jueves, 31 de agosto de 2017

Ibarzábal por Remos y caricatura de Massaguer


 Juan José Remos

 Escritor de primera fila, con una modestia excesiva que le hacía mucho daño en un medio demasiado hecho a la propaganda personal, ha desaparecido Federico de Ibarzábal, que deja huellas de su talento en la poesía, la novela, el cuento y el periodismo. Surgió en la plenitud modernista, con un libro poético de cierto tono sombrío que se debía más a la misma característica de la escuela que al espíritu del poeta; me refiero a Huerto Lírico, que ve la luz en 1913. Y tan es así, que era más la influencia de la propia escuela (en lo que arrastraba del romanticismo) lo que determinó el sentido sombrío, que los libros de versos que le suceden entrañan un hálito distinto, imbuido de alegría, de optimismo. La naturaleza le inspira, y en un haz de sonetos que integran el tomo El Balcón de Julieta, Ibarzábal canta las puestas de sol y las noches argentadas, aunque no con un carácter descriptivo, sino como reacción del poeta ante estos fenómenos que a través del tiempo han hecho vibrar las liras de tantos poetas. Sin embargo, la obra que define por completo su personalidad artística, la que le destaca como un poeta de cuyo nombre no puede prescindirse al hacer el recuento de los verdaderos valores literarios de nuestro siglo, es Una Ciudad del Trópico,  en que la imaginación teje visiones futuras, al contemplar los lugares tradicionales de la vieja Habana.
 Este libro justifica el calificativo de “poeta urbano” con que lo distinguieron Lizaso y Fernández de Castro, en su imprescindible antología de la poesía moderna. Alientos de un lirismo elevado hubo sin duda en quien escribió "La profesión de fe lírica". Y en sus evocaciones del ayer romántico no falta por ello la actitud de quien no obstante volver los ojos atrás, pinta magistralmente la verdad presente y con arte que subyuga hace desfilar los tipos y las cosas de la vida cotidiana que le rodea y que si no le ahora es por su fe en el porvenir. Se escapa por su versos cierto desencanto de lo que existe; pero no oculta su plena confianza en lo que ha de venir. La fuerza subjetiva de Ibarzábal crece y alcanza su zenit, en su último volumen de versos, Nombre del tiempo, en que la pupila se extiende más, su mirador es más alto, el horizonte se dilata y la mirada alcanza mucho más que lo que en la localidad le rodea. El poeta penetra más en la esencia de la vida, confía más en las fuerzas ocultas del hombre, y el ritmo interior supera todo cuanto hasta entonces había brotado de su pluma lírica.
 El narrador cultiva el cuento y la novela; en el primero, con cierto sabor cosmopolita; en el segundo, mirando hacia Cuba. Derelictos fue su primer libro de cuentos; La Charca, el segundo y último. La sombre Rudyard Kipling se advierte en estas narraciones imaginativas, que no desmienten al poeta enamorado del mar. Ibarzábal amaba mucho la forma del cuento y la cultivaba con innegable gracias. En su culto a esta forma literaria, preparó y prologó en 1937 (fecha en que comenzó a publicar sus libros de esta índole) una antología de cuentistas cubanos. Su novela Tam-Tam se adentra en los problemas sociales de nuestro país, analiza nuestra vida y trata con pronunciado acierto diversos tipos humanos. Fue escrita y editada en los días de mayor fragor de la Segunda Guerra Mundial, en 1941; y de ahí el título que remeda el sonido del tambor de guerra. Las cualidades que tuvo Ibarzábal para la narración fueron tan eminentes como las que demostró poseer para el verso. 
 Fue un prosista de claro y trasparente estilo. Su buen decir no es de los más comunes en tiempos de atropellos gramaticales; pero sin que el respeto a la buena sintaxis ahogara nunca el vuelo artístico de su forma brillante. Muchos periódicos y muchas revistas cuentan con magníficas crónicas suyas, ensayos, reportajes, que revelan una prosa nítida, imaginativa, suelta, que cautiva por su belleza, y en la que el ropaje no supera a la enjundia, ni ésta queda a un lado por aquél. Conocía Ibarzábal muy bien las leyes y los caprichos de nuestra lengua, y la empleó sin ofenderla y sin que su plausible consideración restara el donaire que ciertos que ciertos atrevimientos aportan, cuando se saben usar con aquel don que poseyó y con aquel cierto encanto con que sabía hacerlo.
 No fue su vida todo lo afortunada que un hombre de su calidad espiritual merecía. Le azotó y el no tuvo la defensa que suelen tener quienes lo echan todo por la borda, con tal de salir adelante. Su optimismo fue por eso un optimismo puro; nunca reflejo de su propia vida. Tenía resplandores interiores que le hacían mirar hacia fuera con la misma luz; pero la realidad era muy otra. Jamás explotó su ingenio ni su pluma; apenas vivió de ello. Fue por eso, dentro del periodismo, un espécimen dignísimo que honró la profesión; y además un ejemplo vivo de que no está reñido lo literario con lo periodístico. Cordial como pocos, derrochó afecto sin reparar en objetivos. Yo que le traté a fondo, le quise por le conocí bien. Tuvo de la amistad un concepto cabal, pero que no todos saben comprender ni recompensar; porque la reciprocidad suele ser palabra acuñada más para la afectividad internacional que para la convivencia social. Al morir Ibarzábal, su nombre casi resulta nuevo para los nuevos, porque hacía rato que se había retraído; pero en los que supimos de sus valores humanos, deja una estela imborrable de admiración y de cariño.

