domingo, 29 de diciembre de 2019

Tristeza de Cuba



  Miguel de Marcos

 El cubano es triste. Los espíritus ligeros, los que no gustan de hacer el viaje desde lo superficial a lo profundo, le han formado, bajo el aguacero de las maracas, una reputación falsa. Le han ensanchado la boca para la carcajada. Le han fundido la pierna en los julepes de la danza. Le han puesto festones caprinos para los impulsos del son. Nadie quiere ver su tristeza, más desgarradora aún porque en muchos casos está hecha de humillación y de impotencia. Un pueblo que no puede crear su destino con sus propias manos, no es alegre, a pesar del cielo azul, de la benignidad de las cosas y de la gracia del paisaje.
 Hay un drama en el mundo. El cubano quisiera penetrarlo, comprenderlo. Este drama es actual, tajante, brutal como un ultimátum o una boleta de desahucio. Pero el cubano se esfuerza vanamente en fijar los contornos de ese orbe vertiginoso, porque aplica a la tragedia de hoy, flatulentas declamaciones de ayer. Comprende confusamente que las palabras que pronuncia no son voces sinceras, simples, enjutas, sino que repite consignas de papagayo. Exprime en su carne magra la contradicción. Advierte sin mucha claridad que su espíritu está alejado de lo real, de lo circundante. La conciencia, aun desvaída, de este alejamiento, lo ulcera. Y he ahí el primer motivo de su tristeza. Sentirse inactual en un mundo que anticipa el futuro, en un mundo que es la constante derogación del presente, en un mundo tumultuoso transido de porvenirismo, es una inclemencia, es el dolor del tullido ante el atleta, del valetudinario ante el mozo robusto y sólido, del ciego ante las lumbres del horizonte.
 El indígena –cuyo ancestro nutritivo es la torta de casabe quisiera ejercitar su acción sobre la realidad. Es todo lo contrario. La realidad es quien pesa sobre él, tirándole su fardo agobiador sobre los hombros abrumados. Esa humillación le intercala todos los corrosivos en el alma. Esa impotencia es un zumo negro, una inferioridad, una disminución. Los espíritus sin cautela, los que no ven el trecho trágico entre un mundo móvil y un mundo arraigado, creen que el cubano se evade fácilmente de esa tragedia. Es posible; se evade con una canción, con una risa hueca, con una palabra resignada que encubre su amargura con un chiste. No se evade por la virilidad, por el impulso, por la tenaz y ruda creación de su destino. En todo caso se trata de una retórica, de la debilidad que deja ver inmediatamente el fondo oscuro de la tristeza.
 Debilidad: vocablo muerto, chato, necrosado, de raza podrida, vestido de ceniza para divertir el ocio atónito de un eunuco. Debilidad: ficha antropométrica, calimba bestial sobre el pellejo flueto de un buey enfermo. De ella brotan todas las deformidades. Por ella, por esa debilidad consustancial, el cubano tiene convulsiones, transportes, cóleras frenéticas, delirios, estupores, canciones y burlas, risas cascadas y programas ideológicos. Ella, esa debilidad que lo pervierte y lo crucifica, aporta su tristeza. Le falta, en cambio, la fuerza tranquila y sosegada, la fuerza que es acción real, el carácter que es solitario y no teme al grito hostil, a la incomprensión, a la impopularidad. Y, sin embargo, el cubano, -descendiente del indio que guardaba la choza con un perro mudo- pretende escapar a esa debilidad que lo macera en tristeza mediante una operación fútil. No tiene ideas. No tiene carácter. Pero posee las palabras, y agita su sonajero o las trama en falso fervor oratorio. Una canción más en su boca anchurosa de carcajadas ficticias; el canto que esparce entre las frondas el niño miedoso cuando atraviesa un bosque, en la paz nocturna sembrada de presagios. Es entonces el descenso en el abismo. Arte oratorio: he ahí una forma lateral de abdicación, de facilidad. Convite de imágenes, de guirnaldas. Bavardage sin calcio, sin cepa, sin terrón fecundo. Vino difunto de un alambique sin racimos fragantes. Expresionismo de los charlatanes. Tema de los falsos líderes. Bajo ese palique de las horas vacías, la democracia suelta la piel comida por la lepra inexorable. Y el cubano acentúa aún más su tristeza, hasta hacerla lúgubre, cuando tiende el oído hacia esos arrullos, hacia esa logomaquia. Después de eso, ¿cómo queréis que sea alegre? Los frívolos quieren que lo sea. Pero saben que el cubano es triste, porque resume una parcela opaca en su universo angustiado. No le ofrecen el carácter, la firmeza, la resolución. No le indagan la responsabilidad como un tesoro oculto. Le adoban la tristeza con palabras. Es el narcótico de los condenados a muerte. Y el cubano la acepta con una larga fatiga. A veces con una larga risa en su boca torcida por la carcajada y por el dolor.
 Un día el cubano –dos siglos de fuete sobre el lomo tundido- ya en República, quiso romper el asedio hosco de su tristeza congénita, esa tristeza que está en su guitarra taciturna y en su facecia postiza. Se entregó a los excesos del espíritu crítico. Quemó con sus ácidos las ideas sagradas: patria, religión, moral, familia. La epopeya, en sus labios, fue una baratija, una quincallería trivial. Acaso en la demolición estéril le ayudaron los propios guerreros, los propios patriotas con sus platitudes y sus rebajamientos. El espíritu crítico en manos del indígena tomó todas las modalidades. Fue pedante y fue chocarrero. Se cubrió con aires de mistificación intelectual y envolvió las palabras con el parche bronco del bongó. El juicio brotó del café ruidoso, entre un estruendo de zambra, de pereza y de tazas turbias. Ese espíritu crítico se injertó en la