jueves, 22 de junio de 2017

El cadáver del enemigo

 


 Héctor de Saavedra

 Cuando yo estuve en Marruecos trabé amistad con un moro, que tenía una tienda en Tánger, donde vivíamos, y en la  que ejercía el comercio de babuchas. Frecuentemente lo visitaba y solía decirme con gran solemnidad: 
 —“Siéntate a la puerta de tu tienda y espera a que  pase el cadáver de tu enemigo”.
 El estimable beduino estaba siempre sentado en el  umbral de su chiribitil, no sé si por indolencia árabe o porque esperaba que la mano de la Providencia, que siempre castiga, le trajera la venganza apetecida, que estimaba justa y legítima, de algún agravio que hubiera recibido. 
 Ya conocía yo a los árabes, y sobre todo a sus descendientes españoles que vinieron a Cuba, como hombres pacientes y resignados, llenos de la mejor buena fe, y confiados como ningunos en que el Destino sea el que se encargue de ordenarlo todo. Me acostumbré a creer que no hay acción mala que no tenga su castigo y vi luego, en distintas ocasiones, que con sólo la paciencia de aguardar  se veía, al fin, cómo cada cual llevaba su merecido. 
 Muchas veces se me ocurrió exponer estas ideas y decir, como el moro, que “se sentara a la puerta de su tienda”, a un amolador de tijeras y cuchillas, —que es francés y gran amigo mío, aunque discrepamos algo en cuestiones de filo—, que se lamentaba de los horrores que durante la guerra estaban haciendo los distinguidos “boches”, en su querida tierra de París, aunque él era, muy a gusto, natural de Perpignan.
  —No tenga usted duda —le decía yo— que Dios castiga sin palo ni piedra. Y luego de consolarle, en español, con este refrán castellano, agregaba:  
 —Ya llegará el día en que, ellos también, tengan sus disgustillos. No se apure ni se desespere. 
 Porque lo que más indignaba al buen meridional, era que mientras en la tierra de Francia caían bombas y se hundían catedrales, y desaparecían pueblos que habían costado muchos años y muchos trabajos para fabricarlos, y a más se mataba a mansalva a la pobre gente pacífica, los alemanes, austríacos y húngaros bebían sendos vasos de cerveza, comían con fruición sus “frankfurters” acompañados de col salcochada y mal oliente y fumaban con delicia sus gruesas pipas, gozando de la mayor tranquilidad y disfrutando de la vida, que, aunque prusiana, tiene sus encantos, sobre todo si es plácida y segura, mientras que los adversarios agonizaban entre sustos y sobresaltos, sin saber en qué momento iban a saltar en pedazos. 
  Era, en verdad, una situación muy dura la de las pobres gentes, que, en la mayor angustia, vivían anhelantes por sus padres o sus hijos a quienes no podían ofrecer seguridad alguna, y por ellos mismos que no estaban conformes ni preparados para morir, así de improviso, por una bomba que les viniera del cielo, que es el único punto a donde se vuelven los ojos para pedir consuelo a las aflicciones. 
 Lo justo y lo equitativo hubiera sido que se hiciera como en los tiempos en que la civilización no estaba tan refinada como ahora; entonces se salían al campo los beligerantes, fueran hombres solos, o ejércitos completos, y ventilaban la cuestión peleando duro, y luego el vencedor aprovechaba su triunfo para cogerse lo que había sido de su adversario. Con este mismo final hubieran procedido ahora, pero siquiera los de la otra época bárbara no se entretenían, como preliminar al despojo, en cañonear y destrozar al pacífico que para nada se había metido en la refriega. 
  Pues, volviendo a mi francés de Perpignan, tuve el gusto de que llegara el momento aquel en que tanto confiaba el árabe, y poder decirle, si no con gran satisfacción y regocijo, por lo menos con el contento del que ha sido buen profeta, que aquellos felices burgueses de Berlín y de Viena y hasta de Budapest, ya no estaban de tertulia en los cafés celebrando entre risotadas y chistes las hazañas de Hindenburg, ni comentando con placidez los destrozos que ocasionaran en Londres o París el “raid” de los “zeppelines”, o los salivazos de la gruesa “Berta”.
  Así es la vida. Cuando más inmunes se creían aquellos cuyas ciudades nunca pudo ofender el enemigo, porque habían muchos soldados del Káiser para mantenerlas intangibles, he aquí que comienzan las angustias, los sobresaltos y las calamidades porque pasaron los otros. 
 Aquella famosa repartición del mundo hecha en la cancillería y en las mesas de los cafés, en que se repartían los barcos y las tierras y se reducían los hombres a una esclavitud eterna para pagar una deuda interminable, todos aquellos sueños en los que entrarían también los tabacos de Cuba, no sólo se desvanecieron sino que se convirtieron en contraria realidad. La vida tranquila fue entonces turbulenta; la integridad de las mansiones interrumpida por la metralla que destrozaba los bellos edificios; las calles limpias y seguras, protegidas por el orden y la urbanidad, fueron teatro de atropellos, y en ellas se recogieron, por centenares, los cadáveres de mujeres y niños. Todo cambió radicalmente. Se conoció en aquellas ciudades soberbias y preponderantes lo que era la guerra y se supo; por experiencia, lo que habían sufrido los otros. Vinieron el hambre y las tristezas; tanto más dolorosas cuanto que el mal lo producían los propios hermanos, que aún no saben cómo habrán de avenirse...
 ¡Ah! ¡Cuánta razón tenía el moro de las babuchas al repetir aquella filosófica sentencia de su país! No hay como tener paciencia y sentarse, aunque sea en un banco “frío y duro” como los de nuestros paseos, con la seguridad que un poco más tarde o más temprano habrá de pasar “el cadáver del enemigo”, porque el que lo ofendió a usted, sin razón alguna, o se portó indignamente con su semejante o su país, habrá de pagarla, porque son cuentas, esas, que cobra Dios infaliblemente, cuando más feliz se considera el deudor.

