martes, 30 de enero de 2024

Una conferencia extraviada: “Vine a México para huir de la civilización europea”

 

  En el año 1936, Artaud vino a México. Venía para desintoxicarse de Europa, de la cultura y de la civilización blanca. Esperaba encontrarse “una forma vital de cultura”, pero no encontró más que el cadáver de la cultura de Europa."

    Alberto Ruz Buenfil

  En 1936, además de los fundadores, giraban en la LEAR una constelación de nuevos miembros y simpatizantes agrupados en torno a las ideas y actividades políticas y culturales de una izquierda entre estalinista y cardenista muy sui generis. Entre estos figuraban Xavier Guerrero, David A. Siqueiros, Alfredo Zalce, Ignacio Aguirre, Ermilo Abreu Gómez, Fernando Gamboa, Luis Ortiz Monasterio, Luis Cardoza y Aragón, Rufino Tamayo, Carlos Mérida, Manuel y Lola Álvarez Bravo, y también mi padre, Alberto Ruz Lhuillier recién llegado a México después de haber sido expulsado de Cuba por el dictador Fulgencio Batista, y que se dedicaba por entonces a la actividad literaria y política comprometida.

 Al recordar esos tiempos Juan de la Cabada nos recuerda: "Por aquella LEAR desfilaron también Antonin Artaud, Waldo Frank, Juan Marinello, Aníbal Ponce, Nicolás Guillén, Henri Cartier Bresson, María Teresa León... ", y años más tarde, mi padre recordando a Artaud me contó una noche: “Cuando Artaud llegó de Francia parecía bastante normal. Como era muy bien parecido causó bastante furor entre algunas de nuestras compañeras que trataron de fajárselo en más de una ocasión. Sin embargo, a él no parecían interesarle demasiado las mujeres. Ni tampoco otras cosas. Después comencé a pensar que era un poco raro. Vino en tres ocasiones a mi casa, para dictarme el texto de una conferencia en francés que yo tenía que traducir para que él la leyese en la Alianza Francesa. No cabe duda que tenía un gran genio. Un genio de tipo maldito, del tipo verdaderamente obscuro. En ese lapso de tiempo, sin embargo, algo le sucedió. Se cansó de México. Creo que por eso decidió partir a la Sierra Tarahumara. Cuando partió todavía era bastante lúcido, pero definitivamente se volvió loco mientras estuvo ahí metido, seguramente por el peyote y por la magia mal digerida. Nunca más regresó a recoger su conferencia ni a revisarla. Tampoco que yo sepa fue nunca publicada. La guardé en mis archivos, y nunca más volví a tocarla. ¿Y a ti, por qué te atrae tanto Artaud?...”.

 Era el año de 1975, y después de pedírsela varias veces, mi padre finalmente accedió a entregármela. "No sé para que la quieres, pero tenla mejor tú. A mí nunca me servirá para nada." Tres años más tarde, mi padre murió en Canadá y no tuvimos ya otra oportunidad de hablar de la conferencia ni de Artaud. Hoy, en 1985, después de un fallido intento de sacarla al aire a fines de los setenta, la conferencia y los dos fantasmas, el de Artaud y el de mi padre, han venido a exigirme "cuentas" con la historia. Sé que a ambos les parecerá una ironía el encontrarse de nuevos juntos aquí en la Tierra, después de haber tenido durante sus vidas actitudes diametralmente opuestas en lo ideológico, en lo científico, en lo moral y sobre todo en lo existencial.

 Sin embargo, más allá de sus mutuas diferencias estoy yo. Un yo que está formado tanto de uno como del otro. Y yo que se nutrió de sus dos vidas, y que después de sus respectivas muertes se convirtió en este extraño crisol alquímico en el que se funden todos los opuestos. Fusión que se hizo visión lúcida al final de un viaje de ácido en un castillo francés, en esa Francia que vio nacer a principios del siglo tanto a uno como al otro. Artaud y Ruz Lhuillier, dos aventureros franceses autoexiliados y desconocidos que coincidieron por un momento en Tenochtitlán, y que por rutas totalmente diferentes fueron embrujados por el espíritu antiguo mexicano, tarahumara uno y maya el otro; y que conmueren juntos en un mismo paraíso- infierno, el Xibalbá reservado para los eternos.

 “La cruz de México que sale del vacío nos muestra cómo la vida entra al espacio. Indica cómo el vacío del espacio pudo dar una salida a la vida…” La conferencia dictada a Ruz Lhuillier en 1936 termina en esta frase. Días después, Antonin Artaud partió a la sierra Tarahumara: “para ser testigo de los ritos del peyote entre los tarahumaras"; nos dice Susan Sontag en su Aproximación a Artaud; "ya que la salvación individual requiere la toma de contacto con los poderes malevolentes, someterse a ellos, sufrir en sus manos, para luego triunfar sobre ellos."

 Desde 1938 hasta 1946 Artaud fue continuamente encerrado en diversos manicomios franceses, sobre todo en Rodez, y murió en marzo de 1948 mientras trabajaba en una obra de radio: Para acabar con el juicio de Dios.

