martes, 26 de enero de 2021

Abuelo Rubén



Mario Benedetti 


Seguramente nunca habrías escrito:
«Un siglo es un instante».
Menos aún: «Cien años, qué locura».

Eso sí, habrías aporreado el clavecín rimero
hasta arrancarle la nota que buscabas,
o lustrado los débiles barrotes de la frase
como quien apronta una imposible jaula
para el decididamente posible ruiseñor,
o talvez recurrido a Atlántidas, a faunos,
a pajes, a Mesías, hasta a reinas de Angola,
para decir algo tan sencillo como tu repentina edad
el quemante bochorno de tus viejas auroras.

Trato de imaginarme cómo habrías conseguido
en este grave amenazado enero
de tus cien años y nuestros tres minutos
pasar tu contrabando de pedagógicas ambrosias,
y entonces creo advertir otros salubres responsos,
algo así como tímidos ajustes de cuentas.

Después de todo, ya sabemos
por qué las princesas están tristes.
Y no sólo las princesas. Los sabuesos, los gerentes,
los fabricantes de burbujas y los secretarios de estado,
están a cuál más pálido en sus sillas de oro.

Después de todo, ya sabemos
por qué bufa el eunuco.
Y no sólo el eunuco. Los herrumbrados puritanos,
los ortopédicos censores, los minuciosos
restauradores de la miseria, los chacales en fin,
luchan por el legado de tu pobre bufón escarlata.

Díríase que el tiempo es otro, que en este mundo en llaga
no caben tus marquesas ni tus cisnes unánimes,
que al cándido hombre de hambre no le importa
la dieta frutal de miel y rosas
que aconsejaste para los dromedarios.

Mas son pobres decires.
Lo cierto, lo vital, lo milagroso,
es que echaste a volar un decisivo
cuento de hadas verbales y no obstante tangibles.

Seamos por una vez modestamente sabios
y sobre todo ecuánimes.

Junto con la justicia y el pan nuestro
defendamos tu derecho a soñar la palabra,
a expropiar diccionarios y mitos,
a invadir toda la belleza disponible
como quien toma por asalto el polvorín del enemigo
para volcarlo en la victoria propia.

Tú no lo habrías escrito.
Pero nosotros, gracias a ti,
no tenemos vergüenza de decir en tu nombre:
«Un siglo es un instante»,
y menos aún de pensar, en el nuestro: «Cien años, qué locura».


Varadero, enero 1967.


Imagen tomada de cdf.montevideo.gub.uy


lunes, 25 de enero de 2021

Dónde estar vivo

 


 Eliseo Diego 

I

 Cincuenta años son tiempo suficiente para saber si un poeta es capaz de resistir cincuenta años. Y si lo es será por algo, a menos que nos haya embaucado a todos, en cuyo caso merece por ilusionista un homenaje mayor, y nosotros también el nuestro, el que corresponde a unos perfectísimos inocentes.

 Deducir de una vida mediocre -no creo que debemos dar a Darío una calificación más baja, pues hay que reservar su parte a los malos agüeros- la mediocridad de una poesía, no llega a parecerme un procedimiento sensato. Cuando, interrumpidas sus bodas por la rebelión del general Ezeta, se encuentra Darío muy de mañana, perplejo, ante un coronelazo que le apunta una pistola al pecho y le brama: “¡Grite: viva el General Ezeta!”, acierta el pobre a murmurar apenas: “viva el general Ezeta”, con una voz comprensiblemente trémula. Pero no es esta voz la que debe en Cuba interesarnos, sino la otra que impulsa a sus poemas, supuesto que justamente pretendemos aquí crear un mundo en el que no haya coronelazos que les roben el aliento a los poetas -trémulos o no- temporal o definitivamente; un mundo donde la creación literaria cobre sentido al amor de todo un pueblo.

II

 No es en el pobre murmullo de sus días ya idos ni en su retórica fácil -cómo iba a ser en ella?- donde está aún vivo Rubén Darío, sino en el idioma que nos sirve a todos y al que sirvió él apasionadamente. “Francisca Sánchez me acompaña es una frase como tantas”; pero cuando, respondiendo a la anhelante solicitación de la rima, leemos: “Francisca Sánchez, acompaña-mé”, ¡qué abismos entrevemos por la grieta que abrió el leve golpe del idioma, qué abismo de soledad y de la universal necesidad de compañía! Todo como tres palabras, sin forzar el idioma, como dejándole hacer, como permitiéndole que nos demuestre lo que es capaz de hacer. Uno se pregunta, viendo que en los últimos años la poesía latinoamericana tiende en muchos casos al acarreo, a la recua de palabras, qué aluviones, qué diluvios de palabras de papagayos y caimanes y montañas y anacondas, en sucesivas ráfagas de invocaciones, habría sido necesarios para expresar un sentimiento semejante.

