sábado, 27 de octubre de 2018

Elegía



  Jorge Cuesta


 Después que mis ojos comprobaron que ya no la veía, después que mis oídos penetraban en vano el silencio que sus ruidos abandonaron, sus paseos, sus palabras, y que la muerte me dio una impresión certera y durable de su vacío, la lluvia invadió súbitamente con su presencia nueva mis sentidos desolados, y se apoyó mi vida en sentirla.

 Y cuando alguien vino a hablarme de la civilización europea, en vez de la lluvia, vi los trenes de Europa y su paisajes a los lados, los castillos que no hay en América y recordé el castillo de Windsor y cuando me estiré para verlo hasta que se perdía.

 Pero se trataba de la fatiga de la vida, de la pérdida de su frescura religiosa, de la revolución social y de los hombres  que no tienen ninguna fe y se asoman a los ruidos confusos para discernir una voz, y ven las nubes informes para sorprender una figura.

 ¿Y yo qué fe tenía? Yo hablaba de la fe y eso me hacía vivir durante ese momento como tenerla hace vivir más largamente, y en los huecos de mi pensamiento y de mis palabras renacía la lluvia y la puerta que enmarcaba sus hilos y el tejado enfrente de donde escurrían los chorros más gruesos.

 Pero hay todavía huecos que no se abren ya sobre otra cosa distinta, que no ven a otra lluvia, ni a más imágenes ni a más recuerdos: hay huecos que se abren sólo a un vacío silencio de donde ella partió y donde no crece nada.
                                              
                                              1929


miércoles, 24 de octubre de 2018

Toño Salazar


 Diario de la Marina, 26 de septiembre de 1934. Caricaturas de Girondo, Joyce, Colette y Barba Jacob.

sábado, 20 de octubre de 2018

Progreso instructivo para 1950



 Robert Desnos

 Por su situación al otro lado de un océano que se creyó, durante mucho tiempo, habitado por las sirenas; por su conocimiento de un sol cálido y de constelaciones distintas a las nuestras, América Latina resultó una presa fácil para el exotismo y las especulaciones. Al exotismo debemos cierto número de novelas propias a extraviar la imaginación, y una serie de mentiras de viajeros, no desinteresados y menos tontos de lo que podría creerse, a juzgar por la estupidez de sus decires. A la especulación debemos una leyenda de América Latina, sobre la cual se fundaron numerosas estafas políticas, en este joven-viejo continente, y aun en el nuevo. No hay razas autóctonas. En la historia y la prehistoria sopla un viento de invasiones y de emigraciones. En el momento en que se hace pasar a los normandos, los bretones, los alsacianos, los vascos y los auverneses, por miembros de una hipotética raza francesa, es interesante apuntar que análogo privilegio es rehusado a las naciones de la América Latina, que algunos quieren presentamos, a la fuerza, como un conglomerado de españoles y portugueses, sin pensar que, además de las mil alianzas con razas negras e indias, el solo hecho de nacer y vivir a millares de leguas de la pseudo-madre-patria, ya constituye, por sí mismo, una transformación. ¿Los normandos de Sicilia, son mediterráneos o Vikings? ¿Latinos o nórdicos?
 El primero en sostener que la historia era un «eterno recomenzar», además de que no había visto el comienzo, tenía una rara noción de lo que se llama eternidad. Suponiendo que los brasileños emprendieran mañana una marcha hada el oeste, esa emigración, por razones de tiempo, de lugar y de espíritu, no sería comparable con la que llevó al yankee desde las riberas del Atlántico a las del Pacífico. No soy de los que usan la batista de sus pañuelos lamentando la desaparición de razas exterminadas por los conquistadores o de negros maltratados por los encomenderos. Las añoranzas históricas se clasifican entre las más despreciables. Tales hechos han contribuido a la creación del actual estado de cosas, y las razas se sobreviven siguiendo un proceso de fusión... ¿Dónde están los galos de antaño?
 Las últimas noticias que nos llegan de América Latina, en despecho de las censuras nacionales y de Wall Street, nos traen una doble enseñanza. Ante todo, nos permiten formular un juicio acerca de los métodos de evolución y de revolución, que fueron nuestros; nos hacen además vislumbrar los métodos que el mundo moderno, en lo que comprende de socialmente activo, se promete poner en práctica para el futuro. Lo que se llama corrientemente «el retardo» de esa parte del mundo sobre el nuestro, es en ese dominio, un progreso instructivo para 1950. La evolución social de todas estas repúblicas, tan impura, tan caótica, tan loca como pueda parecemos, plantea en realidad, y con evidencia, las bases de una acción nueva. En el momento en que la gravísima cuestión rusa promueve en todo hombre adicto a principios realmente humanos un «caso» de conciencia y de ciencia, el «caso América Latina» impone una atención que muchas generaciones deberán mantener para juzgar con provecho y actuar con eficacia. La proximidad del peligro capitalista de los Estados Unidos, con todas las esperanzas revolucionarias que acarrea, no es la menor razón por la que los «técnicos» deben observar la evolución del estado social que se desarrolla desde las riberas del golfo de México hasta el estrecho de Magallanes.
 Nunca pudieron hallarse —aún en Rusia— tal número de elementos sociales e históricos reunidos en la misma unidad de tiempo. 


