domingo, 30 de junio de 2019

Rubén Darío en La Habana. Discusión cronológica



 Regino E. Boti

 En El Fígaro del domingo 31 de julio de 1892 salieron dos sonetinos firmados por Rubén Darío. Son los que empiezan: Poesía dulce y mística y Miré al sentarme a la mesa, respectivamente; y con alguna corrección, los que lucen en las p. 72 y 73 de Prosas profanas, (ed. de Bouret) con los títulos "Para una cubana" y "Para la misma." En ese propio número la revista le da la bienvenida al poeta y noticia que embarcó.
 El domingo siguiente, 7 de agosto, El Fígaro engalanó su plana de honor con el retrato de Darío; y dijo que el sábado pasado siguió viaje a España en el vapor Veracruz. Pero en esa noticia hay un error. El sábado pasado corresponde al 6 de agosto, y Darío salió el anterior, el 30 de julio.        
  En la Crónica del número de 7 de agosto se dice que el sábado (el 30 de julio) a las 11 a.m. en el salón alto del restaurant París se reunieron Rubén, de Chaix, el Dr. Arias, Casal, "César de Madrid," Hernández Miyares, "Kostia," Catalá, Alejandro Angelet, Pichardo y Raoul Cay. El Fígaro obsequiaba a Darío con un almuerzo.
 Entre las notas tomadas hasta ahora no tengo ninguna que me acredite con exactitud el día de la llegada de Darío a La Habana. Sabemos cuando se fue. Pero ¿qué tiempo estuvo en Cuba?
 Hay visible contradicción entre los que recogen las efemérides, comenzando por el mismo Darío que tenía en ocasiones la memoria a la diabla.
 En su artículo "El General Lachambre" (1) dice:
 “En noviembre de 1892, el autor de estas líneas llegaba a la Habana, de vuelta de un viaje oficial a España.
 En un banquete que siempre agradecerá a la redacción de la excelente revista ilustrada El Fígaro, conoció a Raoul Cay, a la sazón redactor de la crónica elegante de dicha publicación”.
 Y el banquete, como hemos visto, no fue en noviembre, sino en julio.
 En la noche siguiente -sigue diciendo Darío- Cay lo condujo a su casa. Allí conoció al General. Durante la visita recordó cómo Julián del Casal le había cantado a María Cay "en versos que pueden leerse en el volumen Nieves."
 También fue Darío a la celda de Casal en la redacción de El País. Entre las curiosidades de Casal Darío vio un retrato de María, de japonesa. Y compuso "un sonetín que anda por ahí, por los periódicos": (Y copia el que comienza "Miro al sentarme a la mesa"). De modo que al principio no fue más que un sonetino y que el artículo salió antes que la primera edición de Prosas profanas. Además, la noticia de la muerte del general Lachambre circuló en los inicios de nuestra última guerra de independencia.
 Y a lo importante. Dada la confusión cronológica que sienta Darío, lo indicado es referir los hechos de su artículo al mes de julio y no al de noviembre; y observar también que en un día fue el banquete y que en la noche entrante conoció a María Cay, a su padre y al general Lachambre. Estuvo, pues, según se desprende de lo relatado, horas de dos días y la noche intermedia en La Habana.
 Por su parte, Enrique Fontanills, nuestro actual emperador de la crónica social, publicó en el semanario La Ilustración, (La Habana, 29 de octubre de 1916) un articulejo titulado "Un recuerdo de Rubén Darío."
 En él sostiene que la primera vez que estuvo Darío en La Habana "hace ya de esto poco menos de un cuarto de siglo, iba en camino de Europa." Eso es cierto.
 Y añade:
 “Se detuvo sólo algunas horas en esta ciudad. El vapor que había de llevarlo a playas lejanas zarpaba de nuestro puerto el mismo día de su llegada y saltó a tierra; el bardo accediendo a la invitación que le fue hecha para un almuerzo.
 Almuerzo que le ofreció… el señor Enrique Hernández.” (2)
 La contradicción brota. Según Darío él estuvo en La Habana dos días, aunque incompletos. Según Fontanills estuvo "algunas horas." Y según El Fígaro de 1892 y Darío de 1895 -cuando escribió el artículo sobre el general Lachambre- El Fígaro le ofreció a Darío un almuerzo, que comenzó a las 11 a. m., en los altos del restaurant París. Y Fontanills asegura que Darío almorzó en casa de Hernández Miyares.
 Darío recuerda 18 años después algunos de los eventos de su primera visita a La Habana (3):
 “Hoy, pasajero en la tierra de tu Isla, vengo yo también en el grupo de tu familia intelectual, entre los que te demuestran al final de los otoños, que perseveran en el cuidado de tu nombre y que se acuerdan de ti.
