sábado, 27 de octubre de 2018

Elegía



  Jorge Cuesta


 Después que mis ojos comprobaron que ya no la veía, después que mis oídos penetraban en vano el silencio que sus ruidos abandonaron, sus paseos, sus palabras, y que la muerte me dio una impresión certera y durable de su vacío, la lluvia invadió súbitamente con su presencia nueva mis sentidos desolados, y se apoyó mi vida en sentirla.

 Y cuando alguien vino a hablarme de la civilización europea, en vez de la lluvia, vi los trenes de Europa y su paisajes a los lados, los castillos que no hay en América y recordé el castillo de Windsor y cuando me estiré para verlo hasta que se perdía.

 Pero se trataba de la fatiga de la vida, de la pérdida de su frescura religiosa, de la revolución social y de los hombres  que no tienen ninguna fe y se asoman a los ruidos confusos para discernir una voz, y ven las nubes informes para sorprender una figura.

 ¿Y yo qué fe tenía? Yo hablaba de la fe y eso me hacía vivir durante ese momento como tenerla hace vivir más largamente, y en los huecos de mi pensamiento y de mis palabras renacía la lluvia y la puerta que enmarcaba sus hilos y el tejado enfrente de donde escurrían los chorros más gruesos.

 Pero hay todavía huecos que no se abren ya sobre otra cosa distinta, que no ven a otra lluvia, ni a más imágenes ni a más recuerdos: hay huecos que se abren sólo a un vacío silencio de donde ella partió y donde no crece nada.
                                              
                                              1929


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