martes, 28 de septiembre de 2021

Poeta en ascensión


  Rafael Heliodoro Valle


 Jaime Torres Bodet ha vuelto de Europa, de Sud-América y de largos viajes a través del Derecho Internacional, y de los cielos las aguas y las riberas donde la poesía lírica está intacta, y la sombra del sueño pasa por la transparencia mineral de los sueños?

 Y ha vuelto, más fina la inteligencia, más sobrio el ademán, y la noble sonrisa, y el perfecto equilibrio. A su larga ausencia, que lo ha tenido más cerca de México, sucede la alegría de un encuentro en que ya la amistad está en el instante eterno. Y hablamos, divagamos, divaga él sobre temas de hoy, de ayer y de siempre, con la pericia de quien es maestro de letras, ya reconocido.

 -Si -me dice- he seguido desde lejos con profundo interés la labor de los nuevos valores de México. Después de residir en países en los que un escritor de cuarenta años puede aceptar sin desdoro, ni ridícula petulancia, el dictado de "poeta joven", se comprenderá que no me resigne a considerar terminada -ni trunca- la obra de mi generación.

 ¿Simpatías? ¿Divergencias?

 -La prisa, ese castigo de los precoces, ha intentado ahondar fronteras y diferencias entre quienes deberíamos esforzarnos por trabajar unidos, sin que las semejanzas, que podrían ser antipatías, se limiten a ser semejanzas y sin que las diversiones, que sólo como naturales diversidades tienen razón de existir, se conviertan en despiadadas simpatías.

 El panorama de hace diez años ha cambiado. Los escritores ya se preocupan por el tiempo en que viven.

 -Y al volver los encuentros más respetuosos que antes de los deberes sociales que les impone la convivencia. Creo que semejante interés por la cosa pública no es sólo un resultado de nuestra evolución sino un producto de la transformación económica universal. En Francia he asistido a la conversación (o, si así se prefiere, a la postrera definición) de espíritus tan diversos como Gide y Malraux, Ramón Fernández y Jean Sassou. La hora del "arte por el arte" y del retiro en la "torre de marfil", no parece encontrar ya campanas con que sonar en el reloj de la vida contemporánea.

 ¿Podrían precisarse algunos de los matices de la poesía francesa de este momento?

 -No es sencillo fijarlos. Si la historia de una literatura pudiera reconstruirse lógicamente por el estudio de las antologías sucesivas en que sus obras se han decantado, sería curioso tomar como puntos de referencia -por lo que a Francia concierne- los florilegios del "Mercurio" (Van Bever y Paul Léautaud), las ediciones del "Sagitario" y, ahora, la "Nouvelle Revue Francaise", con prefacio de Valery. El primero es un resumen del simbolismo. El segundo reproduce el paisaje rico y desordenado de la postguerra. El más reciente no es sino un interesante catálogo de los poetas que han desfilado por la revista que tanto debe al autor de "Pretextos" y de "Isabell". Sorprende el breve espacio de tiempo concedido en estos volúmenes a los superrealistas, entre los cuales descuella Paul Eluard. De Aragón y de André Bretón, sobre todo de aquel encuentro más sugestivas las obras en prosa. En "El Campesino de París", por ejemplo, hay capítulos dignos de figurar entre los documentos más expresivos de la sensibilidad literaria de nuestra época.

 ¿Y de Supervielle?

 -De Supervielle, a quien la ola del superrealismo no alcanza, me conmueve el patético tono menor, el despojado acento sincero y -en "Les Amis Inconnus"- esa adivinación de la muerte que le hace hablar en pasado de lo que precisamente sus manos y sus pupilas están aprendiendo a reconocer. Por felices y puros que sean los aciertos de Supervielle, por imperial que resulte el dominio de Valery, fuerza es confesar, sin embargo, que los mayores poetas del siglo XX, por lo menos en Francia, se han expresado mejor en prosa: Claudel, Proust, Jean Giradoux. ¿Pero no es éste, desde Montaigne, el característico signo de los espíritus galos de gran linaje?

 Luego hablamos de lo que más motiva la curiosidad entre los hombres de estudio de Francia, respecto al conocimiento de México. Y Torres Bodet, que ha colaborado en el encendimiento de esa curiosidad, no sólo desde la diplomacia, sino como hombre de letras que tiene en América su categoría cabal, antes de citar nombres algunos de ellos muy conocidos, afirma que el interés que despierta en el hombre de letras, y en el de ciencia, la realidad de una tierra desconocida depende de elementos tan subjetivos y obedece a razones tan diferentes, que se requeriría una gran audacia para esbozar, por lo que se refiere a Francia y a México, una generalización que no podría intentarse.

 En el fondo de tal curiosidad -me dice- se halla, sin duda un factor común: esa nostalgia del trópico que, desde Chateaubriand hasta Fauconnier -pasando por Baudelaire y Arturo Rimbaud- ha atormentado a los espíritus más misteriosos y finos del novecientos.

 ¿La avidez de un paisaje distinto?

 -Claro que no convendría limitar a esa avidez el esfuerzo desarrollado por los intelectuales europeos para entendernos. Al afán anecdótico de Titayna o de Marc Chadourne, hay que oponer el interés profundo de los investigadores como Rivet y sus más inmediatos discípulos.

 Jaques Soustelle por ejemplo.

 -Soustelle ocupará pronto un lugar visible entre ellos. El Instituto de Etnología de la Universidad de París publicará próximamente una interesante monografía sobre la familia otomí.

 ¿Podría canalizarse más esa curiosidad francesa hacia lo mexicano?

 -En la Exposición Universal de París, en 1937, a semejanza de lo que se hizo en 1935, para las artes plásticas italianas y hace pocos meses para las españolas, en el museo del "Jeu de Paume". Ninguna propaganda más notable, y, en el fondo, ninguna más económica. Nuestra arqueología y nuestras artes plásticas son objeto de devotísimo estudio. Y estoy convencido de que una exposición de escultura precortesiana y de pintura moderna de México constituiría un éxito formidable, si algún instituto oficial o privado la organizase para el año próximo.

 Hablamos, como era natural de la significación específica y las letras hispanoamericanas tienen para los hombres de letras de Europa. Y Torres Bodet me ratifica el hecho de que, a pesar de algunas dificultades, de género "administrativo", han venido a imponer un compás de espera a las actividades de los periódicos europeos que reflejaban el movimiento de Hispanoamérica, causa satisfacción advertir que los escritores más consecuentes no descuidan ni desconocen a sus colegas americanos.

 -Para no hablar de España, en los círculos literarios el hispanoamericano sólo por excepción puede sentirse extranjero, Francia, Alemania, Holanda e Italia cuentan con grupos de hombres de letras para quienes las de nuestro continente no tienen secreto.

 ¿Qué muestras de última hora pueden dar los de Francia?

 -No sólo en la "Colección Iberoamericana" del Instituto de Cooperación Intelectual "que ha publicado, en excelentes versiones, los discursos de Bolívar y los ensayos de Hostos, el "Facundo" de Sarmiento y una selección de páginas de Mástil; sino también en poetas como Supervielle y Matilde Pomés o en novelistas y críticos como Brion, Cassou, Pillement, Daireaux, Folgarolle y -entre todos- el exquisito, invisible, lucido el maestro de "Fermina Marqués" y de "Barnaboot": Valery Larbaud, que adornó con tan fino prólogo a la edición francesa de "Los de Abajo".

 ¿Y de Alemania?

 -Recuerdo al profesor Helmut Petriconi, al que conocí en Madrid en 1930 y del cual he leído estudios críticos muy agudos. Junto con Petriconi, recuerdo también al escritor Walter Pabst de la revista "Die Literatur", a quien temen algunos de mis relatos ("Margarita de Niebla" y "La Educación Sentimental") comentarios tan afectuosos como precisos.

 -En Alemania hay un Instituto Ibero-americano, con sede en Berlín, que realiza prestantísima labor pro-México, no sólo con sus dos revistas admirablemente al día en cuanto a documentación bibliográfica, sino con una rica biblioteca mexicana, que tengo entendido es modernísima. México tiene muchos amigos sinceros en Europa indudablemente.

 -Otra muestra la hallamos en "L´Italia Leitteraria", periódico semanal que equivale, sin imitarlo al que dirige Martín du Gard en París: "Les Novelles Litteraires". Colabora en aquel, con asiduidad, un crítico a quien interesa profundamente nuestra literatura: A. R. Ferrarin. No habrá que olvidarle a él, ni al novelista Mario Puccini, cuando se intente el recuento de los amigos sinceros que la producción hispanoamericana ha sabido encontrar en Europa.

 Le preguntó por los escritores que trató más íntimamente durante su estancia en Europa y la Argentina. Y me responde:

 -De la generación que corresponde a la mía, en España, a Salinas, Jarnes, Marichalar y José Bergamín. Jorge Guillén con quien años después conversé en París, residía en Inglaterra cuando yo me encontraba en su patria. Todos ellos siguen con simpatía la evolución de las letras en México. James es un ejemplo de probidad y de noble labor. De Salinas, el último libro "La voz a ti debida" instala cómodamente a su autor en la galería de los mejores poetas castellanos de la hora presente.

 ¿Cuáles en Argentina?

