domingo, 22 de abril de 2018

Sinfonía urbana



 Rubén Martínez Villena


1

Crescendo Matinal

 Una incipiente lumbre se expande en el oriente;
uno tras otro, mueren los públicos fanales...
Ya la ciudad despierta, con un rumor creciente
que estalla en un estruendo de ritmos desiguales.

Los ruidos cotidianos fatigan el ambiente:
pregones vocingleros de diarios matinales,
bocinas de carruajes que pasan velozmente,
crujidos de maderas y golpes de metales.

Y elévase en ofrenda magnífica de abajo
el humo de las fábricas —incienso del trabajo—;
rezongan los motores en toda la ciudad,

en tanto que ella misma, para la brega diaria,
se pone en movimiento como una maquinaria
movida por la fuerza de la necesidad!

2

Andante Meridiano

 Se extingue lentamente la gran polifonía
que urdió la multiforme canción de la mañana,
y escúchase en la vasta quietud del mediodía
como el jadear enorme de la fatiga humana.

Solemnidad profunda, rara melancolía.
La capital se baña de lumbre meridiana,
y un rumor de colmena colosal se diría
que flota en la fecunda serenidad urbana.

Flamear de ropd blanca sobre las azoteas;
los largos pararrayos, las altas chimeneas;
adquieren en la sombra risibles proporciones;

el sol filtra en los árboles fantásticos apuntes
y traza en las aceras siluetas de balcones
que duermen su modorra sobre los transeúntes.


3

Allegro Vespertino

 ¡Ocasos ciudadanos, tardes maravillosas!
Pintoresco desfile de la ciudad contenta,
profusión callejera de mujeres hermosas:
unas que van de compra y otras que van de venta...

Tonos crepusculares de nácares y rosas
sobre el mar intranquilo que se adora y se argenta,
y la noche avanzando y envolviendo las cosas
en un asalto ciego de oscuridad hambrienta.

(Timbretear de tranvías y de cinematógrafos,
música de pianolas y ganguear de fonógrafos.)
¡La noche victoriosa despliega su capuz,

y un último reflejo del astro derrotado
defiende en las cornisas, rebelde y obstinado,
la fuga de la tarde, que muere con la luz!


4

Morendo Nocturno

 Un cintilar de estrellas en el azul del cielo
y una imponente calma de humanidad rendida,
mientras el mundo duerme bajo el nocturno velo,
como cobrando fuerzas para seguir la vida.

Alguna vaga y sorda trepidación del suelo
rompe la paz augusta que en el silencio anida,
y la lujuria humana, perenemente en celo,
transita por las calles de la ciudad dormida.

Ecos, roces, rumores... Nada apenas que turbe
el tranquilo y sonámbulo reposar de la urbe;
y todo este silencio de noche sosegada,

en donde se adivinan angustias y querellas,
es el dolor oculto de la ciudad callada
¡bajo la indiferencia total de las estrellas!...

                                                                                         1921

sábado, 21 de abril de 2018

Noche habanera y Sweater rojo



 Federico de Ibarzábal 

 La Banda Militar, en la Glorieta,
preludia un paso-doble; los carruajes
ostentan damas de vistosos trajes
que prestigian las noches de retreta.

 Allá lejos, el mar; la luz inquieta
del faro, que atraviesa los brumajes;
cruza, envuelta en magníficos encajes,
luminosa, la novia del Poeta.

 Del Malecón en el pretil, inmóvil
mira el pueblo cruzar el automóvil,
heraldo del mecánico progreso.

 Y al final del concierto, se disuelve
la varia multitud, que desenvuelve
su aplauso, restallante como un beso.


  Sweater rojo

 Yo he visto alguna vez la gracia de tu busto
surgir de la galante curva de un medallón;
y tus ancas fastuosas y tu seno robusto
me evocan una cita dada en el Malecón.

¿Eras la misma novia que atormetaba gusto-
samente los deliquios de un débil corazón?
¿La que de sweater rojo patinaba y, por gusto,
-dulce coquetería- tramaba un resbalón? 

