domingo, 14 de enero de 2018

Agustín Aguilera Ochoa psiquiátricamente considerado


 «Señor Presidente de la Sala de lo Criminal de la Audiencia de Santiago de Cuba.
 Señor:
 Nombrados los que suscriben para dictaminar respecto al estado de las facultades mentales del procesado Agustín Aguilera Ochoa por el delito de homicidio, con cuyo hecho privó de la vida a uno de nuestros hombres públicos más respetados y querido por su patriotismo y por sus bellas cualidades de orden moral, concurrimos hoy con el presente informe, en el que condensamos el resultado de la observación y estudio médico legal, dando así cuenta del honroso cometido que se nos confiara.
 Agustín Aguilera es natural de Holguín, de 50 a 52 años, de pequeña estatura y con un desarrollo corporal perfectamente armónico: cortos son sus brazos y piernas, sus manos, y bien chicos los pies. Pesa 93 libras. La cabeza es proporcionada a su estatura, presentando la irregularidad de ser un poco más ancha en su parte posterior (cráneo ipsicéfalo). Las orejas son de mediano tamaño y resultan verticalmente implantadas en su correspondiente región.
 La fisonomía, vulgar y aventajada, no dice nada en conjunto, por más que a veces parece ser animada por una fugaz viveza de la mirada, y los ojos, que parecen a veces de mirar animoso, tienen, en general, poca expresión.
 Hijo de padres acomodados, tuvo cinco hermanos, tres varones y dos hembras, que gozaron de buena salud y que recibieron alguna educación. Él siempre fue rebelde a toda clase de enseñanza, enseñándole las primeras letras un oficial del ejército español.
 Pocos son los antecedentes hereditarios que nos hemos podido procurar. Según noticias que tenemos por fidedignas, el padre era persona respetable que no sufrió trastornos mentales, siendo fusilado en Holguín cuando la guerra del 68; por parte de su madre, tuvo dos tías, una tartamuda y otra que padecía ataques epilépticos.
 Dice Aguilera que él sólo aprendió a escribir y las labores del campo, a las que parece se dedicaba con preferente atención. Su vida fue siempre muy irregular, pues tan pronto vivía en su pueblo, como se ausentaba para el campo, como de nuevo volvía y rápidamente desaparecía, sin que se supiera por donde andaba. En el pueblo lo llamaban Patato, apodo que seguramente le pusieron por su pequeña estatura.
 En su lenguaje se le ve un tanto animado, por lo general. Su palabra es fácil, brota sin esfuerzo, clara, distintiva y hasta abundosa; conversa afablemente, no siendo su trato desagradable; su conversación gira siempre dentro del mismo círculo; cuestiones sociales, filosóficas y de religión, en la que desde luego, no cree. Considera falsos y absurdos los principios que rigen a la sociedad y se estima víctima de la sociedad, en medio de la cual ha vivido; nos asegura que desde muy joven lo persiguen, poniéndole toda clase de obstáculos para impedirle ganar el sustento, y esto le ha acontecido a pesar de su manera generosa de proceder, pues siempre ha hecho favores, incluso el de quitarse materialmente el pan de la boca para darlo a los más necesitados. Últimamente afirma que se pasó seis meses durmiendo en el Cementerio de Holguín ocultándose de los que querían hacerle daño.
 De su crimen habla con naturalidad, sin afectación y perfectamente tranquilo en cuanto al castigo que pueda sufrir. Nos lo ha contado repetidas veces; y “sólo en el caso de convencerse de que no era verdad lo de la violación de sus hijas lamentaría la muerte del general Portuondo”, nos ha dicho; pero tiene la convicción de que lo realizado por él es un acto de justicia: si se hubiera quejado, nadie le hubiera hecho caso, pues él siempre ha tenido que tomarse la justicia por sus manos.


