martes, 19 de febrero de 2019

Carpentier in partenza



       Diario de la Marina, 17 de marzo de 1928. 

 En una crónica sobre su participación en el VII Congreso de Prensa Latina y su regreso a Europa en el vapor Espagne, el escritor y periodista Adolphe de Falgairolle dejó esta breve referencia sobre el Carpentier de aquellos días: 

 “Alexis (sic) Carpentier, con quien tuvimos el gusto de regresar a París (donde daremos a conocer su hermosa novela sobre la vida de los negros de los ingenios), nos reveló la música y los cantos negros, y sin creer que La Habana esté poblada de negros, sabiendo que existen muchos más blancos, he sentido por mi parte, escuchando a los negros, la impresión de descubrir una especie de reino local, algo así como una Provenza en Francia centralista”.

 La imagen de un Desnos que se evade de las ceremonias oficiales y desde el momento de su llegada recorre de manos de Carpentier la Habana Antigua, el barrio chino y las Fritas de Marianao, es indudablemente cierta, pero en modo alguna exclusiva.

 Fueron varios los delegados que hicieron ese periplo al margen del evento en cuestión, un periplo, en cualquier caso, instituido cultural y turísticamente, y con quienes Carpentier departe en aquellos días junto a otros minoristas. 

 Son los casos, por ejemplo, del poeta francés Fernand Gregh, entrevistado por Fernández de Castro; de los latinoamericanos Gonzalo Zaldumbide y Miguel Ángel Asturias, que intercalan almuerzos oficiales y “sabáticos” y terminan en los bailes de la playa y, qué duda cabe, seguramente de otros muchos.

 Carpentier participó en el recibimiento de los delegados europeos al Congreso, y, si bien su interés principal sería recoger a Desnos (por cierto, a petición de Mañach), no hay que olvidar que su trabajo para Carteles lo lleva a asistir a fiestas y recepciones hasta el final de sus días en Cuba. 

 Su presencia en la lista de pasajeros hace pensar que no hubo nada de rocambolesco en su partida, y que, por el contrario, su decisión de viajar a Francia –que ya se venía fraguando- acabó de madurar con aquella oportunidad.

 Ello no niega las dificultades que afrontara a raíz del encarcelamiento un año antes; pero indica que el asunto de su legalidad –la adquisición de pasaporte, certificada ya su nacionalidad cubana y sobreseída la causa judicial- por fin se habría resuelto.

 El Espagne dejó atrás el puerto de La Habana el 16 de marzo, y diez días más tarde hizo escala en La Coruña. Desde allí, escribe a su madre. Le cuenta sobre la buena vida a bordo con bailes y cenas pantagruélicas, su buen humor y su ganancia de peso. Pero lo más significativo es, quizás, lo que ello encubre: el dolor y la culpa por la separación, y sus fantasmas económicos. A estos últimos se sobrepondrá, pero ahora todo es vacilación. 

 Junto a él navega –como puede apreciarse en la nota del Diario de la Marina- algún que otro hijo del pudiente Bacardí. Aunque se vea corto de dinero, dice a su madre para calmarla y, de paso, para atemperar sus propios temores, no tendrá problemas. “Un bueno amigo mío –millonario por demás- viaja en este mismo barco”. 

