lunes, 16 de noviembre de 2020

Del opio




  Marcial Dupierris


  El opio es uno de los grandes recursos de los chinos de 1847, para corromper el corazón de los infelices colonos recién llegados, y aun para destruir su salud, que les importa muy poco, con tal de que a ellos les reporte el fin deseado, que es saciar su ambición desmedida.

 Si se nos preguntase de qué medios se valen para conseguir este opio, diríamos lo que saben muchos, que hay hombres tan poco escrupulosos que no titubean en facilitárselo, sabiendo el daño que ocasionan a tantos desgraciados y a sus patronos.

 Droguistas habrá que en tiempos atrás encargaban al extranjero una sola caja de opio cada dos o tres meses, y que hoy consumen tal vez más del doble en el mismo espacio de tiempo. ¿Pero, serán culpables de algún delito previsto por la ley los que facilitan el opio? Parece que no, porque al farmacéutico le está prohibido expender algunos granos de esta sustancia, como no sea con receta de facultativo; pero tiene el derecho de vender más de cuatro onzas a la vez, sin que tenga que cumplir con requisito alguno, pues que considera o le hacen entender que es para el expendio de otro compañero. El caso es que los asiáticos más antiguos en el país obtienen el opio siempre que quieren y en todas cantidades, y que van a venderlo a las fincas de campo o hacen su comercio con los colonos que van a las poblaciones los días festivos.

 Creo que será útil explicar los fenómenos causados por la acción del opio sobre la economía animal, a fin de que se prevengan ciertos males y no sean confundidos con otros afectos por las personas ajenas a la medicina.

 El opio obra sobre el sistema nervioso cerebral; no lo paraliza, pero disminuye su acción, y por eso es por lo que pierden los sentidos sus sensaciones y se embotan sus movimientos.

 La acción del opio sobre el sistema nervioso ganglionar es idéntica a la que ejerce sobre el sistema nervioso cerebral; y como el aparato circulatorio, el corazón, los vasos grandes y pequeños están bajo la dependencia del sistema nervioso ganglionar, resulta que la circulación deberá experimentar un desorden análogo al que sufre ese sistema cuando está sometido al influjo del narcotismo. Las impresiones serán más débiles y la reacción nula. La presencia de la sangre en el corazón y en los vasos será insuficiente para excitar el aparato circulatorio. De esto resultará una disminución considerable en la rapidez del curso de la sangre. Y como las leyes de física nos enseñan que un líquido, con velocidad doble, ocupa menos espacio que el que circula con lentitud, la sangre, al recorrer su trayecto en las arterias durante el narcotismo, ocupará más espacio del que necesitaría si fuese lanzado con fuerza y rapidez. Vemos pues que los efectos del opio se extienden a todo el sistema circulatorio, y no al capilar solamente, como han creído algunos facultativos, entre ellos Brown, que había atribuido al opio propiedades excitantes, como lo manifestó en estas palabras: Opium me herclé non sedat. Esta opinión errónea induce al facultativo a caer en un error, pues le hace tomar un estado congestivo, que cree limitado a los vasos capilares, por un estado inflamatorio, y le obliga a emplear las emisiones sanguíneas que precipitan la cesación de la acción excitante o sea de la acción vital. Pero prosigamos la descripción de los afectos del opio sobre la economía animal.

 He dicho que la acción del opio se opera sobre los sistemas nerviosos; y como las funciones de la economía se descomponen todas las veces que esos sistemas están desordenados, resultará que el opio adormécelos órganos digestivos y disminuye la sensibilidad, anula la necesidad de comer y disipa el hambre, suspende la digestión y para la quimificación.

 He visto a algunos fumadores de opio vomitar el alimento que habían ingerido algunas horas antes, tal cual las habían comido, es decir, sin cocción alguna. Esto prueba que el opio ha debido obrar sobre los nervios cerebrales que van al estómago y sobre los ganglionarios; pues vemos por una parte que el movimiento de este órgano está suprimido, y por otra, que tampoco hay secreción folicular. La sequedad de la boca y de la garganta, y la mucha sed que causa el uso del opio, son también un efecto de la suspensión de la secreción habitual de aquellas partes, la cual está bajo el influjo del sistema nervioso ganglionar.

 Si prosiguiera mis observaciones acerca del tubo intestinal, veríamos que allí obra el opio del mismo modo que sobre el estómago, y que causa el estreñimiento. Pero bástame haber de mostrado que los efectos del opio, iguales a los de todos los estupefacientes, no causan solamente una detención en el movimiento circulatorio, por la disminución de la acción nerviosa, para probar que la desarregla, que la pervierte, que la perturba en algún modo, y que de consiguiente llega a la economía en un estado morboso, rebelde a todos los medios más bien indicados de la medicina.

 Podría hacer más extensas mis investigaciones sobre este particular; pero considero que lo dicho acerca del desorden observado en los tres grandes aparatos de que he tratado, basta para que se comprenda que el cuadro de los desórdenes causados por el abuso del opio es de lo más espantoso, y lo es siempre mayor y más rápido en sus efectos, cuando el opio no es puro, como el de la India, por ejemplo.

 Dirán quizás muchos al leer esta descripción médica, que pudiéramos habernos limitado a decir que el opio fumado es pernicioso para la salud; que los asiáticos se lo proporcionan de tal o cual modo. Pero no lo comprendo yo así, ni mi conciencia quedaría tranquila sin haber expuesto esas reflexiones; porque si es cierto que sin ellas hubiera bastado para enterar a los hacendados y ponerlos sobre aviso, no así hubiera sido suficiente para algunos médicos que están destinados en las fincas de campo, los cuales tendrán muchas ocasiones de poder observar esos casos de narcotismo o intoxicación lenta por el opio, y he querido hacerlos partícipe de mis observaciones, a fin de prever un error, que pudiera hacer que tomasen por un estado inflamatorio lo que es enteramente contrario, e indicarles al mismo tiempo que los excitantes, como son: la infusión de café, el cocimiento de dos dracmas de flores de árnica-montana, en una libra de agua tomada en las 24 horas; las abluciones de agua fría hechas con una toalla algo áspera, etc.,  pueden hacer cesar esos fenómenos mórbidos, cuando no hayan llegado al extremo de la perturbación. Quisiera también que este párrafo sirviese para hacer comprender a los que venden el opio a los chinos, que causan un perjuicio enorme a los hacendados, perjuicio que a la vez recae sobre ellos mismos.

 

 Memoria sobre la topografía médica de La Habana y sus alrededores, y Sobre el estudio físico y moral de los colonos asiáticos, Habana, Imprenta La Habanera, calle del Aguacate núm. 62, 1862, pp. 101-103.


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