Paul Morand
En Maintenon, en el Eure adornado de falsas ensaladas,
en Hossegor, en las cremas de fósforo,
en Stanberd, donde hay visitas el viernes a las máquinas
para hacer olas,
en Woolwich, de donde se sale con un collar de hollín
en el Mar Muerto donde uno no puede zambullirse,
en el Lido, donde la marquesa se bañaba desnuda,
en Key-West, entre los centelleos de las doradas,
en Royan, donde las madres esperan con una bata
y vino
Mariani,
en Bath, con una sombrilla y un sombrero,
en Caen, y entre los juncos cuando pasa el oficial,
La Habana, en pleno ponche, bajo la luna,
en Dieppe, en la espuma del barco correo inglés,
en Budapest, entre los cadáveres de Judíos,
en Hendaya, hasta el agua más fría del Bidasoa,
en Schwabing, donde Giraudoux nada bajo el agua,
en Tamarís, el mar tiembla
bajo los disparos de la
escuadra,
en Deva, flotan escapularios perdidos por los buzos,
en Hong Kong, dimos la vuelta a los acorazados
sentados
en su nafta,
en el Bósforo, entre las rajas de sandía,
¡que corriente!
en Franzesbad, en los lodos radioactivos,
en Windermere, ¡que insípido!
y hacemos pie en esta
elegía,
en Palma de Mallorca, donde el cuerpo,
bajo el agua, es
azul,
en Therapia, frente a depósitos de la Standard Oil,
donde
pintaron falsos bosques, en Chiemsee, en la tinta helada,
en Algeciras, donde el mar arrastra dioses fenicios,
en Barcelona, a la sombra de los astilleros Vulcan,
en él Phalere, bajo los excéntricos bordados de
lentejuelas
que bailan en la cuerda (se ve la acrópolis
a través de
los mástiles metálicos del Averoff)
en Tánger, donde los buceadores tienen blanca
la planta
de los pies,
en Tremezzo, en el agua sonora,
en Leith, donde verdaderamente hace falta tener ganas,
en Segovia, en el torrente donde se seca la ropa,
en París, donde se le llama hidroterapia.
Traducción: Marie Christine Castillo
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