lunes, 18 de febrero de 2019

Dos Jornadas Cubanas


 Robert Bourget-Pailleron

 Uno de los grandes motivos de sorpresa y curiosidad que esperan al viajero en Cuba, es el contraste que se establece entre la capital y la provincia, entre la vida moderna de La Habana y el color exótico que ha conservado la población rural. Gracias a la solicitud de nuestros anfitriones, tuvimos oportunidad de observar esa divergencia.
 La primera de nuestras incursiones en el interior de la isla, nos condujo solamente a algunos kilómetros de La Habana. Pero el buen gusto y el esprit de los que nos invitaron, supieron agrupar en torno de una casa de campo a todos los elementos más gratos de la vida tropical. El Sr. y la Sra. de Camps, dueños de tan felices dominios, descienden de una de esas viejas familias españolas radicadas en Cuba, que mantienen el acuerdo sellado felizmente con los adversarios de hace treinta años. Ese día nos convidaron a un almuerzo criollo, celebrado en su residencia campestre. Una gran mesa, en forma de herradura, se alzaba en una de las explanadas del jardín. Una bóveda de hojas de palmera entretejidas la protegían del sol, ofreciendo tal asilo de frescura, bajo la comba de su techo, que hubiéramos podido creernos alojados en el interior de una fruta gigantesca. Guayabas y mangos adornaban la mesa, asociando el dulzor de sus pulpas a las carnes húmedas de salsas confitadas. Cómo era de esperarse, el arroz a la criolla fue una de las delicias de tal comida. Los sirvientes de color se movían silenciosamente sobre el tapiz de césped. Para los postres, se nos reservó una sorpresa: la de tres cantadores de cutis bronceado, que vinieron a entonar aires criollos y negros.
 El domo verde que cobijaba a la concurrencia, constituía una gratísima decoración ese día. Alzando la cabeza, podía evocarse la selva virgen, ante esas ramas enlazadas. Y el canto negro, plañidero o alegre, sustraía esta tierra al imperio de la hora presente, restituyéndole la calurosa belleza de las Antillas de antaño.
 Estaba decidido, sin embargo, que la realidad recobraría sus derechos, y la realidad, en un almuerzo cuyos convidados son tan numerosos, es la que constituyen los discursos. No insistamos, sobre este punto, y no conservemos más que los recuerdos gratos de ese día.
 En el jardín, bajo arcos de plantas trepadoras, unos bancos, colgados de cadenas, formaban unas mecedoras en las que los que no bailaban se dejaron arrullar, mientras la orquesta tocaba rumbas y danzones. Todos los Cubanos conocen por lo menos el segundo de esos bailes, propios del país. Su ritmo ligero se asemeja al de la polka. De cuando en cuando, el bailador abandona su pareja, dejándola libre durante algunos compases, y estrechándola nuevamente. La rumba requiere gran ciencia. La vimos bailar al final de un almuerzo que nos ofreció el Alcalde de La Habana, Dr. Miguel Mariano Gómez.
 El bailador y la bailadora estaban vestidos encantadoramente; él, con un calzón ceñido y una camisa de mangas anchas guarnecidas de alforzas; ella, con un vestido estrecho de talle y una serie de amplios volantes, a la manera de 1805. Ambos danzaron, sin tocarse, cantando unas veces y bailando otras, ejecutando esos pasos en que el busto permanece inmóvil, mientras la parte inferior del cuerpo ondula sin tregua. Se dice, en Cuba, que una buena bailadora de rumba debe tener «la cintura montada en flan»... Es esta una imagen demasiado exacta, para que aspiremos a enmendarla.
 Unamos a esas evocaciones de la gracia criolla el viaje que realizamos, algunos días más tarde, en el tren del General Machado. El Secretario de Estado, Dr. Martínez Ortiz, lo acompañaba, y fue para nosotros un placer, en el momento de concluir el relato de hombre encantador, gran amigo de Francia y excelente parisiense, que representó su Gobierno en nuestra patria durante largos años.
 El ferrocarril, corriendo a través de las campiñas, nos ofrecía el sorprendente espectáculo, mencionado poco antes, de una provincia absolutamente distinta a la capital. Es contemplando esas pequeñas poblaciones, formadas por casitas de madera de un solo piso, en cuyas calles pasan jinetes cubiertos de anchos sombreros y cochecillos de muías, como se comprende toda la grandeza del trabajo realizado en La Habana... Ya esta campiña, además, está saneada, la selva virgen yace vencida, los ingenios azucareros alzan sus columnas de humo cerca de las palmeras. Los pantanos malsanos han sido secados; ya nadie teme a los mosquitos ni a la fiebre amarilla. Contemplamos el momento de eclosión de este país. Recorriendo cincuenta kilómetros, hemos comprendido el trabajo de treinta años. Las estaciones de los pueblos están adornadas. En Sumidero, en Coliseo, en Jovellanos, estallan cohetes y las aclamaciones saludan al Presidente. Los colegiales, alineados, lucen sus uniformes. Las niñas tienen faldas azules, blusas blancas con cuellos de marinero, y anchas pamelas. Los muchachos ostentan uniformes kakis y gorras planas. En Jovellanos, unos quince chicos alineados como soldados, realizan, a la voz de mando, ejercicios de conjunto con suntuosos sables de madera cubiertos de papel plateado. Las bandas tocan paso-dobles. La alegría ilumina los rostros de la multitud. Un viejo negro, veterano de la Guerra de Independencia, es presentado al Presidente. Encorvado, deshecho como un viejo trozo de regaliz derretido, tiembla de emoción al retirar la gorra que cubre sus cabellos de huata. 
 Muchachas de color ofrecen sus sonrisas maravillosas. El amor que tienen por los tintes las impulsa a pintarse como las blancas. Para ellas, el azul y el rimmel, son ¡ay! vedados, pero el rouge ilumina sus mejillas, donde adquiere reflejos extraños que evocan los de algunas flores en el crepúsculo.
 Por la tarde fuimos a visitar un ingenio azucarero y el caserío que lo circundaba. Por doquiera los habitantes, llenos de gentileza, nos convidaban a entrar en sus casas. Una función había sido organizada en la escuela. En una amplia estancia, niños blancos y negros, sentados en círculo, como cuentas multicolores de un collar, admiraban con gran dignidad aquellos de sus camaradas que cantaban o bailaban. El público estaba a escala de los actores, y parecíamos unos intrusos en ese mundo de chicos.
 Matanzas, pequeño puerto de mar, se extiende semi-circularmente a lo largo de una bahía. Descubrimos el panorama desde una colina coronada por una vieja capilla española. Al atardecer tuvimos que apresurarnos a recorrer la ciudad, ya que debíamos abandonar la isla al día siguiente. En las baldosas de una amplia plaza, en torno de un jardín, la vida española se perpetuaba. A la puesta del sol, una multitud paseaba, para disfrutar del aire fresco. Por grupos de cinco o seis las muchachas andaban a pasos ligeros, con las horas del anochecer.
 En Cuba, como en España y en los países del Mediodía, la belleza de la mujer pertenece un poco a la mirada del transeúnte, como la gracia de un paisaje o de una estatua. Disfrutamos de tal espectáculo en nuestra última jornada cubana.... Lo encontramos inseparable de la naturaleza y comprendimos que el encanto de esa tierra no existiría plenamente sin él.

