Pedro Henríquez Ureña
Sabe el artista, el grande artista de madurez
cuyo gradual desarrollo se cumple bajo la ley de “cultura” expresada por
Goethe, cuál es el momento en que la obra de su vida alcanza su término. El Parsifal
de Wagner, la Resurrección de Tolstoi, Cuando despertamos... de
lbsen, son altas cimas crepusculares: el artista deja atrás los torbellinos de
la pasión y abandona, como Próspero, los símbolos de su poder y su prestigio
para encaminarse al reino del silencio.
El gran
maestro de la ironía y de la sagesse alcanzó la región espiritual en que
la vida, sobre cuyas horas vigiló sin tregua el pensamiento, se torna clara y
define su perspectiva moral, como valle que dejamos atrás cubierto de nieblas
matinales y cuyas líneas puras contemplamos, en la tarde pacífica desde la
cumbre. Es más: alcanzó ya, en vida, la reacción que sobreviene contra toda
grande fama. Acatado como excepción (excepción entre los académicos, excepción
entre los realistas, excepción entre todos los de ayer) por generaciones más
jóvenes que la suya, Anatole France pareció poseer el secreto de la perpetua
juventud literaria. Pero fue ilusión: la juventud es implacable; la juventud
pide renovaciones, y no transige; cada generación trae nuevas interpretaciones
de la vida, sentido nuevo del arte, y los que fueron de ayer rara vez aciertan
a entrar íntimamente en el espíritu de la nueva hora. La reacción tardaba, pero
llegó al fin. Anatole France no podía ser el ídolo de 1914.
La literatura francesa de hoy, idealista,
sincera, ardiente, devota por igual de las ideas sutiles y de las emociones
“directas”, inmediatas, representa la realización de una estética radicalmente
distinta de la que imperaba hacia 1885, salvando excepciones como la inevitable
de Verlaine. Más aún: representa la realización de una estética distinta de la
que tradicionalmente se ha llamado francesa. Porque ésta, la novísima, es una
literatura idealista, en el sentido filosófico de la palabra, no en el de
espiritualismo más o menos religioso (aunque éste no falta) ni en el de
“irrealismo” más o menos insulso. Literatura en que ideas y emociones, fundidas
con íntimo enlace de que solo hallábamos ejemplo frecuente en Inglaterra y
Alemania, producen un ritmo amplio que aspira a tocar por una parte los
linderos de la música, por otra los del pensamiento filosófico. Literatura en
que cada asunto busca su forma propia, en vez de adoptar perezosamente uno de
los modelos acepta dos: el párrafo a la Bossuet, los pareados de la tragedia
siglo XVII, la “incisiva” prosa volteriana, la “tirada” de Hugo, la descripción
de los realistas.
Anatole France representa, y de modo supremo, muchas tendencias
contrarias; y si éstas son las realmente francesas, no se equivocan quienes la
consideran arquetipo de su pueblo. No es ideólogo por temperamento, ni menos
metafísico: conoce todas las filosofías, pero no le apasionan. Comparadlo con
Camille Mauclair y sentiréis, por contraste, la revelación del temperamento
metafísico, inquieto y hondo, en el arte contemporáneo. Escéptico, pues,
filosóficamente, pero escéptico activo (hasta en la crítica), dueño de todos
los recursos de sagesse que suele dar el escepticismo, vivió bajo el
peligro de la medio cridad esencial que tantas veces apunta en el escritor
francés, por debajo de las perfecciones del procedimiento: la mediocridad que
nace de la ausencia del sentido ideal, del concepto trascendental de la vida,
núcleo necesario del arte supremo, sin el cual no serían más que pintoresco
simulacro y brillante apariencia los poemas homéricos y la tragedia ática, la
obra de Dante y la de Shakespeare. Escéptico, irónico, sage, francés, en
suma; hasta gaulois, como que sabe dar a la sensualidad su papel en la
vida (por lo menos en la vida de Francia) y aun a las palabras fuertes su papel
en los libros, Anatole France representaba una actitud distinta de la que asume
la juventud de hoy, que abre ante el esplendor del mundo los grandes ojos
impresionables del Jean Christophe, de Romain Rolland.
Pero la ironía puede ser una forma de pensamiento filosófico, y la ironía
que corre a través de la obra de France, como río cada vez más caudaloso hacia
el cual fluyen todas las formas intelectuales, se convierte al cabo en una
filosofía de la historia humana. La obra adquiere, así, unidad original y
superior, y sabor que hace pensar en la literatura inglesa, como en otros
autores centrales de la francesa: Balzac, por ejemplo, o Flaubert. El Gulliver,
la Batalla de los libros, todo el Swift humorista ¿no anuncian aspectos de Bouvard
y Pécuchet, aspectos de la obra de France?
Además,
a su modo, France es idealista; quiero decir, tiene su ideal. Ideal no
filosófico, sino “social” -francés, por lo tanto-, pero ideal al fin. Ha
combatido por el pueblo, sobre todo por la libertad espiritual de su pueblo. No
todo fueron rosas y mirtos en su vida pública: sobre él ha lanzado piedras el
populacho fanático. Y su fe en la redención moral e intelectual de los hombres,
surgiendo de su filosofía irónica de la historia, es el motivo ideal que da a
su obra sentido superior. Sobre esta filosofía irónica, pero generosa en su
deseo del bien humano, acaba de tenderse melancólico manto de sombra. La
rebelión de los ángeles, la última novela de France, tiene, a la luz de los
acontecimientos actuales, el carácter de una despedida. Se piensa que el maestro,
agobiado ya, no volverá a la labor literaria después que pase la crisis que
agota a Francia. La perspectiva de la guerra inevitable, destructora e inútil,
la seguridad de que los esfuerzos de liberación espiritual quedarían
suspendidos, la tristeza de contemplar el trabajo de toda una vida amenazado de
esterilidad, cuando no por conflictos exteriores, por las mezquindades de la
política interna -tales son las notas finales del libro-. Y como quien renuncia
al esfuerzo público; como si un escepticismo amargo hubiera sustituido al
antiguo escepticismo irónico pero activo; como quien se refugia en un
individualismo triste porque se marchita su fe en la humanidad, Anatole France
cierra la visión del arcángel rebelde con el abandono de toda conquista de
poder. “No conquistemos el cielo: bástenos el ser capaces de conquistarlo. La
guerra engendra la guerra; la victoria engendra la derrota... Hemos destruido a
laldabaoth, nuestro tirano, si hemos destruido en nosotros la ignorancia y el
miedo... La victoria es espíritu. Es en nosotros, y solo en nosotros, donde hay
que atacar y destruir a laldabaoth.”
2 de diciembre de 1914.
El Heraldo de Cuba, 7 de
diciembre, 1914; como “Anatole France’s valedictory”, en The Forum, New
York, October 1915, vol. 54, núm. 4, pp. 479-481. También en Renacimiento,
núm. 22, Santo Domingo, febrero, 1916; La Nave, México, Núm. 1. mayo 1ro,
1916, pp. 49-52; Desde Washington (Minerva Salado), FCE, 2004; Obra
Completas, T. 5, (Miguel D. Mena), Santo Domingo, 2013.
No hay comentarios:
Publicar un comentario