  Post-scriptum:

 Terminé de editar el texto anterior hace unos días. Antes de entregarlo para su publicación, me encontré por coincidencia con un amigo, Claudio, con el que comenté algunos aspectos de la conferencia de Artaud; él tomó de su biblioteca un pequeño libro; Antonin Artaud, Messages Revolutionnaires (Colección idées / gallimard, publicado en 1979 en Francia). En esa antología de escritos de Artaud de 1936 en México, recopilados especialmente por Luis Cardoza y Aragón a partir de 1962, aparece la conferencia de Artaud dictada a mi padre, traducida esta vez al francés, con una nota aclaratoria que me parece interesante compartir. Héla aquí, traducida directamente del texto francés al español por mí mismo:

  “Texto encontrado en 1975 por Alberto Ruz Lhuillier, actualmente director del Museo Nacional de Antropología de México, que nos fue remitido el 2 de diciembre de 1975 por Luis Cardoza y Aragón. Se espera que aparecerá publicado en español en la próxima edición de México. La copia de la conferencia que nos envió está titulada de la siguiente manera: "Conferencia de Antonin Artaud en México" (1936). Dictada a Alberto Ruz en francés y traducida por éste al castellano. Se trata de una traducción simultánea. Alberto Ruz Lhuillier recuerda muy bien haber hecho en su domicilio un trabajo de traducción directa de un texto que Antonin Artaud le dictó en francés, sin dudas a partir de notas, lo cual puede explicar el hecho de que el texto original no se haya conservado.

 En cuanto a la conferencia de la que estamos tratando, ni Alberto Ruz Lhuillier, ni tampoco Luis Cardoza y Aragón recuerdan con exactitud lo que sucedió con ella en esos tiempos. Ni uno ni el otro se acuerdan si fue o no leída en algún sitio, o si el texto en español fue o no publicado por la prensa mexicana. Muchas conferencias fueron proyectadas durante la estancia de Artaud en México, de las cuales una gran parte se quedaron en la fase de puro proyecto. Por ejemplo, en una carta del 21 de mayo de 1936 dirigida a Jean Paulhan, Artaud le cuenta de un conjunto de conferencias: "Además, un grupo de Israelitas me pidió que diera una serie de conferencias sobre las viejas culturas mágicas de México, ya que debo unir la fuerza de estas con la fuerza de la cultura kabalística de los Judíos, misma que los Judíos modernos ya han traicionado... ". ¿Qué sucedió con este proyecto? ¿Formaría parte esta serie de la conferencia dictada a dictada a Ruz? Lo ignoramos completamente. Lo que es cierto es que en dicha conferencia no se menciona ningún aspecto que tenga nada que ver con la kábala."

  Con esta nota queda establecido que en el año de 1975, mi padre debió de haber hecho dos copias y no sólo una del texto hasta entonces inédito de Antonin Artaud. Una me la entregó a mí, y la otra, para mayor seguridad se le entregó a su excompañero de la LEAR, el Maestro Luis Cardoza y Aragón. En ese año, yo hice un intento de darla a conocer aquí en México, enviándosela al director de una conocida revista literaria, pero el texto me fue devuelto sin ningún comentario unos meses más tarde. En este momento, ignoro si el Maestro Cardoza y Aragón logró publicar el texto de la conferencia en español en alguna de las antologías de Artaud, por lo que no puedo decir que se trata de un texto inédito. Pero no importa. Creo que antes que nada se trata de un texto importante, sobre todo de una actualidad visionaria, y que debe por ello difundirse por otros medios de comunicación. Se trata de un texto bastante polémico, y es comprensible que mi padre lo haya 'olvidado' por tanto tiempo en sus archivos; sobre todo recordando que en 1936 pertenecía a la LEAR. Y que los puntos de vista de Artaud le deben de haber parecido a él y a muchos de sus contemporáneos ideas profundamente Heréticas, ya que para entonces Artaud no sólo había declarado la guerra a sus propios compañeros surrealistas, sino que había declarado una guerra muy personal contra el marxismo y contra los marxistas. 

 En cuanto a la posibilidad o no de que el texto tuviera algo que ver con la kábala, es cierto que en todo el texto no se hace mención a ella ni siquiera una sola vez. Lo cual no quiere decir que lo que no está escrito, no está tampoco dicho. La conferencia termina haciendo mención a diferentes tipos de "Cruces" como concepciones del mundo y enteras culturas. La Cruz Artaudiana consiste en dos brazos que son: La unidad que es el resultado de su esfuerzo por reducir la multiplicidad de las cosas y la Traición a la unidad que es el motor de la historia de acuerdo al mismo Artaud. La obsesión que Artaud tuvo toda su vida por ambos conceptos reflejan su profundo interés por encontrar un sistema de organización del Universo, y en muchos de sus textos regresa una y otra vez a la kábala. La kábala como un sistema lógico de integración de todo lo existente. Como una manera de llegar a la unidad de las cosas. Proyecto que el hombre traiciona una y otra vez, de la misma manera que el espíritu desorganizador de Artaud traicionó una y otra vez su intento desesperado de unificación. El resultado fue su crucifixión. Artaud cargando y después clavado a su Cruz Artaudiana buscando su salvación en la lucha contra todos los poderes "malevolentes" de la historia. Hasta lograr triunfar sobre ellos.

  “Si digo que la verdadera cultura no está escrita es porque tengo un sentido de la vida que es móvil y la cultura está ligada al principio de la vida móvil.”

  Ver conferencia de Artaud aquí.


  Casa del Tiempo, núm. 60-68, 1986, pp. 13 y ss.


domingo, 28 de enero de 2024

No se juega infamemente con los Dioses

 

   Alfonso Reyes

 

  Acaba de publicarse con lujo de estruendo el libro del infortunado Antonin Artaud, Les Tarahumaras (L’Arbalete, Decines, Isère). Posible es que la obra consagrada al peyotl por el Dr. Rouhier, y aun mi poema Yerbas del Tarahumara, publicado por la revista Commerce, en traducción francesa de Valery Larbaud (París, verano de 1929), hayan movido la curiosidad de Antonin Artaud.

   El libro es una falsificación poemática y seudo-mística en torno a la magia del peyotl. Pero ya sabemos que la verdad poética es otra especie de verdad y, como varios lo hemos dicho ya por allí, se reduce a sacar conejos del sombrero o a pedirle peras al olmo con éxito.