(De Le Gaulois.)


 CUBA EN 1928. Reminiscencias. Documentos, Informaciones, Gráficos, Artículos y Opiniones del VII CONGRESO DE LA PRENSA LATINA. PARÍS, 1928. 


viernes, 15 de febrero de 2019

Delegados extranjeros al Congreso de Prensa




   
      Diario de la Marina, 16 de marzo de 1928.


Desnos



  Alejo Carpentier


 A tanto habían llegado los surrealistas entrenándose dentro de ese método de escritura automática y del hablar automático, que un hombre como Robert Desnos, que fue el poeta surrealista en estado puro, que siguió siendo fiel al surrealismo hasta su trágica muerte ocurrida a la salida de un campo de concentración alemán. Desnos era un hombre que cuando quería hablaba en poesía, hablaba en un poema. Muchas veces caminando juntos por las calles de París, Desnos me decía: “Te molesta que yo hable”. Le decía: “No, hombre, habla.” Y empezaba a hablar en un metro dado, por ejemplo, en alejandrino francés de doce sílabas, con la cesura en seis y seis, y podía estarse horas hablando en alejandrinos sin parar. Y hay un ejemplo concreto. Desnos en su obra tiene un poema de muy vastas proporciones que se titula en inglés The love of the loveless nigth, o sea El amor de las noches sin amor. Ese poema ocupa un tomo entero, y ese poema lo escribió de un solo tirón en estado de inspiración en unas ocho horas de trabajo consecutivas. Desnos jamás ha retocado un poema. El poema tenía que quedar exactamente como saliera de primer intento. Y, a pesar de ello, había llegado de tal manera a interrogar a su subconsciente, interrogar su sensibilidad más pura, recóndita y auténtica, que su obra poética es una de las más maravillosas que nos haya dado el surrealismo.

 A Robert Desnos lo conocí enamorado de una cantante extraordinaria que se llamaba Ivonne George. Después que se terminó lo de Ivonne George, porque ella se enfermó muy gravemente, tuvo que irse de París, se enamoró de una cantante de jazz que se llamaba Bessie, y finalmente se enamoró locamente de la que era entonces la esposa de Foujita, el pintor japonés, se la quitó, vivió con ella hasta que se lo llevaron preso por resistente a un campo de concentración de Checoslovaquia, y cuando murió de tifus al salir del campo de concentración, por haber bebido el agua estancada de una charca, iba a pie hacia Paris –no había trenes, no había camiones ni nada-, se había resuelto llegar a París a pie, encontraron sobre él su último poema, que era un poema de amor a su mujer (…).

