miércoles, 9 de junio de 2021

Mil cosas triviales. Salvador Novo en páginas cubanas

 

  Pedro Marqués de Armas 

 En la copiosa recepción de la literatura mexicana en Cuba durante los años veinte y principios de los treinta, destaca, de modo singular, la obra de Salvador Novo. Si bien no llega a la presencia, en periódicos y revistas, de un colaborador habitual como José Juan Tablada, ni alcanza a los asiduos Alfonso Reyes y Jaime Torres Bodet, probablemente su puesto venga a continuación. A diferencia de los anteriores, que acompañaron sus envíos con repetidas estancias en la isla, en su caso los textos viajan por su cuenta mientras él, que sepamos, no pisa suelo cubano. Chacón y Calvo, Carpentier y Fernández de Castro, lo conocen en México, y será con el primero con quien establezca un vínculo más estrecho. Pero su amplia acogida insular vendrá sobre todo de la mano de Jorge Mañach, quien, en virtud de una serie de afinidades literarias –no vitales– se convierte en su más sólido seguidor.

 En un artículo de 1926 muy poco conocido y titulado "Un ensayista mexicano", el ensayista cubano por excelencia lo recibía con estas palabras: “Nadie en nuestra América les enseñará, como él, la importancia de todas las cosas, hasta de las más cotidianas, hasta de las más humildes. Está afiliado a la secta internacional de curiosos a la que ha dado deliciosas normas, desde Inglaterra, el eupéptico, Mrs. Chesterton. Al modo como este derrocha ingenio, filosofía, cultura, y buen humor para explicarnos el misterio de un tirador de puerta o la trascendencia de yacer en cama con la mirada en las vigas.” Precisemos que Novo ya era bastante conocido por el gremio minorista, y que lo era por rasgos que lo distinguieron desde que comenzó a escribir: su precocidad, su versatilidad que lo hace aparecer unas veces como poeta y otras como cronista, dramaturgo, crítico, etc., y su desafiante cosmopolitismo. Pero a Mañach, que lo ha seguido de cerca y tiene delante Ensayos (1925) –ese cuaderno múltiple en el que Novo incluye, además, poemas y traducciones, escritos ajenos, todo una matriz de trabajo–, no se le escapa el gesto y la condición de ensayista por sobre todo, es decir, de escritor anclado lo mismo en el género que Montaigne inventa y los ingleses perfeccionan, que en esa suerte de ejercicio no sacro que hará de toda su literatura una recreación, un ensayo.

 Así se explica el que Novo sea para Mañach el prosista más inteligente de su generación, y que cada vez que se refiera al tándem que conforma con Villaurrutia, aluda a éste como al poeta y reserve para Novo el calificativo de ensayista.

 Situémonos ahora en la que quizás sea la primera colaboración de Novo, y en la importancia de la misma. En fecha tan temprana como enero de 1924, la revista Social publica tres poemas suyos que anuncian, sin dudas, la emergencia de un tipo de poesía en español marcada ya por la experiencia de la New Poetry. Salvo algún que otro poema de El soldado desconocido de Salomón de la Selva, quien influyera tanto en el mexicano, hasta ese momento no había aparecido en Cuba ninguna otra muestra donde se aprecie de modo tan claro la asimilación de la poesía norteamericana, a la par que esa búsqueda cosmopolita que toma a Nueva York como el lugar por excelencia de la modernidad. Ya entonces familiarizado con los ritmos de Sandburg, Lindsay y E. L. Master –a los que, entre otros muchos, traduce–, los poemas en cuestión pertenecen a lo que podríamos llamar su “serie neoyorkina”, aun cuando todavía no había visitado esa ciudad.

