sábado, 8 de junio de 2019

La pasión dominante



 Nicolás Tanco Armero

 La Habana fama de ser una ciudad muy alegre, donde todo hombre de comodidades goza; donde el pueblo se divierte constantemente, y es por esta idea, muy general, que se le ha llamado el París de América. Esto no deja de ser exacto, pero vamos a explicar cómo y de qué modo se divierte el pueblo habano. Los juegos y diversiones dan mucha idea del carácter de los pueblos, de las costumbres, y por consiguiente del grado de adelanto y civilización. No será pues fuera del caso pintar aquí las que tienen los habaneros, y cubanos, en general. 
 La pasión dominante, desde luego, es el baile: todo el mundo baila en la Habana sin reparar en edad, clase o condición; desde el niñito que apenas puede dar un paso, hasta las viejas, desde el capitán general hasta el último empleado. Las mismas danzas se bailan en palacio que en el bohío de un negro, y hasta los cojos, ya que no pueden brincar se contentan con menearse al son de la música.
 Todo el día se oyen tocar las danzas, ya en las casas particulares, ya por los órganos que andan por las calles, a cuyos sonidos suelen bailar los paseantes. En la Habana, particularmente extramuros, se puede decir que sus habitantes viven en la calle. Construidas las casas del modo más aéreo, abiertos siempre los portones, que come llevo dicho dan directamente a la sala, sin que haya pasadizo, con unas ventanas rasgadas y muy grandes que dan desde el suelo hasta casi el techo de la casa, todo, todo cuanto pasa en ellas se sabe por los transeúntes, así como todo cuanto pasa en la calle lo ve y lo palpa hasta el último niño.
 Muchas veces he pasado, a mediodía, por una de aquellas calles que dan al Circo; la música ha herido mis oídos; un grupo de gentes agolpado a una ventana me ha llamado la atención; me he acercado a ver lo que era, y he visto una porción de parejas bailando que era un gusto. Esta maldita costumbre de agolparse a las puertas de las casas, sobre todo en las noches de baile, es muy común en la Habana, en donde los muchachos y hasta las gentes decentes, no solo se asoman a la puerta, sino que se introducen en la sala, y se montan en los balaustres de las ventanas. 
 La danza es pues el baile nacional y una cosa muy sencilla, es una especie de cuadrilla, con su media cadena, y un valsecito constante. A veces una danza suele durar horas enteras. Los cubanos tienen aversión a los demás bailes, y cuando en una reunión o soirée se toca un vals o polka, no hay muchos que la sepan bailar. 
 La aristocracia es la que menos baila, porque después del favorito paseo por la tarde en la pareja, como dicen, se sientan en los mecedores del colgadizo a tomar el fresco, luego van a comer, y después a sentarse a la mesa del tresillo la mayor parte de la noche.
 (…) En la Habana no hay pueblo propiamente dicho, y así es que todo el que no es aristócrata y asiste a las funciones dadas por esta clase, asiste a los bailes públicos. Estos son varios, a saber: el Liceo, el Circo, Escauriza y Sebastopol, así llamado por el modo terrible y libre de bailar que se acostumbra en este local. Los bailes dados en los salones del primer instituto son realmente los únicos que son divertidos y que puede frecuentar una persona decente, particularmente los que tienen lugar todos los años en tiempo de carnaval.
 El Liceo artístico y literario de la Habana es uno de los institutos de su género más bien montados que yo he visto, y acaso el primero de América. Como su título lo indica, es un establecimiento dedicado a proteger y fomentar las letras así como las bellas artes. Los placeres de Minerva y Melpomene están perfectamente hermanados con los de Tersícore: la instrucción con el deleite. No habiendo en la capital de Cuba ese egoísmo fatal que mata las demás sociedades de Hispano-América, todo el mundo se esfuerza en proteger esta especie de academia. Sostenida por una asociación de particulares por medio de una pequeña cuota mensual, y otra igualmente módica al suscribirse, no hay casi habanero que no sea socio, habiendo muchos suscritos que no asisten, pero que tienen gusto en fomentar este instituto.
 En él se dan multitud de clases gratuitas, y está dividido en secciones de declamación, dibujo, literatura, baile, etc., que producen excelentes resultados. Hay también funciones dramáticas y líricas dadas por los aficionados o amateurs, algunas de ellas magníficas, y que proporcionan ratos sumamente agradables. 
 Los bailes dados en los salones del Liceo en tiempo de carnaval, y de que acabo de hacer mención, son muy divertidos, particularmente los de disfraces y máscaras. Aunque a ellos no asiste l'élite de la sociedad habanera, se reúnen, sin embargo, allí una multitud de muchachas decentes que se plantan su dominó y van a divertirse dando bromas a sus amigos y pretendientes.  El golpe de vista que presentan los salones es magnífico.