 Un día Robert Desnos y yo paseando por los alrededores del antiguo mercado de París que desapareció, pasamos frente a una tienda que no conocíamos que se llamaba Fábrica de Trampas, tenía un enorme letrero con letras doradas que decía Fábrica de Trampas. Allí se vendían trampas de todas clases: para coger zorros, para coger hasta osos, trampas enormes, ratoneras, en fin, todo lo que fuera las trampas para animales peligrosos o dañinos. Y sobre el letrero, asomados a las ventanas de una casa de huéspedes que había encima de la fábrica de trampas, había dos sacerdotes católicos de gran sotana que miraban hacia la calle. Eso lo fotografiamos inmediatamente y lo publicamos en la revista, porque eso puro era un cuadro surrealista de estado puro. 

 Otro día que salíamos Desnos y yo de casa de un amigo que vivía detrás del bosque de Bolonia –esto es un humor negro a fondo, una historia horrenda-, caminábamos al amanecer a la orilla del lago del bosque, y vinos una mujer con un abrigo de pieles que estaba mirando fijamente al agua. Robert Desnos me dijo: “Esta mujer se va a suicidar, tengo el presentimiento de ello. La voy a salvar.” Salió corriendo hacia ella, la agarró por un brazo y el brazo se le quedó en la mano: era un brazo ortopédico. Es decir, pasaban cosas como ésas en el grupo surrealista.


 Fragmentos de “Sobre el surrealismo”, documental-conferencia de 1973, ICAIC. En Alejo Carpentier. Obras completas. Conferencias. Vol. 14. Siglo XXI, 1990, pp. 11-41.

lunes, 11 de febrero de 2019

Lautréamont


  Robert Desnos

 Cuántos siglos serán necesarios a la alegórica clepsidra del tiempo, para que los colosos de Memnon sean para siempre sepultados en el desierto! 
 Así mueren los ídolos.
 Para desaparecer, unos quieren los huracanes y las tempestades del océano, y las salpicaduras de la Atlántida abismada.
 Otros quieren las lianas de la selva virgen; otros la antorcha del iconoclasta; otros las arenas movedizas de plegarias de generaciones humanas, para desaparecer en sí mismos.
 Aunque sólo hubieran tenido un adorador, el mero segundo de poderío que extraen de las mitologías, los cementerios, los museos etnográficos o las historias literarias, no por ello dejarían de ser ídolos auténticos, podridos en las prerrogativas certeras y derisorias de la divinidad.
 Tengo hoy el honor de saludar el cadáver del último ídolo, que, favorecido por la más bella leyenda del mundo, nació el día de su muerte y murió asesinado por sus adoradores. Antaño, en las vías misteriosas de ciertas regiones, el frente de los templos ostentaba una lúgubre ley: «El iniciado matará al iniciador».
 Isidoro Ducasse, que se llamó a sí mismo Conde de Lautréamont, sólo ha engendrado iniciados hasta ahora. Y detrás del carruaje barroco que lleva el pequeño ataúd en que acostaron su cuerpo inmenso, sólo avanzan, en resumen, tristes empleados de pompas fúnebres, hombres de letras melenudos, y plañideras hipócritas.
 Extraviado durante algún tiempo entre los miembros de la familia, el autor de estas lineas se ha refugiado en la acera. Ahora contempla el paso del fúnebre cortejo. Ya se aleja. Ya desaparece con sus coronas de flores artificiales, de flores porcelana, con sus pobres ramos de siemprevivas y de rosas deshojadas.
 Adiós. Descansa en paz. Dentro de un momento, sobre el mármol de tu sepulcro y el vacío de la sepultura, el literato con lengua de trompeta se exaltará con sólo pronunciar tu nombre. Buena faena será esta para el orador astuto, que sabrá mezclar consideraciones filosóficas sobre tu obra con una melancólica disertación acerca del destino de las nubes, hechas para deshacerse en lluvia, y llenará así el ánfora tentadora de la tumba. A los caracoles grasientos del dolor fingido, añadirá la pimienta de lo nunca dicho y de lo nunca oído —lo que no es siempre la misma cosa. 
 «¿Pero cómo?, dirá uno. Treinta años de estudiosas búsquedas hicieron de vos un sabio que sería más lógico hallar en una jesuitería, que en las calles de una ciudad... ¿Acaso yo no podría hablar del hombre que fue...?»
 «¿Pero cómo?, dirá aquel otro. ¿Treinta años de engaños sobre las cualidades de la amistad, de la pintura y de los objetos negros, no nos permiten hablar del hombre que fue?...»
 «¿Pero qué?, pronunciará un tercero, en nombre del sindicato de vendedores de pantanos. ¿Mi cobardía proverbial, y una avaricia no me permiten hablar del hombre que fue?...»
 ¿Del hombre que fue?
 No se sabe absolutamente lo que fue Isidoro Ducasse, Conde de Lautréamont.
 Tal vez haya sido un individuo innoble, un truhan de la peor especie, un ser despreciable. Nada autoriza a negarlo desde que sabemos que el talento y el valor moral son, por desventura, dos cosas distintas.
 Acerca de Isidoro Ducasse, solo se conocen:
 1 . la fecha de su nacimiento,
 2 . la fecha de su muerte,
 3. algunos datos sobre su familia y sus años de colegio,
 4. los Cantos de Maldoror,
 5. las Poesías,
 6. algunas cartas, que revelan preocupaciones económicas y preocupaciones literarias.
 Nada más.
 Sin embargo, con estos datos y en complicidad con la literatura, las cartas de ese juego de azar fueron desordenadas a tal punto, que hoy podría casi escribirse una «vida novelesca de Isidoro Ducasse».
 Peor aun. Se ha querido ver en ese personaje, del que no diré bien ni mal, una suerte de Quijote de la anti-literatura, sin pensar que su obra se presenta como obra de arte por antonomasia, ya que sólo ella conocemos, y apenas sabemos de su autor, — como conocemos la Iliada y la Odisea, sin saber de Homero. 
 Nada parece demostrar que Lautréamont haya querido legar un enigma a la posteridad. Tal voluntad, además, le favorecería bien poco, pues corroboraría la idea de que sólo fue un literato.


