martes, 23 de enero de 2018

La fiesta de los sordomudos




 Hoy, a las diez de la mañana, tendrá lugar en el local del Instituto Nacional de Sordo-Mudos y Anormales una simpática fiesta, organizada por la Junta Directiva y el Patronato de dicha institución.
 Los números de este acto podrán verse en el programa que insertamos a continuación.
 Dice así. 
 1.-Himno Nacional por la Banda Militar.
 2.-Entrega y jura de la Bandera donada al Instituto por la señora Regina Truffín de Vázquez Bello.
 3.-Palabras alusivas al acto por el señor Director Dr. Eduardo Segura.
 4.-Sonata al piano, por la niña disártrica América Piñón, acompañada de la Profesora Sra. María Josefa Irenzo de Teuma.
 5.-Desvelación de los retratos del Honorable Presidente de la República, General Gerardo Machadi, del General José Miguel Gómez y del Dr. Clemente Vázquez Bello, Presidente del Senado.
 6.-Frases de homenaje por niños sordomudos y anormales.


 Diario de la Marina, 14 de diciembre de 1928.

domingo, 21 de enero de 2018

Dibujos de sordomudos


         Dibujo por Antonio Arana
             Instituto Nacional de Sordomudos

 Exposición de dibujos de los alumnos del Instituto Nacional de Sordomudos.
  
 Los dos "sketches" que aparecen en esta página figuran en la Exposición de Dibujos de los Alumnos del "Instituto Nacional de Sordomudos y Anormales", organizada por el pintor José Segura y abierta al público en los salones de la Asociación de Pintores y Escultores, bajo los auspicios de "1927".
 El extraordinario interés de esta exposición —interés, en general, más psicológico que estético— se define enjutamente en las siguientes palabras de nuestro M. C., que sirven de introducción al catálogo de las obras expuestas.
 "Expresar una cosa, es decir, explicarla, verbal o gráficamente, es comprenderla. Ciertas ideas o sensaciones, emotivas o intelectuales, encuentran gráficamente una traducción más fácil y adecuada que la expresión verbal. De ahí el dibujo, en la enseñanza primaria, no constituya una disciplina especial, sino parte integrante y concurrente al conjunto de las demás enseñanzas, como vehículo de expresión que sirve al pequeño para aclararse él mismo ciertas ideas y sensaciones y llegar a su realización objetiva. Esta norma, consagrada en la nueva práctica pedagógica, es particularmente interesante en la enseñanza de sordomudos y anormales, que tienen el vehículo gráfico como único medio de expresión".

 

 DIBUJOS DEL INSTITUTO NACIONAL DE SORDOMUDOS.

 Patrocinada por "1927", el 2 del próximo mes se abre, en la Asociación de Pintores y Escultores, una exposición de dibujos del "Instituto Nacional de Sordomudos", que dirige el doctor Eduardo Segura.
 Podemos anticipar que esta exhibición ha de revestir un gran interés, pedagógico y artístico. Los dibujos infantiles son de una fuerza sugestiva, por la intención expresiva que en ellos pone el pequeño, concretando, gráficamente, sus imágenes y sensaciones.
 Este interés se hace más evidente en estas pequeñas obras de la escuela de sordomudos; se ve en ellas la tragedia latente, el esfuerzo intenso del niño que, incapaz de producirse verbalmente, pone en las líneas un vigor intenso y sostenido y una apasionada obsesión, para lograr expresarse a través de aquéllos.
 El drama se traduce en cada uno de sus rasgos, firmes, recios, acusados con fuerza y vigor.
 La exposición será sumamente nutrida. El día de su apertura, el doctor Eduardo Segura, director del Instituto, y Martí Casanovas, pronunciarán unas breves palabras sobre el valor, pedagógico y artístico, respectivamente, de estos dibujos escolares.


 Revista de avance. 15/6/1927, pp. 30 y 24.

sábado, 20 de enero de 2018

Dibujos escolares


 Por primera vez en Cuba, figura en una exposición, la de "1927", una selección de dibujos escolares, hecha por Rafael Blanco, a quien debemos igualmente los frutos que se cosechan en nuestras escuelas, con la enseñanza del dibujo, de los cuales son muestras de evidente valor los dibujos que se exhiben. 
 Imaginemos los resultados maravillosos que podrían obtenerse cogiendo estos muchachos, haciendo que pintaran sin pasar por escuelas, libres de preocupaciones, con la misma pureza que lo hacen, frente al natural, como vienen haciéndolo las escuelas mexicanas al aire libre. 


 Pero... ¿qué sabrán de esto en "San Alejandro"? Allí le dirán al discípulo que ese candor expresivo carece artísticamente de valor y de interés, y suplirán esta honradez por la receta mecánica y el adiestramiento manual, tupiéndole con su inmensa sabiduría.
 Frente a ella, ¿qué importa tu emoción, y qué la honradez? ¡Bah! ¡Extravagancias de última hora!
                     


 Revista de Avance, 15 de mayo de 1927, núm. 5, p. 133.


miércoles, 17 de enero de 2018

Rafael Portuondo Tamayo


   (1867-1908)

 Nació, en Santiago de Cuba, el 21 de marzo de 1867. Murió, asesinado por un loco, en Mayarí (Oriente), el 15 de julio de 1908.