 "Federico de Ibarzábal", Diario de la Marina, 9 de noviembre de 1955.


martes, 29 de agosto de 2017

Ibarzábal por Lamar Schweyer



 Alberto Lamar Schweyer

 El poeta moderno es un hombre que vive a la expectativa, esperando siempre las grandes conmociones, las convulsiones populares, los grandes cambios de la sociedad o del sentimiento, para sorprender en ellos un momento, una idea, un credo o una bandera, cosas todas que han de pasar más tarde a sus estrofas, bellamente dichas, pero con su sello original. Aquellos poetas de antaño, retraídos, encerrados dentro de sí mismo, lejos de todo lo externo; aquellos cantores del gran laberinto interior, han pasado ya a la historia... Hoy la poesía es algo menos íntimo, por eso los poetas modernos (que saben seguir de cerca el ritmo de su tiempo, cantan lo que les rodea. Preparan su espíritu para darle una especial sensibilidad capaz de sentir la influencia de lo externo, la emoción de lo que les rodea. La emoción no es ya personal, es social.
 La civilización ha ido transmutando los antiguos valores líricos, para sustituirlos por valores nuevos. Aquella campiña silenciosa y serena que veía Ovidio, está hoy cortada por las paralelas del ferrocarril y la blanca línea de la carretera por la cual cruzan trepidantes los raudos automóviles. El humo negro de las grandes chimeneas hace opaca la claridad de los crepúsculos. En las grandes ciudades ha muerto el claro de luna, las grandes bombillas eléctricas rompen la oscuridad de la noche. El Futurismo, la gran locura de Marinetti, no se apoya en bases falsas como parece a primera vista, es una gran locura que tiene cierto fundamento lógico.


 La filosofía ha cambiado también. Schopenhauer, el gran creador de la filosofía pesimista de su siglo, tiene hoy menos adeptos que su compatriota Nietszche. El creador de Zaratrusta, que más que un gran filósofo fue quizás un gran ironista cuyos ojos estuvieron siempre fijos en las murallas de Sibaris, tiene hoy más adeptos que el autor de los "Fundamentos de la moral". He aquí por qué los poetas no son ya los de antes. Quedan, es verdad, muchos rezagados, pero cada día serán menos, hasta que desaparezcan totalmente. En todas las grandes jornadas renovadoras ha ocurrido esto.
 En Cuba los poetas no se han compenetrado bien con el sentimiento contemporáneo, sólo de dos podemos decir que se han puesto a nivel de su época, son Ibarzábal y Paulino G. Báez; el primero especialmente ha sabido interpretar admirablemente la poesía moderna.
 Cuando la guerra europea puso sobre la Humanidad su manto púrpura, haciendo que una nueva época histórica surgiera de aquel rojo crepúsculo, los poetas sintieron más que nadie el dolor de la humanidad, y también el encanto heroico que había en la gran epopeya. ¡Las ciudades derruidas, las iglesias incendiadas, las devastadas campiñas por las cuales parecía que había cruzado de nuevo el caballo de Atila, impresionaron hondamente el alma de los poetas, quedando más tarde consagradas en las estrofas. Los regimientos sacrificados, los héroes anónimos caídos en la contienda, las mujeres y los niños trágicamente inmolados en aras de la barbarie como ofrendas a Marte, tuvieron en los poetas del mundo entero una consagración definitiva y heroica.
 Emile Verhaeren, el gran inquisidor de Flandes, cantó magistralmente la odisea de su patria en sus odas de amor y de odio:

 Jadis, je t'ai aimee avec un tel amour
Que je ne croyais pas qu il aut pu crointre un jour
Mais je sais maintenant le ferveur inñme
Qui t'accompagne, o Flandre, a travers l'agonie,
Et t'assiste et te suit jusqu'au bord de la mort.