 Por lo pronto, sabemos que escribió y se preocupó por ser editado.
 Y su obra constituye el solo conjunto de pruebas auténticas que tengamos sobre él. Ya no se trata de probar que esa obra sea genial.
 Pero es igualmente cierto, en 1931, que bajo el peso de la admiración de algunos, esa obra ha perdido todo poder de influencia, toda virtud de germinación, y representa un pasado y no un porvenir. 
 Además de ser una suerte de prefacio del suprarealismo, los Cantos de Maldoror son la consecuencia de toda la literatura romántica, desde Sade a Eugenio Sue, desde Byron hasta Hugo. La cultura romántica de Ducasse era inmensa. Para cerciorarse de ello, basta leer Poesías, obra con la cual quema todo lo que adoró, citando, como a viejos conocidos, los nombres de los héroes de novelas filosóficas, y de los héroes negros, tenebrosos, que viven entre Justina y los libros de Sue, libros en que halla su seudónimo. (Latreamont (sic), novela por Eugenio Sue).
 Es innegable que practicó la escritura automática antes que los suprarealistas. Pero el término de «escritura automática» no pasa de ser una expresión de farsantes para designar la inspiración del poeta, y, por ende, el delirio de la pitonisa, de la sibila, y del profeta, y el triunfo de los sentidos sobre la razón.
 Ya sabemos que la importancia de Lautréamont en ese dominio filé inmensa. Pero, en todo caso, no resultó superior a la del admirable y sorprendente Gerardo de Nerval —que se le anticipó considerablemente,— a la de Hugo, a la de Poe (a pesar del génesis del poema), a la de Byron... y muchos otros.
 Si Lautréamont no hubiera existido, el suprarealismo habría nacido sin él, sin carecer de ninguno de sus elementos. Que haya servido de estandarte, ¡muy bien! Fue y es todavía un bello estandarte. Nos queda la cuestión de su obra. Tenemos de él:
 1. Los Cantos de Maldoror. Poema negro.
 2. Poesías —Artículo conformista, escrito en un estilo admirable y romántico.
 3. Las cartas mencionadas.
 Nos queda por saber:
 1. Si Lautréamont hizo obra humorística en los Cantos y en Poesías.
 2. En los Cantos solamente.
 3. En Poesías solamente.
 4. O si no la hizo en los Cantos ni en Poesías.
 Nada nos permite hacer afirmaciones en un sentido o en otro.
  Sin embargo, el tono de las cartas es tal que todo permite creer que la hipótesis de un Lautréamont joven, permitiéndose libertades y acabando por «formalizarse», es la más verosímil. No estamos muy convencidos cuando dice —o casi— que la juventud debe apresurarse, que no es engañado por lo que escribe, ni es sincero.
 Pero esa hipótesis de un Lautréamont evolucionando de acuerdo con la costumbre burguesa, de la anarquía a la reacción, no es la que más acepto, así como tampoco creo en un Lautréamont poseso de humorismo, escribiendo Poesías con una sonrisa en los ojos cada vez que moja, como el otro, en la tinta fluida de una burla imperceptible la pluma de martín-pescador del lógico. No; el humorismo no se saborea en compañía. Es un vicio solitario. No concibo una reunión de humoristas. El humorista es egoísta. El humorista escucha imperturbablemente, y no se acerca al oído de su vecino para hacerlo reír. Si habla, lo hace gravemente y no se permite el empleo de palabras brillantes.
 Reconozcamos una vez más que esa hipótesis es verosímil, pero en la imposibilidad en que estamos de responder satisfactoriamente a esa pregunta, reconozcamos también que si el humorismo caracteriza extrañamente el enigma de Ducasse, no caracteriza forzosamente a Ducasse en sí mismo.
 Entre los Cantos de Maldoror y Poesías, el espíritu de Lautréamont no varía, y sabemos de sobra que personas de opiniones muy distintas pueden tener exactamente el mismo espíritu y no sorprenderse de ello. Y este humano puede, del mismo modo, mostramos su espíritu en los Cantos a expensas de lo que amamos, y medrar en Poesías, a costa de lo que despreciamos.
 Pero se nos antoja la posibilidad de una tercera hipótesis (podrían exponerse cien más).