murmuración, y ésta, para su dictamen, guiñó el ojo pícaro. Era una manera de gozar los encantos de la libertad: el vituperio con los codos sobre un velador. En el fondo todo eso –en el falso intelectual, en el político, en el hombre de negocios y en el vociferante vendedor de mangos- era la caída en el denigramiento. Después de ese ejercicio liviano, después de ese bojeo en una jofaina, el cubano se sintió más triste. El denigramiento macizo, compacto, era una herida más en su flanco sangriento y palpitante. En su hora lúcida, frente a la grosera deformación de su fingido sentido crítico, comprendió toda la extensión y toda la profundidad de su gangrena, de su debilidad, de su humillación, de su impotencia. Y he aquí cómo un ser que debía poseer la divina infancia del corazón es una criatura de tristeza. No erijo un tratado de psicología. 
 No pretendo materializar la explicación del cubano. Sitúo una realidad porque es hora de acabar con una leyenda que, en todo caso, sirve para el fomento de los intereses ilegítimos. Un pueblo que no logra actualizarse, no puede ser apto para una creación y la actualidad no es solamente el automóvil aerodinámico, el frigidaire, la radiotelefonía y el aire acondicionado. El cubano –el del batey, el de la fragua, el de la calle- tiene una inteligencia aguda, perforante. Es capaz de desentrañar lo sutil, lo nebuloso, lo equívoco. Pero no ve lo inmediato, lo tangible, lo que toca con sus dedos, lo que es una parte de sus propia voz, de su propia sangre. No percibe lo inmediato y se le escapa lo real. Sospecho lo que vais a objetarme: el cubano no se coordina con la realidad, porque es un poeta. Exactamente: un poeta triste, un hombre que modula cantos desesperados, desgarradores, que siempre parecen ser el último canto. La diferencia no es un mero juego de palabras. Dijérase una parte de esta tragedia, de esta tristeza del indígena, de este desconsuelo que no llega a ser dramático, ni patético, ni dimensional, porque en rigor es el desaliento de un espíritu trunco, el desánimo de unas glándulas incorrectas, crepusculares y que no se redimen con la opoterapia. Un poeta verdadero, un poeta de júbilos, es un hombre que penetra el infinito y regresa de ese viaje con pensamientos enriquecidos –salobre piratería de las horas alargadas por las sensaciones plenas. Un poeta verdadero, un poeta de la serenidad, es un hombre que se profundiza, se excava, se busca y se encuentra, sin nieblas, sin metafísica, infantil y simple, y que sabe hacer del reposo un instante límpido por la inserción de su ofrenda en el universo. Un poeta verdadero, un poeta aséptico, es un hombre que construye su canto con músculos, con nervios, con fuerza sana, y que recoge en el tema tenso, la máquina poderosa, el dinamo sin vejez, el hierro sin decadencia y que prescinde de los caracteres momentáneos del individuo para escudriñarle una conciencia que no se consume en los vanos delirios. Pero un poeta triste, un poeta mentiroso, es un acordeón con alma pública, un acordeón sin alma.
 No estoy construyendo una tesis reveche –con minucia, con ensañamiento- para uso de los amargados. Convenid, sin esfuerzo, que el indígena ha sido instalado en una temperatura artificial. Son los lagoteros, los arquitectos de la zalema, los que estiman absurdamente que a Demos se le alimenta con banales confites, los que colgaron la etiqueta de la alegría en el alma del cubano. Son ellos lo que, por cálculo o por bajo halago, persisten deliberadamente en el error. Un cómitre sórdido de la colonia –capataz de cloaca y de infierno- afirmó que al cubano se le gobernaba con un tiple y un gallo: rumor de charanga y estruendo grosero y alucinado de la valla. No vio la tristeza de Cuba, esa tristeza que entonces fue viril y pasó, sin abatir su dolor ni su cólera, por los cadalsos siniestros.
 Y son hoy los falsos psicólogos –juglares de los beatos superficialismos cómodos- los que, repitiendo a su manera la bellaquería del reitre espeso del coloniaje, pretenden ver en el cubano un sujeto ligero, despreocupado, personaje equívoco de rigoladas, de tragos y de maracas, como si el alma de un pueblo pudiera encerrarse en la eclampsia bestial y lasciva de la rumba.
 Porque la ligereza, la despreocupación, la jácara –y aún la agudeza y el ingenio- no son la alegría, la alegría que excluye las prisas y los retardos, la alegría que es siempre un poco de primavera guardada en el corazón, en el corazón que ha de ser un tesoro, un granero, una infancia.
 El cubano es triste y hay, por eso mismo, una tristeza de Cuba. Para extraerla de ese sudario, antes que nada, hay que proceder a una tarea de revisión: reconocer esa verdad y destruir la leyenda. Entonces llegará la hora de la reconstrucción, porque en esa tristeza, que es una ciénaga lúgubre, el cubano se inferioriza, se diluye, se extravía. Tristeza de Cuba, que no es ni siquiera una ruta hacia la dulce y pequeña melancolía de esa yerba tácita que crece junto a las tumbas abandonadas. Tristeza de Cuba que se engarfia a una vana agitación, sin escudriñar la genuina poesía secreta que duerme en los descansos, en los ensueños, en los silencios. Tristeza de Cuba que precisa romper, que es necesario exorcizar, para instalar en el lugar de ese fantasma abolido, la alegría veraz, la que ríe y la que razona, la que hace de su carcajada una fuerza, una firmeza y una sensatez, una creación inapelable y una serenidad, la alegría robusta –la de hoy, sin palabras de ayer-, la que infunde un coraje a las horas, la que no inserta en lo actual, en lo presente, pretéritas declamaciones de doliente caducidad.