 Las persecuciones las viene sufriendo desde la poca en que cesó la soberanía española, «tan mala educación y tan malas ideas tenemos los cubanos», nos repite a menudo. La policía lo persigue con ahínco, le impide trabajar, habiéndose visto obligado a cambiar de lugar, pues hasta lo atacaban. El mismo jefe de policía de Holguín lo ordenaba y quiso entregarlo a los negritos, que siempre y a todas horas corrían detrás, gritándole y llamándole canalla, cobarde, sinvergüenza, sugestionados por la misma policía.
 En cuanto a la violación de sus hijas, que es el motivo poderoso que lo llevó a herir a Portuondo, acaeció por el año 1900; y lo supo por un español que recogía las basuras en Holguín, oyendo él, más tarde, las voces de sus hijas, dándole cuenta de que el General Portuondo y Carlos M. Céspedes las habían ultrajado, valiéndose de un narcótico, y llamándolo para que las vengase.
 Esas voces, que dice haber oído por el año 1900, las percibe con mucha frecuencia de noche y también durante el día. Generalmente, son sus hijas que le dicen tenga paciencia, que confíe, pues saldrá bien de esta situación y que muy pronto lo vendrán a buscar; en otra ocasión es la voz de Rosa, su antigua concubina y madre de sus dos hijas, que le da cuenta de la salud de todos y le hace las mismas afirmaciones; otras veces las voces son de su madre y hermanos que le preguntan si está contento y que espere y, por último, distingue claramente una voz de mujer española, de la policía y de los negritos de Holguín que le dicen cosas desagradables.
 Durante el día, a veces se descompone su rostro, hace numerosos gestos de ira y lanza palabras deshonestas; al preguntarle el centinela de vista que en la cárcel tenía lo que le pasaba ha respondido «esos que hablaban conmigo que me empiezan a decir palabras desagradables insultándome; me voy de aquí porque no puedo oírlos más». Por último, siente perfectamente los besos que durante el sueño le dan sus hijas, a las que en algunas ocasiones ha distinguido en su dormitorio.
 Quien habla por primera vez con él, en una breve conversación, no le encuentra nada anormal; contesta razonablemente lo que se le pregunta; revela una memoria mediana, presta natural atención al diálogo que con él se sostiene, extendiéndose en consideraciones sobre asuntos sin interés; hace apreciaciones justas; raciocina muy superficialmente y siempre que puede durante la conversación hace manifestaciones a propósito de sus ideas de persecución.
  Tiene alguna lucidez y viveza de espíritu para discutir y defender sus convicciones, pero posee una mediocre capacidad intelectual y una imaginación muy vulgar. La asociación de ideas no es normal en cuanto que en determinados terrenos la lógica es falsa. No tiene instrucción, pero escribe y lee. La escritura es mala, desconociendo hasta los principios elementales de la gramática. Desde el punto de vista de la ejecución material de sus escritos nada de sorprendente se nota, como no sean sus faltas ortográficas; escribe con mano firme, siendo regulares los caracteres de su letra; es un verdadero grafómano (1) tal es su afición a escribir novelas y composiciones poéticas. En la prisión rápidamente llenaba las hojas de los cuadernos que para escribir le facilitábamos. Tiene un estilo fácil, pero muy incorrecto a incoherente, poniendo de relieve, como es lógico, su falta absoluta de instrucción. Debe tener un carácter apacible habitualmente, pero fácil de cambiarse en violento e impulsivo que lo hace peligroso. No es un hombre mentiroso, habla con franqueza y naturalidad, sin rodeos ni falsedades, diciendo lo que piensa, sin detenerse a medir el alcance de sus palabras. 
 Sus facultades para el trabajo son pobres; aunque él asegura ser muy trabajador, nosotros lo creemos más inclinado a cierta molicie que le permite entregarse a sus pensamientos. Es muy descuidado en su ropa y en su aseo personal. Las manos casi siempre sucias. Duerme bien por lo general. No es glotón. Habitualmente toma dos o tres copas de ron, sin ser aficionado a la bebida, aunque en diferentes épocas de su vida ha tratado de entregarse al vino, emborrachándose con objeto de quitarse preocupaciones y que la gente lo dejara tranquilo, pues cree que con el borracho nadie se mete.
 Conserva el instinto genésico y no creemos sea un pervertido sexual: de existir la perversión, será con la misma mujer, pues a ella es muy aficionado. Parece que en su juventud las mujeres del pueblo le tenían temor, pues era aficionado a tocarlas y cogerlas los senos; en una ocasión trató de efectuar actos carnales con una mujer parienta muy cercana, impidiendo la violación un amigo de la familia que vivía frente a la casa. Hasta hace seis años ha tenido concubina.

