domingo, 25 de octubre de 2020

Los negros



 El Fígaro, 12 de agosto de 1893, p. 345. El título, en Poesías Completas de Salvador Rueda, es "Los negros". 

lunes, 19 de octubre de 2020

Catulle Mendès: traducciones desconocidas de Julián del Casal

(DE CATULLE MENDÈS)

  El QUEBRADOR DE RUBÍES

  Una vez vi un loco que rompía guijarros sobre el camino.—No era su oficio romperlos, sino que estaba demente. Tomaba una a una las piedrecitas, las golpeaba con un martillo, y muy vivamente, con aire de ansiedad, miraba los pedazos, les daba vuelta, los revolvía, mirándolos siempre, y después los tiraba lejos, con aspecto desconsolado.

  —¿Qué buscáis en esos guijarros? —le preguntó.

 —El filón de oro, que deben contener —me respondió.—¡Pero no lo encuentro nunca!

  Me dio lástima.

 —Eso es muy triste! —le dije.

 Interrumpió su tarea, y contestó:

 —Era más triste, en el tiempo en que, en lugar de ser un quebrador de piedras sobre el camino, era un quebrador de rubíes.

 Iba de mujer en mujer, lleno de tristeza y de cólera; tomaba sus corazones de doncellas, de esposas o de cortesanas. Todos eran rojos, pero todos duros y helados, semejantes a crueles rubíes y era en vano que golpeándoles con el mío hiciera abrir esos corazones. Jamás encontré el filón de amor que debían tener.

 ¡No, nunca, nunca lo encontré!...


   EL AGUA QUE QUEMA

  Sintiendo fiebre, la cruel fiebre de amor, resolvió el pobre enamorado bañarse en el río, fresco y tranquilo que corre entre guijas pulidas.

  Ya le habían dicho:

 —Puesto que sufre usted, sin tregua y sin esperanza; puesto que tiene en el corazón, en la frente y en los labios los ardores del eternal deseo engañado, conviene que entre y permanezca largo tiempo en esa agua, porque ella posee, desde tiempo inmemorial, la virtud de apagar el incendio de la pasión. Muchos, que no estaban menos enfermos que usted, se han puesto bien. Es una cosa que oirá usted contar en el país.

 Él se dejó caer de la ribera al río. Pero apenas bajó a la frescura de la onda, sintió sobre todo su cuerpo algo semejante a caricias de brasas y a envolturas de llamas. Huyó por la llanura. La quemadura le arrancaba la piel, lo devoraba y lo consumía. Nunca había experimentado tan insoportable tortura.

  Quejándose, por la noche, a la que no lo amaba.

 —Ya sé por qué te ha sucedido eso, le dijo ella. Es que un día, al pasar cerca del río, dejé caer una de las florecillas que llevaba en mis cabellos.


   EL BESO ENJAULADO

 Él estaba enamorado, siendo un niño, de aquella niña. El amor le hacía sufrir mucho, no porque ella lo desdeñase, sino porque los parientes no querían consentir en el matrimonio. Una vez que él la acechaba, —era un poco antes de la aurora, cuando el alba vacila en nacer,—la vio, rubia y fresca, asomada a la ventana. Ella miraba el cielo pálido de la mañana; él la miraba a ella, alba también. Encantada de la claridad naciente, ella hizo una cosa ingenua y graciosa, —creyendo que nadie miraba; —la de enviar, con sus dedos rosados, un beso al día próximo; al mismo tiempo, un pájaro despierto lanzó su grito al cielo, como si aquel sonido ligero hubiese sido el canto del ademán que ella había hecho. El enamorado vio el beso, oyó la voz, persiguió al pájaro entre las ramas, lo cogió y se lo llevó a su casa. Ahora es muy feliz, porque, del día a la noche, oye siempre cantar el beso enjaulado de su amada.

 


 Las tres primeras versiones aparecieron en el diario madrileño La Monarquía, bajo la firma de Julián del Casal, el 1ro de diciembre de 1888; mientras la cuarta, el cuento “Los besos de oro”, aparece sin firma en el mismo periódico el 4 de febrero de 1889. Es muy probable que ambas entregas estén relacionadas, y la segunda también sea de su autoría.   

 En diciembre de aquel año el poeta cubano se encontraba en Madrid. Allí llevaba aproximadamente dos semanas, suficiente para agotar su pequeño patrimonio -como él mismo confiesa-, y verse obligado a colaborar con los periódicos locales. En febrero, al publicarse la segunda colaboración, estaba de vuelta en La Habana. 

