miércoles, 31 de enero de 2018

Las inteligencias anómalas y el problema de su educación




 Arístides Mestre

 Cuenta Bourneville en varios de sus trabajos sobre niños idiotas y degenerados, que hacia fines del año de 1807 tres cazadores cogieron a un niño, como de doce años de edad, que se encontraba en el bosque de la Caure (Aveyron, Francia), al cual le echaron mano  en los momentos en que saltó sobre un árbol para evitar la persecución. Este niño fue llevado a París donde se le conoció con el nombre del Salvaje de Aveyron; allí lo examinaron Pinel e Itard. El primero de estos dos médicos declaró terminantemente que estaba aquel niño atacado de “idiotismo incurable”; el otro, Itard, creyó en la perfectibilidad del niño y se encargó de mejorar su triste suerte, sugestionado por las ideas filosóficas, optimistas, de Locke y de Condillac. Ah! el erróneo diagnóstico del gran Pinel abrió en medicina mental la era de la educación de los idiotas! Triunfó Itard en su noble empeño: el idiota de Aveyron adelantó considerablemente.
 En 1824, Belhomme, piensa que «era posible mejorar la desgraciada situación de los idiotas y que una educación especial puede dárseles»; y, clasificándolos, concluye que «los idiotas son educables según su grado de idiotismo». Posteriormente, en Francia, Ferrus y Voisin se ocupan de ese problema con gran interés; pero, a Eduardo Seguin es a quien se debe el verdadero método de tratamiento médico-pedagógico de la idiotez.  «El procedimiento del Dr. Seguin —escribe el Dr. W. E. Fernald— consiste en la exacta adaptación de los principios de fisiología, por  los medios y los instrumentos fisiológicos, al desarrollo de las funciones dinámicas, perceptivas, reflejas y espontáneas de la infancia. Esta educación fisiológica de los cerebros defectuosos, resulta de la  educación sistemática de los sentidos especiales, de las funciones del sentido muscular»; y la obra de Seguin titulada Tratamiento moral, higiene y educación de los idiotas y otros niños atrasados (1846) es para el mismo crítico Fernald «un manual modelo que conduce al niño, como de la mano, de la educación del sistema muscular a la del nervioso y de los sentidos; de la educación de los sentidos a las  nociones, de las nociones a las ideas, de las ideas a la moralidad». 
 La experimentación científica, la psicología fisiológica, han confirmado la doctrina educadora juzgada de visionaria por muchos contemporáneos. La labor de Seguin repercutió en otras naciones del viejo mundo —Berlín, Suiza, Inglaterra— y también en la América del Norte, donde se estableció el sabio francés; allí estuvo organizando asilos, graduándose en la University College de New York, y obteniendo el éxito de su método. «Medio siglo de paciencia y de investigación —afirma el Dr. A. M. Miller— ha desarrollado y definido una ciencia especial a propósito de los niños idiotas y atrasados. Esta ciencia abarca la medicina, la fisiología, la psicología, la filantropía, un conocimiento de las artes industriales que se ponen a contribución en los asilos-escuelas, en fin, un conocimiento de los detalles de la administración de un vasto instituto, como los que se consagran al tratamiento de los niños defectuosos. El Dr. Seguin, de París (Francia), fue el primero de los primeros en esta obra y en su desenvolvimiento, y si los nombres de los otros que lo siguieron deben ser escritos con letras de oro, las del suyo deberán ser engastadas de diamantes.» ¡Modelo fue, en efecto, Seguin, y modelo incomparable! El eco de su esfuerzo, ya lo dijimos, se propagó por Europa y América, y actualmente son numerosísimos los establecimientos destinados a la práctica difícil, tan llena de tropiezos, de la ortofrenia.
 En el año de 1899 visitamos en París el « Instituto Médico-Pedagógico de Vitry y la «Sección de niños idiotas y epilépticos » del viejo Hospicio de Bicétre, amablemente invitados por el sabio doctor Bourneville. Pudimos entonces ver cómo educaban al niño defectuoso respecto de la marcha, el uso de la mano, el tacto, la vista, la atención, la enseñanza primaria, etc. ¡Qué hermosa manera de verter su ciencia y sus bondades sobre esos enfermitos! La organización de aquellos dos establecimientos era en realidad digna de aplauso y hecha con todas las exigencias científicas, puesto que hasta la autopsia se verificaba, completándose así, por el examen necrópsico, la hoja clínica. El «Instituto Médico-Pedagógico» está destinado: 1ro a los niños que presentan instabilidad mental y son sujetos a impulsiones morbosas que les impiden, aunque posean cierto grado de desarrollo intelectual, someterse a las reglas de los liceos o de las pensiones, y que por consiguiente necesitan a la vez de un método de educación especial y de una disciplina particular; 2do a los niños  atrasados, débiles de espíritu en todos sus grados; y 3ro a los niños atacados de afecciones nerviosas complicadas o no de accidentes convulsivos... Y todavía —cuando evocamos los recuerdos de aquellos días— no olvidamos la agradable impresión que nos hiciera entonces aquel Instituto situado en Vitry-sur-Seine. Próximo a su primer parque existía un jardín inglés donde se respiraba el aroma de muchos árboles; más lejos, un bosque de olmos y abetos antiguos, seculares, ante el cual majestuosamente se alzaba un enorme cedro... ¡El niño pobre de espíritu, salvaba allí su mente de un naufragio seguro, rodeado de esos encantos naturales!



 Viene después el período de la pedagogía correspondiente a los escolares mentalmente anómalos: el problema de esta educación especial se planteó de pocos años a esta parte. Se trata de transformar, por ese medio, a dichos escolares en adolescentes normales, para que sean adultos sanos, en una palabra, hombres útiles. Y esta importante labor regeneradora es hoy seguramente más fructífera que en aquella época en que el inmortal Seguin formulaba sus procedimientos para educar idiotas: entonces la clínica médica y la psicología infantil no eran lo que ahora; y, por otra parte, la embriogenia del sistema nervioso, los nuevos métodos de diagnóstico, etc., son en estos tiempos recursos de primer orden en la averiguación de las anomalías mentales. «Ciertamente, la psicología de la infancia y la historia de su desenvolvimiento no se han terminado; pero comenzamos a conocer las principales etapas de ese desarrollo y los más importantes grados de crecimiento por los cuales deba pasar, para desenvolverse regularmente, la mentalidad infantil; comenzamos también a saber cuál es la evolución de una mentalidad normal entre la primera infancia y la edad adulta; y es, pues, posible, con frecuencia, ante una evolución anormal, decir en qué y por qué ella se ha trastornado, cuál deficiencia ella presenta, y sobre todo qué ventajas puede aportar un método especial de educación, auxiliado del tratamiento médico necesario para sostenerlo.» Pero, al poner en práctica los modos de educación particular, es cuando brotan, desde luego, las dificultades, es en el momento en que aparecen más grandes los escollos.
 ¿De qué manera agrupar los niños en series y en clases homogéneas? ¿cómo, con toda seguridad, reconocerlos? ¿qué procederes aplicarles? «No se hará obra provechosa — dicen a este respecto Philippe y Paul-Boncour— más que a condición de operar metódicamente y sobre grupos homogéneos, racionalmente constituidos... «Lo que ha de dominar toda la pedagogía de estos escolares (colocados o no en clases especiales) es que se debe proporcionar y adaptar la enseñanza al estado especial de sus facultades. Si son detenidos, el educador debe emplear los procederes capaces de despertar su atención y de mantenerla fija una vez despierta; si son inestables, es necesario dedicarse sobre todo a fijar esta atención, y conservarla el tiempo preciso para grabar las nociones en el espíritu. Si se trata de un irritable o de un neurópata, insistir en los hábitos sociales de orden, de regularidad, de buena disciplina, de moralidad inteligente, etc. «He aquí algunos consejos generales; mas, bien se sabe que se impone individualizar, en esos casos de anomalía mental, la educación, porque cada categoría de niños reclama su pedagogía particular. Y, ¿dónde deben educarse los escolares mentalmente anómalos? ¿asistirán a las clases ordinarias? ¿irán a clases especiales anexas  a las ordinarias? ¿vivirán en familia o en institutos médico-pedagógicos? Todo esto exige una resolución fundada, máxime si se trata de los subnormales, donde sin tardanza se aplicará el más conveniente tratamiento.