 Si no vivimos el tiempo suficiente para asistir a la realización total de los anhelos que habrán de nacer en esa efervescente tierra virgen y fértil, al menos tendremos, lo afirmo, la certidumbre de que ese rincón de tierra será el teatro de acontecimientos formidables, en la evolución del estado social del mundo.   
 Pero importa ante todo que la evolución de América Latina se lleve a cabo en un plano social. Lo que nos interesa en las conmociones de ese continente no es saber que un general ha sido fusilado por orden de otro general; que la «libertad» ha sido hallada una vez más por un partido al derribar otro partido, que, a su vez, salvará la libertad en la próxima ocasión. Lo que nos interesa es el destino del cortador de caña cubano, del sembrador de café del Brasil y de sus obreros, del peón de ganadería argentino, del minero peruano, del viticultor chileno. En cuatro palabras: el destino del proletariado.  
 México ha demostrado ya, durante el transcurso de estos últimos veinte años, hasta qué punto le preocupan esas cuestiones materiales: cuestión agraria, cuestión india, cuestión obrera. No hay un problema de esta naturaleza al que no intentara aportar una solución definitiva, y si ciertas soluciones no han sido halladas aún, es porque tales asuntos no se resuelven en veinticuatro horas. Ha pasado la era de las revoluciones rápidas, equivalentes a un cambio de ministerio, en que la toma del poder sólo corresponde, de hecho, al mantenimiento de una orientación política.
 Si pudiéramos considerar a México, en este momento, como jefe de fila del continente (¿a causa de la proximidad del peligro yankee?) no debería verse en ello un argumento de jerarquía nacional. Lo que ciertas condiciones económicas permitieron realizar en el norte, otras condiciones económicas permitirán, sin duda, llevarlo a cabo —y tal vez más a fondo— en el Brasil o en Colombia.  
 En definitiva: en la época actual, época en que todo el poder del capitalismo es debido a una larga experiencia social, a una técnica apropiada, a planos inflexiblemente realizados, es importante que el proletariado latinoamericano no se deje vencer por esa ciencia, por el capital al servicio del cual labora, quiéralo o no.
 Menos frases, menos lirismo. Si estos factores forman parte del medio y de la vida, si son útiles y hasta necesarios durante los días de acción, es, sin embargo, indispensable desterrarlos de los programas. Los movimientos futuros deben ser movimientos de clases, y no movimientos de minorías, animadas por las mejores intenciones, pero exentas de todos los sufrimientos que hacen nacer el choque entre individuos.
 El estado futuro de las clases trabajadoras de América Latina, nos interesa más que el incendio de tal o cual palacio, el nombre de tal o cual cabecilla revolucionario, los bellos hechos de tal o cual héroe...

 Texto sin título en el dossier "Conocimiento de América Latina", Imán, París, 1931, pp. 195-97. 

