viernes, 23 de febrero de 2018

La visita de Vargas Vila




 La permanencia del ilustre escritor colombiano José María Vargas Vila, durante varios días, en nuestra Capital, constituyó, por un momento, un motivo de comentada actualidad en los corrillos literarios habaneros, donde se renovó el choque de contradictorias opiniones, producido desde hace muchos años, en torno de su extraña e indefinible personalidad. Para algunos, el distinguido novelista es un genio innovador y formidable, de fulgurante pensamiento, altísimas ideas y encendida e incendiaria expresión. Para otros, es tan sólo un extravagante malabarista del estilo. De todos los escritores de habla castellana, pocos han disfrutado de tanta popularidad como él entre la juventud y cierta clase de lectores de cultura embrionaria, en cuyas almas todavía logra despertar una adhesión tan fervorosa como poco persistente. Su fama descansa en sus novelas; atrayentes por su extraña y áspera ideología y, en no pequeña parte, por sus audacias estilísticas, por su irreverente anarquismo gramatical. Sus párrafos truncados; su caprichosa puntuación ortográfica; a profusión y, a veces, grandiosidad, de sus imágenes y paradojas, sus bellos fragmentos de prosa rimada, sonora y musical, han producido desbordamientos de entusiasmo en varias generaciones de estudiantes, de barberos y de horteras. Sobre todo, ese tentador desprecio de las normas gramáticas tan incómodas para quienes no pueden comprenderlas, ha parecido a muchos signo indudable de excelsitud genial. Durante los momentos efervescentes de su popularidad, pocos escritores jóvenes lograron evadir su peligrosa sugestión; y muchos se vieron precipitados por ella, alguna vez, en los derriscaderos del ridículo. El genio y aun el simple talento pueden permitirse incluir en su obra tal o cual extravagancia formal o sustancial; pues ella queda, al fin, envuelta en la magnificencia del conjunto. Pero aquí está la trampa entre cuyos dientes queda triturado el imitador mediocre. Confunde el elemento accidental e insólito, arcilla deleznable muchas veces, con el oro modelado por la capacidad artística del creador. Y sueña haber ascendido a su nivel cuando logra reproducir, con sus torpes dedos, los arabescos accesorios de una obra magistral. Vargas Vila es grande, principalmente, en su ardiente expresión de polemista y panfletario, adalid constante en toda causa de libertad y de justicia; flagelador incansable de toda tiranía, de todas las malandanzas del despotismo insolente y la complicidad servil. Puede ser que algunas de sus novelas queden como exponentes de arte fino y selecto; de recia y exquisita urdimbre sentimental e ideológica; cuéntese, a pesar de su fuerte presión tendenciosa, a Flor del fango, como ejemplo. Otras, en cambio, fuertemente ensalzadas por la crítica impresionable y tenidas en alto aprecio por el mismo autor, posible es que no perduren. Entre ellas, Ibis, su creación predilecta, cuya pobre y tosca trabazón dramática desfallece sofocada en un desbordamiento de paradojas morales, inconsistentes y desprovistas de trascendencia práctica y de valor ideal. En una apreciación serena de los quilates artísticos de este ilustre escritor, no deben tomarse en cuenta sus originalidades sintácticas y ortográficas. Después de todo, las leyes gramaticales no son otra cosa que la codificación de las formas expresivas empleadas, en general, por los grandes escritores. Y Vargas Vila es un gran escritor; un gran señor de la Idea y del Estilo. Para los latinoamericanos, siempre tendrá el alto valor de verdadero representativo de nuestros ideales políticos y artísticos, innovadores y libertarios. Y los cubanos nunca podremos olvidar que fue un fiel admirador y amigo de Martí.

 Cuba contemporánea, julio de 1924, pp. 267-69.

jueves, 22 de febrero de 2018

Vargas Vila



  Joaquín Edwards Bello
  
 Con cuánta emoción vi por primera vez a Vargas Vila, solo, por la calle de Alcalá, apareció cuando menos le esperaba: chiquito, pálido, dandy, con pantalón a cuadros, pulsera y sortijas con cabochones policromos. Era él, nuestro autor de los veinte años, la primera novela subversiva, la filosofía explosiva de nuestro despertar a la vida. El Vargas Vila que leímos a hurtadillas, que metíamos de contrabando entre los textos del Liceo… Él en carne y hueso, veinte años después, frente a la Equitativa y el Banco de Bilbao, en la flamante calle de Alcalá.
 Volví la cara para mirarle: ese hombre chiquito que pasaba en la indiferencia de la calle matinal, era Vargas Vila. Mil recuerdos de ayer fluyeron a mi mente de golpe, como greguería de loros irrumpiendo en el cielo de cristal.
 Un amigo me llevó a casa del maestro. Vive con ese confort modernísimo del termosifón, ascensor y calefacción, en una gran jaula de cemento en los arrabales elegantes de Madrid. Nos pasaron a un saloncito con muebles tapizados de azul ceniciento; algunos retratos, un busto de Dante, una Venus de Milo. Apareció en verdadero négligé, familiar, y nos pasó la mano.
 —Oh, sí —me dijo—, yo le conozco a usted. He recibido un libro que leí con gran interés. La conversación se inició así. Yo le examinaba antes de interrogarle cerrado.
 El maestro, con su pijama oro mate y sus zapatillas de cuero fino, me hizo súbitamente la impresión de un jockey del hipódromo de Longchamps. Su cara rasurada y patinada, como marfil viejo, su agilidad y menudez corpórea, el pie diminuto, los ojos vivos completan la idea de jinete. Su cara es de movimiento, con arrugas portentosas y ojos de lince. Es notable una arruga principal en la frente, en forma de imán; esa arruga atrae las imágenes, condensa las ideas, e imprime los fuegos, las estupendas matizaciones, las medulares abreviaciones que llamamos estilo vargasviliano. El estilo de Vargas Vila es como la primera etapa de nuestra vida de iberoamericanos: todos pasamos por ahí. Negarlo es como negar la leche de la nodriza hispanoindia que nos pegaba a su seno cantando.
 Negar a Vargas Vila es una cursilería.
Veamos lo que dice él y cómo contesta a nuestras preguntas.
 —Yo soy paladín de la libertad; lo fui siempre. Yo dejé mi casa de Roma porque Roma engendra Césares y yo soy enemigo de la tiranía. De Roma salió siempre el Arte, pero nunca la Libertad. Yo no quería codearme con Mussolini. DÁnnunzio es la imagen de Roma: arte y cesarismo.
 —¿Qué piensa de Francia?
—En mi periódico Nemesis combato el imperialismo de Poincaré, pero la nueva ley Barrés impedirá la acción política de los extranjeros. La sombra de Napoleón envenena el aire.
 —¿No desea regresar a Colombia?
 —Nunca. Colombia no me perdona que yo la haya llenado de gloria; en cambio, yo le perdono las vergüenzas que me hace pasar como colombiano.
 —¿Qué idea tiene de Chile?
 —Buena. América empieza en Chile. Argentina es un campamento: los emigrantes se comieron el último gaucho que era lo más interesante. Lugones acaba de prostituirse, rindiéndose a monseñor Baudrilart. Chile evoluciona; tiene hombres de acero y nervios fríos. Los políticos actuales de Chile han leído mis libros.
 

