sábado, 16 de mayo de 2026

ANTIODA (contra la poesía que pretende ser profunda)

 

João Cabral de Melo Neto

 

                     A

 

Poesía, te escribía:

¡flor! conociendo

que eres heces. Heces

como cualquier cosa  

 

engendrando hongos

(raros, frágiles hon-

gos) en el húmedo

calor de nuestra boca.

 

Delicado escribía

¡flor! (¿Hongos

serán flor? Especie

extraña especie

 

extinta de flor, flor

no del todo flor

sino flor: burbuja

abierta en lo maduro)

 

Delicado, evitaba

el estiércol del poema,

su tallo, su ovario,

sus intestinos.

 

Esperaba las puras,

transparentes floraciones,

nacidas del aire, en el aire,

como las brisas.

 

                    B

 

Después descubriría

que era lícito

llamarte: ¡flor!

(¿por vuestras iguales

 

circunstancias? ¿Vuestras

gentiles sustancias? ¿Vuestras

dulces carnaciones? ¿Por los

virtuosos vergeles

 

de vuestras evocaciones?

¿Por el pudor del verso

—pudor de flor—

por su tan delicado

 

pudor de flor,

que solo se abre

cuando la olvida

el sueño del jardinero?)

 

Después descubriría

que era lícito

llamarte: ¡flor!

(flor, imagen de

 

dos puntas como

una cuerda). Después

descubriría

las dos puntas

 

de la flor; las dos

bocas de la imagen

de la flor: la boca

que como el difunto

 

y la boca que orna

el difunto, con o tro

difunto con flores,

— cristales de vómito.

 

                      C

 

¿Cómo no invocar el

vicio de la poesía: el

cuerpo que entorpece

al aire de versos?

 

(Al aire de aguas

muertas, inyectando

en la carne del día

una infección de la noche).

 

¿Hambre de vida? Hambre

de muerte, frecuentación

de la muerte, como de

algún cinema.

 

¿El día? Árido.

Venga pues la noche,

el sueño. Venga,

por eso, la flor.

 

Venga, más fácil y

portátil en la memoria,

el poema, su práctica,

su lánguida horti-

 

cultura? Pues estaciones

hay, del poema, como

de la flor, o como

en el amor de los canes:

 

y mil monótonos

injertos, mil maneras

de excitar negros

éxtasis: y la monótona

 

espera de que se

pudra en poema,

previa exhalación

del alma difunta.

 

                    D

 

Poesía, no será ese

el sentido en que

aún te escribo:

¡flor! (Te escribo:

 

¡flor! No una

flor, ni aquella

flor — virtud — en

disfrazados orinales).

 

Flor es palabra

flor, verso inscrito

en el verso, como las

mañanas en el tiempo.

 

Flor es el salto

del ave para el vuelo:

el salto fuera del sueño

cuando su tejido

 

se rompe; es una explosión

puesta a funcionar,

como una máquina,

un jarrón de flores.

 

                    E

 

Poesía, te escribo

ahora: heces, las

heces vivas que eres.

Sé que otras

 

palabras eres, palabras

imposibles de poema.

Te escribo, por eso,

heces, palabra leve,

 

contando con su

brevedad.  Te escribo

saliva, saliva, no

más; tanta saliva

 

como la tercera

(¿cómo usarla en un

poema?) la tercera

de las virtudes teologales.

 


Traducción: Carlos Germán Belli

  

Poemas / Joao Cabral de Melo Neto; traducción de Carlos Germán Belli; presentación de Manuel Pantigoso, Lima, Centro de Estudios Brasileños, 1977.


martes, 12 de mayo de 2026

Juguetes

  

 Coventry Patmore

  

 Mi hijo pequeño, el de ojos pensativos

y andadura y lenguaje de persona mayor,

habiendo transgredido siete veces mi ley,

le pegué, y despedí

con ásperas palabras, sin besarlo

–su madre, tan paciente, muerta ya.