 Viene a mi mente el día en que te vi por la primera vez. Fue en una casa de pensar y de escribir, en donde saludara la madurez amable y como llena de voz dulce, de Ricardo del Monte. Luego, fue en unión de compañeros de ilusiones y de ensueños, nuestro caro Kostia, Pichardo, Catalá, entre otros elementos de cordialidad e intelectualidad. O en la morada de aquel señor gentil que gustaba tanto de las artes, y que se llamaba D. Domingo Malpica y Labarca; o en el paseo bajo los penachos de las palmeras; o en un sórdido barrio en el teatro de los chinos: o en el cementerio en que hoy descansas desde que entraste definitivamente por "la puerta de la Paz"; o "en la popa dorada de viejo barco," en que viste cosas ilusorias que te harían realizar después versos de encanto y de melancolía”.  
 Y aun cuando en lo copiado no se recuenta todo cuanto hizo, vio o frecuentó Darío, basta para comprender que él estuvo en La Habana algo más que unas horas.
 Aunque es bien chocante que dos años después (4) Darío olvidara cuanto le ocurrió en La Habana. En la Vida ni menciona su llegada allí. Se le había borrado todo: la amistad epistolar con Casal, la dedicatoria de El clavicordio de la abuela, el conocimiento personal con nuestro poeta, María Cay, El Fígaro, el almuerzo, la despedida, la composición Páginas de vida, su correspondencia con Hernández Miyares, y lo demás que relata en lo copiado antecedentemente y en el artículo "El general Lachambre." Apenas salió de la boca del morro "los espirituosos vinos de España" le pasaron una esponja por la mente. Lo que recuerda de Cuba viene en la p. 113 de su Vida, (ed. Maucci) y es esto:
 “En Cuba se embarcó Texifonte Gallego, que había sido secretario de ya no recuerdo qué Capitán General. Texifonte, buen parlante, de grandes dotes para la vida, hizo carrera...”.
 Y etcétera. De ahí, cada vez más distante de Cuba. De ella no recordaba un nativo. Sólo a un español, amigo ocasional. Un tunante de péñola en ristre.
 Pues a pesar de todo, hay quienes hacen tabla rasa de la estada de Darío en La Habana en su viaje de ida a España y los sucesos referentes a aquella los atribuyen a la de regreso, lo que es un error garrafal. (5)
 Terminada la misión diplomática de la Delegación que Nicaragua envió a Madrid cuando las fiestas del cuarto centenario del descubrimiento de América, Darío estuvo de nuevo en La Habana en noviembre de 1892. Ahora si rápido. El Fígaro del día 11 da la noticia de "que pasó" con rumbo a su patria. Anuncia que dejó algunos originales.
 El año 1910 es memorable para La Habana porque recibió la visita de tres literatos de valía: acogió en su seno al pobre "Fray Candil", que se entretuvo en escribir en el puño de la camisa sus impresiones del viaje de Bayona a La Habana; coronó al protohumilde vate Salvador Rueda, con discurso de Alfredo Zayas y Alfonso; y a Darío, cuando debió haber llegado a México investido de cierta misión diplomática, también lo retuvo. Como después de su fracaso.
 La revista Letras, en su edición correspondiente al 4 de septiembre, saluda a Darío por medio de un suelto de su sección titulada En casa; en el cual suelto dice que el poeta va de paso para México con la representación de Nicaragua como Invitado Extraordinario a las fiestas del centenario de la independencia de aquella república, habiendo sido huésped de La Habana unas horas.
 En la p. 274 de su Vida está recogido el anverso de esa medalla. Es breve y dice:
 “A mi paso por la capital de Cuba, el Ministro de Relaciones Exteriores, señor Sanguily, me atendió y obsequió muy amablemente”.
 Hubo también otros agasajos. Los escritores le ofrecieron un banquete. El Fígaro del 4 de septiembre, bajo el epígrafe Rubén Darío, nos informa así:
 “Durante breves horas ha sido nuestro huésped de honor, y con amor honrado, el poeta Rubén Darío, glorioso y magnífico artista que es blasón de las letras castellanas.
 De paso para México, en cuyas fiestas centenarias ostentará la representación de su patria, Darío, solicitado por el cariño de sus admiradores y cofrades habaneros, consintió gentilmente en bajar a tierra, y después de las visitas oficiales al Secretario de Estado, nuestro Sanguily ilustre, y a las Legaciones de Santo Domingo y México recorrió la ciudad en compañía de los señores Carricarte y Sánchez de Fuentes.
 Por la noche, un grupo de escritores, poetas y diplomáticos, le ofreció un banquete en el restaurant "Inglaterra," brillante homenaje de la intelectualidad cubana al insigne poeta. Pronunciáronse brindis elocuentes y se recitaron versos admirables. Rubén Darío contestó a todos, conmovido”.
 Nadie ignora cómo acabó aquella misión diplomática. El poeta lo relata en su Vida. Y Alfonso Reyes en el volumen Los dos caminos, parte titulada Rubén Darío en México.
 Consecuencia de aquel desarreglo diplomático fue la última y más larga visita de Darío a Cuba.
