jueves, 26 de noviembre de 2020

Pequeña China. Una serie de chinos antes que ningún chino

 


 

   Pedro Marqués de Armas


 Mucho más que los esclavos africanos, y a menudo en oposición a ellos, los colonos asiáticos conducidos a Cuba durante el siglo XIX representaron un valor moderno, propio del incipiente capitalismo industrial. A diferencia de los esclavos, y aun cuando su condición legal no difería demasiado, los coolies encarnan una idea de orden donde, por encima de estereotipos y observaciones empíricas, sobresale el carácter serial de su representación.

 A los chinos se les conecta al ritmo eficaz de las fábricas. Sus cuadrillas devienen pieza de un engranaje más vasto en el que destacan atributos de cantidad, precisión y regularidad. Lo mismo si hacen cigarrillos que ataúdes, si cargan piedras o recogen hortalizas, la imagen dominante es la del manómetro o la correa de transmisión. Se les observa, por otra parte, según normas carcelarias. Enfundado en traje de franela azul, el trabajador asiático encarna tanto al operario de la fábrica-correccional, con nombres irónicos como “La Honradez” o “El Porvenir”, como al recluso del presidio con departamento fabril.

 Se trata en todo momento de contener el azar, lo proliferativo; es decir, aquello que escapa a los principios de orden y regulación. “Raza sutil”, se le equipara incluso con el “veneno” que emplea y que tan a menudo frustra los controles.

 Hacia mediados del siglo XIX, la cuestión no es ya oponer a una reproducción incontrolable que se cree inherente a los pueblos asiáticos, la manida (y compensatoria) idea de su “natural laboriosidad”, sino enclaustrar tales imágenes en la Gran Fábrica del capitalismo. Al margen de las figuras propuestas por la antropología ilustrada, se ha de promover el modelo serial: la cadena producción/disciplina, higiene/control. 

 Veamos, a propósito, algunas espléndidas descripciones.  

  La primera, del viajero Walter Goodman cuando visita “La Honradez”, donde un individuo resalta, curiosamente, del resto en tanto que máquina más efectiva, sin que ello lo particularice en ningún otro sentido: 

Un piso más arriba y nos introducen en un salón alargado con mesas dispuestas en hileras en las cuales alrededor de cien trabajadores chinos cuentan los cigarrillos ya torcidos y los envuelven en las etiquetas ornamentadas en grupos de veintiséis. Se necesita mucha práctica y mucha destreza en la maniobra para desempeñar esta operación con la velocidad requerida. Los chinos –en este establecimiento trabajan mil– son sin embargo expertos en este arte, y pacientes y laboriosos como bestias de carga. Pero entre los hijos del Celeste Imperio, hay uno que se destaca de los demás por su habilidad. Introduce sus diestros dedos sobre los primeros y solo por el tacto conoce cuando tiene en su mano los veintiséis necesarios. Luego, con un movimiento peculiar le da al puñado de cigarrillos la forma tubular y con otro movimiento los envuelve delicadamente en una cubierta de papel que deja abierta en un extremo y dobla correctamente en el otro. Es tan rápido en su trabajo que casi no podemos seguirlo con los ojos y toda la operación desde el principio hasta el fin nos parece hecha como por arte de magia.

 No sólo no puede el cronista seguirlo con los ojos; tampoco logra establecer una diferencia, una singularidad. El movimiento de los dedos es aquí parte de un mecanismo del que resulta a la vez epítome y metáfora: el del trabajo en cadena, pero no como fuerza viva, sino en cualquier caso como pieza de cálculo: contar, torcer, envolver, etiquetar.


 No muy distinto es el relato de Samuel Hazard en Cuba a pluma y lápiz, quien de paso por la misma tabaquería, afirmaba:

Todo el establecimiento está sujeto a cierto grado de precisión y de sistema militar verdaderamente inimitable”. Describe lo curioso que resulta ver a los chinos metidos “en sus trajes azules, parecidos a los de los presidiarios”, algunos rapados y otros con las trenzas recogidas, y todos con una “gorra especial con el nombre de la fábrica sobre una cinta.

   Y más claro resulta este apunte de Ramón de la Sagra en su visita al ingenio Ponina:

…una cuadrilla de chinos dividida en dos filas en incesante movimiento, vaciando un tanque de meladura y llenando las hormas, con la misma velocidad y regularidad que una correa de transmisión o la igualdad precisa de un péndulo... e identificándose con las indicaciones del manómetro y los golpes regulares del pistón.

 Semejante destreza acompaña al colono asiático, incluso, en los trabajos de carga. El culí es capaz de llevar sobre sus hombros, por medio de una larga y flexible pértiga de bambú, dos cargamentos, uno a cada extremo; mientras que el esclavo africano apenas puede sostener un saco de azúcar y a ritmo más lento. Como apuntó Pérez de la Riva, su andar liviano y grácil ajusta de modo inmejorable con el “vaivén de la carga” y crea un “sincronismo tan perfecto” que hombre y aparato parecen formar “un solo cuerpo vivo”.

 Las descripciones anteriores son conocidas. Agrego otras dos apenas citadas:

Como fabricantes de tabacos y cigarrillos, los chinos son insuperables y contribuyen en gran medida al éxito de esa rama de la industria en La Habana. La célebre fábrica de cigarrillos La Honradez emplea a un gran número de chinos para la preparación de sus delicadas mercancías. Los trabajadores, en su mayor parte, se alimentan en el edificio. Su apartamento para dormir es como el camarote de un barco grande de inmigrantes, lleno de literas de varios niveles. En muchas de las literas cuelgan emblemas curiosos y tarjetas impresas con amuletos chinos, probablemente para asegurar el descanso sin molestias para el ocupante. Al entrar en las largas salas de trabajo en este establecimiento, uno está singularmente impresionado por el curioso aspecto de los trabajadores que a primera vista (e incluso en una segunda ojeada) parecen ser todo mujeres. Vestidos con batas largas, de color azul o amarillo claro, con el pelo trenzado y enrollado alrededor de sus cabezas, sus ojos almendrados sujetos firmemente en el trabajo manual, aparecen como largas filas de autómatas manipulados por un solo cable, en lugar de vivir, y pensar como los hombres. ¿Hasta qué punto están pensando estos hombres es todavía una cuestión abierta? (“Life in Cuba”, Harper´s New Monthly Magazine, vol. 43, pp. 350-65).

