El ocaso de los semidioses
Alejo Carpentier
La publicación de una reciente novela de
Marcel Prevost, ha puesto una nota inesperada en la actualidad Iiteraria
parisiense. "¿Cómo? ¿Todavía vive Marcel Prevost?", se preguntaron
algunos, y ¿todavía escribe? ¡Cuántos habían olvidado la existencia del autor
de Cartas de Mujeres, y de esas novelas con pretensiones de sutileza
psicológica, que alcanzaron tiradas casi fantásticas en vísperas de la gran
guerra! … Las obras de Marcel Prevost no resultaron éxitos de librería tan sólo
en Francia; si bien recordamos, algunos de sus volúmenes traducidos, y
publicados por Bouret, conocieron días gloriosos ante los lectores de habla
castellana. En una época, todos los periódicos femeninos de Francia -Femina,
entre otros- se arrancaban los originales de este empomadado analista de
pasiones mundanas, que no vacilaba en dejar publicar sus cuentos en revistas
para viejos verdes, con tal de que se los pagaran decentemente. En aquellos
tiempos se le tenía por uno de los campeones del estudio psicológico, como un
conocedor profundo del alma humana, y, sobre todo, del alma femenina. Se le
elogiaba; se le compraba.
Pero Marcel Prevost tuvo demasiada confianza
en su público. No pensó que la masa es inconstante y tornadiza. Creyó que el
éxito le sonreiría eternamente. Y llegó la guerra, con sus inversiones de valores,
sus cocktails de nacionalidades, sus cambios profundos impuestos a las
costumbres europeas. Y de pronto, el "estupendo analista", el
"conocedor del alma humana", se encontró en un mundo que lo miraba
como a un desconocido y que se negaba a hallar realidad de observación en sus
libros. Las Cartas de mujeres no interesaban a nadie. Los niños se reían
de quienes intentaban educarlos de acuerdo con los preceptos encerrados en las Cartas
a Francisca. Y Marcel Prevost se encerró en una suerte de melancólico
mutismo… Pasaron varios años; trató de aplicar sus métodos de estudio a la
sociedad de post guerra. Y al fin publicó un librito que no causó la menor
sensación, ni obtuvo otro éxito que el propiciado por la curiosidad de sus
antiguos lectores… Se elogió amablemente su deseo de ponerse "al
día", pero no se le negó que, de acuerdo con la opinión general, no
comprendía cosa alguna en lo que ocurría a su alrededor... Y algunos
preguntaron cruelmente: "¿pero todavía vive Marce! Prevost?"
Sí; todavía vive Marcel Prevost. Y lo grave,
para los de su generación, es que la guerra ha traído una revolución tan
profunda en la manera de ver y de sentir, que otros, mucho más fuertes, mucho
más estimables que el autor de Cartas de Mujeres, han muerto totalmente
para los lectores modernos... ¿Quién lee en Francia, actualmente, a escritores
como René Bazin, Paul Hervieu, Lavedan, y otros que disfrutaron de una
envidiable aureola en vísperas de la gran contienda? ¿Qué influencia ejerce hoy
un Paul Bourget, a pesar de su innegable valor? ¿Han dejado alguna huella sensible en lo que
constituye, por los años que corren, el pensamiento contemporáneo? Creo
que sólo respuestas negativas implican estas preguntas.
Y eso no es todo. Hay un escritor que llegó a
ocupar un lugar difícilmente alcanzable para cualquier talento, un escritor que
fue llamado de todos los extremos del planeta para dar conferencias, un escritor
que llegó a fomentar una suerte de culto internacional, y que hoy ha caído en
el olvido más absoluto ante el público nuevo del país que lo vio nacer. Me
refiero a Anatole France… Es posible que esta verdad sea dolorosa para muchos,
pero debe confesarse que nadie lee actualmente en Francia al autor de Thais,
y que sus volúmenes han llegado a ser un estorbo para los libreros que los
poseen... Además, recientemente, un gran diario parisiense organizó una encuesta
entre los escritores franceses de la hora presente, para conocer sus opiniones
acerca de la obra del viejo ironista. Todas las contestaciones hubieran podido
resumirse con las palabras lacónicas y terribles empleadas por Blaise Cendrars: "Aburrimiento... aburrimiento … aburrimiento..."
Hace
poco, pregunté al dueño de una de las librerías más famosas de París, cuántos
libros de Anatole France se vendían al mes.
-Tres o cuatro -me preguntó este librero
privilegiado.
Estamos, pues, asistiendo a un ocaso de
semidioses. Frente a espectáculos de esta naturaleza, debemos dejar toda
sensiblería a un lado y explicarnos las razones del fenómeno ... ¿Quiere decir
este total derrumbe de valores, que el público es inconstante, y que acabará
siempre por abandonar mañana lo que amaba ayer? No precisamente. Los hechos parecen demostrar
lo contrario. Marcel Proust, el extraordinario novelista, apenas conocido por
el público durante su vida, no ha dejado de subir ante los ojos de los
lectores, desde el momento de su muerte, conquistando una masa de adictos cada
vez mayor. André Gide se mantiene, después de la guerra, más alto que antes. Charles
Peguy no está olvidado... Henri Bataille sigue considerado como uno de los más
auténticos va lores del teatro moderno... ¿Entonces?
El problema tiene, a mi juicio, una
explicación muy sencilla: el público europeo de post-guerra, es más exigente y
apasionado que el público de antes de la gran contienda. Marcel Proust, Alain
Fournier, André Gide, Henri Bataille, Peguy y otros, se mantienen intangibles
en su devoción, porque fueron hombres que supieron resolver a fondo un
problema, en sus distintos aspectos . . Proust ha llevado la novela psicológica
a su punto de máxima tensión; Peguy ha planteado dramáticamente la cuestión de
fe; Bataille ha escrito un teatro que vive por la fuerza de los sentimientos,
sin pagar tributo a una época dada… La guerra ha demostrado a los hombres nuevos
que era peligroso jugar con las ideas, y que vivíamos en una época que
necesitaba afirmaciones profundas... Cuando se existe en una era implacable y
recia como la nuestra, el hombre que pretende hacer mutis, con una son risa
irónica a flor de labios, sin querer "meterse en líos", cobra categoría
de malhechor público.
Esto explica, desgraciadamente, la caída de un Anatole France. Fue un delicioso escritor, pero fue un literato –“en todo el horror de la palabra”, como diría André Bretón- y nada más. Coqueteó con la política, con la filosofía, con el amor, con la fe, con las ideas sociales, con las convicciones profundas del individuo, sin llegar al fondo de las cosas, y sin traer una sola solución aceptable. Esto es lo que no le perdonan los hombres de hoy. Después de su muerte, Joseph Delteil pudo decir, sin que nos atreviéramos a contradecirlo: Se afirmará que Anatole France fue el Voltaire de los tiempos modernos; pero hoy no necesitamos hombres como Voltaire; preferimos los Rousseau, los Robespierre, los Saint Just, hombres de afirmaciones trascendentales.
“El ocaso de los semidioses”, Carteles, octubre 19, 1930, pp. 16 y 67. Versión moficiada en Palabras en el tiempo, Argos Vergara, 1984, pp. 187-88.
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