 —¿Dicen que es usted amigo de Obregón?
 —Obregón es mi discípulo. El más grande de todos los presidentes americanos. Obregón entró en mí porque ha leído mis libros; desde pequeño se nutría en mi literatura.
 México entró en la etapa vargasviliana, la Edad de Oro. México y Rusia son las naciones más interesantes del mundo. Obregón es indio, tiene sangre indostánica.
—¿Qué piensa de España?
 —Nada. Yo me enorgullezco de dos cosas: no escribí nunca nada de España ni colaboré jamás en La Nación ni La Prensa, de Buenos Aires.
 —¿Le interesa el Perú?
 —Ese país sería interesante si conservase el régimen incásico; pero tal como está en la actualidad, bajo la tiranía de Leguía, no vale nada. Santos Chocano, cantor de la tiranía, es vil, un talento atravesado, perdido. Los hermanos García Calderón tienen talento, pero se les ha exaltado mucho. Son talentos de diplomacia y de periodismo; eso sí, muy elegantes.
 —¿Efectuará algún viaje por América?
 —No. Yo quiero tranquilidad. En América, tienen la manía de las conferencias y discursos, querrían que yo hablase y no sé hacerlo; las multitudes me cohíben porque soy un solitario; los solitarios vivimos bajo la luz blanca y sedante de la luna; la muchedumbre nos hiere como el sol. Como todo solitario, yo soy un silencioso, y hablar fuera de la intimidad me parece una dispersión de las semillas de mi genio, arrojadas hacia terrenos estériles.
 Yo no tengo más amigos que aquellos que no puedo evitar.
 —¿Qué idea tiene de la literatura española?
—Ninguna.
—¿Conoce a Eugenio D´ Ors?
 —Sí. Ese hace un esfuerzo para pensar, se acerca al asunto, despunta. Yo enseñé a pensar a los españoles en el año 1909 con la publicación de mi obra Ibis.
—¿Por qué no ha hecho teatro?
—¿Teatro? ¡Nunca! Es la más vil expresión del arte, porque está sujeta a los actores, a los cómicos y al gran público. La suprema forma del pensamiento; es la novela.
 El cuento es un producto de literatura embrionaria, apenas desprendido de la Fábula, sin llegar a la novela, literatura para niños y para aldeanos.
 —Sin embargo, preguntamos: ¿El cuento ruso… Leónidas Andreiev, Mogol?...
 —Son genios de la candidez. Esa floración de cuentistas, indica ingenuidad, ruralismo, mentalidad de moujiks.
 —¿Piensa regresar a Barcelona?
—Sí, tengo allá una torre llena de libros, los catalanes me respetan. Cuando paso por las Ramblas, oigo tras de mí: “Ahí va Suetonio”. Algunos critican mi dandysmo. En la época del terrorismo, ya pasaba sin miedo por los barrios bajos, como Petronio en la Susurra; los obreros me dejaban pasar respetuosamente… “Es el maestro, el compañero”, decían en voz baja. Pero a mí no me agradaba la popularidad.
 —¿Qué opinión tiene de la Quinta Conferencia Panamericana?
 —Será la última de los pueblos libres, o la primera de los pueblos esclavos. En nuestras conferencias de naciones soberanas hispanoamericanas, no deben figurar los yanquis. Me parece que esta conferencia obedece al afán de festejarnos mutuamente con lunch, toasts y banquetes; hay que dar empleo y tono a tantos internacionalistas.

 —¿Es usted uno de los tantos maravillados con la teoría de Einstein?
 —No me admira. El paciente judío alemán ha logrado explicar con números una cuestión que ya habíamos resuelto por instinto. Lo mismo pienso de la teoría sexual de Freud. A mí no me “epatan” los cuentistas, los cerebrales vamos siempre a la vanguardia. Lo que me interesa profundamente es la literatura de los jóvenes; siempre busco algo nuevo, una forma nueva. Yo creo que aparecerá alguno, estelar, que marcará una era, como marqué
yo la era vargasviliana en 1900.
 Nos despedimos. Vargas Vila se levanta, estira su mano blanca con una pulsera; mano desconcertante, mano carnosa, tentacular, de andrógino.
 Entra en este momento la criadita con un paquete y una cuenta. Son calcetines de seda de la casa Rodríguez. Vargas Vila cala anteojos y paga.
 —Adiós, Maestro.
—Salude a Ramón Ricardo Bravo.
 Partimos. El escritor colombiano deja en nuestro espíritu una impresión de exuberancia, de vida simple. El terrible polemista, el admirable novelista debe de echarse a la cama temprano y con gorro de dormir, después de tomar leche con soda. Parece un niño fresco, iluminado, juguetón. Pero ¿qué cosa es el genio, sino una eterna niñez?
Salimos a la calle. Oscurece. Como vamos impregnados del maestro, interpretamos el crepúsculo en su lenguaje, en su estilo: 
“Cielos mirobolantes 
lejanías opalescentes 
y la Avenida coruscante sembrada 
de miriápodos lucientes…”


 Orto, Año XV, no. 8, abril de 1926.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Martí x Vargas Vila