 Lautréamont, a los veinte años, escribe los Cantos de Maldoror, que son la consecuencia y el balance de todo el siglo transpuesto, que se alzó sobre las ruedas del Castillo de Otranto, revistió la armadura gigantesca, y, más viejo ya que Melmoth, paseó a Don Juan desde las escenas sangrientas del boudoir de Sade, hasta las llamas de Missolonghi y del claustro de St. Merry, pasando por Bicétre y la plaza de la Revolución.
 Hombre de ese siglo increíble que vio a Napoleón nacer de Juan Jacobo, y San Martín de Napoleón, siglo en que la libertad y la tiranía se engendraron mutuamente, Ducasse nace en Montevideo, en una república joven, ebria de grandes símbolos y bellas frases. Su niñez fue sin duda arrullada por sonoros cantos en que la palabra libertad volvía a menudo con insistencia de estribillo. Más aun: su padre es funcionario en Montevideo, en la Legación de Francia, de una Francia ungida por el prestigio de tres revoluciones, de cien motines y de quince años de opresión sobre los pueblos vecinos; de una Francia que, a pesar de Austerlitz, de la guerra de España, y la conquista de Argel, pasaba por ser campeona de una libertad que algunos países de América del Sur habían obtenido al precio de enormes esfuerzos. La familia de Ducasse es oriunda de Toulouse, El acento del país natal no es tan distinto del que suena a lo largo de la costa luminosa que separa y une Buenos-Aires y Montevideo.
 El niño que la familia Ducasse envía a Francia para estudiar, no lleva solamente consigo la visión de las constelaciones australes, de los cielos cubiertos en víspera de grandes tormentas, de las llanuras, del mar y del cielo azules. Lleva consigo el ideal de 93 y de 48, revisado y exagerado en el dominio lírico por esos hombres graves, habladores y heroicos, que, bajo un sol de plomo, trastornan el continente, desde las altiplanicies mexicanas hasta las pampas argentinas.
 Y tal vez, en la grandeza de las imágenes de Lautréamont, en el absoluto de su lirismo, nos es permitido buscar una parte de influencia racial, y un recuerdo de sus primeras impresiones de infancia.
 Lautréamont tiene veinte años. Llega a Francia, henchido de admiración, de veneración, por los escritores del siglo. Cree imitarlos, y en la soledad de su habitación —rué Vivienne— escribe los Cantos (tal vez comenzados en el colegio de Toulouse, pues hay, a mi parecer, un raro parentesco entre la primera versión del primer canto y la primera versión de Ubu-Roi) que resumen toda la poesía del siglo XIX, preparando el siguiente.
 Una vez publicado el libro, y transformado por la imprenta, parece que Ducasse haya querido emprender una revisión completa de sus valores y de sus propiedades morales.
 Debió encontrarse entonces en la situación en que se hallaron los hombres de mi edad, en 1918-1920. Se da cuenta que vive en un mundo que finaliza, al borde de una sima... Y opta por la última solución, la única solución. Da el salto. Reniega de sí mismo. Nos ofrece entonces el espectáculo de una crisis parecida a la que provocó el Dadaísmo.
 Donde hacía la apología del mal, hará la del bien. Donde escribió «negro», escribirá «blanco».
 Semejante comportamiento no debe tacharse de fútil. Es el único posible.
 Si un hombre cambia de actitud en la vida a tal punto que su segunda actitud sea el contrario de la primera, el contrario de la segunda no podría ya ser la primera. Se vislumbra una tercera actitud.
 La moral y la vida no son euclidianas. Lautréamont murió joven. Todavía no trataron de demostrarnos que haya sido católico. Pero, a juzgar por el destino póstumo de Rimbaud y el final religioso de todos estos grandes cadáveres, nos parece urgente proceder a una incineración en regla de éste, antes que los gusanos de la divinidad se alojen en su cerebro y en su corazón. Y tal vez sea ya demasiado tarde.
 Por desgracia, una ley fatal quiere que todo lo que fue grande sea, después de la muerte, presa de esta podredumbre de índole peculiar.
 Lautréamont ha muerto, ¡mal haya de su cadáver! Y ya que su obra está a punto de propiciar nuevas academias, arrojémosla al fuego.
 Y estemos atentos, atentos para derribar todo nuevo ídolo.