 -Conservó también un excelente recuerdo de nuestros compañeros de Buenos Aires, de Fernando Moreno, sencillo y profundo; De Capdevilla, infatigable y cordial. O, en un horizonte más próximo, de Oliverio Girondo, cuyo "Espantapájaros" es un modelo de imaginación y de "humour"; de Borges, cada día más seguro en la crítica literaria; de Mellea, y quien hace poco leí "Nocturno Europeo", de Bernárdez, que ha alcanzado a mi juicio toda su plenitud en los endecasílabos de ese largo poema "El buque", patrocinados por tan clásicos consejeros.

 ¿Y será Neruda quien tiene la mejor voz lírica en Hispanoamérica en estos momentos?

 -Comprendo perfectamente el entusiasmo producido en España por "Residencia en la Tierra". El idioma poético de este libro se encuentra en las antípodas mismas del que triunfara, años antes en obras como "Prosas profanas". Del instinto, en cuya noche penetran hondamente las raíces del lirismo de Pablo Neruda, hay que esperar sin embargo una floración futura más luminosa. Pesa demasiado hasta hoy en sus versos, lo que sin intenciones perorativas podríamos llamar "pesimismo del humus" y sus poemas que contienen trozos extraordinarios, no aciertan a deshacer la monotonía tenebrosa del libro que los reúne.

 Nuestra conversación proseguirá otro día. El poeta -a quien yo tanto quiero y admiro- ha sabido responder a mis preguntas en una charla inicial que rondará otros temas de nuestro tiempo. Está entregado plenamente al nuevo libro que prepara.

 Se queda entre nosotros. Y Europa nos lo devuelve más mexicano y más poeta.


 "Jaime Torres Bodet: Poeta en ascensión", Revista de Revistas, noviembre de 1936.


sábado, 25 de septiembre de 2021

En un mar de confusiones: Torres Bodet o la buena educación

 

   Pedro Marqués de Armas

  La llegada de Jaime Torres Bodet a La Habana, el 1 de mayo de 1928, (1) participa del mismo asombro por la intensidad de la luz y el color, o bien de aromas y sabores, con la recurrente alusión a la ciudad como un cuerpo femenino –acaso por la forma de entrar en ella penetrando su estrecha bahía, pero no solo por eso–, que vemos en otros viajeros contemporáneos –y me refiero, precisamente, a los poetas del grupo Contemporáneos. Habría que añadir en esta oportunidad, sin embargo, un ingrediente que no vemos, por ejemplo, en las descripciones de Pellicer y de Gorostiza: el de una ruidosa (aunque no menos femenil) modernidad: “Un concierto de voces nítidas, anhelantes. Y, sobre la música de esas voces, una cacofonía de bocinas impacientes, como si todos los Ford del mundo se encontraran de pronto en celo…”. (2)

 Todavía durante las maniobras de atraque tiene tiempo de recordar una anécdota, “atribuida a la mordacidad de Valle Inclán”, quien, al ser interrogado en el México del Centenario de la Independencia sobre cuál era, para él, la ciudad más bella de América, y tras saltar de un elogio a otro –a La Habana la llama “capital generosa de los sentidos”– concluía de manera cortante: “Y, señores, después de México –lo habéis ya oído decir durante este viaje– todo es Cuautitlán”.

 Bajo ese preámbulo, se sienta a conversar con los tres intelectuales cubanos que han ido a recibirlo a la estación portuaria: Fernando Ortiz, a nombre de la Institución Hispano Cubana de Cultura, que lo invita a impartir su conferencia inicialmente titulada “Panorama de la actual literatura mexicana”; Jorge Mañach, que le había abierto las puertas de Avance y que esa misma tarde realiza su caricatura (como incumbe, “un retrato”); y, Juan Marinello, que dos días después lo presenta en el teatro Payret, habiendo ya reseñado su novela Margarita de niebla (3) y con el que sostendrá una breve pero fluida correspondencia.

 Tras la anécdota de marras y “al amor de una taza de incomparable café” se suscita entre ellos una “cordialidad espontánea” que no sabemos muy bien cómo avanza hacia la noche, pues, la memoria de Torres Bodet no es precisa al respecto. Y se entiende. El atribulado diplomático no podrá escribir sus recuerdos sino hasta décadas más tarde, poco a poco y muy repartidos en una vida dominada por la labor consular, la educativa y la patriótica. Se suma que luego de haber pasado una segunda vez por La Habana, en 1950, experimenta una soledad –y ausencia de complicidades literarias– que hará más míticos, es decir, más nostálgicos sus recuerdos habaneros de aquella primavera de 1928. (4)

 En Tiempo de arena (1955) nos deja breves trazos de sus interlocutores. En Ortiz destaca al animador de diversas manifestaciones de la alta cultura. De Marinello, “que no se interesaba en política todavía”, recuerda el doble ejercicio de las letras y el magisterio. Mientras califica a Mañach de “hombre de curiosidades múltiples, de saber hondo y de claro estilo” cuya personalidad se imponía. Fuera de ello solo destaca los rasgos físicos de Marinello y la cómoda casa de Mañach así como la hospitalidad de su joven esposa. En entradas no menos sinópticas, recuerda a Lizaso y a Ichaso; pero en ningún caso puede hablarse de anécdotas, de algo que entrañe el carácter de aquellos hombres a través de una situación.

 Y es que éstas, anécdotas y situaciones, va a reservarlas para la noche, esto es, para una “asociación” más afectiva que mnémica, lo que nos sugiere lo frágil que pueden ser los recuerdos. ¿Por qué una noche y no cualquiera de las cuatro que pasó en La Habana? Porque sólo a la noche (una o todas, da igual) se elevaron los ánimos, se avivaron las conversaciones, y se soñó con revistas y proyectos literarios de todo tipo que han soportado, desde entonces, sorprendentes y no menos disímiles y disonantes exégesis y atribuciones.

 En Contemporáneos ayer, por ejemplo, Sheridan se refería a la conferencia pronunciada en La Habana suponiéndola impartida después de una “noche de farra” con Marinello y Mañach, en la que terminan discutiendo sobre las posibilidades de realizar una revista cubano-mexicana. (5) Por más que he buscado el dato (no la noche en cuestión sino ese proyecto en concreto) no he dado con él. En Tiempo de Arena –a un cuarto de siglo en distancia– lo que Bodet narra es lo siguiente:

 Después de la conferencia, mis nuevos camaradas nos llevaron a cenar a un café. Todo hubiese resultado perfectamente, sin la agresión de una gran pianola cuyo frenesí no parecía ofender a los comensales autóctonos, inmunizados por la costumbre, pero que a mí comenzó a agobiarme y no tardó en terminar por ensordecerme. Me rehíce, a fuerza de voluntad. Poco a poco, entre la cólera de una rumba y las cataratas de una rapsodia, adiestré el oído hasta lograr percibir las palabras que los convidados menos distantes me dirigían. Por fin, sobre un vértigo de corcheas, la conversación se normalizó.

 Como muchos de los cubanos allí presentes habían estado en México, y también como resultado de los viajes de mexicanos a Cuba y del profuso intercambio de colaboraciones, etc., la charla se convirtió, con suma facilidad, en regocijado recordatorio y fueron desfilando los nombres de González Martínez, López Velarde, Diego Rivera, José Clemente Orozco, el Doctor Atl, Barba-Jacob y un ubicuo –siempre entre uno y otro país, entre una crónica habanera y otra mexicana– Rafael Heliodoro Valle. Es así que se llega por fin a lo anecdótico pero sin que ninguno de los actores alcance singularidad:

Se advertía en todos un sentimiento de gozosa espontaneidad. Algunos leyeron versos. Otros contaron, en voz alta, los argumentos de las novelas o de los dramas que proyectaban. A la una de la madrugada –sin intervención de ningún alcohol– decidimos abandonar el café, demasiado cálido, para prolongar la sesión en la plaza pública, frente a la Catedral que yo no había tenido tiempo de ver.

  Y hasta aquí, pues el resto vuelve a ser nostalgia y –necesariamente– más oscuridad:

Noche húmeda, tibia, de estrellas maduras y palpitantes. Noche del Golfo, que me traía a la memoria la evocación de otras noches, de Mérida y Veracruz...

¿Qué se han hecho algunos de los amigos que, en esas horas de euforia y de exuberancia vital, estuvieron tan cerca de mi destino? Veo sus rostros, velados por la penumbra de la calle en que, al cabo, hubimos de despedirnos. Oigo sus pasos en la acera…

  Sin embargo, hacía mucho que esos pasos habían dejado de resonar, como acabaría en breve tiempo la correspondencia con los amigos cubanos. Ha llovido tanto y es tan borroso el rastro, que lo que se impone es la pura añoranza de esos años (y esa noche) de juventud: 

A todos les digo ahora: Gracias por la fe que esa noche nos asoció, en el entusiasmo del arte y de la belleza. Gracias porque fuisteis jóvenes, una noche a la vera de un joven que os describía el dolor y el amor México. Gracias, en fin, porque me enseñasteis que hay en nuestro Hemisferio una fraternidad entrañable, que no ha menester de pactos de ni de discursos; una alianza que guarda, como vuestra Catedral silenciosa bajo el cielo espléndido de La Habana, una corona de estrellas para cada viajero que la comprende –y que cree en ella.

