viernes, 24 de enero de 2020

Xavier Villaurrutia en páginas cubanas

 

  Pedro Marqués de Armas 

 Al igual que la maleta del Conde Kostia para Casal y otros escritores cubanos fin de siècle, así de útil fue la maleta mexicana que trajo a Cuba en 1926 José Antonio Fernández de Castro. Entre los muchos libros que contenía y que pasaron de mano en mano entre los minoristas, había obras de autores apenas conocidos en la isla, como Salvador Novo y José Gorostiza, Maples Arce y List Arzubide, entre otros.
 Para Mañach fue tal el descubrimiento, que escribió una reseña sobre el suceso al tiempo que se adentraba en los ensayos de Novo que le deslumbrarían de manera especial. Cuando se refería a Villaurrutia y Novo solía decir el poeta y el ensayista.
 Tales libros –y seguramente algunas revistas– sirvieron a Fernández de Castro para divulgar a los mexicanos en su Suplemento del Diario de la Marina, donde, por cierto, el Conde del Rivero proveyó todas las facilidades. No solo aparecieron autores de Hispanoamérica, sino también franceses, soviéticos y húngaros, sin importarle al periódico que la mayoría de esos escritores –al menos así fue del 27 al 30– eran de izquierda cuando no, como su promotor, consumados comunistas. 
 No todos, desde luego. Pero lo cierto es que buena dosis de bolchevismo impregnó el espacio dedicado a la cultura, no dominando, sin embargo, sobre la amplia circulación literaria y artística en las páginas del tan denostado periódico.
 Xavier Villaurrutia fue uno de los poetas mexicanos que más estrecha relación mantuvo con los del patio entre finales de los veinte y la década siguiente. Ejemplo, sus vínculos con el propio Fernández de Castro, pero también con Juan Marinello, Graciella Garbalosa y Jorge Mañach. Carpentier lo conoce durante su viaje a México en junio de 1926, en una “tamalada en su honor” celebrada en la casa de Diego Rivera. Asisten, además de Villaurrutia, Novo, Gorostiza, Covarrubias, el Dr. Atl, y, entre otros, la poeta María del Mar y el músico Tata Nacho.
 En septiembre de ese año será Fernández de Castro quién lo conozca, cargando con la susodicha maleta. Va a ser Villaurrutia uno de los primeros autores que el promotor habanero divulgará en la sección Poetas de Ahora del recién reestructurado magazine, apareciendo allí una decena de poemas junto a la siguiente presentación:
 “El poeta mexicano pertenece a la generación posterior a la del último gran lírico de la república hermana: Ramón López Velarde. Villaurrutia no cuenta más que veinte años escasos, y no ha sido sino muy recientemente que publicara su único libro Reflejos del que reproducimos aquí algunos poemas. Anteriormente había impreso una conferencia sobre la poesía de los jóvenes en México donde examina la labor de los más puros líricos mexicanos hasta llegar a la hora presente. Integra Villaurrutia en unión de Novo, Gorostiza, Pellicer, González Rojo, y Ortiz Montellano, un grupo de escritores novísimos de una cultura disciplinada extraordinaria que desde muy temprano ofrecen en su producción caracteres propios de espíritus bien logrados y maduros. En la labor de cualquiera de los renombrados se aprecia en primera lectura una refinada sensación de cultura intelectual pareja con la forma nueva de sugerente elegancia. El retrato que aparece en esta página se debe al lápiz de Agustín Lazo, joven pintor mexicano”. ("Poetas de Ahora", Diario de la Marina, 27 de marzo de 1927).
 En el número homenaje que el Suplemento dedicará meses más tarde a la cultura y literatura mexicanas, aparecen de nuevo poemas suyos, en un dossier organizado y presentado por Pedro de Toledo (es decir, Fernández de Castro), una de cuyas referencias era el ensayo “La poesía de los jóvenes en México”. (“Poesía de la Hora en México. Breve noticia acerca de los poetas mexicanos de hoy”, Diario de la Marina, 18 septiembre de 1927). 
 Signo del trato “con los cubanos” es la carta que Villaurrutia remite para presentar a Eduardo Luquín, quien pasaría por La Habana ese verano, y que venía acompañada de un dibujo de Luquín realizado por el propio Villaurrutia. (“Contemporáneo Luquín”, Diario de la Marina, 5 de junio de 1927).
 A lo largo de aquel año tan fértil para la vanguardia en Cuba, varios periódicos anuncian entre las adquisiciones que llegan a las librerías habaneras, el poemario Reflejos, publicado por la Editorial Cvltura en 1926. 
 El libro de Villaurrutia va ser reseñado por Mañach, quien, tras su lectura, escribió al mexicano sobre las “horas exquisitamente difíciles” que dedicó a sus poemas. Mañach calificaría sus poemas de “adjetivos”, apreciando en ellos una relación particular con el “afuera”: la de ser “dobles de las cosas” pero sin ceder jamás ante lo plástico, salvo “a condición de trocar enseguida su visión en pirueta de melancólico humorismo”. Una apreciación ajustada, la del humor irónico -un tanto lúgubre- que Villaurrutia apenas comenzaba a perfilar. (Revista de Avance, núm. 10., 30 de agosto 1927).
 La reseña de Reflejos precedería a la carta que el poeta envió a Mañach (y que este “viola” haciendo público el contenido), en la que criticaba un artículo de Roa sobre Martí, e incluso, al propio Martí. Pero en esa carta, casi un compendio de la poética de Ulises, lo significativo era el elogio que Villaurrutia hacía de la orientación de Avance, en particular, su apuesta por la traducción de autores ingleses y norteamericanos. De ahí el guiño al trabajo sobre Francisco José Castellanos, figura que algunos avancistas -no solo Mañach- intentaron erigir en ídolo de su generación, alrededor del volumen póstumo Ensayos y Diálogos. El mito no germinó. Sobrio ensayista “a la inglesa” y traductor pionero de Stevenson, Dunsany y Edith Wharton, entre otros, Castellanos era conocido en México, donde publicó algunas de sus traducciones, y a Villaurrutia debió resultarle sumamente atractivo.  
 Planea en todo esto el magisterio de Pedro Henríquez Ureña y, sin dudas, el de Alfonso Reyes. El primero conecta a no pocos poetas/traductores -Salomón de la Selva, Brull, Novo, etc.-, no solo entre sí, sino con la poesía norteamericana, al tiempo que intenta ligar a los “pequeños grupos” literarios de Nueva York, México y La Habana, quedando el malogrado Castellanos como especie de precursor de la asimilación anglosajona.  
 No muchos años después de aquella carta Villaurrutia reconocerá, vía Reyes, la grandeza de Martí. Su amistad con Mañach se mantendrá viva en el tiempo, como puede apreciarse en los diarios del primero. 
 En enero de 1928 apareció en Avance un capítulo inédito de Dama de Corazones, y en noviembre, en el número-homenaje a México que lanza ahora dicha publicación, saldrá otro capítulo y una reseña de la novela salida también de su pluma (de la de Mañach). (Dama de corazones, por Xavier Villaurrutia, México, Ediciones Ulises, 1928”, Revista de Avance, Año 2, T.3, núm. 28, 15 de nov. 1928, 301-11).
 Mañach aprecia la trama en sí misma, descarta todo psicologismo, ensalza el trabajo con el lenguaje y atisba la influencia de Gide y Proust. 
 En carta que le envía más tarde y que reproduce parcialmente en su diario ("Variedad"), Villaurrutia trasmite a Mañach, como intentando prevenirse de expectativas y críticas, que el suyo era solo un ejercicio narrativo y que únicamente así debía entenderse: 
 “Hasta ahora, yo mismo, en la prosa no he pretendido sino encontrar palabras adecuadas a una sensibilidad nueva en mí y fuera de mí. Eso quiso ser mi relato (Dama de corazones) no más. Y sólo cuando lo pienso como un ejercicio puedo aceptarlo y —añadiré— sólo así es justo pensar en él. Creo que uno de mis temores literarios es el de madurar antes de merecerlo… Quiero un estilo que tenga siempre mi edad, la edad que quiero tener siempre y que es, mejor que la de un joven, la de un adolescente”.
 Y añade: “Pensará usted: -¡Pero un adolescente tiene todas las edades! 
 –Precisamente.” 
 Entretanto, Revista de Avance y el Suplemento Literario reflejaron en sus páginas la labor de Ulises y luego la de Contemporáneos, sobre las que aparecieron no pocas recensiones.
 Villaurrutia también publicó poemas en El Fígaro, y luego en Social y otras publicaciones cubanas hasta finales de los años treinta.
  Se conoce al menos una reseña de “Nostalgia de la muerte”, por Luis G. Basurto (Libros de México, Diario de la Marina, 29 de noviembre 1939).
 Por último, tras su fallecimiento, Chacón y Calvo publicaría un informado artículo en el Diario de la Marina donde anuncia que las letras de América estaban de duelo y, meses más tarde, aparece en Orígenes el sentido ensayo –memoria y recorrido por su obra- del escritor mexicano Ermilo Abreu Gómez ("Xavier Villaurrutia", Orígenes, VIII, núm. 27, 1951). 


