obra original, la América latina, ese continente de monos que plagia toda la obra europea de las últimas 24 horas, carece de críticos y de crítica. Uno publica libros inútilmente, pues no halla conceptos. No hay jueces sino comisarios de policía criollos que dan su fallo con la vista puesta en las recompensas municipales al molesto talento literario... Tengo para publicar este año varios libros ya viejos: «Daguerrotipos», «Mujeres detrás de un vidrio», «Muchacho de San Telmo», «El círculo de la Carroña» y «Filosofía de mi esqueleto». Pienso ir a Buenos Aires y editarlos porque tengo plata, antes de que el papel sea muy caro y la plata no valga nada...”.
 “Confieso que continúo escribiendo por pura voluptuosidad. Escribo para mí y mis amigos. No tengo público grueso, ni fama ni premio nacional. No me gusta el «Tongo». Como periodista que soy, sé «cómo se llega». Conozco a fondo la estrategia literaria y la desprecio. Me da lástima la inocencia de mis contemporáneos y la respeto. Además tengo la pretensión de no repetirme nunca, ni pedir prestado glorias ajenas, de ser siempre virgen, y este narcisismo se paga muy caro. Con la indiferencia de los demás. Pero yo, he dicho que escribo por pura voluptuosidad. Y como una cortesana, en este sentido, he tirado la zapatilla”.
 Suerte de Girondo por anticipado, sin sus dotes cubistas, aunque igual de corrosivo, Lascano fue sobre todo un resuelto prosador (incluso en versos) que hizo del humor decadente, no menos que del personaje que encaró, un estilo. Así da inicio a su conocida novela, todo regodeo y fetichismo: 

 “El primer día en que confié mi mano a una manicura fue porque iría en la noche al "Moulin Rouge". La antigua enfermera me recortó los padrastros y esmeriló las uñas. Luego les dio una forma lanceolada, y al concluir su tarea las envolvió en barniz. Mis manos no parecían pertenecerme. Las coloqué sobre la mesa, frente al espejo, cambiando de postura y de luz. Tomé una lapicera con esa falta de soltura con que se toman las cosas ante un fotógrafo y escribí.
 Así comencé este libro.
 A la noche fui al "Moulin Rouge" y oí decir en español a una dama que tenía cerca, refiriéndose a mis extremidades:
 —Se ha cuidado las manos como si fuera a cometer un asesinato.”

 Pero entremos sin más en su viaje a bordo del Cap Polonio, y con éste, en su referida estancia habanera –que no sería la única-, así como en la recepción que su figura y sus textos tuvieron entre los escritores cubanos. El vapor en cuestión atracó en el puerto de La Habana, en el costado norte del espigón de la Ward Line Terminal, el 10 de febrero de 1928, exactamente a un mes de zarpar de Buenos Aires. Pertenecía a la Compañía Hamburguesa Sudamericana que, luego de cinco excursiones por la Patagonia, otras tantas por Brasil y sendos viajes por Rusia y Asia, organizaba por primera vez una ruta por las “tres Américas”.
 El recorrido, ida y vuelta, era el siguiente: Montevideo, Río de Janeiro, Paraná, Amazonas, Guaira, Curazao, Colón y Veracruz, La Habana, Nueva York, Kingston, Port Au Principe, San Juan, St. Thomas, St. Pierre, Bahía, etc., pasando de nuevo por Río y Montevideo, con llegada a Buenos Aires el 26 de marzo. Son años de prosperidad a la par que de despegue nacionalista, y se aúnan varios propósitos alrededor de aquella travesía, con casi doscientos pasajeros, la mayoría médicos, abogados, ingenieros, militares, periodistas y hombres de negocio: fomentar el turismo de alto rango, estudiar la rentabilidad de la nueva línea interamericana, establecer contactos diplomáticos y empresariales y, de paso, publicitar a “la mejor sociedad argentina”.
 Pero también, y es la misión que Caras y Caretas encomendó al escritor, escribir algún que otro reportaje sobre esos territorios americanos. He aquí la nota de despedida que dedica la revista a su ya entonces consolidado cronista:

