viernes, 30 de octubre de 2020

Salvador Rueda



  Manuel Curros Enríquez


 Desde la aparición de los Gritos del combate, antes tal vez, desde la aparición de las Rimas de Bécquer, no registra la lírica española acontecimiento más notable que la publicación de Trompetas de órgano.

 Y desde hace años, por la índole de mi labor en el Diario de la Marina, de la Habana, no leía nada de Salvador Rueda, no podía prestar atención al movimiento literario de España. Allá por 1893, la prosa y la poesía de Rueda, estaban perfectamente definidas cómo cosa nueva, original y fuera de lo que se usaba. Esperaba yo, pues, de este artista (que desde el principio de su carrera formó rancho aparte), ver surgir una maravilla; lo esperaba, pero no el prodigio que me sorprende.

 ¡Qué riqueza de pensamiento y qué forma majestuosa y elegante la suya, en fuerza de ser clara y nacional! Ha realizado Salvador Rueda una revolución y una restauración en nuestra métrica española; pero con tal cálculo realizada; que desde el Arcipreste hasta Garcilaso, y desde Fray Luis y Argensola hasta Tasara y Zorrilla, tienen todos que acogerse a ella y aplaudirla. Presumo que a la restauración de los metros conocidos de los poetas anteriores al siglo xv, habrá animado a Rueda la aventura feliz de Carducci, restaurando e introduciendo en la métrica italiana moderna, el yámbico latino, y esto lo presumo —aunque no me atrevería a asegurarlo—por buscar su origen al proceso de nuestra revolución poética. Si no es así, motivo de más para felicitar a Rueda, pues su empresa resulta tanto más gloriosa, cuanto más espontánea, y ello demostraría que cuando llega la madurez de los tiempos y las épocas de transformación en el Arte y en las Ciencias, Byron puede coincidir con Hugo, Feijóo con Descartes y Kepler con Laplace, sin copiarse y sólo por elevarse desde un medio idéntico a idénticas e ineludibles orientaciones.

  A Salvador Rueda le han saqueado infinitos poetas y prosistas americanos y españoles, queriendo aparecer originales. El mérito del autor de La Reja y La guitarra, no está solamente en la riqueza del vaso elegido para el sacrificio, sino en la riqueza del vino con que lo llena. ¡Qué pensamientos-sollozos los que encuentro en las poesías a su madre! Nadie me ha conmovido tanto, ni es posible que de otra lira puedan salir armonías tan tiernas, lágrimas tan desgarradoras. ¿Y aquel Friso?... ¿quién ha descrito así?

  Vengo ahora en conocimiento de que una porción de poetas, que yo creía originales, llevan el espíritu de Salvador Rueda.

  Santos Chocano, Rubén Darío, Vega y tantos otros, llevan la influencia suya. Pero a Rueda ha de ser muy difícil seguirle sin grandes peligros, y sus discípulos, por querer rivalizar con él, corren el riesgo de encarecerse, llegar a lo ridículo y despeñarse.

  Antes de que la conozca el público, he tenido también ocasión de leer la novela de Salvador Rueda titulada LA CÓPULA, y ella me ha hecho apreciar en toda su extensión la capacidad creadora y el prodigioso dominio del Arte de este hombre. Encuentro justo el temor de Rueda de publicar ese libro: vale la pena el meditarlo. Pero si hay producción artística que no deba confundirse con la novena del género lascivo, esa obra es la de Salvador. Dios no puso en nuestros órganos más santidad y gravedad que las que él ha puesto en esos capítulos. Se puede leer LA CÓPULA con el respeto y la unción con que, en una Academia de dibujo o de escultura, asisten doncellas a copiar del natural, aun siendo desnudo de hombre.

 El estupendo idilio que se desarrolla en LA CÓPULA, es impecable: nada salió de cerebro humano con más inocencia concebido y despojado de lasciva intención. Sólo nuestra perversidad y corrupción, sólo nuestra educación deplorablemente aviesa, podrá ver en ese cáliz, alzado por la mano de un ángel, y en que se consagra y se ofrenda lo que hay de más Santo en la Naturaleza, la copa del pecado brindando al vicio.

