lunes, 19 de enero de 2026

Situación de Ezra Pound

 

 Giorgio Agamben

 

                                       From the wreckage of Europe, ego scriptor

                                                                                      Canto LXXVI

 

 No es posible entender la obra de Pound si no se la coloca en su propio contexto. Este contexto coincide con una fractura sin precedentes en la tradición occidental, una fractura de la que Occidente no sólo no ha salido todavía, sino de la que ni siquiera podrá salir si antes no está en condiciones de medir su alcance, decisivo en todos los sentidos. Después del final de la Primera Guerra Mundial era patente, para quien había conservado la lucidez, que algo irreparable se había producido en Europa, y que el nexo entre pasado y presente se había roto. Que los primeros en darse cuenta hayan sido los poetas y los artistas no debe sorprendernos, porque es a ellos a quienes incumbe en todo tiempo la transmisión de aquello que nos es más valioso la lengua y los sentidos. Ni siquiera se puede plantear el problema de las vanguardias poéticas del siglo xx si no se entiende, primero, que son el intento de responder —con mayor o menor consciencia, según los casos— a esa catástrofe: no tienen relación con la poesía y las artes, sino con su radical imposibilidad, con la disminución de las condiciones que las hacían posibles. La transposición en términos estético-mercantiles de la crisis epocal que se había expresado en las vanguardias es, por ello, una de las páginas más vergonzosas de la historia de Occidente, de la que los museos de arte contemporáneo representan hoy la más extrema e indolente propagación. Aquello en donde estaba en juego la posibilidad misma de la poiesis y, por tanto, la supervivencia del ser humano como ser espiritual, se redujo a un fenómeno de moda y fue liquidado de una vez por todas bajo la forma de producción de nuevas mercancías. Existen tres momentos decisivos —al menos en la perspectiva que nos interesa— en la poesía en lengua inglesa del siglo xx.

 El primero, La tierra baldía (1931), nacido de la estrecha colaboración entre Eliot y Pound («il miglior fabbro», a quien el poema está dedicado), ha sido leído como un texto enigmático y profundo, cuya comprensión necesitaba un desciframiento preliminar de sus densas estructuras ocultas. Se trata, en realidad, de un collage de frases y figuras provenientes de toda la historia de la cultura occidental (no sin agregados orientales), en donde se suceden la Sibila cumana y el Grial, Ludovico II de Baviera y el Rey pescador, Tiresias y san Agustín, Filomela y la baraja del tarot, los sermones del Buda y Gérard de Nerval, Dante y las Upanishad, Ovidio y Flebas el fenicio... Estos fragmentos no se componen, como sugería Curtius, paragonando a Eliot con un poeta alejandrino, en un mosaico inteligible están, más bien, dadaísticamente aislados y sin ninguna correspondencia recíproca, porque su único sentido consiste en su incomprensibilidad. Los intentos de los intérpretes de sacar a la luz un significado oculto a través del paciente, inagotable inventario de las fuentes, sólo pueden fracasar. La «tierra baldía» es, de hecho, la tierra de la cultura occidental, cuya tradición se ha interrumpido, y al poeta sólo le queda juntar, más o menos al azar, los restos: these fragments I shored against my ruins, concluye Eliot, actuando aquí ciertamente como un filólogo alejandrino que recoge los fragmentos que escaparon al incendio de la gran biblioteca.

 Luego está Finnegans Wake (1989). Aquí también entra en juego, literalmente, toda la historia de la cultura occidental, de la Biblia al vaudeville, de la liturgia eucaristica al Libro egipcio de los muertos. A diferencia de La tierra baldía —con el que el libro comparte la técnica del montaje—, la ruina aquí involucra también a la lengua, que, en una especie de irónica 9 parodia de la gramática comparada, funde bajo una ilegible corteza anglosajona lenguas y tiempos diversos, del hebreo al celta, del griego al italiano, del alemán al latín y del ruso al danés. Inténtese leer el texto utilizando la Readers Guide de W. Y. Tindall (William York Tindall, A header's Guide to Finnegans Wake, Nueva York, Syracuse University Press, 1969): que explica casi cada palabra restituyéndola puntillosamente a sus disparatados componentes. Para el lector inteligente, el libro no se vuelve por ello más comprensible. Por el contrario, ahora está en condiciones de apreciar plenamente el sin sentido. Es posible que, como sugiere el comentador, la operación resulte divertida: se trata, sin embargo, de una risa conscientemente cruel, desde el momento en que aquí se trata, nada menos, que de la ruina y el volverse opaca para sí misma de la tradición teológica, filosófica y poética de Occidente. Lo que se propone en la lectura es una imposibilidad de leer de la escritura que se transmite los estudiantes han perdido el significado.

 En 1951, David Jones publica los Anathemata (también este libro, como los dos precedentes, se publica en Faber & Faber, es decir, con el imprimatur de Eliot). También esta vez, el poema, atestado de glosas en varias lenguas, abraza la historia entera —y hasta la prehistoria— de la cultura. Nos interesa aquí particularmente la divisa que Jones escoge como emblema de su poética, la frase de Nennio, coacervavi omne quod invení, «he apilado todo lo que he encontrado» (I have made a heap of all that I could find). (David Jones, Anathemata, Londres, Faber & Faber, 1951, p. 9). La tradición que Jones tiene frente a sí y con la que trabaja, del Mabinogion al Canon de la misa, es una desmesurada mezcolanza de fragmentos, y el poeta que debía transmitirla sólo puede hurgar ahí y nuevamente acumular los desechos, sin que nunca emerja un sentido para orientarlo en su incesante labor. Por ello, el libro —dice el subtítulo— contiene sólo fragments of an attempted writing. Decisivo no es lo que se transmite, sino el acto mismo de la transmisión, aun cuando ese acto resulte carente de sentido.