 Traducción por Alejo Carpentier.

 IMÁN. REVISTA TRIMESTRAL. NÚMERO I. ABRIL, 1931, pp. 97-103. 

sábado, 9 de febrero de 2019

Una encrucijada del mundo




 Robert Desnos

 «Yo no tumbo Caña» *

 ¡Puros de La Habana, café de las Islas, azúcar de las colonias!.... La comida se termina. Un hombrazo rojizo... se parece al Tío Sam.., digiere sin discreción, mientras que su respiración hace estremecerse la pesada cadena de oro que cuelga de los bolsillos de su chaleco. Está ahíto. Una sangre demasiado espesa corre por las venas, que se divisan en sus sienes. Es lo que suele llamarse un hombre feliz, ya que no envidiable, y las horas pasan, entre el humo oloroso del tabaco y el perfume del café. Una gota de vino enrojece el fondo de un vaso, y, puesto como pisapapel sobre unas cotizaciones de bolsa, un trozo de azúcar semeja una piedra preciosa.

 Más lejos, entre las olas tibias de los mares del Trópico, Cuba brinda al cielo sus plantíos de caña, de tabaco y de café. El colono se sume en sus meditaciones, mientras que, a lo lejos, el ingenio norte-americano hace mugir todas sus calderas, en un calor de infierno. Acurrucado al pie de una palmera, un negro tararea el son popular:

 «Yo no tumbo caña,
 ¡Que la tumbe el viento!... »

 Dos paisajes, dos cuadros: todo el drama del azúcar en Cuba.

 Los tesoros de Cuba

 El azúcar es, en efecto, la principal riqueza de Cuba, antes que el tabaco y el café. Cuba no posee diamantes; sus pozos de petróleo, son de escasa importancia; el oro no corre por sus ríos. Pero el azúcar era un tesoro que parecía seguro. Nada, en su cultivo, estaba confiado al acaso, y, a cada cosecha, las altas cañas brindaban pródigamente el zumo preciado. Sin duda, como ahora, el negro de los sembrados no podía trabajar más que cuatro o cinco meses al año, de enero a abril, y, como ahora, también tenía qué ofrendar doce horas de trabajo al día durante ese periodo, fuera bajo el ardiente sol o en la atmósfera densa del ingenio. Pero, si vivía sin riqueza, al menos desconocía la miseria.

 Llegó la Guerra. La producción mundial del azúcar disminuyó. Las fábricas de azúcar de remolacha del Norte dejaron de funcionar, y esa industria, nacida bajo el signo de las guerras de Napoleón y del bloqueo continental, desapareció de Francia durante los cinco años que duró la nueva hecatombe. Cuba conoció entonces momentos de una prosperidad sin paralelo.

 El azúcar era un nuevo diamante, y todos, desde el colono y el dueño de ingenio, hasta el humilde cortador de caña, conocieron la ilusión de la riqueza. Me contaron que ciertos estibadores de la Habana descargaban, por aquellos tiempos, fardos de camisas seda y sacos de joyas. Fue la «danza de los millones», ilustrada por una anécdota caricaturesca, publicada entonces en un periódico festivo.

 «Volviendo a su casa, el colono encuentra a sus dos hijas tocando un trozo a cuatro manos en el piano.»

 «... ¿Qué es eso?, pregunta.... ¡No quiero economías en casa! ¡Mañana compro otro piano!»