 En esta obra se recogen cartas, o fragmentos de cartas de Artaud a varios amigos: a Balthus, al Dr. Allendy, a René Thomas, Marc Bauhezat, a Henri Parisot y a Jean-Luis Barrault. Por cierto que éste ha tomado tan en serio las fantasías retóricas de Artaud que, según me dijo durante una reciente temporada en México, se propone volver a nuestro país para conocer de cerca los misterios de los Tarahumaras. Yo le contesté con la frase que se atribuye al moribundo Émile Faguet, cuando un sacerdote quiso confesarlo y recordarle que iba a comparecer en la presencia de Dios: “¡Qué decepción va a llevarse el pobre!”

  Revuelvo mi archivo. Poseo documentos sobre el viaje a México de Antonin Artaud. En París, a 4 de octubre de 1935, me dirigió una carta al Brasil en que me anunciaba su proyectado viaje y, por indicación de Jean Paulhan y Benjamin Crémieux, me pedía algunas orientaciones. Yo vertí lo esencial de esta carta en la siguiente que se explica sola y tiene el valor de una preparación de artillería.

   El 4 de febrero del siguiente año, a bordo del Siboney, Artaud me escribe nuevamente a Río de Janeiro (traduzco):

 

 A ALFONSO REYES

 

 4 de febrero de 1936

 

 En octubre último le escribí a usted para hablarle de mi posible viaje a México, y usted tuvo la amabilidad de decirme en su respuesta que ya preparaba usted el terreno. Hoy el viaje es ya un hecho. El viernes 7 de febrero en curso llegaré a México. Usted ha comprendido que mi propósito es manifestar de un modo concreto, inmediatamente asimilable, ciertas ideas que figuran en un estado mítico en algún estudio mío como El Teatro y la Peste. Usted habrá visto que cierta zona de la inteligencia francesa, la más joven y a la vez la más desesperada —pero sólo los muertos lo desesperan ya— tiene los ojos vueltos hacia México. Hoy por hoy una sola corriente agita al mundo y la fuente mágica brota en la tierra a la que yo he deseado ir y adonde llegaré en un par de días. Me figuro, señor Embajador, que puedo contar con usted para facilitarme la tremenda tarea que emprendo, y en esta confianza, le saludo devotamente. Mi dirección: Embajada de Francia en México.

                                                          ANTONIN ARTAUD

 

 [Escrita a bordo o antes de embarcar a México en el vapor Siboney, y traducida por Alfonso Reyes]

 

  Nueva carta que también traduzco, de México a Río de Janeiro, 16 de abril de 1936:

 

 Me autorizó usted a hablarle con toda franqueza. Más aún: me invitó usted a hacerlo. Visité al señor Ceniceros, y en él he encontrado algo más que un amigo: un verdadero aliado. Gracias a él he dado tres conferencias en la Universidad de México. He dicho lo que tenía que decir.

 

 Daré otra nueva y breve conferencia en la Lear, sobre la Revolución Universal y el Problema Moderno. Diré cuanto me propongo, respecto a la absoluta necesidad en que está México de romper con todas las formas de la civilización europea, industrialismo, maquinismo, marxismo, capitalismo y esa terrible forma del capitalismo eterno que es el capitalismo de la conciencia humana, la capitalización de los conceptos y de los datos surgidos del espíritu dualista de Descartes y que han aniquilado el espíritu de la vida. Todo esto me propongo decir. Ya mis ideas, no bien comprendidas mientras hablé en francés, parecen irse abriendo paso en cuanto di con traductores inteligentes. Gracias a ellos, todas mis conferencias se publicarán en El Nacional.


 Para coronar mi trabajo, he pedido al señor Ceniceros una Misión: me basta una sencilla comisión de escritor, de artista. Quiero enfrentarme con razas puras, que quedan tan pocas. Quiero estudiar los ritos, las danzas de los indios. No sacaré de aquí un mero libro de descripciones. Yo creo en una fuerza mágica, de que estos ritos son algo más que la mera transcripción alegórica. Esta fuerza se viene perdiendo desde que se persiguen y prohíben estos ritos so color de acabar con las supersticiones. Pero hay más superstición en la Ciencia Moderna que en los ritos de los indios. Las fiestas cívicas con que México quiere reemplazar tales ritos y que artistas y escenificadores copian las manías estéticas de Europa, operan bajo el impulso de una inspiración individual e incoherente y no logran, a mi modo de ver, más que crear un verdadero estado de anarquía. Para mí, naturaleza, mundo, humanidad debieran recuperar su unidad. Hay leyes, hay una necesidad cósmica de que las danzas y fiestas indias son una manifestación. En suma, he pedido una Misión para ir en busca de la fuerza antigua y caracterizarla.

 

 He recogido informes privados. Sé a dónde tengo que ir. No traeré de allá un libro de arte, sino en suma un libro de teoremas. Y la lengua, vibrando según el estímulo de esta fuerza tratará de expresar sus leyes. Es cosa que puede hacerse, no es una utopía. El Gobierno Mexicano ha consentido en facilitar esta misión. Espera mi libro y me concede libre transporte en todos los ferrocarriles. Los gobernadores locales me darán su apoyo, me llevarán aquí y allá. Pero, para lo demás, tanto el Gobierno de México como el de Francia dicen no tener dinero. Yo he venido aquí sin un centavo, decidido a arriesgarlo todo por tal de encontrar lo que busco. Pero necesito economizar mis fuerzas y no desfallecer en el camino. Necesito encontrar algunos recursos, lo indispensable para sostener la jornada.