 Título original: "Doblar la hoja", Social, abril de 1919.


miércoles, 21 de junio de 2017

Poesía en creciente



  Benjamín Jarnés

 Toda legítima poesía va siempre en creciente. El poeta verdadero no se empobrece, sanea a diario su caudal. Cuando pareció quedarse desnudo, fue por haber averiguado que el mejor traje es la misma piel. El poeta verdadero, al entrar en años de madurez, va arrojando doradas baratijas —que quizá en la adolescencia fueron ídolos— y se complace en presentarse como un mendigo. Su riqueza es ya firme. Gran parte de su herencia sufrió —como el primitivo “stock” de sus temas— esas operaciones de Bolsa que convierten el dinero ajeno en bienes propios. De otra gran parte se hizo una saludable almoneda. El poeta verdadero no agota, no exprime sus talentos, los negocia.
Nacen estas líneas del bello título —"Poemas en menguante"— del nuevo libro de Mariano Brull…
No sabemos que haya publicado otro volumen desde “La casa del silencio”, aparecido en 1916. Desde entonces, la poesía ha sufrido algunas transmigraciones, algunas volteretas. Anduvo del “ yo” íntimo a lo más desolado del mundo exterior, del espíritu a la cante; de las severas ligaduras clásicas a la franca libertad —a veces, al pleno desenfreno— ; de la pompa heredada de los llamados “modernistas” a la implacable desnudez, al cinismo; del ardiente ecuador sentimental, en fin, al frío polo cubista. Pero hay valores independientes del clima y de la mayor o menor abundancia de equipaje: la aristocracia, la vibración profunda, el poder de contagio. Tres calidades de la poesía de Mariano Brull, que ya eran patentes en “La casa del silencio”, que se afirman en “Poemas en menguante” con vigor extraordinario. No es la poesía de Brull ostentosa, muy rica en estructuras verbales inesperadas; lo es, en cambio, en refinados matices de permanente y alta tensión del espíritu. Es el estado de gracia del poeta, tantas veces independiente, siempre anterior a toda fórmula —a toda realización idiomática. La idea poética exige una armonización verbal, pero a la gran orquesta puede preferirse el cuarteto. Toda la poesía de Mariano Brull está escrita para pocos y finos instrumentos. Copiemos este momento lírico.

    En el aire están las flores —invisibles
    serafines suspensos.
    Y el árbol crece para alcanzar su flor.
    Y el sol crece para llegar hasta su rosa.
    Empínate muy alto —vida— hasta mi flor
    ¡maravilla no vista en los jardines!

 Poesía equilibrada, subordinada al pensamiento, de una luminosa intimidad. Poesía en creciente. En marcha hacia la suma estilización, hacia la perfecta riqueza.


 Revista de las Españas, octubre de 1928. 

lunes, 19 de junio de 2017

Mariano Brull en el zoco


  
 Eduardo Avilés Ramírez

 Uno de estos días, pues –un poco así como en los cuentos- el poeta Mariano Brull se paseaba por los zocos de Fez, todo él perfumado de poesía árabe, como si hubiera hecho su entrada material en el reino de las Mil y una Noche del África 
 Había recorrido toda la mañana la Ciudad Santa, desde Karaouine hasta el cementerio de los Mermidas, desde la mezquita de Mulay Idriss hasta la Meliáh judaica. A la izquierda había contemplado los picos del Atlas, hacia la derecha las serranías del Rif. Estaba un poco fatigado pero el río humano del gran zoco lo había tentado y se había aventurado en él, apresando visiones, pescando rostros, túnicas, barbas, bonetes judíos, turbantes fezarinos, sonrisas del levante y cataduras duras del Atlas.
 No sabe él cómo de pronto cayó sobre un maravilloso tapiz oriental, todo él tejido con hilos rojos, con hilos verdes, con hilos negros, que se matrimoniaban con ingenio sutil para dibujar jardines de plata y oro, siluetas de sultanas y personajes de leyenda, inmenso, sedoso, tentador. A su lado pasaban los árabes barbados, los negros venidos de las montañas atlánticas o del Rif, los judíos finos como escapados de un poema de Isak Ben-Jacob Alfasi. El poeta se quedó viendo el poema suntuoso del tapiz con ojos soñadores y melancólicos ¡ay¡ porque cuando preguntó su precio, le dijeron: “5. 000 francos”, y porque los poetas, aunque sean diplomáticos, nunca tienen cinco milo francos para un tapiz.
 Detrás del tapiz, sentado con las piernas cruzadas, la barba y los cabellos ensortijados saliéndoles bajo la albura del turbante, el propietario del zoco, un árabe fino y lleno de majestad, como si estuviera posando para Delacroix, enhebró la charla con el poeta "que venía de lejos, de muy lejos, ... de las Antillas..."
 -No -le decía Brull- imposible, yo no tengo esa suma. Pero para no hacerle perder el tiempo voy a comprarle este vaso...
 Y a propósito del vaso, cuyos dibujos le recordaban un poco el encaje de la Alhambra, hablaron sobre arte. "¿El señor sabe español? ¡Ah...!" Sí, el poeta antillano sabía, no sólo español, sino español antiguo, había leído a los poetas árabes, sabía estancias de la morería, recordaba pasajes de los profetas, conocía algunos Textos, y cometió la dulce imprudencia de agregar:
 -Yo admiro el arte moro, la poesía mora, la filosofía oriental, Córdova y Granada me encantan...
   

 Los ojos negros del árabe brillaban en la penumbra del zoco, tenían reflejos singulares. Poco a poco comenzó a hablar, a hablar, a tejer palabras dulces. Sus palabras revelaban en él un erudito literario, un historiógrafo, un artista. Entre él y el poeta antillano se estableció pronto un instrumento de afinidades y coincidencias interiores. La coraza acerada del comerciante había desaparecido -¡milagros que hace la poesía!- y las recitaciones del uno sucedían a las recitaciones del otro. Ambos citaban el nombre o el texto de un filósofo o de un poeta conocido de ambos. Aquello tenía ya todas las características de la amistad letrada. Pasaban no sólo el río humano del zoco, sino las horas, sin que ni uno ni otro se percataran. En las mezquitas coronadas por la bandera verde del Profeta, comenzaron a cantar los muezines, entre los últimos oros de la tarde..
 Sin que Mariano Brull se apercibiera, el árabe había envuelto con manos discretas y finas -manos árabes que esconden la precipitación, o que la sustituyen con movimientos precisos- el tapiz maravilloso que había servido de pretexto a la charla… Cuando el poeta se dio cuenta, protestó:
 -Ah, sí, el tapiz! Pero no, si yo no tengo dinero con qué comprarlo! No, no, deme usted solamente el vaso...
 Y con la autoridad suave, que emplean siempre los árabes, con esa violencia dulce que derrota la brusquedad de los occidentales, el nuevo amigo de Brull loe deslizó al oído, en una reverencia de todo el busto:
 -Lléveselo usted como un recuerdo... Usted me ha hecho feliz... Le rindo las gracias con toda humildad.
 Y antes de que Brull tuviera siquiera tiempo de protestar, el turbante blanco había caído por tierra, el busto del hombre doblado en dos: era el minuto de la oración. Arriba, en lo más alto de las mezquitas, los meuzines continuaban su salmodia lenta, monorrítmica y dramática, y un rumor de rezos llenaba el aire de la Ciudad Santa, de Fez, la Dolorosa, de Fez la Maravillosa.