 Es importante no pasar por alto la tarea paradójica que los poetas se proponen aquí. La tradición religiosa, filosófica y poética no es convocada, como hasta entonces había ocurrido, por su capacidad de nutrir y orientar la vida y la palabra de los hombres sino, por el contrario, precisamente porque parece haber perdido esa capacidad. Lo que se exhibe es precisamente esa pérdida. De ahí el efecto de extrañamiento y de desintegración tan característico del procedimiento de las vanguardias. De ahí, también, su fácil tergiversación en términos estéticos, como si se tratara todavía de obras de arte, sólo que más insólitas y nuevas.

 El diagnóstico de la situación de aquella época es lo que está en el centro del intercambio epistolar, en 1984, entre Benjamin y Scholem a propósito de Kafka. Según Scholem, Kafka tiene frente a si una tradición -una ley, en términos judíos- que «rige, pero no significa», una especie de «nada de la revelación», donde la tradición está reducida «al punto cero de su contenido» y, sin embargo, no desaparece. Los estudiantes, de los que habla Kafka, «no son estudiantes que han perdido la escritura..., sino estudiantes que ya no pueden descifrarla». (Walter Benjamin y Gershom Scholem, Bnefwechsel, Frankfurt am Main, Suhrkamp, 1980, p. 175). A esa «vigencia sin significado», Benjamin objeta que una tradición que ha perdido su contenido deja de existir y se confunde con la vida, esa vida, precisamente, que en la novela de Kafka es vivida en el pueblo que está en las faldas del monte donde se aka el castillo. Volviendo, cuatro años después, sobre el problema de la tradición, Benjamin precisa su diagnóstico. Aquello con lo que Kafka debe enfrentarse es una «enfermedad de la tradición» en la que ésta ha perdido su verdad. En esta situación, «el genio de Kafka es que él ha intentado hacer algo absolutamente nuevo ha sacrificado la verdad para mantenerse fiel a la transmisibilidad» (Ibidem, p. 1). La respuesta de los poetas a la enfermedad de la tradición —así parece sugerirlo Benjamin— es renunciar a lo que se transmite —la verdad— en favor de la transmisión. Pero una poesía que no transmite nada que no sea ella misma, ¿es todavía poesía? ¿O nos encontramos aquí, más bien, frente a algo para lo que no tenemos nombre y que sólo por pereza y miedo llamamos todavía poesía y arte?

 Sólo en este contexto problemático la obra de Pound —al menos a partir de los primeros Cantos— se vuelve inteligible. Él es el poeta que se ha colocado con mayor rigor y casi con «absoluta desfachatez» (unmitigated gall) frente a la catástrofe de la cultura occidental. Mucho más decididamente que Eliot, Pound vive en esa «tierra baldía», un inferno que, como sugiere en el Canto XLVII, no es posible, como ha hecho el «reverendo Eliot», «atravesar rápidamente». Pero justo por eso, para él «todas las edades son contemporáneas» (Ezra Pound, Selected Prose 1909-1965, Nueva York, New Directions, 1973, ρ.21), puede referirse inmediatamente a la historia entera de la cultura, de Homero a Cavalcanti, de Mani a Mussolini, de Dante a Browning, de Perséfone a Woodrow Wilson, de Confucio a Arnault Daniel. «Sólo Pound», dijo Eliot, «es capaz de verlos como seres vivos», siempre y cuando precisemos que, en los Cantos, son en realidad sólo pedazos que emergen por un instante del Leteo e incesantemente se sumergen en él. Furio Jesi definió una vez el universo poético de Pound como la «transformación en escombros de los objetos de amor que ya no se consideran vitales». (Furio Jesi, Letteratura e mito, Turin, Einaudi, 1968, p. 309* [Existe edición en español: literatura y mito, Barcelona, Seix Barrai 1972]. Si la tradición es accesible sólo como lasca y fragmento, el poeta en busca de formas —venator formarum— no ve frente a sí más que escombros —aun si éstos están, al menos para él, vivos y vitales precisamente como fragmentos—. Su canto inaudito está tejido con esos pedazos que, una vez agotada su función, no sobreviven. De ahí la impresión de artificiosidad, tantas veces reprochada de forma injusta a su poesía Pound procede como un filólogo («También atravesé el pantano de la filología», escribió en The Spirit of Romance, p. 14) que, en la crisis irrevocable de la tradición, intenta transmitir sin notas a pie de página la imposibilidad misma de la transmisión. En el verso del Canto LXXVI en el que Pound se evoca a sí mismo frente al naufragio de Europa (From the wreckage of Europe, ego scriptor), scriptor obviamente debe entenderse como «escriba», no como escritor. Frente a la destrucción de la tradición, él transforma la destrucción en un método poético y, en una especie de acrobática destructio destructionis, imita todavía, como scriptor, un acto feliz de transmisión. En qué medida logra esto, quiero decir, en qué medida el texto ilegible —en el que un ideograma chino está junto a una palabra griega y un vocablo provenzal responde a un hemistiquio latino— puede ser verdaderamente leído, es una pregunta a la que no es posible responder de forma superficial. La verdad y la grandeza de Pound coinciden —es decir, se establecen y caen— con la respuesta a estas preguntas.