  LA CÓPULA, o publicada hoy, o cincuenta años después de muerto Rueda, como las mejores obras de Diderot, tiene asegurado el triunfo entre la gente de letras. Eso es oro de ley, afiligranado y repujado a lo Arte. Yo he gozado leyendo sus maravillas de estilo como viendo la custodia de Sevilla o de Toledo.

  ¡Y juro que mi carne no sintió nada, para cederlo todo a la embriaguez del espíritu!

  Debe considerarse a Rueda como restaurador afortunado de las formas clásicas nacionales en materia de rima, y no por mero capricho y pasatiempo, como solían hacerlo los poetas románticos, sino porque, a mi juicio, no en moldes más estrechos pueden contenerse y cristalizar los torrentes de su inspiración y los desbordes de su pensamiento.

  No es posible exigir al mar que se contenga en los cauces de un río, ni a la luz que irradie en una sola dirección, y el numen de este poeta tiene algo de Océano por la extensión y la profundidad y algo de aurora boreal por lo fluido y lo brillante. Cantor del Sol se le llama, y hay mucho de exacto en el símil; pero aun habría más verdad en compararlo al mismo Sol cantando; tal derroche de colores y matices tal dardeo de llamas y fulgores de incendio desprende de sus estrofas, que se dirían salidas, antes de un cráter, que de un cerebro. Así deslumbran y prenden en las almas, inflamándolas de entusiasmo por el ideal, como en “La Armería Real”, “El crepúsculo”, “Los caballos”, “El puente colgante”, “Lección de música” y “La aguja”, ya conmoviendo sus más hondos senos, en “Viejecita mía”, “+ 27 de Septiembre de 1906”, “Grito de misericordia”, “A mi madre, las manos de mi madre”, “Canto de amor” y “La tísica”, en que la carne se deshace en lágrimas como el metal se derrite sometido a la alta presión del horno.       

    Universal en los temas y asuntos, desde el más sencillo al más complejo, desde el más humilde al más elevado, la Naturaleza toda tiene un intérprete en su lira. Verdad es que pocos como él, desde Zorrilla, poseen los ensalmos, conjuros y palabras mágicas, de virtud eficaz para evocarla, y pocas almas se han difundido tanto como la suya por el altruismo y el amor de la Naturaleza, para que le respondan, como lo hacen, todas las cosas creadas. Dígalo, si no, ese “Entierro de notas”, fantasía originalísima a la muerte de Fernández Caballero: “Silabarios errantes”, interrogación al misterio, digna del aliento de un titán; y el canto a “Las cataratas del Niágara”, que sería único en nuestro idioma si no le precediese gloriosamente el apóstrofe inmortal, eternamente victorioso, de Heredia.

  Pero ¿a qué insistir en 1a demostración de lo que está suficientemente demostrado? Ya nadie discute a Rueda como el primero de nuestros poetas vivos. En España y en toda la América latina, en la misma Habana, tan decidida siempre por todo lo nuevo, tiene entusiastas partidarios de su estilo, discípulos y devotos, que si bien algunos no honran mucho que digamos al maestro, siguiéndole más que en sus aciertos en sus errores, todos, no obstante, se hallan unánimes en reconocer su dominio soberano en el arte de burilar imágenes estupendas y de animar con ideas sorprendentes la piedra del idioma, bien así como Miguel Ángel y Benvenuto animaban el mármol y los metales preciosos, infundiéndoles espíritu y vida. De ambos genios parece haber heredado nuestro vate el primor y la fuerza.

  No; ya no se discute al poeta, sino al pensador. Por pagano le tienen unos; por panteísta, otros; por cristiano, muchos; por materialista y anárquico, los menos ¿Qué es, pues, Rueda?