Y luego, temeroso de haberlo desvelado,

hasta su cama fui,

mas lo encontré dormido en un sueño profundo,

los párpados sombríos, y las pestañas húmedas

del sollozo final.

Y yo, con un gemido,

sus lágrimas besé, dejando en vez las mías,

pues vi que en una mesa, muy cerca de su almohada,

había puesto a su alcance

unas fichas, su piedrita veteada de rojo,

un pedazo de vidrio pulido por la playa,

cinco o seis caracoles,

un frasco con caléndulas azules,

dos o tres centavitos franceses, todo en orden

para aliviar su triste corazón.

De modo que al rezar aquella noche

a Dios, llorando dije:

“Ah, cuando al fin, frenado ya el aliento

para no molestarte con mi muerte,

y tú recuerdes los juguetes.

 

    El aroma del original

                                                                                             A Diego García Elío


  En Conversación con los difuntos, una selección de las traducciones que he podido, no querido, hacer a través de los años, y que fue publicada en México por Ediciones del Equilibrista en 1992, argumentaba yo que uno escribe los poemas que se le imponen, no los que quisiera escribir. Como prueba aducía precisamente “Los juguetes”, de Coventry Patmore, pues jamás he distinguido entre los procesos de escribir y traducir poesía. De pronto, como para contradecirme, aparecieron “Los juguetes” en la página.

 Cierto es que la dificultad mayor se ocultaba en un solo verso del original inglés. En el poema, Patmore se refiere a un incidente con su pequeño hijo, huérfano de madre. El verso en cuestión dice, con desgarradora e intraducible sencillez “His mother, who was patient, being dead”.

  Estas palabras tienen una fuerza escueta, inapelable. La clave está en el gerundio: being. “Being dead” supone una duración, una continuidad de la estancia en la muerte. La solución más fácil, “estando muerta”, no me parece buen español.

 El incidente familiar de que hablé me presionaba desde adentro a buscar una solución rápida y satisfactoria. Sucede que mi hijo mayor había regañado con inusitada violencia a mi nieto, y yo deseaba llamarle discretamente la atención.

 La fórmula apareció como un relámpago. No podía ser más breve. El adverbio ya sugiere algo que ha sucedido antes del momento en que se habla:

  su madre, tan paciente, muerta ya.

 A mi parecer, el adverbio sugería una continuidad, una duración en la muerte. Además, tiene toda la fuerza de un monosílabo.

 Lo que se aviene con mi modestísima tesis –tomada, como se advierte en el prólogo de aquella selección, del poeta inglés Walter de la Mare– de que a lo más que puede aspirar un traductor es al eco, o mejor, “el aroma”, del original.

 Roto así el hechizo que me paralizaba, fueron apareciendo los otros versos que sin duda esperaban pacientes su turno, y ahí están.


 Nota y versión de Eliseo Diego.


 Letras Libres, 31 de marzo de 2007.


sábado, 9 de mayo de 2026

Objetor de conciencia



Edna St. Vincent Millay 

 

Moriré,

pero eso es todo lo que haré por la Muerte.

La oigo sacar su caballo del establo,

oigo el ruido en el piso del granero.

Tiene prisa; tiene negocios en Cuba,

negocios en los Balcanes, muchas visitas que hacer 

                                          esta mañana.

Pero no sujetaré las riendas

mientras ajusta la cincha.

Y ya puede montar sola,

que no la ayudaré a subir.

 

Aunque azote mis hombros con su látigo,

no le diré por dónde corre el zorro.

Con su casco sobre mi pecho, no le diré dónde

se esconde el niño negro en el pantano.

Moriré, pero eso es todo lo que haré por la Muerte;

no estoy en su nómina.

 

No le diré dónde están mis amigos

ni tampoco mis enemigos.

Por mucho que prometa,

no le señalaré el camino a la puerta de nadie.

¿Acaso soy un espía en el mundo de los vivos

para entregar a los hombres a la Muerte?

Hermano, la contraseña y los planes de nuestra ciudad

están a salvo conmigo; a través de mí no serás vencido.  