También visitamos otra gran fábrica de Tabaco, La Honradez, en la que se elaboran tres millones de cigarros diariamente. En todos los departamentos se utilizan máquinas exclusivamente, por ejemplo, para cortar y comprimir “la picadura” o tabaco utilizado en los cigarros; para marcar, hacer las cajas, imprimir y hasta llenar y enrollar el papel de los cigarros, siento esta última máquina un invento francés muy complicado. Hay alrededor de un centenar de chinos e igual número de jornaleros en el edificio, y mil personas de afuera –estos últimos presos- dispuestos a enrollar cigarros por una pequeña suma. Era maravilloso observar la velocidad con que los chinos contaban y empacaban los estuches de papel que envuelven cada paquete de cigarros, pareciendo determinar al tacto, sin contarlos, su número exacto, siendo tan rápido el movimiento de las manos que apenas es posible seguirles con la vista. Para tales trabajos, sin embargo, los chinos parecen estar particularmente adaptados, su débil constitución los hace incapaces para trabajar en el campo o desempeñar otros trabajos rudos. (F. Trench Townsed, Wild life in Florida with a visit to Cuba, p 175; citado en La Fidelísima Habana, p 366).

 Acoplado a la Gran Máquina y sin perder su condición exótica, el trabajador asiático deviene una suerte de autómata que anticipa al hombre masa, al tiempo que se le condena, de modo perenne, a una virtualidad de esclavo. Sea a expensas del ritmo de la cadena productiva, o por la velocidad de las manos, opera a la vez como correa de transmisión y máquina contadora.

 Desde luego, estas representaciones sirvieron para establecer una oposición entre colonos asiáticos y esclavos africanos, un contrapunteo negativo, cuyo trasfondo era el drama mismo de la esclavitud, y la no resuelta modernización de la industria azucarera. Tal como observó otro viajero, Duvergier de Hauranne, el lugar que cada uno tiene en el espacio plantacional suponía “una jerarquía, una separación de castas”, en la que el asiático ocupaba el puesto más elevado, aquel que correspondía a la esfera industrial.

 Ello fue cierto en buena medida; y existen imágenes que así lo reflejan. En las fotografías que George Barnard realiza hacia 1861 en varias plantaciones de Matanzas, se aprecian cuadrillas de asiáticos enfrascados en las labores fabriles, en ocasiones planos de enormes maquinarias, que luego serían reproducidos -en forma de grabados- en publicaciones norteamericanas interesadas en la modernización de la industria azucarera cubana. (“Sugar making in Cuba”, Haper’s Monthly Magazine, 1864-65, vol. 30, pp. 440-53.)  


  El contrapunteo a que es sometido por casi todos los observadores, en relación al trabajador africano, no responde solo a una estrategia económica, ni la reflejaba únicamente en sus aspiraciones y realidades, sino que expresa, además, la necesidad de fomentar estereotipos encaminados a reforzar un control de orden físico y moral. 

 José A. Saco, cuyo mayor temor era ver a Cuba convertida en una “pequeña China” –aun cuando fuera del panorama insular y supuestamente desfasado-, no se proponía sino una economía de los cuerpos. Acaso no se ha observado con suficiente perspicacia que las propuestas bio-políticas de Saco eran excelentemente modernas y propias de esos años en que, junto a los nacionalismos, emerge también el racismo científico con su voluntad de biométrica –en su caso mediante el análisis estadístico de los comportamientos sociales.

 Como señalaron alguna vez Moreno Fraginals y Juan Pérez de la Riva, el carácter típicamente capitalista de la empresa de inmigración asiática impulsó los sistemas de registros (1). A zaga de los balances de producción y de los movimientos aduanales, y con aceptable nivel de calidad para el momento, se desarrollan la estadística sanitaria y la criminal (léase, ésta última, “estadística moral”). Larvarios en la década de 1840, estos registros se extienden a todo el país a partir 1858, justo cuando la “trata amarilla” despega, constituyendo un dispositivo que, en arreglo con indicadores como la reproducción del capital laboral, implicarará articulaciones más extensas.

 Un debate como el que, según cálculo nacionalista, se produjo tras la publicación de la Estadística Judicial de 1862 (2) da cuenta de ello. Se expresaron una serie interpretaciones que, a modo de polémica virtual y tras el calificativo de marras (“la elocuencia de las cifras”), sirvió para promover las estrategias sobre cómo debía procederse con los diversos grupos. Más que el crimen como recurso para refutar la trata, lo que Saco propone en su análisis, es la criminalización del otro, pero ya no apelando a una moral ilustrada, sino positiva, es decir, según criterios biopolíticos y disciplinarios propios del “racismo de Estado”; y ya sabemos que no hay que ser hombre de estado para contribuir a su emergencia.

