domingo, 12 de enero de 2014

La gozadora del dolor (fragmento)




 Graziella Garbalosa


 Vivíamos un cuartito de un tercer piso que asomaba a la calle de Teniente Rey cerca del pequeño mercado que intoxicaba la corriente de aire, la atmósfera concentrada en esa última cuadra que corta el Convento de «San Francisco»... Nuestra habitación, pequeña y soleada, lucía un balconcito callejero por donde durante el día colábase el incesante ruido de coches, carromatos y vehículos de todas clases, que transportaban las mercancías de los muelles a los almacenes colindantes. Y durante la noche, desaparecido el bullicio ensordecedor, subía la saturada atmósfera de los cereales, mariscos y legumbres descompuestos en los envases. La casa que vivíamos era la única de inquilinato en la cuadra de los almacenes. Antiguo palacio, blasonada casona de personajes extintos, transformada por el tiempo en albergue antihigiénico de cretinos emigrantes y supersticiosa mulatería. El primer piso ocupábanlo una oficina de informaciones y un almacén de papel de estraza; el principal desembocaba en el descanso de la amplísima escalera señoril, mostrándole al visitante la cancela de bronce y la sala recibo de misteriosa decoración antigua. Cuatro butacas de Viena componían el estrado circundando la tallada mesa de caoba, cuatro pedestales de mármol junto a las cuatro columnatas divisorias de la biblioteca y los corredores lucían los bustos de tamaño natural, representaciones de Aristóteles, Epicuro, Diógenes y Platón. Una lámpara de bronce con depósitos para el aceite combustible, colgaba del techo, cubierta por los intáctiles hilos de las telarañas. Un escritorio de caoba donde una prensa enmohecida aplastaba dos infolios; junto a él un reloj de cuco marcaba las once. Hora trágica en aquella rica mansión del silencio inalterable y hostil. Silencio que desde cuarenta años atrás habitaba el intocado recinto. A las once de una lluviosa mañana septembrina, el marqués asesinó a la marquesa. Móvil: la dama era rica; el marqués dilapidaba su fortuna, gastaba la de su consorte y sostenía relaciones amorosas con una interesada e interesante jovencita, única superviviente de aquel drama pasional, que hoy, anciana devota y austera, ostenta título y acapara millones para los retablos del clericalismo. Aún dormía la marquesa, cuando a las primeras luces matinales, el marido ebrio de bebidas alcohólicas, penetró en la alcoba matrimonial, esperando junto al lecho que la simple señora despertase mientras él componía las argumentaciones convincentes. Necesitaba persuadirla para que le firmara un documento que lo hacía apoderado absoluto de una fortuna considerable, amasada con lágrimas y dolores de las clases tributarias, del eterno rebaño social, por su difunto suegro, plebeyo comerciante sepultado en el panteón heráldico del marqués y toda su rama genealógica. El extinto mercader de la calle de Ricla, según la opinión pública, cretino y avaro, ciertamente duro trabajador y laborioso, había cifrado el ideal de su existencia en el engrandecimiento mundano de la hija, dormida sobre aquel lecho que custodiaba un ladrón sancionado por las leyes. La escena duró tres horas: amenazas, recriminaciones, insultos, todo era inútil. La señora sentía la ponzoña del odio hacia aquel dueño que le diera la ley. Negábase a firmar el documento, demostrando el valor agresivo de las mujeres interesadas y ambiciosas. Tras las recriminaciones vinieron los golpes. El odio ensañábase dentro de ambos. La ira les poseía. Ella, tomando una palmatoria para tirarla sobre la cabeza del provocador, hizo que éste, sacando el cobarde puñal que siempre le acompañaba, la arrojase en el lecho, tinta en sangre. Desde aquel instante homicida, el reloj de cuco paralizado en la hora trágica permaneció inmóvil. Desde el final de la tragedia quedose la descrita mansión muda e intacta. 
