jueves, 11 de agosto de 2011

Mazorra... una visita común





  Pedro Marqués de Armas

 En 1902 se suceden las visitas oficiales a Mazorra; la fundación de la República pasa por este recurso, el de agitar la piedad y resaltar el humanitarismo. Si las visitas al asilo tienen, a finales de 1898, un carácter emergente –sustitución de la antigua junta de gobierno y toma de poder por el médico Lucas Álvarez Cerice, coronel del Ejército Mambí; informes sobre el estado ruinoso de las instalaciones y gestión de presupuestos; denuncia del régimen colonial y de la mortandad acaecida en el recinto durante la guerra (despoblamiento verdaderamente atroz), etc.-, ahora suponen más que nada un rito de paso y la transferencia (por fin oficial) del tipo de “modelo” que debe sostenerse: el de una higiene civilizadora, técnicamente irreprochable y extensible (es decir, exportable) al resto de la ciudadanía.
 Este plan de reformas no difiere en general, desde luego, de las transformaciones que se venían realizando desde 1899 bajo la dirección de Álvarez Cerice, suerte de Pinel post-revolucionario con algo de asesoramiento a la americana. Pero sólo ahora ante el traspaso de los poderes de Estado y la mediación de imágenes y símbolos que ello supone -una legión sin precedentes de periodistas da cuenta de Mazorra, en este contexto, como epítome de la vida cubana-  es que se hace efectivo el cambio de modelo, y, con él, curiosamente, la metáfora que mejor lo define: la inversión.
 Por un lado, la imagen del manicomio como sociedad perfectible, a cuya difusión se presta la prensa pero que irradia sobre todo desde el gobierno y las instituciones legales y sanitarias; y, por otro, la de la sociedad (y su entramado político) como verdadera casa de orates en la que reina la anarquía y el despropósito. Inversiones socorridas, demasiado fáciles, se dirá, pero que no se alimentan sólo de la ingenuidad sino también de la sospecha y que, a fin de cuentas, tienen el poder de reunir a todos, políticos y periodistas, médicos e intromisos, etc., -exclusión hecha de los alienados- en una foto común.
 Se trata sin duda de visitas significativas. Baste decir que una de las últimas presentaciones públicas del general Wood durante su mandando en Cuba, es esa aparición suya en Mazorra junto a una comitiva formada por el secretario de guerra Mr. Root y varios directores de manicomios y representantes de la sanidad estadounidense, que en ese momento asistían a la primera Conferencia Nacional de Beneficencia y Corrección. La prensa captó, por supuesto, el lado cómico de este encuentro entre Wood y el Pinel cubano, todo el tiempo obstruido por lo que llaman “barrera lingüística”, al no dejar de señalar como única frase que se oyera en boca del gobernador, la siguiente: “Que limpio, que bonito…”
 Pero la visita de Estrada Palma no se  hizo esperar. En septiembre de 1902 aparece en Mazorra acompañado del secretario de gobernación Diego Tamayo y de numerosos miembros del estado y de organismos sanitarios. Al día siguiente de esta cita, Tamayo escribe a Álvarez Cerice: “Tan complacido ha quedado el Sr. Presidente de la República, de la visita que giró al Establecimiento que usted dirige, que no satisfecho de las frases con que allí mismo expresara su complacencia, me encarga lo felicite una vez más, repitiéndole que todo allí revela el celo y la inteligencia de la Dirección”.  
 Una semana antes de la excursión presidencial al asilo, el 9 de septiembre de 1902, había tenido lugar una entrevista en la que participaron Estrada Palma y los doctores Álvarez Cerice y José A. Malberty (éste dueño del manicomio privado Malberty y figura clave en la reforma de las instituciones psiquiátricas), en la que se plantea ampliar Mazorra, acordándose allí la construcción de un pabellón y una escuela para niños, pero también de varias casas en el interior del recinto, una destinada al Director y otras tres a los médicos Horstmann, Entralgo y Arango, “a quienes por su elevada cultura no puede alojárseles con los demás empleados del servicio general”.