 Moderno ávido, geófago insaciable, Novo no solo hizo del viaje un pretexto literario, sino que se anticipó a algunos, como puede apreciarse en XX Poemas, donde la añoranza de alguien que aún no conoce otro medio de transporte a distancia que el tren, y que ni siquiera ha visto el mar de su país, se enseñorea soberanamente sobre mares, ciudades y puertos diversos. Como otras tantas inscripciones precoces de la experiencia de vanguardia en revistas cubanas, también esta pasaría inadvertida, no solo por no haberla destacado ningún contemporáneo, lo cual resulta comprensible, sino por no señalada por la crítica o los estudios académicos. Si bien Social, como revista de modernización (no propiamente vanguardista) construyó desde sus páginas, ya desde mediados de la década de 1910, la imagen de Nueva York como núcleo de la modernidad, apoyándose lo mismo en la fotografía que en crónicas que apuntaban al cine y la moda y, en general, al estilo de vida estadounidense, la poesía publicada en dicha revista no siguió sino, salvo escasas excepciones, el recortado sendero hispanoamericano. Con los poemas de Novo –“El pueblo”, “Cementerio” y “Ciudad”– principia la circulación de una poesía que ha incorporado no pocos atributos de la megalópolis: arquitectura, publicidad, personificación de la ciudad y la muchedumbre, anonimato, etc. En estos tres poemas como tal, a diferencia de otros de XX Poemas, Novo no se lanza a plenitud sobre las utilerías de la cultura de masas, pero exhibe, en cambio, en grado sumo, esa tensión metafísica propia del drama del individuo en la gran urbe y de su absorción por un espacio vertiginoso:

  (…)

  Un disco negro

  rubrica la ciudad

  en nuestro cerebro

 

  Y la estatua de la Libertad

  abre la carta de mi cama 

                      (“El pueblo”)

  (…)

   El hombre que inventó los ángulos

   en su propio laberinto

   fatiga sus pasos

                     (“Cementerio”)

   (…)

   Huecos en la carne

   de los edificios…

                       (“Ciudad”)

 Las imágenes alusivas a la jaula de hierro tienen en común su carácter de trasposición espacial, y descansan en otras donde es más claro el influjo ultraísta, en Novo siempre compensado por su sentido del humor:

   (…)

   Aunque el tren cirujano

   hace a diario

   transfusión de glóbulos blancos

   no es más que un cigarrillo

   en un prado…

                  (“El pueblo”)

 Hay en estos poemas, particularmente en “Ciudad”, un eco de lecturas de Pound y, en específico, de la traducción que Novo realiza de “N. Y.”, conocido poema donde el imaginista declaraba su conflictivo amor por dicha urbe, proponiendo aquello de “infundirle un alma”: 

          (…)

          My City, my beloved,

          Thou art a maid with no breasts,

          Thou art slender as a silver reed.

          Listen to me, attend me!

          And I will breathe into thee a soul,

          And thou shalt live for ever.

                                (Ripostes, 1912)

 Novo lo había traducido en 1923, es decir apenas un año antes. Se advierte en ambos poemas una percepción ambivalente (amor/desamor, ingravidez/caída) a la vez que de reclamo de una escucha que se resiste o no acude a tiempo para amparar al sujeto en su soledad, en su vértigo. Uno en la multitud, queda a solas entre rascacielos y tendidos eléctricos que incitan a elevar la mirada, o bien a planear desde lo alto, como en una ejecutoria área que tiene por objetivo cartografiar el paisaje urbano.

  “Ahora sé que estoy loco/ porque aquí hay un millón de gente aturdida de tráfico”, traduce Novo, quien añade en su poema “Ciudad”:

   Carretes de hilo

   para enhebrar la sed infinita

   sobre los techos (…)

   

   El suelo se pega a nuestros pies

   aunque ascendemos

   como se aspira

   para expirar.


 Habrá que esperar hasta 1927 para que la imagen vanguardista de la ciudad moderna, casi siempre condensada en N. Y., circule de modo habitual en la poesía publicada en Cuba. En este sentido, los poemas de Novo se anticipan a los de Genaro Estrada, Serafín Delmar, Alfredo Mario Ferreiro, Cardoza y Aragón o Maples Arce, entre otros latinoamericanos que, siguiendo la senda de Cendrars o Morand, o bien la de futuristas y ultraístas, facturaron una visión por lo general más exaltada o exterior, y también, a menudo, más ideológica. Novo, el más moderno entre los modernos, se alimentó de unos y otros sin caer en la mímesis o el fetichismo tecnológico, ni menos, en un voluntarismo social. Cuando en XX Poemas trae a colación al Ogro y al Proletario, declarando su simpatía socialista, lo hace denotando cierto cómplice convencionalismo, a tono con los tiempos y el lugar que ocupa en el entramado institucional.