  

 La suma no ha de ser enorme y he de juntarla antes de emprender el viaje. Pero juntar dinero para una idea metafísica puede parecer en esta época una locura. Y es fuerza que esta locura se realice. Deben aún quedar por allí algunos comerciantes, coleccionistas, aficionados al arte capaces de sacrificar una suma por una idea. Para partir de México, la ciudad, y discurrir por el norte del país durante tres meses, ya usted comprende lo que hace falta. Se obtienen más fondos para los arqueólogos que en saber explicar, situar, fortificar lo que encuentra, porque son sabios. Esta vez, un poeta se ofrece a encontrar algo objetivo, a enlazar sintéticamente los datos plásticos como forma y fuerza de la vida. Creo, Alfonso, que si usted se lo propone puede usted encontrar esto. Usted ha de saber a quién se puede acudir en México o en el Brasil.

 

 No me diga usted que la poesía a nadie le interesa. Hay una manera de presentar a los ricos los objetivos verdaderos, humanos, científicos de la poesía. Quiero reconciliarlos con la poesía. Hacer de ella una fuerza activa, concreta, asimilable a todos los hombres, una fuerza de curación.

 

 Todavía quedan en el mundo los secretos de la curación. Para la curación bastan las fuerzas puras, las del espíritu primitivo, de frente generatriz. En ello anhelo trabajar, y descubrir el secreto de aquellas culturas. Estoy ya con el pie en el estribo. Espero el último empujón.


 Toda mi gratitud y mis disculpas. Saludos, etc.

 

 Infortunado. Algunas de sus páginas fueron escritas en el asilo de Rodes Ivry-sur-Seine en 1947. Allí confiesa sus delirios. El Tutuguri está firmado el 16 de febrero de 1948. No se juega infamemente con los dioses.

 

 "Documentos. Artaud. No se juega infamemente con los Dioses", recogido por Alicia Reyes, Revista Universidad de México, núm. 497 (junio de 1992).


sábado, 27 de enero de 2024

Yo soy Artaud

 


  Elías Nandino 


 A Antonin me lo presentó un amigo, también homosexual, que se llamaba Pepe Ferrel. Yo quería mucho a Ferrel porque era ¡muy hombre! Llevaba una vida intensa, no se dejaba explotar por los golfos -si había necesidad hasta se agarraba a golpes con ellos-, igualmente le gustaba mucho la marihuana, hablaba y traducía bien al francés y -entre otros libros- tradujo Los alimentos terrestres de André Gide.

 Creo que precisamente por el asunto de las drogas Pepe conoció a Artaud.

 Una mañana Ferrel llamó por teléfono a casa.

 -Voy a llevarte una visita, para una consulta. ¿A qué hora puedo verte? Contesté que iba a estar ahí todo el día y que podía pasar a cualquier hora.

 Mi amigo llegó al poco tiempo con un señor que parecía diácono, todo vestido de negro, con los ojos claros, claros y con la mirada fija. Iba inquieto. Pepe explicó que su amigo no había podido conseguir droga en varios días y que por eso estaba así. Al señor le pregunté qué tomaba. Contestó que láudano. Les dije que la única manera en que eso se le podía dar era por medio de un elíxir y les pareció bien. Después comenté que yo tenía de ese elíxir ahí en mi casa, porque en esa época era un compuesto que se solía recetar en gotas para calmar con rapidez ciertos dolores. Fui a buscarlo para que el señor de negro tomara unas gotas y se serenara un poco.

 En un frasquito tenía como veinticinco o treinta gramos de dicho elíxir. Lo saqué y lo puse sobre mi escritorio. Mientras buscaba un vaso con agua le dije al amigo de Ferrel que le iba a dar un poco para que se calmara y pudiéramos platicar. El cogió el frasco y se echó todo el contenido en la boca. Después tiró el frasco al suelo.

 Cuando vi que hacía eso me asusté. Pensé que le iba a pasar algo, que tendría un ataque de vómito o convulsiones -dada la magnitud de la dosis- pero no le sucedió nada malo. Al contrario, se puso a platicar bien, con mucha euforia. Eso era un indicio de que ya estaba acostumbrado a grandes cantidades de opio.

 A partir de esa ocasión nos hicimos amigos. Sentí pena por su estado y le propuse hacer lo posible para que se le diera algún tipo de tratamiento. Inmediatamente se resistió.

 -No quiero tratamiento. No necesito curación. Estoy acostumbrado a esta droga. Vine a México a buscar otra. Es la única que puede sanarme. Liberarme de la muerte.

 Durante la plática -hablando en media lengua porque él sabía poco español y yo entendía poco francés- salió que no tenía dónde vivir. Como enfrente de mi casa alquilaban un cuarto en el que hasta hacía poco tiempo había vivido un sobrino mío, se lo ofrecí. Fuimos a verlo y le gustó. A partir de que se instaló en ese departamentito, la muchacha que hacía el quehacer en mi casa por las mañanas le llevaba de desayunar.

 Después lo llevé al café París -que en ese entonces estaba por la calle de Gante y era propiedad de una francesa simpática- para que ahí le sirvieran todo el café que él pidiera, con la condición de que yo lo pagaría semanalmente. La dueña aceptó ese trato y también llegó a estimar a Antonin.

 Artaud visitaba mucho a María Izquierdo. No sé cómo es que fue a dar ahí, pero el caso es que en la casa de ella nos encontramos seguido y muchas veces nos quedamos a merendar juntos. En todo el tiempo que anduvo cerca de mí, nunca supe bien a bien de qué vivía, cómo se mantenía. Una vez tocó la puerta de mi casa como a media noche.

-Necesito que veas un amigo.

-¿Dónde está tu amigo ?

 -Yo te llevo.