 De ahí la importancia de sus escritos en prosa, en los que Pound expone sus ideas sobre la poesía, sobre la economía y la política. Esos escritos son hasta tal punto una parte integrante de su producción poética que se ha podido afirmar con razón que «los Cantos son obviamente la exposición de una teoría económica que busca en la historia una ejemplificación». (Alfredo Rizzardi, en Ezra Pound, Canti pisani, Parma, Guanda, 1957, p. xxix). Como un poeta arcaico, Pound se siente responsable del entero paideuma (como a él le gusta decir, usando un término de Frobenius) de Occidente en todos sus aspectos. «Usura», «dinerolatría» y, al final, «avaricia» son los nombres que da al sistema mental —simétricamente opuesto al «estado mental eterno» que, según el primer axioma de Religio, define la divinidad— que ha determinado el colapso y que domina todavía hoy —mucho más que en su tiempo— a los gobiernos de las democracias occidentales, dedicados concordemente, aunque con mayor o menor ferocidad, al «asesinato por medio del capital» (murder by capitalSelected prose, cit., p. 227). No es aquí el lugar para valorar en qué medida, a pesar de sus ilusiones sobre los «pueblos latinos» y sobre el fascismo, las teorías económicas de Pound son aún actuales. El problema no es si la genial moneda de Silvio Gesell, que tanto lo fascinaba y sobre la cual, para impedir su atesoramiento, se debe aplicar cada mes un gravamen del por ciento de su valor, sea más o menos realizable: decisivo es más bien que, en las intenciones del poeta, aquélla denuncie la «posibilidad de estrangular al pueblo a través de la moneda», posibilidad que él veía, no sin razón, en la base del sistema bancario moderno. Que el poeta que ha percibido con la mayor agudeza la crisis de la cultura moderna haya dedicado un número impresionante de opúsculos a los problemas de la economía es, en este sentido, perfectamente coherente. «Los artistas son las antenas de la raza. Los efectos del mal social se manifiestan sobre todo en las artes. La mayor parte de los males sociales son, en su raíz, económicos». (Ibidem, p. 229).

 

 Escrito para la edición Dal Naufragio di Europa de Ezra Pound, publicada por Neri Pozza en 2016, es el prólogo a Cantos de Ezra Pound (trad. Ernesto Kavi) en la traducción de Jan de Jager, edición Sexto Piso, México, Madrid, 2018.


domingo, 18 de enero de 2026

Estudio de Estética

 

   Ezra Pound


   Unos cuantos chiquillos desastrados,
con raro entendimiento repentino,
dejaron de jugar, cuando pasabas,
y desde el barquichuelo, a voz en grito:
     "Guarda! Ahí, guarda! ch´e be´a!"
Tres años después de esto, pude oir
a un Dante mozo cuyo apellido nunca supe,
porque hay en Sirmio veintiocho Dantes
       mozos y treinta y cuatro Catulos;
                         y había brava pesca de sardinas, 
                         y las mayores
las metían en grandes cajones de madera
para llevarlas a vender a Brescia,
y él saltaba, cogía los pescados
relucientes, y en vano le mandaban
los otros reprendiéndole: "Sta fermo!"
Como no le dejaban arreglar
el pescado en las cajas 
daba golpes encima de las que estaban llenas
murmurando entre sí, de puro gozo, 
con una frase idéntica:
         "Che be´a."
Y eso me avergonzaba dulcemente.


 Traducción E.D.C [Enrique Díaz Canedo]


 Diario de la Marina, 10 de julio de 1927. 



sábado, 17 de enero de 2026

Cómo leer a Ezra Pound

 

  José Kozer


  Los Cantos de Ezra Pound (Hailey, Idaho, 1885 – Venecia, 1972) resultan “una poesía que nos entraña en la dificultad a veces ígnea, a veces tediosa del mundo que heredamos y al que damos en gran medida la espalda por desidia”.

 1. Leerlo en inglés. El inglés de los poemas de Ezra Pound es fácil de leer, en comparación con el inglés de sus ensayos. Lo difícil de leer en sus poemas es el griego, latín, chino, japonés, italiano del Renacimiento, imitaciones del habla popular inglesa o de la pronunciación del inglés en boca, por ejemplo, de un hablante alemán. Menos difícil de leer es su francés, italiano y alemán modernos, o su deficiente español, tan defectuoso como el de Hemingway.

 2. En caso de no saber mucho inglés leerlo en el original apoyándose en un diccionario como el Larousse bilingüe y en alguna traducción o versión de los Cantos (ejemplo: la de Javier Coy en Cátedra, Letras Universales, edición bilingüe). Vale incluso la pena leer de antemano (ejercicio espiritual preparatorio) alguna biografía. Conozco dos excelentes: The Life of Ezra Pound de Noel Stock y A Serious Character: The Life of Ezra Pound de Humphrey Carpenter (más completa y al día que la de Stock). Una lectura ardua pero enriquecedora, insuperable, es la del extraordinario libro de Hugh Kenner The Pound Era. Leerlo es enfrentarse de plano con Pound, la modernidad y la mayoría de lectores perezosos que soslayan la ardua tarea de leer a un poeta como Pound. Vale la pena leer a Kenner como postre, después de los Cantos.

 3. En total hay 116 cantos (cuatro, finales, incompletos) más el 117 que es fragmentario (apuntes de carácter testamentario y doloroso por referirse a la sensación de que su vida termina, de que deja a la amada Olga Rudge y de que su antisemitismo fue un error, cosa que no dice aquí directamente pero a la que alude). Incluso se habla de 120 cantos. Quedémonos a todos los efectos con los 116 que aparecen en la asequible edición de New Directions, The Cantos of Ezra Pound (mi edición de 1998 es la catorce).

 4. ¿Cómo leerlos? Para mejor responder esta pregunta me centraré en la lectura de uno de los cantos más importantes de Pound, el número XIII, cuya extensión es típica, y su dificultad media. Recomiendo leerlo, antes de leer el libro, a modo de introito, como una invocación a los dioses pidiéndoles ayuda a la hora de nuestra dificultad. Más tarde, al llegar al Canto XIII leerlo de nuevo para corroborar que una segunda lectura añade profundidad a la primera. Léase el canto en voz alta, dejándose llevar por la sabiduría de su ritmo, su maravillosa intertextualidad: compruébese su asequibilidad, compruébese que dicha asequibilidad no carece de oscuridad, que como todo texto fuerte participa más de la penumbra que de la luz.