  Si hemos de dar crédito a sus versos, todo eso y mucho más, porque ni “El Friso del Partenón”, poema en veinte sonetos insuperables, podría describirlos mejor el vate que describió el escudo de Aquiles; ni “Los caballos”, salvo lo que allí se habla de las Pampas y del champagne, podría, por la entonación, si tuviera escrita en griego, atribuirse a otro que al poeta beocio de las “Odas ístmicas”; ni “El enigma” y “Silabarios errantes” dejarían de merecer, por el concepto fundamental a que responden, el aplauso de Benito Spinoza; ni Kalidasa negaría su ascenso a la filosofía de las “Vidas perfectas”; ni San Juan de la Cruz se atrevería a rechazar la palingenesia cristiana que se encierra en la visión de “La Armería Real”, una de las más soberbias composiciones de Rueda; ni, por último, Bakounine, el implacable Bakounine, sangriento apóstol de la reacción, negaría un ¡bravo! a los últimos versos del “Crepúsculo” y del “Puente colgante”.

  Pero esa misma variedad y esa misma heterogeneidad de inspiraciones, es un obstáculo para afiliarlo a determinada escuela. No cabe en ninguna; y el viejo achaque de querer clasificarlo todo, sometiéndolo a peso y medida, tiene una vez más que fallar aquí: las ideas, como la luz, son imponderables.

   Rueda no es ésto, ni aquéllo, ni lo otro, en punto a filosofía; es el hombre, como dice sintéticamente su prologuista Ugarte; es la vida misma, con todas sus contradicciones, sus entusiasmos, sus descorazonamientos y sus cóleras; y quien llega a ser todo eso, quien por tal modo resume y concentra en sí el sentimiento y el alma de la Humanidad, y sobre ese privilegio, a pocos concedido, tiene el don de percibir las voces íntimas de la Naturaleza y de las cosas, y recoger sus confidencias para revelarlas a los pueblos e iniciarlos en el secreto de sus destinos lanzándoles por el camino de la perfección, no necesita más, ni siquiera tanto, para merecer los homenajes de sus contemporáneos y los laureles de la posteridad.


 Prólogo de Poesías Completas de Salvador Rueda, Barcelona, Casa Editorial Maucci, 1911. 

 

domingo, 25 de octubre de 2020

Los negros



 El Fígaro, 12 de agosto de 1893, p. 345. El título, en Poesías Completas de Salvador Rueda, es "Los negros". 

lunes, 19 de octubre de 2020

Catulle Mendès: traducciones desconocidas de Julián del Casal

(DE CATULLE MENDÈS)

  El QUEBRADOR DE RUBÍES

  Una vez vi un loco que rompía guijarros sobre el camino.—No era su oficio romperlos, sino que estaba demente. Tomaba una a una las piedrecitas, las golpeaba con un martillo, y muy vivamente, con aire de ansiedad, miraba los pedazos, les daba vuelta, los revolvía, mirándolos siempre, y después los tiraba lejos, con aspecto desconsolado.

  —¿Qué buscáis en esos guijarros? —le preguntó.

 —El filón de oro, que deben contener —me respondió.—¡Pero no lo encuentro nunca!

  Me dio lástima.

 —Eso es muy triste! —le dije.

 Interrumpió su tarea, y contestó:

 —Era más triste, en el tiempo en que, en lugar de ser un quebrador de piedras sobre el camino, era un quebrador de rubíes.

 Iba de mujer en mujer, lleno de tristeza y de cólera; tomaba sus corazones de doncellas, de esposas o de cortesanas. Todos eran rojos, pero todos duros y helados, semejantes a crueles rubíes y era en vano que golpeándoles con el mío hiciera abrir esos corazones. Jamás encontré el filón de amor que debían tener.

 ¡No, nunca, nunca lo encontré!...


   EL AGUA QUE QUEMA

  Sintiendo fiebre, la cruel fiebre de amor, resolvió el pobre enamorado bañarse en el río, fresco y tranquilo que corre entre guijas pulidas.

  Ya le habían dicho:

 —Puesto que sufre usted, sin tregua y sin esperanza; puesto que tiene en el corazón, en la frente y en los labios los ardores del eternal deseo engañado, conviene que entre y permanezca largo tiempo en esa agua, porque ella posee, desde tiempo inmemorial, la virtud de apagar el incendio de la pasión. Muchos, que no estaban menos enfermos que usted, se han puesto bien. Es una cosa que oirá usted contar en el país.

