jueves, 17 de agosto de 2017

En la muerte de Rafael Blanco

                                                                                   (Sanguily)
 
  Rafael Suárez Solis

 ¡Y menos mal que nos acordamos de él en la hora de su muerte! Le teníamos olvidado. Hasta cuando aluna vez enviaba algo a los salones de humorista. ¿Por qué? ¿Acaso el sello de sus caricaturas había envejecido en la perseverancia de la originalidad? ¿Hubo algún otro que pudiera imitarle hasta petrificarlo en el lugar común? No sé de ninguno. Cuando se nace con el don de lo original no hay riesgo de padecer a los imitadores. Fue el propio Rafael Blanco el culpable de su ausencia en la estimación de los demás. Había caído en la trampa criolla de esa vana supervivencia que es agarrarse al clavo ardiente de la burocracia. Atrapó un sueldo discreto ¡y adiós miseria! Vivió de espaldas desde entonces a esa juventud de artista cuya biografía cabe en esta frase: “Pan para hoy; hambre para mañana”. Y así es como aquí dimiten tantos el dolor que en otras partes nutre de gloria a los pueblos. En Cuba ese sacrificio tienta menos porque la miseria no tiene compensación alguna. El dinero opaca el precio del mérito. La estimación, el respeto, la categoría se dan por añadidura. ¿Y cómo alcanzara aquí el caricaturista esos laureles? El caricaturista resulta a la postre un pesado: lo peor que se puede ser en Cuba. Es un hombre expuesto a tantas enemistades como aciertos comete con el lápiz.


 Recuerdo dos anécdotas que ponderan la agudeza de la mirada estrábica del buceador de retratos que fue Rafael Blanco. Enrique Fontanills, tan tolerante, tan comprensivo, de una benevolencia gruesa como su propia humanidad, se enfrentó un día a la caricatura que le hiciera Rafael Blanco, y la reacción del apacible cronista social fue esta frase airada: “Esto no es un retrato de amigo; es un agresión personal.” Un poco ya madura, pero todavía con su rostro de madona gitana, Pastora Imperio tomaba conmigo un día el aperitivo en el viejo café del hotel “Florida”, de la calle del Obispo. Rafael Blanco había publicado en la revista “Social”, de Massaguer, una caricatura de la insuperable bailaora.
 -Esto no se le hase a una mujé, y menos a esta mujé –me decía Pastora Imperio enarbolando como un garrote la revista enrollada.
 -Pero no me negará que como caricatura…
 -Esa manera de señalá se deja pa los políticos, que siempre están amargándole la vida a la gente. ¿Pero qué mal le hase a naiden una bailaora, que ensima no es fea d’el to?


 La casualidad hizo que en aquel momento entrase en el café Rafael Blanco a comprar cigarrillos en la vidriera del tabaco. Quise aprovechar la ocasión para que la cortesía pusiera paz entre los contrincantes, y a ver si se lograba que el verde de los ojos de la gitana volviera a ser agua de esmeralda en vez de fuego de Medusa.
 -Pastora, ¿quiere conocer personalmente al caricaturista?
 -Pa luego es tarde.
 -Puede ser ahora mismo. Es aquel que está comprando cigarrillos.
 -¿Aquella poquita cosa? …¡Pobresito! Tráigamelo, que le voy a obsequiá con pasteles rellenos de arfileres.
 Por haberse ido a tiempo, Rafael Blanco vivió hasta hoy. ¿Pero vivió como debió haber vivido?
 Esta pregunta plantea el problema de lo que ha dado en llamarse la protección oficial a los artistas. Una beca o un destino no debe ser una limosna. Apenas da para enfrentarse con lo que Macaulay llamaba la sucia tristeza de los pequeños apuros económicos. Y puesto que la limosna no da para acometer los empeños de la superación, pues ¡a vivir! Y así es como la vida modesta asegurada va enterrando poco a poco tantas posibilidades artísticas, literarias, científicas.


 Ha llegado para la gloria de Rafael Blanco la hora hipócrita de los ¡ah! y los ¡oh! necrológicos. Y hasta posiblemente la de los premios en los salones de humoristas que lleven por nombre el del original caricaturista desaparecido. Como si la originalidad de los unos sirviera de ponderación para los otros. En arte no deben haber premios que lleven el nombre de Mozart, de Lope, de Goya, de Heredia… No hay otra originalidad que pueda ser genérica, sino es la del laurel, el oro o el pergamino; símbolos a los que, para ir tirando, se les puede agregar un poco de dinero. En otras disciplinas la cosa es diferente; porque no se trata de crear, sino de superación. En Cuba hay algunos caricaturistas tan buenos como Rafael Blanco; pero no iguales. Pues la igualdad supondría parecido, imitación, copias. O desastre, ya que el idioma no permite decir desarte.  
 Rafael Blanco fue único. Afortunadamente para el arte cubano de la caricatura, uno de los únicos. Y a pesar de eso –y por lo que dicho queda- olvidado durante mucho tiempo. Casi desde su primera juventud hasta su última vejez.


 Diario de la Marina, 9 de agosto de 1955.



martes, 15 de agosto de 2017

"Caprichos" de Rafael Blanco



 Alumno de la Escuela de San Alejandro, se excedió a sus maestros en el manejo del lápiz, creando un género propio, de peculiar personalidad. Empezó su carrera dibujando, mejor dicho, creando caricaturas personales, en que el acierto, la novedad y el humorismo fueron sencillamente geniales. Su inspiración y talento artísticos buscaron pronto mayor campo donde espigar, y de la caricatura arbitraria pasó al cuadro de género, y sobresale como costumbrista del lápiz. En esos trabajos demostró originalidad, uniendo a los trazos satíricos un dramatismo humorístico que da a sus producciones singularidad. Si fuera a compararlo con uno de los humoristas en prosa, diría que es el Mark Twain del lápiz.
 Sus estudios y observaciones de sus viajes a Nueva York y México le han dado madurez, ampliado su horizonte mental y perfilado su habilidad artística. La Academia Nacional de Artes y Letras le premió con medalla de oro dos trabajos presentados en sus concursos. El Salón de Humoristas lo ha laureado también. En la actualidad desempeña el cargo de Inspector General de Dibujo de las escuelas públicas de Cuba. 