 Después del Liceo sigue el baile de Escauriza, así denominado por el nombre del dueño del establecimiento. Esta reunión es un mezzo termine entre el Liceo y el Circo; ni es decente como el primero, ni las danzantes se permiten las libertades que en el segundo. Allí, sin embargo, no van más que las mujeres malentretenidas de la Habana, y en punto a hombres los mas que frecuentan este baile, son dependientes, tabaqueros y criollitos de mala vida. Los disfraces son siempre los mismos, y las bromas enteramente vulgares, y de mal gusto. Es uno de aquellos lugares que se debe visitar una vez y nada más, y eso por el aliciente de ir a cenar en seguida a Legrand o a Tacón, magníficos restaurantes que se hallan al lado. En el último escalón se hallan los salones del Circo y Sebastopol, cuyos nombres están indicando las orgías de que son teatro estos lugares. No hay en efecto en el mundo sitios donde se cometan más indecencias al bailar. ¡Qué Chaumière ni qué Mabille! Estos bailes se quedan en este punto muy atrás comparados con los salones dedicados a la gente del bronce. Una sopimpa, una danza de las que llaman de ley brava, he aquí poemas aéreos horrorosos. 
 Estos salones dan bailes a donde no puede asistir una persona que se respeta: son puntos de disipación e inmoralidad que no debieran ser tolerados por el gobierno. La autoridad debe proteger las diversiones públicas; proporcionar distracciones al pueblo; pero de ninguna manera las que corrompen las costumbres, y ofenden la moral pública. 
 La diversión principal de la Habana es el teatro, por el cual hay también mucha afición. No hay más que dos en la capital de Cuba, pero uno de ellos, el de Tacón, es una obra magnífica y que compite con los mejores de Europa. Allí se dan todo género de representaciones; y en sus tablas suelen verse los primeros artistas del mundo. La aristocracia es puramente severa en materia de teatro; no le gusta más que las óperas italianas, y eso cuando sus papeles son representados por actores como Lablache, Mario, Salvi, la Grisi, Steffenone, etc. Los dilettanti quieren oír cosas muy bien cantadas o nada, y en esto dan prueba de muy buen gusto. Las noches de ópera en la Habana es la mejor oportunidad que tiene el extranjero para ver la buena sociedad reunida. La parte española tiene un furor por las zarzuelas, que son una especie de operetas cómicas, pero muy cansadas, y el resto del pueblo criollo delira con funciones de magia, de funambulismo, maroma, cubiletes, gimnástica, etc. El que quiera convencerse de esto, que asista a Tacón en una noche que haya función dada por los famosos Raveles; puede estar seguro que casi toda la concurrencia será de hijos del país, una sociedad enteramente democrática. Es este instinto unido a varios otros que ha dado a los criollos la fama de ligeros y superficiales. Por los gustos e inclinaciones es que se juzga de las personas y de los pueblos, de su civilización y cultura; son el verdadero termómetro moral e intelectual. 

 "Estada en La Habana" (1855), Viaje de Nueva Granada a la China y de China a Francia, París, 1861.  

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