 Vargas Vila

 Pasó! indignado, soñador, melancólico.
 Pasó! con el enjambre de sus sueños; con la tempestad de sus cóleras; con sus tristezas de vencido; con el rumor de sus estrofas; con el himno triunfal de su palabra.
 ¿Soñador? Así lo llaman. ¡Sueño sublime!
 ¡Oh la libertad, hermoso sueño! Con ella soñaba Bolívar en Jamaica mirando la mar turbia, el cielo negro, escapado al puñal, y triste y solo... Con ella soñaba Mazzini, perseguido, hambreado, saliendo a los caminos de Suiza, desgreñada la blanca cabellera, para interrogar a los transeúntes sobre la agonía de su Italia bajo los cascos de los croatas. Con ella soñaba Kosciusko. Con ella soñaba Palacoff, dando al viento como mariposas del dolor sus estrofas aladas, allá sobre la playa de Siberia, bajo el cielo sin luz, cerca a las olas negras, a la estepa inclemente, viendo levantarse en el cielo triste una estrella blanca, que él llamaba el alma de Polonia... ¡Oh sueños con la libertad y con la patria; sueños generadores del heroísmo y de la gloria; columna de fuego que lleváis los pueblos al combate, o bello y pálido heraldo que lleváis las grandes almas al martirio, benditos seáis!
 La libertad es el sueño de las almas grandes.
 La patria esclava es el tormento de las almas fuertes.
 ¡Oh sueño tempestuoso Y bravío de los proscriptos y de los oprimidos! Pasad, soñadores, con la frente alta, sintiendo como os persigue la carcajada estólida del vulgo. Mañana, si vuestro ensueño es realidad, vuestra es la gloria; si él es quimera, vuestra es la gloria.
Los sueños nobles ennoblecen.
 Al soplo de un sueño se alzó la América del fondo de los mares solitarios, en las alas flamígeras de otro sueño subió la libertad a la cima de los Andes. Si la vida es sueño, ¡benditos
sean los que sueñan con lo grande y con lo noble!
 Martí fue el verbo de Cuba luchadora. Su acento pasaba por sobre las multitudes como un grande y generoso soplo, venido del océano inmenso, del campo libre, lleno de aromas, respirando vida. El murmuraba al oído del emigrado, del vencido, del enfermo, la mágica palabra: esperanza.
 Él iba a todas las almas murmurándoles no sé que tierno acento de cariño; no sé que extraño y asordador himno de grandeza. Martí era el acento melancólico del alma cubana, que iba gimiendo, a veces solitaria y doliente, y en otras se alzaba vibradora y terrible, que herida se recogía para llorar a sus montes como una paloma azul entre su nido, e indignada se alzaba otras, como un cóndor bravío lanzando grito siniestro...
 La elocuencia de Martí era la del corazón.
 Su frase oscura a veces, coloreada, radiante en otras, salía de sus labios' impregnada de sentimientos, ya vaga como la tristeza que agobiaba su alma, ya tempestuosa y soberbia como la indignación que lo poseía.
 Oyéndolo, se pensaba en la patria, en la libertad, en el bien; se alzaban eh las lontananzas del recuerdo los mirajes de los bosques patrios; se oía como el rumor de Vergniaud en el salón de los Roland, y pasaban por la memoria los pálidos héroes del cadalso y la guerra...
 Así como él, así debió ser Vergniaud. Su misma juventud; su mismo aspecto pensador y triste: su misma frase pulida como armadura de antiguo caballero en día de justa; el mismo culto a la pureza del sentimiento y a la castidad de la frase; el amor desbordante por el pueblo; el mismo corazón sereno y tierno; la misma vasta erudición clásica; la misma estoica resignación al martirio... Todo lo mismo; pero más fuerza, más realidad, más lucha en Martí.
 Cuando principiaba a hablar con la frente inclinada, como si pesaran sobre ella todos los dolores de su patria, se veía allí al vencido doloroso: más cuando echaba atrás su cabeza poderosa, sacudía su cabellera y lanzaba su frase indignada, se veía de pie al apóstol, aquel cuyo verbo condensado llegó a ser luego una tormenta.
 Tristezas infinitas de la patria; entusiasmo de lucha y de batalla, eso inspiraba el acento de Martí. Su elocuencia no asordaba, no cegaba, imponía con imponencia mágica. Como en una tempestad en el polo en que no se escucha vibrar el trueno y sólo se ven brillar los relámpagos rojizos en la entraña de la nube oscura, allá donde van las olas en tropel, el mar espumea furioso y sobre el abismo negro brilla el cielo incendiado...
 Cuba ha tenido muchas representaciones egregias de su energía; pero el pensamiento de su independencia tuvo en Martí la más pura, la más elocuente y la más sincera de sus voces.
 Así quedará para el mundo como el más bello gesto de heroísmo lírico, el más puro acento, la más alta voz, de Cuba irredenta, en esa hora crepuscular que precedió a la grande aurora de su redención política.
 Martí fue su Profeta, y fue su Mártir. Quedará en la conciencia de América como el más grande tribuno de la Emancipación, el Genio sonoro y triste de la Patria, el Poeta de la Libertad, el enorme Poeta doloroso, muriendo sobre el árbol de su cruz.
 ¿Fue un soñador?
  Sea...
 Fue el inmenso soñador desesperado, que voló hacia la Muerte, en un vuelo de fuego, incendiando a su paso los cielos taciturnos de la Historia.

                                                                                  París

 "José Martí", El Veterano. Revista cívico milita, 24 de febrero de 1910, pp. 4 y 5.

lunes, 19 de febrero de 2018

El rebelde de siempre. Entrevista con Vargas Vila


 Alfonso Camín

 Suelo encontrarme con Vargas Vila bajo todos los climas. En todas las zonas tórridas. Lo mismo en Méjico, en Madrid, en Cuba, en la Patagonia o en los arenales del desierto donde Vargas Vila suele hacer un paréntesis en su existencia de volcán errante para hablar con los leones. Con los leones libres. Porque Vargas Vila siente tanto horror por los jardines zoológicos como por las tertulias literarias. No encontraréis nunca a Vargas Vila en la casa de fieras. Siente un gran desprecio por los leones parlamentarios. El autor de «Los divinos y los humanos» es una gran incógnita para muchos intelectuales: jamás se encuentran con Vargas Vila. Hace unas semanas el periodismo policíaco buscaba en vano su nombre en las listas de los hoteles. En una de esas tardes tropecé con Vargas Vila en la Gran Vía. Iba solo, como una sombra entre otras sombras, con un fino espinazo de tiburón en la diestra. Un bastón raro que parecía una flauta de nieve en las manos de un músico egregio:
 —¡Es el espinazo de algún poeta de postguerra!
 —No —contestó el panfletario—; esos no tienen espinazo. Si acaso, protuberancias. Y llagas en ciertas partes, como las monas de circo. Estas generaciones de escritores, acerebrados y creyentes, topos místicos, escapados de las trincheras con el espanto de la muerte en las pupilas y el miedo de Dios en los corazones, son generaciones rebeldes a toda idealidad, porque son generaciones rebeldes al amor de la libertad. Sus gestos de renacimiento literario son gestos de larvas ciegas arrastrándose sobre las hogueras medio extintas que quemaron los cuerpos de los héroes, que al morir por su patria creyeron morir también por la libertad. Vuelo de mariposas sepulcrales escapadas de las tumbas mal cerradas y empeñadas en volar sobre la veste de un crepúsculo mórbido, con unas alas incoloras y tan frágiles, que el solo hálito de la hora enfermiza y precaria que les dio vida basta para romperlas.
 Vargas Vila había estado en La Habana a pique de vérselas con el caballero Carente. Pero la enfermedad no ha dejado en él huella. Le encuentro retoñado. Más arrogante. Solo. Enhiesto. Su palabra da la apariencia de una resurrección de rosas Vargas Vila es una fiel estampa de las cuatro estaciones. Pero con un doble milagro de potencialidad física y literaria. Descoyunta el calendario. Desconoce la cuesta de enero. Salta de los primeros fríos de diciembre a los áureos parques primaverales.
 Me cuenta cómo venció al caballero de la barca de ébano:
 —Caronte, con su padrejón de furias en el estómago, no es más que un «clown» grotesco que ha sufrido todos los sarampiones del misticismo. Un místico y un ateo suelen entenderse mal hasta en el borde de la tumba.
 Nos escondemos en el rincón trasero que asoma el café Kutz por la calle del Caballero de Gracia. Como siempre, unos «bocks» de cerveza. Y la palabra de Vargas Vila que fluye como un río en que claman violadas, atropelladas, desgajadas, todas las puestas de sol. En seguida descarga unos golpes de marrazo sobre Leopoldo Lugones. Me anuncia su «Odisea romántica», se le endurece la nariz corvina y vuelve a desaparecer, solo entre la muchedumbre, elegante como un príncipe inglés, con su bastón de luna en la mano, moviendo la blanca espina de tiburón llena de ojos de flauta, en la que parecen cantar las notas de los Atlánticos recorridos en su odisea de soledad, de romanticismo, de orgullo literario, de lucha contra todo lo grande y deforme. Es cosa sabida que la piqueta del gran colombiano goza en convertir en escombreras los ampulosos rascacielos literarios. Rascacielos que él llama rastacueros. Antes de partir lo ha dicho, comentando su odisea romántica:
 —Yo he sido el único escritor de nuestra raza que no ha ido a la Argentina en busca de reputación ni de dinero. Reputación, yo la tenía de antaño. Tanta, como para darla a todos los escritores argentinos; dinero, sino para comprar su elogio y hacer enmudecer la turba de rateros del renombre, a soldada contra mí, sí para permanecer erguido y de pie ante ellos, arrojándoles mi desprecio, como un sustento a su venalidad. Con el libro de mi odisea, producto justo de mi viaje, hago una obra de caridad, porque desde el día de su aparición no faltaron en España y en América cronista menesteroso, saltimbanqui literario y aspirante a folletista innocuo que dejaran de atacarlo. Mi libro es un libro de verdad y de independencia. Los únicos que podrían dolerse de él son los argentinos. Y los argentinos no existen. Han sido barridos por la ola de la invasión. Han desaparecido bajo la conquista blanca y silenciosa. A ese cadáver, medio sepulto, a los escasos sobrevivientes de esa raza, a la gloria de la Argentina muerta, por sobre la insolencia de la Argentina viva, por sobre los arcos de sus conquistadores sin victoria, arrojé mi puñado de rosas tintas en sangre de juventud y de independencia. Las echo sobre la tumba de una nacionalidad y de una raza muertas sin combatir. 
    