 José Manuel Carbonell: Evolución de la cultura cubana. Las bellas artes en Cuba, El Siglo XX, 1928. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Arte & Artistas: Rafael Blanco




   Martín Casanovas

 Rafael Blanco, nuestro gran caricaturista, es, posiblemente,—cubano, esencialmente cubano, cubanísimo,—desde sus primeros pasos y los inicios de su obra, el único que sigue una norma contraria y obedece a distintos impulsos. Contra el lirismo, desbordante y vehemente, que caracteriza la obra y el esfuerzo de nuestra generación, Blanco, dotado de un sentido crítico formidable, y a la par, sabio administrador de los recursos expresivos de su arte, especula, consciente y deliberadamente sobre la materia de que se vale. Su obra, diciendo lo que quiere decir, pero nunca más de lo que pretende decir, es de una avara elocuencia,—avaricia que no implica pobreza, sino sabia y deliberada administración.—Nuestro caricaturista no es ciertamente, un anti-lírico, porque en su obra el sentimiento lírico contenido, sostenido, medido y ponderado, está latente y en tensión constante; es sí, un contra-lírico, que refrena ese lirismo y los impulsos de su temperamento vigoroso, para hacer de aquel la savia, fecunda y circulante, y la carnadura de su arte. No es pues, la actitud espiritual y emotiva de Rafael Blanco, una actitud refleja, sino reactiva. Cada uno de sus rasgos y todas y cada una de sus obras, responden a soluciones deliberadamente previstas y perseguidas, no a hallazgos fortuitos y afortunados.
 Y así, en su obra, la materia expresiva es parca, precisa y medida, sabiamente administrada, no usando más que aquella que estrictamente se requiere para decir y expresar aquello que se propone expresar. Nuestro artista sabe de antemano lo que va a decir, hasta donde pretende llegar, y cuál es su norte; ello le permite ahorrarse palabras y actitudes vanas, y le evita indecisiones, permitiéndole moverse dentro de una estricta y severa economía.  Y aun no siendo un ''fauve", describiéndonos con su arte, singular y paradójico, imágenes vivientes y concretas, de un objetivismo real y efectivo, no estados emocionales, elabora su obra según el postulado fauvista, dentro la máxima intensidad y con el mínimo esfuerzo, o sea, con la máxima economía posible de materia expresiva. De tal forma, que esa ley de economía, es, posiblemente, la nota más característica y sumamente peculiar y esencial del arte sin par de Rafael Blanco.
   

 Esta que podríamos calificar, por lo que se refiere a los asuntos y a la escenificación, serie cubana de su obra, serie que año tras año viene mostrándonos en los Salones de Humoristas, comienza el 1921. Antes de esa fecha, empero, Blanco prefiere y se da ya, con especial predilección a las escenas típicamente locales, de marcado sabor popular.
 Ingresó en la Escuela de San Alejandro en 1903. El 1912, en el entonces Ateneo y Círculo de la Habana celebra su primera exposición individual, con un centenar de caricaturas personales, mordaces y sagacísimas; el 1914 en la Academia de Artes y Letras, una segunda exposición con ciento cincuenta caricaturas. Pero abandona pronto ese género para darse al costumbrismo, —escenas populares, tipos callejeros, escenas del vivir cotidiano,—buscando en ellas y a través de ellas la revelación latente del alma popular y del sentimiento racial, y campo propicio a sus especulaciones y a su avidez, que superan, ciertamente, el interés anecdótico e inmediato de la caricatura personal. En el Salón de 1916, primero que se celebra en nuestra ciudad, Blanco presenta una serie reducida, pero valiosa, de apuntes costumbristas: Unos cartones recios, en los que el color, parco y avaro, es medido y administrado con sabia maestría y eficiente estrategia, sin darle más de lo estrictamente preciso e indispensable, y sin excederse a la cantidad requerida. Y no obstante esa avaricia y esa economía, el color se destaca en esas obras, con claridad diáfana, porque ese no es en ellos un recurso atributivo, sino que responde a una intención expresiva deliberada, e integra de una manera substancial el contenido propiamente expresivo, al par que emotivo, de aquella.   
 Ese costumbrismo, típicamente local, que iniciara con su aportación al Salón de 1916, Blanco, no ha de abandonarlo ya. Del 1918 al 1920, estudia en N. York; el 20 y 21, recorre México, seducido por la belleza, recia y franca, de su arte indígena. Pero, a través de las influencias y las sugestiones múltiples que esos viajes despiertan en él, ese tipismo, de un intenso y substancioso sabor popular, Blanco no lo abandonará ya, antes bien, se afirma en él, y en él afirma y justifica su intenso y profundo cubanismo.   
 Mas, he aquí una cuestión, que nos interesa dilucidar. El cubanismo de Rafael Blanco, ¿no será de índole argumental, de un localismo estrictamente geográfico e insular? ¿Estará en la superficie, y no en la entraña y el alma de su arte? ¿Será de orden escénico y descriptivo?
 He aquí el secreto y la piedra de toque, para el arte de Rafael Blanco. Detengamos, pues. (Seguirá.)