 O tómese ese verso trágico al que tan superiores nos sentimos a veces, el que comienza: “Yo soy aquel…”, y apréndase cómo ir de la inmediatez del yo brutal, y el verbo en absoluto presente, a la primera distancia del pronombre, y luego, por el ayer ya en sí mismo remoto, a la imprecisa, vaga, desolada, irrecuperable lejanía del verbo que está justo en el tiempo de la distancia, el misterioso “imperfecto” de nuestro idioma: “Yo soy aquel que ayer no más decía…”

 Aprendamos, así, de sus grandes versos la sencillez terrible, y cómo echar a un lado el yo para que pase el idioma -este bellísimo, conmovedor idioma español que hemos pretendido tratar a palos para que nos lleve a cuestas.

 Lejos de ser una figura del pasado, Rubén Darío recién comienza a darnos sus lecciones.


  Leído el 20 de enero de 1967, con el título “Rubén Darío”, en el Encuentro Centenario de Rubén Darío, Varadero, Cuba. Originalmente publicado en Casa de las Américas, La Habana, Año VII, Núm. 42, mayo-junio, 1967, pp. 80-81.

  Y aquí lo mejor de aquel cónclave en Varadero: el encabronamiento de Pellicer rememorado por Eliseo Diego hace ya unos años, y un recuento de Rafael Rojas sobre la “balacera” que se allí de armó. 

 

sábado, 23 de enero de 2021

jueves, 21 de enero de 2021

Declaración de Varadero (en el Centenario de Rubén Darío)

 


   José Emilio Pacheco 

 

        La tortuga de oro marcha sobre la alfombra.

        Va trazando en la sombra un incógnito estigma, 

        los signos del estigma de lo que no se nombra.

        Cuando a veces lo pienso, el misterio no abarco

        de lo que está suspenso entre el violín y el arco.

                                     

                                     R. D., Armonía.

 

   En su principio está su fin. Y vuelve a Nicaragua

para encontrar la fuerza de la muerte.

Relámpago entre dos oscuridades, leve piedra

que regresa a la honda.

 

   Cierra los ojos para verse muerto.

Comienza entonces la otra muerte, el agrio

batir las selvas de papel, torcer el cuello

al cisne viejo como la elocuencia;

incendiar los castillos de hojarasca,

la tramoya retórica, el vestuario:

aquel desván llamado “modernismo”.

Fue la hora 

de escupir en las tumbas.

 

   Las aguas siempre se remansan.

La operación agrícola supone

mil remotas creencias, ritos, magias.

Removida la tierra

pueden medrar en ella otros cultivos.

Las palabras

son imanes del polvo,

los ritmos amarillos caen del árbol,

la música deserta

del caracol

y en su interior la tempestad dormida

se vuelve sonsonete o armonía

municipal y espesa, tan gastada

como el vals de latón de los domingos.

 

   Los hombres somos los efímeros,

lo que se unió para escindirse

—sólo el árbol tocado por el rayo

guarda el poder del fuego en su madera,

y la fricción libera esa energía.

 

   Pasaron, pues, cien años:

ya podemos

perdonar a Darío.

                                         

                                           1967

 

  No me preguntes cómo pasa el tiempo. Poemas 1964-1968, México, Joaquín Mortiz, 1969, pp. 32-33. 


domingo, 17 de enero de 2021

Varadero de Rubén Darío

 

    Enrique Lihn 

   Veo en el mercado de la rue Clair faisanes desplumados ancianos que tomaron un baño a vapor jabalíes jupiterinos que cuelgan sobre la calzada entre gacelas y otros animales heráldicos, la forma de un cisne del que se arranca con precisión matemática la cantidad de fois gras requerida una paralizada nube supongo que de alondras, y en el interior de la carnicería me pregunto si la civilización francesa no podrá llegar hasta la mitología con un cuchillo en la mano para acoplar al ritual de navidad por ejemplo a Pegaso, “el Pegaso Divino”, este Gran Premio desollado justamente parece el resto de un monumento ecuestre con los inexplicables muñones en los flancos, junto a la cajera  que no tiene el menor interés en recordar a ninguna de las nueve musas pero en cuyos oídos resuena hasta en sus menores detalles  – de la petite monnaie - la música de las esferas; manos de una destreza incomparable y en lo demás rosas de pulpa.

   “En ella está la ciencia armoniosa

en ella se respira

el perfume vital de cada cosa.”

