jueves, 19 de julio de 2018

Oliverio Girondo en La Habana. Sobre una gira literaria



 Pedro Marqués de Armas

  Desde 1926 existía en la página literaria del Diario de la Marina la sección “Carta de Buenos Aires”, a cargo de Manuel García Hernández. En ella se publicó el 19 de febrero de ese año, una precisa, pero además elegante reseña sobre Veinte poemas para ser leídos en el tranvía… “Su pluma es ágil. Más que pluma, parece la lengua de uno de esos osos hormigueros que se mete bien adentro de las cuevas para banquetearse”. Esta reseña, a la que volveremos, no era ni mucho menos el primer contacto del público cubano con el vanguardista argentino, ni sería, en los años que nos ocupan, el último.
 Oliverio Girondo había hecho su entrada en Cuba, y la había hecho en persona, a finales de septiembre de 1924, cuando arriba a La Habana de paso hacia México en el que puede considerarse el viaje de exploración más audaz del vanguardismo en América Latina. El cosmopolita, el giróvago que pasara por Douarnenez, Río de Janeiro, Venecia, Sevilla, Brest, Verona, París, Marruecos, Egipto, y un largo etcétera, el que atrapaba al vuelo realidad y palabras como quien tira un guantazo, se proponía ahora, a escasos meses del manifiesto martinfierrista, exportar el grito de guerra de la vanguardia argentina.  
 A mediados de año Girondo salió rumbo a Chile, siguió a Perú, Venezuela, luego La Habana, a continuación México y, tras alcanzar Nueva York ese crudo invierno, cruzó nuevamente el Atlántico. En calidad, algo así, como de adelantado de la “nueva sensibilidad”, representando a varias revistas bonaerenses y alguna que otra uruguaya, pretendía conectar a los diversos núcleos de vanguardia del continente, a sus respectivas publicaciones, promover obras literarias y, desde luego, dar a conocer la suya.
 El viaje estaba imbuido de propósitos tan serios como acoplar en un “frente común” por la “independencia literaria” a los diferentes territorios. Si esta fue alcanzada con Darío, se trata ahora, agotados los resortes del modernismo, más bien vapuleados, de reconquistarla. Algo de americanismo pulsa aquí, pero hay de todo, en realidad, en este periplo que puede lo mismo verse como un divertido tour (¿pero qué no lo era en Girondo?) de publicista que, ciertamente, como una “misión intelectual” no exenta de providencialismo: exportar el “esfuerzo sudamericano” a toda la América y, de ahí, de vuelta a Europa.
 Poco se sabe de esta estancia de Girondo en La Habana, a diferencia, por ejemplo, de cuanto se conoce de su más fértil gestión en México; pero no tan poco como para que no pueda salvarse alguna anécdota, reconocerse el impacto que la visita produce tanto en Girondo como en los escritores cubanos, y verificar las intenciones de la misma. Empecemos, pues, por estas últimas.
 Por una carta fechada en México el 3 de octubre de 1924, corroboramos tanto su paso por La Habana unos días antes, como las relaciones que enseguida estableció y que dieron lugar, al menos, a cuatro colaboraciones en revistas habaneras. Dirigida a José Carlos Mariátegui, con quien el poeta argentino se viera semanas antes en Lima en un momento difícil para aquél, pues acababan de amputarle una pierna, Girondo le presenta una relación de los miembros del Grupo Minorista con sus respectivas direcciones postales, curiosamente ordenados alfabéticamente, a excepción de Emilio Roig de Leuchsenring, director literario de Social (“especie de plus ultra y la única revista actual que publica algo interesante.”). Siguen, con breves acotaciones, Agustín Acosta, José A. Fernández de Castro, Félix Lizaso, Alberto Lamar Schweyer, Juan Marinello, Jorge Mañach, y José Z. Tallet. De Acosta (a quien no vio personalmente por encontrarse retirado en su pueblo) apunta Girondo que es el “poeta joven de mayor reputación”, y de Tallet, de quien leyó sus versos, consigna que es buen poeta.
 Acompañaba a la misiva un artículo sobre la “poesía moderna en Cuba” que, según precisa, habían elaborado a toda carrera Lizaso y Fernández de Castro y que consistía en un “resumen” del estudio introductorio a Antología de la poesía moderna en Cuba, al que añaden “algunas poesías que lo ilustran”.
 Como se sabe, si algún proyecto literario ligó a la vanguardia cubana durante su gestación, fue esa antología, que ocupó por casi tres años a sus artífices, quienes, con la ayuda de otros jóvenes escritores que frecuentaban por entonces la biblioteca de la Sociedad Económica Amigos del País, habían iniciado las labores a principios de 1923. Son tiempos, pues, todavía incipientes para lo que Girondo define como “movimiento literario”, cuando apenas empiezan a llamarse a sí mismos minoristas, tal como los bautizara Martínez Villena. 