 Rafael Blanco tiene en su haber, como arma propicia y siempre favorablemente dispuesta, un sentido crítico agudo e intensísimo, que esgrime constantemente y que, siendo una de las características de su idiosincrasia, es, asimismo una de las características más propiamente esenciales de su arte. Su ironía, larga y sutil, silenciosa pero incisiva, cortante, e implacable, se refleja diáfanamente en su arte, burlón y guiñolesco, pese a su gravedad y a sus visos trágicos. Esta ironía, que tiene para todo y frente a todo una sátira, que responde a las sugestiones del medio no con un eco, sino con una réplica contundente, reactivamente y no de una manera pasiva, es la revelación fiel de ese don de crítica, que le da un control severo sobre sí mismo y sus cosas, un control cabal de sus facultades, y una noción precisa de su alcance y el de sus fuerzas. Blanco es, en efecto, un artista dotado, que sabe reprimirse; y para el artista dotado es más difícil y meritoria la economía que el exceso. Y esa virtud, alta virtud en el campo de la actividad artística, la tiene en su favor Rafael Blanco.
 En New York, estudió y acumuló material abundante, adquiriendo una experiencia sólida y substancial: Rápidos apuntes del natural, vivaces e intensos, una sabia ágil y copiosa labor de documentación académica, y a la postre, un repertorio inagotable de reserva. Toda una disciplina académica aprendida y conquistada fuera de toda disciplina y de toda norma, sin otro guía que su propia crítica y su autodidactismo. México, es para él una revelación, que gravitará, por su recia y vigorosa intensidad, por su enorme y substanciosa emotividad, sobre su futuro. Y ese repertorio, esa disciplina y esta rica experiencia, Rafael Blanco las pone al servicio de su ideal estético y desde entonces, cuando esas fuerzas afluyentes cuajan y dan su frutos, su cubanismo se manifestará y producirá de una manera más categórica y esencial; con menos alardes escénicos, con menos argumentaciones que anteriormente, pero con más decisión y firmeza en los propósitos y en la intención. Al través de sus aventuras y de sus romiajes nuestro gran caricaturista, permanecía fiel y sumiso a sus principios y fiel a sí mismo, sin deslumbrarse y sin claudicar. Salió de la prueba robustecido, con un cubanismo menos escénico y argumental, pero si más esencial y categórico. Y es que el cubanismo de Blanco arranca de las mismas raíces y la entraña misma de su arte. No es una actitud atributiva, sino esencial y especifica. Es en él y en su obra una actitud inicial e intencional. El cubanismo de Rafael Blanco es una cuestión previa, y sus escenas y toda la trama de su obra no son otra cosa sino la plasmación de su ideal artístico, y la acomodación de la realidad a un convencionalismo arbitrario y personalísimo, a un ritmo interior y completamente subjetivo, a su manera de ver y de expresarse.


 Rafael Blanco, caricaturista, es personalísimo, arbitrario y sumamente inteligente. Su visión es de un denso y trágico dramatismo, y ella es la que da a su obra un profundo interés emotivo y un contenido estético peculiar, y su tónica inconfundiblemente personal. De una imaginación fecunda y fantasiosa, avasalladora, Rafael Blanco ve el mundo a su manera, apasionadamente, y solo así lo concibe y lo tolera. Lo ve, y así nos lo describe, con implacable ironía, con ensañada curiosidad, con avara e irreductible intransigencia. Sea cual fuere el personaje y la escena que describe, aún aquellas más triviales e inofensivas y que por su escaso contenido argumental menos se prestan al comentario y a la sátira, palpita en ellas, a través de la visión de nuestro caricaturista, este espíritu de tragedia íntima y profunda, peculiar en él, dándole al personaje y a la escena un vigoroso e inusitado dramatismo.
 La caricatura, genérase por una ley de contraste. Contraste e incongruencia entre la idiosincrasia y la personalidad del protagonista, y el acto que este realiza o escena en que interviene; contraste disparatado entre la forma de realizar una acción y los medios que para ello se usan, y la acción en sí misma. Contraste, que provocan el dramatismo y la tragedia, tanto más acentuadas cuanto más se acentúen aquellas. Siempre, en las situaciones ridículas e hilarantes que el caricaturista provoca, palpita un fondo de tragedia, un drama sordo y callado.
  Y como tal, es la caricatura una posición deliberadamente crítica, una visión personal y arbitraria del mundo, que mueve los partes de la tragedia a su gusto, que se vale del convencionalismo de una trama disparatada obligando a ello a los protagonistas, y que, en consecuencia, describe el mundo no tal cual es, sino como el artista quiere que sea, o lo antoja; a su manera, arbitrariamente. Es en propiedad la caricatura, una realización escénica en la cual el caricaturista mueve a su gusto las cuerdas de la tragedia, provocando con ella la nota cómica y la hilaridad. De ahí el valor inmenso del arte caricaturesco de Rafael Blanco, grande entre los grandes de la caricatura moderna, que crea un mundo convencional y una humanidad facciosa y atrabiliaria que mueve con ensañada crueldad, tomando el mundo como un escenario gigantesco en el cual da vida a sus paradojas, y en el cual toman carne sus más fantasiosas y desbaratadas creaciones.
  No debe bastarle al caricaturista abrir sus ojos de par en par y soltar su mano. La caricatura, no puede ser ingenua, ni demasiado fácil, ni refugiarse en la leyenda, o pie de grabado so pena de no ser lo que pretende ser: Es, por el contrario, una actitud y una actividad esencialmente, necesariamente crítica. Y esa es la actitud de Rafael Blanco. Una actitud arbitraria, tendenciosa y parcial, que nos explica el intenso dramatismo de su obra, siendo este una consecuencia y una manifestación, obligada y necesaria, de su criticismo.    
 Criticismo que a su vez justifica y explica, el humorismo de Blanco, penetrante, incisivo, frío y cortante, por su mismo aplomo y su ensañada mordacidad. El valor caricaturesco de su obra no se apoya, meramente, en las deformidades que pueda descubrir y revelar, sino en su intención burlesca, en el propósito, es una actitud deliberada.
 Cuando acude al natural, Blanco sabe lo que va a buscar y a descubrir, y lo que ha de encontrarse: Busca en él elementos y escenificación para darle carnadura a su obra y darle vida: Busca en el mundo espacio y ambiente propicio para dar vida a sus maquinaciones, carne a sus fantasmas y escenarios donde moverlos, viendo reflejarse en la vida las imágenes atrabiliarias y fantasiosas que crea y alienta en su imaginación. El arte de Blanco, pues, se proyecta de dentro para afuera; es un arte inteligentísimo, de un recio cerebralismo previsto y preciso, que nada cede al azar y al hallazgo fortuito.
 De ahí, la claridad diáfana con que compone y distribuye las masas, la firmeza e inteligencia de sus rasgos, cada uno de los cuales constituye no un hallazgo, dado al correr del lápiz, sino una solución, estudiada y prevista. Antes de acudir al natural y situarse ante él, nuestro caricaturista, lleva ya construida y resuelta su obra y le entra con decisión, sabiendo de antemano lo que ella puede dar de sí, y previendo sus soluciones. De ahí, la clara y franca diafanidad con que se produce, la rigurosa firmeza y sabia administración de los recursos gráficos y expresivos de que se vale, y su persuasividad. Es, el arte de Rafael Blanco, un arte de suma inteligencia y de una enorme precisión.


