sábado, 30 de mayo de 2020

El entierro de Milanés



  Dolores María de Ximeno 

 Cuando el entierro de José Jacinto, al salir el féretro de la casa mortuoria número 38 -hoy señalada por una lápida conmemorativa en la vía principal que lleva su nombre- antes calle de Gelabert; a causa de la elevación de la acera entonces, quedó inclinado el ataúd, casi de pie en el natural declive, deteniéndose allí breves momentos para recibir el homenaje de una corona de laurel.
 Mi madre, en la casa de enfrente, propiedad de su hermana política Rosa, pudo desde la ventana presenciar la interesante ceremonia de trascendencia extraordinaria por ser una brillante exposición que honraba en grado sumo a la naciente sociedad cubana, genuinamente cubana, integrada por hijos del país de reconocidos méritos y virtudes. Contábame ella que protegida por las persianas vio cuanto allí aconteció; recordando yo que al narrarme de la vida de José Jacinto algunos detalles referíame que en los paseos diarios en quitrín descubierto, que el poeta ensimismado e indiferente, acostumbraba a hacer con su hermana Carlota durante el prolongarlo período de su enfermedad, sentado en el carruaje vestido de negro con larga levita y chistera, ya tenía mucho de sepulcral. Y al verle igualmente vestido en el ataúd en capilla ardiente, y más luego en la acera, aún le parecía adivinar tras la cubierta de la caja de muerto, a la misma figura sombría del quitrín, donde la frente sobresalía de los despojos; rasgo este de su fisonomía que en vida atraía la atención: aquella frente serena y despejada, cuna en su día de pensamientos delicados, puros y risueños, de idilios campestres, bellas quimeras, sencillos madrigales. Todo aquel mundo revelábase todavía en las hundidas y pensadoras sienes!...
 Y de la imponente y conmovedora ceremonia que allí sucedióse y ella presenció, decíame lo que en la concurrencia causó de emoción indescriptible. Ante aquella nutrida agrupación de hombres notables que rodearon el féretro -de cuanto más valía en la literatura cubana de la época en La Habana y en Matanzas-, formóse el cortejo.
 Cortejo premeditado, grandioso, sin desdecir un momento del orden y compostura e imprescindible simetría, característica de los tiempos y que presidía todo acto, todo acontecimiento desde el más solemne hasta el más trivial.
 La tarde tristísima: el sol velado por espesos nubarrones que presagiaban inmediata lluvia, -como así fue.-El enlutado acompañamiento extendióse en silenciosa, lenta y dilatada procesión a lo largo de la calle, recta ésta, limitada al final, ascendiendo allá en el horizonte -junto al cielo- por erguidos y majestuosos pinos.
 Engarzada la población con sus laderas y meseta en deslumbrador y magnífico marco de ideales perspectivas que la cercan y aprisionan, admira el matancero en el desenvolvimiento de su existencia -ya cante o llore- el inamovible panorama. Triunfante o triste, transcurre su vida en este edén donde Dios nos eleva y recrea; ora en los albores cuando con planta incierta se deslice en la perfumada senda; ora más tarde cuando con firme paso atraviese sus calles al calor de dulce ilusión; ora cuando la ancianidad su cuerpo rinda: y aun después, exánime el largo trecho recorre, entre decoración de sin igual belleza para dar con su cuerpo en la tierra, -tierra bendita y que confina en un valle de palmas, que el del Yumurí es este del San Juan muy bello; pero extendido, llano, mágico, estando la triste ciudad de los muertos al pie de la sierra que, cual formidable palanca limita en sus extremos a los dos portentos.
 Y debido, ya dije, a la benéfica influencia quizás, abriga el que en Matanzas nace el especial privilegio de la ternura innata, de esa melancolía, de esa reserva que proporciona la reconcentración de profundos sentimientos que jamás estallan y al que al cementerio llevan con su cuerpo, haciendo a la muerte entrega del extraño depósito, del triste presente del corazón enigmático, silencioso, al parecer indiferente, cuando ésta ávida con ansias de chacal busca en los despojos, mayor presa, mayor cantidad que devorar de codicias y vanidades. Cuánto hombre de raro mérito del pasado y del presente, inadvertido allí duerme. Y en el entierro de José Jacinto en prolongada extensión, pues, apreciábase el conjunto, conjunto notable de hombres de saber y de valer en todos sentidos. Hormigueo humano justificado por causa grande y elevada, de manifiesta excelsitud. Alarde exquisito que, con legítimo orgullo hacían sus compatriotas al desaparecido; sin parar mientes en la difícil situación política de la época -ya tirante y recelosa- guardando en la prudente reserva y en impecables formas, toda la seriedad y dignidad y alteza de miras que al acompañaron, fiados tan sólo en sus propias e indiscutibles méritos.
 El cadáver,-los queridos restos-, alternaba entre ellos ennobleciendo así aun más a todas las agrupaciones seleccionadas del talento. El almohadón con el libro; llevada la preciada reliquia una vez, según señalaba el riguroso turno del ceremonial por los directores de "El Salvador" y "La Empresa", honra y orgullo ambos, allá y aquí, de la intelectualidad cubana de aquellos tiempos. La pluma blanca, inmaculada; la blanca hoja revoloteando,-destacaba perceptible a la simple vista con letras negras la estrofa casta y sencilla y culminante de "El beso"; las siemprevivas! y más allá sobre el féretro claveteado de plata, reverdeciendo para siempre, la corona de laurel!...
 Igual ceremonia o parecida a ésta fue la que en el año anterior rendíale el núcleo de cubanos ilustres en la Habana a don José de la Luz y Caballero, cuando sus funerales, sancionada con amplio criterio aquélla, y con creces, por la primera autoridad de la Isla, alcanzando la ceremonia de aquí -aunque en esfera más reducida- gran lucimiento también, compartiendo una y otra el unánime sentimiento.
 De esta de José Jacinto veamos la interesante reseña de un periódico de la capital...
 "Entierro de Milanés.-Se verificó ayer domingo en la tarde en Matanzas el entierro del ilustre y desgraciado poeta de la manera más dibida y solemne. A las cuatro en punto salieron del Liceo como sesenta individuos, vestidos de riguroso luto, llevando uno de ellos una corona de laurel, y otro un pequeño cojín de terciopelo negro en que descansaba un ejemplar de las obras Milanés y sobre ella una hermosa pluma blanca… Así y de tres en tres, llegaron a la casa mortuoria. Al salir de ésta, el cortejo fúnebre, a las cuatro y media, se detuvo el sarcófago en el zaguán y adelantándose el señor don Gonzalo Peoli, leyó una sentida composición poética: en seguida el señor don José María de Zayas, director del colegio "El Salvador", dijo a la memoria del llorado poeta algunas palabras fervorosas y sencillas; en la calle ya, volvió a detenerse la comitiva, y entonces, pironunciando tres o cuatro frases asimismo oportunas el señor don Emilio Blanchet, colocó la corona de laurel en el sarcófago, en nombre del Liceo. Siguió entonces la comitiva por la calle de Gelabert, llevando el féretro en hombros alternativamente las diferentes secciones del Liceo y otras varias personas notables. Inmediatamente detrás, en representación de los amantes de las letras y las ciencias en la Habana, llevaba en sus brazos el señor don Ramón Zambrana el cojín con las obras del poeta, llevando las dos blancas cintas que pendían de aquél los señores doctores don Pedro Cartaya y don Bonifacio Carbonell; detrás y en el centro los individuos que habían ido del Liceo, entre los cuales vimos de la Habana, además del señor Zambrana, a los señores don Rafael María de Mendive, don Claudio Vermay, don José Victoriano Betancourt y don José de Armas, alternando todos en la conducción del féretro y del cojín con las obras. A los lados marchaba un inmenso acompañamiento. Desde la plaza de la iglesia hasta terminar la calle de Gelabert se arrojaron multitud de flores por señoras y señoritas de muchas casas al cruzar el cadáver. Al terminar la calle comenzó a lloviznar, por lo cual el sarcófago fue colocado en el coche y la comitiva le siguió a pie hasta el cementerio. Antes de entrar en éste, se detuvo otra vez aquélla -y entonces el Rector doctor don R. Zambrana, adelantándose dijo con tono sentido: "Señores: en nombre de la juventud ilustrada que en la Habana se dedica a las letras, y a quien me atrevo a representar en este momento, reciba Matanzas el pésame más sentido. Veinte años ha estado el espíritu de ese hombre encerrado en su cuerpo como un rico perfume en un vaso de barro, y sólo algunos destellos atravesaron de cuando en cuando aquel cuerpo como atraviesan algunos átomos del perfume por los poros del vaso. La muerte de Milanés no ha sido un tránsito amargo, sino el triunfo de su espíritu, que ha volado al seno del Eterno, que se ha abismado en el infinito, donde en sus inspiraciones acostumbraba esparcirse: ha tomado posesión de una vez de su legítimo domicilio. A las flores que han derramado las sencillas mujeres a su paso se une el homenaje que le ofrezco; esas flores son en pago de las perfumadas de bien y de virtud que él derramó en el sendero de la vida." En seguida entró el cadáver en el cementerio..."