 “Vuelve a su puesto en Europa, el vizconde de Lascano Tegui, pero viajero impenitente por la vía más larga, deteniéndose en el Brasil, Venezuela. Panamá, Méjico, Cuba y Norte América. Caras y Caretas lo ha confiado la misión de acercarse a los hombres y a las cosas en los países tan variados que recorrerá, y reflejar así más tarde en estas páginas, por su pluma fiel y coloreada, la impresión de esas tierras flamantes y de esos pueblos con los que estamos distantes, por razones de ruta, pero con quienes debemos unir nuestro futuro. Impresiones y notas que serán, sin duda, verdaderas primicias para nuestros lectores. Sabremos a conciencia lo que pasa y no pasa por las luengas tierras de las que nos alimentan las leyendas, por esa gran franqueza con que aborda la vida el vizconde de Lascano Tegui, y al despedirlo, ponemos todos los buenos augurios en su ruta por las costas atlánticas de las Américas, donde lleva nuestra representación afectuosa y la representación intelectual del periodismo y las nuevas literaturas.”
 No hemos dado con ninguno de esos artículos, pero seguramente alguno habrá. Sí, con una breve mención de su arribo a La Habana:

 “Hemos tenido el gusto de saludar a bordo a personalidades tan importantes como el señor Lascano Tegui, representante en El Havre de la gran revista “Caras y Caretas”, el señor Antonio Pérez Valiente de Moctezuma, redactor  de “La Nación” de Buenos Aires, y el doctor Eduardo N. Naon Supremo, exembajador de la Argentina en Estados Unidos, quien tiene escritos notables libros sobre jurisprudencia”.
 En La Habana, Lascano Tegui permaneció solo durante dos días, pero suficientes para pasearse por San Rafael y Galiano, participar en uno de esos “almuerzos minoritas” que solían celebrarse los sábados, invitar a bordo del Cap Polonio -en reciprocidad por unos “cangrejos rellenos”- a algunos escritores cubanos, y dejar, junto a un ejemplar de su novela, esa acabada imagen que, tanto de su físico como de su personalidad reflejarían, a un mes de su partida, los redactores de avance.  
 Para Mañach, o bien Marinello y Lizaso –igual de grandilocuentes que el argentino pero en otra tesitura, la del choteo– debió tratarse, en privado supongo, de un simpático grandulón un tanto crédulo. Pero en el plano público, el homenaje prodigado corresponde a un ideal que atrapa tanto al visitante como a ellos mismos en algunos rasgos del ceremonial vanguardista: el gusto por el acontecimiento menudo, o mundano, el sentido del humor, y la valoración de la figura del escritor al mismo nivel, si no más, que su literatura.
 Así que todo estaba servido y remite no sólo a lo ciclópeo del visitante, sino también de aquellos “almuerzos sabáticos” alrededor de los cuales se constituyera, pocos años antes, el propio Grupo Minorista, almuerzos de los que, por cierto, desbarrara Lamar Schweyer cuando su famosa ruptura, calificándolos de comelatas frívolas y perdedera de tiempo.
 En cualquier caso, no es éste el único retrato que nos lega esta visita de Lascano Tegui. Veamos este otro, en el mismo estilo, según una reseña publicada en el Diario de la Marina 4 de marzo bajo el título “Viajeros ilustres”:

“Tuvo tiempo, no obstante el escasísimo que estuvo en La Habana, de almorzar con los minoristas, pasear por el Prado, tomar refresco de guanábana y estudiar algunos aspectos de nuestras capas afro-cubanas.”
 Mejor servido aún, pues, sin excluir el típico “refresco de guanábana” que hiciera las delicias de románticos y modernistas de paso, el ritual incorpora ahora -a la carta y con sesgo propiamente etnográfico- nada menos que “el estudio” de santeros o ñáñigos. Estudio, no otro, el término empleado. Debió tratarse, por lo corto de la estadía, de un estudio exprés. Un eufemismo para referirse a esa vocación turística instituida por los vanguardistas del patio, quienes, a cualquiera que asomara arrastraban a un toque de santo o ceremonia iniciática. 
 Escrita quizás por Fernández de Castro, adjunto a continuación el recorte de prensa:


 No hay dudas de que se trata de una representación del personaje casi tan completa como las actuales. Un año antes habían aparecido poemas suyos en la sección Poetas de Ahora, del Suplemento Literario del Diario de la Marina, en esa ocasión con la siguiente entrada:

 “Emilio Lascano Tegui, es uno de los poetas argentinos de la hora actual, que desde 1910, fecha en que publica su primer libro “La sombra de la Empusa”, practica en su labor todos los procedimientos técnicos de “avant garde”. Entre sus excentricidades, que no se conforma en mantener exclusivamente en sus versos, encuéntrase la de haber adoptado, durante cierta época, el pseudónimo “Rubén Darío hijo”, mientras la visita de Darío a Buenos Aires, por la década del 1910. A pesar de ser mayor de edad que todo el grupo de las revistas “Proa” y “Martín Fierro”, su firma aparece al par que las de Guiraldes, Caraffa, Girondo y otros intelectuales valiosos en las orillas del Plata. Además de la obra referida, tiene publicado “El árbol que canta” y “De la elegancia mientras se duerme”, intensos poemas en prosa, editados con una serie de grabados de madera".
 Y todavía aparecería un artículo de Armando Maribona, excelente por demás, caricatura incluida, dando cuenta de su cosmopolitismo y de singulares pasajes de su carrera literaria y bohemia parisina. Para entonces, La Habana es ya parte del mito.
 En París, colaboró con un fragmento de “Mis amigas. Se murieron” en la revista Imán fundada por Elvira de Alvear, con Carpentier como jefe de redacción, y que en su primer y único número mostró, monstruoso elenco, textos de Michaux, Xul Solar, Kafka, Uslar Pietri, Asturias, dos Passos, Pilniak, Hans Arp, Huidobro, Martelli, Torres Bodet, Bataille, Leiris, Desnos y el propio Alejo, entre otros.
 Visitó La Habana nuevamente en diciembre de 1928 e impartió una conferencia sobre la política exterior de Yrigoyen. Esta estancia habría completado aún más su imagen de excéntrico. Pero lo cierto es que, más allá del aporte de los minoristas, la llevaba, en buen grado, construida. No otra cosa había hecho desde los tiempos del Cairo, cuando partió en dos su apellido vasco y antepuso el falso/verdadero título de Vizconde, a fin de cuentas literario.
 En 1925, la librería Cervantes anunciaba: “De la elegancia mientras se duerme. Editorial Excélsior. 42, Boulevard Raspail, Paris (7' arr´) 8, 158 p. Con grabados en madera de Raúl Monsegur”. Pero, al margen de aquellos poemas y del ejemplar de esta novela que dejó en manos de los minoristas, ¿se leyó su obra en Cuba? Es probable que poco.
 Termino con una anécdota. Justo cuando Lascano Tegui se encontraba en La Habana, por esos días de febrero del 28, Jorge Mañach había recibido desde Jagüey Grande (de donde apenas salía perdiéndose las comelatas) un manojo de poemas de Agustín Acosta, para muchos, entonces, el mejor poeta de Cuba. Mañach, efusivo, se los recitó al Vizconde. El Vizconde que, como Piñera, había jugado toda su vida a la mala poesía, prestó atención. "Sensibilidad”, dijo, “pero no nueva”. Mañach no se lo podía creer. Discutieron. Aun así, sutil, quizás hiriente, se lo haría saber semanas más tarde al autor de La Zafra. “Yo creo que en tu poesía hay la frescura directa de lo mejor de hoy; solo que tu instrumento tiene todavía dejos de tu “nunca negado Rubén". La anécdota, y la necesidad que tenían de un personaje como aquel, habla por sí sola de la vanguardia cubana.


sábado, 11 de agosto de 2018

Lascano Tegui en Poetas de Ahora


 “Emilio Lascano Tegui, es uno de los poetas argentinos de la hora actual, que desde 1910, fecha en que publica su primer libro “La sombra de la Empusa”, practica en su labor todos los procedimientos técnicos de “avant garde”. Entre sus excentricidades, que no se conforma en mantener exclusivamente en sus versos, encuéntrase la de haber adoptado, durante cierta época, el pseudónimo “Rubén Darío hijo”, mientras la visita de Darío a Buenos Aires, por la década del 1910. A pesar de ser mayor de edad que todo el grupo de las revistas, “Proa” y “Martín Fierro”, su firma aparece al par que las de Guiraldes, Caraffa, Girondo y otros intelectuales valiosos en las orillas del Plata. Además de la obra referida, tiene publicado “El árbol que canta” y “De la elegancia mientras se duerme”, intensos poemas en prosa, editados con una serie de grabados de madera".

 Diario de la Marina, 26 de junio 1927.

jueves, 9 de agosto de 2018

En saldo de cuentas, todo mi capital



 Vizconde de Lascano Tegui

 Balance

 ¿Quién soy? Un franciscano, de esos que andan descalzos.
He renunciado al mundo y voy oliendo a muerto.
Me quedan unos dientes, pero los más son falsos,
y son los más bellos, por cierto...

 Como una solterona, tuve un cofre relleno
de recuerdos que olían la humedad del pasado,
hasta el día en que, siendo sensible a su veneno,
del cofre hice cenizas.