 Diario de la Marina, 1 julio de 1938.

domingo, 11 de junio de 2017

Tánger



  Rubén Darío

 En el Gibel-Musa, vapor inglés, después de tres horas de mar, llego a tierra mahometana. Desde a bordo ha comenzado para mí lo pintoresco con el amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judíos de distintos aspectos, blancos, morenos, de ropajes oscuros o de vestidos vistosos. Había ancianos de largas barbas blancas, semejantes a los Abrahames de las ilustraciones bíblicas, y mocetones robustos, hombres de faces serenas y meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Había rimeros de paquetes, armas, bagajes. Había pipas humeantes de cazoleta diminuta. Cabezas con fez, con turbante, con capuchón. Había animales. Un árabe de negra mirada iba cuidando su caballo. Un viejo de dulce y venerable aspecto acariciaba un cordero. Las inglesas del pasaje y unas norteamericanas de gorrita impertinente y rosados colores sacaban instantáneas, no sin la protesta de algunos de los africanos, que veían en tal acto un atentado contra el precepto koránico. Atrás quedaban las costas andaluzas. (¿No es allá, oh soberbio y famoso mulato, donde el África empieza más bien que en los Pirineos?). El mar estaba apacible, a pesar de las cóleras que le han sacudido los días pasados, y el firmamento de un azul pacífico. Poca a poco la ciudad fue apareciendo a mi vista, y antes, a un lado, las alturas que se extienden hacia el interior, en donde hormiguean las Rabilas; y más allá, la casita blanca del nunca bien ponderado corresponsal del Times, Mr. Harris (¡perpetúe Alah su felicidad y sus días!), que en tantas andanzas se ha metido, y cuya cabeza ha sido deseada por tantos alfanjes de hijos del Profeta. Ese brillantísimo colega y Mr. Mac-Lean tuvieron que salir más que velozmente a causa de políticas aventuras, en las cuales estaba mezclado el sultán modernista, sportman Moulaiabd-ul-Aziz (¡que Alah le dé unos buenos lirones de orejas!), el cual no piensa más que en bicicletas y máquinas fotográficas, cosa que no había pensado el buen Loti cuando le vio niño en la corte de su padre.

 Por fin la ciudad se presenta, sobre el celeste fondo, la ciudad blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Confieso que es para mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece con mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé que es una ciudad profanada por la invasión europea, adonde la civilización ha llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales. Por de pronto, he ahí la muchedumbre de intérpretes del hotel, de dueños de botes de desembarco que pretenden desollarnos en todas las lenguas posibles. Y ya en el muelle, después de pasar la aduana, muchedumbre de guías, y de los que el señor Echegaray llamaría, por no hablar como Quevedo, galeotes. ¡La aduana! Yo no sé qué es lo que le dice en árabe a uno de los empleados de turbante y albornoz el intérprete que me conduce; pero, como en algunos países cristianos, no me han registrado el equipaje, y ha de costarme esa deferencia el consabido premio. Entro a la ciudad por una de las tres puertas juntas arábigas que hay en los muros blancos, entre una muchedumbre de albornoces, turbantes y babuchas, burritos cargados, cargadores que atropellan, mendigos que tienden la mano y dicen palabras guturales, amontonamientos de fardos, de cajas, de cargamentos de todas clases. Hacia la izquierda subo por una calle estrecha, y a poco estamos en el mercado, o Zoko Chico, punto en donde se encuentra el hotel en que he de habitar durante mi corta permanencia. A pesar de las tiendas europeas, a pesar de la indumentaria de los turistas y vecinos europeos, el aspecto de la ciudad es completamente oriental. Me siento por primera vez en la atmósfera de unas de mis más preferidas obras, las deliciosas narraciones que han regocijado y hecho soñar mi infancia, en español, y complacido y recreado más de una vez mis horas de hombre, en la incomparable y completa versión francesa del Dr. Mardrus: Las mil Noches y una Noche. Es que iras esta mezcla de árabes, de moros, de Rabilas, de europeos, que constituye la población accesible, existe el misterio y la poesía de la verdadera vida de Oriente, tal como en los tiempos más remotos. Pues, como muy bien se ha observado, el Marruecos contemporáneo es siempre el imperio moro del siglo duodécimo, con su organización feudal, su lujo y sus artes exquisitas. Y comprendo la inmensa distancia que hay entre esos espíritus de creyentes y fatalistas musulmanes y las almas de Europa y América; entre esas razas del animal humano llenas de ferocidades, de noblezas, de arrojos, de vicios y de virtudes naturales, y las razas nuestras que el progreso y la civilización han llenado de artificialidad, de sequedad y de desencanto. El desdén inmenso que estos hombres sienten por nosotros, tiene su base principal en el concepto distinto de la vida que hay en su cerebro. Ellos no guardan, como los que somos cristianos, ciertas ideas del pecado que hacen dura y despreciable la vida terrestre, y en su inmortalidad teológica, no esperan ni premios ni castigos que vayan más allá de nuestra comprensión.

 

 Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la ciudad, caballero en una mula mansa y vieja, en una silla morisca forrada de paño rojo. Me precede, en otra muía, el guía, un español que hace largos años reside aquí, y que conoce el idioma perfectamente. Me sigue, a pie, un morito vivaracho, de grandes ojos negros. Ambos llevan látigos; el guía para los moros del pueblo, que no se apartan del camino, y el morito para mi muía. Así pasamos por toda la larga y única calle que pueda merecer este nombre, hasta llegar al gran Zoko, o Zoko de Barra, el mercado principal. No nos detenemos, pues por esta vez quiero conocer los alrededores. No lejos están las casas en que habitan los cónsules, algunas con hermosos jardines y de arquitectura oriental. Más afuera, en los declives del terreno, o sobre graciosas colinas, hay otras construcciones en donde moran extranjeros. Después es la campaña. Hay profusión de áloes y tunas, lo que en España llaman higos chumbos, y datileros e higueras. Manchas de flores rojas y amarillas entre los repliegues del terreno, y gencianas y geranios. Todo lo ilumina una luz grata y cálida. No muy distante, advierto grupos de casas bajas, aldehuelas como sembradas en el seno de los valles, y de donde se eleva una columna de humo. Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un jinete. Unos cuantos soldados entran montados en sus hermosos caballos y armados de las largas espingardas que se creerían tan solamente propias para las panoplias de adorno y las colecciones de los museos y armerías. Son de las tropas que vienen del interior, en donde una nueva insurrección se ha levantado de manera tal, que desde hace algunos días son escasas las caravanas que entran a Tánger, y, por lo tanto, sufre el comercio.
 La tarde cae y vuelvo al hotel.
 He bajado a la playa, allá lejos, en donde hay casetas de baño y pasan de cuando en cuando moros montados en sus burros, que vienen de no sé dónde, del campo vecino, de detrás de las alturas cercanas. Hay cerca un quiosco blanco y pintoresco, casas blancas de techos rojos, habitaciones en que ricos extranjeros se solazan enfrente de las aguas azules.
 Desde aquí se divisa una parte de la población; en algunos puntos jardines y arboledas; más lejos, murallones, las orientales construcciones cúbicas, construidas como en un vasto anfiteatro. Hay algunas de dos pisos, y tales rodeadas de otras bajas, con muchas puertas.
 Una que otra lancha se ve por ahí cerca en el mar quieto. Hay una grande paz. Por aquí deben habitar de esos ingleses y norteamericanos hábiles y curiosos que han sentado sus reales en esta tierra y han explotado y explotan el país comercialmente, o como dice un buen censor, que han hecho experiencias industriales e industriosas. Los chalets y moradas que hay cerca de mí, muestran todos los aspectos de nuestras mansiones de ricos occidentales.