 Su simpatía era avasalladora. Con los cabellos y el bigote blondos, los ojos azules y fúlgidos, la tez sonrosada y de estatura corta, pero armónicamente proporcionada, era como un dinamo de vida, de juventud y gallardía, siempre vibrante al impulso del patriotismo, de la amistad, del bien.
 Su absurdo y trágico fin, a menos de un demente, que le infirió mortal cuchillada; su muerte violenta en plena vida, después de haber atravesado, ileso, los múltiples peligros del mar, en expediciones de guerra, y de la manigua rebelde e incendiada, tuvo que ser más doloroso y lamentable para cuantos conocían y querían al que fue, en Santiago de Cuba, en el período preliminar de la revolución del 95, agente confidencial de Martí, y uno de los jefes del alzamiento del 24 de febrero, en Oriente. El 25 de abril se adentró con Martí en Arroyo Hondo, y lo presentó a los soldados de Cuba Libre con una elocuencia fascinadora.
 Eficaz y brillante fue también su actuación en las esferas del Gobierno Revolucionario, en los que ejerció, entre otros, el cargo de Secretario de Guerra, y por virtud de su ejecutoria moral y política, alcanzó el grado de general libertador.  
 En 1900, su región nativa lo eligió delegado a la Convención Constituyente, y ya instaurada la República, fue representante a la Cámara Baja, que presidió dignamente durante más de un período congresional. En ambos cuerpos deliberativos, lo mismo que en asambleas y mítines políticos, se mostró múltiples veces como orador de fuerza conceptuosa y emotiva, más poderosa por el magnetismo de su simpatía personal.
 Durante algún tiempo probó sus aptitudes jurídicas en el cargo de fiscal de la Audiencia de Oriente, y también en calidad de abogado defensor. Estudió la carrera de derecho en la Universidad de Barcelona.
 Fue un caballeroso paladín de la patria, deidad encantadora a la que ofreció siempre la flor purpúrea de su corazón. 


 José M. Carbonell, La Oratoria en Cuba. Evolución de la cultura cubana, 1928. pp. 108-109. 

martes, 16 de enero de 2018

Apéndice al informe que presentan los doctores Rafael Pérez Vento y Gustavo López

   

 Con objeto de examinar detenidamente el sumario de la causa instruida a Aguilera de recoger una información lo más amplia posible, nos adelantamos un día a la fecha fijada para la celebración del juicio oral.
 Del examen del sumario resulta: que Aguilera siempre ha declarado que la causa única que motivó su crimen fue la violación de sus hijas por el General Rafael Portuondo y por el Sr. Carlos Manuel de Céspedes. Supo, estando en Mayarí, la llegada de estos dos distinguidos hombres públicos e indudablemente se preparó, sin comunicárselo a nadie, para por lo menos entrevistarse con ellos; podemos aun ir más lejos y aceptar que se preparó para vengar una grave ofensa, como así lo hizo en la persona del malogrado General Portuondo, sin que mediaran palabras ni aviso previo de posible provocación siquiera. Aguilera, después de haber perpetrado su crimen, huyó, haciéndolo de manera tal, que pudo haber escapado, esto es, sin turbación y con conciencia plena de lo que hacía. Después, en su declaración y en su actitud se ha mostrado siempre igual: reconoce su crimen, el que justifica y manifiesta que hacía mucho tiempo tenía deseos de ver al General Portuondo para pedirle explicaciones, que si Portuondo no se ríe al verlo, él no lo hubiera matado, pero que la risa lo indignó y por eso lo hirió. Resulta también de las declaraciones, que en distintas ocasiones y a determinadas personas familiares de él manifestó sus deseos de ver a Portuondo y desafiarlo, porque le habían dicho que era él el violador de una de sus hijas, no haciéndole caso esas personas.
 Tanto las declaraciones de Aguilera como las de las personas que supieron a tiempo las ideas de venganza que abrigaba el procesado contra Portuondo, nos permiten de deducir que, en efecto, Aguilera padece, hace muchos años, de ideas delirantes de persecución, que seguramente tienen su punto de partida, como ya hemos dejado dicho, en las alucinaciones del oído de que aun hoy sufre. Ahora bien, el crimen cometido no reviste en lo absoluto todas las condiciones que reúnen los crímenes cometidos por los locos razonantes; no porque haya discernimiento, sino por la huida, acto seguido de perpetrar el crimen y hasta por la misma preparación. Sin embargo de esto, no puede pasar por alto para la apreciación del hecho criminal el no existir móvil, que es en realidad lo que inclina el ánimo del perito a ver en este crimen, a pesar de su apariencia contraria, el crimen de un perturbado. Lo de la violación es inútil que siquiera nos detengamos a analizarlo, dado sus caracteres de inverosimilitud.
 No es el primer hecho criminal cometido per Aguilera: en Holguín, en 11 de julio de 1895, causó lesiones graves a su concubina e hirió a la madre de ella (1). Quien lee el sumario de la causa instruida, no encuentra nada que deje sospechar locura, aunque si el ánimo a ello va predispuesto, puede sospechar, si no locura, algún desequilibrio.
 Ahora bien, examinando, en conjunto, tanto el crimen del General Portuondo, como el realizado en el año 95, y teniendo en cuenta, como es natural, los síntomas que actualmente presenta Aguilera y sus antecedentes, así como su mentalidad, se hace muy difícil aceptar que la intensidad del delirio y las alucinaciones sean las causantes de la muerte del General; no hay duda que la produjo un hombre que presenta trastornos mentales, pero también este hombre parece tener sentimientos criminales. A esta conclusión nos lleva la observación diaria de alienados que en idénticas o peores condiciones mentales de las observadas en Aguilera, ninguno mata ni, en general, comete hechos delictuosos. El que lo hace tiene algo más que perturbada la mente, le falta el sentido moral que da la educación y que se adquiere con ella, sirviéndole de fuerte freno hasta para contener las más intensas obsesiones o impulsiones de naturaleza criminal.
 En la minuciosa y extensa investigación hecha en Holguín, resultan corroborados afirmativamente los datos que en La Habana nos habían facilitado y que ya constan en nuestro informe, viniendo, por consiguiente, a darle mayor seguridad al juicio que nos habíamos formado de Agustín Aguilera. Por consiguiente, nos ratificamos aun con mayor fe, si cabe, en las conclusiones ya consignadas en el informe.
 Santiago de Cuba, cuatro de junio de mil novecientos nueve. — (f) Dr. Rafael Pérez Vento. — (f) Dr. Gustavo López.