 

 

Conscientious Objector

 

I shall die, but

that is all that I shall do for Death.

I hear him leading his horse out of the stall;

I hear the clatter on the barn-floor.

He is in haste; he has business in Cuba,

business in the Balkans, many calls to make this morning.

But I will not hold the bridle

while he clinches the girth.

And he may mount by himself:

I will not give him a leg up.

 

Though he flick my shoulders with his whip,

I will not tell him which way the fox ran.

With his hoof on my breast, I will not tell him where

the black boy hides in the swamp.

I shall die, but that is all that I shall do for Death;

I am not on his pay-roll.

 

I will not tell him the whereabout of my friends

nor of my enemies either.

Though he promise me much,

I will not map him the route to any man's door.

Am I a spy in the land of the living,

that I should deliver men to Death?

Brother, the password and the plans of our city

are safe with me; never through me Shall you be overcome.


Versión: Lucilo de la Peña



viernes, 8 de mayo de 2026

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio


Eliseo Diego 


No creo imposible que uno llegue a enamorarse de una muchacha a quien jamás podrá encontrar en las playas de este mundo. La historia de las relaciones humanas está llena de trágicos desencuentros. Ella es quizás una joven en un ahora de hace doscientos años, y él se pasará la vida buscándola afanosamente y acabará como ella, sintiendo una falta tan terrible como el hambre. ¡Cuántos hombres y mujeres insatisfechos, solitarios, no hemos conocido, y el secreto no es otro que éste! ¡Piensa tú en el “seguro azar” que la trajo corriendo a tropezar contigo justo cuando arrancaba el tren, o remontaba el avión, o como fuere en tu caso! Sólo un momento más tarde y ya no se habrían encontrado en toda la eternidad del tiempo. Minutos o siglos, todo es uno y lo mismo para el destino que anda a ciegas.

De Edna St. Vincent Millay me enamoré yo sin remedio –perdóneme mi esposa– no más con sólo mirar su foto de muchacha. Está sola en un jardín, quién sabe dónde. Viste sencillamente de blusa y saya. Inclina leve la cabeza sobre un hombro y extiende los brazos delicados para acariciar las ramas de un arbusto de flores blancas. ¿A quién o qué mira? Alguien alguna vez lo supo y se ha callado.

Comenzó a escribir cuando pasaba apenas de una niña, ya entonces ganó un importante premio literario. No enturbiaré con otros detalles, salvo para decir que tuvo amores con el nicaragüense Salomón de la Selva, inmenso como su nombre. Es él quien vive aún en el poema sobre el ferry que ella tituló, en español, “Recuerdo”. José Coronel Urtecho tuvo la suerte de ser su amigo.  

Salomón de la Selva, Coronel Urtecho y Agustí Bartra tradujeron varios poemas suyos en un cuaderno titulado Renacencia, tan difícil de obtenerlo hoy como de conocerla a ella. Se publicó en Managua, en 1978, en las Ediciones Americanas. ¡Ojalá algún editor tuviese el buen gusto de reeditarlo!

Escojo dejarla así, muchacha desolada en el jardín vacío, con todo el futuro por delante, y en él sus poemas como una sorpresa.

 

Vasija India

 

Allí, mientras me inclinaba sobre la rota vasija 

                                del pueblo de la meseta,

desconsoladamente juntando el dibujo de los fragmentos 

    y apartándolos luego,

aparecieron sobre el borde de la casa dos 

                                embrujados Navajos,

el picamaderos de roja flecha y su novia,

y se acercaron con adorable agilidad

a la pérgola, relumbrando la maravilla de sus alas;

allí se estuvieron, misteriosos y duros y bruñidos,

arrancando las bayas añiles de la esparcida madreselva 

    con el fuerte pico de ébano.

 

Su cabeza sin cresta 

llevaba la roja luna llena por corona;

el negro de la luna nueva era un creciente en cada pecho;

de los cuerpos de ambos un visible calor golpeaba 

                                            descendiendo,

y del movimiento de sus cuellos una sombra volaba y caía

rasando el patio y en la amarilla pared de adobe

abriendo una brecha azul.