  La misma revista Letras, en su suelto de la propia sección En casa, y en su edición del 25 del mencionado mes de septiembre, dijo que al cabo de una quincena de haberle despedido rumbo a México, volvía a Cuba el poeta, adolorido de verse desplazado de su embajada por la política o la ambición.
 Le tocó ahora a Darío troquelar el reverso de la medalla.
  Helo aquí, tomado de la Vida:
 “Me volví a la Habana acompañado de mi secretario, el señor Torres Perona, inteligente joven filipino, y del enviado que el Ministro de Instrucción Pública había nombrado para que me acompañase. Las manifestaciones de la ida no se repitieron a la vuelta. No tuve ni una sola tarjeta de mis amigos oficiales... Se concluyeron, en aquella ciudad carísima, los pocos fondos que me quedaban y los que llevaba el enviado del ministro Sierra. Y después de saber, prácticamente, por propia experiencia, lo que es un ciclón político, y lo que es un ciclón de huracanes y de lluvia en la isla de Cuba, pude, después de dos meses de ardua permanencia, pagar crecidos gastos y volverme a París, gracias al apoyo pecuniario del diputado mexicano Pliego, del ingeniero Enrique Fernández, y sobre todo, a mis cordiales amigos Fontoura Xavier, ministro del Brasil, y general Bernardo Reyes, que me envió por cable, de París, un giro suficiente”.
 De ahí que, acibarado, escribiera, y así: se repite sin que me conste, en La Nación de Buenos Aires contra los cubanos. De ser cierto no le encontraría nada de particular al desahogo. Ahora no resulta La Habana un medio muy propicio que digamos para recibir a un señor tan dispendioso como era Darío. Hace 18 años la cosa tenía que ser peor. A los fines del financiamiento del poeta La Habana debió ser, entre cubanos, un espantoso erial.
 En esos dos meses de zozobras colaboró principalmente en El Fígaro, donde dejó algún inédito; le rindió parias a Baca; y nos legó varios sucedidos.
 Los dos principales están recogidos por Alfonso Reyes. El del himno méxico-cubano con alguna variante. Según mis noticias, los amigos del poeta rompieron los originales para que el esperpento no pasara a la posteridad.
 El del automóvil lo conozco según esta versión, que daré sin más nombres:
 Una mañana, bastante temprano, se desmontó Darío de un automóvil a la puerta de la redacción de una revista literaria. El director de ésta, solícito, oficioso, creyéndose que se trataba de una simple carrera, le preguntó al chauffeur:
  -Cuánto?
  -Cincuenta pesos.
 Expectación general.
 Y el poeta con la mayor naturalidad del mundo entró a la redacción saludando a los allí presentes.
 Por último, se ha escrito con bastante insistencia que Rubén Darío llegó a La Habana cuando salió de Nueva York para Guatemala en la primavera de 1915. En un artículo (6) firmando]. L. M. y de título "Hablando con la viuda de Rubén Da río," leo:
 “Mejoró de su dolencia y embarcó para Guatemala y Buenos Aires. Desde el vapor, me escribió en el puerto de la Habana, una carta, diciéndome que me fuera con el niño, que él estaría poco tiempo en Guatemala y después marcharía para Buenos Aires, donde yo esperaba reunirme a él”.
 Casi con las mismas palabras lo dice Eduardo de Ory. (7)
 Ventura García Calderón afirma que "tras una corta peregrinación a Cuba, lo conducen por fin a su patria." (8)
 Incide en lo mismo Juan González Olmedilla (9) al escribir:
 "De nuevo a la lucha. La isla de Cuba, Guatemala, recorridas en triunfo."
 El hecho es falso. Darío no volvió a Cuba después de su desastre de 1910. No entró en sus planes volver a Cuba desde Nueva York. Consta más bien que pensó ir de Nueva York a Nicaragua y luego a la Argentina. (10) O a Río Janeiro y de allí a Buenos Aires. (11)
 Se le ha dado cuerpo a ese infundio sobre la declaración equivocada contenida en el artículo de J. L. M.; texto que incidentalmente rectifica El Fígaro (12) con los siguientes conceptos:
 “Y como nota graciosa hemos incluido también en esta página unos versos que el hijo del poeta nos envía desde Barcelona, en la creencia de que su señor padre había llegado a la Habana”.
 Resumen de lo escrito:
  Darío estuvo en La Habana cuatro veces.
 La primera cuando iba a Madrid en comisión diplomática, en julio de 1892.
 La segunda, de pasada, a su regreso en noviembre del propio año.
 La tercera, breves horas, a su paso para México, en 1910.
 Y la cuarta, a su regreso de México. Estancia agria, económicamente considerada, para el poeta. Darío, como vulgarmente se dice, se varó en la capital cubana. Ello no impidió que colaborara con asiduidad en El Fígaro, igual que lo hizo en 1892, dejando materiales inéditos ahora, como los dejó a su ida a España y al regreso de ella.