 5. Canto XIII. Cuando no entendemos algo decimos que “eso para mí es chino.” En inglés se dice “That’s Greek to me.” La expresión inglesa viene de la Edad Media, de cuando los monjes traducían textos latinos al vernáculo. Al encontrar una palabra en griego ponían al margen del manuscrito “griego” o “esto es griego” significando así su desconocimiento y dejando la traducción en manos de un monje experto. Dejemos nosotros en manos de los eruditos poundianos las innumerables referencias y palabras extranjeras (en particular griegas y chinas) que desconozcamos. Leamos, saltándonos descaradamente lo que no entendemos: leer poesía no es entender sino acceder por la misteriosa vía del desconocimiento al conocimiento intuido de un texto. Durante la lectura de un poema de Pound, de la mano de cuanto no se entiende hay, por suerte, un caudal de cosas que se entienden, sea por la vía de la razón y de la lógica o por la de la intuición. En el Canto XIII, primer canto chino y confuciano de los Cantos, no hay ni chino ni griego que entorpezcan la lectura o que nos asusten y nos hagan desistir, aterrorizados.

 Este canto tiene dos páginas y cuarto. En escena Confucio y sus amigos o discípulos. Se hace referencia al rey Wu Wang y probablemente al Chuang Tzu en la imagen que remata el poema. El Maestro Kung aparece caminando junto a un templo, se introduce en un bosque de cedros y va a parar a la parte baja de un río. Todo ello expresado con claridad. Aparecen sus discípulos, hay una especie de debate, a las preguntas el Maestro Kung responde con claridad y sabiduría. Al final del diálogo Thseng-sie quiere saber quién ha respondido mejor. Y Kung dice: “Todos han contestado correctamente,/ Es decir, cada cual según su naturaleza”. Voilà! De eso se trata, sólo hay que respirar con tranquila emoción las palabras de Kung, los versos de Pound, para sentir a fondo el espíritu del poema. Espíritu ético, por cierto; tonalidad e intención didascálica, por cierto; pero más que nada, aura poética, pautada, pausada, inscrita verso a verso como enunciado diáfano, enriquecedor, que nos transporta al reino de una tradición, de una Edad de Oro basada en el orden (palabra que aparece diez veces). Un orden que implica el “aura mediocritas” clásico: “Cualquiera puede excederse,/ Nada más fácil que pasarse de la raya,/ Lo difícil es permanecer firmes en el medio”. Más adelante, conseguir A Guide to Ezra Pound’s Selected Poems de Christine Froula: su exégesis utiliza el ideograma “jen” que establece una simpatía entre el individuo y la comunidad (Pound lo traduce como “humanitas” en el Canto LXXXII). Esa simpatía para Pound, vía Confucio, es la esencia del orden; y éste la base práctica de la felicidad. Esa felicidad, dice el canto, es hija de la armonía y ésta tiene carácter cotidiano y no trascendente: Confucio “nada dijo de la vida después de la muerte.”

 Hay cantos más enmarañados que éste, lo reconozco. Reconozco que leer a Pound es adentrarse en una interminable retacería muchas veces inabordable. Pero reconozcamos también que perderse en esa jungla moderna, como Benjamin recomendaba perderse en una ciudad, es un modo de acceder a una poesía ápice de la modernidad: una poesía que nos entraña en la dificultad a veces ígnea, a veces tediosa (reconozco que muchos de los cantos de Pound son tediosos) del mundo que heredamos y al que damos en gran medida la espalda por desidia.


 Proyecto Patrimonio - Año 2013.


jueves, 15 de enero de 2026

A lume spento

 

Pablo de Cuba

                            [Napoleón entre los altos] 

                                                       

Más que Pound más que Lezama más que un negro

Napoleón siempre estuvo entre los altos –

A saber, lo mismo en el barrio San Trovasso

que con estrella en la frente o corona de espinas

siempre se rodeó de altos –

Ay, cariño, daría lo que Darío

por una princesa treceañera aquí en mis piernas

sea escalera Dogana o esquina Trocadero

en mis piernas por amor de su nombre –

Vi al Mesías suspenderse bajo la noche de Eneas

Como Napoleón entre los altos

bajo la noche del mundo lo vi elevar se –

Más que Pound más que Lezama

tan grande como la de un negro entre los arios –

Oh halo de nardo entre las hembras –

¿Tendría que cambiar me de bando?

¿Escribir un final feliz?

¿Acaso alzar la estola que cubre sus gemidos

para que en Sorge grazne el ganso? –

Donde San Vio se cruza con Il Canale grande nunca estuve

al menos en cuerpo presente nunca estuve –

Tampoco en París con aguacero, a pesar del testo –

«On, on, on», cruzan los gansos para llamar Salud –

¿Debería pasar me al otro lado

donde Letra es más que Cuerpo

donde Ella gobierna como única presencia? –

«On, on, on», siempre entre los altos –

Más que Pound más que Lezama más que un negro.


miércoles, 14 de enero de 2026

La canción del elefante



 Juan Carlos Flores

 

 Soy un elefante, con la trompa endulzada, maestro Pound no traiciona a país alguno, ladrillos de catedrales o ladrillos de burdeles, los países, su sitio es el poema, su tiempo es el tiempo del poema, su muerte sería la muerte del poema, soy un elefante, con la trompa endulzada, gracias doy a ustedes, franciscanos, por confituras caseras, mano y mano a través de barrotes, soy un elefante, con la trompa endulzada, maestro Pound no traiciona a país alguno, ladrillos de catedrales o ladrillos de burdeles, los países, su sitio es el poema, su tiempo es el tiempo del poema, su muerte sería la muerte del poema, soy un elefante, con la trompa salada.



martes, 13 de enero de 2026

Ezra Pound en Atenas



Jaime García Terrés 

 

Nos encontramos

en un atroz vestíbulo, cercados

por los fotógrafos y la demás gente curiosa,

con algunos recuerdos compartidos.

