lunes, 10 de junio de 2013

Un sensorio común





 Roberto Agramonte 


 El Padre —como le llaman cariñosamente— es de estatura mediana, y cenceño. Su tez es cetrina. Su perfil angular. Es miope en sumo grado, y usa espejuelos cuadrilongos. Su temperamento es hipersensible, a tal extremo que cuando en el gabinete de física carga las cajas galvánicas, la corriente que llega hasta la turca —que así denominan a la bata que usa— ha herido su sensibilidad y ha tenido que suspender la clase. Su vida es severa, y gracias a la disciplina del cuerpo y a la subyugación de la mente ha obtenido una maravillosa visión espiritual. Sólo aconseja o trata de remediar; y cuando amonesta, lo hace con exquisita cortesía, con un perfecto tacto, incapaz de lastimar. No habla nunca sin pensar y sólo dice lo que es sensato y amable. El Padre pasa la mayor parte de su tiempo en la habitación donde estudia. Esta habitación existe todavía. Prepara con ahínco sus lecciones, toma notas, ordena los tópicos y medita profundamente. En sus Apuntes acerca de la distribución del tiempo alaba "la ociosidad constante y laboriosa". Podría haber repetido el dictum de Leibniz: "aquel que pierde una hora, pierde una parte de la vida". Le suele acompañar un discípulo ejemplarísimo, un verdadero colaborador que le lee diariamente. El discípulo tiene quince años, pero se interesa ávidamente en las abstrusas cuestiones filosóficas a que vive consagrado su maestro. Ha de ser con el tiempo un gran orador. Ha de ser ciego y ha de ver claro. Uno y otro día le lee al maestro. Un día están trabajando en colaboración. Al adolescente se le hace insoportable la monserga del libro escolástico que lee. Se detiene, reflexiona y le pregunta a su maestro: “¿Para qué sirve todo esto?” El discípulo ha visto que este tipo de saber no es vector de progreso, es árido e incomprensible, al igual que los textos krausistas contra los que ha de reaccionar otro filósofo cubano, Enrique José Varona. El maestro piensa que un conocimiento inútil no puede ser un conocimiento verdadero. Con este sencillo episodio se va a producir un cambio radical en las ideas filosóficas sustentadas en Cuba hasta ese momento. El Padre va a dar el golpe de muerte al escolasticismo, a la filosofía oficial.

 "El Padre Valera" (frag), Universidad de La Habana, junio-julio, 1937, pp. 64-87. 

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