(1) En Ramilles de reflexiones, Madrid, 1917. 148.
(2) En La Ilustración Artística del 25 de mano de 1895 aparece el retrato del general Lachambre junto con una nota de redacción en que se dice que "han sido completamente desmentidas" las pesimistas noticias que acerca de él circulaban.
(3) “Visita a Casal”, art. literario, en El Fígaro de 30 de octubre de 1910.
 (4) La Vida de Rubén Darío fue escrita del 11 de septiembre al 5 de octubre de 1912, en Buenos Aires, para la revista Caras y Caretas.
 (5) V. Erwin K. Mapes, L' lnfiunce française dans l’oeuvre de Rubén Darío, París, 1925.
 (6) Reproducido por El Cubano Libre de 14 de abril de 1916.
 (7) Rubén Darío, Cádiz, s. a.
 (8) Semblanzas de América, Madrid, s. a.
  (9) El apolonida, en La ofrenda de España a Rubén Darío, Madrid, s. a.
 (10) Salustio González Rincones, El monumento a Rubén Darío, art.
 (11) El Fígaro, 7 de marzo de 1915, Rubén Darío y sus conferencias pacifistas.
 (12) De 7 de febrero de 1915.

 Revista de Estudios Hispánicos, 2, 1929, pp. 148-155. 

sábado, 29 de junio de 2019

Interesante cuestión literaria



  Regino Boti

 Los versos a la negra Dominga tienen su leyenda, mejor dicho, sus leyendas, porque conozco dos. Una me la impartió Eulogio Horta, alma selecta y desorientada, cuando en 1906 vino por  primera vez a Guantánamo, y, en rato de agradable conversación sobre Darío y Casal, me recitó los versos a la negra Dominga; y me dijo que estando el primero de ellos en la Habana, de tránsito para  el año 1892, y hallándose en torno a la mesa de  un café ambos poetas en compañía de otros amigos, acertó a pasar  por allí, hermosa y arrogante, la negra Dominga.
 Darío, admirado, preguntó quién era.
 —Es la negra Dominga —le repusieron.
 Y tras unos comentarios, convinieron los dos apolonidas en escribir, alternados los versos, una poesía a la negra Dominga.
 Tal es la leyenda de Horta.
 En 1917, chachareando de Julián del Casal con mi amigo el polígrafo Max Henríquez Ureña en mi garconniere de Guantánamo y refiriéndole yo la explicación que me había dado Eulogio Horta del origen de los versos a la negra Dominga, me dijo no ser exacta, sino la que él sabía, de labios de Enrique Hernández Miyares,  hermano, por el amor a las letras, de Julián del Casal.
 Y es: que un día llegó el autor de Nieve a la redacción de La Caricatura a rendir su labor; y al preguntarles a sus compañeros cuál era la noticia sensacional del día, le refirieron el caso de la negra Dominga, quien, por celos, siendo la querida de un soldado del ejército español, le había arrebatado la vida a puñaladas.
 Como le mostraran a Casal un retrato de Dominga y el hecho pasional lo impresionara, el poeta compuso los versos que hubieron de ser comento lírico a la información gráfica y periodística del crimen.  
 Helos aquí, según me los comunicó por escrito Henríquez Ureña.