 Las facultades afectivas están conservadas, pero no son normales: se nota en él una falta de amor a la familia y en general a los parientes que llama la atención. Encontramos muy disminuido el sentimiento de la paternidad, puesto que siempre ha tenido a sus hijos abandonados.
 Hecha la relación de los datos que la observación nos ha permitido recoger, entremos en el análisis de los síntomas y, en general, de la mentalidad de Aguilera, con el objeto de dar un diagnóstico razonado y las conclusiones a que hemos llegado.
 Y nos importa comenzar por hacer constar que para nosotros la degeneración no es en manera alguna sinónimo de irresponsabilidad. No consignaríamos esta apreciación nuestra, y en absoluto a ello hubiéramos prestado atención, si no fuese porque en uno de los informes médico-legales presentado por distinguidos compañeros que han dictaminado respecto a la capacidad mental de Aguilera, no se encontraron declaraciones algo bizarras, tendente a darle un valor y alcance inusitado a la atrayente, pero a todas luces errónea, teoría de Lombroso. Y ya con esta frase dejamos comprender nuestra opinión, que es, en verdad, la de todos los mentalistas que se han ocupado de la escuela de Lombroso. Por otra parte, nada tiene que ver la escuela ni las teorías de Lombroso en el reconocimiento de la capacidad mental de un acusado, el cual, dado el caso de que en él se observaran los estigmas físicos de degeneración que, a juicio del eminente italiano, sólo se encuentran en los criminales, o que a juicio de los mentalistas acusan y descubren al degenerado físicamente constituido, no sirven, ni mucho menos, para de su existencia concluir en una declaración de irresponsabilidad; porque el único motivo en que debe basarse el criterio de la responsabilidad es en el estado de las facultades mentales del acusado. La existencia, pues, de estigmas físicos de degeneración, considerados aisladamente, sin relacionar con lo que pudiéramos llamar estigmas mentales, no tiene sino un valor muy relativo, y en absoluto indican, ni responsabilidad ni irresponsabilidad, dado que se pueden observar lo mismo en seres sanos de la mente como en enfermos.
 Aguilera presenta, desde el punto de vista físico y mental, estigmas de degeneración, por consiguiente y sin duda alguna, es un degenerado. Como signos físicos tenemos sus medidas antropométricas (1) que son las siguientes:
 Talla, 1 m. 488 milímetros.
Braza, 1 m. 38 centímetros.
Busto, 795 milímetros.
Diámetro antro-posterior cabeza, 184 milímetros.
Diámetro transversal, 145 milímetros.
Circunferencia horizontal total, 54 centímetros.
Circunferencia anterior (preauricular), 28 centímetros.
Circunferencia posterior (postauricular), 26 centímetros.
Curva anteroposterior (de la raíz de la nariz a la nuca), 55 centímetros.
Curva transversal (de oreja a oreja), 31 centímetros.
Longitud oreja derecha (altura), 31 centímetros.
Ancho de la cara, 123 milímetros.
Mano: dedo medio, 56 milímetros.
Dedo auricular, 50 milímetros.
Codo: 252 milímetros.
Pie izquierdo, 17 centímetros.
 Recordemos, además, los signos físicos ya consignados, la mala configuración del cráneo (ipsicéfalo), la carie prematura de sus dientes, la depresión de su bóveda palatina y la anormal implantación de sus orejas; desde el punto de vista mental, lo anormal de su conducta, la extravagancia de sus actos, su inadaptabilidad al medio social y, en general, su rara manera de ser mental. Se armonizan, pues, perfectamente y se unen, entre sí, para constituir el conjunto que nos ofrece la personalidad de Aguilera, los estigmas biológicos que hemos descrito.
 Aparte de su estado constitucional, encontramos alucinaciones del oído e ideas delirantes de persecución que sin duda alguna son muy antiguas, sin que hayamos podido precisar aproximadamente la fecha de su aparición.
 Estos síntomas en un degenerado revelan una alteración mental muy corrientemente observada en la especie humana y que tiene un nombre conocido. Delasiauve la llamaba delirio parcial, porque dejaba expeditas las operaciones intelectuales; Sander la describe con el nombre de locura sistematizada originaria: los alemanes y los italianos la conocen con el nombre de paranoia ; recibió de Esquirol el nombre de monomanía; y la que más tarde se llamó locura razonante, y delirio crónico de Magnan.
 Léase en las obras de Psiquiatría la descripción que se hace de esta enfermedad y se notará el exacto parecido con nuestro observado. Son, en general, estos enfermos aquellos que más llaman la atención por lo bien, que razonan, por el desenvolvimiento natural de su inteligencia, con los cuales puede seguirse una conversación durante la cual no se descubre el menor trastorno mental; pero se insiste, y si mañosamente se les interroga, se les descubren entonces sus ideas delirantes.
 Tanto las alucinaciones como los conceptos delirantes, que en las alucinaciones tienen su punto de partida, no es extraño que permanezcan ocultos hasta para las mismas personas que rodean al enfermo, pues disimulan tanto, que hasta la disimulación se considera en ellos como un síntoma; son, además, muy desconfiados y rara vez dan cuenta de sus impresiones. Estos sujetos viven en medio mismo de la sociedad y son muchos los que tienen capacidad artística, mecánica y hasta profesional, citándose casos de haber llegado a dirigir bancos, casas de comercio, etc.


