martes, 25 de junio de 2019

El juzgado de sí mismo



 Pedro Marqués de Armas

          Y mañana, como un astro de noria,
          el retorno canalla y sombrío,
          doblar la cabeza y escribir:
          al juzgado...

 A Regino Boti, poeta de aldea, regreso de tanto en tanto. Hago la noria dejándome sojuzgar, con la esperanza de encontrarlo despabilado. Y sí, sigue despierto, si bien a ratos cabeceante, con los ojos llenos de sueño.
 Su acierto fue concebir una poesía en miniatura, y dentro de ésta, un verso que capta el movimiento, los planos corridos o fracturados. Se trata, él mismo lo definiría, de romper estratificaciones creando un ritmo nuevo, pero también un grado de dificultad novedoso, a ras de las vivencias.
 Llegado el momento, supo cortar y encabalgar con maña.
 En El mar y la montaña (1921), el trazo –esto es, el dibujo, orientado hacia fuera, hacia lo inmediato– adquiere independencia. Una perspectiva en la que hay riesgos, remolinos y rayas.
 Delinea versos que no son ya acuarela (pinceladas) sino topografía, que no pretenden ser lienzo sino pormenor, dato sensible: voces, railes, pilones, postes, piedras mondas.
 Cuando lo fractal domina, obligándole a un giro rápido del ojo, capta tras lo apaisado del paisaje, el campo. Entonces sí que se torna elíptico, breve.

 Rayas sombrías y luminosas.
 Verticales: los postes. Horizontales: la playa,
 Los raíles, y los regatos. El día
 preagoniza…

 (…)
               … el farol rojo
del bote que bornea, es el ojo
sangriento del bebedor que,
borracho, en el fondo de su copa
hilarse su conflagración ve.

(…)

 En perspectiva hacia la callejuela-
entre fondas, astas y columnas-
como el iris enorme de un ojo irritado.

 (…)

 En tanto corre el tren, cercas y va-
llados huyen paralelamente hacia
atrás; los postes telegráficos se incli-
nan hacia la carrilera…

 Opongo a su escala cromática, de la que siempre hizo gala, el pulso gráfico. Cargaba no obstante con la acuarela en el morral. Incluso en el mejor Boti –el de sus últimos tres libros, el que deshace estrofas y metros– hay exceso de color.
 No logró apagarlos por completo, pues padecía de cromatosis; como tampoco pudo salirse del formalismo ideo-escultórico. ¡Parnasiano hasta la muerte!, fue su divisa.
 De ahí esos deslices, fatales en poemas o prosas mínimas, de rimas mal avenidas y engarces plásticos.
 El mar y la montaña tiene en contra el título; se trata, más bien, de un sobretítulo. No hay que olvidar que incluía el subtítulo “Versículos indemnes” que, por lo visto, no aguantó la inclemencia del tiempo.
 En cambio, acierta con títulos francamente vanguardistas como Kodak-Ensueño (1929) y Kindergarten (1930).
 Entre 1919 y 1929 escribió su poesía de más valor. En la que podemos llamar década-Boti, despunta ágil y prolijo, para ralentizar y caer en cierto forcejeo que precede a la mudez (la pública, pues apenas publicó algo más, si bien siguió escribiendo).
 Boti entra temprano en las vanguardias. Se traba, pero entra. No tiene la elasticidad evolutiva de un Tablada, ni la concentración de un Eguren. Pero el trabajo rinde sus frutos.
 En “Nocturno”, firmado el 20 de julio de 1919, concibió estos versos:

 Sólo el relámpago a veces
 restituye la verdad
 con su nerviosa luz estenográfica.

 Una semana más tarde consigue “Ángelus”, quizás su primer poema propiamente vanguardista, de riguroso cubismo tropical, que combina –como en sus mejores textos– naturaleza e industria, aspas de molinos y dalias giradoras.
 Al pulso gráfico suma el acierto de una orografía precisa –playas, playuelas, lometas, farallones, etc.– que, como un “compás geológico”, obliga al relieve, a la entrada de lugares: el Griñón, Las Guásimas, la Sierra de los Canastos.
 Y con ello, a la mejor banda sonora: el glu-glú del agua, el tableteo, la charla y el pasitrote.
 Para bien y para mal, fue un poeta atado a la condición de crítico, crítico de sí mismo y de la generación más joven.
 Apegado a Martí y Darío, a los clásicos españoles, al dogal de la patria y al estudio obsesivo de la métrica, sus opiniones sobre la nueva poesía son a menudo puntillosas. Más que discutibles, graves y didácticas.  
 Desprecia a Huidobro no solo por sus experimentos, sino por sus imágenes; para él, el creacionista es Martí. A diferencia de Poveda, gran traductor, nómada y más atrevido, lo anega el evangelio nacional.
 Negacionista, creyó encontrar los orígenes de Darío en la Avellaneda. 
 A Boti le gana la duda. Tiene que hacer estudio de todo, y sobre todo, de sí. Pugna por actualizarse; lo logra, y se agota.
 Con Arabescos mentales (1913), sacó a la poesía cubana de un largo marasmo. Fue un buen sonetista. Un virtuoso. Ensayó todas las variantes estróficas y el rosario de rimas. Mucho mejor orfebre que filósofo, como casi se tenía. 
 Según Onís, fue el iniciador de la poesía moderna en Cuba. En realidad, hay dos iniciadores: Poveda y Boti. De ellos, Poveda es el motor. Sus Versos precursores aparece poco más tarde, pero es él quien impulsa la recuperación de Casal, quien comanda al resto de poetas orientales:

Hace veinte años, un artista de nuestra especie, un verdadero creador, Julián del Casal, dijo extrañas y sombrías palabras, que revelaban, sobre ritmos conocidos, todo un nuevo mundo de ideas y emociones. El silencio de incomprensión por medio del cual cruzó aquel raro poeta, la soledad en que permanecieron más tarde los caminos por él seguidos, son el más doloroso certificado de impotencia que jamás haya dado nuestro país.
 Boti era desde muy joven un resuelto prosista, capaz de escribir en ese estilo perceptual que más tarde llega a su poesía. Veamos este fragmento de lo que parece un cuento pero es todavía mixtura de crónica y poema:

Todavía no estaban terminados los tabiques exteriores del tacho. Nada más que un inseguro pasamanos nos salvaba del abismo. Yo lo aquilaté. En aquella obscuridad me pareció insondable. Hoy, desde el fondo de las ruinas, y por la magnitud de los escombros, lo mido y me espanto...
 Cuando construye hileras de palabras que se engarzan por sus texturas y deslizan como por una cremallera, también acierta:

En la mañana, en el arenal del playón como la nata musgosa de la gran taza azul –agua aérea– que forma el combo del cielo volcado sobre el borde de las lejanías, entre tanto que un vuelo de negrales bijiritas finge hambrientos gusarapos. (“Sanitaria”.)
 Y reconfortan los epigramas de Kindergarten, de trazos duros y caricaturescos, salvo en la intención moral de algunos de ellos. Aquí, comienza a inventar personajes y un zoo del que pudo haber sacado más. 
 Epitafios, manglares, guinchos, hominicacos, estaban bien, no vellones y rubíes.
 Faltó, digamos, una conciencia más niquelada, como la del salón de la barbería, y más peanas.
 Pero tal vez sean reclamos excesivos.  
 Fue en cualquier caso el primero y más tenaz de los poetas cubanos de vanguardia.
 Esos tres libros de miniaturas y prosas sueltas que produjo en la década fértil, muestran, no tanto la destreza del joyero, como la tenacidad del inspector de aldea: aquel que reconoce el grano bien tratado en secadero, la tintura que mantiene despierto.  


domingo, 23 de junio de 2019

Estrambote VI



  Antón Arrufat

 Como buen modernista, Regino E. Boti rindió culto a las formas métricas a las dificultades técnicas airosamente resueltas, con el ejemplo de sus propios poemas y abundantes referencias en diversos prólogos y artículos, como el que dedicó al análisis de los metros empleados por la Avellaneda. Durante el apogeo modernista, el soneto recuperó su antiguo esplendor. Intensamente cultivado por los poetas de América y España, se volvió al orden clásico, o se hicieron variantes y combinaciones. Rasgo peculiar de esta época fue oponerlo con diversos metros, no sólo en endecasílabos, como era habitual desde Boscán y Garcilaso.
 Regino E. Boti compuso gran número de sonetos, algunos realmente imperecederos. Su imaginación plástica y su aliento breve, encontraron en la forma del soneto molde apropiado. En su libro inicial, Arabescos mentales, 1913, “Nieve en campo de Iuz” abre la sección titulada, muy al gusto de la escuela modernista, Himnario Erótico. El poema está fechado el 30 de enero de 1909. De concentrada blancura, estos catorce versos se alzan como corto himno erótico, pero de erotismo contemplativo. Más bien impresionan como elegía al placer consumado. El hombre contempla a la mujer, en su majestad de Afrodita, con la mirada fatigada y absorta.
 Al modo en que Heredia realizó la comparación en “A mi esposa", Regino E. Boti, solitario investigador del verso modernista, desemboca en la corriente milenaria de la tradición clásica; su comparación, un tanto enfática y fácil, entre el oleaje abatido y la mujer desnuda en el lecho, “después del choque fecundante de la vida”, está enlazada hasta por el lógico así de la tradición poética.
 Página objetiva, el poeta es un representativo, gustaba decir el autor, establece una relación entre el oleaje que, al chocar con el peñón -símbolo fálico-, termina en encaje, y la mujer exánime al final del amor, también como encaje. Recordemos el soneto de Aldana: en él los amantes están todavía en el lecho, buscándose el uno al otro. Aquí el amante se ha levantado y contempla a la amada en laxitud aguda, casi integrada a la blancura de las sábanas, nueva Afrodita desnuda y doméstica. Las blancuras se unen, parecen desintegrarse las unas en las otras. Como es habitual en la poesía de la escuela, y en lo que era maestro, la adjetivación rebuscada resulta sorprendente en sus enlaces.
 Regino E. Boti se arroja sobre las imágenes que le producen sus sentidos, ante todo el visual, con energía poco igualada y adivinación idiomática: "nieve exánime", "vientre felino". Adjetivación casi insidiosa, pero que el tiempo ha convertido en caudal de la poesía.
 "Nieve en campo de luz" es poema estático, sin sucesión temporal. La comparación del mar y el peñón, dentro de su estructura, es recuerdo inmóvil, hecho anterior. Modelo en el acierto y en el fracaso, su obra mejor es expresión de un instante fijo, donde el tiempo parece en suspenso y el espacio congelado. Muy sensible al color, a la gama de la realidad objetiva, su pupila es la pupila diestra de un espía.
 En la poesía cubana, Boti ha escrito los más relampagueantes -de relampagueante plasticidad- poemas cortos.


 Fragmento del ensayo “El amor breve”, donde Antón Arrufat analiza otros seis sonetos amatorios: “XXX”, de Fray Luis de León; “XII”, de Francisco de Aldana; “XXXI”, de Sor Juana Inés de la Cruz; “A mi esposa”, de José María Heredia; “Lo que yo quiero”, de Plácido; y, “Tú, que nunca serás” de Alfonsina Storni. Revista UNAM, núm. 43, noviembre 1984, pp. 2-8.

jueves, 20 de junio de 2019

miércoles, 19 de junio de 2019

Regino Boti por Max Henríquez Ureña


  

  Max Henríquez Ureña

 En Guantánamo, su ciudad natal, donde transcurrió la mejor parte de su vida, floreció el talento poético de Regino E. Boti, que representó un ansia renovadora dentro del modernismo, ya en liquidación, y que en definitiva se afilió a las corrientes que dieron vida al posmodernismo. Su primer libro de versos, Arabescos mentales (Barcelona, 1913) es ya obra de madurez. Antes solo había publicado prosas: Rumbo a Jauco (1910), Prosas emotivas (1910), unos apuntes sobre el origen y la fundación de Guantánamo y un perfil biográfico de Guillermón (1912), impresos todos en Guantánamo.

 Buen conocedor de los resortes métricos, como lo reconoció en sus ensayos “La Avellaneda como metrificadora” y “Yoísmo”, puesto como introducción a su primer libro, cultivó gran variedad de medidas y combinaciones, desde las más usuales hasta el metro libre y el intento examétrico. Véase, si no, “Ante la Ciudad Teológica”:

 Hay inquietud en el aire y no corre ni un soplo remiso;
predomina una calma que aduerme el verdor de los campos
y ante el pórtico ruin y las tapias austeras
parece que vaga la pródiga Musa del Cambio.

En el cielo se acoplan las gamas ardientes,
son tributo al misterio tumbal del ocaso,
y unas nubes, de negro de hulla vestidas, se alargan
y otras vierten radiosas estrías de vivos cinabrios.

El perfil unilíneo y enjuto se asoma del Dante;
Virgilio le sigue como un silenciario...
Atraviesan el orco de aquella agonía,
sin Caronte ni barca, ni Estigia ni endriagos.

Con el óbolo presto y el alma convicta y confesa,
Can, el Cerbero, seis ojos, tres lenguas, tres cráneos,
me cierra el rastrillo chirreante de la urbe teológica,
cuando arriba se enciende el misterio tumbal del ocaso.