 Quizás esos duros ayudaron a mitigar los aprietos del viaje de regreso, si no es que a pagarse el boleto. Casal contaba con recursos (económicos) para llegar a París, pero -como se sabe- no hizo una buena gestión. A saber cómo y en qué gastó la plata. No la habrá dilapidado toda en la Cervecería Inglesa.   

 “Diario liberal conservador”, políticamente afín a Cánovas del Castillo, La Monarquía fue fundado en 1887 y daba continuidad al periódico católico La Unión. ¿Quién acercó a Casal a sus páginas, en las que, por otra parte, rara vez aparecían textos literarios? De sus dos amistades conocidas de Madrid, Francisco A. Icaza y Salvador Rueda, encontramos -también en la sección Compases de Espera- una prosa del último, lo que hace suponer que fue esa la puerta de entrada.  

 Algunos estudiosos de Casal no consideraron su amistad con Rueda, pero hoy es bastante conocido el vínculo que establecieran en Madrid, y que se tradujo, entre otras muestras, y siempre tras el regreso de Casal a la isla, en una avalancha de poemas del andaluz en El Fígaro, así como en una notable reseña sobre Nieve, olvidada hasta hace muy poco, por cierto, a pesar de que data del verano de 1892.  

 Poemas y cuentos de Catulle Mendès traducidos por Casal e indentificados hasta la fecha

 “Viejos labios y joven beso”, La Habana Elegante, 25 de marzo de 1888 (y Edición del Centenario). 

 “El quebrador de rubíes”, La Monarquía, 1 de diciembre de 1888, p. 2.

 “El agua que quema”, La Monarquía, 1 de diciembre de 1888, p. 2.

 “El beso enjaulado”, La Monarquía, 1 de diciembre de 1888, p. 2.

 “Los besos de oro”, La Monarquía, sin firma, 4 de febrero de 1889, p. 1.

 “La domadora”, El Fígaro, 20 de octubre de 1889 (y Edición del Centenario). 

 “La estrella”, La Discusión, 25 de abril de 1890 (y Edición del Centenario). 

 “La limosna soñada”, La Discusión, 25 de abril de 1890 (y Edición del Centenario). 

 “El ensueño amargo”, La Discusión, 25 de abril de 1890 (y Edición del Centenario). 

                                                                                                      Pedro Marqués                                                                         

sábado, 17 de octubre de 2020

De las manos y cuidados de la piel


  Pedro Marqués de Armas


 En libros que volvemos a abrir, vamos al encuentro de páginas marcadas. El tiempo opera de tal modo sobre esas marcas que a veces no nos reconocemos en ellas. Pero ocurre también, a menudo, que las descubrimos bajo un nuevo halo, como si por fin comprendiéramos. En El silencio del cuerpo, por ejemplo, tales páginas –leídas una década atrás– resultan acaso más dichosas.

 Es el caso, para empezar, de una cita de Marañón: “Ninguno de nuestros remedios, pobres médicos –dijo el médico español– tiene el maravilloso poder de una mano de mujer que se posa sobre una frente dolorida. En ese decisivo momento, la ciencia desaparece; y allí está la mujer, llena de mundo, que sostiene la angustia del que va adentrándose en el más allá”. Ese “llena de mundo” –añade Ceronetti– no es solo un consuelo sino “un relámpago de revelación”.

 En los tiempos que corren, donde en España –y con muy escasas excepciones en el resto del mundo– la gente muere sin derecho a despedirse de los suyos (como si el temido virus lo dominara todo, cuando se sabe que basta con una escafandra y con dejar que el aire se filtre de verdad), las palabras de Marañón adquieren un valor único. Por encima y en contra de cualquier protocolo, deberían ocupar el puesto más altivo: el de pegatinas en las frentes de políticos, médicos y administradores de la salud. Dentro de lo terrible, lo más terrible ha sido la denegación, el abandono, la soledad de los que han muerto.

 Manos y piel. Dos experiencias caras a Ceronetti, que desarrolla en sus poemas sobre Semmelweis y Marat, poemas –podría decirse así– médico-teológicos.

 En el primero, contrapone la mano que se introduce –mortífera– en el útero de las parturientas, a la mano que bendice y que, por último, se posa en las testas moribundas. Una y otra no son la misma. Ni aun cuando un mismo propósito de limpieza –desde el surgimiento de la antisepsia hasta estos días– pretenda equipararlas.

 En el segundo, la sarna que obliga a vivir dentro de una bañera, incluso al más connotado hombre público. No es nunca una buena solución, ni en el caso del cuento de Landolfi “La mujer de Gógol”. Como dicha perspectiva resulta (por permanente) demasiado estrecha, el confinamiento acaba en desesperación. Todo autocuidado en solitario, como todo matrimonio forzoso, incuba en un lapsus más bien breve, un crimen, y las bañeras parecen hechas a propósito.