  La negra Dominga

  ¿Conocéis a la negra Dominga?
  es retoño de cafre y mandinga,
  rayo de ébano henchido de sol;
  ama el rojo, y el ocre y el verde,
  y en su boca, que besa y que muerde,
  vibra el ansia del verso español.  

  Serpentina, traviesa, violenta,
  con salpiques de miel y pimienta,
  tiende al blanco su abrazo febril,
  y en su boca, do el beso está loco,
  hay pedazos de carne de coco,
  con reflejos de lácteo marfil.

                 Julián del Casal

 Tal es, en resumen, la leyenda de Hernández Miyares, relatada por Henríquez Ureña.
 No obstante, los hechos son contrarios a las dos leyendas. En las colecciones de “La Caricatura” existentes en la biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, no he encontrado, en derredor de aquella fecha, el suceso del cual fuera protagonista la negra Dominga; pero sí, y con gratísima sorpresa, en la tercera plana de la del 14 de agosto de 1892, unos versos así titulados: “Fragmento (Inédito)”, que no son otros, cabales y precisos, que los llamados “La negra Dominga”, de los que resulta signatario no Julián del Casal, sino Rubén Darío.
 Esos versos son los que ofrezco en la sección “Para Prosas profanas”.  
 Tal es el resultado de mi investigación individual y lo que dice el testimonio impreso de la época, difundido por la publicidad.
 Al recibir la copia de Henríquez Ureña —y comienza aquí una larga investigación- hice memoria y recordé haberlos visto antes en algún diario, quizás en El Cubano Libre.
 No sé que después de La Caricatura los hubiera publicado otro periódico atribuidos a Julián del Casal, más que el expresado; siendo Santiago de Cuba donde ha arraigado la leyenda que los asigna al bardo de Nieve e inspirados en el suceso sangriento. (1)
 Los versos no son doce, como se divulgaban hasta ahora, sino diez y ocho, en tres sextinas, según los publico yo. El léxico de los comunicados por Henríquez Ureña difiere del de los que yo encontré. Hay además un salto en aquéllos, en los cuales los dos primeros de la segunda sextina se hacen seguir de los cuatro últimos de la tercera; y se prescinde de los cuatro últimos de aquélla y de los dos primeros de ésta.
 Cotejado el “Fragmento” con otras composiciones —y no trato de agotar el tema— se advierte la fraternidad:

 en su trono de reina de Saba
               Pórtico
  El cofre de ensueños, de perlas y oro
  que conduce la reina de Saba.
          La página blanca
  Y el anillo de su diestra, hecho cual si fuera para Salomón. 
        Año nuevo
  que dio a Angélica Medoro
  y a Belkiss dio Salomón;
              Otro dezir
  de aquel Cantar de los cantares
  de Salomón.
             Poema del otoño
   El canil codicia su tasajo
   con roja encía y afilados dientes.
                 Otros poemas, IX
   rompe la Envidia el fatigado diente
                            Trebol
   y que me roía, loca,
   con sus dientes el corazón.
   Canción de otoño en primavera
   mientras eran abrazo y beso
                        Id.
   roce, mordisco o beso
        Otros poemas, XVII
   El beso de esa muchacha
   rubia, y el de esa morena
   y el de esa negra. Alegría!
               Aleluya!
   arderá mi sangre loca,
   y en el vaso de tu boca
   la sorberé el corazón.
              Otro dezir
   Ya veréis cómo el beso os provoca,
   cuando Cipris envíe a esa boca
   sus abejas sedientas de miel.
                    A una novia