 Alude más adelante, en la carta, a lo bien informados que estaban en La Habana sobre la revista Claridad, y califica a los escritores con que contactara como el “grupo que intervino en la Revolución de hace algunos meses”. (¿Cuál? ¿La intentona de alzamiento del Movimiento de Veteranos y Patriotas? Una revolución que no fue tal, pero que se inscribió, así, en la mente de Girondo.) Lo significativo de la misiva radica, no obstante, en la evidencia que contiene del carácter pragmático de aquella “misión intelectual” que, sin dudas, se vio reforzada tras el encuentro con Mariátegui: “Con todo este grupo he hablado de la urgencia de vincularnos y conocernos mutuamente. A cualquiera de sus componentes puede, por lo consiguiente, dirigirse usted en mi nombre, con el objeto de conseguir colaboraciones o pedir cualquier dato que necesite. No sería malo, que al menos a tres o cuatro de ellos les enviara Claridad".
 Se abría así, vía Girondo, la conexión cubana con el intelectual peruano, que sin embargo no se hará efectiva hasta dos años más tarde, cuando Mariátegui tome la iniciativa de escribirle a Roig de Leuchsenring, recordándole aquel viaje del poeta argentino y el “proyecto de intercambio y vinculación de los grupos de vanguardia de América”. En cualquier caso, se interceptan el emergente “editorialismo programático” de Mariátegui y el “esfuerzo intelectual sudamericano”.(1)
  En tanto mediador para que se publique el ensayo de Lizaso & Fernández de Castro y los poemas de Acosta, Tallet, Marinero, etc., y, a la vez, en calidad de organizador de un canje aún potencial entre Social y las revistas argentinas y peruanas que representaba, Girondo resulta, pues, quien primero intenta divulgar como grupo, fuera de la isla, a los vanguardistas cubanos. En un cuaderno de trabajo que se conocería décadas después, incorpora su lista a un directorio más extenso de intelectuales hispanoamericanos.
 En realidad, el artículo y los poemas enviados a Mariátegui para la limeña Claridad: revista obrera, no llegaron a publicarse, pues al momento del intercambio epistolar aquel órgano de prensa fundado por Haya de la Torre -y del que Mariátegui era entonces director interino- había cerrado a causa de una arremetida del régimen de Leguía. Cómo esa colaboración cubana sigue rumbo a Argentina, publicándose al año siguiente en la bonaerense Proa (la revista de Borges, Güiraldes, etc.), es algo por aclararse.  
 Girondo topa en 1924, en suma, con un gremio en ebullición, el cual entrega presuroso una carpeta de poesía debidamente acompañada de aquel estudio introductorio que después titularían “Advertencia”. Poesía: justo el género menos resuelto aún dentro de esa generación, que por fin vería publicarse en 1926 su añorada antología, lastrada por una arqueología de precursores que pretendía armonizar a Martí con los “nuevos”; pero éstos -salvo Martínez Villena y Loynaz- no habían cuajado todavía ni de lejos, creadoramente hablando.  
  Por su parte, la primera colaboración del poeta argentino no se hizo esperar y ya en el número de noviembre de Social aparecerían tres textos de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Precedidos por una nota de puntería que debió escribirse en octubre tras su partida hacia Veracruz, probablemente redactada por Fernández de Castro (según Girondo “hombre enteradísimo de lo que sucede en América”), valdría la pena reproducirla aquí:
 “Un joven poeta argentino, originalísimo y vigoroso, fue nuestro huésped durante breves días del mes pasado trayéndole al grupo minorista el cálido mensaje del grupo, nuevo también, de La Púa bonaerense.
 Aquí simpatizamos enseguida con el escritor, hermano en ideales artísticos, que a través de toda su obra, y principalmente en su libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía descubre y afirma su don sintético, su fuerza expresiva, su agudeza humorística, fina unas veces, hosca otras y penetrante siempre, su rebelde y valiente independencia de criterio, su modernidad, su gráfico y plástico poder pictórico, su aguda observación, el color y relieve que sabe dar a su prosa, y principalmente su anhelo de verdad pura”.
 La presentación no puede ser más sintética y abarcadora; pero lo que quiero destacar, sobre todo, es el impacto que debió ejercer su figura sobre los escritores del patio, al tratarse no solo de un poeta cuyo estilo poliédrico tiene que haberles seducido sino también de un artista polifacético. Girondo llevaba con él un ejemplar de la edición francesa de su libro, prodigiosamente ilustrado por él mismo, pero difícil de portar, y debió ser alrededor de ese objeto –carísimo- que les regalara, que se fraguó también la simpatía hacia su persona. En cuanto al “cálido mensaje” que, a nombre del grupo La Púa trasmite a sus émulos de La Habana, no hace más que confirmar el carácter de intercambio de aquel encuentro, a tono con el propósito de la gira.