 A veces en la temática se advierten sus lecturas de Heredia, el de Los trofeos; así en el soneto “Funerales de Hernando de Soto”, donde además (valga de muestra el tercer verso) apela a la libertad de cesuras que el modernismo introdujo en el alejandrino castellano, siguiendo las huellas de los poetas franceses:

Bajo el lábaro umbrío de una noche silente
que empenachan con luces las estrellas brillantes,
el Misisipi remeda un gran duelo inclemente
al arrastrar sus aguas mudas y agonizantes.

De los anchos bateles un navegar se siente;
brota indecisa hilera de hachones humeantes,
y avanza por la linfa como un montón viviente
aquel sepelio extraño sin cruces ni cantantes.

Hace alto el cortejo. Se embisten las gabarras;
al coruscar las teas los rostros se iluminan
y fulgen las corazas que el séquito alto lleva.

Cien lanzas cabecean. Echa el cocle sus garras
y entre las olas turbias que a trechos se fulminan
el féretro se hunde y la oración se eleva.

 Cuando lanza al público El mar y la montaña (1921) se ha cumplido una evolución hacia un arte más personal. Le seduce entonces el micropoema que encierra una observación, o una agudeza, o un eco intimista de desencanto ante la vida vulgar:

 Y mañana, como un asno de noria,
el retorno canalla y sombrío,
doblar la cabeza y escribir:
Al Juzgado,
con los ojos aún llenos de lumbres,
sobre un mar de amatista encantados.
                 (“La noria”)

 Se cierra el horizonte —ceniza, plomo, perla.
Los terrenos candentes se entreabren.
Brillan las hojas. Los goteros danzan
y de la tierra sube ese olor
natural, único, eterno y cósmico;
olor de hembra, de tumba y de lecho,
de beso y ramaje, de vida,
de todo, de nada…
       (“Lluvia montañesa”)

 Fácil es apreciar que su verso no está exento de prosaísmos, un tanto encubierto por su habilidad como versificador. Gusta del asonante y también del verso blanco, pero es capaz de lograr efectos musicales con la rima consonante:

 Desgrana el viento su collar de sones;
sinfoniza la mar sus convulsiones
bajo la batuta de la marea;
el nublado la bahía taracea
de verde y de pizarra; el aguacero
tiñe el horizonte de azul de acero.
Emproa el canal un velero;
su vela latina, su gálibo vano,
despiertan la rota del triunviro romano;
y una visión de amores y de orgía
hechiza esta mañana de verano:
Cleopatra desnuda bajo la pedrería,
el triclinio, el espasmo, la falsía
del beso...
                    Y el beso del áspid.
                                             La agonía.
                 (“En el promontorio”)

 A esos primeros libros hay que agregar: La torre del silencio (1916), Kodak-Ensueño (1929), con pequeños poemas en prosa, y Kindergarten (1930).
 Algunos volúmenes publicó Boti para recoger parte de la obra dispersa de Rubén Darío (Hipsipilas, El árbol del rey David y otros), y completó con oportunos comentarios críticos esa labor de recopilación, a la cual importa agregar su acucioso ensayo “Martí en Darío”, y sus estudios sobre La nueva poesía en Cuba (1927), que se amplían en Tres temas sobre la nueva poesía (1928).

 Panorama histórico de la literatura cubana, Tomo II, La Habana, 1979, Editorial Arte y Literatura, pp. 352-54.

martes, 18 de junio de 2019

Palabras de anunciación



 José Manuel Poveda 

 Yo esperaba la publicación de los Arabescos mentales del poeta Regino Boti para decir algunas palabras necesarias e importantes. No ya elogios para el creador de Ritmos panteístas, sino más bien una como advertencia de crítico, para gobierno de la crítica, acerca del momento trascendental que la aparición de ese libro señala en nuestra vida literaria. 

 Probablemente estos párrafos de epifanía, cuya resonancia habrá de ser sin duda superior a la que yo quiero darle, serán denunciados como soberbios e irrespetuosos. Pero advierto que no me dirijo a los individuos del público, sino exclusivamente a los técnicos, y entre éstos, a los que considero mis iguales. Con tal declaración creo ponerme a salvo de toda suerte de acusaciones. No vengo a insistir actualmente en las tachas de vacuidad, vulgaridad e impotencia que tantas veces he señalado contra la literatura de mi país, y contra los que la vienen cultivando. Aquellos que han tenido el acierto prudente de fijar su atención en la pugna iconoclasta y renovadora en que estamos empeñados los escritores orientales, conocen los motivos en que hemos fundado la oposición sistemática que hacemos a los moldes y a los hombres de nuestro ayer y nuestro hoy líricos.

 (…) Nunca hemos parado mientes en el juicio que de ella se formaran los demás. En lucha abierta con el medio, lejos de los círculos literarios en que se cultiva el aplauso recíproco, incapaces de poner en práctica los procedimientos subrepticios mediante los cuales se estafa el renombre, hemos laborado en silencio, cuando no hemos levantado en contra nuestra honrosas y necesarias antipatías. Venimos trabajando, él y yo, por la renovación de la poesía en Cuba, seguros de que mientas más firme fuera nuestra personalidad de innovadores, mayor habría de ser la distancia que nos separa del público cubano. 

 Arabescos mentales es una hermosa realización que nos enorgullece. Con ese libro, Boti no viene a conquistarse una consagración: nadie, en nuestra tierra, colectividad ni individuo, tiene autoridad bastante para consagrarle. Pero viene a dar una muestra de sí mismo, de su credo y de su estro, tan seria y tan importante, que por su propia virtud lanza sobre la crítica una formidable responsabilidad. 

 Fruto idóneo, obra consciente y compleja de un gran artista del verbo, ese libro que he citado es de los que ponen a prueba una época, calificándola, enalteciéndola o destruyéndola en el grado en que ella intente calificarles, enaltecerlos o destruirlos. 

 Hace veinte años, un artista de nuestra especie, un verdadero creador, Julián del Casal, dijo extrañas y sombrías palabras, que revelaban, sobre ritmos conocidos, todo un nuevo mundo de ideas y emociones. El silencio de incomprensión por medio del cual cruzó aquel raro poeta, la soledad en que permanecieron más tarde los caminos por él seguidos, son el más doloroso certificado de impotencia que jamás haya dado nuestro país. En la hora actual, la renovación es más vasta: ha sido abordado resueltamente todo un programa literario, y no es un artista, sino un núcleo de artistas, el que se dispone a realizarlo.