 Aquellos tiempos. Memorias de Lola María por Dolores María de Ximeno y Cruz, Colección Cubana de Libros y Documentos inéditos o Raros, Tomo II, La Habana, Imprenta y Librería “El Universo”, p. 39-43.

martes, 26 de mayo de 2020

Al Sr. D. José Jacinto Milanés después de la lectura de “El Conde Alarcos”



Ignacio Rodríguez Galván 

Alarcos infeliz! vano es tu ruego,
vanos son tus lamentos…¿Por qué lloras?
No encontrarás la compasión que imploras,
Y tú esposa inocente, ha de morir.

Huye con tu Leonor, desventurado,
ó al menos por piedad, sella la boca;
rompe, destroza la terrible toca,
que aliento falta ya para sufrir.

Rueda en el cielo tempestad sombría
el viento cruza embravecido y zumba,
y el rayo destructor brilla y retumba
al compás de la voz del trovador.
Tú fuiste criminal,- y tu destino
con sangre de Leonor será sellado,
que al ángel de la muerte has convidado
en aquella tu cena de terror.

¡Grato poder del inspirado genio!
¡encanto sin igual de la poesía,
que el alma aduerme en blanda melodía,
y es dulce la inquietud del corazón!
Prosigue, Milanés, tú que conoces,
ese lenguaje mágico del cielo,
sigue, y serás en tu atrevido vuelo
de tu risueña Cuba admiración.

Más huye á donde entronizado ondea
de libertad el estandarte al viento,
que de tiranos el impuro aliento
al genio daña, y lo marchita en flor,
No empero toques las sangrientas playas
do la discordia lanza horrendo grito
ni mucho menos el país maldito
que á Heredia fue de luto y de dolor.

Que allí tiranos ves.- Y o bien te arrastras
en el umbral de estúpido magnate,
ó bien adulas miserable vate,
a un pueblo corrompido y sin pudor.
Y ni el consuelo de llorar te queda,
que á risa moverá tu triste llanto,
y si retruenas en tremendo canto,
serás victima oscura de tu honor.

Jamás olvidará tus dulces trovas
quien hoy te escribe, á ti desconocido,
y, el corazón, de lágrimas henchido,
estará siempre atento á tu cantar.
Eco hallaron tus versos en el pecho
del que seguirte en su poder no cabe.
más, si elevar la voz, cual tú, no sabe
sabe al menos sentir, sabe llorar.

 Habana Junio, 1842

lunes, 25 de mayo de 2020

Milanés se va de viaje




 Nos consta de positivo que a poco de haberse embarcado en Matanzas para los Estados Unidos el querido poeta matancero don José Jacinto Milanés, para ver si se hallaba un remedio a sus dolencias físicas y morales, después de haber sufrido un horroroso mareo, que le duró los tres o cuatro primeros días, de repente sintió su razón casi del todo despejada, y con asombro de todos principió a conversar con su hermano y amigos que le acompañaban en el buque, con tanto desembarazo, con tanto juicio, con tanta exactitud como en los felices tiempos en que escribía sus bellas y filosóficas composiciones y su interesantísimo Conde Alarcos.
 Así siguió con una visible mejoría, y apenas desembarcó en el puerto a que se dirigía, escribió dos cariñosas cartas a su madre y sus hermanas, muy bien puestas, y revelando en ellas los progresos visibles de su restablecimiento.
 Su hermano, el apreciable literato D. Federico Milanés, escribe también a su familia en estos mismos términos.
 Entusiastas y verdaderos admiradores del talento de D. José Jacinto Milanés, con inexplicable dolor veíamos apagada en los primeros albores de la vida la luz espléndida de su genio y de su inteligencia; y hoy que tenemos fundadas esperanzas de que vuelva a encenderse, bendecimos la divina Providencia, a cuyos inescrutables designios plugo abrumar por espacio de algunos años el genio que ya se había conquistado un esclarecido nombre en la literatura, para que, después de algún tiempo de doloroso silencio, se levantase de nuevo más alto, más brillante, y sea una de las glorias de su país.


