sábado, 26 de agosto de 2023

El Monte de Lydia Cabrera

 


 Argeliers León


 Un libro de Lydia Cabrera, y con este nombre concluirían ya todos los comentarios, pero para poder armar unas impresiones de su lectura, comenzaremos por las notas bibliográficas más objetivas. El Monte es el título de este libro, con más de quinientas páginas de profundos conocimientos de lo cubano. Cuidadosa presentación del impresor Burgay, quien lo ha hecho para las Ediciones CR; que entran ahora en sus primeras publicaciones.

 Leí el libro una vez, pero lo volví a leer desde ese párrafo donde culmina. "Ucano mambré", recuerdo que dice, evoca la relación del "ecué" que saltó, allá en un África legendaria, de la tinaja a sus pies; sus raíces se alimentaron por el misterio de la sangre de Sikán, y los ritos de iniciación son presididos por su esbelto tronco. Es la palma real en los ritos "abakuás", el árbol que domina en el monte, donde se sienta Changó, el que sirve de urdimbre para múltiples tramas de los misterios del negro, y es el mismo árbol que figura en nuestro Escudo Nacional. Desde este párrafo que aparece en la página 287, hasta el comienzo del libro, se nos da el mundo de creencias que ha crecido junto con toda la vegetación que hay en el monte.

 De esta página 287 hasta concluir su texto, Lydia Cabrera nos da el árbol convertido en instrumento del complejo mundo mítico que tan profundamente ha penetrado en Cuba. La "smilax havanensis", "Jacq" es propiedad de Changó, según unos creyentes y de Orishaoco para otros, embravece al orisha, quien la requiere para muchos trabajos, le sirve para purificar la sangre, curar el reumatismo, la sífilis, los nervios y aliviar el ahogo: es la yerba zarzaparrilla. Así nos ofrece el libro un estudio de más de trescientas plantas que intervienen en las magias de los ritos que nos llegaron del África, junto con todo un mundo de maneras propias de ser que se han diluído en nuestra población.

 "El peso de la influencia africana en la misma población que se tiene por blanca, es incalculable, aunque a simple vista no puede apreciarse [...] esta influencia, es hoy más evidente que en los días de la colonia [...] y no se manifiesta exclusivamente en la coloración de la piel".

 Con el estudio de tal cantidad de ejemplares que se dan en la flora cubana, parece que Lydia Cabrera siguió los consejos que le dio un descendiente de los congos musunde,

 "... aprenda, aprenda a conocer la nkunia, los mufitoto, los troncos, las raíces, bukele nkunia, todo nfita nkanda vititi. No desprecie ninguna, que todas nacen con su gracia y su misterio de munganga y todas le servirán. Para bueno y para malo. Para bien de su cuerpo y de su prójimo si de verdad, verdad, no quiere hacerle daño".

 Me parece que Lydia puede manejar ya algunas plantas sin la objetividad científica de su tarjetero...

 El Monte es un libro de gran valor documental, en el que la autora ha hilvanado valiosas referencias de sus informadores en una gran unidad. Tómense los capítulos VII al X, más de cien páginas conteniendo una serie de informaciones en conexión con la ceiba y la palma y en ellos la autora logra, a plenitud, sus propósitos de no pasarlos por el "filtro peligroso de la interpretación", y va más allá, a darnos los datos documentales que transcribe, en toda su funcionalidad.

 La ordenación de sus datos y la cuidadosa referencia a cada una de las "reglas" a que corresponden, hace que este libro tenga una gran significación para el estudio comparativo de los hechos de nuestra etnografía a la luz de los diferentes ritos africanos importados a Cuba, como los diferentes grupos bantús, ararás, dahomeyanos, gangás, lucumís y otros, así como los múltiples fenómenos de sincretismo entre estas "reglas" y que se han convertido, a virtud de un proceso de recreación, en órdenes de manifestación del espíritu, y compartiendo con la serie de transformaciones del catolicismo que se operan en el hombre común. Varias veces recurre Lydia Cabrera a enfrentar una serie de datos de los cuales se desprende fácilmente este fenómeno de recreación. En este sentido logra en el libro el propósito de ser fuente y no represa de río. "Ignorando las lenguas yoruba y bantú que tantos se precian de hablar deliberadamente sin diccionarios ni obras de consulta", reproduce la serie de variantes que ha recolectado, lo que llena plenamente la función de fuente, pues el estudio comparativo de las variantes es uno de los recursos metodológicos de la ciencia del folklore.