 “Palabras de anunciación” (fragmentos), El Fígaro, 9 de noviembre de 1913. Recogido en José Manuel Poveda: prosa, Volumen 2, Editorial Letras Cubanas, 1981, pp. 11 y 12.

viernes, 14 de junio de 2019

Otras cuatro prosas de Regino Boti




 Ocaso
                                                                                   Para Ducazcal

 Un cuadrito de espacio, un cuadrito de espacio que me deja toda la luz y me trae toda la alegría de la vida. —Vagan olas de felicidad. —Hay el silencio de la muerte del día, esa música espirita que traduce el alma, bebiéndola del alma de las cosas inertes y dormidas. ¡Oh, voces arcanas!
 De la recóndita labor continua, la cabeza me pesa. —Caen las palabras sobre el papel como bendiciones de cansancio. —Un cuadrito de espacio, un cuadrito de espacio que se recorta entre aleros y sardineles de vetustas tejas enmohecidas, entre paredones y ramas. —Todo calla. —La tarde muere. —Las cigarras de mi patio, ¿porfían en sus salvas ásperas o lloran al día? Un pensamiento reacio en condensarse me tortura; busco eucaristías para el cerebro, alas para la imaginación, vigor para el estro. —Levanto la cabeza: en la altura hay estelas de aleteos de águilas y de luchas de cóndores. —Más ¿qué veo? Un prodigio, un lienzo apoteósico de figuras apocalípticas. Por el cuadrito de espacio se abre a mis ojos el dominio de un firmamento maravilloso. —Abandono la labor, sorprendido por esta súbita inspiración, y escribo.
 ¿Qué es? ¿Atrevimiento de coloración española a lo Goya, bizarrías del pincel de El Greco, cárdenos de Boticelli, deslumbramientos de Velázquez? Oh, no. Es un cielo mío, el compendio lumínico de tanto boceto nervioso arrancado a las tardes del trópico, entre la languidez del trabajo y el cansancio emotivo. 
 Es el resumen de todas las soñaciones de ponientes: sangrientos de Quisqueya y opalinos de Cuba.
 ¿Un ocaso hacia el Levante?... Es un reflejo vesperal lo que miro. —Si la imagen maravilla y deslumbra ¿cómo no será el original? Quiero morder la dicha suprema de no mirarlo. —Mirar el calco es una caricia voluptuosa; mirar el modelo sería una turbación, un dolor.
 Un cuadrito de espacio azul, azul profundo, sondable, infinito, que se deja atravesar por la mirada soñadora del artista, como las pupilas claras de mujeres rubias. —Y boga uno en ese ponto de idealidades arrastrado por el electricismo de los ojos.
Nubes multicolores pasean sus aguazas majestuosas y cambiantes como placas de una linterna de la gama; nubes poliformes sacuden la fanfarria de sus cimborrios, chapiteles y ábsides, ojivas y cariátides, festones y gárgolas. —Dominan todo el espacio.
 Hay un río, un río que corre entre las nubes. —Es un río mudo, silencioso, occiduo, de turbadoras amatistas: una franja azul presa entre edredones níveos. Las doradas nubes, de un oro blanco, seco, pálido, se tornan pensativas, sombrías; saltan al color salmón, tiran a ladrillo, a naranja claro; se embriagan en el cárdeno, pasan al negral, llegan al ceniza, y se estiran, se hacen débiles, mullidas; detrás de ellas veo algo impreciso. Las nubes se acometen, se desgarran, se confunden.
 Entonces llueven vellones, plumas de cisnes, hostias, pompones de algodón. Se hacen montículos emigradores. —Forman una nébula blanca: pétalos de rosas, de azucenas y camelias. —Un jardín de alburas. —Cae el gris, la nota glacial, la evocatriz de las neurosis: trémolo de plomo, vetas de ópalo, desgarraduras de cinabrios; filigranas de nácares. Todo se confunde. Ascienden penumbras. Los colores se dejan herir. Ruedan muertos. —Suben los tintes, broqueles en alto, y descoloran al viola triste, al rosa débil, al amarillo viejo. —Los ultra azules atacan; llegan los verdinegros y vencen, los brunos reinan. —Sigue el silencio. Las cigarras ¿cantan o ríen? Un cuadrito de espacio: todo es negro; la nublazón remeda las montañas de un mapa de relieve. Se va el detalle. —Las tejas vetustas se desdibujan en las sombras, las paredes se visten de fulgores fúnebres. —Nada se mueve. ¿Qué he visto? El reflejo de un crepúsculo. Ni celajes de Sorolla, ni grumos de Martínez Abades, ni manchones de Baixeras... No: he visto una apoteosis del pentagrama lumínico del trópico, un cielo mío, el compendio de todos los rubíes, zafiros y carbones, copos y pétalos, que brillan en los ardientes crepúsculos de Quisqueya, en los mortecinos de Cuba y en los fantasmagóricos de los océanos calmados. —Tienen de mis bocetos nerviosos, hijos de mi espíritu artista y visionario. Todo un mundo asomado a un cuadrito de espacio, a un cuadrito de espacio que me trajo toda la luz y me deja toda la dulcedumbre de la alegría del vivir. Las campanas dialogan. —El Ángelus, el Ángelus sube...

 Pieza inicial de “Prosas de la gama”, de Prosas emotivas, 1910. 

  

 Calcos

 Junto al dormido lago silencioso, el poeta, –reclinado en un tronco centenario– meditaba en sus amores fallidos y en sus esperanzas mortecinas.
 Cayeron las sombras como manojos de pesares. Y el sol muriente pintó rojos fulmíneos en las ondas apacibles, sobre las que navegan hojas muertes y blancas nenúfares.
 De uno de ellos, arrogante y pulcro, levantóse una pálida figura de virgen. Aquella aparición habló así:
 –Soy un hada hija de otro mundo y vengo hasta aquí en un coche de éter. Soy clarín en las mañanas. A mi llegada, los pájaros trinan, las flores se agitan, el lago se enriza en ondas de azules crisantemos, los lirios del fondo surgen al ras para saludarme. Yo río y canto, soy la alegría... 
 Tengo una varita mágica.
 Cuando con ella toco las semillas se deshacen las plantas. Mi beso enrojece las frutas y endulza el néctar de las flores. Me alimento con las lágrimas de la aurora, y doy mis lágrimas a las nubes. Irradio y seduzco; soy la vida, el placer y el canto.
 –Eres, tal vez, mi oculta, mi perseguida novia -le interrumpió el poeta.
 –No, dijo el hada. Soy tu obcecación y tu fatalismo. Me persigues y me loas… para entregarte a las incautas sombras. Soy blonda, nívea, violácea… Soy la Luz…
 Y el hada corrió hacia el poeta. Puso un beso un su boca febricitante. Y desapareció.
 Vino lentamente la noche quemando los postreros tintes crepusculares. Y el poeta se desposó con sus sombras amadas, saboreando todavía el encanto del beso rubio de la Luz.