 El director del HERALDO me dice por la noche, alerta las antenas de mastín perdiguero que aprisiona la pieza en el aire:
 —¿Pero está aquí Vargas Vila?
  —Está….
 —¿Quiere usted hacerle una entrevista?
 —Hecha.
 Fontdevila conoce al autor de «Ibis» desde hace algún tiempo: cuando Vargas Vila y Pompeyo Gener ambulaban del brazo por las calles de Barcelona. El águila de los Andes se posaba en las ramblas, aparentemente amaestrada. En seguida daba el picotazo selvático. En cuanto se acercaba un reportero o un cronista de salón a acicalarse en el espejo de sus botines.
 Recordé el rastro de Vargas Vila. Le busqué en casa. No estaba. Había salido con Antonio Viso, sobrino y secretario desde que Vargas Vila rompió las primeras lanzas literarias. No podemos decir desde la juventud. Tendríamos un duelo con Vargas Vila. Porque la juventud la lleva él siempre del brazo, en sus libros llenos de velámenes nuevos y en la palabra exuberante y joven.
 Escudriño los objetos que hay en su flamante nido de soledad. Merceditas, una dulce cubana, la señora de Antonio Viso, ha subido al despacho de Vargas Vila. Lleva en las manos el último libro del panfletario, acariciándolo con sus manos de seda: «Polen lírico». Observo el rincón en que trabaja Vargas Vila. Enraman las paredes las banderas del Uruguay, de Cuba y de Venezuela. El resto de los muros se ve ametrallado de libros y de retratos: una magnífica caricatura que le ha hecho en Méjico García Cabral. Es estupenda. Primero nos hace pensar en una enorme cobra en acecho. Por fin descubrimos que este dibujo simbólico del escritor tiene la apariencia de un águila de piedra que reposa tranquilamente; con la garra puesta en la cima de las Pirámides. Otra fotografía: en Méjico, Vargas Vila y Obregón del brazo. Otra en la que al desembarcar en Veracruz, rodeado de sus amigos y de la Comisión oficiosa, empuña el telegrama en el que el presidente de la República le da la bienvenida en nombre de su Gobierno. Otras fotos de Vargas Vila en distintas épocas. La cabeza de Valle Inclán brotando de entre la hiedra de sus barbas. Pompeyo Gener, bajo su chambergo del barrio Latino posado como un cuervo sobre el cemento de Barcelona. En otro retrato, Vargas Vila, Rubén Darío y Santiago Arguello. Todo denuncia bienestar, riqueza y ornato. Con todo, Vargas Vila está de viaje. Me lo dice la novia blanca de Antonio Viso, que ha dejado el «Polen lírico» sobre la mesa y ahora acaricia un niño que tiene rizos de flor. Vargas Vila parte mañana hacia París:
 —Todo ha de embalarse esta noche— dice la dama de Antonio Viso.
 Efectivamente, la casa desaparece como por encanto, lo mismo que esos palacios provisionales de tramoya cinematográfica en los grandes estudios de Hollywood.
 La mañana es de sol dorado. Arrastra algunos velos matinales, llenos de fastuosidad, el Manzanares, en la pobreza de su cauce. Vargas Vila llega una hora antes de partir el tren que le llevará hacia Hendaya. Gusta de madrugar como los gallos y ponerse gorgueras de amanecer. Trae del brazo a Antonio Viso. Su secretario está ciego desde hace unos meses. Merceditas en el coche-salón acaricia el infante de rosa. Vargas Vila mira de vez en cuando fijamente las pupilas quietas de Antonio Viso. Durante muchos años Vargas Vila viajaba cómodamente con su secretario. Ahora ha de llevarle del brazo. Manantial inédito en Vargas Vila: la ternura. Yo comento:
 —Al león le ha nacido una flor en los dientes.
 Por el paseo de la Florida se desliza la entrevista, mientras que el Manzanares va arrastrando hilos de sol. Las copas profundas y verdes de los árboles se empolvan como petimetres, pasando la mota del sol por la polvareda del cielo. Los oficios árboles del paseo de San Antonio se calientan y se despulgan, entecos y deslavazados, como en los aguafuertes de Goya.
 Se cumplen cuarenta años de la publicación de su «Aura o las violetas». Casi los mismos en que Vargas Vila hace sus «Siluetas políticas», traspasa las fronteras de su tierra y el Gobierno venezolano le interna, a instancia del Gobierno clerical de Colombia. Pero Vargas Vila no cambia. Me dice:
 —Yo no soy un escritor político que hace literatura. La literatura pasa. La política es eterna, aquellas pocas veces que se pone al servicio de la libertad. Obregón, hombre político, es una gran avanzada de la generación de hombres libres. Antes no pude hablar. Estaba ese hombre en el Poder. Aparecería como una adulación mi grito de justicia. Pero ahora sería una cobardía en mí, hombre el verbo rojo y amante excesivo de la libertad, no decir y no hacer constar que esos avances, esas conquistas, esas glorias, se deben a esos partidos avanzados, n la falange roja, a la falange demoledora, a la que ha coronado con un fulgor de sol y de sangre los horizontes todos de la Historia. Ha sido esa falange la que ha redimido al pueblo de Méjico, al verdadero pueblo de Méjico, y ha llevado al Poder, la raza oprimida, la raza esclava, que llegó resurrecta, libertada y vencedora al Capitolio Nacional, llevada por la mano de aquel Lohengrin Azteca, violador de leyendas seculares, que se acercó a su Ergástulo para libertarla; rompió sus cadenas, sacudió su manto imperial, ultrajado por los siglos, y la llevó amorosamente hacia las más altas cimas de la libertad. La parcelación de tierras, antes en manos de unos cuantos terratenientes extranjeros espacio de pretores rurales del fenecido imperio porfirista, los liberta ahora, por medio de la ley Agraria, de sus grandes opresores, y crea un pueblo de agricultores donde había una tribu de parias.