 Al final del libro aparecen reproducciones fotográficas de tipos humanos, de objetos rituales, del tambor ecué y de varios aspectos ceremoniales; fotografías que debe a varios colaboradores, altamente ejemplificativas y ordenadas cuidadosamente.

 Muy importante es la de la cabeza de un iniciado en la regla lucumí, que reproduce a todo color con sus rayados simbólicos.

 Lydia Cabrera da al conocimiento de nuestro pueblo uno de los resultados de sus acuciosas investigaciones, y nos promete tres volúmenes más, con los cuales continuará tan valiosos aportes.


 Nuestro Tiempo, 2 (7): 15-16, sep., 1955.

 

viernes, 18 de agosto de 2023

Diosa instalada en el centro del poema

 


 Reinaldo Arenas 


 Escapar de una prisión —aun cuando a esa prisión se le llame "Patria" —es siempre un triunfo. Triunfo que no significa precisamente alegría: pero sí sosiego, posibilidad, esperanza. Para los escritores cubanos recién llegados al exilio, este nacimiento o renacimiento tiene las ventajas, el consuelo, de no tener lugar en un páramo absolutamente extraño; sino en un sitio en parte enaltecido por el esfuerzo de un pueblo en destierro, y por el amparo oral y espiritual de sus más valiosos artistas.

 Entre esos artistas que nos instan y estimulan, Lydia Cabrera, Carlos Montenegro y Enrique Labrador Ruiz se destacan como ejemplos magníficos. Imposible enumerar brevemente lo que ellos significan para nuestra literatura: baste afirmar que por ellos —por artistas como ellos— Cuba aún existe.

 Ardua, desmesurada, terca y heroica tarea esa de recuperar, sostener y engrandecer lo que ya es solo memoria y sueño: es decir, ruina y polvo.

 Con Lydia Cabrera nos llega la voz del monte, el ritmo de la Isla, los mitos que la engrandecen y sostienen: la magia con que todo un pueblo marginado y esclavizado se ha sabido mantener (flotar), imponer siempre.

 Tocada por una dimensión trascendente. Lydia Cabrera encarna el espíritu renacentista en nuestras letras: la curiosidad incesante. Su obra abarca desde el estudio de las piedras preciosas y los metales hasta el de las estrellas, desde la voz de los negros viejos hasta las cosmogonías continentales.

 Como verdadera diosa instalada en el mismo centro de la creación, sus flechas parten hacia todos los sitios, descubriendo y rescatando los contornos más secretos (más valiosos) de nuestro mundo. Ella abarca el ensayo y el poema, la antropología y el cuento, la religión y el escepticismo.

 Símbolo de una sabiduría que rogamos jamás se extinga: la de enfrentar la vida —la gente, las calamidades, el horror y la belleza— con la ironía del filósofo, la pasión del amante y la inteligencia del alma. Ella exhala esa extraña grandeza que solo es atributo de los grandes, sencillez, ausencia de resentimiento, renovación incesante.

 Su obra —y por lo tanto su vida— es un monumento a nuestros dioses tutelares, la ceiba, la palma, la noche y el monte, la música, el refrán y la leyenda. Tradición, mito, pasado y magia reconstruidos piedra a piedra, palabra a palabra, con los ojos insomnes de quien recorre un itinerario no por imposible menos glorioso. Pueblos completos recuperados, ciudades otra vez fundadas, diablos, dioses y duendes resucitados: potencias que se instalan en todo su esplendor. Todo ello gracias a la voluntad y el talento de una sola mujer que lleva en sí misma el recuerdo torrencial del poema, el encantamiento de un pueblo entero.

 Gracias a Lydia Cabrera el tambor y el monte, el Cristo que agoniza y el chivo decapitado, la jicotea y la noche estrellada confluyen y la noche estrellada confluyen y se unifican, dándonos la dimensión secreta y totalizadora de su isla.


 Necesidad de libertad, Kosmos-Editorial S. A., 1986, pp. 140-41. Originalmente y con mínimas variaciones “Diosa instalada en el centro del poema”, Noticias de Arte (Número especial Homenaje a Lydia Cabrera), N.Y., mayo de 1982, p 15; y, En torno a Lydia Cabrera, Ed. Isabel Castellanos y Josefina Inclán, Miami, Ediciones Universal, 1987, 27–28.

martes, 15 de agosto de 2023

El Monte


  Lino Novás Calvo 


 Lydia Cabrera acaba de reeditar El monte (Rema Press, 2154, N.W., 23 Court, Miami, Florida). Llevaba varios años agotado. Y aun cuando no lo estaba no fueron muchos los que alcanzaron a leerlo. Parecía una obra para iniciados, y lo era. Era también una obra para todos.