 Cuba y América, 3 de septiembre 1908. Año XII, vol. 27, núm. 18, p. 7 




   Schubert

 ¿Versos? Yace empolvada mi vieja lira de cantor y bohemio. Descolgarla, ¿para qué? Mi canto, si ha de ser bien oído y bien amado, lo será por ti. Permite, pues, que te hable con el lenguaje de las confidencias y los juros, de las promesas y los pesares.
 Nace mi prosa para ti. Loto sagrado en la cripta de mi inconfesión de hombre, desdoble sus pétalos para enviarte el saludo de su perfume y el adiós de su agostamiento. Yo hubiera querido para ti mi estrofa doliente, mi estrofa nostálgica, en la que prendida al encaje de las palabras, opresas por el ritmo, fuera lo que es idealidad y es materia, lo que es contacto y lo que es ala, lo que es labio y lo que es beso.
 Más deja que te hable al oído. Deja que levante un sueño sobre el blasón de cada uno de tus encantos. Porque es mi ansia, de atraillarte a mí, yo quisiera desprender de tu belleza estatuaria misterio por misterio, fascinación por fascinación. Para que mi rima sea un joyero abracadabrante, yo quisiera penetrar en lo desconocido de la amatista-esmeralda que tienes por ojos: hurgar en la palpitación nacarina de la piel de tu garganta (domeñando la varonía de los cambiantes del iris); y llevarme el oriente carmesí de la herida de tu boca…
 ¿Para qué versos? Permite que la prosa surja; es la impronta que produce en tus oídos el rumor desacordado y rítmico de la fuente cantarina. Y es porque te estoy hablando confidencialmente; de alma a alma, sin coherencia y sin arte.
 ¿Sonríes? No te miento. Junto a ti, y mientras Schubert gime la exantropía de sus acordes en el turpial de tu garganta, yo leo en la amatista-esmeralda de tus ojos. Y en sus aguas esplendorosas veo surcar el batel de mis ensueños, bajo la gloria azul del cielo de tu patria; envolverse en la onda odorante de los rosales de tu agro nativo, y alejarse melancólicamente del adiós de un níveo pañuelo que –garza prisionero– se agita en la diestra de una huertana, de una chesa apasionada y sensible.
  ¡Schubert! La serenata ondula en el cordaje del piano, tiembla como una mariposa herida en el nido de tu garganta; tus negras pupilas deslumbran bajo el palio de tus párpados confusos; la emoción del canto pone un ligero erectrismo en tu piel; yo sueño…
 ¿Para qué el verso? ¿Para qué la estrofa, si te hablo en el lenguaje de la confidencia y el juro, con la voz de lo que es contacto y lo que es alma, de lo que es celaje y lo que es flor?...

 El Pensil, 15 de diciembre 1910. Año II, Época II, núm. 24. p. 246.



 En la hora del crepúsculo

 La mente loca, la mano rígida, la pluma inmóvil…
 ¿En qué pienso? ¿Pienso, acaso? ¿Esta vacuidad del saber, esta agonía del sentir, qué son? Algo parecido al estado anímico indefinible que me aplasta debe sentir la caravana cuando el simoun bate, brama, y corre sepultándolo todo con la arena que levanta.
 Un nombre de mujer pasa por mi memoria, tan borrosamente que no es nada definido –ni la evocación precisa de una hermosa amada, perdida en la balumba de la existencia, ni la rememoración de un motivo sentimental o estético, de alcoba.
 Un nombre de mujer!... No me recuerda nada. Una confusión de letras y sílabas que me provoca otra de cuerpos y rostros, de altiveces y bondades, de lascivias y celos. Más ¡ay!, todo, todo para siempre en la lejanía del pasado. Sí; quiero el olvido. La memoria es una lobezna que hurga en los escondrijos del corazón, y muerde y tritura los joyeles del vicio o del placer por allí tirados. Y luego huye, dejándonos –ebrios de dolor- tormentoso el cerebro, como si la armazón de nuestro cuerpo fuera un osario que se derrumbara, y rompiese en cantos dantescos con el estrépito de sus huesos queridos.
 Y esta llamada facultad de sentir nuestros recuerdos, de ensoberbecerse y de jugar al prohibido con los cubiletes de nuestros sentimientos, constituye en el hombre un rasgo que le singulariza entre los brutos. Cuánto mejor no sería la bestialidad absoluta; caer en ese lago, grande, sombrío, in-ondulado, de la animalidad, del que surgió nuestro generador ancestral, y morder la hierba del prado, o la carne de la presa humeante; vivir en la selva cobrando cara la vida, o en la cueva, entregándola sumisa a otro ser superior, que no se llamara hombre ni tuviese su figura corporal.
 Caquexia, terrible tisis intelectual que no me dices claramente un nombre: memoria estúpida que no reconstruyes el pretérito; corazón nervioso que no sientes lo que sentiste ayer, qué irrisorio y pueril es vuestro orgullo. Ahora, que mi voluntad batallar por vivir un segundo en lo que fue ser de mi propio ser, permanecéis inmóviles, como queda estática la roca ultrajada por el bofetón del oleaje. Bien ponéis al desnudo mi crasa imperfección, y me hacéis romper en carcajada dolorosa ante mi aristocrática animalidad roñosamente barnizada de lo sublime en el carnaval de lo que llamamos civilización…
 Las sombras invaden mi cuarto. Levanto lentamente la pluma.

  El Pensil, 31 de agosto 1910. Época II, Año II, núm. 17, p. 197.