 “Croquis en la arena”, “Nocturno” y “Guillotinemos”, los tres poemas en prosa, fueron los textos elegidos por Social para su publicación inmediata. “Yo al menos, no renuncio ni a mi derecho de renunciar, y tiro mis veintes poemas como una piedra, sonriendo ante la inutilidad de mi gesto”, escribe en el más significativo de ellos. ¿Debieron causar admiración entre los lectores de turno, quienes tenían delante, como plato fuerte, unos bien facturados sonetos de Enrique Serpa (“para pulir mi vida lo mismo que un soneto”) anunciando La miel de las horas?
  Meses más tarde, en enero de 1925, Social publica “Confesiones de Oliverio Girondo”, auto-entrevista que hacía a la vez de auto-parodia, y donde, en realidad, fusionaba dos ingeniosos textos: un interviú que había dado en Perú y el “Aviso de ocasión” con el que anunciara Veinte poemas… y que desmantelan, a su modo juguetón, sino la noción de público al menos sí la de autor. Lo que cuenta no son los versos, sino el gesto que comportan, parece decirnos Girondo, de quien la lujosa revista de Massaguer publicaría, también, uno de los mejores poemas concebidos en su estadía española de 1923: “Toledo”.

 “Perros que se pasean de golilla
con los ojos pintados por el Greco.
Posadas donde se hospedan todavía
los protagonistas del “Lazarillo” y del “Buscón”.
Puertas que gruñen y se cierran
con las llaves que se le extraviaron a San Pedro.  

 (…)

 Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo,
tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos
y un tufo a herrumbre y a ratón”.