 Por ese tiempo ya tenía hasta chofer y fui y lo desperté. Antonin nos llevó por unas calles de la colonia Buenos Aires de las que no teníamos -el chofer y yo- ni idea de que existieran. Antes de irnos dijo que su amigo estaba mal porque se le había pasado la droga, que seguramente era heroína. Llevé inyecciones, sueros y tónicos cardiacos.

 -¿Y en dónde está tu amigo ? -volví a preguntar .

 -Pues ahí en una zapatería -contestó.

 Al dar vuelta en una esquina le dijo al chofer que apagara las luces del carro y se fuera despacio. Cuando llegamos en frente de una cortina sólo dijo: "¡Aquí, aquí!” y bajó. Tocó en la puerta de la cortina y esperó. Volvió hacer lo mismo otras dos veces hasta que le abrieron.

 Efectivamente, en la entrada había un taller de reparación de calzado -ahí estaba toda la herramienta y el chanclerío- pero en la parte de atrás después de un corredor con varias cortinas había una pieza larga en la que estaba mucha gente fumando o durmiendo encima de unas tablas.

 Atravesamos ese cuarto y llegamos a otra pieza en la que estaba el enfermo -era un enanito- acostado en un canasto.

 Le tomé el pulso y la presión. Escuché su ritmo cardiaco y le tomé la temperatura. Estaba bastante grave, muy intoxicado. Con gran tensión le empecé a dar tratamiento -inyecciones, sueros- preocupado por pensar que si se moría iba a haber ahí un gran alboroto.

 Por fortuna el enanito se compuso como a las cuatro de la madrugada de la mañana, hora en que sus signos vitales se comenzaron a estabilizar. Antonin se quedó cuidándolo, nada más nos regresamos a nuestros rumbos mi chofer y yo.


  […] Él casi nunca tomaba. Poco a poco él se fue haciendo amigo de todos los drogadictos de México. Una noche, me tocó por la ventana y yo me asomé a ver quién era. Antonin, muy apurado, quería que fuera a ver a un amigo suyo que se le había pasado la droga y se estaba muriendo. Me dio pena y atendí sus ruegos, pero yo no sabía a qué parte íbamos. Lo cierto es que ya en el coche él nos orientó hacia la colonia Buenos Aires, que estaba en un arrabal, cerca del Hospital General. (…) Después de pasarle multitud de sueros, logré que el enano volviera a su estado normal. Lo dejé pasándole otra ampolleta y, como si saliera del infierno, me fui a casa y Antonin se quedó encargado de quitarle la aguja y de ponerle una gasa [...]

 Así como a ese, Artaud llevó a mi consultorio a varios de sus amigos para que los recetara, pero como la mayoría iba en fachas -incluido él- asustaban a mi clientela y mejor le pedí que los encaminara por el Juárez.

 Al principio, cuando los comenzó a llevar, estaba asombrado de que en tan poco tiempo hubiera conocido a tanta gente. Después noté que los drogadictos casi como que se adivinan entre ellos.

 Artaud andaba vestido de negro, con la camisa abierta y los cabellos alborotados. Cuando lo conocía ya tenía una faz de un poquito como de loco, pero -eso sí- unos ojos impresionantes.

 A los Contemporáneos no quiso conocerlos. Hay quien dice que trató a Villaurrutia, pero lo cierto es que sólo se conocieron de vista y nunca se llevaron bien. En las ocasiones en que Xavier y yo llegamos a casa y Antonin se aparecía por ahí, Villaurrutia decía: “si ese señor se queda a comer, yo no como”.

 Entre mis amigos y Artaud había una cierta y mutua repugnancia, que era mayor de parte de él porque como que ya le chocaba el medio literario. Buscaba otro tipo de gente. Era un hombre caprichoso, quizás ya saturado de intelectualidad.

 Escribía rapidísimo y aventaba las hojas a un lado una vez que estaban llenas. Al hacerlo se la pasaba moviendo la boca, como masticándose a sí mismo. Yo lo observaba desde nuestra mesa, ahí también, en ese café París en el que nos juntábamos Xavier y yo con Octavio G. Barreda, Gutiérrez Hermosillo quien se murió pronto-, Samuel Ramos y varios escritores más.

 En el México de ese entonces nadie -o a ver, que me digan quién, que lo haya conocido- comprendió lo que valía Artaud, incluido yo, porque de haberlo sabido me hubiera preocupado por platicar más con él y por saber lo que escribía en esos montones de papeles que llenaba como rayo.

 Otro día dijo:

 -Nandino, ¿puedes prestarme doscientos pesos? Yo te los envío de París después. 

 Al escuchar su solicitud pensé "ya se quiere ir”. Como nuestra intimidad no era ni tan siquiera grande, acepté, pensando que tal vez ése sería uno de los últimos favores que le tendría que hacer.

 A los pocos días -pensando que ya se había ido fui a su cuarto y vi que todavía estaban ahí todas sus cosas: velices, ropa, papeles, todo. Después de que pasó una semana sin que Antonin apareciera, le hablé a Pepe Ferrel. Sugerí la posibilidad de dar aviso al consulado francés sobre la desaparición de Artaud, porque además de todo, ahí en el consulado tenían registrado que Antonin vivía conmigo. Pepe no estuvo de acuerdo.

 -No te alarmes. Debe andar por ahí, ya sabes cómo es.

 Pasaron los días y con ellos mi inquietud. Después casi ni me acordaba de él.

 Como a los dos meses de que había desaparecido Antonin, un día yo estaba esperando, frente a mi casa, que el chofer trajera el coche porque iba a dar una consulta a domicilio. En el momento de subirme al coche, un señor chamagoso, ¡chamagoso!, con el traje todo raído, los cabellos como mechas, los ojos rojos y con tierra y mugre por todas partes gritó ‘¡Nandino!’”