 

 A poco rato de vagar, he aquí que sale de una de las casas una bella dama rubia, mientras en lo interior suena un piano. Pongo el oído atento a lo que tocan. Es algo del Otello de Verdi. No está fuera de lugar. Un caballero español me presenta a Mohamed-Ben-Ibrahim, moro de letras, que ha viajado por Francia, Italia y España, y que conoce perfectamente, para ser moro, la literatura española. Es un tipo elegante, quizá demasiado europeizado, que a su traje flotante y soberbio ha agregado una magnífica leontina hecha por un platero madrileño, y un reloj suizo, de cincelados oros, con campanilla de repetición, que se complace en hacerme oír cuando pascamos... Me habla del poeta Zorrilla y me recita versos del maestro. Me pregunta si Zorrilla sabía árabe y, como yo resueltamente y creyendo decir la verdad, le digo que sí, su contentamiento es grande. Mohamed no ha perdido mucho de su carácter nacional a pesar de sus viajes y de su confesado afecto por las mujeres cristianas, sobre todo por esas huríes singulares de París. Él continúa en la completa fe de sus mayores, y es un mahometano practicante que no olvida, a la hora señalada, su plegaria, con la mirada hacia el punto cardinal en donde la ciudad sagrada se encuentra. Pero no es suficientemente ortodoxo... Hemos entrado en un bar, o cosa por el estilo, que hay cerca de mi hotel, y allí Mohamed se ha mostrado demasiado aféelo a una bebida nacional británica, muy usada por los célebres rumies Harris y Mac Lean...: el whisky-and-soda. «Amigo Mohamed, le digo, tengo una vaga sospecha de que vuestro profeta no os ha dicho precisamente que el vino es bueno, y menos el whisky». Mohamed sonríe, pero no con irreverencia occidental, antes bien como quien va a decir una cosa de razón a quien la ignora. «Es cierto que él peca, porque le gustan mucho no solamente el whisky, sino los vinos de España, y sobre todo el champaña que aprendió a saborear en los bulevares parisienses, y cierto moscato espumante de que la admirable Italia le dio muestra exquisita, pero él es un creyente que conoce muy bien su religión, y las condiciones que hay que llenar para que los pecados sean perdonados y sea abierto el mahometano paraíso. El peca, y luego va a la Meca.


 No ha faltado, desde hace tiempo, una sola vez a la consagrada costumbre, obligatoria para todo buen musulmán, y así Alah le reconoce digno». Esto dicho, Mohamed bebe su licor escocés con fruición y vuelve a hablar de poesía. A este propósito me confía que se ha atrevido a hacer versos en español, y me recita algunos, no más malos que los de tales incircuncisos que yo me sé. Me cuenta que hay marroquíes y tunecinos que cultivan la literatura castellana, y me pondera a un su amigo de Túnez, llamado Abul Nazar, de quien me recita unos versos a la Giralda sevillana, que le habrían satisfecho a Zorrilla, por moros y por zorrillescos. Abul Nazar, como Mohamed-Ben-Ibrahim, siente en verdad que el alma del autor de Granada, era, siendo tan católica, enormemente sarracena. Los versos de Abul Nazar, son los siguientes:

Giralda, alminar gentil
En que la belleza mora,
Eres cautiva señora
En extranjero pensil.

Yo te llevara a un paraje
Que fuera harén opulento.
Donde regalase el viento
Tus alharacas de encaje.

Vieras con el ajimez,
Que ojos finge de tu cara,
Las lejanías del Sahara,
Los bosques de Mequinez.

Sobre cielos carmesíes
      Las huríes,
Aun más blancas que el marfil.
Se apostaran por mirarte
      E imitarte
En tu apostura gentil.

Desde tu altura sonara
      Dulce y clara
La canción del Muezín;
Te abanicaran palmeras
      Y tuvieras
De rosas blando cojín.

¡Quién abrochara tu talle
      De mi valle
Con el nardo embriagador!
y a tu pecho floreciente
      Diera ardiente
Cálido beso de amor.

 ¿Qué más morisco y qué más zorrillesco? Es son de guzla es ciertamente una oriental que se intercalaría sin detonar, entre las del autor de Tenorio o las del injustamente olvidado padre Arolas.
  

 Anoche he estado en el principal café moro. Por una puerta estrecha que da a una angosta callejuela, se entra al no muy espacioso recinto. Hay tapices para los del país, y mesitas para los visitantes extranjeros. Mi amigo español y yo nos sentamos en una de las últimas. Había cerca de nosotros varios franceses y señoras inglesas. Un mozo de rojo fez nos sirve en pequeñas tazas el café ya azucarado y sin colar, como es uso y como lo solemos tomar los aficionados en París en el restaurant judío-oriental de la rué Cadet. La atmósfera está cargada, pues no son pocos los fumadores. Unos fuman el tabaco solo, y otros mezclado con cáñamo indiano. De pronto inicia la orquesta —¡la orquesta!— un son de los suyos... La orquesta se compone de ocho o diez músicos que tocan los más inverosímiles violines y violones. Veo un solo violoncelo europeo tocado por un morenote barrigón que mueve toda el cuerpo cuando toca. Es un solo motivo repetido una, dos, innumerables veces, motivo triste, lánguido, hipnotizante; y como no andan muy acordes todos los que ejecutan, da la disonancia persistente, a veces, cierta angustia. ¿Qué impresión hay en mí? En verdad, vuelve a cada paso, por la escena iluminada por las lámparas de cobre, por el ambiente, por los tipos y sus indumentarias, la reminiscencia miliunanochesca; pero también pienso que no es la primera vez que escucho ese aire monótono y veo esas singulares figuras. A la idea de cuento árabe se junta entonces el no lejano recuerdo de la Exposición de 1900. Me regocija un tanto, por el lado poético, el que esto esté en su centro y lugar, aunque me amargue mi contentamiento el notar que todo se hace para satisfacer la curiosidad y recibir las pesetas del turista, del perro cristiano. Las cuerdas chillan rozadas por los arcos curvos, y de las cajas sonoras, hechas unas en forma de zuecos, salen las voces gimientes. A esto acompañan varios guitarrones a manera de laúdes, con labores de nácar incrustados, y a todo se unen las voces cantantes de los músicos mismos, entre los que hay jóvenes y viejos, abundando entre los últimos siempre los rostros bíblicos, las caras de viejos profetas aullantes.
 Hay que salir de ahí para librarse de la repetición dolorosa y llorosa del motivo oriental, que llega a causar malestar en los nervios.

