Eugenio Montale
Después de la marejada de
literatura rusa que se abatió sobre Europa a partir de 1880, no había habido en
nuestro continente nada más intenso que el mensaje de "barbarie" (en
sentido viquiano) que nos llegó de los Estados Unidos. De él nació un lugar
común casi indestructible: el que hace del escritor estadunidense el prototipo
del self-made man cultural; el del artista primitivo que crea
libremente, como la planta crea sus vástagos, en contacto directo con la
Naturaleza, o, si así se quiere, con Dios, sin ninguna mediación de escuelas o
tradiciones. El equívoco todavía durará mucho tiempo. No es menester una
profunda iniciación en la todavía joven literatura estadunidense para darse
cuenta que ésta, desde sus orígenes, saldó su cuenta con la tradición europea.
La saldó y sigue saldándola ahora con gran rapidez, saltando de los clásicos griegos
y latinos al impresionismo francés (literario y pictórico), tras una breve
incursión en los territorios del stil nuovo italiano, de la
poesía isabelina y de los poetas metafísicos, o barrocos ingleses. Y su
esfuerzo no ha sido vano, pues ha provocado un contraefecto y hoy no existe en
Europa un poeta de cierta importancia que pueda decir que nada le debe a la
poesía estadunidense, o a la poesía inglesa "americanizante".
Alrededor de 1910 y en los
años sucesivos a la primera Guerra Mundial, la corriente de los llamados exiles,
de los jóvenes estadunidenses que se someten al electroshock de
París toma tal fuerza, que estos exiliados no caen en el aislamiento, como les
sucedió a Browning y a Henry James en Italia, sino forman, incluso
culturalmente, una colonia. Una colonia a la cual perteneció por un tiempo
Ernest Hemingway (el más stendhaliano y europeo de los escritores
estadunidenses), pero que siempre tuvo su mayor pontífice en Ezra Pound, el
poeta del cual tenemos ya su último libro en versión italiana, los Cantos
pisanos.
Pound, nacido en Hailey,
Idaho, en 1885, entre tantas curiosidades que hay en su biografía, presenta
esta singularidad: aun siendo deudor de un cierto periodo de la cultura
francesa -el que va de Flaubert a Rémy de Gourmont- y con una deuda mucho mayor
que la que tiene con Italia, se vino a vivir a Rapallo, donde pasó casi treinta
años de su vida. Quien lo conoció (yo tuve la fortuna de encontrarme con él en
varias ocasiones), a menudo se ha preguntado, inútilmente, qué buscaba en
Italia ese gran experimentador de esquemas y modelos estilísticos. Para nadie
era un secreto su idea de que nuestra gran tradición había terminado con
el Trecento. No era posible atribuirle un gusto de neo-primitivista
o purista. Tal vez su posición, en un primer momento, no era muy diferente a la
de un Browning, un poeta del cual reivindicó su importancia en varias
ocasiones. Acaso veía en Italia sólo un archivo, no de noticias eruditas, sino
de estimulantes culturales. Si en un arranque de exageración quisiéramos hacer
de él una especie de Carducci estadunidense, autodidacta y enloquecido,
pensaríamos que un bocadito de historia era necesario para el
poeta que ya proyectaba hacer, con sus Cantos a América y al mundo, el más
vasto poema dantesco-joyciano nunca antes concebido en nuestro tiempo.
Italia era probablemente
el pied-à-terre más aconsejable para quien quisiese abocarse a
semejante experimento; no la Italia de hoy, ni la Italia de siempre: la tierra
donde la naturaleza y la cultura son una misma cosa, y donde hasta el paisaje
parece creado por siglos de civilización. En efecto, si Pound se hubiese
contentado con ver la historia desde la ventana (nuestra historia), su labor
poética se habría desarrollado tranquilamente. Él no era un desconocido cuando
un poema extenso ("Mauberley"), le asignaban ya un lugar fijo su
residencia en Italia. Algunos poemas de Personae y de primer orden en la nueva
poesía estadunidense. Jefe del imaginismo y luego del vorticismo, influyó mucho
incluso en poetas que influyeron en él: Yeats y Eliot. Su posición, común a él
y a otros imaginistas, era la que grosso modo podría definirse como un
futurismo ingenuo, revolcado.