 —¿Y su impresión do Cuba?
 —Para mí fue un peñón hospitalario donde dejé un semillero de afectos. Me detuve en La Habana como en un remanso, de espaldas a la política. Méjico es otra cosa. Méjico ha tomado mi ideología política. El resto de los Gobiernos de América no merecen ni siquiera mi misericordia. En Cuba estuve dos años, y en mis libros no hay una frase de loor para su Gobierno. Una cosa es la Cuba sentimental y otra la Cuba oficial. El presidente Machado significa la invasión de la selva en la urbe. Quiero también hacer constar que después de treinta años de vida civilizada en Europa y ocho en los Estados Unidos, mucha parte de América fue para mí una revelación. No conocía más que la frontera de mi patria que termina en la selva de Venezuela, y el trozo de selva de Venezuela unido a los bosques yanquis. Pero yo no reflejo una política. Me reflejo en la política como el sol sobre el pantano. Los batracios tienen derecho a indignarse contra mi luz. A lo que no tienen derecho ni fuerza es para evitar mi luz y para seguirme en el vuelo. Tengo el desdén de la literatura. Y a fuerza de huir de ella ha creado la literatura del desdén. ¿Los iconoclastas dice usted? Yo no he sufrido nada con los iconoclastas.
 No se queman los ídolos, sino aquellos que son de cartón. El fuego no devora el mármol. Hay iconoclastas destructores a causa de su impotencia para ser constructores. Esos iconoclastas son la protesta de Onán contra a fecundidad de los patriarcas de la Biblia. ¿Dice usted que el pasado? El pasado no muere. En ciertos hombres, se suicida, porque no tuvieron razón de existir. El olvido los cobijó antes de nacer.
 La hoscatura de Vargas Vila no es de un escritor. Es la del terrible panfletario. En la que pudo tener imitadores en su apoca. Pero no émulos. Acaba de publicar su «Polen lírico» este hombre, fecundo y luminoso como la Vía Láctea, y ya la Casa Sopeña se apresta a imprimir «El imperio romano». Después vendrá «Dietario crepuscular». Más tarde, «Del joyel mirovolante», «La sonrisa del beduario». Sigue en pie su revista Némesis, papel hecho una hoguera con el que tantos años mantiene su barricada lírica contra todo lo respetable desde su redacción de París.
 -A las fieras de mayor concepto individual —me dice— se les mellan los dientes al entrar en la urbe, que es una selva sin prestigio. En cambio, a mí me han crecido. Todavía ando solo por esta selva de hombres en grupo. Lo que quiere decir que la selva no puede luchar conmigo.
 —¿Cree usted que se le conoce bien en España?
 —En España conocen mis obras. No conocen mi obra. Hay muchos hombres que me han leído y no me han comprendido. Acaso sea porque
no soy un escritor al servicio o en contra de una política. Menos a ras de una política. Yo he dado alas a la política. He hecho de una libélula de charca un águila caudal remontada a las nubes. En una palabra: he vivido por encima de la política. Es muy distinto decir muchedumbres de orientadores a ser un orientador de muchedumbres. Por lo demás, tanto en América como en España, no me interesa el insulto. Que me recuerden de esa manera está bien. Siempre el insulto ha sido el mejor homenaje de los héroes.
 —¿Qué me dice de los radicalismos?
 —¿Pero es que existen otros radicalismos que los míos? En materia de ideas no he pasado nunca del radicalismo. Soy el último jacobino. He señalado a las muchedumbres el camino de loa libertad, como Moisés, el paso del mar Rojo. Pero, como Moisés, no he cruzado las aguas en compañía de los judíos. Traté de hacerlos libres sin lograr que los libertados me pusieran el grillete el pago a la libertad. Los partidos y los pueblos. Los aman en el fondo de la Historia, no olvidan nunca a sus opresores. En cambio odian profundamente a sus libertadores. Cuando no les pueden dar otra muerte los degüellan, entregándolos en manos del olvido. Por eso el libertador, de lo primero que se liberta es de toda ilusión con los libertados. Para ser perfectamente libres lo mejor es no dejar ninguna cadena, ni siquiera la de la gratitud. 
 —¿Qué me dice de la sexta Conferencia panamericana?
—De antemano esperaba su contenido. No ha sido para, mí ninguna sorpresa. La ilusión, el único pecado de los apóstoles, no ha enraizado nunca en mí. En esa Conferencia están representados los Gobiernos. No los pueblos. Los Gobiernos no hacen nunca gestos de libertad. Leguía y Machado, manufactureros de las esclavitudes de América, no hacen más que vender las nacionalidades a cambio de que a ellos los dejen en libertad. En América no hay más que un pueblo de pie: Méjico. Para ser grande no necesitaba que el resto de las naciones hispanoamericanas se pusieran de rodillas. Bien es verdad que los pueblos, en ciertos momentos, no pueden manifestarme más que en el silencio y la tumba. A veces se refugian en el silencio para no caer en la tumba, que es el silencio más respetuoso. Los muertos son los únicos que no adulan.
 —¿Qué opina de Blasco Ibáñez? — —Tuvo ocasión de acabar de rodillas y prefirió morir de pie con la frente hacia el azul. Su vida pudo ser vituperable, pero su muerte es admirable.  No estamos tan ricos de hombres de libertad para que la muerte de un hombre libre no nos entristezca. Lo que sus enemigos camaradas de letras le envidian no es su talento. Es su dinero. Haber sido rico, ése es su crimen. Era un vencedor. Y los vencedores nunca serán perdonados por los vencidos.

 Leyendo la obra de Vargas Vila se nota en él una cultura formidable y nueva. Esto que llaman los vanguardistas cultura actual es un plagio a Vargas Vila. Un despojo que se le ha hecho al autor de «Odisea romántica», que desde el año ochenta tiene esa cultura de que presumen los gesticuladores de todo advenimiento literario.
 —¿Qué impresión lo dio Buenos Aires?
 —Ya lo he dicho. En Buenos Aires se han dado cita, no los más grandes edificios, sino los más grandes adefesios qué la insolencia sin arte haya podido levantar sobre un suelo bastante sumiso para soportar su peso deshonroso sin hundirse de vergüenza o sin temblar de horror. Lo pretencioso y lo cursi son los distintivos de aquella arquitectura en que se ensayan todos los órdenes sin culminar en ninguno y se deforman todos los estilos, sin ahorrar uno solo, de la salvaje profanación. La carencia absoluta de originalidad es la distintiva de Buenos Aires, en todo, desde sus escritores hasta sus escultores, de sus pintores hasta sus arquitectos y de sus revolucionarios hasta sus limpiabotas. Nada original, nada nuevo, nada suyo. Todo importado, todo imitado. La imitación es la musa de aquella ciudad, desprovista de genio creador y con una enorme cantidad de alma simiesca para imitar los gestos europeos. Es la patria del plagio. Y es, sin duda, a causa de eso, que es la patria de Lugones. La copia es la norme imperante allí, y por eso aquella ciudad sin genio, hogar de artistas trashumantes, incapaz de crear nada, lo copia todo, y no es, desde sus letras hasta sus artes, sino un vasto «Museo de Reproducciones».
 Por último, comentando la claudicación de otros varones sesudos al entrar en la senectud, Vargas Vila contesta encrespado:
 —Yo he llegado a los sesenta años y conozco ese orgullo de no claudicar ni con la eternidad. Todos, o casi todos, capitulan con la vejez. Yo no he capitulado. Lo primero que hacen los viejos es capitular con Dios. En cambio, yo acabo de decir: «Muchas veces me inclino sobre mi tumba con la repugnancia de encontrarme con la imagen del Supremo Chimpancé sobre mi losa. Me sería un encuentro muy desagradable hallar el dolor más allá del sepulcro. Una de las tristezas de mi vida es no tener ya nada que negar. Desde mi adolescencia vengo negando. Agoté la negación. Sin embargo, amo mis sueños de hoy. No creo que me encuentre mal en el sepulcro. Lo siento, porque las cenizas no tienen voz. La tristeza de morir en mí es en esta hora en que todos han hecho apostasía. Quedaría huérfana la libertad. Sin un grito do protesta. Sin una voz defensiva. Pero, después de todo, me consuela la tumba, porque irá a ella a refugiarse conmigo la libertad. En consecuencia: mientras yo tenga un corazón, la libertad tendrá un altar; mientras tenga un cerebro, la libertad tendrá un refugio, y mientras tenga aliento, la libertad tendrá una voz sobre la tierra, ¡Qué me importa morir, si la libertad callará conmigo! Será mejor morir, para no seguir oyendo el himno de los esclavos que insultan a la libertad.
 —¿Cree usted qué Francia sigue siendo el meridiano de Europa?
 —El genio de Francia era el genio de la libertad, y Francia, al decapitar la libertad, decapitó su genio con el hacha de la reacción. Por eso, Francia no es ya el faro intelectual del mundo, sino la roca aislada y desnuda en la cual hubo un faro que la tempestad volcó. Roca oscura, madre de tinieblas, al pie de la cual aúllan y se lamentan todos los náufragos. Francia no ha sabido hacer uso de su victoria sino para estrangular la libertad, y al matar la libertad apagó la antorcha que fulgía en sus manos. Y el genio de Francia ha dejado de ser el símbolo de la Libertad que iluminaba el mundo.
 Al subir al vagón me abraza. Vuelve a mirar los ojos ciegos de Antonio Viso. Me dice que dulcifique las palabras en torno de Cuba. Se podría entristecer Merceditas. Lo dicho: al león le ha nacido una flor en los dientes. Entre el humo del tren, que parte, Vargas Vila se asoma a la ventanilla y sonríe. Me dice adiós su cabeza de cobra.

