viernes, 15 de mayo de 2020

Higiene y medicina románticas. El olvidado Manuel Valdés Miranda



 Pedro Marqués de Armas

 A pesar de haber introducido no pocos de los principales tópicos de la medicina romántica, así como de contar con obra relativamente extensa, la figura de Manuel Valdés Miranda apenas ha sido considerada por la historiografía médica cubana.
 Su nombre debería resaltar al lado de los de Nicolás J. Gutiérrez y Ramón Zambrana, entre los médicos más importantes de su generación.
 Acaso por ser la suya una inclinación más cultural, o, si se quiere, periodística -fue sobre todo infatigable traductor y divulgador- que académica, o por no haber tenido un resonante éxito como médico práctico, pero quizás también a causa de su temprana muerte, su nombre se ha visto opacado.
  Sin embargo, la extensión de sus intereses habla por sí sola: los vínculos entre civilización y enfermedad, la aplicación de la estadística, ya no al limitado campo hospitalario o de las epidemias locales, sino al conjunto de la población y a los principales fenómenos dependientes del progreso, como el suicidio y la locura; la gestión de los recursos sanitarios, la expectativa de vida, etc., todo lo cual lo convierte en uno de los primeros “biopolíticos”.
 A lo anterior habría que sumar su interés por la higiene pública, pero también por la privada, anclado -en esta última- en cuestiones medulares como la transformación del rol materno; lo que le conduce a abordar la lactancia, el matrimonio, el ejercicio físico y la sexualidad adulta. En fin, una serie de aristas de la llamada “higiene doméstica”.
 En esta línea está la traducción que hizo de Educación física de las jóvenes o higiene de la mujer antes del matrimonio (1843), de A. M. Bureand Riofrey, que dedicó a su amigo Francisco Orta y a sus numerosas hermanas, con el consuelo de que mejorasen su salud y conservaran -así dice- las buenas formas y la virginidad. A nombre de la clase de educación de la Sociedad Económica, Bachiller y Morales realizó un informe favorable de este libro del que recomendó repartir "un ejemplar a cada profesora de las escuelas". 
 Valdés Miranda nació en La Habana en 1808. Se formó en el Hospital Militar de San Ambrosio, donde obtuvo en 1836 la plaza de practicante mayor de cirugía. Por un tiempo auxilió a Tomás Romay en sus tareas, pero en breve tuvo que buscarse la vida como médico rural. Durante años trabajó en plantaciones de azúcar, atendiendo a las dotaciones de esclavos, con lo cual se familiariza con el suicidio tan frecuente entre éstos; pero también, con la lactancia y el modo en que las esclavas criaban a sus hijos –siguiendo la regla de la naturaleza–, lo que le sirvió para contraponer sus observaciones a las costumbres de las mujeres de bien y orientar sus preceptos higiénicos en el espacio de la nueva familia burguesa.
 Ya desde mediados de la década de 1830 Valdés Miranda es el más persistente promotor cubano de los tópicos de la locura en su época dorada: escribe y traduce sobre los manicomios parisinos, sobre los avances en ciertas enfermedades mentales, y sobre todo, sobre la doctrina frenológica de Gall, a cuya expansión dentro de la isla contribuye  de manera importante. 
 Notablemente influido por el demógrafo belga Adolphe Quételet, creador de la Biopatía –o estadística poblacional-, traduce para el Diario de La Habana “Teoría matemática de la población según las investigaciones de M. Quételet, de Bruselas”, y para las Memorias de la Sociedad Económica -a partir de 1836- Sur l'homme et le développement de ses facultés ou Essai de physique sociale, que acababa de aparecer en París.
 El capítulo de Quételet sobre las estadísticas del suicidio debió influir en sus varios trabajos, propios y traducciones, sobre el tema. Esto significaba una recepción casi inmediata en Cuba –más rápida que la de Lombroso en la etapa positivista- de la “estadística moral”, campo en el que también sobresalen, con textos propios o traducidos, Ramón de la Sagra y José Antonio Saco.
 Los trabajos de Valdés Miranda sobre las estadísticas del suicidio son abundantes, y el más temprano de ellos, “Frecuencia de los suicidios”, apareció el 17 de marzo de 1836 en el Diario de La Habana, siendo tomado de la Gazette Medicale de Paris. Con el mismo título y precedido de una nota de su autoría titulada “Suicidio”, aparecerá en Repertorio Médico Habanero en 1842.
 Un poco en esa tradición discursiva que, partiendo de Guerry y Quételet, hasta Morselli, tiene como idea rectora la relación entre el aumento de la civilización y el de los suicidios, y en particular, la influencia de los periódicos sobre el número de casos. Con sus crónicas, titulares y grabados, los diarios materializan, según esta tesis, el progreso en forma deletérea. De ahí la crítica a la “imprudencia de esas crónicas” que explotan la sensibilidad del lector impactándola con relatos patéticos o macabros, y con la exposición de "pormenores" innecesarios. 
 Desde luego, otra de sus influencias es la de Gall. Es suya la traducción del folleto Historia de las inclinaciones y sentimientos del hombre según la doctrina de Gall, por F. Ch. (Imprenta de Gobierno, 1842, 30 p.), reseñado en Repertorio Médico Habanero por José Lino Valdés, uno de los primeros frenólogos cubanos. También en esta órbita, traduce “Observación de un individuo con sentido muy desenvuelto para la música seguido de algunas consideraciones sobre frenología por M. Leuret”, tomado de la Gazette Medicale du Paris y publicado en el Diario de La Habana. Y con el título “Frenología”, suyos son varios artículos aparecidos en el Repertorio entre 1842 y 1843.