 

Poderosa era la belleza de los pájaros.

Resonaba como una campana golpeada 

                     en el silencio profundo y cálido.

Me incliné sobre el raído barro; apasionadamente

clamé a la belleza de los pájaros:

“¡Consolad a la vasija rota!”

 

La belleza de los pájaros abrió sus labios para hablar:

sus palabras eran colores,

el dardo escarlata en la mejilla gris,

la baya de púrpura en el pico de ébano.

Dijo: “No puedo consolar

la cosa rota: sólo puedo rehacerla”.

 

Sabiduría, flor herética, tuve miedo de tus grandes,

¡fríos pétalos sin aroma!

Conmovida, traicionada,

me volví al alivio de la pena, me incliné

sobre los encantadores fragmentos.

Pero su color se había desvanecido en la fiera 

                                   luz de los pájaros.

Y en cuanto a los pájaros, se habían ido.

Tan rápidos como vinieron,

se habían ido.    

 

Conversación con los difuntos, Turner, Ediciones del Equilibrista, Madrid, 1991, pp. 96-97 y 101-03. Uno de los tres poemas de Edna St. Vincent Millay (1892-1952) que Eliseo Diego incluyó en su tesauro de traducciones de poetas muertos. 


miércoles, 6 de mayo de 2026

Edna St. Vicent Millay: Euclide Alone

 


Solo Euclides miró la belleza desnuda.

Callen los charlatanes que hablan de la Belleza,

Y tiéndanse por tierra sin alzar la cabeza

Y cesen en su examen, con la mirada muda.

 

Contemplando la Nada, que en complicado esbozo

va trazando sus vanas formas con ligereza,

sus graznidos de ganso, que el héroe su grandeza

busque libre del polvo entre el aire luminoso.

 

¡Oh cegadora hora, santo, terrible día!

¡En sus ojos la saeta primera refulgía (¿)

De la luz desintegrada! Euclides solamente

 

vio la Belleza pura como dicha sobrehumana.

Del que con su sandalia afirmarse potente,

Sobre piedra una vez, y luego ya lejana. (¿)

 

(Traductor no identificado)

 

 

Nadie miró jamás la belleza desnuda

cual Euclides. Que callen los que hablan de belleza,

y humillando en el polvo la vacía cabeza

a la nada contemplen con gran mirada muda.

 

La nada, vana urdimbre de complicados trazos,

Digna de los graznidos del ganso. El generoso

Héroe quiere saltar al aire luminoso

Librándose del polvo y sus pesados lazos.

 

Oh, deslumbrante hora, santo, terrible día,

cuando por primera vez la belleza relucía

de fragmentada luz. Que Euclides elegido

 

fue para contemplar la belleza de frente.

Dichoso el que de lejos y un instante presente

su sandalia en la piedra oyó sobrecogido.

 

Traducción de Emilio Ballagas

 

 

Solo Euclides ha visto la belleza desnuda

Callen los charlatanes que hablan de la Belleza

Y a la hermandad del polvo humillen la cabeza

Cesando el divagar, con la mira aguda

 

Fija en la Nada, que mil formas muda

En complicada urdimbre trazada con presteza,

Sus gemidos dé el ganso, que el héroe su grandeza

Busque entre luz, librándose del polvo que lo anuda

 

Oh, deslumbrante hora, santo, terrible día,

Cuando la primera flecha de luz desintegrada

Refulgió ante sus ojos: ¡Solo Euclides vería

 

La Belleza desnuda! ¡Oh, gracia inigualada

Del que de su sandalia escuchó la armonía

Sobre piedra una vez, y luego, ya apagada.

 

Traducción de Amparo Rodríguez Vidal

 

Euclid Alone

 

Euclid alone has looked on Beauty bare.

