lunes, 30 de julio de 2018

Conversaciones con Lydia Cabrera. Entre París y La Habana



 Rosario Hiriart 


 -Alguna vez he leído y yo misma repetí, “que Lydia Cabrera descubrió a Cuba a orillas del Sena…”
 -Sí, es cierto, confieso que mi país me empezó a interesar en Francia, creo que eso puede sucederle a todo el que se aleja de su tierra natal; lo he observado antes en los cubanos que vivían en París, no tanto en los que venían a educarse en los Estados Unidos, y se explica.
 -Durante los años que usted vivió en París estudió las culturas y religiones orientales (la India, el Japón, el budismo…), ¿fueron esos estudios los que le llevaron a acercarse a “lo negro”?
 -De aquí fue que nació mi interés por la cultura negra.
 -¿Quisiera explicarnos esto con mayor amplitud?
 -Pongamos por caso las leyendas, todas las religiones en el fondo se parecen. De niña había oído muchos cuentos de los negros de casa, el de “el espíritu del árbol”, por ejemplo. Todo esto lo redescubrí en el folklore japonés ¡cuántas leyendas parecidas!, algunas casi iguales a los cuentos que escuché en mi infancia. Comenzó entonces mi interés por lo negro-cubano. Tengo un recuerdo muy específico: estudiando la iconografía del Borobodur, el templo de Java, hay un bajorrelieve en que aparece una mujer con unas frutas tropicales en la cabeza. Me dije -¡Pero si esto es Cuba! Y claro, a la distancia, había crecido en mí ese recuerdo ilusionado, esa especie de nostalgia, entonces inconsciente, que se siente fuera del país propio. Iba descubriendo, o mejor, redescubriendo, lo que nunca puede verse de cerca.
 -En sus inicios ¿qué le atrajo más del mundo negro?
 -Su poesía.
 -Se ha repetido mucho que Fernando Ortiz fue quien llevó a Lydia Cabrera a las investigaciones sobre los negros.
 -No, Fernando no me llevó a estos estudios. Déjame decirte que a Fernando, que era mi cuñado, yo lo quería mucho, y lo recuerdo con gran cariño. Mis padres lo consideraban como a un hijo. Entró en mi familia cuando yo tendría unos siete u ocho años; antes, a los cinco años, lo había conocido en Europa, en Suiza, en Lucerna, donde se enamoró de mi hermana Esther. Por entonces, siendo pretendiente o ya novio de Esther, publicó sus Negros Brujos. Lo único que sabía de todo esto en aquel tiempo –con eso asustaban a las criaturas-, era que los negros brujos robaban niños y le sacaban el corazón. Era un arman que esgrimían las mismas niñeras negras, las “manejadoras”, en el Prado, para que los muchachos no se alejasen de ellas. (Recuerdo que metió mucho ruido en La Habana un crimen cometido por un brujo llamado Bocú, que utilizó efectivamente un corazón, el de la niña Zoila, para curar a una protectora suya, me parece que a una vieja.) Más tarde, cuando Fernando hablaba de los negros, “los negritos” como él decía, lo oía con mucha atención. Te repito, fue en París, donde empezó a interesarme África… a través de mis estudios sobre el Oriente. Cuando volví a Cuba, y me metí de lleno a informarme en las viejas fuentes… (¡tanto viejos inolvidables que me enseñaban!), le contaba a Fernando mis experiencias, cuando nos veíamos.
 -¿Antes de acercarse a lo negro-cubano había usted efectuado estudios o lecturas previas sobre las culturas o tradiciones africanas?
 -No, fui a lo africano por el influjo de mis estudios sobre el Oriente; ya después, cuando trabajé realmente en estos asuntos, procuré deliberadamente no leer a los antropólogos. Sentí miedo de ser influida por los especialistas, de tratar de ver o encontrar cosas que no estaban en los documentos vivos de la isla que eran nuestro negros.
 -¿Cuándo inició formalmente sus investigaciones?
 -En el año 1930 sólo pasé tres meses en Cuba y regresé a París. Fue en 1938 que realmente comencé mi labor de investigación.


 -¿Cómo surgieron los Cuentos negros?
 -Los Cuentos negros surgieron después de mis primeros contactos con Omí Tomi, Oddedei y Calazán Herrera; yo te diría que son viejas reminiscencias de historias oídas en mi infancia. Fueron escritos para entretener a Teresa de la Parra, enferma en el sanatorio de Leysin, en Suiza.
 -¿Escribió la colección de cuentos en una misma época o son el resultado de varios años de labor?
 -Los Cuentos no fueron el producto de años de labor, sino de… ¿cómo explicarlo?, de un reencuentro con el mundo de fantasía de mi primera infancia, con el que nunca rompí. Ahí está siempre en lo más oscuro de la memoria, en una oscuridad que, por suerte, a veces se aclara. Fueron escritos hacia la misma época: creo que a comienzos del 34.
 -¿Publicó sus Cuentos en revista o periódicos? ¿Cubanos o extranjeros?
 -En París. En Cahiers du Sud y Nouvelles Literaires, salieron tres cuentos.
 -En 1936 se publicó su libro Cuentos negros de Cuba. ¿Por qué apareció en francés y no en español?
 -Creo que fue en el mes de marzo de 1936. Yo estaba entonces en Madrid, acompañando a Teresa de la Parra, que murió allí el 23 de abril de ese mismo año. Los Cuentos Negros se publicaron en Francia por casualidad. Un día hablando con Miomandre sobre una calabaza negra que yo había comprado en el “Marché aux puces” –me gustaba mucho el arete negro, es decir, me atraían las artes exóticas-, estábamos conversando como decía, acerca de la calabaza y otra pieza que también había comprado, un güiro. De aquí pasamos a hablar de los negros, de su cultura, etcétera… (Francis era muy entusiasta de todo eso), le conté que tenía una serie de cuentos que los escribía para entretener a Teresa, de quien él era también muy amigo, y me pidió que se los enseñase. Le gustaron, y por su cuenta se los llevó a Paul Morand, que los quiso para la colección que dirigía en Gallimard. ¡Y los compró! Yo que jamás había pensado en publicar nada, me quedé con la boca abierta. Miomandre era un gran traductor. Me pagaron, creo, unos diez mil francos, que en aquel entonces, era dinero.
 -¿Cómo se sintió la joven Lydia Cabrera cuando aparecieron publicados en París los Cuentos negros?
 -Pues la joven Lydia estaba en Madrid cuando aparecieron los cuentos y Gallimard se los envío. Estaba, recuerdo, muy preocupada; asistía a una agonía, la de Teresa de la Parra, y pensaba en lo evanescente que era la vida… 