 A simple vista pudiera parecer un libro de pura investigación, una obra erudita, sobre la magia afrocubana. Es eso. Es mucho más: un intrincado tejido de mitos, cuentos, ritos, fórmulas, hechizos, leyendas y misterios de los negros -y aun de los blancos- de Cuba.

 Nada igual se ha publicado nunca. Nada igual podrá publicarse, pues las fuentes de donde ha sido tomado están agotadas. Lydia sola es la depositaria de ese tesoro.

 Déjenme decirles ante todo quien es Lydia Cabrera. Una señora que perteneció a la "buena" sociedad habanera de antes quiso conocer en Miami a la autora de El monte. La vio, la escuchó, la observó, y salió diciendo:

 -¡No lo comprendo! Tan fina y tan inteligente y… ¡ocuparse de esas porquerías!

 Sí, ésa es Lydia. Su padre fue un notable escritor, jurista y patriota. Proviene de una antigua familia española, sin gota de sangre africana. Es bella, elegante, refinada. Con todo, ha consagrado su deber y su inteligencia a esas… cosas de negros.

 Esas cosas tienen su porqué. Son algo que tiene mucho que ver con nuestras comunicaciones con el misterio. Valen para los negros y para los blancos. Son de ayer, de hoy y de mañana. En el fondo de esos mitos, leyendas y hechizos, podemos encontrar algo que rompe el tiempo y brinca sobre las razas. Lydia no lo dice, y es posible que el lector ingenuo no lo advierta; pero está ahí, y bien valdría la pena explicarlo.

 No lo intentaré, sin embargo, en esta reseña. Quisiera tan sólo decir algo de lo que, más superficialmente, parece ser este libro. El propósito de la autora ha sido, sin duda, bien modesto: recoger, de boca de los negros viejos, la versión de su magia. Y lo ha hecho, como es debido, con humildad, fidelidad y respeto: como pidiendo permiso para pisar la sagrada sombra de una ceiba. Ni ella misma tenía idea de lo que iba a salir de esa aventura.

 No fue fácil. Los negros cubanos (y los blancos y mulatos iniciados en sus misterios) guardaban muy celosamente los secretos. Tiempos hubo en que el revelarlos hubiera sido traición y sacrilegio. Pero los tabúes se fueron ablandando al envejecer los últimos libertos. Ésa fue la ocasión que aprovechó Lydia para introducirse en cuartos fambás. Le favorecían, entre otras cosas, sus buenas relaciones con algunos babalawos, iyalochas y mayomberos. Pero tenía que andarse con mucho cuidado. Era un campo muy inseguro. No todos estaban dispuestos a decir la verdad. Fue una paciente labor de indagación, selección y confrontación que duró muchos años. Pero el resultado fue El monte. ¡Bien valía la pena!

 El monte no es la única incursión de Lydia Cabrera a los misterios afrocubanos. Otros dos libros, también agotados -¿Por qué?, Cuentos negros de Cuba- valen igualmente lo que pesan. Éstos son libros de ficción -cuentos y leyendas- inspirados por la mitología afrocubana. El monte es un libro de minuciosa y rigurosa indagación. Pero de esa realidad descubierta se escapan los relatos más alucinantes. La imaginación se queda chiquita ante los dichos de esos viejos congos y lucumíes que Lydia ha entrevistado.

 Una de las cosas que más fascinan en este libro es la identificación de lo divino con lo humano. El negro afrocubano todo lo humanizaba. Sus hombres pueden ser diosas y sus dioses son hombres. Nunca se los ha visto juntos.

 Y esto es lo que queda. Del poder sugestivo de esos cuentos maravillosos he tenido yo comprobación en uno de mis cursos para graduados en la Universidad de Syracuse, New York. Aunque adelantados en literatura hispanoamericana, mis alumnos quedaron asombrados: nada igual habían leído nunca. El mito y la leyenda estaban tan cerca de nosotros, que pudiéramos vernos participando en sus peripecias. Además, venían aderezados con ciertas yerbas y especias sutilmente introducidas por la autora en los relatos: humor, gracia, ironía, malicia… Todo lo que escribe Lydia Cabrera está siempre un poco en clave. Un día le dije:

 -Me figuro que mientras recogías esas patrañas te estarías riendo por dentro.