 El Heraldo de Madrid, 6 de julio de 1928, pp. 8 y 9.



sábado, 17 de febrero de 2018

Romañach. Final

   


  Jorge Mañach 

 Advenida ya la República, la pintura, como toda otra actividad desinteresada de lo inmediato, ha de seguir, por dos lustros todavía, atenida a sus viejos hábitos. Una revolución política es más fácil de lograr que una revolución en la cultura, si se admite que la cultura sea susceptible de progresar por revoluciones. La misma plétora de entusiasmos que caracterizó los primeros tiempos de nuestra nacionalidad, sofocó no pocas de las platónicas intenciones primerizas. Y así, la práctica del arte seguirá aún revistiendo los mismos caracteres de escasez, de aislamiento, de domesticidad o de academicismo oficial que tuvo en los flacos tiempos de don Miguel Melero. Bien es verdad que ya prosperan mercaderes de cuadros y pigmentos en la Villa; pero el gusto profano no supera sino lentamente la afición elemental al cromo, a la pintura bonita y lamida, al pensil lleno de lazos y al valle lleno de palmeras. Las señoritas bien educadas comenzarán a "dar clases" y a pintar cintas y gatitos para la saleta; pero en las revistas locales, la ilustración festiva no se redimirá todavía de la bufonada de Liborio y de las orlas de diploma.
 Dos excepcionales valores señalarán entonces las pautas del avance pictórico. Son Armando Menocal y Leopoldo Romañach. Antiguos discípulos ambos de la imprescindible Academia, quedan como embajadores ante los nuevos tiempos de aquella constelación de promesas en que figuraron Melero y José Arburu. Ambos habían completado su aprendizaje en Europa, de donde regresaran a tiempo para rendir sus servicios a la renovación cultural que los nuevos tiempos y los nuevos gobernantes propiciaban, y que tuvo su aspecto positivo en la reorganización pedagógica iniciada por la primera ocupación norteamericana.
 Menocal y Romañach son llamados entonces a desempeñar sendas cátedras en la Academia de San Alejandro.  Tanto el uno como el otro venían cumplidamente autorizados por el espaldarazo del éxito. Armando Menocal había cursado laboriosos entusiamos en España y conquistado ya nombradía entre nosotros con sus veracísimos retratos, de una técnica espontáneamente ponderada y trabajosa, pero a la cual, además, el gusto profano le imponía comedimientos reñidos con las preferencias íntimas del artista. Es incalculable, y debe siempre llevarse en cuenta, la influencia retardataria que ha tenido sobre nuestra pintura esta falta de preparación de los llamados a darle estímulo y sustento.
 Particularmente en el arte del retrato, no siempre es justo pedirle a un artista que desoiga las exigencias de sus modelos —sobre todo las exigencias puramente formales—, cuando de complacerlos dependen todas las demás posibilidades artísticas y profesionales. Así, muchas de las deficiencias de los retratos de Romañach -el lamido, la factura pacata y algo sobada, el efecto bonito- son imposiciones extrañas de las cuales suele reivindicarse el artista en sus lienzos de pura creación o de propia iniciativa. A éstos sólo pudiera reprochárseles, en común con aquéllos, una tendencia a la coloración violácea que les resta brillantez y encubre los méritos de la factura profunda, delicada y certera.


 Menocal compartió con Romañach, no solamente la honra de algunas de las primeras jornadas de lauro y loa que tuvo nuestro arte en el extranjero, sino  también la agradecida estima de cuantos han visto en los dos coetáneos pintores y colegas unos como Rómulo y Remo de nuestra profesionalización pictórica. La influencia inicial de Menocal en la orientación de los primeros artistas nuevos de la República —Valderrama, Manuel Vega y Pastor Argudín, por ejemplo—me parece inequívoca. Acaso él equilibró un tanto la lección de "soltura" inculcada por Romañach, cuyo temperamento no se aviene a la contenida observación y rigurosa fidelidad que el retrato exige. Educado precisamente en esta disciplina, Menocal pudo hacer valer mejor la necesidad de ponderación y cautela, la conveniencia de castigar el impulso improvisador para evitar el riesgo del "más o menos" que Rosales prevenía. Sus mismos cuadros de género, como La muerte de Maceo, visión a la vez dramática y épica de nuestra manigua libertadora —o como el difícil e interesantísimo lienzo que muestra, en nuestro Museo, al Dr. Domínguez Roldan experimentando en su laboratorio—, estas mismas grandes concepciones, repito, se contagian en Menocal de la modalidad cautelosa y violácea de sus retratos. Son obras excelentemente concebidas y compuestas, pero de una meticulosidad que opaca el color y el estilo. Pintor más bien de cortas distancias y de íntimos efectos, no era él a buen seguro el más indicado para obras como la decoración del hoy Palacio Presidencial, donde dejó cosas que le hacen muy pobre justicia.
 Mas todas estas reservas del juicio honrado no bastarán a hacernos olvidar la fecunda ejemplaridad de este viejo pintor, que ha sido con Romañach el educador de las dos generaciones de artistas llamadas hoy a hoyuelar las mejillas de la patria. Como Menocal, Romañach había ya conquistado el aplauso difícil de la crítica española cuando se le solicitó para que desempeñara la cátedra de colorido en San Alejandro. Su primer triunfo fue el de aquella dulce y sugestiva tela La Convaleciente, cuyo sentimental prestigio había de crecer entre nosotros con su pérdida irreparable, ocurrida en un naufragio en el Mississippi cuando venía de ser premiada con un nuevo lauro en una exposición americana. La manera pictórica de aquel cuadro, representativo del Romañach fundamental, era algo muy novedoso entre nosotros. Había más ambiente allí, más sugestiva veracidad, un tino más literal —por decirlo así— en la línea, y un colorido que nos liberaba completamente, sin resabios, de los rojos y negros académicos a que nos tenían acostumbrados los pintores del siglo pasado.
 He dicho que ese cuadro era representativo del Romañach fundamental, porque en la evolución del artista, obsedido por constantes ansias de novedad y mejoramiento, algunos estudios y viajes posteriores habían de determinar ciertas efímeras modalidades, tan criticables como reñidas con su verdadero temperamento. Así, más tarde, Romañach ha querido inclinarse hacia el impresionismo, inducido sin duda por Sorolla, y los maestros franceses de esa escuela; y luego de su último viaje a Italia, ha parecido advertirse en él algunas insinceras consideraciones al gusto decorativo actual. Estas desviaciones ocasionales nunca resultaron sino en tanteos ambiguos, donde el artista, voluntariosamente apartado de sí mismo, no logra convencernos de una manera plena. Preferimos el Romañach genuino, el Romañach expresivo de su verdadero tipo de sensibilidad delicada y romántica, el naturalista de La Convaleciente, educado en la sabia escuela del italiano Manzini; el pintor de La Promesa, de La última prenda, y, sobre todo, de ese bellísimo cuadro Orando, que se conserva en nuestro Museo como una de las indiscutibles obras maestras de nuestra pintura.