-En París, ¿dónde estudió?
-En L’Ecole du Louvre, tres años. Seguí además varios cursos en L’Ecole des Beaux Arts, como alumna oyente. Estos estudios los hice un poco por mi cuenta; lo que me gustaba, lo que llamaba mi atención, en forma un poco desordenada pero aprendí algo. Estudié las culturas orientales.
 -¿Qué aspectos de las culturas orientales le interesaron más?
 -La India llamó mi atención, el movimiento budista y el folklore chino. De muy joven, Japón me interesó profundamente, su cultura… todo el oriente fue para mí una gran experiencia. Lo estudié bien.
 -¿Por qué se fue a estudiar a París?
-Recuerdo que siempre quise vivir en Francia; tendría unos doce años cuando estaba de moda “la danza de los apaches”, le decía de broma a mi madre: ¿Por qué no naciste en Francia, aunque papá hubiera sido apache y tú tabernera en Montmartre? Pues, ¡viví en Montmartre!
 -¿Fue su propósito estudiar pintura?
 -Sí, pasé dos años pintando. Pinté mucho; las primaveras prefería pasarlas en Italia. De todo lo que tenía pintado hice una revisión pero llegué a la conclusión de que lo que había hecho –y era muchísimo-, era muy malo. Lo quemé, excepto dos cuadros que me pidió la portera y se los regalé. Esto fue en el año 1929. Pasó el tiempo y volví a ver esos dos cuadros, y no sé, no me parecieron tan malos, pero ya los demás, los había quemado.


 -¿Por qué no nos habla de sus años en París?
 -Viví en Montmartre, como te decía: 11 avenue Junot, donde me instalé el año 1927 y luego, cuando la crisis del 31 al 32, en otro atelier más modesto, en el número 36 de la misma calle. ¡Era muy bonito mi primer atelier! Desde él dominaba todo París –hasta que nos fabricaron otra casa que nos quitó la vista-. En la mía, en el “rez-de chaussée, vivía el orfebre Puyforcat, que se casó con mi amiga Marta Estévez y Abreu; al lado Poulbot, el dibujante creador de los “petits Ppulbot” y enfrente Utrillo, el gran pintor, que cogía unas borracheras épicas. Otro pintor muy conocido, Friez, ocupaba el atelier vecino al mío. ¡Qué diferente aquel Montmartre al de hoy, lleno de turistas! Era una aldea encantadora, a pocos minutos del centro. Todavía quedaban casas viejas, el Chateau de Brouillards; la casa de Durrio, el ceramista español, que venía a tomar café conmigo; no tenía una peseta, vivía de Zuloaga, su amigo. –Zuloaga habitaba cerca-, guardaba preciosamente, insultándose cuando le preguntaban por qué no los vendía, un gran número de telas de Gauguin: -¿Vender las pinturas de un amigo? Nunca encendía su horno. Creo que jamás trabajaba… Por entonces visité mucho el museo Guimet donde daban muy buenas conferencias. Tenía un amigo a quien quería mucho, Marcel Hiver, que acaba de morirse con noventa y tantos años; otra buena amiga, una jorobadita, mujer de carácter, excepcional: Evelyne Dufau, muy inteligente, y su madre, se convirtieron en mi familia francesa. En aquellos primeros tiempos de mi estancia en París frecuenté mucho la embajada de Italia (ocupaba el bellísimo Hotel de Tayllerand). Era entonces embajador de Italia en Francia el Conde Manzoni, hijo del autor de I promessi sposi; su mujer, Silvia Alfonso y Aldama, era cubana, muy querida de mis padres. Habían sido embajadores en Rusia –la de los Czares- y la embajada Italiana estaba siempre llena de rusos blancos. Aquellos rusos que habían escapado de la muerte, me sorprendía que no fuesen cavernícolas, como hubiese creído; de sus experiencias aprendí mucho sobre el comunismo. Tenía también en París a Pedro Estévez y Abreu, el hijo único de la gran benefactora cubana, Martha Abreu, y del primer vicepresidente de Cuba, por quien mis padres sentían un afecto paternal, y a sus tres hijos –ya muertos-, Luis, Pedro y Marta. Nos unían muchos recuerdos de infancia; y también la casa del inolvidable “Panchito” Terry, que no obstante haber vivido toda su vida en Francia –combatió por ella como aviador en la guerra del 14-, se mantuvo tan profundamente cubano. Su viuda Nell Terry suele visitar a Miami y proporcionarlos la alegría de verla.
 -Durante estos años juveniles que pasó en París, antes del treinta, ¿qué lecturas prefería?
 -Leía mucho en esa época, en francés más que en español. Poco en inglés. Me hice de una buena biblioteca que después perdí, lo sentí mucho. De los autores españoles Valle-Inclán, Machado, ortega, toda esa generación, y de los más jóvenes también. A los clásicos los leí mucho en mi primera juventud, a los quince años. 


  -¿Cuándo regresa a Cuba después de esa primer época de vivir en París?
 -Regresé por dos meses, el año 1928. Mi hermana Esther estaba muy grave y volví con mi otra hermana, Seida, viuda de la Torre, que todos los años pasaba seis meses en Europa. Pero no la alcanzamos viva. Llegamos el día siguiente de su entierro. Era una mujer muy simpática y muy bondadosa.
 Ya en Cuba empezaba a insinuarse a través de una “guataquería” inimaginable, algo del clima político que vendría años después: Recuerdo un congreso de intelectuales, al que aceptó concurrir Teresa de la Parra. Había un grupo que se llamaban los “minoristas”, con Jorge Mañach y otros. Los de la generación del 27. Eran muy politiqueros… En el caso de Mañach hacer política fue una equivocación. Su verdadera vocación no era esa.


 -¿Fue en esta ocasión que conoció a Teresa de la Parra?
 No, la había conocido en 1924, en la legación de España, con los ministros, los Mariátegui, que fueron muy queridos en La Habana, y de quienes, a pesar de la diferencia de edad, yo era muy amiga. Alfredo Mariátegui adoraba a los animales, lo mismo su mujer, Angelita, y los bajos de la legación estaban siempre llenos de perros, nada podía hacérmelo más simpático. (Nunca olvidé a Don Alfredo; una noche de mosquitos en Caibarién, en el chalet de mi cuñado Manuel Jiménez Lanier, donde pasábamos una temporada, después de la muerte de mi padre, pues mi madre no quiso viajar aquel año -1923-, Don Alfredo dejaba en libertad a los mosquitos que atrapaba. No le gustaba matarlos, los espantaba). Bien, Teresa estaba de paso en La Habana en el “Manuel Arnuz”, los Mariátegui me invitaron a almorzar con ella, y con un poeta español, cuyo nombre no recuerdo, creo que estaba también presente Manuel Aznar. Allí la conocí. Más tarde la encontré casualmente en París, en el hotel en que se hospedaba mi madre. Cuando mi padre regresó a La Habana le pidió a Teresa que me cuidase y ella tomó muy en serio la recomendación. (¡Me recordaba tanto a mi hermana Emma que seguía sus consejos!).
 Conmigo estaba Amelia Pelaez, becada por el presidente Machado. Machado era muy amigo y vecino nuestro. Lo conocí muy bien y estoy convencida de que fue el mejor presidente que tuvo Cuba. La propaganda lo convirtió en el monstruo –“El Monstruo” le llamaban los periódicos-, que no fue. Entre los errores que indudablemente cometió el peor fue no hacer un empréstito con los norteamericanos, no querer adeudar a la isla, y no menos garrafal, pretender que Cuba económicamente se bastara a sí misma, que se ¡industrializara! A la reelección, que siempre fue fatal para el país, cuando lanzó su candidatura (le había prometido a mi padre no reelegirse), lo llevaban todos los prohombres en Cuba, y cedió a aquella prórroga de poderes, no sin cierta inquietud, según me contó su hija Ángela Elvira, porque su programa era muy vasto y temía no poder realizarlo. No era un hombre culto, pero tenía un respeto inmenso por la cultura; tenía la ilusión de elevar a Cuba en todos los aspectos y llamó a colaborar con él a los hombres más talentosos y honrados de aquel tiempo.

