domingo, 7 de octubre de 2018

Face to face


 Pedro Marqués de Armas


 De las cerca de mil fotografías que Cartier-Bresson tomó en La Habana en 1963, fue ésta, curiosamente, la que, precedida de la frase "esta es la Cuba de Castro vista cara a cara", sirvió para encabezar el reportaje que le encargó la revista Life, aparecido en marzo de ese año.

 La acompaña el siguiente pie: "Cubanos sorprendidos por la cámara". 

 Imposible saber qué pudo decirle este trío al fotógrafo, si bien no hay dudas de que las expresiones fueron como arrancadas por sorpresa. Supongo que debió atraerle su informalidad como policías y el carácter, por decirlo así, “familiar” de la composición. No ordenan nada, no aportan la menor reciedumbre, pero han sido los elegidos.

 Por el pie de foto sabemos, también, (de lo contrario hubiera sido inverificable), que los congrega allí el arribo de un barco polaco que acababa de atracar en el muelle de Caballería: “un carguero construido para Cuba y que lleva el nombre de un héroe de la revolución".

 Cautivan las miradas y, no menos, los dientes y gafas del primero. Hay cierto parecido en sus fisonomías, como de hermanos, aunque pudiera tratarse de una pareja; y el de la derecha, quizás un primo. Malamente enfundados en sus uniformes, ahora miembros de la Policía Nacional Revolucionaria, tienen a la vez tacha de campesinos.

 Clan o parentela, ahí quería llegar: al xenos.

 Porque si las expresiones indican avidez y hasta un entrañable asombro, las caras mismas y el talante de los sujetos desvía la intención del fotógrafo, de lo que pudiera ser un genius loci revolucionario, hacia una inesperada extrañeza. (En este sentido, son tan surrealistas como aquellos caballitos de un tiovivo destartalado que el propio Cartier-Bresson captó a su paso por La Habana en 1934.)

 Que hayan sido los elegidos para representar a los cubanos de la Cuba de Castro, supone todo un cortocircuito. Da la impresión de que asisten a la escena como de prestado; añadidos, se diría, más que inmersos en ella. Se comen la cámara pero delatan lo poco integrado que están al paisaje en el que se les intenta engranar.

 El rubio alto de las gafas enormes se lleva las palmas. Sus dientes no dejan de temblequear y todo él trasmite una expectación temerosa. Hasta los escuditos de las gorras resultan bizarros.

 Como muchas otras fotos cubanas de Cartier-Bresson, la imagen destaca por el modo en que refleja dos épocas que se despiden entre sí, pero sin que ese contraste, sin que esa despedida resulte, en modo alguno, procurada.

 Y es que al contrario de otros rostros capturados para el reportaje, los de este magnífico trío parecen intuir -desde el fondo de la Historia, sino en la superficie- lo que les viene encima.



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