 Tomado de Diario de la Marina, 24 de febrero de 1939. El artículo, rescatado por Jorge Domingo Cuadriello, fue reproducido en la revista Espacio Laical (2/2010, pp. 14 y 15). Apareció originalmente en el periódico habanero Avance, el 17 de noviembre de 1938, p. 6. Por el mismo le fue concedido a su autor el premio Justo de Lara.  

sábado, 28 de diciembre de 2019

La tristeza cubana



 Mario Muñoz Bustamante

 Cuba no es un país alegre como se cree: Cuba es un país aburrido y triste.
 La brillantez de su sol, la diafanidad de su ambiente, la  pureza de su cielo, la amplitud de sus costas, el verdor de sus campiñas y el carácter risueño de sus hijos no bastan a darle  el contento de vivir regocijadamente.
 El cubano baila, canta y chotea, pero no está nunca de buen humor, puesto que le aguija el tedio, se aburre y bosteza.
 Ello se debe a que le faltan diversiones.
 Nuestra sociedad vive retraída.
 Sus dos placeres favoritos son el baile y el teatro.
 Mas el baile, lejos de estimularla, irrita su sensualidad, le produce fatiga y le causa trastornos orgánicos por el exceso de la temperatura.
 El teatro le ofrece pocos atractivos. Sólo de tarde en tarde aparece en nuestros coliseos algo digno de nota. Durante el verano, y el verano se lleva casi todo el año, no hay cosa que merezca la pena de ser vista.
 El sport no se ha impuesto aún. Más que practicarlo, nos gusta verlo. Vamos a los juegos de pelota yanqui y española como simples mirones, arrastrados por el vicio de apostar a falta de gallos que reñir. ¿Quién coge una cesta y un bate en sus manos pecadoras? Pues una centena de individuos.
 Vacíos están los gimnasios y vacías las salas de armas.
 Cazan unos cuantos ricos.
 El mar, que nos rodea completamente, ofrecería ancho campo a los ejercicios de pescar, remar y nadar, si tantos monstruos no lo infestaran desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio.
 La equitación cuesta cara.
 Las carreras a pie nos disgustan.
 Tampoco nos atraen las giras campestres, los almuerzos domingueros al aire libre, las romerías íntimas en el seno fecundo de la naturaleza.
 El domingo lo pasamos en casa, achicharrándonos imbécilmente; y lo dedicamos al visiteo de compromiso.
 Faltan lugares de expansión, parques donde haya espectáculos económicos, sitios de popular entretenimiento.
 En los Estados Unidos se saca de donde quiera una diversión barata.
 Algunos se quejan de que en la capital duerma todo el mundo después de las once de la noche, y protestan de que sólo existan cuatro o cinco cafés abiertos perennemente.
 Esto no se me figura tan vituperable.
 Así tiene la crápula mayor dificultad de extenderse.
 La ciudad que se recoge temprano es una ciudad laboriosa.
 Las poblaciones noctámbulas cuentan con numerosos vagos, con muchos viciosos, con gente maleante.
 El día se hizo para trabajar y la noche para dormir.
 Si el pueblo no busca su solaz por cuenta propia, menos se lo facilita el Estado.
 ¿Dónde están nuestras fiestas nacionales?
 Llega el 24 de Febrero… ¡y nada!
 Llega el 20 de Mayo… ¡y se queman seis piezas de artificio que arden pésimamente!
 Llega el 10 de Octubre y… sucede lo que el 24 de Febrero.
 Todo nuestro esparcimiento consiste en paseamos por el Prado dos veces al mes, o ir semanalmente a las retretas del Malecón.
 Los mozalbetes, cuando les cae dinero, se juntan con algunas hembras desvergonzadas, organizan una rumba indecente, pescan la borrachera imposible, y luego dicen a gritos: —¡Cómo nos hemos divertido!
 Debemos a todo trance sacudir nuestra indolencia, romper con nuestras costumbres de apatía y lanzarnos por la senda de los deportes sanos en busca de salud, de fuerza, de regeneración física.
 Ya que somos débiles por el estigma del atavismo y pertenecemos a una raza degenerada, pongamos en juego todos los medios de robustecer nuestros cuerpos y templar nuestras almas para sentir la alegaría de la vida.