 Me respondió con igual seriedad:

 -¡Nada de burlas! Eso es sagrado…

 Pero no pudo contener la risa.

 El monte es una inmensa maraña de 600 páginas en que se entreveran los más extraños elementos:    

 -Fórmulas: cómo se prepara una nganga; cómo se prepara un zarabanda. Guerra de energías…

 -Ritos: cómo se propicia y domina a las fuerzas ocultas.

 -Curanderías: todo el tesoro medicinal de Osain y de Zata Nfindo.

 -Brujerías: ¡cuidado con esto!

 -Limpiezas: todos las necesitamos.

 -Historias de Orishas: Olofi, el ser supremo, ya retirado; Changó, el guerrero; Oshún, la tonuda; Eleggua, el travieso; Oyá, el brincador tuerto, cojo y manco… Y tantas otras divinidades humanizadas: Yemayá, Obatalá, Eshú…

 -Piedras mágicas: la santísima Piedra Imán…

 -Sacerdotes y sacerdotisas: iyalochas, babalawos, mayomberos

 -Sacrificios: perros, gatos, chivos, jutías, pollos, gallos, gallinas, sapos, alacranes…

 -Y comunicación con los difuntos: los ikús, los ibbeyis…, pues también éstos habitan en el monte. Hasta Jesucristo, que murió en un Monte, dice un informante, "tenía mucho de yerbero".

 Aunque los santos católicos viven en el cielo, cuando los negros afrocubanos los sincretizaron con sus deidades los trajeron al Monte. Por eso viven también allí; Santa Bárbara (Changó); Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (Oshún); la Virgen de Regla (Yemayá); Nuestra Señora de las Mercedes (Obatalá); la Virgen de la Candelaria (Oyá); San Lázaro (Babalú Ayé); San Francisco (Orula); San Bartolomé (Eshú); San Silvestre (Osain)… Y no se extrañen de advertir sincretismos de ambos sexos, como el de Changó y Santa Bárbara. Changó, que es bastante pícaro, pudiera estar disfrazado de mujer…

 Desde luego, los habitantes más numerosos del Monte son los "palos" y las yerbas. Pero no crean que por eso se trata de simples entes vegetales. Cada uno de ellos tiene su dueño divino y su personalidad mágica. Puede, incluso, que algunos salgan a pasear de noche por el campo y que se reúnan a paliquear en las sabanas. Se sabe que, por lo menos, las ceibas hacen eso de vez en cuando.

 De esos habitantes mágico-vegetales cita Lydia por lo menos medio millar, cada uno de los cuales posee cualidades maravillosas, buenas o malas, según como se les utilice. La misma yerba puede ser panacea o mortífero veneno. Todo depende del yerbero y de las divinidades que moran en el bosque.

 Por eso sería inútil que el profano se adentrara en la manigua en busca, por ejemplo, de una yerba para el mal de los riñones. Los palos, no sólo hay que saber buscarlos, sino hablarles, propiciarlos y encaminarlos. También hay que tomarlos a la hora indicada. Finalmente, antes de hacer eso, habrá que pagar al monte el debido tributo. Pues no crean ustedes: en el mundo de la magia, como en este otro en que vivimos, todo tiene su precio. Nadie da nada por nada.

 Y, entre toda esa maraña, cuentos, relatos, cada uno a cuál más maravilloso. Una verdadera mina de milagros humanizados.

 Pues, como dije, lo verdaderamente cautivador es esa identificación de lo humano y lo divino en la milagrería afrocubana. Para el africano de Cuba sus divinidades eran hombres y mujeres, con todas sus virtudes y defectos, sus desdichas y sus felicidades. Sus dramas, eran nuestros dramas; sus comedias, nuestras comedias. Por eso cuando un santo católico es identificado con un santo congo o lucumí, adquiere las [características] montunas de un santo africano. Sobre este sincretismo dice un informante citado por Lydia:

 -Los santos son los mismos aquí que en África. La única diferencia está en que los nuestros comen mucho y tienen que bailar, y los de ustedes se conforman con el incienso y no bailan.

 En realidad, cuando los santos católicos se sincretizan con los africanos… también comen y bailan.

