sábado, 6 de octubre de 2018

Cuba, 1963



  Henri Cartier-Bresson 
                          
 Life, que no podía mandar a un fotógrafo americano, me pidió que hiciera este viaje, un viaje posible gracias a mi pasaporte francés, tal y como ocurriera con mi primer viaje a la China. Había conocido a Nicolás Guillén, el gran poeta cubano, en 1934, y cuando me enteré de que era el encargado de las relaciones culturales cubanas, le mandé noticia de mi llegada a su país. A vuelta de correo me comunicó que sería su invitado y, con la misma rapidez, puse las cartas sobre la mesa y le dije que mi reportaje iba a publicarse en Life. Me respondió: "Muy bien, pero, ¿qué es lo que más te gustaría?" Le expliqué: "Lo que más me gustaría sería no estar con las delegaciones y hospedarme en el viejo Hotel de Inglaterra, que probablemente esté muy destartalado, donde habían vivido Caruso, etc." "De acuerdo. ¿Qué más?", "Que me asignéis un intérprete" "¡Pero si tú hablas español!" "¡Sí, pero de este modo sabré dónde me meto!"
 Y a continuación el texto que escribí a la vuelta, en inglés, a petición de la revista Life.


 Yo soy visual, probablemente. Observo, observo, observo. Comprendo a través de los ojos. En efecto, tuve que meter Cuba -que llevaba treinta años sin visitar- en mi visor mental, por decirlo de alguna manera, y corregir la paralaxia con una visión justa. Tendrían ustedes una visión falsa si dependieran excesivamente de la lectura de la prensa cubana. Comprendo el español, e incluso lo hablo aunque mezclando palabras en italiano e insultos mexicanos.   
 La prensa está repleta de propaganda y de imprecaciones. Los mensajes son directos, en un lenguaje marxista estereotipado. Los carteles de propaganda que cuelgan de las paredes no pasan desapercibidos. Algunos tienen cualidades artísticas, pero éstos, ensalzan ideas sociales o políticas o diagramas de producción, en lugar de productos de consumo como en nuestro mundo. Un cartel muy popular proclamaba: "¡Un país que estudia es un país que ganará!"

 Sin embargo, para mí está claro que hay mucha gente que no confía tanto como los eslóganes dan a entender. Saben que están en el centro de una situación cambiante y muy compleja. Se debaten para lograr la industrialización y les preocupa su futuro. Viven en la severa moral marxista porque se ven obligados a ello, pero son alérgicos a la organización y al habitual énfasis comunista acerca de tópicos y lugares comunes.
  Cuba es una isla de placer que, aunque ha quedado a la deriva, sigue siendo un país latino, un país tropical con el ritmo africano en el corazón. Sus gentes están relajadas, con mucho sentido del humor, son amables y graciosas, pero han pasado por bastantes dificultades y se ha desarrollado una cierta picaresca. No lo tendrá nada fácil el que deba hacer de ellos sólidos celadores comunistas.   
 Si Cuba intriga al mundo occidental, intriga en la misma medida a los comunistas extranjeros en la isla. Oí la siguiente conversación entre mi limpiabotas y su compañero: "¿El socialismo? ¡De verdad, yo me iría con los rusos a la luna!” Y el otro: "¡Pues yo no veo en qué me cambiaría la vida aquí abajo!" A lo largo de mi viaje, escuché en más de una ocasión este tipo de reflexiones.

 La libertad de expresión, he ahí algo que nadie ha conseguido eliminar en Cuba. Un día, estaba sentado con un importante personaje oficial del gobierno, y como la conversación comenzaba a decaer, me preguntó si conocía el último chiste que corría sobre el gobierno. Y el personaje comenzó: "Un comandante militar de elevada graduación obtuvo un permiso para ir a EE UU. Pero el caso es que se quedó allá. A lo que Fidel afirmó: '¡Vaya, otro traidor!' Al final el comandante regresó, y Fidel le dijo: 'Creíamos todos que nos habías traicionado'. A lo que el militar respondió: “Esos americanos están tan atrasados, comentó acariciándose el estómago, que comen como lo hacíamos nosotros hace unos años".    
  Un domingo, yo estaba de visita en casa de un sacerdote que era, además, un poeta excelente. Y mientras yo leía sus poemas publicados recientemente, me sorprendió la llegada de algunos miembros del Comité de Cine que habían ido a visitarle,   y eso en un país donde, según las concepciones marxistas, a los sacerdotes habría que cubrirles de oprobio. Fue también para mí una sorpresa leer noticias religiosas en El Mundo.
 Me hallaba al otro lado de la bahía de La Habana con un amigo, excelente poeta cubano, en una fiesta vudú en yoruba. En un árbol habían colgado una autorización gubernamental con el sello oficial. En el momento en que el "diablito" debía salir del tabernáculo, haciendo aspavientos con las ramas y justo antes de una danza del trance, pedí autorización para fotografiarle y, muy educadamente, me respondieron: ''Durante la semana, somos unos marxistas- leninistas excelentes, pero los domingos son para nosotros". Decidí abstenerme.