                                        1905

 Ideas y colores, La Habana, El Avisador Comercial, 1907, pp. 165-68.

lunes, 23 de diciembre de 2019

domingo, 22 de diciembre de 2019

Los pueblos tristes


 Bonifacio Byrne
                                                                          A Oscar de Alva

 Es siempre igual la pavorosa escena:
como el corcel herido, por la arena
arrastra, moribundo, sus entrañas;

así los pobres pueblos oprimidos
llevan su enorme cruz, adoloridos,
errantes por el llano y las montañas.

Pálidos, con la frente pensativa,
como si fuera un ave fugitiva
su libertad persiguen incansables;

mientra a su esperanza se abandonan,
sus quimeras de luz se desmoronan
al soplo de los hados implacables.

Reprimiendo en silencio sus sollozos,
sus hijos, en infectos calabozos,
escuchan las indignas serenatas

que dan, con ansia vil y empeño vano,
al pie de los balcones del tirano,
las frenéticas turbas insensatas.

De esos pueblos idéntica es la historia:
¡siempre pensando están en la victoria!
¡siempre pensando en sacudir el yugo!

¡Dios de misericordia! Ya que existes,
al lado ponte de los pueblos tristes,
y ellos acabarán con su verdugo!

Déjalos que rompiendo su cadena,
arrojen de su espíritu la pena:
¡y que se pongan en pie como valientes!

¡y a tí se elevarán sus bendiciones,
y habrá sobre la tierra más leones,
pero también habrá menos serpientes!