 Si eres la misma, oye: ¿recuerdas aquel cine
tan popular y alegre, en cuyas sombras vine
a conocer tu grata risa? De contemplar-

te en un viejo retrato, yo nunca me he cansado.
¡Pero hace tanto años! Yo era un atormentado.
Tú soñabar ser una Geraldine Farrar...


 Una ciudad en el Trópico, La Habana, 1919. 


viernes, 20 de abril de 2018

En el malecón y Opio



Agustín Acosta

                           A Frau Marsal

Tarde de retreta. Tiene el Malecón
una bulliciosa dulzura discreta.
La música encanta nuestro corazón
con un emotivo valse de opereta.

Urde a nuestros ojos inútiles tramas
el mar, y embargada nuestra fantasía
en la lejanía de los panoramas
urde el panorama de la lejanía...

Por el espejeante carbón del asfalto
ruedan los carruajes presurosamente;
el sol, temeroso de un lúgubre asalto,
se esconde en los rojos mantos de occidente.

Rápido desfile. Los coches se alejan
como en un torneo de altiva elegancia,
y al pasar veloces en el aire dejan
un acreditado perfume de Francia.

Y como hieráticas figuras inmóviles,
concreción augusta de ensueño y de gracia,
sobre la locura de los automóviles
van las damiselas de la aristocracia.

Orgullosamente y en carrera franca
triunfan en sus autos Maquiavelo y Creso.
Subida de bonos ha habido en la Banca.
Y los congresistas no van al Congreso.

Vértigo moderno. Sonoro bullicio.
No poder gozarte lamento y deploro,
pues en ti se cubre la lepra del vicio
con un deslumbrante damasco de oro.

Falso regocijo flota en el ambiente.
Aumenta el paseo de los paseantes...
y hasta las estrellas coquetonamente
bordan en el cielo puntos deslumbrantes.

Una niña ciega mendiga en el Prado.
Una vieja gime tendida en el suelo.
Dos ricas señoras pasan por su lado,
los cuerpos gallardos bajo el terciopelo...

Miran a la niña... miran a la anciana
y... —«Es falsa miseria... Lo mismo que todas...»
dicen... Y se unen a la caravana,
hablando de hombres... de fiestas... de modas...


 Opio

 Fue en una etérea turbación. Divanes
de terciopelo en el boudoir a obscuras...
Una burla de eunucos edecanes
y un desgarrar de clámides impuras...

Cuando el canto del último rapsoda
acarició tu clámide intranquila
una antigua liturgia de pagoda
rezaba en tu indostánica pupila... 

Humo de opio entre las plantas. Combos
frascos que Miguel Ángel de la Torre
llena de esencia de Coty. Los biombos

japoneses tumbados. Por las cuerdas
de la lira sutil siento que corre
de nuevo aquella sensación... ¿te acuerdas? 



  Ala, La Habana, Imprenta de Jesús Montero, 1915. 

jueves, 19 de abril de 2018

La hora verde y Ciudad dormida



 Enrique Hernández Miyares

 Del parisiense boulevard fastuoso
prolóngase la plácida penumbra,
porque el sol de oro viejo solo alumbra
con mortecino rayo perezoso.

De la jornada al fin llegó el reposo
oasis que en la brega se columbra,
y en los bruñidos mármoles deslumbra
del verde ajenjo el néctar venenoso.

Arde el café moderno entre el gentío,
y a cortos tragos sorbe, lentamente,
la amarga copa el bebedor sombrío,

mientras por el asfalto reluciente,
como azotada por el viento frío,
pasa la burguesía indiferente.


 Ciudad dormida

 Lentamente resuena en la alta noche
la doble campanada del convento,
y por el empedrado pavimento
ruidoso rueda retardado un coche.

Por la calle desierta, en el derroche
de la quietud y de la calma, el viento
jugando arremolina algún fragmento
de carta en que el amor firma un reproche.

Un cerrojo oxidado que rechina,
un abierto postigo iluminado
denunciador del que abatido vela,

y el eco de la copla clandestina
al grito de agonía entremezclado
del anónimo crimen de plazuela.


