sábado, 28 de diciembre de 2019

La tristeza cubana



 Mario Muñoz Bustamante

 Cuba no es un país alegre como se cree: Cuba es un país aburrido y triste.
 La brillantez de su sol, la diafanidad de su ambiente, la  pureza de su cielo, la amplitud de sus costas, el verdor de sus campiñas y el carácter risueño de sus hijos no bastan a darle  el contento de vivir regocijadamente.
 El cubano baila, canta y chotea, pero no está nunca de buen humor, puesto que le aguija el tedio, se aburre y bosteza.
 Ello se debe a que le faltan diversiones.
 Nuestra sociedad vive retraída.
 Sus dos placeres favoritos son el baile y el teatro.
 Mas el baile, lejos de estimularla, irrita su sensualidad, le produce fatiga y le causa trastornos orgánicos por el exceso de la temperatura.
 El teatro le ofrece pocos atractivos. Sólo de tarde en tarde aparece en nuestros coliseos algo digno de nota. Durante el verano, y el verano se lleva casi todo el año, no hay cosa que merezca la pena de ser vista.
 El sport no se ha impuesto aún. Más que practicarlo, nos gusta verlo. Vamos a los juegos de pelota yanqui y española como simples mirones, arrastrados por el vicio de apostar a falta de gallos que reñir. ¿Quién coge una cesta y un bate en sus manos pecadoras? Pues una centena de individuos.
 Vacíos están los gimnasios y vacías las salas de armas.
 Cazan unos cuantos ricos.
 El mar, que nos rodea completamente, ofrecería ancho campo a los ejercicios de pescar, remar y nadar, si tantos monstruos no lo infestaran desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio.
 La equitación cuesta cara.
 Las carreras a pie nos disgustan.
 Tampoco nos atraen las giras campestres, los almuerzos domingueros al aire libre, las romerías íntimas en el seno fecundo de la naturaleza.
 El domingo lo pasamos en casa, achicharrándonos imbécilmente; y lo dedicamos al visiteo de compromiso.
 Faltan lugares de expansión, parques donde haya espectáculos económicos, sitios de popular entretenimiento.
 En los Estados Unidos se saca de donde quiera una diversión barata.
 Algunos se quejan de que en la capital duerma todo el mundo después de las once de la noche, y protestan de que sólo existan cuatro o cinco cafés abiertos perennemente.
 Esto no se me figura tan vituperable.
 Así tiene la crápula mayor dificultad de extenderse.
 La ciudad que se recoge temprano es una ciudad laboriosa.
 Las poblaciones noctámbulas cuentan con numerosos vagos, con muchos viciosos, con gente maleante.
 El día se hizo para trabajar y la noche para dormir.
 Si el pueblo no busca su solaz por cuenta propia, menos se lo facilita el Estado.
 ¿Dónde están nuestras fiestas nacionales?
 Llega el 24 de Febrero… ¡y nada!
 Llega el 20 de Mayo… ¡y se queman seis piezas de artificio que arden pésimamente!
 Llega el 10 de Octubre y… sucede lo que el 24 de Febrero.
 Todo nuestro esparcimiento consiste en paseamos por el Prado dos veces al mes, o ir semanalmente a las retretas del Malecón.
 Los mozalbetes, cuando les cae dinero, se juntan con algunas hembras desvergonzadas, organizan una rumba indecente, pescan la borrachera imposible, y luego dicen a gritos: —¡Cómo nos hemos divertido!
 Debemos a todo trance sacudir nuestra indolencia, romper con nuestras costumbres de apatía y lanzarnos por la senda de los deportes sanos en busca de salud, de fuerza, de regeneración física.
 Ya que somos débiles por el estigma del atavismo y pertenecemos a una raza degenerada, pongamos en juego todos los medios de robustecer nuestros cuerpos y templar nuestras almas para sentir la alegaría de la vida.

                                        1905

 Ideas y colores, La Habana, El Avisador Comercial, 1907, pp. 165-68.

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