jueves, 18 de octubre de 2018

La partida que se juega



 Georges Bataille

 Ya que el mundo se encuentra dividido en cierto número de partes, aisladas hasta ahora, todo lo que podemos esperar de las civilizaciones particulares deriva, sin duda, de las posibilidades de derribar las barreras que las separan (la voluntad de conservar la fisonomía y el encanto locales aparece unido a una vanidad desesperante, a la pedantería sentimental de periodistas para solteronas de todos los países). Si se considera, pues, una parte del mundo tan vasta como lo es América Latina, no es muy importante saber si las costumbres que en ella se encuentran tienen en sí un valor humano excepcional; resultaría mucho más interesante observar cuáles serían los elementos extraños susceptibles de corromper y destruir esas costumbres. Y, al propio tiempo, aparecerían como elementos irreductibles los fermentos tenaces que corrieran el peligro, recíprocamente, de corromper las costumbres de las otras partes del mundo.    
  Es imposible, sin duda, investigar aquí — aunque no fuera más que de modo aproximativo— cómo podrían desarrollarse estos intercambios, pero el sentido de las observaciones que aparecen a continuación está unido al interés que presentan tales posibilidades.
 Entre las influencias disolventes que podrían provenir de Occidente, debe citarse, en primer lugar, el anticlericalismo. América Latina es ciertamente uno de los lugares del globo en que la influencia del clero y de la religión ha permanecido más fuerte. Pero sería absurdo deducir de ello conclusiones primarias. Es más fácil liberarse del imperio de una tradición cuando todavía se encuentra poderosa, que cuando está instalada en los bancos, con uniformes de portería (como pasa en los Estados Unidos). Es mucho más fácil vencer un mal cuando aún es tiempo de reaccionar con violencia. En este sentido, las repúblicas latinas de América podrían desempeñar un papel de primer orden en la destrucción general de cierta moral de opresión y servilismo.
 Esta emancipación es tanto más necesaria en América, ya que es indispensable para vencer odiosas tradiciones sexuales. El día en que los latinoamericanos recuerden con vergüenza la vida que hicieron llevar a la mujer durante tanto tiempo, está probablemente algo remoto. Sin embargo, es indudable que el sistema anual de custodia y dominación que se ejerce estrechamente sobre la mujer está condenado a desaparecer, para despecho de las viejas señoras austeras (esa parte gangrenada de la sociedad que causa tan grandes estragos, aun en los países de costumbres más libres). Esa evolución sería interesantísima en América Latina, ya que no podría corresponder, en modo alguno, a una suerte de alejamiento de los placeres sexuales y a una honestidad estéril. Sólo podría tener lugar, salvaguardando el impulso de los deseos que han conservado toda su brutalidad primitiva, y paralelamente a la abierta glorificación, no sólo de la virilidad, sino del carácter humano de una actividad sexual libre —que no tiene otra finalidad, en suma, que la entrega a prácticas licenciosas.
 Sería muy interesante, evidentemente, que razas más jóvenes y más fuertes que las nuestras llegaran, de este modo, a una corrupción de costumbres, tan generalizada como la que nos caracteriza. Y, recíprocamente, estaría permitido esperar un renuevo de nuestra propia fuerza, que pondría nuestros impulsos a la altura de los que agitan los pueblos de América Latina. A pesar de que no se tratara, en este caso, de organizar sistemáticamente el caos en países donde los hombres llevan el espíritu del método a su último grado de perfección —especialmente cuando se trata de fabricar montañas de cadáveres— hoy parece inevitable un regreso a costumbres más netamente crueles y violentas en las poblaciones europeas. Es pues posible, (y aun bastante verosímil) que las costumbres de nuestra vida política se transformarán a punto de no diferir mucho de las de América Latina.
 Es cierto que en Europa no acude a mente alguna la idea de que la sorprendente fraseología de los políticos burgueses pueda llevamos bruscamente hasta ciertas bravuconadas tragicómicas a lo Melgarejo. Por ejemplo: nadie imaginaría a un viejo soberano europeo, ordenando a su ejército de atravesar el mar a nado, bajo el pretexto, si se quiere, de ir a castigar alguna tribu negra de África. Sin embargo, es posible prever circunstancias análogas, en que las cabezas blandas de los Mussolini o los Hitler perderían rápidamente lo que les queda de apariencias normales, para satisfacer plenamente sus anhelos de payasos declamatorios.
 La burguesía no vislumbra ya muchas salidas, fuera de las aventuras brutales, y todo lo que puede decirse es que apresura con ello el día del proletariado, único capaz de barrer los monstruos de feria mussolinianos o hitlerianos, y de liberar al mismo tiempo —con la destrucción de la sociedad burguesa incapacitada— impulsos de una amplitud y de una prodigiosa grandeza humana.
 Una sencilla alusión a esto nos muestra, por otra parte, hasta qué punto estas observaciones resultan subsidiarias. Es indudable que, sea el país en que nos situemos, la partida que se juega solo puede definirse por el antagonismo irreductible de las clases actuales. Todo lo que pueda producirse a partir de las diversas civilizaciones, sólo adquiere su verdadero sentido al relacionarse con la revulsión violenta que de ello resultará.

 Texto sin título en el dossier “Conocimiento de América Latina", recogido por la revista Imán, dirigida por Elvira de Alvear, con Alejo Carpentier como secretario de redacción. París, núm. 1, abril de 1931, pp. 198-200.