 Las rubias marquesas verlenianas ¿no son estas viejecillas que tactan sabiamente los flancos del cuerno de la abundancia?

seguidas por la Galatea Gongorina

  “Flor de gitanas, flor que amor recela

amor de sangre y luz, pasiones locas”,

que dice oeuf en lugar de huevo como si lo reventara cada vez que lo dice y melancoliza en su cocina el recuerdo de sus toros con el rabioso trapo de bruñir en la mano.

  “La gritería de trescientas ocas no te impedirá, Sylvano, tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo, el ruiseñor, esté contento de tu melodía.”

 En el mercado de la rue Clair las ocas guardan un silencio de muerte preparadas para la olla de navidad por una mano maestra

 El faisán de oro se prepara de cien modos distintos y yo me pregunto si los ruiseñores se comen con un hambre que es también el de la poesía, imposible de saciar con un solo de flauta.

 Estoy leyendo o tratando de leer a un pobre español cabeza dura martillo y escoplo de cantería de la lengua, este monumento a Rubén mata el peñasco del que brota y no sobrevivirá ni al más frágil villorrio.

 Ya me lo dijo alguien días atrás: o somos geniales o somos unos perfectos imbéciles.

 Exageraba.

 Hay algo más sobre Darío en esta mesa que no oscila ni así tanto en señal de complicidad con los espíritus: la palabra seca desmigajada y ácima de Luis Cernuda:

 “Darío como sus antepasados remotos ante los primeros españoles estaba pronto a entregar su oro nativo a cambio de cualquiera baratija brillante que se le entregara”.

 Retener la palabra baratija. Todo lo demás son historias de caballería: El trueque es la excepción que confirma la regla de oro de la Conquista. Dígalo Ernesto Cardenal:

 “Apreciaban el oro pero era como apreciaban también la piedra rosa o el pasto y lo ofrecieron de comida como pasto a los caballos de los conquistadores.”

 Pero don Luis toma francamente la verdad por la manera en que la entiende en lo demás estoy por darle la razón, los gorjeos de Prosas Profanas nos aburrieron y enojaron a todos hace ya unos buenos cuarenta años hago recuerdos estrictamente impersonales.

 Según parece el ruiseñor – Después de todo, todo es nada, la Gloria comprendida”- tuve serios motivos para esperar que el busto no sobreviviera a la ciudad.

 Se dijo: No es el poeta de América,

 Y Rufino Blanco Fombona – el trueno contra el trino - diagnosticó severamente: “incertidumbre mental y racial de América”.

 Qué diablos: “En el combate entre tú y el mundo – escribió Kafka- secunda al mundo”, ¿cómo se habría podido responder al desafío de esa Opera de Cuatro Centavos?:

 “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser a despecho de mis manos de Marqués.”

 En ese entonces – Tigre Hotel, diciembre de 1894 - Rubén Darío no era sin embargo un niño de teta, pero dos años antes una ciudad entera se le había subido a la cabeza, y una vida entera no basta para reparar este pequeño accidente.

 El entusiasmo de Jean Cassou no repara este pequeño accidente, más bien lo agrava: para él nuestro poeta es “un ingenuo venido de las profundidades de sus trópicos”, una especie de Cristóbal Colón al revés, que vino de Francia, en buenas cuentas, “para rejuvenecer, con una mirada nueva, nuestro viejo patrimonio histórico legendario, familiar”.

 No estoy muy seguro de que el tono de estos elogios sea exactamente el que le hubiera gustado quemar a Darío en su incensario particular.

 El supuesto de su poesía es que el poeta, por el hecho de serlo, mantiene un estrecho contacto, ya sea interior o exterior, con “un pueblo de desnudas ninfas, de rosadas reinas, de amorosas diosas”.

 En el balance conmovedor de sus amores no figuran, es verdad, ni duquesas ni marquesas ni diosas paganas. Pero cualquiera diría que “la divina Eulalia”, Stella y todas ellas fueron miembros de la nobleza de Francia.

 Recuérdese: “mi órgano es un viejo clavicordio Pompadour “y” A través de los fuegos divinos de las vidrieras me rio del viento que sopla afuera, del mal que pasa”.

 ¿Dónde estaba usted, realmente, Rubén, dónde estaban todos ustedes fantasiosos jóvenes de la Bella Época, marqueses, condes, rastacueros, profesores de la Sorbone, magnetizadores, actores de opereta, malos persas? ¿Qué fue realmente de “esa hora sublime para el género humano”, quiénes eran ellas?

 El joven Marcel Proust se demoró veinte años en penetrar efectivamente en los salones del Faubourg Saint Germain y esto en sí mismo no le habría valido de nada si no le hubiera reducido a la nada, al tiempo perdido y encontrado: otro mundo irreversible a éste pero revelador como lo es para el cuerpo la enfermedad que los destruye, ¿de qué nos sirve todo lo demás: sueños de grandeza, princesas chinas, “Himnos a la Sagrada Naturaleza, “música de ideas”, “sones de bandolín”, ánforas griegas, gatos?