 cantaba el gran poeta al regresar de su tierra después de la invasión de los alemanes. Verlet, Bourgal y Jaques, poetas nacidos al calor de la contienda, dijeron admirablemente el sentimiento de su pueblo. Los poetas del habla castellana, temblaron también ante la magnitud del desastre. Emilio Carrere, los Machados, Valle Inclán, todos los hijos espirituales de Francia, defendieron en sus rimas a la patria de Musset y de Verlaine. Los poetas cubanos, salvo muy contadas excepciones, amaron también su canto a la contienda. Emilio Bobadilla, en una colección de sonetos que forman hoy su obra póstuma, nos dio vivas imágenes de la contienda. Sánchez Galarraga, en un pequeño poema, quiso hacernos vibrar, con la sonoridad de su rima, pero fracasó en su empeño. Sergio La Villa, que en aquellos días residía en Bélgica, dedicó algunos sonetos al dolor de aquel gran pueblo, pero ninguno de ellos sintió y nos hizo sentir como Federico de Ibarzábal.
 Ibarzábal sintió en el fondo de su alma el tronar de los cañones que hacían temblar las ciudades y los pueblos; percibió el herdor de los campos de batalla; sintió el dolor de la sangre joven vertida en aras de la ambición de un hombre; vio allá en el fondo de su imaginación desfilar como por un lienzo cinematográfico la gran caravana doliente de los mutilados; compartió el dolor de los huérfanos y de las madres, de las hermanas y de las novias, y dejó correr la pluma para darnos "Gesta de héroes", un libro que basta para consagrarlo como un gran poeta épico. Si Rubén Darío no hubiera escrito otro libro que "Prosas Profanas", si Eça de Queiros sólo hubiera publicado el "Epistolario de Fradique Méndez", y si Goethe sólo hubiera concebido a "Fausto", los tres serían igualmente inmortales. Hay libros que consagran toda la obra de un autor. Es más, hay versos capaces de hacer un nombre célebre. "La musa del arroyo", de Carrere; "Adelfos", de Manuel Machado; "La marcha triunfal", de Darío, y la "Oración por todos", de Hugo, pertenecen a esta clase de versos que semejan saltos de cíclopes capaces de hacer llegar a un poeta hasta la cumbre. Por eso digo que "Gesta de héroes" es el libro máximo de Federico de Ibarzábal, este volumen es la obra que consagra al poeta. Creo que es ésta una de las pocas cosas en que estoy completamente de acuerdo con esa cumbre del Parnaso hispano que se llama Salvador Rueda.


 No hay poeta cubano más complicado que Ibarzábal. Ofrece aspectos tan opuestos que al analizar su espíritu o su obra sentimos una vacilación como raras veces se presenta. El poeta épico, de imágenes sangrientas, de ideas fuertes, que nos hace sentir una emoción dilacerante con los versos de ''Gesta de héroes", cambia radicalmente, y tórnase como por encanto en un cantor de frivolidades, sutil, fácil y risueño en la colección de versos que forman su libro "Una ciudad del Trópico".
 Los dos libros mencionados, entre los cuales hay el corto intervalo de un año, no parecen del mismo poeta. En uno, la aurora sangrienta, las noches tenebrosas, el eco de las batallas; en el otro, diáfanos atardeceres, noches de luna y risueñas canciones infantiles. Marcan los dos extremos de la obra del poeta, o mejor dicho, los dos aspectos del complicado espíritu de Ibarzábal.
 "Una ciudad del Trópico" es un libro consagrado a la Habana. El Morro, el Malecón, el cementerio, los parques, el Foso de los Laureles, joyas de los tiempos idos. Están en los versos como en un cofre magnífico; los idilios que vivió el poeta, las horas de nostalgia, el dolor del recuerdo, están dichos también cautivadoramente. En este libro está una de las mejores poesías que ha escrito Ibarzábal, es el "Prólogo":

 Esta ciudad picante y loca
que está engarzada en una roca
como un diamante colosal,
llena de luz mi poesía.
¡Alucinante pedrería!
¡Extraordinario pedernal!

 Amo tus horas vespertinas,
tus elegancias femeninas,
tu cielo azul, tu malecón.
Superficial y pizpireta
vives tu vida de coqueta
del albayalde al bermellón.
 Vives en una carcajada.
Una perenne mascarada
te hace reír, siempre reír.
Ríen tus lumias, tus beodos;
altos y bajos; porque todos
juegan dinero al porvenir.

 Eres equívoca y absurda;
aristocrática y palurda,
algo moderna y algo cruel.
Bajo tu cielo yo he soñado,
paseando solo y encantado
tus avenidas de laurel...