 Él se dejó caer de la ribera al río. Pero apenas bajó a la frescura de la onda, sintió sobre todo su cuerpo algo semejante a caricias de brasas y a envolturas de llamas. Huyó por la llanura. La quemadura le arrancaba la piel, lo devoraba y lo consumía. Nunca había experimentado tan insoportable tortura.

  Quejándose, por la noche, a la que no lo amaba.

 —Ya sé por qué te ha sucedido eso, le dijo ella. Es que un día, al pasar cerca del río, dejé caer una de las florecillas que llevaba en mis cabellos.


   EL BESO ENJAULADO

 Él estaba enamorado, siendo un niño, de aquella niña. El amor le hacía sufrir mucho, no porque ella lo desdeñase, sino porque los parientes no querían consentir en el matrimonio. Una vez que él la acechaba, —era un poco antes de la aurora, cuando el alba vacila en nacer,—la vio, rubia y fresca, asomada a la ventana. Ella miraba el cielo pálido de la mañana; él la miraba a ella, alba también. Encantada de la claridad naciente, ella hizo una cosa ingenua y graciosa, —creyendo que nadie miraba; —la de enviar, con sus dedos rosados, un beso al día próximo; al mismo tiempo, un pájaro despierto lanzó su grito al cielo, como si aquel sonido ligero hubiese sido el canto del ademán que ella había hecho. El enamorado vio el beso, oyó la voz, persiguió al pájaro entre las ramas, lo cogió y se lo llevó a su casa. Ahora es muy feliz, porque, del día a la noche, oye siempre cantar el beso enjaulado de su amada.

 


 Las tres primeras versiones aparecieron en el diario madrileño La Monarquía, bajo la firma de Julián del Casal, el 1ro de diciembre de 1888; mientras la cuarta, el cuento “Los besos de oro”, aparece sin firma en el mismo periódico el 4 de febrero de 1889. Es muy probable que ambas entregas estén relacionadas, y la segunda también sea de su autoría.   

 En diciembre de aquel año el poeta cubano se encontraba en Madrid. Allí llevaba aproximadamente dos semanas, suficiente para agotar su pequeño patrimonio -como él mismo confiesa-, y verse obligado a colaborar con los periódicos locales. En febrero, al publicarse la segunda colaboración, estaba de vuelta en La Habana. 

 Quizás esos duros ayudaron a mitigar los aprietos del viaje de regreso, si no es que a pagarse el boleto. Casal contaba con recursos (económicos) para llegar a París, pero -como se sabe- no hizo una buena gestión. A saber cómo y en qué gastó la plata. No la habrá dilapidado toda en la Cervecería Inglesa.   

 “Diario liberal conservador”, políticamente afín a Cánovas del Castillo, La Monarquía fue fundado en 1887 y daba continuidad al periódico católico La Unión. ¿Quién acercó a Casal a sus páginas, en las que, por otra parte, rara vez aparecían textos literarios? De sus dos amistades conocidas de Madrid, Francisco A. Icaza y Salvador Rueda, encontramos -también en la sección Compases de Espera- una prosa del último, lo que hace suponer que fue esa la puerta de entrada.  

 Algunos estudiosos de Casal no consideraron su amistad con Rueda, pero hoy es bastante conocido el vínculo que establecieran en Madrid, y que se tradujo, entre otras muestras, y siempre tras el regreso de Casal a la isla, en una avalancha de poemas del andaluz en El Fígaro, así como en una notable reseña sobre Nieve, olvidada hasta hace muy poco, por cierto, a pesar de que data del verano de 1892.  

 Poemas y cuentos de Catulle Mendès traducidos por Casal e indentificados hasta la fecha

 “Viejos labios y joven beso”, La Habana Elegante, 25 de marzo de 1888 (y Edición del Centenario). 

 “El quebrador de rubíes”, La Monarquía, 1 de diciembre de 1888, p. 2.

 “El agua que quema”, La Monarquía, 1 de diciembre de 1888, p. 2.

 “El beso enjaulado”, La Monarquía, 1 de diciembre de 1888, p. 2.