 Finalmente, unas palabras sobre lo que allí se llamaba -y aún debe llamarse- "subir o bajar un santo". Ocurre esto cuando una divinidad "monta" un "caballo" humano. Cuando un Orisha se apodera así de una persona, expulsa su ego y se instala en su lugar. Y mientras permanezca allí, el "caballo" será simplemente su instrumento, carente de cerebro propio. El "caballo" hablará y obrará como el santo que lo "ha montado". Y entonces lo veremos hacer y decir las cosas más inauditas. Por ejemplo: lamer llagas purulentas y comer cucarachas…

  ¡Y esto no es nada! Vean ustedes El monte y luego me dirán…


 “El monte”, Papeles de Son Armadans, Vol. CL, 1968, pp. 298-304.


miércoles, 9 de agosto de 2023

Piñera en ciernes

 


 Pedro Marqués de Armas


 Su poema sobre Julián del Casal, “Naturalmente en 1930”, me ha hecho indagar en cronologías. La razón: el enigmático título, tanto más si el propio poeta hace énfasis en lo “natural” de un acontecimiento que se desconoce, al menos en mi caso.

 En 1930 Piñera tenía 18 años y es posible que se refiera simplemente al descubrimiento de la poesía –porque la sexualidad se le había revelado mucho antes. Verdad que algunos sitúan tal evento a su llegada a Camagüey en 1925, pero, además de que resulta demasiado temprano, nada lo confirma.

 A falta de ese dato que ningún amigo ha podido satisfacerme, haré un rodeo por el Piñera recién llegado a la capital: el estudiante, el inquilino, el poeta que comienza a frecuentar el ambiente literario y, algo menos conocido, el recitador. (Todo esto, con algunos pases al pasado.)

 No hay que olvidar que Virgilio llega a una ciudad de declamadores, fenómeno que, a decir verdad, invadía a todo el país arrullado no solo por la poesía modernista, neorromántica y afronegrista, sino también por la décima criminal.

 Saliera directamente de los escenarios o circulara a través de las ondas radiales, el aire estaba permeado de poesía, alimento de clases medias en un país donde el amor, el melodrama y los suicidios campeaban por su suerte.

 El arribo de Piñera tuvo lugar en la primavera de 1937. En marzo de ese año había solicitado matrícula gratis en la Universidad, por carecer de recursos, por lo que presentó una declaración jurada de su situación con el aval de varios testigos:

Datos que justifican mi condición de pobre: No tengo empleo. Somos ocho de familia, trabajando sólo una hermana que es maestra de kindergarten. Es la única entrada regular que tenemos, la cual por ser reducida, ya que sólo son $58, no nos alcanza para cubrir los gastos de una matrícula.

 Piñera descubre su vocación literaria en Camagüey, como alumno de Bachillerato de Felipe Pichardo Moya, profesor y poeta que le inculcó la pasión por la poesía a la par que por la arqueología taína: un aprendizaje -el arqueológico- cuyos vestigios pueden apreciarse en “La isla en peso”. Pero lo más probable es que ese acontecimiento no haya ocurrido en 1925, sino más tarde, a edad más propicia.

 Asiste a las tertulias del profesor Felipe Echemendía y hasta escucha una lectura de Blaise Cendrars, quien había ido a parar a Camagüey, presentado allí por Nicolás Guillén. Aunque habría que precisar mejor el momento, todo indica que estamos a inicios de los treinta. Sería entonces cuando comienza a compartir con otros jóvenes amantes del arte, entre ellos Felipe Balbis y los hermanos Natalio y Carlín Galán (este último destacado recitador).  

 ¿Comenzó a escribir en 1930 y existen unos años secretos de los que no queda constancia? Si seguimos las cronologías, su actividad literaria comenzaría entre 1934 y 1936, es decir, entre sus 22 y 24 años, lo que parece tardío. Que entonces se encontrara con Emilio Ballagas y fundara la Hermandad de Jóvenes Cubanos, asociación camagüeyana que promovía la educación y la cultura, no tiene que ser el punto de partida. 

 En La vida entera, no reconocía su poesía anterior a 1940 y aseguraba que la escrita ese último lustro "o se ha perdido o la desaparecí yo mismo". De 1935 son los poemas “Muchacho azul” y “El grito mudo”, este último el elegido por Juan Ramón para su célebre antología; pero otro poema, “Invitación al suicidio”, es por lo visto, bastante anterior. Sobre el mismo, su hermana Luisa evoca:

Una de las cosas más antiguas que de él quedaron fue un poema titulado “Invitación al suicidio”, y siempre me pidió que no se lo mostrara a nadie. Incluso prometió quemar todos los textos pertenecientes a ese período, mas murió sin cumplirlo: entre los papeles que dejó están muchos de aquellos escritos.