 Si bien había empleado números a propósito de la epidemia de cólera, a fin de mostrar a los negros como fuente del contagio, ahora puede hacerlo a sus anchas, con total garantía técnica y sin tener que invocar factores climáticos. Saco critica a las instituciones judiciales por su precario funcionamiento, pero le importa señalar, sobre todo, a chinos y africanos como agentes criminales, en tanto comienza a preocuparse por el aumento de ciertos delitos en la población blanca. No por gusto su plan de blanqueamiento de la isla es esbozado en este estudio sobre estadística criminal.(3) 

 EComunidades imaginadasBenedict Anderson mostró como el censo, el mapa y el museo –y cabe también la estadística moral– se entrelazaron para formar el estilo de pensamiento del Estado colonial tardío, operación que daría sustento, bajo iguales claves, a aquellos nacionalismos que aún no habían facturado o consolidado sus instituciones. Se trata de establecer una red clasificatoria –aquí en función de las tendencias criminales, pero lo mismo en cuanto al rendimiento productivo, la mortalidad, etc.– que permita deslindar entre unos y otros. En otras palabras: facilitar el conteo de los individuos en tanto colectivos y desde compartimientos estancos. “Por eso el Estado colonial –expresó Anderson– imaginó una serie de chinos antes que a ningún chino”.


Notas

(1) Pérez de la Riva, Juan: Los culíes chinos en Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2000, p. 177.; y Moreno Fraginals, Manuel: “La brecha informativa. Información y desinformación como herramientas de dominio neocolonial en el siglo XIX”, Santiago, no 29, marzo de 1978, p. 18.

(2) La Estadística Criminal de 1862 (publicada dos años más tarde) no fue la primera en incluir datos sobre la criminalidad asiática pero es la más conocida en este sentido. Además de Saco, la comentan Jacobo de la Pezuela, Henri Dumont, Francisco J. Bona y Rafael María de Labra. (Ver Saco, José Antonio: “La estadística criminal en Cuba en 1862”, Colección póstuma de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos sobre la Isla de Cuba, ya publicados, ya inéditos, La Habana, 1881, pp. 141 y 150, y La América, Madrid, 12 de febrero de 1864).

(3) Con la frase “Cuba se convertiría en una pequeña China”, Saco alude al temor de que fuesen importadas mujeres chinas y constituyeran familias en suelo cubano (“Los chinos en Cuba”, Colección póstuma de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos sobre la Isla de Cuba, ya publicados, ya inéditos, La Habana, 1881, pp. 181 y 187; y La América, Madrid, 12 de marzo de 1864).


martes, 24 de noviembre de 2020

Un cuento chino


  En la amplia habitación que ocupa todo el centro de la vieja casa, sentado sobre las plegadas piernas, Chun, sorbe lentamente el té que dora la transparencia de una diminuta taza de porcelana, mientras la larga pipa de bambú reposa apagada junto a él sobre la alta y esbelta mesa de madera negra, y pulida tan finamente, que parece haberlo sido por el suave roce de las flotantes túnicas de seda, a través de las generaciones. 

 Es cerca de medianoche; por el ventanal abierto entra la luna y sale la mirada de Chun a vagar sobre el paisaje.

 En derredor de la casa, los jardines, con sus caminos tortuosos y sus plantas cultivadas en macetas; detrás, como una felpa de verde y plata, los plantíos de arroz; luego, sobre una eminencia, el pequeño templo del cementerio, donde reposan los huesos de sus mayores; más lejos, un gran edificio recorta la silueta de los techos curvos sobre el azul pulido y luminoso del cielo y, en último término, allá en la lejanía del horizonte, más se adivina que se ve, una cinta oscura que se aleja serpeando hacia el sur. El río, donde los “juncos” parecen grandes aves dormidas en el silencio de la noche…

 Chun está triste. Todo anda mal, desde que un forastero, alto y rubio, de ojos claros y mirada dura, apareció en aquellos lugares. Él, con autorización del Taotai había levantado la casa grande, mitad templo y mitad fortaleza, donde se decían rezos en lengua extraña y se guardaban fusiles y balas, que sus ojos veían alzarse junto al cementerio.

 Primero Chun había tenido que ceder parte de su heredad al intruso de ojos claros. Chun había protestado. Aquella tierra estaba saturada del sudor de diez generaciones de su familia, que habían labrado sus entrañas y sobre ella habían vivido. Todo había sido inútil. El Magistrado de la próxima aldea, hombre rollizo y apacible, le había hablado de cosas raras que no entendió y de barcos llenos de cañones que estaban allá abajo, al Sur, donde el río se vaciaba en el mar, y como corolario, le había ordenado ceder lo suyo y callar.

 Después, el santo sacerdote que velaba en el cementerio el reposo de los muertos y cumplía las prescripciones de los ritos, fue expulsado de su vivienda. Obra del forastero.

 Por fin, lo peor había llegado. Aquella mañana, una cuadrilla de trabajadores, guiados por el forastero, habían pretendido abrir un camino cruzando el cementerio, donde, en ataúdes de maderas cuidadosamente escogidas, reposaban sus familiares difuntos.

  La protesta había sido tan enérgica por parte de Chun y sus vecinos, todos de la misma tribu, que la sacrílega faena había sido suspendida; pero Chun recordaba, inquieto, el gesto amenazador del forastero, al retirarse… y los buques que estaba allá al Sur, cargados de cañones.

 La idea de ser lanzado de la casa solariega le asaltaba y una congoja extraña le atenazaba el corazón.

 ¡Emigrar!

 Recordaba las historias de su primo Chun Muy, que el año anterior, había aparecido a la puerta de la casa, cuando todos le creían muerto hacía ya tiempo y en las ceremonias de difuntos se habían quemado por él papeles de papeles de plata y oro.

 Chun Muy había contado sus aventuras a toda la familia reunida en las frescas veladas del invierno.