jueves, 23 de enero de 2020

Un duelo de las letras de América



  José Chacón y Calvo 

 Joven aún, había nacido en 1903, acaba de morir en México un poeta que hizo de la muerte tema central de algunos de sus libros: Xavier Villaurrutia. Del grupo literario de Contemporáneos, la revista que representó la nuevas tendencias literarias en el México posrevolucionario de la tercera década de nuestro siglo, su obra poética inicial, Reflejos, publicada en 1926, reveló como dice un tratadista de la literatura, Prampolini, “una sensibilidad ágil y una penetrante percepción de la realidad externa”.  
 La finura lírica fue una de las notas más firmes de su poesía. Y en sus estilizaciones de algunos momentos –digamos mejor que temas de la poesía popular-, no sabremos bien si lo que nos parece claramente popular es un reflejo de la corriente anónima de la poesía o de la fuerte individualidad del artista. En esta composición, Noche, que citamos fragmentariamente, se observa de manera cumplida: 

 Arroyos que se han dormido,
 blancos de plata, se tienden
 en el verde los caminos.
 A aquella estrella señera,
 quedada atrás, olvidada,
 cantémosle una canción
 lánguida y exagerada.
 Que el eco hará la segunda
 voz, y el viento en las ramas
 acompañará la letra tocando
 cuerdas delgadas…
 Estrellita reluciente,
 préstame tu claridá
 para seguirle los pasos
 a mi amor que ya se va.
                           (Reflejos)

 ¿No parecen estos versos finales los de una canción popular? Y son de un poeta que un buen número de composiciones da una impresión agudamente intelectualista.
 Prampolini (Historia Universal de la Literatura, Tomo XI, páginas 363-364, cita “como ejemplo típico” de esta tendencia su poesía Aire:

 El aire juega a las distancias:
 acerca el horizonte,
 echa a volar los árboles 
 y levanta vidrieras 
 entre los ojos y el paisaje.

 El aire juega a los sonidos:
 rompe los tragaluces del cielo,
 y llena con ecos de plata de agua
 el caracol de los oídos.

 El aire juega a los colores:
 tiñe con verde de hojas el arroyo
 y lo vuelve, súbito, azul,
 o le pasa la borla de una nube.

 El aire juega a los recuerdos:
 se lleva todos los ruidos
 y deja espejos de silencio
 para mirar los años vividos.