  Si me he extendido es para poner en perspectiva lo maleable de la memoria, y con ella, un episodio que, relacionado con aquel viaje, ha sido una y otra vez dislocado, es decir, sacado de lugar: aquel que adjudica tanto a esa estancia en La Habana, como al influjo de la Revista de Avance, el surgimiento pocos meses más tarde de Contemporáneos

 No más apareció en México la revista del “grupo sin grupo”, Marinello la recibía en Cuba con un comentario que pudo inducir a esa idea, luego recurrente, pero que, bien visto, aunque paternalista, no se arrogaba tal paternidad sino una exclusiva sobre su nacimiento casi de orden pre-natal:

1928 está unida a Contemporáneos desde antes de nacer esta publicación mexicana. Torres Bodet, a su paso triunfador por La Habana –triunfador en las verdaderas minorías–, nos habló del proyecto de dar a su tierra una revista de selección, de preocupaciones tetradimensionales, de rigor intelectual, de verdadero cultivo superior. La simpatía al propósito y la afinidad de anhelos se vistieron de admiración y de aplauso con la aparición de Contemporáneos. (6)

  Sin embargo, Manuel Durán, uno de los primeros estudiosos de la publicación mexicana, señalaba como referente más cercano –en sentido lo mismo de influencia que de precursor inmediato, y en contra de otros modelos más conocidos– al "menos ilustre quizá, pero no menos meritorio”, de la revista cubana. (7) No solo eso, suponía que los “planes concretos” habían sido el resultado de una serie de conversaciones “a bordo de un barco en que regresaban de Veracruz, después de un viaje a la Habana, Jaime Torres Bodet, Enrique González Rojo, Xavier Villaurrutia y Bernardo Ortiz de Montellano”. ¿Pero existió realmente ese viaje conjunto? Lo cierto es que, más de una vez se ha supuesto tal viaje desde La Habana, cuando aquella ruta de regreso no era sino en soledad y aquellos nombres, como veremos, puro recuento evocador.

 Advertida en cierto sentido, Celina Manzoni evitaba por su parte hablar de influencias o precedencias, haciendo descansar el asunto en “las recomposiciones que realizan en espacios diferentes los mismos elementos culturales”; pero no por eso lograba eludir términos como “iniciativa”, para aludir a cierto “impulso” –de proximidad iniciática, con el coadyuvante del viaje– que deja en evidencia la noción de inspiración: el que Contemporáneos haya surgido, no a imagen, pero sí inspirada en la publicación habanera. (8)

 En uno y otros casos (no hay que considerarlos todos), el punto de partida habría de buscarse en las diversas lecturas que admiten algunos párrafos del capitulillo que Torres Bodet consagró –justo después del que dedica a su estancia en la isla y en continuidad marítima– al proyecto de revista que se traía entre manos; proyecto reconstruido no menos desde la distancia y a riesgo de oscilación tan voluble como la de la noche: la de la marea. 

Volvía a México con una experiencia más: la de vigorizar la acción que requería –de mis amigos y de mí mismo– una revista que, desde hacía tiempo, deseábamos publicar. Me refiero a Contemporáneos

Durante la travesía, de La Habana a Veracruz, a bordo de un barco holandés, de tripulación numerosa y escasísimos pasajeros, hice en silencio el recuento de nuestro grupo: Villaurrutia, González Rojo, Ortiz de Montellano…

  A lo que habría que sumar esta declaración una y otra vez citada pero no siempre filtrada:

Acostumbrados a admitir el prestigio internacional de publicaciones como Le Mercure de France y la N.R.F., el éxito de una revista española –la de Occidente– nos había hecho reflexionar sobre la conveniencia de imprimir en nuestro país un órgano literario estricto y bien presentado. Estimábamos las cualidades de algunas revistas latinoamericanas, en las cuales a veces colaborábamos. Sin embargo, el eclecticismo de Nosotros, de Buenos Aires, nos parecía demasiado complaciente. Atenea, de Chile, adolecía –a nuestro juicio– de un tono un tanto dogmático. Quedaban, en La Habana, la tribuna del grupo Avance y, en Costa Rica, el heroico Repertorio, de García Monge. Pero, ¿no había acaso lugar, en México, para una revista distinta que procurase establecer un contacto entre las realizaciones europeas y las promesas americanas? (9)

  Digámoslo rápido: nada de lo dicho indica o implica a Avance como modelo para Torres Bodet. Deja claro que se trata de una revista que “desde hacía tiempo” (1924) se deseaba publicar, probablemente tramada meses antes durante su estancia con Gastélum en Nueva York y Washington y mientras se expandía en él, infatigable escritor, otra de sus tempranas vocaciones: la de promotor cultural. En todo caso, ahora que regresa, la cuestión es “vigorizar”, hasta ponerlo en práctica, un proyecto largamente soñado que esos últimos meses lejos de México muy bien podía haber incentivado.

 Desde luego, La Habana, parte de ese viaje, y los intercambios que allí tuvo –como los que ya sostenían Ortiz de Montellano y Villaurrutia– pudieron incitar esa aventura; pero en ningún caso partiendo de Avance como modelo. Antes bien, llevando a efecto una estrategia propia que se alimenta más que nada de lo específico de unas diferencias. De hecho, Torres Bodet no hace sino “descartar”. Se trata, en oposición a revistas europeas de prestigio, o bien al éxito de Revista de Occidente, de la “conveniencia” de realizar en México una revista bien pensada de carácter estrictamente literario. Que se singularice, a la vez, respecto a las del Continente, siendo éstas descartadas, bien por consideraciones negativas –Nosotros Atenea–, bien por discriminación positiva: en un caso, el “heroico” Repertorio Americano por haber rendido sus mejores años y, en el otro, la “tribuna” de Avance, por resultar todavía una “promesa” y constituir, sobre todo, una necesidad cubana. 

 No hay pues cómo confundir esa búsqueda de una “revista distinta” que, tomando de todas, se construye a sí misma como un espacio de creación ligado a una particular experiencia literaria que, para estos escritores, contaba con antecedentes como Falange y Ulises. Si bien en ambos casos se juega en el campo de lo nacional, la cuestión viene a resolverse, para el grupo de los Contemporáneos, en lo literario. Por supuesto, ello no niega la importancia de Avance para muchos escritores mexicanos que habían encontrado en el órgano vanguardista habanero una plataforma novedosa, a cuya novedad seguirían asistiendo. Pero igual puede señalarse el valor de Ulises para algunos avancistas que comparten gustos y postulados muy similares.

 En realidad, la senda expedita a Contemporáneos, como el propio Torres Bodet afirma, radicaba en la existencia de un grupo literario y artístico ya pleno, cuya unidad “no obedecía tanto a la disciplina de una capilla cuanto a una simple coincidencia en el tiempo”. A fin de cuentas no solo se sentían diferentes, sino que lo eran en grado sumo, a la vez que, como escritores, habían madurado lo suficiente.

 De ellos hablaría con entusiasmo en su conferencia, como también, con no menos convicción, de figuras ejemplares como José Vasconcelos, Enrique González Martínez, Alfonso Reyes y Antonio Caso, saltándose sin embargo a Pedro Henríquez Ureña. Abordaría, asimismo, a los escritores “coloniales”, rescatando a unos pocos, entre ellos Genaro Estrada, y se ocuparía de poetas recientes y afines como Jorge Cuesta y Gilberto Owen. Pero a la vez arremetiendo contra Maples Arce y ciertos ultraístas latinoamericanos, y no dejando bien parada, como era previsible, la novela de Azuela Los de abajo. En fin, un posicionamiento esperable, al que añadía la cláusula de que no toda omisión comporta desdén, sino, con frecuencia, limitaciones propias. 

 En sus memorias, no se detiene a recordar su intervención, pero sí “a encomiar la abundancia y probidad con que los diarios cubanos supieron publicarla o sintetizarla”. Afirma que el resumen del Diario de la Marina fue admirable pero que “El Mundo hizo más” al reproducir “el original, desde el introito hasta la última de sus frases”. En efecto, la conferencia, que aparecería en Contemporáneos –septiembre de ese año– bajo el título “Perspectiva de la literatura mexicana actual: 1915-1928”, circuló en La Habana con amplitud. Aparentemente, no había en esas palabras, el menor desquite de su parte, aunque tal vez sí algo de irónica discreción. Lo cierto es que el “admirable resumen” del Diario, además de venir precedido de una elogiosa pero no convincente presentación, intercalaba –más bien interpolaba sin miramientos– una crítica bastante ácida a sus argumentos. (10)

 Es por ello que resulta curiosa la omisión de José A. Fernández de Castro en éste y en otros pasajes de sus memorias, pues sería él quién, después de facilitarle el mexicano una copia de su conferencia al término de la misma, se ocuparía de ejecutar aquella jugada un tanto aviesa. El futuro agregado cultural de la isla en México, cargo que intentaba labrarse a toda costa, había conocido al autor de Fervor, personalmente, durante su estancia en México en septiembre del 26, cuando se hace amigo de Diego Rivera y de Lupe Marín, y confesor de esta última. Debieron verse, pues, en numerosas ocasiones. Y obviamente, no estaría de más apuntar que el crítico cubano no firmó el trabajo en cuestión, refiriéndose en todo momento a sí mismo como “el repórter”.