 Cuando, hacía más de treinta años, muchos más, antes que Kuang-Su fuese Emperador, un día, lleno de curiosidad, por conocer el puerto y ver los “barcos de flores” y todas las maravillas de que hablaban los barqueros que en los grandes “juncos” acarreaban la sal, se embarcó en uno de aquellos que bajaban el río, emprendía sin saberlo un viaje larguísimo y doloroso.

 En el puerto lo habían llevado con engaño a un gran buque de altísima arboladura y que en nada se parecía a los juncos que navegaban por el río. Allí, a bordo, había sido violentamente encerrado en la bodega y… ¡a navegar y sufrir!

 Había sido llevado a un país hermoso, donde fue esclavo y donde había esclavos negros y hombres blancos que morían en los patíbulos, por no pensar como pensaban los que gobernaban.

  Y había conocido el látigo que corta la carne en las espaldas, las cadenas que destrozan los tobillos, los cepos, de gruesos leños, como los que había visto usar en su país para los ladrones, y todas las amarguras y todas las vejaciones.

 Había visto a sus compañeros ahorcarse para escapar a tanta miseria, y feroces perros destrozar los cráneos de infelices fugitivos. Y un día, en aquel país lejano y hermoso, había resonado un gran grito, y todos los que sufrían se habían alzado en tremendo gesto de protesta. El incendio lo había arrasado todo, los campos inmensos de cañas de azúcar, que, al arder, estallaban como racimos de cohetes en día de fiesta, y las fábricas… y los látigos y los cepos. Había sido, como si los esclavos todos, formando un solo cuerpo y agitando un solo brazo, hubiesen azotado las espaldas del amo con un tremendo látigo de fuego. Y, después, habían sido libre todos, los que cargaban cadenas y los condenados a morir en los patíbulos…

 De pronto, un clamoreo inmenso rasgó el silencio de la noche y Chun, sobresaltado, vio entrar en su casa un grupo de sus vecinos y parientes, gritando y gesticulando.

 ¡Se realizaba el sacrilegio! El forastero, al abrigo de la noche, con su cuadrilla de trabajadores, removía la tierra del cementerio y los huesos de sus mayores.

 De un salto, Chun estaba en el portal y, destacándose sobre la clara luminosidad del cielo, vio el grupo de los trabajadores, dominado por la figura alta y recia del forastero, y, allá adentro, en el espejo de su cerebro, la fantástica imagen de un inmenso látigo de fuego…

 Al aclarar, cuando ya la luna blanqueaba, un resplandor rojizo se alzaba de las ruinas de la casa grande donde se decían rezos y donde se guardaban fusiles y balas y, sobre los restos carbonizados de un “junco” que las aguas amarillentas llevaban río abajo, hacia el Sur, donde estaban los barcos cargados de cañones, iba el cadáver del hombre alto y rubio, que conservaba abiertos los ojos claros donde parecía haber quedado fija la última impresión de espanto y de sorpresa.

                               Por la adaptación,

                                      Mayo, 1909,

                                    Raoul J. Cay.


 El Fígaro, 16 de mayo 1909. 


viernes, 20 de noviembre de 2020

La fiesta de Consulado chino y la Zanja de entonces


 Federico Villoch: "Viejas postales andantes" (fragmento), sección Viejas postales descoloridas, Diario de la Marina, 3 de marzo 1940, pp. 18-20. 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Consecuencias del juego de los chinos


  Olallo Díaz González


 Mucha es la afición que se nota en toda la Isla a esta clase de juego, con el que los hijos del celeste imperio hacen su Agosto. Los periódicos, rato es el día que no traen algún suelto referente al asunto, predicando en desierto, porque el pueblo sigue lo mismo. Personas hay que no teniendo más que estrictamente lo necesario para sus alimentos, no les pesa el quedarse sin ellos por jugar aquello que soñaron.

 Componen el juego treinta y siete figuras, piezas o animales, como el Lector quiera llamarlas, divididas por cuadrillas en la siguiente forma:

 Cinco guapos, — Lombriz; Cochino; Luna; Tigre; Buey.

 Cuatro mujeres, — Paloma; Piedra fina; Lanchao; Mariposa.

 Cuatro muchachos, — Taypen; Rana; Perro chiquito; Mono.

 Cuatro curas, — Padre cura; Fuma opio; Santa Mujer; Gato amarillo.

 Cuatro caballeros, — Pescado blanco; Muerto; Caracol; Pavo real.

 Siete cabrillas, — Perro grande; Caballo; Elefante. Lancha; Ratón; Gato boca; Avispa.

 Cinco limosneros, — Majá, Araña o Pato; Chivo; Venado; Camarón.

 Cuatro peones, — Pescado pozo; Gallo; Águila: Jicotea.

 El dueño del juego tiene sus dependientes que le llaman "apuntadores." Estos, por ejemplo, en la Habana, se sitúan en diferentes barrios donde ya son conocidos. Media hora antes de dar a conocer al púbico lo que salió, llevan una lista detallada al dueño de lo que tiene apuntado cada figura y la cantidad que les pertenece. Este revisa las listas minuciosamente y de las treinta y siete figuras la que no tenga nada, o si todas tienen, la que menos le haga desembolsar, es la que dice que está premiada; paga a sus dependientes y estos van a dar la noticia al  pueblo que impaciente los espera. 

 —Qué salió? ¿Qué salió?

 —"Camarón".

 Aquí es lo bueno, todos hablan a un tiempo; unos dan patadas furiosos en el suelo, reniegan de su suerte y se tiran de los cabellos, otros le dicen al chino que hubo trampa y quieren entrarle a mogicones, armando barullo tal que no hay Dios que los comprenda.

 Nada hay en esto ni en lo que voy a relatar de exageración; no haré más que copiar al pie de la letra las escenas que con bastante frecuencia he presenciada.