jueves, 13 de junio de 2019

Cuatro prosas de Regino Boti



  
  Después del éxodo 


  El ocaso era un incendio. Las llamaradas de colores del poniente dejaban su beso rojo en las aguas del río, en los dombos de las montañas, en el perfil de la ciudad... Todo estaba envuelto en una media tinta suave y melancólica.
 Llegué al muelle. Terminadas mis obligaciones en el puerto, me disponía a retornar al ingenio. El botero de la finca me aguardaba. Tan pronto me distinguió dentro de los muchos que pululaban por el muelle, bajó al embarcadero y comenzó a prepararme el bote.
 Imposibilitado por las otras muchas embarcaciones atracadas, casi unas encima de otras, para maniobrar y salir, nos quedamos esperando entre aquella multitud flotante: él, con el remo presto; yo, de pie, buscando un motivo para la pluma o el pincel.
 Era un sábado. El Iguamo había arrojado sobre la población su ciento de canoas cargadas de viandas y frutas. Los compradores bajaban al muelle para hacer sus provisiones hebdomadarias; y una multitud heterogénea de hombres y mujeres y chiquillos, harapientos y descalzos en su mayoría, levantaba un ruido de enjambre trashumante, mientras regateaba con los vendedores el precio de la mercancía.  
 El empuje de vaivén de las canoas se comunicaba a mi bote. El olor acre de las aguas marinas me hacía respirar a pulmón lleno. El temblequeo de las reverberaciones del ocaso se dibujaba en todas las superficies dando a las cosas y las gentes un colorido fantástico y cambiante. Aquella oleada humana me comunicó una fuerza misteriosa. Me sentí pletórico, y amé la vida: había encontrado el doble motivo: el grupo plástico para el pincel y el idilio para la pluma.
 Era una pareja. Y no pecaré de hiperbólico si digo que era una pareja feliz, por lo que de primitivo acusaba a una vista observadora. Estaban echados junto a la carrilera central del muelle, y con el busto apoyado en las ruedas de uno de los carritos –cargados de mercadería– esperaban el impulso que los llevara del muelle a la aduana.
 Él, descalzo, con los pantalones a media pierna, la camisa hecha tiras, mostrando el musculoso pecho, miraba con miradas de fuego a su compañera de un minuto o de una vida quizás. Su lujo era una mocha mellada y mohosa, y la pipa, color marrón, tan desmesurada que le tumbaba el labio.  Un sombrero de fieltro negro, pringoso y maltrecho, coronaba su busto con algo de caricatura conventual y mucho de satánico. Mezcla incoherente que mi fantasía colocó entre un Fausto tropical y un Lutero siboney. Era un indio.
 Ella, como él, descalza también, vestía falda cruda, corpiño ancho, y pañuelo amarrado a la cabeza con falta de coquetería y gusto raro, pero sobrio. Escuchaba con atención honda las frases de su amante. Era una india.
 Había en sus rostros la expresión de una reciprocidad de sentimientos, de una yuxtaposición de ideales tan idénticos y tan íntimos, que se fundían en uno al choque de la pasión. Estaban abstraídos. Nada de lo que a su alrededor se sucedía tenía valor ni existencia para ellos. Él la envolvía con el humo de su cachimbo, a la vez que le volcaba en los oídos el torrente de sus frases. Ella, sin voluntad y sin nervios, se dejaba arrastrar en alas de sus deseos. Él la besó. Aquel beso fue un juramento, una promesa, un pacto.
 Yo estaba como aletargado. Para mi actividad mental, solo tenía valor aquella pareja enamorada que levantaba la tienda de su felicidad echada junto a un vagón, y en las traviesas de las carrileras. Eran el dúo eterno en contraste luminoso con la marcha del progreso.
 –Ya, dijo el botero.
 Me senté a popa y él comenzó a remar. Los remos hendían el agua y en su superficie bañada prendía el ocaso sus serpenteos de granate.
 Las fulguraciones vesperales se reflejaban en las pupilas de los enamorados, y en ellas adquirían vida y forma las titilaciones policromas del sol de los muertos. Me pareció que el paso de las nubes se reflejaba en sus ojos como el paso de una procesión hecatómbica y de derrumbe. Vi como Moctezuma rodaba de su trono entre resplandores de oros y relámpagos de sangre; seguíale después Atahualpa, renegando de la biblia al mismo tiempo que elevaba su postrer cántico al Sol. Y continuaban, en la escolta macabra, el sacrificio insólito de Caonabo y la cremación neroniana de Hatuey…
 Los manglares, bañados arriba de sombra y abajo de reflejos, parecían comprimir el cauce del Iguamo como si fueran dos hileras de capuchinos que avanzaban al encuentro. El bote se deslizaba sobre espejos de púrpura y negro, y la llegada de la noche se anunciaba con rachas húmedas y fugaces.
 Sentí un frío intenso. Frío en las carnes y frío en el sentimiento. Las procesiones de nubes se acometían como balumbas de bacantes desgreñadas. Pensé en la pareja enamorada del muelle, y dije en alta voz, como si hablara conmigo mismo: -Desdichados ejemplares de una raza que fue, ¿qué papel representáis en la Historia?
 –Hemos llegado –exclamó el botero.
 Atracó rápidamente al muelle. La sirena del ingenio rasgó el aire con su ronquido siniestro, y las lámparas incandescentes y voltaicas del Cristóbal Colón formaban en la oscuridad crepuscular un resplandor de aurora –la aurora del progreso– que desafiaba a las últimas manifestaciones de la luz y a las primeras avanzadas de la noche.
 Me eché al brazo mi capa de agua y puse pie en tierra.

 Cuba y América, 8 de enero 1905. Año VIII, Vol. 28, núm. 15., pp. 15-17.




 La procesión de las palmas (mientras pasaba el tren)

 Vosotras, penachos vivos vaciados en moldes de gloria, hijas augustas de la savia, madroños giganteos que festonáis la colosal alfombra que se extiende desde las laberínticas rocosidades de Oriente hasta el verde linde del valle Yumurí, no os detengáis, salidme al paso en murmullante procesión y contadme vuestras viejas leyendas. Yo os contemplo. Oíd; ya el tren sale.
 Y a mi conjuro artístico comenzaron a destilar.
 Primeramente se mostraron las palmas reales. Portento de vegetación, supervivencia floral de épocas que fueron, pasan orgullosas y altaneras como hembras triunfantes de vientre fecundo… Y pasan, ya erguidas sobre parapetos de pelado granito, ya en el llano vestido de esmeralda. Son las conquistadoras proféticas. Cruzan en cuadrillas, en grupos, en conciliábulos, en corros, en haces, en bosques… Triunfantes y arrolladoras, se adelantan a todos los sueños de la imaginación; y solas o hermanadas, se ostentan como un sortilegio de estética. Son el astil del buque prepotente; las cien columnas de la mezquita de Córdova; la escala de cirios de un altar católico; batallones de pardas melenas flotando sobre las neblina; el viejo Partenón rindiéndose al peso glorioso de su mole de mármol…
 Las palmas reales cantan, van cantando. Con sus verdosos airones agitan la melodía; con el estilete de su cogollo llevan la pauta; con sus semillas desgranadas forman un concertante. Cantan, lloran, suplican. Oíd lo que dicen las palmas reales:
 -Oh, Señor del Supremo Cambio! A ti venimos en súplica. Déjanos con nuestra vieja vestimenta. No nos pongas otra mantilla que la de nuestras curvadas hojas. No nos dejes más troncos que nuestros erectos ástiles. Oh, Señor. Concédenos este quietismo de la forma; déjanos, por los siglos de los siglos, esta vejez que amamos. Señor, permite que el hombre siempre pueda decir:

     Las palmas, ay, las palmas deliciosas
     de las llanuras de mi ardiente patria,
     nacen del sol a la sonrisa y crecen;
     y al soplo de las brisas del océano
     bajo el cielo purísimo se mecen…