 Pero, ese tratamiento médico-pedagógico, descansa precisamente en el mejor conocimiento de la psicología del escolar: sin este requisito previo, nada se efectuará con fruto. Y no se obtendrá ese conocimiento de la intelectualidad del niño a menos que no se estudie debidamente, por médicos y educadores, el caso de anomalía que pretenda mejorarse. Es, por lo tanto, de notoria importancia tener siempre presente esta regia: todo escolar a quien se suponga padecer de anomalía mental debe sometérsele a una observación competente, es decir,  a un examen biológico y mental practicado cuidadosamente (Philippe y Paul-Boncour); estudio que es condición sine qua non para poner en práctica el procedimiento médico-pedagógico adecuado.
 Entre nosotros, el apreciable compañero profesor de la Escuela de Pedagogía, Dr. Manuel Valdés Rodríguez, ha llevado a efecto hace algunos años un trabajo digno de mencionarse en nuestra literatura pedagógica: se refiere ese laudable esfuerzo al estudio de la psicología de los escolares, precisamente. En el tomo segundo de sus Ensayos sobre educación, etc., hay un capítulo (nos parece ser el último) que llama Psicología experimental. «Comprendo —dice— bajo este título, ciertas observaciones, provocadas y recogidas en el momento de examinar a los niños. Son harto modestas para pensar que formen un departamento especial en mi esfera de maestro; pero pueden ser estímulo para pensamientos de mayor consideración...» "La psicología experimental es hoy un estudio que se lleva a cabo con verdadero ahínco en las universidades americanas...» «No he pretendido, agrega el laborioso catedrático, realizar ni siquiera un recuerdo, por ligerísimo que fuera, de esta acción coordinada, mayormente, cuando no podía contar con ningún instrumento de precisión, de los que son indispensables para montar un laboratorio de esa clase. Por eso llamo a estas notas observaciones, que son experimentales en su más escasa y humilde proporción.» Esas observaciones alcanzan el número de cuarenta y ocho, y van seguidas de una bien interesante redactada por Mr. Walrren Colburns con el membrete de «El muchacho sin talento», en la cual revela su habilidad pedagógica Mr. J. Wiseman. 
 Las observaciones del Dr. Valdés Rodríguez —por modestas que ellas sean— prueban lo que hemos venido defendiendo constantemente: que deben llevarse a cabo de común acuerdo entre educadores y médicos. ¿Cuántos casos de escolares mentalmente anómalos se dejan ver en aquéllas, en medio de sus naturales y justificadas deficiencias? Con gusto consignamos este hecho, ya que parece ser —por lo menos que sepamos— el primer estudio publicado aquí sobre el examen psicológico de los escolares, la investigación de su estado mental, para señalar sus defectos y particulares inclinaciones. Desde la época en que aparecieron los citados Ensayos, ¡qué  adelantos los de la psicología experimental y qué compleja su realización! Ahí está, por ejemplo, la técnica reciente (1901), de Toulouse, Varchide y Pieron, para demostrar ese progreso y la  complicada investigación que la distingue.  
 Y es que este capital asunto de la curación o mejoramiento de las anomalías mentales de los escolares, es problema que no sólo ha  de importarle al médico y al educador, sino también al criminalista. «Desde el principio de nuestro siglo —expresa el Dr. E. Cabadé en su bello libro De la responsabilité criminale, 1893— a medida  que la civilización progresa y se acentúa, tres cosas, o más bien,  tres órdenes de hechos progresan y se acentúan con ella: 1ro el número de locos; 2do el número de criminales y de delincuentes; y 3ro el consumo del alcohol.» ¡Cómo lo prueban las estadísticas! Mas, concretándonos a los niños, tengamos presente que el tanto por ciento de jóvenes criminales crece de año en año y que (con su mayor parte presentan aquéllos taras físicas o mentales, dificultándose por ello la observancia de las leyes sociales, o disminuyendo su  resistencia a las provocaciones de un ambiente malsano). Por otra parte, «la criminalidad infantil poco se parece a la del adulto…»  «La verdad es que la criminalidad infantil obedece a otros móviles  distintos a los del adulto; y justo es buscarlos si no se quiere condenar a esos pequeños delincuentes al azar y sin averiguar si son  viciosos o enfermos.» El examen mental se impone también en  estos casos donde a menudo se esbozan las relaciones —cada vez más  estrechas a medida que corren en el individuo los años de la vida —entre el crimen y la locura, que tanto han tratado de conocer Maudsley primeramente, y Feré después, en nuestra época.  
 Por eso desde los primeros momentos hay que borrar el defecto e inclinar la mentalidad hacia lo normal, orientarla en ese sentido;  es preciso hacerlo, sin pérdida de tiempo, desde que la anomalía se  inicia, se bosqueja, comienza a manifestarse. Así nos lo expresaba  el erudito Bourneville; así nos lo dijo también —cuando sobre ello  le interrogábamos en la Conferencia de Beneficencia y Corrección— el Dr. A. B. Richardson, notable alienista norte-americano. Sí, el tratamiento médico-pedagógico no sólo mejora y cura al escolar  mentalmente anómalo, sino lo que encierra mayor trascendencia,  constituye la verdadera profilaxia, pudiéramos decir, del crimen en  un sinnúmero de circunstancias. ¡La herencia y propagación de esas anomalías es amenaza terrible, a no dudarlo, para la sociedad y la raza!

 (Fragmento, “Las inteligencias anómalas y el problema de su educación”), Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, 1906, Vol. 3. Núm. 2, septiembre, pp. 124-48.


lunes, 29 de enero de 2018

Crimen y locura




   Por el Dr. Arístides Mestre

 Médico interno encargado de la Clínica de Enfermedades Mentales y Nerviosas del Hospital Número Uno.