 Otros libros de Villaurrutia: Nocturnos (México, 1933), Nostalgia de la muerte (Ediciones Sur, Buenos Aires, 1938), afirmaron su personalidad poética, que deja además una labor dispersa en distintas publicaciones, principalmente Contemporáneos, la revista de la que fue uno de sus inspiradores, que en esta hora de los homenajes se debiera acceder a una cuidadosa selección y darle la forma mucho más permanente del volumen.
 El poeta se acercó al teatro y el tema de la muerte, que fue el motivo central de su arte refinado, lo llevó a algunas de sus obras dramáticas y dio a su orientación moderna no sé qué acento de medieval misterio. Esta fue también, sin dudas, una de las notas distintivas de la copiosa y dilatada producción de Xavier Villaurrutia.
 El grupo de Contemporáneos, que da a las letras hispanoamericanas algunas de las más altas figuras (Torres Bodet afirma en la memorable publicación la triple personalidad de poeta, ensayista y novelista), representó en el México posrevolucionario, un anhelo universal, un culto generoso y desinteresado por las disciplinas artísticas. Cronológicamente es de la generación anterior Alfonso Reyes, el “mexicano universal”, pero las obras de pura creación literaria del ensayista de las Tres Electras, ¿no ofrecen una concordancia con las del grupo? Quizás si en este hubiera habido una mayor preocupación humanista, podríamos afirmar que el gran exégeta de la crítica ateniense, era como miembro honorario de Contemporáneos.
 Por otra parte la revista consideró que la resonancia cada vez mayor de la obra del poeta de Huellas (insistamos en la afirmación de que toda la obra de Reyes, aun la de mayor rigor erudito, refleja a una fuerte y avasalladora personalidad poética), contribuía a una afirmación de su propio ideario estético. 
 La muerte de Villaurrutia es un duelo de las letras de América. Creo que es el primero de los fundadores de Contemporáneos que rinde su tributo a la muerte. En esta hora de los póstumos homenajes, el que han de rendirle sus compañeros debe tender a la mayor difusión de la obra del autor de Reflejos, a salvar de la dispersión y del olvido su copiosa labor, esparcida en distintas publicaciones, principalmente en la revista que es nombre del grupo y en la que afirmó Villaurrutia las marcas distintivas de su fuerte y fina personalidad.

 "Xavier Villaurrutia", Diario de la Marina, 10 de enero 1951, p. 4. 

miércoles, 22 de enero de 2020

Mañach sobre Dama de Corazones



          “DAMA DE CORAZONES, por Xavier Villaurrutia.  
          México. Ediciones Ulises. 1928”. 

   Jorge Mañach.

 Otro libro mexicano reciente. Con sentencia de Jean Cocteau, se nos previene en el umbral: "il n'est ni beau ni laid —il a d'autres mérites". Evidentemente, no se alude a la novela, sino más bien al fiscalizador de sí mismo que nos da la fina versión de vida interior en que ella consiste. Porque "Dama de corazones" tendrá "otros méritos"; pero el cardinal —y en buena cuenta, el que más importa— es que resulta una bella obra, de "un arte próximo al vicio, de un arte perfecto". En cambio, a esta primera persona del relato que nos hace confidencia de sus reacciones ante dos mujeres muy iguales y muy distintas, sí parece cuadrarle el aviso liminar. Su psicología no es ni bella ni fea —es ambigua. Pero tiene otros méritos: sensibilidad, fineza, elegancia, humor.
 Y digo que es ambiguo su semblante espiritual porque no acierta el personaje a determinarse en lo esencial de su propósito. Aurora y Susana, "diversas, parecen estar unidas por un mismo cuerpo, como la dama de corazones de la baraja". Esta imagen perfecta cifra el conflicto —llamémosle así— del agonista íntimo: "el dilema de la imagen bicápite". Porque el hombre siente, a veces, una vaga apetencia de amar a una o a otra.
 ¿Querrá en realidad amar a alguna? El amor —nos han venido diciendo— se caracteriza por su especificación. Amor vacilante no es amor: es afición al amor. Marañón lo llama donjanismo; lo llama hasta cosas peores. Y, en efecto, ciertos perfiles del vacilador denunciado por Villaurrutia nos hacen pensar hasta en el libro reciente de M. Francois Porche, en "L'amour qui n'ose pas diré son nom". ¿Lejanos efluvios gidistas? No me atrevería a concretar. Insinúo una explicación posible de la psicología del personaje y del por qué su experiencia queda irresuelta, trunca, flotando en un blando ambiente de desgana.
 Pero, en fin de cuentas, lo que realmente importa no es la psicología del personaje ni la integridad de su experiencia, sino que ésta se revele convincentemente. Villaurrutia ha querido hacer —y lo ha logrado a maravilla— una novela de estados de ánimo. La experiencia es toda interior. Hay la menor cantidad de anécdota o de episodio objetivos. Cuando el poeta, tan certero veedor de lo plástico, vierte hacia afuera la mirada, es para coordinar perfiles, colores, fragancias, con el panorama interior. Por eso la novela se realiza en imágenes (armonías entre el yo y su circunstancia), puestas al servicio del famoso stream of consciousness. “¿Por qué razón en vida partimos en mil pedazos cada minuto?", se pregunta el relator. Y en literatura, su versión —proustiana en esto— atomiza también implacablemente cada minuto de sensibilidad.
 Lo que se admira es, entonces, la integridad y finura de esta introspección nueva, fría, como a través de un hombre de cristal. Introspección sin apologética ni blandura amielesca, porque —recordemos algunas frases significativas— excluye "todos los elementos que hicieron del arte del siglo XIX un arte impuro". La visión se expresa con la misma arbitrariedad, el descoyuntamiento, la incoherencia de las peripecias interiores, "en imágenes enlazadas como las ruedas de humo de un cigarrillo". Y con una gracia delicada y cínica, en una prosa de límpida precisión, coloreada a veces con aquel "rubor de copa fina" que a Aurora le monta al rostro cuando se escancia en su mirada la de M. Miroir.
 Por lo demás, recordemos que Villaurrutia consiente que en las propias páginas se le atribuya un concepto del arte "como un deporte distinguido y nada más. "En ese juego sin grandes apuestas, su "Dama de corazones' resulta un doble triunfo.  

 Revista de Avance, 15 de noviembre de 1928, p. 331.

martes, 21 de enero de 2020

Mañach sobre Reflejos de Villaurrutia




              REFLEJOS, por Xavier Villaurrutia. 
             Editorial "Cultura". México. 1926.