 Nota
 (1) Aguilera hacía seis años que vivía con su concubina, a la que raptó, teniendo con ella tres hijos. Ya en esa época tenía rarezas, y sin disgusto ni motivo insultaba a la mujer, hiriéndola con un machete, así como a la madre y a una pariente, porque no quiso la mujer entregarle Una de las hijas. Sin previo disgusto apareció en la casa, de donde faltaba hacia días, y le dijo a su mujer: «de dos cosas una: o me das mis hijos o te mato», y en efecto, al oír la negativa sacó el machete y la hirió. Aguilera dijo en su declaración que nunca habla sido procesado y que no gozaba fuero ni condecoración: que quiso llevarse a su hija para atender a su crianza y educación a lo que la madre se habla opuesto diciéndole que tenía otro marido, por lo que, lleno de ira, la emprendió a machetazos. A preguntar del Juez respondió que no llevaba intención de herirla ni matarla, puesto que el acto fue impensado.


 “Documentos médico-legales. Un loco condenado”, por el Dr. Gustavo López, Revista Frenopática Española, Año VII, núm. 83, Noviembre de 1909, pp. 321-31; y, Crimen y locura. El asesinato del General Portuondo, La Habana, 1909. 

domingo, 14 de enero de 2018

Agustín Aguilera Ochoa psiquiátricamente considerado


 «Señor Presidente de la Sala de lo Criminal de la Audiencia de Santiago de Cuba.
 Señor:
 Nombrados los que suscriben para dictaminar respecto al estado de las facultades mentales del procesado Agustín Aguilera Ochoa por el delito de homicidio, con cuyo hecho privó de la vida a uno de nuestros hombres públicos más respetados y querido por su patriotismo y por sus bellas cualidades de orden moral, concurrimos hoy con el presente informe, en el que condensamos el resultado de la observación y estudio médico legal, dando así cuenta del honroso cometido que se nos confiara.
 Agustín Aguilera es natural de Holguín, de 50 a 52 años, de pequeña estatura y con un desarrollo corporal perfectamente armónico: cortos son sus brazos y piernas, sus manos, y bien chicos los pies. Pesa 93 libras. La cabeza es proporcionada a su estatura, presentando la irregularidad de ser un poco más ancha en su parte posterior (cráneo ipsicéfalo). Las orejas son de mediano tamaño y resultan verticalmente implantadas en su correspondiente región.
 La fisonomía, vulgar y aventajada, no dice nada en conjunto, por más que a veces parece ser animada por una fugaz viveza de la mirada, y los ojos, que parecen a veces de mirar animoso, tienen, en general, poca expresión.
 Hijo de padres acomodados, tuvo cinco hermanos, tres varones y dos hembras, que gozaron de buena salud y que recibieron alguna educación. Él siempre fue rebelde a toda clase de enseñanza, enseñándole las primeras letras un oficial del ejército español.
 Pocos son los antecedentes hereditarios que nos hemos podido procurar. Según noticias que tenemos por fidedignas, el padre era persona respetable que no sufrió trastornos mentales, siendo fusilado en Holguín cuando la guerra del 68; por parte de su madre, tuvo dos tías, una tartamuda y otra que padecía ataques epilépticos.
 Dice Aguilera que él sólo aprendió a escribir y las labores del campo, a las que parece se dedicaba con preferente atención. Su vida fue siempre muy irregular, pues tan pronto vivía en su pueblo, como se ausentaba para el campo, como de nuevo volvía y rápidamente desaparecía, sin que se supiera por donde andaba. En el pueblo lo llamaban Patato, apodo que seguramente le pusieron por su pequeña estatura.
 En su lenguaje se le ve un tanto animado, por lo general. Su palabra es fácil, brota sin esfuerzo, clara, distintiva y hasta abundosa; conversa afablemente, no siendo su trato desagradable; su conversación gira siempre dentro del mismo círculo; cuestiones sociales, filosóficas y de religión, en la que desde luego, no cree. Considera falsos y absurdos los principios que rigen a la sociedad y se estima víctima de la sociedad, en medio de la cual ha vivido; nos asegura que desde muy joven lo persiguen, poniéndole toda clase de obstáculos para impedirle ganar el sustento, y esto le ha acontecido a pesar de su manera generosa de proceder, pues siempre ha hecho favores, incluso el de quitarse materialmente el pan de la boca para darlo a los más necesitados. Últimamente afirma que se pasó seis meses durmiendo en el Cementerio de Holguín ocultándose de los que querían hacerle daño.
 De su crimen habla con naturalidad, sin afectación y perfectamente tranquilo en cuanto al castigo que pueda sufrir. Nos lo ha contado repetidas veces; y “sólo en el caso de convencerse de que no era verdad lo de la violación de sus hijas lamentaría la muerte del general Portuondo”, nos ha dicho; pero tiene la convicción de que lo realizado por él es un acto de justicia: si se hubiera quejado, nadie le hubiera hecho caso, pues él siempre ha tenido que tomarse la justicia por sus manos.