            Tan sólo me han quedado:

unas canas discretas, un poco de barrica,
una carta afectuosa de una amiga
con la fecha atrasada para hacer menos mal,

una sonrisa aviesa que retiene mi labio
y una lenta desenvoltura de sabio.
Es, en saldo de cuentas, todo mi capital. 


 Soberbia

 Yo tengo un gran amor por la pobreza,
y, poniendo mi mano sobre el pecho,
confieso que me encuentro satisfecho
de lo poco que tengo en la cabeza.

 Tengo un poco de sueño con que velo
la desnuda aspereza del camino;
en las nubes columpia mi destino,
y he marcado mis tierras en el cielo.

 El oro y su miseria no me alcanza.
Llevo por contraseña a la esperanza.
La intemperie me adula y me hace fuerte.

 Ni los perros me ladran: soy tan pobre...
En mis arcas vacías rueda un cobre
con que pagar la barca de la muerte.


 Al fin de tantos años...

 Al fin de tantos años eres mi confidente,
corazón que me escuchas como un profundo amigo.
Te ha cansado la lucha, y un aire indiferente 
te da todos los rasgos banales de un testigo.
Al fin puedo mostrarte el amor que persigo
sin que bajes los ojos y llores de repente,
sin que pases las noches, al aire y sin abrigo,
recorriendo los bosques de la Bella Durmiente.

 El encanto ha concluido. Ella se ha despertado.
Pero yo, corazón, de pronto me he encontrado
que me faltan las ansias que animabas ayer.
Tengo cuarenta años, que los llevo de prisa,
tengo varias arrugas que arrugan mi sonrisa
y la Bella Durmiente es sólo otra mujer...


 Caras y Caretas, 1ro de octubre de 1927, núm. 1513, p. 146; 28 de abril de 1928, núm. 1.543, p. 24; y 11 de noviembre de 1928, núm. 1.572, p. 50.


miércoles, 8 de agosto de 2018

La mano febril de Alekhine vs la tranquila y clásica de Capablanca.

















 Vizconde de Lascano Tegui

 Raúl Capablanca tiene el cetro del ajedrez. Viaja con sus reyes, alfiles y torres de marfil, como un soberano a quien hubieran despojado del reino que tenía en los peñones de Mónaco, pero que le queda el recurso de llevar consigo a todos sus súbditos torneados, en una caja. Y si le niegan arraigo geográfico, nadie puede sacarle al ajedrecista rey la gloria, ya que aquel feliz y despreocupado espíritu latino sabe coquetear y jugar con la gloria, como una pieza más de su tablero.

 Fue hábil para el juego del ajedrez desde muy niño. A los meditativos maestros que vienen de las tierras eslavas y magiares haciéndonos creer que el dominio del juego se alcanzaba calvo o con los cabellos blancos, Capablanca pareció un irreverente Arlequín que se reía de sus barbas, y en unas breves jugadas, frente al matemático sabio doctor Lasker, ganó el campeonato del mundo. 

 Hoy, en la otra esquina del tablero, una mano aparece, decidida y nerviosa. Trae entre sus dedos a la peligrosa dama. Es la mano de Alekhine, fantástico jugador ruso. Y se oyen las palabras definitivas: "Jaque al rey". Alekhine trae al tablero, frente al genio de Capablanca, una aliada, la imaginación. Sus célebres partidas llevan el moño de la fantasía encima, y su juego es caprichoso como parecen serlo los estilos modernos ante la línea clásica. La sorpresa y el imprevisto son sus heraldos, que al fin hoy  son rusos, ya que ellos nos llegan cotidianamente de la  Rusia tironeada étnicamente entre su incorporación a Europa o su retorno nacional a Oriente.

 ¿Podrá Capablanca ser vencido por un adversario que le ha puesto escarpines de paño verde a sus tropas de marfil y amenazan silenciosas los dominios del rey escalando sus torres por un camino encubierto? ¿Caerá el rey ante el ataque disimulado? Es la pregunta que estas páginas gráficas fijan en pleno desarrollo del match.

 Don Juan de Garay, cuando dibujó la ciudad de Buenos Aires con una serie de manzanar en casillero, no pudo suponer nunca que ofreceríamos el tablero ingenuo de nuestro plano edil, para jugarse un día el campeonato mundial de ajedrez. Es un honor que nos cae al fin de los años. Y este campeonato que se desarrolla en los altos escenarios de la imaginación y del pensamiento, nos habilita ante los ojos del universo como una capital inteligente y civil.