 Cuando fue elegido presidente –vivíamos frente a frente y yo tenía mucha confianza con él-, le pedí tres “gracias”… La primera, hacer un museo de reproducciones en Cuba –escultura y arquitectura-, con becas de viajes para estudiantes cubanos. De inmediato, una beca para Amelia Pelaez, y un puesto para el que había sido secretario y hombre de confianza de mi padre. Las tres gracias fueron concedidas. Me fui a París con todos mis proyectos de museo. El lugar elegido era la Plaza del Polvorín, frente al Palacio Meridional, con sus arcos monolíticos de piedra, y capacidad suficiente para un museo de reproducciones, ya que a otra cosa no podíamos aspirar. Mi proyecto fue bien considerado, claro que me había inspirado en el Trocadero (y en mi deseo de que existiese en Cuba algo parecido; el interés que veía en los alumnos cuando iba a escondidas de mi padre a la Academia de San Alejandro, y llevaba algún libro de arte. Los artesanos –carpinteros, tallistas-, no tenían ninguna fuente de información). El costo del museo, del material que hubieran hecho en París, era muy abordable, recuerdo que no excedía de medio millón de dólares. El proyecto se hubiera llevado a cabo si no hubiera surgido todo lo que pasó. Como otro ejemplo de su interés por la cultura, recuerdo que Machado salvó de la demolición –¡qué cosas se han hecho!-, el antiguo Convento de Santa Clara… pero esa es otra larga historia. Si los cubanos tuviesen buena memoria, la experiencia de la caída de Machado, el desorden, el caos, los atentados, las bombas, etcétera, les hubiese sido muy útil –y es posible que ahora no estuviéramos aquí-. No olvido la respuesta de Carlos Saladrigas, un día al comentar con él los atentados que tramó el A.B.C. para derrocar al gobierno de Machado. -¿Cómo es posible que alguien como tú, por ejemplo, estuviese complicado en el atentado del cementerio de La Habana, que de haberse producido hubiese causado la muerte a cientos de personas? -¡Es que nos volvimos locos!, me contestó. He oído también a algunos que fueron actores o de alguna manera tomaron parte en aquellas mentiras urdidas, unos callando cuando debían hablar, otros, que están obligados a aclarar verdades que se ocultan, no tiene el coraje de hacerlo, y así.
  -¿En qué se ocupaba usted durante estos años?
 -En aquellos años, en Cuba, trabajaba. Tenía mi taller de muebles y mi casa de antigüedades.


-Mientras preparaba su taller ¿no organizó una exposición de arte en el antiguo Convento de Santa Clara?
 -Esto fue por el año 1923; organicé una exposición de arte retrospectivo, cuando proyectaban por esa época echar abajo el antiguo Convento. Machado, que entonces era presidente, lo impidió, y el gobierno adquirió esa propiedad. Cuando las monjas lo abandonaron, pensé –“esta es la mía, aquí voy a hacer la exposición”. Como la Condesa de Merlín había estado en ese Convento logré que la gente me prestara sus antigüedades. Muchas familias contribuyeron prestándome sus piezas. Existía dentro del Convento la llamada “Casa del Marino” y le hicimos una leyenda a la “Casa” para atraer la atención de la gente hacia la exposición. Todos los días iba publicando en el Diario de la Marina, artículos sobre este trabajo de recolección de antigüedades, sobre la exposición en general. Un día –cosas de juventud-, se me ocurrió mandar a buscar un notario para levantar acta con motivo de un hallazgo que habíamos hecho. Dijimos que en la celda de una de las monjas, en el subsuelo, habían aparecido unas botijas –en esas botijas se guardó antaño el aceite y también se guardaba dinero-, la gente hablaba frecuentemente de esos hallazgos, ciertos o no; ¡de botijas conteniendo onzas de oro!-. y se levantó acta del tesoro que habíamos encontrado en el Convento de Santa Clara. Te imaginas que “la noticia” atrajo mucho público. Más de cuarenta mil personas, cifra muy respetable entonces, acudieron a ver “la exposición de arte retrospectivo”. De aquí partió la propaganda que yo hice para mi negocio. La exposición fue el comienzo para que la gente me identificara con las antigüedades.
 -¿Cómo se llamó su taller y dónde lo tenía?
 -Se llamaba “Aldys”. Estaba en la calle de Jovellar 45, junto a la casa de mis padres; frente a la Universidad de La Habana, 


 -¿Trabajaba sola o tenía algún socio?
 -Tuve dos socios, Quincoses, ebanista, y Alicia Longoria de González de la Peña. Yo atendía la clientela, de números no entendía una palabra. Nunca supe hacer un presupuesto, si el cliente no tenía dinero, los precios que le daba eran ruinosos para el negocio.
 -Su taller llegó a cobrar muy buena fama en La Habana de esos años, ¿cómo y dónde obtenía las antigüedades que vendían?
 -Fui a Italia a comprar piezas antiguas. Recuerdo que llevaba un capital de cinco mil dólares y terminé gastando treinta y cinco mil. Cuando me di cuenta dije: ahora Lydia, a la cárcel. Peor tuve suerte; lo vendimos todo y pude no solo pagar la deuda de la compra, además, ganamos dinero. El taller llegó a tener veinte y cinco obreros en la construcción de muebles; teníamos muy buenos ebanistas en La Habana. Hice algún dinero y cuando creí que tenía lo suficiente para pasar una larga temporada en Europa y dedicarme a los estudios que me interesaban, me “largué”.
    

 Dos breves fragmentos de "Conversaciones", la extensa y reveladora entrevista que la profesora Rosario Hiriart realizara a Lydia Cabrera entre 1976 y 1977, recogida en Lydia Cabrera: vida hecha arte, Torres Library of Literary Studies, N.Y, 1978. 