 “El poeta Milanés”, Diario de la Marina, 22 de junio de 1848, p. 3. Fotografía: Bahía de Matanzas, George N. Barnard (1860).  


miércoles, 20 de mayo de 2020

Un caso raro de catalepsia


  Romualdo Paladín 

 Todos los periódicos se han ocupado más o menos extensamente y en las sociedades científicas se ha comentado, el curioso cuanto original caso de catalepsia ocurrido en el Hospital Militar de la Habana, por lo que creemos innecesario su reproducción, limitándonos sólo a estampar algunas reflexiones que el mismo nos sugiere.
 Considerado como una especie nosológica determinada, nada ofrece de raro ni anómalo que no pueda referirse a los tipos descritos por los diferentes tratadistas de patología médica; sólo tiene de extraño el tiempo de su duración; se nos habla de un período de 18 meses, lo cual es verdaderamente extraordinario, pues a excepción del que se refiere por Sauvages, y acogido con la reserva que la prudencia indica, a pesar de su indisputable autoridad (8 años), no tenemos noticia de otro de tan larga duración; y no se crea que eso sea desmentir la aseveración para nosotros muy respetable del Dr. Tolezano, pero la verdad es, que cuando las noticias tienen que recorrer distancias tan largas como la que nos separa del lugar escénico, o sufren un aumento que las desfigura por completo de lo que primitivamente fueron, o se las imprime una tan alta atenuación que muchas veces el microscopio no descubre vestigios de su real existencia: por lo que hace al caso que nos ocupa, nos inclinamos a creer se halle comprendido en el primero de los conceptos expuestos, es decir, que las brisas del mar saturadas de vapor acuoso y cloruro de sodio, han debido producir en él una infiltración edematosa tal, que cuando le hemos cogido y examinado tiene toda la apariencia de un raro fenómeno.
 Es la catalepsia una neurosis cuya patogenia es tan de suyo compleja e inexplicable, la anatomía patológica tan poco nos ha revelado respecto a esta enfermedad, que bien pudiéramos tomar a esta entidad morbosa como tipo de las enfermedades dinámicas con localizaciones indeterminadas y nada concretas; los organicistas encontrarían en esta dolencia, si no les alucinase su obstinación sistemática, la más palmaria decepción, al ver con el espíritu de la más superficial investigación, en el complexus armónico de la vida, sólo el resultado del juego combinado de los diferentes aparatos que constituyen el organismo y haciendo depender, por consiguiente, el estado de salud y enfermedad, según la regularidad o irregularidad con que se desempeñan.
 Es verdad que al tratar de dar forma y modelar las diferentes determinaciones de los síntomas catalépticos, en lo que se refiere a las operaciones cerebrales, se fijan con esmerada atención en las diversas localizaciones orgánicas que el mal puede tomar deduciendo sus conclusiones, de enseñanzas puramente fisiológicas; pero al tratar de formar eslabonamientos y continuidad de causa entre estados tan opuestos de los centros cerebral y espinal y el por qué se limitan las manifestaciones a los músculos de la vida animal, entonces se estrella toda perspicua sagacidad y las más sutiles explicaciones resultan deficientes.
 Porque es muy bonito decir al tratar de dar razón del por qué un cataléptico que tiene conocimiento y conciencia de sí mismo, pues percibe y siente, no puede traducir en determinaciones voluntarias el trabajo de ideación, que tal fenómeno depende en que la sustancia gris del cerebro se encuentra en el complemento de su actividad funcional, residiendo en tal caso la inercia sólo en las fibras nerviosas conductoras que unen el aparato de formación al de ejecución.
 Es igualmente seductora la teoría del acrecentamiento de la inervación de estabilidad para basar el estado de contracción tónica en que se hallan los músculos de la vida de relación; fenómeno reflejo que se explica por la excitación centrípeta que los movimientos pasivos comunicados por mano extraña a los músculos contraídos, producen al cambiar los miembros de actitud; verdad es que sorprende soobremanera la rigurosa proporción que siempre existe entre la cantidad de tensión y la excitación refleja proporcionada por el movimiento pasivo, pero después de tan ingeniosas argucias, no acertamos a comprender, cómo este mismo exceso de tono para sostener a los miembros en posiciones sumamente difíciles y penosas, no sirve también para dificultar el cambio de actitud pasivo (flexibilitas cérea) cediendo lo mismo a una fuerza extraña, bien esté el miembro o cuerpo en una posición violenta, que cuando se halla en otra más natural; porque si en el primer caso, por ejemplo, se necesita para sostener el miembro, una cantidad de contracción tónica representada por 10, y en el segundo sólo haría falta otra como de 5, para variar la primera posición por un movimiento pasivo, habría que emplear una fuerza proporcionada a 10 y sólo de 5 en el segundo, y sin embargo, prácticamente en ambos casos es siempre igual.
 Pero aparte de todo, lo que más me impresionó al leer los detalles del caso, no fue, en verdad, la rareza del suceso ni ninguna de las particularidades a él inherentes; si he de ser franco, más que nada me asaltó en seguida la idea de cómo y en qué estado habrían dejado al pobre gallego al tratarle alopáticamente su tan rebelde enfermedad: me asusté sólo al considerar la cohorte de medios que la terapéutica tradicional recomienda contra esta neurosis y que de fijo habrán ensayado en el infeliz paciente durante el decurso de su padecimiento, pues su persistencia y duración se han prestado a todo.
 Y no vaya a tergiversarse el verdadero sentido de mis palabras creyendo equivocadamente que envuelven una censura al Dr. Tolezano, que después de todo mal podemos hacerlo no estando en antecedentes de los medios que haya empleado antes de recurrir a la música; lejos de esto, a fuer de hombres imparciales, y sin que tengamos para nada en cuenta diferencias de sistema, no vemos en dicho señor otra cosa que un hermano nuestro de sacrificio; y si es cierto que los peligros y vicisitudes que mancomunadamente corren aquellos que persiguen un mismo fin, sirven para formar vínculos de unión tan estrechos, hasta el extremo de fundir dos espíritus de modo que se identifiquen en una sola individualidad, más que un compañero de profesión, más que un hermano de sufrimiento, vemos en el Sr. Tolezano otro yo, que por lo mismo nos merece toda clase de consideraciones y con más derecho a las muy merecidas alabanzas por el éxito alcanzado, que nosotros mismos pudiéramos tributarnos, aunque no fuese más que por el mal parecido. Si el Dr. Tolezano ha recorrido toda la escala de agentes terapéuticos desde las fricciones en seco o con linimentos más o menos irritantes, baños calientes o fríos, afusiones, sangrías, revulsivos, etc., hasta los innumerables antiespasmódicos que se conocen, no ha hecho otra cosa que cumplir la ordenanza de la escuela en que milita. No es, pues, él el culpable caso de que culpabilidad moral pueda haber, sino que en todo caso lo sería la deficiencia de la terapéutica llamada racionalista. 
 El medio con que al fin se consiguió curar tan compleja enfermedad, en verdad que no pudo ser más sencillo, pero reflexionemos un poco sobre su esencialidad o mejor dicho sobre la clase en que terapéuticamente hablando pudiera colocársele para convenir en la clasificación que le corresponde.
 Convinimos al hablar de la patogenia de la catalepsia, en que es una neurosis que, teniendo sus manifestaciones especiales que no creemos oportuno detallar por suponerlo una vulgaridad dada la notoria ilustración de nuestros lectores, está dependiente de alteraciones moleculares de la sustancia gris cortical del cerebro, o de las fibras nerviosas que unen el aparato de formación al de ejecución, cuyas modificaciones dan por resultado la parálisis funcional del cerebro o de la médula.
 Ahora bien: constituida de esta manera la enfermedad, se ha obtenido su curación mediante la vibración de ciertos sonidos que, puestos en combinación artística han dado por resultado un aire musical determinado, que cuando más, habrán venido a herir de cierta manera el órgano del oído del paciente, pero nada más. ¿Nos quieren explicar los que sólo ven en la enfermedad alteraciones de estructura de los órganos, cómo han podido obrar estos sonidos, para obtener el resultado que se apetecía? Porque aunque en el estado actual de la ciencia se ignora el cómo se comportan la mayor parte de los medicamentos dentro de la economía animal, esto que los físico-químicos quieren que no sea otra cosa que una retorta, pero que por más vueltas que lo den siempre será la manifestación animada del dinamismo universal, se sabe, no obstante, que al ingerir ciertas sustancias de las que de antemano se tienen apreciadas sus propiedades, han de ejercer acciones análogas sobre determinados elementos orgánicos, viniéndonos a dar razón aunque bien es cierto que de una manera vaga y poco satisfactoria del por qué o cómo de las curaciones.
 ¿Pero y aquellos otros que como el remedio del cataléptico gallego, carecen de propiedades físicas y químicas, pues no es de los agentes ponderables, ni tampoco puede colocársele entre los que conocemos por imponderables pero de propiedades estudiadas, pues que estos mismos sonidos descompuestos o alterados de la melodía en que les colocara la inspiración del autor, resultando otra composición diferente, ningún resultado terapéutico hubieran producido en el caso concreto que nos ocupa, ¿cómo o en virtud de qué han reaccionado en el sentido de la curación? ¿Qué cambio molecular han podido producir en ninguno de los elementos orgánicos?
 Me parece que en fuerza de como los hechos se van progresivamente sucediendo, deben los alópatas ceder en su obstinada terquedad y entrar en las vías que conducen a la verdad. El Dr. Tolezano, acaso sin sospecharlo, ha echado mano de un medio homeopático que le ha producido tan excelentes resultados. Un muchacho joven, lleno de afecciones, rodeado de seres queridos, poco versado en el trato de gentes, habituado, en fin, a cierto género de vida, circunstancias que constituían para él la síntesis de todo su ser y acaso como complemento de todo, habiendo de por medio una muchacha amada, sonriente y benévola como suelen serlo las de esta tierra, que llora la separación de su galante vecino y en la que habría cifrado las más halagüeñas esperanzas, verse de repente privado de lo que constituía su encanto y su forma de ser, cae primero en la melancolía, luego en el éxtasis, con el recuerdo siempre en su tierra fijo, y por último en la catalepsia: se le hace oír un aire nacional y su lenguaje patrio, es decir, se le provoca el recuerdo de aquello mismo que torturándole su espíritu, le produjo su enfermedad, se excita aquel dinamismo a que reaccione en el sentido que enfermó, en una palabra, se le trata por la ley del Similia, y... ya lo sabemos, el enfermo se cura, y rápidamente.
 ¿Habrá necesidad de más pruebas para establecer la bondad del sistema homeopático? La inteligencia de mis lectores suplirá lo mucho más que referente a este solo caso con aplicaciones generales se pudiera añadir.  Réstame sólo para concluir, decir dos palabras de las dosis a que se administró el medicamento. El Dr. Tolezano, como médico que da un medicamento perfectamente homeopático, prescribió también el suyo a dosis fraccionadas y reducidas; notó al instante de lanzar al aire las primeras notas, cambiarse el aspecto del enfermo, temió que la reacción fuese demasiado fuerte y violenta y le dio sólo un globulito de música; repitió sucesivamente el medicamento también a dosis infinitesimales hasta que consiguió su objeto. Nuestro cordial parabién al médico homeópata Dr. Tolezano.