Nuestros futuristas
eran ignorantes pero estaban saturados de cultura implícita; en cambio, Pound y
sus compañeros eran cultos, pero de una cultura abrégé de
curso intensivo, de escuela nocturna. No por nada Pound, a los dieciséis lo que
a él le gustaba. Y así fue que los imaginistas estadunidenses importaron la
"poesía moderna", permaneciendo ajenos a la poesía de origen
virgiliano y petrarquesco que, mediante Leopardi y Baudelaire, es todavía el
secreto de la lírica europea. Tal vez malinterpretaron esta tradición, que para
ellos tenía el nombre del detestado Swinburne. E importaron el verso libre de
marca francesa los mismos que se ufanaban de un Whitman, y lograron raras
exquisiteces técnicas asimilando lo que pudieron de la música y de la pintura
de hoy, manteniéndose generalmente en el clima experimental, de antología. Por
tanto, no fue injusto W. B. Yeats cuando escribió que Pound parecía improvisar traducciones
de originales griegos desconocidos. Y no sólo griegos, porque los originales
fueron también latinos y provenzales, chinos y stilnovisti,
anglosajones y franceses modernos: con un resultado que hizo de Pound el poeta
más complejo y original que recuerde la historia moderna; un poeta que no por
casualidad es coetáneo de Picasso y de Stravinsky.
Al llegar a Italia, Pound
inició esos Cantos que serán un ciento y que hasta hoy son
ochenta y seis. Inició ese modernísimo género literario que es una épica
deliberadamente productora de lírica; es decir, la búsqueda de un andamiaje
adecuado para revestirlo de yute y cubrirlo después con una abundante serie
de morceaux choisis. En fin, una épica-pre-texto que renuncia desde
un principio al tema primero de la épica, a la narración (y a la creencia en
los hechos narrados). Aún estamos cerca de Browning, pero con aportaciones
técnicas de Whitman y en pleno clima de destrucción y recomposición cubistas. A
esto hay que agregar otra complicación más grave: que Pound, en lugar de
contemplar el mundo, se enamoró de las teorías económicas de Douglas y de
Gesell, y que la sociología y la economía se volvieron para él un dada cada
vez más obsesivo. Es inútil decir que a Pound nada le importaba el mito de Roma
ni las Tablas de la Ley creadas por el fascismo; pero le interesó y convenció
lo que parecía el experimento de un nuevo Estado, de una civilización nueva, en
la que el pecado capital del mundo -la usura- ya no fuera posible.
Filósofo, economista,
esteta, desesperadamente individualista y egocéntrico, socialista aristocrático
sin Marx y sin derechos del hombre, antidemocrático, anticapitalista y hasta
antinorteamericano, y, !ay de mí!, antisemita y filonazista, Pound derramó en
sus Cantos, en pedazos, en fragmentos, en sollozos, todos estos sentimientos y
resentimientos; sobre todo en los once Cantos pisanos escritos en prisión,
cuando, al terminar la guerra, fue detenido a causa de la propaganda antialiada
que transmitía, en su calidad de Tío Ez (Uncle Ez), a través de la radio
italiana. Juzgado como loco por quien quería salvarlo de la silla eléctrica;
internado en un hospital psiquiátrico; homenajeado en 1949 con el premio
Bollingen por sus Cantos pisanos, Pound se ha vuelto desde entonces un
personaje mítico, un hueso duro de roer para la crítica. Y nos agrada que su
traductor y presentador italiano, Rizzardi, haya realizado su casi imposible
tarea con una moderación de juicio que es prueba de auténtica seriedad
intelectual.
Y ahora debemos
presentar a los lectores los Cantos pisanos. ¿Pero quién nos dará
el hilo, no el ya largo hilo enredado sino el hilo de Ariadna que nos permita
adentrarnos en esa selva tan oscura? En un caso como éste y después de una sola
lectura del poema, quizá no resta otra cosa que referir algunas impresiones
provisionales y concluir con un "ya estás aquí que le permita a quien lea
el poema toda libertad de juicio.