martes, 16 de octubre de 2018

Perfecta utopía


  
 Michel Leiris

 Si bien, en la gran masa de los espíritus europeos, se puede hallar una imagen de América del Norte que, a pesar de ser un tanto mendaz, está netamente definida, no ocurre lo mismo con América Latina. A pesar de que esté de moda la arqueología precolombiana y que México pase por ser el clásico país de las revoluciones palaciegas; a pesar de que un número —bastante reducido, además— de intelectuales, no ignore que Isidoro Ducasse nació en Montevideo; a pesar de que una cantidad de gente que antaño bailaba el tango frecuente ahora los bailes antillanos, sólo se posee en Europa una noción muy vaga de ese continente, que se cree muy remoto y dotado de una singular aureola, cuyo resplandor fabuloso está realzado por las penitenciarías de las Guayanas, y, por otra parte, el tráfico de mujeres para Buenos Aires —factores estos, bien popularizados por la literatura criminal.
 En lo que se refiere a mí, debo afirmar que, fuera de algunos rudimentos escolares, tomados en los manuales de geografía, no sé casi nada de América Latina. He conocido algunos americanos del sur que sabían ser amigos encantadores; me he tropezado con algunas latinoamericanas que eran de una magnífica belleza. Fuera de esto, he visto representar Le carrosse du Saint Sacrement de Próspero Merimee, y he leído algunos libros, como Costal l’ Indien— que admiraba Arthur Rimbaud— o algún relato más o menos fantasioso, como el consagrado por el aventurero yankee Up de Graff a su viaje en tierras de Los Cazadores de Cabezas del Amazonas; he visto films como El mantón resplandeciente, cuya intriga se desarrolla en época de la dominación española en las Antillas, o como ese sorprendente film documentario, consagrado a la Tierra de Fuego y a sus habitantes, que fue proyectado hará unos tres años en el Vieux-Colombier; he oído bellísimos discos fonográficos traídos de Cuba por mi amigo Robert Desnos; me he apasionado un tanto por la hipótesis de la Atlántida y las analogías que algunos creyeron encontrar entre las pirámides del Egipto y las de Yucatán; me conozco un tío (exactamente hermano de mi padre) que murió en Río de Janeiro siendo propietario de una tienda y progenitor de diez y siete niños —se había hecho gaucho a consecuencia de una distinción con sus padres, que lo habían enviado a América, bajo el pretexto de «domarlo»; conozco la leyenda del Eldorado y las matanzas horrorosas cometidas por los conquistadores bajo la máscara mediocre de la religión; acabo de enterarme de que el boxeador negro All Brown (a quien estimo mucho) es oriundo de Panamá; he oído decir que en América Latina se solía gastar realmente el dinero (a punto de que muchas personas consagran su tiempo, alternativamente, a arruinarse y a rehacerse una fortuna, y, cuando vienen a Europa, responden a quienes les hacen preguntas acerca del tiempo que permanecerán en el Viejo Continente: «vengo para gastarme 100,000 pesos» —o 200,000 o 300, 000, o la cifra que prefieran). Creo que con esta enumeración he revisado todo el conocimiento que tengo de América Latina.
 Por lo que puedo juzgar, América Latina, en general muy católica, tendría mucho que ganar (y más especialmente que cualquier otra tierra) si adquiriera mayor independencia espiritual. Como en España, la austeridad de América Latina es terrible, y resulta triste que esa austeridad pese justamente sobre un continente cuyos pobladores son tan bellos... Sin embargo, esta noción del pecado, por el hecho mismo de estar marcada por el sello del misticismo católico, es menos antipática, probablemente, que el puritanismo protestante que perdura en los Estados Unidos, y que pronto acabará por inundar el mundo entero —si no se le retiene— con sus concepciones utilitarias e higiénicas. Partiendo de este dato y enfocando los fríos standards de América del Norte, resulta significativo oponerles, en cierto modo, geográficamente, la riqueza maravillosa de América Latina, donde florecía hace pocos siglos (al menos en lo que se refiere a México) el más evolucionado de los estilos barrocos. Este hecho me parece significativo. A mi modo de ver, la misión histórica de América Latina sería la de contrapesar en el mundo la influencia racionalizadora de los Estados Unidos...
 Dejándome llevar por la misma corriente, de tono más o menos profética, llegaría hasta decir que América Latina —antaño tierra clásica de los sacrificios humanos— resulta feudo de elección para instaurar en esta una civilización, en cierto modo más violenta que la nuestra, y, sin duda, más directa y más sana. Puede muy bien imaginarse que de una mezcla de razas en que se vieran fundidos españoles, portugueses, negros e indios; de una mezcla de religiones en que se encontraran sincretizados los sacrificios sangrientos de dioses, de hombres o de animales —desde los cometidos por los mayas hasta los que llevaron a cabo los cristianos— pasando por el culto vaudou (sic) que tiene hoy adeptos en les Antillas, y las corridas de toros; de un movimiento revolucionario que invirtiera los valores económicos y sociales, saldría un pueblo con capacidades prodigiosas, una religión más adecuada que las demás para adaptarse a ciertas tendencias instintivas del hombre, y entonces tendríamos unos Estados Unidos de América Latina, hechos para desempeñar un papel decisivo en el equilibrio universal, frente a los Estados Unidos de América del Norte y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas...
 Pero veo que me hundo hasta el cuello en la más perfecta y plenaria utopía, ya que se trata de suposiciones enteramente gratuitas, hechas en completa ignorancia de las condiciones reales, y siguiendo un vulgarísimo esquema... Estoy obligado, pues, a reducirme al pequeño número de elementos que conozco o creo conocer (lo que no es tan distinto como algunos podrían imaginarlo), a saber:
que uno de los mayores peligros existentes para las antiguas colonias españolas de América Latina es el de caer bajo la dominación del capital yankee;
que el Amazonas es un gran río;
que existen montañas elevadísimas en la cordillera de los Andes;
que Santa Rosa de Lima es una de las figuras piadosas más atrayentes;
que cuando los habitantes de la Tierra de Fuego no hallan ropas en los barcos encallados, llevan por toda vestimenta una piel de carnero que voltean contra la dirección de donde sopla el viento;
que las cabezas cortadas, momificadas y reducidas, que preparan los indios Jíbaros, son encantadores objetos para adornar una chimenea;
que el Anaconda es la serpiente más larga que se conozca;
y que, según mi amigo Jacques Barón, que era antaño marinero y por ello ha viajado un poco, las más bellas casas de prostitución del mundo son las de Pernambuco.