 Lo miré con más atención para saber quién era, hasta que descubrí que se trataba de ¡Antonin!, que traía esa facha espantosa.

 -Pues dónde has andado -le pregunté y se acercó.

 -¡Tarahumaras! ¡Tarahumaras!

 Iba cargando un costal con el que apenas podía.

  -¿Qué traes ahí ?

  -¡Peyote! ¡Peyote!

 Nada más sonreí; nos despedimos y fui a dar mi consulta.

 Como al mes y medio de que regresó fue a buscarme.

 -No te extrañe si un día nada más desaparezco.                                                                                              …………

  […]  La amistad con Antonin Artaud ya se había vuelto molesta. Por lo pronto le dije que no me pidiera que atendiera a nadie y que no me llevara ningún enfermo. Muchas veces, estando con María Izquierdo, en cuya casa llegamos a vernos frecuentemente, nos avisaban que se ponía enfermo y teníamos que salir a buscarlo. El cuarto que le presté era un muladar, lleno de ropa sucia, y especialmente, de muchas hojas escritas, porque él escribía como poseído: rápidamente y luego aventaba la hoja.

 La verdad es que ni yo ni ninguno de los "Contemporáneos" tuvimos idea del valor intelectual de Antonin Artaud. De lo contrario, yo me hubiera quedado con algún recuerdo de él. Un día con cierta vergüenza me dijo: “Nandino, necesito que me prestes doscientos pesos.” Yo pensé que eran para volver a París y francamente quería descansar de él, por lo que se los presté. Ya no iba. Como a los veinte días me habló Pepe Ferrel y al momento le pregunté qué pasaba con Antonin. "No tengas pendiente. Ya está tan metido en el mundo de la drogadicción que yo casi no lo veo”, me contestó.

  Y al mes yo le hablé a Pepe y me dijo que no sabía nada. Pero en una ocasión, cuando estaba esperando a mi chofer para ir a una consulta, se me presentó una persona muy desgarrada, con un gran costal en el hombro.

 De verdad que no reconocí a nadie, pero al decirme "¡Nandino!", me fijé bien y era Antonin.

  "Yo soy Artaud."  

  “¿Dónde estabas?", le pregunté.

  “Con los tarahumaras.”

  Y señalándose el hombro, me dijo: "Peyote".

  Muchas veces me había dicho: “Si no encuentro mi droga, me suicido. Yo mismo ya no me soporto".  

  Desde entonces no lo volví a ver. Fui al cuarto y ya había recogido todos sus papeles: sólo quedaba un poco de ropa sucia y cerré con llave. La siguiente vez que le hablé a Pepe, me dijo que ya se había regresado a París. Yo descansé. Sólo después de mucho tiempo me di cuenta de que había estado con un genio, con un hombre muy notable en las letras y en el teatro. Recibí cartas de París de amigos suyos que me pedían que les informara, que les platicara algo interesante que yo hubiera visto en su vida, pero sinceramente, fuera del trato médico, del café y de la casa de María Izquierdo, yo no supe más.

 

 Fragmentos tomados de Elías Nandino: Juntando mis pasos, México, ALDVS, 2000; y de Enrique Aguilar: Elías Nandino: una vida no/velada, Grijalbo, México, 1986. Imágenes: postal que envió a Madame Artaud a su llegada a Veracruz el 7 de febrero de 1936, y fotografía de Jean Olivier Hucleux.

 

miércoles, 24 de enero de 2024

Cortesía del tarahumara

 

  Nellie Campobello 


 El modelo de mis sentimientos es el tarahumara. Su cortesía es tanta que cuando va a la ciudad, y una señora le regala un pantalón, da ceremoniosamente las gracias. Coloca el pantalón en su brazo derecho, y se va lentamente. Al llegar a la sierra, cuelga el pantalón en un mezquite, y corre hacia su choza. Vive en la miseria. Necesita dinero, mas no pelea por él: lo mendiga con elegancia. Vive sentado, en las alturas, esperando algo de la lejanía. Tiene la majestad humilde de la pobreza. Durante su estancia en México, envíe a Antonin Artaud a Chihuahua, con los tarahumaras. Artaud me dijo, a su regreso, que estos indios son de una cortesía exquisita. En cierta ocasión, al mediodía, entró a una choza. Ninguno de sus habitantes lo conocía. La mujer continuó sus tareas. El hombre y los niños siguieron comiendo. La mujer sirvió un plato más. Lo colocó en la mesa. Le llevó tortillas. No le preguntaron quién era, qué deseaba.


 Fragmento de la entrevista realizada por Emmanuel Carballo a Nellie Campobello para Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana del siglo XIX, Empresas Editoriales, S. A, México, 1965, p. 381. 

 

domingo, 21 de enero de 2024

Muerte de Antonin Artaud

 

 Julio Cortázar

 Con Antonin Artaud ha callado en Francia una rota palabra que sólo estuvo por mitad del lado de los vivos mientras el resto, desde un lenguaje inalcanzable, invocaba y proponía una realidad atisbada en los insomnios de Rodez. Como sigue siendo natural entre nosotros, nos enteramos de esa muerte por veinticinco menguadas líneas de una «carta de Francia» que mensualmente envía el señor Juan Saavedra (a la revista Cabalgata); cierto que Artaud no es ni muy ni bien leído en ninguna parte, desde que su significación ya definitiva es la del surrealismo en el más alto y difícil grado de autenticidad: un surrealismo no literario, anti y extraliterario; y que no se puede pedir a todo el mundo que revise sus ideas sobre la literatura, la función del escritor, etc.