 Señores:

 Si algo es digno de vulgarizarse en esta segunda Conferencia de Beneficencia y Corrección es todo lo que pueda tener relación más o menos directa con los hechos delincuentes cometidos por enajenados, cuyo número ha aumentado prodigiosamente en estos últimos años. En nuestro tiempo, con razón nos dice un distinguido escritor, son las cuestiones ligadas a la locura las que más despiertan el interés público, el cual, por otra parte, se presenta bien escéptico al tratarse de enfermedades mentales. Para el vulgo el loco es solamente una variedad de las muchísimas que forman la especie; porque, en efecto, no está al alcance de los más el hecho de que un hombre esté perturbado en sus facultades intelectuales y, no obstante, aparezca con la razón intacta.
 El consumo del alcohol, el número de locos y el de criminales y delincuentes ha crecido con el progreso invasor de la civilización. Locura y criminalidad son consideradas con sobra de fundamento como dos enfermedades cerebrales favorecidas en su desenvolvimiento por la lucha de la vida, el hecho de las emigraciones de los campos hacia las grandes ciudades, en una palabra, el espantoso empuje de la energía social y colectiva en nuestra época.
 Lo que sucede en las manifestaciones normales del sistema nervioso, del encéfalo, del cerebro, cuyo dinamismo es más complejo, es también lo que se observa en la alteración de las funciones, en la detención o perturbación de las facultades intelectuales o efectivas, en las enfermedades de la inteligencia y del sentimiento... porque todo eso —la salud y el estado enfermo— cae bajo el vasto dominio de la biología, cuyas leyes fijadas por virtud de los inagotables esfuerzos de generaciones de sabios investigadores de la naturaleza humana y del medio en que se agita y se desenvuelve... leyes arrancadas a los enigmas de la organización que abarcan un horizonte infinito!
 ¡Qué ventaja tan grande ha traído este nuevo modo de ver las cosas a la luz espléndida de la filosofía científica, aceptando que la salud y la enfermedad tienen un fondo común, son en esencia las mismas, se separan por grados más o menos sensibles, se rigen por análogas leyes! Y este adelanto es aun más importante por sus trascendentales aplicaciones al considerarse desde el punto de vista de las enfermedades del cerebro, de las perturbaciones mentales, que lleven a la ruina del alma a los espíritus más privilegiados y sumerge en un mar de dolores a los hogares más felices; sí, porque al concebirse la locura como una de tantas dolencias y arrancarle al pobre loco los terribles anatemas con que era abrumado en otros tiempos, se ha dado sin duda alguna un gran paso hacia adelante, de inapreciables y beneficiosas consecuencias, en la vía del progreso humano. Al loco, para decirlo de una vez, se le han roto las cadenas que lo aprisionaban desde el esfuerzo colosal del gran Pinel; y hoy se le ha elevado a la dignidad de enfermo: ¡Qué labor tan larga, tan perseverante, tan fructífera, no implica este cambio que marca una etapa de verdadera moral y de ciencia en la historia de la humanidad!
 En el “Comité Seccional de Locos y Degenerados” se han estudiado algunos interesantes problemas relativos a la existencia y tratamiento de los enajenados. Los que asistieron a la sesión del Comité aludido, habrán visto que ese asunto fue objeto de preferente atención por algunos médicos a quienes preocupa hondamente las desgracias de esa clase de enfermos; habrán visto, repito, que se hacen laudables empeños por mejorar su suerte, por rodearlo de las condiciones más propicias a la afección que sufran, ya que no siempre el loco ignora su negro infortunio. De esos trabajos presentados por estudiosos e inteligentes compañeros y de las importantes discusiones que de ellos han surgido, se desprende algo que es muy grato y consolador para los que, como yo, se sienten identificados con el porvenir de esos enfermos; ese algo es un hecho indiscutible, que salta a la vista de todos y se destaca de una manera bien manifiesta: es que la situación del loco en Cuba ha cambiado radicalmente desde 1899 hasta ahora y en un breve espacio de tiempo, en muy pocos años; y la dedicación constante que a su mejoramiento presta el actual gobierno, nos da derecho a esperar días cada vez más satisfactorios para esa amplia y compleja obra de caridad y de amor! En efecto en no lejana fecha nos colocaremos a la altura de los más adelantados, de aquellos países que poseen modelos de manicomios y de hospitales para dementes.
 Pero, dejando eso a un lado voy a hacer algunas consideraciones sobre los lazos que hay entre la locura y el crimen, y con lo que diga solo trato de propagar el conocimiento de algunos hechos y doctrinas que forman parte de la ciencia que se va constituyendo, llamando además la atención de los entusiastas miembros de esta Conferencia sobre la conveniencia de realizar ciertas reformas si queremos seguir de cerca los pasos de las naciones más cultas.
 El activo e inteligente Director del Hospital de Dementes, situado en Mazorra, Dr. Lucas Álvarez Cerice, ha tenido la bondad de facilitarme un cuadro estadístico de los enajenados procesados que han existido en aquél establecimiento durante los años de 1899 a 1902 inclusive: En primero de Enero de 1899 habían allí 39 hombres y 6 mujeres; ingresando en el asilo durante esos tres años un total de 57, de los cuales 5 pertenecían al sexo femenino, y el 31 de Diciembre de 1902 quedaban en el Hospital de Mazorra 70; de éstos, 60 hombres. Esos enfermos habían cometido delitos de muy diversa índole.
 Pasan de treinta los presuntos enajenados procesados que desde Enero de 1900 a estos días (20 de Mayo de 1903) han ingresado en las salas de observación del Hospital No 1, a mi cargo actualmente. En todo esos casos hemos podido comprobar los trastornos mentales. La locura se ha presentado ya en fecha anterior al crimen, ya durante el proceso, o bien cumpliendo la condena.
 Las relaciones entre el crimen y la locura han sido objeto de muy notables trabajos debidos a sabios contemporáneos; y hasta se ha creado una zona mixta en la cual la locura moral y el crimen se confunden por transiciones insensibles. Bien conocida es la renombrada doctrina de Lombroso, afirmando que todos los criminales, cualquiera que sea la raza a que pertenezcan, se despojan de sus propios caracteres étnicos y llegan a constituir, como producto de una degeneración morbosa, un tipo uniforme. Otros aseguran que el crimen es un fenómeno atávico y ven las analogías entre el criminal y el hombre salvaje. La fórmula mental que se ha intentado hallar en los criminales le corresponde también a los llamados locos hereditarios. Pero el loco y el criminal no pueden confundirse en un tipo único, aunque se encuentren reunidas ambas cosas en un mismo individuo; ni por más que la criminalidad y la locura resultan de la degeneración de la raza, ni porque la herencia sea la fuente común de donde haya surgido la defectuosa constitución cerebral que los distingue. “Puede —dice un erudito alienista— que sean dos ramas del mismo árbol; pero convergen en el tronco, se separan en las ramas y se desenvuelven en direcciones distintas.” La locura y el crimen son dos especies afines. Amplio campo a la investigación y al análisis brinda a los hombres de ciencia el complicado problema del tipo criminal en antropología, así como todo lo referente al loco moral y al criminal que por sus síntomas psíquicos entra de lleno en la locura propiamente dicha, que es de la incumbencia del mentalista y reviste un gran interés social y jurídico. La crítica efectuada ha logrado que sobresalgan, en medio de tan variada labor, dos hechos positivos: el de la frecuencia con que está asociada la criminalidad a las degeneraciones físicas y psíquicas y el de que a menudo una herencia común le sirve de asiento y de historia. Por otra parte, ese doble aspecto, degeneración y crimen, aparece en la misma familia, alternativamente: triste herencia que obedece, a veces, a la funesta acción del alcoholismo.
 Un buen número de criminales no son más que enfermos, aunque, en verdad, enfermos peligrosos, y buena cantidad de estos han pasado por mis manos en el Hospital Número Uno, siendo objeto de la observación médica. ¡Qué interesante es la historia familiar y personal de algunos y a cuantas consideraciones se prestan sus variados antecedentes! Conviene tomar oportunas medidas que protejan con eficacia a nuestra sociedad y a las familias de los actos violentos de los locos peligrosos. Muchos hechos bien conocidos lo aconsejan. Y es necesario también descubrir la locura en las cárceles y en las prisiones y llevar a esos enfermos, si existen, al manicomio, que es el lugar donde les corresponde ser tratados.
 Los locos criminales merecen preferente atención por nuestra parte, y no creo extemporáneo indicar que este servicio exige la organización que le corresponde. ¿Conviene para dichos enfermos crear un asilo especial? ¿Es suficiente un departamento anexo a las prisiones? ¿Será mejor colocar a los locos criminales mezclados con los otros casos en un asilo general de enajenados, o hacer una sección anexa al manicomio? Estas preguntas tenemos que planteárnoslas, pero no pueden ser contestadas con ligereza. Creo pertinente decir en esta Conferencia que este asunto está por resolver entre nosotros y que es preciso estudiarlo y darle práctica solución; pero darle solución con el auxilio poderoso de la ciencia mental, encaminada a ilustrar los problemas que se desprenden de las relaciones entre el crimen y la locura. El médico es el mejor consejero de la ley y de la buena organización de esos servicios que son imprescindibles en la vida social. Para que tengamos instituciones de ese género, bien acondicionadas, con los adelantos modernos, han de pasar algunos años por progresista que sea el espíritu que nos anima y la rapidez con que abrazamos en Cuba la causa de la civilización. Colocar un clavo en el sentido del progreso le cuesta a la humanidad, con frecuencia, no años, sino siglos. Esta frase de Spencer es tan dura como verdadera.