sábado, 21 de diciembre de 2019

Como surgieron las Excéntricas




 Bonificio Byrne 

 Hallándome un día del año 1893 en la redacción de El Correo de Matanzas, tropecé de manos a boca con Francisco Hermida, crítico teatral de La Discusión y el cual tenía en su diestra el espadero en lo que respecta a los componentes de la farándula y a juzgar, sus trabajos escénicos.
 Yo conocía a Hermida por sus escritos, desde que actuó como director de La Correspondencia en La Habana, recién llegado de España, en la que habíase hecho periodista.
 Saliendo de la redacción y sentándonos en la librería, cuyo dueño lo era también de El Correo de Matanzas, me dijo Hermida de pronto:
 —¿Qué hay de versos? —Poca cosa –le respondí. Pero le voy a enseñar una poesía que he titulado «Los Náufragos». Acerca de ella déme su opinión.
 Le leí los versos, y después de oírlos, me dijo Hermida:
 —¿Por qué no escribe usted treinta composiciones de esa misma índole?
 Con ella podía formar un volumen y publicarlo.
 —¿Qué título le pondría usted? —repuse.
 —Excéntricas –me contestó prontamente.
 —Reconocido por la sugerencia y por el título.
 Al día siguiente puse manos a la obra, haciendo el trabajo en unos cuartos altos que se hallaban al fondo del establecimiento La Emperatriz, cuyos propietarios, Manuel Serrat y José Russinyol, eran íntimos amigos míos. En esos altos nadie interrumpía mi labor. Nadie iba a molestarme. Y en ese lugar, escribí las poesías que integran el tomo, al que bauticé con el título que hubo de indicarme Francisco Hermida.
 Como consecuencia del esfuerzo a que sometí en esos días mi cerebro, me saltó una neurastenia que me dio muchísimo combate. Me enfermé de veras. Durante el día, como he dicho antes, escribía en La Emperatriz. Por la noche, en mi casa. Vivía yo entonces en la calle San Diego núm. 16, Pueblo Nuevo. Recuerdo que una vez, después de entregada al sueño mi familia, me puse a escribir mi composición titulada «El Diablo».
Una tras otra, las estrofas iban brotando de mi pluma, fáciles y espontáneas, ni más ni menos que si alguien me las fuera dictando, y yo no tuviese más trabajo que ir trazando los versos en el papel. Cuando acabé de escribir esta estrofa:
   El diablo es un gran músico. Inspirado,
   sólo toca de noche su violín:
   un violín diminuto y encarnado,
   que se encontró en las márgenes del Rhin.
 Miré en torno mío aterrorizado, como si detrás de mí hubiese alguna persona. Un escalofrío me recorrió la médula espinal y levantándome de pronto, me dirigí a mi habitación, caminando no de frente, sino de espaldas, señal esta del pánico que habíase apoderado de mí. Metíme en el lecho, costándome trabajo conciliar el sueño.
 Al día siguiente acabé la poesía comenzada, repuesto y avergonzado de mis pueriles temores. Aunque haya quien se ría de lo que voy a decir, confieso que llegué a figurarme, gracias a mi neurastenia, que era el diablo el autor de aquellos versos, que hicieron reír grandemente a mi colega y amigo Manuel de los Santos Carballo, el día en que se los di a conocer. ¿Por qué se reirá el autor de Voces en la noche de una poesía que mereció celebraciones y alabanzas de Rufino Blanco Fombona y de otros muchos escritores y literatos de fuste?
 Él no me lo dijo. Ni yo insistí entonces en averiguarlo. A mí me queda la satisfacción de no haberme reído jamás, después de haberle oído alguna de las bellas poesías con que me deleitaba el espíritu. La fe que animaba a Balzac, cuando su propia familia dudaba de sus aptitudes para sobresalir y vencer en el cultivo de un género tan difícil como la novela; el entusiasmo que le dominaba, en tanto que sus preceptores en el colegio y sus condiscípulos le hacían burla y se mofaban de él y de sus aspiraciones literarias; esa fe y ese entusiasmo debían tener algún parecido o semejanza con la confianza que yo experimentaba, cuando sometía una empresa poética y lograba darle cima, o cuando un Zoilo me salía al paso para sin razón censurarme.
  Las contrariedades eran para mí un acicate. La risa, un estímulo. La crítica, una exhortación para que no cejara en mis propósitos.
 Publicadas las Excéntricas, tuve la suerte de que fueran acogidas benévolamente por los críticos. Julián del Casal, el poeta cubano por excelencia, lo mismo que el ilustre peruano don Ricardo Palma les tributaron un cálido elogio, aunque inmerecido.
 Manuel Sanguily en sus Hojas Literarias hizo un juicio acerca de ese volumen: «Por cierto, que se notaba en las poesías que integraban el tomo, la influencia de Baudelaire.» ¡Y yo no sabía el francés, ni tampoco lo sé a estas horas, por negligente y perezoso!
 Pero Sanguily hizo una observación tan atinada coma juiciosa. Como las Excéntricas aparecían dedicadas al diablo —¡oh neurastenia!—, Sanguily fijó sus ojos perspicaces y certeros en una poesía titulada: «Muerta», que figura en el volumen y en la cual se habla de Dios —¡nada menos que de Dios!—, y de ello dedujo que mi incredulidad y mi culto a Satanás eran fruto en mí, de un estado mental transitorio y no de convicciones arraigadas.
 Sanguily dio en el clavo, estando conmigo muy comedido, lo que de veras le agradecí, pues en cuestiones de arte y de críticas no se paraba en barras y decía la verdad, costase lo que costase y pesárele a quien le pesare. A mí me juzgó benévolamente, y por ello mereció mi gratitud. Rufino Blanco Fombona, el insigne escritor venezolano, que es una gloria no de su patria, sino de toda la América Latina, en un hermoso capítulo habla de las Excéntricas, obligándome, por lo que de ellas dice, a mi inextinguible y profundo reconocimiento.
 En ese capítulo dice el ilustre autor de Letras y letrados y de La lámpara de Aladino, que mi tomo Lira y espada reducido a la mitad hubiera quedado mejor. ¡De acuerdo, Maestro! Véase como en asuntos literarios, igual que en todos, no me duelen prendas.
 De las Excéntricas no queda hoy más ejemplar que el que yo poseo, y está dedicado a mis hijos. Bien es cierto que la edición de ese libro mío fue corta: quinientos ejemplares. Como no soy de madera de héroes, no pasé prudentemente, de ese número. Y creo, con toda sinceridad, que hice bien y que estuve en lo cierto. Hacer otra cosa hubiera sido una verdadera excentricidad.