 Da asco, sin embargo, advertir la violenta presión de raíz estética y profesoral que se esmera por integrar con el surrealismo un capítulo más de la historia literaria, y que se cierra a su legítimo sentido. Los mismos jefes desfallecen agotados, retornan con cabezas gachas al «volumen de poemas» (tan otra cosa que poemas en volumen), al arcano 17, al manifiesto iterativo. Por eso habrá que repetirlo: la razón del surrealismo excede toda literatura, todo arte, todo método localizado y todo producto resultante. Surrealismo es cosmovisión, no escuela o ismo; una empresa de conquista de la realidad, que es la realidad cierta en vez de la otra de cartón piedra y por siempre ámbar; una reconquista de lo mal conquistado (lo conquistado a medias: con la parcelación de una ciencia, una razón razonante, una estética, una moral, una teleología) y no la mera prosecución, dialécticamente antitética, del viejo orden supuestamente progresivo.

 A salvo de toda domesticación, por gracia de un estado que lo sostuvo hasta el fin en una continuada aptitud de pureza, Antonin Artaud es ese hombre para quien el surrealismo representa el estado y la conducta propios del animal humano. Por eso le era dado proclamarse surrealista con la misma esencialidad con que cualquiera se reconoce hombre; manera de ser ineludiblemente inmediata y primera, y no contaminación cultural al modo de todo ismo. Pues ya es tiempo que esto se advierta mejor; lo digo para los jóvenes supuestamente surrealistas, que tienden al tic, a la determinación típica, que dicen «esto es surrealista» como quien le muestra el ñú o el rinoceronte al niño, y que dibujan cosas surrealistas partiendo de una idea realista deformada, teratólogos a secas; es ya tiempo de que se advierta cómo a más surrealismo corresponden menos rasgos con etiqueta surrealista (relojes blandos, giocondas con bigote, retratos tuertos premonitorios, exposiciones y antologías). Simplemente porque el ahondamiento surrealista pone más el acento en el individuo que en sus productos, avisado ya de que todo producto tiende a nacer de insuficiencias, reemplaza y consuela con la tristeza del sucedáneo. Vivir importa más que escribir, salvo que el escribir sea —como tan pocas veces— un vivir. Salto a la acción, el surrealismo propone el reconocimiento de la realidad como poética, y su vivencia legítima: así es que en último término no se ve que continúe existiendo diferencia esencial entre un poema de Desnos (modo verbal de la realidad) y un acaecer poético—cierto crimen, cierto knock-out, cierta mujer— (modos fácticos de la misma realidad).

 «Si soy poeta o actor, no lo soy para escribir o declamar poesías, sino para vivirlas», afirma Antonin Artaud en una de sus cartas a Henri Parisot, escrita desde el asilo de alienados de Rodez. «Cuando recito un poema, no es para ser aplaudido sino para sentir los cuerpos de hombres y mujeres, he dicho los cuerpos, temblar y virar al unísono con el mío, virar como se vira de la obtusa contemplación del buda sentado, muslos instalados y sexo gratuito, al alma, es decir a la materialización corporal y real de un ser integral de poesía. Quiero que los poemas de François Villon, de Charles Baudelaire, de Edgar Poe o de Gérard de Nerval se vuelvan verdaderos, y que la vida salga de los libros, de las revistas, de los teatros o de las misas que la retienen y la crucifican para captarla, y que pase al plano de esta interna imagen de cuerpos...».

 Quién podía decirlo mejor que él, Antonin Artaud lanzado a la vida surrealista más ejemplar de este tiempo. Amenazado por maleficios incontables, dueño de un falaz bastón mágico con el que intentó un día sublevar a los irlandeses de Dublín, tajeando el aire de París con su cuchillo contra los ensalmos y con sus exorcismos, viajero fabuloso al país de los Tarahumaras, este hombre pagó temprano el precio del que marcha adelante. No quiero decir que fuese un perseguido, no entraré en una lamentación sobre el destino del precursor, etc. Creo que son otras las fuerzas que contuvieron a Artaud en la orilla misma del gran salto; creo que esas fuerzas moraban en él, como en todo hombre todavía realista a pesar de su voluntad de sobrerrealizarse; sospecho que su locura —sí, profesores, calma: estaba loco— es un testimonio de la lucha entre el homo sapiens milenario (¿eh, Sören Kierkegaard?) y ese otro que balbucea más adentro, se agarra con uñas nocturnas desde abajo, trepa y se debate, buscando con derecho coexistir y colindar hasta la fusión total. Artaud fue su propia amarga batalla, su carnicería de medio siglo; su ir y venir del Je est un Autre que Rimbaud, profeta mayor y no en el sentido que pretendía el siniestro Claudel, vociferó en su día vertiginoso.

 Ahora él ha muerto, y de la batalla quedan pedazos de cosas y un aire húmedo sin luz. Las horribles cartas escritas desde el asilo de Rodez a Henri Parisot son un testamento que algunos no olvidaremos. Traduje la primera de ellas, la única que tal vez no ocasione la moralizadora clausura de estas páginas.

                                                    1948


 "Muerte de Antonin Artaud" apareció originalmente en Sur, mayo de 1948. Se reprodujo (ver imagen) en El Contemporáneo, núm. 4, junio de 1969. Recogido en Obra crítica, vol. 2, Alfaguara, 1994, pp. 151-55.

 

sábado, 20 de enero de 2024

Artaud, perseguido de Dios

 

 Andrés Henestrosa


¿De dónde venía Antonin Artaud cuando llegó a México a principios de 1936? ¡Quién sabe! Quizá ni él lo supiera, alucinado viajero y hombre péndulo entre la más alta y luminosa razón y la más negra y dolorosa locura. Es el caso que una noche lo encontré en casa de la pintora María Izquierdo, allí en la calle de Venezuela, rodeado de amigos que lo escuchaban azorados. De pie, la cabeza despeinada, hablaba como un poseso, de manera tan rápida y en términos tan poéticos y tan elevados que costaba trabajo al auditorio seguirlo y entenderlo cabalmente.

