sábado, 3 de enero de 2026

El Tío Ez

 

  Eugenio Montale

 

 Después de la marejada de literatura rusa que se abatió sobre Europa a partir de 1880, no había habido en nuestro continente nada más intenso que el mensaje de "barbarie" (en sentido viquiano) que nos llegó de los Estados Unidos. De él nació un lugar común casi indestructible: el que hace del escritor estadunidense el prototipo del self-made man cultural; el del artista primitivo que crea libremente, como la planta crea sus vástagos, en contacto directo con la Naturaleza, o, si así se quiere, con Dios, sin ninguna mediación de escuelas o tradiciones. El equívoco todavía durará mucho tiempo. No es menester una profunda iniciación en la todavía joven literatura estadunidense para darse cuenta que ésta, desde sus orígenes, saldó su cuenta con la tradición europea. La saldó y sigue saldándola ahora con gran rapidez, saltando de los clásicos griegos y latinos al impresionismo francés (literario y pictórico), tras una breve incursión en los territorios del stil nuovo italiano, de la poesía isabelina y de los poetas metafísicos, o barrocos ingleses. Y su esfuerzo no ha sido vano, pues ha provocado un contraefecto y hoy no existe en Europa un poeta de cierta importancia que pueda decir que nada le debe a la poesía estadunidense, o a la poesía inglesa "americanizante".

 Alrededor de 1910 y en los años sucesivos a la primera Guerra Mundial, la corriente de los llamados exiles, de los jóvenes estadunidenses que se someten al electroshock de París toma tal fuerza, que estos exiliados no caen en el aislamiento, como les sucedió a Browning y a Henry James en Italia, sino forman, incluso culturalmente, una colonia. Una colonia a la cual perteneció por un tiempo Ernest Hemingway (el más stendhaliano y europeo de los escritores estadunidenses), pero que siempre tuvo su mayor pontífice en Ezra Pound, el poeta del cual tenemos ya su último libro en versión italiana, los Cantos pisanos

 Pound, nacido en Hailey, Idaho, en 1885, entre tantas curiosidades que hay en su biografía, presenta esta singularidad: aun siendo deudor de un cierto periodo de la cultura francesa -el que va de Flaubert a Rémy de Gourmont- y con una deuda mucho mayor que la que tiene con Italia, se vino a vivir a Rapallo, donde pasó casi treinta años de su vida. Quien lo conoció (yo tuve la fortuna de encontrarme con él en varias ocasiones), a menudo se ha preguntado, inútilmente, qué buscaba en Italia ese gran experimentador de esquemas y modelos estilísticos. Para nadie era un secreto su idea de que nuestra gran tradición había terminado con el Trecento. No era posible atribuirle un gusto de neo-primitivista o purista. Tal vez su posición, en un primer momento, no era muy diferente a la de un Browning, un poeta del cual reivindicó su importancia en varias ocasiones. Acaso veía en Italia sólo un archivo, no de noticias eruditas, sino de estimulantes culturales. Si en un arranque de exageración quisiéramos hacer de él una especie de Carducci estadunidense, autodidacta y enloquecido, pensaríamos que un bocadito de historia era necesario para el poeta que ya proyectaba hacer, con sus Cantos a América y al mundo, el más vasto poema dantesco-joyciano nunca antes concebido en nuestro tiempo.

 Italia era probablemente el pied-à-terre más aconsejable para quien quisiese abocarse a semejante experimento; no la Italia de hoy, ni la Italia de siempre: la tierra donde la naturaleza y la cultura son una misma cosa, y donde hasta el paisaje parece creado por siglos de civilización. En efecto, si Pound se hubiese contentado con ver la historia desde la ventana (nuestra historia), su labor poética se habría desarrollado tranquilamente. Él no era un desconocido cuando un poema extenso ("Mauberley"), le asignaban ya un lugar fijo su residencia en Italia. Algunos poemas de Personae y de primer orden en la nueva poesía estadunidense. Jefe del imaginismo y luego del vorticismo, influyó mucho incluso en poetas que influyeron en él: Yeats y Eliot. Su posición, común a él y a otros imaginistas, era la que grosso modo podría definirse como un futurismo ingenuo, revolcado.