 

 El canto o más bien recitado del muezzin, es de esas cosas que no se olvidan cuando se las oye. En lo profundo de la sombra nocturna, o a la hora del crepúsculo, o bajo la maravillosa f luna que brilla sobre zafiro celeste, su voz, en un ritmo repetido y único, confía al viento y promulga al mundo que Alah es grande. Esta campana humana que llama a la oración y que recuerda a las razas más creyentes del orbe la omnipotencia del Dios poderoso, es de lo más impresionante intelectualmente que se puede todavía encontrar sobre la faz de la tierra, de la tierra árida de destrucciones mentales, seca de vientos de filosofía, y que casi no halla en donde resguardar el resto de las creencias y de amables ilusiones divinas que han sido por tantos siglos el sostén y la gracia del espíritu de los pueblos.
   Flaubert afirmaba, que si se golpeaba sobre las cabezas bellas y graves y pensativas de estos africanos, no saldría más que lo que hay en un cruchon sans biére ou d´un sepulcre vide. Yo he oído salir de estos cerebros —quizá de los menos europerizados que en mis pocos momentos africanos he conocido—pensamientos serios y ocurrencias interesantes. No porque ellos tengan un punto de vista diferente del nuestro en la vida, en el progreso y en la esperada inmortalidad, dejan de mostrar una sensatez y largas vistas que muchos cristianos desearían. Son excepciones, es cierto; pero no hay que olvidar que esta raza tuvo en jaque a Europa y encendió lámparas al mundo cuando había enseñanza en Córdoba, y gloria en Granada y en Bagdad.
  El zapatero que tiene su taller en un miserable tenducho, os dice razones discretas y, sobre todo, os trata con toda la urbanidad apetecible, desde luego que entráis bajo su techo. Esos remendones de babuchas son curiosísimos, y, según mi intérprete, hacen entre la morería, como los barberos de nuestras civilizaciones cristianas: charlar de los sucesos que pasan y entretener o impacientar al cliente con sus conversaciones. En este caso, pues, el silencioso vivir de la raza, tiene su contraparte...



 Día de mercado. El gran zocco es un vasto cafarnaum, un hervidero de colores y de figuras bizarras, una colección rara, para el extraño, de escenas pintorescas.
  He aquí las caravanas en reposo, después de haber cruzado el desierto para traer las mercaderías de lejanas comarcas. Los camellos, que hasta hoy había visto tan sólo en jardines zoológicos, en la bohemia de los circos errantes, los camellos, feos y misteriosos, cantados tan bellamente en los versos de Valencia, están aquí en su ambiente y bajo su cielo, unos echados, otros de pie, tristes, esfíngicos, jeroglíficos...; y junto a ellos, sudaneses de carbón, beduinos de gestos fieros, entre bultos y amontonamientos de cosas heteróclitas. Más allá, muías, caballos desensillados o con las consabidas monturas rojas. Y un mundo de gentes diversas, un andante museo de biología comparada, y una variedad de vestimentas y de tintes que sorprenden e interesan. Aquí está un moro berberisco, con su capucha calada que le cae atrás en pico: su 'traje que se asemeja a una clámide con mangas que le llegan a medio brazo, y el aire poco reservado, en su cara que llamara campechana si no relampagueasen de repente instintos terribles en sus pupilas. Lleva las piernas desnudas, la barba afeitada, los pies descalzos. Luego un kabila ceñudo, rapado el cabello por delante hasta formarle una calva sobre el apretado y corto pelo negro; los ojos crueles, la boca voluntariosa bajo un bigote escasísimo. Luego un árabe rubio casi, de mirada soñadora y barba fina, y un árabe moreno, de cara afilada, mentón puntiagudo que prolonga la barba negra, cráneo alargado, gesto autoritario y siempre duro. Luego negros colosales; ¿senegalenses? ¿abisinios? ¿sudaneses?
 Perdonad mi escasez de antropología en tan curiosas sensaciones africanas; mas lo único que os diré, es que como esos gigantescos negros eran, o deben haber sido, los que cuidaban los melosos y los Ieones de la reina de Saba. Los vestidos hacen sus juegos de color en la plaza hormigueante. Ya es el jaique blanco, ya el jaique rosado, ya el jaique verdoso, ya el jaique obscuro o leonado; ya el amplio albornoz majestuoso ya los mil turbantes de varias formas. Veo turbantes rojos en el centro, y alrededor blanquísimos, en un pesado retorcimiento de telas, turbantes blancos de centro negro, turbantes todos negros y turbantes todos blancos; y unos que parecen hechos con camisas viejas y otros que parecen gordas trenzas de fulares de lujo. Una tela es áspera y pobre; otra os da idea del gran señor que la lleva, por los tejidos de oro que brillan en la ondulante seda o preciosa lana. Hay albornoces que indican una categoría. Hay babuchas ricas y babuchas miserables.
  A tal comerciante le veo una leontina semejante a la de mi amigo Mohamed Ben-lbrahim, y un rostro que parece haber pasado por el pecaminoso ambiente de París. Si irá también con frecuencia en peregrinación a la Meca... Y paso entre este mundo tan diferente al mundo en que he vivido, con la sensación de estar en un ambiente de fantasía. En este lado, un moro vende dátiles en confitura; más lejos unas galletas de apetitoso aspecto; más allá, dulce de no sé qué fruta; más allá habas; acullá aceitunas, y almendras, y pan del país hecho de un trigo especial que llaman dura.
 Luego, son unos ambulantes vendedores de babuchas y cueros, curtidos, de colores vivos, orfebrerías y tejidos de oro de Fez: chiarenas y jaiques hechos a mano. Y en sus tenduchos, otros mercaderes aguardan indolentes a los compradores de sillas de montar, de turbantes, de arneses, de puñales, de hierros y aceros distintos, de vasos y jarras. ¿Y las mujeres? Yo no he visto sino tales envoltorios blancos, pobres viejas, que como todas las mahometanas, tenían el pudor oriental de la cara. A una jovencita alcancé, en un descuido, a verle el rostro, por un lado; era hermosa, mas me pareció que estaba tatuada en la mejilla. Mirad si un artista, en estas tierras, tiene en donde ver vida aparte, seres aparte, y soñar su sueño, aparte...
 