 Obras completas de Enrique Hernández Miyares, Poesía, Vol. 1, Avisador Comercial, 1916. 

miércoles, 18 de abril de 2018

La Alameda de Paula al morir el día



 José Zacarías González del Valle

 El vasto mar que su inquietud reprime
lo agita apenas con murmullo grato
el aura débil que de rato en rato
sopla sobre él, y misterioso gime.

Allá al Oriente do la noche imprime
por la otra orilla su negror ingrato,
álzase humilde con sencillo ornato
de Regla el templo en actitud sublime.

La corta luz del expirante día
la faz le deja en claridad bañada,
cual si por ser de Dios noble morada

pusiera en alumbrarle su porfía,
mientras a impulso del vapor, alada
cruza una nave la gentil bahía.



 Los tropicales, La Habana, Oficina de R. Oliva, 1841. 


martes, 17 de abril de 2018

La Habana vista desde la Loma de Guanabacoa




 José Silverío Jorrín

 ¡Cuán bella luces, opulenta Habana,
desde la árida cumbre de esta loma!
¡Cómo se tiñe el sol ahora que asoma
con el vivo arrebol de la mañana!
¡Con qué fidelidad su faz retrata
el azulado mar en sus espejos,
y cómo la bahía allá a lo lejos
cinta semeja de nevada plata!
En derredor, cual guardias avanzadas
a las nubes levantan sus cabezas
gigantescas e inmobles fortalezas
de almenas y cañones coronadas.
Y allá do los remotos horizontes
a los cielos alcanzan soberanos.
En verde rueda asidos de las manos
Veo reír tus palmas y tus montes.
A tu frente y en son de cortesanas
Mil apiñadas naves tu pie besan,
Y mástil y cordajes empavesan
Con banderas y flámulas galanas.
Por tus calles se agita sin aliento
El genio mercantil con sus riquezas,
Y aposentan tus lares más bellezas
Que granos de oro el mejicano asiento.

 Tanta grandeza mi ánimo avasalla
Pues cien torres y aun más al cielo vuelves
Y por orla del manto en que te envuelves
Tienes de piedra altísima muralla.
Si su luz por la tarde el sol recoge
En pliegues de vivísimas centellas,
Luego el ropaje lúcido de estrellas
La negra noche sobre ti descoge;
Y la voz musical de tus campanas
Canta su adiós al moribundo día,
Y después en confusa simetría
Con miles de faroles te engalanas.
Entonces un navío me pareces
Morada del placer y la opulencia,
Y el mar con su fugaz fosforescencia
Es el lago de fuego en que te meces.
Los vivas del teatro y sus orquestas
Tu oído llenan de olas de armonía,
Hasta que el sueño nubla tu alegría
Y satisfecha ya por fin te acuestas.
Imponente coloso que a la sombra
Duermes en paz cual virgen inocente,
¿No temes, di, que despertarte intente
Un enemigo que mi voz no nombra?
  

 Fragmentos... La Siempreviva, Vol. 1, La Habana, 1838, pp. 191 y ss. 

lunes, 16 de abril de 2018

La plaza de San Francisco



José Jacinto Milanés

Si yo fuese hombre de genio,
describiendo, comenzara,
hecho el tintero paleta
y pincel la pluma basta,
la Plaza de San Francisco
en la pintoresca Habana.
Pintara el alto convento
con su sombría fachada,
que parece un extranjero
de seria y ceñuda cara
en la divertida escena
que el pueblo a sus pies entabla.
Pintara en variada hilera
las circunvecinas casas:
unas, viejas y caídas,
otras, mozas y bizarras;
unas, ricos almacenes
donde la industria contrata,
otras, palacios erguidos,
mansión de la aristocracia.
Pintara en diversos grupos,
papeles de un vasto drama,
blancos, negros y mulatos
que cruzan, giran y pasan.
Unos que solos pasean,
otros que en corrillos charlan;
uno, director astroso
de una carreta parada.
Otro oprimiendo los lomos
de una yegua vieja y flaca,
sobre la cual van tendidas
escobas y horquetas largas,
cuya punta deja un rastro
sobre la tierra empolvada. 