 En realidad, serán las crónicas norteamericanas de Tablada, publicadas regularmente en La Habana, el producto que mejor escolte esa mirada que infiltra ya, como puede apreciarse en la poesía y la prosa de ambos, la percepción de las ciudades latinoamericanas que, sin duda, transformaron definitivamente. Los mitos del consumo y los artilugios técnicos no anulan en Tablada y Novo, sino todo lo contrario, una experiencia de lo cotidiano dominada por la ironía, el gusto por lo frívolo o el sentimiento de desolación del sujeto. En una dirección que podía ser pictórica pero también prosódica producen, como diría López Velarde en algún momento: “unos versos con asuntos de Nueva York”. En Tablada asoman ya en 1918 en poemas como “Quinta Avenida”, “Lawn–Tennis” y “Flirt”, preludios de su elástico salto hacia la vanguardia. Ninguno de los dos encumbró la máquina, sino que, como buenos freudianos, indagaron en sus efectos represivos a la vez que en los dividendos liberadores de una nueva subjetividad.

 A los poemas “neoyorkinos” siguió la aparición en 1926, también en Social, de uno de los mejores poemas de Novo tanto por el despliegue de imágenes como por su burlesco cosmopolitismo, esta vez a la francesa y enfrentado a una visión de la gran ciudad que asimila al “lamentable progreso”: “El mar”. Poema viajero, que recuerda de algún de modo a “Trópico” (1924) de Alfonso Reyes, sobre todo en esas últimas estrofas por las que discurren, como en giróvago mapamundi, todos los mares del planeta, lo atraviesa sin embargo una veta menos antropológica y resueltamente inventiva, tanto, que seguía aún su autor sin conocer el mar. Este acontecimiento –al que siempre se anticipó– no se concreta hasta su viaje a Hawaii a inicios de 1927. Si el humor en Reyes caza con el “estudio de un hábitat” y se echa la historia a la espalda, acá se trata de una sucesión de viajes imaginarios –aventureros, comerciales– que confluyen en una desparpajante mirada turística que confabula, al mismo tiempo, una especie de caída de la nueva Roma:

  Nao de China

  cofre de sándalo

  hoy los perfumes

  son de Guerlain o de Coty

   y el té es Lipton’s. 

 

   (….)

 

   ¡Oh mar, ya que no puedes

hacer un sindicato de océanos

ni usar la huelga general,

arma los batallones de tus peces espadas,

vierte veneno en el salmón

y que tus peces sierras

incomuniquen los cables

y regálale a Nueva York

un tiburón de Troya

lleno de tus incógnitas venganzas!

 Más bien, la historia deviene un desfile de rótulos y postales que el poeta baraja con cierta pericia funambulesca. Se ha señalado lo mucho que “El mar” debe a “El cabo de Buena Esperanza”, notable poema de Coctaeu que Novo tradujo y publicó un año antes, lo cual es cierto, pero siempre que se indique el pulso más arriesgado –por lo ocurrente de las imágenes en una estructura menos abierta– de los versos del mexicano. Como también, siempre que se reconozca esa facilidad con que absorbe a la vez las enseñanzas de otros franceses: entre ellos Apollinaire y Max Jacob.

 En Revista de Avance y en el Suplemento Literario del Diario de la Marina, donde ya es notoria la filiación de vanguardia y un posicionamiento a favor de otras literaturas, Novo vuelve a ser convocado como poeta pero también como traductor. En 1927, año inaugural de ambas publicaciones, aparecen, en un caso, los poemas "Libro de lectura" y "El primer odio" –par de autorretratos que incluye en Espejo (1933)– y, en el otro, “Noche”, uno de los mejores entre los XX Poemas. Como traductor, se conocieron sus versiones Vachel Lindsay y Christopher Morley, en una muestra de poesía norteamericana organizada por Fernández de Castro, quien ensalza de paso las traducciones de Rafael Lozano, así como “La pequeña antología de poetas norteamericanos” –se refiere a Antología de la poesía norteamericana moderna– que, al “atento cuidado del fino espíritu de Salvador Novo”, había aparecido en México pero que apenas circuló y era imposible de encontrar. Se reprodujo, además, en la revista Orto, su ensayo sobre los poetas negros en Estados Unidos.