 Tanzi escribe que estos enajenados forman la clase aristocrática de los manicomios de los que escapan durante mucho tiempo, hasta que una infracción de la Ley o el natural decaimiento mental que la enfermedad al través del tiempo va imprimiendo en ellos, hace indispensable la reclusión.
 Estos delirantes crónicos constituyen la forma de enajenación mental, que suministra el mayor número de casos de individuos condenados por los Tribunales de Justicia, y que al poco tiempo de comenzar a cumplir su condena y con frecuencia en el curso del sumario principian a señalarse a los guardianes por su conducta y lenguaje bizarro. La Medicina legal mental relata numerosos casos de hechos criminosos cometidos por la clase de enfermos que nos ocupa en un momento de violencia impulsiva; una mirada, un gesto, una palabra, señalan instantáneamente al autor de la injuria y la castigan inmediatamente. En otras ocasiones hay verdadera premeditación y entonces se hace muy difícil la declaratoria de locura por el contraste paradoxal entre el vigor intelectual del sujeto y la extravagancia de la interpretación que deja sospechar la simulación.
 Evoluciona esta enfermedad con mucha lentitud y generalmente, en la edad madura es cuando se sistematizan las ideas delirantes; pasa en su evolución por tres fases: la incubación, en que se nota cambio de carácter, tendencia a la melancolía, el enfermo huye de la gente, se queja de ingratitudes y de animadversión de la sociedad hacia él: otro período que se llama de persecución, en el que el delirio se organiza y las concepciones delirantes se sistematizan bajo la influencia generalmente de alucinaciones del oído; y por último, otra fase de demencia, en la que lentamente van desapareciendo las facultades mentales.
 En virtud de todo lo expuesto, hemos llegado a las siguientes conclusiones:
 1.ra El procesado Agustín Aguilera y Ochoa podemos afirmar que sufre de una enfermedad mental, conocida con la determinación de «Delirio Crónico o locura sistematizada crónica».
 2.da Del estudio que hemos hecho de sus antecedentes, de los síntomas que ha ofrecido y de la evolución de su expresada enfermedad, podemos concluir que dicha dolencia es muy anterior a la comisión del delito por el cual está hoy procesado.
 3.ra Es un alienado perteneciente al grupo de los que la Ciencia considera peligrosos.
 Habana, 31 de mayo de 1909.
 Firmado: Dr. Rafael Pérez Vento y Nin y Dr. Gustavo López.

  Notas
 (1) Al detenérselo estaba terminando de escribir una novela. Y en su baúl se le ocuparon más de 40 entre novelas y dramas inéditos. En la cárcel de Santiago hizo varias, dedicándole una al juez que hizo la instrucción. En la cárcel de la Habana, a petición del Dr. López y mía, nos escribió una novela a cada uno. Los cazadores de bandidos se titula la que yo tengo. También compone poesías, y como muestra copio un Adiós a Teresa:

 ADIÓS A TERESA

 Aquí entre rejas y cerrojos,
Oyendo la voz del Carcelero
Me despido de ti mi Teresa amada
Que te hayas cerca de las Selvas.
Ya a oír no volveré yo
El arrullador y amante Canto
De las Tojosas que escondidas ellas se encuentran
Allá entre los frondosos ramajes
Poco importa que mi suerte aciaga
Hiciese que Tribunales y los Jueces
Me condenen a perecer
No en deshonroso Cadalso, eso no,
Sino en prostituidas Ciudades o Palacios
Que con humillación llevan el nombre de un ser honrado
Haya en las oscuras selvas.
En donde la Inocencia ella se abrigó
Aquí la humillación y el desprestigio
Adiós, adiós mi Teresa, adiós.