 “París donde reina el amor y el genio”. Conforme. Pero, ¿no es el suyo Un París irreal? ¿Y qué estamos haciendo aún aquí nosotros?

 Usted debió preguntárselo, Rubén. Pero, no, todas eran respuestas, sólo se trataba de responder desde lo alto de un Olimpo artificial, con una voz engolada:

 “Abuelo, preciso es decírselo: mi esposa es de mi tierra, mi querida es de París.”

 ¿Por qué no vuelven a pensar estas cabezotas?

 Nimbados de luz de neón, cada cual con su corona de laurel de paja en la cabeza.

 Uno, el trono que teme derrumbarse; el otro una Dominación que afila sus estacas, o simples ángeles venidos a menos. Comensales sentados por orden de lo que fuere a la mesa con un apetito idéntico bustos ansiosos de sobrevivir a la ciudad, lo confiesen o no, ¿qué es lo que ocurre?

 Rápidamente nuestras cabezas se derrumban como monigotes de feria y asoman coronadas a la luz estúpidamente sonrientes gallinas que se aprontaran a dormir sobre sus laureles y a caer las unas sobre las otras durante la noche con el estúpido propósito de alterar la jerarquía de los palos del gallinero.

 Henos aquí cada cual en su templete particular posando para los fotógrafos visibles e invisibles, excelentes lectores de nuestros propios libros, críticos implacables los unos de los otros, carreristas confesos e inconfesos. Basta, viejos clochards de la poesía maldita, príncipes del bla-bla-bla, bufones, todos lo mismo.

 Y tú, desenmascárate el primero mientras tu angustia te lo permita y hasta donde la angustia te lo permita.

 No dejes que la farsa continúe sin intercalar en el programa un número Peligrosamente cómico o ridículo o patético, da igual, cualquier cosa digna de esta palabra: cosa. Un solo de trompeta contra el regimiento. Lectura de papeles privados. Repartición de caramelos. Ópera china.

  Se trata de escribir un poema con los pies. Aquí los que renuncian al sentido del humor blanco o negro. Pero no. Demasiada compañía. Los que renuncien. “se trata de escribir un poema con los pies…”

 Carta a un joven poeta. O, mejor, telegrama: No escriba Stop. Escríbase. Siempre que tenga algo que perder Stop. O siembre papas en su aldea.

 Demasiadas ganancias. Cada palabra es un monstruo de exageración y vanidad. Cada idea el comienzo de un crimen, la respuesta a otro, la madre y el padre de un tercero. Mitos, únicamente desafíos. ¿Dónde están las preguntas tranquilizadoras, el deseo satisfecho, la paz de los genitales, la verdadera ciencia ni impasible ni violenta que se ríe por los siglos de la última palabra?

 Agresividad, esto es: descubrimiento y conquista pacíficos. En lo otro la historia nos tiene acogotados. Pero ¿qué hacer entonces?

 ¿Tomar las armas o denunciarnos frente al mundo “por el mundo” “contra el mundo”? Lo demás es silencio o literatura. Poesía del trino o del trueno, para el caso da igual. Laurel o Hardy.

 Envejecemos. El gordo y el flaco avanzan por el pasillo de todos los palacios sonriendo a las banderas con el rabillo del ojo; parecen bailar genuflexiones militares, himnos, marchas folklóricas. Retroceden ante el trono gestatorio, o ante el trono a secas o ante el sillón presidencial o académico, y una simple silla vacía les produce vértigo.

 Cuestión de principio.       

 Tratan de subir a un tiempo al mismo púlpito dándose de codazos en el píloro. Bien entendido, coronados etc. Mientras conserves el uso de tu escritura, di que esos dos son tu brazo Derecho y tu brazo izquierdo o poquísimo menos. Literalmente. Símbolos de la inflación y de la deflación de tu negocio, ante todo la higiene, y ¡hablan! Luego especulan. Algo se oye desde aquí, una confusión de palabras. Cantan. Meten la pata. Se dan sordamente puntapiés en el estrado. Afinan el flautín y el contrabajo. Paciencia.

 Después de todo no es un número cómico. La “Divina Armonía” puede surgir de allí en menos de lo que canta un gallo como en la Bella Época, renovada para el gran consumo de los trabajadores de la vida y de la muerte. Marchas triunfales, trozos líricos, manifiestos, panfletos incendiarios. Lo que se les pida a esos funcionarios del espíritu: el trino y el trueno, luego vienen los aplausos.