 "La mala rabia", fragmento, en Obras completas de José Jacinto Milanés. Poesías, T. I, La Habana, 1920, pp. 201-02. 

domingo, 15 de abril de 2018

Barrio de Desamparados


 Ángel Lázaro

 Barrio de Desamparados
con su Alameda de Paula,
donde huele por las noches
a caoba recién cortada.

Sueña el mar junto a los muelles
con la luna fría y blanca
y al agitarse en su sueño
lo aquieta una brisa cálida.

Hacia el rincón de un café
templa un viejo su guitarra,
y el corro de bebedores
junto al mostrador se calla.

En la accesoria, en penumbra,
llena de viejas estampas,
con una cama en el fondo,
hay una negra sentada.

La casa, de añil y rosa,
con las tejas arruinadas,
tiene una reja y un caño
negro del tiempo y del agua.

Venían dos marineros
de pechera negra y blanca;
se pintaban en el muro
sus figuras alargadas.

Y allá arriba, en un balcón
—el pelo sobre la bata—,
de pechos sobre la piedra,
una mujer esperaba.

Barrio de Desamparados,
con sus negras centenarias
fumando cigarros puros
debajo de las ventanas.

A veces se ven mujeres
que van igual que sonámbulas,
mientras se enciende la calle
de acechos y de miradas.

Callejones con farolas
que apaga la luz del alba,
con una sombra en la esquina
inmóvil y recortada.

Barrio de Desamparados,
calles de Luz y de Damas,
con rostros y con siseos
ahogados tras las persianas.

Barrio, tú tienes de noche
la voz dormida y lejana
que viene de allá, del Sur
de nuestros pueblos de España.



 Ultra. Cultura contemporánea, Vol.1, Núm. 2, p. 1937; y en Romances de Cuba, Edición Especial, La Habana, 1937. 



lunes, 2 de abril de 2018

Hablemos de excesos


               
        Revolución, 31 de julio de 1959

Tomado de La Habana Elegante/Archivo Revolución

miércoles, 28 de marzo de 2018

Volador de fondo




 En una estadística de mortalidad que alberga el Archivo Nacional de Cuba consta, al margen, esta curiosa historia. 
                       
 En marzo de 1857 falleció en Sagua la Grande un negro liberto cuya edad se cifraba en 116 años. Se llamaba Juan Antonio Saldaña y el suyo no era solo un récord de longevidad sino también de resistencia. 

 Trabajó como constructor de barcos en diversos astilleros, pero sin dejar por ello de practicar hasta su muerte un segundo oficio por el que era admirado y, a la vez, temido: el de servir de correo entre Trinidad y La Habana. 

 “Tal era la velocidad con que hacía sus viajes que en tres días iba de un punto al otro, de donde le vino el apodo de El Brujo”, reza el documento. 

 Circulaba la sospecha de que hacía aquel recorrido con artimañas de volador, es decir, convertido en pájaro. Al morir se tomaron precauciones como quemar sus pertenencias y enterrarlo en las afueras del cementerio. 