 Texto sin título en el dossier “Conocimiento de América Latina", recogido por la revista Imán, dirigida por Elvira de Alvear, con Alejo Carpentier como secretario de redacción. París, núm. 1, abril de 1931, pp. 201-03.

jueves, 11 de octubre de 2018

Cuba, 1934. Sobre una foto de Cartier-Bresson

 

  Pedro Marqués de Armas 

 En la foto, tomada en la redacción del Diario de la Marina el 7 de julio de 1934, aparecen algunos de los miembros la Misión México-Buenos Aires, orquestada por el diplomático y periodista argentino exiliado en Francia, Julio Brandan. El proyecto pretendía dar a conocer en Europa la realidad americana, mediante observatorios emplazados en diferentes países del continente, y contaba con apoyo de intelectuales radicados en París, así como de instituciones francesas: el museo del Trocadero, la Sociedad de Geografía, órganos de prensa, etc.
 Una vez en México, darían cuenta del trazado de la carreta panamericana y del impacto que tendría sobre comunidades indígenas, realizando reportajes y acopiando material fílmico. Se suponía que la misión desarrollara investigaciones "etnológicas, sociales, geográficas y artísticas" y que culminaría al cabo de dos años en la Tierra del Fuego.
 Pueden verse, sentados, al cineasta y etnógrafo Bernard de Colmont y el caricaturista Toño Salazar, junto a Brandan; mientras de pie, de izquierda a derecha, figuran el fotógrafo Henri Cartier-Bresson, los hermanos Gérard y Nourah Tarvoc –ambos fotorreporteros de Miroir du Monde-, y el arquitecto Álvarez de Toledo. Son escoltados por los cubanos Armando Maribona, José L. Horstman y Zoila Ibarra.
 En México, debían sumarse el escritor Alejo Carpentier y el compositor Tata Nacho. Completaba el equipo Lionel Charmoy, ayudante de Colmont.
 Cartier-Bresson venía como corresponsal de Vu y Voilà, revistas que ya lo habían enviado a España un año antes donde recorre, además de Madrid, Toledo y Barcelona, varias ciudades andaluzas y retrata a gitanos, inválidos, buscavidas y prostitutas, junto a lugares abandonados o en construcción.
 También conocida como Expedición Etnográfica, la misión fracasó estrepitosamente, entre otros factores, al no recibir el esperado patrocinio del gobierno mexicano. Sin dinero para continuar, el grupo se dispersó, derivando en diversas aventuras.
 Bernard de Colmont y Gérard Tacvor ponen rumbo a Chiapas donde conviven por más de un año entre los indios lacandones, enviando al museo del Trocadero informes y filmes, así como reportajes que tendrían amplia divulgación. Toño Salazar sobrevive decorando mansiones y vendiendo sus dibujos, para terminar más tarde en Buenos Aires. Brandan y Álvarez de Toledo regresan a París. Y Cartier-Bresson trajina con su Leica por Tlaxcala, Juchitán y Puebla, anclando en ciudad de México donde se aloja, en el barrio de La Lagunilla, junto al pintor Ignacio Aguirre y los escritores Langston Hughes y Andrés Henestrosa.
 La estancia mexicana de Cartier-Bresson se inicia, pues, en julio de 1934 y culmina ocho meses más tarde, en marzo de 1935, tras una exposición conjunta con el gran fotógrafo Álvarez Bravo, en el Palacio de Bellas Artes. A principios de junio se encamina hacia Estados Unidos, pero antes realiza otra escala en La Habana. En esta ocasión lo acompaña el pintor norteamericano Martin Baynor Fuller, que había trabajado con Siqueiros. Ambos viajeros se retratan para el Diario de la Marina junto a Nicolás Guillén, con quien el fotógrafo había contactado el año previo.


 Sería Guillén uno de sus acompañantes en ambas escalas. Fue en la primera de ellas que Cartier-Bresson realizó la extraordinaria fotografía titulada “Cuba, 1934”. Es probable que tomara otras, pero ésta de un tiovivo abandonado con unos caballitos que han perdido sus colas, parece ser la única que se salvara de aquella fugaz estadía. Se trata de una de sus fotos preferidas, ya que la eligió para encabezar su última exposición en vida, la retrospectiva De qui s'agit-il?, en la Biblioteca Nacional de Francia en 2003.
 Peña Pupo ha escrito un interesante texto en el que señala un curioso detalle en esta imagen: una estrella de David grabada en la grupa de uno de los caballos. Lo que le lleva a preguntarse por el lugar donde pudo ser realizada y por el misterio de ese símbolo judaico en un carrusel habanero de 1934.
 Pero la foto no sorprende solo por ello, sino también por sus tonos grises y blancos, como por el contraste entre un primer plano circular, con esos caballos que imitan el movimiento, y un segundo plano abierto a una extensión no menos desolada cuyo fondo corresponde con las marcas de un derrumbe. Se aprecian perfectamente las paredes derruidas con las bocas de lo que fuera una antigua edificación de viga y tabla. Y para más desolación, pueden verse al fondo cuatro individuos, uno que escarba entre la basura (al centro) y otros tres, a la derecha, no menos mendaces.
 La yerba crecida realza el abandono, no menos que el destartalado tiovivo. Más que capturar el movimiento, como en otras fotos de Cartier-Bresson, el semicírculo abierto hacia el vacío de la explanada denota -si no es que atrapa- inmovilidad. Un instante en el que el movimiento aparece en su reverso, en su nada-movimiento.