 Pero, también aquí, lo que constituye el mérito principal de Romañach, en noble rivalidad con su compañero Menocal, son sus treinta años de generoso y prolífico magisterio. Después de Vermay, y acaso también de aquel fecundo prohijador que fue don Miguel Melero, Romañach ha sido el propulsor más eficaz de muestra evolución artística. Si se me preguntase cuál ha sido, en lo técnico y concreto, la principal influencia ejercida por él sobre nuestra pintura reciente, yo me referiría a la que algunas vez he llamado su doctrina del gris, y que más teóricamente pudiera llamarse su “doctrina de los valores”.
 A Romañach débesele, como sustancial aporte, más que la admisión de la luz en nuestra pintura, la enseñanza inteligente, tenaz y metódica del principio de valoración; es decir, que él ha cultivado la fundamental aptitud para discernir la cantidad de luz y sombra que debe llevar cada pincelada. Es pues, como la clave del modelado y del dibujo interior en la pintura, y de su perfecto dominio dependen capitalmente la corrección, la veracidad y la belleza de la obra pintada.
 Y como esa cantidad de luz y de sombra está condicionada en gran parte por la intervención atmosférica entre la retina del artista y las cosas, síguese que Romañach ha enseñado sobre todo a pintar el aire, el ambiente que envuelve la realidad visible. Para ello le ha sido menester inculcar con particular énfasis la eficacia de los tonos grises, que son los reguladores por excelencia de la valoración pictórica. Y es precisamente en la exageración de este recurso donde se echa de ver esa huella distintiva de Romañach que se delata en muchos jóvenes pintores de hoy.

 "La pintura en Cuba desde 1900 hasta el presente" (fragmento), Cuba contemporánea, octubre de 1924. 

Primeros dibujos
              
 

La Esquella de la torraxta, 11 de abril de 1891


La Esquella de la torraxta, 22 de julio de 1892



 Diario de la Marina, 11 de abril de 1934

jueves, 15 de febrero de 2018

La exposición Romañach


  Jesús Castellanos

 Bajo la galante hospitalidad de un gran periódico, ha presentado en estos días Leopoldo Romañach, nuestro insigne pintor, una serie de sus mejores estudios de Roma. ¿Estudios nada más? Nuestro buen filisteismo, más terrible cuanto más virgen de toda cultura especialista, ha arriesgado esta observación sintiendo vagamente la necesidad de algunas composiciones de abanico con su leyenda literaria al pie. Pero el artista no fue a la ciudad Eterna a conquistar medallas ni a deslumbrar a las Indias a su vuelta; fue modestamente —egoístamente, pudiera escribirse en holocausto a su honradez— a beber en la fuente prístina del arte cristiano, estudiando, estudiando siempre en el invencible problema de la luz —Proteo escurridizo que sólo algunos pinceles egregios han podido fijar— y purgándose con una lenta bonificación ante los lienzos consagrados, de todo el desorden interno que algunos años de la factoría pusieron de fijo en su temperamento.
 Noble empeño el suyo de estudiar ampliamente la altiva escultura humana, sin sacrificios de composición ni concesiones al gusto de lo bonito; porque no sé qué haya de más hermoso ni más contentivo por sí solo de arte, que estas sorpresas a la sangre que corre y al músculo que juega y hasta a la idea que pasa, logradas con la más desconcertante simplificación de los procedimientos y magias del oficio.
 Bienaventurados los que llamándose Velázquez o Goya o Fortuny, han podido morir aplastados por el trabajo enorme en el estudio seco y tormentoso de la verdad escueta, con energías de acero para resistir a la tentación de la pública frivolidad.
 Estas cabezas que ahora presenta Romañach, acaban de encentrar y definir su personalidad como la de un neto pintor español, heredero directo del forjador de La Fragua de Vulcano, aun a pesar de su exclusiva educación italiana. ¿Fue la primera carnada de sus ideas, sembrada en él por un maestro español, Padilla? ¿Fue la misteriosa dirección de la raza que pone en las retinas del nieto las mismas visiones que florecieron en las del abuelo ilustre? El hecho es que ahora más que nunca, y filtrándose por entre la trama brillante y coqueta de la pintura italiana, donde oficia aún la sombra del Tiziano galante, se descubren en el pintor cubano todas y cada una de las cualidades dominantes del genio español: la violencia de expresión, el gusto por los matices hoscos, la sobriedad de la composición, la amplitud de las pinceladas, la entonación severa y casi religiosa, patente aun en los que como don Diego fueron totalmente profanos; y sobre todo el carácter, la armonía del interior y el exterior de los personajes, que, reuniéndolos desde sus cuadros separados, diríanse formar una sola familia, apretada en una misma idea.
 En trabajo reciente ha anotado el crítico inglés Havelock Ellis esta cualidad predominante en la historia del arte español: el carácter. Y tan es cierta esa observación, que si no fuera por esta comprensión vigorosa, masculina y realista de las cosas, aun de las espirituales", poco hubiera quedado del glorioso siglo de oro, donde ni aún en el Cristo de Rivera ni en las Purísimas de Murillo, y salvo tal vez únicamente en los cuadros del Greco, febril y misterioso, se encuentra un destello de sensibilidad estética ante la cual se inquiete o divinice el alma como ante el soplo de una honda fórmula filosófica. 
 Pero con esto ya es bastante y aun mucho. Romañach nos ha dado como sus preclaros abuelos la impresión real de una asamblea de buenas gentes que alientan, y que descienden, remisas o ligeras, su camino hacia la muerte. Por entre el grupo de cabezas italianas que dialogan en silencio, una barba flotante bajo dos claros ojos de anciano cuenta una miseria digna; un mendigo de socarrones párpados fruncidos, asoma su muleta arrancada a un héroe velazquiano; una matrona del paganismo esquiva un brazo admirable, brazo redivivo de la vieja edad de los circos.
 Esta vez ha adquirido nuestro compatriota una formidable disciplina sobre sí mismo, intentando sin una pose de escuela, sin una traición a su sólida personalidad de naturalista, los nuevos procedimientos de la tricromía y la pintura al ámbar. Preparado ya para probar sin miedo a extraviarse, ha realizado con sólo los tres colores primarios ese prodigio de realidad que se admira en la "mujer del brazo"; y espigando por el fresco campo del arte mural, ha pintado al ámbar cuatro hermosísimos panneaux dedicados al palacio del discreto dilettante señor Conill, panneaux de claras tonalidades a lo Puvis de Chavannes, pero con carnes y paisajes de una justeza que no conoció nunca el decorador de la Sorbona.  
 He aquí en suma que Roma nos devuelve a nuestro  gran pintor aumentado en seguridad de dibujo y acaso en libertad para poner el color, pero siempre el mismo visionario rudo de la verdad con que nos encariñamos en su primera repatriación gloriosa, poeta como Sargent a su manera, brusca y simple, es decir, respetando la anatomía, apreciando los valores de distancia, sorprendiendo la extraña fusión sutil, inexistente acaso, del contorno y la atmósfera, y poniendo, en fin, sobre la pobre reproducción de la carne muerta, el barniz raro, genial de la tristeza, trasunto del alma.
 La crítica podría decir, como Tosca ante la supuesta mistificación de Mario, que en ella ha dado su sangre: “!Voilá un artiste”!