 La envidia mutua, el Premio, el desaseo del verbo, la Alquimia de las comidas y las bebidas, los viajes, la manía persecutoria, la satisfacción, el consumo, la lucha encarnizada contra el olvido, todo lo humano, en fin, pero un poco demasiado excesivamente humano.

 Que otro diga: ¡Basta!

 La acción es un acto; la poesía una exigencia; una “revolución permanente”, un trabajo de los mil demonios.

 Reunidos en torno al ruiseñor, que a esa tempestad entre paréntesis, siga la calma, Sylvano, y que los viejos Cantos de Vida y Esperanza, me devuelvan lo que se le debe en justicia a Darío.

 “Rasgos típicos Latino-americanos” escribe una de las autoridades citadas: “el sensualismo y la tristeza”

  No es mucho pero todo, cualquier cosa, menos que nada, puede ser lo mucho en poesía esto es lo estrictamente necesario, el exceso en su justa medida, la poesía y punto.

 En “Augurios” pasa sobre la cabeza del poeta una teoría de símbolos alados y mientras se identifica con el águila y el búho, Rubén anota sobre la paloma:

  “Oh paloma

dame tu profundo encanto

de saber arrullar y tu lascivia

en campo tornasol; y en campo

de luz tu prodigioso

ardor en el divino acto.”

(Y dame la justicia en la naturaleza

pues, en este caso

tú serás la perversa y el chivo será el casto)

  La lascivia de la paloma en un campo tornasol y la reivindicación del chivo en nombre de una justicia que lo deja casto de una naturaleza frenéticamente lasciva son imágenes pánicas que “dan cancha, tiro y lado” a todas las otras en la poesía de Darío, contra el “abrazo imposible de la Venus de Milo” y los intentos varios de confundir almas de mujeres con estrellas, cuerpos con estatuas, diosas de la mitología griega con amigas francesas o simple y extraordinariamente sudamericanas, ¡fíjense en este botón!:

 “El peludo cangrejo tiene espinas de rosas y los moluscos reminiscencias de mujeres.”

  Aquí en esta filosofía “y no parado exactamente frente al orfeón del estruendoso Cisne Wagneriano está el discípulo de Verlaine, inolvidable:

  “Que tu sepulcro cubra de flores Primavera

que se humedezca el áspero hocico de las fieras

de amor, si pasa por allí”


 “Que el pámpano allí brote, las flores de Citeres

y que se escuchen vanos suspiros de mujeres

bajo el simbólico laurel.”

  La muerte afrodisíaca – tumba o cama florida - la nada como sexo de “lo fatal” ofreciéndose bajo esa mezcolanza de “frescos racimos” y de “fúnebres ramos”. Una impresionante falta de información en lo relativo al origen y al destino del ser en un individuo que se desviste frenéticamente al borde de la tumba una persona inadvertida no habría podido avanzar un paso más en esa dirección sin caerse de bruces en Dios y Rubén no era lo que se llama una cabeza sólida.

 Pero creo que de allí brotó nuestra señora “la Canción de Otoño en Primavera” y lo mejor de Darío: su ignorancia y ese “pesado buey” que vio en su niñez en Nicaragua mucho más enterado de sí mismo y del mundo que los centauros – artefactos parlantes de la Bella Época - ahora son ciertos intelectuales argentinos (con perdón de mis amigos argentinos) quienes nos dictan cátedra con una labia inagotable.

 El gran tango, al compás de esa canción podríamos haber bailado, Salomé, hasta el amanecer en Arica o Valparaíso entre los siete espejos –“rosa sexual”- dándoles vueltas y vueltas hasta la excitación definitiva después de ella y en medio de ella -olvidados del marqués de Bradomín y del Palacio de Versalles- a nuestros dolores estrictamente personales pero que se entienden mejor en una de esas quintas de Recreo” que más bien parecen “mataderos de seres humanos” que en el Palacio de Herodías.

 “Nuestra alma melancólica en conserva” estallaría Vallejo, por último de eso también se alimentó, sin embargo, con ferocidad, mortalmente, a su manera. Para Darío en cambio se trató de sustituir a los pretextos espirituales de sus rimas los fantasmas carnales de su corazón; consiguió que la voz se le quebrara o no pudo finalmente evitarlo, y en esto no hay una diferencia aplastante entre el ruiseñor y, el zorzal criollo, enigmas, siendo formas ambos de nuestro misterio lacrimógeno. El sensualismo y la tristeza.

 Stop motion.

 También es cierto que la última vez que vi viejas películas de Gardel, por mucho que yo estime al ruiseñor criollo, y aunque ése fuera un maldito cine de barrio, todo el mundo se mataba de la risa.

 Hasta aquí lo descrito en París (yo también he seguido, Rubén, el camino de París, se lo confieso deslumbrado, tristemente).