‘And you were glad and laughing

With a laughter not of this world.’

No,

no es el hospital de Saint Elizabeths,

no es Rapallo

                      ni tampoco Brunnenburg,

es un hotel de la ciudad soñada

        por casi todos los poetas,

un lago de silencio en el que las palabras

bogan intrusas contra la corriente.

Las manos del artífice descansan

y sus ojos prefieren vaciarse de miradas.

(Le pregunto si vive en paz,

y me responde:

Ah ¿de qué sirve

mi paz cuando los otros

quieren sólo pelea?)

 


Todo lo más por decir (Joaquín Mortiz, México, 1971).

 

domingo, 11 de enero de 2026

Confesión, 1931

 

Carl Rakosi

 

Y ahora los jóvenes seguidores

de Pound cierran filas,

yo entre ellos,

y desean hacerse oír.

Como el populista que soy

deseo proceder

con sobria dignidad:

“Mis convecinos y amigos, etcétera”,

pero tengo un baile de marineros

en mi cabeza,

haciendo sonar sus tacones

y buscando salir

pero con delicadeza,

como si una mariposa

hubiera salido volando

del idioma inglés.

 

 Versión de Jordi Doce


 Imagen: Robert Duncan, Charles Reznikoff, George Oppen, Carl Rakosi. Tomada de Poesía (56), mayo 29, 2016. 


viernes, 9 de enero de 2026

No le copien a Pound

 

Gonzalo Rojas



No le copien a Pound, no le copien al copión maravilloso

de Ezra, déjenlo que escriba su misa en persa, 

                     en cairo-arameo, en sánscrito,

con su chino a medio aprender, su griego translúcido

de diccionario, su latín de hojarasca, su libérrimo

Mediterráneo borroso, nonagenario el artificio

de hacer y rehacer hasta llegar a tientas al gran 

                               palimpsesto de lo Uno;

no lo juzguen por la dispersión: 

                había que juntar los átomos,

tejerlos así, de lo visible a lo invisible, 

                            en la urdimbre de lo fugaz

y las cuerdas inmóviles; déjenlo suelto

con su ceguera para ver, para ver otra vez, 

                         porque el verbo es ése: ver,

y ése el Espíritu, lo inacabado

y lo ardiente, lo que de veras amamos

y nos ama, si es que somos Hijo de Hombre

y de Mujer, lo innumerable al fondo de lo innombrable;

no, nuevos semidioses

del lenguaje sin Logos, de la histeria, aprendices

del portento original, no le roben la sombra

al sol, piensen en el cántico

que se abre cuando se cierra como la germinación, 

                                       háganse aire,

aire-hombre como el viejo Ez, que anduvo siempre 

             en el peligro, salten intrépidos

de las vocales a las estrellas, tenso el arco

de la contradicción en todas la velocidades 

                       de lo posible, aire y más aire

para hoy y para siempre, antes

y después de lo purpúreo

del estallido

simultáneo, instantáneo

de la rotación, porque este mundo parpadeante sangrará,

saltará de su eje mortal, y adiós ubérrimas

tradiciones de luz y mármol, y arrogancia; ríanse de Ezra

y sus arrugas, ríanse desde ahora hasta entonces, 

                 pero no lo saqueen; ríanse, livianas

generaciones que van y vienen como el polvo, pululación

de letrados, ríanse, ríanse de Pound

con su Torre de Babel a cuestas como un aviso de lo otro

que vino en su lengua;

cántico,

hombres de poca fe, piensen en el cántico.


Oscuro, 1977.


jueves, 8 de enero de 2026

Ezra Pound: cenizas y silicio

 

Luis Hernández


1

Tower of Pisa

Alabaster and ivory. Y eterno,

Para feria de fascistas

Quien la canta.

 

Y ebrio ya de belleza y en demencia

(Puede ser que sus ojos sean nuestros)

Rojo mar y el adriático crepúsculo

Y dos guerras herrumbradas en su frente:

 

Frente a la lívida amenaza de la historia:

Ezra Pound,

Ezra

Y su ejército perenne en pie

De muerte.

Torre de Pisa

Et cinis et cilicium.


2

Ezra:

Sé que si llegaras a mi barrio

Los muchachos dirían en la esquina:

Qué tal viejo, che' su madre,

Y yo habría de volver a ser el muerto

Que a tu sombra escribiera salmodiando

Unas frases ideales a mi oboe.

 

El milagro se oculta entre lo oscuro

Donde olvido y memoria son tan sólo

Los reflejos de lo áspero y amado,

La ilusión que ha surgido del enebro.

 

Duramente recuerdo tus poemas,

Viejo fioca,

 

Mi amigo inconfesable.



miércoles, 7 de enero de 2026

Visitas a St. Elizabeth (2)

 


Elizabeth Bishop 



Esta es la casa de Bedlam.

 

Este es el hombre

que está en la casa de Bedlam.

 

Esta es la hora

del hombre trágico

que está en la casa de Bedlam.

 

Este es el reloj pulsera

que da la hora

del hombre tan locuaz

que está en la casa de Bedlam.

 

Este es un marinero

que usa el reloj

que da la hora

del hombre tan enaltecido

que está en la casa de Bedlam.

 

Esta es la rada, toda de tablas

adonde llega el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del admirable viejo

que está en la casa de Bedlam.

 

Estos son los años y los muros de la sala,

los vientos y las nubes del mar de tablas

surcado por el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del maníaco

que está en la casa de Bedlam.

 

Este es un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por la sala

sobre el rechinante mar de tablas

del chiflado marinero

que da cuerda al reloj

que da la hora

de ese hombre atareado

que está en la casa de Bedlam.