  Jorge Mañach

 Aunque esta breve colección de poemas es de 1926, nos llegó ahora, avalada por el prestigio flamante de "Ulises", la sensitiva revista hermana, que Villaurrutia, el poeta, y Salvador Novo, el ensayista, editan en México. Pero ¿qué importaba, después de todo, la fecha de "Reflejos"? Estos poemas, pulcramente trabajados, herméticos —para que no se escape su fina esencia de emoción captada— son de ahora, son de siempre. Su lectura nos ha dejado —ya el poeta lo sabe, por las privadas letras— toda una semana de horas exquisitamente difíciles. 
 No los hizo Villaurrutia para los papelitos de almanaque. Ni para los abanicos. Ni para las veladas "culturales". En rigor, no los hizo para nada ni para nadie: se le escaparon, como puras reacciones de su sensibilidad temblorosa. Son poemas adjetivos —¿no los llama ya el poeta "Reflejos", —en que se representan las cosas, no según la imagen que nos viene de ellas, sino como el poeta las siente proyectarse en las aguas traslúcidas y palpitantes de su sensibilidad. 
 Y qué es, en fin de cuentas, toda poesía verdadera, sino eso: una percepción fugaz de los dobles de las cosas, una resonancia humana a los rumores de fuera. 
 Villaurrutia no alude a los hechos mondos sino cuando resultan expresivos de una tonalidad interior: Hay, por ejemplo, codicia de renovación en su alma y

  Por eso las nubes se exprimen
  y por eso crujen los muebles
  y por eso se inclinan los cuadros.

 Nunca es plástico sino a condición de trocar enseguida su visión en pirueta de melancólico humorismo —humorismo responsable, que no es sólo juego, que no es sólo travesura y diversión: Humorismo, en fin:

  ¡Calor! Sin embargo, da pena
  beberse la "naturaleza muerta"
  que han dejado dentro del vaso.

 Pero la nota dominante en Villaurrutia es, burla burlando, un eco de "melancolía sin tristeza" , de preocupación trascendente:

  ¿Por qué la vida se complica
  como el vuelo de esa golondrina
  que burla toda la geometría?

  Esta alianza del sentido plástico y visual de la realidad con la percepción de sus parentescos emocionales, de sus posibles mensajes anímicos, es casi constante en Villaurrutia, y le sirve a menudo para expresar con elegante y sutil sobriedad su anhelo de mudanza serena, de inquietud tranquila,

  para ver la tarde de siempre
  con otra mirada,
  para ver la mirada de siempre
  con distinta tarde.

  Y en esa contemplación, espiritualmente activa y mentalmente transformadora, ¡cómo descubre y corporeiza la sensación de las cosas! ¡Con qué entrañable precisión las describe o las sugiere!

  Me fugaría al pueblo
  para que el domingo
  fuera detrás del tren
  persigiéndome, 

 dice, en su alquimia del tedio dominguero; o de su cielo nocturno de Anáhuac:

   Cielo increíble
   tan estrellado y azul
   como en la carta astronómica;

  o del sentir el tren que pasa en la noche:

   ...el corazón se apresura
   o, quien sabe, se detiene
   oyendo el silbido que
   raya largo de punta
   en la pizarra y nos deja
   un calofrío de infancia;

 o de los tranvías, "Casas que corren locas —de incendio, huyendo,— de sí mismas"... 

 Gran buscador —y hallador— de imágenes inéditas y de emociones inaccesibles, Villaurrutia me parece uno de los poetas nuevos más genuinos de esta hora americana. 

  Revista de Avance, núm. 10, 30 de agosto 1927, pp. 264-65. 