Let all who prate of Beauty hold their peace,

And lay them prone upon the earth and cease

To ponder on themselves, the while they stare

 

At nothing, intricately drawn nowhere

In shapes of shifting lineage; let geese

Gabble and hiss, but heroes seek release

From dusty bondage into luminous air.

 

O blinding hour, O holy, terrible day,

When first the shaft into his vision shone

Of light anatomized! Euclid alone

 

Has looked on Beauty bare. Fortunate they

Who, though once only and then but far away,

Have heard her massive sandal set on stone.

 

 

Edna St. Vincent Millay, Collected Poems


miércoles, 29 de abril de 2026

La admirable música cubana


Robert Desnos

Crucero de ambiciones, Cuba, es también un crucero de razas, de esa mezcla misma, ella ha sacado su originalidad profunda. Cierto que los chinos, a pesar de sus alianzas frecuentes con los negros, permanecen todavía aislados por sus costumbres. Pero los negros han sabido imponer a la música española, importada por los primeros colonos, sus ritmos y  sus instrumentos. Cuba, por otra parte, es tierra de elección para la música.

Las trazas más vitales de supervivencia de los indios que aún perduran, siboneyes, precolombianos, son instrumentos de música: el “güiro”, calabaza hueca y estriada que se rasca con una pequeña paleta; las maracas, calabazos provistos de mangos y rellenos de guijarros recogidos al claro de la luna; la botija de barro, que se toca soplando y produce un sonido grave. 

Los españoles han aportado a la orquesta cubana, el tres, guitarra de tres cuerdas, y los negros trajeron del África la clave, (dos pequeños trozos de madera muy dura que se golpean al ritmo y dan un sonido muy claro), dos tambores, el bongó, extraordinario piano de lata que llaman marímbula; los timbales, el diente de arado y la fabulosa quijada, que no es otra cosa que una mandíbula de buey llena de arena.  

Estábamos en la playa de la Habana, no muy lejos de la ciudad, y sin embargo en un lugar desierto.  Las barracas de tablas iluminadas por candiles, ofrecen a los visitantes el delicioso bacardí y las fritas. Los músicos están allí, al conjunto se les une un cornetín. La música comienza salvaje y truena, algunas veces trágica, con frecuencia triste, a ratos exaltada y siempre afrodisíaca. Bajo el cielo estrellado, los negros se dejan poseer por la música. Muy pronto estarán como borrachos y yo mismo sentiré un furioso deseo de fundirme a ellos, de bailar con ellos, tal es el poder de esta música de sorprendente embrujamiento.

Los americanos blancos del Norte, tienen el jazz y los negros yanquis, el blues. Los de Jamaica entonan los cánticos del Ejército de Salvación. Los guadalupeños y martiniqueses tienen canciones tiernas y sentimentales. Pero el negro de Cuba tiene la rumba, y sobre las ruinas de la música de antes –la Habanera hoy desaparecida- toca el son, genuinamente cubano. El campesino blanco prefiere el lento recitativo del punto o bailar un zapateo, mientras que la aristocracia pierde poco a poco el recuerdo de la Canción.

EL DANZÓN. La música cubana se encuentra,  además, en plena evolución. Nos daremos prisa para hablar del danzón, antes que vaya a reunirse con la Habanera y el bolero. 

En el curso de numerosas incursiones a Cuba -¿no merodearon por la Habana en varias ocasiones?- los piratas franceses de la isla Tortuga, importaron la contradanza normanda. Esta se modifica desde luego y a fines del siglo XIX, Ignacio Cervantes hizo triunfar una nueva forma de danza –este era el nombre cubano de la contradanza- que se volvió danzón. Hoy el danzón, a su vez, empieza a desaparecer absorbido por el son.  