 Caras y Caretas, Buenos Aires, 24 de septiembre de 1927,n.º 1.512, pp. 73 y 74. 

martes, 7 de agosto de 2018

Mis amigas. Se murieron




 Vizconde de Lascano Tegui 


 ¿Entrada al libro de caja de un solterón?

 Hace tiempo que han dejado de estar a la moda, los guantes blancos. Sin embargo, la última de mis amigas traía, esta tarde, un par inmaculado de guantes blancos. Durante las horas que pasamos juntos en el cuarto desmantelado del hotel de barrio, mis ojos volvían hacia algo anormal y que escapaba a la lógica y a la estética de esa cámara banal, perfumada a tabaco como el bolsillo de un sobretodo. Era el par de guantes de mi amiga, exánimes sobre la chimenea. ¡Intachables guantes blancos!...

 Evocaban la conciencia de otra época o el romanticismo de salón y de actitud, que desde la muerte de Bécquer o desde el pistoletazo de Larra, se ha ido alejando de las grandes ciudades hacia los corazones de provincia. Ese par de guantes, era el de una novia, como podía ser también el de una tierna esposa, que los conservaba intactos, para arrojarlos a la cara de su marido el día en que concibiera la primera duda, o, a la cara de su amante en cambio, el día en que la engañara.

 La amiga de esta tarde —creo que se llamaba Marta— había aparecido en mi vida como aparecieron miles de enfermeras durante la guerra, y otras mil mujeres que aspiraban a conducir camiones con material sanitario. Tenía como ellas, la bondad a flor de piel y el apropósito, sobre el seno, como en las nodrizas.

 Una vez, me dijo, mientras se peinaba:

 —Los miopes y los hombres viejos, aman siempre a una mujer rubia. Los ojos gastados, sólo perciben las cabelleras luminosas.

 Marta peinaba sus largos cabellos rubios. La miré y sentí toda la verdad de la observación. Yo no era miope. Era un hombre viejo. Había preferido una rubia...

 Me quedé pensativo.

 Una hora, después, tuve miedo de quedarme solo. Me acuerdo que en el diálogo que tendí, de mala fe para retener a mi amiga, le dije: 

 —Al irte ayer, no te diste vuelta a saludarme. Te vi perderte en la calle y al llegar a la esquina, doblaste, sin hacerme una seña. Yo me había quedado en la puerta de calle...

 —No dices la verdad —repuso Marta— te dije adiós, varias veces, con la mano, en el momento de doblar la esquina.

 Al día siguiente, le repetí la escena:

 —Ayer tampoco tuviste la bondad de hacer un gesto. Vi alejarse tu coche, y tú no cambiaste de postura. Vi tu nuca, tu sombrero en alto. No moviste el cuerpo. ¿Por qué no diste vuelta la cara?... Eres una madame Bovary, que olvida...

 Mi amiga meneó la cabeza, sonrió como las rubias sonríen entre los celajes rosas del crepúsculo.

 Hoy mi amiga se despidió afectuosamente. ¿Querría reparar la falta de los días anteriores? No lo sé. Pero no bien se alejó el coche, vi que no reparaba el olvido y que este era un pliego cotidiano. No daba vuelta la cara. Nada se movía en la sombra obscura del automóvil. Estaba en lo cierto, por mis suposiciones. Marta se entretenía conmigo. Pasaba unas horas amables junto a mí, y eso era todo. Pero, no me quería.

 De pronto, algo raro surgió por la portezuela. Me imaginé que echaban un paquete fuera. Pero, no. A la luz de los faroles, vi la mano de Marta. Era bien su mano enguantada de blanco. Afectuosa y tierna mano de mi amiga compasiva. Si, se había comprado un par de guantes blancos para que pudiera seguir su rastro a lo lejos y no me escaparan sus señas... Había tenido una idea encantadora... ¿Su bondad pudo prever el daño? No lo creo. Aquí comienza este libro de memorias. Hoy, que me siento viejo. Hoy cuando necesito que mis amigas se pongan un guante blanco para comprender que me dicen adiós a la distancia, corrigiendo con la luminosidad de su mano, la fatiga de mis ojos, que como van perdiendo el azogue, tienen una sonrisa de esfuerzo atenuada que los hace más seductores.

 Esa mano, enguantada de blanco, lleva el ansa en el entierro del solterón empedernido.

 Yo dedico este libro a ese guante blanco, pasado de moda, como mi amor y como mi persona.


 Fragmento inicial de "Mis amigas. Se murieron", relato publicado en la revista Imán, dirigida por Elvira de Alvear, con Alejo Carpentier como secretario de redacción. París, núm. 1, abril de 1931.