sábado, 18 de enero de 2020

Villaurrutia vs Roa. Disenso y contraataque Martí por medio

  
   Pedro Marqués de Armas

 En octubre de 1927, Xavier Villaurrutia escribió una carta a Jorge Mañach que es casi un compendio de la poética de Contemporáneos (aunque todavía no existiera el grupo bajo ese nombre) y, en particular, de las poéticas de Salvador Novo y el propio Villaurrutia.
 Celebración de la curiosidad y la crítica como valores literarios; realce de la traducción como actividad creadora moderna, en sintonía en este caso con el mundo anglosajón; entusiasmo por el intercambio y la conformación de espacios literarios, sin exigencias programáticas, y elegancia en el decir, tanto en el elogio como en la disensión.
 Escrita en Cuautla, “vestíbulo del trópico”, y tal vez más conocida por el desdeñoso juicio que lanzaba sobre la poesía de Martí, a la vez que sobre un artículo de Raúl Roa acerca de Versos Libres, debería leérsela no tanto por esas opiniones, como por lo traían aparejadas, y por el resto de ideas que Villaurrutia ponía a circular.  
 He aquí fragmentos de esa carta:  
 ¡Qué grato repasar, en este destierro voluntario que mis nervios alterados me han impuesto, páginas de fisonomías amigas, cercanas y sabidas de memoria algunas, lejanas y todavía ni delineadas, pero preferidas ya, como la suya! Casi siempre está muy bien su 1927. Y en este casi encontrará usted la diferencia entre un elogio cortés y otro sincero. Al lado de páginas como las que usted dedica al ensayista Castellanos, precisas, justas para Castellanos, ajustadas por usted noblemente, ¿cómo aceptar un estudio titulado "Martí, poeta nuevo"? No sin esfuerzo admitimos la primera de las dos calificaciones; imposible admitir la segunda. El epíteto de nuevo no sólo hace daño a quien firma el artículo, sino a la misma poesía de vuestro Martí. ¿Por qué no dejarla dichosa en sus pequeños límites, navegando entre dos aguas: romanticismo, modernismo, muy bien analizadas ya, –impuras ambas,– por el tiempo? 
 Muy bien lo sajón que ustedes hospedan.Y subrayo la palabra porque he pensado en lo certero de sus frases para explicar a una buena parte de América el sentido pleno que debe buscar –y encontrar– cuando algo sajón se le ofrece. ¡Santayana, y bien traducido, en Cuba! Hace poco hablaban de él en España y casi –¡ayl– como de un descubrimiento.  En México, hace dos o tres años, se tradujeron algunos fragmentos: Ramos, Novo, traductores. La mano de Henríquez Ureña no estaba ausente.
 En cuanto regrese a México le mandaré unas páginas traducidas de Jacques de Lacretelle, joven francés en cuyos libros me reconozco a veces, un momento siquiera, ¡pero tan claramente!, aunque haya entre nosotros diferencias de ausencia. No resisto a no confiarle un nuevo motivo de simpatía, de inteligencia, entre nosotros: Usted acerca a Castellanos a la hora actual por dos razones que son las únicas que mantienen nuestro Ulises: curiosidad y crítica. Lo que yo llamo de otro alegórico modo: Eva y Cézanne. (“Violación de correspondencia”, “Almanaque”, Revista de Avance, Año I, T-2, núm. 13, 15 de octubre de 1927, p. 26).
 El título mismo del artículo de Roa, “Martí, poeta nuevo”, sirve a Villaurrutia para matar dos pájaros de un tiro: al autor, por calificar de nuevo a quien seguiría navegando eternamente entre el romanticismo y el modernismo, y al poeta, al propio Martí, por parecerle un lírico menor.  
 Aunque no consta que haya trascendido, esta descalificación habría revuelto al avispero intelectual cubano; por menos que eso se exigieron respuestas y disculpas inmediatas: recordemos las recriminaciones a Reyes por hacerse eco de cierta broma sobre un abrigo de Martí.
 Sabemos, sí, que Marinello compartió la crítica al texto de Roa (no a Martí, desde luego), pero no que otros escritores hayan salido al ruedo contra el poeta mexicano.  
 Roa no respondería hasta un par de años más tarde, pero no directamente a Villaurrutia, sino relatando con fanfarronería, en un segundo y no menos infausto artículo, cómo se tomaron él y su entonces amigo Raúl Maestri aquella descalificación del Martí poeta.
 El juicio de Villaurrutia no solo era tajante sino excesivo. Y sin embargo, había sido expuesto sin perder las formas, bajo cuidadoso preámbulo: “Casi siempre está muy bien su 1927. Y en este casi encontrará usted la diferencia entre un elogio cortés y otro sincero”.
 Mañach y Villaurrutia practicaban la camaradería, y se apreciaban mutuamente como escritores.
 Muy diferente será el comentario de Roa; pero antes de entrar en ello, veamos los argumentos de “Martí, poeta nuevo”.
 Para Roa, Martí estaba más allá de toda “escuela lírica” y “tendencia literaria” de su época. Reconocía sus lecturas de Baudelaire y Verlaine, para asegurar –acto seguido– que creó un estilo en el que la “cerebración robusta estaba en pugna con la ideología brumosa, casi se diría enfermiza, que distingue al simbolismo francés de su proyección americana, el modernismo”. (Algo semejante, pero en sentido inverso, es decir, para rotularlo de decadente, diría de Julián de Casal en otro funesto ensayo.)
 Según Roa, arte y vida eran inseparables en Martí. Su “visión holística” superaría por sí misma a predecesores y contemporáneos. En la “libertad” –que atribuye en igual medida a la obra literaria y al pensamiento político de Martí– encuentra el atributo por excelencia de su poesía (“cargada de honestidad”), a la vez que la clave que explicaría su estilo directo y sencillo.
 Para entender la condición de poeta nuevo, bastaría con acercarse a lo que hay de particular en su creación: “la sencillez en la forma”. Todo lo cual, al fundir poesía, ética y “política liberadora universal”, certificaba su grandeza.
 No muy seguro debería sentirse Roa de “Martí, poeta nuevo”, quizás por la desaprobación que del mismo hiciera Marinello, cuando en el ya aludido segundo artículo (“Divagaciones sobre el poeta José Martí”) escribe: “Filiar un poeta es siempre empequeñecerlo. Yo confieso que incurrí en el mismo pecado que ahora condeno, al rotular a Martí de «POETA NUEVO» [mayúsculas suyas] en artículo del que estoy totalmente arrepentido”.
 Y añade: “Incuestionablemente, Martí no es poeta ni nuevo ni viejo. Es sólo poeta de siempre. Como Homero y Shakespeare y Schiller y Góngora y Rubén Darío”.
 Se arrepentía de categorizarlo, pero para recaer en la idea de un Martí intemporal. Curiosamente, retrocedía en su equiparación de Martí a Alexander Blok, encontrando en la poesía de este último, a diferencia de lo expresado en 1927, mayor compromiso con las causas sociales que en los versos del cubano, signo de que el elástico marxista se le aflojaba un tanto.
 Dicho lo anterior, correspondía desahogarse del dardo que le lanzara el poeta mexicano. Así que apunta:  
 “Xavier de Villaurrutia (…) negó mis apreciaciones. Nada se perdía por eso. Ni se negaba tampoco. Lo que sí nos prendió en ira -Raúl Maestri compartió mi indignación- fue que Villaurrutia mercadeara a Martí el título de poeta [como eso…] demostraba nada más -nada menos- que Villaurrutia no había leído ni por el forro a Martí, opté por sonreírme de él, olvidando piadosamente su parentesco con Alcibíades y Oscar Wilde”.
 Como buen perdonavidas, prefiere Roa -a quien siempre costó ajustarse a juicios literarios- mofarse de la homosexualidad de Villaurrutia. No le responde cuando se supone que debió hacerlo, sino que espera dos años para relatar cómo transformó el enfado en burla, en menosprecio. Su respuesta al poeta mexicano que, a fin de cuentas, opinaba sobre literatura, consistió -al contrario- en un ataque ad hominem.
 La homofobia de Roa no difiere de la que por entonces hacían gala los enemigos literarios e ideológicos de los Contemporáneos. Las maneras son las mismas, entre la iracundia y el humor pedante. Roa compartió ambas cualidades; no hay más que ver su ruptura pública con Maestri, y los trapos sucios que allí ventila, como su arremetida contra Piñera, cuando –en 1961, ya en plena cruzada revolucionaria contra los homosexuales– lo insulta públicamente llamándolo “escritor del género epiceno”.
 En fin, parentescos aberrantes y otras anomalías de la especie, como contrapartida a la elegancia en el disenso.
 Y claro que es compartible el desacuerdo de Villaurrutia.
 Para los poetas mexicanos, al menos en la década del veinte, con independencia de lo mal conocida que fuera su obra –y con justicia o no–, Martí sería un coetáneo de Gutiérrez Nájera. Una resistencia, por tanto. Entregados al rigor formal, reticentes a vítores y vitalismos, y padeciendo, como padecían, las embestidas nacionalistas y del vanguardismo a ultranza, es comprensible que Martí no supusiera para Villaurrutia –y para otros Contemporáneos; la excepción será pero años más tarde, el luminoso Pellicer– más que una quimera cubana.
 Si se suma la grandilocuencia de la crítica marxista y sus cómodas soluciones, y los Martí andantes que eran buena parte de los escritores cubanos, es todavía más claro lo dérmico del asunto. No más que reacción. Un poco de inevitable alergia.
 Lo interesante son las búsquedas de los poetas de Ulises, y la sintonía que tratan de establecer. Crítica al “novismo” en boga, al nacionalismo especular que asoma en la omnipresencia martiana, y apuesta por la traducción y la apertura a otras literaturas. Cosmopolitismo versus nacionalismo. Y, latentemente: Santayana contra Martí. (O al menos, contra aquel Martí.)