 En Varadero es otra cosa; me inclino más bien a desanimarme

 Y a tutearte anoche hablamos hasta por los codos de todo, y también de ti con Roque Dalton, Thiago, Barnet, un lúcido humorista italiano, una palmera, creo que los jóvenes poetas cubanos son razonables. Vamos a desmitificarte, chico, trataremos de desmitificarnos todos aunque sea necesario incurrir, vaya, en una falta de respeto y en lo que un amigo mexicano calificó allí a gritos de terrorismo todos gritábamos fue divertido, un verdadero encuentro

 Gianni dijo: tampoco a nosotros nos gusta Carducci pero escribimos contra él para pulverizarlo. Es decir reconocemos en él a nuestro abuelo. En cambio ustedes son demasiado duros con Darío

 Pero yo no puedo decir piadosamente de mi abuelo que fue un hombre de empresa de segundo orden y un fracaso absoluto como cateador de minas y hasta un buen caballero como cualquier otro en su época: equivocado, desprovisto de imaginación, sin que por ello insulte su memoria.      

  Rubén Darío fue un poeta de segundo orden.

 Y, como bien dijo Suardiaz, mejor no hablar de él en lo que se refiere a la cosa política sería ponerlo en serios aprietos. En 1904 despotricó contra el águila en 1906 el mismo Theodor Roosevelt, el terrible cazador, se le convirtió, en la salutación al Águila en “un hombre sensato”, “protector de portaliras”, “el jovial Nemrood” y otras vainas por el estilo. No se puede pedir una incongruencia mayor.

 Me atrevo a suponer Rubén, que en esa historia suya de embajadas, consulados, centenarios y otras hierbas no hay gato encerrado ya le había pasado lo mismo con Mitre a quien puso en su oportunidad por los cuernos de la luna, decididamente a la voz de Presidente de la República usted respondía automáticamente llevándose la mano al tarro de pelo disponiéndose a cantar salutaciones, odas, marchas triunfales.

 Debilidad por Alfonso XII el rey Oscar y por todos aquellos generales de mayor o menor cuantía.

 Debilidad por el sastre Vancopponolle – maestro en entorchados –

 Debilidad.

 No se trata de juzgarlo a usted por ello

 –Me declaro enemigo de la Inquisición o la manía de juzgar duramente a las personas inofensivas.

 Pero si se trata de poesía

 No acepto por razones difíciles y aburridas de explicar que hagamos un mito de Darío

 menos en una época que necesita urgentemente echar por tierra

 el 100 por ciento de sus mitos

 

    

 Leído el 18 de enero de 1967, en el Encuentro de Rubén Darío, Varadero, Cuba.

   

    Escrito en Cuba, Ediciones Era S. A, 1969, México.


sábado, 16 de enero de 2021

Monólogo del poeta con su muerte

 



Enrique Lihn  


Y ahora te toca a ti: el poeta y su muerte;
no es una buena escena ni aun para el autor
de los monólogos: nada ocurre en ella
de especialmente emocionante.
El rostro mismo del miedo que uno pensaría
todo un teatro de máscaras,
no es más que este pie equino, un sapo informe,
un puñado de hongos.

Tu misma enfermedad, nunca se supo
quién de los dos el cuerpo, quién el alma
hasta su floración en una noche
en que al gusto habitual a tierra de hojas
de tu lengua, sentiste con horror
que se mezclaba al polen venenoso;
y tus pies te llevaron a la rastra
por el camino de tus hospitales.

Cuánta inocencia ahora
que la muerte prepara tu bautismo
en las aguas servidas de la sangre
una y mil veces transformadas en vino,
quiere que tú te mires en ellas sollozando,
como si todo tu pasado fuera
algo por verse allí
en ese triste espejo que volvía a trizarse
cada siete años, con tu cara adentro.
Todo lo tuyo fue—dicen las trizaduras—
altos y bajos de la mala suerte.

Quienes van a morir en esta pieza
de hospital, ya lo saben los unos de los otros;
lo repiten, lo aprenden, lo recitan, lo aúllan.
El silabario del dolor circula
de cama en cama, los recuerdos tiemblan
juntos, como en un ghetto de Varsovia.
(Médicos que parecen gaviotas, alcatraces,
vuelan sobre un cardumen de termómetros,
y las horribles golondrinas ruedan
con las alas zurcidas a la espalda
y los pies húmedos de escupitajos.)
Nadie, si lo quisiera, podría hacerse trampas
pensando que es un juego esta partida
ni sacar un horrible solitario.
La memoria sajada de los unos
supura, abiertamente,
toda la porquería inolvidable;
la de los otros se extravía y canta
salmos del cloroformo: tangos dodecafónicos
algodonosos y sanguinolentos.