 Igual firmeza e inteligencia se traduce en sus caricaturas personales, en las cuales él con Covarrubias, constituyen las figuras de más relieve y valor en nuestro Continente. Sus caricaturas, son realmente caricaturescas, ridículas, trágicas.
  Y así debe ser. Esencialmente arbitraria, la caricatura personal menosprecia determinados rasgos y peculiaridades individuales, o prescinde de todas ellas y del individuo mismo, ya sea para acentuar, especulativamente, algunos de aquellos, ya para crear otros rasgos y trazos completamente convencionales, esquemáticos y sumarísimos, en los cuales se concentra toda la intención crítica y el interés expresivo y burlesco de la caricatura. Es este un arte arbitrario, que tiene respecto al personaje caricaturizado una vida aparte, guardando con aquel un paralelo, una línea de equivalencia, pero siempre con valor y contenido propios.
 Así con las caricaturas de Rafael Blanco. Arbitrarias, trágicas, implacables. Hay en ellas algo más esencial y más inteligente que una mera deformación o acusación de determinados rasgos: Son sus caricaturas algo más que una mera exageración. Es una humanidad desconocida la que surge con ellas; una humanidad cómica, por su arbitrariedad, ridícula y estrafalaria, que tiene con las personas que caricaturiza, sus representantes y protagonistas. La caricatura de Rafael Blanco no es descriptiva, sino esencialmente arbitraria y sumarísima. En este género, arduo, por la suma facilidad con que se sucumbe a las exigencias anecdóticas del parecido individual, cuando no lo preside otra norma y otra guía que una mera exageración fisonómica, Blanco nos brinda un arte inteligentísimo, ponderado, intencionado y trágicamente burlesco.


 La obra de Rafael Blanco guarda en todos sus aspectos y relacionen una concordancia unánime y perfecta, y en ella, inteligentísima, todo tiene una plausible justificación. Su cubanismo explica su criticismo, y este, a su vez, explica y justifica su íntimo y profundo cubanismo. Blanco que usa donosamente del sofismo y la paradoja, que obliga a sus personajes a decir lo que él pretende que digan, que nos da del mundo una versión completamente personal y tendenciosa, con aires de tragedia: Que nos convence con sus embustes por el aplomo y la persuasividad con que nos los cuenta, es un artista cubanísimo, que pone sus pasiones y su persona en pugna abierta con la realidad, y proclama con su obra la supremacía de la inteligencia.
 El dramatismo vigoroso de su obra, es una proyección de su sentido crítico, y en consecuencia, una actitud consciente y deliberada, no fatal y biológica. En diversos tonos, se ha hecho referencia a una ascendencia goyesca en la obra de Rafael Blanco, no literal, pero sí en el propósito y en la intención inicial, erróneamente a nuestro parecer. Goya ve el mundo con el mismo acento trágico con que lo describe. Blanco lo describe tal cual lo forja en su imaginación. La tragedia goyesca en real y Goya fatalmente esclavo de ella; la de Blanco es una mueca maliciosa con que pretende turbar nuestra candidez y credulidad. Es la obra personalísima de un cubano, que como todos los de su raza goza de la vida, dichoso de vivir confiado a su suerte a la Providencia, seguro de su buena estrella, pero que maldice de todo y de sí mismo y está siempre en la oposición, porque desde ella las arengas y las requisitorias cobran un tono dramático apasionado, versátil, truculento.
 Y ese criticismo deliberado de nuestro gran caricaturista y lo que aquel significa para su arte singular y maravilloso, señala en nuestras artes, una valiosa conquista civil. Es una iniciación, cultural definida, ponqué responde a un propósito deliberado de revelación autóctona, conquista que ansiamos y anhelamos, con patriótico fervor, en todos los órdenes y todas las disciplinas de nuestra civilización incipientísima.

 Revista de Avance, Año I, Núm. 1, marzo 15, y, Núm. 2, marzo 30, 1927.
  

miércoles, 9 de agosto de 2017

Nuestros humoristas: Rafael Blanco



 
 Bernardo G. Barros

 Hace varios años se murmuró en los corrillos del Ateneo y junto a las mesas de los cafés, el nombre de un caricaturista joven que alardeaba de un estilo independiente, acaso no muy comprensible para los aficionados a las heroínas de Willette. Nuestra pobre actualidad artística le rindió agasajo. Los periódicos se poblaron de dibujos firmados por aquél. Y el público se detuvo frente a la rudeza de los contrastes que simplificaban la concepción fisonómica de los personajes caricaturados. 
 Días después, le conocí en la redacción de El Fígaro
 Al saludarnos me dedicó una sonrisa petulante que intentó disimular con un cordial apretón de manos. Hablamos poco. Sus miradas lo escudriñaban todo. Y en sus ademanes vivía el desparpajo natural del hombre que se siente convencido de su triunfo. Cuando nos despedimos apenas si exclamó: 
 –Rafael Blanco... un amigo para el porvenir... 
 Y su figura enjuta, algo despreocupada, me hizo pensar en un temperamento excepcional, capaz de todas las rebeldías y de todos los esfuerzos. 
 Desde entonces ¿cuál ha sido su labor? ¿Qué orientación señaló, entre nosotros, el arte de Forain y Caran d´Ache?... 
 He ahí, el propósito de este artículo. 