jueves, 16 de enero de 2020

El camino de América

   


   Xavier Villaurrutia 

 Espíritu de mesurada persuasión, Alfonso Reyes no ha querido ser en América un maestro de juventudes, quizá porque comprende cuánto limita una postura de dogmatismo y admonición. Su conocimiento, su trato con las cosas que se refieren a nuestro continente, es, aunque cuidadoso y paciente, alejado. Tal vez por ello ha logrado ver y sentir con serenidad conflictos que los iberoamericanos defienden con entusiasmo pero con pasión ciega.
 Atento a los más diversos problemas, los ha resuelto con exactitud y juicio; ha señalado injusticias y desconocimiento de nuestra lengua y literatura, y lo ha hecho con inteligencia y, a menudo, con ironía. Así ha meditado en el peligro de que se tome en cuenta a Gourmont sus frases una lengua neoespañola, existente sólo en la imaginación del gran francés; para rechazar esta afirmación equivocada, acude a señalar los mejores gramáticos que en el siglo XIX  ha tenido la vieja y única lengua española: Bello y Cuervo, ambos americanos. Así, también, ha reprochado a los hispanistas norteamericanos -­al mismo Fitzgerald-­ su incompleta información y sus graves omisiones cuando se trata de estudiar y considerar a los escritores contemporáneos de habla española. De imperdonables faltas se ha lamentado frente a los estudiosos hispanistas de Estados Unidos encontrando, al fin, en ellos, "un elemento irreducible de incomprensión".
 Cuando trata la desdeñosa actitud de Pío Baroja contra América, y tras de recomendar no se conceda demasiada seriedad a ligerezas, caprichos del mal humor ­y del mal gusto­, logra formular sentencias definitivas respecto al valor que España representa para los jóvenes pueblos de América. Piensa que la España de hoy no es por más tiempo nuestra "Madre", ni nos aguanta ya en el regazo, que mejor nos quiere como camarada de su nueva infancia, que ahora es algo como "nuestra prima carnal".
 ¿Qué importa ­pensamos nosotros apoyados en sus informaciones­, que el conocimiento de nuestra América haya sido imperfecto si ahora se anuncia comprensivo; si Valle Inclán y Unamuno, si Araquistain y Azorín vuelven los ojos con interés a la América que se integra; si Díez-Canedo sigue y comenta nuestras letras con un amor ilimitado; si el mismo Ortega y Gasset ­-cuya voz, hasta en sus posturas más inestables, anuncia a España un tiempo nuevo­- cree en América está el camino de la raza española?
 De estas voluntades inquietas estudiosas, útiles siempre para el continente nuevo, nuestro escritor ha ganado no pocas. Pero hay además en Alfonso Reyes una visión más concreta, construida ya no por relaciones y comparación, sino limitada por la preferencia de figuras, de obras de algunos grandes de América: Bolívar, Montalvo, Martí, Darío, Rodó. Sobre muchos de ellos ha fijado conceptos y dicho cosas inmejorables; sobre Darío, sobre Rodó, ha insistido con devoción ejemplar.

 Xavier Villaurrutia. Obras, México D. F, F.C. E. (1953). Fgto. 