 No son estas ruinas, sino despojos, unos restos sin altivez. Eso sí, sometidos a una prueba geométrica, como a otra, menos verificable, alegórica; con la certeza de que el documento concierne a un lugar, a una fisonomía.  
 En vez de ruinas, en Cuba debería hablarse de despojos. Así como en oposición a melancolía, no cabe otro término que depresión. La imagen alegoriza otros tantos despojos materiales: los de la guerra del 95, los que la crisis del 29 impuso sobre el tiovivo y la edificación colindante, para no hablar de los residuos de la revolución.
 En todo caso, derrumbes de lo que nunca espigó y, por tanto, de lo que jamás alcanzó la condición de reliquias, de verdaderas ruinas.
 “Cuba, 1934” puede ser vista, pues, como una hoja de contacto más vasta donde el despojo y la desolación estarían inscritos de antemano. Como un inconsciente leve, levemente surreal. Si Cartier-Bresson hubiera vuelto a comienzos del Periodo Especial, ya no habría retratado rostros, ardientes eslóganes, como en 1963, sino derrumbes circulares.
 Cuando visitó aquella ciudad por primera vez estaba de moda un condimento llamado La Espiga de Teresita. Aparecía en la prensa, en los billetes de lotería, y se cantaba en la radio. La firma comercial había despuntado a comienzos de la República y hasta había dado título a una famosa radionovela. Si ampliamos la imagen podremos ver perfectamente en la pared del fondo, un sello que anuncia a La Espiga de Teresita. Es la única pista que nos regala la imagen para dar con el lugar.
 Pero así como este condimento estaba en todas partes –lo cantaba una niña de seis años, la cantante Teresita Fernández y lo vendían en toda la isla, hasta en Sibanicú–, podría no ser ésta la fábrica original, sino una bodega más. Abiertos a precarias intemperies, se trata del típico anuncio que tales derrumbes suelen descubrir. Allí donde quedan letras, es porque música hubo. Si para algo sirven esas inscripciones, es para recordar. A fin de cuenta, uno no se sienta sobre ruinas.

domingo, 7 de octubre de 2018

Face to face


 Pedro Marqués de Armas


 De las cerca de mil fotografías que Cartier-Bresson tomó en La Habana en 1963, fue ésta, curiosamente, la que, precedida de la frase "esta es la Cuba de Castro vista cara a cara", sirvió para encabezar el reportaje que le encargó la revista Life, aparecido en marzo de ese año.

 La acompaña el siguiente pie: "Cubanos sorprendidos por la cámara". 

 Imposible saber qué pudo decirle este trío al fotógrafo, si bien no hay dudas de que las expresiones fueron como arrancadas por sorpresa. Supongo que debió atraerle su informalidad como policías y el carácter, por decirlo así, “familiar” de la composición. No ordenan nada, no aportan la menor reciedumbre, pero han sido los elegidos.

 Por el pie de foto sabemos, también, (de lo contrario hubiera sido inverificable), que los congrega allí el arribo de un barco polaco que acababa de atracar en el muelle de Caballería: “un carguero construido para Cuba y que lleva el nombre de un héroe de la revolución".

 Cautivan las miradas y, no menos, los dientes y gafas del primero. Hay cierto parecido en sus fisonomías, como de hermanos, aunque pudiera tratarse de una pareja; y el de la derecha, quizás un primo. Malamente enfundados en sus uniformes, ahora miembros de la Policía Nacional Revolucionaria, tienen a la vez tacha de campesinos.

 Clan o parentela, ahí quería llegar: al xenos.

 Porque si las expresiones indican avidez y hasta un entrañable asombro, las caras mismas y el talante de los sujetos desvía la intención del fotógrafo, de lo que pudiera ser un genius loci revolucionario, hacia una inesperada extrañeza. (En este sentido, son tan surrealistas como aquellos caballitos de un tiovivo destartalado que el propio Cartier-Bresson captó a su paso por La Habana en 1934.)

 Que hayan sido los elegidos para representar a los cubanos de la Cuba de Castro, supone todo un cortocircuito. Da la impresión de que asisten a la escena como de prestado; añadidos, se diría, más que inmersos en ella. Se comen la cámara pero delatan lo poco integrado que están al paisaje en el que se les intenta engranar.

 El rubio alto de las gafas enormes se lleva las palmas. Sus dientes no dejan de temblequear y todo él trasmite una expectación temerosa. Hasta los escuditos de las gorras resultan bizarros.

 Como muchas otras fotos cubanas de Cartier-Bresson, la imagen destaca por el modo en que refleja dos épocas que se despiden entre sí, pero sin que ese contraste, sin que esa despedida resulte, en modo alguno, procurada.