 Las persecuciones las viene sufriendo desde la poca en que cesó la soberanía española, «tan mala educación y tan malas ideas tenemos los cubanos», nos repite a menudo. La policía lo persigue con ahínco, le impide trabajar, habiéndose visto obligado a cambiar de lugar, pues hasta lo atacaban. El mismo jefe de policía de Holguín lo ordenaba y quiso entregarlo a los negritos, que siempre y a todas horas corrían detrás, gritándole y llamándole canalla, cobarde, sinvergüenza, sugestionados por la misma policía.
 En cuanto a la violación de sus hijas, que es el motivo poderoso que lo llevó a herir a Portuondo, acaeció por el año 1900; y lo supo por un español que recogía las basuras en Holguín, oyendo él, más tarde, las voces de sus hijas, dándole cuenta de que el General Portuondo y Carlos M. Céspedes las habían ultrajado, valiéndose de un narcótico, y llamándolo para que las vengase.
 Esas voces, que dice haber oído por el año 1900, las percibe con mucha frecuencia de noche y también durante el día. Generalmente, son sus hijas que le dicen tenga paciencia, que confíe, pues saldrá bien de esta situación y que muy pronto lo vendrán a buscar; en otra ocasión es la voz de Rosa, su antigua concubina y madre de sus dos hijas, que le da cuenta de la salud de todos y le hace las mismas afirmaciones; otras veces las voces son de su madre y hermanos que le preguntan si está contento y que espere y, por último, distingue claramente una voz de mujer española, de la policía y de los negritos de Holguín que le dicen cosas desagradables.
 Durante el día, a veces se descompone su rostro, hace numerosos gestos de ira y lanza palabras deshonestas; al preguntarle el centinela de vista que en la cárcel tenía lo que le pasaba ha respondido «esos que hablaban conmigo que me empiezan a decir palabras desagradables insultándome; me voy de aquí porque no puedo oírlos más». Por último, siente perfectamente los besos que durante el sueño le dan sus hijas, a las que en algunas ocasiones ha distinguido en su dormitorio.
 Quien habla por primera vez con él, en una breve conversación, no le encuentra nada anormal; contesta razonablemente lo que se le pregunta; revela una memoria mediana, presta natural atención al diálogo que con él se sostiene, extendiéndose en consideraciones sobre asuntos sin interés; hace apreciaciones justas; raciocina muy superficialmente y siempre que puede durante la conversación hace manifestaciones a propósito de sus ideas de persecución.
  Tiene alguna lucidez y viveza de espíritu para discutir y defender sus convicciones, pero posee una mediocre capacidad intelectual y una imaginación muy vulgar. La asociación de ideas no es normal en cuanto que en determinados terrenos la lógica es falsa. No tiene instrucción, pero escribe y lee. La escritura es mala, desconociendo hasta los principios elementales de la gramática. Desde el punto de vista de la ejecución material de sus escritos nada de sorprendente se nota, como no sean sus faltas ortográficas; escribe con mano firme, siendo regulares los caracteres de su letra; es un verdadero grafómano (1) tal es su afición a escribir novelas y composiciones poéticas. En la prisión rápidamente llenaba las hojas de los cuadernos que para escribir le facilitábamos. Tiene un estilo fácil, pero muy incorrecto a incoherente, poniendo de relieve, como es lógico, su falta absoluta de instrucción. Debe tener un carácter apacible habitualmente, pero fácil de cambiarse en violento e impulsivo que lo hace peligroso. No es un hombre mentiroso, habla con franqueza y naturalidad, sin rodeos ni falsedades, diciendo lo que piensa, sin detenerse a medir el alcance de sus palabras. 
 Sus facultades para el trabajo son pobres; aunque él asegura ser muy trabajador, nosotros lo creemos más inclinado a cierta molicie que le permite entregarse a sus pensamientos. Es muy descuidado en su ropa y en su aseo personal. Las manos casi siempre sucias. Duerme bien por lo general. No es glotón. Habitualmente toma dos o tres copas de ron, sin ser aficionado a la bebida, aunque en diferentes épocas de su vida ha tratado de entregarse al vino, emborrachándose con objeto de quitarse preocupaciones y que la gente lo dejara tranquilo, pues cree que con el borracho nadie se mete.
 Conserva el instinto genésico y no creemos sea un pervertido sexual: de existir la perversión, será con la misma mujer, pues a ella es muy aficionado. Parece que en su juventud las mujeres del pueblo le tenían temor, pues era aficionado a tocarlas y cogerlas los senos; en una ocasión trató de efectuar actos carnales con una mujer parienta muy cercana, impidiendo la violación un amigo de la familia que vivía frente a la casa. Hasta hace seis años ha tenido concubina.