  Nuestros futuristas eran ignorantes pero estaban saturados de cultura implícita; en cambio, Pound y sus compañeros eran cultos, pero de una cultura abrégé de curso intensivo, de escuela nocturna. No por nada Pound, a los dieciséis lo que a él le gustaba. Y así fue que los imaginistas estadunidenses importaron la "poesía moderna", permaneciendo ajenos a la poesía de origen virgiliano y petrarquesco que, mediante Leopardi y Baudelaire, es todavía el secreto de la lírica europea. Tal vez malinterpretaron esta tradición, que para ellos tenía el nombre del detestado Swinburne. E importaron el verso libre de marca francesa los mismos que se ufanaban de un Whitman, y lograron raras exquisiteces técnicas asimilando lo que pudieron de la música y de la pintura de hoy, manteniéndose generalmente en el clima experimental, de antología. Por tanto, no fue injusto W. B. Yeats cuando escribió que Pound parecía improvisar traducciones de originales griegos desconocidos. Y no sólo griegos, porque los originales fueron también latinos y provenzales, chinos y stilnovisti, anglosajones y franceses modernos: con un resultado que hizo de Pound el poeta más complejo y original que recuerde la historia moderna; un poeta que no por casualidad es coetáneo de Picasso y de Stravinsky.

 Al llegar a Italia, Pound inició esos Cantos que serán un ciento y que hasta hoy son ochenta y seis. Inició ese modernísimo género literario que es una épica deliberadamente productora de lírica; es decir, la búsqueda de un andamiaje adecuado para revestirlo de yute y cubrirlo después con una abundante serie de morceaux choisis. En fin, una épica-pre-texto que renuncia desde un principio al tema primero de la épica, a la narración (y a la creencia en los hechos narrados). Aún estamos cerca de Browning, pero con aportaciones técnicas de Whitman y en pleno clima de destrucción y recomposición cubistas. A esto hay que agregar otra complicación más grave: que Pound, en lugar de contemplar el mundo, se enamoró de las teorías económicas de Douglas y de Gesell, y que la sociología y la economía se volvieron para él un dada cada vez más obsesivo. Es inútil decir que a Pound nada le importaba el mito de Roma ni las Tablas de la Ley creadas por el fascismo; pero le interesó y convenció lo que parecía el experimento de un nuevo Estado, de una civilización nueva, en la que el pecado capital del mundo -la usura- ya no fuera posible.

 Filósofo, economista, esteta, desesperadamente individualista y egocéntrico, socialista aristocrático sin Marx y sin derechos del hombre, antidemocrático, anticapitalista y hasta antinorteamericano, y, !ay de mí!, antisemita y filonazista, Pound derramó en sus Cantos, en pedazos, en fragmentos, en sollozos, todos estos sentimientos y resentimientos; sobre todo en los once Cantos pisanos escritos en prisión, cuando, al terminar la guerra, fue detenido a causa de la propaganda antialiada que transmitía, en su calidad de Tío Ez (Uncle Ez), a través de la radio italiana. Juzgado como loco por quien quería salvarlo de la silla eléctrica; internado en un hospital psiquiátrico; homenajeado en 1949 con el premio Bollingen por sus Cantos pisanos, Pound se ha vuelto desde entonces un personaje mítico, un hueso duro de roer para la crítica. Y nos agrada que su traductor y presentador italiano, Rizzardi, haya realizado su casi imposible tarea con una moderación de juicio que es prueba de auténtica seriedad intelectual.

  Y ahora debemos presentar a los lectores los Cantos pisanos. ¿Pero quién nos dará el hilo, no el ya largo hilo enredado sino el hilo de Ariadna que nos permita adentrarnos en esa selva tan oscura? En un caso como éste y después de una sola lectura del poema, quizá no resta otra cosa que referir algunas impresiones provisionales y concluir con un "ya estás aquí que le permita a quien lea el poema toda libertad de juicio.