 ¿De qué hablaba Antonin Artaud? Hablaba de los indios, de las culturas indias, para muchos muertas pero para él las únicas vivas para siempre. Mi presencia y mi condición de hablante de lenguas indígenas, lo llevaron de pronto a hacer tierra, esto es, a abandonar aquella enajenación verbal que se había apoderado de su espíritu. Entonces comenzó pausadamente, como para que yo pudiera seguirlo, una deslumbrante disertación sobre las culturas indias de México, que él comparaba con las más ilustres de todos los tiempos: con la egipcia, la china y la griega.

 Si llegó a ponerla en papel es cosa que ignoro. Si no lo hizo, se perdieron para siempre aquellas reflexiones iridiscentes, lúcidas hasta el vértigo.

 Quería Antonin Artaud que se le llevara con el Presidente Lázaro Cárdenas, a fin de que México le diera los medios para visitar todos aquellos lugares en que florecieron las grandes culturas indias: Yucatán, Oaxaca, Veracruz, Tabasco; en fin, el país entero, porque como él proclamaba, casi no hay sitio en estas tierras donde, como en el verso de Rubén Darío, uno clave su pica, sin que tropiece con la América ignota.

 No puedo reconstruir su persona física, pues siempre que lo intento, por no sé qué extraño mecanismo, es la del doctor Leopoldo Salazar Viniegra la que se presenta frente a mis ojos. Nunca he podido explicarme este extraño fenómeno. ¿Se parecían en realidad estos dos hombres? Es posible. Recuerdo que una noche, errando por la ciudad de Washington, se me ocurrió entrar a una sala cinematográfica, sin fijarme en el programa. Un verdadero espanto me produjo ver a Antonin Artaud en la pantalla: era que pasaban una película en que él hacía un extraño papel histórico, creo que de Heliogábalo. Creí haber retenido su imagen verdadera: durante algunos días me fue familiar, y ahora que ha vuelto a mi memoria su nombre, al evocar su figura, es la de Leopoldo Salazar Viniegra la que reaparece.

  Era Artaud un perseguido de Dios, o del demonio, o de sí mismo. Salió de Francia cuando ya con nadie podía entenderse, cuando su idioma ni siquiera para su propia cordura y locura daba de sí. Y vino a México con la íntima esperanza de encontrar un mundo nuevo que le permitiera recobrarse, darle un poco de paz y de sosiego. Por aquí anduvo cerca de un año, con pequeñas temporadas en la capital, y una muy larga entre los tarahumaras. Con sus observaciones de la vida de esos indios, con lo que pudo alcanzar de sus ritos y del misterio de su alma recóndita, escribió algunos artículos que fueron publicados en El Nacional: relampagueantes, en el linde lo genial.

 En muy pocas ocasiones un escritor extranjero -y los hay muchos ilustres- han logrado obtener del mundo de los indios una visión tan penetrante, como ésa que Antonin Artaud nos dio de los indios tarahumaras. Con una precisión de sonámbulo se movió en el mundo tarahumara, sin perder pisada que lo precipitase al abismo, del que por el contrario, ascendió en las ya pocas ocasiones que pudo hacerlo.

 Un día cualquiera se fue de México, otra vez huyendo de sí mismo. Apenas llegado a Francia  le sobrevino la locura final, y murió en un manicomio después de muchos años de agonía.

                                                                                    28 de junio de 1959

 

 Alacena de minuncias (1951-1961), Ed.Miguel Angel Porrua, 2007, 638-40.


viernes, 19 de enero de 2024

martes, 16 de enero de 2024

Recuerdos de Antonin Artaud




Cultura. Revista Bimestral del Ministerio de Cultura, Núm. 8, marzo-abril 1956, San Salvador, El Salvador, C. A., pp. 87-92. 

jueves, 11 de enero de 2024

Invocación a la momia

 


 Antonin Artaud

 

 Esa nariz de huesos y de piel

donde comienzan las tinieblas

de lo absoluto, y la pintura de esos labios

que cierras como un telón

 

 Y ese oro que te roza en sueños

la vida que tus huesos roe,

y las flores de esa mirada falsa

por la que vas hacia la luz

 

 Momia, y esas manos de alambre

para revolverte las entrañas,

esas manos donde la sombra atroz

adquiere el aspecto de un pájaro

 

 Todo esto de que se orna la muerte

con un rito aleatorio,

esa charla de sombras, y el oro

en que nadan tus entrañas negras

 

 por allí yo te encuentro,

por el camino calcinado de las venas

y tu oro es como mi pena

el peor testigo y el más fiel


 Invocation a la momie


 Ces narines d’os et de peau

par où commencent les ténèbres

de l’absolu, et la peinture de ces lèvres

que tu fermes comme un rideau

 

Et cet or que te glisse en rêve

la vie qui te dépouille d’os,

et les fleurs de ce regard faux

par où tu rejoins la lumière

 

Momie, et ces mains de fuseaux

pour te retourner les entrailles,

ces mains où l’ombre épouvantable

prend la figure d’un oiseau

 

Tout cela dont s’orne la mort

comme d’un rite aléatoire,

ce papotage d’ombres, et l’or

où nagent tes entrailles noires

 

C’est par là que je te rejoins,

par la route calcinée des veines,

et ton or est comme ma peine

le pire et le plus sûr témoin.

 


 Traducción de Raúl Gustavo Aguirre