sábado, 18 de enero de 2020

Villaurrutia vs Roa. Disenso y contraataque Martí por medio

  
   Pedro Marqués de Armas

 En octubre de 1927, Xavier Villaurrutia escribió una carta a Jorge Mañach que es casi un compendio de la poética de Contemporáneos (aunque todavía no existiera el grupo bajo ese nombre) y, en particular, de las poéticas de Salvador Novo y el propio Villaurrutia.
 Celebración de la curiosidad y la crítica como valores literarios; realce de la traducción como actividad creadora moderna, en sintonía en este caso con el mundo anglosajón; entusiasmo por el intercambio y la conformación de espacios literarios, sin exigencias programáticas, y elegancia en el decir, tanto en el elogio como en la disensión.
 Escrita en Cuautla, “vestíbulo del trópico”, y tal vez más conocida por el desdeñoso juicio que lanzaba sobre la poesía de Martí, a la vez que sobre un artículo de Raúl Roa acerca de Versos Libres, debería leérsela no tanto por esas opiniones, como por lo traían aparejadas, y por el resto de ideas que Villaurrutia ponía a circular.  
 He aquí fragmentos de esa carta:  
 ¡Qué grato repasar, en este destierro voluntario que mis nervios alterados me han impuesto, páginas de fisonomías amigas, cercanas y sabidas de memoria algunas, lejanas y todavía ni delineadas, pero preferidas ya, como la suya! Casi siempre está muy bien su 1927. Y en este casi encontrará usted la diferencia entre un elogio cortés y otro sincero. Al lado de páginas como las que usted dedica al ensayista Castellanos, precisas, justas para Castellanos, ajustadas por usted noblemente, ¿cómo aceptar un estudio titulado "Martí, poeta nuevo"? No sin esfuerzo admitimos la primera de las dos calificaciones; imposible admitir la segunda. El epíteto de nuevo no sólo hace daño a quien firma el artículo, sino a la misma poesía de vuestro Martí. ¿Por qué no dejarla dichosa en sus pequeños límites, navegando entre dos aguas: romanticismo, modernismo, muy bien analizadas ya, –impuras ambas,– por el tiempo? 
 Muy bien lo sajón que ustedes hospedan.Y subrayo la palabra porque he pensado en lo certero de sus frases para explicar a una buena parte de América el sentido pleno que debe buscar –y encontrar– cuando algo sajón se le ofrece. ¡Santayana, y bien traducido, en Cuba! Hace poco hablaban de él en España y casi –¡ayl– como de un descubrimiento.  En México, hace dos o tres años, se tradujeron algunos fragmentos: Ramos, Novo, traductores. La mano de Henríquez Ureña no estaba ausente.
 En cuanto regrese a México le mandaré unas páginas traducidas de Jacques de Lacretelle, joven francés en cuyos libros me reconozco a veces, un momento siquiera, ¡pero tan claramente!, aunque haya entre nosotros diferencias de ausencia. No resisto a no confiarle un nuevo motivo de simpatía, de inteligencia, entre nosotros: Usted acerca a Castellanos a la hora actual por dos razones que son las únicas que mantienen nuestro Ulises: curiosidad y crítica. Lo que yo llamo de otro alegórico modo: Eva y Cézanne. (“Violación de correspondencia”, “Almanaque”, Revista de Avance, Año I, T-2, núm. 13, 15 de octubre de 1927, p. 26).
 El título mismo del artículo de Roa, “Martí, poeta nuevo”, sirve a Villaurrutia para matar dos pájaros de un tiro: al autor, por calificar de nuevo a quien seguiría navegando eternamente entre el romanticismo y modernismo, y al poeta, al propio Martí, por parecerle un lírico menor.  
 Aunque no consta que haya trascendido, esta descalificación habría revuelto al avispero intelectual cubano; por menos que eso se exigieron respuestas y disculpas inmediatas: recordemos las recriminaciones a Reyes por hacerse eco de cierta broma sobre un abrigo de Martí.
 Sabemos, sí, que Marinello compartió la crítica al texto de Roa (no a Martí, desde luego), pero no que otros escritores hayan salido al ruedo contra el poeta mexicano.  
 Roa no respondería hasta un par de años más tarde, pero no directamente a Villaurrutia, sino relatando con fanfarronería, en un segundo y no menos infausto artículo, cómo se tomaron él y su entonces amigo Raúl Maestri aquella descalificación del Martí poeta.
 El juicio de Villaurrutia no solo era tajante sino excesivo. Y sin embargo, había sido expuesto sin perder las formas, bajo cuidadoso preámbulo: “Casi siempre está muy bien su 1927. Y en este casi encontrará usted la diferencia entre un elogio cortés y otro sincero”.
 Mañach y Villaurrutia practicaban la camaradería, y se apreciaban mutuamente como escritores.
 Muy diferente será el comentario de Roa; pero antes de entrar en ello, veamos los argumentos de “Martí, poeta nuevo”.
