Xavier Villaurrutia
¿Recordáis el prefacio de Anatole France a Los placeres y los días,
el libro primero de Proust? Anatole France parece reconocer únicamente en el
Proust de entonces, en vez de las cualidades originales que formaron más tarde
una rama de la literatura actual y ensombrecieron el limitado prado ameno del
mismo autor de El crimen de Silvestre Bonnard, virtudes refinadas.
Cualidades, virtudes. Para France, Marcel Proust era un virtuoso lo cual en
arte -¿en música, quien lo ignora?- no es, en modo alguno, diverso de un
vicioso.
¿Recordáis, en cambio, el prefacio de Marcel
Proust a Tendres Stocks de Paul Morand?
La respiración es otra: da tiempo para
escribir y, en seguida, leer en voz alta una frase larga. Proust tuvo la
conciencia clara de cómo el tiempo se impone a los escritores y de qué modo
aparecen nuevos escritores que imponen, al tiempo, su tiempo. Hablando del
minotauro Morand, supo afirmar que lo cierto es que, de cuando en cuando, surge
un nuevo escritor y este escritor tiene que aparecer a los ojos egoístas de la
generación precedente y a los ojos de vidrio que esta generación ha logrado
mantener enfrente a modo de público, un escritor difícil. Como en una delicada
venganza y dirigiéndose al mismo Anatole France, escribe Proust: «Podemos
seguirlo hasta la mitad de la frase, pero allí desistimos».
Nosotros imaginamos que Anatole France no pudo ir más allá de la mitad
de una frase del Proust que hacía decir a Paul Morand: «vuestra voz, también
blanca, traza una frase tan larga...»
Frente a un espejo de dos lunas -Morand ha
dibujado en La Europa galante uno delicioso, donde las lunas son tres-
tenemos los perfiles diversos de un mismo rostro. ¿Quién no es asimétrico,
aunque sea ligeramente? Uno de los perfiles de Morand parece hecho para mirar a
las mujeres; otro, para mirar a las ciudades.
En un principio, las mujeres de Morand
-Clarisa, Delfina, Aurora- eran a un solo tiempo la figura y el ambiente. De
este modo, el aire engendraba la figura sin pretender ahogarla, y la figura
creaba el paisaje con sólo un movimiento, con una frase o, simplemente, con un
silencio. En un principio también, al recordar estas tres figuras de Morand
pensábamos en las muñecas grises y delgadas que aun de frente parecen enseñar
sólo el perfil, de Marie Laurencin. Ahora, la asociación nos parece impropia, a
favor de Morand.
Clarisa es rubia, aficionada a las
antigüedades, pero, «más que el objeto, le seduce la imitación». Delfina tiene
unos negros ojos líquidos. Aurora, de aficiones salvajes, danza desnuda,
«dejando en nuestras retinas una imagen hindú con brazos y piernas múltiples».
Más tarde, las cosas que forman la tela de
Morand pueden verse y palparse por separado, al punto que casi podríamos decir
que el segundo término habitual de un cuadro cualquiera pasa a ser aquí,
victoriosamente, el primero. Sus breves novelas ya no se titulan, no podrían
titularse, con nombres de mujeres. El tiempo y el espacio intervienen como un
convidado cuya presencia no nos asombra sino en vista de nuestra falta de
previsión. Aparecen la «noche» y la «tierra». La noche catalana, la noche
turca, la noche nórdica no se llaman ya, simplemente: Remedios, Ana, Aino.
Las mujeres y las ciudades. El plano de una
mujer, el sexo de una ciudad. Los perfiles de Morand desaparecen. Ahora,
compuesto su rostro de frente, mira, indistintamente, a las mujeres y a las
ciudades. Para conocer a las mujeres es necesario recorrerlas. Para conocer las
ciudades es preciso palparlas. Y las ciudades y las mujeres de Paul Morand no
pueden ser una sola. Viajero obligado, su vida es la vida cosmopolita. Tiene
ya, detenido en libros, su Occidente, su Pre-Oriente, su Oriente. Parece
conocer una parte de Norteamérica; y, además, de los Estados Unidos ha sabido
decir que los viejos automóviles Ford son sus únicas ruinas.
Morand es el observador rapidísimo de gestos y
lugares, que en dos minutos levanta en un interior toda una ciudad o una raza.
Hombres y mujeres se mueven, gesticulan, callan, se frotan o se buscan. En Ouvert
la nuit, en Ferme la nuit, pasan nombres, vocablos y sitios que son
el universo internacional de este arquero que lanza tan certeras flechas sobre
todo cuanto mira, que, si tuviera tiempo de detenerse un momento frente a un
espejo, su imagen quedaría acribillada.
Paul Morand tiene treinta y ocho años y un
público internacional que lo busca por diversas razones, aun por aquellas que
no son estrictamente literarias. Esto último nada tiene de extraño: Chesterton
nos enseña que un impresor, leyendo la Biblia, no encuentra sino las erratas.
Sus asuntos sexuales y su lenguaje han
contribuido a imantarle lectores. Su más reciente libro se titula,
significativamente, Rien que la terre. Como todos los suyos, es el libro
de un sensual, de un hombre que pone en juego sus sentidos, alejándolos y
acercándolos como el fotógrafo el silencioso acordeón de su cámara de fuelle,
para conseguir la visión exacta.
A la inversa de Valéry Larbaud -a quien
recordamos por lo mucho que de Morand difiere-, más que el carácter le interesa
la manía del sujeto. El tic nervioso, la zozobra de un instante, el ademán que
descubre un vicio o un deseo, el laberinto psicológico cuya salida está en una
mirada. Por todo esto, su estilo es agudo y rápido. Quebrado estilo de hombre
que husmea, frota, espía... En pocas palabras, estilo de hombre sensual.
¿Pero no debe ser un lugar común, tan bello
como el verso de Racine más veces citado:
La
fille de Minos et de Pasiphaé
que la sensualidad es una forma de la inteligencia?
1927
Textos y pretextos : literatura, drama , pintura, La Casa de España en México, 1940; FCE, 2018.
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