                                
                                   P. M. de A.




domingo, 25 de marzo de 2018

El entierro de las víctimas de la revolución alemana



 Gonzalo de Quesada Miranda

 Berlín está de luto. Las nuevas banderas de la República, a media asta, apenas tremolando, caídas cual sauces llorones, ondean tristemente en el aire movidas por los débiles soplos de una fría brisa otoñal, y de los balcones penden negros tapices, símbolos de dolor. Es un miércoles, día de trabajo, sin embargo todo respira calma, el sosiego de las grandes penas. El corazón de la capital prusiana late acongojado. El bullicio de los días de la revolución ha desaparecido de las calles, hasta en los rostros juveniles no se dibuja la sonrisa, todas las caras llevan el sello de la gravedad o el de la tristeza.
 Van a enterrar las víctimas de la revolución, los que murieron por la libertad, palabra poco antes extraña al sentir alemán y hoy en todos los labios y en todos los oídos. 
 Desde hora temprana el Unter den Linden está lleno de  personas, los balcones de las residencias repletos, y hasta en  las ramas de los tilos pelados por el invierno, jóvenes ágiles  esperan en silencio el fúnebre cortejo. Nosotros, de regreso en el hotel Adlon, también queremos presenciar el acto.
 En lontananza repercute solemne música fúnebre. Por la puerta de Brandeburgo empiezan a pasar las delegaciones. A su cabeza el gobierno provisional, los comisarios del pueblo enfundados en largas levitas negras, las testas socialistas cubiertas de descomunales sombreros de copa. Le siguen bandas de música; soldados sin escarapelas, oficiales sin insignias, y comisiones obreras.
 Cientos de fuertes voces, el coro de la Sociedad de Cantores obreros, rompen el silencio. La melodía "Yo tuve un compañero” llena el espacio. De mil gargantas sale espontáneo,  con sentimiento y tristeza, la estrofa "nunca uno mejor encontrarás”, mientras que de los ojos de más de una mujer, herida en el fondo de su alma, brotan las lágrimas al pensar que el bien amado muerto en la guerra yace bajo un montón de tierra extraña, marcado por una tosca cruz.
 Lento y grave el cortejo sigue. Fornidos obreros llevando en las callosas manos los estandartes de la revolución, o los cartelones de las federaciones de fábricas, marchan con las obreras enflaquecidas por las privaciones de la guerra y las rudas labores en los talleres de municiones o explosivo. Luego pasan soldados y marinos.
 Las cabezas se descubren respetuosas... Tirados por caballos de labor, por robustos percherones, aparecen tres rudos carros de carga, sobre los cuales están los negros sarcófagos adornados con paños rojos y cubiertos de flores. Una doble fila de soldados y trabajadores a cada lado forman la escolta de honor.


 Son las víctimas de la revolución. Ocho seres que murieron en las luchas callejeras. Cinco trabajadores, un soldado, un marinero y una obrerita, que sucumbieron por la libertad.  ¿Fueron luchadores por la causa, mártires del movimiento triunfal? ¿Fue la infeliz Charlotte Nagel digna émula de su heroica tocaya, la brava Corday? ¿Quién lo sabe? A la pobre alemancita la recogieron del pavimento con el níveo pecho destrozado, veteado por la sangre. Con el fusil en las manos crispadas por la muerte encontraron al soldado y al marino junto al Palacio, y al igual que los obreros exhalaron su último aliento llevándose a ultratumba el secreto de su holocausto. Muertos de balas errantes o por la segura puntería de oficiales monárquicos, eran las víctimas de la revolución. Esos ocho desventurados seres sacrificados por la bandera negra, roja y gualda de 1848, más que los ideales del socialismo encarnaban los sufrimientos del pueblo alemán, víctima de la criminal soberbia y de la voluntad despótica de un soberano indigno de una nación abnegada y patriota.
 Por mi mente cruza contrastando con este acto de sinceridad y sencillez imponente, la fastuosa y multicolor escena de hipocresía estudiada, odios disimulados por sonrisas huecas y palabras banales, de las fiestas del vigésimo-quinto aniversario de la coronación del Kaiser, a las que se unieron la boda de su hija con el príncipe de Brunswick. Veo cómo entonces los orgullosos coraceros de la guardia, bajo sus albos uniformes de impecable nitidez, los mejores regimientos de Potsdam con guerrera azul y pantalón negro, el blanco penacho de gala sobre el casco, marchando con precisión asombrosa, como si un enorme tiralíneas fantástico trazara las líneas humanas de soldados convertidos en máquinas. En carrozas lujosas pasan el Kaiser, el zar de Rusia y otros potentados y nobles, mientras zepelines y aeroplanos surcan el aire.
 ¡Qué distinto a este otro cortejo, al homenaje de los hombres forjados por el sufrimiento y el trabajo, al tributo sincero de dolor del pueblo a las humildes víctimas de la revolución, a ocho seres anónimos para la conciencia nacional de su país, hasta la alborada redentora del 9 de Noviembre!
 Los carros con los modestos ataúdes, pasan ante el hotel. Todo el mundo se descubre. Sólo en un balcón del cuarto piso un hombre, por irreverencia, un aristócrata de pergaminos pero no de corazón, deja de rendir el tradicional homenaje a los muertos. De la muchedumbre se levanta una mano larga, huesuda por la miseria, a la par que un dedo roído por el trabajo apunta trémulo al balcón, una voz nerviosa e indignada grita: "Ahí hay un canalla, que no honra nuestros muertos”.
 Y todos los ojos de aquel pueblo manso, hasta esos momentos llenos de pesar, brillan de cólera y de odio. El hombre sigue con el sombrero puesto. Un revólver reluce en la mano de un marino, quien con el dedo sobre el gatillo exclama con voz ronca por la furia: —"Cochino, si no respetas los cadáveres de los nuestros, te mato como un perro”. El ruin aristócrata se descubre; la calma retorna y el cortejo sigue, silente, su camino.
 Un destacamento de marinos, de velludo pecho, curtido por el sol y los salobres aires del mar, forma la escoba de honor de las víctimas. De cuatro en fondo, los muchachos de Kiel, los verdaderos héroes de la revolución, rinden postrer tributo a los que cayeron por la causa que ellos, por su audacia, hicieron triunfar.
 Pasan más delegaciones obreras; los trabajadores de las fábricas de Borsig, Siemens y mil compañías más, y los representantes de los gobiernos socialistas de los demás Estados alemanes, libres ya de la bota de los reyes y los príncipes. Cuatro horas largas dura la magna manifestación de duelo.