 Como arroja no poca luz sobre ambos escenarios, el mexicano y el cubano, así como sobre los posicionamientos de uno y otro lado, trascribo algunos fragmentos de la presentación antes de pasar a los comentarios críticos:

Sabíamos de su obra. Poseíamos su Nuevas canciones y su poema La Casa. Lo fuimos a visitar al edificio donde trabaja al frente de un importante negocio del Departamento de Salubridad, sito entonces en una “villa” de pretencioso estilo porfirista –“nouveau-riche de 1910”– y hoy en suntuoso y modernísimo edificio construido de acuerdo con los planes y proyectos del joven y genial arquitecto mexicano Carlos Obregón, nieto del prócer cubano Don Pedro Santacilia.

De mediana estatura, de fuerte complexión, blanco de tez, frente elevada y hablar pausado y suave, correctísimo es Jaime Torres Bodet.

En su severo despacho burocrático nos acogió amablemente. Hombres y libros de allá y aquí desfilaron por nuestra conversación. Sorprendía su extenso conocimiento y su fina orientación moderna.

  Añade, todavía en tono cortés, que en su estancia mexicana “nunca oyó un concepto desfavorable a la obra ni a la persona de Torres Bodet”, lo cual se explicaría, a su juicio, porque, a diferencia de Cuba donde los grupos literarios se subdividen en capillas, existen allí verdaderas “generaciones e individuos”, llegando a la sentencia –socarrona, se entiende– de que en México conviven en perfecta armonía las distintas posiciones ideológicas.

 Si hasta 1925 los posicionamientos sobre la nueva literatura mexicana eran, en Cuba, más bien vagos, todo cambia tras el viaje a México que gestiona, a mediados de 1926, el diplomático y escritor, entonces embajador en La Habana, Juan de Dios Bohórquez. Una comitiva gubernamental que arrastró –con carácter oficial, presidida por el vicepresidente de la República– a figuras como Conrado Massaguer, Alejo Carpentier, Emilio Roig de Leuchsenring y Juan Antiga, entre otros. Es entonces que irrumpe, rutilante, la pintura de Diego Rivera, venerado desde todo el campo cultural cubano y, a la sazón, especialmente acogido en Social. Las diferencias comienzan a notarse, sin embargo, ya inicios de 1927, con la emergencia de nuevas revistas o páginas de vanguardia que, desde luego, fraguarían diversas tendencias y alianzas políticas. 

 Así, mientras la amplitud y el ecumenismo predominan en Avance, sin ocultar filiaciones particulares, como la de Mañach, por ejemplo, más del lado del rigor estético y de la apuesta por la traducción y el ensayo de publicaciones como Ulises y Contemporáneos; en el caso del Suplemento Literario del Diario de la Marina, a cargo de Fernández de Castro, aun partiendo de una apertura igual de amplia, la tendencia fue la de colocarse abiertamente a favor de nacionalistas y revolucionarios, en particular de Diego Rivera, llegando a prestar sus páginas para ataques doctrinarios (y homófobos). (11) El Suplemento se inclinaría además por los estridentistas que, si bien recibidos en Avance, aparecen acá en declarada rivalidad a algunos Contemporáneos; esto, mientras abría las puertas a los apristas del patio: entre otros, Nicolás Gamolín, que firma la reseña "2 novelas mexicanas" enaltecedora de Los de abajo y, en franca oposición, desfavorable a Margarita de niebla. (12) 

 Se suman las repercusiones de algunas polémicas de alcance hispanoamericano, con efectos de polarización en el medio cubano, como la que sostuvieran desde un año antes el propio Torres Bodet y José Carlos Mariátegui; así como la del "meridiano intelectual", suscitada por La Gaceta Literaria de Madrid y que, además de migrar por todas las revistas y latitudes del Continente, vino a tensar las relaciones entre los cosmopolitas de Ulises y los fieros vanguardistas de Martín Fierro. Todo lo cual, junto al encarcelamiento de Mariátegui y sus colaboradores y, acto seguido, el proceso contra los comunistas en Cuba, deja un convulso escenario que hace más comprensible el contexto. 

 Y mientras ello ocurre, para más fuego y como suerte de preparatoria, el Suplemento decide reproducir (julio de 1927) un artículo de Torres Bodet sobre los nuevos poetas españoles, con la motivación, sobre todo, de responder a lo que decía allí sobre el poeta cubano Agustín Acosta: "Todo poeta hace uso de un bazar de imágenes propias. Pero, en tanto que el bazar de un discípulo de Rubén Darío como el cubano Agustín Acosta está lleno de pelucas y de cisnes disecados, el de este hombre de hoy contiene cosas actuales". Ese poeta del momento era Gerardo Diego, al que el mexicano, en su habitual rechazo a las poéticas experimentales suramericanas, colocaba incluso por encima de Huidobro y Girondo. El ramalazo hacia el epígono de Darío, lanzándolo al trastero modernista, enfadó a tal punto a los redactores que no se abstuvieron de adjuntar al artículo esta agraviada “coletilla”: 

 No sólo invierten la opinión de Torres Bodet al pretender que el poeta cubano liquidaba en sus versos a los personajes poéticos de Darío (abates, vizcondes, marquesas), sino que incurren en la contradicción de afirmar que, en su libros más recientes, Acosta dejaba atrás toda traza de cisnes y pelucas. Ese lugar era ahora ocupado por trenes, cañas y mucha azúcar, esto es, ingredientes socionacionales cuyos equivalentes no asomaban en parte alguna en la poesía del mexicano. En resumen, en mayo de 1928 las posiciones estaban creadas, resultando las críticas a la conferencia de Torres Bodet una expresión de las mismas. 

 El primer desacuerdo, luego de exponer el conferencista su distancia del México de las campañas militares (“el paso desolador de las Valquirias”), al que opone una literatura que desdeña el realismo y se ocupa de su propia tragedia intelectual, vendrá a propósito de la opinión del mexicano sobre ciertas corrientes ultraístas en América Latina, a las que acusa de malas traducciones, en el sentido de abortar un castellano “desarticulado e informe”. Para el conferencista, las vanguardias radicales, con su culto a las modernas causas reivindicadoras, no hacían sino gala de una pureza igualmente extrema, y claramente oportunista, que los emparenta con aquellos abates del siglo XVIII que escribían tratados “ad usum delphini” para halagar a los monarcas a cambio de favores.

 Fernández de Castro califica la tesis de “totalmente equivocada” y la confrontación se expresa, en adelante, en claros términos políticos. Le irrita que el poeta mexicano señale a ciertos poetas de vanguardia como orfebres decididos a explotar, al amparo de la “desorientación” que dejó la guerra mundial, “el ideal de un nuevo mundo de formas sociales”. Es así que riposta: “Podríamos referir aquí a Torres Bodet más de una veintena de poetas que en los últimos tiempo han sufrido persecuciones más o menos infundadas y violentas, por sostener esos nuevos ideales y no sabemos de ningún abate versallesco al que haya ocurrido caso análogo”.

 En este punto, la segunda crítica viene suscitada por el ideal estético que defienden los Contemporáneos: alejamiento no del servicio público, sino de cualquier rebajamiento que pueda tomarse como arte de propaganda, al punto de desnudarse de todo prejuicio que no sea el de un dogma estético estricto. Al igual que Goethe, los poetas del grupo serían capaces de sacudirse el polvo que los afanes diarios dejaba en sus abrigos, antes de entrar a la quietud de sus gabinetes, esto es, al exclusivo recinto de la creación. Pero “el repórter” interrumpirá aquí mismo el seguimiento de la conferencia para oponer su propio interpelador análisis:

Antes de seguir la reseña de la amable conferencia de Torres Bodet, queremos preguntarle si está seguro que ese polvo de las solapas oscuras de Goethe, el olímpico, no fue el que dejaba tras de sí la caravana del Duque de Weimar, a quien tan solícitamente corría a saludar al paso, dejando con la palabra en la boca al loco de Beethoven, que se sentaba a escribir sus sinfonías, ronca la voz y fatigado el semblante después de los mítines de los revolucionarios alemanes.

 Para el cubano, el polvo que el músico llevaba en su melena revuelta no le impidió, sino todo lo contrario, componer su formidable Marcha fúnebre por la muerte de un héroe; mientras el que deja la carroza de los poderosos, impediría hasta pensar. Estamos en plena lucha de clase por medios tan metafóricos como polvorientos. En esta dirección, se extiende al punto de rebatir el retrato, por demás complejo, que Torres Bodet realiza de su maestro José Vasconcelos. Este no sería en ningún caso como Goethe, sino hombre de una sola pieza que no haría distinción entre la obra como ejercicio personal y el bien público.

 El siguiente reparo vendrá por el olvido de Pedro Henríquez Ureña: “Somos muchos los que en América conocemos la deuda que el México tiene contraída con el noble y fecundo maestro dominicano”. Aunque nada sorprendente dada la adhesión y vínculos con Vasconcelos, resultaba ciertamente llamativa esa ausencia, tanto por la labor de PHU dentro del Ateneo de la Juventud, como más tarde, desde la Escuela de Altos Estudios, además de por el reconocimiento que tenía entre notables intelectuales mexicanos que, como Cossío Villegas y Gutiérrez Cruz, advierte Fernández de Castro, tampoco el ponente mencionaba. 