 Caminando llego hasta un grupo de gentes que ven a un encantador de serpientes. Más lejos, unos aissaouas hacen sus sabidas terribles proezas. Al son de unos roncos tambores golpeados por las manos de sus dos compañeros, el salvaje brujo comienza a mover la cabeza primero, luego el busto, luego todo el cuerpo, sin mover los pies, en una danza de cobra, de adelante atrás o de un lado para otro. Los moros le miran en silencio. Uno de los tamboreros echa en un brasero cierto polvo resinoso, que produce fuerte humareda, en Ja cual, sin dejar su rítmico vaivén, mete la cabeza el aissaoua y aspira con fuerza. Diríase que se hipnotiza y que se anestesia. A poco toma un puñal agudo y se traspasa un brazo, una mano, una oreja, la lengua; ase a puñados brasas que uno ve que queman, pues se siente un repugnante olor a carne asada...; se echa de barriga sobre un sable afiladísimo y se le ve en la piel una herida que brota sangre...; se mete una especie de cuña en la órbita de un ojo y el globo sale fuera, horroroso...; ase varias víboras que dicen ser venenosas y se deja picar en los labios, en el cuello, en la lengua... Los tamboreros siguen su son, al que agregan un canto nasal y chillón. Para final, el brujo feroz toma un poco de paja, la da a examinar a la asistencia como nuestros prestidigitadores, la enrolla, la hace una pelota entre sus ásperas manos, sopla en ella y la paja se enciende y arde sobre sus palmas hasta que se consume. Los concurrentes le dan unos cuantos ochavos y la función concluye para recomenzar más tarde.
  Al retirarme veo en otro extremo de la plaza, que forma un declive, gran muchedumbre sentada en el suelo silenciosa. Frente al grupo de albornoces, jaiques y turbantes de colores, se alza un árabe de negra barba, todo vestido de blanco» tipo, en verdad, hermoso y aristocrático. Habla, recita. Mi intérprete me explica: «Es el poeta que cuenta cuentos». Viejos, muchachos, hombres, le escuchan como a quien trajese noticias de reinos extraordinarios, de países de ilusión. Bello es el espectáculo al armonioso brillar del sol de la tarde sobre los hombres, sobre las vestiduras, sobre las cercanas casas cúbicas y blancas. El poeta, el narrador, dice con entonaciones admirables, en su gutural y ronca lengua, sus historias, sus cuentos. Y hay algo en su declamación del modo de recitar de los actores franceses. Cuando concluye, todos desfilan ante él y le dejan su óbolo.
 Y al partir y al despedirme de ese lugar y de este país en donde jamás un tholva leerá un libro de Nietszche, vuelve a mi memoria el libro maravilloso, el libro glorioso, a quien se debe tanta magia, tanto color, tantas sanas alegrías y visiones interiores, el adorable Alf lailah oua lailahLas mil noches y una noche— que empieza: «Está referido —pero Alah es más sabio y más cuerdo y más bienhechor— que había —en lo que transcurrió y se presentó en la antigüedad del tiempo y el pasado de la edad y del momento— un rey entre los reyes de Sassan en las islas de la India y de la China...»


 Tierras solares, Editorial Mundo Latino, Madrid, 1917, pp. 157-179. 

lunes, 5 de junio de 2017

La esclavitud en el Mar Rojo

    


 Lino Novás Calvo

 Todo el que ha seguido este problema a través de libros y relatos de viajeros sabe que la esclavitud persiste en varias regiones de África y de Asia con todos sus rasgos seculares. Y no sólo la esclavitud: la trata de esclavos, el mercado de esclavos también. Los viajeros, sin embargo, disimulan o evaden por lo general este hecho. Por dos causas: o por no herir el prestigio de los países europeos que pretenden haber terminado con la esclavitud en todas las partes del mundo, o porque no le conceden importancia.  Existen misioneros y trásfugas europeos por los países independientes del Asia occidental y del África oriental que han llegado a aclimatarse de tal modo que se sienten identificados con el viejo espíritu del país en que habitan y no experimentan la menor sublevación de conciencia al ver que la esclavitud se perpetúa allí como en la época de los descubrimientos.
 Esa esclavitud se opera, disfrazada, hasta en varias colonias europeas, y sin disfraz en las regiones independientes. En Liberia mismo, país formado por negros libertos de América, la mayor parte de los repatriados ha retrogradado al salvajismo, y la condición de la masa pobre es económicamente la misma que antes de que los portugueses dieran la vuelta al cabo Bojador.
 Pero donde la esclavitud y la trata se hallan en toda su pujanza es en las dos orillas del mar Rojo. La caza, compra, venta y trasporte de esclavos se hace allí abierta o subrepticiamente, pero se hace. Una misión particular francesa, encabezada por el escritor J. Kessel y apoyada por "Le Matin", ha hecho a este respecto descubrimientos terminantes, contenidos en el libro de Kessel "Marches d'Esclaves", acabado de publicar.


 El hecho fundamental es éste: en Abisinia, país independiente, representado en la Sociedad de las Naciones, se cazan o compran cantidades de esclavos que luego son trasportados clandestinamente a la costa de Arabia a través del mar Rojo.
 Siempre ha sido Abisinia, o Etiopia, una copiosa fuente de esclavos. Cuando la trata era libre, los cazadores árabes desembarcaban en la costa de Somalia y emprendían tempestuosas expediciones al interior, regresando con interminables caravanas de cautivos que seguían luego por el golfo de Adén hacia las plantaciones de América.  Cuando estas plantaciones se cerraron a la esclavitud, las "razzias" disminuyeron; sólo les quedaban los mercados árabes, que persisten aún, en menor escala, desde Siria al golfo de Adén. Gradualmente, los países europeos se fueron apoderando de la costa africana del mar Rojo, y adoptaron medidas de represión contra la trata. Inglaterra ocupó el Sudán; Francia, una parte de la Somalia; Italia, la Eritrea. Los cruceros comenzaron a recorrer el mar Rojo. Detrás de estas posesiones costeñas, hacia el interior, quedó encerrada Abisinia, país independiente, con su trata. El país, dominado por señores tribales, sostenido sobre el sistema de la esclavitud por muchos siglos, se resistió a toda reforma de ese sistema, y las medidas del negus resultaron fallidas. La esclavitud persistió en el interior con todos sus caracteres. Los delegados europeos reciben aún hoy con frecuencia esclavos en calidad de regalos. La región, dominada por una raza mestiza de árabe y negro, está poblada a trechos por razas negras primitivas rudimentarias —los chancalla, los sidamo, los oulano— que llevan sobre sí el estigma atávico de la esclavitud. Se les reconoce a simple vista. Son razas resistentes para el trabajo, cobardes para la lucha, incapaces para la organización. El hombre más fuerte o más capaz somete al más débil o inepto. Los tribunales de justicia no escuchan las quejas de los esclavos; un acuerdo tácito entre los jueces hace nula la orden de liberación promulgada por el negus.


