miércoles, 29 de enero de 2014

Eng y Chang. Final





 Hace pocos días entró a casa un amigo que nos hace favor de leer nuestro periódico, y antes de darnos los buenos días como Dios manda, exclamó entre colérico y aterrorizado: —Hombres ¿qué diablos ha sucedido? Parece que tienen decidido empeño en causar horribles pesadillas a los lectores, y mortificarlos de una manera atroz.

Al escucharlo dije para mis adentros: bueno va, campaña tenemos; este viene á reconvenirnos por las sangrientas novelas, ó por esos artículos quejumbrosos, que parecen escritos más bien por los adoloridos discípulos del negro romanticismo, que no por folletinistas eminentemente convencidos de que las quejas de dolor de las almas poéticas, no tienen eco en este mundo positivista y calculador.

 —Repito, continuó nuestro amigo, que no sé por qué les ha ocurrido soplarnos a cada paso esos grabados en madera, que representan monstruos pegados, a los que tengo ya una decidida aversión.

—Ja! ja!, exclamó mi compañero, que había oído estas exclamaciones sin despegar los labios. Esos monstruos son de Oajaca, amigo mío.

——Ya sé que son de Oajaca; pero eso no destruye mi observación.

 —Sí la destruye, porque ese par de pares de muchachos pegados son una curiosidad digna del estudio de los sabios, y que debe presentarse en un periódico tan ameno, tan variado y tan pintoresco como nuestro Museo, más que me esté mal en decirlo.

—Pues yo repito que no, contestó mi amigo cada vez más mohíno.

 —Vamos, exponga vd. sus razones; porque algunas y muy poderosas debe vd. tener para estar en contra de semejantes grabados y de semejantes artículos.

—Canario! si las tengo.

 —Y eso que todavía tenemos reservado para este cuarto tomo un chivito doble, es decir, un chivito también nacido en Oajaca, con dos cabezas.

 —El diablo cargue con el chivito doble.

 —Y eso, prosiguió mi compañero, que todavía tenemos otro grabado con dos gemelos de Siam, que…

 —¡Redactores de Satanás!

 —Pero veamos, explíquese vd., le interrumpí yo.

 —Pues señores: figúrense vds., que anoche me metí en la cama, tomé en mis manos el tomo tercero del Museo, porque, desengáñense, el Museo sirve para conciliar el sueño, y hace efectos tan maravillosos, como si se tomara una dosis de opio o de adormideras.

 —Al grano, al grano, le respondí; esos sarcasmos comuníquelos vd. a los del Liceo, y verá cómo los estampan con unas letras del tamaño de una casa.

 —Decía que tomé en mis manos el tomo tercero, y páf! de bote y zumbido se me presenta el grabado de los dos muchachitos cabezones, que nacieron pegados. Paso la hoja, y zás, veo otros dos muchachos de la misma manera. La cosa era de desesperarse. ¿Qué hago? arrojo con desdén el Museo, apago la luz, y me arrebujo entre las ropas de la cama. Sí, bonito estaba yo para dormir. Los dos muchachos pegados me bailaban en la imaginación, y ya los veía yo retirarse y tomar un tamaño colosal, rodeados de manchas tornasoles y verdosas; ya se acercaban a mí, y sentía yo el contacto de los labios fríos de estas maldecidas criaturas. Al fin logré conciliar el sueño …peor… ¡Dios mío, qué pesadilla tan horrible! Figúrense vdes. que soñé, que al despertar al día siguiente y pedir mi café, me encontraba yo unido por la espalda con otro yo, con un gemelo, con un monstruo. ¡Oh, qué horrible, ya no era dueño de mis movimientos, ni de mi voluntad! Cuando yo quería andar para adelante, el otro se oponía; si quería sentarme, imposible, el otro me lo estorba. Ir al paseo al teatro, a los toros …imposible … montar a caballo…ni por pienso. Me veía yo retratado en un cartel fijado en la boca del portal, con mi otro individuo a la espalda, y expuesto a la curiosidad pública mediante dos reales la entrada. Oh, fue un cauchemar del infierno, como dicen los franceses…Pero callé…. ¿qué lamina tienen vdes. sobre la mesa? -continuó tomando en sus manos el grabado que se acompaña a este artículo.

  —Son los gemelos de Siam, le respondí.

——¿Los gemelos de Siam?, contestó asustado; pues buen provecho, y adiós: me fugo, porque de lo contrario vuelvo a soñar…

 —Al contrario, le contesté deteniéndole; le contaremos a vd. la historia de estos gemelos, y verá cómo su vida era tranquila y cómoda, pues no hay cosa más cierta que ese proloquio vulgar que dice, que Dios da la ropa según el frío. Véamos la historia.

—Los gemelos que ve vd. representados en la lámina, nacieron en las costas de Siam, en Mayo de 1811, sin haber experimentado la madre accidente alguno en el parto.

—Cosa rara.

 —Nacieron muy pequeños, y además, uno de ellos tenía metida la cabeza entre las piernas del otro.