 Los recortes de prensa pertenecen todos al Diario de la Marina

  

miércoles, 25 de julio de 2018

Los cuentos negros de Lydia Cabrera

   


 José María Junoy

 En los Poemas en Prosa, de Charles Baudelaire, hay una composición que es, tal vez, la mejor composición del libro, titulada «La bella Dorotea». En poquísimas páginas, su autor ha recogido lo más esencial y característico, poéticamente hablando, del arte y de la literatura exóticos que unos años más tarde habían de alcanzar una extensión y una boga tan extraordinarias.
 En un ambiente tropical, probablemente en una de aquellas islas ardientes y perfumadas del mar de las Antillas, vemos aparecer, un momento, con una realidad y una estilización perfectas, la hermosa mulata que avanza bajo el cielo azul, fuerte y orgullosa como el sol, por la calle desierta, bella y fría como el bronce, vestida con un traje color de rosa, con una sombrilla roja en la mano, que refleja y tamiza sobre su rostro oscuro el «maquillaje sangriento» de sus resplandores de púrpura. Rítmica e indolente, pasa como un ídolo solitario. Llega hasta ella el olor sabrosísimo y excitante de un «ragoút de crabes au riz et au safran» de una casucha cercana, de la que salen, acaso, también los ecos de una lánguida canción del país, de una de aquellas monótonas y dulces melopeas que hacen más pesada y más enervante aun el alma y el ambiente de los Trópicos.
 Al leer, hoy, esta colección, bellísima y original, de cuentos de Lydia Cabrera: «Contes négres de Cuba», que acaba de traducir, admirablemente, por primera vez, a través de su texto original aun inédito, Francis de Miomandre, nos ha venido, de momento, el recuerdo de aquella estatua viviente de bronce de la mulata baudeleriana. Hemos pensado, asimismo, en aquella inolvidable «Anthologie Negre» publicada años atrás por Blaise Cendrars, y en un buen número de cuentos, de fábulas y de apólogos mágicos o amatorios que leíamos, ávidamente, en las revistas especializadas de antropología, y de folklore de tema polinesio o africano.
 Estos cuentos negros de Lydia Cabrera, de una novedad, de una originalidad de concepción y de estilo evidentes, están inspirados dentro de su lirismo y de su fantasía desbordantes, en lo que podríamos llamar el fondo o el misterio centrales de la raza, con un conocimiento, con una intuición que sólo un temperamento genial movido por una gran curiosidad y por un gran amor podían llegar a descubrir y a representar con una agudeza y con una poesía tan humana y tan maravillosa a un tiempo.
 Lydia Cabrera, aunque nacida en La Habana, procede de una antigua familia vasca y aragonesa. Desde muy niña ha venido viviendo, y conviviendo, con los negros de la isla, particularmente con aquellos hombres de color que habitan en la capital en un barrio aparte, gente humilde que trabajan de día como servidores o empleados, que son aún, a su manera, como los sobrevivientes de los antiguos esclavos, agrupados de noche en sus hogares, donde rinden en secreto el culto a sus costumbres y a sus ritos, impregnados aun de toda la magia y de toda la idolatría de su África ancestral.
 Como nos dice muy bien su traductor, ha sido realmente una maravilla que Lydia Cabrera haya podido descubrir a fondo y sacar un alto provecho literario de esta mina de poesía y de superstición. Ha sido necesario que ella alternara íntimamente con sus principales personajes, y que fuera considerada por ellos, desde el primer momento, como una amiga comprensiva y simpática, como una camarada de confianza, como una hija adoptiva casi, a la que no han ocultado sus sentimientos más secretos, sus fórmulas sentimentales más genuinas, sus leyendas mismas, sus mismos conjuros, sus mismos hechizos, en una palabra, toda aquella «atmósfera embrujada», toda aquella «mágica incautación» en la que tanto se complace, en la que tan bien florece la imaginación y el alma de la raza.
 El libro de Lydia Cabrera se compone de una serie de fábulas y narraciones, de leyendas y de apólogos, que nos hacen pensar, a veces, en las más coloridas y pintorescas escenas árabes e indopérsicas de las «Mil y Una Noches», y, otras veces, por su línea y su concisión, precisas y cortantes, en las mejores frases o definiciones de las Historias Naturales, de Jules Renard.
 En la composición «Papa Hicotea et Papá Tigre» hallamos unos matices poéticos sobrerealistas como los que a continuación, apuntamos:
 «Ca manquait un peu d'ordre: les poissons buvaient dans les fleurs, les oiseara acerochaient leurs nids sur la eréte des vagues... Les mers débordaient des coquillages; les revières, du coin de l'oeil du premier crocodile qui ent du chagrín...» — «Un homme monta au ciel par une corde de lumiére» — «La pluie habite l'oeil de la lune.»
 En otra composición más larga, «Une trajedie entre compéres», el autor nos presenta los celos, la pereza, los cantos y las danzas de aquellos hombres y de aquellas mujeres de color, todo mezclado con los maleficios y las brujerías y los conjuros y las jaculatorias de magia de las sectas «lucumis», de los sacerdotes «aylochas» y de los «babalaos» o hechiceros.
 En «La bonne vie», nos habla Lydia Cabrera de los pájaros antillanos de los «totíes» y de los «mayitos» —diminutivo de «Mayo», pequeño pájaro de un color amarillo rutilante— con la emoción poética y el onamatopeísmo popular del Jacinto Verdaguer de
«Qué diuen els ocells? ».
 Una de las más vigorosas y emocionantes piezas maestras del libro es la llamada «Apopoito Miama», en la que vemos las figuras de Juana Pedroso y de José María, realzadas de todas las fuerzas naturales y de todas las gracias fatales de la tragedia antigua, sobre un fondo bordado de palmeras y de cafetales, de campos de sésamo, de tabaco, de arroz y de manioc.
En «Areré Marcken» nos encontramos con la hija del rey, Areré, que poseía una voz deliciosa. Su padre guardaba una piedra que recogía la voz de Areré cuando cantaba, a lo lejos. Entonces el rey tenía la piedra junto a él y recogía así la canción de su hija favorita en el hueco de su mano...
 Citaríamos y daríamos asimismo el extracto de la mayoría de las piezas o composiciones que integran estos preciosos y sugestivos «Cuentos negros de la Isla de Cuba», de Lydia Cabrera, entre los cuales mencionamos tan sólo unos cuantos al azar, antes de poner punto a este breve e incompleto artículo periodístico: la pequeña novela de «Suadende», la fábula del buey y del gorrión, «La Pintada Milagrosa» y, finalmente, «Le Crapand gardien», una fábula de gran trascendencia literaria y hasta me atrevería a decir metafísica, de una evidente grandeza humorística, de una innegable resonancia misteriosa.


 "Los cuentos negros de Lydia Cabrera”, Correo Literario, La Vanguardia, 5 abril de 1936.


martes, 24 de julio de 2018

lunes, 23 de julio de 2018

Lydia Cabrera. Carta de apoyo a la Hispano-Cubana de Cultura



 Noviembre, 1926

 Estimado Fernández Rodríguez:

 Recuerdo nuestra conversación, poco después de mi último viaje.

 Hablábamos de España, de aquellos caminos de España, que yo venía de recorrer con mi amigo queridísimo, José María Chacón y Calvo, el erudito cubano, tan querido y tan admirado en el mundo de las letras españolas; yo le contaba la emoción de unos días en Toledo, en Burgos y en Santillana del Mar, la emoción intensa, que esa España inagotable, profunda e infinita, nos deja, para siempre, a los que llegamos a ella, de muy lejos, con el corazón propicio…

 Me había marchado de España, con una gran tristeza…

 Me era muy grato evocar con usted aquella tarde el recuerdo gratísimo de mi estancia en un pueblecito de la montaña, cercano al mar!