 Las facultades afectivas están conservadas, pero no son normales: se nota en él una falta de amor a la familia y en general a los parientes que llama la atención. Encontramos muy disminuido el sentimiento de la paternidad, puesto que siempre ha tenido a sus hijos abandonados.
 Hecha la relación de los datos que la observación nos ha permitido recoger, entremos en el análisis de los síntomas y, en general, de la mentalidad de Aguilera, con el objeto de dar un diagnóstico razonado y las conclusiones a que hemos llegado.
 Y nos importa comenzar por hacer constar que para nosotros la degeneración no es en manera alguna sinónimo de irresponsabilidad. No consignaríamos esta apreciación nuestra, y en absoluto a ello hubiéramos prestado atención, si no fuese porque en uno de los informes médico-legales presentado por distinguidos compañeros que han dictaminado respecto a la capacidad mental de Aguilera, no se encontraron declaraciones algo bizarras, tendente a darle un valor y alcance inusitado a la atrayente, pero a todas luces errónea, teoría de Lombroso. Y ya con esta frase dejamos comprender nuestra opinión, que es, en verdad, la de todos los mentalistas que se han ocupado de la escuela de Lombroso. Por otra parte, nada tiene que ver la escuela ni las teorías de Lombroso en el reconocimiento de la capacidad mental de un acusado, el cual, dado el caso de que en él se observaran los estigmas físicos de degeneración que, a juicio del eminente italiano, sólo se encuentran en los criminales, o que a juicio de los mentalistas acusan y descubren al degenerado físicamente constituido, no sirven, ni mucho menos, para de su existencia concluir en una declaración de irresponsabilidad; porque el único motivo en que debe basarse el criterio de la responsabilidad es en el estado de las facultades mentales del acusado. La existencia, pues, de estigmas físicos de degeneración, considerados aisladamente, sin relacionar con lo que pudiéramos llamar estigmas mentales, no tiene sino un valor muy relativo, y en absoluto indican, ni responsabilidad ni irresponsabilidad, dado que se pueden observar lo mismo en seres sanos de la mente como en enfermos.
 Aguilera presenta, desde el punto de vista físico y mental, estigmas de degeneración, por consiguiente y sin duda alguna, es un degenerado. Como signos físicos tenemos sus medidas antropométricas (1) que son las siguientes:
 Talla, 1 m. 488 milímetros.
Braza, 1 m. 38 centímetros.
Busto, 795 milímetros.
Diámetro antro-posterior cabeza, 184 milímetros.
Diámetro transversal, 145 milímetros.
Circunferencia horizontal total, 54 centímetros.
Circunferencia anterior (preauricular), 28 centímetros.
Circunferencia posterior (postauricular), 26 centímetros.
Curva anteroposterior (de la raíz de la nariz a la nuca), 55 centímetros.
Curva transversal (de oreja a oreja), 31 centímetros.
Longitud oreja derecha (altura), 31 centímetros.
Ancho de la cara, 123 milímetros.
Mano: dedo medio, 56 milímetros.
Dedo auricular, 50 milímetros.
Codo: 252 milímetros.
Pie izquierdo, 17 centímetros.
 Recordemos, además, los signos físicos ya consignados, la mala configuración del cráneo (ipsicéfalo), la carie prematura de sus dientes, la depresión de su bóveda palatina y la anormal implantación de sus orejas; desde el punto de vista mental, lo anormal de su conducta, la extravagancia de sus actos, su inadaptabilidad al medio social y, en general, su rara manera de ser mental. Se armonizan, pues, perfectamente y se unen, entre sí, para constituir el conjunto que nos ofrece la personalidad de Aguilera, los estigmas biológicos que hemos descrito.
 Aparte de su estado constitucional, encontramos alucinaciones del oído e ideas delirantes de persecución que sin duda alguna son muy antiguas, sin que hayamos podido precisar aproximadamente la fecha de su aparición.
 Estos síntomas en un degenerado revelan una alteración mental muy corrientemente observada en la especie humana y que tiene un nombre conocido. Delasiauve la llamaba delirio parcial, porque dejaba expeditas las operaciones intelectuales; Sander la describe con el nombre de locura sistematizada originaria: los alemanes y los italianos la conocen con el nombre de paranoia ; recibió de Esquirol el nombre de monomanía; y la que más tarde se llamó locura razonante, y delirio crónico de Magnan.
 Léase en las obras de Psiquiatría la descripción que se hace de esta enfermedad y se notará el exacto parecido con nuestro observado. Son, en general, estos enfermos aquellos que más llaman la atención por lo bien, que razonan, por el desenvolvimiento natural de su inteligencia, con los cuales puede seguirse una conversación durante la cual no se descubre el menor trastorno mental; pero se insiste, y si mañosamente se les interroga, se les descubren entonces sus ideas delirantes.
 Tanto las alucinaciones como los conceptos delirantes, que en las alucinaciones tienen su punto de partida, no es extraño que permanezcan ocultos hasta para las mismas personas que rodean al enfermo, pues disimulan tanto, que hasta la disimulación se considera en ellos como un síntoma; son, además, muy desconfiados y rara vez dan cuenta de sus impresiones. Estos sujetos viven en medio mismo de la sociedad y son muchos los que tienen capacidad artística, mecánica y hasta profesional, citándose casos de haber llegado a dirigir bancos, casas de comercio, etc.


 Tanzi escribe que estos enajenados forman la clase aristocrática de los manicomios de los que escapan durante mucho tiempo, hasta que una infracción de la Ley o el natural decaimiento mental que la enfermedad al través del tiempo va imprimiendo en ellos, hace indispensable la reclusión.
 Estos delirantes crónicos constituyen la forma de enajenación mental, que suministra el mayor número de casos de individuos condenados por los Tribunales de Justicia, y que al poco tiempo de comenzar a cumplir su condena y con frecuencia en el curso del sumario principian a señalarse a los guardianes por su conducta y lenguaje bizarro. La Medicina legal mental relata numerosos casos de hechos criminosos cometidos por la clase de enfermos que nos ocupa en un momento de violencia impulsiva; una mirada, un gesto, una palabra, señalan instantáneamente al autor de la injuria y la castigan inmediatamente. En otras ocasiones hay verdadera premeditación y entonces se hace muy difícil la declaratoria de locura por el contraste paradoxal entre el vigor intelectual del sujeto y la extravagancia de la interpretación que deja sospechar la simulación.
 Evoluciona esta enfermedad con mucha lentitud y generalmente, en la edad madura es cuando se sistematizan las ideas delirantes; pasa en su evolución por tres fases: la incubación, en que se nota cambio de carácter, tendencia a la melancolía, el enfermo huye de la gente, se queja de ingratitudes y de animadversión de la sociedad hacia él: otro período que se llama de persecución, en el que el delirio se organiza y las concepciones delirantes se sistematizan bajo la influencia generalmente de alucinaciones del oído; y por último, otra fase de demencia, en la que lentamente van desapareciendo las facultades mentales.
 En virtud de todo lo expuesto, hemos llegado a las siguientes conclusiones:
 1.ra El procesado Agustín Aguilera y Ochoa podemos afirmar que sufre de una enfermedad mental, conocida con la determinación de «Delirio Crónico o locura sistematizada crónica».
 2.da Del estudio que hemos hecho de sus antecedentes, de los síntomas que ha ofrecido y de la evolución de su expresada enfermedad, podemos concluir que dicha dolencia es muy anterior a la comisión del delito por el cual está hoy procesado.
 3.ra Es un alienado perteneciente al grupo de los que la Ciencia considera peligrosos.
 Habana, 31 de mayo de 1909.
 Firmado: Dr. Rafael Pérez Vento y Nin y Dr. Gustavo López.