 Alejo, marido de Conchita, gana dos pesos diarios de peón de albañil y no malgasta ni jun centavo; por las mañanas al ir para su trabajo, deja en su casa un peso para el almuerzo y la comida. Conchita regateándole a la negra carnicera, al bodeguero y al verdulero, siempre economiza su realito con que jugar a los chinos. A Alejo no le dan más que una hora para almorzar y trabaja un poco lejos de donde vive, por lo cual, Conchita le tiene la mesa preparada para que cuando llegue pueda hacerlo a la carrera. Una mañana no encontró Alejo la mesa puesta como de costumbre.  

 — ¿Cómo fue, Conchita, te quedaste dormida?

 — No.

 — Pues dame el almuerzo que se hase tarde.

 — Todavía no está.

 — Ya son las nueve y media.

 — Qué sean las dose… Me dolía mucho la cabesa y no me dio la gana de cosinar.

 — Y que almuerso yo?

 — Por un día que dejes de almorsar no vas a morirte.

 — Pero quiero haserlo diariamente, pá eso trabajo. Conque ¿dónde está?: …¡Vamos!

 — No sé

  —No sabes? Pues dame el peso que te deje esta mañana, iré a la fonda.

  —Y yo?

 — Come gambusinas! Venga el peso.

 — Lo perdí.

 — Y por qué no me lo dijistes al prensipio?... Dónde se te perdió?

 — De la sala a la cosina.

  —Quién ha estado aquí?

 — Nadie. 

 Alejo registró la casa sin encontrar el peso; frenético cogió un palo y agarrando a Conchita por un brazo le preguntó:

 — Dónde está el peso?

 — Ya te dije que se me perdió.

 — Y cómo no lo encuentro en ninguna parte? Conchita, o me dises la verdad o te doy una palisa.

 — Me juras no haserme nada?

 — Dime la verdad.

 — Pero tú me juras?

 —Sí.

 — Bota el palo.

 —Ya ¿Qué hisiste con el peso?

 —Voy a desirte la verdad, Alejito; fue que anoche soñé con la "lombriz" y como hase muchos días que no sale, le apunté el peso y lo perdí.

 — Y yo no te he dicho que no juegue a los chinos?

 — Y si hubiera ganado?

 — Ni de una manera ni de otra quiero que juegues, y el día que vuelvas a jugar me voy de tu lado.

 — Desde ahora si quieres puedes largarte. ¿Acaso necesito de ti? Soy muy joven todavía y no me faltan gallitos que me quieran, mucho más desentes y de mejor posisión.

 — Cállate, Conchita

 — No me da la regaladísima gana!

 — Mira, que te meto la mano.

 — Porque soy mujer. ¿A qué no le das a un hombre como tú, manfriso?

 — Conchita!

 — Sí, Manfriso! manfriso! ¿Cómo no te kisiste guapo con Cantúa?

 La contestación que le dio Alejo fue una bofetada. Ella con un jarro de lata lleno de agua, que fue lo que más a mano halló, le mojó de pies a cabeza. — ¡Al momento te largas!

 Conchita hizo un lío con su ropa y fue para casa de su madre, y Alejo sin haber almorzado tuvo que volver a su trabajo. Desde aquel día se separaron.

 La rifa asiática será muy buena; pero te aconsejo, Lector, que no la juegues. A cuántas personas que teniendo un modo de vivir si no con lujo al menos con decencia, ha sumergido en la miseria! Muchas son y en el cuadro siguiente te convencerás de lo que digo. Andrés y Sofía hacía seis años que estaban casados y nunca les había faltado nada; ganaban lo necesario para los gastos de su casa, él con un puesto de frutas que tenía y ella con las costuras. Vino el juego de los chinos; Andrés sin ocuparse del puesto de frutas que muchas veces dejaba abandonado, ni de las lágrimas de su esposa que veía la ruina de su casa, ningún día dejaba de jugar.

 — Andrés ¿por qué juegas a los chinos?

 — Porque me gusta.

 — Pero nunca ganas.

 — Cuando yo les coja la manganilla verás si me desquito.

 — Mientras tanto vas perdiendo lo que trenes.

 — Ya lo recuperaré.

 Vana esperanza! El puesto iba decayendo y Andrés se vio sin crédito y sin dinero con que surtirlo.

 — Mira que nos arruinamos, Andrés.

 — No lo creas, Sofía, ya voy cogiéndoles el juego y pienso vender el puesto a uno que me da siete pesos por él; yo te juro que con ese dinero tanto he de ganar, que volveremos a ser dichosos.

 — Susederá como siempre que juegas.

 — No seas testaruda, Sofía; el juego de los chinos es muy legal y aunque me maten seguiré jugando a él. Hoy mismo vendo el puesto.

 Así lo hizo; pero el dinero fue a parar a manos de los chinos. Andrés no escarmentó con eso y quiso dar el último golpe.

 — Sofía dame tus prendas.

 — Para qué?

 — Para empeñarlas.

 — De ninguna manera. Esas las quiero para el día que no tengan mis hijitos que comer.

 — Y son tuyas acaso? ...Tú te la pones; pero son muy mías porque me han costado mi dinero.

 — No te las doy.

 — Si, corasonsito de melón, verás cómo triplico la cantidad.

 — No, no y no.

 — Me las llevaré a la fuerza.

 Andrés fue a abrir el escaparate; Sofía se adelantó y quitó la llave de la cerradura.

 — Dame la llave

 — Me tienes que matar para quitármelas

 — La llave!

 — Que no te la doy!

 — Abriré sin ella.

 Salió a la calle y volviendo con un martillo y un punzón, se dirigió al escaparate.

 — Andrés ¿será posible?

 — Y poderoso! Dame, que voy a saltar la cerradura.

 — No es necesario, toma la llave.