 —Vaya, estos gemelos tenían cierta dosis de talento, puesto que no quisieron incomodarse ellos, ni matar a su madre al nacer; porque regularmente estos fenómenos matan a su madre a tiempo de nacer. ¡Pobres mujeres!

——¿Y si cuando se case vd., le dije yo, va su linda Isabelita a tener un par de criaturas de ese tenor?

—Hombre, no me atormenta vd., por piedad, y déjeme ir. Le dispenso la narración de los gemelos.

 Pero mire vd., continué, peor sería que su hijo de vd. naciera con dos cabezas.

—Peor sería, me contestó, que mi hijo saliera con cuerpo de gente y cabeza de asno.

 —Eso es muy común, le repliqué; asnos nacen todos los días en figura de hombres, y no hay quien se escandalice por eso; mas sigamos.

 —Los dos gemelos nacieron, pues, con un ligamento que los unía por el estómago, y este fenómeno no llamó de ninguna manera la atención de los habitantes de Siam. Los padres de las criaturas, que eran chinos, tampoco se alarmaron mucho, y se limitaron a ponerles los nombres de Eng y de Chang.




 Tranquila y pacíficamente crecieron los mellizos, hasta que el año de 1829, en que llegó a aquellas costas el capitán americano Coflin. Vio a los gemelos, y lejos de aterrorizarse como vd., y soñar lo que vd. soñó, calculó como buen yanqui que era un excelente ramo de especulación el cargar con los gemelos. Pidió el capitán licencia a sus padres, y cargó con los niños para enseñarlos por la culta Europa. Después arribó a Boston, y allí fueron recibidos con grande aceptación. El Dr. Warren, médico de aquella ciudad, hizo de ellos la siguiente descripción.

 “Eng y Chang son dos perfectos jóvenes: su talla, 5 pies 6 pulgadas castellanas, derechos y bien formados, activos, fuertes, ligeros. Andan con una igualdad graciosa, pueden correr con bastante celeridad, nadar muy bien, y con fuerzas para llevar en sus hombros hasta tres quintales de peso.

 “Están unidas estas dos personas por un corto ligamento en las bocas de los dos estómagos, de modo que cuando andan, van tan pegado uno a otro, que no se ve espacio alguno entre más de dos o tres pulgadas de largo; pero el ancho de arriba abajo, es de cuatro a cinco pulgadas &c.” Otro médico, el Dr. Bolton, hizo después da un examen prolijo, muchas observaciones fisiológicas interesantes. Tocado el ligamento en el centro, ambos reciben la sensación al mismo tiempo; pero si se toca como media pulgada del centro, la sensación es percibida solo por el muchacho a quien le corresponde. No pueden recibir daño ni sentir dolor, haciendo fuerza para separarse, porque el ligamento está tan fuertemente afianzado a los dos cuerpos, que se pueden suspender los dos jóvenes por una soga pasada por el ligamento, sin causarles dolor ni incomodidad.”

 —Con que ya ve vd. que no sucedía a los mellizos siameses lo que a vd., le dije yo dejando el libro donde había leído estos apuntes. Dios, proseguí, que quiso permitir a la naturaleza enlazara eternamente a estas criaturas, les dio cierta igualdad de movimientos, y cierto bienestar, en medio del modo extraño a que estaban condenados a vivir, y esto es tan cierto, que cuando algunos médicos establecieron delante de ellos la posibilidad de dividir el ligamento sin riesgo alguno, se pusieron muy tristes, y concluyeron por llorar amargamente.

 —¡Cosa rara! contestó mi amigo. Ciertamente es una providencia de Dios, pues de otra manera, estas pobres criaturas se hubieran desesperado.

 —Lo que sí les sucedía era, que se ponían en todas las ciudades a la expectación pública, y el capitan Coflin, es menester decirlo en obsequio de la verdad, les consignó toda, o la mayor parte del producto, lo cual les proporcionó una regular fortuna, que de otra suerte no podrían haber adquirido, pues como sus padres eran pescadores, no les habían enseñado otra cosa más que a remar en un bote.

—Vaya, algo me he reconciliado con los mellizos, dijo mi amigo; ¿pero en qué pararon?

 —Mucho tiempo vivieron en diversas ciudades de los Estados Unidos, hasta que habiendo llegado a los treinta años, y contando con sus economías, pensaron seriamente en casarse.

—¡Hombre!

 —Fue este un acontecimiento que por algún tiempo los hizo desgraciados. La naturaleza que había puesto uniformidad en sus movimientos, también los dotó de absoluta uniformidad en los sentimientos morales y en las necesidades físicas. Si el uno tenía hambre, el otro experimentaba igual necesidad, los dos se dormían y despertaban a un tiempo. Los dos bebían la misma cantidad de líquido. Algunas veces que uno sorbía un buen vaso de poter, el otro sentía su cabeza trastornada, y ambos se acostaban a dormir; en una palabra, si el uno estaba triste, el otro también; si el uno reía, el otro aun sin saber el motivo soltaba la carcajada; si Eng lloraba, Chang lo secundaba, exhalando tristes sollozos. Cansados, pues, de ser vistos, y las gentes de los Estados Unidos de verlos, los mellizos compraron una pequeña hacienda de campo en la Carolina del Norte, y allí se retiraron a pasar una vida quieta; pero su conciencia no estaba del todo sosegada, hasta que se verificase el consabido matrimonio.