  Notas
 (1) Al detenérselo estaba terminando de escribir una novela. Y en su baúl se le ocuparon más de 40 entre novelas y dramas inéditos. En la cárcel de Santiago hizo varias, dedicándole una al juez que hizo la instrucción. En la cárcel de la Habana, a petición del Dr. López y mía, nos escribió una novela a cada uno. Los cazadores de bandidos se titula la que yo tengo. También compone poesías, y como muestra copio un Adiós a Teresa:

 ADIÓS A TERESA

 Aquí entre rejas y cerrojos,
Oyendo la voz del Carcelero
Me despido de ti mi Teresa amada
Que te hayas cerca de las Selvas.
Ya a oír no volveré yo
El arrullador y amante Canto
De las Tojosas que escondidas ellas se encuentran
Allá entre los frondosos ramajes
Poco importa que mi suerte aciaga
Hiciese que Tribunales y los Jueces
Me condenen a perecer
No en deshonroso Cadalso, eso no,
Sino en prostituidas Ciudades o Palacios
Que con humillación llevan el nombre de un ser honrado
Haya en las oscuras selvas.
En donde la Inocencia ella se abrigó
Aquí la humillación y el desprestigio
Adiós, adiós mi Teresa, adiós.

 AGUSTIN AGUILERA.

 El baúl contenía además: un aparato inventado por él para hacer sogas; un calendario hecho con cajetillas de cigarros y banderitas, que le servían para pronosticar el tiempo y las estaciones. Aguilera se considera poseedor de varios inventos más. 

 (1) Las medidas antropométricas las tomó, a petición nuestra, el Dr. Montané, Profesor de Antropología de la Universidad. En el momento de empezar las operaciones ocurrió un incidente muy curioso. Creyó Aguilera, al ser sentado en un banquillo y ver el compás, que lo iban a ejecutar por la electricidad, y se demudó, pronunciando estas palabras: «ya sabía yo que en esto había de parar», y sacando del bolsillo un paquete lacrado y amarrado con cordeles dijo: «este es mi testamento para los niños huérfanos de París, y deseo que le sea entregado al Cónsul francés». Cuando se terminó la operación, entonces reclamó su paquete, el que le fue devuelto; no conseguí que me lo entregara, y después en la Cárcel lo destruyó. Sentí mucho no haberlo leído.
                  
                       Comentario

 Al no imponerse el criterio de los peritos psiquiatras que, desde luego, lo consideran un enfermo mental en toda regla, sino finalmente, el de los jueces, que lo juzgan cuerdo y condenan a cadena perpetua, Gustavo López y Rafael Pérez Vento responden con indignación y expresan sentirse víctimas de un sistema judicial incapaz de reconocer y respetar sus conocimientos. 
 López llegó a comparar el desenlace del caso con el del célebre cura Galeote, en la psiquiatría forense española.
 Ante la “politización” de la justicia se mostraron, no obstante, como puede colegirse en una lectura cuidadosa de éste y otros documentos, todo el tiempo a la defensiva.
 Es cierto que tanto Pérez Vento como López coinciden en numerosos aspectos del reconocimiento psiquiátrico forense, para no hablar ya en términos de diagnóstico, al punto que deciden realizar un solo informe; pero también lo es que, durante el proceso, Pérez Vento se mostró favorable a una “responsabilidad atenuada”, mientras su colega insistía en la inimputabilidad, es decir, en la “irresponsabilidad absoluta”.
 Apelan a los argumentos de rigor -la herencia familiar, los antecedentes del sujeto, su impulsividad, el examen antropométrico que avala los estigmas del degenerado, etc.-, pero nada ello vale ante alguien que ha cometido un crimen de leso patriotismo y que no se muestra ante los ojos de los letrados demasiado irrazonable. 
 Pérez Vento sospecha, con razón, del influjo de la opinión pública sobre los jueces, pero titubea al exigir la comprensión de una categoría como la de "locura sistematizada" o "razonable" y deslizar a la vez una atenuante. 
 Invoca la carencia de un manicomio-judicial, su necesidad en Cuba. Pero a fin de cuenta se trata del manicomio o la cárcel, y de una reclusión perpetua, tanto más tratándose -como concluyen los psiquiatras- de un “loco peligroso”. 
 En la consideración de peligrosidad subyace una alianza psiquiátrico-antropológico-penal que, si bien parece aquí vulnerada, no por ello se fractura. Triunfaron esta vez los jueces; es todo. Aguilera no pudo escapar a una condena de cadena perpetua, que, al parecer, cumplió hasta el final de sus días en la cárcel de Santiago de Cuba. 
 El informe psiquiátrico forense sobre Agustín Aguilera tuvo amplia divulgación. Sin querer ser exhaustivo, se reprodujo como parte de “Documentos médico-legales. Un loco condenado”, por el Dr. Gustavo López, en Revista Frenopática Española, Año VII, núm. 83, Noviembre de 1909, pp. 321-31. Bajo la firma de Rafael Pérez Vento, con el título Crimen y locura. El asesinato del General Portuondo, La Habana, 1909, 15 p. Pérez Vento lo incluye luego en sus Fojas Neurológicas y Mentales, La Habana, 1916, pp. 441-462. Bajo ambas firmas en Revista de Medicina y Cirugía de La Habana, 25 de julio de 1909. En 1910 apareció, bajo la firma de López, como "Asesinato del General Portuondo por un alienado", en Archivos de psiquiatría y criminología aplicadas a las ciencias afines, Buenos Aires, pp. 318 y ss.

viernes, 12 de enero de 2018

Locos que escriben... El caso Aguilera


  

  Pedro Marqués de Armas 

 Agustín Aguilera, quien dio muerte en 1908 al General Rafael Portuondo, era un loco que escribía. No es infrecuente que los locos escriban. Y a fuerza de hacerlo merecen, como cualquier otro que se afane en rayar hojas en blanco (no es el caso, pero los hay geniales), el calificativo de escritor.