 Este internamiento perfectamente diferenciado de los alienistas en la ciudad de los locos  –y realmente algunos, como el Dr. Esperón, vivieron casi toda su vida dentro del manicomio; el resto siempre estuvo de paso-, que los distingue de los empleados pero les acerca a los enfermos mentales, no pasó inadvertido a la prensa. El recurso a entender a los de “afuera” como más locos que los de adentro, y en cualquier caso a invertir roles y borrar fronteras, se ve cebado a cada tanto y se explota al máximo.
 Por supuesto, la reforma no podía limitarse al acomodamiento de los médicos y sus familiares. El Informe al Departamento de Sanidad de La Habana, escrito ese año por el Dr. Barnet, resalta el celo, el orden y limpieza del asilo, pero señala también el exceso de población y echa en falta “ciertos medios modernos empleados con éxito en el tratamiento de las afecciones mentales”. Se trata, pues, de fabricar nuevos pabellones según otro concepto, más “celdas para furiosos” y de instalar talleres para el ejercicio de “las artes e industrias”, como también “grandes jardines” –de esto sí no careció Mazorra desde fundada- para general esparcimiento.    
 Pero el Informe... de Barnet no era puramente técnico; incluía un extenso cuestionario dirigido a Álvarez Cerice que iba más allá de previsiones clínicas y epidemiológicas. Es preciso resaltar, ante todo, su abnegada labor de cara al loco, el modo en que los aborda y conduce, el ambiente de íntima familiaridad que se crea entre el Coronel y los asilados, la nobleza de sus decisiones en cada caso,  lo mismo cuando recompensa que al aplicar algún correctivo.
 En este mismo tono se pronuncia el periodista de La Discusión Hector Saavedra, quien realiza su visita al día siguiente de la Estrada Palma. Reconoce el orden, la limpieza, el buen comer y vestir de los enfermos, pero afirma que ello puede verse en cualquier otra dependencia del Estado y asegura que lo más importante es el trato a los pacientes: Debo decir que todos los locos andan sueltos y que ocupan unos departamentos que se llaman Secciones, donde se pasean en un gran patio al que están contiguos los dormitorios. A estos patios dan las celdas donde se encierran temporalmente los que sufren ataques de locura furiosa.
 Y pregunta a Álvarez Cerice: ¿No hay necesidad de pegarle alguna vez a los locos? -Al que se atreviera lo castigaría por mi propia mano, y el que insulte u ofenda a un asilado sería inmediatamente expulsado de la casa”, responde el Director. Saavedra cuenta que “muchos asilados le llaman Coronel al Director, que fue, como todos saben, un valiente de la Revolución; otros le dicen chico; los niños le piden un centavo y los grandes un cigarro. El Director reparte sus cajetillas de pitillos y sus monedas de cobre, oye a todo el mundo, los alienta en sus quiméricas pretensiones y jamás los contraría.
 Para Lucas Álvarez… No hay nada más dócil que un loco” y añade: “Puede usted ver que ninguno pisa los canteros de yerba y que basta hacerle una amonestación para que el hombre haga lo que uno desea. Toda esta gente se maneja con mucha facilidad, tan sólo con hablarle dulcemente, procurando que sea él mismo juez en el asunto.
 Este Pinel que luego se reeditaría en otro militar, el Comandante Ordaz, tiene visos de filántropo. Frente a él, la figura técnica que tanto se aduce, retrocede, mientras un glorioso paternalismo ocupa el primer plano. Y no está ausente, por supuesto, en ambos directores, la imagen que equipara al “loco dócil” con crías de animales, esas que ellos mismos fomentaran en Mazorra. Cerice, patos; Ordaz, pavorreales.
 Pero en las crónicas de Mazorra ante el advenimiento de la República, que es de lo que tratamos aquí, se introduce siempre la sospecha. Por lo general, los discursos tecnocrático y paternalista tienen que vérsela con la burla, soez o refinada, del chroniqueur de turno, y no menos con la autoparodia de los propios ceremoniales. Estos van a incluir, al paso del tiempo, visitas de otros presidentes: Machado, Grau, Castro; estatuas erigidas en vida, y todo un panteón de nombres-pabellones que cambiará de época en época, según exigencias políticas. Como dice un cronista del Diario de la Marina: “allí deberían estar todos”. De hecho, lo están, en algunas fotos y en estas reseñas que dan cuenta, no de los enfermos, pero sí de quienes le representan, sin poder evadirse plenamente.

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