 La teoría bastante generalizada de que la forma de un verso debe corresponder al espíritu o a la idea que encierra, tiene en este poeta un excelente adepto. Ibarzábal nos habla de la Habana, de la ciudad frívola, picante, plena de idilios bajo la luna, la ciudad risueña, jacarera, cosmopolita, en la cual hay algo de eterno carnaval, que vive una vida loca sin pensar en el mañana, la ciudad del one step y de los cantos picantes, que tiene extraña mezcla de lo moderno y de lo viejo; nos habla de ella y lo hace en versos fáciles. En la melodía de las estrofas hay algo de los acordes de las danzas locas. Como testimonio copio sus versos "De carnaval":

 Blancas tocas,
serpentinas,
rojas bocas.
Colombinas
y divinas
risas locas.
Bulle el prado
disfrazado
de alegría.
¡Tarde pía!
Alma mía
¿has gozado?

 Y cuando el poeta nos da canciones de la guerra, cuando quiere reflejar en la sonoridad de la estrofa el rugir del cañón, emplea versos de arte mayor, versos de veinte sílabas, de quince, de catorce, versos que tienen algo de la rigidez del acero como éstos, escogidos al acaso:

  Han pasado las bárbaras hordas que llevan la muerte en su seno
 ha corrido la sangre fecunda y heroica en purpúreos arroyos…

  Es Ibarzábal el único poeta que en nuestra tierra ha tenido audacia suficiente para romper con la tradición y darnos versos en esta forma.   
 Federico de Ibarzábal es, sin duda, un gran poeta, mejor dicho, un gran sensitivo, pero no domina el verso; más bien es un esclavo de la rima rebelde, que un dominador de la forma. No ha logrado, como Valle Inclán, dominar su estilo. Abusa de las metáforas demasiado atrevidas, necesita rondar en derredor de una idea antes de fijar su pensamiento. Hay que convenir con La Bruyere que "entre todas las diversas expresiones que pueden tener nuestras ideas, sólo hay una exacta." A veces nos hace el efecto de que el poeta quiere decir algo que no puede expresar; vemos ideas oscuras, las cuales, analizadas, nos darán un idea bella; algunas de sus poesías requieren un gran cuidado para comprenderse. Otras son defectuosas como "Esta noche de junio..."

 Esta noche de junio trajo un calor espeso.
La ciudad está envuelta
en un vapor viscoso
y se puede mascar la tiniebla.

 El "calor espeso", el "vapor viscoso" y especialmente el que se "pueda mascar la tiniebla", me parecen un desmedido efectismo imperdonable en un poeta como Ibarzáibal.
 Se me dirá que Emilio Bobadilla fue el creador de esa imagen. Bien, pero es que es ese uno de los más grandes errores del crítico y poeta cubano.
 El soneto "Cofre de la Historia" encierra un error histórico incomprensible, en quien se siente capaz de cantar a la Habana. Nos dice el poeta:
 
 Cristóforo Colombo, tranquila, dulcemente
bajo la ceiba augusta las manos alzaría.

 Cosa ésta que es de todo punto imposible, ya que Cristóbal Colón no estuvo nunca en la Habana. Nuestro puerto fue descubierto por Ocampo, y ya en esta época el Gran Almirante agonizaba en Valladolid. Otras cosas hay en la obra de Ibarzábal que no acierto a explicarme. Aquel soneto que dice en la segunda cuarteta:

 Preparaba un tratado de energía
en que el verbo sonoro y elocuente
condenó las dulzuras del farniente
y dijo que era un vicio la poesía.

 El último verso, como se ve al momento, es un ripio indiscutible. No sé qué ocurre con los poetas contemporáneos en Cuba, pero creo que no existe ninguna al cual no podamos encontrar un verso corto. Nuestros poetas no sienten como sus hermanos de Francia, un gran cariño de la frase. No pulen sus versos; escritos rápidamente pasan al libro sin una corrección, como si esto no tuviera importancia.

  
 He anotado las cualidades buenas y malas de Ibarzábal. He dicho con entera franqueza los defectos que encuentro a la obra del autor de "El balcón de Julieta", pero no he dicho si es un buen poeta o lo contrario. Su obra adolece de grandes defectos, pero éstos están compensados por las grandes bellezas; por eso diré antes de terminar, que es un buen poeta.
 Nacido en una isla que arde bajo el sol de los Trópicos, en una ciudad cuyo regazo besa el mar hora tras hora, comenzando a sentir y a definir sus sentimientos en una de esas épocas en que el sentimiento y la expresión pasan por instantes de incertidumbre, es un poeta complicado que siente el dolor de la vida y trata de desterrarlo de su espíritu, un poeta cuya musa tiende a lo frívolo y a lo fácil, pero que, voluble como una mujer bonita, se vuelve huraña, árida, despectiva y sonora, para darnos "Gesta de héroes". Saludemos en Ibarzábal el triunfo del neopaganismo, que es la victoria de la humanidad sobre el dolor cotidiano; acojamos su obra que es renovadora del sentimiento, porque él nos da un nuevo horizonte sentimental, y esto es digno de alabanzas.


