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sábado, 12 de febrero de 2022

sábado, 5 de febrero de 2022

Agustín W. Reyes, un proyecto abortado

 


 Pedro Marqués de Armas 

 Entre los médicos cubanos con formación psiquiátrica en Francia, uno de los más destacados fue Agustín Wenceslao Reyes y Zamora, apreciado discípulo de Valentin Magnan, con quien cursó tres años como interno en Sainte Anne y cuyas obras tradujo al español una vez de vuelta a Cuba. En su labor pueden señalarse varios campos: las enfermedades mentales y neurológicas según la concepción heredo-degenerativa, que sustenta sobre todo en sus artículos y propuestas sobre el alcoholismo. Su trabajo propiamente antropológico, que lo adscribe a las tesis evolucionistas y al socio-positivismo, con una curiosa investigación sobre los caracteres físicos y patologías de los esclavos. Su gestión higiénico-epidemiológica, con acercamientos a las enfermedades contagiosas y a la hidrología. Y, por último, su activa participación en asociaciones médicas y sus tareas como editor.

 Me limitaré por el momento a su labor psiquiátrica, no sólo por ser el objeto de esta serie, sino por tratarse de un aspecto central y apenas abordado de su carrera. 

 Reyes Zamora nació en Matanzas, el 29 de noviembre de 1842, pero muy niño se trasladó a Sagua la Grande donde su familia era dueña de plantaciones de azúcar. Estudiaba Medicina en la Universidad de La Habana cuando comenzó la guerra de 1868. El padre, que había sido alcalde de Sagua, muere un año más tarde, y el hermano Antonio, que estudiaba Farmacia, se ve implicado en el proceso a los Estudiantes de Medicina, cumpliendo prisión y siendo deportado. Agustín Wenceslao había partido hacia París tras la muerte del padre pero antes de los acontecimientos que afectaron al hermano, si bien ya desde el inicio de la guerra la familia se había tenido que refugiar en Cienfuegos, o temporalmente, en Cárdenas.

 Su entrada a Sainte Anne coincide con el despegue de aquel hospicio, ya desde entonces epicentro de una nueva psiquiatría en Francia. Allí presentó el 21 de marzo de 1873, ante un jurado presidido por el gran neurólogo M. A. Vulpian, su tesis de doctorado De la stupeur simple et de la stupeur mélancolique, que dedica al maestro Magnan. Publicada bajo el sello médico de A. Paret, lo más significativo de este trabajo consistía en su oposición a los criterios clásicos -aparentemente bien establecidos- de Jules Baillarger sobre la entidad, que contrarresta con las opiniones de figuras como Achille Foville y Louis Victor Marcé. Para Reyes Zamora, el estupor era manifiestamente una afección primitiva (o primaria), si bien podía en ocasiones acompañar de modo secundario a otras afecciones, como la manía, la melancolía y la parálisis general. Esta noción del estupor como entidad propia lo acercaba a la escuela alemana y, en particular a Kahlbaum, quien, aunque no citado en su tesis (aún no había publicado De las catatonías y otras locuras tensas pero sus trabajos eran conocidos), estaba a punto sentar, con su examen de la diferencia entre causas primarias y secundarias, las bases de una visión sindrómica de los procesos psicomotores.

 La guerra franco-prusiana lo sorprendió a poco de arribar a Francia, enrolándose como sanitario en un hospital de sangre. Aunque no ocurrió de inmediato, aquel conflicto terminó por acentuar el poderío de la psiquiatría alemana, lo que se reflejó en la intensa recepción de los postulados de Kahlbaum: un precedente de la venidera expansión de la nosología kraepeliniana que, en pocos años, se impone en Europa.

 En 1874, Reyes Zamora homologó su título en Barcelona y regresó a Cuba. Su objetivo era radicarse en La Habana, y así lo hizo. Una vez allí tradujo para los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, el extenso trabajo de Magnan “Estudio experimental y clínico del alcoholismo; alcohol y ajenjo”, que apareció en varias entregas entre 1875 y 1876. Es muy probable que la traducción de esta obra principalísima de Magnan date de su estancia en Sainte Anne, y haya obrado como carta de presentación. Lo cierto es que durante algunos años, el alcoholismo como enfermedad pero también como problema social, ocupará buena parte de sus gestiones. 