 “Los besos de oro”, La Monarquía, sin firma, 4 de febrero de 1889, p. 1.

 “La domadora”, El Fígaro, 20 de octubre de 1889 (y Edición del Centenario). 

 “La estrella”, La Discusión, 25 de abril de 1890 (y Edición del Centenario). 

 “La limosna soñada”, La Discusión, 25 de abril de 1890 (y Edición del Centenario). 

 “El ensueño amargo”, La Discusión, 25 de abril de 1890 (y Edición del Centenario). 

                                                                                                      Pedro Marqués                                                                         

sábado, 17 de octubre de 2020

De las manos y cuidados de la piel


  Pedro Marqués de Armas


 En libros que volvemos a abrir vamos al encuentro de páginas marcadas. El tiempo opera de tal modo sobre esas marcas, que a veces no nos reconocemos en ellas. Pero ocurre también, a menudo, que las descubrimos bajo un nuevo halo, como si por fin comprendiéramos. 

 En El silencio del cuerpo, por ejemplo, tales páginas –leídas una década atrás– resultan acaso más dichosas. Es el caso, para empezar, de una cita de Marañón: “Ninguno de nuestros remedios, pobres médicos –dijo el médico español– tiene el maravilloso poder de una mano de mujer que se posa sobre una frente dolorida. En ese decisivo momento, la ciencia desaparece; y allí está la mujer, llena de mundo, que sostiene la angustia del que va adentrándose en el más allá”. Ese “llena de mundo” –añade Ceronetti– no es solo un consuelo sino “un relámpago de revelación”.

 En los tiempos que corren, donde en España –y con muy escasas excepciones en el resto del mundo– la gente muere sin derecho a despedirse de los suyos (como si el temido virus lo dominara todo, cuando se sabe que basta con una escafandra y con dejar que el aire se filtre de verdad), las palabras de Marañón adquieren un valor único. Por encima y en contra de cualquier protocolo, deberían ocupar el puesto más altivo: el de pegatinas en las frentes de políticos, médicos y administradores de la salud. Dentro de lo terrible, lo más terrible ha sido la denegación, el abandono, la soledad de los que han muerto.

 Manos y piel. Dos experiencias caras a Ceronetti, que desarrolla en sus poemas sobre Semmelweis y Marat, poemas –podría decirse así– médico-teológicos.

 En el primero, contrapone la mano que se introduce –mortífera– en el útero de las parturientas, a la mano que bendice y que, por último, se posa en las testas moribundas. Una y otra no son la misma. Ni aun cuando un mismo propósito de limpieza –desde el surgimiento de la antisepsia hasta estos días– pretenda equipararlas.

 En el segundo, la sarna que obliga a vivir dentro de una bañera, incluso al más connotado hombre público. No es nunca una buena solución, ni en el caso del cuento de Landolfi “La mujer de Gógol”. Como dicha perspectiva resulta (por permanente) demasiado estrecha, el confinamiento acaba en desesperación. Todo autocuidado en solitario, como todo matrimonio forzoso, incuba en un lapsus más bien breve, un crimen, y las bañeras parecen hechas a propósito.

 De las páginas marcadas en El silencio del cuerpo, la que mejor recordaba –no me sorprende– es la que dedica al goce supremo. Solo unas líneas: “Entre los riesgos del cunilinctus figura principalmente el de olvidar a la persona a quien se le practica, hasta tal punto sumerge el acto al devoto cunnilingus en la pura Shakti, en el signo inmortal de la madre, esto es, en las aguas infinitas de Maya”.

 Otra invaluable nota es la que consagra a los dictadores, a los que define según una triada que ya le hubiera gustado a Esquirol: habladores, furiosos y dementes. Con Robespierre como ejemplo cimero, muy superior al resto por su “mente glacial”. Ceronetti incluye a Castro entre los numerosos “parleurs” menores. Y reserva espacio para los exaltados oradores que decían construir “entre ríos de sangre, una España nueva”. En todo lo relativo a este país, intérprete de la sordera de Goya, Ceronetti es siempre de la mayor actualidad.