 No es posible que nadie dotado de una cierta sensibilidad –o de amor a la belleza- pase indiferente por tierras de España, sin dejarse allí, un poco de su corazón…

 Y usted se quejaba, amigo Pepín, de lo poco que aquí sabían –los más- de esa España, grande y eterna, fecunda y pródiga, plena de vida y de fuerza; por primera vez, los españoles de Cuba, van a realizar una bella labor efectiva de españolismo, de acercamiento espiritual, vividero, sincero; de amoroso nexo.

 ¿Qué había podido quedarnos nunca de tanto discurso hueco de propaganda hispanófila, de tanta hinchada retórica inútil, donde se nos hablaba de la raza, de Don Pelayo, y de las glorias del pasado, ahogándonos en pomposos adjetivos que difícilmente hubieran llegado al corazón y al cerebro de nadie? ¿Qué podían decirnos de España estos lamentables difundidores falsarios del espíritu de España, en baratas españoladas, de malísima exportación?

 ¡Qué lejos siempre, la España verdadera, la España que amamos, la que veremos representada por un Ortega y Gasset, por un Ramón y Cajal!

 Sé que era un vivo anhelo suyo –y de los jóvenes españoles de Cuba- la cristalización de la idea lanzada por Fernando Ortiz; le felicito, y quiero tener la alegría de contribuir a esa Institución Hispano-cubana de Cultura.

 Va mi modesta contribución –a veces quisiera ser rica-, con gran simpatía, con gran cariño a España.

 Su affma,
                    Lydia Cabrera Bilbao.

 PD. –

 Le envío mi cuota, por un año.



  Nota

 Fue publicada con el título “Lydia Cabrera. Una carta interesante”, en la sección “Habaneras” del Diario de la Marina, el 29 de noviembre de 1926.  
 José Fernández Rodríguez (1891-1982), más conocido por Pepín, fue un exitoso empleado de los almacenes El Encanto, quien ya entonces estaba al frente del departamento de publicidad de la flamante tienda.  
 En El Encanto se celebraron no pocos de los grandes eventos y exposiciones de la época, que contaban, además, con el patrocinio del Diario de la Marina, que divulgaba en exclusivas tales acontecimientos; el propio Pepín era miembro de la Junta de Accionistas del periódico.
 Fue en una de esas reuniones que se tramó la idea de crear la Institución Hispano-Cubana de Cultura, cuya organización correría a cargo de Fernando Ortiz, con Chacón y Calvo como delegado en Madrid, pero con el imprescindible apoyo de algunas casas comerciales españolas, entre ellas El Encanto.
 Amiga del futuro dueño de Galerías Preciados -el gran almacén por departamento con el que, andando el tiempo, Pepín se convertiría en uno de los más grandes empresarios españoles-, Lydia Cabrera jugó, al parecer, un rol de mediadora en la génesis de aquellas relaciones.
 Desde comienzos de los años veinte, El Encanto sostenía intercambios con el taller de artes y antigüedades que Lydia -quien aún firmaba “Cabrera Bilbao”- estableciera, con el nombre Casa Alyds y junto a Alicia Longoria, en la calle Jovellar 45 frente la residencia de sus padres. La tienda acogió sus producciones (sobre todo muebles de diseño moderno), montando exhibiciones y ofreciendo notable publicidad.
 Lo mismo puede decirse del Diario de la Marina como promotor de los vínculos societarios que hicieron posible la Hispano-Cubana de Cultura.
 Cuando en 1922 Lydia Cabrera organiza en el Convento de Santa Clara su “exposición de arte retrospectivo”, el Diario…, con  el que colaboraba desde sus 18 añospublica sus artículos sobre colecciones de antigüedades.
 Por la carta puede apreciarse el papel que desempeñó en el nexo entre los intelectuales cubanos y el sector comercial español. A lo que debe sumarse sus vínculos con las sociedades femeninas, las cuales sustentaron el proyecto liderado por Ortiz, como también, su gestión directa con el Gobierno, en la figura de Gerardo Machado, al que era afín y de quien recabó apoyo para hacer posible aquella institución. 


jueves, 19 de julio de 2018

Oliverio Girondo en La Habana. Sobre una gira literaria



 Pedro Marqués de Armas

  Desde 1926 existía en la página literaria del Diario de la Marina la sección “Carta de Buenos Aires”, a cargo de Manuel García Hernández. En ella se publicó el 19 de febrero de ese año, una precisa, pero además elegante reseña sobre Veinte poemas para ser leídos en el tranvía… “Su pluma es ágil. Más que pluma, parece la lengua de uno de esos osos hormigueros que se mete bien adentro de las cuevas para banquetearse”. Esta reseña, a la que volveremos, no era ni mucho menos el primer contacto del público cubano con el vanguardista argentino, ni sería, en los años que nos ocupan, el último.
 Oliverio Girondo había hecho su entrada en Cuba, y la había hecho en persona, a finales de septiembre de 1924, cuando arriba a La Habana de paso hacia México en el que puede considerarse el viaje de exploración más audaz del vanguardismo en América Latina. El cosmopolita, el giróvago que pasara por Douarnenez, Río de Janeiro, Venecia, Sevilla, Brest, Verona, París, Marruecos, Egipto, y un largo etcétera, el que atrapaba al vuelo realidad y palabras como quien tira un guantazo, se proponía ahora, a escasos meses del manifiesto martinfierrista, exportar el grito de guerra de la vanguardia argentina.  
 A mediados de año Girondo salió rumbo a Chile, siguió a Perú, Venezuela, luego La Habana, a continuación México y, tras alcanzar Nueva York ese crudo invierno, cruzó nuevamente el Atlántico. En calidad, algo así, como de adelantado de la “nueva sensibilidad”, representando a varias revistas bonaerenses y alguna que otra uruguaya, pretendía conectar a los diversos núcleos de vanguardia del continente, a sus respectivas publicaciones, promover obras literarias y, desde luego, dar a conocer la suya.
 El viaje estaba imbuido de propósitos tan serios como acoplar en un “frente común” por la “independencia literaria” a los diferentes territorios. Si esta fue alcanzada con Darío, se trata ahora, agotados los resortes del modernismo, más bien vapuleados, de reconquistarla. Algo de americanismo pulsa aquí, pero hay de todo, en realidad, en este periplo que puede lo mismo verse como un divertido tour (¿pero qué no lo era en Girondo?) de publicista que, ciertamente, como una “misión intelectual” no exenta de providencialismo: exportar el “esfuerzo sudamericano” a toda la América y, de ahí, de vuelta a Europa.
 Poco se sabe de esta estancia de Girondo en La Habana, a diferencia, por ejemplo, de cuanto se conoce de su más fértil gestión en México; pero no tan poco como para que no pueda salvarse alguna anécdota, reconocerse el impacto que la visita produce tanto en Girondo como en los escritores cubanos, y verificar las intenciones de la misma. Empecemos, pues, por estas últimas.
 Por una carta fechada en México el 3 de octubre de 1924, corroboramos tanto su paso por La Habana unos días antes, como las relaciones que enseguida estableció y que dieron lugar, al menos, a cuatro colaboraciones en revistas habaneras. Dirigida a José Carlos Mariátegui, con quien el poeta argentino se viera semanas antes en Lima en un momento difícil para aquél, pues acababan de amputarle una pierna, Girondo le presenta una relación de los miembros del Grupo Minorista con sus respectivas direcciones postales, curiosamente ordenados alfabéticamente, a excepción de Emilio Roig de Leuchsenring, director literario de Social (“especie de plus ultra y la única revista actual que publica algo interesante.”). Siguen, con breves acotaciones, Agustín Acosta, José A. Fernández de Castro, Félix Lizaso, Alberto Lamar Schweyer, Juan Marinello, Jorge Mañach, y José Z. Tallet. De Acosta (a quien no vio personalmente por encontrarse retirado en su pueblo) apunta Girondo que es el “poeta joven de mayor reputación”, y de Tallet, de quien leyó sus versos, consigna que es buen poeta.
 Acompañaba a la misiva un artículo sobre la “poesía moderna en Cuba” que, según precisa, habían elaborado a toda carrera Lizaso y Fernández de Castro y que consistía en un “resumen” del estudio introductorio a Antología de la poesía moderna en Cuba, al que añaden “algunas poesías que lo ilustran”.
 Como se sabe, si algún proyecto literario ligó a la vanguardia cubana durante su gestación, fue esa antología, que ocupó por casi tres años a sus artífices, quienes, con la ayuda de otros jóvenes escritores que frecuentaban por entonces la biblioteca de la Sociedad Económica Amigos del País, habían iniciado las labores a principios de 1923. Son tiempos, pues, todavía incipientes para lo que Girondo define como “movimiento literario”, cuando apenas empiezan a llamarse a sí mismos minoristas, tal como los bautizara Martínez Villena. 