                                           
 Cuando en 1797 don Francisco de Goya y Lucientes, dio a la publicidad –bajo el título de “Los Caprichos”– su primera colección de aguafuertes, toda una sociedad que parecía dignificar la más pequeña amoralidad, sintió el calor de las impugnaciones condensadas en aquellos trabajos tan admirados por la factura –en donde predominaba la maestría del claro-obscuro– y por la original concepción de la sátira. El pintor que (como dice el inglés Muther) desdeñó “las reglas formuladas por el arte antiguo para el decorado de los templos”, se hacía más temible que cuando retrataba el espíritu de Carlos IV o la escandalosa coquetería de la reina María Luisa. Porque, removiendo la idiosincrasia de su época, iniciaba una labor de flagelo que habría de renovar después, en un sentido antimilitarista, con “Los desastres de la guerra”... 
 Esto dio lugar, mucho más tarde, a la creación de una escuela (tendencia más bien) que trataba de imponer, dentro del humorismo, la técnica de los Duendecitos, Linda maestra, y cuantos trabajos de igual clase realizó el autor de La Maja Vestida
 En España muchos caricaturistas y muchos fantaisistes se afiliaron a la tendencia reciente. Pero... tal vez porque el público no gustase de ella, o bien porque los discípulos fuesen poco aventajados, lo cierto es que se dejaron influenciar por otras facturas más sencillas y de mejores resultados prácticos. Actualmente, Sancha es una buena prueba de que la historia ha venido repitiéndose. Y también de que Francia ha encauzado dentro de su falsedad humorística de hoy, el gusto acomodaticio de todos los que anhelan conquistar, sin esfuerzos, sin luchas, el poderoso talismán de la vida contemporánea. Y ya sabes, lector, que el business... es el business
 Ahora bien: si te digo que Blanco es un sectario de la manera goyesca, comprenderás cómo no estuvo errada la opinión de los críticos que ensalzaron sus dotes de humorista revolucionario. 


 Blanco, por necesidad, por deliberación inconsciente, rechazó los trillados caminos que a la juventud señalaban los dibujantes del boulevard. No vio lo bello sino lo humano. No buscó lo pequeño, lo que otros detallan con esmero. Su imaginación abarcó la síntesis. De haber sido pintor, figuraría en la clasificación de los impresionistas. 
 Con estas condiciones que el tiempo ha fortalecido, se formó una personalidad inconfundible. Sus trabajos, llevados a cualquier revista europea, resaltarían inevitablemente. Sería un independiente. Porque su estilo es una concepción particular a través de las enseñanzas de Goya. 
 De ahí que no sea un caricaturista popular. 
 La popularidad supone compenetración del artista con el público. Y Blanco, mordaz, agresivo, no puede ser el enfant gáté de las muchedumbres. 
 Analizando sus trabajos, observando su comprensión fisonómica de los caricaturados, hallaremos el espíritu que ha sabido retratar con dos manchas y cinco trazos fundamentales. (Verdadero efecto que consigue desdeñando la geometría rebuscada). Y siempre tenaz, implacable, ha presentado al individuo tal como es, sin embellecerlo, sin evitar el gesto risible. 
 En esta disección ha realizado una nariz personalísima, o unos labios que sonríen con marcada benevolencia. Y hay algo primitivo –y a la vez complejo– en esos rostros que delatan una emoción, o en esos cuerpos afectados por la vida que se revuelve ante los ojos inquisitivos del artista. 
 Gran observador y gran comprensivo, acecha el momento culminante en que lo ridículo vence nuestra estética de máscaras cotidianas. Es un pesimista. Pero no un pesimista que elogia la revuelta melena de Schopenhaüer. No. Es un pesimista que, sonriendo cruelmente, nos dice: 
 –Hombres de letras, pensadores profundos, amanerados de salón... he buceado en vuestras almas y he estudiado vuestras caras... Y aquí os doy lo que he visto; lo que vosotros mismos reconoceréis con un examen de conciencia realizado frente a un espejo...

                                             
 He dicho que Blanco es el revolucionario de nuestro humorismo. 
 En efecto, él (y nadie más que él) rompió con lo convencional. La uniformidad rutinaria; el procedimiento sistemático de aceptar la línea con un valor prefijado; la observación temerosa que robaba personalidad; lo estable de esa observación hermana de un solo gesto cien veces repetido; todo lo que hablaba de talentos y condiciones supeditadas al mal gusto de unas cuantas personalidades confusas, pereció bajo el lápiz rudo –lleno de acometividad– que manejaba un artista verdadero. Blanco ajustó la vida a su técnica y a su manera de ver. 
 Únicamente las manos –eterno escollo de dibujantes y pintores– habrían de resistirse a su dominio. De ahí que sus tipos no posean unas manos correctas, que –sin llegar a la precisión característica de Luis Malteste– (dibujante perfecto y de escuela bien distinta) presenten un aspecto natural de conjunto. 
 En todo lo demás... es el mismo discípulo de Goya, que busca la impresión momentánea. 
 Unas veces la hallará en el compañero o en el amigo. Otras, a pleno sol, en una avenida sembrada de árboles sucesivos cuya fronda, retocada y espesa, simula el verdor de una franja constante... 
 Y así, de ese modo, ha sorprendido las escenas en que el realismo se cubre con el hondo bostezo de todo lo vulgar. 