 Azuela y su novela Los de abajo será el otro punto en conflicto. Ocurre que la obra literaria más importante sobre la revolución mexicana, se encontraba ahora –a más de una década de publicada– en pleno éxito internacional, con varias ediciones de gran tirada en España y Latinoamérica, así como críticas favorables de Giménez Caballero, Benjamín Jarnés y José Carlos Mariátegui, entre otros. Y que viniera Torres Bodet a descalificarla, reduciendo su éxito a "coincidencias de oportunidad” (en realidad este era el más leve de sus argumentos), era tanto más que un sacrilegio. El fervor con que las juventudes del Continente estaba recibiendo la novela, era para Fernández de Castro un claro indicador de su importancia, como también el hecho de que Diego Rivera y algunos escritores de vanguardia –entre ellos Maples Arce y Lizt Arzubide– la defendieran desde mucho antes cuando apenas se la reconocía en México.

 Pero el reparo más significativo, pues apunta al centro de la exposición, es el que reserva para los Contemporáneos, a punto de ser coronados bajo ese nombre. No bastándole que se haya extendido sobre Pellicer, Gorostiza, Montellano, González Rojo, Villaurrutia y Novo; sobre la influencia francesa (Rolland, Gide, Valéry) en algunos de ellos; sobre el descubrimiento de la moderna poesía norteamericana y el papel de la traducción, etc., llega a echarle en cara ya no “olvidos" como los de Maples Arce y Cossío Villegas (en los que por otra parte, no incurría), (13) sino el de un escritor que sólo venía a cuenta por la cuerda contraria: Xavier Icaza, autor de la "novela retablo" (experimental pero no menos populista) Panchito Chapapote. Es eso en denitiva lo que le echa en cara –si no encima– al “amable conferencista”, como lo califica una y otra vez. Para cerrar con un ofensivo resumen que pone al descubierto, ya no inclinación política, sino algo rastrero: la insolencia o grosería cubana:

El conferencista estuvo discreto, sutil, elegante cual un paisaje del pintor que mencionó al principio de su suave disertación, Ruysdael o del otro artista francés tan caro a D'Ors: Claudio de Lorena, pero no, y esto contra la opinión del propio disertante, como los lienzos de Diego Rivera, demasiado grandes y desorbitados para caber dentro de los límites que el propio Torres Bodet se impusiera en su amable disertación de ayer en la I. H. C. C.

 Como dije más arriba, a todo esto respondió Torres Bodet con irónica discreción. En fin, educadamente, como correspondía. 

 

Notas en curso

(1) La fotografía que sirve de presentación apareció en Social, en el número de junio de 1928. Es la misma que publicó el Diario de la Marina para divulgar su conferencia, cuya página conserva menos calidad. El propio Torres Bodet pifia al asegurar que llegó a La Habana el miércoles 3 de mayo. No solo el 3 era jueves, sino que en realidad arribó en la tarde del 1ro de mayo, como puede corroborarse por esta nota aduanal sobre movimiento de pasajeros: “De Key West llegó ayer tarde el vapor americano Governor Cobb que trajo carga general y pasajeros entre ellos los señores Jaime T. Bodet, Alejandro Alexandre, Manuel Rivera, Julio C. López, Mario Leyva y familia, Rafael Carranza e hija, Carlos Corrales, Alejandro Herrera y otros”. Todo indica que permaneció hasta el sábado 5, esto es, cuatro noches. (Diario de la Marina, 2 de mayo, 1928, p. 2). 

(2) "En La Habana", Tiempo de Arenas, Letras Mexicanas, 18, FCE, México, 1955, pp. 252-54. Ed. 1961, pp. 330-331. Tomado de Memorias I. Tiempo de arenas / Años contra el tiempo / La victoria sin alas, FCE, 2017. La imagen de los Ford que atronaban La Habana ya estaba presente en Margarita de niebla. 

(3) Juan Marinello: “Margarita de niebla. Novela de Jaime Torres Bodet”, Revista de Avance, Año 1, núm. 11, 15 de septiembre de 1927, p. 292.

(4) Jaime Torres Bodet: El desierto internacional, Editorial Porrúa, 1971, p. 144-45. Ed. 1981, pp. 85. Consultado por Memorias, II: El desierto internacional / La tierra prometida / equinoccio, México, FCE, 2017. En esta otra rememoración nos dice: “Tendría que salir de La Habana dos días después. Me entristeció la brevedad de aquel viaje. Cuba me había recibido con abierta cordialidad. Volví a ver, coronados de gloria –y, a veces, también de canas–, a algunos de los amigos que hice, en el país de Martí, veintidós años antes, cuando fui invitado a leer –en el Teatro Payret– el ensayo que publicó la revista Contemporáneos con el título “Perspectiva de la literatura mexicana actual”. Nadie, en 1950, me invitó a tomar café con los escritores, como lo hicieran –en 1928-– Juan Marinello y Jorge Mañach. Ningún grupo de jóvenes se animó a llevarme a la plaza pública, a discurrir hasta la una de la madrugada, bajo las estrellas del trópico, sobre las aventuras posibles de la poesía y de la novela…”.

(5) Cito por Guillermo Sheridan: Los Contemporáneos ayer, 1ra Ed. 1985, FCE, México, p. 272. (Referido a El desierto internacional, p. 233).

(6) El comentario de Marinello es algo más amplio: “…Este quinto número, a un lado discrepancias de actitud, puede ser con méritos sobrantes ejemplo y hasta envidia de revistas americanas. Podrá imputarse a la finísima publicación culpa de aristocratismo y alejamiento excesivo de corrientes vitales, intransigencia pareja, en ciertos momentos, a la de los papeles encendidos de preocupaciones societarias que abundan en Hispanoamérica. No podrá negársele ese tono de estar de vuelta, esa austeridad sin alardes, ese subterráneo ademán de tirar la piedra lejos que une a sus colaboradores, esa criba sin roturas que connota hoy a las revistas de alta jerarquía”. (Avance, número 28, año 2, noviembre 15 de 1928). Es importante señalar el alcance de la observación, y la cortesía del disenso. Nada que ver con el tono de Fernández de Castro. Al parecer no se conocen –tal vez no quedaron registradas– las palabras de Marinello al presentar a Torres Bodet, pero, por lo que señala el conferencista en sus memorias fueron atinadas: “En su discurso, conciso y noble, intentó definir la responsabilidad de la juventud literaria de América frente al peligro de dos retóricas enemigas: la pretérita y la moderna. Su conclusión me satisfizo completamente. Por encima de la lucha de las retóricas y las modas, urgía respetar la pureza de la obra de arte, la sinceridad de la vocación, su honradez y su fuerza humana”.

(7) Manuel Durán: Antología de la revista Contemporáneos, México, FCE., 1973, pp. 11-13. Asegura además: "Por cierto que en La Habana habían estado en contacto con varios miembros del consejo de redacción de la Revista de Avance y habían admirado y examinado detenidamente los últimos números de la revista cubana". También acepta a Avance como modelo de Contemporáneos, aunque compartiéndolo con Revista de Occidente, Joëlle Guyot en su artículo “El discurso artístico en la revista mexicana Contemporáneos (América. Cahiers du CRICCAL, 1990, núm. 4-5, pp. 137-150).

(8) Celina Manzoni: Un dilema cubano. Nacionalismo y vanguardia, La Habana, Editorial Casa de las Américas, 2001, p. 72-74. Para César López, en su ensayo “Resonancias, una lectura imposible”, la revista mexicana fue “anunciada por Jaime Torres Bodet a Fernando Ortiz, Jorge Mañach y Juan Marinello” durante su visita a La Habana. Según el poeta cubano, Avance era de Contemporáneos una publicación “estrictamente coetánea”; sin embargo, el riguroso adverbio no le impide añadir: “y levemente adelantada en el tiempo”.

(9) “Los contemporáneos”, Tiempo de Arenas, Letras Mexicanas, 18, FCE, México, 1955. Cito por Memorias I. Tiempo de arenas / Años contra el tiempo / La victoria sin alas, FCE, México, 2017.

(10) "Jaime Torres Bodet, el elegante conferenciante mexicano, habló en la Institución Hispano-Cubana", Diario de la Marina, 5 de mayo 1928, pp. 1 y 20. Mientras coinciden, ponente y crítico, en admiración por las obras de Julio Torri y Genaro Estrada, prevalecen los reparos e incompletudes: no dar suficiente valor a Martín Luis Guzmán (en el que sin embargo se extiende más de lo que el crítico reconoce); ocuparse de Bernardo Gastélum pero no de Djed Bojorquez y su novela Yorem Tamegua; olvidar a Cossío Villegas, al que no obstante menciona, como también marginalmente a Henríquez Ureña, etc. Por otra parte, en cuanto el ponente aborda a los Contemporáneos, el crítico se coloca la medalla de haberlos divulgado en Cuba, dando a conocer además el ensayo de Villaurrutia sobre la poesía de los jóvenes en México; lo que le sirve para reprochar que no mencione otros estudios a su juicio no menos importantes: los de Eduardo Colín y Manuel de la Parra. En fin, reparos que huelen a alarde de erudición, escaso respecto y caprichosa beligerancia, ya que el primero sí era citado. No le falta razón, al menos, en un punto: el que no reconociera el conferencista, al hablar de la importancia de la moderna literatura norteamericana para el grupo, el papel pionero del ensayista dominicano. 