 

Este es un muchacho que golpea contra el piso

por ver si el mundo sigue allí y es plano,

para el judío viudo con su gorro de papel

que baila llorando por la sala

un vals a lo largo de una tabla ondulante

junto al callado marinero

que escucha en su reloj

el tic tac de la hora

del hombre exasperante

que está en la casa de Bedlam.

 

Estos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpea contra el piso

para sentir que el mundo sigue allí y es plano.

Este es un judío con un gorro de papel periódico

que baila alegremente por la sala

hacia los entablados mares que se van

más allá del marinero de ojos fijos

que sacude el reloj

que da la hora,

del poeta, del hombre

que está en la casa de Bedlam.

 

Este es el soldado que vuelve a casa de la guerra.

Estos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpea contra el piso

para saber si el mundo es redondo o plano.

Este es un judío con un gorro de papel periódico

que baila con cuidado por la sala

avanzando sobre el tablón de un ataúd

con el chiflado marinero

que muestra su reloj

que da la hora

del desdichado

que está en la casa de Bedlam.


 

Traducción: Ulalume González de León


Material de Lectura. Serie poesía moderna 64, UMAM, 2009. 

 


martes, 6 de enero de 2026

Visitas a St. Elizabeth (1)



Elizabeth Bishop 


 

Ésta es la casa de los locos.

 

Éste es el hombre

que está en la casa de los locos.

 

Éste es el tiempo

del hombre trágico

que está en la casa de los locos.

 

Éste es el reloj-pulsera

que da la hora

del hombre locuaz

que está en la casa de los locos.

 

Éste es el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del hombre tan celebrado

que está en la casa de los locos.

 

Éste es la rada hecha de tablas

adonde llega el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del viejo valeroso

que está en la casa de los locos.

 

Éstos son los años y los muros del dormitorio,

el viento y las nubes del mar de tablas

navegado por el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del maniaco

que está en la casa de los locos.

 

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por el dormitorio

sobre el mar de tablas rechinantes

más allá del marinero

que da cuerda al reloj

que da la hora

del hombre cruel

que está en la casa de los locos.

 

Éste es un universo de libros desinflados.

Éste un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por el dormitorio

sobre el rechinante mar de tablas

del marinero ido

que da cuerda al reloj

que da la hora

del hombre atareado

que está en la casa de los locos.

 

Éste es un muchacho que golpetea el piso

por ver si el mundo está allí y si es plano

para el viudo judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por el dormitorio

valsando sobre una tabla ondulada

cerca del marinero mudo

que oye el reloj

que puntúa las horas

del hombre fastidioso

que está en la casa de los locos.

 

Éstos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso

para saber si el mundo está allí y si es plano.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila alegremente por el dormitorio

en los mares de tablas que se van

más allá del marinero de los ojos en blanco

que sacude el reloj

que da la hora

del poeta, el hombre

que está en la casa de los locos.

 

Éste es el soldado que vuelve de la guerra.

Éstos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso

para saber si el mundo es plano o redondo.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico

que baila con cuidado por el dormitorio

caminando sobre la tabla de un ataúd

con el marinero chiflado

que muestra el reloj

que da la hora

del desdichado

que está en la casa de los locos.


 

Traducción: Octavio Paz

 


Versiones y diversiones, México, 1973.

 

lunes, 5 de enero de 2026

POUND



 

Rolando Sánchez Mejías 


  

Cuando tomaba sopa

Le brillaban más intensamente los ojos

 

Hizo o rehizo

Poemas chinos y leyó a los griegos

Y a Guido (Cavalcanti) y

a su amado Propercio.

 

Quería versos fuertes,

Vigorosos.

 

Casi

Cosas.

 

Sin olvidar:

Música,

destreza

    y dicción.

 

 

T. S. Eliot dijo de él:

“Il miglior

fabro”.

 

Robert Graves:

“Un pedante

desvergonzado”.

 

Ginsberg (que lo visitó

Y  pidió su bendición):

“Nos enseñó

el camino”.

 

Con los años su barba gris

Se parecía y no se parecía a las demás.

 

Desbarró contra la usura

Y contra una porción de la raza

 

La guerra terminó

Y lo encerraron en una jaula

(1.80 x 2m) iluminada

Por un reflector.

 

"No apto para ser juzgado:

          mentalmente

    insano.”

 

En el manicomio de San Elizabeth

Tiempo de sobra (12 años) para escribir

Y practicar

     el silencio.

 

("La belleza

      no es locura")

 

Inventario:

1 caja de galletas

7 pañuelos

4 toallas

11 camisetas

2 pares de pantuflas

6 pares de medias

1 par de zapatos

2 camisas

1 par de calzoncillos

Y otras menudencias

Más.

 

Murió a los 87 años.

 

Canto CXX:

Quise escribir el Paraíso

No os mováis

            Dejad hablar al viento

 

                                 Ése es el Paraíso

 


domingo, 4 de enero de 2026

La isla en el lago



Ezra Pound

 

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los granujas,

en la ocasión propicia concededme, os lo ruego,

una tabaquería no muy grande.

Con envases brillantes y menudos

             apilados en orden sobre los anaqueles

y las pendientes piezas olorosas de tabaco prensado

y en tiras,

y el lustroso Virginia

              puesto debajo del cristal pulido,

y un par de balanzas sin excesiva mugre,

y las puntillas que de paso llegan a cambiar dos palabras,

una frase de prisa, y a componerse un poco el pelo.

 

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrón de los granujas,

prestadme una tabaquería no muy grande,

o establecedme en una profesión cualquiera

salvo esta diabólica profesión de las letras,

en la que se precisa la inteligencia todo el tiempo.