 "Crimen y locura", Segunda Conferencia Nacional de Beneficencia y Corrección. La Habana, Imprenta y Librería La Moderna Poesía, 1904, pp. 385-389. 


viernes, 26 de enero de 2018

La civilización y la locura


                                                       
                El Fígaro, noviembre de 1899. 

martes, 23 de enero de 2018

La fiesta de los sordomudos




 Hoy, a las diez de la mañana, tendrá lugar en el local del Instituto Nacional de Sordo-Mudos y Anormales una simpática fiesta, organizada por la Junta Directiva y el Patronato de dicha institución.
 Los números de este acto podrán verse en el programa que insertamos a continuación.
 Dice así. 
 1.-Himno Nacional por la Banda Militar.
 2.-Entrega y jura de la Bandera donada al Instituto por la señora Regina Truffín de Vázquez Bello.
 3.-Palabras alusivas al acto por el señor Director Dr. Eduardo Segura.
 4.-Sonata al piano, por la niña disártrica América Piñón, acompañada de la Profesora Sra. María Josefa Irenzo de Teuma.
 5.-Desvelación de los retratos del Honorable Presidente de la República, General Gerardo Machadi, del General José Miguel Gómez y del Dr. Clemente Vázquez Bello, Presidente del Senado.
 6.-Frases de homenaje por niños sordomudos y anormales.


 Diario de la Marina, 14 de diciembre de 1928.

domingo, 21 de enero de 2018

Dibujos de sordomudos


         Dibujo por Antonio Arana
             Instituto Nacional de Sordomudos

 Exposición de dibujos de los alumnos del Instituto Nacional de Sordomudos.
  
 Los dos "sketches" que aparecen en esta página figuran en la Exposición de Dibujos de los Alumnos del "Instituto Nacional de Sordomudos y Anormales", organizada por el pintor José Segura y abierta al público en los salones de la Asociación de Pintores y Escultores, bajo los auspicios de "1927".
 El extraordinario interés de esta exposición —interés, en general, más psicológico que estético— se define enjutamente en las siguientes palabras de nuestro M. C., que sirven de introducción al catálogo de las obras expuestas.
 "Expresar una cosa, es decir, explicarla, verbal o gráficamente, es comprenderla. Ciertas ideas o sensaciones, emotivas o intelectuales, encuentran gráficamente una traducción más fácil y adecuada que la expresión verbal. De ahí el dibujo, en la enseñanza primaria, no constituya una disciplina especial, sino parte integrante y concurrente al conjunto de las demás enseñanzas, como vehículo de expresión que sirve al pequeño para aclararse él mismo ciertas ideas y sensaciones y llegar a su realización objetiva. Esta norma, consagrada en la nueva práctica pedagógica, es particularmente interesante en la enseñanza de sordomudos y anormales, que tienen el vehículo gráfico como único medio de expresión".

 

 DIBUJOS DEL INSTITUTO NACIONAL DE SORDOMUDOS.

 Patrocinada por "1927", el 2 del próximo mes se abre, en la Asociación de Pintores y Escultores, una exposición de dibujos del "Instituto Nacional de Sordomudos", que dirige el doctor Eduardo Segura.
 Podemos anticipar que esta exhibición ha de revestir un gran interés, pedagógico y artístico. Los dibujos infantiles son de una fuerza sugestiva, por la intención expresiva que en ellos pone el pequeño, concretando, gráficamente, sus imágenes y sensaciones.
 Este interés se hace más evidente en estas pequeñas obras de la escuela de sordomudos; se ve en ellas la tragedia latente, el esfuerzo intenso del niño que, incapaz de producirse verbalmente, pone en las líneas un vigor intenso y sostenido y una apasionada obsesión, para lograr expresarse a través de aquéllos.
 El drama se traduce en cada uno de sus rasgos, firmes, recios, acusados con fuerza y vigor.
 La exposición será sumamente nutrida. El día de su apertura, el doctor Eduardo Segura, director del Instituto, y Martí Casanovas, pronunciarán unas breves palabras sobre el valor, pedagógico y artístico, respectivamente, de estos dibujos escolares.


 Revista de avance. 15/6/1927, pp. 30 y 24.

sábado, 20 de enero de 2018

Dibujos escolares


 Por primera vez en Cuba, figura en una exposición, la de "1927", una selección de dibujos escolares, hecha por Rafael Blanco, a quien debemos igualmente los frutos que se cosechan en nuestras escuelas, con la enseñanza del dibujo, de los cuales son muestras de evidente valor los dibujos que se exhiben. 
 Imaginemos los resultados maravillosos que podrían obtenerse cogiendo estos muchachos, haciendo que pintaran sin pasar por escuelas, libres de preocupaciones, con la misma pureza que lo hacen, frente al natural, como vienen haciéndolo las escuelas mexicanas al aire libre. 


 Pero... ¿qué sabrán de esto en "San Alejandro"? Allí le dirán al discípulo que ese candor expresivo carece artísticamente de valor y de interés, y suplirán esta honradez por la receta mecánica y el adiestramiento manual, tupiéndole con su inmensa sabiduría.
 Frente a ella, ¿qué importa tu emoción, y qué la honradez? ¡Bah! ¡Extravagancias de última hora!
                     


 Revista de Avance, 15 de mayo de 1927, núm. 5, p. 133.


miércoles, 17 de enero de 2018

Rafael Portuondo Tamayo


   (1867-1908)

 Nació, en Santiago de Cuba, el 21 de marzo de 1867. Murió, asesinado por un loco, en Mayarí (Oriente), el 15 de julio de 1908.