(11)  No fueron pocas las incursiones de Torres Bodet en Diario de la Marina. Sólo en los años que nos ocupan, y al margen del Suplemento vanguardista, publicó mayormente poesías. En el magazine comandado por Fernández de Castro apareció su artículo “Gerardo Diego y Rafael Alberti. Poetas nuevos de España” (3 de julio, 1927), mientras fuera del mismo, pero en conexión, puede encontrarse información relativa a su conferencia en La Habana, destacando el resumen crítico ya comentado. A lo anterior habría que sumar un documento poco conocido: la "carta aclaratoria" que algunos Contemporáneos –Bernardo J. Gastélum, Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, y Enrique González Rojo– escriben al director del Diario de la Marina, en diciembre de 1928, en respuesta al virulento artículo “La realidad intelectual mexicana” que, bajo la firma de Diego Rivera, apareciera en el número homenaje que el Suplemento dedicó a la cultura mexicana un mes antes. En este artículo, que en realidad escribe por encargo de Rivera, Tristán Marof –y para el que Fernández de Castro presta su página– se atacaba doctrinaria y homófobamente a Novo y Villaurrutia, González Rojo y García Maroto, Gastélum y Torres Bodet. Del último decía lo siguiente:

Jaime Torres Bodet, que antes cantaba tan solo a su corazón y que vio premiados sus poemas con flor natural, siendo sus canciones musicadas por actores y cantadas por niñas sentimentales… acaba de descubrir a Mallarmé. 

 (…) tiene en su abono una novela, Margarita de niebla, que en todo caso –tal vez a pesar de su autor– es el mejor documento literario sobre la parte más cursi que habita los barrios nuevos de la ciudad de México.

 La carta no se publicó hasta el 26 de enero y fuera del sitio que los replicantes exigían: 

(12) Nicolás Gamolín: “2 novelas mexicanas”, Diario de la Marina, 18 de septiembre de 1927, p. 34. (Se trata de un texto incluido en número que el Suplemento Literario dedicó a la literatura y pinturas mexicanas.) Nicolás Gamolín es el seudónimo de Francisco Masiques, quien conformó, junto a Enrique de la Osa (E. Delahoza), el núcleo aprista de la vanguardia cubana, lanzando en noviembre de 1927 la muy “indoamerikana” revista atuei. Seguidores de Haya de la Torre y de Mariátegui, en atuei colaboraron los peruanos Carlos Manuel Cox, Esteban Pavletich y Serafín Delmar; el boliviano Tristán Marof; el argentino Carlos Sánchez Viamonte; la uruguaya Blanca Luz Brum; Diego Rivera y los estridentistas, etc. Mientras entre los cubanos destacan Carlos Montenegro, Gerardo del Valle, Mariblanca Sabas Alomá y José Antonio Foncueva. Fernández de Castro mantuvo estrechos vínculos con sus directores, lo mismo antes que después de la ruptura (hacia mediados de 1927) entre apristas y comunistas cubanos. A la vez estos propiciaron su vínculo con Mariátegui, quien lo invitó a publicar en Amauta

(13) En su resumen de la conferencia, Fernández de Castro asegura que Torres Bodet no mencionó en la misma al poeta Manuel Maples Arce. No es cierta la aseveración, como no lo son otras ya señaladas. Baste comprobarlo en “Perspectiva de la literatura mexicana actual” (Contemporáneos, septiembre de 1928), es decir, en la edición mexicana del texto leído por Torres Bodet. El único modo de confirmar que inicialmente no lo hubiera mencionado, sería revisando la versión del diario habanero El Mundo que, al decir del propio autor, no se ahorró ni una sola palabra. En otro ensayo suyo publicado en La Habana (“El despertar de la nueva literatura en México”, Social, núm. 3, marzo de 1929, pp. 12 y 84), en que reproduce lo ya expresado en "Perspectiva...", volvía sobre Maples Arce repitiendo exactamente lo mismo:

Con menos limpidez irónica que en la de Novo y un vigor menos significado que en la de Pellicer, se advierte ya, en la obra de Maples Arce, una generosa inquietud de renovación que, aunque no modifica sino la superficie de sus poemas interdictos, acabará muy pronto por destruir de sus poemas interiores, románticos, sobre cuyo esqueleto sentimental el lector atento había visto esbozarse su demasiado rápida construcción. Todo cabe, todo –basta la poesía– en la impaciencia laboriosa de este poeta. Pero la temperatura que circula en las arterias de sus alejandrinos lo salva en el preciso punto en que lo compromete, ligándolo –a él que hubiera querido aterrizar de un salto hermoso, brusco, sobre el litoral de un mundo nuevo– con la misma tradición de melancolías que el programa lírico de su escuela: el estridentismo hace profesión de abominar.

  Una presentación que recuerda la de Antología de la poesía mexicana moderna (1928), por mucho tiempo atribuida a Jorge Cuesta pero que, como se ha demostrado, fue escrita por Torres Bodet.


jueves, 23 de septiembre de 2021

Torres Bodet por Novás Calvo


                                                        
Lino Novás Calvo 

 Educación sentimental del escritor, de las cosas que capta, de las impresiones que recuerda. Educación edificante y no disciplina escolar; repensar de los regalos holgados de vacación en los persistentes y maduros recuerdos de clase. El graduado eminente que es Torres Bodet adopta para una adaptación vital la mitología de los libros. Ama entrañablemente lo que es suyo -las letras, con un amor místico y profano- y cuanto cae accidentalmente en sus espacios. El mismo lo escribe –nadie mejor que él: toda esta novelita de corte biográfico parece la declaración de fe estética de otra tácitamente prometida, más transparente –:"No tenía nada de los azares activos de la caza, sino el azar inmóvil de la pesca que, como el sueño –o la poesía– no persigue, sino espera sus hallazgos". Pero los engrampa indefectiblemente cuando pican. Caen gozosamente en la red "diáfana y sobria, angulosamente cerebral, lógicamente madura" de su prosa. Son hallazgos voluntarios por parte de la cosa, que no da aleteos ni hace esfuerzos por salirse y muere –viva– en la misma alegría serena y juvenil de su estilo, "que ninguna simetría lo contiene pero que ningún sistema lo sacrifica". 

 Hay en estas breves hojas una finura nada y sin rubor que no desmiente nunca a Torres Bodet. Un seguido asomo lejano de cultura bien digerida que no usurpa la emoción ingenua de esos retales de vida marginalmente estudiantil que al autor parecen serle tan caros. 

 Y hay, también una educación sentimental de esa cultura que le permite disponerla en un género aparte, en primavera de prosa entre el ensayo y la novela. 

 Y, al fin, hay en el paladar del lector el agradecimiento al mesurado gastrónomo de las letras y una invitación a más. A más en todas direcciones. 

                                                                                                                                                            LNC.


 Titulo original: “La educación sentimental. Jaime Torres Bodet. Madrid”, Revista de Avance, Año 4, T. 5, núm. 46, 15 de mayo de 1930, p. 157. 


martes, 21 de septiembre de 2021

En La Habana


 Jaime Torres Bodet


 Visto desde el ferry-boat, que habíamos tomado en Cayo Hueso, el Morro nos anunció alegremente la buena nueva. No tardaríamos mucho en llegar a La Habana.

 Un azul ávido, terco, intenso. Una azul que el sol, en vez de aclarar, parecía entenebrecer –como, por contraste, el oro de las pestañas profundiza el zafiro de las pupilas en la mirada de ciertas rubias. Una luz que tenía sustancia: pulpa de fruta, vibración eléctrica del calor. Una embriaguez de aromas sólidos y lustrosos, que hacía charol el aire, el incienso ámbar y nácar el olor femenino de las guanábanas. Un concierto de voces nítidas, anhelantes. Y, sobre la música de esas voces, una cacofonía de bocinas impacientes, como si todos los Ford del mundo se encontraran de pronto en celo… Sí, estábamos en La Habana.

 Durante las operaciones portuenses, recordé una anécdota atribuida a la mordacidad de Valle-Inclán. En 1921 se efectuó en México un congreso latinoamericano de estudiantes. Sus sesiones coincidieron con la visita hecha a la República por el maestro de Tirano Banderas. Cierta excursión en ferrocarril acabó por reunir al gran escritor y a los jóvenes delegados estudiantes. Al final del almuerzo campestre, uno de ellos preguntó a don Ramón cuál era, a su juicio, la capital más hermosa de América.

 -Pues, verá usted… contestó don Ramón, con el cazurro ceceo que exageraba como preludio de los disparos sutiles de su ironía. Y, lentamente, principió a hablar del paisaje sublime de Río de Janeiro. Luego, se refirió a La Habana, capital generosa de los sentidos. Enseguida, hizo el elogio de México… En el momento en que su interlocutor esperaba un nombre, el de la capital magnífica de su patria, don Ramón concluyó con la mayor brevedad posible -: Y, señores, después de México –lo habéis ya oído decir durante este viaje- todo es Cuautitlán.