 Revista Hahnemanniana, Madrid, Núm. 5, 31 de mayo 1886, pp. 153-58. Más sobre el cataléptico de La Habana, aquí y acá

domingo, 17 de mayo de 2020

Una cuchilla bien afilada y una mano ligera y diestra



 Francisco A. Sauvalle

 Hace ya unos veinte y seis años que se descubrió el modo de ejecutar sin dolor las operaciones quirúrgicas. Esta cuestión ocupó la atención de los cirujanos desde el principio de la era cristiana. Los médicos romanos del siglo primero hablan de las propiedades del vino de mandrágora para producir sueño e insensibilidad cuando había de emplearse la cuchilla o el cauterio. En diversas épocas se emplearon, con resultados raras veces satisfactorios, la cicuta, el cáñamo, el opio y el alcohol: vino luego el mesmerismo y el magnetismo. Se probó asimismo la aplicacion del frío y la presión sobre la parte que debía operarse. Juvet recomendó una fuerte ligadura un poco más arriba del punto en que se había de practicar la amputación. Unos aconsejaron remojar el bisturí en agua caliente, otros en aceite.
 Cansados de tantos experimentos infructuosos los cirujanos llegaron a convencerse de que una cuchilla bien afilada y una mano ligera y diestra, según la máxima antigua cortar “tuto, cito et jucunde," era lo único con que debía contarse para aliviar los dolores de una operacion. “Pretender aliviar el dolor en las operaciones, escribía el célebre Velpeau, es una quimera que nadie persigue ya en nuestros días. En la cirugía operatoria cuchilla y dolor son dos palabras que no pueden separarse de la mente del paciente. Que la mano del operador sea ligera y firme, el bisturí pulido y bien afilado, que el primer corte sea de una vez de todo el largo y profundidad que deba tener la incisión y luego sígase la operación con prontitud y sin vacilación, no caben otras prescripciones para aliviar los dolores inevitables de una operacion.” 
 Estas palabras fueron el único consuelo que ofrecía a la humanidad doliente el cirujano más afamado de la época. Y sin embargo, apenas acababan de pronunciarse, que el Dr. Horatio Wells, dentista de Hartford, publicaba el resultado satisfactorio obtenido en sus ensayos con el óxido nitroso (protóxido de ázoe)* y demostraba que alejar el dolor de las operaciones quirúrgicas dejaba de ser ya una quimera. Dos años despues, en 1846, los Doctores Jackson y Morton descubrieron iguales propiedades anestésicas en el éter sulfúrico, y el año subsecuente de 1847 el Dr. Simpson de Edimburgo reconoció que el cloroformo era un anestésico mucho más poderoso que los precedentes, aunque la experiencia ha probado que es más peligroso.
 Algunos experimentos fisiológicos hechos recientemente por el profesor Claude Bernard tienden sin embargo a demostrar que los peligros consecuentes al uso del cloroformo, se evitan en gran parte combinando este con uno de los alcaloides del opio, por ejemplo, la morfina. Esta última sustancia ejerce una acción cuya esencia fisiológica no se conoce aun suficientemente. Lejos de suprimir la sensibilidad como el cloroformo, produce en la mayor parte de los animales un exceso de excitabilidad. Administrada en alta dósis se consigue, es verdad, la estupefacción y la inmovilidad del animal; pero se aumenta en él la sensibilidad. En dósis más moderadas la estupefacción es menos completa, y en este estado si se aplica uno de los agentes anestésicos, v. g. el cloroformo, se neutraliza esa excesiva sensibilidad. Cree el Sr. Bernard que se debe administrar primero la morfina, puesto que siempre que se empieza por el cloroformo, la insensibilidad que produce se prolonga a veces de un modo alarmante, mientras que hallándose el individuo bajo la influencia de la morfina, basta interrumpir la inhalación del cloroformo para que reaparezca la sensibilidad; pudiendo así el operador a voluntad suprimirla o restablacerla alternativamente, lo que en ciertos casos ofrece grandes ventajas, alejando al mismo tiempo el riesgo de los graves accidentes que deben temerse del cloroformo administrado en altas dósis. Estas combinaciones merecen ser estudiadas.