 Los Cantos pisanos son una sinfonía no de palabras sino de frases en libertad. Sin embargo no estamos en el caos, porque esas frases están ligadas por un "montaje" que supera sobradamente, por la aparente incoherencia, al de algunas partes del Ulysses y del eliotiano Waste Land. Pero se trata de un montaje totalmente desmembrado, sin nexo conductor. Imaginemos que sea posible radiografiar el pensamiento de un condenado a muerte diez minutos antes de la ejecución, y supongamos que el condenado sea un hombre de la grandeza de Pound, y tendremos los Cantos pisanos: un poema que es una fulminante recapitulación de la historia del mundo (de un mundo), sin ningún vínculo o relación de tiempo y espacio.  

 Desde luego, nos hallamos al margen de lo que en el lenguaje ordinario entendemos por "arte". Millares de personajes, un denso taraceado de citas en numerosos idiomas, ideogramas chinos, fragmentos de partituras, alusiones a todo lo que durante cincuenta años ha nutrido el pensamiento moderno en la filosofía, en la medicina, en la economía o en el arte, no sin vertiginosos saltos al mundo del mito y de la prehistoria. Allí falta Freud, y nos congratulamos por eso pero en cuanto a todo lo demás, el catálogo está completo. Poesía-pintura en gajos, en los límites de lo no figurativo; mosaico destrozado y recompuesto sin ninguna coincidencia entre las teselas. Puede haber una orientación, dice el traductor Rizzardi, recurriendo a algunos temas, sobre todo el de la usura; pero serviría igualmente a quien leyera el poema al revés. Pero el interés aumenta por el hecho de que aquí y allá, en estos cantos de prisionero, entrevemos un nuevo Pound, perseguido por el dolor, una voz que llora, que gime, que sufre; y entonces sentimos que el juego se vuelve algo serio y la actuación del clown se convierte en tragedia. Frases tales como "As a lone ant from a broken ant-bill/From the wreckage of Europe, ego scriptor" ("hormiga salvada de un nido pisoteado, del naufragio de Europa, ego scriptor), imprevistos relámpagos ("Aracne me da suerte", "tú, perro apaleado bajo la granizada", "la mariposa salió por el hoyo del humo"); visiones repentinas de paisajes provenzales o de Venecia, como la luz al final de un túnel; un diluvio de hai-kais que confirman la hipótesis de un Pound arqueólogo soslayable, pero que no destruyen la impresión final de que hasta en las inflexiones más dignas de Jacopone ("Pull down thy vanity!"), Pound se haya visto demasiado en el espejo.

  Que un poeta siga siendo niño es una condición imprescindible de su poesía; pero tal vez Pound se haya quedado más acá del justo límite, y quien habló con él en sus mejores años siempre tuvo la penosa imagen de un hombre que nunca maduró, con una fuerza jamás dirigida hacia un solo rumbo y, en resumidas cuentas, gastada totalmente en cosas superficiales.

 Como quiera que sea, una poesía tal, que presupone el próximo fin del mundo, no podrá convertirse en moneda corriente si el mundo, sin bimetalismos y reformas monetarias, sigue existiendo y viviendo como ahora vive. Pero esto no significa que los Cantos pisanos no valgan la pena de una cuidadosa elucidación y que Rizzardi haya realizado, con amor y conocimiento, una obra más que meritoria. El prisionero de Pisa y de Washington, gran músico de la poesía y, quizá, por instantes, gran poeta, merecía el homenaje de un joven que no pertenece a la "capilla" de sus admiradores políticos.

 

  Traducción Guillermo Fernández.

 

 Corriere della Sera, 19 de noviembre de 1953. Sobre poesía, México DF, Universidad Autónoma Metropolitana, 1993, pp. 27-32.


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