 Tomado de Francisco Morán: ¡Cómo tiembla! ¡Cómo tiembla! Poesía y Prosa de Bonifacio Byrne. El TIC diabólico y raro del modernismo hispanoamericano, Stockcero 2011.

jueves, 19 de diciembre de 2019

A Plutarco, fabricante de grandes hombres



 Enrique José Varona 

 Clarísimo varón:

 Aunque tu fama anda ya por el mundo algo desmedrada y paliducha, se debe más a la malicia y descreimiento de los hombres actuales, que a su buen juicio. Por mi parte, sigo pensando que los productos de tu antigua fábrica son excelentes; y los prefiero con mucho a los de los innumerables émulos tuyos, que, en mis días, tienen taller abierto, para proveer el mercado de hombres ilustres por medida.
 Por pensarlo así, me he decidido a escribirte, a ver si me socorres, y conmigo a mis conciudadanos, en la apretada necesidad en que nos encontramos. No te impacientes, figurándote que se trata de que nos remitas algunas parejas de hombres egregios. No, no necesitamos que sacudas el polvo de tus anaqueles. Por el contrario, aquí los tenemos a porrillo, hasta para exportar y si te hicieren falta algunas docenas, podemos cedértelos, con descuento sobre el precio del catálogo.
 Te diré en puridad, para tu gobierno, que este artículo se ha desacreditado un poco, por el exceso de producción, que tiene abarrotadas las plazas y trinando a los fabricantes. Con los procedimientos modernos, no cuesta más inflar un personaje, que una pompa de jabón. Todo lo que se necesita son unas cuartillas de papel, un vocabulario abundante de epítetos empenachados, dos docenas de papanatas y un empresario hábil, a quien tenga cuenta la operación.
 Precisamente lo difícil hoy es dar un paso, sin tropezar con un grande hombre. Nosotros, míseros consumidores, estamos reventando de empacho de ellos. Y aquí tienes que se me ha venido a la mano el objeto principal de mi epístola.
 Vivo, insigne beocio, yo que me permito importunarte, vivo en una isla de que no tuviste noticia, mucho más acá de la última thule. Esta isla tiene fama de fértil; y aunque no muy poblada, compensan sus habitantes la falta de cantidad con la sobra de calidad. Somos pocos, pero todos ilustres. Nuestra historia no es historia, sino epopeya. Nuestros hechos no son hechos, sino hazañas. Excepto la talla, todo en nosotros es grande, todo admirable, todo mayor de la ordinaria marca.
 A tu perspicacia y experiencia no puede ocultarse que del exceso de tanto bien nace nuestro mal. Tantos superhombres juntos se sienten estrechos, se estorban unos a otros, y en cierto modo se anulan unos a otros. Tantas cimas iguales hacen el efecto de una línea continua. Nuestra común grandeza resulta monótona. Si, de algún modo, no se introduce entre nosotros algo que forme contraste, vamos a morir de hipertrofia de todas las células que componen nuestro tejido social.
 Como eres tan perito en hombres, que los sabías bertillonear muchos siglos antes de Bertillón, se me ha ocurrido acudir a tu ciencia; a ver si nos mandas unas cuantas remesas de individuos perfectamente mediocres. Por lo mismo que tu especialidad son los grandes hombres, has de saber distinguir a maravilla la gente común, la de poco más o menos, que es la que nos hace falta.
 Queremos, buen Plutarco, hombres laboriosos, que no pregonen a todos los vientos su laboriosidad como virtud excelsa; gente que labre su huerta, y no crea que se le deben recompensas públicas por labrarla; que ame su patria, y no entienda que un sentimiento tan natural merece estatuas; que la defienda llegado el caso, y no espere que se le consagre héroe por haber cumplido un deber rudimentario; que sirva con celo a la república, se vea recompensado por la prosperidad general de que forma parte la suya, sin esperar que le paguen en privilegios lo que es deuda de todo ciudadano. No más que eso queremos; pero lo queremos con gran apremio, porque la carencia es mucha.
 Si nos puedes servir, siquiera con algunas muestras, nos dejarás eternamente obligados.
 Te deseo grata compañía, buena conservación y sutiles disquisiciones. 
                                                                               La Habana, 19 de junio, 1904