 La trata es el corolario de esos hechos. Los comerciantes árabes organizan una expedición a Abisinia. Hay en práctica dos medios de adquirir cautivos: o comprándolos a sus señores —que los venden para pagar impuestos, acumular fortuna o porque les sobran por haberlos conquistado en acción de guerra con otras tribus—, o enviando partidas a los alrededores de las aldeas de agricultores o pastores a cazarlos. Este último procedimiento se aplica sobre todo en los niños. El ladrón de niños se embosca a la orilla de un vericueto por donde sabe ha de pasar su víctima. En el momento oportuno salta sobre su presa como un gavilán, la envuelve en una tela y huye con ella a cuestas hacia donde le aguardan otros raptores con otras presas. La partida se pone entonces en marcha hacia el depósito, centrado en alguna población de agricultores aragoubas, donde los cautivos permanecen encerrados en sótanos hasta que se forma la caravana. Esta se pone entonces en movimiento hacia la costa por parajes desiertos.
 Para llegar a la costa, las caravanas tienen que pasar por el Sudán inglés, la Somalia francesa o la Eritrea italiana, "donde los niños salvajes saludan a lo fascista". Aun suponiendo que los tratantes operen alguna vez en complicidad con las autoridades europeas, siempre les quedará el peligro de ser sorprendidos por algún crucero de guerra en el mar. Pero en la tierra, las caravanas, conocedoras de las regiones salvajes, hallan medio fácil de esquivar las autoridades y de llegar a los embarcaderos secretos de la costa. Además, van bien armadas, y sus winchesters disparan a la menor sospecha contra el que trate de atravesárseles en el camino. La provincia de Harrar es un centro importante de esclavitud. Pero en la misma Adidis-Abeba, capital de Abisinia, la compra, venta y posesión de esclavos se hace regularmente a ojos de las delegaciones europeas. En el mismo Sudán, posesión inglesa, perdura la esclavitud. ¿Qué se le ha de hacer? Sería necesario todo el Ejército y la Marina británicos para vigilar y contener cada una de esas pequeñas y furtivas transacciones. En cuanto a la posesión de esclavos, ¿quién puede probarle a un jefe de tribu o señor feudal que los seres que tiene a su servicio no lo están voluntariamente en calidad de sirvientes, con la complicidad de todo el ambiente en su favor?
  Una vez en la costa, el mercader o cazador de esclavos los cede a un intermediario, encargado de trasportarlos en pequeños y rápidos veleros a la costa de Arabia. Este viaje es peligroso. Los cruceros de guerra corren más que los veleros, y las tormentas son frecuentes. Contra los cruceros sólo tienen el recurso de lanzarse a pasajes estrechos o poco profundos por donde los vapores no puedan navegar, escapando así a sus garras. Si éstos los sorprenden en alta mar, sólo algún ardid ingenioso puede salvarlos. Kessel cita las palabras de uno de esos marinos traficantes que fue arropando esclavos al agua, para que los del crucero que le daba caza se detuvieran a recogerlos y le dieran tiempo de escapar. "¿Por qué —dice— los extranjeros aman tanto a los esclavos, que por salvar uno dejan escapar un velero tan precioso como el mío?"


 Estos cargamentos de esclavos pasan a Yemen, Asir o Hedjaz, Estados árabes independientes, desde donde se extienden hasta Siria y Persia. Todo jefe árabe, nómada o agricultor, tiene sus, esclavos domésticos o en forma de guardias o como guerreros. Contra este estado de cosas han querido adoptar medidas los soberanos de esos países, pero el resultado ha sido idéntico al obtenido por el negus de Abisinia: la acción de la ley se rompe contra la resistencia de la tradición. El Corán autoriza la esclavitud. ¿Quién ha de atreverse a desautorizar al Corán?
 De los Estados árabes compradores de esclavos, Yemen parece ser el más propicio, y en el que desembarcan la mayoría de los cautivos trasportados de Abisinia. Yemen está hoy sometido al poder teocrático del imán lahya, que no ha admitido jamás en su país Delegaciones oficiales de las potencias. Sin embargo, parece ser que Yemen, país pobre y superpoblado, es más bien un puente que un centro de trata. Los esclavos pasan al interior o suben hacia el norte. Algunos suben hasta Siria. Otros se quedan en la Meca.
 Las peregrinaciones a la Meca es otro de los instrumentos que aprovechan los tratantes de esclavos. Existen en el mar Rojo vapores de carga que trasportan anualmente grandes masas de peregrinos a Chedda. Esos peregrinos van de Etiopia, de Egipto, de las Somalias, de Eritrea. Son negros o mestizos africanos mahometanos; señores feudales y grandes dignatarios que viajan con sus servidumbres. Entre éstas, ¿quién puede distinguir los esclavos de los que no lo son? Claro que se distinguen. Se les conoce por las facciones, que delatan la tribu a que pertenecen (he dicho ya que hay tribus condenadas a la esclavitud por una fatalidad orgánica); se les conoce por el modo de mirar, de andar, de reaccionar frente a lo que les rodea. Pero eso no es una prueba; a lo sumo, es una convicción. Los calmosos marinos ingleses que los trasportan fuman tranquilamente sus pipas y beben su whisky sin preocuparse mucho de su llevan un cargamento de esclavos o de peregrinos. En el fondo viene a ser la misma cosa.


 Además de estos esclavos de importación existe en los distintos señoríos de Arabia la cría de esclavos. El hijo de una esclava lo es desde que nace y pertenece a su dueño. Así el nieto, el bisnieto. De aquí que se aliente y fomente la maternidad, ofreciendo premios a las esclavas cada vez que dan un nuevo esclavo a su señor. Un esclavo nacido en casa equivale a ochenta libras que puede costar un esclavo importado de África.
 En este continente el problema del trabajador ofrece hoy tres aspectos bien definidos, que son tres problemas arduos de resolver. En algunas colonias donde se ha establecido un salario libre razonable, se ha creado una masa migratoria, desprendida de la familia, compuesta de seres desmoralizados, errantes, borrachos. En aquellas en que el trabajo se efectúa por contrato con los jefes del país el trabajador es de hecho esclavo, no de los blancos, sino de sus propios jefes. En los países independientes, como Abisinia, ya se ha visto lo que pasa. Una sola ventaja parece haber tenido para los naturales la conquista de África por los europeos: la exterminación de los ritos sangrientos de algunos pueblos, como los achantis y los dahomeyes.
 En todo lo demás las cosas siguen, socialmente, poco más o menos que hace tres siglos.