 Pasaje íntegro, digno de un relato de Savinio o de una observación de Cioran, es el de las palabras que María Antonieta dirige al verdugo por haberle pisado el pie, sin querer, en el patíbulo: “¡Perdón, señor, no lo he hecho adrede! (…) Cortesía y Guillotina: ¡esos sí son encuentros significativos! Las disculpas por el pisotón son un signo exquisito de superioridad, el último de una reina”.

 Semmelweis, por su parte, es una referencia recurrente. Ahora sobre la intimidad de ciertos hospitales: “El gran hospital teresiano de Viena, el Gólgota de Semmelweis, era dulce bajo la nieve salpicada de cornejas: acaso también otra dulzura estaba escondida tras los cristales”.

 Y para incluir en el discurso burgués de la banalización del suicidio, tópico caro, entre otros, a Burton y Goethe: “Ciertos pruritos perianales pueden llevar al suicidio. A Marat, en cambio, sus pruritos lo llevaron al homicidio político”. Así lo capta Ceronetti en su poema “Respuesta de Carlota Corday interrogada”, cuya difícil traducción –que realicé, veo ahora, hace un lustro– añado a seguidas: 

La bañera del sarnoso ante tu luz

En “psoriasis” tremenda terminada *

Tras la puerta cerrada permanece vacía

Ávida de cualquier cosa

 

Solitaria y ennegrecida pide

Un cuerpo que se descama,

Y su sangrienta sombra

Mi mano de improviso castiga

En fuga de una puerta vigilada

 

–Cada uno tiene su Marat. Póngase el hombre. 

Golpes para una audiencia delatora.

Susurrándole cauto, la boca obscena 

La hiel sombría, la infecta espalda

Con el puñal que enterrado se limpia

Día y noche golpeando.

Hasta que caiga sobre ti el suplicio

Del brazo severo que tú hieres– 

 * Nota de Ceronetti: “psore” alude a la dermatosis de Marat, il rognoso (sarna). La bañera donde estaba inmerso es “fulminada” por la luz de Carlota.


 Su curiosidad por la medicina llevó al autor de El silencio del cuerpo a una crisis que ya venía conjurando de algún modo en sus apuntes y aforismos. No quedaba sino una despedida de la medicina, como asegura en el epílogo que escribió apenas cuatro años más tarde, y en el que confiesa: “Tengo cincuenta y seis años, y casi no aguanto más”.

 Ese cansancio se siente en una página que en su momento no marqué, pero que complementa muy bien su cita de Marañón. Allí se trata de lo lleno como plenitud cristiana, aquí del necesario vacío: “En el espacio que separa a Buda de Émile Littré hay tal vez un punto donde podría situarme. El problema de la salvación (de la verdadera sabiduría) radica en vaciarse, y yo no hago más que seguir mis curiosidades libertinas, me lleno, devoro pasado, persigo espectros por los pasillos del Tiempo. Pero la sabiduría que exige como presupuesto la Kénosis mental es la única verdadera. Lo demás es Deseo, búsqueda de distracciones. Dios no puede acudir más que al corazón vacío, concentrado en él, no a un corazón ocupado por diccionarios”.

 Desde luego, hoy la medicina está tan lejos de Littré como lo estuvo siempre de Buda. No hay cuerpos, no hay manos de mujer, no hay siquiera un buen diccionario. Entretanto, la muerte triunfa. No sobre su necesario complemento, la vida, sino sobre lo que ha quedado de esta desde el advenimiento de los algoritmos. Si una cuarentena eficaz puede recordar la imagen del Estado perfecto, la excepción actual no hace más que avisarnos de su conversión en una bestia más aviesa, y por desgracia, también más inoperante.


sábado, 10 de octubre de 2020

domingo, 4 de octubre de 2020

Frente a la verja del cementerio





Aberlardo Farrés


Llegué: ya estoy frente a frente, 
apenado y silencioso, 
de ese mundo misterioso 
donde el alma late y siente. 
Sólo escucho un ¡ay! doliente, 
y sólo percibo y siento 
el prolongado lamento 
que en los cipreses palpita 
y la muerte que se agita 
hasta en las alas del viento. 