 * No es la primera vez que entre nosotros se habla de las aplicaciones del protóxido de ázoe. V. La Emulación, T. 1: ent. XII, pg. 7. En cirugía dental se ha empleado muchas veces en la Habana por el Sr. G. Tincker; y con este motivo presento a la Academia (1863) el Dr. D. Fernando G. del Valle una observacion recogida en los Estados Unidos, en que ocurrió la muerte, para demostrar los peligros que podían acaecer por su administración y la necesidad de que el agente arestésico fuese manejado por personas expertas. Véase también la memoria del Dr. Miranda sobre la "Anestesia local," en los Anales, T. III, págs. 260 y 300,

 
 "Anestesia quirúrgica" (fragmento), (Sesiones del 12 de Febrero y 12 de Marzo de 1871.- Anales, V. pág. 598.)


sábado, 16 de mayo de 2020

El pájaro filarmónico de Cuba



Biografía del Sinsonte que estaba en la calle de Candelaria, casa número 27.






 Lo compré al Maestro Luis de Urra el año de 1837 en 25 ps. y murió en 1856: resulta, pues, una diferencia de diez y nueve años, y dos que gradúo tendría cuando vino a mi poder, hacen veintiun años que contaba el canoro animalito cuando dejó de existir. Y como soy el único doliente que tiene el difunto, a mí es a quien toca el cuidado de que no pasen desapercibidos sus talentos y voy a presentar al público un fiel bosquejo de su vida artística, a fin de que la conozcan mis contemporáneos, y no quede perdida para la posteridad, cumpliendo en esto los deseos manifestados por varios amigos, y los del difunto, que como artista anhelaba sin duda legar su fama a las edades futuras. 

 Como a los dos meses de tenerlo en mi poder, observé que todas las ocasiones que tocaba la flauta o el doble flageolet, y que él estaba cantando dejaba de hacerlo, y hacía un movimiento con la cabeza como quien se interesa a oír, o a aprender alguna cosa que le agrada, lo cual me hizo entender el buen gusto que tenía y el buen discípulo que de él podía sacar. Convencido de ello dí principio enseñándole la escala natural, la que aprendió con tanta facilidad, que a los seis u ocho días la ejecutaba con toda la destreza y afinación que pudiera apetecer el maestro más severo y exigente. Conseguido esto, me interesé en que aprendiese la escala cromática, y confieso no sucedió con esta como con la primera, pues le costó a él como tres meses de trabajo, y a mí otro tanto tiempo de paciencia; pero al fin tuve el gusto de ver realizado mi deseo, y con tal grado de perfección, que algunas ocasiones cuando regresaba a casa, me parecía a cierta distancia estar oyendo a un buen pianista, o un escelente flautista. También aprendió unos cuantos trozos de la Sonámbula y la mayor parte del aria final de Lucía, lo mismo que una infinidad de canciones de la época. 

 Algunos amigos me mandaban sus sinsontes a ver si estando a su lado, conseguían se les pegara alguna cosa; pero todos enmudecían, y se extasiaban ante el Rubini de los pájaros, azorándose en oír un canto extraño en un individuo de su especie. Por espacio de diez años fue un centinela sin relevo, pues jamás pisó ninguna persona el umbral de la casa sin que dejara de ser anunciada con un canto áspero y tan fuerte que todos comprendiamos haber entrado alguna persona; y esto lo hacía lo mismo en todas las horas de la noche. En fin sería interminable, si tratara de referir todas las gracias y habilidades de este peregrino pájaro, las que omito, tanto por no parecer exagerado, cuanto por no cansar al que las lea con narraciones al parecer fabulosas y de ningun interés. Conozco que este elogio es un imperfecto bosquejo del mérito extraordinario de este pájaro, y de todo cuanto pudiera decirse de él, así pues suplico a todos mis lectores disimulen las faltas que notasen; del mismo modo que los defectos del epitafio que dedico a su memoria.

  Aquí yace el inmortal
Cantor raro y peregrino
De la zona tropical,
Que en sus cadencias y trino
 Jamás conoció rival.

                                           El Doliente *


 * Con este epíteto lo firmó el Sr. D. Pedro Castillo, natural de Puerto-Príncipe, de familia distinguida y hacendado rico, entusiasta por la música, y a la vez de este célebre pajarito. Cuanto de él cuenta era una verdad, comprobada por mí, y muy conocida por aquellos días en semejante población. N. del A.