  También encontramos miel en “Retratos” y “Propósito primaveral”; Venus en todo Darío—Darío está lleno de Venus; y la frase “estar loco" en infinidad de sus versos, como, por ejemplo, en el soneto “Melancolía”.
 En verdad que no es éste el lenguaje de Julián del Casal. Admirador decidido de Gustavo Moreau, su magnífica Reina de Saba, no la tomó el poeta para asunto de ninguno de sus “cuadros” de “El Museo Ideal”.
 No hay parentesco literario entre nuestro poeta y esos versos. Y si miramos al lado de las inclinaciones personales, menos.
 En cuanto a otro orden de consideraciones, tenemos que los versos a Dominga salieron en “La Caricatura”, de la que era entonces redactor Julián del Casal. Se infiere que de ser suyo el “Fragmento” lo publicara con su firma o anónimamente, pero no con nombre de otro. ¿Qué interés perseguía Casal ocultándose como su autor? Versos que luego coleccionó o repudió salieron con su nombre, con sus iniciales o con el seudónimo Alceste. ¿Por qué fijarles el nombre de Rubén Darío si éste no los escribió? Por el mismo hecho, hubiera evitado que no siendo los versos de Darío, sino de tercera persona, se publicaran con la firma del nicaragüense.
 Darío estuvo en la Habana hacia el 31 de julio de 1892. Parece que la referencia de Horta -que es la sostenida por mi hallazgo— debe entenderse como que pasara Dominga por el café y que Darío, informado de quién era ella y de su vida, hiciera los versos, sin la colaboración de Casal.
 El título “Fragmento” indica, asimismo, su genealogía: Darío era dado a proponerse empresas mentales que no acometía o las dejaba a medias. Lo que él dio en definitiva como “Poema del otoño” no pasa de lo hecho en la primera sesión, con cuatro versos más.
 Halagado de momento por el aplauso de sus compañeros, nadie quita que les ofreciera hacer de “Fragmento” un himno a la Venus negra, en tanto que le cantara a Dominga.
 La palabra “inédito” que lo subtitula la puso, sin duda, Casal, para hacer más apetitosa la lectura.
 Las expresiones “flor de ébano henchida de sol”, “ama el ocre, y el rojo y el verde”, “boca do el beso está loco”, "dientes de carne de coco”, de un palpitante colorismo, tienen la impresión del natural, no que las provocara una fotografía. En ellas vive la caricia de la luz sobre la piel de la hembra, la coloración polícroma de su traje y su manta o su pañuelo, y la sonrisa sensual y turbadora.
 Como que Darío siguió viaje, el original, de simples versos sin trascendencia, que compuestos como un pasatiempo podían dejarse sin ninguna pretensión editorial y quién sabe si con la recomendación de que no se dieran a la publicidad, quedó en manos del cubano. Y no sería aventurado suponer que fue entregado para su publicación en “La Caricatura” por las instancias de algún amigo del tenedor, y que yo quiero imaginarme Vivino Govantes y Govantes.
 De haber salido con firma errónea, Casal antes que Darío, por la circunstancia de vivir en la Habana habría aclarado, reclamando la paternidad de los versos o expresando que eran suyos en colaboración con Darío.
 Que Casal no los recogiera en Bustos y rimas (cuando Darío llegó a la Habana ya había salido Nieve), se explica: no eran suyos. También se explica que Darío no lo hiciera en ninguno de sus libros, de Prosas profanas en adelante, bien por olvido, bien por su ajetreo constante y sus imprevistas andanzas. Esto lo acredita el desorden cronológico con que recogió sus poesías después de Azul... ¿Cómo había de recordar los versos a Dominga cuando en su Vida, y acerca de Cuba, no menciona a Julián del Casal y sí a Texifonte Gallego? ¿Cómo había de recordarlos cuando no recordaba “El clavicordio de la abuela”, sazón de más elevado momento, que dedicó a Casal?
 Y cuando recuerda manifiesta una desordenada memoria, como se palpa en ciertos pasajes de su Vida; y en lo tocante a sus visitas a Cuba en 1892, en el artículo intitulado “El general Lachambre. —Recuerdos de la Habana”, recogido en las páginas 71-75 de Ramillete de reflexiones. Este artículo es un tejido de inexactitudes.
 Comúnmente, pasados los años, se sufren quebrantos mnemónicos y a unas personas se les achacan hechos cometidos por otras. Por ser tan impreciso y propenso a errores, nunca he tomado como decisivo el testimonio oral en cuestiones de historia literaria; mucho más cuando la misma, sin importancia absoluta — como la glosada— no es de notable relieve y constante evocación.
 Semejante fenómeno puede explicar la leyenda de Hernández Miyares.
 A su regreso de Europa, Darío llegó de nuevo a la Habana en noviembre del mismo año. No tengo noticias de que en esa oportunidad se rectificara la filiación de los versos a Dominga, cosa que Darío pudo haber hecho desde España, ya que me inclino a pensar que él leyó sus versos en “La Caricatura” estando en Madrid, y lo que es más: que se los dio a leer a Salvador Rueda. Y el autor de En tropel, respaldado en una hipotética prescripción, se apropió un rasgo de “Fragmento” para cerrar con él su soneto dodecasílabo de título “Acuarela americana — Los negros”, Madrid, 1893:
  Se miran y descubren, blancas y puras,
  como carne de coco las dentaduras,
  en medio de una risa de amor salvaje. (2)
 Darío volvió a la Habana en 1910. Estuve atento a su estada. No recuerdo haber leído ni oído nada sobre la paternidad de los versos a la negra Dominga, que son suyos y no de Julián del Casal.

