lunes, 6 de enero de 2014

Plumas de oca

   


   Dolores Labarcena


 ¿Quién no se desternilló con su novela Galápagos, donde echa por tierra la teoría de Darwin en una suerte de involución a conciencia? Ahora, en La cartera del cretino, siete piezas de Kurt Vonnegut que acaban de aparecer gracias a Malpaso Ediciones S.L., me he detenido a pensar en el ingenio. En una de ellas, “El último de Tasmania”, sin tratar de ser didáctico y menos poner orden al caos, el narrador realiza un viaje por la historia donde caben desde Pablo de Tarso, líder teológico de la cristiandad, Colón con sus carabelas, Newton con su dichosa gravedad y hasta el mismísimo y recurrente Hitler. Así pues, cumpliendo al pie de la letra el consejo de Vonnegut: “Escribe sobre lo que conoces”, pensé en el exterminio de taínos y siboneyes, la trata de esclavos y el descubrimiento por Finlay de la vacuna contra la fiebre amarilla.

 No obstante, como todo curioso, hice caso omiso y seguí los pasos de Clément Ader, un ingenioso francés que construyó en 1873 un planeador en forma de ave recubierto de plumas de oca, y más tarde, su famoso Éole, especie de murciélago motorizado con hélice y alas articuladas de 14 metros de ancho y 300 kg de peso. Se coronó, desde luego, pionero de la aviación. ¿Y qué descubrí en este periplo? Nada menos que a Arturo Norberto Amancio Comas y Pons, habanero que ideó lo que podría considerarse el primer avión cubano. Ingeniero agrónomo, periodista y poeta bejucaleño, en fin, hombre de su tiempo, Comas concluyó a escala el modelo preliminar de su "velocípedo aéreo" en 1890... Pero no consiguió que se sostuviera en el aire, pues a pesar de estar hecho de piezas de güin sujetas con hilaza, el conjunto, compuesto también por aspas de cedro y un motor “reforzado” con la maquinaria de un reloj, pesaba a lo bestia.

 Sin embargo, como la paciencia es un arte, al igual que Clémer Ader, Comas corrigió el armatoste y lo lanzó desde un barranco hasta con piloto y todo, no por supuesto en París, sino en Bejucal. Del piloto no se tienen razones; lo más seguro saldría ileso, ya que nuestro primer aeronauta se hinchó como un globo, o lo que es lo mismo, se llenó de suficiente valor y le propuso, al mismísimo Apóstol, la financiación del proyecto en aras de combatir al Reino de España.

 He aquí extractos de la misiva:

 «Señor José Martí, Nueva York:

 Con motivo de haber inventado un aparato que bien pudiera llamarse un velocípedo aéreo, y que en miniatura me ha dado los más brillantes resultados, creo mi deber dedicarlo antes que a nadie, a mi patria. Las ventajas que puede reportarnos el velocípedo aéreo no creo que se ocultan a su perspicacia, toda vez que con media docena de ellos se pueden arrojar en medio de la noche, una lluvia de bombas sobre una agrupación militar o campamento, sin ser vistos, y sobre todo con el pánico que ocasionaría una cosa oculta y desconocida. En caso de aceptar esta oferta, que tanto nos elevaría, espero guardará la más absoluta reserva sobre este asunto. Y, sin más, B.S.M. (besa su mano) Arturo Comas, Bejucal, 25 de mayo de 1893».

 Se dice que dicha carta nunca llegó a manos de su destinatario. En nombre de la Junta Revolucionaria en el extranjero respondió Félix Iznaga, informándole al remitente que el poco dinero de que disponían era para comprar municiones y rifles, y que se trataba de un plan muy costoso, pues requería acero y aluminio. Pero supongamos, por un momento, que el Apóstol hubiese dado el visto bueno y corrido con los gastos. Tal vez Arturo Norberto Amancio Comas y Pons nos hubiera armado hasta los dientes con una artillería aérea que volaría en pedazos a cada miembro del ejército español, además de desmoralizarlos técnicamente. A una distancia más que prudente me pregunto si los simpatizantes de Tampa y Cayo Hueso, y los capitalistas que ayudaron a la preparación de la guerra, no podían haber cubierto esa inversión. En tal caso, es de suponer, nos hubiéramos ahorrado la reconcentración de Weyler, las enfermedades y toda esa ringlera de calamidades que, ¿campearían?, campean aun hoy, ya libres de la madre patria, desde el Cabo de San Antonio hasta la punta de Maisí.




 Es posible que Félix Iznaga, o el propio Apóstol, hayan declinado la oferta por considerar al inventor un tarado; en cualquier caso, semejante propuesta tecnológica pudo dejarlos patidifusos. Quién sabe. Lo cierto es que Arturo Norberto Amancio Comas y Pons pereció en Colón, Matanzas, sin penas ni glorias, si bien aupado por familiares y amigos y con los pies bien puestos en la tierra. Siguiendo el consejo de Vonnegut: “Escribe sobre lo que conoces”, evidentemente las conjeturas se las lleva el viento y mis conocimientos de aeronáutica son nulos. Sin embargo, en La cartera del cretino creo haber encontrado varias respuestas, incluso una bastante razonable para descifrar el porqué del suicidio en masa de los lemmings. Según Brecht, “Erst kommt das Fressen, dann komm die Moral”. O lo que es lo mismo: “Cuando se tiene hambre, sólo se piensa en la comida”.