 Andrés soltó las herramientas y abrió el escaparate contentísimo.

 — Aquí están las prendas! Un par de pulseras, tres sortijas, un alfiler de pecho, el anillo con que nos casamos y un par de aretes. A la casa de empeño me voy.

  Andrés empeñó las prendas y apuntó las cuatro mujeres para el juego de las ocho, tuvo poca suerte, fue premiado el “perro grande”. Las jugó a las diez, le tocó a la “luna." Siguió con las mismas figuras para el juego de las dos doblando la cantidad, tampoco acertó: la "rana" se llevó el dinero. Desesperado dejó las mujeres, y apuntó al “tigre", entonces salió ''piedra fina”, una de las figuras pertenecientes a la cuadrilla de las mujeres.

 — Qué salado soy! —decía, —jugué las cuatro mujeres a las ocho, a las diez y a las dos y no salió ninguna, las dejé en el juego de las cinco y sale “piedra fina," ¡mal rayo me parta!

 


 (…) Sofía tenía razón con el puesto de frutas nunca le debieron un centavo a nadie y desde que Andrés lo vendió no tenían más que trampas y disgustos. ¿Estás convencido, Lector? Ahora te referiré las escenas que diariamente pasan con los apuntadores. Casi todos tienen alquilado un cuarto en una ciudadela. Desde las seis de la mañana empiezan a llegar los inocentes que van a dejarles su dinero. Allí se ven hombres de levita y en mangas de camisa, criados que quitan una parte de la cantidad que les han dado para la plaza, muchachos, en fin, muchas personas de ambos sexos, edades y colores.

 — Medio de "anguila"!

 — Apúnteme un rial al mono!

 — Las siete cabrillas, medio a cada una!

 — Hola, Dorotea!

 — Qué hay, chinita? (Estas son dos criadas; una es lavandera y la otra cocinera.)

 — Cuánto juegas hoy?

 — Medio peso ná más, hija! Estoy en una casa que son muy sicateros, no pude coger más póique no me dan más que dase ríales fueites pá la plasa.

 — Yo juego tres ríales que le robé a mi marío al "gato amarillo,'' póique una negrita que vino anoche a casa no hasía más que cantar ¡Amarillo, suénamelo pintón!

 — Pues yo voy a jugar dos riales fueites al "ratón" porque hoy cuando me levanté había uno grandísimo en la ratonera, y otros dos ríales fueites al "gato de boca," poique cuando lo saqué pá fuera el gato lo trancó.

 — Apúntale aunque sea un mediesito a la "jicotea."

 — Esa no sale hoy, salió ayer.

 — Por eso te lo digo, los chinos son muy jubilaos y la pueden repetil.

 — Bueno Apunta, Enrique, dos riales al "ratón," dos al "gato de boca" y uno a la "jicotea."

 — Tu, mulata bunito, yo tiene mucho dinelo pa ti.

 — Safa, chino, que tu fumas opio!

 —Yo no fuma opio. Yo fuma sigalo, tabaco, esí tá bueno.

 — Siá! —dijo la mulata pegándole un rabazo al hijo de Cantón.

 Poco después vi llegar a un joven que creí conocer, no me engañé, era Balujita.

 — Qué hay de tu vida, Pantaleón?

 — Ya lo ves, Balujita ¿Qué vienes a buscar aquí?

 — A jugar.

 — Tu también juegas a los chinos?

 — Y gano todos los días.

 — Cómo?

 — Porque juego muchos animales y poco dinero y además porque cojo al vuelo las adivinanzas. ¿Quieres verlo? Ven... Chino, dime la adivinansa.

 — Uno casa cerrao, esi hombre tá dentro y sale mucho humo.

 Balujita se puso a pensar… “Uno casa cerrao.... sale mucho huma... Ya sé lo que es, Pantaleón; “fuma opio," apuntale tres pesos.

 — Yo no juego.

 — Cuando te digo que vas a ganar! Haste cargo que yo desde que salí de escribiente estoy viviendo a costillas de los chinos, y ya les he cogido tan bien el juego que raro es el día que no gano cuatro o cinco pesos. .

 — Entonces no trabajarás.  

 — Que trabajen los bueyes que tienen el cuero duro!

 — Dichoso tú.

 — Todo es acostumbrarse, chico; no hago ni un pimiento y la viejita aquella que tú sabes me mantiene y yo soy el jefe de la casa. A ver, chino, dos reales al "fuma opio," medio al “pavo real," medio al "gallo," medio a "Lanchao" y un real a "taypen." Falta medio para cinco reales. Apúntalo al "buey".  

 ¿Quieres jugar en vaca conmigo, Pantaleón?

 — Ya te he dicho que no juego a eso y me extraña mucho que un joven como tú, se ocupe tanto del juego de tos chinos. ¿Qué dirán de ti?

 — Sin cuidado me tiene lo que digan! Por un oído me entra y por otro me sale.

 — Y está bien eso?

 — Chico ¿de cuándo acá? Mira que yo no tengo quien me gobierne.

— Por eso lo haces.  

— Ande yo caliente y ríase la gente.

— Más valía que buscases trabajo y no anduvieras de vago.

— Vas a seguir?

—Viviendo a expensa de esa pobre que

— Adiós, Pantaleón! —dijo bruscamente volviéndome las espaldas.

— Que te vaya bien.

 Media hora faltaba para que el apuntador se llevara la lista, cuando llegó recatándose una mujer.

 — Enrique, tres reales al "elefante."

 — Pela poquito. .

 — Anda pronto, mira que tengo que venir a escondidas de mi marido que es muy seloso.

 — Namá?

 — Luego te pagaré.

 — Yo no fía

 — Toma esa sortija hasta que te pague. ¡Qué desconfiado eres! Yo estoy segura que sale “elefante" porque soñé con él.