 Y es que al contrario de otros rostros capturados para el reportaje, los de este magnífico trío parecen intuir -desde el fondo de la Historia, sino en la superficie- lo que les viene encima.



sábado, 6 de octubre de 2018

Cuba, 1963



  Henri Cartier-Bresson 
                          
 Life, que no podía mandar a un fotógrafo americano, me pidió que hiciera este viaje, un viaje posible gracias a mi pasaporte francés, tal y como ocurriera con mi primer viaje a la China. Había conocido a Nicolás Guillén, el gran poeta cubano, en 1934, y cuando me enteré de que era el encargado de las relaciones culturales cubanas, le mandé noticia de mi llegada a su país. A vuelta de correo me comunicó que sería su invitado y, con la misma rapidez, puse las cartas sobre la mesa y le dije que mi reportaje iba a publicarse en Life. Me respondió: "Muy bien, pero, ¿qué es lo que más te gustaría?" Le expliqué: "Lo que más me gustaría sería no estar con las delegaciones y hospedarme en el viejo Hotel de Inglaterra, que probablemente esté muy destartalado, donde habían vivido Caruso, etc." "De acuerdo. ¿Qué más?", "Que me asignéis un intérprete" "¡Pero si tú hablas español!" "¡Sí, pero de este modo sabré dónde me meto!"
 Y a continuación el texto que escribí a la vuelta, en inglés, a petición de la revista Life.


 Yo soy visual, probablemente. Observo, observo, observo. Comprendo a través de los ojos. En efecto, tuve que meter Cuba -que llevaba treinta años sin visitar- en mi visor mental, por decirlo de alguna manera, y corregir la paralaxia con una visión justa. Tendrían ustedes una visión falsa si dependieran excesivamente de la lectura de la prensa cubana. Comprendo el español, e incluso lo hablo aunque mezclando palabras en italiano e insultos mexicanos.   
 La prensa está repleta de propaganda y de imprecaciones. Los mensajes son directos, en un lenguaje marxista estereotipado. Los carteles de propaganda que cuelgan de las paredes no pasan desapercibidos. Algunos tienen cualidades artísticas, pero éstos, ensalzan ideas sociales o políticas o diagramas de producción, en lugar de productos de consumo como en nuestro mundo. Un cartel muy popular proclamaba: "¡Un país que estudia es un país que ganará!"

 Sin embargo, para mí está claro que hay mucha gente que no confía tanto como los eslóganes dan a entender. Saben que están en el centro de una situación cambiante y muy compleja. Se debaten para lograr la industrialización y les preocupa su futuro. Viven en la severa moral marxista porque se ven obligados a ello, pero son alérgicos a la organización y al habitual énfasis comunista acerca de tópicos y lugares comunes.
  Cuba es una isla de placer que, aunque ha quedado a la deriva, sigue siendo un país latino, un país tropical con el ritmo africano en el corazón. Sus gentes están relajadas, con mucho sentido del humor, son amables y graciosas, pero han pasado por bastantes dificultades y se ha desarrollado una cierta picaresca. No lo tendrá nada fácil el que deba hacer de ellos sólidos celadores comunistas.   
 Si Cuba intriga al mundo occidental, intriga en la misma medida a los comunistas extranjeros en la isla. Oí la siguiente conversación entre mi limpiabotas y su compañero: "¿El socialismo? ¡De verdad, yo me iría con los rusos a la luna!” Y el otro: "¡Pues yo no veo en qué me cambiaría la vida aquí abajo!" A lo largo de mi viaje, escuché en más de una ocasión este tipo de reflexiones.

 La libertad de expresión, he ahí algo que nadie ha conseguido eliminar en Cuba. Un día, estaba sentado con un importante personaje oficial del gobierno, y como la conversación comenzaba a decaer, me preguntó si conocía el último chiste que corría sobre el gobierno. Y el personaje comenzó: "Un comandante militar de elevada graduación obtuvo un permiso para ir a EE UU. Pero el caso es que se quedó allá. A lo que Fidel afirmó: '¡Vaya, otro traidor!' Al final el comandante regresó, y Fidel le dijo: 'Creíamos todos que nos habías traicionado'. A lo que el militar respondió: “Esos americanos están tan atrasados, comentó acariciándose el estómago, que comen como lo hacíamos nosotros hace unos años".    
  Un domingo, yo estaba de visita en casa de un sacerdote que era, además, un poeta excelente. Y mientras yo leía sus poemas publicados recientemente, me sorprendió la llegada de algunos miembros del Comité de Cine que habían ido a visitarle,   y eso en un país donde, según las concepciones marxistas, a los sacerdotes habría que cubrirles de oprobio. Fue también para mí una sorpresa leer noticias religiosas en El Mundo.
 Me hallaba al otro lado de la bahía de La Habana con un amigo, excelente poeta cubano, en una fiesta vudú en yoruba. En un árbol habían colgado una autorización gubernamental con el sello oficial. En el momento en que el "diablito" debía salir del tabernáculo, haciendo aspavientos con las ramas y justo antes de una danza del trance, pedí autorización para fotografiarle y, muy educadamente, me respondieron: ''Durante la semana, somos unos marxistas- leninistas excelentes, pero los domingos son para nosotros". Decidí abstenerme.