domingo, 12 de enero de 2020

Las preocupaciones de Enrique José Varona


 Medardo Vitier 

 Los historiadores de la literatura en Hispanoamérica van situando ya a cada maestro o guiador en su lugar. Varona adoctrina y guía la conciencia cubana durante unos cincuenta años.
 Ha sido una fuerza de las más discernibles en la formación espiritual de la gran Antilla. Desaparecido hace poco, se empieza ahora a examinar su obra, a demandarle su sentido, en lo cultural, en lo nacional.
 En mi reciente libro Varona, maestro de juventudes he estudiado con algún detenimiento la personalidad del escritor y el filósofo cubano a quien se considera en el país, desde I88o, año más o menos, como una figura de la jerarquía mental y moral de los Saco, Luz y Caballero, Varela... En este articulo acentúo sus preocupaciones cubanas, que fueron tres, vistas esencialmente: la superación del espíritu colonial, que ha rebasado la fecha de 1895; la política, entendida como arte de buen gobierno, y, en la esfera intelectual, el cultivo de los altos estudios entre nosotros.
 La vida de Varona alcanza una gran unidad porque toda ella estuvo llena de esas fundamentales preocupaciones, y la grandeza del siglo XIX en Cuba radica en que hubo hombres preocupados. Sin esto, las sociedades y las: pocas pasan carentes de sentido histórico. Preocupación denota tensión individual que de algún modo se convierte en colectiva. Cuando no se da este fenómeno, la sociedad es floja espiritualmente: no existen valores.
 Enrique José Varona vivió cabalmente con esa preocupación: la de los valores.
 Preocupábale la persistencia en Cuba de los modos administrativos y políticos coloniales. Alguna vez lo declaró: "La colonia se nos viene encima". Con lo cual significaba que la mera independencia no podría bastarnos. Claro que durante el periodo revolucionario y de contienda bélica, la independencia (que escribíamos con mayúscula) era un fin. Una vez obtenida, su rango se tornó en medio. Ya Martí, que no iba a ser testigo de esos modos coloniales que rebasaron la fecha de 1895, había dicho, como si los presintiera: "La República no consiste en el cambio de forma, sino en el cambio de espíritu".
 La independencia como un "medio" para fomentar una: comunidad superior: tal ha sido en ellos la visión.
 Por eso Varona, en la política al uso en Cuba, no fue nunca lo que aquí se ha llamado "hombre de partido". Y es que para conciencias como la suya hay un orden jerárquico que es este: primero, lo humano; segundo, lo nacional; tercero, lo que interesa al partido. Inviértase este orden y se tendrá el que adoptan los mediocres, los desaprensivos, los que, según otra frase en boga, están "en la realidad". No ven que la realidad no es una sola. No sospechan que el mundo de lo histórico y de lo espiritual tiene la suya, sin la cual descendemos al piano del mero comer, procrear...
 Los vicios del sufragio, el entronizamiento del caciquismo, el súbito enriquecimiento de algunos hombres públicos, he ahí los males que con mis preocupación combatió Varona.
 En su credo político se mantuvo dentro del ideario liberal, democrático, parlamentarista del siglo XIX. Desde luego el término liberal no denota en este caso la orientación de los llamados partidos liberales en América. Varona, durante la República, figura en el partido conservador. Su liberalismo era en el sentido universal que atañe a la libertad de pueblos y de individuos. Y en cuanto a democracia, no confió mucho en el demos, antes bien, quiso reducirle la esfera, al propugnar, en conferencia memorable, el sufragio restringido, con razones que si no debían ni podían triunfar, serán siempre muy atendibles.
 Fue Varona desde 1875, año más o menos, un dirigente autorizadísimo en las letras y en el pensamiento cubano. Se le llama a menudo el filósofo. Está bien. Lo fue, de fijo, y su curso empezado en 1880 constituye una de las más altas realizaciones filosóficas en Hispanoamérica. En verdad, la más coherente y mejor escrita.

 Pero Varona alcanza en literatura un relieve no menor. Su extensa labor de crítico logra fisonomía singular, aun con haberse producido en un país donde la crítica literaria tenía ya envidiable tradición. Contemporáneos suyos fueron Piñeyro y Sanguily, que en algún aspecto lo igualan. En conjunto, Varona tiene más fuerza, por la penetración y por la doctrina. En tal o cual área de las literaturas europeas, no fue tan erudito como Piñeyro o Justo de Lara, por ejemplo; pero cuando Varona enjuicia a Cervantes y a Martí, su lección va a comentarse y aprovecharse por muchos años. Y en el artículo breve, de que tanto gusto, fue un maestro de crítica difícil de superar. Léanse para confirmarlo sus dos libros Desde mi Belvedere y Violetas y ortigas.
 No perdió nunca su contacto con Europa en literatura. Algo lo descuidó en Filosofía, a partir de 1900. Yo he subrayado en otra parte que Varona se dio preferentemente a lo literario, no a lo filosófico, en sus últimos quince o veinte años. Su dedicación a la Filosofía tiene discontinua, al menos en la producción; su dedicación a las letras fue constante.
 La conferencia sobre Cervantes (1883) dejaba abierto el cauce a la renovación de la crítica. Esta no es allí de formalismo académico, de valores gramaticales, de pautas de Preceptiva, sino escrutadora de épocas y de individualidades, y por eso, explicativa del esencial sentido de la obra de arte. Por tan egregio modo adoctrinó sobre cómo deben enjuiciarse y apreciarse hombres y libros. Deleite ha sido aquella pieza y lección magna.
 Volvió sobre el tema con ocasión del tricentenario del Quijote, en 1905. Y fueron paginas luminosas. 
 Varona ha sido el más grande de los articulistas cubanos (y es sólo un lado de su obra). En el escrito corto, concentrado, de actualidad por lo general, lograba verdaderos aciertos. Algunos de sus artículos tienen rango de ensayos, por lo que esbozan y sugieren. Escribió centenares, siempre acerca de política y de literatura o arte. A mis de los libros mencionados, sirve para comprobarlo, el titulado De la Colonia a la República, cuya segunda parte se compone de artículos políticos muy breves, indicadores de su cubanidad preocupada, vigilante.
 He sostenido en mi libro Varona, maestro de juventudes y en mi reciente curso en la Academia de Ciencias de la Habana sobre "Las doctrinas filosóficas en Cuba", que Varona siguió y enseñó la menos fecunda de las filosofías: el Positivismo, sin que atendiera a otros movimientos de fines del siglo XIX, como la dirección neokantiana, por ejemplo.
 Al ceñirse nuestro filósofo al dato, al experimento, y renunciar a toda especulación metafísica, suprime los problemas. (Es lo que hace el Positivismo al no poder resolverlos).
 Los tres cursos de Varona son excelente modelo de prosa didáctica. Disciplinan, por el rigor de su método, por su claridad, por su honradez intelectual. Pero apenas dibujan perspectivas al espíritu. No podía ser de otro modo: lo puramente empírico agota pronto su mensaje. La experiencia -de cuyo predio no sale Varona-, no es capaz de satisfacer la apetencia mental. La curiosidad por lo trascendente es tan vieja como el hombre, y Varona la reprime, la desvía. Por eso, con ser un alto maestro, ni avivó entre nosotros el interés filosófico ni dejó discípulos. Yo diría que han quedado discípulos de su persona, no de su doctrina. Y acaso el replicara: -Después de todo, eso es lo mejor.- Porque el hombre, eso sí, era un austero ejemplar de humanidad.
 Tomémosle, pues, como filósofo inclusive, tal como ful. Cierto que no superó el Positivismo, como D. Alejandro Korn, cuya cátedra y cuyos libros hallan hoy evidente resonancia en la Argentina y fuera de ella, pero sirvió altamente a la disciplina del pensar, a la renovación de la crítica literaria y a la dignidad ciudadana.

