viernes, 24 de enero de 2014

El fantasma de Richet




  Fray Candil

 Carlos Richet es un hombre de ciencia muy conocido y estimado. Nadie —salvo sus enemigos, nadie pone en duda su sólido saber y su penetración psicológica. Pues bien, este Carlos Richet, científico y psicólogo, ve... visiones. No es broma ni hablo en sentido metafórico. Le Matin, diario parisiense muy serio, así lo dice, al menos. Es más: publica la fotografía del fantasma que Richet ha visto con sus propios ojos en una sesión de espiritismo, o metapsiquismo, a escoger. ¿Espiritismo dijiste? — ¡Bah, pura blague! —exclamará el lector no iniciado en estos misterios en que creen algunos millones de almas ingenuas. —Entre el cielo y latierra —decía Hamlet a Horacio, si mal no recuerdo— hay muchas cosas que tu filosofía no conoce. Lo mismo podrán decir, a su vez, a los incrédulos los partidarios de Allan Kardec.
 ¿Cómo explica Richet el fenómeno? Pues diciendo que el espantajo de que se trata salió de la propia substancia del médium. El que lo quiera más claro que le eche agua. De la substancia del médium! Y el tal fantasma habló al oído a Carlos Richet y sopló en una botella. No era, por lo visto, un verdadero fantasma; era un hombre de carne y hueso, por señas, muy flaco y transparente, que andaba envuelto en una sábana blanca, conforme a la indumentaria característica y tradicional de los duendes, para uso de niños insomnes y majaderos.
 Si el fantasma hubiera contado algo interesante de ultratumba... pero, no; se concretó a soplar en una botella, lo cual hago yo sin ser fantasma. Los hombres de ciencia suelen padecer alucinaciones como el más pintado. Yo sé de algunos que pierden el juicio cuando no la vergüenza. Se puede saber mucho y no tener asomo de sentido moral. El pobre Nietzsche se volvió loco, aunque no fue, en rigor, sabio, sino filósofo (hasta cierto punto), que no es lo mismo. ¿Quién no ve en su superhombre, un coco, o algo así? Yo no debo de tener nada de vesánico cuando no he logrado ver —ni en sueños— un fantasma todavía. He asistido a dos o tres sesiones de espiritismo con mesas giratorias y todo, y he salido tan escéptico como entré. He atravesado de noche completamente solo, los Andes; me he internado de noche también, caballero en un mulo, al través de un bosque medio virgen de la América del Sur, y, nada, no he visto un mal espantajo. Ea, que carezco del fluido evocador. El único duende que he visto... fue un burrero. Veamos cómo. Me preparaba yo desde hacía unos meses para graduarme de abogado (título que doy barato si alguien quiere comprarle).
 El exceso de estudio (¡oh tiempo neciamente perdido!) me puso muy nervioso. Me acostaba todos los días con la aurora. Habiendo pillado cierta noche un catarro madrileño, de esos que duran meses, encargué a la patrona que me hiciera subir a mi cuarto, mientras me durase el muermo, un vaso de leche de burra. Serían las seis de la mañana, hora en que los justos duermen y salen los lecheros. La habitación estaba medio a obscuras. (¿Qué tal? Sé preparar gradualmente las situaciones dramáticas). Yo dormía a pierna suelta como un criminal. (Está científicamente averiguado que los que duermen bien son los criminales y... los que tienen mucho sueño). De pronto oigo que me abren la puerta. (Las señoritas miedosas pueden retirarse, porque lo que sigue es realmente trágico). Luego vi un gigante con una vara en la mano como un picador. El gigante traía zuecos que olían mal. (¿A qué quieren ustedes que huelan los zuecos de un
burrero?).
 Echarme de la cama y agarrar al duende por el pescuezo todo fue uno.
 — ¡Qué haces aquí, Goliat ! —le grité.
 — Non, non soy Juliá, señoritu ; soy el burrero que venjo a traerle la leche.
 Vuelto en mí, me arrojé en el lecho desfallecido, como si hubiera acabado de leer un libro sociológico de ligarte. El infeliz se dejó la vara y los zuecos y... hasta la fecha.