 (1) Léase en El Cubano Libre, de 2 de noviembre de 1918, el articulo “Creadores de belleza -Julián del Casal”, de Rafael A. Esténger.
 (2) En El Fígaro, de la Habana, de 13 de agosto de 1893.

  Social, noviembre de 1920, pp. 24, 61 y 63.  

martes, 25 de junio de 2019

El juzgado de sí mismo



 Pedro Marqués de Armas

          Y mañana, como un astro de noria,
          el retorno canalla y sombrío,
          doblar la cabeza y escribir:
          al juzgado...

 A Regino Boti, poeta de aldea, regreso de tanto en tanto. Hago la noria dejándome sojuzgar, con la esperanza de encontrarlo despabilado. Y sí, sigue despierto, si bien a ratos cabeceante, con los ojos llenos de sueño.
 Su acierto fue concebir una poesía en miniatura, y dentro de ésta, un verso que capta el movimiento, los planos corridos o fracturados. Se trata, él mismo lo definiría, de romper estratificaciones creando un ritmo nuevo, pero también un grado de dificultad novedoso, a ras de las vivencias.
 Llegado el momento, supo cortar y encabalgar con maña.
 En El mar y la montaña (1921), el trazo –esto es, el dibujo, orientado hacia fuera, hacia lo inmediato– adquiere independencia. Una perspectiva en la que hay riesgos, remolinos y rayas.
 Delinea versos que no son ya acuarela (pinceladas) sino topografía, que no pretenden ser lienzo sino pormenor, dato sensible: voces, railes, pilones, postes, piedras mondas.
 Cuando lo fractal domina, obligándole a un giro rápido del ojo, capta tras lo apaisado del paisaje, el campo. Entonces sí que se torna elíptico, breve.

 Rayas sombrías y luminosas.
 Verticales: los postes. Horizontales: la playa,
 Los raíles, y los regatos. El día
 preagoniza…

 (…)
               … el farol rojo
del bote que bornea, es el ojo
sangriento del bebedor que,
borracho, en el fondo de su copa
hilarse su conflagración ve.

(…)

 En perspectiva hacia la callejuela-
entre fondas, astas y columnas-
como el iris enorme de un ojo irritado.

 (…)

 En tanto corre el tren, cercas y va-
llados huyen paralelamente hacia
atrás; los postes telegráficos se incli-
nan hacia la carrilera…

 Opongo a su escala cromática, de la que siempre hizo gala, el pulso gráfico. Cargaba con la acuarela en el morral. Incluso en el mejor Boti –el de sus últimos tres libros, el que deshace estrofas y metros– hay exceso de color.
 No logró apagarlos por completo, pues padecía de cromatosis; como tampoco pudo salirse del formalismo ideo-escultórico. ¡Parnasiano hasta la muerte!, fue su divisa.
 De ahí esos deslices, fatales en poemas o prosas mínimas, de rimas mal avenidas y engarces plásticos.
 El mar y la montaña tiene en contra el título; se trata, más bien, de un sobretítulo. No hay que olvidar que incluía el subtítulo “Versículos indemnes” que, por lo visto, no aguantó la inclemencia del tiempo.
 En cambio, acierta con títulos francamente vanguardistas como Kodak-Ensueño (1929) y Kindergarten (1930).
 Entre 1919 y 1929 escribió su poesía de más valor. En la que podemos llamar década-Boti, despunta ágil y prolijo, para ralentizar y caer en cierto forcejeo que precede a la mudez (la pública, pues apenas publicó algo más, si bien siguió escribiendo).
 Boti entra temprano en las vanguardias. Se traba, pero entra. No tiene la elasticidad evolutiva de un Tablada, ni la concentración de un Eguren. Pero el trabajo rinde sus frutos.
 En “Nocturno”, firmado el 20 de julio de 1919, concibió estos versos:

 Sólo el relámpago a veces
 restituye la verdad
 con su nerviosa luz estenográfica.