 “Federico de Ibarzábal”, en Los contemporáneos. Ensayo sobre literatura cubana del siglo, La Habana, 1912, pp. 99-107.

lunes, 28 de agosto de 2017

Una ciudad del trópico



 Federico de Ibarzábal

         Prólogo

 Esta ciudad picante y loca
que está engarzada en una roca
como un diamante colosal,
llena de luz mi poesía.
¡Alucinante pedrería!
¡Extraordinario pedernal!

 Ante tus horas vespertinas,
tus elegancias femeninas,
tu cielo azul, tu malecón.
Superficial y pizpireta
vives tu vida de coqueta,
del albayalde al bermellón.
Vives en una carcajada,
una perenne mascarada
te hace reír, siempre reír.
Ríen tus lumias, tus beodos;
altos y bajos, porque todos
juegan dinero al porvenir.

 Eres equívoca y absurda;
aristocrática y palurda,
algo moderna y algo cruel.
Bajo tu cielo yo he soñado,
paseando solo y encantado
tus avenidas de laurel.


 Una ciudad del Trópico (1919)





sábado, 26 de agosto de 2017

Federico de Ibarzábal, poemas



    
 Trova de la amorosa conseja

 Tu juventud, ¿qué espera? ¿Acaso en el postrero
rayo de un sol mezquino, su enorme afán aleja?
Muchachita: te miro en el balcón, y quiero
regalarte mi trova de amorosa conseja.

 La juventud no vuelve, dijo Emilio Carrere;
y es verdad. El "divino tesoro", de Darío.
cuando se va es por siempre. La ilusión se nos muere
y en ella penetra un tedioso vacío.

 ¡Ama! Ama y cultiva por la futura siembra
de emoción y placeres tu espíritu intranquilo.
Prolifica tus yertas maravillas de hembra
y no seas para el goce otra Venus de Milo.

 Tu inocencia es aquella que precede a las bodas;
te inquietan turbaciones de vida suprahumanas;
y aunque adivinas algo que desconoces, todas
tus pobres inquietudes son tímidas y vanas.

 Mira cuando la calle se aclara con tu paso,
—pues que irradias un vivo fulgor de amaneceres—,
cómo el cielo hace diáfana su techumbre de raso,
y despiertas la envidia de las demás mujeres.

 ¡Cómo tu cuerpo, maravillosamente erguido,
por todas las palabras del elogio es ungido!
Y voces ancestrales, de hombre de las cavernas,
murmuran a tu oído, cuando pasas: ¡qué piernas!

 Eso no es corrección, en verdad... pero es cierto.
Y la carne (enemigo del alma), débil peca,
en contra del espíritu y del bíblico aserto,
y de los raciocinios de la razón enteca...

 Date toda en supremos éxtasis al pagano
culto. Sé así sincera y vive tu vida.
Júzgate superior a todo juicio humano,
que al fin y al cabo queda la virtud malferida.

 No luches más contigo misma ni te quebrantes;
comulga en los altares donde el amor se exalta;
que si después no tienes lo que tenías antes,
otros te darán luego lo que ahora te falta.

 Muchachita que ves pasar a toda hora
el amor transeúnte bajo de tus balcones;
mira la primavera como el rosal enflora
bajo el encantamiento de las constelaciones.

 Abre a la vida el cofre de tu emoción secreta,
estimula el intenso ardor que te consume.
Y no sigas el triste sino de la violeta
que se muere de tedio escondiendo el perfume...

 Visiones crepusculares

 Huyó la tarde, plena de neblinas
fúnebres y de pálidos reflejos;
y borraron las nubes, a lo lejos,
la suave ondulación de las colinas.

 El beso de las auras vespertinas
acarició los árboles bermejos,
con embriaguez de néctares añejos
y voluptuosidades femeninas.

 Y tu amor, en mi anhelo, fue pecado
que amparó, macilento y angustiado,
un misericordioso terebinto.

 En el silencio naufragó la fronda;
y hubo una paz meditativa y honda
de beaterío y de claustral recinto...

 Sensación remota del bien

 Yo conocí a este párroco, que en una edad pasada
hubiera sido abate galanteador, o al vicio,
—sierpecilla que aguza su testa triangulada—,
le hubiese opuesto ufanos signos del Santo Oficio. . .

 Hoy vive las hipótesis de la Historia Sagrada
y disuade al Maligno, con áspero cilicio;
ha renunciado a toda función inmoderada
y abre sacras parábolas de piadoso ejercicio.