 Alude más adelante, en la carta, a lo bien informados que estaban en La Habana sobre la revista Claridad, y califica a los escritores con que contactara como el “grupo que intervino en la Revolución de hace algunos meses”. (¿Cuál? ¿La intentona de alzamiento del Movimiento de Veteranos y Patriotas? Una revolución que no fue tal, pero que se inscribió, así, en la mente de Girondo.) Lo significativo de la misiva radica, no obstante, en la evidencia que contiene del carácter pragmático de aquella “misión intelectual” que, sin dudas, se vio reforzada tras el encuentro con Mariátegui: “Con todo este grupo he hablado de la urgencia de vincularnos y conocernos mutuamente. A cualquiera de sus componentes puede, por lo consiguiente, dirigirse usted en mi nombre, con el objeto de conseguir colaboraciones o pedir cualquier dato que necesite. No sería malo, que al menos a tres o cuatro de ellos les enviara Claridad".
 Se abría así, vía Girondo, la conexión cubana con el intelectual peruano, que sin embargo no se hará efectiva hasta dos años más tarde, cuando Mariátegui tome la iniciativa de escribirle a Roig de Leuchsenring, recordándole aquel viaje del poeta argentino y el “proyecto de intercambio y vinculación de los grupos de vanguardia de América”. En cualquier caso, se interceptan el emergente “editorialismo programático” de Mariátegui y el “esfuerzo intelectual sudamericano”.(1)
  En tanto mediador para que se publique el ensayo de Lizaso & Fernández de Castro y los poemas de Acosta, Tallet, Marinero, etc., y, a la vez, en calidad de organizador de un canje aún potencial entre Social y las revistas argentinas y peruanas que representaba, Girondo resulta, pues, quien primero intenta divulgar como grupo, fuera de la isla, a los vanguardistas cubanos. En un cuaderno de trabajo que se conocería décadas después, incorpora su lista a un directorio más extenso de intelectuales hispanoamericanos.
 En realidad, el artículo y los poemas enviados a Mariátegui para la limeña Claridad: revista obrera, no llegaron a publicarse, pues al momento del intercambio epistolar aquel órgano de prensa fundado por Haya de la Torre -y del que Mariátegui era entonces director interino- había cerrado a causa de una arremetida del régimen de Leguía. Cómo esa colaboración cubana sigue rumbo a Argentina, publicándose al año siguiente en la bonaerense Proa (la revista de Borges, Güiraldes, etc.), es algo por aclararse.  
 Girondo topa en 1924, en suma, con un gremio en ebullición, el cual entrega presuroso una carpeta de poesía debidamente acompañada de aquel estudio introductorio que después titularían “Advertencia”. Poesía: justo el género menos resuelto aún dentro de esa generación, que por fin vería publicarse en 1926 su añorada antología, lastrada por una arqueología de precursores que pretendía armonizar a Martí con los “nuevos”; pero éstos -salvo Martínez Villena y Loynaz- no habían cuajado todavía ni de lejos, creadoramente hablando.  
  Por su parte, la primera colaboración del poeta argentino no se hizo esperar y ya en el número de noviembre de Social aparecerían tres textos de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Precedidos por una nota de puntería que debió escribirse en octubre tras su partida hacia Veracruz, probablemente redactada por Fernández de Castro (según Girondo “hombre enteradísimo de lo que sucede en América”), valdría la pena reproducirla aquí:
 “Un joven poeta argentino, originalísimo y vigoroso, fue nuestro huésped durante breves días del mes pasado trayéndole al grupo minorista el cálido mensaje del grupo, nuevo también, de La Púa bonaerense.
 Aquí simpatizamos enseguida con el escritor, hermano en ideales artísticos, que a través de toda su obra, y principalmente en su libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía descubre y afirma su don sintético, su fuerza expresiva, su agudeza humorística, fina unas veces, hosca otras y penetrante siempre, su rebelde y valiente independencia de criterio, su modernidad, su gráfico y plástico poder pictórico, su aguda observación, el color y relieve que sabe dar a su prosa, y principalmente su anhelo de verdad pura”.
 La presentación no puede ser más sintética y abarcadora; pero lo que quiero destacar, sobre todo, es el impacto que debió ejercer su figura sobre los escritores del patio, al tratarse no solo de un poeta cuyo estilo poliédrico tiene que haberles seducido sino también de un artista polifacético. Girondo llevaba con él un ejemplar de la edición francesa de su libro, prodigiosamente ilustrado por él mismo, pero difícil de portar, y debió ser alrededor de ese objeto –carísimo- que les regalara, que se fraguó también la simpatía hacia su persona. En cuanto al “cálido mensaje” que, a nombre del grupo La Púa trasmite a sus émulos de La Habana, no hace más que confirmar el carácter de intercambio de aquel encuentro, a tono con el propósito de la gira.