 Manuel Villabella, que estudió sus años camagüeyanos, estima que se encuentra entre sus primeras producciones, pero posterior a los “apuntes y papeles echados al cesto”. El poema aparecía, junto a otros, en una misma “cuartilla” que obsequió a su cercano Carlín Galán. Si bien lo apostilla “Invierno de 1935, La Zambrana”, dos elementos apuntan a que pudo ser escrito mucho antes: su estilo dista demasiado del resto de los concebidos ese año y, en realidad, Virgilio vivió en el reparto La Zambrana -como especifica Villabella- entre 1928 y 1931.

 El estilo más próximo al postmodernismo, pero sobre todo a los tanteos y conflictos adolescentes, nada tiene que ver con el de “El grito mudo”, por ejemplo.

Ha llegado un viajero, caminante incansable,

barrenando las horas y el silencio también:

un viajero muy lento, no parece que marcha

(...)

Enseguida me cuenta el motivo del viaje…

con febril impaciencia y con honda emoción:

“He venido –me dice– a invitarte al suicidio,

a interrumpir el ritmo de tu vida tan ruin”. 

(“Invitación al suicidio”) 

 Puede, por tanto, que la “copia a máquina” sea de 1935, no el poema. No pretendo, sin embargo, sino ventilar una duda, una sospecha. A fin de cuentas, la coronación de sus comienzos llega con la antología de Juan Ramón Jiménez. 

 A finales de 1936, la Hermandad de los Jóvenes Cubanos auspició la presencia en Camagüey, gestionada por Piñera, del grupo Teatro de Arte La Cueva, que no mucho antes fundara en La Habana el dramaturgo Luis Alejandro Baralt.

 Ese mismo año, signado por la convocatoria de Juan Ramón, pero al margen de ella, se conocerían en un café habanero José Lezama Lima y María Zambrano, mientras a Baralt toca compartir con Antonin Artaud, con quien se encuentra -por azar y sin fecundación alguna- la tarde del 30 de enero en la barra del Edificio Bacardí.

 Baralt era entonces el teatrista cubano de mayor proyección, como el de más recursos. Piñera apuntaría: “En tan breve temporada conocí el teatro por dentro, algo de suma importancia para el dramaturgo. Pero no fue eso lo más importante, sino el hecho estimulador de ponerse por delante el teatro incitándome a escribirlo yo también. Resultado: escribí una obra en tres actos –Clamor en el penal.” 

 En agosto del 39, un jurado integrado por Baralt, Marquina y José Antonio Ramos recomendará su escenificación:  

 Una vez en la capital, Piñera vive a tope su triple condición de poeta, pobre y homosexual. Sobre este cambio, escribe: “El único cambio radicaba en la variedad; en la provincia yo me masturbaba y recitaba en soledad; aquí en La Habana comenzaba a hacerlo en compañía; en compañía dudosa y lacrimosa.”

 Reconoce que su “eterno combate contra la escritura”, ya instaurado, se torna más torturador.

 La pregunta ahora es con quiénes recitaba y se masturbaba, si ocurría al unísono o por separado. Algo de eso puede apreciarse en su poema autobiográfico “La Gran Puta”, que lo sitúa en el verano de 1937, cuando arriban sus padres a esa ciudad que alguna vez calificó de provinciana:

  Cuando en 1937 mi familia llegó a La Habana

 –uno de (los) tantos éxodos a que estábamos acostumbrados

 – mi padre –como tenía por costumbre sanguínea–

 se dio de galletas y se puso a echar carajos.

 Llegaron exactamente a la diez de la mañana de un día de agosto, y Virgilio se encaminó a recibirlos desde su cuarto de alquiler en San Lázaro y San Francisco, cerca de la Universidad; pero antes se detuvo a tomarse un jugo de papaya:

 antes de ir a esperar el Santiago-Habana

tomé un jugo de papaya en Lagunas y Galiano,

y como el deber se impone al deseo

perdí a un negro que me hacía señas con la mano.

 Gracias a los recuerdos y testimonios recogidos por Carlos Espinosa en Virgilio Piñera en persona, podemos hacernos mejor idea de aquellos venturosos días virgilianos y contrastarlos con las referencias de “La Gran Puta”.