viernes, 10 de enero de 2020

Un desquite



  Enrique José Varona

 Entre la ruidosa confusión de un escándalo, trompeteado por los millares de bocas de bronce de la prensa de ambos hemisferios, se ha hundido de súbito uno de los hombres más originales de la originalísima sociedad londinense; hombre que es al mismo tiempo uno de los ingenios más sutiles, penetrantes, irónicos y paradójicos de esa tierra clásica del humor, y un maravilloso artífice de estilo.
  Muchos años hacía que estaba trabado un duelo mortal entre ese escritor brillante y desdeñoso y el público anónimo, la turba semiculta, adoradora ciega de lo convencional, que se revolvía indignada cuando oía silbar por encima de sus cabezas el látigo de la sátira, que más se proponía vilipendiar con el además insolente que castigar con el golpe. Real o fingido, el desprecio de Oscar Wilde por el cant, señor absoluto del alma de la libre Inglaterra, era un crimen de lesa nación, que no le podían perdonar los innumerables a quienes agraviaba diariamente con su traje, con sus maneras, con su tren de vida, con sus teorías literarias y sociales, con el chisporroteo acre de su vena cáustica, con la dura granizada de sus paradojas mefistofélicas.
 Pocos satíricos han sabido dejar veneno más sutil en las leves picaduras de su aguijón. Con un mohín, que podía pasar por sonrisa, dejaba caer sus epigramas, sin volverse a mirar donde caían. ¿Lo perdonaría a él nunca el público, a quien había dicho una vez: “tu tolerancia es pasmosa. Todo lo perdonas, excepto el genio”? No habrían de olvidar ciertamente los periodistas, que han heredado por lo menos el temperamento irritable de los antiguos vates, su sarcástica apreciación del moderno periodismo. “Justifica su existencia, escribe en uno de sus diálogos, por el gran principio darwinista de la supervivencia de los más vulgares, the survival of the vulgarest”. Y como si esto fuera poco, establece así la diferencia entre el periodismo y la literatura: “Los periódicos son ilegibles y las obras literarias no son leídas”. (Journalism is unreadable, and literature is not read). 
 No he de arriesgarme por los meandros escabrosos de su proceso. No sé, ni quiero, si es reo de todas las abominaciones que le achacan o siquiera de algunas. Lo que sí veo es la saña con que han acudido al desquite todos sus agraviados. La multitud ha cargado sobre él y lo ha aplastado. Al elefante ha parecido poco una de sus patas enormes, y con todo su cuerpo se ha acostado sobre la libélula. La prensa inglesa se ha arremolinado en torno del pretorio, y, cubriéndose el rostro con el manto, ha clamado a una voz: crucifícalo. La prensa francesa le ha formado coro estridente, no por indignación contra el artista demasiado socrático, sino por viejo rencor contra el deslustrado puritanismo británico. El rumor formidable que ha venido después ya se explica, y no necesitaba tanto. 
 Es peligroso jugar con las fieras, aun enjauladas, aun encadenadas. Oscar Wilde confiaba demasiado en la fascinación de su ingenio asombroso. Presumía quizás que el círculo de chispas multicoloras y deslumbrantes, que trazaba en torno suyo con sus frases eléctricas, lo preservaría, por una especie de supremo encanto. Pero al taumaturgo no basta la confianza plena en sí mismo, si la tiene, necesita la fe de los espectadores, que es la que realiza las cuatro quintas partes del milagro. El flaco de Wilde es que se le descubría sin gran esfuerzo la afectación. La máscara no adhería bastante al rostro. Inglaterra ha sufrido satíricos tal vez más implacables, más despiadados, como el deán Swift; pero eran o parecían sinceros. El excesivo refinamiento del jefe de los estetas, el artístico desdén en que se envolvía como en su manto de púrpura pálida, no le dejaban poner en su obra sino una parte mínima de su alma. Es un Próspero que parece desconfiar de sus encantamientos y hasta reírse de ellos. Ni Ariel, ni Calibán le sirven a gusto, ni él los manda con suficiente imperio. No se sabe si tiene convicciones, y quizás le parezca de muy mal tono tenerlas. El mismo hombre, que dice haber tomado como norma el objeto que asigna Goethe a la vida: self-development, compone un ensayo para probar la importancia de no hacer nada. Es un aristócrata que escribe a veces como socialista; un crítico que se burla de la crítica; y un escritor que sostiene que hay arte de hablar, pero no de escribir.
 Emerson ha enseñado a la gente de su raza que quien quiera ser libre debe no conformarse. Y Oscar Wilde aprueba y practica el aforismo. Pero los ingleses, en cuya historia y en cuya vida social juegan tanto papel los no conformistas, les exigen ante todo, para aceptarlos, que lo sean de veras. ¿Quién se encuentra capaz de aquilatar lo que es de veras este escritor, que se complace en desfigurarse y transformarse? Aun para no estar conforme con los demás se necesita estar uno conforme consigo mismo. Y el supremo diletantismo de estos escépticos por amor al arte consiste en presentarse a los ojos del lector sorprendido cual nuevos Proteos del pensamiento y la fantasía.
 El público inglés no parece haber tomado por lo serio el espíritu de independencia de Oscar Wilde, pero sí su impertinencia de gran maestro, su desdén de lo vulgar y su ironía lacerante, más cruel que la invectiva más sangrienta. Sufría su incontestable superioridad de artista, pero con el sordo rencor del que está dispuesto a sublevarse en la primera oportunidad. Estamos presenciando con qué cruel regocijo la ha aprovechado.
 Aunque adorador de las deidades helénicas, Wilde había constituido en regla de su vida desdeñar a las Euménides, encargadas de traer a la razón a los infractores de las reglas. He aquí que las Euménides se le han aparecido bajo los redingotes de un jurado de burgueses, y lo han excomulgado. Tremendo castigo para un esteta.
                                                                                          Mayo, 1895

 Desde mi belvedere, Casa Editorial Maucci, 1910.