EL SON. Del Son puede decirse verdaderamente que es de viejo origen, pero de origen puramente cubano. En el siglo XVII una mujer trovadora recorría la región de Santiago de Cuba cantando los primeros sones compuestos por ella. Uno de ellos se hizo célebre y lleva su nombre: el son de Ma Teodora. Modificados y enriquecidos por el aporte indio muy melódico (las quejas heroicas de la reina Anacaona que fue destronada por los españoles) y sobre todo por las importaciones negras (rumbas y cantos religiosos) el son ha llegado a ser ahora la forma musical más popular de Cuba. Es una música conmovedora y poética que merece por más de un título ser conocida en Francia. Absolutamente nueva para nosotros, en nada se parece al jazz y podría  desempeñar la función purificadora en la hora actual en que éste va hacia el academicismo y la canción llamada francesa está bien muerta.

El son ha sido consagrado por los acontecimientos cubanos del último lustro.

Fue cantando la Chambelona que se hizo la campaña política contra el Presidente Menocal y es cantando Pero Miguel...que se expresa la melancolía amorosa de la isla.

Pero Miguel los hombres no lloran

¡Ay María Luisa eres el diablo

y si tu no me quieres

me voy a morir de amor.

Y más recientemente, cuando la baja mundial del precio del azúcar hizo sentir sus efectos terribles en el campo cubano, es el son el que expresa el desencanto del cortador de caña que ya no podía ganarse la vida:

Yo no tumbo caña

que la tumbe el viento

que la tumben las mujeres

con sus movimientos.

Yo evoco, a veces aquel rincón en calma, de Cuba, donde cantaban los negros. De un lado del Atlántico, abierto al este; del otro, el campo, más allá el mar caribe...


Publicado originalmente en Le Soir (Paris), 11 avril, 1928; luego en castellano, probable traducción de Alejo Carpentier, en Gaceta Musical (París), Vol. 1, núms. 10-11-12, octubre, noviembre, diciembre 1928, pp. 39-41.


lunes, 27 de abril de 2026

domingo, 26 de abril de 2026

Una encrucijada del mundo

 

 Robert Desnos

                    «Yo no tumbo Caña» *


 ¡Puros de La Habana, café de las Islas, azúcar de las colonias!... La comida se termina. Un hombrazo rojizo... se parece al Tío Sam..., digiere sin discreción, mientras que su respiración hace estremecerse la pesada cadena de oro que cuelga de los bolsillos de su chaleco. Está ahíto. Una sangre demasiado espesa corre por las venas, que se divisan en sus sienes. Es lo que suele llamarse un hombre feliz, ya que no envidiable, y las horas pasan, entre el humo oloroso del tabaco y el perfume del café. Una gota de vino enrojece el fondo de un vaso, y, puesto como pisapapel sobre unas cotizaciones de bolsa, un trozo de azúcar semeja una piedra preciosa.

 Más lejos, entre las olas tibias de los mares del Trópico, Cuba brinda al cielo sus plantíos de caña, de tabaco y de café. El colono se sume en sus meditaciones, mientras que, a lo lejos, el ingenio norte-americano hace mugir todas sus calderas, en un calor de infierno. Acurrucado al pie de una palmera, un negro tararea el son popular:

                     «Yo no tumbo caña,

                 ¡Que la tumbe el viento!... »

 Dos paisajes, dos cuadros: todo el drama del azúcar en Cuba.

 Los tesoros de Cuba

 El azúcar es, en efecto, la principal riqueza de Cuba, antes que el tabaco y el café. Cuba no posee diamantes; sus pozos de petróleo, son de escasa importancia; el oro no corre por sus ríos. Pero el azúcar era un tesoro que parecía seguro. Nada, en su cultivo, estaba confiado al acaso, y, a cada cosecha, las altas cañas brindaban pródigamente el zumo preciado. Sin duda, como ahora, el negro de los sembrados no podía trabajar más que cuatro o cinco meses al año, de enero a abril, y, como ahora, también tenía qué ofrendar doce horas de trabajo al día durante ese periodo, fuera bajo el ardiente sol o en la atmósfera densa del ingenio. Pero, si vivía sin riqueza, al menos desconocía la miseria.