 Una serie de lugares que frecuenta a la par que asiste a la Universidad y mientras se aproxima a los círculos artísticos y literarios:

 Solía visitar el restaurante La Genovesa, en Virtudes y Prado, acompañado de su amigo Oscar Zaldívar, donde “Panchita, una italiana operática, le decía doctor a Oscar y a mí no me decía nada”. Zaldívar era un viejo amigo camagüeyano que hablaba de la Avellaneda sin haberla leído y recitaba “El Cuervo” de Poe para éxtasis de Virgilio y horror de su hermana Luisa.

 En fin, otro recitante. Alguna vez se llegó Virgilio a la casa de empeños de Amistad y Ánimas, donde empeñó un saco viejo de su amigo, con quien parece que haya convivido. Es conocido que para sufragar la revista Poeta, que sacó en 1942, tuvo que empeñar sus dos únicos trajes.  

 Asiste al Auditórium de La Habana para ver “El Avaro” de Moliere, por Louis Jouvet, cuya temporada dramática -según Carpentier, una de las mejores que se vieron en La Habana- tuvo lugar a finales de 1939. Compara el recinto con una cazuela a la que llega jadeante. En esa ocasión Carpentier pasea a Jouvet por una Habana que lo maravilla a él también, de la que llevaba una década ausente, y años más tarde irán juntos a Port-au-Prince, sin que el francés lo siga hasta la Ciudadela de La Ferrière.

 A la noche, menos jadeante, o quizás más, Piñera realiza sus rondas por Zanja y Galiano, donde los soldados de kaki amarillo hacen “el fin de mes con los pesos de los homosexuales”.

 Estas rondas, que tienen algo de fantasmal, lo marcan, pues de esas experiencias y de ese entorno derivan otros dos grandes poemas suyos, concebidos también décadas más tarde: justo “Naturalmente en 1930”, en el que, en una de sus noches más oscuras (“entre tantas insondables”) ocurre su imaginario encuentro con Julián del Casal. Y "Una noche", en el que una voz espectral lo alcanza al alcanzar el cuchillo de Zanja.

 Pero sigo en 1937… En el célebre cabaré portuario Don Quijote, una madrugada, baila sobre una mesa disfrazado de maja. Allí se daban citas los travestis más conocidos de La Habana.  

 En otro cuchillo, el de San Miguel, escucha la voz “aflautada” de Panchitín Díaz presentando a la “putica” de turno; como escucha a Toña La Negra en la C. M. Q., o a Ñico Saquito y su cuarteto Compay Gallo en la C. M. B. Y.

 Y a veces le pasa por delante el Emperador del Mundo, “un negro tuberculoso con el pecho constelado de chapitas de Coca Cola” que, junto al Caballero de París, es el loco más célebre de La Habana.

 En mayo escribe el que tal vez sea su poema de recién llegado a la ciudad: “Única canción de sal”.

 Piñera era entonces, y lo seguiría siendo, un gran recitador, pathos extendido por toda la isla, pero que le venía también de casa, puesto que su padre era uno de esos consumidores de poesía a los que no bastaba con memorizar los poemas, sino que tenía, además, que declamarlos.

 Desde los años veinte, el padre de Piñera montaba “veladas artísticas” en la casa de Cárdenas, cuando el humor se lo permitía. Era adepto a Núñez de Arce y a Campoamor, a los que imitaba, pues también escribía versos. Y esas veladas se repitieron en Camagüey, por la época en que montó una fábrica clandestina de vinagre que lo llevó al borde la locura.  

 De tanto oírle recitar “El vértigo” o “El miserere”, Virgilio se los aprendió de memoria. Su hermana Luisa recuerda que “le privaba actuar y decir poemas” desde niño. Como el relato no tiene desperdicios, transcribo algún fragmento:

En la escuela de Cárdenas existía un enorme salón, con escenario, concha de apuntador y telón. En diciembre, antes de que saliésemos de vacaciones, se organizaba cada año una actividad cultural. Me acuerdo que en uno de aquellos actos mi hermano salió vestido de mandarín y yo de geisha, con unos trajes hechos por nuestras tías (…).

Un día Virgilio me dijo: "¿Por qué no organizamos una representación teatral en nuestra casa?" Me acuerdo de un modo vago que mi hermano tenía que hacer algo que era una mezcla de tanguista y de indio apache, mientras yo tocaba el piano.

 Por demás, los recitales se volvieron frecuentes mientras vivía en La Zambrana, barrio que establecieran algunos colonos norteamericanos. Estos organizaban fiestas cada sábado, y Virgilio era invitado para amenizar sus “party” en calidad de recitador.

