miércoles, 8 de abril de 2026

El ocaso de los semidioses

 

  El ocaso de los semidioses

  Alejo Carpentier

  La publicación de una reciente novela de Marcel Prevost, ha puesto una nota inesperada en la actualidad Iiteraria parisiense. "¿Cómo? ¿Todavía vive Marcel Prevost?", se preguntaron algunos, y ¿todavía escribe? ¡Cuántos habían olvidado la existencia del autor de Cartas de Mujeres, y de esas novelas con pretensiones de sutileza psicológica, que alcanzaron tiradas casi fantásticas en vísperas de la gran guerra! … Las obras de Marcel Prevost no resultaron éxitos de librería tan sólo en Francia; si bien recordamos, algunos de sus volúmenes traducidos, y publicados por Bouret, conocieron días gloriosos ante los lectores de habla castellana. En una época, todos los periódicos femeninos de Francia -Femina, entre otros- se arrancaban los originales de este empomadado analista de pasiones mundanas, que no vacilaba en dejar publicar sus cuentos en revistas para viejos verdes, con tal de que se los pagaran decentemente. En aquellos tiempos se le tenía por uno de los campeones del estudio psicológico, como un conocedor profundo del alma humana, y, sobre todo, del alma femenina. Se le elogiaba; se le compraba.

 Pero Marcel Prevost tuvo demasiada confianza en su público. No pensó que la masa es inconstante y tornadiza. Creyó que el éxito le sonreiría eternamente. Y llegó la guerra, con sus inversiones de valores, sus cocktails de nacionalidades, sus cambios profundos impuestos a las costumbres europeas. Y de pronto, el "estupendo analista", el "conocedor del alma humana", se encontró en un mundo que lo miraba como a un desconocido y que se negaba a hallar realidad de observación en sus libros. Las Cartas de mujeres no interesaban a nadie. Los niños se reían de quienes intentaban educarlos de acuerdo con los preceptos encerrados en las Cartas a Francisca. Y Marcel Prevost se encerró en una suerte de melancólico mutismo… Pasaron varios años; trató de aplicar sus métodos de estudio a la sociedad de post guerra. Y al fin publicó un librito que no causó la menor sensación, ni obtuvo otro éxito que el propiciado por la curiosidad de sus antiguos lectores… Se elogió amablemente su deseo de ponerse "al día", pero no se le negó que, de acuerdo con la opinión general, no comprendía cosa alguna en lo que ocurría a su alrededor... Y algunos preguntaron cruelmente: "¿pero todavía vive Marce! Prevost?"

  Sí; todavía vive Marcel Prevost. Y lo grave, para los de su generación, es que la guerra ha traído una revolución tan profunda en la manera de ver y de sentir, que otros, mucho más fuertes, mucho más estimables que el autor de Cartas de Mujeres, han muerto totalmente para los lectores modernos... ¿Quién lee en Francia, actualmente, a escritores como René Bazin, Paul Hervieu, Lavedan, y otros que disfrutaron de una envidiable aureola en vísperas de la gran contienda? ¿Qué influencia ejerce hoy un Paul Bourget, a pesar de su innegable valor?  ¿Han dejado alguna huella sensible en lo que constituye, por los años que corren, el pensamiento contemporáneo? Creo que sólo respuestas negativas implican estas preguntas.

  Y eso no es todo. Hay un escritor que llegó a ocupar un lugar difícilmente alcanzable para cualquier talento, un escritor que fue llamado de todos los extremos del planeta para dar conferencias, un escritor que llegó a fomentar una suerte de culto internacional, y que hoy ha caído en el olvido más absoluto ante el público nuevo del país que lo vio nacer. Me refiero a Anatole France… Es posible que esta verdad sea dolorosa para muchos, pero debe confesarse que nadie lee actualmente en Francia al autor de Thais, y que sus volúmenes han llegado a ser un estorbo para los libreros que los poseen... Además, recientemente, un gran diario parisiense organizó una encuesta entre los escritores franceses de la hora presente, para conocer sus opiniones acerca de la obra del viejo ironista. Todas las contestaciones hubieran podido resumirse con las palabras lacónicas y terribles empleadas por Blaise Cendrars: "Aburrimiento... aburrimiento … aburrimiento..."

 Hace poco, pregunté al dueño de una de las librerías más famosas de París, cuántos libros de Anatole France se vendían al mes.

 -Tres o cuatro -me preguntó este librero privilegiado.

 Estamos, pues, asistiendo a un ocaso de semidioses. Frente a espectáculos de esta naturaleza, debemos dejar toda sensiblería a un lado y explicarnos las razones del fenómeno ... ¿Quiere decir este total derrumbe de valores, que el público es inconstante, y que acabará siempre por abandonar mañana lo que amaba ayer?  No precisamente. Los hechos parecen demostrar lo contrario. Marcel Proust, el extraordinario novelista, apenas conocido por el público durante su vida, no ha dejado de subir ante los ojos de los lectores, desde el momento de su muerte, conquistando una masa de adictos cada vez mayor. André Gide se mantiene, después de la guerra, más alto que antes. Charles Peguy no está olvidado... Henri Bataille sigue considerado como uno de los más auténticos va lores del teatro moderno... ¿Entonces?

 El problema tiene, a mi juicio, una explicación muy sencilla: el público europeo de post-guerra, es más exigente y apasionado que el público de antes de la gran contienda. Marcel Proust, Alain Fournier, André Gide, Henri Bataille, Peguy y otros, se mantienen intangibles en su devoción, porque fueron hombres que supieron resolver a fondo un problema, en sus distintos aspectos . . Proust ha llevado la novela psicológica a su punto de máxima tensión; Peguy ha planteado dramáticamente la cuestión de fe; Bataille ha escrito un teatro que vive por la fuerza de los sentimientos, sin pagar tributo a una época dada… La guerra ha demostrado a los hombres nuevos que era peligroso jugar con las ideas, y que vivíamos en una época que necesitaba afirmaciones profundas... Cuando se existe en una era implacable y recia como la nuestra, el hombre que pretende hacer mutis, con una son risa irónica a flor de labios, sin querer "meterse en líos", cobra categoría de malhechor público.

 Esto explica, desgraciadamente, la caída de un Anatole France. Fue un delicioso escritor, pero fue un literato –“en todo el horror de la palabra”, como diría André Bretón- y nada más. Coqueteó con la política, con la filosofía, con el amor, con la fe, con las ideas sociales, con las convicciones profundas del individuo, sin llegar al fondo de las cosas, y sin traer una sola solución aceptable. Esto es lo que no le perdonan los hombres de hoy. Después de su muerte, Joseph Delteil pudo decir, sin que nos atreviéramos a contradecirlo: Se afirmará que Anatole France fue el Voltaire de los tiempos modernos; pero hoy no necesitamos hombres como Voltaire; preferimos los Rousseau, los Robespierre, los Saint Just, hombres de afirmaciones trascendentales. 

 

 “El ocaso de los semidioses”, Carteles, octubre 19, 1930, pp. 16 y 67. Versión moficiada en Palabras en el tiempo, Argos Vergara, 1984, pp. 187-88.


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