 Disciplina lo absurdo de su vivir sereno,
—colmado, sin alardes, del afán de ser buen—,
la abstracción cotidiana en el término gris

 de su pobre existencia, arcilla que ama Cristo.
Y arrodillado, en éxtasis fervoroso, lo he visto
implorando la gracia de Francisco de Asís...

 De "Castillos en el aire", Cuba contemporánea, septiembre de 1923.

jueves, 24 de agosto de 2017

Lienzos marinos





 Federico de Ibarzábal


I

 Dulce visión pretérita de los años primeros
ungida con el óleo de mi recuerdo fiel:
retozos de la escuela, héroes de romanceros,
callejas de mi barrio, tiradas a cordel.

Llovía: y terminados los recios aguaceros
íbamos hacia el patio a espaldas del bedel
y echábamos al agua de los lagos charqueros
escuadras numerosas de barcos de papel.

Al puerto fuimos poco: un día señalado,
con un profesor grave, siempre martirizado
por nuestras travesuras: era el «señor Quintín».

Y aquel buen hombre sano que nunca se reía
era nuestro gracioso, porque nos parecía
el mascarón de proa de un viejo bergantín.


II

 Trajín bajo el derroche de luz del mediodía;
ir y venir de lanchas; tremenda confusión
de los estibadores y la marinería
manchados por el humo y el polvo del carbón.

Las sosegadas aguas de la febril bahía
rompe con sus avances potentes un lanchón;
en el muelle hay un vivo rumor de algarabía,
incidentes que ocurren entre obrero y patrón.

Hay en la rada, barcos de todas las naciones
que despliegan al aire vistosos pabellones;
matrículas exóticas: Marsella, Liverpool...

Un hábil marinero en las gavias maniobra,
y el oficial de un buque mira desde la obra
muerta, las aguas turbias, de un sospechoso azul.

III

 Esta gris alameda, abandonada y sola,
tiene la gracia antigua y el sabor colonial;
una reminiscencia de la vida española
junto a los edificios de corte conventual.

¡Alameda de Paula! Blando rumor de ola;
brisas entre los álamos, dulzura espiritual;
sordo ruido de carros que, en la calleja, viola
el solemne silencio de la tarde glacial.

Junto al muelle desierto, pacífico y mojado,
la Alameda de Paula duerme en un sosegado
sueño, su vieja vida de perpetua inacción.

Como esas viejecitas que tuvieron amores,
y que hilan sus recuerdos desde los corredores,
sin un deslumbramiento, sin una sensación.

IV

 Éste es un barco viejo que zarpó justamente
una turbia mañana perezosa; y el mar
lo maltrató tan dura y tan continuamente,
que ningún tripulante esperó regresar.

Pero ha llegado al puerto la marinera gente,
y teniendo permiso para desembarcar,
en las mesas que adornan la taberna de enfrente
con los viejos amigos se han puesto a conversar.

Y relatan los riesgos que corriera el navío
bajo la furia loca del huracán bravío
que en el Golfo de México le destrozó el bauprés.

Es un barco muy viejo pero muy marinero,
y las sólidas planchas de su casco de acero
son el timbre de orgullo de un constructor inglés.

V

 Amplio puerto habanero y afanoso que sabes
del infinito anhelo de viajar que hay en mí...
Viejo puerto sonoro donde entró con sus naves
Don Sebastián de Ocampo, procedente de Haití.

Puerto heroico que guarda los recuerdos de graves
complicaciones hondas con los piratas, y
sobre el que siempre vuelan las marineras naves
remontando del cielo el bruñido turquí.

Tu Castillo del Morro, colonial y sombrío,
guarda heroicas leyendas que en las noches de frío
aburridos soldados suelen rememorar.

¡Pétreo faro de O`Donnell! Tu lumínico casco
es fulgor de la espada que a Don Luis de Velasco
las tropas de Albemarle no quisieron tomar.



 De El balcón de Julieta (1916)


lunes, 21 de agosto de 2017

El karma de Ibarzábal




 Pedro Marqués de Armas

 Mientras buscaba en Internet artículos sobre Rafael Blanco, caricaturas, dibujos o viñetas suyas, siempre con la esperanza de dar con aquel “Árbol genealógico” que tanto me impresionara allá por 1992, y que conocí de manos de Carmen Paula Bermúdez (la copia zozobró y apenas conservo remedo en la memoria), tropecé con un –digamos así– inquietante poema de Federico de Ibarzábal donde el dibujante hace una entrada fantasmal.