 Una semana más tarde consigue “Ángelus”, quizás su primer poema propiamente vanguardista, de riguroso cubismo tropical, que combina –como en sus mejores textos– naturaleza e industria, aspas de molinos y dalias giradoras.
 Al pulso gráfico suma el acierto de una orografía precisa –playas, playuelas, lometas, farallones, etc.– que, como un “compás geológico”, obliga al relieve, a la entrada de lugares: el Griñón, Las Guásimas, la Sierra de los Canastos.
 Y con ello, a la mejor banda sonora: el glu-glú del agua, el tableteo, la charla y el pasitrote.
 Para bien y para mal, fue un poeta atado a la condición de crítico, crítico de sí mismo y de la generación más joven.
 Apegado a Martí y Darío, a los clásicos españoles, al dogal de la patria y al estudio obsesivo de la métrica, sus opiniones sobre la nueva poesía son a menudo puntillosas. Más que discutibles, graves y didácticas.  
 Desprecia a Huidobro no solo por sus experimentos, sino por sus imágenes; para él, el creacionista es Martí. A diferencia de Poveda, gran traductor, nómada y más atrevido, lo anega el evangelio nacional.
 Negacionista, creyó encontrar los orígenes de Darío en la Avellaneda. 
 A Boti le gana la duda. Tiene que hacer estudio de todo, y sobre todo, de sí. Pugna por actualizarse; lo logra, y se agota.
 Con Arabescos mentales (1913), sacó a la poesía cubana de un largo marasmo. Fue un buen sonetista. Un virtuoso. Ensayó todas las variantes estróficas y el rosario de rimas. Mucho mejor orfebre que filósofo, como casi se tenía. 
 Según Onís, fue el iniciador de la poesía moderna en Cuba. En realidad, hay dos iniciadores: Poveda y Boti. De ellos, Poveda es el motor. Sus Versos precursores aparece poco más tarde, pero es él quien impulsa la recuperación de Casal, quien comanda al resto de poetas orientales:

Hace veinte años, un artista de nuestra especie, un verdadero creador, Julián del Casal, dijo extrañas y sombrías palabras, que revelaban, sobre ritmos conocidos, todo un nuevo mundo de ideas y emociones. El silencio de incomprensión por medio del cual cruzó aquel raro poeta, la soledad en que permanecieron más tarde los caminos por él seguidos, son el más doloroso certificado de impotencia que jamás haya dado nuestro país.
 Boti era desde muy joven un resuelto prosista, capaz de escribir en ese estilo perceptual que más tarde llega a su poesía. Veamos este fragmento de lo que parece un cuento pero es todavía mixtura de crónica y poema:

Todavía no estaban terminados los tabiques exteriores del tacho. Nada más que un inseguro pasamanos nos salvaba del abismo. Yo lo aquilaté. En aquella obscuridad me pareció insondable. Hoy, desde el fondo de las ruinas, y por la magnitud de los escombros, lo mido y me espanto...
 Cuando construye hileras de palabras que se engarzan por sus texturas y deslizan como por una cremallera, también acierta:

En la mañana, en el arenal del playón como la nata musgosa de la gran taza azul –agua aérea– que forma el combo del cielo volcado sobre el borde de las lejanías, entre tanto que un vuelo de negrales bijiritas finge hambrientos gusarapos. (“Sanitaria”.)
 Y reconfortan los epigramas de Kindergarten, de trazos duros y caricaturescos, salvo en la intención moral de algunos de ellos. Aquí, comienza a inventar personajes y un zoo del que pudo haber sacado más. 
 Epitafios, manglares, guinchos, hominicacos, estaban bien, no vellones y rubíes.
 Faltó, digamos, una conciencia más niquelada, como la del salón de la barbería, y más peanas.
 Pero tal vez sean reclamos excesivos.  
 Fue en cualquier caso el primero y más tenaz de los poetas cubanos de vanguardia.
 Esos tres libros de miniaturas y prosas sueltas que produjo en la década fértil, muestran, no tanto la destreza del joyero, como la tenacidad del inspector de aldea: aquel que reconoce el grano bien tratado en secadero, la tintura que mantiene despierto.