 Una criandera rolliza que acompaña a dos tripudos muchachos, le sugiere un estudio original de contraste. La diurna procesión de las burras custodiadas por el cálculo de un hombre harto de luz y de ruido, le ofrecen –mientras se alejan calmosamente– un aspecto especial, propicio a ser tratado con la sencillez de un enfantillistè dominador del dibujo. Y Blanco lo hace. Mas, no como Rabier o Dépaquit, sino siguiendo el propio impulso que lo llevó a buscar lo que puede llamarse –paradójicamente hablando– el impresionismo de la línea... 
 Para estos alardes que merecen el encomio, no sólo ha elegido –naturalmente– el campo de la caricatura; sus cualidades entran de lleno en la fantasía, en la parodia, y en la sátira. Es un humorista que abarca todos los géneros, si bien es verdad que la mayor parte de sus trabajos delatan cierta propensión a mostrar el cansancio, y el oculto dolor de las vidas que se arrastran. 
 Ellos hacen reír y pensar. Porque encierran esa filosofía, nada convencional, que limitan las aceras de una calle o el tabique de un cuarto mugriento. 
 Lo cual no quiere decir que Blanco desdeñe otros asuntos. 
 Yo recuerdo un dibujo en que retrató de manera maestra, el profundo meditar de dos ajedrecistas calvos, abstraídos, y con un aire de personas trascendentales... 


 Pero su atención se detiene con más frecuencia en los mismos episodios naturales, imprevistos, que hicieron exclamar a Maupassant por boca de su Mr. Mongilet: 
 –¡Ah! Las cosas que se ven desde un ómnibus. Es un teatro; el verdadero, el genuino teatro de la naturaleza visto al trote de dos caballos.

 Julio, 1911

 El Fígaro, núm. 30, Año XXVII, La Habana, julio 23 de 1911, pp. 455-456. 


domingo, 23 de julio de 2017

Conseja vacua

  


 José Zacarías Tallet 


 En noche de Walpurgis africana y criolla,
De danga, donda y dinga y son y chamacuá,
Atracto de blegornismo por tu cruel guarará
Como el múrido Pérez yo me caí en la olla.

 Salí cachifollado de aquella ruin adrolla,
Auriculando a un gato granizar su “sa sa”
Y, boferúleo abscóndito, a otomano bajá
Entonado el astúrico cantar de la panoya.

 Romántico vocíferos con leiros arrumacos
Brindó a su Laura un fétido buquet de tararacos,
Factizando piruetas a lomo de un casuar

 Mientras doce hipopótamos con helénicas túnicas
Balletizaban glébaras melosas danzas únicas
Hasta quedar sin bofes de tanto zapatear.


   Soneto X, de “Vesania zahorí” (1921)


                             Final

viernes, 21 de julio de 2017

Qué captas, nocturnal, en tus canciones




  Francisco de Quevedo


 ¿Qué captas, nocturnal, en tus canciones,
Góngora socio, con crepusculallas,
si cuanto anhelas más garcivolallas
las reptilizas más y subterpones?

 Microcosmote Dios de enquiridiones 
y quieres te investiguen por medallas
con priscos stigmas o con antiguallas,
por desitinerar vates tirones.

 Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia; 
pues ructas viscerable cacoquimia

 farmacopolorando como mumia,
si estomacabundancia das tan nimia
metamorfoseando el Arcadumia.


miércoles, 19 de julio de 2017

Vesania zahorí. Un apunte




  Pedro Marqués de Armas 

 La génesis de “Vesania zahorí”, los doce extravagantes sonetos con que José Zacarías Tallet anunciaba en 1921, a modo de parodia, el agotamiento del modernismo, la ha explicado el propio Tallet en dos escritos suyos que solo se conocerían ampliamente en 1979. 

 He dejado en entradas anteriores fragmentos de ambos textos, “Yo poeta” y “Autobiografía”, así como el soneto que da comienzo al cuaderno en cuestión, el titulado “Confiteor feérico”.

 Tal como el autor de La semilla estéril expresa, “Vesania zahorí” fue un juego, un ejercicio de exhibicionismo fonético con el que solo pretendía divertirse, tomándole el pelo al columnista de El Mundo, Billiken, quien por entonces arremetía patético contra algunos posmodernistas.

 Tallet lleva al límite el estilo ya de por sí liminal de la “Tertulia lunática” del uruguayo Herrera y Reissig. A un registro enigmático y exaltado, pero conseguido, responde con una sarta de jerigonzas burlescas, de matices lúbricos (donde cubanismos, latinismos, neologismos y citas cultas a la tremenda, etc., confluyen socarronamente) firmadas por un tal Dante Chateaubriand Fernández. 

 Quiso, en correspondencia con recuerdos de su adolescencia, y acaso para asegurarse de que aquella broma fuera tomada como tal, apelar a un “precursor inconsciente”. Fue así que dedicó los sonetos al célebre poeta matancero Seboruco, al que conociera en la década de 1910, si bien se limitó a citar las iniciales de su nombre: A. H. A. Como el libro en su conjunto, tal clave solo podía estar destinada a un grupo de poetas y pintores amigos.

 “Vesania zahorí” pudo perderse para siempre, por lo que integraría hoy ese catálogo siempre extensible de “pérdidas cubanas”. El manuscrito mecanografiado se extravió en manos del periodista español Manuel Aznar, y Tallet tuvo que reconstruir de memoria los sonetos, salvando algunos íntegramente y otros en parte, respecto al original.

 No se publicaron hasta 2007, a ocho décadas de creados, cuando Fernando Carr Parúas los incluye en el capítulo “De una broma a la fama”, de su enjundioso Cosas jocosas en poesía y prosa de José Zacarías Tallet; más tarde, en 2014, Alfredo Zaldívar los incorpora a su recopilación de poemas de Seboruco, Con mucha melancolía

 No existe aún, sin embargo, edición propia del cuaderno, a pesar de tratarse de una de las piezas más significativas de la poesía cubana, sobre todo, por su contraste con una tradición predominantemente seria y, a menudo, abismada en la falsa excelencia.  

 Tallet siempre supo, y así lo confesó, que aquellos estrafalarios sonetos abrieron el camino hacia su obra poética, la que se fragua a partir de 1923. 

 Tal vez la poesía “narrativa” más eficaz del tránsito hacia las vanguardias, toda ella inversión jocosa, aunque a ratos enfática, de los valores modernistas, en pos de un “principio de realidad” por el que más de una vez fue calificada de anti-poesía. 