 De las páginas marcadas en El silencio del cuerpo, la que mejor recordaba –no me sorprende– es la que dedica al goce supremo. Solo unas líneas: “Entre los riesgos del cunilinctus figura principalmente el de olvidar a la persona a quien se le practica, hasta tal punto sumerge el acto al devoto cunnilingus en la pura Shakti, en el signo inmortal de la madre, esto es, en las aguas infinitas de Maya”.

 Otra invaluable nota es la que consagra a los dictadores, a los que define según una triada que ya le hubiera gustado a Esquirol: habladores, furiosos y dementes. Con Robespierre como ejemplo cimero, muy superior al resto por su “mente glacial”. Ceronetti incluye a Castro entre los numerosos “parleurs” menores. Y reserva espacio para los exaltados oradores que decían construir “entre ríos de sangre, una España nueva”. En todo lo relativo a este país, intérprete de la sordera de Goya, Ceronetti es siempre de la mayor actualidad.

 Pasaje íntegro, digno de un relato de Savinio o de una observación de Cioran, es el de las palabras que María Antonieta dirige al verdugo por haberle pisado el pie, sin querer, en el patíbulo: “¡Perdón, señor, no lo he hecho adrede! (…) Cortesía y Guillotina: ¡esos sí son encuentros significativos! Las disculpas por el pisotón son un signo exquisito de superioridad, el último de una reina”.

 Semmelweis, por su parte, es una referencia recurrente. Ahora sobre la intimidad de ciertos hospitales: “El gran hospital teresiano de Viena, el Gólgota de Semmelweis, era dulce bajo la nieve salpicada de cornejas: acaso también otra dulzura estaba escondida tras los cristales”.

 Y para incluir en el discurso burgués de la banalización del suicidio, tópico caro, entre otros, a Burton y Goethe: “Ciertos pruritos perianales pueden llevar al suicidio. A Marat, en cambio, sus pruritos lo llevaron al homicidio político”. Así lo capta Ceronetti en su poema “Respuesta de Carlota Corday interrogada”, cuya difícil traducción –que realicé, veo ahora, hace un lustro– añado a seguidas: 

La bañera del sarnoso ante tu luz

En “psoriasis” tremenda terminada *

Tras la puerta cerrada permanece vacía

Ávida de cualquier cosa

 

Solitaria y ennegrecida pide

Un cuerpo que se descama,

Y su sangrienta sombra

Mi mano de improviso castiga

En fuga de una puerta vigilada

 

–Cada uno tiene su Marat. Póngase el hombre. 

Golpes para una audiencia delatora.

Susurrándole cauto, la boca obscena 

La hiel sombría, la infecta espalda

Con el puñal que enterrado se limpia

Día y noche golpeando.

Hasta que caiga sobre ti el suplicio

Del brazo severo que tú hieres– 

 * Nota de Ceronetti: “psore” alude a la dermatosis de Marat, il rognoso (sarna). La bañera donde estaba inmerso es “fulminada” por la luz de Carlota.


 Su curiosidad por la medicina llevó al autor de El silencio del cuerpo a una crisis que ya venía conjurando de algún modo en sus apuntes y aforismos. No quedaba sino una despedida de la medicina, como asegura en el epílogo que escribió apenas cuatro años más tarde, y en el que confiesa: “Tengo cincuenta y seis años, y casi no aguanto más”.

 Ese cansancio se siente en una página que en su momento no marqué, pero que complementa muy bien su cita de Marañón. Allí se trata de lo lleno como plenitud cristiana, aquí del necesario vacío: “En el espacio que separa a Buda de Émile Littré hay tal vez un punto donde podría situarme. El problema de la salvación (de la verdadera sabiduría) radica en vaciarse, y yo no hago más que seguir mis curiosidades libertinas, me lleno, devoro pasado, persigo espectros por los pasillos del Tiempo. Pero la sabiduría que exige como presupuesto la Kénosis mental es la única verdadera. Lo demás es Deseo, búsqueda de distracciones. Dios no puede acudir más que al corazón vacío, concentrado en él, no a un corazón ocupado por diccionarios”.