 Esa era de prosperidad duró desde el 1916 hasta el final de 1921, en que el crack de varios bancos anunció el ocaso de los años dorados. Pero, por velocidad acumulada, la locura de la fortuna duró hasta el año 1923, aproximadamente.

 Hoy Cuba contempla las riquezas despreciadas de sus sembrados, como una mujer bonita, que conservará estuches de joyas, vaciados por alguna catástrofe repentina.

 El azúcar de caña, en 1928, vale doce veces menos que en 1920.

 La razón actual del daño está en el exceso de producción, y esto combate de modo ejemplar, el famoso prejuicio de «la oferta y la demanda», y del libre juego de las competencias, considerado como la llave de la felicidad de los pueblos.

 Cuba no ha encontrado aún nuevos mercados para su azúcar, y los Estados Unidos siguen siendo sus principales clientes.

 La cuestión del azúcar en 1928

 Los Estados Unidos poseen refinerías de azúcar de remolacha, y sus leyes arancelarias protegen esa industria. El único azúcar que percibe los beneficios de tarifas especiales, es el azúcar sin refinar destinado a las refinerías norteamericanas. ¡Más oro para los insaciables industriales yankees!

 El único remedio práctico está en una política restrictiva de la producción, en espera de que los técnicos cubanos hayan logrado abrir nuevos mercados para el azúcar de caña.

 Ya algunos colonos optaron por reemplazar la caña por el café, y nuevas perspectivas se abren ante sus ojos. Después de haber sido el país del azúcar, Cuba será tal vez el país del café. En espera de esto, no se muele toda la cosecha, y los negros de los cortes chupan melancólicamente cañas inutilizadas.

 La explotación del azúcar en Cuba

 El azúcar de Cuba es explotado, en gran parte, por los Norteamericanos. No es por puro desinterés que han prestado su concurso a los revolucionarios del 98, y ahora es casi siempre a un ingenio yankee instalado en la isla al que el colono vende su cosecha.

 Una vez más, es el Norte-americano quien aprovecha el trabajo de los campos, como lo hace con el obrero, sometido diariamente a doce horas de trabajo, en la temperatura terrible de las calderas.

 El Gobierno cubano no ha titubeado en intervenir muchas veces, para reprimir abusos.

 Los ingenios se alzan lejos de las poblaciones. A sus alrededores se ha construido el caserío ocupado por los trabajadores. Y en ese caserío, la bodega, el restaurant y lo principal del comercio, pertenecen a la administración del ingenio que recupera, de este modo, el salario de sus obreros.

 Ha sido necesario, a veces, prohibir a algunos industriales que pagaban su mano de obra con vales canjeables por mercancía en los almacenes del ingenio.

 La mano de obra

 El Gobierno cubano no tiene que enfrentarse solamente con la política general del azúcar. Un problema interior se le plantea, al cual, menester es reconocerlo, trata valientemente de hallar una solución.

 Por el hecho de que el trabajo de los cortes no dura más que cuatro meses al año, la mano de obra cubana es insuficiente. Los colonos importan, pues, a la isla, en esa época, numerosos negros de Haití y Jamaica. Pero esos negros llevan una vida muy primitiva. Se alimentan por algunos centavos y no tienen grandes necesidades. Aceptan, por lo tanto, el trabajar a mitad de precio que el jornalero cubano, haciéndole así una terrible competencia.

 Es por todas estas circunstancias, por lo que este cultivo, tan rico y seguro, acabará tal vez por desaparecer de Cuba. Sobre esa tierra tan fértil, vive una población más trabajadora que nunca. En ella misma reside su salvación.

 Y dentro de algunas décadas, el azúcar se habrá reunido, posiblemente, en el país de las lunas idas, con las Habaneras de antaño, y en los nuevos cafetales, otros sones remplazarán al melancólico:
«Yo no tumbo caña.»

 (De Le Soir.)

 * En castellano en el original.


 Invitado al VII Congreso de la Prensa Latina, Robert Desnos visitó La Habana en marzo de 1928. Conoció a Alejo Carpentier, quien lo introdujo en el entorno musical y afrocubano. Semana más tarde, Desnos ayudaría a Carpentier a escapar de Cuba en el paquebote en que regresaba a Francia. En abril de ese año Desnos publicó en Le Soir cinco artículos sobre su breve experiencia cubana. “Una encrucijada del mundo”, que apareció en aquella revista con el título "Yo no tumbo caña", fue traducido, probablemente por Carpentier, para Cuba en 1928volumen que recoge abundante información sobre el mencionado congreso y sobre la Isla en general.