 Aclaro que se trata de un loable poema de época tan olvidado como su autor:

 Esa calleja en sombras, hecha para un apunte
al lápiz como aquellos que hiciera Rafael Blanco;
y esa misma silueta, vaga, del transeúnte,
y aquella pordiosera que duerme sobre un banco,

 tienen la milagrosa virtud evocativa
de lo que presenciamos hace tiempo. Quizás
en uno de esos seres anónimos quien viva
con el alma que tuvo hace siglos... Es más

 estrecha, sin embargo, esta calle de ahora,
pero el cielo es el mismo; el cielo de cobalto
que viera hace cien años, en la trasnochadora
andanza de mis lances...

 Basten estas dos estrofas para orientarnos en “Salmo del trasnochador”: cierto prosaísmo, ambiente urbano más bien discreto, y una ficción del pasado del propio poeta que asume, sin más, el leitmotiv de la reencarnación. El poema va subiendo de tono pero, por fortuna, no pierde fantasmalidad, ni esa errancia de claroscuros que se esfuma, finalmente, como mismo se diluye Rafael Blanco en apenas unos versos.
     
 Ibarzábal hace entrar al dibujante en su poema, lápiz en mano, con la misma delicadeza con que haría entrar su espectro acompañado de viandantes y mendigos. Hay en el apunte, bien visto, y en el deslizamiento de un nombre, algo sombrío.

 Inevitable pensar en el soneto de Baquero “El huésped”, donde el autor de Magias e invenciones se hacía visitar por el fantasma del malogrado poeta René López. Verso a verso, Baquero lo va vistiendo, como si de animar una momia se tratase: limpia sus ojos, le pone sombrero (su sombrero) y hasta le ofrece “unas corbatas color de azul celeste”, porque solo así, vestido, se puede hablar del más allá con un espíritu amedrentado que se arroja en brazos y echa a llorar.


 Al igual que Rafael Blanco, la presencia de René López es comedida, si bien no velada. Se trata, en cada caso, de visitantes que fluyen en armonía por unos versos que apenas habitan. Blanco, un trazo fugaz al amanecer, y López, un efímero retrato nocturno.

 Ambos fantasmas llevan a otro, muy distinto: el de Julián del Casal en el poema de Piñera “Naturalmente en 1930”. En noche ahora más negra, “entre tantas insondables”, tiene lugar el encuentro. Más que visitación, es una visión a la que el poeta interroga: Piñera ve a Casal “arañar un cuerpo liso” y hacerlo con tal vehemencia que sus uñas se rompen, mientras a su pregunta responde que “adentro estaba el poema”. Fantasma real, nadería física, Casal se pierde en una cruda intemperie.

 Federico de Ibarzábal, supremo olvidado, gozó en su época de reconocimiento como poeta de su karma. Salvador Rueda prologó uno de sus libros. Lamar Schweyer escribió un encendido ensayo sobre su poesía, y Federico de Onís lo incluyó en su prestigiosa Antología de la poesía española e hispanoamericana (1934).

 “Salmo del trasnochador” podría ser uno de sus mejores poemas. Apareció en Cuba Contemporánea en 1923, como parte del “libro en prensa” Castillos en el aire.

 Ya había publicado Huerto lírico (1913), El balcón de Julieta (1916) y Una ciudad del Trópico (1919), entre otros. Poeta desigual, más a menudo endeble, recuerdo ahora dos buenos sonetos suyos: “Lienzos marinos” y “Casino tropical”. Si la atmósfera del primero –en realidad una serie– es plácida, la del segundo, irónica y opresiva, deja reconocer la acidez de algunos cartones de Rafael Blanco.

 Es el mismo casino fantásticamente recreado por Wallace Stevens en su “Discurso académico en La Habana”, con sus cisnes abatidos por un ciclón y la “excéntrica calma” del pueblo ante un mítico Rey Maní.


 Lamar Schweyer dijo de él: “No hay poeta cubano más complicado que Ibarzábal”. Elogia sus poemas épicos (Gesta de héroes, 1918) en virtud de “imágenes sangrientas” e “ideas fuertes”, pero lo tacha de espíritu vacilante y llegar a decir que le produce vértigo, al cambiar, en Una ciudad del Trópico, hacia una poesía frívola, fácil y risueña.

 Ve en el carácter urbano de los versos, un Carnaval, una “extraña mezcla de lo moderno y lo viejo”, y denuesta que el poeta –no grande, pero sí “gran sensitivo”– no logre hacerse de estilo propio, como Valle Inclán.
 
 Y no lo hay, claro. Pero es el ambiente propicio de los años de alza económica, cuando el dinero corre en “la ciudad picante y loca /… engarzada en una roca/ como un diamante colosal…”. Sonetos y rimas coloniales, a la vez postal antigua y crédito moderno, cualidad de una época donde se insinúa, sin embargo, algo de ironía tras la asumida frivolidad.