 Si Mañach le abre las puertas de Avance, Fernández de Castro hace otro tanto en el Diario, al incluirlo además en el dossier “Poesía de la Hora en México”, donde lo exorna con el sempiterno retrato de Montenegro, pero también con una presentación que se excedía, al mofarse de su sexualidad: “Salvador Novo representa en el escenario ideológico mexicano, la personificación de la más elegante “nonchalance”. Se piensa, al encontrarlo en un Florian redivivo, mezclado con Rivarol, en partes proporcionales y aleatorias. Quizás más culto. Y también, sin quizás. No hay, para su intelecto inteligente, terra incognita alguna en el panorama universal. Sus oyentes, en la cátedra que explica, siempre mayores de edad, se pasman al oír sus disertaciones sobre “La celestina”, o sobre cualquier poeta de cualquier escuela y país. Y por encima de todo, la sonrisa. Una sonrisa de niña buena, que justifica todas las impertinencias. Y sus impertinencias amables están en sus gestos, en su ropa, en las acrobacias de su espíritu. Tiene publicado no más que sus “Ensayos”, exquisitos en el contenido y la presentación. Trabaja, en serio, 8 horas, entre su clase y el puesto técnico que desempeña en el Departamento de Educación. Estas 8 horas, como las otras 16, las pasa sonriendo y esto, pocas veces, no lo perdonan los amigos”.

 Semblanza que reconoce su talento, deja entrever sin embargo, en un tono que pretende ser humorístico, su condición homosexual, revelando más que nada los prejuicios del reseñista. No solo eso, en la nota sobre Gorostiza del mismo dossier vuelve a señalarse su homosexualidad cuando, ahora por medio de una falsa errata a propósito del poema que Gorostiza dedica a la artista sueca Jenny Lind, se habla del “perfume de los años amables, cuando vivía la cantante Salvador Novo”. Si bien el humor funcionaba en ocasiones, entre los vanguardistas de la región, como recurso y seña de identidad, tiene aquí todo el viso de pedantería al que propendieron algunos escritores cubanos que, como Fernández de Castro y Raúl Roa, se sumaron a las descalificaciones de orden estético y sexual. Tan solo un año más tarde, prestaría su página del Diario de la Marina para un ataque abiertamente homofóbico contra los miembros de Contemporáneos y, en particular, contra Salvador Novo, urdido desde México por Diego Rivera y Tristán Marot.

 El trato de Mañach será, en cambio, centradamente literario y, por descontado, cuidadoso, como lo había sido el de la revista Social. En esta publicación se darían a conocer, además de los poemas referidos, otros textos suyos que incurrían en la transgresión de géneros: el relato teatral “Fechas. Diálogo moderno de ideas antiguas sobre los jóvenes”, el drama ibseniano en cinco actos precedido de un breve ensayo, “Divorcio”, y un capítulo de “Return ticket” –acaso su libro más fascinante– que, para más juego, apareció junto a un texto de Rafael Heliodoro Valle que dialogaba, en paralelo, con el de Novo. Por su parte, en Avance publica el relato humorístico “Nocturno de la carne”, un ensayo sobre el novelista norteamericano John Erskine, y la crónica “Guadalajara” que, junto a una reseña de Mañach sobre Return Ticket, apareció en el número homenaje a las letras mexicanas de noviembre de 1928.

 Conviene detenernos en la reseña, por dos razones principales. Primero, por la sagacidad con que Mañach capta la seductora oferta de Novo, desmenuzando en pocas frases la coexistencia de géneros diversos –cartas, biografía, relatos, cuaderno de viaje, etc.– en una estructura “cuasi novelesca” que califica como una pieza única en la “enfática” literatura latinoamericana; y, segundo, por descubrirnos, a la par, su opinión sobre los Contemporáneos, es decir, la idea que tenía sobre la estética del grupo. En este sentido, topamos con ese desnivel, frecuente en Mañach, entre su comprensión a fondo de determinado autor o tipo de literatura, y el no poder separarla de cierto valor general, sea por hábito filosófico o por exigencia moral. Así, observaciones como que en Novo lo importante es el pretexto y no el asunto, el trazo y la audacia de las invenciones, o el elegante desenfado con que construye su obra, cohabitan con explicaciones en extremo causalistas, como cuando, tras contraponer su sensibilidad a la violencia y el machismo revolucionarios, califica de enfermiza su alegría y afirma: “Tal vez esta tónica decadente va ya siendo característica –alarmantemente característica– de un brillante sector de la nueva literatura mexicana. Lo que no se alcanza bien, a esta distancia, es si se debe a una real fatiga y desgaste producidos por la larga tragedia social de México (hay quienes le achacan a la Guerra el gidismo francés) o a una actitud de exquisitez asumida ante lo grueso y lo arisco, que esa misma historia reciente de México ha entronizado hasta en el arte.”