 Su simpatía era avasalladora. Con los cabellos y el bigote blondos, los ojos azules y fúlgidos, la tez sonrosada y de estatura corta, pero armónicamente proporcionada, era como un dinamo de vida, de juventud y gallardía, siempre vibrante al impulso del patriotismo, de la amistad, del bien.
 Su absurdo y trágico fin, a menos de un demente, que le infirió mortal cuchillada; su muerte violenta en plena vida, después de haber atravesado, ileso, los múltiples peligros del mar, en expediciones de guerra, y de la manigua rebelde e incendiada, tuvo que ser más doloroso y lamentable para cuantos conocían y querían al que fue, en Santiago de Cuba, en el período preliminar de la revolución del 95, agente confidencial de Martí, y uno de los jefes del alzamiento del 24 de febrero, en Oriente. El 25 de abril se adentró con Martí en Arroyo Hondo, y lo presentó a los soldados de Cuba Libre con una elocuencia fascinadora.
 Eficaz y brillante fue también su actuación en las esferas del Gobierno Revolucionario, en los que ejerció, entre otros, el cargo de Secretario de Guerra, y por virtud de su ejecutoria moral y política, alcanzó el grado de general libertador.  
 En 1900, su región nativa lo eligió delegado a la Convención Constituyente, y ya instaurada la República, fue representante a la Cámara Baja, que presidió dignamente durante más de un período congresional. En ambos cuerpos deliberativos, lo mismo que en asambleas y mítines políticos, se mostró múltiples veces como orador de fuerza conceptuosa y emotiva, más poderosa por el magnetismo de su simpatía personal.
 Durante algún tiempo probó sus aptitudes jurídicas en el cargo de fiscal de la Audiencia de Oriente, y también en calidad de abogado defensor. Estudió la carrera de derecho en la Universidad de Barcelona.
 Fue un caballeroso paladín de la patria, deidad encantadora a la que ofreció siempre la flor purpúrea de su corazón. 


 José M. Carbonell, La Oratoria en Cuba. Evolución de la cultura cubana, 1928. pp. 108-109. 

martes, 16 de enero de 2018

Apéndice al informe que presentan los doctores Rafael Pérez Vento y Gustavo López

   

 Con objeto de examinar detenidamente el sumario de la causa instruida a Aguilera de recoger una información lo más amplia posible, nos adelantamos un día a la fecha fijada para la celebración del juicio oral.
 Del examen del sumario resulta: que Aguilera siempre ha declarado que la causa única que motivó su crimen fue la violación de sus hijas por el General Rafael Portuondo y por el Sr. Carlos Manuel de Céspedes. Supo, estando en Mayarí, la llegada de estos dos distinguidos hombres públicos e indudablemente se preparó, sin comunicárselo a nadie, para por lo menos entrevistarse con ellos; podemos aun ir más lejos y aceptar que se preparó para vengar una grave ofensa, como así lo hizo en la persona del malogrado General Portuondo, sin que mediaran palabras ni aviso previo de posible provocación siquiera. Aguilera, después de haber perpetrado su crimen, huyó, haciéndolo de manera tal, que pudo haber escapado, esto es, sin turbación y con conciencia plena de lo que hacía. Después, en su declaración y en su actitud se ha mostrado siempre igual: reconoce su crimen, el que justifica y manifiesta que hacía mucho tiempo tenía deseos de ver al General Portuondo para pedirle explicaciones, que si Portuondo no se ríe al verlo, él no lo hubiera matado, pero que la risa lo indignó y por eso lo hirió. Resulta también de las declaraciones, que en distintas ocasiones y a determinadas personas familiares de él manifestó sus deseos de ver a Portuondo y desafiarlo, porque le habían dicho que era él el violador de una de sus hijas, no haciéndole caso esas personas.
 Tanto las declaraciones de Aguilera como las de las personas que supieron a tiempo las ideas de venganza que abrigaba el procesado contra Portuondo, nos permiten de deducir que, en efecto, Aguilera padece, hace muchos años, de ideas delirantes de persecución, que seguramente tienen su punto de partida, como ya hemos dejado dicho, en las alucinaciones del oído de que aun hoy sufre. Ahora bien, el crimen cometido no reviste en lo absoluto todas las condiciones que reúnen los crímenes cometidos por los locos razonantes; no porque haya discernimiento, sino por la huida, acto seguido de perpetrar el crimen y hasta por la misma preparación. Sin embargo de esto, no puede pasar por alto para la apreciación del hecho criminal el no existir móvil, que es en realidad lo que inclina el ánimo del perito a ver en este crimen, a pesar de su apariencia contraria, el crimen de un perturbado. Lo de la violación es inútil que siquiera nos detengamos a analizarlo, dado sus caracteres de inverosimilitud.
 No es el primer hecho criminal cometido per Aguilera: en Holguín, en 11 de julio de 1895, causó lesiones graves a su concubina e hirió a la madre de ella (1). Quien lee el sumario de la causa instruida, no encuentra nada que deje sospechar locura, aunque si el ánimo a ello va predispuesto, puede sospechar, si no locura, algún desequilibrio.
 Ahora bien, examinando, en conjunto, tanto el crimen del General Portuondo, como el realizado en el año 95, y teniendo en cuenta, como es natural, los síntomas que actualmente presenta Aguilera y sus antecedentes, así como su mentalidad, se hace muy difícil aceptar que la intensidad del delirio y las alucinaciones sean las causantes de la muerte del General; no hay duda que la produjo un hombre que presenta trastornos mentales, pero también este hombre parece tener sentimientos criminales. A esta conclusión nos lleva la observación diaria de alienados que en idénticas o peores condiciones mentales de las observadas en Aguilera, ninguno mata ni, en general, comete hechos delictuosos. El que lo hace tiene algo más que perturbada la mente, le falta el sentido moral que da la educación y que se adquiere con ella, sirviéndole de fuerte freno hasta para contener las más intensas obsesiones o impulsiones de naturaleza criminal.
 En la minuciosa y extensa investigación hecha en Holguín, resultan corroborados afirmativamente los datos que en La Habana nos habían facilitado y que ya constan en nuestro informe, viniendo, por consiguiente, a darle mayor seguridad al juicio que nos habíamos formado de Agustín Aguilera. Por consiguiente, nos ratificamos aun con mayor fe, si cabe, en las conclusiones ya consignadas en el informe.
 Santiago de Cuba, cuatro de junio de mil novecientos nueve. — (f) Dr. Rafael Pérez Vento. — (f) Dr. Gustavo López.

 Nota
 (1) Aguilera hacía seis años que vivía con su concubina, a la que raptó, teniendo con ella tres hijos. Ya en esa época tenía rarezas, y sin disgusto ni motivo insultaba a la mujer, hiriéndola con un machete, así como a la madre y a una pariente, porque no quiso la mujer entregarle Una de las hijas. Sin previo disgusto apareció en la casa, de donde faltaba hacia días, y le dijo a su mujer: «de dos cosas una: o me das mis hijos o te mato», y en efecto, al oír la negativa sacó el machete y la hirió. Aguilera dijo en su declaración que nunca habla sido procesado y que no gozaba fuero ni condecoración: que quiso llevarse a su hija para atender a su crianza y educación a lo que la madre se habla opuesto diciéndole que tenía otro marido, por lo que, lleno de ira, la emprendió a machetazos. A preguntar del Juez respondió que no llevaba intención de herirla ni matarla, puesto que el acto fue impensado.