 Llegó un negrito.

 — Medio de "majá"! Medio de “raton" y medio de “lombriz” pa la niñita!

 — Tu ama juega? —le pregunté.

 —Ella sí; pero me dise que no se lo diga a naiden; ese rialimedio se lo pidió a mi amo pá cascarilla.

 Al salir la mujer se encontró en la puerta con el marido que la venía siguiendo.

 — Qué hases aquí?

 — Yo? ... Nada. Que vine a ver a una amiga.

 — Una amiga, eh? Al chino Enrique es al que tú viniste a ver, lo sé todo.

 — Qué es lo que sabes?

 — El negosio que se traen Vds ¿Qué papelito es ese?

 — Ninguno.

 — Déjamelo ver,

 — No.

 — Mira que aquí mismo delante de la gente, te pego.

 — Toma, toma.

 — Está escrito en chino para que yo no lo comprenda!

 — Si es el "elefante."

 — Yo elefante! Ven conmigo, que te voy a haser comer el papelito delante de él.

 — Sí, es el “elefante" que juego para las ocho, y como no tenía dinero le dejé empeñada la sortija que tú me diste.

 — Se la habrás dado en prueba de amor. Vamos- allá.

 Ella antes que él hablase dijo: —Enrique, dame la sortija que te empeñé.

 — Tres reales pacá.

 — Pero tú crees que yo soy bobo y no comprendo que ya te conchuchaste con él? …Macao, dame la sortija pronto si no quieres que te abolle un ojo.

 — Papelito pacá.

 — Tómalo.

 El chino entonces devolvió la sortija y el hombre empujando a la mujer hasta la puerta, salieron de la ciudadela. Una vez en la calle, uno de los que habían presenciado la cuestión le grito: — ¡Remolacha! — ¡La vieja!— le contestó este apresurando el paso.

 Ya era hora de ir a entregar las listas y eV apuntador se las llevó. Poco a poco llegaban los jugadores preguntando:

 — Qué salió? ¿Qué salió?

 El chino se entretuvo por el camino y llegó tarde con la lista, el dueño del juego no se la admitió. Cuando esto sucede, los apuntadores tienen que pagar de su bolsillo las papeletas premiadas, había salido la “jicotea.” Parece que no le agradaba mucho esto al chino y cuando regresó a la ciudadela dijo: —No hay juego, papelito paca yo devuelve dinelo:

 —Qué desgrasia! —decían unos.

 — Trampa! ¡Trampa! —gritaban otros.

 Dio la casualidad que las primeras papeletas que le devolvieron fueron las de la “jicotea,” y viendo que ya no tenía que pagar premio ninguno, para quedarse con el dinero de las otras figuras que nada les tocó, volvió a salir, hizo que había ido a la casa de juego y dijo cuando regresó: —Ya jugá. Sale “jicotea."

 Aquí fue Troya, los que habían jugado la "jicotea" reclamaban su dinero.

 — Yo jugué tres ríales, ¡Tramposo!

 — Yo una peseta. ¡Ladrón!

 — Papelito paca yo lo paga pronto.

 Una mulata se encaró con él. — A ver si me pagas tres ríales que jugué a la "jicotea," ladrón!

 — Papelito…

 Tú no me devolviste mi dinero? Mis tres ríales me lo pagas, son nueve pesos.

 — Yo no paga ná, sin papelito.

 — Eso tienes tú de ladrón y sinbelgüensa, ¡Permita Dios que te dé el cólera de tu tierra o que te apuñaleen en una esquina! Tú me vas a pagar, esto no puede quedarse así, voy a buscar a mi querío.

 Llegaron otras personas que maldijeron a su gusto al apuntador, entre ellas, Balujita. — ¿Qué salió?

 — "Jicotea."

 — Jicotea! ¡Qué tramposos son Vds! ¿Por dónde echa humo la jicotea? No vuelvo a jugar más nunca.

 Como al cuarto de hora volvió la mulata con su amigo, este era uno de los cheches de Jesús María.

 — Chino ¿poiqué tú no le pagas lo que sale a las mujeres?

 — Yo no tiene que ve ná contigo.

 — No tienes que ver? Pues ahora me vas a dar el dinero de a hombre.

 — Papelito

 — Vamos, señores, —dije yo, —se concluyó.

 — No hay novedá, niñito! se concluyó. Yo respeito a los hombres; pero ese Macao me la tiene que pagar aunque se meta debajo de la tierra.

  No sé si se la cobraría, lo cierto es que el chino sigue apuntando sin novedad, y que todos los días estoy presenciando escenas iguales a las que acabo de referir.


  Costumbres populares. Escenas copiadas del natural, La Habana, Librería La Principal, 1881, p. 49-59. 


lunes, 16 de noviembre de 2020

Del opio




  Marcial Dupierris


  El opio es uno de los grandes recursos de los chinos de 1847, para corromper el corazón de los infelices colonos recién llegados, y aun para destruir su salud, que les importa muy poco, con tal de que a ellos les reporte el fin deseado, que es saciar su ambición desmedida.

 Si se nos preguntase de qué medios se valen para conseguir este opio, diríamos lo que saben muchos, que hay hombres tan poco escrupulosos que no titubean en facilitárselo, sabiendo el daño que ocasionan a tantos desgraciados y a sus patronos.

