lunes, 18 de febrero de 2019

Dos Jornadas Cubanas


 Robert Bourget-Pailleron

 Uno de los grandes motivos de sorpresa y curiosidad que esperan al viajero en Cuba, es el contraste que se establece entre la capital y la provincia, entre la vida moderna de La Habana y el color exótico que ha conservado la población rural. Gracias a la solicitud de nuestros anfitriones, tuvimos oportunidad de observar esa divergencia.
 La primera de nuestras incursiones en el interior de la isla, nos condujo solamente a algunos kilómetros de La Habana. Pero el buen gusto y el esprit de los que nos invitaron, supieron agrupar en torno de una casa de campo a todos los elementos más gratos de la vida tropical. El Sr. y la Sra. de Camps, dueños de tan felices dominios, descienden de una de esas viejas familias españolas radicadas en Cuba, que mantienen el acuerdo sellado felizmente con los adversarios de hace treinta años. Ese día nos convidaron a un almuerzo criollo, celebrado en su residencia campestre. Una gran mesa, en forma de herradura, se alzaba en una de las explanadas del jardín. Una bóveda de hojas de palmera entretejidas la protegían del sol, ofreciendo tal asilo de frescura, bajo la comba de su techo, que hubiéramos podido creernos alojados en el interior de una fruta gigantesca. Guayabas y mangos adornaban la mesa, asociando el dulzor de sus pulpas a las carnes húmedas de salsas confitadas. Cómo era de esperarse, el arroz a la criolla fue una de las delicias de tal comida. Los sirvientes de color se movían silenciosamente sobre el tapiz de césped. Para los postres, se nos reservó una sorpresa: la de tres cantadores de cutis bronceado, que vinieron a entonar aires criollos y negros.
 El domo verde que cobijaba a la concurrencia, constituía una gratísima decoración ese día. Alzando la cabeza, podía evocarse la selva virgen, ante esas ramas enlazadas. Y el canto negro, plañidero o alegre, sustraía esta tierra al imperio de la hora presente, restituyéndole la calurosa belleza de las Antillas de antaño.
 Estaba decidido, sin embargo, que la realidad recobraría sus derechos, y la realidad, en un almuerzo cuyos convidados son tan numerosos, es la que constituyen los discursos. No insistamos, sobre este punto, y no conservemos más que los recuerdos gratos de ese día.
 En el jardín, bajo arcos de plantas trepadoras, unos bancos, colgados de cadenas, formaban unas mecedoras en las que los que no bailaban se dejaron arrullar, mientras la orquesta tocaba rumbas y danzones. Todos los Cubanos conocen por lo menos el segundo de esos bailes, propios del país. Su ritmo ligero se asemeja al de la polka. De cuando en cuando, el bailador abandona su pareja, dejándola libre durante algunos compases, y estrechándola nuevamente. La rumba requiere gran ciencia. La vimos bailar al final de un almuerzo que nos ofreció el Alcalde de La Habana, Dr. Miguel Mariano Gómez.
 El bailador y la bailadora estaban vestidos encantadoramente; él, con un calzón ceñido y una camisa de mangas anchas guarnecidas de alforzas; ella, con un vestido estrecho de talle y una serie de amplios volantes, a la manera de 1805. Ambos danzaron, sin tocarse, cantando unas veces y bailando otras, ejecutando esos pasos en que el busto permanece inmóvil, mientras la parte inferior del cuerpo ondula sin tregua. Se dice, en Cuba, que una buena bailadora de rumba debe tener «la cintura montada en flan»... Es esta una imagen demasiado exacta, para que aspiremos a enmendarla.
 Unamos a esas evocaciones de la gracia criolla el viaje que realizamos, algunos días más tarde, en el tren del General Machado. El Secretario de Estado, Dr. Martínez Ortiz, lo acompañaba, y fue para nosotros un placer, en el momento de concluir el relato de hombre encantador, gran amigo de Francia y excelente parisiense, que representó su Gobierno en nuestra patria durante largos años.
 El ferrocarril, corriendo a través de las campiñas, nos ofrecía el sorprendente espectáculo, mencionado poco antes, de una provincia absolutamente distinta a la capital. Es contemplando esas pequeñas poblaciones, formadas por casitas de madera de un solo piso, en cuyas calles pasan jinetes cubiertos de anchos sombreros y cochecillos de muías, como se comprende toda la grandeza del trabajo realizado en La Habana... Ya esta campiña, además, está saneada, la selva virgen yace vencida, los ingenios azucareros alzan sus columnas de humo cerca de las palmeras. Los pantanos malsanos han sido secados; ya nadie teme a los mosquitos ni a la fiebre amarilla. Contemplamos el momento de eclosión de este país. Recorriendo cincuenta kilómetros, hemos comprendido el trabajo de treinta años. Las estaciones de los pueblos están adornadas. En Sumidero, en Coliseo, en Jovellanos, estallan cohetes y las aclamaciones saludan al Presidente. Los colegiales, alineados, lucen sus uniformes. Las niñas tienen faldas azules, blusas blancas con cuellos de marinero, y anchas pamelas. Los muchachos ostentan uniformes kakis y gorras planas. En Jovellanos, unos quince chicos alineados como soldados, realizan, a la voz de mando, ejercicios de conjunto con suntuosos sables de madera cubiertos de papel plateado. Las bandas tocan paso-dobles. La alegría ilumina los rostros de la multitud. Un viejo negro, veterano de la Guerra de Independencia, es presentado al Presidente. Encorvado, deshecho como un viejo trozo de regaliz derretido, tiembla de emoción al retirar la gorra que cubre sus cabellos de huata. 
 Muchachas de color ofrecen sus sonrisas maravillosas. El amor que tienen por los tintes las impulsa a pintarse como las blancas. Para ellas, el azul y el rimmel, son ¡ay! vedados, pero el rouge ilumina sus mejillas, donde adquiere reflejos extraños que evocan los de algunas flores en el crepúsculo.
 Por la tarde fuimos a visitar un ingenio azucarero y el caserío que lo circundaba. Por doquiera los habitantes, llenos de gentileza, nos convidaban a entrar en sus casas. Una función había sido organizada en la escuela. En una amplia estancia, niños blancos y negros, sentados en círculo, como cuentas multicolores de un collar, admiraban con gran dignidad aquellos de sus camaradas que cantaban o bailaban. El público estaba a escala de los actores, y parecíamos unos intrusos en ese mundo de chicos.
 Matanzas, pequeño puerto de mar, se extiende semi-circularmente a lo largo de una bahía. Descubrimos el panorama desde una colina coronada por una vieja capilla española. Al atardecer tuvimos que apresurarnos a recorrer la ciudad, ya que debíamos abandonar la isla al día siguiente. En las baldosas de una amplia plaza, en torno de un jardín, la vida española se perpetuaba. A la puesta del sol, una multitud paseaba, para disfrutar del aire fresco. Por grupos de cinco o seis las muchachas andaban a pasos ligeros, con las horas del anochecer.
 En Cuba, como en España y en los países del Mediodía, la belleza de la mujer pertenece un poco a la mirada del transeúnte, como la gracia de un paisaje o de una estatua. Disfrutamos de tal espectáculo en nuestra última jornada cubana.... Lo encontramos inseparable de la naturaleza y comprendimos que el encanto de esa tierra no existiría plenamente sin él.

(De Le Gaulois.)


 CUBA EN 1928. Reminiscencias. Documentos, Informaciones, Gráficos, Artículos y Opiniones del VII CONGRESO DE LA PRENSA LATINA. PARÍS, 1928. 


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