 “Documentos médico-legales. Un loco condenado”, por el Dr. Gustavo López, Revista Frenopática Española, Año VII, núm. 83, Noviembre de 1909, pp. 321-31; y, Crimen y locura. El asesinato del General Portuondo, La Habana, 1909. 

domingo, 14 de enero de 2018

Agustín Aguilera Ochoa psiquiátricamente considerado


 «Señor Presidente de la Sala de lo Criminal de la Audiencia de Santiago de Cuba.
 Señor:
 Nombrados los que suscriben para dictaminar respecto al estado de las facultades mentales del procesado Agustín Aguilera Ochoa por el delito de homicidio, con cuyo hecho privó de la vida a uno de nuestros hombres públicos más respetados y querido por su patriotismo y por sus bellas cualidades de orden moral, concurrimos hoy con el presente informe, en el que condensamos el resultado de la observación y estudio médico legal, dando así cuenta del honroso cometido que se nos confiara.
 Agustín Aguilera es natural de Holguín, de 50 a 52 años, de pequeña estatura y con un desarrollo corporal perfectamente armónico: cortos son sus brazos y piernas, sus manos, y bien chicos los pies. Pesa 93 libras. La cabeza es proporcionada a su estatura, presentando la irregularidad de ser un poco más ancha en su parte posterior (cráneo ipsicéfalo). Las orejas son de mediano tamaño y resultan verticalmente implantadas en su correspondiente región.
 La fisonomía, vulgar y aventajada, no dice nada en conjunto, por más que a veces parece ser animada por una fugaz viveza de la mirada, y los ojos, que parecen a veces de mirar animoso, tienen, en general, poca expresión.
 Hijo de padres acomodados, tuvo cinco hermanos, tres varones y dos hembras, que gozaron de buena salud y que recibieron alguna educación. Él siempre fue rebelde a toda clase de enseñanza, enseñándole las primeras letras un oficial del ejército español.
 Pocos son los antecedentes hereditarios que nos hemos podido procurar. Según noticias que tenemos por fidedignas, el padre era persona respetable que no sufrió trastornos mentales, siendo fusilado en Holguín cuando la guerra del 68; por parte de su madre, tuvo dos tías, una tartamuda y otra que padecía ataques epilépticos.
 Dice Aguilera que él sólo aprendió a escribir y las labores del campo, a las que parece se dedicaba con preferente atención. Su vida fue siempre muy irregular, pues tan pronto vivía en su pueblo, como se ausentaba para el campo, como de nuevo volvía y rápidamente desaparecía, sin que se supiera por donde andaba. En el pueblo lo llamaban Patato, apodo que seguramente le pusieron por su pequeña estatura.
 En su lenguaje se le ve un tanto animado, por lo general. Su palabra es fácil, brota sin esfuerzo, clara, distintiva y hasta abundosa; conversa afablemente, no siendo su trato desagradable; su conversación gira siempre dentro del mismo círculo; cuestiones sociales, filosóficas y de religión, en la que desde luego, no cree. Considera falsos y absurdos los principios que rigen a la sociedad y se estima víctima de la sociedad, en medio de la cual ha vivido; nos asegura que desde muy joven lo persiguen, poniéndole toda clase de obstáculos para impedirle ganar el sustento, y esto le ha acontecido a pesar de su manera generosa de proceder, pues siempre ha hecho favores, incluso el de quitarse materialmente el pan de la boca para darlo a los más necesitados. Últimamente afirma que se pasó seis meses durmiendo en el Cementerio de Holguín ocultándose de los que querían hacerle daño.
 De su crimen habla con naturalidad, sin afectación y perfectamente tranquilo en cuanto al castigo que pueda sufrir. Nos lo ha contado repetidas veces; y “sólo en el caso de convencerse de que no era verdad lo de la violación de sus hijas lamentaría la muerte del general Portuondo”, nos ha dicho; pero tiene la convicción de que lo realizado por él es un acto de justicia: si se hubiera quejado, nadie le hubiera hecho caso, pues él siempre ha tenido que tomarse la justicia por sus manos.


 Las persecuciones las viene sufriendo desde la poca en que cesó la soberanía española, «tan mala educación y tan malas ideas tenemos los cubanos», nos repite a menudo. La policía lo persigue con ahínco, le impide trabajar, habiéndose visto obligado a cambiar de lugar, pues hasta lo atacaban. El mismo jefe de policía de Holguín lo ordenaba y quiso entregarlo a los negritos, que siempre y a todas horas corrían detrás, gritándole y llamándole canalla, cobarde, sinvergüenza, sugestionados por la misma policía.
 En cuanto a la violación de sus hijas, que es el motivo poderoso que lo llevó a herir a Portuondo, acaeció por el año 1900; y lo supo por un español que recogía las basuras en Holguín, oyendo él, más tarde, las voces de sus hijas, dándole cuenta de que el General Portuondo y Carlos M. Céspedes las habían ultrajado, valiéndose de un narcótico, y llamándolo para que las vengase.
 Esas voces, que dice haber oído por el año 1900, las percibe con mucha frecuencia de noche y también durante el día. Generalmente, son sus hijas que le dicen tenga paciencia, que confíe, pues saldrá bien de esta situación y que muy pronto lo vendrán a buscar; en otra ocasión es la voz de Rosa, su antigua concubina y madre de sus dos hijas, que le da cuenta de la salud de todos y le hace las mismas afirmaciones; otras veces las voces son de su madre y hermanos que le preguntan si está contento y que espere y, por último, distingue claramente una voz de mujer española, de la policía y de los negritos de Holguín que le dicen cosas desagradables.
 Durante el día, a veces se descompone su rostro, hace numerosos gestos de ira y lanza palabras deshonestas; al preguntarle el centinela de vista que en la cárcel tenía lo que le pasaba ha respondido «esos que hablaban conmigo que me empiezan a decir palabras desagradables insultándome; me voy de aquí porque no puedo oírlos más». Por último, siente perfectamente los besos que durante el sueño le dan sus hijas, a las que en algunas ocasiones ha distinguido en su dormitorio.
 Quien habla por primera vez con él, en una breve conversación, no le encuentra nada anormal; contesta razonablemente lo que se le pregunta; revela una memoria mediana, presta natural atención al diálogo que con él se sostiene, extendiéndose en consideraciones sobre asuntos sin interés; hace apreciaciones justas; raciocina muy superficialmente y siempre que puede durante la conversación hace manifestaciones a propósito de sus ideas de persecución.
  Tiene alguna lucidez y viveza de espíritu para discutir y defender sus convicciones, pero posee una mediocre capacidad intelectual y una imaginación muy vulgar. La asociación de ideas no es normal en cuanto que en determinados terrenos la lógica es falsa. No tiene instrucción, pero escribe y lee. La escritura es mala, desconociendo hasta los principios elementales de la gramática. Desde el punto de vista de la ejecución material de sus escritos nada de sorprendente se nota, como no sean sus faltas ortográficas; escribe con mano firme, siendo regulares los caracteres de su letra; es un verdadero grafómano (1) tal es su afición a escribir novelas y composiciones poéticas. En la prisión rápidamente llenaba las hojas de los cuadernos que para escribir le facilitábamos. Tiene un estilo fácil, pero muy incorrecto a incoherente, poniendo de relieve, como es lógico, su falta absoluta de instrucción. Debe tener un carácter apacible habitualmente, pero fácil de cambiarse en violento e impulsivo que lo hace peligroso. No es un hombre mentiroso, habla con franqueza y naturalidad, sin rodeos ni falsedades, diciendo lo que piensa, sin detenerse a medir el alcance de sus palabras. 
 Sus facultades para el trabajo son pobres; aunque él asegura ser muy trabajador, nosotros lo creemos más inclinado a cierta molicie que le permite entregarse a sus pensamientos. Es muy descuidado en su ropa y en su aseo personal. Las manos casi siempre sucias. Duerme bien por lo general. No es glotón. Habitualmente toma dos o tres copas de ron, sin ser aficionado a la bebida, aunque en diferentes épocas de su vida ha tratado de entregarse al vino, emborrachándose con objeto de quitarse preocupaciones y que la gente lo dejara tranquilo, pues cree que con el borracho nadie se mete.
 Conserva el instinto genésico y no creemos sea un pervertido sexual: de existir la perversión, será con la misma mujer, pues a ella es muy aficionado. Parece que en su juventud las mujeres del pueblo le tenían temor, pues era aficionado a tocarlas y cogerlas los senos; en una ocasión trató de efectuar actos carnales con una mujer parienta muy cercana, impidiendo la violación un amigo de la familia que vivía frente a la casa. Hasta hace seis años ha tenido concubina.