 Desde luego, hoy la medicina está tan lejos de Littré como lo estuvo siempre de Buda. No hay cuerpos, no hay manos de mujer, no hay siquiera un buen diccionario. Entretanto, la muerte triunfa. No sobre su necesario complemento, la vida, sino sobre lo que ha quedado de esta desde el advenimiento de los algoritmos. Si una cuarentena eficaz puede recordar la imagen del Estado perfecto, la excepción actual no hace más que avisarnos de su conversión en una bestia más aviesa, y por desgracia, también más inoperante.


sábado, 10 de octubre de 2020

domingo, 4 de octubre de 2020

Frente a la verja del cementerio





Aberlardo Farrés


Llegué: ya estoy frente a frente, 
apenado y silencioso, 
de ese mundo misterioso 
donde el alma late y siente. 
Sólo escucho un ¡ay! doliente, 
y sólo percibo y siento 
el prolongado lamento 
que en los cipreses palpita 
y la muerte que se agita 
hasta en las alas del viento. 

La luna que en las alturas 
suave claridad desata, 
quiebra sus rayos de plata 
en marmóreas sepulturas. 
Veo de las esculturas 
las siluetas recortadas,
como almas petrificadas
que, en actitudes sombrías, 
recuerdan sus alegrías 
y sus tristezas pasadas. 

Llegué: la razón advierte, 
ante esta verja querida, 
el límite que la vida 
puso al reino de la muerte. 
El dolor su llanto vierte 
sobre rosales y flores, 
y entre los tenues rumores 
que llegan a mis oídos, 
oigo besos y gemidos 
de mis ya muertos amores. 


 

 Evolución de la cultura cubana. La poesía lírica en Cuba, Tomo IV, Imprenta "El siglo XX", La Habana, 1928. 


Abelardo

            


 Mario Muñoz Bustamante 


 Se ha extinguido el canto de un poeta como se extingue en la selva umbría el trino de un sinsonte.  La musa bohemia de Abelardo Farrés no ha de posarse nuevamente sobre la elegante página de ninguna revista literaria para enaltecer la belleza de las mujeres y ensalzar los triunfos de la patria.

 Aquella musa, enlutada y silenciosa desde hacía tiempo, cesó de revolotear el sábado último, después de haber empolvoreado de oro la huella de su paso por la vida…

 ¡Pobre Abelardo! Fuiste de mis primeros amigos en la prensa, y de tus labios, secos y exangües, oí también los primeros elogios que me estimularon a luchar por la verdad y el ideal en las columnas de los diarios.

 Ahora, aunque estoy casi desengañado de lo que tenía entonces por verdad e ideal, sigo agradeciendo tus nobles frases de estímulo, tus benévolos elogios, los halagos de tu alma sin  hiel y sin envidia.

 Dicen que el poeta fue en sus mocedades un caballero distinguido que trajeaba exquisitamente. Cuando yo le conocí, estaba ya caído en la desgracia, enfermo y sin recursos. Vivía de una manera espantosa, pernoctando en los parques, comiendo en los cafés, hartándose de brebajes insanos, y todo ello más por desesperación que por miseria. La tuberculosis le había desbaratado los pulmones. 

  Y el pájaro rebelde, acostumbrado a vivir y cantar libremente, no se resignaba a la esclavitud del lecho. Un corazón como el suyo, acostumbrado a las puras emociones de las mañanas  risueñas, de las tardes melancólicas y de las noches voluptuosas, no cabía sino bajo el puntal inmenso de los cielos estrellados. 

 Farrés había nacido con un ramo de mirtos en la frente. Su verso, áspero y franco, surgía con espontaneidad, desenfado y elocuencia. Jamás pulió. Como escribía sus composiciones, así las mandaba a los semanarios. Era inculto; al menos, carecía de educación literaria. No obstante haber cantado generalmente en serio, poseía una vis cómica admirable. En una  quintilla, en dos cuartetas, en una décima, caricaturaba, a cualquiera, sangrientamente. Su vena epigramática corría como un surtidor de vitriolo.

 A mí se me figura que él, dado su natural amable y poco agresivo, se cortó las alas de satírico y prefirió ahogar parte de su talento a malquistarse con el prójimo. No se explica de otro modo que desechara tan fresco manantial de inspiración, cuyo veneno le hubiera producido más que todas sus elucubraciones líricas.

 Abelardo Farrés, como todos los hombres combatidos por el infortunio, era escéptico en religión, en filosofía y en moral. No creía ni en el aberenjenado manteo del padre Emilio Fernández, obispo suntuoso por fuera y cura a secas por dentro.

 El poeta ha muerto olvidado del amor. En el instante supremo de rendir el fardo de sus dolores, no hubo una boca femenina que le besara con pasión en la frente sudorosa... En su estéril bohemia no cuidó siquiera de cultivar una flor de vertedero. ¡Triste Abelardo sin Eloísa! ¡Infeliz cantor del trópico, muerto sin que sobre su tumba hayan vertido lágrimas de fuego los brillantes ojazos de una criolla!


 Ideas y colores, La Habana, El Avisador Comercial, 1907, pp. 19-20.