 Al ser detenido en Mayarí tras su sonado asesinato, Aguilera estaba a punto de terminar una novela. Entre sus pertenencias le ocuparon más de cuarenta manuscritos entre ficciones, dramas y poesías. 

 En la cárcel de Santiago de Cuba, mientras esperaba que empezara el juicio, escribió varias novelas -las escribía de un tirón, las suponemos breves-, una de las cuales dedicó al juez instructor. Después, en el presidio de La Habana, el escritor holguinero escribió otras dos a petición de los psiquiatras forenses que intervinieron en su caso. Tituló una de ellas “Los cazadores de bandidos.”

 Todo ese material le fue incautado con el resto de lo que contenía su baúl: un aparato inventado por él para hacer sogas, un calendario hecho con cajetillas de cigarros y banderitas que le servía para pronosticar el estado del tiempo, y cuadernos donde diseñaba otros inventos que pretendía patentar.

 Examinados sus escritos, los médicos no dudaron en calificarlo de "verdadero grafómano". Todo eso se perdió.
Todo, salvo su melancólica silva -puro tojosismo entre rejas- “Adiós a Teresa”, en la que Aguilera se despide de su "concubina”, un poema que, bien visto, no desmerece un lugar en la tradición.

ADIÓS A TERESA

 Aquí entre rejas y cerrojos,
Oyendo la voz del Carcelero
Me despido de ti mi Teresa amada
Que te hayas (sic) cerca de las Selvas.
Ya a oír no volveré yo
El arrullador y amante Canto
De las Tojosas que escondidas ellas se encuentran
Allá entre los frondosos ramajes.
Poco importa que mi suerte aciaga
Hiciese que Tribunales y Jueces
Me condenen a perecer
No en deshonroso Cadalso, eso no,
Sino en prostituidas Ciudades o Palacios,
Que con humillación llevan el nombre de un ser honrado
Allá en las oscuras selvas
En donde la Inocencia ella se abrigó.
Aquí la humillación y el desprestigio
Adiós, adiós mi Teresa, adiós.
  
 ¿Qué fue de Aguilera? De antemano, el juicio se politizó, al tratarse del asesinato en plena campaña de unos de los políticos de más prestigio, con la opinión pública dividida en dos bandos. Mientras los liberales miguelistas se pronunciaban a favor de la locura, los antiguos moderados presionaban para declararlo culpable. 

 Se pidió desde la primera vista la pena de muerte y, al final, fue condenado a cadena perpetua. Se pudrió, como se dice, en la cárcel. No valió la atenuante de enajenación mental, según el dictamen de los psiquiatras que lo examinaron, y que luego escribieron sobre el caso.

 Aguilera fue diagnosticado de un Delirio Sistematizado, es decir, un tipo de paranoia persecutoria. Deliraba con que el General Portuondo había "perjudicado" a dos de sus hijas -es decir, las habría violado- con la cooperación de Carlos M. de Céspedes (hijo) y por medio de un narcótico, allá por 1900. 

 Declaró en toda ocasión que se trataba de una cuenta pendiente y que no había hecho sino "lavar la honra de la familia". Se cuenta que repetía una y otra vez: “tan mala educación y tan malas ideas tenemos los cubanos, que lo persiguen a uno desde que cesó la soberanía española”.

 El célebre antropólogo Luis Montané fue invitado a investigar a Aguilera y no dudó en tacharlo de degenerado tras someterle a un examen del que salió la siguiente ficha:

 Talla, 1 m. 488 milímetros. 
 Braza, 1 m. 38 centímetros. 
 Busto, 795 milímetros. 
 Diámetro antro-posterior cabeza, 184 milímetros. 
 Diámetro transversal, 145 milímetros.   Circunferencia horizontal total, 54 centímetros. 
 Circunferencia anterior (preauricular), 28 centímetros. 
 Circunferencia posterior (postauricular), 26 centímetros. 
 Curva anteroposterior (de la raíz de la nariz a la nuca), 55 centímetros. 
 Curva transversal (de oreja a oreja), 31 centímetros. 
 Ancho de la cara, 123 milímetros. 
 Mano: dedo medio, 56 milímetros. Dedo auricular, 50 milímetros. 
 Codo: 252 milímetros. 
 Pie izquierdo, 17 centímetros. 

 Conocemos, pues, la medidas de Agustín Aguilera Ochoa, quien por su escasa estatura recibió siempre el apodo de Patato.

(Hay que decir aquí que el General no era mucho más alto que su asesino: 1.51 vs 1.48 centímetros. Esto no se cuenta en los informes.)

 Agustincito, como también se le conocía, mató al General sin previo aviso, según una versión a tiros, y a cuchilladas, de acuerdo con otra. 

 Durante la realización del examen antropométrico ocurrió un curioso incidente, que cuenta así Dr. Pérez Vento:  

 "Creyó, al ser sentado en un banquillo y ver el compás, que lo iban a ejecutar por la electricidad, y se demudó, pronunciando estas palabras: «ya sabía yo que en esto había de parar», y sacando del bolsillo un paquete lacrado y amarrado con cordeles dijo: «este es mi testamento para los niños huérfanos de París, y deseo que le sea entregado al Cónsul francés». Cuando se terminó la operación, entonces reclamó su paquete, el que le fue devuelto; no conseguí que me lo entregara, y después en la cárcel lo destruyó. Sentí mucho no haberlo leído."