 Las facultades afectivas están conservadas, pero no son normales: se nota en él una falta de amor a la familia y en general a los parientes que llama la atención. Encontramos muy disminuido el sentimiento de la paternidad, puesto que siempre ha tenido a sus hijos abandonados.
 Hecha la relación de los datos que la observación nos ha permitido recoger, entremos en el análisis de los síntomas y, en general, de la mentalidad de Aguilera, con el objeto de dar un diagnóstico razonado y las conclusiones a que hemos llegado.
 Y nos importa comenzar por hacer constar que para nosotros la degeneración no es en manera alguna sinónimo de irresponsabilidad. No consignaríamos esta apreciación nuestra, y en absoluto a ello hubiéramos prestado atención, si no fuese porque en uno de los informes médico-legales presentado por distinguidos compañeros que han dictaminado respecto a la capacidad mental de Aguilera, no se encontraron declaraciones algo bizarras, tendente a darle un valor y alcance inusitado a la atrayente, pero a todas luces errónea, teoría de Lombroso. Y ya con esta frase dejamos comprender nuestra opinión, que es, en verdad, la de todos los mentalistas que se han ocupado de la escuela de Lombroso. Por otra parte, nada tiene que ver la escuela ni las teorías de Lombroso en el reconocimiento de la capacidad mental de un acusado, el cual, dado el caso de que en él se observaran los estigmas físicos de degeneración que, a juicio del eminente italiano, sólo se encuentran en los criminales, o que a juicio de los mentalistas acusan y descubren al degenerado físicamente constituido, no sirven, ni mucho menos, para de su existencia concluir en una declaración de irresponsabilidad; porque el único motivo en que debe basarse el criterio de la responsabilidad es en el estado de las facultades mentales del acusado. La existencia, pues, de estigmas físicos de degeneración, considerados aisladamente, sin relacionar con lo que pudiéramos llamar estigmas mentales, no tiene sino un valor muy relativo, y en absoluto indican, ni responsabilidad ni irresponsabilidad, dado que se pueden observar lo mismo en seres sanos de la mente como en enfermos.
 Aguilera presenta, desde el punto de vista físico y mental, estigmas de degeneración, por consiguiente y sin duda alguna, es un degenerado. Como signos físicos tenemos sus medidas antropométricas (1) que son las siguientes:
 Talla, 1 m. 488 milímetros.
Braza, 1 m. 38 centímetros.
Busto, 795 milímetros.
Diámetro antro-posterior cabeza, 184 milímetros.
Diámetro transversal, 145 milímetros.
Circunferencia horizontal total, 54 centímetros.
Circunferencia anterior (preauricular), 28 centímetros.
Circunferencia posterior (postauricular), 26 centímetros.
Curva anteroposterior (de la raíz de la nariz a la nuca), 55 centímetros.
Curva transversal (de oreja a oreja), 31 centímetros.
Longitud oreja derecha (altura), 31 centímetros.
Ancho de la cara, 123 milímetros.
Mano: dedo medio, 56 milímetros.
Dedo auricular, 50 milímetros.
Codo: 252 milímetros.
Pie izquierdo, 17 centímetros.
 Recordemos, además, los signos físicos ya consignados, la mala configuración del cráneo (ipsicéfalo), la carie prematura de sus dientes, la depresión de su bóveda palatina y la anormal implantación de sus orejas; desde el punto de vista mental, lo anormal de su conducta, la extravagancia de sus actos, su inadaptabilidad al medio social y, en general, su rara manera de ser mental. Se armonizan, pues, perfectamente y se unen, entre sí, para constituir el conjunto que nos ofrece la personalidad de Aguilera, los estigmas biológicos que hemos descrito.
 Aparte de su estado constitucional, encontramos alucinaciones del oído e ideas delirantes de persecución que sin duda alguna son muy antiguas, sin que hayamos podido precisar aproximadamente la fecha de su aparición.
 Estos síntomas en un degenerado revelan una alteración mental muy corrientemente observada en la especie humana y que tiene un nombre conocido. Delasiauve la llamaba delirio parcial, porque dejaba expeditas las operaciones intelectuales; Sander la describe con el nombre de locura sistematizada originaria: los alemanes y los italianos la conocen con el nombre de paranoia ; recibió de Esquirol el nombre de monomanía; y la que más tarde se llamó locura razonante, y delirio crónico de Magnan.
 Léase en las obras de Psiquiatría la descripción que se hace de esta enfermedad y se notará el exacto parecido con nuestro observado. Son, en general, estos enfermos aquellos que más llaman la atención por lo bien, que razonan, por el desenvolvimiento natural de su inteligencia, con los cuales puede seguirse una conversación durante la cual no se descubre el menor trastorno mental; pero se insiste, y si mañosamente se les interroga, se les descubren entonces sus ideas delirantes.
 Tanto las alucinaciones como los conceptos delirantes, que en las alucinaciones tienen su punto de partida, no es extraño que permanezcan ocultos hasta para las mismas personas que rodean al enfermo, pues disimulan tanto, que hasta la disimulación se considera en ellos como un síntoma; son, además, muy desconfiados y rara vez dan cuenta de sus impresiones. Estos sujetos viven en medio mismo de la sociedad y son muchos los que tienen capacidad artística, mecánica y hasta profesional, citándose casos de haber llegado a dirigir bancos, casas de comercio, etc.