 El tren seguía…
 A las sinuosidades de la roca sucedió la pintoresca monotonía del llano.
 La procesión avanza. Ved. Inmensos yareyales, vertiginosos, festinados, se van empujando como pájaros o sierpes que silban. Corren, corren sin cesar. Sobre el débil y acilindrado tallo, lleno de negros tatuajes y felpas cárdenas, abren sus anchas hojas, palmeadas y digitales, como fantásticas alas de dragones imaginarios, dando fuertes golpes en el aire, y repiqueteando una canción áspera y cortante. Oíd, amigos, lo que canta los yareyales mientras van procesión:
 –¡Oh, Señor del Supremo Cambio! Danos la bienhallada alegría del perpetuarnos tales como somos. Queremos adormir a las generaciones del mañana con nuestros voluptuosos movimientos –que son encanto para la pupila mientras vivimos, y refugio para la piel calenturienta si nos tronchan. Huélgate con dejarnos ser abanicos para toda una eternidad, por toda una eternidad…
 Y sacudieron su verdi-amarillo coronamiento como si abofetearan a un tren invisible.
 El tren seguía…
 Iconos hieráticos, ante los cuales tal vez los siboneyes entonaron preces, aparecen las palmas barrrigonas, hibridez física aparente del yarey y la palma real, sin la arrogancia de ésta ni la monolítica rigidez de aquél. Como locas colegialas, como borrachas Maritornes, se persiguen –ora en grupos, ya aisladas, bien en montículos, cuando en hileras… Tienen el fuerte sopor de los señores orientales aburridos de la vida; y levantándose en sus formas achaparradas a lo Rubén Darío, se aproximan a su templo cultural en fantástica recua. Oíd; también cantan, ruegan, imprecan. Oíd; las palmas barrigonas hablan:
 –Oh, Señor del Supremo Cambio, árbitro de la materia, emperador de la línea, amamos nuestra figura deforme y chocarrera. Nuestra panza hidrópica y nuestro garrido penacho son, eterno consorcio, el eterno contraste: Heráclito y Demócrito, Sancho y Don Quijote, Esmeralda y Cuasimodo… Nuestro abdomen mimado de canónigo, asquea; nuestros movibles arcos, sonorosos y verdegueantes, atraen, seducen, encantan. Sírvete, Señor, conservarnos así. A nuestra presencia, el hombre mostrará toda la escala de la emoción; y verá que en el alma humana –como en nuestra arquitectura vital- hay del cerdo y hay de la nube… Oh, Señor, prueba tu infinita bondad concediéndonos vivir bajo esta forma!
 El tren seguía…
 Allá en lo alto, como teas vetustas de dolmen derruido; aquí, en lo hondo, como flechas clavadas en tierra, se asomaban las palmas tísicas. Altas, altas, altas hasta lo prodigioso, delgadas como una maroma de acero, manchadas como un escrofuloso, roídas como un misal antiguo, se enfilan las palmas anémicas. Tienen las pencas descoloridas y pobres; sobre la corteza del astil trepan las parásitas; y de las mal prendidas yaguas cuelgan las lianas sus cables cimbradores, como bordones en el salterio del aire. Si la brisa las mueve, parece como si se parten; y a su conjunto desolado sólo falta para integrar la ficción, que se le prenda mentalmente mantos negros o sudarios blancos para que aparezca como una legión de monjas exclaustradas o de ánimas en pena… Mas oíd. Estas cloróticas palmas no cantan. Oíd, es que lloran, es que murmuran las palmas tísicas:
 –Oh, Señor del Supremo Cambio! Esta larga agonía es un martirio. Fuimos doncellas ataviadas para la boda, y hoy nos das el espectáculo invariable de ver a nuestros novios en brazos de otros amantes. Somos la rememoración maldita del memento, la tristeza en la alegría, la sombra en la aurora, el crespón en el azahar. Oh, Señor, somos tus hijas condenadas; somos los índices diabólicos, y no hay ser humano que no nos execre si nuestro cortejo pasa ante su alcoba nupcial o su triclinio de orgía. Oh, Señor, danos la muerte. Oh, Señor, vístenos con otra forma. Haznos laurel, para coronar las frentes victoriosas; olivo, para simbolizar la paz; violeta, para predicar sencillez. Oh, Señor, escucha nuestra tos; somos las héticas, las pobres tísicas del bosque. Oh, Señor, mira cómo te entregamos la existencia. Oh, Señor…
 Y la locomotora, dando un duro pitazo, aceleró su marcha. En el sonido ensordecedor del tren ahogóse la canturria funeral. Después las palmas tísicas, asomándose a la dilatada ventana del confín, se despedían como erráticas agonías en viaje hacia lo azul…

 Cuba y América, 10 de agosto de 1907. Año XI, Vol. 24, Núm. 6., p. 140.



 Ante las ruinas

 Declinaba el sol. La campanada del Ángelus pausadamente tañía.
 El incendio —boa colosal— enróscase con estrépito en las vértebras del monstruo, y a las pocas horas el titán del trabajo habíase convertido en ironías de muerte. Del ingenio solo habían quedado las altas chimeneas como dos rojas imprecaciones sobre el negro tapiz de cenizas y al través del cielo azul.
 A suficiente distancia para abarcar el conjunto, se detuvo el poeta. Se abstrajo; y comenzó a tejer sus memorias –en la red áurica del recuerdo– la araña gris del pasado. 
 Pensó: "Una noche, envuelto todo el llano por un velo neblinoso, semialumbrado por una luna macilenta, yo, junto a ella, y desde lo más alto de lo que es ahora este amontonamiento informe, hurgaba con la vista en las tinieblas para determinar los lugares y las cosas..."
 Un pájaro negro aleteó cerca de su cabeza y siguió rápido.
 El poeta continuaba soñando: "Todavía no estaban terminados los tabiques exteriores del tacho. Nada más que un inseguro pasamanos nos salvaba del abismo. Yo lo aquilaté. En aquella obscuridad me pareció insondable. Hoy, desde el fondo de las ruinas, y por la magnitud de los escombros, lo mido y me espanto..."
 La tarde se moría. Sobre las cosas se depositaba un tenue rocío. El poeta dio algunos pasos. Y, como pensativo, bajó la cabeza.
 Mascullaba: "La miserable fingía al mismo tiempo que me deseaba. Tuve un arranque atávico, y pensé en arrojarla hacia el precipicio. Un erectismo súbito me serpeó por la médula. La miré intensamente. Había una oportunidad para vengarme de su desvío. Un ligero toque y era muerta. Sí, yo temblé junto a ella... En eso se nos acercaron algunos excursionistas reclamando nuestra presencia..."
 El pájaro negro volvió a cruzar. Lanzó un grito ronco. El sol se había puesto. El poeta, con paso tardo, se alejaba del montón de ruinas.
 Siguió pensando: "Mejor ha sido así. Si la hubiera despeñado aquella noche no habría sabido del veneno que tienen sus besos ni de las traiciones que encierra su alma. La he condenado a vivir una vida de abyección y miserias; a devorar su deslealtad cuando, en medio a los placeres, llegue el recuerdo a su oasis y me encuentra en él..."
 En medio de las sombras de la ya cerrada noche, el poeta montó en su coche y tomó por el camino rumbo a la aldea.

  Cuba y América, 6 de junio de 1908. Año XII, Vol. 27., núm. 2, p. 6.