Pero tú, sustraído al delirio común
por un miedo que ya no tiene nombre
ni otra figura que la tuya propia,
vas a morir con dignidad, se dice.
Quizás, como no aceptes de la muerte otra cosa
que, por entretener a las visitas,
unos tropiezos de bufón danzante
junto al trono del rey del humor negro.
Y pues ahora que te asisten plenos
poderes como a Ubu o Chaplín, los imbéciles
sólo atinan a irse
como si se sentaran en las brasas,
tu soledad es cada vez más tuya;
precisas no mezclarte con la chusma, distraes
la mirada paseándola por el vago rebaño
de las camas, te miras el ombligo del mundo.
Todo el orgullo que se diga es poco.

De los recuerdos de tu infancia, no más
juega tu corazón, como en un viejo patio
casi vacío, con los más tranquilos.
Cedes —toda prudencia— al sueño que soñabas
cuando era el despertar de un niño a la dulzura
de la convalecencia, entre las manos
maternales.


Piensas en los hermanos Grimm y en Andersen.
Sabes, crees saber que, pasajero
de un tren-cisne-dragón-globo aerostático,
vas salvando el escollo de la noche, y el aire
libre, la luz del otro extremo del túnel,
te murmura al oído: «ahora estás sano y salvo».
¡Un día al fin! Tu madre, toda suave lectura,
vuelve para aventar del patio los recuerdos
turbulentos, que gritan: ¡El muerto, el muerto,
el muerto!
con las orejas y las manos sucias.


 Poesía de paso, Premio Casa de las Américas, 1966.


sábado, 9 de enero de 2021

"Canto a Lindbergh": un borrador de Altazor



  Pedro Marqués de Armas 

  

 En julio de 1927 apareció en el Diario de la Marina "Canto a Lindbergh", poema de Vicente Huidobro inspirado en la conmovedora proeza del piloto norteamericano Charles A. Lindbergh, quien volara por primera vez desde Nueva York hasta París. Con nadie podía identificarse mejor Huidobro, que con aquel otro explorador de alturas que venía a confirmar una vocación aérea cuya precedencia podía patentar. Nada más huidobriano, que el cumplimiento de ese sueño que fusiona el motor de la ciencia y el de la poesía.

 En una de las primeras crónicas sobre aquel acontecimiento, “De Nueva York a París a golpe de ala”, Miguel Ángel Asturias –testigo del espectacular descenso–, anunciaba que por fin los rayos luminosos que alumbraban la ruta de los héroes en la poesía épica se hacían realidad. Pero ya los futuristas, Marinetti mediante y poseídos de aereomanía, habían decretado la muerte de Homero y en cualquier caso exigían un nuevo poeta capaz de volar tan alto y largo como volaría Lindbergh una década más tarde.

 Huidobro recorría los estudios de la Metro Goldwyn Mayer cuando el aeroplano despegó en Nueva York, exactamente el 20 de mayo de 1927 a las siete y cincuenta y dos minutos hora norteamericana. El primer vuelo transatlántico duraría treinta y seis horas, aterrizando Lindbergh en el aeródromo parisino de Le Bourget a las diez de la noche del día siguiente. Cerca de 150.000 almas esperaron la llegada del Espíritu de San Luis, y millones no pegaron ojo en todo el mundo aguardando el desenlace.

 El poeta fue solo uno entre los insomnes. O tal vez durmió esa noche a pierna suelta, y su insomnio aconteció otra noche, mientras escribía de un tirón su exaltado poema. Lo escribe, además, en inglés, imbuido por sus éxitos en Nueva York y sus proyectos para Hollywood. De modo que la versión publicada en La Habana no fue la primera. Pero ocurre, y aquí viene lo interesante, que todas las biografías del chileno señalan al poema como inédito hasta 1988. Ese año el estudioso René de Costa, que lo rescata de su papelería, lo daba a conocer en un monográfico que la publicación madrileña Poesía: revista ilustrada de información poética le dedicaba. 

 En Outside Stories, así como en el prólogo a la edición norteamericana de Altazor, que él mismo anota y traduce, Eliot Weinberger recuerda que, conmovido por la proeza del joven aviador, Huidobro llegó a anunciar que donaría su premio al mejor guion de la League for Better Pictures –unos diez mil dólares que acababa de ganar– para la construcción de un monumento a Lindbergh. Y asegura de paso que el proyecto no prosperó, escribiendo Huidobro aquel largo poema en inglés que permanecería inédito durante décadas. Desde luego, lo más probable es que poema y anuncio –es decir, inspiración y publicidad– hayan eclosionado juntos.