 Llegó la Guerra. La producción mundial del azúcar disminuyó. Las fábricas de azúcar de remolacha del Norte dejaron de funcionar, y esa industria, nacida bajo el signo de las guerras de Napoleón y del bloqueo continental, desapareció de Francia durante los cinco años que duró la nueva hecatombe. Cuba conoció entonces momentos de una prosperidad sin paralelo.

 El azúcar era un nuevo diamante, y todos, desde el colono y el dueño de ingenio, hasta el humilde cortador de caña, conocieron la ilusión de la riqueza. Me contaron que ciertos estibadores de la Habana descargaban, por aquellos tiempos, fardos de camisas seda y sacos de joyas. Fue la «danza de los millones», ilustrada por una anécdota caricaturesca, publicada entonces en un periódico festivo.

 «Volviendo a su casa, el colono encuentra a sus dos hijas tocando un trozo a cuatro manos en el piano.»

 «... ¿Qué es eso?, pregunta.... ¡No quiero economías en casa! ¡Mañana compro otro piano!»

 Esa era de prosperidad duró desde el 1916 hasta el final de 1921, en que el crack de varios bancos anunció el ocaso de los años dorados. Pero, por velocidad acumulada, la locura de la fortuna duró hasta el año 1923, aproximadamente.

 Hoy Cuba contempla las riquezas despreciadas de sus sembrados, como una mujer bonita, que conservará estuches de joyas, vaciados por alguna catástrofe repentina.

 El azúcar de caña, en 1928, vale doce veces menos que en 1920.

 La razón actual del daño está en el exceso de producción, y esto combate de modo ejemplar, el famoso prejuicio de «la oferta y la demanda», y del libre juego de las competencias, considerado como la llave de la felicidad de los pueblos.

 Cuba no ha encontrado aún nuevos mercados para su azúcar, y los Estados Unidos siguen siendo sus principales clientes.

 La cuestión del azúcar en 1928

 Los Estados Unidos poseen refinerías de azúcar de remolacha, y sus leyes arancelarias protegen esa industria. El único azúcar que percibe los beneficios de tarifas especiales, es el azúcar sin refinar destinado a las refinerías norteamericanas. ¡Más oro para los insaciables industriales yankees!

 El único remedio práctico está en una política restrictiva de la producción, en espera de que los técnicos cubanos hayan logrado abrir nuevos mercados para el azúcar de caña.

 Ya algunos colonos optaron por reemplazar la caña por el café, y nuevas perspectivas se abren ante sus ojos. Después de haber sido el país del azúcar, Cuba será tal vez el país del café. En espera de esto, no se muele toda la cosecha, y los negros de los cortes chupan melancólicamente cañas inutilizadas.

                                      

  La explotación del azúcar en Cuba

 El azúcar de Cuba es explotado, en gran parte, por los Norteamericanos. No es por puro desinterés que han prestado su concurso a los revolucionarios del 98, y ahora es casi siempre a un ingenio yankee instalado en la isla al que el colono vende su cosecha.

 Una vez más, es el Norte-americano quien aprovecha el trabajo de los campos, como lo hace con el obrero, sometido diariamente a doce horas de trabajo, en la temperatura terrible de las calderas.

 El Gobierno cubano no ha titubeado en intervenir muchas veces, para reprimir abusos.

 Los ingenios se alzan lejos de las poblaciones. A sus alrededores se ha construido el caserío ocupado por los trabajadores. Y en ese caserío, la bodega, el restaurant y lo principal del comercio, pertenecen a la administración del ingenio que recupera, de este modo, el salario de sus obreros.

 Ha sido necesario, a veces, prohibir a algunos industriales que pagaban su mano de obra con vales canjeables por mercancía en los almacenes del ingenio.

 La mano de obra

 El Gobierno cubano no tiene que enfrentarse solamente con la política general del azúcar. Un problema interior se le plantea, al cual, menester es reconocerlo, trata valientemente de hallar una solución.