Los Cantos pisanos son
una sinfonía no de palabras sino de frases en libertad. Sin embargo no estamos
en el caos, porque esas frases están ligadas por un "montaje" que
supera sobradamente, por la aparente incoherencia, al de algunas partes
del Ulysses y del eliotiano Waste Land. Pero se
trata de un montaje totalmente desmembrado, sin nexo conductor. Imaginemos que
sea posible radiografiar el pensamiento de un condenado a muerte diez minutos
antes de la ejecución, y supongamos que el condenado sea un hombre de la
grandeza de Pound, y tendremos los Cantos pisanos: un poema que es
una fulminante recapitulación de la historia del mundo (de un mundo), sin
ningún vínculo o relación de tiempo y espacio.
Desde luego, nos hallamos
al margen de lo que en el lenguaje ordinario entendemos por "arte".
Millares de personajes, un denso taraceado de citas en numerosos idiomas,
ideogramas chinos, fragmentos de partituras, alusiones a todo lo que durante
cincuenta años ha nutrido el pensamiento moderno en la filosofía, en la
medicina, en la economía o en el arte, no sin vertiginosos saltos al mundo del
mito y de la prehistoria. Allí falta Freud, y nos congratulamos por eso pero en
cuanto a todo lo demás, el catálogo está completo. Poesía-pintura en gajos, en
los límites de lo no figurativo; mosaico destrozado y recompuesto sin ninguna
coincidencia entre las teselas. Puede haber una orientación, dice el traductor
Rizzardi, recurriendo a algunos temas, sobre todo el de la usura; pero serviría
igualmente a quien leyera el poema al revés. Pero el interés aumenta por el
hecho de que aquí y allá, en estos cantos de prisionero, entrevemos un nuevo
Pound, perseguido por el dolor, una voz que llora, que gime, que sufre; y entonces
sentimos que el juego se vuelve algo serio y la actuación del clown se
convierte en tragedia. Frases tales como "As a lone ant from a
broken ant-bill/From the wreckage of Europe, ego scriptor" ("hormiga
salvada de un nido pisoteado, del naufragio de Europa, ego scriptor),
imprevistos relámpagos ("Aracne me da suerte", "tú, perro
apaleado bajo la granizada", "la mariposa salió por el hoyo del
humo"); visiones repentinas de paisajes provenzales o de Venecia, como la
luz al final de un túnel; un diluvio de hai-kais que confirman la hipótesis de
un Pound arqueólogo soslayable, pero que no destruyen la impresión final de que
hasta en las inflexiones más dignas de Jacopone ("Pull down thy
vanity!"), Pound se haya visto demasiado en el espejo.
Que un poeta siga
siendo niño es una condición imprescindible de su poesía; pero tal vez Pound se
haya quedado más acá del justo límite, y quien habló con él en sus mejores años
siempre tuvo la penosa imagen de un hombre que nunca maduró, con una fuerza
jamás dirigida hacia un solo rumbo y, en resumidas cuentas, gastada totalmente
en cosas superficiales.
Como quiera que sea, una
poesía tal, que presupone el próximo fin del mundo, no podrá convertirse en
moneda corriente si el mundo, sin bimetalismos y reformas monetarias, sigue
existiendo y viviendo como ahora vive. Pero esto no significa que los Cantos
pisanos no valgan la pena de una cuidadosa elucidación y que Rizzardi
haya realizado, con amor y conocimiento, una obra más que meritoria. El
prisionero de Pisa y de Washington, gran músico de la poesía y, quizá, por
instantes, gran poeta, merecía el homenaje de un joven que no pertenece a la
"capilla" de sus admiradores políticos.
Traducción Guillermo
Fernández.
Corriere
della Sera, 19 de noviembre de 1953. Sobre poesía, México DF,
Universidad Autónoma Metropolitana, 1993, pp. 27-32.
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