 Leyendo desde la perspectiva actual estos sonetos, no puede uno sino inscribirlos en cierta tradición hispánica del disparate, pero también, y esto es clave, dentro de una retórica de la locura que destaca, paradójicamente, por su consciencia, esto es, por el intento de expresar, mediante un juego, algo que se sabe “inconfesable”. 

 En esa dirección apunta el título: demencia, frenesí, pero también perspicacia, clarividencia. 

 “Vesania” no solo parodia el estilo y el ritmo modernistas, sino que extrema esa parodia al tomar la “Tertulia Lunática” como referente, y al colocar a Seboruco en el pórtico. Si Lezama señala un parecido entre la “Tertulia” y “La Ronda” de Zequeira, por lo que tienen ambas de alucinadas, cabe también indicar lo que estos sonetos subvierten y, secretamente, controlan.

 La lista es larga y bastaría mencionar algunos lugares: el ingenuo orientalismo de “En la Hamaca” de Tejera, el satanismo desbordado de las “Excéntricas” de Byrne, buena parte del culto pictórico y formal –en última instancia, culto al sentido- propugnado por los posmodernistas, y tentativas como La Ruta de Bagdad, de Regino Pedroso, y esa inmersión en un rococó nacional que es el cansino La Zafra, de Agustín Acosta.

 Verdad que se trata, en el caso de los últimos, de libros posteriores, pero son justamente ellos los que indican el agotamiento del modernismo en Cuba. 

 El mismo año de “Vesania”, por fin Boti daba un giro a su escritura con El mar y la montaña, claro primer indicio de vanguardia. 

 Súmense las efusiones del “perdulario” Barba Jacob, y la falta, en ese justo momento, de un horizonte profano que asomaría solo con el segundo Martínez Villena, el malogrado autor de “Canción del sainete póstumo” (1923).

 No fue la última vez que Tallet parodió a Herrera y Reissig, a quien debe, claro está, la “revelación” del límite al que había llegado la producción de sentido, límite que era necesario “delatar” apelando al juego con los significantes y sometiendo todo exceso, toda locura metafórica (incluso una locura genial como la de "Tertulia"), a la prueba de la parodia. 

 Veamos, por ejemplo, su décima “Palabra vesánica”, donde la referencia al “precursor” Seboruco se instala en el último verso.

 Noche de ronda fañuca
 y de heterodoxos bretes
 noche de los peperetes,
 lóbrega noche fañuca.
 Escolopendra cayuca
 repleta gozosa y senil
 y la viuda de un mandril
 patidifuso y sarniento
 delira con triste acento:
 “sale el toro del toril”.

 Tallet siempre se proclamó “el más loco de los locos”, a la vez que padeció el conflicto de postergar la publicación de su obra y el todavía más acentuado de sentirse un “poeta vergonzante”. 

 El humor de buena parte de su poesía, y el de “Vesania zahorí” en particular, tiene en el soneto de Quevedo, “Al estilo de Góngora”, su antecedente más resuelto. Desde luego, caben en esta genealogía pedazos de Zequeira, la “Camelania espelucífica” de Pérez Zúñiga, y las holgadas cuartetas del vate matancero. 


lunes, 17 de julio de 2017

Confiteor feérico



 José Zacarías Tallet


 Crematuros y sádicos tus labios geniofobos,
Exorna de tu semiperfil crisoberilo,
Cual folias fardedeantes de rútilo mitilo,
Violaron mi mentario con cítricos eufobos.

 Un agrupelamiento de zigzagueantes lobos,
Se inipició impoluto como lilial batilo,
Y demascial mandoble de truculento filo
Ultratumbó mi psiquis en fétidos arrobos.

 Tremé pleto de podre miliunanochescante,
La interna de mi lumen flameó beleorillante,
Se espertriscopió Marte, etéreo y lotófago.

 Mientras tus perloturgos dedos perfirogénitos
Ecumenaron jámblicos ritos urinogénicos
Al violonceleante compás de un ritmo vago.


 Soneto inicial de “Vesania zahorí” (1921).

jueves, 13 de julio de 2017

Nota al pie para Piñera y Seboruco

  


  Cintio Vitier


 Flora, te voy a acompañar hasta tu última morada.
 Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado. *

 Esta aguda captación de un aspecto amargo y mágico de lo cubano, se me asocia de modo involuntario, y sin el menor propósito de establecer “fuentes”, con la “Ballade des damas du temps jadis” de François Villon:

  Dictes moy où, n `en quel pays,
  est Flora la belle Rommaine…
 
  La royne Blanche comme lis
  qui chantoit à voix de seraine,
  Berte au gran pié…,

  y con unos versos del extraño poeta desequilibrado Antonio Alemán, Seboruco, que fue personaje popular en Matanzas a principios del siglo. Recuerdo haber oído a Piñera decir estos versos de Seboruco, como descubriendo en ellos una secreta, oscura intuición:

  El sol alumbra de día,
  la luna alumbra de noche.
  Cuatro ruedas tiene un coche
  con mucha melancolía.


 Lo cubano en la poesía [ed. 1970], p. 483. 


lunes, 10 de julio de 2017

Seboruco precursor




 José Zacarías Tallet 

 Habiendo devorado a Herrera Reissig, se me ocurrió darle una broma al purista –luego compañero y amigo mío cuando, en 1926, ingresó en la redacción de El Mundo, Félix Callejas (Billiken), parodiando cierta manera del mencionado poeta uruguayo, doce sonetos en versos alejandrino, disparatados, pero bien medido y rimados, y con el consiguiente y musical ritmo poético. 