 

 Mientras las campanas de la catedral tañen gravemente, la guardia roja dispara una salva ante el Palacio, en honor de los muertos.
 En el campo de parada, Tempelhofer, donde en los aniversarios de la batalla de Sedán el Emperador revistara sus tropas que marchaban con el forzado paso de ganso, la joven república ha levantado un simbólico altar, un inmenso bloque escarlata sobre pedestal negro. Colocados los ocho féretros sobre ese túmulo, varios socialistas en discursos de sincera elocuencia, juran sostener la república por la cual murieran esas ocho víctimas. Habla el comisario del pueblo, Haase, y al recordar las luchas de 1848, el calvario del proletariado bajo la férrea férula del Kaiser, la emoción ahogando su voz no lo deja terminar.
 En Friedrichshain, en el cementerio de los mártires de la frustrada sublevación de 1848, se entierran los muertos de la revolución victoriosa. En medio de gran silencio, al lado de los compañeros que setenta años atrás encendieron la antorcha de la libertad, apagada de un manotazo prusiano, los ocho ataúdes caen en la fosa recién cavada.
 El comisario Barth habla sobre el sepulcro de las víctimas, y con cólera acusa a los monárquicos de haberlos asesinado cobardemente.
 Liebknecht le sigue, y cuando ha terminado, las lágrimas corren por los curtidos rostros de los hombres y las suaves mejillas de las mujeres, mientras los sarcófagos desaparecen para siempre bajo las paletadas de tierra y las montañas de flores, y los marinos dejan sonar la última salva de despedida eterna.
 En aquella tarde brumosa, la nación alemana adolorida, más que rendir un último tributo a aquellas infelices víctimas glorificadas, se despedía para siempre de sus doctrinas del pasado, y de sus ideas de otros tiempos. Enterraba en la fosa del olvido, en la negra cueva de las desilusiones, más honda que el hoyo abierto en la tierra para sus muertos por la libertad, la tristeza infinita de una horrenda decepción. Empuñaron las armas creyendo defender una bandera atropellada; habían mantenido con estoicismo espartano durante cuatro largos años la cruenta lucha desigual y ahora la venda arrancada de los ojos, el estigma de haber sido parías en su propia patria, esclavos sumisos de unos cuantos señores, aparecía ante ellos con intensa claridad, con el dolor de ver las coronas de sus dorados ídolos, su Emperador y sus reyes, caídos en el fango en los momentos de las supremas decisiones.
 Pero aquella tarde gris y fría, el pueblo alemán, la cabeza en alto, libre de sus cadenas opresoras, marchaba de nuevo, firme y resueltamente hacia el nimbo de mejores tiempos, hacia la conquista merecida de una vida más digna.

 Del libro Del casco al gorro frigio; en Social, nov. 1929, pp. 40 y 60.