 AGUSTIN AGUILERA.

 El baúl contenía además: un aparato inventado por él para hacer sogas; un calendario hecho con cajetillas de cigarros y banderitas, que le servían para pronosticar el tiempo y las estaciones. Aguilera se considera poseedor de varios inventos más. 

 (1) Las medidas antropométricas las tomó, a petición nuestra, el Dr. Montané, Profesor de Antropología de la Universidad. En el momento de empezar las operaciones ocurrió un incidente muy curioso. Creyó Aguilera, al ser sentado en un banquillo y ver el compás, que lo iban a ejecutar por la electricidad, y se demudó, pronunciando estas palabras: «ya sabía yo que en esto había de parar», y sacando del bolsillo un paquete lacrado y amarrado con cordeles dijo: «este es mi testamento para los niños huérfanos de París, y deseo que le sea entregado al Cónsul francés». Cuando se terminó la operación, entonces reclamó su paquete, el que le fue devuelto; no conseguí que me lo entregara, y después en la Cárcel lo destruyó. Sentí mucho no haberlo leído.
                  
                       Comentario

 Al no imponerse el criterio de los peritos psiquiatras que, desde luego, lo consideran un enfermo mental en toda regla, sino finalmente, el de los jueces, que lo juzgan cuerdo y condenan a cadena perpetua, Gustavo López y Rafael Pérez Vento responden con indignación y expresan sentirse víctimas de un sistema judicial incapaz de reconocer y respetar sus conocimientos. 
 López llegó a comparar el desenlace del caso con el del célebre cura Galeote, en la psiquiatría forense española.
 Ante la “politización” de la justicia se mostraron, no obstante, como puede colegirse en una lectura cuidadosa de éste y otros documentos, todo el tiempo a la defensiva.
 Es cierto que tanto Pérez Vento como López coinciden en numerosos aspectos del reconocimiento psiquiátrico forense, para no hablar ya en términos de diagnóstico, al punto que deciden realizar un solo informe; pero también lo es que, durante el proceso, Pérez Vento se mostró favorable a una “responsabilidad atenuada”, mientras su colega insistía en la inimputabilidad, es decir, en la “irresponsabilidad absoluta”.
 Apelan a los argumentos de rigor -la herencia familiar, los antecedentes del sujeto, su impulsividad, el examen antropométrico que avala los estigmas del degenerado, etc.-, pero nada ello vale ante alguien que ha cometido un crimen de leso patriotismo y que no se muestra ante los ojos de los letrados demasiado irrazonable. 
 Pérez Vento sospecha, con razón, del influjo de la opinión pública sobre los jueces, pero titubea al exigir la comprensión de una categoría como la de "locura sistematizada" o "razonable" y deslizar a la vez una atenuante. 
 Invoca la carencia de un manicomio-judicial, su necesidad en Cuba. Pero a fin de cuenta se trata del manicomio o la cárcel, y de una reclusión perpetua, tanto más tratándose -como concluyen los psiquiatras- de un “loco peligroso”. 
 En la consideración de peligrosidad subyace una alianza psiquiátrico-antropológico-penal que, si bien parece aquí vulnerada, no por ello se fractura. Triunfaron esta vez los jueces; es todo. Aguilera no pudo escapar a una condena de cadena perpetua, que, al parecer, cumplió hasta el final de sus días en la cárcel de Santiago de Cuba. 
 El informe psiquiátrico forense sobre Agustín Aguilera tuvo amplia divulgación. Sin querer ser exhaustivo, se reprodujo como parte de “Documentos médico-legales. Un loco condenado”, por el Dr. Gustavo López, en Revista Frenopática Española, Año VII, núm. 83, Noviembre de 1909, pp. 321-31. Bajo la firma de Rafael Pérez Vento, con el título Crimen y locura. El asesinato del General Portuondo, La Habana, 1909, 15 p. Pérez Vento lo incluye luego en sus Fojas Neurológicas y Mentales, La Habana, 1916, pp. 441-462. Bajo ambas firmas en Revista de Medicina y Cirugía de La Habana, 25 de julio de 1909. En 1910 apareció, bajo la firma de López, como "Asesinato del General Portuondo por un alienado", en Archivos de psiquiatría y criminología aplicadas a las ciencias afines, Buenos Aires, pp. 318 y ss.

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