 Los cubanos construyen mucho. Pero nada que ver con las deslucidas construcciones utilitarias de los países comunistas en serio. Aquí, hay luz, color, gracia, imaginación, con un reflejo de Frank Lloyd Wright, Le Corbusier y Louis Khan.
 El gobierno parece comprender que la disciplina absoluta no coincide con el temperamento cubano. Por ejemplo, a nadie se le ha ocurrido suprimir esa pasión que tienen los cubanos por la lotería. La gran diferencia es que se ha convertido en un instrumento de la revolución. Han reducido el precio de los billetes y el gobierno, simplemente, se otorga un porcentaje más amplio.      
 Y, pese a todos los discursos gubernamentales para abolir la prostitución, en la que fuera isla de placeres para los norteamericanos y otros, no ha desaparecido completamente. Las chicas ya no andan por las calles pero llevan sus negocios de una forma más discreta. Han convencido a unas cuantas para que se reformen y entren en una institución; no recuerdo su nombre exacto, algo parecido a "Centro de Artesanas" en Camagüey. No pude hacer fotos ahí porque algunas de ellas se van a casar y sería embarazoso para su futuro cónyuge.

 Debo confesar que soy francés y que miro a las damas. De sobra me di cuenta de que las cubanas tienen curvas voluptuosas aunque situadas en el extremo opuesto a las de Jayne Mansfield.
 Una noche, iba por el pasillo del hotel en compañía de un amigo cuando una espléndida joven abrió bruscamente la puerta de su habitación, mostrando su cabeza y algunos atributos que podrían haberle hecho una seria competencia a Brigitte Bardot. Sorprendido, le pregunté a mi amigo: '¿Quién es?" A lo que me respondió secamente: "Es miembro del Ministerio de Industria". Y, ruborizado, añadió: "Se pasa las noches estudiando libros rusos acerca de la planificación industrial".
 Hay un aspecto que me dio que pensar: los fusiles. La milicia cubana lleva sus armas como los turistas sus cámaras de fotos. Sencillamente, tomé mis precauciones. Cuando tengo que rodear un caballo, paso por delante, pero cuando veo el extremo de del fusil, paso por detrás.
  Hay un punto que me preocupó de verdad: el Comité para la Defensa de la Revolución. Es evidente que hacen un trabajo social, e incluso mucho bien. Distribuyen ropa, vacunas, combaten la delincuencia juvenil. Pero el comité sabe exactamente lo que pasa en cada familia y en cada edificio. Y esa invasión de la vida privada puede desembocar en una verdadera caza de brujas.   
 
 Seguía solicitando una entrevista con Fidel; nadie le llamaba Castro, sólo Fidel. Todo el mundo quería ayudarme. Pero eso supuso un problema porque Fidel seguía viviendo como al principio, en tiempos de la guerrilla, y desaparecía en las montañas.
   Mientras esperaba ese encuentro, proseguía mi camino y le hice unos retratos al brazo derecho de Fidel, el comandante Che Guevara, después de seguirle por unos campos de caña de azúcar. El Che Guevara era más que lo que da a entender su título de Ministro de Industria. El Che es un hombre violento y un realista. Sus ojos brillan, apasionan, seducen y fascinan. Es un hombre persuasivo y un verdadero gran revolucionario, en absoluto un mártir. Tenía uno la sensación de que si la revolución tenía que extinguirse en Cuba, el Che reaparecería en otra parte, con toda su vitalidad.
 
 Por fin pude ver a Fidel. Vino a buscarme un Cadillac cuyos fondos iban tan llenos de armamento que, al sentarme, las rodillas encogidas me tocaban el mentón. Me recibió entre las bambalinas del teatro Charlie Chaplin, donde debía pronunciar un discurso. Ese hombre es a la vez un mesías y un mártir potencial. Al contrario que el Che, pienso que preferiría morir antes de ver desaparecer la revolución. También es el patrón respetado, eso está claro. Sus amigos ríen y bromean entre ellos hasta que entra. Entonces se siente: ha llegado el jefe.

 
 Podría decirse que su barba es un nido para recoger a los desheredados. Al marxismo se refiere en voz muy alta, pero eso está en su cabeza, no en su barba ni en su voz. Tiene cabeza de minotauro, la convicción de un mesías. Desprende un potente magnetismo, en cierto modo, una fuerza de la naturaleza. Arrastra a la gente a una especie de danza envolvente... En mi calidad de pequeño francés observador, reparé en que, tras tres horas de discurso, las mujeres seguían temblando, extasiadas. Aunque debo añadir que, durante esas mismas tres horas, todos los hombres dormían.

 Fotografiar del natural, Editorial Gustavo Gili, SL, Barcelona, 2003pp. 57-63. Traducción Núria Pujol i Valls.