 No fui testigo del incidente. Lo cuento como me lo contaron. Si la anécdota es cierta, había sin duda injusticia notoria en las omisiones de don Ramón. Pero su definición de La Habana no dejaba de persuadirme. La comenté con mis compañeros cubanos, aquella misma tarde, al amor de una taza de incomparable café.

 Me esperaban, con don Fernando Ortiz, Jorge Mañach y el poeta Juan Marinello. Ninguno de ellos me conocía personalmente. Pero teníamos todos idea bastante exacta de nuestras inquietudes y nuestras vidas. Una cordialidad espontánea abrió abrevió las presentaciones.

 Don Fernando era entonces el animador de muchas manifestaciones de alta cultura. Como conciencia activa de la Institución Hispano-Cubana, organizaba todos los años series de conferencias en cuyos ciclos habían participado varios escritores de España y de nuestra América. Uno de los últimos en disertar desde esa tribuna había sido Américo Castro quien, tanto en La Habana como en México, dejó un recuerdo excelente, de profesor, de erudito, de hombre de letras –y lo que importa más, a mi modo de ver- de auténtico caballero.

 Marinello y Mañach habían cambiado cartas conmigo. Ambos actuaban como jefes de fila de la generación isleña, a la vez ilustrada e inteligente, que conocíamos con el nombre de grupo Avance. Marinello no se interesaba en política todavía. Era un hombre alto, moreno, afable, que veía en la cátedra y en la pluma las dos metas supremas de su existencia. Mañach no cultivaba la poesía sino la novela, la crítica y el ensayo. Hombre de curiosidades múltiples, de saber hondo y de claro estilo, su personalidad se imponía rápidamente. Vivía en una casa agradable, a la que daba un alma hospitalaria la cortesía de su esposa: una dama que, a pesar de su juventud, recibía con tacto muy indulgente a los invitados de Jorge y tenía para cada uno, como regalo especial, una conversación oportuna y nunca prefabricada.

 En compañía de Lizaso y Francisco Ichaso, Marinello y Mañach editaban una revista que, a cada año, cambiaba de nombre. Había sido, en 1927, 1927. Se llamaba, entonces, 1928. En ella, Marinello acaba de comentar, con alentador aplauso, la aparición de Margarita de niebla. No sorprenderá a nadie, por tanto, que nuestra primera plática girara sobre el tema del libro y enfocase, con mayor amplitud, la cuestión de lo que es o no moderno en la prosa de las novelas. “¿Puede afirmarse que haya novelística nueva –se interrogaba mi amigo-, es decir, novedad que anime lo esencial de este género de producción artística?”… No supe, en el fondo, qué responderle. Pero el tiempo se ha encargado de contestarle, mejor que yo.

 Lizaso era un martiano de amplísima información. Volví a verle en La Habana en diciembre de 1950, cuando asistí a la reunión de las comisiones latinoamericanas de cooperación con la UNESCO. Hicimos recuerdos de nuestras charlas de 1928. Y nos prometimos velar porque la traducción francesa de las páginas escogidas de Martí pudiese distribuirse con ocasión de su centenario.

 A Ichaso lo encontré después, en distintos lugares, siempre joven, siempre lúdico y laborioso. Escritor directo, fácil, brillante, hacía periodismo, sin caer en lo que la mayoría entiende por periodismo. Su actividad lo invitaba a la prisa. Su talento lo salvó de ella. Su talento –y una temperatura humana impregnada de fervor para todas las cosas y las personas que su perspicacia de crítico revelaba.

 Llegado a La Habana el miércoles 3 de mayo, di mi conferencia el viernes siguiente, desde el escenario del Payret. Ese nombre me era muy familiar. Mi padre –entusiasta de Cuba, como yo mismo- me hablaba a menudo de aquel teatro, en el que habían alcanzado singular éxito algunas de las compañías de ópera administradas por él en nuestro país. Me presentó Marinello. En su discurso, conciso y noble, intentó definir la responsabilidad de la juventud literaria de América frente al peligro de dos retóricas enemigas: la pretérita y la moderna. Su conclusión me satisfizo completamente. Por encima de la lucha de las retóricas y las modas, urgía respetar la pureza de la obra de arte, la sinceridad de la vocación, su honradez y su fuerza humana.

 No hablaré aquí de mi conferencia. Su texto consta en las páginas de la revista Contemporáneos, bajo el título de Perspectiva de la literatura mexicana actual. Me detendré a encomiar, en cambio, la abundancia y probidad con que los diarios cubanos supieron publicarla o sintetizarla. En el Diario de la Marina, el resumen fue realizado admirablemente. El Mundo hizo más. Reprodujo el original, desde el introito hasta la última de sus frases.

 Después de la conferencia, mis nuevos camaradas nos llevaron a cenar a un café. Todo hubiese resultado perfectamente, sin la agresión de una gran pianola cuyo frenesí no parecía ofender a los comensales autóctonos, inmunizados por la costumbre, pero que a mí comenzó a agobiarme y no tardó en terminar por ensordecerme.

 Me rehíce, a fuerza de voluntad. Poco a poco, entre la cólera de una rumba y las cataratas de una rapsodia, adiestré el oído hasta lograr percibir las palabras que los convidados menos distantes me dirigían. Por fin, sobre un vértigo de corcheas, la conversación se normalizó. Muchos de los presentes habían estado en México. Hablamos de escritores y de pintores que estimábamos en común: González Martínez, López Velarde, Diego Rivera, Orozco, Heliodoro Valle, el Doctor Atl, Porfirio Barba-Jacob.

 Se advertía, en todos, un sentimiento de gozosa espontaneidad. Algunos leyeron versos. Otros contaron, en voz alta, los argumentos de las novelas o de los dramas que proyectaban. A la una de la madrugada –sin intervención de ningún alcohol- decidimos abandonar el café, demasiado cálido, para prolongar la sesión en la plaza pública, frente a la Catedral que yo no había tenido tiempo de ver.

 Noche húmeda, tibia, de estrellas maduras y palpitantes. Noche del Golfo, que me traía a la memoria la evocación de otras noches, de Mérida y Veracruz… ¿Qué se han hecho algunos de los amigos que, en esas horas de euforia y de exuberancia vital, estuvieron tan cerca de mi destino? Veo sus rostros, velados por la penumbra de la calle en que, al cabo, hubimos de despedirnos. Oigo sus pasos en la acera… Mañach, Marinello, Ichaso, Félix Lizaso continuaron ligados conmigo, durante meses, por el correo. De otros, no he vuelto a tener noticia. A todos les digo ahora: Gracias por la fe que esa noche nos asoció, en el entusiasmo del arte y de la belleza. Gracias porque fuisteis jóvenes, una noche a la vera de un joven que os describía el dolor y el amor México. Gracias, en fin, porque me enseñasteis que hay en nuestro Hemisferio una fraternidad entrañable, que no ha menester de pactos de ni de discursos; una alianza que guarda, como vuestra Catedral silenciosa bajo el cielo espléndido de La Habana, una corona de estrellas para cada viajero que la comprende –y que cree en ella.


   "XXVI. En La Habana", Tiempo de Arenas, Letras Mexicanas, 18, FCE, México, 1955, pp. 252-54. Tomado de Memorias I. Tiempo de arenas / Años contra el tiempo / La victoria sin alas, FCE, 2017. 


jueves, 16 de septiembre de 2021

El despertar de la nueva literatura mexicana


 

 Jaime Torres Bodet 

 Por un procedimiento que, en vez de eliminatorio, ha resultado ser, en realidad, de tímida orientación, nos encontramos ahora frente al despertar de una nueva literatura. ¿De una literatura nueva? Las influencias interiores que la norman se desprenden de la calidad de las tendencias que analizamos al hablar de González Martínez y de Antonio Caso, de Alfonso Reyes y de José Vasconcelos, ya que, sin que hayan sido en verdad, los maestros de nuestra generación, sería injusto no reconocer lo que sirvió —a los más jóvenes— el ejemplo de probidad intelectual de González Martínez, la lección  de energía de José Vasconcelos y la sutil curiosidad de Alfonso Reyes. Más que su influencia directa, lo que recibimos, a través de ellos, fue el mensaje del mundo literario y filosófico, en que iban plasmando sus propias conquistas. Así, para nosotros, el nombre de José Vasconcelos se encontrará siempre ligado —con esa solidez que guardan, hasta en la senectud, los recuerdos de la adolescencia— al de Romain Rolland, cuya lectura recomendaba desde la Rectoría de la Universidad en una hora de optimismo y de laboriosa confianza administrativa, al de Beethoven y al de Tolstoi. Así también, para nosotros, la obra de Enrique González Martínez no se reducirá al solo admirable conjunto de sus libros de poesía. A él quedará unida, en México, la memoria de todo el simbolismo francés que comentó en conferencias de gran penetración crítica e introdujo al caudal de nuestra cultura por el doble conducto de sus poemas originales y de sus traducciones. Acaso Maeterlinck, Verhaeren y Rodenbach, Régnier y Samain, Francis Jammes y la Condesa de Noailles, no habrían significado para nosotros todo lo que significaron, de no encontrarse reunido el acento de sus nombres a un problema de estética de la juventud, planteado a nuestro análisis, por el lirismo de Los Senderos Ocultos y La Muerte del Cisne.

