miércoles, 29 de abril de 2026

La admirable música cubana


Robert Desnos

Crucero de ambiciones, Cuba, es también un crucero de razas, de esa mezcla misma, ella ha sacado su originalidad profunda. Cierto que los chinos, a pesar de sus alianzas frecuentes con los negros, permanecen todavía aislados por sus costumbres. Pero los negros han sabido imponer a la música española, importada por los primeros colonos, sus ritmos y  sus instrumentos. Cuba, por otra parte, es tierra de elección para la música.

Las trazas más vitales de supervivencia de los indios que aún perduran, siboneyes, precolombianos, son instrumentos de música: el “güiro”, calabaza hueca y estriada que se rasca con una pequeña paleta; las maracas, calabazos provistos de mangos y rellenos de guijarros recogidos al claro de la luna; la botija de barro, que se toca soplando y produce un sonido grave. 

Los españoles han aportado a la orquesta cubana, el tres, guitarra de tres cuerdas, y los negros trajeron del África la clave, (dos pequeños trozos de madera muy dura que se golpean al ritmo y dan un sonido muy claro), dos tambores, el bongó, extraordinario piano de lata que llaman marímbula; los timbales, el diente de arado y la fabulosa quijada, que no es otra cosa que una mandíbula de buey llena de arena.  

Estábamos en la playa de la Habana, no muy lejos de la ciudad, y sin embargo en un lugar desierto.  Las barracas de tablas iluminadas por candiles, ofrecen a los visitantes el delicioso bacardí y las fritas. Los músicos están allí, al conjunto se les une un cornetín. La música comienza salvaje y truena, algunas veces trágica, con frecuencia triste, a ratos exaltada y siempre afrodisíaca. Bajo el cielo estrellado, los negros se dejan poseer por la música. Muy pronto estarán como borrachos y yo mismo sentiré un furioso deseo de fundirme a ellos, de bailar con ellos, tal es el poder de esta música de sorprendente embrujamiento.

Los americanos blancos del Norte, tienen el jazz y los negros yanquis, el blues. Los de Jamaica entonan los cánticos del Ejército de Salvación. Los guadalupeños y martiniqueses tienen canciones tiernas y sentimentales. Pero el negro de Cuba tiene la rumba, y sobre las ruinas de la música de antes –la Habanera hoy desaparecida- toca el son, genuinamente cubano. El campesino blanco prefiere el lento recitativo del punto o bailar un zapateo, mientras que la aristocracia pierde poco a poco el recuerdo de la Canción.

EL DANZÓN. La música cubana se encuentra,  además, en plena evolución. Nos daremos prisa para hablar del danzón, antes que vaya a reunirse con la Habanera y el bolero. 

En el curso de numerosas incursiones a Cuba -¿no merodearon por la Habana en varias ocasiones?- los piratas franceses de la isla Tortuga, importaron la contradanza normanda. Esta se modifica desde luego y a fines del siglo XIX, Ignacio Cervantes hizo triunfar una nueva forma de danza –este era el nombre cubano de la contradanza- que se volvió danzón. Hoy el danzón, a su vez, empieza a desaparecer absorbido por el son.  

EL SON. Del Son puede decirse verdaderamente que es de viejo origen, pero de origen puramente cubano. En el siglo XVII una mujer trovadora recorría la región de Santiago de Cuba cantando los primeros sones compuestos por ella. Uno de ellos se hizo célebre y lleva su nombre: el son de Ma Teodora. Modificados y enriquecidos por el aporte indio muy melódico (las quejas heroicas de la reina Anacaona que fue destronada por los españoles) y sobre todo por las importaciones negras (rumbas y cantos religiosos) el son ha llegado a ser ahora la forma musical más popular de Cuba. Es una música conmovedora y poética que merece por más de un título ser conocida en Francia. Absolutamente nueva para nosotros, en nada se parece al jazz y podría  desempeñar la función purificadora en la hora actual en que éste va hacia el academicismo y la canción llamada francesa está bien muerta.

El son ha sido consagrado por los acontecimientos cubanos del último lustro.

Fue cantando la Chambelona que se hizo la campaña política contra el Presidente Menocal y es cantando Pero Miguel...que se expresa la melancolía amorosa de la isla.

Pero Miguel los hombres no lloran

¡Ay María Luisa eres el diablo

y si tu no me quieres

me voy a morir de amor.

Y más recientemente, cuando la baja mundial del precio del azúcar hizo sentir sus efectos terribles en el campo cubano, es el son el que expresa el desencanto del cortador de caña que ya no podía ganarse la vida:

Yo no tumbo caña

que la tumbe el viento

que la tumben las mujeres

con sus movimientos.

Yo evoco, a veces aquel rincón en calma, de Cuba, donde cantaban los negros. De un lado del Atlántico, abierto al este; del otro, el campo, más allá el mar caribe...


Publicado originalmente en Le Soir (Paris), 11 avril, 1928; luego en castellano, probable traducción de Alejo Carpentier, en Gaceta Musical (París), Vol. 1, núms. 10-11-12, octubre, noviembre, diciembre 1928, pp. 39-41.


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