 “Croquis en la arena”, “Nocturno” y “Guillotinemos”, los tres poemas en prosa, fueron los textos elegidos por Social para su publicación inmediata. “Yo al menos, no renuncio ni a mi derecho de renunciar, y tiro mis veintes poemas como una piedra, sonriendo ante la inutilidad de mi gesto”, escribe en el más significativo de ellos. ¿Debieron causar admiración entre los lectores de turno, quienes tenían delante, como plato fuerte, unos bien facturados sonetos de Enrique Serpa (“para pulir mi vida lo mismo que un soneto”) anunciando La miel de las horas?
  Meses más tarde, en enero de 1925, Social publica “Confesiones de Oliverio Girondo”, auto-entrevista que hacía a la vez de auto-parodia, y donde, en realidad, fusionaba dos ingeniosos textos: un interviú que había dado en Perú y el “Aviso de ocasión” con el que anunciara Veinte poemas… y que desmantelan, a su modo juguetón, sino la noción de público al menos sí la de autor. Lo que cuenta no son los versos, sino el gesto que comportan, parece decirnos Girondo, de quien la lujosa revista de Massaguer publicaría, también, uno de los mejores poemas concebidos en su estadía española de 1923: “Toledo”.

 “Perros que se pasean de golilla
con los ojos pintados por el Greco.
Posadas donde se hospedan todavía
los protagonistas del “Lazarillo” y del “Buscón”.
Puertas que gruñen y se cierran
con las llaves que se le extraviaron a San Pedro.  

 (…)

 Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo,
tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos
y un tufo a herrumbre y a ratón”.

 Perteneciente a Calcomanías, su segundo libro, publicado por la editorial Calpe en 1925, el poema salió en La Habana en julio de ese año, convoyado con dos fotografías antiguas (muy al gusto de los directores de la revista). Su bien trabada y despectiva narración de la ciudad del Greco causó, por cierto, alguna que otra queja de la crítica, mortificada por la mirada ácida hacia la “madre tierra”; pero el poema mereció el elogio de Gómez de la Serna y de Guillermo de Torre, entre otros. Quizás inauguraba esa tradición de grandes poemas-retablos sobre España escritos por latinoamericanos y brasileños, como “Calle de las Sierpes” del propio Girondo, el “Romazón” de Martínez Riva, “Amapolas en el camino de Toledo”, de Baquero, o el “Sevilla andando” de Cabral de Melo Neto. 
 No termina aquí la presencia temprana de Girondo en Cuba, pues, fruto de este periplo, aparece en Chic su artículo –aún entonces no publicado en Argentina- “Cuidado con la arquitectura”, donde ya está presente su interés por Le Corbousier, cuyo estilo funcional acabará reflejándose en su poesía, en particular en su barroco-concreto.  
 Pasemos entonces a la única anécdota que de su paso por La Habana dejaran los minoristas, y que apareciera tres años después de su visita, cuando, consolidado el movimiento de vanguardia cubano, el Suplemento Dominical del Diario de la Marina que dirigía Fernández de Castro dedica al argentino su sección Poetas de Ahora:

 “Estaba de paso para México, y en sus paseos por la ciudad fue a dar a una librería. Se dirigió al librero: Venga acá, che, no hay aquí poetas jóvenes… no hay escritores, quién le compra estos libros (señalando las últimas novedades francesas y de Hispanoamérica). Y el buen “librero” lo puso en conexión con los poetas jóvenes de Cuba y los escritores que le compraban aquellas novedades. Fue a nuestras reuniones, nos regaló sus Veinte poemas…, maravillosos, escándalo de mentes “burguesas y refinadas”. Se llevó originales de los más jóvenes. A su actitud se debió que en una de las revistas más avanzadas de Buenos Aires se multiplicase un ensayo sobre “La moderna lírica en Cuba”. Entabló conexión con nosotros y desde entonces nos visitan periódicamente: Martín Fierro, Proa, Inicial, Valoraciones. Fue a México y procedió del mismo modo…”.
 Escrita quizás por el propio Fernández de Castro, la nota da cuenta de una curiosa y tal vez ya mitificada historia, según la cual el poeta habría llegado a La Habana sin credenciales ni referencia alguna del medio. El poeta forastero se habría topado, a puro tanteo, con una comunidad de iguales que lo acoge y aclama mientras escucha sus irreverentes poemas y ordena publicarlos, al tiempo que aquél no solo anuncia -sino que cumple- su misión de conectar a los diversos núcleos literarios.
 Que ese fuera el modo que tuvo Girondo para contactar con los minoristas cubanos, es decir, gracias a un buen “librero” revela, al menos, dos cuestiones de interés: el carácter febricitante de la anécdota por un lado, y el papel que juegan los libros y revistas (“las últimas novedades”) por otro, como elementos que vehiculan tanto las relaciones literarias como la identidad artística en las ciudades modernas. 
 El poeta foráneo de esta manera contactaría a sus iguales, no según un plan previamente señalado y de acuerdo con unos propósitos –políticos, publicitarios, representativos, etc.- ya definidos, sino como resultado de una aventura que permite “descubrir” al otro casi en estado de gracia y, por tanto, en su original pureza social.
 Girondo como explorador que recorre las calles en busca de una parentela de escritores ya no solo denodadamente modernos, sino vírgenes, casi indígenas, aún desconocidos para el resto del continente.

  
 Sin embargo –y sin extendernos en esta invención que reclama un Tiempo Nuevo pero apenas oculta, como puede apreciarse a esas alturas en Social, los sólidos ligámenes con el modernismo, etc.-, existe una carta que arroja algo de realidad, o si se prefiere, de verosimilitud, no tanto sobre los hechos mismos que, al fin y al cabo, importan lo que importan, como sobre el modo de proceder en relaciones literarias interesadas, con perdón del pleonasmo.
 Se trata de una carta de Ricardo Güiraldes al escritor y periodista cubano Aniceto Valdivia, escrita por los días en que Girondo se aprestaba a emprender su “misión intelectual”. Tiene todas las características de una carta de presentación, si bien no podemos precisar si fue enviada a La Habana o viajó en la valija de poeta. Fue recogida originalmente en Homenaje a Girondo, de Jorge Schwartz, y la transcribo en totalidad:

 “Estimado Señor y amigo:
  Hace tiempo ya de mi visita a La Habana y desde entonces no tengo de vuestra hermosa ciudad ninguna noticia directa. Me hubiera sido sin embargo muy grato el saber algo de mis amigos cubanos.
  Le he mandado a usted Raucho y Rosaura pero presumo que se habrán perdido pues no recibí respuesta a mis envíos. Lo mismo me sucedió con algunos ejemplares mandados a diarios y revistas y con otros que adjunté para la librería de Cervantes y otra cuyo nombre ahora no viene a mi memoria, sita en la Calle Obispo. Ahora va hacia Uds. mi amigo el poeta Oliverio Girondo, lleno de talento, de entusiasmo y de buenos proyectos. Hago los más fervorosos votos para que no se pierda por el camino y espero que esto no sucederá porque es de los que saben encontrarse a sí mismos.
 Mi querido Señor Valdivia, creo que se interesará Ud. en el programa de unificación literaria hispano americana que lleva hasta Uds. a mi compañero Girondo. Mi deseo es que sean buenos amigos y se aprecien mutuamente.
 Salude Ud. con mi más distinguida consideración a todos los de su familia y reciba los mejores deseos de felicidad de su
 Ricardo Güiraldes.”
 A finales de 1916 el matrimonio Güiraldes, junto a un grupo de amigos, había emprendido un viaje por diferentes puntos del Caribe, como parte del cual visitan La Habana, para terminar luego en Jamaica, de cuyos apuntes surgiría más tarde la novela Xaimaca. Cierto que han pasado ocho años de aquella andanza habanera y que, por lo que refiere la misiva, se han perdido o no han tenido respuestas otros envíos posteriores. Se diría, casi como arrojar una botella al mar.  
 Pero la carta, qué duda cabe, se revela como preparatoria de un viaje que, por demás, explicita una vez más el carácter ordenado de la tournée literaria, haciendo las veces de credencial. Se trata, nada menos, que de fraguar “el programa de unificación literaria hispano americana”, y a eso no puede hacerse oídos sordos en La Habana. Va, comoquiera, dirigida a una de las figuras más conocidas del ambiente literario y, por descontado, a su dirección particular.
 Es cierto que hay un desajuste de tiempos y de sensibilidades, y que el Conde Kostia no es la persona más adecuada para servir de cicerone al joven poeta argentino. Valdivia es de la época de Casal, pero es toda una institución. Goza, además, de simpatía, y se mantiene activo en 1924 colaborando incluso en Social (dos años más tarde queda postrado hasta su fallecimiento), siendo frecuentado por Mañach, Sánchez Galarraga, la familia Loynaz, y demás, por mencionar a unos pocos.
 ¿Se vieron el Conde Kostia y el embajador literario del Cono Sur? Caben aquí, desde luego, todas las preguntas, incluyendo otras cartas de presentación, tal vez desaparecidas… Pero tientan más los libros, tanto los que llevaron a Cuba, en un caso, el decadentismo y el simbolismo, en el célebre baúl del Conde, como las ediciones modernas –no solo de Hispanoamérica sino también francesas- con que tropieza Girondo en una librería habanera y que circulan ahora de modo expedito. Cabe indagar por ella; cabe, incluso, inquirir a aquel librero.
 No muchos meses después de esta visita relámpago, la moderna literatura argentina comenzó a divulgarse en Cuba. Se establece un resuelto canje libros y revistas, se publican poemas y textos de Borges, Marechal, Molinari, González Tuñón, Norah Lange y Lascano Tegui, entre otros, así como no pocos artículos sobre el acontecer literario en el país sudamericano. 
 Es el caso por ejemplo de la sección “Carta de Buenos Aires”, que existía desde comienzos de 1926 y donde el “enviado especial” Manuel Hernández García –que escribía de cualquier cosa pero también de literatura- coloca reseñas hoy olvidadas como las que dedicó a Girondo, Güiraldes, Ferreiro, etc.
 En la de Girondo, citada al comienzo de este texto, Hernández destaca la originalidad del libro (tanto la lujosa edición con dibujos del poeta, de 1922, como la “tranviaria” que acababa de salir en Argentina), repara en la arquitectura de una prosa que nada tiene que ver con un ambiente llano como el de la Pampa, y reproduce su célebre apelación al grupo La Púa, aquella que lo emparenta con la antropofagia brasileira:

 “Con la certidumbre reconfortante de que en nuestra calidad de hispano-americanos, poseemos el mejor estómago ecléctico, libérrimo, capaz de digerir bien, tanto unos arenques septentrionales o un kouskous oriental, como una becacina cocinada en la llama o uno de esos chorizos épicos de Castilla”.
 Y ejemplo del bueno ojo y la buena pluma del reseñista:

 “El estilo de Girondo, cortado a pico, enseña la naturaleza del cuarzo lingüístico. La estructura de sus poemas no es un apósito que se ha pegado a la superficie. Más bien es interior. A veces la prosa retorcida hace muecas de equilibrista y hasta se escucha la fusta del saltimbanqui que hace correr por la pista enarenada los briosos corceles. Pero la originalidad borbota y predispone a la legitimidad de expresión”.
 Por último, aparecerá en la sección Poetas de Ahora, con la que el Suplemento Dominical del Diario de la Marina modificara en 1927 su formato, iniciando una intensa divulgación de la poesía hispanoamericana, una muestra de sus poemas: “Escorial”, dedicado a Ortega y Gasset; “España”, “Siesta” y “Gibraltar” (éste último reproducido por la revista Orto), todos perteneciente a Calcomanías.


 Pero acabemos con una cierta visualización de su presencia en Cuba. Carpentier lo recordaría décadas más tarde como “aquel pintoresco poeta, muy simpático, que conocíamos mucho en aquella época, porque pasaba a menudo La Habana”, cuyo estilo tilda injustamente de calco no solo de Apollinaire y Max Jacob, sino incluso, del ultraísmo español.
 Debió pasearse “a largas zancadas” exhibiendo aquella ondulante melena negra (todavía no llevaba barba) que demudara a Pío Baroja en Madrid.
 Debió leer, entre burlón y enfático, sus poemas en el Café el Mundo, donde mismo los minoristas reunidos escuchaban con arrobo al musical Porfirio Barba Jacob, o bien en la redacción de Social en la calle Cuba.
 Debió, en fin, tropezarse con aquel Alejo Carpentier (no hay evidencias de ningún otro viaje a la urbe literaria habanera), a quien no cita en su directorio, como también con Eduardo Avilés quien lo invitara a publicar en una revista llamada Chic.
 Por un cuaderno titulado “Viaje a América y Europa” recogido en Nuevo homenaje a Girondo, todo indica que Girondo alquiló aquellos días una habitación en el Hotel Manhattan, en San Lázaro y Belascoaín, entonces muy frecuentado por turistas norteamericanos y cercano al célebre Café Vista Alegre.
 Debió hacer un alto en aquel Café y tomar, a través de un espejo, o por el ojo mismo, este breve y conciso apunte: “Hotel Manhattan. Habana. Cuarto con baños, fresco pero humilde”.


 Nota (1) Las relaciones de Mariátegui con los cubanos se venían tejiendo indirectamente a través de su compatriota Edwin Elmore, quien tramaba desde 1923 realizar en La Habana el Congreso Libre de Intelectuales Iberoamericanos, para el que tuvo el apoyo de Roig y en el que pretendían reunir a figuras como Unamuno, Vasconcelos, Lugones y Varona, entre otros. No sería este, desde luego, un cónclave de vanguardia, sino a favor de "la raza" inspirado en buena parte en el pensamiento de Rodó, pero contaba con la adhesión de numerosos escritores jóvenes (“discípulos de los discípulos de Próspero”). Elmore conocía y admiraba a Girondo pero no sabemos si existió alguna conexión entre la “misión” de éste y aquel proyectado Congreso que se frustraría, poco más tarde, definitivamente, cuando Elmore es asesinado a manos del poeta José Santos Chocano.