Robert Desnos
Crucero de
ambiciones, Cuba, es también un crucero de razas, de esa mezcla misma, ella ha
sacado su originalidad profunda. Cierto que los chinos, a pesar de sus alianzas
frecuentes con los negros, permanecen todavía aislados por sus costumbres. Pero
los negros han sabido imponer a la música española, importada por los primeros colonos,
sus ritmos y sus instrumentos. Cuba, por
otra parte, es tierra de elección para la música.
Las trazas más
vitales de supervivencia de los indios que aún perduran, siboneyes,
precolombianos, son instrumentos de música: el “güiro”, calabaza hueca y
estriada que se rasca con una pequeña paleta; las maracas, calabazos
provistos de mangos y rellenos de guijarros recogidos al claro de la luna; la botija
de barro, que se toca soplando y produce un sonido grave.
Los españoles
han aportado a la orquesta cubana, el tres, guitarra de tres cuerdas, y
los negros trajeron del África la clave, (dos pequeños trozos de madera
muy dura que se golpean al ritmo y dan un sonido muy claro), dos tambores, el bongó,
extraordinario piano de lata que llaman marímbula; los timbales,
el diente de arado y la fabulosa quijada, que no es otra cosa que
una mandíbula de buey llena de arena.
Estábamos en
la playa de la Habana, no muy lejos de la ciudad, y sin embargo en un lugar desierto. Las barracas de tablas iluminadas por candiles,
ofrecen a los visitantes el delicioso bacardí y las fritas. Los músicos están
allí, al conjunto se les une un cornetín. La música comienza salvaje y truena,
algunas veces trágica, con frecuencia triste, a ratos exaltada y siempre
afrodisíaca. Bajo el cielo estrellado, los negros se dejan poseer por la
música. Muy pronto estarán como borrachos y yo mismo sentiré un furioso deseo
de fundirme a ellos, de bailar con ellos, tal es el poder de esta música de
sorprendente embrujamiento.
Los americanos
blancos del Norte, tienen el jazz y los negros yanquis, el blues.
Los de Jamaica entonan los cánticos del Ejército de Salvación. Los guadalupeños
y martiniqueses tienen canciones tiernas y sentimentales. Pero el negro de Cuba
tiene la rumba, y sobre las ruinas de la música de antes –la Habanera hoy
desaparecida- toca el son, genuinamente cubano. El campesino blanco prefiere el
lento recitativo del punto o bailar un zapateo, mientras que la
aristocracia pierde poco a poco el recuerdo de la Canción.
EL DANZÓN. La música
cubana se encuentra, además, en plena
evolución. Nos daremos prisa para hablar del danzón, antes que vaya a reunirse
con la Habanera y el bolero.
En el curso de
numerosas incursiones a Cuba -¿no merodearon por la Habana en varias
ocasiones?- los piratas franceses de la isla Tortuga, importaron la contradanza
normanda. Esta se modifica desde luego y a fines del siglo XIX, Ignacio
Cervantes hizo triunfar una nueva forma de danza –este era el nombre cubano de
la contradanza- que se volvió danzón. Hoy el danzón, a su vez, empieza a
desaparecer absorbido por el son.
EL SON. Del
Son puede decirse verdaderamente que es de viejo origen, pero de origen
puramente cubano. En el siglo XVII una mujer trovadora recorría la región de
Santiago de Cuba cantando los primeros sones compuestos por ella. Uno de ellos se
hizo célebre y lleva su nombre: el son de Ma Teodora. Modificados y
enriquecidos por el aporte indio muy melódico (las quejas heroicas de la reina
Anacaona que fue destronada por los españoles) y sobre todo por las
importaciones negras (rumbas y cantos religiosos) el son ha llegado a ser ahora
la forma musical más popular de Cuba. Es una música conmovedora y poética que
merece por más de un título ser conocida en Francia. Absolutamente nueva para
nosotros, en nada se parece al jazz y podría desempeñar la función purificadora en la hora actual
en que éste va hacia el academicismo y la canción llamada francesa está bien
muerta.
El son ha sido consagrado por los acontecimientos cubanos del último lustro.
Fue cantando la Chambelona que se hizo la campaña política contra el Presidente Menocal y es cantando Pero Miguel...que se expresa la melancolía amorosa de la isla.
Pero Miguel
los hombres no lloran
¡Ay María
Luisa eres el diablo
y si tu no me
quieres
me voy a morir
de amor.
Y más recientemente,
cuando la baja mundial del precio del azúcar hizo sentir sus efectos terribles
en el campo cubano, es el son el que expresa el desencanto del cortador de caña
que ya no podía ganarse la vida:
Yo no tumbo
caña
que la tumbe
el viento
que la tumben
las mujeres
con sus
movimientos.
Yo evoco, a
veces aquel rincón en calma, de Cuba, donde cantaban los negros. De un lado del
Atlántico, abierto al este; del otro, el campo, más allá el mar caribe...
Publicado
originalmente en Le Soir (Paris), 11 avril, 1928; luego en castellano,
probable traducción de Alejo Carpentier, en Gaceta Musical (París), Vol.
1, núms. 10-11-12, octubre, noviembre, diciembre 1928, pp. 39-41.
No hay comentarios:
Publicar un comentario