 Valdés Miranda se ocupó además del historiador, geógrafo y estadístico francés, Moreau de Jonnès, a quien da a conocer en su trabajo “De las investigaciones de Mr. Moreau Jonnès encargado de considerar las luces que la estadística médica puede suministrar con respecto a la locura” (Diario de La Habana, 1844).
 Otra influencia indudable es la del alienista J. E. D. Esquirol, a quien sigue a través de su divulgador parisino, el escritor Alphonse Esquiros. Un conjunto de artículos sobre los asilos de dementes, las causas de la enajenación y su tratamiento, así como sobre la educación de los sordomudos, el gabinete y el museo del doctor Gall, y el magnetismo de Mesmer, que aparecieran entre 1844 y 1845 en el Diario de La Habana, tal vez hayan sido traducciones suyas.
 Escribió asimismo sobre epilepsia y otras enfermedades cerebrales, disentería, lombrices y purgantes. 
 Entre sus textos más curiosos hay que señalar el que dedicó a ciertos disturbios provocados por una actividad sexual extrema, aunque no se dice cuál. Titulado "Magisterios restaurantes", aborda el agotamiento muscular causado por un exceso de trabajo mental, o bien por una imparable actividad erótica, para lo que propone régimenes basados en el reposo, el distanciamiento y el autocontrol. Pero la actividad erótica le importaba también en la otra dirección, la de potenciarla. Así, en la breve pieza "De las trufas", señala las virtudes de dicho tubérculo, tan sabroso al paladar como estimulante para la carne, recomendándolo a ambos sexos. 
 Curioso también es el titulado de las "De la flaquencia", que relacionó con una disposición primitiva del cuerpo y con el debilitamiento de ciertos órganos. Diseña al efecto todo un régimen psicofísico y alimentario para engordar. Igualmente, escribió sobre la obesidad.
 Y no lo son menos los dedicados a la gimnasia, uno de ellos con el título "Gimnasio normal cubano" (Diario de La Habana, 1841). 
 A su labor de traductor hay que apuntar otro interesante título: De la prostitución en la ciudad de París, de J. B. Parent Duchâtelet (Imprenta de Soler y Gelada, 1845), un clásico de la literatura médica prostibularia cuya circulación fue censurada por las autoridades coloniales. (Con presentación y notas de Alain Corbin fue reeditado en 1981, citándosele cada vez más en estudios culturales y de género, los cuales -en el caso de Cuba- suelen saltarse la emergencia de la prostitución, con su riqueza de vínculos, durante las primeras décadas del siglo XIX. Parent Duchâtelet es además autor de un libro sobre las cloacas de París que inspiró a Corbin mientras escribía El perfume o el miasma. El olfato y el imaginario social, su gran investigación de 1982.) 
 Desde luego, existe una íntima conexión entre los reclamos de aplicar la estadística a los fenómenos sociales, y la higiene sexual, apunte ésta a la familia burguesa o a la prostitución. Se trata de esa deriva que va “de la indolencia de las señoritas a la insolencia de las prostitutas”, y que comunica con el cálculo poblacional (natalidad, mortalidad, niños abandonados, oficios y talleres, emigración, etc.) como función cada vez más centralizadora, necesitada de un aparato administrativo, en otras palabras, como el motor mismo del Estado.
 Intersticios y cruces que Donzelot estudia de modo brillante en La policía de las familias, en ese entramado se sitúan las expectativas de Valdés Miranda. Circuito donde cabe la frenología con su pretensión -de un prevencionismo ya expresamente dirigido al control del instinto- de anticipar mediante la "palpación de las protuberancias craneales" quienes serán criminales, quienes esposos fieles o quienes incorruptibles gobernantes.  
 Su gestión recuerda un tanto, en este sentido, aunque guardando distancia dado el menor calado y originalidad como escritor, y su escasa influencia política, a la de Pedro Felipe Monlau en España.  
 Manuel Valdés Miranda sobresale, como dije al principio, por su labor divulgadora. Fue redactor de la primera publicación médica cubana, el Repertorio Médico Habanero, que apareció en 1840 y de cuya dirección se hizo cargo en noviembre de 1843, cuando se convierte en Repertorio Médico Habanero y Boletín Científico, al fusionarse con esta última. En esta tribuna comparte espacio con su fundador, Nicolás J. Gutiérrez, así como con Ramón Zambrana, Fernando y Esteban González del Valle, Justino Valdés Castro, Julio Jacinto Le Riverend Longrou, José de la Luz Hernández, Luis Costales y Cayetano Lanuza, entre otros.
 Suele señalarse que propuso el establecimiento, por primera vez en la isla, de una federación médica, tomándose como referencia el artículo "El médico del campo. Carta de un médico del campo a otro de la ciudad", que publicara en el Diario de La Habana en 1835. En el mismo daba a conocer la recién establecida Asociación Médica de Socorros Mutuos de París, cuyo ejemplo se había seguido en Madrid, sugiriendo que se formara una asociación semejante en Cuba, a fin de impedir las desautorizaciones entre los propios médicos, como para asegurar algún sostén para las familias en caso de invalidez o muerte.
 Al morir Tomás Romay pronunció una oración fúnebre en la que, tras besar la mano del cadáver, pidió una estatua para él. 
 Su último puesto fue el de médico inspector del cementerio. Dejó inédita una memoria sobre reformas de las inhumaciones, y parte del extenso libro de Parent Duchâtelet sobre la prostitución parisina. 
 Como miembro de la Sociedad Patriótica tuvo una activa participación en sus juntas. Colectó conchas del país. Falleció en La Habana el 21 de febrero de 1852.


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