 

Traducción de Jaime García Terrés


sábado, 3 de enero de 2026

El Tío Ez

 

  Eugenio Montale

 

 Después de la marejada de literatura rusa que se abatió sobre Europa a partir de 1880, no había habido en nuestro continente nada más intenso que el mensaje de "barbarie" (en sentido viquiano) que nos llegó de los Estados Unidos. De él nació un lugar común casi indestructible: el que hace del escritor estadunidense el prototipo del self-made man cultural; el del artista primitivo que crea libremente, como la planta crea sus vástagos, en contacto directo con la Naturaleza, o, si así se quiere, con Dios, sin ninguna mediación de escuelas o tradiciones. El equívoco todavía durará mucho tiempo. No es menester una profunda iniciación en la todavía joven literatura estadunidense para darse cuenta que ésta, desde sus orígenes, saldó su cuenta con la tradición europea. La saldó y sigue saldándola ahora con gran rapidez, saltando de los clásicos griegos y latinos al impresionismo francés (literario y pictórico), tras una breve incursión en los territorios del stil nuovo italiano, de la poesía isabelina y de los poetas metafísicos, o barrocos ingleses. Y su esfuerzo no ha sido vano, pues ha provocado un contraefecto y hoy no existe en Europa un poeta de cierta importancia que pueda decir que nada le debe a la poesía estadunidense, o a la poesía inglesa "americanizante".

 Alrededor de 1910 y en los años sucesivos a la primera Guerra Mundial, la corriente de los llamados exiles, de los jóvenes estadunidenses que se someten al electroshock de París toma tal fuerza, que estos exiliados no caen en el aislamiento, como les sucedió a Browning y a Henry James en Italia, sino forman, incluso culturalmente, una colonia. Una colonia a la cual perteneció por un tiempo Ernest Hemingway (el más stendhaliano y europeo de los escritores estadunidenses), pero que siempre tuvo su mayor pontífice en Ezra Pound, el poeta del cual tenemos ya su último libro en versión italiana, los Cantos pisanos

 Pound, nacido en Hailey, Idaho, en 1885, entre tantas curiosidades que hay en su biografía, presenta esta singularidad: aun siendo deudor de un cierto periodo de la cultura francesa -el que va de Flaubert a Rémy de Gourmont- y con una deuda mucho mayor que la que tiene con Italia, se vino a vivir a Rapallo, donde pasó casi treinta años de su vida. Quien lo conoció (yo tuve la fortuna de encontrarme con él en varias ocasiones), a menudo se ha preguntado, inútilmente, qué buscaba en Italia ese gran experimentador de esquemas y modelos estilísticos. Para nadie era un secreto su idea de que nuestra gran tradición había terminado con el Trecento. No era posible atribuirle un gusto de neo-primitivista o purista. Tal vez su posición, en un primer momento, no era muy diferente a la de un Browning, un poeta del cual reivindicó su importancia en varias ocasiones. Acaso veía en Italia sólo un archivo, no de noticias eruditas, sino de estimulantes culturales. Si en un arranque de exageración quisiéramos hacer de él una especie de Carducci estadunidense, autodidacta y enloquecido, pensaríamos que un bocadito de historia era necesario para el poeta que ya proyectaba hacer, con sus Cantos a América y al mundo, el más vasto poema dantesco-joyciano nunca antes concebido en nuestro tiempo.

 Italia era probablemente el pied-à-terre más aconsejable para quien quisiese abocarse a semejante experimento; no la Italia de hoy, ni la Italia de siempre: la tierra donde la naturaleza y la cultura son una misma cosa, y donde hasta el paisaje parece creado por siglos de civilización. En efecto, si Pound se hubiese contentado con ver la historia desde la ventana (nuestra historia), su labor poética se habría desarrollado tranquilamente. Él no era un desconocido cuando un poema extenso ("Mauberley"), le asignaban ya un lugar fijo su residencia en Italia. Algunos poemas de Personae y de primer orden en la nueva poesía estadunidense. Jefe del imaginismo y luego del vorticismo, influyó mucho incluso en poetas que influyeron en él: Yeats y Eliot. Su posición, común a él y a otros imaginistas, era la que grosso modo podría definirse como un futurismo ingenuo, revolcado.

  Nuestros futuristas eran ignorantes pero estaban saturados de cultura implícita; en cambio, Pound y sus compañeros eran cultos, pero de una cultura abrégé de curso intensivo, de escuela nocturna. No por nada Pound, a los dieciséis lo que a él le gustaba. Y así fue que los imaginistas estadunidenses importaron la "poesía moderna", permaneciendo ajenos a la poesía de origen virgiliano y petrarquesco que, mediante Leopardi y Baudelaire, es todavía el secreto de la lírica europea. Tal vez malinterpretaron esta tradición, que para ellos tenía el nombre del detestado Swinburne. E importaron el verso libre de marca francesa los mismos que se ufanaban de un Whitman, y lograron raras exquisiteces técnicas asimilando lo que pudieron de la música y de la pintura de hoy, manteniéndose generalmente en el clima experimental, de antología. Por tanto, no fue injusto W. B. Yeats cuando escribió que Pound parecía improvisar traducciones de originales griegos desconocidos. Y no sólo griegos, porque los originales fueron también latinos y provenzales, chinos y stilnovisti, anglosajones y franceses modernos: con un resultado que hizo de Pound el poeta más complejo y original que recuerde la historia moderna; un poeta que no por casualidad es coetáneo de Picasso y de Stravinsky.