 Ya en la Universidad de La Habana participa en varios actos en los que declama. Uno de ellos es el “Homenaje a Gabriele D'Annunzio”, que el Seminario de Literatura Italiana de la Facultad de Filosofía y Letras, a cargo del profesor Aurelio Boza Masvidal, organizó el viernes 18 de marzo de 1938. El poeta y dramaturgo italiano había fallecido recientemente. Boza Masvidal inauguró la jornada con una ponencia sobre la “multifacética personalidad del genial escritor”, mientras los alumnos Virgilio Piñera y Lolita Martí recitaban varias de sus poesías.

 Piñera leyó a D'Annunzio en sus años formativos y es probable que llegara a su poesía por mediación de Emilio Ballagas, que estudió al autor de El triunfo de la muerte, contraponiendo su estética crepuscular a la de Marinetti. 

 En 1938, Boza Masvidal instituyó un premio de Literatura Italiana, asignatura que impartía, y Virgilio se lo llevó con un trabajo sobre la Divina Comedia titulado “In Selvia selvaggia”. El premio consistió en cincuenta pesos y un diploma de honor.

 Poco después realizó en el Lyceum, bajo el título “La voz humana en mi universo poético” y presentado por José Antonio Portuondo, su primera lectura pública en La Habana. Entre sus amigos universitarios estaban, además de Portuondo, el poeta Johnny Salazar, que murió muy joven, y de modo íntimo, Esperanza Figueroa, que se graduó con una notoria tesis sobre Julián del Casal. Notable fue también la conferencia de Portuondo sobre Casal, impartida poco antes de su arribo. 

 Todavía era Virgilio Piñera Llera y no Virgilio Piñera, pero el eco de esa lectura acaba por abrirle las puertas de la Ciudad Letrada, aunque haya entrado con una errata: "Virgilio Piñera Llora". Así se recoge su presencia en un concurso de cuentos. 

 Por recitar, Piñera recitaba hasta los poemas de Seboruco. Y así tocó evocarlo a Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía quien, tras limitar su elogio a “Vida de Flora” y ver en sus versos “un aspecto amargo y mágico de lo cubano” que asocia con la “Ballade des damas du temps jadis” de François Villon, prosigue con sus “asociaciones” hasta recordarlo diciendo unos versos del “extraño poeta desequilibrado”:

 El sol alumbra de día,

 la luna alumbra de noche.

 Cuatro ruedas tiene un coche

 con mucha melancolía.

 Lo cierto es que una noche en que la luna no alumbró demasiado, inspiró a Piñera en 1976 -en lo más oscuro del socialismo- su poema “Naturalmente en 1930”. El muerto civil se topa aquí con otro muerto -qué duda cabe- que parece haberse escapado de su tumba para darse un paseo por el barrio chino.

 Pero, ¿qué ve Piñera? Ve a Casal “arañar un cuerpo liso”, y hacerlo con una vehemencia tal, que sus uñas se rompen. Se trata de un fantasma que viene a acompañarlo mientras hace su ronda y que, ante sus propios ojos, se lanza sobre un cuerpo al que habría que arrancarle un secreto.

 Lo que Casal busca, como buen vampiro, es un poco de sangre, o, si se prefiere, un poco de vida. Como en cofre bien guarnecido, el cuerpo que asalta contiene el objeto del deseo: “adentro estaba el poema".   

 Fantasma real, nadería física, la visión dura un momento y Casal se pierde en la cruda intemperie.

 En "Una noche", es el propio Virgilio el que habita fugazmente sus versos. Mientras hace su ronda por el cuchillo de Zanja "entre chinos impávidos" y en busca de un "amor de paso", oye una voz que le dice: "¡Qué bobo tú eres, Virgilio!".

 Sigue caminando pero de nuevo la voz:

 Qué bobo eres. Si supieras,

o lograras adivinarlo,

no abrieras tanto los ojos,

y me tendieras la mano.

 Esa voz es la del deseo y la poesía. Una voz espectral que conecta los comienzos y el final: “El grito mudo” -donde ya está contenido el desafío piñeriano- y “Naturalmente en 1930”, guiño al descubrimiento de su vocación poética. Casal, Piñera. Como hemos dicho otras veces: una misma fantasmalidad.


viernes, 4 de agosto de 2023

Un soneto de Virgilio Piñera

 




Antología del soneto. Poesía cubana; selección y nota de Justo Rodríguez Santos, La Habana, 1942.