 Droguistas habrá que en tiempos atrás encargaban al extranjero una sola caja de opio cada dos o tres meses, y que hoy consumen tal vez más del doble en el mismo espacio de tiempo. ¿Pero, serán culpables de algún delito previsto por la ley los que facilitan el opio? Parece que no, porque al farmacéutico le está prohibido expender algunos granos de esta sustancia, como no sea con receta de facultativo; pero tiene el derecho de vender más de cuatro onzas a la vez, sin que tenga que cumplir con requisito alguno, pues que considera o le hacen entender que es para el expendio de otro compañero. El caso es que los asiáticos más antiguos en el país obtienen el opio siempre que quieren y en todas cantidades, y que van a venderlo a las fincas de campo o hacen su comercio con los colonos que van a las poblaciones los días festivos.

 Creo que será útil explicar los fenómenos causados por la acción del opio sobre la economía animal, a fin de que se prevengan ciertos males y no sean confundidos con otros afectos por las personas ajenas a la medicina.

 El opio obra sobre el sistema nervioso cerebral; no lo paraliza, pero disminuye su acción, y por eso es por lo que pierden los sentidos sus sensaciones y se embotan sus movimientos.

 La acción del opio sobre el sistema nervioso ganglionar es idéntica a la que ejerce sobre el sistema nervioso cerebral; y como el aparato circulatorio, el corazón, los vasos grandes y pequeños están bajo la dependencia del sistema nervioso ganglionar, resulta que la circulación deberá experimentar un desorden análogo al que sufre ese sistema cuando está sometido al influjo del narcotismo. Las impresiones serán más débiles y la reacción nula. La presencia de la sangre en el corazón y en los vasos será insuficiente para excitar el aparato circulatorio. De esto resultará una disminución considerable en la rapidez del curso de la sangre. Y como las leyes de física nos enseñan que un líquido, con velocidad doble, ocupa menos espacio que el que circula con lentitud, la sangre, al recorrer su trayecto en las arterias durante el narcotismo, ocupará más espacio del que necesitaría si fuese lanzado con fuerza y rapidez. Vemos pues que los efectos del opio se extienden a todo el sistema circulatorio, y no al capilar solamente, como han creído algunos facultativos, entre ellos Brown, que había atribuido al opio propiedades excitantes, como lo manifestó en estas palabras: Opium me herclé non sedat. Esta opinión errónea induce al facultativo a caer en un error, pues le hace tomar un estado congestivo, que cree limitado a los vasos capilares, por un estado inflamatorio, y le obliga a emplear las emisiones sanguíneas que precipitan la cesación de la acción excitante o sea de la acción vital. Pero prosigamos la descripción de los afectos del opio sobre la economía animal.

 He dicho que la acción del opio se opera sobre los sistemas nerviosos; y como las funciones de la economía se descomponen todas las veces que esos sistemas están desordenados, resultará que el opio adormécelos órganos digestivos y disminuye la sensibilidad, anula la necesidad de comer y disipa el hambre, suspende la digestión y para la quimificación.

 He visto a algunos fumadores de opio vomitar el alimento que habían ingerido algunas horas antes, tal cual las habían comido, es decir, sin cocción alguna. Esto prueba que el opio ha debido obrar sobre los nervios cerebrales que van al estómago y sobre los ganglionarios; pues vemos por una parte que el movimiento de este órgano está suprimido, y por otra, que tampoco hay secreción folicular. La sequedad de la boca y de la garganta, y la mucha sed que causa el uso del opio, son también un efecto de la suspensión de la secreción habitual de aquellas partes, la cual está bajo el influjo del sistema nervioso ganglionar.

 Si prosiguiera mis observaciones acerca del tubo intestinal, veríamos que allí obra el opio del mismo modo que sobre el estómago, y que causa el estreñimiento. Pero bástame haber de mostrado que los efectos del opio, iguales a los de todos los estupefacientes, no causan solamente una detención en el movimiento circulatorio, por la disminución de la acción nerviosa, para probar que la desarregla, que la pervierte, que la perturba en algún modo, y que de consiguiente llega a la economía en un estado morboso, rebelde a todos los medios más bien indicados de la medicina.

 Podría hacer más extensas mis investigaciones sobre este particular; pero considero que lo dicho acerca del desorden observado en los tres grandes aparatos de que he tratado, basta para que se comprenda que el cuadro de los desórdenes causados por el abuso del opio es de lo más espantoso, y lo es siempre mayor y más rápido en sus efectos, cuando el opio no es puro, como el de la India, por ejemplo.

 Dirán quizás muchos al leer esta descripción médica, que pudiéramos habernos limitado a decir que el opio fumado es pernicioso para la salud; que los asiáticos se lo proporcionan de tal o cual modo. Pero no lo comprendo yo así, ni mi conciencia quedaría tranquila sin haber expuesto esas reflexiones; porque si es cierto que sin ellas hubiera bastado para enterar a los hacendados y ponerlos sobre aviso, no así hubiera sido suficiente para algunos médicos que están destinados en las fincas de campo, los cuales tendrán muchas ocasiones de poder observar esos casos de narcotismo o intoxicación lenta por el opio, y he querido hacerlos partícipe de mis observaciones, a fin de prever un error, que pudiera hacer que tomasen por un estado inflamatorio lo que es enteramente contrario, e indicarles al mismo tiempo que los excitantes, como son: la infusión de café, el cocimiento de dos dracmas de flores de árnica-montana, en una libra de agua tomada en las 24 horas; las abluciones de agua fría hechas con una toalla algo áspera, etc.,  pueden hacer cesar esos fenómenos mórbidos, cuando no hayan llegado al extremo de la perturbación. Quisiera también que este párrafo sirviese para hacer comprender a los que venden el opio a los chinos, que causan un perjuicio enorme a los hacendados, perjuicio que a la vez recae sobre ellos mismos.

 

 Memoria sobre la topografía médica de La Habana y sus alrededores, y Sobre el estudio físico y moral de los colonos asiáticos, Habana, Imprenta La Habanera, calle del Aguacate núm. 62, 1862, pp. 101-103.