 Los mecanografié esmeradamente y José Manuel Acosta, mi fraterno amigo y más íntimo camarada, aficionado al dibujo y la pintura como yo a la poesía, los ilustró con admirables bocetos ad hoc e hizo al cuaderno una magnífica portada en colores a la aguada. Lo aderezamos con elegante cordón de seda roja como Dios nos dio a entender, y me dispuse a enviarlo a Billiken, pidiéndose su opinión sobre aquellos versos a los que di por título “Vesania zahorí” y por subtítulo Versificaciones mixtificantes. Aparecía como su autor Dante Chateaubriand Fernández y estaban dedicados a: “A A.H.A., precursor inconsciente. A. H. A. era Antonio Hernández Alemán, el popular rapsoda matancero del disparate, más conocido por Seboruco a quien, entre otros del mismo jaez, se le atribuían estos versos: “Calamar, calamar / sal del mar / ¿Ya saliste? / Vuelve a entrar / que el toro embiste.” 

 La carta rimbombante con que pensaba enviar los versos a Félix Callejas, que en esto no me ha flaqueado la memoria –porque la tal carta se perdió-, comenzaba diciendo: “Maestro: Tal vez tocado de semilunático temerarismo, heme atrevido a coleguizar con usted, dando a luz mis más cara lucubraciones estéticas que debí haber forzado con adamantina volición a un quietismo incógnito en las más sinuosas reconditeces de mis órganos cogitatorios.” ¿Qué les parece? 

 Para muestra de lo que eran aquellos versos, he aquí un soneto de los que integraban la “Vesania zahorí”.

 Biobalzaciceme en hospedomos clásicos
 esplinizado en fútil lasitud anodina;
 letalicé mi espíritu en abyecta sentina,
 escorial nauseabundo de residuos diastásicos.

 Un anonadamiento de mis principios básicos,
 tarambaneando en rancia batahola supina,
 entre cirrucidades de niebla ultraopalina
 anacronismisome a los milenios triásicos.

 Evidencié asquizado fangosos bovarismos,
 nepentearon en torno de mí, perogrulladas,
 actoré en niquelarios sórdidos cataclismos,

 hasta que mis madrinas protejodientes hadas,
 latinizaron férvida música de Dinorah,
 sopraneando en mi tímpano: “Periculum in mora.” 

 Pero ni el soneto ni la carta llegaron al columnista de El Mundo. Empezaron a correr aquellos de mano en mano entre íntimos amigos, y en tanto ocurrió un acontecimiento que iba a ser, aunque yo no podía ni remotamente sospecharlo, el turning point, el punto decisivo en mi –llamémosla así- “carrera literaria”. Un amigo mío, Hermenegildo Hernández, ya difunto, diletante de las letras, amigo también de José Antonio Fernández de Castro, y conocedor de “Vesania zahorí” y acaso de algún que otro esbozo de ulteriores poemas serios que garrapateé por entonces, nos presentó. José Antonio, tan generoso de su amistad, me la brindó plenamente. Se entusiasmó con la “Vesania” y con aquellos bocetos serios que, ante su acogida cordial y sincera me atreví tímidamente a mostrarle; y me proclamó poeta de tomo y lomo. Me llevó a las tertulias de la revista El Fígaro y conmigo a mi inseparable José Manuel Acosta –se me olvidaba decir que era hermano menor de Agustín, a quien, mediante él conocí- y nos presentó a Rubén Martínez Villena, a Enrique Serpa y a otros jóvenes intelectuales de la antigua tertulia del Teatro Martí a las que yo nunca concurrí. La “vesania” siguió corriendo de mano en mano, ahora de “intelectuales”, hasta que fue a parar a las del periodista español Manuel Aznar que vivía en esa época en La Habana, donde era director de El País. Aznar se quedó con el cuaderno y al marcharse para España más adelante se lo llevó como una curiosidad. A pura memoria hube de reconstruir posteriormente, a petición de mi hijo, los ya “famosos” sonetos, pues no dejé ni copia, aunque sí debe de haber por ahí alguien que guarde una de illo tempore. Me introduje, pues, en los círculos literarios por la puerta excusada de unas imitaciones extravagantes de un gran poeta. 

 Fragmento de “Yo poeta…”, en José Zacarías Tallet. Poesía y Prosa, Editorial Letras Cubanas, 1979, 402-03. 

 Trabajando con Portuondo, en mis ratos de ocio, compuse en la propia oficina unos sonetos disparatados, parodiando a cierto lenguaje de Herrera Reissig. (El primero que hice lo leyó Agustín Acosta al educador don Eduardo Meireles, diciéndole que era de Herrera y Reissig. Don Eduardo se escandalizó y acabó por rechazar aquella paternidad al ver que en el soneto se empleaba la palabra “agrupelamiento”, el conocido barbarismo cubano.) Era una colección de doce sonetos, titulada “Vesania zahorí”, por Dante Chateaubriand Fernández. Bien mecanografiados fueron todos ilustrados por José Manuel Costa, y llevaba una portada en colores. El cuaderno estaba dedicado a “A.H.A, precursor inconsciente”, es decir, a Antonio Hernández Alemán, el disparatado bardo que Matanzas conocía por Seboruco. El propósito de aquellos versos era tomarle el pelo al periodista y poeta Billiken (Félix Callejas) que en su sección “Arreglando el Mundo” arremetiera contra modernas formas poéticas. Acompañaba a los versos una carta cuyo primer párrafo recuerdo. Decía así: “Maestro: Tal vez tocado de semilunático temerarismo, heme atrevido a coleguizar con usted, dando a luz mis más cara lucubraciones estéticas que debí haber forzado con adamantina volición a un quietismo incógnito en las más sinuosas reconditeces de mis órganos cogitatorios.” Pero ni versos ni carta fueron enviado a Billiken. Algo más adelante el cuaderno hizo furor entre los que iban pronto a ser mis amigos literarios y perdí el original que se llevaría para España, como una curiosidad, el periodista que vivió y trabajó en Cuba, don Manuel Aznar. Yo no tenía copia, aunque por ahí alguien hizo alguna. Después he reconstruido los que no recordaba íntegros. Algunos de los que hoy conservo son iguales a los primitivos. Otros parcialmente, no más…”. 

 Fragmento de "Autobiografía”, en José Zacarías Tallet. Poesía y Prosa, Editorial Letras Cubanas, 1979.