  No será su opinión última sobre el grupo, al que en otras ocasiones –y mientras escribe con acierto sobre la poesía o las novelas Villaurrutia y Torres Bodet– valora ya no por su presunta decadencia, sino por su hipotético vigor: “Una voz más, entonada y valiente, no al unísono con las de las otras juventudes de América; pero sí en consonancia con ellas. Una voz que se eleva sin esfuerzo hasta la tónica continental del momento”. No obstante, en general, su visión se alimentó de la amistad, el intercambio de colaboraciones y de correspondencias estéticas –incluyendo una lectura en positivo del influjo de Gide, al que Villaurrutia traduce para Avance– más que de diferencias de cualquier otro orden.

 Comoquiera, las simpatías y coincidencias entre Mañach y Novo eran muchas. Por aquellos años, además de practicar diversos géneros, comparten de modo cabal la afición por la ensayística inglesa, en la que se forman desde Lamb hasta Chesterton, en el gusto por los “menudos momentos” y el apego al humor, la ironía y las paradojas. Los emparenta desde luego el aprendizaje de una lengua de la que traducen lo mismo a filósofos como Santayana que a poetas lúdicos como Christopher Morley. Aunque grandes lectores y divulgadores de la nueva poesía norteamericana, Novo lo aventajará en la tarea por el alcance de su labor como traductor, desde Sandburg y Lindsay hasta Edgar Lee Master, y desde e.e. cummings a H. D. Novo traduce además, profusamente, a los poetas franceses.

 Ambos precoces, en el mexicano –como dijera Monsiváis– la precocidad será señal de arraigo, mientras en Mañach el ensayista desarraigará al narrador y al dramaturgo. Como cronistas de ciudades avanzan juntos un trecho, seducidos por lo moderno pero sin renunciar al pasado (Novo con mayor reserva de fuentes poéticas y populares, no solo mexicanas, también españolas), o bien como observadores –a menudo viajeros– de circunstancias que reclaman una mirada microscópica, dirigida al detalle, al desmenuzamiento de las maneras de ser. Les seduce el psicoanálisis, asumiéndolo Novo como heterodoxo autoanálisis con el que impulsa sus aventuras eróticas, además de como forma de leer, y Mañach como ocasional utensilio crítico. Y hasta ahí. Mientras Mañach, el atildado, lleva por molde un espíritu clásico, Novo es de entrada un provocador, y pone como Wilde su genio al servicio de su vida y su talento al de una obra que supo no encumbrar y que voló siempre rasante –no rastrera– como ese ejercicio declaradamente intrascendente que fue.

 El ensayista que lo deslumbra en fecha tan temprana como 1926 era un tanto su reflejo especular: “Novo descubre con erudición y agudeza la razón de ser de mil cosas que solo estimamos triviales porque están tan metidas en nuestro vivir. Pone entonces su rica cultura al servicio, no de las grandes tesis aburridas, sino de las pequeñas averiguaciones gratas a la sensibilidad. Y encuentra que desde la miga de pan hasta el modo de hacerse la barba son fenómenos dignos de estudio y capaces de alterar la mecánica celeste.” Un año más tarde se suceden los comentarios admirativos sobre Villaurrutia y Novo, “el poeta y el ensayista”. Entretanto, en la “flamante, sensitiva revista hermana” Ulises, gusta hasta el vértigo de Return Ticket, cuyos capítulos se desgranan de un número al otro al tiempo que hace suyos –los eran también- esos postulados comunes: crítica y curiosidad.

 

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