             
 Originalmente publicado El Fanal, Puerto Príncipe, febrero de 1856. Como "El pájaro filarmónico de Cuba", Miguel Rodríguez Ferrer lo incluye en Naturaleza y civilización de la grandiosa isla de Cuba, o estudios variados y científicos, al alcance de todos, y otros históricos, estadísticos y políticos, Madrid, 1876, p, 851.  

viernes, 15 de mayo de 2020

Higiene y medicina románticas. El olvidado Manuel Valdés Miranda



 Pedro Marqués de Armas

 A pesar de haber introducido no pocos de los principales tópicos de la medicina romántica, así como de contar con obra relativamente extensa, la figura de Manuel Valdés Miranda apenas ha sido considerada por la historiografía médica cubana.
 Su nombre debería resaltar al lado de los de Nicolás J. Gutiérrez y Ramón Zambrana, entre los médicos más importantes de su generación.
 Acaso por ser la suya una inclinación más cultural, o, si se quiere, periodística -fue sobre todo infatigable traductor y divulgador- que académica, o por no haber tenido un resonante éxito como médico práctico, pero quizás también a causa de su temprana muerte, su nombre se ha visto opacado.
  Sin embargo, la extensión de sus intereses habla por sí sola: los vínculos entre civilización y enfermedad, la aplicación de la estadística, ya no al limitado campo hospitalario o de las epidemias locales, sino al conjunto de la población y a los principales fenómenos dependientes del progreso, como el suicidio y la locura; la gestión de los recursos sanitarios, la expectativa de vida, etc., todo lo cual lo convierte en uno de los primeros “biopolíticos”.
 A lo anterior habría que sumar su interés por la higiene pública, pero también por la privada, anclado -en esta última- en cuestiones medulares como la transformación del rol materno; lo que le conduce a abordar la lactancia, el matrimonio, el ejercicio físico y la sexualidad adulta. En fin, una serie de aristas de la llamada “higiene doméstica”.
 En esta línea está la traducción que hizo de Educación física de las jóvenes o higiene de la mujer antes del matrimonio (1843), de A. M. Bureand Riofrey, que dedicó a su amigo Francisco Orta y a sus numerosas hermanas, con el consuelo de que mejorasen su salud y conservaran -así dice- las buenas formas y la virginidad. A nombre de la clase de educación de la Sociedad Económica, Bachiller y Morales realizó un informe favorable de este libro del que recomendó repartir "un ejemplar a cada profesora de las escuelas". 
 Valdés Miranda nació en La Habana en 1808. Se formó en el Hospital Militar de San Ambrosio, donde obtuvo en 1836 la plaza de practicante mayor de cirugía. Por un tiempo auxilió a Tomás Romay en sus tareas, pero en breve tuvo que buscarse la vida como médico rural. Durante años trabajó en plantaciones de azúcar, atendiendo a las dotaciones de esclavos, con lo cual se familiariza con el suicidio tan frecuente entre éstos; pero también, con la lactancia y el modo en que las esclavas criaban a sus hijos –siguiendo la regla de la naturaleza–, lo que le sirvió para contraponer sus observaciones a las costumbres de las mujeres de bien y orientar sus preceptos higiénicos en el espacio de la nueva familia burguesa.
 Ya desde mediados de la década de 1830 Valdés Miranda es el más persistente promotor cubano de los tópicos de la locura en su época dorada: escribe y traduce sobre los manicomios parisinos, sobre los avances en ciertas enfermedades mentales, y sobre todo, sobre la doctrina frenológica de Gall, a cuya expansión dentro de la isla contribuye  de manera importante. 
 Notablemente influido por el demógrafo belga Adolphe Quételet, creador de la Biopatía –o estadística poblacional-, traduce para el Diario de La Habana “Teoría matemática de la población según las investigaciones de M. Quételet, de Bruselas”, y para las Memorias de la Sociedad Económica -a partir de 1836- Sur l'homme et le développement de ses facultés ou Essai de physique sociale, que acababa de aparecer en París.
 El capítulo de Quételet sobre las estadísticas del suicidio debió influir en sus varios trabajos, propios y traducciones, sobre el tema. Esto significaba una recepción casi inmediata en Cuba –más rápida que la de Lombroso en la etapa positivista- de la “estadística moral”, campo en el que también sobresalen, con textos propios o traducidos, Ramón de la Sagra y José Antonio Saco.
 Los trabajos de Valdés Miranda sobre las estadísticas del suicidio son abundantes, y el más temprano de ellos, “Frecuencia de los suicidios”, apareció el 17 de marzo de 1836 en el Diario de La Habana, siendo tomado de la Gazette Medicale de Paris. Con el mismo título y precedido de una nota de su autoría titulada “Suicidio”, aparecerá en Repertorio Médico Habanero en 1842.
 Un poco en esa tradición discursiva que, partiendo de Guerry y Quételet, hasta Morselli, tiene como idea rectora la relación entre el aumento de la civilización y el de los suicidios, y en particular, la influencia de los periódicos sobre el número de casos. Con sus crónicas, titulares y grabados, los diarios materializan, según esta tesis, el progreso en forma deletérea. De ahí la crítica a la “imprudencia de esas crónicas” que explotan la sensibilidad del lector impactándola con relatos patéticos o macabros, y con la exposición de "pormenores" innecesarios. 
 Desde luego, otra de sus influencias es la de Gall. Es suya la traducción del folleto Historia de las inclinaciones y sentimientos del hombre según la doctrina de Gall, por F. Ch. (Imprenta de Gobierno, 1842, 30 p.), reseñado en Repertorio Médico Habanero por José Lino Valdés, uno de los primeros frenólogos cubanos. También en esta órbita, traduce “Observación de un individuo con sentido muy desenvuelto para la música seguido de algunas consideraciones sobre frenología por M. Leuret”, tomado de la Gazette Medicale du Paris y publicado en el Diario de La Habana. Y con el título “Frenología”, suyos son varios artículos aparecidos en el Repertorio entre 1842 y 1843.
 Valdés Miranda se ocupó además del historiador, geógrafo y estadístico francés, Moreau de Jonnès, a quien da a conocer en su trabajo “De las investigaciones de Mr. Moreau Jonnès encargado de considerar las luces que la estadística médica puede suministrar con respecto a la locura” (Diario de La Habana, 1844).
 Otra influencia indudable es la del alienista J. E. D. Esquirol, a quien sigue a través de su divulgador parisino, el escritor Alphonse Esquiros. Un conjunto de artículos sobre los asilos de dementes, las causas de la enajenación y su tratamiento, así como sobre la educación de los sordomudos, el gabinete y el museo del doctor Gall, y el magnetismo de Mesmer, que aparecieran entre 1844 y 1845 en el Diario de La Habana, tal vez hayan sido traducciones suyas.
 Escribió asimismo sobre epilepsia y otras enfermedades cerebrales, disentería, lombrices y purgantes. 
 Entre sus textos más curiosos hay que señalar el que dedicó a ciertos disturbios provocados por una actividad sexual extrema, aunque no se dice cuál. Titulado "Magisterios restaurantes", aborda el agotamiento muscular causado por un exceso de trabajo mental, o bien por una imparable actividad erótica, para lo que propone régimenes basados en el reposo, el distanciamiento y el autocontrol. Pero la actividad erótica le importaba también en la otra dirección, la de potenciarla. Así, en la breve pieza "De las trufas", señala las virtudes de dicho tubérculo, tan sabroso al paladar como estimulante para la carne, recomendándolo a ambos sexos. 
 Curioso también es el titulado de las "De la flaquencia", que relacionó con una disposición primitiva del cuerpo y con el debilitamiento de ciertos órganos. Diseña al efecto todo un régimen psicofísico y alimentario para engordar. Igualmente, escribió sobre la obesidad.
 Y no lo son menos los dedicados a la gimnasia, uno de ellos con el título "Gimnasio normal cubano" (Diario de La Habana, 1841). 
 A su labor de traductor hay que apuntar otro interesante título: De la prostitución en la ciudad de París, de J. B. Parent Duchâtelet (Imprenta de Soler y Gelada, 1845), un clásico de la literatura médica prostibularia cuya circulación fue censurada por las autoridades coloniales. (Con presentación y notas de Alain Corbin fue reeditado en 1981, citándosele cada vez más en estudios culturales y de género, los cuales -en el caso de Cuba- suelen saltarse la emergencia de la prostitución, con su riqueza de vínculos, durante las primeras décadas del siglo XIX. Parent Duchâtelet es además autor de un libro sobre las cloacas de París que inspiró a Corbin mientras escribía El perfume o el miasma. El olfato y el imaginario social, su gran investigación de 1982.) 
 Desde luego, existe una íntima conexión entre los reclamos de aplicar la estadística a los fenómenos sociales, y la higiene sexual, apunte ésta a la familia burguesa o a la prostitución. Se trata de esa deriva que va “de la indolencia de las señoritas a la insolencia de las prostitutas”, y que comunica con el cálculo poblacional (natalidad, mortalidad, niños abandonados, oficios y talleres, migración, etc.) como función cada vez más centralizadora, necesitada de un aparato administrativo, en otras palabras, como el motor mismo del Estado.
 Intersticios y cruces que Donzelot estudia de modo brillante en La policía de las familias, en ese entramado se sitúan las expectativas de Valdés Miranda. Circuito donde cabe la frenología con su pretensión -de un prevencionismo ya expresamente dirigido al control del instinto- de anticipar mediante la "palpación de las protuberancias craneales" quienes serán criminales, quienes esposos fieles o quienes incorruptibles gobernantes.  
 Su gestión recuerda un tanto, en este sentido, aunque guardando distancia dado el menor calado y originalidad como escritor, y su escasa influencia política, a la de Pedro Felipe Monlau en España.  
 Manuel Valdés Miranda sobresale, como dije al principio, por su labor divulgadora. Fue redactor de la primera publicación médica cubana, el Repertorio Médico Habanero, que apareció en 1840 y de cuya dirección se hizo cargo en noviembre de 1843, cuando se convierte en Repertorio Médico Habanero y Boletín Científico, al fusionarse con esta última. En esta tribuna comparte espacio con su fundador, Nicolás J. Gutiérrez, así como con Ramón Zambrana, Fernando y Esteban González del Valle, Justino Valdés Castro, Julio Jacinto Le Riverend Longrou, José de la Luz Hernández, Luis Costales y Cayetano Lanuza, entre otros.
 Suele señalarse que propuso el establecimiento, por primera vez en la isla, de una federación médica, tomándose como referencia el artículo "El médico del campo. Carta de un médico del campo a otro de la ciudad", que publicara en el Diario de La Habana en 1835. En el mismo daba a conocer la recién establecida Asociación Médica de Socorros Mutuos de París, cuyo ejemplo se había seguido en Madrid, sugiriendo que se formara una asociación semejante en Cuba, a fin de impedir las desautorizaciones entre los propios médicos, como para asegurar algún sostén para las familias en caso de invalidez o muerte.
 Al morir Tomás Romay pronunció una oración fúnebre en la que, tras besar la mano del cadáver, pidió una estatua para él. 
 Su último puesto fue el de médico inspector del cementerio. Dejó inédita una memoria sobre reformas de las inhumaciones, y parte del extenso libro de Parent Duchâtelet sobre la prostitución parisina. 
 Como miembro de la Sociedad Patriótica tuvo una activa participación en sus juntas. Colectó conchas del país. Falleció en La Habana el 21 de febrero de 1852.