 Mucho más complejo que el resumen de estas disciplinas, sería hacer el mapa de las alusiones exóticas, de las influencias o de los ejemplos anteriores en que nos reconocimos. Pero en la dificultad de lograrlo, es curioso al menos hacer notar que en tanto que los maestros de la lírica latinoamericana durante el modernismo fueron los simbolistas franceses, la prosa vivió, en aquellos años, de reproducir los modelos españoles más o menos puros. Invirtiendo con ventaja los términos, la evolución actual vuelve a interesarse por el caudal de nuestra poesía auténtica, pero busca, para apagar su sed, otros ejemplos de prosa que los exquisitos de un Valle-Inclán, porosos y compactos de un Galdós o limitadamente personales de un Azorín. El conocimiento de la literatura norteamericana —que, con excepción de Poe y de Whitman— había permanecido inédita para los grupos anteriores a esta promoción, ha sido —para ella— de los resultados más útiles.  

 Sería imposible acertar desde ahora en la elección de los  escritores jóvenes que habrán de realizar obra más importante en lo porvenir. La labor del crítico tendría que participar de la lucidez del mago para no equivocarse, en las proporciones en que la realidad suele no corresponder a la esperanza. Fundándonos al menos en la seriedad de los intentos que llevan publicados y en la cultura de que se hallan provistos, podríamos citar, en primer término, a los jóvenes que iniciaron, en 1918, el Ateneo de la Juventud, distinto del Ateneo de México en su constitución y en buena parte de sus propósitos esenciales. Este grupo en el cual —entre otros de los nombres que ya hemos estudiado a su tiempo— figuraban Carlos Pellicer, Martín Gómez Palacio, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza y Enrique González Rojo, se encontraba concebido dentro de tal elasticidad que pudo subsistir sin oponerse a la libertad individual de cada uno de sus miembros.

 Carlos Pellicer, José Gorostiza, Ortiz Montellano y Enrique González Rojo son, exclusivamente, poetas. Martín Gómez Palacio ha alcanzado, en cambio, mayores éxitos en la novela, gracias a dos libros, desiguales en proporciones y en mérito. El primero, El Santo Horror, descubría el drama oscuro de una conciencia juvenil, interrogada por la esfinge de un doble amor simbólico, con raíces —a la vez— en el espíritu y en la carne; con frutos en el deseo y en la renunciación. La solidez del análisis psicológico y, en general, la temperatura del relato, hacían de este libro la promesa de un gran novelista. ¿Por qué entonces El Mejor de los Mundos Posibles, la segunda de sus obras de amplio aliento? El tema escogido, la revolución mexicana, era, en esta ocasión, de un alcance mucho más difícil y complejo, pero ¿por qué tocarlo si el autor no se sentía aún dueño de vencerlo?

 De los poetas del Ateneo de la Juventud, Carlos Pellicer es el de un caudal lírico más impetuoso y abundante. Nacida bajo los signos de Lugones y de Santos Chocano —que son signos fatales en el zodíaco de las retóricas— su poesía se desligó bien pronto del lastre externo de esas influencias. Brotó entonces a la superficie de sus versos la más hermosa de sus cualidades: esa especie de apoteosis salvaje de los sentidos en que su espiritualidad de hombre del trópico, al mismo tiempo, se viste y se desnuda. Cronológicamente anterior a sus compañeros, Carlos Pellicer se anticipó también a ellos en la ambición por definir un ideal plástico del paisaje. Estaba entonces de moda una absurda clasificación de los poetas en "subjetivos” y "objetivos”. Pellicer exigía orgullosamente —¡con cuánta razón lo reconocemos ahora!— un puesto: el primero, entre los segundos.

 La poesía de José Gorostiza ha nacido de un voluntario regreso a la tradición española del siglo XV. Su "manera”, como la de Rafael Alberti, escapa de la contaminación popular meramente folklórica, pero no desdeña tocarla, en los ángulos más distantes de su vuelo. Extraordinariamente elaborada, su obra es un caso de cristalización poética prematura, insólito en los jóvenes. De una carta suya, reciente, en que habla de las cualidades y de los peligros de ciertas obras actuales, extraigo estas líneas que dibujan, por ausencia, su silueta real: “En todo caso, es mejor no modernizarse, sino entroncar bien en lo viejo. Si me dieran facultades para escribir Herman y Dorotea o el Ulysses, escribiría aquel...”.

 Bernardo Ortiz de Montellano —que ha publicado dos libros de versos Avidez, en 1921 y El Trompo de Siete Colores en 1925— prepara ahora un volumen de poemas en prosa: Red, en que sus cualidades de observación precisa y de fantasía sutil se hacen más delicadas y firmes. El tema mexicano insinuado por la poesía de Ramón López Velarde y exagerado o torcido por sus imitadores, apunta también en la obra de este escritor pero con un matiz distinto, más íntimo que pintoresco y menos descriptivo que musical. Contener el sabor, el perfume y, sobre todo, el sentido armonioso de los objetos y de las formas de México sería la ambición más viva de su lírica si no le comunicara ya, por su sola presencia, el secreto de un atractivo evocador.

 Más ambiciosa, la obra de Enrique González Rojo quiere tocar, a la vez, a la sobriedad antigua que, desde los años juveniles, fue su estímulo y a la complejidad, en la que su inteligencia encuentra un tema y procura una dirección. Menos confiado que sus compañeros en las ventajas del verso libre lo maneja no obstante con fluidez y su poesía —que gira siempre en torno al eje de una idea o de un símbolo— une, en concordia feliz, los materiales de la tradición y los compromisos de la libertad.

 Inmediatamente posterior a este grupo apareció en 1922, el de Xavier Villaurrutia y Salvador Novo que congregó hace poco el nombre de una revista: Ulises y la expresión de un ideal gidiano: la curiosidad. La inteligencia de Villaurrutia, más organizada y culta, lo ha convertido en el crítico de este pequeño cenáculo al que asisten dos de las promesas más seguras de la nueva generación: Gilberto Owen y Jorge Cuesta. Su poesía, cortada según el mismo ángulo agudo al que sometió, desde un principio, la elaboración de su prosa, describe, junto con los estados espirituales que producen los objetos en nuestra conciencia, su forma misma, suprimiendo a veces el espacio que los sitúa, agrandándolo otras, empequeñeciéndolo más a menudo. Sin nexos con la pasión romántica, su espíritu acierta mejor en la expresión de algunas emociones de carácter especialmente intelectual, como la visión de una naturaleza muerta o el duro argumento de un sueño.

 Un libro de Ensayos definió en seguida a Novo. Ordenado en dos secciones (verso, prosa), tocaba por todas partes a la ironía. Escasas vacilaciones traicionaban en sus poemas la huella del principiante y el poeta parecía, así, haber invertido el orden y sus estaciones: su primavera era ya su madurez, su otoño y —por el descamado esqueleto de sus emociones deshojadas— su invierno.  

 Con menos limpidez irónica que en la de Novo y un vigor menos significado que en la de Pellicer, se advierte ya, en la obra de Maples Arce, una generosa inquietud de renovación que, aunque no modifica sino la superficie de sus poemas interdictos, acabará muy pronto por destruir de sus poemas interiores, románticos, sobre cuyo esqueleto sentimental el lector atento había visto esbozarse su demasiado rápida construcción. Todo cabe, todo —hasta la poesía— en la impaciencia laboriosa de este poeta. Pero la temperatura que circula en las arterias de sus alejandrinos lo salva en el preciso punto en que lo compromete, ligándolo —a él que hubiera querido aterrizar de un salto hermoso, brusco, sobre el litoral de un mundo nuevo— con la misma tradición de melancolías que el programa lírico de su escuela: el estridentismo hace profesión de abominar.

 Con la insinuación de lo que estos jóvenes vayan a definir de sí mismos en el futuro, nuestra visita a los talleres de la literatura mexicana actual queda súbitamente terminada. Es claro que no todos los nombres que estimamos podían caber dentro de sus límites discretos. El hecho de haber omitido a algunos no implica desdén para su obra; se funda, sólo, en el deseo de dar al paisaje descrito una unidad esencial, lógica y cronológica a la vez. Si me equivoqué al pensarlo, si, en contra de lo que supongo, alguna omisión pudiera sentirse violenta, la amplitud del asunto que debía tratar me excusaría. Este es, no obstante, a grandes trazos, el cuadro de nuestra literatura viva. Estas las corrientes ideológicas en que sus talentos se mueven. Literatura que busca, a través del dolor de la vida, que no refleja sino en parte, un cielo más puro que mirar y un horizonte más limpio al que circunscribirse. Poesía en que el “yo” se contempla con una rara exactitud y una penetración psicológica muy fina. Novela en que aparece por momentos —entre ángeles y abismos— el escenario brusco de la revolución. Como su luz, en un esfuerzo de todas las horas, interrumpido también a todas horas. ¿Cómo atreverse sin embargo a acusarla de las deficiencias que no ha sabido colmar, si en años en que el equilibrio parecía por todas partes roto, ella logró siquiera conservarse dentro de la pureza del gusto y la discreción que le eran esenciales?


 Jaime Torres Bodet, “El despertar de la nueva literatura en México”, Social, Vol. 4, núm. 3, marzo de 1929, pp. 12 y 84.