 Alma bohemia

 Sigue, ¡oh, danzarina, tu danzar diabólico! Pasa, vuelve, gira ante mis ojos borrachos de ver tu cuerpo vertebrado serpentear bajo la bandera erizada de tu traje. Pasa, oh flor carnal maculada y divina, prolongando tu fiesta de elásticos sacudimientos. Despierta mi ardor a las saturnales bohemias. Baila como una peonza fantástica y revela a mis pupilas tus sugestiones hipnóticas de bacante.
 En la quietud lapidaria de este mi vivir aldeano, yo te esperaba, yo te había soñado, gaviota del ayer que –antes de hacer el nido en la arruga sáxea del acantil ribereño, viene a cruzar mi páramo de melancolía con el signo cabalístico de su vuelo. Tórnate incansable, sigue tu danza, que gusto del ágape de lo ido mientas sacudes tu cuerpo con temblores de rama herida. Tienes para mí el poder de la fascinación, porque me traes la vara mágica del deleite con tu menudo cuerpo de morenas turgencias, y en el rebullir de tu zambra el tirso jocundo de la evocación.
 Sigue, oh, danzarina, en tu danzar diabólico. Quiébrate en haces de luces, rómpete en miríadas de colores, multiplícate en líneas, espárcete en perfumes, y déjame acordar al tuyo mi clavicordio anémico para emprender viaje camino del Ensueño…
 Tú pasas palpitante como una miniatura viviente, exultándolo, iluminándolo todo. Tu presencia llena el escenario. Ennobleces –arma de blasón- su rojez semicircular terminada arriba en cúspide por medio de cuchillas segmentadas. Finges la más brilladora estrella entre las que constelan la blanca Media Luna de la Sublime Puerta que –al foro- abrese como una corola enigmática, como un gran ojo interrogante. Las lamparillas eléctricas arrojan sobre ti -rayos de oro viejo en aquel receptáculo revestido de sangre- la lluvia de sus lumbraradas.
 En medio del remolino llameante de las cortinas te detienes. Música y canto rompen de improviso. Y aquel bailable extraño, suave y ardiente, voluptuoso y nostálgico, sagrado y maligno, amante y triste, deslíase en ondas zigzagueando como la charladora cinta de un arroyo. Tú, a la atracción lógica, respondiste con el ritmo de tus carnes. Oh, yo te amé; te quise con adoración pagana, con todo mi sentimiento de artista, con todo mi anhelar de hombre, con toda mi exquisitez de poeta; porque me traías el verso, porque me traías la paleta, porque me traías el pámpano. Yo, desde lo hondo de mi ser, te decía, temeroso de que aquella hora de primavera fuese demasiado breve: Sigue, oh danzarina, tu danzar diabólico. Sigue, sigue, visión de mis tierras santas de peregrinaciones artísticas, sombras enviadas por los manes de Carlos Baudelaire y Julián del Casal –atormentados elucubradores que ponían su espíritu en oración sobre el cielo, la luz, las vírgenes, las flores y las ruinas del Oriente…
 Yo comprimí con mi ardiente mirada todo el manojo de tus encantos. Cuando la música se calló tú te quedaste en medio al proscenio –como cataléptica, hierática, estatuaria. Yo admiré tus crenchas endrinas, pegadas a las sienes por un ángulo áureo prendido de collares: besé tus ojos morenos, negros, largos como dos rayas de carbón –todo sombras en aquellos momentos porque estaban cerrados: apreté contra los míos tus labios breves, secos, morados; estrujé mis pálidas mejillas contras las bereberes tuyas, en donde bajo lo pardo de la piel (prodigio de aurora) nace el carmín negruzco, violado, de las cabezas berberiscas reproducidas en terracota. Aquella cabeza tuya era como un alto relieve egipcio animado por un soplo de vida. Tenía en su achamiento sensual, algo de Medusa, algo de un gigantesco mascarón de áspid.
 Luego cesó el silencio. La música y el canto ascendían como la llama lujuriosa de un lampadario erótico. Tú sonreíste. Entre tus dientes de albura de pulpa de coco, asomó la punta de tu lengua vibrátil, fina, ágil, en una mueca plebeya, mientras ejecutabas tu litúrgico, característico movimiento de nuca. Tu cuerpo entonces cayó en un frenesí nervioso, epiléptico, sombrío, feral. Sobre tu pecho trepidante, convulsionario, la luz daba saltos, finflanes, cabriolas, zambulléndose y flotando sobre el mar de lentejuelas de tu traje. Tus brazos, broncíneos, torcidos, flácido, hablaban, gemían, besaban, oprimían, torturaban… Era con algún esquivo con quien sostenían diálogo. Primero le llamaron, luego imploraron, más tarde juraron. Y cuando insuficientes a convertirse en dulcedumbre para atraerlo, todo el electricismo de sus músculos, todo el fuego de sus arterias corrió a las manos, esas manos tuyas, enanas, atezadas, infantiles, que saben de caricias y de perversidades. El ingrato se fue. Entonces, irguiéndose como las testas de dos serpentillas execradas, tiraron mordidas al aire a tiempo que rugían su dolor por la boca acerada de los crótalos, que comenzaron un himno metálico lleno de rabia y arrullos. Sigue, oh danzarina, tu danzar diabólico, sigue, sigue…
 Te acogió una especie de vértigo. Tu falta abierta circularmente en la fimbria, por el movimiento de la danza, era como una omnícroma campana. Dejaba al desnudo la arrogancia de tus piernas, pistilos gigantes, ínterin comprimía tu cintura con languidez de cortesana vencida. Ya era nada que te doblases como la guía de la caña de azúcar al embate del viento; que martirizaras tu comba, abatiéndola con furor, que te irguieses como un icono sobre la majestad de tus pies; que te enrocaras, como las culebras del Hermes, en torno a un eje intangible; que girases como una libélula ebria; que imitases la caída de un loto o la ascensión de un nube… Todo era inútil. Tu cuerpo contráctil ya no me decía nada. Tus saltos de pantera menos. Yo soñaba. Y tú, árabe, egipcia, india, persa o circasiana, pero cualesquiera que fueses siempre alma de seducción, habías abierto el arca de mis pobres memorias dormidas…
 En mi viaje al Ensueño divisé el Paraíso de Mahoma antes de caer en la quietud lacustre del Nirvana.
 No; no era una visión. La cicatriz angulosa que flagela tu rostro, bien me dice que eres una bailarina viviente, diabólica, maligna; que arrullas con tus crótalos; que atraes con el reverberar de tus collares y ajorcas, de tus arracadas y brazaletes; que sin deseos ofrendas al placer la sabiduría de tu experiencia, mientras arrancas el dulzor de la vida con tu verso bohemio, vagabundo, viajero y sin patria.
  
 Cuba y América, 30 de mayo 1908. Año XII, Vol. 26, Núm. 26, p. 4.