 —Pero hombre, dígame vd., ¿qué mujer o qué mujeres habían de resignarse a pasar la vida con estos gemelos, a no ser otras gemelas que estuvieran en el mismo caso?

—Pues lo cierto es, que los mellizos encontraron novias.

—¿De veras?

—Sí señor, y nada menos que dos hermanas; la una se llamaba Sara, y la otra Adelaida, hijas de David Yates, honrado labrador del condado de Wickes.

 —¡Qué fortuna! y…

 —Y eran no de muy malos bigotes. Lo que sucede es, que excepto el maldito ligamento, los mellizos eran perfectos, como queda dicho, y poseían además una dulzura, un candor, y una buena fe que los hacían adorables. Sara, algún tanto retrechera y vivaracha, dio algunos pesares a Chang, que era su novio. Era de ver cuando Chang estaba celoso, cómo su compañero se volvía también una furia, y maldecía a la ingrata y a la pérfida que destrozaba su corazón. Adelaida tenía un carácter bondadoso y afable; jamás daba a su novio ningún motivo de disgusto, y esta calma y bienestar se comunicaban al otro, y destruían los celos y la cólera que causaba Sara. En una palabra, los amores de los mellizos presentaban un singular objeto de observación: era una sola alma la que recibía las impresiones que agitaban estos dos seres: era la personificación de un misterio, que ha parecido hasta ahora incomprensible al entendimiento humano, es decir, la reunión de un solo amor, de una sola voluntad en dos cuerpos organizados físicamente de una manera perfecta. Ahora, ¿cómo explicar la manera como gozaban y sufrían estos dos seres, con las diferentes impresiones de amor que recibían de sus dos novias? Adelaida daba motivos de placer al uno, que eran comunes a los dos. Sara daba motivos de celo al otro, y este sentimiento era también común a los dos. ¿Qué resultaba de esto? El que a un mismo tiempo tuviesen placer y dolor. Fenómeno imposible de explicar, y que ninguno de nuestros lectores experimentan, puesto que no ha llegado hasta ahora a nuestra noticia que estén unidos, más que al Museo, por medio del ligamento de una peseta.

 Estos pesares y alternativas habrían terminado muy pronto con la vida de los mellizos, a no ser porque se casaron, y sus mujeres (al menos no lo sabemos hasta ahora) no les dieron motivos más que para bendecir a Dios por haberlos hecho felices, ya que la naturaleza les había asignado una posición excepcional e incómoda.

 —Pero vd. está forjando una novela para salir de sus compromisos periodísticos; esa historia es inverosímil, y acaso ni han existido tales mellizos.

 —De ninguna suerte, le contesté. Vea vd. el tomo cuarto del Instructor, y sobre todo, aquí tiene vd. este periódico que hace pocos días recibí de N. York, en que se da noticia del matrimonio de los mellizos de Siam.

 —Mi amigo vio el periódico y dijo: cabal, no me ha engañado vd.: pues según esta noticia, el año de 43 existían todavía; pero cuando se muera el uno ¿qué hará el otro?

 —Ese sí debe ser un trance terrible, le contesté; pero no haya temor: la Providencia es muy sabia, y dispondrá, que ya que entraron juntos al mundo, salgan lo mismo de él.

 —¿Y va vd. por fin a publicar la lámina en el Museo?

— Toma, ¿y por qué no? Por otra parte no hemos de desairar a nuestro hábil grabador R. Rafael.

—¿Y con qué artículo va vd. a acompañar esta lámina?

 —Eso estoy pensando. ¿Qué le parece a vd. que haga?

—Que escriba vd. de pe a pa esta conversación, y de esa manera logrará que sea menos chocante e indigesto.

 —Tiene vd. razón. Manos a la obra. De hecho, como el cajista estaba aguardando el material, que según los del Liceo, se fabrica por medio del vapor, me puse a escribir ... concluí… y he aquí pimpam y craxatee y bottee un artículo para el Museo, que en el índice que se publica en el Siglo XIX, no dejará de anunciarse con recomendación, añadiéndose que va acompañado de un hermosísimo grabado en madera.

 —No olvide vd., me dijo mi amigo, el participarme si llega a su noticia, lo que acontezca cuando se mueran los gemelos de Siam: esa debe ser una historietita más curiosa que la presente.

Lo haré así, y prometeré también a mis lectores, registrar los periódicos americanos para informarles de la salud de sus buenos amigos los gemelos de Siam.— Yo.


El museo mexicano o miscelánea de amenidades curiosas…, tomo IV, 1844, pp. 25-27.