 Se solazan los galenos ante el espanto que producen en Aguilera esos aparatos, como si no estuviera en juego su cabeza, pero no conservan sus escritos, que reducen a pruebas indiciarias, cuando no a mero cotilleo. 

 El médico se quedó con las ganas de conocer tan inaudito testamento, como nosotros con el deseo de su obra. 



miércoles, 10 de enero de 2018

El dispensario Tamayo



 Francisco José Vélez

 Fue en 1900, a raíz de la independencia de Cuba y en época en que aún regía el Gobierno interventor, cuando el ilustre benefactor, doctor Diego Tamayo, que a la sazón desempeñaba la Secretaría de Estado y Gobernación, logra ver llevados a la práctica sus constantes deseos de dotar a la ciudad de la Habana de un bien instalado Dispensario para Pobres, que prestase gratuitamente sus servicios facultativos a los necesitados dándoles al mismo tiempo grandes facilidades para su tratamiento y, en muchos casos, proporcionándoles hasta los alimentos.
 El día 1° de noviembre de 1900 el Dispensario abrió sus puertas: cuenta, pues, con más de 15 años de existencia, y ya se han podido comprobar sobradamente sus óptimos frutos. Instalado provisionalmente en la calzada de Máximo Gómez, fue dos años más tarde trasladado al magnífico local que en el Arsenal ocupaba, hasta que el 14 de octubre de 1908 se inauguró el espléndido edificio actual, que fue expresamente construido con este destino.
 En la calle de Zulueta, esquina a Apodaca —en el centro, pues, de la Habana—, ocupa hoy el Dispensario Tamayo amplio local de dos plantas en las que están repartidas todas las numerosas y bien montadas dependencias. Conduce la entrada de la calle de Zulueta a un grandioso salón de espera y en donde está también la oficina de inscripciones, en que se toman los datos que han de servir de base a útiles estadísticas, al mismo tiempo que el médico encargado del registro y distribución, obtiene la orientación diagnóstica y le entrega al enfermo una tarjeta con el nombre y horas de consulta del especialista a quien corresponde su dolencia.
 Una vez que un facultativo se encarga de un enfermo, continúa tratándolo bajo su cuidado y responsabilidad. Para esos médicos, en su mayoría jóvenes, es el Dispensario Tamayo una verdadera escuela de post-graduados y de especialidades, donde se perfeccionan en la rama de su profesión que desean cultivar y donde, con su esfuerzo personal, se crean una consulta propia y bajo su absoluta responsabilidad científica.
 Por este Dispensario han desfilado importantes figuras médicas que actualmente con brillante éxito ejercen su profesión en la Habana y, aparte de su ilustre fundador, los nombres de Ortiz Cano, Presno, Weis, Fortún, Recio, Díaz Albertini, Núñez, F. Domínguez, Porto, Aballí, E. Martínez, C. E. Finlay, Bustamante, Plascencia y tantos otros doctores de reconocida fama y competencia que en su mayoría ocupan hoy importantes puestos del glorioso Departamento de Sanidad o los honrosos sillones de la cátedra, son suficientes a demostrar los mutuos beneficios que este establecimiento ha debido reportar a médicos y enfermos.
 Para juzgar el crédito de que el Dispensario disfruta y el enorme movimiento de enfermos habido, baste decir que hasta 1912 habían concurrido 54,683 enfermos, que habían recibido 140,247 consultas y a los que se le habían practicado 1.668 operaciones.

 Dr. Diego Tamayo

 Fundador y director del Dispensario que lleva su nombre. Ha desempeñado los más importantes cargos políticos y científicos en nuestro país. Es presidente de la Comisión de Enfermedades Infecciosas. Hay que tener en cuenta que el número de estas no ha podido ser mayor por no ser posible la hospitalización, lo que obliga a renunciar a las grandes intervenciones.
 Las fórmulas son despachadas en la Farmacia del Dispensario, las que, para despojarlas del carácter de limosna, no son regaladas; pero se cobra por ellas el reducido y uniforme precio de diez centavos, y la experiencia enseña que esta cuota representa el coste neto de los productos farmacéuticos que el enfermo consume.
 Pero muchos de los enfermos que concurren a la consulta, más necesitan de alimentos que de drogas, y por este motivo, completando el benéfico fin propuesto, se ha establecido un reparto de leche, harinas y otros alimentos. 
 En la actualidad, alrededor del gran patio, bordeado por amplias galerías, están distribuidos y perfectamente instalados los servicios siguientes: Medicina y Cirugía general, especialidades cardio-vascular y respiratoria, enfermedades del aparato digestivo y del genitourinario, ginecología, infancia, dermatología, garganta, nariz y oídos, oftalmología, ortopedia, electroterapia, radiografía, radioscopía y radioterapia, masaje vibratorio y metodo de Bier.
 Funciona, además, el laboratorio de análisis clínicos y están allí instaladas la biblioteca y la redacción de la notable revista "Vida Nueva" —que es como el órgano oficial del Dispensario—y el gran salón de conferencias donde periódicamente disertan, alternando con los médicos del establecimiento, los más expertos especialistas de la capital.
 El Dispensario Tamayo, fuente de inmensos beneficios para los desheredados, es al mismo tiempo, un poderoso factor de cultura para médicos y estudiantes, y en este doble aspecto su dignísimo director, doctor Diego Tamayo, ha prestado, al fundarlo, un gran servicio a su país.


 Cuba en Europa, Año VII, núm. 145, 30 de junio de 1916, pp. 8 y 9.