 [El Fígaro, diciembre 20 de 1908]

 Leopoldo Romañach 

 Encontré al maestro sumergido en el sol, en el trabajo, en el divino sosiego de su arte. La escena, que traía inquietos y presa de toda suerte de conjeturas a unos cuantos muchachos tostados de aquella agreste orilla del Almendares, componía una nota exótica en el centro de los agrios peñascales, rubios por la sequía. De espaldas al río, el modelo, ese vivo y sanguíneo botero, prestado por Sorolla a Romañach, y que es su última y más afortunada obra de plein air. Alrededor del caballete del maestro, otros caballetes de discípulas. Bajo los sombreros, mariposas gigantes en la magia del sol, se ríe y se murmura, y a ratos, como por las ráfagas del viento que dobla los juncos, se piensa gravemente en la línea y en el color. Los grillos trasnochadores duermen y a nuestras palabras, embotadas en el ancho silencio, sólo responden los suspiros del manglar mecido en el agua muerta y las esquilas de las vacas latiendo lejos, hacia la otra orilla.
 Aquel día estaba el maestro verboso, tal vez comunicativo con la fiebre del paisaje. Había querido iniciar a sus alumnos en una lección de figuras al aire libre, enfrentándolos valientemente con toda la magna complejidad del problema de la luz. Y estaba contento de su iniciativa porque sus discípulos habían avanzado con ello un gran paso. Porque en esta ruda alma de artista sin envidias, el ideal remoto, el que en cada espíritu resume los más delicados designios, es el de crear herederos de su propia alcurnia, plantando seriamente con un conjunto de pintores sinceros y sin secretos trics, los primeros bloques de lo que podrá ser definidamente nuestro arte nacional. Romañach es hoy doblemente el maestro: para el arte y para la patria. Sus alumnos podrán o no tener talento y no es concluido que hayan de maravillar a los salones europeos, pero sí es absolutamente seguro que no pondrán en ridículo a su tierra olvidada, y para el ojo experto podrán revelar que en estos rumbos hay una escuela de noble verdad, rebelde a la tentación de lo bonito y lo compuesto, lealmente avasallada a la simple y desnuda realidad.
 Y he aquí que en la expansiva franqueza de los campos, hablamos naturalmente de sus proyectos, Romañach tiene en sus características de artista nato, la de un violento y nunca apagado entusiasmo. ''No se llega a ser pintor, decía Benjamín Constant, hasta que no se es, a todas horas, dormido o despierto". El autor de La Convaleciente es un obseso del color y sus dedos nerviosos reclaman a cada instante la paleta. Una vez en un abierto baño de playa, bajo un sol loco de verano, recuerdo que zambullíamos entre una turba de trusas policromas, regodeándonos en esa compleja caricia única que sólo sabe dar el agua y que maravillosamente ha escapado a algunas sensibilidades de poetas). Romañach, pintor a todas horas, había concebido entre dos aguas su cuadro imposible: congestionado, acaso por el sol, acaso por la inspiración, alzaba los brazos mojados gritando: ''Vea Vd., vea usted las tonalidades de la carne y de las trusas bajo el agua verde"; y desconsolado añadía: "mientras no pintemos eso no haremos nada." Así es el hombre.
 Prepara ahora Romañach un gran cuadro de sentimiento, La promesa. De él es una fina cabeza cargada de melancolía que hoy publica El Fígaro.  Una joven enferma ha ofrecido en su crisis agónica  una peregrinación a la ermita lejana a cambio de la salud: la curación se ha logrado, pero no la salud; el pobre organismo queda herido y vienen horas de abatimiento y de suave pena desleída en lágrimas calladas; pero la promesa está hecha y la joven pálida se hace conducir en una silla de ruedas hasta los pies del Cristo enorme, gastados por la ofrenda babosa de los besos. El tema conviene exactamente al temperamento emotivo y concentrado del artista, y sus facultades técnicas son las de una manera simple y espontánea, que peca en todo caso de no concluir demasiado, y su gusto va hacia los tonos ocres y sombríos que campean en Velázquez, admirablemente aptos para conducir a estas impresiones dolorosas y agudas de la vida práctica. 

 
 Se encuentra ahora el maestro en su plena energía. Fuerte exponente de ella da esta admirable colección de retratos que hoy exornan las planas de El Fígaro, realizados en pocos meses a partir de su vuelta a Europa. Romañach ha hecho en ellos el retrato moderno, en cuanto casa el interés del modelo con la alta preocupación del artista. Bien es cierto que en esta misma clasificación del género se agrupan Carolus Durán y Sargent, Gándara y Sorolla, que nada tienen de común: la pintura literaria y de salón y la fuerte pintura realista esclava de la técnica. Romañach, hondamente impresionado en su juventud por el gran yankee que creó Los Profetas de Boston, no ha dejado como él de ser el jugoso y audaz colorista de siempre al hacerse elegante y amable retratista de señoras.  
 En esta hermosa manía de sinceridad está la base de su robusta personalidad artística. No es común, convengamos en ello, que encontremos a estos pintores de interior, a estos retratistas de mundanas composiciones, en medio de un cerco de rocas desnudas, coronadas por ásperos magueyes bajo la bendición solar. Romañach, aparte sus sagrados estímulos de maestro, va a la santa fuente de la Naturaleza —panacea para todos los quebrantos del cuerpo y del espíritu— a curarse de la monotonía de una visión recortada, a libertarse del estudio y de la ciudad donde hasta la luz es una mentira. Así sólo puede saber de cierto cómo son las carnes y cómo flotan las figuras en la atmósfera confundiéndose con ella. Al volver al estudio cada día, creed que va operándose en su espíritu una regeneración y que ya puede dar la batalla a las añagazas de la luz y los reflejos... Lástima que esta sacra noción del arte, única que salva al elegido, no haya alentado por igual impulso en algunos temperamentos que aquí vimos nacer con positivo talento y que positivamente también han muerto.
 Consérvennos los dioses este extraño ejemplar de perseverancia y de fe, surgido por milagro en el trópico criminal que todo lo disuelve y empaña. Aquella mañana de oro en que el río sinuoso y glauco, los breñales adustos, los sombreros audaces y la turba asombrada de andante rapacería fueron testigos de sus gestos de iluminado y de sus explosiones de entusiasmo, consideraba yo su fuerte torso de campesino y su bien clavada cabeza velazquiana, e imaginaba optimistamente que no todo debe estar perdido por aquí, como repiten los señores políticos, cuando aún hay quien tan tercamente sueñe, cuando a orillas de un agua mansa hay un Nazareno que funda altivamente su pequeña escuela de idealismo.

 CRITICA DE ARTE. COLECCIÓN PÓSTUMA PUBLICADA POR LA ACADEMIA NACIONAL DE ARTES Y LETRAS. HABANA. TALLERES TIPOGRÁFICOS DEL “AVISADOR COMERCIAL” AMARGURA NUMERO 30, 1914; pp. 405-13. 

 Imágenes: "Frutas", Cuba y América, dic. 1904; "Estudio", Cuba y América, may. 1901; y "Croquis", Cuba y América, ene. 1901.