 No solo fue un libro que Magnan escribió para definir la etiología del alcoholismo –en momentos en que lo etiológico, con las tesis degeneracionistas por base, comienza a tener tanto o más peso que la descripción clínica-, sino también para establecer los principios clasificatorio-asistenciales, es decir prácticos que suponía este tipo de enfermos. Por una parte, constituyen una categoría intermedia entre la locura y la normalidad; por otra, encarnan la peligrosidad en el doble sentido de relación con el crimen y la herencia patológica. Y por lo tanto, demandarán la creación de establecimientos especiales al margen del viejo manicomio.

 En cuanto a la asistencia directa, Magnan daba rienda a su reformismo, que incluiría la transformación de los pabellones en clínicas médicas –es decir, en unidades donde pudieran tratarse las complicaciones agudas apelando a medios de contención supuestamente menos brutales, como los preconizados en Sainte Anne: “Cuando el alcohólico se halla en un grado de extrema excitación, lo colocamos en un maillot -que hemos sustituido a la camisola. Este maillot, de paño en invierno y de tela de hilo en verano, se adapta en exactitud a la superficie del cuerpo, sin ejercer presión en ningún punto. Los brazos quedan colgando, y se conservan en esa posición por medio de bolsillos laterales en los que entran las manos; éstas están sujetas por la misma manga, que a su vez se ata en la parte del maillot que hace las veces de pantalón. Usamos para las mujeres ese mismo maillot, agregándole una saya.”

 El interés de Reyes Zamora por la teoría de la heredointoxicación, y por el establecimiento de centros especializados en el secuestro de “alcoholistas”, se muestra pronto como una opción a implementar en Cuba. Pero como había que “estudiar” la magnitud del fenómeno y establecer un clima de opinión tanto académico como público, publica inicialmente algunos trabajos teóricos de sensibilización hacia una problemática que, hasta entonces, no había preocupado en el entorno cubano. Así, en junio de 1876 aparece “Reflexiones acerca del abuso excesivo de bebidas alcohólicas en la Isla de Cuba” (Anales, T-XIII, pp. 77-83 y 112-14), trabajo en el que advertía un aumento del consumo de alcohol en el país, partiendo de los registros de importación y de ventas a partir 1874. El trabajo motivó alarmantes intervenciones, como la de Rafael Montalvo, que aseguró que se había producido una explosión de ambliopía alcohólica, lo que fue validado por otro destacado académico, Antonio Mestre, quien pidió que se elevara al Gobierno General una copia de la investigación de Reyes a fin de que se dictasen medidas de protección pública.

 Un año más tarde Agustín W. Reyes publicó “Efectos del alcoholismo”, artículo en que retoma el tema del aumento del consumo alcohol en la población cubana: “Tan enorme consumo de bebidas en un clima como el nuestro debiera llamar la atención de los que saben cuán fatales son las consecuencias que el vicio de la embriaguez tiene sobre el individuo, la familia y la sociedad”, sentenció, mientras glosaba no pocas descripciones y pasajes clínico-sociales de Magnan (Revista de Cuba, t. II, 1877, pp. 129-133).

 Como continuidad de sus gestiones, en 1878 hizo público un “Informe y reglamento sobre medidas represivas contra el alcoholismo en la Isla de Cuba”, el cual le había sido encargado por el Gobierno Superior Civil en respuesta a la demanda realizada desde la Academia dos años atrás. En el informe partía de la misma consideración de un incremento en las ventas, pero ahora con datos más extensos, que abarcaban de 1868 a 1877 y que incluían cifras record de consumo de Ginebra en todo el país (Anales..., t. 15, pp. 225-31). Señalaba Reyes, una vez más, los estragos del alcoholismo en el individuo, la familia y la sociedad, con sus secuelas de pobreza, vicios, crímenes, suicidios y prostitución, como consecuencia de la “degeneración física y moral de los hijos”. Propuso así que se establecieran medidas restrictivas de tipo económico, como impuestos elevados a comerciantes, y un reglamento (aún no elaborado) que consistía en una adaptación de la Ley francesa. Académicos como Carlos J. Finlay y Juan Vilaró respaldaron sus propuestas y plantearon que se destinaran los fondos de tales impuestos a la Casa de Beneficencia; o, en su lugar, a crear un instituto público para niños pobres y de color. El informe fue nuevamente elevado al Gobierno.     