 Los cubanos construyen mucho. Pero nada que ver con las deslucidas construcciones utilitarias de los países comunistas en serio. Aquí, hay luz, color, gracia, imaginación, con un reflejo de Frank Lloyd Wright, Le Corbusier y Louis Khan.
 El gobierno parece comprender que la disciplina absoluta no coincide con el temperamento cubano. Por ejemplo, a nadie se le ha ocurrido suprimir esa pasión que tienen los cubanos por la lotería. La gran diferencia es que se ha convertido en un instrumento de la revolución. Han reducido el precio de los billetes y el gobierno, simplemente, se otorga un porcentaje más amplio.      
 Y, pese a todos los discursos gubernamentales para abolir la prostitución, en la que fuera isla de placeres para los norteamericanos y otros, no ha desaparecido completamente. Las chicas ya no andan por las calles pero llevan sus negocios de una forma más discreta. Han convencido a unas cuantas para que se reformen y entren en una institución; no recuerdo su nombre exacto, algo parecido a "Centro de Artesanas" en Camagüey. No pude hacer fotos ahí porque algunas de ellas se van a casar y sería embarazoso para su futuro cónyuge.

 Debo confesar que soy francés y que miro a las damas. De sobra me di cuenta de que las cubanas tienen curvas voluptuosas aunque situadas en el extremo opuesto a las de Jayne Mansfield.
 Una noche, iba por el pasillo del hotel en compañía de un amigo cuando una espléndida joven abrió bruscamente la puerta de su habitación, mostrando su cabeza y algunos atributos que podrían haberle hecho una seria competencia a Brigitte Bardot. Sorprendido, le pregunté a mi amigo: '¿Quién es?" A lo que me respondió secamente: "Es miembro del Ministerio de Industria". Y, ruborizado, añadió: "Se pasa las noches estudiando libros rusos acerca de la planificación industrial".
 Hay un aspecto que me dio que pensar: los fusiles. La milicia cubana lleva sus armas como los turistas sus cámaras de fotos. Sencillamente, tomé mis precauciones. Cuando tengo que rodear un caballo, paso por delante, pero cuando veo el extremo de del fusil, paso por detrás.
  Hay un punto que me preocupó de verdad: el Comité para la Defensa de la Revolución. Es evidente que hacen un trabajo social, e incluso mucho bien. Distribuyen ropa, vacunas, combaten la delincuencia juvenil. Pero el comité sabe exactamente lo que pasa en cada familia y en cada edificio. Y esa invasión de la vida privada puede desembocar en una verdadera caza de brujas.   
 
 Seguía solicitando una entrevista con Fidel; nadie le llamaba Castro, sólo Fidel. Todo el mundo quería ayudarme. Pero eso supuso un problema porque Fidel seguía viviendo como al principio, en tiempos de la guerrilla, y desaparecía en las montañas.
   Mientras esperaba ese encuentro, proseguía mi camino y le hice unos retratos al brazo derecho de Fidel, el comandante Che Guevara, después de seguirle por unos campos de caña de azúcar. El Che Guevara era más que lo que da a entender su título de Ministro de Industria. El Che es un hombre violento y un realista. Sus ojos brillan, apasionan, seducen y fascinan. Es un hombre persuasivo y un verdadero gran revolucionario, en absoluto un mártir. Tenía uno la sensación de que si la revolución tenía que extinguirse en Cuba, el Che reaparecería en otra parte, con toda su vitalidad.
 
 Por fin pude ver a Fidel. Vino a buscarme un Cadillac cuyos fondos iban tan llenos de armamento que, al sentarme, las rodillas encogidas me tocaban el mentón. Me recibió entre las bambalinas del teatro Charlie Chaplin, donde debía pronunciar un discurso. Ese hombre es a la vez un mesías y un mártir potencial. Al contrario que el Che, pienso que preferiría morir antes de ver desaparecer la revolución. También es el patrón respetado, eso está claro. Sus amigos ríen y bromean entre ellos hasta que entra. Entonces se siente: ha llegado el jefe.

 
 Podría decirse que su barba es un nido para recoger a los desheredados. Al marxismo se refiere en voz muy alta, pero eso está en su cabeza, no en su barba ni en su voz. Tiene cabeza de minotauro, la convicción de un mesías. Desprende un potente magnetismo, en cierto modo, una fuerza de la naturaleza. Arrastra a la gente a una especie de danza envolvente... En mi calidad de pequeño francés observador, reparé en que, tras tres horas de discurso, las mujeres seguían temblando, extasiadas. Aunque debo añadir que, durante esas mismas tres horas, todos los hombres dormían.

 Fotografiar del natural, Editorial Gustavo Gili, SL, Barcelona, 2003pp. 57-63. Traducción Núria Pujol i Valls.  

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