jueves, 14 de mayo de 2020

Durmiendo con gato negro




 Lydia Cabrera


 Reumatismo

 Para acabar con el reumatismo poner ajo en alcohol durante diez días y después tomar de este alcohol de cinco a veinticinco gotas diarias. También cocimiento de artemisa, cogollos de naranja agria, para baños. En los miembros o partes afectadas aplicarse ungüento oriental. Al día siguiente no mojarse con agua fría. Para fricciones, romero, perejil y canela en alcohol. Muy buena la grama en conocimiento. Las hojas del framboyán, jengibre (que dicen en Trinidad, ají-jibre) y alcohol, lo mismo para tomar que en fricciones son inmejorables, así como las patas de pollo o de gallina en alcohol después de tenerlas siete días al sereno, es excelente fortificante. Asimismo el manajú en cocimiento.

 «Créase o no, el reumatismo se cura durmiendo con un gato negro. Este recoge el mal.» Es bueno llevar un brazalete de cobre, que preserva del artritismo. En el siglo XVIII, cuando en Francia Cagliostro inventaba una silla que curaba radicalmente a los reumáticos, con el mismo fin éstos llevaban unas campanillas magnéticas.

 Nos dicen los viejos curanderos que la mejor medicina para los reumáticos es la manteca de majá: «Con eso se curaban los negros en los barracones y en las enfermerías”.

 Rigidez 

 Cuando se presentan fenómenos de rigidez, parálisis o pasmo, la manteca de majá es inmejorable. “El majá procura movimiento”. (“Por eso los bailarines se la untan en la cintura”).
  

 La medicina popular de Cuba: médicos de antaño, curanderos, santeros y paleros de hogaño, Ediciones Universal, 1984, p. 219. Imagen: Lydia Cabrera a los 25 años, An Intimate Portrait (1984). 


miércoles, 13 de mayo de 2020

El gato personal del conde Cagliostro *




Gastón Baquero 


Tuve un gato llamado Tamerlán.
Se alimentaba solamente con poemas de Emily Dickinson,
y melodías de Schubert.

Viajaba conmigo: en París
le servían inútilmente, en mantelitos de encaje Richelieu,
chocolatinas elaboradas para él por Madame Sévigné 
   en persona,
pero él todo lo rechazaba,
con el gesto de un emperador romano
tras una noche de orgía.

Porque él sólo quería masticar,
hoja por hoja, verso por verso,
viejas ediciones de los poemas de Emily Dickinson,
y escuchar incesantemente,
melodías de Schubert.