 Posdata. Si te decides a complacerme, mira si encuentras por ahí de repuesto un Filopoemen de marca menor. Dices del tuyo, en alguna parte, que sabía no sólo mandar según las leyes, sino a las mismas leyes, cuando la necesidad pública lo requería. No pretendo que el nuestro sepa tanto; sino que acierte a servirse de las leyes, para evitar que otros se crean superiores a ellas, y por tanto exentos del deber de cumplirlas. 
 Después de todo, dicen por ahí, y ya se decía en tu tiempo, que la ley sólo se ha hecho para los pequeños. Razón de más, para procurar nosotros que venga esa remesa de hombres no grandes, no ilustres, no excelsos; sino modestos, pobres de espíritu, súbditos de la ley. Porque éstos, y sólo éstos, son los que hacen innecesarios a los Filopoemen completos o recortados. 
 No te importuno más, no sea que algún malicioso pretenda sacar a mi posdata más jugo que a mi carta.
                                                                                     Jairein

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Federico Milanés


    
  José Lezama Lima


 Todos ustedes han oído hablar de José Jacinto Milanés, pero éste tuvo también un hermano de mucha sensibilidad, Federico Milanés; sin embargo, hace un gesto poético que lo lleva en parte a renunciar a la poesía: se dedica veinte años a cuidar a su hermano, mantiene a su familia, porque también la poesía no es medir palabras sobre un papel, la poesía es algo que existe sobre el mundo. Y no escribe poesía, pero la hace.
 En este tipo de sacrificio poético, hay tantos ejemplos gloriosos. Yo recuerdo uno que me parece muy significativo, el caso de un emperador chino, cuya esposa tenía la enajenación de que tenía que oír rasgar constantemente piezas de seda, porque si no prorrumpía en grandes alaridos, y era destruida por la crisis de las tinieblas de la locura. Solamente el ruido de la seda al desgarrarse la calmaba. Y ese emperador extremadamente refinado por la caridad y la bondad, renunció al trono y sentó al pie de la que había sido su emperatriz, y se pasaba el día entero rasgando piezas de seda para evitarle la locura a su esposa.
 Pero, como ustedes saben, el pueblo chino es un pueblo maravilloso, de un gran esplendor poético, y muy pronto se dio cuenta de quién era este hombre, y lo volvió a colocar en el trono. Entonces, en homenaje a su pueblo que lo reverenciaba y que lo comprendía en la raíz de su poesía, hizo construir fabulosos palacios subterráneos para dar fiestas nocturnas con su pueblo en pleno día.
 Escribió Federico Milanés una sátira contra los vicios de la sociedad cubana, el baile, los juegos, pero tiene una poesía muy bella. Es lo que yo les decía de los poetas menores: si él hubiera escrito con frecuencia poesías como “Aniversario”, hubiera sido un poeta excelente, porque este poema –“Aniversario”- es uno de los hermosos poemas del romanticismo, es un poema en el cual él recuerda un aniversario de la muerte de su hermano José Jacinto, y en verdad que expresa sentimientos delicadísimos de un verdadero poeta.  

 ANIVERSARIO

 Ya vuelven otra vez las tardes de oro
del templado noviembre. — Ya en la playa,
mas encrespado el mar y más sonoro,
tiende más bello su sonante raya.

Límpido el aire está. — La onda riela
bajo el azul del trópico luciente,
y más veloz por el espacio vuela
la nube nacarada y trasparente.

Dilatada la luz del horizonte
se tiñe de carmín, y allá a lo lejos,
hundido el sol a medias tras del monte
se corona de espléndidos reflejos.

Suelto va el río y fuente cristalina:
la palma noble su cerviz cimbrea,
guarnécese de flores la colina,
y el techo labrador plácido humea.

Ya el soplo de los nortes bulliciosos
vivaz discurre sobre loma y llano:
ya vuelve a Cuba ¡oh Dios! El tiempo hermoso. —
¡el tiempo hermoso en que murió mi hermano!

Ay! no pensé que entonces contemplara
mi pobre hogar sin claridad ninguna,
ni que en la tumba fraternal llorara
bajo la luz de solitaria luna.

Señor, alto señor, tú lo quisiste!
tú que con sombras cubres el buen día,
tú que al santo deber lágrimas diste,
tú que en el suelo abrevias la alegría.