 Al llegar a Italia, Pound inició esos Cantos que serán un ciento y que hasta hoy son ochenta y seis. Inició ese modernísimo género literario que es una épica deliberadamente productora de lírica; es decir, la búsqueda de un andamiaje adecuado para revestirlo de yute y cubrirlo después con una abundante serie de morceaux choisis. En fin, una épica-pre-texto que renuncia desde un principio al tema primero de la épica, a la narración (y a la creencia en los hechos narrados). Aún estamos cerca de Browning, pero con aportaciones técnicas de Whitman y en pleno clima de destrucción y recomposición cubistas. A esto hay que agregar otra complicación más grave: que Pound, en lugar de contemplar el mundo, se enamoró de las teorías económicas de Douglas y de Gesell, y que la sociología y la economía se volvieron para él un dada cada vez más obsesivo. Es inútil decir que a Pound nada le importaba el mito de Roma ni las Tablas de la Ley creadas por el fascismo; pero le interesó y convenció lo que parecía el experimento de un nuevo Estado, de una civilización nueva, en la que el pecado capital del mundo -la usura- ya no fuera posible.

 Filósofo, economista, esteta, desesperadamente individualista y egocéntrico, socialista aristocrático sin Marx y sin derechos del hombre, antidemocrático, anticapitalista y hasta antinorteamericano, y, !ay de mí!, antisemita y filonazista, Pound derramó en sus Cantos, en pedazos, en fragmentos, en sollozos, todos estos sentimientos y resentimientos; sobre todo en los once Cantos pisanos escritos en prisión, cuando, al terminar la guerra, fue detenido a causa de la propaganda antialiada que transmitía, en su calidad de Tío Ez (Uncle Ez), a través de la radio italiana. Juzgado como loco por quien quería salvarlo de la silla eléctrica; internado en un hospital psiquiátrico; homenajeado en 1949 con el premio Bollingen por sus Cantos pisanos, Pound se ha vuelto desde entonces un personaje mítico, un hueso duro de roer para la crítica. Y nos agrada que su traductor y presentador italiano, Rizzardi, haya realizado su casi imposible tarea con una moderación de juicio que es prueba de auténtica seriedad intelectual.

  Y ahora debemos presentar a los lectores los Cantos pisanos. ¿Pero quién nos dará el hilo, no el ya largo hilo enredado sino el hilo de Ariadna que nos permita adentrarnos en esa selva tan oscura? En un caso como éste y después de una sola lectura del poema, quizá no resta otra cosa que referir algunas impresiones provisionales y concluir con un "ya estás aquí que le permita a quien lea el poema toda libertad de juicio.

 Los Cantos pisanos son una sinfonía no de palabras sino de frases en libertad. Sin embargo no estamos en el caos, porque esas frases están ligadas por un "montaje" que supera sobradamente, por la aparente incoherencia, al de algunas partes del Ulysses y del eliotiano Waste Land. Pero se trata de un montaje totalmente desmembrado, sin nexo conductor. Imaginemos que sea posible radiografiar el pensamiento de un condenado a muerte diez minutos antes de la ejecución, y supongamos que el condenado sea un hombre de la grandeza de Pound, y tendremos los Cantos pisanos: un poema que es una fulminante recapitulación de la historia del mundo (de un mundo), sin ningún vínculo o relación de tiempo y espacio.  

 Desde luego, nos hallamos al margen de lo que en el lenguaje ordinario entendemos por "arte". Millares de personajes, un denso taraceado de citas en numerosos idiomas, ideogramas chinos, fragmentos de partituras, alusiones a todo lo que durante cincuenta años ha nutrido el pensamiento moderno en la filosofía, en la medicina, en la economía o en el arte, no sin vertiginosos saltos al mundo del mito y de la prehistoria. Allí falta Freud, y nos congratulamos por eso pero en cuanto a todo lo demás, el catálogo está completo. Poesía-pintura en gajos, en los límites de lo no figurativo; mosaico destrozado y recompuesto sin ninguna coincidencia entre las teselas. Puede haber una orientación, dice el traductor Rizzardi, recurriendo a algunos temas, sobre todo el de la usura; pero serviría igualmente a quien leyera el poema al revés. Pero el interés aumenta por el hecho de que aquí y allá, en estos cantos de prisionero, entrevemos un nuevo Pound, perseguido por el dolor, una voz que llora, que gime, que sufre; y entonces sentimos que el juego se vuelve algo serio y la actuación del clown se convierte en tragedia. Frases tales como "As a lone ant from a broken ant-bill/From the wreckage of Europe, ego scriptor" ("hormiga salvada de un nido pisoteado, del naufragio de Europa, ego scriptor), imprevistos relámpagos ("Aracne me da suerte", "tú, perro apaleado bajo la granizada", "la mariposa salió por el hoyo del humo"); visiones repentinas de paisajes provenzales o de Venecia, como la luz al final de un túnel; un diluvio de hai-kais que confirman la hipótesis de un Pound arqueólogo soslayable, pero que no destruyen la impresión final de que hasta en las inflexiones más dignas de Jacopone ("Pull down thy vanity!"), Pound se haya visto demasiado en el espejo.

  Que un poeta siga siendo niño es una condición imprescindible de su poesía; pero tal vez Pound se haya quedado más acá del justo límite, y quien habló con él en sus mejores años siempre tuvo la penosa imagen de un hombre que nunca maduró, con una fuerza jamás dirigida hacia un solo rumbo y, en resumidas cuentas, gastada totalmente en cosas superficiales.

 Como quiera que sea, una poesía tal, que presupone el próximo fin del mundo, no podrá convertirse en moneda corriente si el mundo, sin bimetalismos y reformas monetarias, sigue existiendo y viviendo como ahora vive. Pero esto no significa que los Cantos pisanos no valgan la pena de una cuidadosa elucidación y que Rizzardi haya realizado, con amor y conocimiento, una obra más que meritoria. El prisionero de Pisa y de Washington, gran músico de la poesía y, quizá, por instantes, gran poeta, merecía el homenaje de un joven que no pertenece a la "capilla" de sus admiradores políticos.

 

  Traducción Guillermo Fernández.

 

 Corriere della Sera, 19 de noviembre de 1953. Sobre poesía, México DF, Universidad Autónoma Metropolitana, 1993, pp. 27-32.