 Para Roa, Martí estaba más allá de toda “escuela lírica” y “tendencia literaria” de su época. Reconocía sus lecturas de Baudelaire y Verlaine, para asegurar –acto seguido– que creó un estilo en el que la “cerebración robusta estaba en pugna con la ideología brumosa, casi se diría enfermiza, que distingue al simbolismo francés de su proyección americana, el modernismo”. (Algo semejante, pero en sentido inverso, es decir, para rotularlo de decadente, diría de Julián de Casal en otro funesto ensayo.)
 Según Roa, arte y vida eran inseparables en Martí. Su “visión holística” superaría por sí misma a predecesores y contemporáneos. En la “libertad” –que atribuye en igual medida a la obra literaria y al pensamiento político de Martí– encuentra el atributo por excelencia de su poesía (“cargada de honestidad”), a la vez que la clave que explicaría su estilo directo y sencillo.
 Para entender la condición de poeta nuevo, bastaría con acercarse a lo que hay de particular en su creación: “la sencillez en la forma”. Todo lo cual, al fundir poesía, ética y “política liberadora universal”, certificaba su grandeza.
 No muy seguro debería sentirse Roa de “Martí, poeta nuevo”, quizás por la desaprobación que del mismo hiciera Marinello, cuando en el ya aludido segundo artículo (“Divagaciones sobre el poeta José Martí”) escribe: “Filiar un poeta es siempre empequeñecerlo. Yo confieso que incurrí en el mismo pecado que ahora condeno, al rotular a Martí de «POETA NUEVO» [mayúsculas suyas] en artículo del que estoy totalmente arrepentido”.
 Y añade: “Incuestionablemente, Martí no es poeta ni nuevo ni viejo. Es sólo poeta de siempre. Como Homero y Shakespeare y Schiller y Góngora y Rubén Darío”.
 Se arrepentía de categorizarlo, pero para recaer en la idea de un Martí intemporal. Curiosamente, retrocedía en su equiparación de Martí a Alexander Blok, encontrando en la poesía de este último, a diferencia de lo expresado en 1927, mayor compromiso con las causas sociales que en los versos del cubano, signo de que el elástico marxista se le aflojaba un tanto.
 Dicho lo anterior, correspondía desahogarse del dardo que le lanzara el poeta mexicano. Así que apunta:  
 “Xavier de Villaurrutia (…) negó mis apreciaciones. Nada se perdía por eso. Ni se negaba tampoco. Lo que sí nos prendió en ira -Raúl Maestri compartió mi indignación- fue que Villaurrutia mercadeara a Martí el título de poeta [como eso…] demostraba nada más -nada menos- que Villaurrutia no había leído ni por el forro a Martí, opté por sonreírme de él, olvidando piadosamente su parentesco con Alcibíades y Oscar Wilde”.
 Como buen perdonavidas, prefiere Roa -a quien siempre costó ajustarse a juicios literarios- mofarse de la homosexualidad de Villaurrutia. No le responde cuando se supone que debió hacerlo, sino que espera dos años para relatar cómo transformó el enfado en burla, en menosprecio. Su respuesta al poeta mexicano que, a fin de cuentas, opinaba sobre literatura, consistió -al contrario- en un ataque ad hominem.
 La homofobia de Roa no difiere de la que por entonces hacían gala los enemigos literarios e ideológicos de los Contemporáneos. Las maneras son las mismas, entre la iracundia y el humor pedante. Roa compartió ambas cualidades; no hay más que ver su ruptura pública con Maestri, y los trapos sucios que allí ventila, como su arremetida contra Piñera, cuando –en 1961, ya en plena cruzada revolucionaria contra los homosexuales– lo insulta públicamente llamándolo “escritor del género epiceno”.
 En fin, parentescos aberrantes y otras anomalías de la especie, como contrapartida a la elegancia en el disenso.
 Y claro que es compartible el desacuerdo de Villaurrutia.
 Para los poetas mexicanos, al menos en la década del veinte, con independencia de lo mal conocida que fuera su obra –y con justicia o no–, Martí sería un coetáneo de Gutiérrez Nájera. Una resistencia, por tanto. Entregados al rigor formal, reticentes a vítores y vitalismos, y padeciendo, como padecían, las embestidas nacionalistas y del vanguardismo a ultranza, es compresible que Martí no supusiera para Villaurrutia –y para otros Contemporáneos; la excepción será pero años más tarde, el luminoso Pellicer– más que una quimera cubana.
 Si se suma la grandilocuencia de la crítica marxista y sus cómodas soluciones, y los Martí andantes que eran buena parte de los escritores cubanos, es todavía más claro lo dérmico del asunto. No más que reacción. Un poco de inevitable alergia.
 Lo interesante son las búsquedas de los poetas de Ulises, y la sintonía que tratan de establecer. Crítica al “novismo” en boga, al nacionalismo especular que asoma en la omnipresencia martiana, y apuesta por la traducción y la apertura a otras literaturas. Cosmopolitismo versus nacionalismo. Y, latentemente: Santayana contra Martí. (O al menos, contra aquel Martí.)

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