Mi hermano la sintió pura y celeste
cuando noviembre, rico de colores,
antes que en lecho funeral se acueste,
una tarde le dio llena de flores.

El contempló la atmósfera radiante,
él la campiña verde y halagüeña,
él la ola azul, de espumas deslumbrante,
hirviendo al pie de la robusta peña.

El sonrió a los rayos vespertinos
que luces de oro y rosa armonizaban,
él escuchó los inocentes trinos
que los aires purísimos llenaban.

Y halló el camino como roja cinta
que serpentea por la verde alfombra,
y entre arboledas la graciosa quinta
con su pórtico blanco entre la sombra.

El vio en el mar la deslizante nave
agitando sus sueltas banderolas,
y oyó a lo lejos el concierto grave
con que ensalzan a Dios las altas olas.

El vio sombras y luces que imprimían
gratos vislumbres a las ramas bellas,
y oyó el suave rumor que éstas hacían
al blando beso de la brisa en ellas.

¡Oh tarde de la vida, que esplendente
encubriste la fúnebre alborada!
¡oh víspera de noche sonriente
que a Dios volviste un alma desterrada!

Yo te bendigo en mi dolor profundo,
pues aunque a solas me dejó llorando,
el alma aquella se alejó del mundo
solo en cosas risueñas cavilando.

Yo te bendigo, sí, porque colijo
que el alma aquella pudo por consuelo
hender la tumba con el rostro fijo
en la serena majestad del cielo.

Adurmióse su espíritu al sonoro
arrullo de la mar, y la sonrisa
de aquella suave luz de rosa y oro
que vino envuelta en la alhagante brisa,

Y en Dios pensó, cuando amorosa y bella
Venus en occidente aparecía,
y el alma suya, cual la blanca estrella,
daba un adiós al moribundo día.

¡Oh espíritu inmortal que en noche oscura
ya la celeste atmosfera surcaba!
¡Oh mártir de candor y de ternura,
que su postrer sonrisa nos dejaba!

Ay! cuando vuelvo en la estación hermosa
a encontrarme sin tí callado y 'triste,
como en la tarde de color de rosa
que en tu serena tumba te dormiste,

Si al eco de tu adiós mi llanto crece,
él a mi soledad deja esplendores, —
como en la negra ruina el viento mece,
cuando se pone el sol, fragantes flores. —

Adiós por siempre! De más luz vestida
tu alma, ansiosa de bien, se encuentra ahora.
Adiós al resto inquieto de la vida!
Adiós al rayo de la nueva aurora!

Adiós al astro puro que brillando
en el zenit, sobre la mar riela!
y al movimiento de las ondas blando!
y al airoso batel que boga y vuela!

¡Adiós al disco de oro que se pierde
en el extenso y cárdeno horizonte!  
Adiós al mucho azul y macho verde
que enlazan cielo y mar y valle y monte!

Adiós por siempre a cuanto amó! Profundo
y casto adorador de un bien sereno!
Alma divina que jimio en el mundo
peregrinando en pos de lo que es bueno!

Adiós al libro que, sincero amigo,
le dio solaz en la tranquila casa!
Adiós también al pálido mendigo
que por la calle sollozando pasa!

¡Adiós al gran llover de noche oscura
que en abrigado hogar suena propicio!
Adiós al pobre niño sin ventura
que se sienta a llorar en cada quicio!

Adiós a la mujer, visión radiosa,
que cruza rauda en el crujiente coche!
Adiós a la infeliz que gime ansiosa
cuando en su hambriento hogar entra la noche!

Adiós a todos! Porque el alma aquella
que con sueños de amor no más gozara,
en una tarde de noviembre bella
quiso Dios que en el cielo despertara.

Yo lo bendigo ¡Porque fue divina
piedad, para aquel hombre, a su funérea
fosa bajar, al pie de la colina,
llena la mente de la lumbre etérea.

Lumbre que vio brillar con embeleso
cuando en un tiempo de gozar, lejano,
guardó en el alma un pudoroso beso
por no empañar lo puro de una mano.

Blanda luz celestial ¡ay! que halagaba
en otros años su ardorosa frente,
cuando el San Juan bajo sus pies miraba
apoyado de codos en el puente.

Luz serena también que, en noche grave,
mientras la tempestad alta rugía,
junto al timón de contrastada nave
ver esperó cuando brillase el día!

                           FEDERICO MILANES
                           Noviembre de 1864.


“Conferencia sobre ‘otros románticos’”, Fascinación de la memoria, Letras Cubanas, 1993, p. 143-44; Álbum de Milanés, 1881, Matanzas, pp. 20-24.