 Su lúgubre aspecto de recinto encantado despertaba la curiosidad de todas las personas que frecuentaban el edificio. Al segundo pertenecía la casa de vecindad. Y cuando los vecinos en las altas horas de la noche, oían ruido de polillas o roedores, aseguraban supersticiosos que era el espíritu en pena de la difunta señora. Un olor desagradable a especies putrefactas hería el olfato cuando se escalaban los últimos peldaños del último piso. Por la sala, transformada en portería, los chiquillos desnudos y sucios algunos, a medio vestir y calzar los más, retozaban insultándose cual al fondo las madres junto al lavadero, pedazo de terraza frente al cuadrilátero del barandaje que permitía observar las habitaciones herméticamente cerradas del principal misterioso. Situada al fondo la cocina, era el más característico lugar de la ciudadela: atiborrada de fogones, junto a los cuales charlaban, malidicentes o amistosas, las mujeres greñudas y deformadas. Un solo baño e inodoro para tanta gente, era el motivo de las discordias y altercados entre las vecinas que discutíanse constantemente los puestos, malhabladas, groseras y trabajadoras, todas aquellas pobres mujeres que justificaban la metáfora del camello de Mahoma.
  Cómo sufrió mi temperamento sutil y delicado en aquel ambiente de repugnante miseria. Nuestra habitación era pequeñita, pero mi hacendosa madre con su pulcra limpieza le prestaba un aspecto acogedor. Algunas latas que contuvieron chorizos, eran pintadas macetas de geranios, violetas y helechos que ponían una alegre nota de verdor en el balconcito pleno de luz. El lecho matrimonial, cómodo y vistoso, llenaba la cuarta parte de la alcoba, donde además había dos balances estilo «Reina Ana», tres sillas humildes, un guardarropa de dos lunas, la máquina de coser y el tocador lleno de frascos vacíos y bordados tapetes que con el guardarropa y el lecho recordaban el tiempo pasado, más próspero y feliz. En un extremo el baúl revestido de cretona hacía las veces de diván y un palanganero ostentaba su juego de porcelana azul con dos toallas junto a los brazos. Las paredes estaban llenas de cartulinas, almanaques y esterillas adornadas con retratos. Frente al lecho el de mi padre, dibujado al creyón, lucía un marco negro y plata. 
 Sobre el hule blanco de la mesita de pino siempre había una jofaina, dos vasos, dos tazas, dos cubiertos, una cafetera y dos fuentes. Y a través de los años esta decoración de la infancia es la única que subsiste en mi memoria. Yo era una niña de carácter observador. Recogía minuciosamente los más ínfimos detalles desapercibidos para el personal que rodeaba la escena de mi niñez, y desde el sahumerio que todas las mañanas hacía en su cuarto la mulata Nicolasa frente a una imagen china, un San Lázaro y una Santa Bárbara, para quienes compraba flores, dulces, naranjas, calabazas y confites; hasta las agarradas de moño que tenía la Isabel, una gallega conversadora y mal pensada, con la Milagros, supersticiosa granadina de rencores temibles, todo ha quedado flotando a través de los años por la urdimbre de mis recuerdos. Las demandas del casero, los muertos y las enfermedades eran episodios que rompían durante breves horas de febril curiosidad, la sistemática vida de aquellas gentes comelonas, embrutecidas y desaseadas. Se deslizaba mi niñez con una prontitud imperceptible. Yo no podía advertir las preocupaciones maternales. En la ciudadela las vecinas tenían para nosotras un sórdido respeto. La serpiente que todos los humanos llevamos en el alma, unos ahogándola y otros robusteciéndola, alejaba de nosotras a la vecindad. La envidia iba separando a los vecinos de nuestra habitación. Durante las veladas, mamá leía conmigo libros de cuentos, periódicos y revistas; éstas y aquéllas contribuyeron a poblar de ilusiones mi precoz imaginación. Mirando los retratos de las artistas en boga, extasiábame bajo la ensoñación de un embrionario deseo. Las anécdotas y descripciones de sus vidas privadas y los triunfos artísticos, despertaban en mi cerebro anhelos imprecisos...

 Fragmento del cap. II... La gozadora del dolor (novela),La Habana, 1923.

 Imagen: Esteban Valderrama Peña.