La luna que en las alturas 
suave claridad desata, 
quiebra sus rayos de plata 
en marmóreas sepulturas. 
Veo de las esculturas 
las siluetas recortadas,
como almas petrificadas
que, en actitudes sombrías, 
recuerdan sus alegrías 
y sus tristezas pasadas. 

Llegué: la razón advierte, 
ante esta verja querida, 
el límite que la vida 
puso al reino de la muerte. 
El dolor su llanto vierte 
sobre rosales y flores, 
y entre los tenues rumores 
que llegan a mis oídos, 
oigo besos y gemidos 
de mis ya muertos amores. 


 

 Evolución de la cultura cubana. La poesía lírica en Cuba, Tomo IV, Imprenta "El siglo XX", La Habana, 1928. 


Abelardo

            


 Mario Muñoz Bustamante 


 Se ha extinguido el canto de un poeta como se extingue en la selva umbría el trino de un sinsonte.  La musa bohemia de Abelardo Farrés no ha de posarse nuevamente sobre la elegante página de ninguna revista literaria para enaltecer la belleza de las mujeres y ensalzar los triunfos de la patria.

 Aquella musa, enlutada y silenciosa desde hacía tiempo, cesó de revolotear el sábado último, después de haber empolvoreado de oro la huella de su paso por la vida…

 ¡Pobre Abelardo! Fuiste de mis primeros amigos en la prensa, y de tus labios, secos y exangües, oí también los primeros elogios que me estimularon a luchar por la verdad y el ideal en las columnas de los diarios.

 Ahora, aunque estoy casi desengañado de lo que tenía entonces por verdad e ideal, sigo agradeciendo tus nobles frases de estímulo, tus benévolos elogios, los halagos de tu alma sin  hiel y sin envidia.

 Dicen que el poeta fue en sus mocedades un caballero distinguido que trajeaba exquisitamente. Cuando yo le conocí, estaba ya caído en la desgracia, enfermo y sin recursos. Vivía de una manera espantosa, pernoctando en los parques, comiendo en los cafés, hartándose de brebajes insanos, y todo ello más por desesperación que por miseria. La tuberculosis le había desbaratado los pulmones. 

  Y el pájaro rebelde, acostumbrado a vivir y cantar libremente, no se resignaba a la esclavitud del lecho. Un corazón como el suyo, acostumbrado a las puras emociones de las mañanas  risueñas, de las tardes melancólicas y de las noches voluptuosas, no cabía sino bajo el puntal inmenso de los cielos estrellados. 

 Farrés había nacido con un ramo de mirtos en la frente. Su verso, áspero y franco, surgía con espontaneidad, desenfado y elocuencia. Jamás pulió. Como escribía sus composiciones, así las mandaba a los semanarios. Era inculto; al menos, carecía de educación literaria. No obstante haber cantado generalmente en serio, poseía una vis cómica admirable. En una  quintilla, en dos cuartetas, en una décima, caricaturaba, a cualquiera, sangrientamente. Su vena epigramática corría como un surtidor de vitriolo.

 A mí se me figura que él, dado su natural amable y poco agresivo, se cortó las alas de satírico y prefirió ahogar parte de su talento a malquistarse con el prójimo. No se explica de otro modo que desechara tan fresco manantial de inspiración, cuyo veneno le hubiera producido más que todas sus elucubraciones líricas.

 Abelardo Farrés, como todos los hombres combatidos por el infortunio, era escéptico en religión, en filosofía y en moral. No creía ni en el aberenjenado manteo del padre Emilio Fernández, obispo suntuoso por fuera y cura a secas por dentro.

 El poeta ha muerto olvidado del amor. En el instante supremo de rendir el fardo de sus dolores, no hubo una boca femenina que le besara con pasión en la frente sudorosa... En su estéril bohemia no cuidó siquiera de cultivar una flor de vertedero. ¡Triste Abelardo sin Eloísa! ¡Infeliz cantor del trópico, muerto sin que sobre su tumba hayan vertido lágrimas de fuego los brillantes ojazos de una criolla!


 Ideas y colores, La Habana, El Avisador Comercial, 1907, pp. 19-20.