 Tanzi escribe que estos enajenados forman la clase aristocrática de los manicomios de los que escapan durante mucho tiempo, hasta que una infracción de la Ley o el natural decaimiento mental que la enfermedad al través del tiempo va imprimiendo en ellos, hace indispensable la reclusión.
 Estos delirantes crónicos constituyen la forma de enajenación mental, que suministra el mayor número de casos de individuos condenados por los Tribunales de Justicia, y que al poco tiempo de comenzar a cumplir su condena y con frecuencia en el curso del sumario principian a señalarse a los guardianes por su conducta y lenguaje bizarro. La Medicina legal mental relata numerosos casos de hechos criminosos cometidos por la clase de enfermos que nos ocupa en un momento de violencia impulsiva; una mirada, un gesto, una palabra, señalan instantáneamente al autor de la injuria y la castigan inmediatamente. En otras ocasiones hay verdadera premeditación y entonces se hace muy difícil la declaratoria de locura por el contraste paradoxal entre el vigor intelectual del sujeto y la extravagancia de la interpretación que deja sospechar la simulación.
 Evoluciona esta enfermedad con mucha lentitud y generalmente, en la edad madura es cuando se sistematizan las ideas delirantes; pasa en su evolución por tres fases: la incubación, en que se nota cambio de carácter, tendencia a la melancolía, el enfermo huye de la gente, se queja de ingratitudes y de animadversión de la sociedad hacia él: otro período que se llama de persecución, en el que el delirio se organiza y las concepciones delirantes se sistematizan bajo la influencia generalmente de alucinaciones del oído; y por último, otra fase de demencia, en la que lentamente van desapareciendo las facultades mentales.
 En virtud de todo lo expuesto, hemos llegado a las siguientes conclusiones:
 1.ra El procesado Agustín Aguilera y Ochoa podemos afirmar que sufre de una enfermedad mental, conocida con la determinación de «Delirio Crónico o locura sistematizada crónica».
 2.da Del estudio que hemos hecho de sus antecedentes, de los síntomas que ha ofrecido y de la evolución de su expresada enfermedad, podemos concluir que dicha dolencia es muy anterior a la comisión del delito por el cual está hoy procesado.
 3.ra Es un alienado perteneciente al grupo de los que la Ciencia considera peligrosos.
 Habana, 31 de mayo de 1909.
 Firmado: Dr. Rafael Pérez Vento y Nin y Dr. Gustavo López.

  Notas
 (1) Al detenérselo estaba terminando de escribir una novela. Y en su baúl se le ocuparon más de 40 entre novelas y dramas inéditos. En la cárcel de Santiago hizo varias, dedicándole una al juez que hizo la instrucción. En la cárcel de la Habana, a petición del Dr. López y mía, nos escribió una novela a cada uno. Los cazadores de bandidos se titula la que yo tengo. También compone poesías, y como muestra copio un Adiós a Teresa:

 ADIÓS A TERESA

 Aquí entre rejas y cerrojos,
Oyendo la voz del Carcelero
Me despido de ti mi Teresa amada
Que te hayas cerca de las Selvas.
Ya a oír no volveré yo
El arrullador y amante Canto
De las Tojosas que escondidas ellas se encuentran
Allá entre los frondosos ramajes
Poco importa que mi suerte aciaga
Hiciese que Tribunales y los Jueces
Me condenen a perecer
No en deshonroso Cadalso, eso no,
Sino en prostituidas Ciudades o Palacios
Que con humillación llevan el nombre de un ser honrado
Haya en las oscuras selvas.
En donde la Inocencia ella se abrigó
Aquí la humillación y el desprestigio
Adiós, adiós mi Teresa, adiós.

 AGUSTIN AGUILERA.

 El baúl contenía además: un aparato inventado por él para hacer sogas; un calendario hecho con cajetillas de cigarros y banderitas, que le servían para pronosticar el tiempo y las estaciones. Aguilera se considera poseedor de varios inventos más. 

 (1) Las medidas antropométricas las tomó, a petición nuestra, el Dr. Montané, Profesor de Antropología de la Universidad. En el momento de empezar las operaciones ocurrió un incidente muy curioso. Creyó Aguilera, al ser sentado en un banquillo y ver el compás, que lo iban a ejecutar por la electricidad, y se demudó, pronunciando estas palabras: «ya sabía yo que en esto había de parar», y sacando del bolsillo un paquete lacrado y amarrado con cordeles dijo: «este es mi testamento para los niños huérfanos de París, y deseo que le sea entregado al Cónsul francés». Cuando se terminó la operación, entonces reclamó su paquete, el que le fue devuelto; no conseguí que me lo entregara, y después en la Cárcel lo destruyó. Sentí mucho no haberlo leído.
                  
                       Comentario

 Al no imponerse el criterio de los peritos psiquiatras que, desde luego, lo consideran un enfermo mental en toda regla, sino finalmente, el de los jueces, que lo juzgan cuerdo y condenan a cadena perpetua, Gustavo López y Rafael Pérez Vento responden con indignación y expresan sentirse víctimas de un sistema judicial incapaz de reconocer y respetar sus conocimientos. 
 López llegó a comparar el desenlace del caso con el del célebre cura Galeote, en la psiquiatría forense española.
 Ante la “politización” de la justicia se mostraron, no obstante, como puede colegirse en una lectura cuidadosa de éste y otros documentos, todo el tiempo a la defensiva.
 Es cierto que tanto Pérez Vento como López coinciden en numerosos aspectos del reconocimiento psiquiátrico forense, para no hablar ya en términos de diagnóstico, al punto que deciden realizar un solo informe; pero también lo es que, durante el proceso, Pérez Vento se mostró favorable a una “responsabilidad atenuada”, mientras su colega insistía en la inimputabilidad, es decir, en la “irresponsabilidad absoluta”.
 Apelan a los argumentos de rigor -la herencia familiar, los antecedentes del sujeto, su impulsividad, el examen antropométrico que avala los estigmas del degenerado, etc.-, pero nada ello vale ante alguien que ha cometido un crimen de leso patriotismo y que no se muestra ante los ojos de los letrados demasiado irrazonable. 
 Pérez Vento sospecha, con razón, del influjo de la opinión pública sobre los jueces, pero titubea al exigir la comprensión de una categoría como la de "locura sistematizada" o "razonable" y deslizar a la vez una atenuante. 
 Invoca la carencia de un manicomio-judicial, su necesidad en Cuba. Pero a fin de cuenta se trata del manicomio o la cárcel, y de una reclusión perpetua, tanto más tratándose -como concluyen los psiquiatras- de un “loco peligroso”. 
 En la consideración de peligrosidad subyace una alianza psiquiátrico-antropológico-penal que, si bien parece aquí vulnerada, no por ello se fractura. Triunfaron esta vez los jueces; es todo. Aguilera no pudo escapar a una condena de cadena perpetua, que, al parecer, cumplió hasta el final de sus días en la cárcel de Santiago de Cuba. 
 El informe psiquiátrico forense sobre Agustín Aguilera tuvo amplia divulgación. Sin querer ser exhaustivo, se reprodujo como parte de “Documentos médico-legales. Un loco condenado”, por el Dr. Gustavo López, en Revista Frenopática Española, Año VII, núm. 83, Noviembre de 1909, pp. 321-31. Bajo la firma de Rafael Pérez Vento, con el título Crimen y locura. El asesinato del General Portuondo, La Habana, 1909, 15 p. Pérez Vento lo incluye luego en sus Fojas Neurológicas y Mentales, La Habana, 1916, pp. 441-462. Bajo ambas firmas en Revista de Medicina y Cirugía de La Habana, 25 de julio de 1909. En 1910 apareció, bajo la firma de López, como "Asesinato del General Portuondo por un alienado", en Archivos de psiquiatría y criminología aplicadas a las ciencias afines, Buenos Aires, pp. 318 y ss.