 (De acuerdo con la cronología de la Fundación Vicente Huidobro: “Su estadía en New York, coincide con la llegada de Lindbergh a Boston, después de cruzar el Atlántico, y compone un canto épico en homenaje al aviador”. Lindbergh arribó a Boston el 22 de julio, un día antes de que Huidobro recibiera el premio cinematográfico, por lo que no nos equivocamos en lo dicho. Ocurre que solo una semana más tarde –el 31 de julio– el poema aparece en La Habana.)

 Supongo que el dossier de René de Costa contenga referencias más objetivas sobre “Canto a Lindbergh”, es decir, sobre la versión inicial en inglés, su traducción al castellano, o los motivos de su largo olvido. Al margen de ello, todo indica que su aparición en Diario de la Marina no ha sido registrada… Y es por eso que resulta tanto más curiosa su publicación en Cuba, en tan escaso tiempo, bajo la firma de “Vicente García Huidobro”, y precedido de una breve nota que da cuenta del envío pero que no arroja una sola pista más: “De las manos ilustres de D. Gonzalo de Aróstegui hemos recibido la presente composición del notable poeta y crítico chileno Vicente García Huidobro. Agradecemos a tan distinguido amigo el gentil envío, en nombre de nuestros lectores”.

 Fundador de la Sociedad Cubana de Pediatría, ya entonces frisando los setenta años, Gonzalo Aróstegui del Castillo había vivido largos años en Nueva York y Brasil. Su presencia en revistas culturales (y no solo médicas) cubanas, era aún bastante activa. Poeta ocasional, fue amigo de Julián del Casal en su juventud. Llegó a presidir la Asociación de Escritores y Artistas Americanos y, entre otras gestiones, cooperó en la edición de las Obras Completas de José Martí. Traducía además de varias lenguas.

 Zenobia Camprubí lo recuerda en sus Diarios como un anciano inquieto y gracioso, a la antigua, que hablaba de España con cierta relamería, como si hubiera pasado allí media existencia. Mientras Gastón Baquero lo rememora, en un nostálgico ensayo, “leyendo un poema de Aurelia Castillo de González en el salón de Dulce María Loynaz”. La cercanía con Baquero, también en la vejez del pediatra, tal vez venga de sus mutuas relaciones con Pepín Rivero, pues Aróstegui colaboró con alguna frecuencia en el Diario de la Marina.

 En fin, muchos datos, pero total ignorancia en cuanto a sus vínculos con Huidobro, si es que existieron. La pregunta, en cualquier caso, es cómo llegó a sus manos el poema. No queda, por tanto, más que especular sobre tres posibilidades: Que Aróstegui haya coincidido con Huidobro en Nueva York, y este le entregara una versión en castellano para los lectores cubanos. Que lo haya tomado de alguna otra publicación en español. O que lo hubiera traducido… El primer caso es probable, y por lo mismo, digno de investigarse. El segundo menos, ya que no existe rastro, la más mínima referencia. El tercero... Sería una traducción tan perfecta que solo podría obedecer a un trance espiritual. “Como una serpentina lanzada de Nueva York a París atraviesas el cielo del Atlántico”, o “Cuando el aire sintió el cantar de tu hélice y el peso de tu motor alado”, son versos tan huidobrianos que solo Huidobro pudo conseguirlos en inglés, y solo él, perfeccionarlos en español. 

 Al menos así nos lo parece. Incluso (sólo hemos podido compararlas parcialmente) las versiones difieren no poco entre ellas: la "habanera" más inacabada pero también de más vuelo, esto es, menos trabajada a posteriori. 

 El caso, pues, sigue abierto. Como apuntara Weinberger, las expectativas de los futuristas sobre un poeta capaz de cantar la nueva épica aérea estaban por cumplirse. Por fin había nacido una estrella tan rutilante como las de Hollywood. Huidobro/Lindbergh era su encarnación. Acaso "Song for Lindbergh” devino de inmediato eso: un borrador de Altazor.

 

sábado, 2 de enero de 2021

Éramos los elegidos del sol



 Vicente Huidobro


 Éramos los elegidos del sol

Y no nos dimos cuenta

Fuimos los elegidos de la más alta estrella

Y no supimos responder a su regalo

Angustia de impotencia

El agua nos amaba

La tierra nos amaba

Las selvas eran nuestras

El éxtasis era nuestro espacio propio

Tu mirada era el universo frente a frente

Tu belleza era el sonido del amanecer

La primavera amada por los árboles

Ahora somos una tristeza contagiosa

Una muerte antes de tiempo

El alma que no sabe en qué sitio se encuentra

El invierno en los huesos sin un relámpago

Y todo esto porque tú no supiste lo que es la eternidad

Ni comprendiste el alma de mi alma en su barco 

     de tinieblas

En su trono de águila herida de infinito