 “Trata de negros. La esclavitud en el Mar Rojo”, Luz, Madrid, 4 de agosto 1933, p. 8.

sábado, 3 de junio de 2017

La caravana sin camellos



  Ramón Vasconcelos

 Cuando Roland Dorgelés trajo de Oriente ese título pintoresco, se creyó que tras él no había más que un tema literario. Pero ahora una expedición científica organizada por el Instituto Internacional de Antropología va a demostrar que el asunto tiene gran importancia especulativa para el sistema colonial francés.
 Dentro de pocos días la caravana sin camellos partirá de Marsella, llegará a Argel y atravesará el África del norte a sur, hasta el lago Tchat; después volverá hacia el norte de Túnez, con material para tres o cuatro pabellones de la exposición colonial que patrocina el viaje.
 Al frente de los exploradores va el comandante Bernard Le Pontois, africanista de autoridad, y lo acompañan meteorologistas, geógrafos, filmadores de películas, delegados del Instituto Pasteur, de Instrucción Pública, de la Escuela del Louvre, de la Cruz Roja y del Ministerio de la Guerra, periodistas y técnicos, cada cual con una inquietud y un instrumento de trabajo distintos.  ¡Lo que se ha andado desde el tiempo de Livingstone y Stanley, pioners del africanismo británico, y del general Laperrine y el padre Foucold (sic), muertos en servicio de la penetración francesa!
  


 De entonces acá el europeo ha ido avanzando en la selva, abriendo caminos y extendiendo sus dominios, aunque sin preocuparse más que de extraerle al suelo conquistado sus inmensos tesoros vírgenes por los medios más rudimentarios. El marfil, las pieles y las maderas preciosas los transportaba a la costa el pobre negro, más perseguido por el hombre civilizado que la misma fiera. Esto empieza a cambiar, no por razones de humanidad, sino por razones económicas. Al fin, la máquina libertará al esclavo.
 Aquel congo que afirmaba que el mejor invento del hombre era el buey, porque de haber existido éste él hubiera tenido que tirar de la carreta, hoy tendría motivos para regocijarse por los progresos de la mecánica. El camión será el verdadero civilizador del África. Hasta el Sahara misterioso será vencido esta vez. Sus diez millones de kilómetros cuadrados inútiles en el presente, quedarán bajo el control de la civilización y ni los terribles simunes, ni las fieras, ni las bandas de beduinos impedirán en lo adelante la marcha regular y rápida de las caravanas de camiones que irán desde la costa mediterránea hasta Tombuctú.
 Los topógrafos clavetearán de puntos de escala el inmenso arenal inseguro y darán orientaciones precisas en esa pista móvil; los higienistas indicarán las medidas que convenga adoptar en las distintas zonas del recorrido para librarse de la fiebre; los meteorologistas establecerán un cuadro de las condiciones climatéricas, magnéticas y eléctricas para que automovilistas y aviadores puedan aventurarse sin riesgos a través de la más inhospitalaria región de la tierra; los etnólogos darán informes exactos sobre la psicología de las tribus, con el fin de ganar su confianza y su amistad en vez de inspirarles sentimientos hostiles; los economistas y los ingenieros suministrarán datos concretos sobre la producción posible de ciertas fajas del desierto, y los técnicos del automovilismo aconsejarán las modificaciones que sea conveniente introducir en los vehículos que se utilicen.


 Por primera vez los camiones van a hacer la etapa In-Salah-Niger sin necesidad de renovar la provisión de gasolina y de agua escalonando caravanas en el camino. Y si los progresos no fallan, desaparecerán los peligros de incendios por combustión espontánea y las evaporaciones violentas; y las blancas osamentas humanas amontonadas en la arena no evocarán la tragedia del espejismo, la sed abrasadora y el viento de fuego. Y podrán descansar los lentos camellos que durante siglos han sido el
único medio de transporte sahariano. Esta expedición de sabios traerá del Africa tropical una documentación valiosísima sobre lugares casi inexplorados, como el Tanezrouft, llamado el Desierto de la Sed, horno infernal llano hasta la monotonía, sin vida, alucinante, que las caravanas atraviesan con terror; como los pantanos y lagunas del valle del Níger, de fauna y flora desconocidas, y como los macizos montañosos del Hoggar, llenos de grutas y tumbas, y del mítico recuerdo de Antinea, popularizada por La Atlántida de Fierre Benoit. 
 Nada escapará a su investigación. Ni los microbios, ni los dioses implacables de las tribus, ni el matriarcado de los tuaregs ni las huellas aisladas de la prehistoria. En una palabra, la expedición de Le Pontois va a descubrir el África.
 Dentro de tres meses sus colecciones zoológicas, fetiches y hallazgos pintorescos ocuparán su sitio en la exposición colonial, y un film sonoro revelará al mundo las costumbres medioevales de los tuaregs, sus torneos, sus bodas, y toda la emoción salvaje de una cacería de fieras en plena selva.
 ¿Y luego? Luego vendrán las empresas regulares de transportes y las compañías de turismo con los autocars, los ciceroni de megáfono y el paquete de tickets para todas las fondas y cabarets de los oasis del Sahara con cocktails caros y danzas del vientre... importadas de Marsella.



 Bulevar. Iluminaciones sobre el Sena, Cultural S.A, 1938, pp. 183-88. 


martes, 30 de mayo de 2017

En el Polo de Klondike





 El burro te persigue en el Circo, y el detective que no da pie con bola, y la risa del público que no entiende. Pero el león te respeta, ¿o te desdeña pensando que nada vale la pena? Estás solo, Charlie, solo en el Polo de Klondike, y en la ciudad confusa, y en el campo, solo con la gente sola, solo.
 
 Eres tal vez el hombre actual, en medio de las máquinas, trastabillando en la tierra de donde Dios emigró. Como él, tú ni lloras ni ríes, si acaso te sonríes a veces, con extraña sonrisa ingenua, asombrada, y cuando por amor, renuncias al amor, te sientas sobre una caja vacía, en el campo vacío, mientras se marcha el Circo, y te quedas allí, tú solo, como siempre estuviste.

 Con tu bastoncito ridículo, con tu sombrerito ridículo; solo, y después sales andando, sin rumbo (porque todos los rumbos son en el fondo iguales), sin palabras, sin gestos, sin risas ni llanto. Hablan en ti tan sólo tus zapatos, torcidos hacia arriba, vueltos desesperadamente hacia arriba, como las catedrales.


 L.R.E