(Conocimos en Múnich, en una pensión alemana,
a Katherine Mansfield, y ella,
que era todo lo delicado del mundo,
tocaba suavemente en su violoncelo, para Tamerlán,
melodías de Schubert.)

Tamerlán se alejó del modo más apropriado:
paseábamos por Amsterdam,
por el barrio judío de Amsterdam concretamente,
y al pasar ante la más arcaica sinagoga de la ciudad,
Tamerlán se detuvo, me miró con visible resplandor 
   de ternura en sus ojos,
y saltó al interior de aquel oscuro templo.

Desde entonces, todos los años,
envío como presente a la vieja sinagoga de Amsterdam
un manojo de poemas.
De poemas que fueron llorados, en Amherst, un día,
por la melancólica señorita llamada Emily
– Emily Tamerlán Dickinson.


* Adagio El Veronés, de Mozart 

Fotografía: Brassai, 1938. 



lunes, 11 de mayo de 2020

Goethe, Cagliostro, Lezama




   José Lezama Lima

 Al mismo tiempo que las resonancias del simpathos del conde de Cagliostro, alcanza el máximo de su longitud de onda, los mayores relatos de sucesos de su época, se tornan en Goethe más inauditamente precisos. En el relato de su entrevista con Napoleón, no hay trémolos ni roulants. Los signos, los movimientos, las relaciones entre el gesto y la mirada, tienen en su relato la precisión de una jarra cretense. Son los días en que Goethe hace sus escalas meridionales, buscando más la precisión de la hoja del almendro que las secretas modificaciones de las plantas. Las canciones por Santa Rosalía, lo turban como el vino impulsado por la brisa. Se distiende y luego se repliega, anotando las relaciones en el sujeto entre el conocimiento de lo orgánico y la forma en la cristalización. Como otra canción, una nueva tentación. Alguien se le acerca, en sus días sicilianos, y le desliza al oído que la familia de Cagliostro está cerca. Y Goethe se apresta a llevar la tentación a su cuaderno de notas, como si dijéramos la brisa definida en la flauta de siete agujeros.
 Ya Goethe en su comedieta El gran copto, había tropezado con la extraña figuración del conde de Cagliostro. La razón y el iluminismo se entrelazan, recordándonos una tradición donde el intelectualismo cartesiano precisa la salamandra en sus valijas de viaje. La inteligencia exacerbada abrillanta el hilo de su laberinto hasta llegar al encantamiento. La llegada de Cagliostro, en la comedieta goethiana, aparece rodeada de espíritus complacientes. Su destemplado profetismo de simbología egipcia, irrumpe en una reiterada minuciosidad. Los ángeles responden a su voz, forman escuadrones por encima de las puertas que se abren, interpretan o se pierden en las blancas cordilleras del aire. Es un sello al que obedecen, son voces humanas las que hieren sus sentidos. Cagliostro acepta la angeología de Swedenborg, donde los ángeles mantienen sus potencias concupiscibles. Llega el conde a un palacio del XVIII, donde las probetas alternan con las salas de billar, las iniciaciones triangulares con la oblicuidad de la marcha del alfil, las palomas o vestales de Cagliostro con los imanes de Mesmer, el desciframiento de la escritura de Asmodeo con el canon de la sonata. “¡Asaraton! ¡Pantasaraton! Espíritus serviciales, quedaos a las puertas; no dejéis salir a nadie. ¡Uriel a mi diestra! ¡Ituriel a mi siniestra!” Goethe, maestro en apoderarse del plasma de un estilo, burla en su madurez lo que lo impresionó en su primer aprendizaje. Con su habilidad para el diseño, en la gracia de su comedia, conduce las interjecciones y los truenos proféticos del Cagliostro, a la delicadeza de sus burlas, que podrían haber sido musicalizadas por Pergolesi, en una tarde para los placeres de la inteligencia, en el Adriático serenísimo.
 En Sicilia la nueva tentación, la familia de Cagliostro, en el momento en que este acaba de salir de la Bastilla. Pero es ahí, donde lo que se presentó como tentación, tiene que resolverse como hastío, lo que Goethe tendrá que salvar. La forma en que Cagliostro conjuró los recursos de la imaginación, no brotaron de su familia. Pero el relato de esa visita es magistral. Aquella familia de campesinos sicilianos, viejos amodorrados, jóvenes con viruela, no tiene nada que contar de su fascinante pariente. La desolación de la familia de Joseph Balsamo, su insignificancia meridional, quejosa y malhumorada, no amilana el sentido para el relieve tan poderoso en Goethe. Los dones de su magia, la extrañeza de la fulguración de Cagliostro, permanecían tan misteriosos para su familia como para las reuniones mundanas del príncipe Ponisky. Pero aun en aquella familia excesivamente vulgar, Goethe buscará lo esencial, la piedra filosofal del relato.
 Sorprende a la hermana de Cagliostro, “con sus despiertos ojos azules miraba atentamente en torno suyo”. Sorprende también su igualdad somática con el conde, “su forma de cara antes chata que aguda, recordábame la efigie de su hermano, que conocemos por el grabado en cobre”. ¿Qué es lo que recuerda de uno de los más misteriosos personajes que han existido? Que su hermano, cuando se fue del pueblo, le debía cuarenta onzas y todavía no le había pagado, “aunque nadaba en la abundancia y llevaba vida de príncipe”. No recuerda ninguna de sus detonantes sentencias, de la elaboración simbólica de sus sellos, la forma sutil en que tiene que haberse manifestado sus relaciones con su parentela, sólo recuerda la deuda y su cobranza inexorable.
 Llega el sobrino, la nueva generación, con su cara agrietada por la viruela y su rencor a flor de piel, “en todas partes nos niega, dice, y se las da de haber nacido en noble cuna”. Por todas partes, una antipatía soterrada, un odio acumulado, una vulgaridad indetenible. Sólo la madre torna aquella rusticidad malévola en noble simpatía generosa. Cuando el viajero va a retirarse, no puede ya contener su afección y le oímos entonces las palabras más sencillas y más bellas del relato: “Dígale usted que lo llevo dentro de mi corazón”. De aquel coro de rencor, ha saltado la palabra con la suficiente carga poética, que perdona la lejanía de la magia y el olvido de la gracia.
 Era una campesina sencilla y lo que dijo fueran palabras de sencillez. Formaba parte del pueblo siciliano, que sigue creyendo que en los festivales de santa Rosalía, se envía la lluvia piadosa, que facilita la marcha del procesional. Y esa lluvia no era otra cosa, que como han pensado los mistagogos, que los símbolos de la madre, de aquello que Pascal llamaba la reconciliación total y dulce.
                                                                                                                                                             Abril 7, 1957.

   
 “Goethe noticioso”, Tratados en La Habana, pp. 177-179.