 Seguidor de las teorías de Broca, Reyes Zamora publicó algunos trabajos en la dirección del avance que suponía la teoría localizacionista dentro conocimiento de las enfermedades neuropsiquiátricas. Entre éstos, señalemos “De la fisiología de los hemisferios cerebrales y de sus aplicaciones al estudio de las enfermedades de cerebro”, y “Progresos hechos en la fisiología de los hemisferios cerebrales y sus aplicaciones a la patología”, ambos publicados en 1876. Estos trabajos lo muestran como el médico cubano más actualizado en los nuevos descubrimientos neuroanatómicos y neurofisiológicos de la época, seguidor a la vez del modelo jacksoniano –es decir, evolucionista- de la epilepsia y atento a los trabajos de Charcot en la Salpetriere, que culminan en el surgimiento de la semiología neurológica.

 En marzo de 1877 se enfrascaría en el debate más interesante (y también más prolongado) que se suscita en la Academia de Ciencias Médicas en torno a las relaciones entre locura y crimen: el que dará a lugar el “caso Acosta” –esto es, el del asesino del Conde de San Fernando, quien habría actuado por un supuesto impulso de caácter delirante-, el cual generaría numerosos textos e intervenciones. Determinismo, organicismo, herencia, criminalidad, responsabilidad y, sobre todo, peligrosidad, fueron los conceptos de fondo que acompañaron a esta enconada disputa, por otra parte expresiva de diversos niveles de asimilación y/o resistencia a los cambios que se venían produciendo, sobre todo en Francia, en las relaciones entre Psiquiatría y Ley.

 En esta polémica, que moviliza y recoloca el saber psiquiátrico en el espacio de la academia cubana, Reyes Zamora destacará de manera particular. Junto a Emiliano Núñez y Antonio Mestre, se opondrá a un informe presentado por Mariano García Rijo, acusado de sostener criterios fisioanatómicos propios “de la época de Flourens”. García Rijo consideraba que una teoría localizacionista del lenguaje, como la de Broca, aún no podía ser confirmada, y Núñez respondió echándole en cara su desconocimiento de lo que “todo París aceptaba sin reparos”. Se equivocaba además, según sus oponentes, en su falta de una visión etiológica moderna.

 Al final prevalecieron los argumentos a favor de la peligrosidad de sujeto, los cuales desde luego hallaban soporte en el determinismo cerebral, ratificándose a lo largo del debate la conjunción “manicomio o cárcel” como recurso por excelencia para el control del criminal impulsivo, más allá de los términos de responsabilidad o de los diagnósticos. Acosta fue internado (luego se confirmará de que por vida) en la Casa de Enajenados de Mazorra.

 En cierto modo, con Reyes aparece una mirada socio-positivista orientada hacia el control de enfermedades que, como el alcoholismo, se consideraban indefectiblemente ligadas a la herencia y que explicarían tanto la locura como la conducta delictiva, pero cuya solución rebasa por mucho la clínica para inscribirse en un conjunto más amplio de redes policiales y administrativas. 

 Sin embargo, a pesar de lo avanzado de sus concepciones antropológicas y psiquiatras –o quizás por ello-, después de unos años en La Habana puso rumbo a Sagua la Grande. En este sentido, el suyo fue un proyecto abortado. Allí se asentó en 1880. Funcionario municipal, se encargó de los análisis y peritajes químico-legales. En tanto médico investigó el paludismo, el cólera y la fiebre de borras, entre otras enfermedades contagiosas. Fundó además par de revistas médicas que redactaba en su finca Jumagua. Y allí falleció tempranamente –se dijo que víctima de un envenenamiento pero no fue confirmado- el 31 de diciembre de 1890.