 Perteneciente a Calcomanías, su segundo libro, publicado por la editorial Calpe en 1925, el poema salió en La Habana en julio de ese año, convoyado con dos fotografías antiguas (muy al gusto de los directores de la revista). Su bien trabada y despectiva narración de la ciudad del Greco causó, por cierto, alguna que otra queja de la crítica, mortificada por la mirada ácida hacia la “madre tierra”; pero el poema mereció el elogio de Gómez de la Serna y de Guillermo de Torre, entre otros. Quizás inauguraba esa tradición de grandes poemas-retablos sobre España escritos por latinoamericanos y brasileños, como “Calle de las Sierpes” del propio Girondo, el “Romazón” de Martínez Riva, “Amapolas en el camino de Toledo”, de Baquero, o el “Sevilla andando” de Cabral de Melo Neto. 
 No termina aquí la presencia temprana de Girondo en Cuba, pues, fruto de este periplo, aparece en Chic su artículo –aún entonces no publicado en Argentina- “Cuidado con la arquitectura”, donde ya está presente su interés por Le Corbousier, cuyo estilo funcional acabará reflejándose en su poesía, en particular en su barroco-concreto.  
 Pasemos entonces a la única anécdota que de su paso por La Habana dejaran los minoristas, y que apareciera tres años después de su visita, cuando, consolidado el movimiento de vanguardia cubano, el Suplemento Dominical del Diario de la Marina que dirigía Fernández de Castro dedica al argentino su sección Poetas de Ahora:

 “Estaba de paso para México, y en sus paseos por la ciudad fue a dar a una librería. Se dirigió al librero: Venga acá, che, no hay aquí poetas jóvenes… no hay escritores, quién le compra estos libros (señalando las últimas novedades francesas y de Hispanoamérica). Y el buen “librero” lo puso en conexión con los poetas jóvenes de Cuba y los escritores que le compraban aquellas novedades. Fue a nuestras reuniones, nos regaló sus Veinte poemas…, maravillosos, escándalo de mentes “burguesas y refinadas”. Se llevó originales de los más jóvenes. A su actitud se debió que en una de las revistas más avanzadas de Buenos Aires se multiplicase un ensayo sobre “La moderna lírica en Cuba”. Entabló conexión con nosotros y desde entonces nos visitan periódicamente: Martín Fierro, Proa, Inicial, Valoraciones. Fue a México y procedió del mismo modo…”.
 Escrita quizás por el propio Fernández de Castro, la nota da cuenta de una curiosa y tal vez ya mitificada historia, según la cual el poeta habría llegado a La Habana sin credenciales ni referencia alguna del medio. El poeta forastero se habría topado, a puro tanteo, con una comunidad de iguales que lo acoge y aclama mientras escucha sus irreverentes poemas y ordena publicarlos, al tiempo que aquél no solo anuncia -sino que cumple- su misión de conectar a los diversos núcleos literarios.
 Que ese fuera el modo que tuvo Girondo para contactar con los minoristas cubanos, es decir, gracias a un buen “librero” revela, al menos, dos cuestiones de interés: el carácter febricitante de la anécdota por un lado, y el papel que juegan los libros y revistas (“las últimas novedades”) por otro, como elementos que vehiculan tanto las relaciones literarias como la identidad artística en las ciudades modernas. 
 El poeta foráneo de esta manera contactaría a sus iguales, no según un plan previamente señalado y de acuerdo con unos propósitos –políticos, publicitarios, representativos, etc.- ya definidos, sino como resultado de una aventura que permite “descubrir” al otro casi en estado de gracia y, por tanto, en su original pureza social.
 Girondo como explorador que recorre las calles en busca de una parentela de escritores ya no solo denodadamente modernos, sino vírgenes, casi indígenas, aún desconocidos para el resto del continente.

  
 Sin embargo –y sin extendernos en esta invención que reclama un Tiempo Nuevo pero apenas oculta, como puede apreciarse a esas alturas en Social, los sólidos ligámenes con el modernismo, etc.-, existe una carta que arroja algo de realidad, o si se prefiere, de verosimilitud, no tanto sobre los hechos mismos que, al fin y al cabo, importan lo que importan, como sobre el modo de proceder en relaciones literarias interesadas, con perdón del pleonasmo.
 Se trata de una carta de Ricardo Güiraldes al escritor y periodista cubano Aniceto Valdivia, escrita por los días en que Girondo se aprestaba a emprender su “misión intelectual”. Tiene todas las características de una carta de presentación, si bien no podemos precisar si fue enviada a La Habana o viajó en la valija de poeta. Fue recogida originalmente en Homenaje a Girondo, de Jorge Schwartz, y la transcribo en totalidad:

 “Estimado Señor y amigo:
  Hace tiempo ya de mi visita a La Habana y desde entonces no tengo de vuestra hermosa ciudad ninguna noticia directa. Me hubiera sido sin embargo muy grato el saber algo de mis amigos cubanos.
  Le he mandado a usted Raucho y Rosaura pero presumo que se habrán perdido pues no recibí respuesta a mis envíos. Lo mismo me sucedió con algunos ejemplares mandados a diarios y revistas y con otros que adjunté para la librería de Cervantes y otra cuyo nombre ahora no viene a mi memoria, sita en la Calle Obispo. Ahora va hacia Uds. mi amigo el poeta Oliverio Girondo, lleno de talento, de entusiasmo y de buenos proyectos. Hago los más fervorosos votos para que no se pierda por el camino y espero que esto no sucederá porque es de los que saben encontrarse a sí mismos.
 Mi querido Señor Valdivia, creo que se interesará Ud. en el programa de unificación literaria hispano americana que lleva hasta Uds. a mi compañero Girondo. Mi deseo es que sean buenos amigos y se aprecien mutuamente.
 Salude Ud. con mi más distinguida consideración a todos los de su familia y reciba los mejores deseos de felicidad de su
 Ricardo Güiraldes.”
 A finales de 1916 el matrimonio Güiraldes, junto a un grupo de amigos, había emprendido un viaje por diferentes puntos del Caribe, como parte del cual visitan La Habana, para terminar luego en Jamaica, de cuyos apuntes surgiría más tarde la novela Xaimaca. Cierto que han pasado ocho años de aquella andanza habanera y que, por lo que refiere la misiva, se han perdido o no han tenido respuestas otros envíos posteriores. Se diría, casi como arrojar una botella al mar.  
 Pero la carta, qué duda cabe, se revela como preparatoria de un viaje que, por demás, explicita una vez más el carácter ordenado de la tournée literaria, haciendo las veces de credencial. Se trata, nada menos, que de fraguar “el programa de unificación literaria hispano americana”, y a eso no puede hacerse oídos sordos en La Habana. Va, comoquiera, dirigida a una de las figuras más conocidas del ambiente literario y, por descontado, a su dirección particular.
 Es cierto que hay un desajuste de tiempos y de sensibilidades, y que el Conde Kostia no es la persona más adecuada para servir de cicerone al joven poeta argentino. Valdivia es de la época de Casal, pero es toda una institución. Goza, además, de simpatía, y se mantiene activo en 1924 colaborando incluso en Social (dos años más tarde queda postrado hasta su fallecimiento), siendo frecuentado por Mañach, Sánchez Galarraga, la familia Loynaz, y demás, por mencionar a unos pocos.
 ¿Se vieron el Conde Kostia y el embajador literario del Cono Sur? Caben aquí, desde luego, todas las preguntas, incluyendo otras cartas de presentación, tal vez desaparecidas… Pero tientan más los libros, tanto los que llevaron a Cuba, en un caso, el decadentismo y el simbolismo, en el célebre baúl del Conde, como las ediciones modernas –no solo de Hispanoamérica sino también francesas- con que tropieza Girondo en una librería habanera y que circulan ahora de modo expedito. Cabe indagar por ella; cabe, incluso, inquirir a aquel librero.
 No muchos meses después de esta visita relámpago, la moderna literatura argentina comenzó a divulgarse en Cuba. Se establece un resuelto canje libros y revistas, se publican poemas y textos de Borges, Marechal, Molinari, González Tuñón, Norah Lange y Lascano Tegui, entre otros, así como no pocos artículos sobre el acontecer literario en el país sudamericano. 
 Es el caso por ejemplo de la sección “Carta de Buenos Aires”, que existía desde comienzos de 1926 y donde el “enviado especial” Manuel Hernández García –que escribía de cualquier cosa pero también de literatura- coloca reseñas hoy olvidadas como las que dedicó a Girondo, Güiraldes, Ferreiro, etc.
 En la de Girondo, citada al comienzo de este texto, Hernández destaca la originalidad del libro (tanto la lujosa edición con dibujos del poeta, de 1922, como la “tranviaria” que acababa de salir en Argentina), repara en la arquitectura de una prosa que nada tiene que ver con un ambiente llano como el de la Pampa, y reproduce su célebre apelación al grupo La Púa, aquella que lo emparenta con la antropofagia brasileira:

 “Con la certidumbre reconfortante de que en nuestra calidad de hispano-americanos, poseemos el mejor estómago ecléctico, libérrimo, capaz de digerir bien, tanto unos arenques septentrionales o un kouskous oriental, como una becacina cocinada en la llama o uno de esos chorizos épicos de Castilla”.
 Y ejemplo del bueno ojo y la buena pluma del reseñista:

 “El estilo de Girondo, cortado a pico, enseña la naturaleza del cuarzo lingüístico. La estructura de sus poemas no es un apósito que se ha pegado a la superficie. Más bien es interior. A veces la prosa retorcida hace muecas de equilibrista y hasta se escucha la fusta del saltimbanqui que hace correr por la pista enarenada los briosos corceles. Pero la originalidad borbota y predispone a la legitimidad de expresión”.
 Por último, aparecerá en la sección Poetas de Ahora, con la que el Suplemento Dominical del Diario de la Marina modificara en 1927 su formato, iniciando una intensa divulgación de la poesía hispanoamericana, una muestra de sus poemas: “Escorial”, dedicado a Ortega y Gasset; “España”, “Siesta” y “Gibraltar” (éste último reproducido por la revista Orto), todos perteneciente a Calcomanías.


 Pero acabemos con una cierta visualización de su presencia en Cuba. Carpentier lo recordaría décadas más tarde como “aquel pintoresco poeta, muy simpático, que conocíamos mucho en aquella época, porque pasaba a menudo La Habana”, cuyo estilo tilda injustamente de calco no solo de Apollinaire y Max Jacob, sino incluso, del ultraísmo español.
 Debió pasearse “a largas zancadas” exhibiendo aquella ondulante melena negra (todavía no llevaba barba) que demudara a Pío Baroja en Madrid.
 Debió leer, entre burlón y enfático, sus poemas en el Café el Mundo, donde mismo los minoristas reunidos escuchaban con arrobo al musical Porfirio Barba Jacob, o bien en la redacción de Social en la calle Cuba.
 Debió, en fin, tropezarse con aquel Alejo Carpentier (no hay evidencias de ningún otro viaje a la urbe literaria habanera), a quien no cita en su directorio, como también con Eduardo Avilés quien lo invitara a publicar en una revista llamada Chic.
 Por un cuaderno titulado “Viaje a América y Europa” recogido en Nuevo homenaje a Girondo, todo indica que Girondo alquiló aquellos días una habitación en el Hotel Manhattan, en San Lázaro y Belascoaín, entonces muy frecuentado por turistas norteamericanos y cercano al célebre Café Vista Alegre.
 Debió hacer un alto en aquel Café y tomar, a través de un espejo, o por el ojo mismo, este breve y conciso apunte: “Hotel Manhattan. Habana. Cuarto con baños, fresco pero humilde”.


 Nota (1) Las relaciones de Mariátegui con los cubanos se venían tejiendo indirectamente a través de su compatriota Edwin Elmore, quien tramaba desde 1923 realizar en La Habana el Congreso Libre de Intelectuales Iberoamericanos, para el que tuvo el apoyo de Roig y en el que pretendían reunir a figuras como Unamuno, Vasconcelos, Lugones y Varona, entre otros. No sería este, desde luego, un cónclave de vanguardia, sino a favor de "la raza" inspirado en buena parte en el pensamiento de Rodó, pero contaba con la adhesión de numerosos escritores jóvenes (“discípulos de los discípulos de Próspero”). Elmore conocía y admiraba a Girondo pero no sabemos si existió alguna conexión entre la “misión” de éste y aquel proyectado Congreso que se frustraría, poco más tarde, definitivamente, cuando Elmore es asesinado a manos del poeta José Santos Chocano.

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