 Como novelista, Ibarzábal también ha sido olvidado. Se le recuerda un tanto por sus cuentos y relatos, casi todos posteriores al grueso de su obra poética. Y acaso resalte más por su antología del cuento cubano, primera de su tipo, publicada por la Editorial Trópico en 1937, y por su pertenencia al Grupo Minorista. 

 Al igual que Serpa, Montenegro, y Novás Calvo, cultivó el tópico marítimo, y la violencia, en general; pero suele reconocerse únicamente destellos en su conradiano “Todo bien a bordo”. En otra narración loable, recrea, con realismo, el linchamiento de Ainciart, el jefe de la policía machadista:

  “Alguien trae una cuerda. La escena es bajo un farol del alumbrado público que acaba de encenderse. Un relente macabro, de pesadilla y obsesión, flota sobre la plaza. Hay un griterío ensordecedor. Un hombre trepa ágil al palo. Amarra la cuerda en lo alto y desciende. Otros han pasado un lazo por el cuello del jefe de la policía. Lo izan. Van a “ahorcar” el cadáver... Pero la cuerda se rompe y el cuerpo cae a tierra, rebotando como una pelota sobre el embaldosado. La gente ríe. Unos se cubren el rostro con las manos o vuelven la cara. Tres o cuatro descargan puntapiés que suenan a hueco, y lo escupen. Muy de noche se lo llevan de la ciudad”.


 En 1983 Enrique Sainz recogió y prologó bajo el título “La isla de los muertos y otros relatos” algunas de sus ficciones, y hace pocos años lo desempolvó nuevamente en un ciclo de conferencias sobre autores olvidados organizado por el Centro Alejo Carpentier. Más reciente, en 2014, la investigadora Cira Romero ha reunido sus mejores piezas bajo el título de La mujer de yeso y otros relatos.

 Pero volvamos al Ibarzábal trasnochador a la caza de su propio fantasma en otras vidas, ingenuamente encubridor de un pasado de glorias pero aun así, por qué no, todavía algo inquietante.   

            Salmo del trasnochador

 Estos amaneceres mágicos tienen una
transparencia inconsútil como gasas de olvido...
Yo he paseado otra vida bajo esta misma luna;
estos amaneceres ya yo los he vivido.

 Esa calleja en sombras, hecha para un apunte
al lápiz como aquellos que hiciera Rafael Blanco;
y esa misma silueta, vaga, del transeúnte,
y aquella pordiosera que duerme sobre un banco,

 tienen la milagrosa virtud evocativa
de lo que presenciamos hace tiempo. Quizás
en uno de esos seres anónimos quien viva
con el alma que tuvo hace siglos... Es más

 estrecha, sin embargo, esta calle de ahora,
pero el cielo es el mismo; el cielo de cobalto
que viera hace cien años, en la trasnochadora
andanza de mis lances... Hoy miro en el asfalto,

 húmedo por la lluvia que de los cielos fluye,
el perfil de las grandes casonas reflejado;
pero no está la casa que yo busco. Rehúye
a mi encuentro este punto de mi viejo pasado.

 Yo era, en aquel entonces, lo que ahora: poeta...
Poeta con un vivo tinte de vanidad.
Y paseaba las calles mi lírica silueta
ante todas las hembras de aquesta vecindad.

 Pero eso fue en las brumas lejanas de otra vida...
Yo era un buen estudiante que llegó a bachiller
que cerró los libros, el alma adormecida
por los suaves arrullos de una voz de mujer.

 ¡Oh, mi vida pasada! Gente prócer, doblones,
escudo de armas, limpio, de mis antepasados!
Y la casa paterna, con amplios portalones,
el cariño fraterno, los maternos cuidados.

 Y he tenido otras vidas, señores. ¡Oh, yo he sido
todo a lo que en la vida uno puede llegar;
Emperador, y Papa, y pirata, y bandido...
Casi un Dios en la tierra y un demonio en el mar.

 Ardí últimamente en una pira ingente
que para mí prendiera la Santa Inquisición...
Aún recuerdo las risas de aquella mala gente,
los salmos religiosos, la negra procesión...

 Por cierto que ese día en que yo fui quemado,
hubo un maravilloso espectáculo: fue
(y esto lo sé yo solo), mi espíritu llevado
a una tierra lejana en la que transmigré.

 Después, yo no sé cómo, esa vida se esfuma.
Ruedan siglos. Yo vuelvo a la vida otra vez...
¿Pero dónde están, digo a la nocturna bruma,
mis antiguos ensueños, mis andanzas, mi prez?

 Y al hallarme de nuevo en la vida, esta vida
que es buena, aunque es imbécil en cierto modo, suelo
dialogar con las sombras en la noche aterida,
cruzar tranquilamente esta oscura avenida,
amar a las mujeres y dar gracias al cielo. 



 Cuba contemporánea, septiembre de 1923, pp. 92 y 93.