 Por el hecho de que el trabajo de los cortes no dura más que cuatro meses al año, la mano de obra cubana es insuficiente. Los colonos importan, pues, a la isla, en esa época, numerosos negros de Haití y Jamaica. Pero esos negros llevan una vida muy primitiva. Se alimentan por algunos centavos y no tienen grandes necesidades. Aceptan, por lo tanto, el trabajar a mitad de precio que el jornalero cubano, haciéndole así una terrible competencia.

 Es por todas estas circunstancias, por lo que este cultivo, tan rico y seguro, acabará tal vez por desaparecer de Cuba. Sobre esa tierra tan fértil, vive una población más trabajadora que nunca. En ella misma reside su salvación.

 Y dentro de algunas décadas, el azúcar se habrá reunido, posiblemente, en el país de las lunas idas, con las Habaneras de antaño, y en los nuevos cafetales, otros sones remplazarán al melancólico:

                    «Yo no tumbo caña.»


 (De Le Soir.)

 *En castellano en el original.


 Invitado al VII Congreso de la Prensa Latina, Robert Desnos visitó La Habana en marzo de 1928, donde conoce a Alejo Carpentier, quien lo introdujo en el entorno musical y afrocubano. En abril de ese año publica en Le Soir cinco artículos sobre su breve experiencia cubana. “Una encrucijada del mundo” es uno de ellos y fue traducido -probablemente por Carpentier- para Cuba en 1928, volumen que recoge abundante información sobre el mencionado Congreso y sobre la isla en general.  


miércoles, 22 de abril de 2026

Pompon



 Blaise Cendrars, “Pompon” (fragmento), traducción René Méndez Capote, Revista de Avance, año 3, tomo 4, n. 34, 15 de mayo de 1929, pp. 144-47. 


martes, 21 de abril de 2026

Baños públicos


Paul Morand


En Maintenon, en el Eure adornado de falsas ensaladas,

en Hossegor, en las cremas de fósforo,

en Stanberd, donde hay visitas el viernes a las máquinas 

                         para hacer olas,

en Woolwich, de donde se sale con un collar de hollín

en el Mar Muerto donde uno no puede zambullirse,

en el Lido, donde la marquesa se bañaba desnuda,

en Key-West, entre los centelleos de las doradas,

en Royan, donde las madres esperan con una bata 

                                    y vino Mariani,

en Bath, con una sombrilla y un sombrero,

en Caen, y entre los juncos cuando pasa el oficial,

La Habana, en pleno ponche, bajo la luna,

en Dieppe, en la espuma del barco correo inglés,

en Budapest, entre los cadáveres de Judíos,

en Hendaya, hasta el agua más fría del Bidasoa,

en Schwabing, donde Giraudoux nada bajo el agua,

en Tamarís, el mar tiembla 

              bajo los disparos de la escuadra,

en Deva, flotan escapularios perdidos por los buzos,

en Hong Kong, dimos la vuelta a los acorazados 

                              sentados en su nafta,

en el Bósforo, entre las rajas de sandía,

¡que corriente!

en Franzesbad, en los lodos radioactivos,

en Windermere, ¡que insípido! 

                       y hacemos pie en esta elegía,

en Palma de Mallorca, donde el cuerpo, 

                               bajo el agua, es azul,

en Therapia, frente a depósitos de la Standard Oil, 

   donde pintaron falsos bosques, en Chiemsee, en la tinta helada,

en Algeciras, donde el mar arrastra dioses fenicios,

en Barcelona, a la sombra de los astilleros Vulcan,

en él Phalere, bajo los excéntricos bordados de lentejuelas

que bailan en la cuerda (se ve la acrópolis 

    a través de los mástiles metálicos del Averoff)

en Tánger, donde los buceadores tienen blanca 

                            la planta de los pies,

en Tremezzo, en el agua sonora,

en Leith, donde verdaderamente hace falta tener ganas,

en Segovia, en el torrente donde se seca la ropa,

en París, donde se le llama hidroterapia.

 

Traducción: Marie Christine Castillo


lunes, 20 de abril de 2026

Paul Morand en Río



Monterrey. Correo Literario de Alfonso Reyes, diciembre de 1931 , núm. 7 , p . 1-2.